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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









85.
Razón contra emoción

—¡Es que no entiendo por qué siempre tienes un maldito problema conmigo! —protestaba Drasik, sentado de copiloto en el coche de Brey.

—¡No tengo un problema contigo, el problema lo tienes tú contigo! —respondió Brey, sentado al volante, conduciendo de regreso a Tokio tras haber huido con éxito de la base que acababan de desmantelar.

Llevaban ya un rato discutiendo. Drasik había acabado contagiándole el enfado y por eso Brey, aunque trataba de hablar racional y calmadamente, no podía evitar alzar la voz y estar agitado.

—La misión ha salido de perlas, hemos cumplido a la perfección —insistía Drasik—. ¿Sabes lo que cuesta hacer ese test en menos de diez minutos? ¿Te parece poco que haya tenido que improvisar un catalizador para acelerar la prueba? Ningún otro Sui hace eso. Y ahora gracias a eso hemos confirmado que son los explosivos que buscábamos y la misión puede continuar.

—Sabes que no estoy hablando de cómo has hecho las cosas. Lo que me molesta es tu actitud.

—¡A ti te molesta la actitud de todo el puto mundo, Brey!

—¡De eso nada!

—¡Quieres que todos fuesen más como tú, pero el mundo no puede ser así, nadie más que tú ha nacido así! ¡Y no es culpa del mundo, ni tuya, pero por eso no puedes andar exigiendo tanto!

—Drasik, ¡no estoy hablando de eso! ¿Desde cuándo te domina la arrogancia en medio de una operación en la que sólo debes mostrar concentración y discreción? ¿Por qué tuviste que llamar la atención de ese condenado y empezar a vacilarlo?

—¿Qué más te da? Lo tenía que matar de todos modos, ¿no? Tú has matado a tu condenado, y yo no voy diciéndote cómo hacerlo.

—¿A qué coño venía eso? Jugar con él, hacer que te siguiera, desquiciarlo. En lugar de darle una muerte directa y fría como hacemos todos, sentiste la necesidad de atormentarlo un buen rato, antes de matarlo.

—¡No me digas que te da pena que ese pobre asesino y torturador de mujeres haya sufrido un poco de tormento antes de morir!

—¡Joder, Drasik, eso me da igual! ¡No siento pena alguna por ningún tipo de criminal! ¡Lo que me preocupa eres tú! Que tengas esta actitud. Has sido cruel, no porque ese cabrón lo mereciera, sino porque te apetecía, por diversión… ¿No entiendes que eso es jodidamente preocupante?

—Será para ti —se cruzó de brazos—. He hecho mi trabajo, una vez más, de forma impecable. Al final eso es lo que importa.

—No. Eso no es lo que más importa.

Drasik no dijo nada, frunció más los labios, mirando por la ventanilla.

—Hay algo que no me estás contando —comentó Brey entonces.

El Sui dio un pequeño sobresalto. Se puso nervioso, pero siguió disimulando. Se preguntaba si Brey sospechaba algo sobre la situación de Izan.

—Sé que no tiene nada que ver con tu experimento actual, ni con los exámenes del instituto ni con esta misión. Creía que el regreso de Neuval te haría más feliz que a nadie…

—¡Me hace feliz, más que a toda la Asociación junta! —replicó Drasik, mirándolo—. No te atrevas a pensar lo contario. Llevaba siete años soñando con ello.

—¿Y qué ha pasado?

—¡Nada! ¡No ha pasado nada, joder, sigo alegrándome de estar por fin en una KRS renacida, de volver a tener a Neuval con nosotros, y de haber tenido esta misión hoy! Es que no estoy durmiendo bien últimamente, ¿vale? Sólo estoy un poco agobiado.

—Un poco agobiado estabas hace dos semanas. Ahora estás que te subes por las paredes como cuatro veces al día. Se te está yendo la cabeza, Dras. Y yo no soy como los demás. Tratándote con delicadeza y cuidado, con palabras bonitas, positivas, para no empeorar el problema. Temo al majin lo suficiente para hacer lo que sea por evitar que exista.

—Así que tú también crees que estoy enfermo.

—¿Y tú no? ¿Desde cuándo te has vuelto ciego o tonto?

—Es… un majin… de dos… putos… grados —vocalizó Drasik—. Estoy hasta los huevos de repetíroslo.

—Un majin de dos grados no te produce de repente las ganas de jugar y vacilar a un condenado antes de matarlo. Eso ya roza un majin de cuarto o quinto grado. Un iris no mata por diversión ni crueldad, no mata por sentimientos de autoplacer o egoísmo, mata por deber y lógica, por necesidad de las víctimas inocentes y no por necesidad propia…

—¡A ti lo que te da miedo es que te lo contagien! —exclamó Drasik, volviendo a explotar de rabia.

—¡Tú deberías sentir el mismo miedo a padecerlo! ¡Y no sólo no lo temes padecer, te da igual que crezca! Has visto lo que puede llegar a causar, lo has visto toda tu vida. ¿¡Qué quieres, acabar tú también despertando un día con una desgracia bajo tus pies!?

—Para el coche —se hartó Drasik, quitándose el cinturón.

—No seas idiota…

—¡Que pares el coche o te congelo el motor! Me vuelvo solo a casa.

Viendo que tenía firmes intenciones de bajarse en marcha y de que ya estaba abriendo el pestillo de la puerta, Brey detuvo el vehículo en el arcén de la carretera. Estaban en una carretera pequeña en una ladera boscosa, cerca de la costa. Drasik salió del coche al instante y se fue caminando por el arcén. Sin embargo, Brey también había salido del coche justo después, simplemente para correr hasta él y derribarlo al suelo.

