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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __









54.
Es sólo un pálpito

Un policía novato con aire enérgico anduvo por los pasillos de la comisaría con una memoria USB en la mano. Acababa de salir del Departamento de Investigación por fin con los resultados que había pedido su jefe. No había sido fácil captar una imagen más o menos clara de ese vídeo, ya que todo estaba oscuro y borroso, tal como una cámara de vigilancia de baja calidad podía ofrecer. Pero era una mejora.

Al llegar ante la puerta del despacho del jefe de la Policía, se detuvo, tomó aire y llamó. Una voz le indicó que pasara y lo hizo.

—Señor, no hemos podido llegar a más, pero tal vez sea suficiente para tener alguna pista.

—Prepáralo —le ordenó Hatori.

El policía asintió rápidamente y se dirigió al rincón del despacho donde se situaban dos ordenadores de pantallas planas. Mientras encendía los aparatos, Hatori, sentado tras su amplio escritorio plagado de papeles, carpetas y un par de ordenadores, apoyó la cabeza en una mano para seguir ojeando los informes que sostenía en la otra.

Ya era ministro y ya le habían dado trabajo que hacer en el Ministerio. Sin embargo, Hatori se estaba tomando su tiempo para asentarse en su nuevo cargo, porque no quería dejar los asuntos pendientes de su anterior cargo colgando de cualquier entusiasta sin la preparación suficiente y sin el conocimiento suficiente. Porque el asunto pendiente más importante que había dejado como jefe de la Policía, era el caso de la masacre del callejón. Él sabía que había sido Fuujin, o quería creer que había sido Fuujin; en cualquier caso, la caza de ese iris había sido una obsesión para Hatori desde era un novato veinteañero como el que estaba ahí preparando el vídeo.

En cuanto a elegir quién ocuparía el puesto de jefe de la Policía, Hatori había hablado con el primer ministro y demás altos cargos del Gobierno. Quizá fuera por ser el hijo de Takeshi, o quizá también por el propio respeto que Hatori se había ganado durante diez años de trabajo, pues le habían concedido a él la decisión, confiando en que no había nadie con mejor juicio y criterio que Hatori para saber elegir a un sucesor que al menos se acercara a su nivel.

Norie Saitou era la única que no estaba muy conforme con cómo Hatori estaba llevando esta transición. En primer lugar, debería haber elegido a un nuevo jefe hace ya una semana, y en segundo lugar, debería dejar cualquier caso policial en manos de la policía, y él ocuparse de asuntos mayores del Ministerio. No es que estuviera molesta. Pensaba que ya debía de haber sido duro para Hatori perder a su padre hace un par de semanas y asumir este nuevo cargo tan pronto. Pero a Norie le preocupaba. Quería creer que Hatori estaba siendo insensible para mostrar fortaleza. Eso es algo que vio muchas veces en Takeshi, y con el tiempo, vio cómo acabó consumiéndolo.

Norie había sido la mano derecha de Takeshi en el trabajo del Ministerio, pero jamás supo nada sobre sus actividades fuera el Ministerio, los iris, su proyecto de La Caza, sus contactos secretos con gentes extrañas de otros países… sus intrigantes silencios, cada vez que volvía de unos de sus misteriosos viajes.

Luego estaba el mayor misterio de todos para Norie. La elección de Takeshi. Por supuesto que no había dejado de pensar en ello. Takeshi, antes de morir, habló con ella en privado y le reveló que la iba a elegir a ella como nueva ministra, y al final, en el discurso escrito y el documento oficial y firmado, apareció el nombre de Hatori en vez del suyo. Norie era una mujer tremendamente íntegra y leal al deber, y lo último que quería hacer era dudar, sospechar o tener malos pensamientos sobre Hatori, siendo el hijo de la persona que ella más admiró en su vida, y siendo un hombre igual o más íntegro que ella, demostrado con creces.

Pero no podía evitar sentir que algo no estaba bien, que algo no encajaba. Desde el funeral de Takeshi el lunes de la semana pasada hasta ahora, Norie tenía algo claro. Siempre supo que Takeshi tenía muchos secretos, cuya privacidad siempre respetó, pero ahora, intuía que había un secreto, uno en particular, que Hatori había retomado y que mantenía vivo. Y que, tal vez, directa o indirectamente, pudiera tener relación con la pieza que no encajaba sobre la muerte de Takeshi.

Así que, Norie quería quitarse esta sensación de incomodidad y había decidido que quería saber, de un vez por todas, qué demonios pasaba. Por eso, hace unos días, le pidió a Hatori que aceptara su servicio y colaboración en ese caso secreto que lo tenía tan ocupado.

Hatori todavía se lo estaba pensando. Unos podrían pensar que él a Norie no le daría ni los buenos días porque había sido la elegida de su padre y la envidiaba, pero… Hatori, a pesar de ser humano, estaba por encima de esas emociones humanas infantiles. Para él, lo único que tenía importancia en el mundo, era la utilidad de las cosas. Las cosas y las personas, cualesquiera que fuesen, que sirvieran para el fin que más importaba: convertir el mundo en un lugar de paz y orden absolutos. No importaba lo mal que se llevara con algún compañero, lo mucho que odiara a un criminal o la repulsión que le provocara un lugar, arma u objeto, con tal de que le fuera de utilidad para llegar hasta la basura y limpiar el mundo de las cosas y los seres que no deberían existir.

Por eso, lo más seguro, es que Hatori acabaría accediendo a la petición de Norie.


Hizo una pausa y cogió otro informe escrito por su padre. «Iris apodado Kajin-san. Actividades registradas en regiones del sur de China y en Japón» leyó. «Según aquí, se sabe que lleva siendo un iris desde hace unos cincuenta años o más, así que ahora debe de tratarse de un hombre de elevada edad, en torno a los cincuenta o sesenta y pico. Hm...» frunció el ceño, leyendo más abajo.

«Kajin-san junto con un Denjin-san y una Shokubutsujin-san, eran tres de los iris sobre los que Takeshi puso más interés, y la mayoría de sus actividades se concentraban en Japón. Pero… el Den y la Shokubutsu dejaron de aparecer en los informes de Takeshi hace 16 años. Él sospechó que probablemente este par de iris murió. Pero siguió persiguiendo las pistas de ese Kajin-san. Aun así… el apodo de Fuujin comenzó a oírse por encima del resto precisamente desde hace 16 años. No obstante, hace 7 años, de repente la actividad de Fuujin se apagó. Fuujin y Kajin-san han sido los más famosos que han andado por aquí, ¿tendrán ambos alguna relación, más allá de ser iris de esa misma infame Asociación? En fin». Dejó los papeles sobre la mesa y se apoyó contra el respaldo de la silla.

