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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









19.
Visitantes del pasado (2/2)

Denzel se encontraba de camino a casa por una pequeña calle vacía cerca del barullo del centro, bajo la luz de las farolas. Se había pasado toda la tarde en el instituto corrigiendo exámenes y ordenando el papeleo y estaba agotado. No por el trabajo, sino por ese pulpo gritón que lo perseguía por detrás.

—¡Te crees muy hombre! ¿No? —protestaba con enfado la profesora de Informática del instituto, la misma con la que hace unos días había estado hablando hasta que apareció Agatha y le dio capones con el bastón.

Denzel la ignoraba, acelerando la marcha.

—¡Es muy grosero por tu parte no aceptar siquiera tomar unas copas conmigo! ¡Para ser británico, eres muy poco caballeroso!

—Sólo dije, y si mal no recuerdo con una cortesía inglesa envidiable, que no me interesaba —replicó Denzel.

La mujer empezó a gritar más, indignada. Lo cierto es que se había pasado toda la tarde así allí en el instituto hasta que Denzel se hartó y decidió irse a casa, desgraciadamente con ella en los talones. Estaba muy claro que esa mujer estaba obsesionada con él, rozando el acoso, pero ella pecaba de soberbia y quería hacer parecer que él debía tener interés en ella. Por consiguiente, era una loca insoportable.

—¡No lo entiendo, es que no lo entiendo! —resopló ella, cruzando los brazos, sin dejar de seguirlo por detrás—. ¡Cualquiera mataría por pasar un rato conmigo! ¡Ogh! —sacudió su melena—. ¿Acaso te parezco fea?

—Pues no —contestó simplemente.

—¡Pues es porque soy mayor que tú! ¿Verdad? ¡Eres de esos que prefieren estar con las más jovencitas para tenerlas controladas! ¡Los hombres sois unos cerdos! ¡Ogh!

Denzel se paró en seco y se volvió hacia ella.

—Pues te debe de encantar el cerdo, que lo vas persiguiendo —le espetó—. ¡Vaca, más que vaca!

—¿¡Qué has dicho!? —exclamó con una mirada fiera.

Denzel le dio la espalda y siguió caminando, perdiendo la paciencia. No le gustaba insultar a la gente, pero es que esa le había dado una semanita infernal.

Mientras la mujer seguía pisándole los talones llamándolo de todo, Denzel se vio envuelto en una difícil decisión. «¿Y si la paro en el tiempo, la desnudo, me llevo la ropa y la dejo ahí en mitad de la nada?» se preguntó. «O mejor, la paro en el tiempo y la tiro al mar... ¡No, ya sé! Podría saltar al día de su nacimiento y ahogarla con el cordón umbilical y se acabó el problema». Lo pensaba por pensar, no porque de verdad fuera a hacerlo.

Aún le faltaba para llegar a casa, y lamentó no poder teletransportarse, porque estaba ella delante y eso crearía problemas. Le iba a estallar la cabeza, hasta que, de repente, vio a alguien salir de entre los árboles del parque de al lado.

Era otro joven como él, que tenía un pelo muy largo pero muy enmarañado, caminaba exageradamente encorvado y cojo, y tenía una mueca feísima con la cara manchada de barro, sujetando un cigarrillo en los labios. Lo primero que pensó Denzel es que era algún vagabundo, y encima llevaba unas ropas extrañas. Dejó de caminar al ver que el sujeto se dirigía dando tumbos hacia la mujer.

—¡Ah! —se asustó esta.

—Enséñame el opio, el opio... —decía el desconocido con una voz borracha y ronca, haciendo gestos con la mano—. Dame pipa...

—¡Qué horror! —exclamó la mujer, histérica.

—Quítate la falda —siguió balbuciendo, y empezó a reírse como un loco.

Denzel estaba atónito. La profesora chilló cuando aquel joven hizo ademán de abrazarla, y echó a correr calle abajo hasta que se perdió de vista. Denzel la vio alejarse, pero se sobresaltó de nuevo al oír al desconocido partiéndose de risa. Estuvo convencido de que ese pobre joven tenía graves problemas mentales.

Pensó en seguir su camino e ignorarlo, pero permaneció quieto. «¿Debería ayudarlo?» se preguntó el taimu. «Es un inocente perdido, se supone que estando yo en la Asociación, debo ayudar a los desamparados. Pero… yo en realidad no existo para eso… ¿verdad?».

Estuvo un rato observando al otro. «Doscientos cincuenta años atrás, yo ahora estaría devorando a deliciosos humanos como él». Denzel despertó de sus oscuros pensamientos cuando aquel joven dejó de reírse.

—Mucho carácter tienen las mujeres de aquí, ¿eh? —dijo el joven—. Pero reaccionan igual que hace dos siglos.

—¿Eh? —murmuró Denzel, confuso, acercándose a él con curiosidad.