—¿¡Qué haces!? —gruñó Drasik, dándose la vuelta, pero tenía al rubio encima—. ¡Se te ha ido la olla!

—¡Mejor! ¡Así podré expresarme en tu idioma, en el idioma de todos vosotros, humanos de nacimiento de los cojones! ¡A ver si oyéndome gritar como un loco y viéndome mi expresiva cara te enteras de una vez de que no me da la puta gana de mantenerme callado esta vez y no hacer nada! ¡Espabila, idiota, déjate ya de mierdas y ponte en tratamiento! ¡Tener majin no será tu culpa, pero sí lo es ignorarlo, ¿me oyes?! ¡He tenido ya bastante con los putos majin de mi familia y no voy a perder a otro hermano por ser un imbécil duro de mollera!

Drasik se quedó sobrecogido, por esas palabras pero también por la cara roja y airada que Brey tenía. Hacía años que no lo veía así.

Drasik y Brey se conocían desde bien pequeños. Brey tenía 8 años, y llevaba ya la mitad viviendo en la casa de su hermana mayor tras morir sus padres Hideki y Emiliya, cuando Neuval regresó de una larga visita al Monte Zou trayendo consigo a dos pequeños chicos extranjeros, un humano y el otro un iris recién entrenado, que iban a iniciar una nueva vida en Tokio. Eliam y Drasik estuvieron seis meses viviendo con ellos, hasta que Agatha ya les proporcionó su actual vivienda y se encargó ella misma de cuidarlos unos pocos años hasta que ya se valieron solos.

Al principio de su estadía en la casa de los Vernoux, Drasik daba algunos problemas. Con 4 años, era el iris más joven del mundo en convertirse. Había pasado un entrenamiento más aclimatado a alguien de su edad, pues nunca antes se había tratado con un iris de 3 años de edad que todavía usaba pañales y orinal. La edad mínima de conversión habían sido los 5 años hasta entonces, y entre un niño de 5 y uno de 3 ya había bastantes diferencias.

Quizá por eso Drasik fue uno de los escasos iris del mundo en desarrollar ya un primer grado de majin antes de acabar su entrenamiento. Aunque leves y breves, causaba estragos de vez en cuando, especialmente por las noches. Drasik tenía pesadillas constantes. Despertaba a los demás con sus lloros o gritos. A veces, algunas cosas, como ver un tipo de comida, oler un tipo de perfume o cualquier cosa que le recordara a sus padres o cómo los vio ser brutalmente asesinados, le hacía tener pequeños ataques de pánico.

Aun así, su iris entrenado lo mantenía estable diez veces mejor de lo que estaría un niño humano de su edad y condición, sin duda. Pero lo que más le ayudó a fortalecerlo y a lidiar mejor con esos episodios de pánico o rabia, era el eterno apoyo, la eterna paciencia y el enorme afecto que Neuval y Katya le daban.

Neuval sentía una especial debilidad por él. Porque le recordaba muchísimo a sí mismo de pequeño y porque compartía con él el mismo problema. Ser un iris hipersensible era una forma más bonita de describir lo que otros dirían que es un iris “defectuoso”. Neuval hizo con Drasik lo que Lao hizo con él. Lo salvó. No de la muerte ni de un enemigo, sino de ese otro Drasik oscuro que quería apoderarse de su cuerpo, su mente y su vida.

Fue un proceso lento, pero poco a poco Drasik fue saliendo de su caparazón de hielo y mirando las cosas de su alrededor con la cabeza más alta, con más curiosidad e interés y menos miedo y apatía. Sobre todo, siempre tenía la mirada levantada y absorta apuntando hacia Neuval. Vio en él su propio yo futuro. Porque él era una prueba viviente de que incluso el iris más enfermo, problemático, rechazado y cuestionado había logrado convertirse en el más enfermo, problemático, respetado y admirado.

Sin embargo, no sólo fue Neuval. Porque un Izan de 13 años también vivía en esa casa con ellos en esa época. Otro iris “defectuoso” por tener un majin demasiado temprano, que, sin embargo, cumplía misiones de forma impecable, y no sólo eso, sino que además nada parecía ensombrecer su ánimo. Con él y con Neuval no había ni un solo día que fuera aburrido.

Pero quien sin duda lo cambió todo en su vida y en su alma, fue Cleven. Porque, con ella, descubrió un mundo aparte, un mundo diferente al de la Asociación y los iris. Un bello secreto que lo convirtió en alguien muy especial y le descubrió una gran verdad. Y una misión más importante que cualquier otra.

—Podrías empezar al menos por apreciar mejor lo que tienes… —volvió a hablarle Brey, con una voz agotada, y ojos tristes—. Igual que yo, te quedaste huérfano a una edad demasiado corta. Pero tú aún tienes a Eliam, un hermano de sangre… y parece que te da igual. Si supieras lo que yo daría por…

Brey intentó acabar la frase, pero al final no pudo, o no quiso. Drasik lo miraba afligido, pero también con rabia, conteniendo las lágrimas. Ver los ojos vidriosos de Brey, de ese verde tan familiar, por un instante vio en él la cara de Izan. Se parecían mucho. Eso lo hacía más difícil. Drasik desearía que no le hubiera dicho esto último. En los últimos años se había preguntado si Brey ya lo había superado, si ya había dejado a Izan atrás. Pero vio que, indudablemente, no. De hecho, era estremecedor ver a Brey expresándose de una forma tan emocionalmente desgarradora al mencionar a Izan. Incluso si no había llegado a acabar la frase y pronunciar su nombre.

