2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 2: El Descubrimiento __
MJ se dio un susto cuando Yako entró de golpe en la cocina. Dejó de remover su famosa salsa casera para observar, sorprendida, cómo Yako cogía su abrigo y sus cosas, dando a entender que se iba.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Me voy a atender un asunto importante, haceos cargo de la cafetería en mi ausencia.
—E… Espera —trató de detenerlo—. Quería hablar contigo sobre algo. Ayer me dijiste que hoy tendrías tiempo.
—Lo siento, MJ, ahora no puedo.
—Pero… Yako…
Yako ya había salido y MJ se quedó con la palabra en la boca. «Nunca tienes tiempo» pensó malhumorada. Había estado varios días tratando de decírselo en clase o por la universidad, pero ni en la cafetería tenían descanso. Ya era tarde para decírselo, esperaba que esa mañana pudiera conseguirlo, pero al parecer todo estaba lleno de inconvenientes. MJ miró su reloj. Tenía planeado hacerlo hoy y, si no se ponía ahora a prepararse, no llegaría.
Apagó el fuego y dejó la salsa reposando. Era una buena hora para irse. Tantas semanas pensándolo y por fin se había decidido, harta de quedarse siempre en el margen. Y deseaba contárselo a Yako. Sin embargo, ya no había remedio. Cogió sus cosas y se dispuso a salir, pero justo entró Kain.
—Mmm… ¡Qué bien huele eso! —exclamó, observando la olla de la salsa—. Oh, ¿te vas?
MJ dio un largo suspiro, cerrando los ojos. Tendría que decírselo.
—Kain, me voy un tiempo.
—¿Qué? ¿Adónde?
—A… A visitar a mis abuelos en la Isla Shikoku, mi abuela se ha puesto enferma… y tal —se inventó—. Díselo a Yako por mí, a ver si tiene tiempo para ti.
—No, espera, espera… —se apuró—. No puedes irte. Si te vas, la cafetería se quedará corta de empleados. Yo también pensaba irme hoy, ahora.
—¿Adónde? —frunció el ceño.
—Mm… A… pasar un tiempo con los padres de mi prometida en Shizuoka —se inventó también—. Yo tampoco he podido decírselo a Yako. No sé, últimamente ha estado un poco raro.
—¿Tú también lo has notado? —se sorprendió, y Kain asintió—. Desde que volvió del Monte Zou, ha estado muy callado. ¿Crees que Alvion al final le dijo algo que le sentó mal?
—No sé… Pero a Yako no lo he notado molesto o enfadado, lo he notado como… triste. Y preocupado.
—Oh, no… ¿Y si algo va mal con su abuelo? ¿O con el Monte Zou? ¿Habrá pasado algo? ¿Y si los dioses los han puesto en problemas? Yako siempre habla mal de ellos, tendrá sus razones…
—Bueno, mira… —titubeó Kain—. Si tú te vas y yo también… Sam se lo dirá a Yako, entonces. Los demás empleados tendrán que sustituirnos.
MJ asintió y ambos salieron de la cocina, poniéndose los abrigos. Sam, que pasaba por ahí con una bandeja, les clavó una mirada recelosa.
—¿Significa esto que me quedo solo con todos estos clientes? ¿Un domingo?
—Eres un iris, ¿qué es un reto para ti? —se mofó Kain.
—Oye, Kain se va un tiempo con la familia de su prometida a Shizuoka y yo a Shikoku a visitar a mi abuela enferma —le informó MJ—. Díselo a Yako, yo tengo prisa.
—Y yo, adiós —dijo Kain, marchándose con ella.
Sam los siguió con la mirada, pensando que tenían un morro de oso hormiguero. Justo cuando salieron por la puerta, Kain se paró para dejar entrar amablemente a una chica afroamericana y ya se perdieron de vista. Sam vio que se trataba de Raven. Le extrañó un poco que viniera sola y no con Cleven o con Nakuru, pero le restó importancia y se metió detrás de la barra para recoger algunas tazas y platos.
No obstante, se percató de que Raven lo estaba mirando detenidamente desde la puerta. Decidió ignorarla, ya que eso era precisamente lo único que veía hacer a Raven; todas las veces que se la había cruzado en el instituto o había venido a la cafetería con Cleven o Nakuru, cuando él pasaba o estaba cerca, ella se quedaba absorta mirándolo.
La última vez fue el miércoles pasado, cuando se encontró con Raven y Nakuru en el patio delantero del instituto pasando el rato. Previamente, Kyo y Cleven también estaban con ellas, pero Cleven ya se había ido a casa a cuidar de los mellizos y Kyo se había ido afuera a reunirse con el viejo Lao, recibiendo el recado de transmitirle a Yako la orden de ir al Monte Zou a informar a Alvion sobre el asunto de Denzel.
Sam recordaba que, al salir del edificio y cruzarse con Nakuru y con Raven, estaba muy arisco y alterado. Recordó la razón. Ese día había vuelto a tener otra nueva visión de algo raro, un fenómeno o alucinación que Sam ya había padecido otras veces desde que era pequeño. Ese día, fue el hecho de ver un cuervo con una pata atrofiada en el aparcamiento del instituto a punto de ser arrollado por un coche, y cuando la rueda estaba ya a un centímetro de aplastarlo, el ave de pronto apareció a un lado, a casi medio metro de donde estaba antes, en un instante, en un microsegundo, y se salvó de ser arrollado.
Sam no se explicaba aún cómo pudo el cuervo estar en un lugar y, en menos de un parpadeo, aparecer unos centímetros más lejos, sin mover las patas, ni las alas ni nada. Acudió a Brey más tarde para contárselo, buscando alguna explicación racional, sin éxito. Al final, Sam decidió hacerle caso e ir a visitar a los monjes médicos del Monte Zou el próximo día que tuviera libre. Iba a hacerlo hoy al mediodía cuando acabase su turno, pero, gracias a MJ y Kain, al parecer le iba a tocar hacer turno doble.
Se había sumergido tanto en estos pensamientos mientras limpiaba unas tazas en el fregadero que, cuando volvió al mundo real, se dio un susto al encontrar a Raven ahí justo frente a él, al otro lado de la barra, mirándolo con esos ojos negros abiertos de expectación, con sus largas pestañas.
—Jesus… —murmuró en inglés, recuperándose—. ¿Se puede saber qué pasa contigo? ¿Vienes a pedir algo para comer o beber o sólo para quedarte otra vez mirándome como una lunática?
Raven entonces parpadeó por fin. Se dio cuenta de que tenía razón, estaba empezando a ser ya muy rarita con este comportamiento. El miércoles pasado le volvió a pasar, se quedó muda y paralizada como una boba mirándolo y Nakuru tuvo que intervenir para que dejara de incomodar a Sam. Cuando Sam se fue, Nakuru trató de animarla para decirle algo, hablar con él, porque Nakuru pensaba que lo que le pasaba a Raven es que estaba coladita por Sam. Pero en ese momento, lo que Nakuru halló en los ojos de su amiga era una expresión de gran miedo, de un miedo grave, y Raven se despidió de ella corriendo con una excusa.