«Lo que ahora sé es que Fuujin ha vuelto y ya de primeras me ha tocado las narices matando a ese grupo de criminales el otro día. La única testigo… una señora que estaba tirando la basura al final de la calle y oyó los ruidos… dijo que vio salir del callejón “una fiera del inframundo hecha de sombras con una luz blanca en uno de sus ojos”. La primera mitad de la descripción debe de tratarse de una exageración. Esa señora estaba a cien metros de distancia, estaba oscuro, y seguramente lo que vio fue las ropas oscuras de Fuujin agitándose con el aire mientras huía del lugar. Lo que queda claro… es que vio su ojo de luz. De luz blanca. Cualquier Fuu la tiene, pero, ¿quién sino iba a ser el autor de una masacre de doce criminales a la vez, en cuestión de escasos minutos, y con una brutalidad tan poderosa?».

—Señor, ya está —le dijo el otro agente.

Hatori se puso en pie y se dirigió hacia las pantallas. El otro comenzó a reproducir el vídeo y mostró la escena de apenas tres minutos del asesinato múltiple en aquel callejón, en blanco y negro y sin sonido, lo que ambos ya habían visto. Otro de los inconvenientes, es que el presunto Fuujin no aparecía todo el rato dentro del encuadre, solamente de vez en cuando y durante escasos segundos conforme se movía de una víctima a otra. Aun así, el agente capturó cuatro imágenes, las únicas donde se veía a Fuujin dentro del encuadre de la pantalla, más o menos con un ángulo parcial de su cara. Los técnicos, además, habían reducido bastante el ruido.

Ahora Hatori tenía unas pocas imágenes menos borrosas que antes, un poco más limpias y claras. No esperaba nada mejor, la verdad, pues poca cosa se podía hacer normalmente con cámaras baratas de seguridad.

—Sé que todavía apenas se le puede distinguir la cara, pero…

—No importa —dijo Hatori, cruzado de brazos, dándose golpecitos con su pluma estilográfica en la barbilla; sus ojos azules estaban más afilados que nunca, estáticos, en ese rostro aún difuso y de lado—. Algo es algo.

El joven agente se relajó al oírle decir eso. Pensó que Hatori se enfadaría por no haber logrado algo mejor. La gente que apenas lo conocía un poco o no lo conocían más que desde la distancia solía pensar así de él. No se les podía culpar. La primera impresión que Hatori causaba era esa, la de ser un hombre severo que no toleraba ni perdonaba los errores o la debilidad. La verdad es que él podía llegar a ser así, pero sólo cuando era necesario. Si había algo que Hatori odiaba, aparte de todo aquello que alterase la paz, la ley y el orden, era perder el tiempo con emociones innecesarias o palabras innecesarias.

—No se le distinguen bien los rasgos, pero aun así… a veces una borrosa visión del conjunto desde la distancia es más clara que una visión cercana de cada detalle… —murmuraba, y dio varios pasos hacia atrás, para mirar esas imágenes más de lejos.

De repente sonó el teléfono de su mesa, rompiendo el silencio, y Hatori se dirigió a él. Sin apartar la vista de la pantalla, le dio a un botón para descolgar en altavoz.

—Hatori Nonomiya.

—"Hola, Hatori" —dijo la voz de una mujer—. "¿Estás ocupado?"

El otro policía frunció el ceño al ver que a Hatori no parecía importarle que oyese una conversación con un familiar.

—La verdad es que sí —contestó el ministro—. Este teléfono no es para ocio, ¿sabes?

—"Si cogieras tu móvil, verías mis seis llamadas perdidas, no me has dejado opción. ¿Puedo pedirte un favor o no?"

—¿Se trata de Evie?

—"Sí."

—Entonces di.

—"Vale, Iori y yo vamos a estar muy ocupados por trabajo el fin de semana. No estaremos en casa. Evie se quedará sola y…"

—Ya, ya.

—"Tiene planes el sábado al mediodía, irá a comer con amigos por ahí en compañía de los padres de uno de ellos, y luego irán al Cine Toho. Terminarán sobre las 6. ¿La podrás recoger?”

—Mm, hm —respondió.

—"Me ha pedido que te diga si se puede llevar a un amigo."

—Un… Perdón, ¿qué has dicho? —Hatori apartó la vista al fin de la pantalla y miró el teléfono con sorpresa.

—"Sí, Evie me ha dicho que tienen que hacer un trabajo del colegio muy importante y entregarlo el lunes que viene, sobre la granja escuela que han tenido. No te preocupes. Se llama Yenkis, es un buen amigo suyo además de vecino nuestro. Suelen compartir a veces los trabajos escolares. No te dará problemas, es un chico educado."

—Vale, vale, está bien —suspiró—. Ministro, policía y canguro, feliz vida...

—"Por favor, no te olvides de decirle a Evie que coja su jarabe, que está con tos. Y oblígala a tomárselo antes de la cena, si hace falta átala a una silla."

—Lo tendré en cuenta.

Colgaron la llamada y todo volvió a quedarse en silencio. De pronto, Hatori se acercó de nuevo a la pantalla y la miró fijamente.

—Lo sabía… —murmuró.

—¿Señor? —preguntó el otro.

—Lo cierto... es que... —titubeó, y deslizó los dedos sobre la pantalla lentamente—. Esta cara me resulta familiar.

—¿En serio? ¿Recuerda haberla visto antes?

—Sí —contestó, volviendo a enderezarse—. Es sólo un pálpito, pero... A ver, ¿dónde la he visto antes?

A partir de ahí, Hatori empezó a andar de un lado a otro del despacho, acariciándose su barbilla perfectamente afeitada, muy concentrado. El policía se sentó en una silla y cinco minutos después Hatori se paró.

—¿Sí? —se entusiasmó el otro.

—No. Sigo sin estar del todo seguro. Pero sé que es reciente.

—Señor, a saber con cuántas caras se ha cruzado recientemente.

—Hmm... —suspiró por la nariz, y se dio unos toquecitos más en la frente con su pluma—. Consígueme todas las grabaciones de las cámaras de seguridad del aeropuerto de Narita.

—¿De qué día, señor? —preguntó, poniéndose en pie de un salto.

—Del día que estuve allí con el asunto de los traficantes, ¿de cuál sino? Si todavía cabe la duda, di que es del día en que una nube de cocaína invadió el aeropuerto.