¿Por qué había tenido que meter a Eliam en esto? Esto estresó a Drasik. No era justo. Sabía que no había sido últimamente el mejor hermano para Eliam, pero no era justo, porque Drasik, para empezar, no sabía por qué se sentía así, por qué era así, por qué se estaba convirtiendo otra vez en un desastre y estaba haciendo daño a los seres queridos de su alrededor. No entendía por qué su majin aumentaría ahora, cuando estaba en la mejor época de su vida, cuando ya había empezado a ir superando la muerte de Yousuke, teniendo a Kyo de regreso tras su año de entrenamiento, teniendo a sus amigos, a su hermano, y, sobre todo, a Neuval y a la KRS de vuelta… ¿Por qué su mente estaba volviendo a ser un desastre, cuál estaba siendo el motivo?

No poder averiguarlo era lo que más le trastornaba. Si no había una provocación o motivo, su majin no podía crecer así porque sí. Por eso insistía, y quería convencerse a sí mismo, de que su majin no podía estar aumentando, porque no existía un motivo.

Pero lo había. Lo que pasa es que su iris no lo estaba entendiendo. Y era una consecuencia inevitable de una mente que había sufrido un importante borrado de memoria. Porque, una vez más, sin quererlo, sin razón aparente, sin permiso, en los ojos verdes de Brey lo que vio ahora fue el rostro de Cleven, mirándolo con esa misma expresión de dolor y tristeza. Otra vez, y otra vez, siempre aparecía la cara de ella en un reflejo, en un pensamiento fugaz, en una sombra de la calle… No podía dejar de verla en todas partes. Y con esa imagen, venían también sentimientos desconocidos que no comprendía.

—¡Quita, suéltame! —Drasik acabó apartándolo de un empujón, y se puso en pie rápidamente, trastabillando un poco—. No lo entiendes… No es tan fácil…

—Dras…

—Por favor, déjame en paz… por favor… —le rogó exasperado, mientras se marchaba caminando a través de la maleza, descendiendo el bosque y la pedregosa pendiente hacia la costa.

Desapareció en el mar. Brey, arrodillado en el arcén de la carretera, suspiró abatido. Salió vaho. La mañana ahí estaba muy fría y húmeda. Se miró las manos. Puede que su enfado hubiese comenzado porque Drasik se lo había contagiado, pero las palabras que había podido expresar a través de él eran realmente suyas, y al final el enfado se había vuelto naturalmente suyo por un motivo suyo. Sólo le pasaba cuando trataba temas sobre las personas que más le importaban. Eran las únicas veces en las que se sentía más humano. Pero odiaba que tuviera que ser siempre por reabrir heridas.

Volvió al coche. Se sentó al volante, cerró la puerta y se quedó un rato mirando al frente. Normalmente, su iris le volvía a enfriar la cabeza y retomaba el control y un estado vacío de emociones en cuestión de segundos. Pero esta vez le estaba costando un poco. No pasa nada, se dijo. Esto ya había ocurrido muchas veces. Un par de horas solo por ahí perdido con sus pensamientos, y Drasik regresaría a casa por su cuenta más calmado, como hacía siempre.

Ahora era él quien tenía que regresar a casa y ocuparse de cosas más importantes. No había dejado de pensar en la tristeza que Clover llevaba dos días padeciendo por su culpa. No podía tolerarlo más tiempo.

Al cabo de media hora, ya llegó a casa. Dejó el coche en el garaje y subió por el ascensor.

En el quinto piso, Eliam estaba solo en medio del rellano. Observaba intranquilo la puerta abierta de la vivienda de Brey. La de Mei Ling y Kyo también estaba abierta. Sin embargo, cuando el argentino oyó el sonido de uno de los dos ascensores, se giró enseguida, preguntándose si sería otro vecino, o si esta vez ya sería Brey. Se le encogió el estómago al ver que era el susodicho. Pero fue a aún peor verlo aparecer sosteniendo en un brazo una bolsa grande de la compra, seguramente para hacer la comida, y en el otro brazo un enorme oso panda de peluche con un bonito lazo en el cuello. Al parecer, había hecho una parada en alguna tienda antes de llegar a casa.

Gastar el dinero en caprichos o cosas innecesarias para la supervivencia era algo muy irracional para Brey. Pero ya le había pasado más veces, no poder evitar el impulso de, de vez en cuando, comprar algún juguete o algún dulce especial. Eliam tenía un nudo en la garganta.

—Hey —saludó Brey pasivamente—. ¿Qué haces aquí fuera? Oye, Dras se ha ido a dar una vuelta por ahí, no te preocupes. La misión ha ido bien.

—Ah… gracias por decírmelo —murmuró Eliam.

Brey se percató de que le temblaban un poco los labios y que sus ojos avellana no paraban de mirarlo fijamente, como queriéndole decir algo y no ser capaz.

—Eliam, ¿qué…? —fue a preguntarle, pero entonces Agatha salió por la puerta abierta de su vivienda—. Agatha, ya he llegado —la llamó—. Voy a hacerles la comida, no hace falta que hagas nada más. ¿Cómo se han portado?

—Brey, querido… —murmuró la anciana, acercándose a él con una expresión desolada que intentaba mantener firme; le palpó los brazos, y descubrió que portaba la bolsa de la compra y el peluche—. Ven. Deja esto a un lado un momento. Eliam, ¿te importaría…? —le pidió, y el argentino asintió y le sostuvo a Brey las cosas—. Ven conmigo.

Agatha caminó de vuelta hacia la puerta de Brey, pero este no la siguió. Se quedó donde estaba. La anciana no podía verla, pero podía notarla, esa cara expresivamente asustada, la parálisis de sus músculos y la aceleración de su respiración.

—Agatha —dijo el rubio con voz entrecortada—. ¿Qué pasa?

—Brey…

—Agatha —repitió enseguida, oliéndolo en el aire, empezando a sentirlo, comenzando a alarmar a su iris—. Dime qué pasa.