Estaba siendo difícil esta situación. Llevaba ya muchos días cargando con el dilema. Raven agachó la mirada, sin decir nada. Al verla tan triste, Sam pensó que la había ofendido y se sintió algo culpable.
—Ehm… Lo siento —dijo, mirando incómodo para los lados—. No quería ofenderte. Siempre que estoy estresado recurro al sarcasmo. Es una mala costumbre.
Raven volvió a levantar la mirada hacia él, sorprendida. Se sonrojó un poco. Y, esta vez, fue Sam quien se quedó un poco embelesado. Algo tenían sus ojos que le incomodaban, sí, pero no era el hecho de quedársele mirando como una rarita. Era simplemente que ella tenía naturalmente unos ojos realmente bellos, más allá del rímel o de cualquier maquillaje. Eran grandes, intensos, del color de las bellotas.
—Cuando puedas —rompió Raven el silencio por fin, deslizando sobre la barra hacia él un sobre blanco cerrado.
Sam frunció el ceño y lo cogió. Por un momento, pensó que se trataba de una carta de amor. Tendría sentido, dada la actitud que Raven había tenido hacia él hasta ahora. Sin embargo, su instinto empezó a oler algo diferente, a detectar algo raro.
—¿Qué es esto? —preguntó, yendo a abrir el sobre, pero Raven lo detuvo rápidamente.
—No es para ti. Es para Fuujin. Se lo tienes que dar en el momento en que lo veas más frustrado y perdido. Sabrás cuál es ese momento oportuno, tu instinto te lo dirá. Cuando veas que Fuujin no sabe por dónde más avanzar, se lo das.
Sam tenía los ojos tan abiertos de perplejidad que no parecía él. Se tomó unos segundos para analizar lo que acababa de oír.
—Tú… ¿por qué conoces el apodo Fuujin?
—Por favor, haz lo que te pido, sólo puedo confiarte esto a ti —suplicó ella—. Por favor, no le hables de esto a nadie, no le des ese sobre a nadie, guárdalo hasta el momento que te digo, Fuujin debe ser el primero en abrirlo y leerlo. Debe ser cuando esté estancado en la misión. Si no haces tal y como te digo, si lees la carta tú u otra persona antes de tiempo, varias vidas inocentes correrán peligro. Por favor, es una cuestión de vida o muerte…
—Espera… ¿Tú…? —comenzó a sospechar Sam, y su expresión se volvió hostil, en alerta—. Joder… no puede ser…
—Yo… —balbució Raven, dando un paso atrás, pero Sam saltó por encima de la barra para ir hacia ella—. Espera…
—¿Para qué RS trabajas? ¿Para qué es este sobre? —la interrogó.
Raven dio media vuelta y se dispuso a salir de la cafetería, pero Sam la agarró de un brazo, impidiéndoselo.
—De eso nada, no vas a salir de aquí hasta que me cuentes todo. ¿Eres una espía? ¿De quién? Dices que hay vidas inocentes corriendo peligro, ¿por culpa de quién? ¿De quién sigues órdenes?
—Para, para, por favor —le rogó, mirando apurada a los clientes de la cafetería, pues había algunos que los estaban mirando—. Estás llamando la atención.
—¿Qué eres? ¿Eres iris?
—No… Suéltame…
—¿Sabe Nakuru que eres una almaati? Llevas un año viviendo en Tokio y siendo su amiga, ¿por qué se lo ocultas? ¿Estás espiándola de parte de alguien?
—¡No! ¡Mi amistad con Nakuru y con Cleven es auténtica!
—Entiendo que engañes a Cleven, es humana y su padre nos ha ordenado mantenerla alejada y protegida del mundo de la Asociación, pero ¿a Nakuru? Si eres un miembro de la Asociación igual que nosotros, no entiendo por qué…
—¡Las cosas se han complicado! —intentó defenderse Raven, soltándose de él de una sacudida, sobresaltándolo—. ¡Todo se ha complicado, yo no esperaba…! No puedo… No puedo decírtelo, no puedo… Me estoy jugando mucho ahora, pero creo que es lo que debo hacer. Mírame con tu iris, analízame con tu olfato, tu instinto… se supone que los de tu elemento sois los mejores en eso… Sabes que lo que te digo es sincero, sé que detectas mi honesta intención de ayudaros…
—Huelo eso, pero también una enorme cantidad de información omitida. Una información muy grave… —murmuró Sam, mientras la observaba fijamente y ladeaba la cabeza justamente como un animal estudiando a otro—… que guardas dentro.
—Es por vuestra seguridad y la mía. No puedo hablar más. Todo tendrá su explicación, lo prometo, pero no ahora. En un nudo latente, hay que tener extremo cuidado con qué decir y qué hacer en su debido momento. No lo olvides.
Tras decir eso, Raven se cubrió con la capucha de su abrigo y salió corriendo de la cafetería, alejándose calle arriba. Sam se quedó ahí en medio de las mesas, asimilando lo que acababa de pasar. Miró el sobre en su mano. Más allá del enfado por el engaño que Raven había mantenido con todos y especialmente con Nakuru, más allá de la hostilidad ante lo que podría ser la amenaza de un enemigo tratando de meterle en alguna trampa, Sam, en el fondo, estaba preocupado, por el miedo que no había parado de percibir en esos ojos.
* * * * * *
Un pequeño rato después, habiendo dejado a Yenkis en casa en manos de Haru para que fueran conociéndose, Neuval se encontraba paseando por ese barrio de chalets lujosos.
Como evidentemente hoy no estaba de humor, había salido directamente con las pantuflas de casa en lugar de ponerse unas deportivas u otro calzado de calle. Seguía llevando la capucha puesta y le asomaban cabellos despeinados. Quizá por eso una vieja chismosa, viéndolo desde la ventana de su casa tras una cortina, arrugó la cara con desaprobación y murmuró cómo se había podido colar un pordiosero en un barrio de ricos.
Neuval iba ensimismado mirando su móvil, sosteniéndolo entre las dos manos y tecleando sin parar, comprobando varios correos de Hoteitsuba importantes. Procuró contestarlos lo más rápido posible para quitárselos de encima. Después se fue a la aplicación de chat, a ver si Hana le había mandado algún mensaje. Pero nada. Había pasado menos de un día desde que se marchó a su viaje misterioso. Suspiró intranquilo, quería llamarla y preguntarle si había llegado bien, si estaba a salvo, si necesitaba algo. Pero no lo vio apropiado. Hana le dijo que ya le escribiría ella pronto y que no se preocupara. Así que procuró calmar su manía sobreprotectora y tener paciencia.
Tenía que calmarse. Los “remedios” de Haru habían funcionado, obrado milagros, y menos mal. Porque al llegar a casa, y pese a haber sobrevivido al brote de majin y a la herida de bala, no pudo frenar su cabreo al ver que el coche de Viernes seguía ausente en la casa vecina, y la llamó al móvil varias veces, sin éxito, aumentando su furia, y dejándole las cosas claras en los mensajes. Lo que había pasado con Yenkis había sido la gota que colmó el vaso. Y Viernes seguía sin dar señales, ni explicaciones… La que él creía una amiga y aliada, había puesto en serio peligro a su hijo, y adrede. ¿Qué demonios le pasaba?