—Enseguida —asintió, saliendo velozmente del despacho.


* * * * * *


Cuando cayó la tarde, Brey logró llegar al colegio Tomonari lo suficientemente pronto para encontrar sitio libre en el aparcamiento dentro del recinto. Mejor, porque parar el coche fuera en la calle solía ser un caos cuando venían todos los padres a recoger a sus hijos. Se fue tranquilamente al patio delantero, donde los demás padres se agrupaban para esperar la salida de los niños del edificio, mientras miraba su móvil ensimismadamente, pues estaba estudiando el mapa del terreno de la base criminal que él y Drasik tenían que ir a desmantelar el domingo.

De nuevo, era acosado por las miradas de los demás padres y madres. Para ellos, él se veía aún como un niño. Pero la mayoría de miradas eran de embelesamiento, las madres suspiraban discretamente mientras se lo comían con los ojos. Él, como siempre, pasaba olímpicamente.

En el edificio vecino al otro lado de la valla de más allá, el del instituto de la secundaria superior, también habían terminado las clases y estaban saliendo los alumnos, y algunos profesores. Entre ellos, Denzel, el cual, en vez de dirigirse a la salida a la calle, se fue por los jardines laterales, para echar un vistazo, una vez más, a aquel niño del que no había parado de sospechar toda esa semana.

Lo había estado haciendo cada día desde el lunes de la semana pasada. Ayer no pudo porque tuvo que ausentarse del trabajo, por el reencuentro con Link y después con Naminé.

Llegó a tiempo para ver que los niños de preescolar estaban aún en el patio de atrás jugando en los columpios o con la pelota, y un par de maestras ya los estaban llamando a todos dentro del edificio para que ya salieran al patio principal donde los esperaban sus padres. Localizó rápidamente a Clover, cerca de la puerta con las maestras, esperando a su hermano, que estaba en un cajón de arena recogiendo todos sus muñequitos. Sin embargo, tal como esperaba y ya había visto las otras veces, apareció Jannik en la puerta, desde el interior del edificio, acercándose a Clover para saludarla.

La niña le respondió alegremente. Denzel, entre los arbustos junto a la valla, los observó detenidamente. Una vez más, Jannik obsequió a Clover con un objeto raro. Esta vez, era una simple piedra de cuarzo rosa, que a la niña le encantó. A cambio, Clover le dio a él un dibujo que había pintado con los dedos en clase, en una hoja de árbol, que luego la maestra había plastificado. Jannik sostuvo la hoja con cara de haber recibido el mayor tesoro de todos y después se la llevó contra el pecho apasionadamente. Clover se reía, viéndolo exagerado.

Intercambiaron algunas palabras más. Y entonces, Clover se sacó de dentro de la blusa el cordel que llevaba colgando del cuello, donde llevaba el pequeño cazasueños de plumillas rojas como colgante. Se lo mostró a Jannik mientras le decía algo muy contenta, y él respondió algo con la misma sonrisa.

—¿Pero qué…? —murmuró Denzel, y se agarró a la valla casi sin darse cuenta, aproximándose un paso más para observar mejor entre los hierros.

Reconoció ese objeto. El tipo de objeto que era realmente. Un talismán Knive. «¿¡Qué hace una humana como Clover en posesión de algo así!?» pensó escandalizado. «Él… ¡se lo ha dado él! ¡Sabiendo que está prohibido!».

Para Denzel, aquello ya fue suficiente.


Unos minutos después, los mellizos ya salieron por la puerta principal del edificio, acompañados por su maestra, y por aquel niño albino con aspecto gótico.

—Permitidme sosteneros la cartera, bella damita, debe de pesaros —le pidió cortésmente Jannik a Clover.

—No importa, no me pesa —le sonrió la niña.

—¡Aléjate de ella! —protestó Daisuke por octava vez en esa semana.

—Ah, tan gruñón como vuestro padre, rorro —contestó Jannik, con una burla disimulada bajo un tono amable, y le dio la espalda—. Insisto, señorita Clover, no carguéis con este peso, vuestra figura hermosa no merece esta incomodidad…

—¿Y qué pasa con mi hermosa figura? —protestó Daisuke de nuevo, tendiéndole su mochila para ver si Jannik también tenía la gentileza de llevársela, pero este le dio más la espalda, poniendo toda su atención en Clover.

—Ejjem… —carraspeó Brey con fuerza, sobresaltándolos, cuando llegó hasta ellos—. Yo se la llevo, ¿te parece? —le espetó a Jannik, cogiendo la mochilita de Clover.

—¡Oh, futuro suegro! —sonrió Jannik, y de repente hincó una rodilla al suelo con postura de caballero a punto de declararse—. Permitidme suplicaros por la mano de vuestra hija, oh, poderoso Raijin…

Brey se quedó quieto y mudo, y miró a la maestra, la cual se encogió de hombros.

—Nada más terminar la clase, este niño de primero de primaria ha aparecido de la nada detrás de Clover —le explicó—. Bueno, me voy a cerrar el aula. Hasta la vista, Brey.

—Adiós —se despidió, apretando los dientes con la vista clavada en Jannik—. ¿“Tan gruñón como vuestro padre”? —repitió.

—¿Acaso he dicho una mentira? —sonrió Jannik.

La vena de la sien de Brey se hinchó un poquito.

—Enanos, esperadme en la fuente del patio —les ordenó a los niños.

Clover se fue, y Daisuke, después de mirar a Jannik con arrogancia, se fue tras ella. Por consiguiente, Jannik se puso de pie de nuevo e hizo ademán seguir a Clover, pero Brey lo frenó, agarrando uno de los extraños pendientes de plata de sus orejas, y se agachó a su altura.

—Ayayay... No toquéis mis talismanes, Raijin, pueden haceros daño.

—¿A qué juegas, Yamijin-san? —le preguntó con mala uva.

—¿Jugar? Suegro, con el amor no se juega.

—Sabiendo de sobra que este camino que estás tomando con mi hija te conducirá a ti, algún día, siendo literalmente partido por uno de mis rayos, ¿por qué sigues haciéndolo?

—¿Pero qué hay de malo? ¡Clover y yo somos amigos! Ella es tan genial… ¡Tenemos tantas cosas en común…! —suspiró a los cielos—. Compartimos los mismos gustos e intereses, y…

—¿Qué gustos e intereses? Jannik, ¡que tiene 5 años!

—¡Y yo 7!