—Querido, espera, no te alteres —volvió a su lado y alzó las manos para agarrar sus hombros, ya que él era más alto—. No ha ocurrido ninguna tragedia irreversible, te lo prometo.

Brey no sabía cómo interpretar eso. Lo que sabía, es que seguía sonando mal. Su mente comenzó a invadirse de todo tipo de pensamientos y razonamientos e hipótesis. Su iris se puso a trabajar en este instante para protegerlo con antelación. Lo habían entrenado para esto. Conocer todo tipo de malas noticias que una persona podía recibir en la vida, y cómo reaccionar ante ellas.

Era cierto que presenciar con sus propios ojos cómo su padre y su madre morían en manos de un terrorista humano afectó su iris nato a sus 4 años, lo suficiente para crearle por primera vez un signo de trauma. Por eso, necesitó el entrenamiento como los demás. Desde entonces, empezó a padecer el conocido “contagio”.

Antes de eso, era una mente puramente Yang e invulnerable, un bebé y un niño que nunca lloraba si no era por razones lógicas de supervivencia, como el hambre, el dolor o sentir peligro, y que nunca reía o sonreía, a no ser que fueran sus padres o hermanos produciéndole un intenso motivo. Ya con sólo 1 año, únicamente bastó decirle una vez que no tocara cosas afiladas o que quemaran, y él lo comprendió a la primera, porque era lógico, y él entendía y respetaba las cosas lógicas al instante. Y si veía a otro niño u otra persona a punto de tocar algo afilado o ardiente, incluso a esa temprana edad su primer impulso era ir corriendo, o gateando, a evitar que esa persona sufriera el daño y salvarla.

Ver la muerte de sus padres produjo un primer desajuste en su iris perfecto. Un primer, único y pequeño defecto, como una pequeña grieta por donde le podían entrar emociones ajenas. El contagio siempre era temporal, y le sucedía cuando una persona expresaba hacia él una emoción muy intensa, ya fuera buena o mala, lo suficientemente intensa para traspasar la pequeña grieta. Pero sin compartir o conocer el motivo.

Hace años, por ejemplo, un condenado al que debía matar se puso a llorar a gritos como un loco, suplicando por su vida. Brey comenzó a llorar en ese momento, sintiendo esa misma agonía, pero sin tener ni idea del origen, la causa, sin saber la historia o el porqué. Aun así, cumplió su deber, sobre todo cuando ese tipo dijo que él no tenía la culpa de haber violado y descuartizado a nueve niños, que la culpa era de ellos por provocarle la tentación con sus bellos e inmaduros cuerpos.

Era como si alguien con gripe le contagiara la tos y la fiebre, pero no el virus o bacteria en su cuerpo. Le contagiaban los síntomas, la manifestación física de las emociones, pero nunca la fuente o el origen. Lo peligroso de esto, es que le podían contagiar un majin si este era lo bastante intenso. Ya le pasó una vez. No le hizo “ser” un majin, pero le hizo “actuar” como un majin, manifestarse como uno, en contra de su voluntad durante varios minutos.

Brey era un iris admirado en la Asociación sobre todo por haber alcanzado el nivel máximo. Pero seguía siendo un iris raro, sin precedentes conocidos, diferente al resto, que ni siquiera Alvion sabía aún cómo funcionaba exactamente. Y por eso, cada vivencia que Brey experimentaba y reaccionaba de forma distinta al resto, hacía que Alvion aprendiera cosas nuevas sobre él. Y una de las rarezas que había aprendido de él, aparte del contagio, es que su reacción al trauma era diferente.

Los iris comunes, al sufrir un trauma, luchaban contra malas emociones peligrosas, es decir, de las que podían hacer daño a otros, como la ira, la rabia, la crueldad… Porque los iris comunes, habiendo nacido humanos, habían nacido con energía Yin y Yang, y el trauma hacía que este Yin saltase a la superficie. Pero a Brey no podía pasarle esto, porque carecía totalmente de energía Yin. Nunca la tuvo.

Por tanto, su reacción a un trauma, como la muerte de sus padres, o la de su hermana, o la de Yue, no le volvía rabioso, agresivo ni peligroso para los demás, no expresaba un Yin. Le producía otro efecto, que era el de no manifestar absolutamente nada, ni bueno ni malo. Su única energía, el Yang, se bloqueaba. Le apagaba el iris, le destrozaba el alma y le paralizaba el cuerpo. Sufría, pues, ese otro tipo de malas emociones que no eran peligrosas para los demás, pero sí para sí mismo. Depresión, decepción, tristeza, fracaso, culpa…

En esas tragedias anteriores con miembros de su familia, las había padecido, y de forma grave. Pero, con el tiempo, se había recuperado, gracias a que su iris persistía, porque su iris le recordaba que aún había motivos por los que seguir luchando, todavía tenía seres queridos y había gente a la que seguir salvando. Le recordaba que el motivo de su existencia seguía vigente.

Agatha confiaba en que su iris le haría afrontar este nuevo problema con la cabeza fría con la que siempre afrontaba sus misiones.

—Deja que te lo expliquemos, ¿vale? Confiamos en que todavía puede ser solucionado.

Brey la escuchó e hizo lo posible por aferrarse racionalmente a lo que le había dicho. Sus palabras le confirmaban que no había muerto nadie. Pero él sabía que en este mundo había cosas peores que la muerte. Aun así, Agatha aseguraba que había habido un problema que aún se podía solucionar. Y eso, para cualquier iris, siempre era un alivio. Un iris existía para solucionar problemas.

Sin embargo, no podía evitar que aún le recorriera el miedo por culpa de la incertidumbre. Quería saber qué pasaba, así que acompañó a Agatha hacia su casa.