Neuval se estaba volviendo a poner nervioso e irascible. Volvió a invadirle esa sensación reciente de estas últimas semanas, de que algo estaba yendo muy mal, algo grande, oculto…
Algo llamó su atención. Al estar cabizbajo mirando su móvil, vio sus pantuflas deteniéndose justo encima de una larga grieta formada en la acera. En ese preciso momento, salió una cucaracha de la grieta, y se quedó quieta al lado de sus pies, moviendo sus antenas.
No supo por qué, esto le molestó. Y no porque un barrio de clase alta no debería tener semejantes bichos y desperfectos, sino porque esta simple imagen lo transportó sin permiso a Ferraille. Ese maldito, sucio y miserable suburbio, donde solamente habitaba una cosa buena.
«“Espérame ahí abajo”».
Neuval giró la cabeza a un lado con sobresalto, pensando que acababa de oír una voz femenina familiar. Pero estaba él solo en la acera; a un lado tenía la carretera, y al otro lado un pequeño jardín de la calle. No parecía haber venido de alguna de las cercanas casas de alrededor. Volvió a mirar la grieta. Se quedó absorto.
«—No deberíamos estar aquí —dijo la voz inquieta de un niño pequeño—. ¡Mon, te vas a hacer daño!
—Tranquilo, deja de dar voces o acabarás haciendo que el viejo Pierre nos pille.
El pequeño no dijo nada más, pero comenzó a retorcer entre sus manos la tela de su raído peto. Miró nervioso a los lados. Estaban en el desguace de coches, rodeados de varias montañas de vehículos rotos y chatarra oxidada. El calor era achicharrante. La niña de 12 años que lo había traído consigo escalaba sin miedo una montaña de coches, hasta llegar al que ella quería. Metió medio cuerpo por la ventanilla del conductor, que no tenía cristal, y estuvo unos segundos toqueteando algo, hasta que volvió a salir con algo entre las manos. Descendió de regreso al suelo junto al niño, y le mostró esa pequeña caja negra que había arrancado.
—¿Qué es esta basura?
—¡Neu! ¿No lo entiendes? Dentro de poco va a ser tu séptimo cumple, así que es hora de que te construya un nuevo regalo. Sólo necesito otro cacharro como este en buen estado, y los voy a transformar en dos transmisores de radio. Uno para ti y otro para mí. Y nos podremos comunicar por radio desde la distancia. ¿A que es divertido? Me he leído tres veces el libro de la biblioteca que explica cómo se hace.
El niño miraba asombrado a su hermana mayor. Su piel blanca como la nieve, las pecas de sus mejillas, ahora un poco coloradas por el sol del verano; sus largos cabellos negros, sus vivos ojos azules, y la ausencia de un diente, que se le había caído hace poco. Su voz, su sonrisa, siempre le hacían sentirse a salvo. Pero entonces, sonó otra voz, grave, masculina, contraria, que desde hacía un par de años había comenzado a aterrarle.
—¿¡Qué hacéis aquí!?
Ambos niños se dieron un susto. No era el viejo Pierre, pero era igual o peor. Aquel hombre se aproximaba a ellos, furioso. Monique se puso delante de Neuval, y miró valiente al frente.
—¿¡Sólo queréis buscarme problemas!? ¿¡Que me despidan del trabajo!? ¡No aprendéis, ¿verdad?!
—Cálmate —le dijo Monique con voz firme y poderosa—. Tienes que calmarte.
Aquel hombre entonces se detuvo antes de llegar a ellos, gruñó con rabia, se agarró del pelo, cerró los ojos, como si luchara consigo mismo. Neuval lo observaba asustado. Nunca lo llegó a entender. Pero Monique lo arrimó a su espalda con un brazo protector. De repente, aquel hombre se echó de rodillas al suelo, al pie de un montículo de chatarra; agarró un pedazo de metal y se lo clavó en la mano, y soltó un grito de dolor. Se quedó ahí agazapado, agonizando, respirando.
—Vámonos —le susurró Monique al pequeño, agarrando su mano y marchándose de allí rápidamente—. No temas. Volverá más tranquilo a casa.»
Neuval volvió a abrir los ojos. Había perdido la noción del tiempo unos minutos. La cucaracha ya no estaba. No sabía por qué había tenido este recuerdo sin motivo aparente. En él, Jean volvía a aparecer con la cara cubierta de sombras, de una mancha de humo negro, con dos aterradores ojos de luz blanca. No es que hubiera olvidado el rostro de Jean. De hecho, era imposible, teniendo en cuenta que era casi idéntico a él. Pero cuando recordaba cosas de él, siempre aparecía en su mente con ese nubarrón de tinieblas en lugar de su cara. Siempre pensó que esto era producto de su traumada imaginación de niño, una visión infantil de lo que sería un monstruo, y todavía le acompañaba.
Se metió una mano en el bolsillo del pantalón chándal y sacó un pequeño canuto de marihuana de Haru, que se había guardado por si acaso. Se lo encendió con un mechero y dio una profunda, larga calada, cerrando los ojos hacia el cielo, relajando los hombros, y dejando que una inesperada brisa le acariciara, y agitara las hojas perennes de los árboles de la calle, produciendo un sonido tintineante.
Sí… eso estaba mejor. Sus cien pensamientos se redujeron a la mitad. Se sentó en el borde de la acera, apoyó los brazos sobre las rodillas y, sujetando el canutillo entre los labios, volvió a desbloquear el móvil y se metió en la otra aplicación de comunicación clandestina que solamente usaba con su KRS. No podía olvidar que tenía a dos de sus chicos en medio de una misión. Brey y Drasik habían ido actualizando. Hasta ahora, habían confirmado ya su infiltración exitosa en la base enemiga, y después en el laboratorio, y ahora Drasik se encontraba realizándoles el test a los componentes químicos que estaban fabricando allí, para averiguar si coincidían con los que Alvion había indicado en la información inicial de la misión.
Dio otra calada y se puso a escribirle a Lao un mensaje, diciéndole que se fuera preparando ejecutar su parte de la misión en otra base, ahora que Drasik estaba a poco de confirmar el objetivo de la primera fase.
En ese momento, una desaliñada gata tricolor callejera se le acercó desde el jardincillo que tenía detrás y se sentó en la acera a su lado, lamiéndose una pata tranquilamente.
Nada más enviarle el mensaje a Lao, le apareció en la pantalla una notificación nueva. Cuando vio que era un mensaje de Cleven, se atragantó con el humo y tosió un poco, y volvió a mirar la pantalla con sorpresa, quitándose el canutillo de los labios.