El joven desconocido abandonó su postura encorvada y se puso bien recto. Denzel vio cómo se limpiaba el barro de la cara; se acicaló el pelo y se lo recogió en una coleta, y después se puso unas gafas de lentes pequeñas y redondas, de las antiguas. Desde luego, parecía otro, había pasado de ser un vagabundo asqueroso a un joven muy apuesto e intelectual. Mientras se encendía en los labios una pipa de tabaco, miró a Denzel con una sonrisa amigable y soltó el humo por la nariz.

—No estarías pensando en comerme, ¿verdad, taimu? —le preguntó, hablándole en mandarín—. Porque, si no recuerdo mal, desde que estás bajo la supervisión de los Zou y desde que eres miembro de la Asociación, tienes prohibido morder a la gente.

Denzel entornó los ojos con recelo, un poco ofendido.

—Disculpa, muchacho, pero, en primer lugar, llevo siglos sin darle siquiera un mordisquito a un humano, porque ya no me hace falta alimentarme de ellos. Y no es mi culpa que esta fuera mi única manera de alimentarme antes de conocer la Asociación. Y en segundo lugar, te agradecería que no hablases de eso en voz alta en mitad de la calle. ¿Eres algún iris o almaati? Un poco descarado hablarme de esa forma, ¿no crees?

—Vamos, no seas así —le dio otra calada a su pipa—. Que te he estado buscando durante horas en este lugar tan inquietante, preguntando a un montón de personas hasta que una almaati ha tenido la amabilidad de confirmarme que vives aquí y que trabajas cerca de esta zona. Y encima te he salvado de esa acosadora —se rio—. Qué suerte haberte encontrado por fin. Has cambiado, te veo un poco más crecido, ¡ahora aparentas mi edad! Y además tienes ya el tercer mechón de canas en el pelo, lo que significa que ya tienes más de trescientos años.

—Espera… —Denzel sintió algo familiar en su voz, su forma de hablar—. ¿Te conozco?

El joven sujetó la pipa entre sus labios y se acercó a él.

—Puedes verme. Pero no reconocerme.

Denzel frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir nada, el chico le quitó las gafas, dejando al descubierto sus ojos inhumanos.

—Ahora mírame de verdad, como siempre lo has hecho.

Denzel no veía absolutamente nada. Sus globos oculares negros con sus iris argénteos rasgados, que reflejaban diminutas franjas multicolores, y sus pupilas dobles en forma de cruz apuntaban al vacío a pesar de estar frente a frente con él. Pero algo le dijo por dentro que levantase las manos, y lo hizo lentamente. Las posó sobre la cara del joven y empezó a palparla. Los párpados tras sus lentes, la nariz, la barbilla, los labios... Se olvidó del rostro que había visto para dar lugar al rostro que construyó en su mente con las manos.

Soltó un leve gemido nervioso y cayó de rodillas al suelo al no responderle las piernas. Arrodillado a los pies del joven, casi no se dio cuenta de que le caían lágrimas de los ojos.

—¿Owen...? —sollozó con un hilo de voz.

Denzel estaba en shock. El joven se agachó junto a él y lo abrazó. Comprendía su reacción, Denzel ni siquiera podía moverse. Podía esperar muchas cosas en ese mundo, menos esa.

—Hola, padre. Nos has añorado mucho, ¿verdad? —susurró Owen, acariciando su pelo como consuelo—. Tenemos que encontrar a Link, tenemos que hablar contigo. Tu don del tiempo y tu "yo" del pasado están en peligro.

* * * * * *

Poco antes de que llegase la hora de cerrar la cafetería, Brey, que ya había terminado sus clases de la tarde, se encaminó hacia allí para recoger a los mellizos. Nada más entrar y quitarse la capucha de su abrigo, echó un vistazo al local, viendo que, aparte de Cleven y compañía charlando en la barra, ya no había más clientes y reinaba la calma.

—¡Hey, Raijin! —lo saludó Yako al verlo desde la barra, y los demás también lo saludaron con la mano.

—¿La cafetería no se ha incendiado hoy? —preguntó a propósito en voz alta con sarcasmo, mientras se desabrochaba el abrigo y se quitaba la bufanda—. ¿No hay sillas y mesas volcadas por todas partes? ¿No hay mocosos insoportables dando por saco?

—¡Eh! ¡Nos hemos portado muy bien hoy! —le dijo Clover, que estaba sentada con su hermano en una mesa de por ahí viendo dibujos animados en la tele de la pared.

—¡Papáaa! —vociferó Daisuke cuando lo divisó, saltando de la silla y corriendo hacia él—. ¡Por fin has llegadooo!