85.
Razón contra emoción

—¡Es que no entiendo por qué siempre tienes un maldito problema conmigo! —protestaba Drasik, sentado de copiloto en el coche de Brey.

—¡No tengo un problema contigo, el problema lo tienes tú contigo! —respondió Brey, sentado al volante, conduciendo de regreso a Tokio tras haber huido con éxito de la base que acababan de desmantelar.

Llevaban ya un rato discutiendo. Drasik había acabado contagiándole el enfado y por eso Brey, aunque trataba de hablar racional y calmadamente, no podía evitar alzar la voz y estar agitado.

—La misión ha salido de perlas, hemos cumplido a la perfección —insistía Drasik—. ¿Sabes lo que cuesta hacer ese test en menos de diez minutos? ¿Te parece poco que haya tenido que improvisar un catalizador para acelerar la prueba? Ningún otro Sui hace eso. Y ahora gracias a eso hemos confirmado que son los explosivos que buscábamos y la misión puede continuar.

—Sabes que no estoy hablando de cómo has hecho las cosas. Lo que me molesta es tu actitud.

—¡A ti te molesta la actitud de todo el puto mundo, Brey!

—¡De eso nada!

—¡Quieres que todos fuesen más como tú, pero el mundo no puede ser así, nadie más que tú ha nacido así! ¡Y no es culpa del mundo, ni tuya, pero por eso no puedes andar exigiendo tanto!

—Drasik, ¡no estoy hablando de eso! ¿Desde cuándo te domina la arrogancia en medio de una operación en la que sólo debes mostrar concentración y discreción? ¿Por qué tuviste que llamar la atención de ese condenado y empezar a vacilarlo?

—¿Qué más te da? Lo tenía que matar de todos modos, ¿no? Tú has matado a tu condenado, y yo no voy diciéndote cómo hacerlo.

—¿A qué coño venía eso? Jugar con él, hacer que te siguiera, desquiciarlo. En lugar de darle una muerte directa y fría como hacemos todos, sentiste la necesidad de atormentarlo un buen rato, antes de matarlo.

—¡No me digas que te da pena que ese pobre asesino y torturador de mujeres haya sufrido un poco de tormento antes de morir!

—¡Joder, Drasik, eso me da igual! ¡No siento pena alguna por ningún tipo de criminal! ¡Lo que me preocupa eres tú! Que tengas esta actitud. Has sido cruel, no porque ese cabrón lo mereciera, sino porque te apetecía, por diversión… ¿No entiendes que eso es jodidamente preocupante?

—Será para ti —se cruzó de brazos—. He hecho mi trabajo, una vez más, de forma impecable. Al final eso es lo que importa.

—No. Eso no es lo que más importa.

Drasik no dijo nada, frunció más los labios, mirando por la ventanilla.

—Hay algo que no me estás contando —comentó Brey entonces.

El Sui dio un pequeño sobresalto. Se puso nervioso, pero siguió disimulando. Se preguntaba si Brey sospechaba algo sobre la situación de Izan.

—Sé que no tiene nada que ver con tu experimento actual, ni con los exámenes del instituto ni con esta misión. Creía que el regreso de Neuval te haría más feliz que a nadie…

—¡Me hace feliz, más que a toda la Asociación junta! —replicó Drasik, mirándolo—. No te atrevas a pensar lo contario. Llevaba siete años soñando con ello.

—¿Y qué ha pasado?

—¡Nada! ¡No ha pasado nada, joder, sigo alegrándome de estar por fin en una KRS renacida, de volver a tener a Neuval con nosotros, y de haber tenido esta misión hoy! Es que no estoy durmiendo bien últimamente, ¿vale? Sólo estoy un poco agobiado.

—Un poco agobiado estabas hace dos semanas. Ahora estás que te subes por las paredes como cuatro veces al día. Se te está yendo la cabeza, Dras. Y yo no soy como los demás. Tratándote con delicadeza y cuidado, con palabras bonitas, positivas, para no empeorar el problema. Temo al majin lo suficiente para hacer lo que sea por evitar que exista.

—Así que tú también crees que estoy enfermo.

—¿Y tú no? ¿Desde cuándo te has vuelto ciego o tonto?

—Es… un majin… de dos… putos… grados —vocalizó Drasik—. Estoy hasta los huevos de repetíroslo.

—Un majin de dos grados no te produce de repente las ganas de jugar y vacilar a un condenado antes de matarlo. Eso ya roza un majin de cuarto o quinto grado. Un iris no mata por diversión ni crueldad, no mata por sentimientos de autoplacer o egoísmo, mata por deber y lógica, por necesidad de las víctimas inocentes y no por necesidad propia…

—¡A ti lo que te da miedo es que te lo contagien! —exclamó Drasik, volviendo a explotar de rabia.

—¡Tú deberías sentir el mismo miedo a padecerlo! ¡Y no sólo no lo temes padecer, te da igual que crezca! Has visto lo que puede llegar a causar, lo has visto toda tu vida. ¿¡Qué quieres, acabar tú también despertando un día con una desgracia bajo tus pies!?

—Para el coche —se hartó Drasik, quitándose el cinturón.

—No seas idiota…

—¡Que pares el coche o te congelo el motor! Me vuelvo solo a casa.

Viendo que tenía firmes intenciones de bajarse en marcha y de que ya estaba abriendo el pestillo de la puerta, Brey detuvo el vehículo en el arcén de la carretera. Estaban en una carretera pequeña en una ladera boscosa, cerca de la costa. Drasik salió del coche al instante y se fue caminando por el arcén. Sin embargo, Brey también había salido del coche justo después, simplemente para correr hasta él y derribarlo al suelo.