—¿Qué? ¿Un mensaje de la mismísima Cleventine Vernoux? ¿¡Para mí!? —dijo en voz alta. Después miró a la gata que tenía al lado y le enseñó la pantalla—. ¿Te lo puedes creer? Ayer me visita a mi oficina. Y hoy me escribe. ¿Qué crees que será? ¿“Estoy en problemas”? ¿“Necesito dinero”? ¿“Tengo un nuevo novio que está esperando que lo aniquiles”?
—Miaaah… —maulló la gata desinteresadamente, y siguió lamiéndose el lomo.
—Ah —Neuval se quedó trastocado un momento. Juraría que acababa de oír en su cabeza: “No perturbes mi espacio”.
Le restó importancia y abrió el mensaje de Cleven. Era una selfi de ella, donde se la veía con el gorro de natación puesto, pero tenía por arriba dos agujeros, por donde le salían dos grandes mechones de su ondulado cabello rojo, que parecía que le habían salido dos cuernos. También salía con las gafas de nadar puestas, y posaba con ojos bizcos y sonrisa sacando la lengua. Abajo, había escrito: “Se me rompió el gorro al final del entrenamiento y ahora mis compis me han apodado ‘La Cabra Acuática’. Siento manchar tu reputación en la alta sociedad, pero debo aceptar mi nueva identidad”.
A Neuval se le habían puesto unos ojos tan grandes y llorosos y se le había formado en la cara una sonrisa tan enorme y boba que la gata callejera se lo quedó mirando juzgadoramente.
—Ufm… —sollozó Neuval, llevándose un puño a la boca, contemplando esa horrible foto de Cleven como si fuera una milagrosa estrella brillante en medio del cosmos—. Es tan bonita… Y tan payasa…
Se puso enseguida a contestar el mensaje: “Es un honor ser el padre de ‘La Cabra Acuática’. Así podré yo cambiarme el nombre por fin a ‘El Cabrón Aristocrático’ y cumplir así uno de mis sueños”. Tras unos instantes, Cleven le respondió con múltiples emojis de la risa. Neuval no podía dejar de sonreír. Ni siquiera se había dado cuenta de que se le había caído el porrito de marihuana al suelo. De hecho, se olvidó de él por completo. Tras unos mensajes tontos más, Cleven se despidió diciendo que iba a pasar un rato con sus compañeros de natación.
Neuval suspiró y miró al cielo, contento. Luego miró a la gata, que se había puesto en pie y miraba a los alrededores, oscilando la cola suavemente.
—No lo entiendo. Parece que cuando se me encarrila uno, se me descarrila el otro —se tumbó sobre la acera para ponerse a la altura de la minina—. ¿Tú lo puedes entender, Katyusha 2? ¿Te importa si te llamo Katyusha 2? Tienes unos increíbles ojos verdes juzgadores y letales, no puedes llamarte de otra forma. ¿De dónde ha salido una calicó tan bonita, eh?
La gata, tan tranquila, se acercó a él y comenzó a restregarse contra su cabeza, su hombro, y dio varios maullidos.
«“Comida. ¿Tienes comida? Soy amigable. ¿Comida?”».
—Qu-… —Neuval se incorporó de nuevo, apartándose del animal con cara de shock. Se llevó una mano a la frente—. Oh, no… Me está pasando otra vez…
Le preocupó porque él siempre había considerado esto una pequeña señal de esquizofrenia o de que se le estaba yendo la olla. Sin duda, le había pasado otras veces antes, no muchas, pero sí las suficientes para recordarlas, sobre todo con los gatos con los que siempre solía acabar compartiendo comida de la basura o callejones en las ciudades por las que transitaba de pequeño. También con perros, alguna vez. Era raro. Oía sus ladridos, o maullidos, y al mismo tiempo, oía en su cabeza palabras. Pero no eran palabras ni tampoco una voz, era una interpretación de su cerebro, como cuando uno mira una pelota roja y en su mente se proyecta el entendimiento de “pelota” y “roja”.
Neuval daba por sentado que creer que entendía lo que los animales decían era un síntoma comprensible de su desajustada salud mental, lo cual no era una sorpresa, pero tampoco era tranquilizador. Se quedó mirando a la gata, en suspense, preguntándose si volvería a imaginar que le hablaba. Pero entonces, la gata maulló una vez más. Y esta vez, sólo fue un maullido.
—Uff… No me des esos sustos, Katyusha 2, por Dios —resopló con una mano en el pecho—. La gente pensará que estoy fatal…
En ese momento, la vieja chismosa de la ventana de la casa de más allá volvió a negar con la cabeza con desaprobación, viendo ahora a ese pordiosero sentado en la acera hablando con un gato. Por suerte no reconocía quién era porque tenía la capucha puesta.
—Parece que a La Cabra Acuática le está yendo bien. Parece que le vuelvo a caer bien —murmuró el Fuu, sonriendo, rascando la barbilla de la gata, pero luego se le apagó un poco la sonrisa—. ¿Cómo le estará yendo al otro? Haru ha dicho que logró una hazaña enorme hace unos días en su trabajo. Una niña… con un tumor maligno imposible, rechazado por los mejores médicos del mundo… salvada en el último momento por la implacable tozudez del chico. Qué propio de él… —negó con la cabeza, denotando orgullo—. Pero esa tozudez suya no resuelve otros problemas. Daría lo que fuera por poder felicitarlo… hablar con él… que me cuente con detalle cómo ha sido la experiencia incluso si tengo que ponerme al lado un cubo donde poder vomitar. Me da igual mi fobia, le escucharía cada palabra médica. Pero sé, por descontado, que no me cogerá la llamada, ni me recibiría una visita. Dejé de intentarlo hace tiempo, Katyusha 2. Por mi parte… no sé qué más hacer para recuperarle —dejó salir otro suspiro melancólico—. ¿Tú qué opinas? —miró a su lado, pero descubrió que la gata no estaba. Se había marchado hace rato—. ¿¡Katyusha 2!? Me ha dejado aquí, hablando solo como los locos…
Rechistó un poco más, mientras se metía una mano en el bolsillo de la sudadera para sacar de nuevo el cubito y curiosearlo. No obstante, su móvil comenzó a sonar antes.
—Oh… —se sorprendió al mirar la pantalla, y descolgó la llamada—. Hola, Mei, ¿qué tal estás?
—“Tío Neu, hola, lo siento, ¿te pillo ocupado?” —oyó la voz agitada de la mujer.
—Para nada, ¿qué necesitas? ¿Qué ocurre?
—“Ahm… Necesitamos que vengas a mi casa. Estoy con mi hermano, con Agatha, Yako y Eliam. Y con Daisuke. Pero… —sollozó angustiada—… ha ocurrido algo… La pequeña Clover… ha desaparecido en algún momento de la noche y… y nadie se ha dado cuenta hasta que Agatha ha venido a hacerles el desayuno y… y… llevamos rato indagando y todo apunta a un secuestro, pero las posibilidades no tienen sentido…”
Neuval se puso en pie al instante. Le cambió el rostro, y se le fue ensombreciendo cada vez más, conforme Mei Ling le describía más a fondo los detalles de la situación entre lágrimas. Fue para allá de inmediato.