—Pero tú eres un niño de todo menos normal. Si eres un iris, da igual la edad que tengas, deberías ya entender perfectamente que no quiero que Clover y Daisuke se relacionen con nadie de la Asociación más allá de mí y de mis compañeros de la KRS.

—Suegro, os juro que jamás acercaría asuntos de la Asociación a Clover. Ni pensarlo. Solamente compartimos nuestra afición por la intramaterialogía.

—¿La qué?

—La energía y el significado dentro de los objetos.

—Vale, escúchame —se cansó Brey, y se agachó a su altura—. Nos vamos a respetar mutuamente como Guardianes de RS hermanas y como iris. Pero olvídate de eso de “suegro” y de “amigo de Clover” y sobre todo olvídate de lo que quiera que tú entiendas por “amor”.

—Jo, Raijin, por favor, no me apartéis de ella —sollozó con cara tristona.

—Búscate a otra niña.

—No hay otra como ella, ¡ella es única! ¿Es que todavía no entendéis a qué me refiero? Su forma de presentir energías por todas partes, su asombroso poder de ver lo que nadie más puede ver…

—¿De qué coño hablas?

—Su... —Jannik fue a seguir enumerando, pero parpadeó perplejo y miró a Brey—. ¿No… lo sabéis? —La mueca torcida de Brey le respondió de sobra—. Caray… Veo que no. Supongo que no es de mi incumbencia explicároslo si ella no lo ha hecho primero.

Brey, que seguía sin entender las rarezas de Jannik, negó con la cabeza cansinamente y se puso en pie, harto del asunto, alejándose por el patio frontal.

—Raijin —lo llamó el niño, sin moverse de la puerta del edificio, y el rubio se volvió hacia él con cara paciente—. Necesito a Clover. Ella es... —balbució, y miró a un lado, agarrándose su hombro izquierdo, donde tenía su tatuaje iris de la SRS ahora tapado por la camisa y el jersey del uniforme, pues le dolía un poco. Brey pudo divisar un miedo extraño en sus ojos marrones, lo que le sorprendió viniendo de él—. Ella es… la única que puede protegerme de esas voces Yin.

—Jannik, ¿de qué narices estás hablando? —preguntó Brey, empezando a preocuparse al ver que no estaba de broma—. ¿Qué te ocurre?

El niño tardó un poco en contestar. Aun así, evitó mirar a Brey a los ojos.

—Mis preciadas sombras se están volviendo en mi contra... —murmuró muy bajito, como si hablase consigo mismo—. Padre me advirtió que podía pasar. Y estoy asustado. Es sólo un pálpito, pero… ¿De quién es esa voz intrusa que me llama detrás de mis sombras?

Brey apenas lo oyó con claridad, pero estaba empezando a sentir que el aire a su alrededor se estaba volviendo mucho más frío y también se estaba oscureciendo. No obstante, Jannik parecía seguir sumergido en su propia mente, con la vista clavada en el vacío.

—Esa voz es de… Théo Vernoux... —susurró de repente.

—Jannik —lo llamó Brey con un tono fuerte, mirando con disimulo a la gente de alrededor—. Contrólate —le susurró.

El niño sacudió la cabeza y levantó la mirada hacia él por fin, como si acabase de despertar. El ambiente dejó de estar tan frío y lúgubre, como si un velo de vacío acabara de pasar de largo. Brey conocía perfectamente estos pequeños efectos del elemento Yami porque había crecido toda su infancia viéndolos en su hermano. Pero es que lo que le alarmó fue ver que el comportamiento raro que acababa de mostrar Jannik se estaba pareciendo también al de él. No obstante, Jannik recuperó una expresión risueña en la cara.

—Perdonadme, Raijin, no me hagáis caso —dijo, soltándose el hombro, y dio media vuelta para irse de allí. Brey vio que su cara volvía a tornarse a una expresión llena de temor—. Será... será mejor que me vaya a casa a descansar un poco.

Brey lo siguió con la mirada, totalmente confuso. Cuando Jannik se perdió de vista, se dio cuenta de que le costaba mover las piernas y de que una ligera sensación de terror le había invadido desde hacía un rato. Supo entonces que Jannik le había contagiado esa emoción. Desconcertado ante esto, se preguntó por qué ese pequeño Yami se sentía de esa forma tan atemorizada. Esa era la virtud y el defecto de ser iris de nacimiento, la primera es que el contagio le permitía sentir la misma exacta emoción que la otra persona, pero el segundo es que no podía saber el origen o la razón, y por ello, tampoco comprender.

Cuando llegó con los niños a donde había aparcado el coche, ya oyó la voz inconfundible de Cleven, que se estaba aproximando hacia ellos acompañada por Drasik y Kyo. Parecía estar teniendo una divertida conversación con este último, y con bastante confianza. Por otra parte, Drasik iba tras ellos con una cara muy mosqueada, observando a ambos. Su actitud respecto a la relación de amistad que Kyo y Cleven estaban forjando estaba empeorando, cada vez más molesto, cada vez más celoso.

—Hey, papi, ¿has mandado ya a ese niño a la mierda? —le preguntó Daisuke a Brey, dándole tironcitos en el pantalón.

—¿Cómo puede un microbio como tú soltar semejantes palabras? —le reprochó.

—¿Quién nos ha enseñado a hablar? —replicó.

Touché —se rindió Brey.

—¡Hola, tito! —exclamó Cleven cuando llegaron a ellos—. ¿Has salido antes de la uni? ¿Nos llevas a casita?

—Si atas a los mocosos en las sillas.

—Chantajista.

Cleven sentó a los niños en sus sillas especiales del coche con ayuda de Kyo, mientras tanto Brey se dirigió hacia Drasik antes de subirse al vehículo.

—¿Subes o te quedas? —le preguntó, sin faltar un tono frío.

Drasik pegó un suspiro amargo y se metió en el coche, delante, de copiloto. Por su parte, Kyo y Cleven intentaron encajar detrás, en el espacio que quedaba en el centro, entre las sillas de los niños. Cuando acabaron accidentalmente apretujados, los dos se echaron a reír como bobos. Drasik los miraba por el espejo retrovisor, y puso los ojos en blanco.

Durante el camino a casa, Kyo y Cleven estuvieron todo el rato de parloteo y de risas, comentando qué tal les había ido en el examen que habían tenido esa mañana. A cada segundo que pasaba escuchando a esos dos, Brey pudo percibir en Drasik un creciente malestar, y eso le extrañó. Pero, al mismo tiempo, estaba muy mosqueado con él por lo de Eliam. Podía ver que Drasik no sólo estaba teniendo problemas con su hermano. También con Kyo.