—¿¡Qué haces!? —gruñó Drasik, dándose la vuelta, pero tenía al rubio encima—. ¡Se te ha ido la olla!

—¡Mejor! ¡Así podré expresarme en tu idioma, en el idioma de todos vosotros, humanos de nacimiento de los cojones! ¡A ver si oyéndome gritar como un loco y viéndome mi expresiva cara te enteras de una vez de que no me da la puta gana de mantenerme callado esta vez y no hacer nada! ¡Espabila, idiota, déjate ya de mierdas y ponte en tratamiento! ¡Tener majin no será tu culpa, pero sí lo es ignorarlo, ¿me oyes?! ¡He tenido ya bastante con los putos majin de mi familia y no voy a perder a otro hermano por ser un imbécil duro de mollera!

Drasik se quedó sobrecogido, por esas palabras pero también por la cara roja y airada que Brey tenía. Hacía años que no lo veía así.

Drasik y Brey se conocían desde bien pequeños. Brey tenía 8 años, y llevaba ya la mitad viviendo en la casa de su hermana mayor tras morir sus padres Hideki y Emiliya, cuando Neuval regresó de una larga visita al Monte Zou trayendo consigo a dos pequeños chicos extranjeros, un humano y el otro un iris recién entrenado, que iban a iniciar una nueva vida en Tokio. Eliam y Drasik estuvieron seis meses viviendo con ellos, hasta que Agatha ya les proporcionó su actual vivienda y se encargó ella misma de cuidarlos unos pocos años hasta que ya se valieron solos.

Al principio de su estadía en la casa de los Vernoux, Drasik daba algunos problemas. Con 4 años, era el iris más joven del mundo en convertirse. Había pasado un entrenamiento más aclimatado a alguien de su edad, pues nunca antes se había tratado con un iris de 3 años de edad que todavía usaba pañales y orinal. La edad mínima de conversión habían sido los 5 años hasta entonces, y entre un niño de 5 y uno de 3 ya había bastantes diferencias.

Quizá por eso Drasik fue uno de los escasos iris del mundo en desarrollar ya un primer grado de majin antes de acabar su entrenamiento. Aunque leves y breves, causaba estragos de vez en cuando, especialmente por las noches. Drasik tenía pesadillas constantes. Despertaba a los demás con sus lloros o gritos. A veces, algunas cosas, como ver un tipo de comida, oler un tipo de perfume o cualquier cosa que le recordara a sus padres o cómo los vio ser brutalmente asesinados, le hacía tener pequeños ataques de pánico.

Aun así, su iris entrenado lo mantenía estable diez veces mejor de lo que estaría un niño humano de su edad y condición, sin duda. Pero lo que más le ayudó a fortalecerlo y a lidiar mejor con esos episodios de pánico o rabia, era el eterno apoyo, la eterna paciencia y el enorme afecto que Neuval y Katya le daban.

Neuval sentía una especial debilidad por él. Porque le recordaba muchísimo a sí mismo de pequeño y porque compartía con él el mismo problema. Ser un iris hipersensible era una forma más bonita de describir lo que otros dirían que es un iris “defectuoso”. Neuval hizo con Drasik lo que Lao hizo con él. Lo salvó. No de la muerte ni de un enemigo, sino de ese otro Drasik oscuro que quería apoderarse de su cuerpo, su mente y su vida.

Fue un proceso lento, pero poco a poco Drasik fue saliendo de su caparazón de hielo y mirando las cosas de su alrededor con la cabeza más alta, con más curiosidad e interés y menos miedo y apatía. Sobre todo, siempre tenía la mirada levantada y absorta apuntando hacia Neuval. Vio en él su propio yo futuro. Porque él era una prueba viviente de que incluso el iris más enfermo, problemático, rechazado y cuestionado había logrado convertirse en el más enfermo, problemático, respetado y admirado.

Sin embargo, no sólo fue Neuval. Porque un Izan de 13 años también vivía en esa casa con ellos en esa época. Otro iris “defectuoso” por tener un majin demasiado temprano, que, sin embargo, cumplía misiones de forma impecable, y no sólo eso, sino que además nada parecía ensombrecer su ánimo. Con él y con Neuval no había ni un solo día que fuera aburrido.

Pero quien sin duda lo cambió todo en su vida y en su alma, fue Cleven. Porque, con ella, descubrió un mundo aparte, un mundo diferente al de la Asociación y los iris. Un bello secreto que lo convirtió en alguien muy especial y le descubrió una gran verdad. Y una misión más importante que cualquier otra.

—Podrías empezar al menos por apreciar mejor lo que tienes… —volvió a hablarle Brey, con una voz agotada, y ojos tristes—. Igual que yo, te quedaste huérfano a una edad demasiado corta. Pero tú aún tienes a Eliam, un hermano de sangre… y parece que te da igual. Si supieras lo que yo daría por…

Brey intentó acabar la frase, pero al final no pudo, o no quiso. Drasik lo miraba afligido, pero también con rabia, conteniendo las lágrimas. Ver los ojos vidriosos de Brey, de ese verde tan familiar, por un instante vio en él la cara de Izan. Se parecían mucho. Eso lo hacía más difícil. Drasik desearía que no le hubiera dicho esto último. En los últimos años se había preguntado si Brey ya lo había superado, si ya había dejado a Izan atrás. Pero vio que, indudablemente, no. De hecho, era estremecedor ver a Brey expresándose de una forma tan emocionalmente desgarradora al mencionar a Izan. Incluso si no había llegado a acabar la frase y pronunciar su nombre.