MJ se dio un susto cuando Yako entró de golpe en la cocina. Dejó de remover su famosa salsa casera para observar, sorprendida, cómo Yako cogía su abrigo y sus cosas, dando a entender que se iba.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—Me voy a atender un asunto importante, haceos cargo de la cafetería en mi ausencia.
—E… Espera —trató de detenerlo—. Quería hablar contigo sobre algo. Ayer me dijiste que hoy tendrías tiempo.
—Lo siento, MJ, ahora no puedo.
—Pero… Yako…
Yako ya había salido y MJ se quedó con la palabra en la boca. «Nunca tienes tiempo» pensó malhumorada. Había estado varios días tratando de decírselo en clase o por la universidad, pero ni en la cafetería tenían descanso. Ya era tarde para decírselo, esperaba que esa mañana pudiera conseguirlo, pero al parecer todo estaba lleno de inconvenientes. MJ miró su reloj. Tenía planeado hacerlo hoy y, si no se ponía ahora a prepararse, no llegaría.
Apagó el fuego y dejó la salsa reposando. Era una buena hora para irse. Tantas semanas pensándolo y por fin se había decidido, harta de quedarse siempre en el margen. Y deseaba contárselo a Yako. Sin embargo, ya no había remedio. Cogió sus cosas y se dispuso a salir, pero justo entró Kain.
—Mmm… ¡Qué bien huele eso! —exclamó, observando la olla de la salsa—. Oh, ¿te vas?
MJ dio un largo suspiro, cerrando los ojos. Tendría que decírselo.
—Kain, me voy un tiempo.
—¿Qué? ¿Adónde?
—A… A visitar a mis abuelos en la Isla Shikoku, mi abuela se ha puesto enferma… y tal —se inventó—. Díselo a Yako por mí, a ver si tiene tiempo para ti.
—No, espera, espera… —se apuró—. No puedes irte. Si te vas, la cafetería se quedará corta de empleados. Yo también pensaba irme hoy, ahora.
—¿Adónde? —frunció el ceño.
—Mm… A… pasar un tiempo con los padres de mi prometida en Shizuoka —se inventó también—. Yo tampoco he podido decírselo a Yako. No sé, últimamente ha estado un poco raro.
—¿Tú también lo has notado? —se sorprendió, y Kain asintió—. Desde que volvió del Monte Zou, ha estado muy callado. ¿Crees que Alvion al final le dijo algo que le sentó mal?
—No sé… Pero a Yako no lo he notado molesto o enfadado, lo he notado como… triste. Y preocupado.
—Oh, no… ¿Y si algo va mal con su abuelo? ¿O con el Monte Zou? ¿Habrá pasado algo? ¿Y si los dioses los han puesto en problemas? Yako siempre habla mal de ellos, tendrá sus razones…
—Bueno, mira… —titubeó Kain—. Si tú te vas y yo también… Sam se lo dirá a Yako, entonces. Los demás empleados tendrán que sustituirnos.
MJ asintió y ambos salieron de la cocina, poniéndose los abrigos. Sam, que pasaba por ahí con una bandeja, les clavó una mirada recelosa.
—¿Significa esto que me quedo solo con todos estos clientes? ¿Un domingo?
—Eres un iris, ¿qué es un reto para ti? —se mofó Kain.
—Oye, Kain se va un tiempo con la familia de su prometida a Shizuoka y yo a Shikoku a visitar a mi abuela enferma —le informó MJ—. Díselo a Yako, yo tengo prisa.
—Y yo, adiós —dijo Kain, marchándose con ella.
Sam los siguió con la mirada, pensando que tenían un morro de oso hormiguero. Justo cuando salieron por la puerta, Kain se paró para dejar entrar amablemente a una chica afroamericana y ya se perdieron de vista. Sam vio que se trataba de Raven. Le extrañó un poco que viniera sola y no con Cleven o con Nakuru, pero le restó importancia y se metió detrás de la barra para recoger algunas tazas y platos.
No obstante, se percató de que Raven lo estaba mirando detenidamente desde la puerta. Decidió ignorarla, ya que eso era precisamente lo único que veía hacer a Raven; todas las veces que se la había cruzado en el instituto o había venido a la cafetería con Cleven o Nakuru, cuando él pasaba o estaba cerca, ella se quedaba absorta mirándolo.
La última vez fue el miércoles pasado, cuando se encontró con Raven y Nakuru en el patio delantero del instituto pasando el rato. Previamente, Kyo y Cleven también estaban con ellas, pero Cleven ya se había ido a casa a cuidar de los mellizos y Kyo se había ido afuera a reunirse con el viejo Lao, recibiendo el recado de transmitirle a Yako la orden de ir al Monte Zou a informar a Alvion sobre el asunto de Denzel.
Sam recordaba que, al salir del edificio y cruzarse con Nakuru y con Raven, estaba muy arisco y alterado. Recordó la razón. Ese día había vuelto a tener otra nueva visión de algo raro, un fenómeno o alucinación que Sam ya había padecido otras veces desde que era pequeño. Ese día, fue el hecho de ver un cuervo con una pata atrofiada en el aparcamiento del instituto a punto de ser arrollado por un coche, y cuando la rueda estaba ya a un centímetro de aplastarlo, el ave de pronto apareció a un lado, a casi medio metro de donde estaba antes, en un instante, en un microsegundo, y se salvó de ser arrollado.
Sam no se explicaba aún cómo pudo el cuervo estar en un lugar y, en menos de un parpadeo, aparecer unos centímetros más lejos, sin mover las patas, ni las alas ni nada. Acudió a Brey más tarde para contárselo, buscando alguna explicación racional, sin éxito. Al final, Sam decidió hacerle caso e ir a visitar a los monjes médicos del Monte Zou el próximo día que tuviera libre. Iba a hacerlo hoy al mediodía cuando acabase su turno, pero, gracias a MJ y Kain, al parecer le iba a tocar hacer turno doble.
Se había sumergido tanto en estos pensamientos mientras limpiaba unas tazas en el fregadero que, cuando volvió al mundo real, se dio un susto al encontrar a Raven ahí justo frente a él, al otro lado de la barra, mirándolo con esos ojos negros abiertos de expectación, con sus largas pestañas.
—Jesus… —murmuró en inglés, recuperándose—. ¿Se puede saber qué pasa contigo? ¿Vienes a pedir algo para comer o beber o sólo para quedarte otra vez mirándome como una lunática?
Raven entonces parpadeó por fin. Se dio cuenta de que tenía razón, estaba empezando a ser ya muy rarita con este comportamiento. El miércoles pasado le volvió a pasar, se quedó muda y paralizada como una boba mirándolo y Nakuru tuvo que intervenir para que dejara de incomodar a Sam. Cuando Sam se fue, Nakuru trató de animarla para decirle algo, hablar con él, porque Nakuru pensaba que lo que le pasaba a Raven es que estaba coladita por Sam. Pero en ese momento, lo que Nakuru halló en los ojos de su amiga era una expresión de gran miedo, de un miedo grave, y Raven se despidió de ella corriendo con una excusa.