54.
Es sólo un pálpito

Un policía novato con aire enérgico anduvo por los pasillos de la comisaría con una memoria USB en la mano. Acababa de salir del Departamento de Investigación por fin con los resultados que había pedido su jefe. No había sido fácil captar una imagen más o menos clara de ese vídeo, ya que todo estaba oscuro y borroso, tal como una cámara de vigilancia de baja calidad podía ofrecer. Pero era una mejora.

Al llegar ante la puerta del despacho del jefe de la Policía, se detuvo, tomó aire y llamó. Una voz le indicó que pasara y lo hizo.

—Señor, no hemos podido llegar a más, pero tal vez sea suficiente para tener alguna pista.

—Prepáralo —le ordenó Hatori.

El policía asintió rápidamente y se dirigió al rincón del despacho donde se situaban dos ordenadores de pantallas planas. Mientras encendía los aparatos, Hatori, sentado tras su amplio escritorio plagado de papeles, carpetas y un par de ordenadores, apoyó la cabeza en una mano para seguir ojeando los informes que sostenía en la otra.

Ya era ministro y ya le habían dado trabajo que hacer en el Ministerio. Sin embargo, Hatori se estaba tomando su tiempo para asentarse en su nuevo cargo, porque no quería dejar los asuntos pendientes de su anterior cargo colgando de cualquier entusiasta sin la preparación suficiente y sin el conocimiento suficiente. Porque el asunto pendiente más importante que había dejado como jefe de la Policía, era el caso de la masacre del callejón. Él sabía que había sido Fuujin, o quería creer que había sido Fuujin; en cualquier caso, la caza de ese iris había sido una obsesión para Hatori desde era un novato veinteañero como el que estaba ahí preparando el vídeo.

En cuanto a elegir quién ocuparía el puesto de jefe de la Policía, Hatori había hablado con el primer ministro y demás altos cargos del Gobierno. Quizá fuera por ser el hijo de Takeshi, o quizá también por el propio respeto que Hatori se había ganado durante diez años de trabajo, pues le habían concedido a él la decisión, confiando en que no había nadie con mejor juicio y criterio que Hatori para saber elegir a un sucesor que al menos se acercara a su nivel.

Norie Saitou era la única que no estaba muy conforme con cómo Hatori estaba llevando esta transición. En primer lugar, debería haber elegido a un nuevo jefe hace ya una semana, y en segundo lugar, debería dejar cualquier caso policial en manos de la policía, y él ocuparse de asuntos mayores del Ministerio. No es que estuviera molesta. Pensaba que ya debía de haber sido duro para Hatori perder a su padre hace un par de semanas y asumir este nuevo cargo tan pronto. Pero a Norie le preocupaba. Quería creer que Hatori estaba siendo insensible para mostrar fortaleza. Eso es algo que vio muchas veces en Takeshi, y con el tiempo, vio cómo acabó consumiéndolo.

Norie había sido la mano derecha de Takeshi en el trabajo del Ministerio, pero jamás supo nada sobre sus actividades fuera el Ministerio, los iris, su proyecto de La Caza, sus contactos secretos con gentes extrañas de otros países… sus intrigantes silencios, cada vez que volvía de unos de sus misteriosos viajes.

Luego estaba el mayor misterio de todos para Norie. La elección de Takeshi. Por supuesto que no había dejado de pensar en ello. Takeshi, antes de morir, habló con ella en privado y le reveló que la iba a elegir a ella como nueva ministra, y al final, en el discurso escrito y el documento oficial y firmado, apareció el nombre de Hatori en vez del suyo. Norie era una mujer tremendamente íntegra y leal al deber, y lo último que quería hacer era dudar, sospechar o tener malos pensamientos sobre Hatori, siendo el hijo de la persona que ella más admiró en su vida, y siendo un hombre igual o más íntegro que ella, demostrado con creces.

Pero no podía evitar sentir que algo no estaba bien, que algo no encajaba. Desde el funeral de Takeshi el lunes de la semana pasada hasta ahora, Norie tenía algo claro. Siempre supo que Takeshi tenía muchos secretos, cuya privacidad siempre respetó, pero ahora, intuía que había un secreto, uno en particular, que Hatori había retomado y que mantenía vivo. Y que, tal vez, directa o indirectamente, pudiera tener relación con la pieza que no encajaba sobre la muerte de Takeshi.

Así que, Norie quería quitarse esta sensación de incomodidad y había decidido que quería saber, de un vez por todas, qué demonios pasaba. Por eso, hace unos días, le pidió a Hatori que aceptara su servicio y colaboración en ese caso secreto que lo tenía tan ocupado.

Hatori todavía se lo estaba pensando. Unos podrían pensar que él a Norie no le daría ni los buenos días porque había sido la elegida de su padre y la envidiaba, pero… Hatori, a pesar de ser humano, estaba por encima de esas emociones humanas infantiles. Para él, lo único que tenía importancia en el mundo, era la utilidad de las cosas. Las cosas y las personas, cualesquiera que fuesen, que sirvieran para el fin que más importaba: convertir el mundo en un lugar de paz y orden absolutos. No importaba lo mal que se llevara con algún compañero, lo mucho que odiara a un criminal o la repulsión que le provocara un lugar, arma u objeto, con tal de que le fuera de utilidad para llegar hasta la basura y limpiar el mundo de las cosas y los seres que no deberían existir.

Por eso, lo más seguro, es que Hatori acabaría accediendo a la petición de Norie.


Hizo una pausa y cogió otro informe escrito por su padre. «Iris apodado Kajin-san. Actividades registradas en regiones del sur de China y en Japón» leyó. «Según aquí, se sabe que lleva siendo un iris desde hace unos cincuenta años o más, así que ahora debe de tratarse de un hombre de elevada edad, en torno a los cincuenta o sesenta y pico. Hm...» frunció el ceño, leyendo más abajo.

«Kajin-san junto con un Denjin-san y una Shokubutsujin-san, eran tres de los iris sobre los que Takeshi puso más interés, y la mayoría de sus actividades se concentraban en Japón. Pero… el Den y la Shokubutsu dejaron de aparecer en los informes de Takeshi hace 16 años. Él sospechó que probablemente este par de iris murió. Pero siguió persiguiendo las pistas de ese Kajin-san. Aun así… el apodo de Fuujin comenzó a oírse por encima del resto precisamente desde hace 16 años. No obstante, hace 7 años, de repente la actividad de Fuujin se apagó. Fuujin y Kajin-san han sido los más famosos que han andado por aquí, ¿tendrán ambos alguna relación, más allá de ser iris de esa misma infame Asociación? En fin». Dejó los papeles sobre la mesa y se apoyó contra el respaldo de la silla.