¿Por qué había tenido que meter a Eliam en esto? Esto estresó a Drasik. No era justo. Sabía que no había sido últimamente el mejor hermano para Eliam, pero no era justo, porque Drasik, para empezar, no sabía por qué se sentía así, por qué era así, por qué se estaba convirtiendo otra vez en un desastre y estaba haciendo daño a los seres queridos de su alrededor. No entendía por qué su majin aumentaría ahora, cuando estaba en la mejor época de su vida, cuando ya había empezado a ir superando la muerte de Yousuke, teniendo a Kyo de regreso tras su año de entrenamiento, teniendo a sus amigos, a su hermano, y, sobre todo, a Neuval y a la KRS de vuelta… ¿Por qué su mente estaba volviendo a ser un desastre, cuál estaba siendo el motivo?

No poder averiguarlo era lo que más le trastornaba. Si no había una provocación o motivo, su majin no podía crecer así porque sí. Por eso insistía, y quería convencerse a sí mismo, de que su majin no podía estar aumentando, porque no existía un motivo.

Pero lo había. Lo que pasa es que su iris no lo estaba entendiendo. Y era una consecuencia inevitable de una mente que había sufrido un importante borrado de memoria. Porque, una vez más, sin quererlo, sin razón aparente, sin permiso, en los ojos verdes de Brey lo que vio ahora fue el rostro de Cleven, mirándolo con esa misma expresión de dolor y tristeza. Otra vez, y otra vez, siempre aparecía la cara de ella en un reflejo, en un pensamiento fugaz, en una sombra de la calle… No podía dejar de verla en todas partes. Y con esa imagen, venían también sentimientos desconocidos que no comprendía.

—¡Quita, suéltame! —Drasik acabó apartándolo de un empujón, y se puso en pie rápidamente, trastabillando un poco—. No lo entiendes… No es tan fácil…

—Dras…

—Por favor, déjame en paz… por favor… —le rogó exasperado, mientras se marchaba caminando a través de la maleza, descendiendo el bosque y la pedregosa pendiente hacia la costa.

Desapareció en el mar. Brey, arrodillado en el arcén de la carretera, suspiró abatido. Salió vaho. La mañana ahí estaba muy fría y húmeda. Se miró las manos. Puede que su enfado hubiese comenzado porque Drasik se lo había contagiado, pero las palabras que había podido expresar a través de él eran realmente suyas, y al final el enfado se había vuelto naturalmente suyo por un motivo suyo. Sólo le pasaba cuando trataba temas sobre las personas que más le importaban. Eran las únicas veces en las que se sentía más humano. Pero odiaba que tuviera que ser siempre por reabrir heridas.

Volvió al coche. Se sentó al volante, cerró la puerta y se quedó un rato mirando al frente. Normalmente, su iris le volvía a enfriar la cabeza y retomaba el control y un estado vacío de emociones en cuestión de segundos. Pero esta vez le estaba costando un poco. No pasa nada, se dijo. Esto ya había ocurrido muchas veces. Un par de horas solo por ahí perdido con sus pensamientos, y Drasik regresaría a casa por su cuenta más calmado, como hacía siempre.

Ahora era él quien tenía que regresar a casa y ocuparse de cosas más importantes. No había dejado de pensar en la tristeza que Clover llevaba dos días padeciendo por su culpa. No podía tolerarlo más tiempo.

Al cabo de media hora, ya llegó a casa. Dejó el coche en el garaje y subió por el ascensor.

En el quinto piso, Eliam estaba solo en medio del rellano. Observaba intranquilo la puerta abierta de la vivienda de Brey. La de Mei Ling y Kyo también estaba abierta. Sin embargo, cuando el argentino oyó el sonido de uno de los dos ascensores, se giró enseguida, preguntándose si sería otro vecino, o si esta vez ya sería Brey. Se le encogió el estómago al ver que era el susodicho. Pero fue a aún peor verlo aparecer sosteniendo en un brazo una bolsa grande de la compra, seguramente para hacer la comida, y en el otro brazo un enorme oso panda de peluche con un bonito lazo en el cuello. Al parecer, había hecho una parada en alguna tienda antes de llegar a casa.

Gastar el dinero en caprichos o cosas innecesarias para la supervivencia era algo muy irracional para Brey. Pero ya le había pasado más veces, no poder evitar el impulso de, de vez en cuando, comprar algún juguete o algún dulce especial. Eliam tenía un nudo en la garganta.

—Hey —saludó Brey pasivamente—. ¿Qué haces aquí fuera? Oye, Dras se ha ido a dar una vuelta por ahí, no te preocupes. La misión ha ido bien.

—Ah… gracias por decírmelo —murmuró Eliam.

Brey se percató de que le temblaban un poco los labios y que sus ojos avellana no paraban de mirarlo fijamente, como queriéndole decir algo y no ser capaz.

—Eliam, ¿qué…? —fue a preguntarle, pero entonces Agatha salió por la puerta abierta de su vivienda—. Agatha, ya he llegado —la llamó—. Voy a hacerles la comida, no hace falta que hagas nada más. ¿Cómo se han portado?

—Brey, querido… —murmuró la anciana, acercándose a él con una expresión desolada que intentaba mantener firme; le palpó los brazos, y descubrió que portaba la bolsa de la compra y el peluche—. Ven. Deja esto a un lado un momento. Eliam, ¿te importaría…? —le pidió, y el argentino asintió y le sostuvo a Brey las cosas—. Ven conmigo.

Agatha caminó de vuelta hacia la puerta de Brey, pero este no la siguió. Se quedó donde estaba. La anciana no podía verla, pero podía notarla, esa cara expresivamente asustada, la parálisis de sus músculos y la aceleración de su respiración.

—Agatha —dijo el rubio con voz entrecortada—. ¿Qué pasa?

—Brey…

—Agatha —repitió enseguida, oliéndolo en el aire, empezando a sentirlo, comenzando a alarmar a su iris—. Dime qué pasa.