Estaba siendo difícil esta situación. Llevaba ya muchos días cargando con el dilema. Raven agachó la mirada, sin decir nada. Al verla tan triste, Sam pensó que la había ofendido y se sintió algo culpable.
—Ehm… Lo siento —dijo, mirando incómodo para los lados—. No quería ofenderte. Siempre que estoy estresado recurro al sarcasmo. Es una mala costumbre.
Raven volvió a levantar la mirada hacia él, sorprendida. Se sonrojó un poco. Y, esta vez, fue Sam quien se quedó un poco embelesado. Algo tenían sus ojos que le incomodaban, sí, pero no era el hecho de quedársele mirando como una rarita. Era simplemente que ella tenía naturalmente unos ojos realmente bellos, más allá del rímel o de cualquier maquillaje. Eran grandes, intensos, del color de las bellotas.
—Cuando puedas —rompió Raven el silencio por fin, deslizando sobre la barra hacia él un sobre blanco cerrado.
Sam frunció el ceño y lo cogió. Por un momento, pensó que se trataba de una carta de amor. Tendría sentido, dada la actitud que Raven había tenido hacia él hasta ahora. Sin embargo, su instinto empezó a oler algo diferente, a detectar algo raro.
—¿Qué es esto? —preguntó, yendo a abrir el sobre, pero Raven lo detuvo rápidamente.
—No es para ti. Es para Fuujin. Se lo tienes que dar en el momento en que lo veas más frustrado y perdido. Sabrás cuál es ese momento oportuno, tu instinto te lo dirá. Cuando veas que Fuujin no sabe por dónde más avanzar, se lo das.
Sam tenía los ojos tan abiertos de perplejidad que no parecía él. Se tomó unos segundos para analizar lo que acababa de oír.
—Tú… ¿por qué conoces el apodo Fuujin?
—Por favor, haz lo que te pido, sólo puedo confiarte esto a ti —suplicó ella—. Por favor, no le hables de esto a nadie, no le des ese sobre a nadie, guárdalo hasta el momento que te digo, Fuujin debe ser el primero en abrirlo y leerlo. Debe ser cuando esté estancado en la misión. Si no haces tal y como te digo, si lees la carta tú u otra persona antes de tiempo, varias vidas inocentes correrán peligro. Por favor, es una cuestión de vida o muerte…
—Espera… ¿Tú…? —comenzó a sospechar Sam, y su expresión se volvió hostil, en alerta—. Joder… no puede ser…
—Yo… —balbució Raven, dando un paso atrás, pero Sam saltó por encima de la barra para ir hacia ella—. Espera…
—¿Para qué RS trabajas? ¿Para qué es este sobre? —la interrogó.
Raven dio media vuelta y se dispuso a salir de la cafetería, pero Sam la agarró de un brazo, impidiéndoselo.
—De eso nada, no vas a salir de aquí hasta que me cuentes todo. ¿Eres una espía? ¿De quién? Dices que hay vidas inocentes corriendo peligro, ¿por culpa de quién? ¿De quién sigues órdenes?
—Para, para, por favor —le rogó, mirando apurada a los clientes de la cafetería, pues había algunos que los estaban mirando—. Estás llamando la atención.
—¿Qué eres? ¿Eres iris?
—No… Suéltame…
—¿Sabe Nakuru que eres una almaati? Llevas un año viviendo en Tokio y siendo su amiga, ¿por qué se lo ocultas? ¿Estás espiándola de parte de alguien?
—¡No! ¡Mi amistad con Nakuru y con Cleven es auténtica!
—Entiendo que engañes a Cleven, es humana y su padre nos ha ordenado mantenerla alejada y protegida del mundo de la Asociación, pero ¿a Nakuru? Si eres un miembro de la Asociación igual que nosotros, no entiendo por qué…
—¡Las cosas se han complicado! —intentó defenderse Raven, soltándose de él de una sacudida, sobresaltándolo—. ¡Todo se ha complicado, yo no esperaba…! No puedo… No puedo decírtelo, no puedo… Me estoy jugando mucho ahora, pero creo que es lo que debo hacer. Mírame con tu iris, analízame con tu olfato, tu instinto… se supone que los de tu elemento sois los mejores en eso… Sabes que lo que te digo es sincero, sé que detectas mi honesta intención de ayudaros…
—Huelo eso, pero también una enorme cantidad de información omitida. Una información muy grave… —murmuró Sam, mientras la observaba fijamente y ladeaba la cabeza justamente como un animal estudiando a otro—… que guardas dentro.
—Es por vuestra seguridad y la mía. No puedo hablar más. Todo tendrá su explicación, lo prometo, pero no ahora. En un nudo latente, hay que tener extremo cuidado con qué decir y qué hacer en su debido momento. No lo olvides.
Tras decir eso, Raven se cubrió con la capucha de su abrigo y salió corriendo de la cafetería, alejándose calle arriba. Sam se quedó ahí en medio de las mesas, asimilando lo que acababa de pasar. Miró el sobre en su mano. Más allá del enfado por el engaño que Raven había mantenido con todos y especialmente con Nakuru, más allá de la hostilidad ante lo que podría ser la amenaza de un enemigo tratando de meterle en alguna trampa, Sam, en el fondo, estaba preocupado, por el miedo que no había parado de percibir en esos ojos.
* * * * * *
Un pequeño rato después, habiendo dejado a Yenkis en casa en manos de Haru para que fueran conociéndose, Neuval se encontraba paseando por ese barrio de chalets lujosos.
Como evidentemente hoy no estaba de humor, había salido directamente con las pantuflas de casa en lugar de ponerse unas deportivas u otro calzado de calle. Seguía llevando la capucha puesta y le asomaban cabellos despeinados. Quizá por eso una vieja chismosa, viéndolo desde la ventana de su casa tras una cortina, arrugó la cara con desaprobación y murmuró cómo se había podido colar un pordiosero en un barrio de ricos.
Neuval iba ensimismado mirando su móvil, sosteniéndolo entre las dos manos y tecleando sin parar, comprobando varios correos de Hoteitsuba importantes. Procuró contestarlos lo más rápido posible para quitárselos de encima. Después se fue a la aplicación de chat, a ver si Hana le había mandado algún mensaje. Pero nada. Había pasado menos de un día desde que se marchó a su viaje misterioso. Suspiró intranquilo, quería llamarla y preguntarle si había llegado bien, si estaba a salvo, si necesitaba algo. Pero no lo vio apropiado. Hana le dijo que ya le escribiría ella pronto y que no se preocupara. Así que procuró calmar su manía sobreprotectora y tener paciencia.
Tenía que calmarse. Los “remedios” de Haru habían funcionado, obrado milagros, y menos mal. Porque al llegar a casa, y pese a haber sobrevivido al brote de majin y a la herida de bala, no pudo frenar su cabreo al ver que el coche de Viernes seguía ausente en la casa vecina, y la llamó al móvil varias veces, sin éxito, aumentando su furia, y dejándole las cosas claras en los mensajes. Lo que había pasado con Yenkis había sido la gota que colmó el vaso. Y Viernes seguía sin dar señales, ni explicaciones… La que él creía una amiga y aliada, había puesto en serio peligro a su hijo, y adrede. ¿Qué demonios le pasaba?