«Lo que ahora sé es que Fuujin ha vuelto y ya de primeras me ha tocado las narices matando a ese grupo de criminales el otro día. La única testigo… una señora que estaba tirando la basura al final de la calle y oyó los ruidos… dijo que vio salir del callejón “una fiera del inframundo hecha de sombras con una luz blanca en uno de sus ojos”. La primera mitad de la descripción debe de tratarse de una exageración. Esa señora estaba a cien metros de distancia, estaba oscuro, y seguramente lo que vio fue las ropas oscuras de Fuujin agitándose con el aire mientras huía del lugar. Lo que queda claro… es que vio su ojo de luz. De luz blanca. Cualquier Fuu la tiene, pero, ¿quién sino iba a ser el autor de una masacre de doce criminales a la vez, en cuestión de escasos minutos, y con una brutalidad tan poderosa?».

—Señor, ya está —le dijo el otro agente.

Hatori se puso en pie y se dirigió hacia las pantallas. El otro comenzó a reproducir el vídeo y mostró la escena de apenas tres minutos del asesinato múltiple en aquel callejón, en blanco y negro y sin sonido, lo que ambos ya habían visto. Otro de los inconvenientes, es que el presunto Fuujin no aparecía todo el rato dentro del encuadre, solamente de vez en cuando y durante escasos segundos conforme se movía de una víctima a otra. Aun así, el agente capturó cuatro imágenes, las únicas donde se veía a Fuujin dentro del encuadre de la pantalla, más o menos con un ángulo parcial de su cara. Los técnicos, además, habían reducido bastante el ruido.

Ahora Hatori tenía unas pocas imágenes menos borrosas que antes, un poco más limpias y claras. No esperaba nada mejor, la verdad, pues poca cosa se podía hacer normalmente con cámaras baratas de seguridad.

—Sé que todavía apenas se le puede distinguir la cara, pero…

—No importa —dijo Hatori, cruzado de brazos, dándose golpecitos con su pluma estilográfica en la barbilla; sus ojos azules estaban más afilados que nunca, estáticos, en ese rostro aún difuso y de lado—. Algo es algo.

El joven agente se relajó al oírle decir eso. Pensó que Hatori se enfadaría por no haber logrado algo mejor. La gente que apenas lo conocía un poco o no lo conocían más que desde la distancia solía pensar así de él. No se les podía culpar. La primera impresión que Hatori causaba era esa, la de ser un hombre severo que no toleraba ni perdonaba los errores o la debilidad. La verdad es que él podía llegar a ser así, pero sólo cuando era necesario. Si había algo que Hatori odiaba, aparte de todo aquello que alterase la paz, la ley y el orden, era perder el tiempo con emociones innecesarias o palabras innecesarias.

—No se le distinguen bien los rasgos, pero aun así… a veces una borrosa visión del conjunto desde la distancia es más clara que una visión cercana de cada detalle… —murmuraba, y dio varios pasos hacia atrás, para mirar esas imágenes más de lejos.

De repente sonó el teléfono de su mesa, rompiendo el silencio, y Hatori se dirigió a él. Sin apartar la vista de la pantalla, le dio a un botón para descolgar en altavoz.

—Hatori Nonomiya.

—"Hola, Hatori" —dijo la voz de una mujer—. "¿Estás ocupado?"

El otro policía frunció el ceño al ver que a Hatori no parecía importarle que oyese una conversación con un familiar.

—La verdad es que sí —contestó el ministro—. Este teléfono no es para ocio, ¿sabes?

—"Si cogieras tu móvil, verías mis seis llamadas perdidas, no me has dejado opción. ¿Puedo pedirte un favor o no?"

—¿Se trata de Evie?

—"Sí."

—Entonces di.

—"Vale, Iori y yo vamos a estar muy ocupados por trabajo el fin de semana. No estaremos en casa. Evie se quedará sola y…"

—Ya, ya.

—"Tiene planes el sábado al mediodía, irá a comer con amigos por ahí en compañía de los padres de uno de ellos, y luego irán al Cine Toho. Terminarán sobre las 6. ¿La podrás recoger?”

—Mm, hm —respondió.

—"Me ha pedido que te diga si se puede llevar a un amigo."

—Un… Perdón, ¿qué has dicho? —Hatori apartó la vista al fin de la pantalla y miró el teléfono con sorpresa.

—"Sí, Evie me ha dicho que tienen que hacer un trabajo del colegio muy importante y entregarlo el lunes que viene, sobre la granja escuela que han tenido. No te preocupes. Se llama Yenkis, es un buen amigo suyo además de vecino nuestro. Suelen compartir a veces los trabajos escolares. No te dará problemas, es un chico educado."

—Vale, vale, está bien —suspiró—. Ministro, policía y canguro, feliz vida...

—"Por favor, no te olvides de decirle a Evie que coja su jarabe, que está con tos. Y oblígala a tomárselo antes de la cena, si hace falta átala a una silla."

—Lo tendré en cuenta.

Colgaron la llamada y todo volvió a quedarse en silencio. De pronto, Hatori se acercó de nuevo a la pantalla y la miró fijamente.

—Lo sabía… —murmuró.

—¿Señor? —preguntó el otro.

—Lo cierto... es que... —titubeó, y deslizó los dedos sobre la pantalla lentamente—. Esta cara me resulta familiar.

—¿En serio? ¿Recuerda haberla visto antes?

—Sí —contestó, volviendo a enderezarse—. Es sólo un pálpito, pero... A ver, ¿dónde la he visto antes?

A partir de ahí, Hatori empezó a andar de un lado a otro del despacho, acariciándose su barbilla perfectamente afeitada, muy concentrado. El policía se sentó en una silla y cinco minutos después Hatori se paró.

—¿Sí? —se entusiasmó el otro.

—No. Sigo sin estar del todo seguro. Pero sé que es reciente.

—Señor, a saber con cuántas caras se ha cruzado recientemente.

—Hmm... —suspiró por la nariz, y se dio unos toquecitos más en la frente con su pluma—. Consígueme todas las grabaciones de las cámaras de seguridad del aeropuerto de Narita.

—¿De qué día, señor? —preguntó, poniéndose en pie de un salto.

—Del día que estuve allí con el asunto de los traficantes, ¿de cuál sino? Si todavía cabe la duda, di que es del día en que una nube de cocaína invadió el aeropuerto.