—Querido, espera, no te alteres —volvió a su lado y alzó las manos para agarrar sus hombros, ya que él era más alto—. No ha ocurrido ninguna tragedia irreversible, te lo prometo.

Brey no sabía cómo interpretar eso. Lo que sabía, es que seguía sonando mal. Su mente comenzó a invadirse de todo tipo de pensamientos y razonamientos e hipótesis. Su iris se puso a trabajar en este instante para protegerlo con antelación. Lo habían entrenado para esto. Conocer todo tipo de malas noticias que una persona podía recibir en la vida, y cómo reaccionar ante ellas.

Era cierto que presenciar con sus propios ojos cómo su padre y su madre morían en manos de un terrorista humano afectó su iris nato a sus 4 años, lo suficiente para crearle por primera vez un signo de trauma. Por eso, necesitó el entrenamiento como los demás. Desde entonces, empezó a padecer el conocido “contagio”.

Antes de eso, era una mente puramente Yang e invulnerable, un bebé y un niño que nunca lloraba si no era por razones lógicas de supervivencia, como el hambre, el dolor o sentir peligro, y que nunca reía o sonreía, a no ser que fueran sus padres o hermanos produciéndole un intenso motivo. Ya con sólo 1 año, únicamente bastó decirle una vez que no tocara cosas afiladas o que quemaran, y él lo comprendió a la primera, porque era lógico, y él entendía y respetaba las cosas lógicas al instante. Y si veía a otro niño u otra persona a punto de tocar algo afilado o ardiente, incluso a esa temprana edad su primer impulso era ir corriendo, o gateando, a evitar que esa persona sufriera el daño y salvarla.

Ver la muerte de sus padres produjo un primer desajuste en su iris perfecto. Un primer, único y pequeño defecto, como una pequeña grieta por donde le podían entrar emociones ajenas. El contagio siempre era temporal, y le sucedía cuando una persona expresaba hacia él una emoción muy intensa, ya fuera buena o mala, lo suficientemente intensa para traspasar la pequeña grieta. Pero sin compartir o conocer el motivo.

Hace años, por ejemplo, un condenado al que debía matar se puso a llorar a gritos como un loco, suplicando por su vida. Brey comenzó a llorar en ese momento, sintiendo esa misma agonía, pero sin tener ni idea del origen, la causa, sin saber la historia o el porqué. Aun así, cumplió su deber, sobre todo cuando ese tipo dijo que él no tenía la culpa de haber violado y descuartizado a nueve niños, que la culpa era de ellos por provocarle la tentación con sus bellos e inmaduros cuerpos.

Era como si alguien con gripe le contagiara la tos y la fiebre, pero no el virus o bacteria en su cuerpo. Le contagiaban los síntomas, la manifestación física de las emociones, pero nunca la fuente o el origen. Lo peligroso de esto, es que le podían contagiar un majin si este era lo bastante intenso. Ya le pasó una vez. No le hizo “ser” un majin, pero le hizo “actuar” como un majin, manifestarse como uno, en contra de su voluntad durante varios minutos.

Brey era un iris admirado en la Asociación sobre todo por haber alcanzado el nivel máximo. Pero seguía siendo un iris raro, sin precedentes conocidos, diferente al resto, que ni siquiera Alvion sabía aún cómo funcionaba exactamente. Y por eso, cada vivencia que Brey experimentaba y reaccionaba de forma distinta al resto, hacía que Alvion aprendiera cosas nuevas sobre él. Y una de las rarezas que había aprendido de él, aparte del contagio, es que su reacción al trauma era diferente.

Los iris comunes, al sufrir un trauma, luchaban contra malas emociones peligrosas, es decir, de las que podían hacer daño a otros, como la ira, la rabia, la crueldad… Porque los iris comunes, habiendo nacido humanos, habían nacido con energía Yin y Yang, y el trauma hacía que este Yin saltase a la superficie. Pero a Brey no podía pasarle esto, porque carecía totalmente de energía Yin. Nunca la tuvo.

Por tanto, su reacción a un trauma, como la muerte de sus padres, o la de su hermana, o la de Yue, no le volvía rabioso, agresivo ni peligroso para los demás, no expresaba un Yin. Le producía otro efecto, que era el de no manifestar absolutamente nada, ni bueno ni malo. Su única energía, el Yang, se bloqueaba. Le apagaba el iris, le destrozaba el alma y le paralizaba el cuerpo. Sufría, pues, ese otro tipo de malas emociones que no eran peligrosas para los demás, pero sí para sí mismo. Depresión, decepción, tristeza, fracaso, culpa…

En esas tragedias anteriores con miembros de su familia, las había padecido, y de forma grave. Pero, con el tiempo, se había recuperado, gracias a que su iris persistía, porque su iris le recordaba que aún había motivos por los que seguir luchando, todavía tenía seres queridos y había gente a la que seguir salvando. Le recordaba que el motivo de su existencia seguía vigente.

Agatha confiaba en que su iris le haría afrontar este nuevo problema con la cabeza fría con la que siempre afrontaba sus misiones.

—Deja que te lo expliquemos, ¿vale? Confiamos en que todavía puede ser solucionado.

Brey la escuchó e hizo lo posible por aferrarse racionalmente a lo que le había dicho. Sus palabras le confirmaban que no había muerto nadie. Pero él sabía que en este mundo había cosas peores que la muerte. Aun así, Agatha aseguraba que había habido un problema que aún se podía solucionar. Y eso, para cualquier iris, siempre era un alivio. Un iris existía para solucionar problemas.

Sin embargo, no podía evitar que aún le recorriera el miedo por culpa de la incertidumbre. Quería saber qué pasaba, así que acompañó a Agatha hacia su casa.





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