Neuval se estaba volviendo a poner nervioso e irascible. Volvió a invadirle esa sensación reciente de estas últimas semanas, de que algo estaba yendo muy mal, algo grande, oculto…
Algo llamó su atención. Al estar cabizbajo mirando su móvil, vio sus pantuflas deteniéndose justo encima de una larga grieta formada en la acera. En ese preciso momento, salió una cucaracha de la grieta, y se quedó quieta al lado de sus pies, moviendo sus antenas.
No supo por qué, esto le molestó. Y no porque un barrio de clase alta no debería tener semejantes bichos y desperfectos, sino porque esta simple imagen lo transportó sin permiso a Ferraille. Ese maldito, sucio y miserable suburbio, donde solamente habitaba una cosa buena.
«“Espérame ahí abajo”».
Neuval giró la cabeza a un lado con sobresalto, pensando que acababa de oír una voz femenina familiar. Pero estaba él solo en la acera; a un lado tenía la carretera, y al otro lado un pequeño jardín de la calle. No parecía haber venido de alguna de las cercanas casas de alrededor. Volvió a mirar la grieta. Se quedó absorto.
«—No deberíamos estar aquí —dijo la voz inquieta de un niño pequeño—. ¡Mon, te vas a hacer daño!
—Tranquilo, deja de dar voces o acabarás haciendo que el viejo Pierre nos pille.
El pequeño no dijo nada más, pero comenzó a retorcer entre sus manos la tela de su raído peto. Miró nervioso a los lados. Estaban en el desguace de coches, rodeados de varias montañas de vehículos rotos y chatarra oxidada. El calor era achicharrante. La niña de 12 años que lo había traído consigo escalaba sin miedo una montaña de coches, hasta llegar al que ella quería. Metió medio cuerpo por la ventanilla del conductor, que no tenía cristal, y estuvo unos segundos toqueteando algo, hasta que volvió a salir con algo entre las manos. Descendió de regreso al suelo junto al niño, y le mostró esa pequeña caja negra que había arrancado.
—¿Qué es esta basura?
—¡Neu! ¿No lo entiendes? Dentro de poco va a ser tu séptimo cumple, así que es hora de que te construya un nuevo regalo. Sólo necesito otro cacharro como este en buen estado, y los voy a transformar en dos transmisores de radio. Uno para ti y otro para mí. Y nos podremos comunicar por radio desde la distancia. ¿A que es divertido? Me he leído tres veces el libro de la biblioteca que explica cómo se hace.
El niño miraba asombrado a su hermana mayor. Su piel blanca como la nieve, las pecas de sus mejillas, ahora un poco coloradas por el sol del verano; sus largos cabellos negros, sus vivos ojos azules, y la ausencia de un diente, que se le había caído hace poco. Su voz, su sonrisa, siempre le hacían sentirse a salvo. Pero entonces, sonó otra voz, grave, masculina, contraria, que desde hacía un par de años había comenzado a aterrarle.
—¿¡Qué hacéis aquí!?
Ambos niños se dieron un susto. No era el viejo Pierre, pero era igual o peor. Aquel hombre se aproximaba a ellos, furioso. Monique se puso delante de Neuval, y miró valiente al frente.
—¿¡Sólo queréis buscarme problemas!? ¿¡Que me despidan del trabajo!? ¡No aprendéis, ¿verdad?!
—Cálmate —le dijo Monique con voz firme y poderosa—. Tienes que calmarte.
Aquel hombre entonces se detuvo antes de llegar a ellos, gruñó con rabia, se agarró del pelo, cerró los ojos, como si luchara consigo mismo. Neuval lo observaba asustado. Nunca lo llegó a entender. Pero Monique lo arrimó a su espalda con un brazo protector. De repente, aquel hombre se echó de rodillas al suelo, al pie de un montículo de chatarra; agarró un pedazo de metal y se lo clavó en la mano, y soltó un grito de dolor. Se quedó ahí agazapado, agonizando, respirando.
—Vámonos —le susurró Monique al pequeño, agarrando su mano y marchándose de allí rápidamente—. No temas. Volverá más tranquilo a casa.»
Neuval volvió a abrir los ojos. Había perdido la noción del tiempo unos minutos. La cucaracha ya no estaba. No sabía por qué había tenido este recuerdo sin motivo aparente. En él, Jean volvía a aparecer con la cara cubierta de sombras, de una mancha de humo negro, con dos aterradores ojos de luz blanca. No es que hubiera olvidado el rostro de Jean. De hecho, era imposible, teniendo en cuenta que era casi idéntico a él. Pero cuando recordaba cosas de él, siempre aparecía en su mente con ese nubarrón de tinieblas en lugar de su cara. Siempre pensó que esto era producto de su traumada imaginación de niño, una visión infantil de lo que sería un monstruo, y todavía le acompañaba.
Se metió una mano en el bolsillo del pantalón chándal y sacó un pequeño canuto de marihuana de Haru, que se había guardado por si acaso. Se lo encendió con un mechero y dio una profunda, larga calada, cerrando los ojos hacia el cielo, relajando los hombros, y dejando que una inesperada brisa le acariciara, y agitara las hojas perennes de los árboles de la calle, produciendo un sonido tintineante.
Sí… eso estaba mejor. Sus cien pensamientos se redujeron a la mitad. Se sentó en el borde de la acera, apoyó los brazos sobre las rodillas y, sujetando el canutillo entre los labios, volvió a desbloquear el móvil y se metió en la otra aplicación de comunicación clandestina que solamente usaba con su KRS. No podía olvidar que tenía a dos de sus chicos en medio de una misión. Brey y Drasik habían ido actualizando. Hasta ahora, habían confirmado ya su infiltración exitosa en la base enemiga, y después en el laboratorio, y ahora Drasik se encontraba realizándoles el test a los componentes químicos que estaban fabricando allí, para averiguar si coincidían con los que Alvion había indicado en la información inicial de la misión.
Dio otra calada y se puso a escribirle a Lao un mensaje, diciéndole que se fuera preparando ejecutar su parte de la misión en otra base, ahora que Drasik estaba a poco de confirmar el objetivo de la primera fase.
En ese momento, una desaliñada gata tricolor callejera se le acercó desde el jardincillo que tenía detrás y se sentó en la acera a su lado, lamiéndose una pata tranquilamente.
Nada más enviarle el mensaje a Lao, le apareció en la pantalla una notificación nueva. Cuando vio que era un mensaje de Cleven, se atragantó con el humo y tosió un poco, y volvió a mirar la pantalla con sorpresa, quitándose el canutillo de los labios.