—Enseguida —asintió, saliendo velozmente del despacho.


* * * * * *


Cuando cayó la tarde, Brey logró llegar al colegio Tomonari lo suficientemente pronto para encontrar sitio libre en el aparcamiento dentro del recinto. Mejor, porque parar el coche fuera en la calle solía ser un caos cuando venían todos los padres a recoger a sus hijos. Se fue tranquilamente al patio delantero, donde los demás padres se agrupaban para esperar la salida de los niños del edificio, mientras miraba su móvil ensimismadamente, pues estaba estudiando el mapa del terreno de la base criminal que él y Drasik tenían que ir a desmantelar el domingo.

De nuevo, era acosado por las miradas de los demás padres y madres. Para ellos, él se veía aún como un niño. Pero la mayoría de miradas eran de embelesamiento, las madres suspiraban discretamente mientras se lo comían con los ojos. Él, como siempre, pasaba olímpicamente.

En el edificio vecino al otro lado de la valla de más allá, el del instituto de la secundaria superior, también habían terminado las clases y estaban saliendo los alumnos, y algunos profesores. Entre ellos, Denzel, el cual, en vez de dirigirse a la salida a la calle, se fue por los jardines laterales, para echar un vistazo, una vez más, a aquel niño del que no había parado de sospechar toda esa semana.

Lo había estado haciendo cada día desde el lunes de la semana pasada. Ayer no pudo porque tuvo que ausentarse del trabajo, por el reencuentro con Link y después con Naminé.

Llegó a tiempo para ver que los niños de preescolar estaban aún en el patio de atrás jugando en los columpios o con la pelota, y un par de maestras ya los estaban llamando a todos dentro del edificio para que ya salieran al patio principal donde los esperaban sus padres. Localizó rápidamente a Clover, cerca de la puerta con las maestras, esperando a su hermano, que estaba en un cajón de arena recogiendo todos sus muñequitos. Sin embargo, tal como esperaba y ya había visto las otras veces, apareció Jannik en la puerta, desde el interior del edificio, acercándose a Clover para saludarla.

La niña le respondió alegremente. Denzel, entre los arbustos junto a la valla, los observó detenidamente. Una vez más, Jannik obsequió a Clover con un objeto raro. Esta vez, era una simple piedra de cuarzo rosa, que a la niña le encantó. A cambio, Clover le dio a él un dibujo que había pintado con los dedos en clase, en una hoja de árbol, que luego la maestra había plastificado. Jannik sostuvo la hoja con cara de haber recibido el mayor tesoro de todos y después se la llevó contra el pecho apasionadamente. Clover se reía, viéndolo exagerado.

Intercambiaron algunas palabras más. Y entonces, Clover se sacó de dentro de la blusa el cordel que llevaba colgando del cuello, donde llevaba el pequeño cazasueños de plumillas rojas como colgante. Se lo mostró a Jannik mientras le decía algo muy contenta, y él respondió algo con la misma sonrisa.

—¿Pero qué…? —murmuró Denzel, y se agarró a la valla casi sin darse cuenta, aproximándose un paso más para observar mejor entre los hierros.

Reconoció ese objeto. El tipo de objeto que era realmente. Un talismán Knive. «¿¡Qué hace una humana como Clover en posesión de algo así!?» pensó escandalizado. «Él… ¡se lo ha dado él! ¡Sabiendo que está prohibido!».

Para Denzel, aquello ya fue suficiente.


Unos minutos después, los mellizos ya salieron por la puerta principal del edificio, acompañados por su maestra, y por aquel niño albino con aspecto gótico.

—Permitidme sosteneros la cartera, bella damita, debe de pesaros —le pidió cortésmente Jannik a Clover.

—No importa, no me pesa —le sonrió la niña.

—¡Aléjate de ella! —protestó Daisuke por octava vez en esa semana.

—Ah, tan gruñón como vuestro padre, rorro —contestó Jannik, con una burla disimulada bajo un tono amable, y le dio la espalda—. Insisto, señorita Clover, no carguéis con este peso, vuestra figura hermosa no merece esta incomodidad…

—¿Y qué pasa con mi hermosa figura? —protestó Daisuke de nuevo, tendiéndole su mochila para ver si Jannik también tenía la gentileza de llevársela, pero este le dio más la espalda, poniendo toda su atención en Clover.

—Ejjem… —carraspeó Brey con fuerza, sobresaltándolos, cuando llegó hasta ellos—. Yo se la llevo, ¿te parece? —le espetó a Jannik, cogiendo la mochilita de Clover.

—¡Oh, futuro suegro! —sonrió Jannik, y de repente hincó una rodilla al suelo con postura de caballero a punto de declararse—. Permitidme suplicaros por la mano de vuestra hija, oh, poderoso Raijin…

Brey se quedó quieto y mudo, y miró a la maestra, la cual se encogió de hombros.

—Nada más terminar la clase, este niño de primero de primaria ha aparecido de la nada detrás de Clover —le explicó—. Bueno, me voy a cerrar el aula. Hasta la vista, Brey.

—Adiós —se despidió, apretando los dientes con la vista clavada en Jannik—. ¿“Tan gruñón como vuestro padre”? —repitió.

—¿Acaso he dicho una mentira? —sonrió Jannik.

La vena de la sien de Brey se hinchó un poquito.

—Enanos, esperadme en la fuente del patio —les ordenó a los niños.

Clover se fue, y Daisuke, después de mirar a Jannik con arrogancia, se fue tras ella. Por consiguiente, Jannik se puso de pie de nuevo e hizo ademán seguir a Clover, pero Brey lo frenó, agarrando uno de los extraños pendientes de plata de sus orejas, y se agachó a su altura.

—Ayayay... No toquéis mis talismanes, Raijin, pueden haceros daño.

—¿A qué juegas, Yamijin-san? —le preguntó con mala uva.

—¿Jugar? Suegro, con el amor no se juega.

—Sabiendo de sobra que este camino que estás tomando con mi hija te conducirá a ti, algún día, siendo literalmente partido por uno de mis rayos, ¿por qué sigues haciéndolo?

—¿Pero qué hay de malo? ¡Clover y yo somos amigos! Ella es tan genial… ¡Tenemos tantas cosas en común…! —suspiró a los cielos—. Compartimos los mismos gustos e intereses, y…

—¿Qué gustos e intereses? Jannik, ¡que tiene 5 años!

—¡Y yo 7!