—¿Qué? ¿Un mensaje de la mismísima Cleventine Vernoux? ¿¡Para mí!? —dijo en voz alta. Después miró a la gata que tenía al lado y le enseñó la pantalla—. ¿Te lo puedes creer? Ayer me visita a mi oficina. Y hoy me escribe. ¿Qué crees que será? ¿“Estoy en problemas”? ¿“Necesito dinero”? ¿“Tengo un nuevo novio que está esperando que lo aniquiles”?
—Miaaah… —maulló la gata desinteresadamente, y siguió lamiéndose el lomo.
—Ah —Neuval se quedó trastocado un momento. Juraría que acababa de oír en su cabeza: “No perturbes mi espacio”.
Le restó importancia y abrió el mensaje de Cleven. Era una selfi de ella, donde se la veía con el gorro de natación puesto, pero tenía por arriba dos agujeros, por donde le salían dos grandes mechones de su ondulado cabello rojo, que parecía que le habían salido dos cuernos. También salía con las gafas de nadar puestas, y posaba con ojos bizcos y sonrisa sacando la lengua. Abajo, había escrito: “Se me rompió el gorro al final del entrenamiento y ahora mis compis me han apodado ‘La Cabra Acuática’. Siento manchar tu reputación en la alta sociedad, pero debo aceptar mi nueva identidad”.
A Neuval se le habían puesto unos ojos tan grandes y llorosos y se le había formado en la cara una sonrisa tan enorme y boba que la gata callejera se lo quedó mirando juzgadoramente.
—Ufm… —sollozó Neuval, llevándose un puño a la boca, contemplando esa horrible foto de Cleven como si fuera una milagrosa estrella brillante en medio del cosmos—. Es tan bonita… Y tan payasa…
Se puso enseguida a contestar el mensaje: “Es un honor ser el padre de ‘La Cabra Acuática’. Así podré yo cambiarme el nombre por fin a ‘El Cabrón Aristocrático’ y cumplir así uno de mis sueños”. Tras unos instantes, Cleven le respondió con múltiples emojis de la risa. Neuval no podía dejar de sonreír. Ni siquiera se había dado cuenta de que se le había caído el porrito de marihuana al suelo. De hecho, se olvidó de él por completo. Tras unos mensajes tontos más, Cleven se despidió diciendo que iba a pasar un rato con sus compañeros de natación.
Neuval suspiró y miró al cielo, contento. Luego miró a la gata, que se había puesto en pie y miraba a los alrededores, oscilando la cola suavemente.
—No lo entiendo. Parece que cuando se me encarrila uno, se me descarrila el otro —se tumbó sobre la acera para ponerse a la altura de la minina—. ¿Tú lo puedes entender, Katyusha 2? ¿Te importa si te llamo Katyusha 2? Tienes unos increíbles ojos verdes juzgadores y letales, no puedes llamarte de otra forma. ¿De dónde ha salido una calicó tan bonita, eh?
La gata, tan tranquila, se acercó a él y comenzó a restregarse contra su cabeza, su hombro, y dio varios maullidos.
«“Comida. ¿Tienes comida? Soy amigable. ¿Comida?”».
—Qu-… —Neuval se incorporó de nuevo, apartándose del animal con cara de shock. Se llevó una mano a la frente—. Oh, no… Me está pasando otra vez…
Le preocupó porque él siempre había considerado esto una pequeña señal de esquizofrenia o de que se le estaba yendo la olla. Sin duda, le había pasado otras veces antes, no muchas, pero sí las suficientes para recordarlas, sobre todo con los gatos con los que siempre solía acabar compartiendo comida de la basura o callejones en las ciudades por las que transitaba de pequeño. También con perros, alguna vez. Era raro. Oía sus ladridos, o maullidos, y al mismo tiempo, oía en su cabeza palabras. Pero no eran palabras ni tampoco una voz, era una interpretación de su cerebro, como cuando uno mira una pelota roja y en su mente se proyecta el entendimiento de “pelota” y “roja”.
Neuval daba por sentado que creer que entendía lo que los animales decían era un síntoma comprensible de su desajustada salud mental, lo cual no era una sorpresa, pero tampoco era tranquilizador. Se quedó mirando a la gata, en suspense, preguntándose si volvería a imaginar que le hablaba. Pero entonces, la gata maulló una vez más. Y esta vez, sólo fue un maullido.
—Uff… No me des esos sustos, Katyusha 2, por Dios —resopló con una mano en el pecho—. La gente pensará que estoy fatal…
En ese momento, la vieja chismosa de la ventana de la casa de más allá volvió a negar con la cabeza con desaprobación, viendo ahora a ese pordiosero sentado en la acera hablando con un gato. Por suerte no reconocía quién era porque tenía la capucha puesta.
—Parece que a La Cabra Acuática le está yendo bien. Parece que le vuelvo a caer bien —murmuró el Fuu, sonriendo, rascando la barbilla de la gata, pero luego se le apagó un poco la sonrisa—. ¿Cómo le estará yendo al otro? Haru ha dicho que logró una hazaña enorme hace unos días en su trabajo. Una niña… con un tumor maligno imposible, rechazado por los mejores médicos del mundo… salvada en el último momento por la implacable tozudez del chico. Qué propio de él… —negó con la cabeza, denotando orgullo—. Pero esa tozudez suya no resuelve otros problemas. Daría lo que fuera por poder felicitarlo… hablar con él… que me cuente con detalle cómo ha sido la experiencia incluso si tengo que ponerme al lado un cubo donde poder vomitar. Me da igual mi fobia, le escucharía cada palabra médica. Pero sé, por descontado, que no me cogerá la llamada, ni me recibiría una visita. Dejé de intentarlo hace tiempo, Katyusha 2. Por mi parte… no sé qué más hacer para recuperarle —dejó salir otro suspiro melancólico—. ¿Tú qué opinas? —miró a su lado, pero descubrió que la gata no estaba. Se había marchado hace rato—. ¿¡Katyusha 2!? Me ha dejado aquí, hablando solo como los locos…
Rechistó un poco más, mientras se metía una mano en el bolsillo de la sudadera para sacar de nuevo el cubito y curiosearlo. No obstante, su móvil comenzó a sonar antes.
—Oh… —se sorprendió al mirar la pantalla, y descolgó la llamada—. Hola, Mei, ¿qué tal estás?
—“Tío Neu, hola, lo siento, ¿te pillo ocupado?” —oyó la voz agitada de la mujer.
—Para nada, ¿qué necesitas? ¿Qué ocurre?
—“Ahm… Necesitamos que vengas a mi casa. Estoy con mi hermano, con Agatha, Yako y Eliam. Y con Daisuke. Pero… —sollozó angustiada—… ha ocurrido algo… La pequeña Clover… ha desaparecido en algún momento de la noche y… y nadie se ha dado cuenta hasta que Agatha ha venido a hacerles el desayuno y… y… llevamos rato indagando y todo apunta a un secuestro, pero las posibilidades no tienen sentido…”
Neuval se puso en pie al instante. Le cambió el rostro, y se le fue ensombreciendo cada vez más, conforme Mei Ling le describía más a fondo los detalles de la situación entre lágrimas. Fue para allá de inmediato.
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