—Pero tú eres un niño de todo menos normal. Si eres un iris, da igual la edad que tengas, deberías ya entender perfectamente que no quiero que Clover y Daisuke se relacionen con nadie de la Asociación más allá de mí y de mis compañeros de la KRS.

—Suegro, os juro que jamás acercaría asuntos de la Asociación a Clover. Ni pensarlo. Solamente compartimos nuestra afición por la intramaterialogía.

—¿La qué?

—La energía y el significado dentro de los objetos.

—Vale, escúchame —se cansó Brey, y se agachó a su altura—. Nos vamos a respetar mutuamente como Guardianes de RS hermanas y como iris. Pero olvídate de eso de “suegro” y de “amigo de Clover” y sobre todo olvídate de lo que quiera que tú entiendas por “amor”.

—Jo, Raijin, por favor, no me apartéis de ella —sollozó con cara tristona.

—Búscate a otra niña.

—No hay otra como ella, ¡ella es única! ¿Es que todavía no entendéis a qué me refiero? Su forma de presentir energías por todas partes, su asombroso poder de ver lo que nadie más puede ver…

—¿De qué coño hablas?

—Su... —Jannik fue a seguir enumerando, pero parpadeó perplejo y miró a Brey—. ¿No… lo sabéis? —La mueca torcida de Brey le respondió de sobra—. Caray… Veo que no. Supongo que no es de mi incumbencia explicároslo si ella no lo ha hecho primero.

Brey, que seguía sin entender las rarezas de Jannik, negó con la cabeza cansinamente y se puso en pie, harto del asunto, alejándose por el patio frontal.

—Raijin —lo llamó el niño, sin moverse de la puerta del edificio, y el rubio se volvió hacia él con cara paciente—. Necesito a Clover. Ella es... —balbució, y miró a un lado, agarrándose su hombro izquierdo, donde tenía su tatuaje iris de la SRS ahora tapado por la camisa y el jersey del uniforme, pues le dolía un poco. Brey pudo divisar un miedo extraño en sus ojos marrones, lo que le sorprendió viniendo de él—. Ella es… la única que puede protegerme de esas voces Yin.

—Jannik, ¿de qué narices estás hablando? —preguntó Brey, empezando a preocuparse al ver que no estaba de broma—. ¿Qué te ocurre?

El niño tardó un poco en contestar. Aun así, evitó mirar a Brey a los ojos.

—Mis preciadas sombras se están volviendo en mi contra... —murmuró muy bajito, como si hablase consigo mismo—. Padre me advirtió que podía pasar. Y estoy asustado. Es sólo un pálpito, pero… ¿De quién es esa voz intrusa que me llama detrás de mis sombras?

Brey apenas lo oyó con claridad, pero estaba empezando a sentir que el aire a su alrededor se estaba volviendo mucho más frío y también se estaba oscureciendo. No obstante, Jannik parecía seguir sumergido en su propia mente, con la vista clavada en el vacío.

—Esa voz es de… Théo Vernoux... —susurró de repente.

—Jannik —lo llamó Brey con un tono fuerte, mirando con disimulo a la gente de alrededor—. Contrólate —le susurró.

El niño sacudió la cabeza y levantó la mirada hacia él por fin, como si acabase de despertar. El ambiente dejó de estar tan frío y lúgubre, como si un velo de vacío acabara de pasar de largo. Brey conocía perfectamente estos pequeños efectos del elemento Yami porque había crecido toda su infancia viéndolos en su hermano. Pero es que lo que le alarmó fue ver que el comportamiento raro que acababa de mostrar Jannik se estaba pareciendo también al de él. No obstante, Jannik recuperó una expresión risueña en la cara.

—Perdonadme, Raijin, no me hagáis caso —dijo, soltándose el hombro, y dio media vuelta para irse de allí. Brey vio que su cara volvía a tornarse a una expresión llena de temor—. Será... será mejor que me vaya a casa a descansar un poco.

Brey lo siguió con la mirada, totalmente confuso. Cuando Jannik se perdió de vista, se dio cuenta de que le costaba mover las piernas y de que una ligera sensación de terror le había invadido desde hacía un rato. Supo entonces que Jannik le había contagiado esa emoción. Desconcertado ante esto, se preguntó por qué ese pequeño Yami se sentía de esa forma tan atemorizada. Esa era la virtud y el defecto de ser iris de nacimiento, la primera es que el contagio le permitía sentir la misma exacta emoción que la otra persona, pero el segundo es que no podía saber el origen o la razón, y por ello, tampoco comprender.

Cuando llegó con los niños a donde había aparcado el coche, ya oyó la voz inconfundible de Cleven, que se estaba aproximando hacia ellos acompañada por Drasik y Kyo. Parecía estar teniendo una divertida conversación con este último, y con bastante confianza. Por otra parte, Drasik iba tras ellos con una cara muy mosqueada, observando a ambos. Su actitud respecto a la relación de amistad que Kyo y Cleven estaban forjando estaba empeorando, cada vez más molesto, cada vez más celoso.

—Hey, papi, ¿has mandado ya a ese niño a la mierda? —le preguntó Daisuke a Brey, dándole tironcitos en el pantalón.

—¿Cómo puede un microbio como tú soltar semejantes palabras? —le reprochó.

—¿Quién nos ha enseñado a hablar? —replicó.

Touché —se rindió Brey.

—¡Hola, tito! —exclamó Cleven cuando llegaron a ellos—. ¿Has salido antes de la uni? ¿Nos llevas a casita?

—Si atas a los mocosos en las sillas.

—Chantajista.

Cleven sentó a los niños en sus sillas especiales del coche con ayuda de Kyo, mientras tanto Brey se dirigió hacia Drasik antes de subirse al vehículo.

—¿Subes o te quedas? —le preguntó, sin faltar un tono frío.

Drasik pegó un suspiro amargo y se metió en el coche, delante, de copiloto. Por su parte, Kyo y Cleven intentaron encajar detrás, en el espacio que quedaba en el centro, entre las sillas de los niños. Cuando acabaron accidentalmente apretujados, los dos se echaron a reír como bobos. Drasik los miraba por el espejo retrovisor, y puso los ojos en blanco.

Durante el camino a casa, Kyo y Cleven estuvieron todo el rato de parloteo y de risas, comentando qué tal les había ido en el examen que habían tenido esa mañana. A cada segundo que pasaba escuchando a esos dos, Brey pudo percibir en Drasik un creciente malestar, y eso le extrañó. Pero, al mismo tiempo, estaba muy mosqueado con él por lo de Eliam. Podía ver que Drasik no sólo estaba teniendo problemas con su hermano. También con Kyo.





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