Brey lo vio venir, pero, a mitad de camino, el niño se tropezó y se dio de bruces contra el suelo. Los demás dieron al unísono un bufido sobresaltado, pues el golpe había sido tremendo. Brey se fue pitando hacia él al ver que Daisuke no se movía, y cuando se agachó y lo levantó, se lo encontró con una cara de gran susto y a punto de llorar.

—¿Te estás haciendo el dramático o te has hecho daño de verdad? —preguntó Brey.

—No... Soy un hombre, soy un machote. No siento dolor —musitó el niño, con unos ojos cargados de lágrimas, y le empezó a sangrar la nariz un poco.

—Te sangra la nariz —le indicó.

Daisuke aguantó estoico cuatro segundos más, pero finalmente rompió a llorar desconsoladamente. Brey dio un suspiro y lo cargó en brazos. Se fue hacia donde estaban los demás mientras trataba de consolar al pequeño, frotándole la cara.

—Esto te pasa por comer tantos pasteles —le reprimió, aunque en verdad era porque tenía los cordones desatados y se los había pisado.

Clover apareció enseguida junto a ellos, mirando con cara preocupada a su hermano y aferrándose a la pierna de su padre como un koala.

—Oooh... —se derritió Raven al ver la tierna escena—. Cleven, el móvil.

—Estoy de acuerdo —afirmó, sacándolo del bolsillo, y le hizo una foto a su tío—. Raijin es un papá adorableee...

—Oye, pelmaza, tú deberías estar estudiando a estas horas —le reprochó Brey a Cleven—. ¿Quieres que tu padre me culpe si suspendes tus exámenes?

—No me seas sargento. Si todavía no tengo ningún examen.

Kyo, Drasik y Nakuru la miraron en silencio.

—¿Qué... pasa...? —se asustó Cleven.

—Mañana hay examen de Ciencias —le dijo Kyo.

—¡Aaah! —gritó, tirándose de los pelos—. ¡Nnnooo…!

Cleven se fue velozmente de la cafetería a casa para estudiar todo lo que pudiera en lo que le quedaba de noche. Los demás se quedaron mudos, sin comentar nada.

—Bueno, yo también me voy —declaró Nakuru, poniéndose en pie, y Kyo, Drasik y Raven decidieron lo mismo.

Antes de que saliesen, Sam se les acercó con tres carpetitas que contenían su parte de la próxima misión.

—Ah, genial —celebró Kyo al reconocer el sello de la Asociación, y cogió la suya.

—¡Sam! Que está Raven delante —le susurró Nakuru con apuro.

—No parece darse mucha cuenta de lo que está pasando —se encogió de hombros y volvió hacia la barra.

Nakuru se dio la vuelta y se encontró a Raven con una cara de gran atontamiento, mientras Kyo y Drasik salían del lugar.

—No me digas que te has colado por Sam —se sorprendió Nakuru—. Anda, vamos —suspiró, llevándosela afuera.

Brey decidió quedarse un rato más para cenar algo y aprovechar a charlar con Yako antes de irse a casa. Los mellizos se pusieron a jugar a un juego interactivo que había en el móvil de su padre, dando vueltas por la cafetería. Yako no había podido contarles nada a los demás acerca de Link porque Cleven estaba delante. Pero ahora que estaba a solas con su amigo, no escondió esa actitud intrigante que el rubio no tardó en percibir.

—¿Qué te pasa? ¿Tanto te emociona que Fuujin nos haya dado ya nuestras partes de la misión?

—Vas a alucinar, Brey. No podía decir nada hasta ahora con Cleven y Raven delante. Te tengo que presentar a alguien, pero no puedes hablar mucho de esto, es un asunto confidencial.

Brey miró a su alrededor, confuso, preguntándose si había pasado por alto la presencia de alguien allí, porque la cafetería estaba vacía.

—Ah, bueno, es que ahora está en el servicio —le explicó Yako—. Lleva ahí metido diez minutos. Si no sale pronto, tendré que ir a buscarlo. Espero que no se haya ahogado en el inodoro o algo… Oh, no —puso cara preocupada—. No creo que sepa usar un inodoro japonés…

—¿De quién estás hablando?

—Apareció hace unos 40 minutos, Drasik tuvo que salvarlo, casi lo atropella un coche. Sólo habla el mandarín, así que sólo ha podido hablar conmigo a solas. No vas a creer quién es…

—Uaahhhh… —se oyó de repente un fuerte resoplido de bienestar.

Los dos chicos vieron a Link saliendo por la puerta del baño de hombres, de donde se oía el sonido de la cisterna, palpándose la tripa con una gran sonrisa satisfecha. Se giró hacia ellos.

—Nunca cagar había sido tan divertido —les dijo—. ¿Así son todos los inodoros de esta época? Qué cantidad de botones. Eso sí que es higiénico. Y ese chorrito de agua cuando te da en…

—Eh… Sí, bueno —le interrumpió Yako, pues no quería oírle continuar la frase—, este tipo de inodoros son más comunes en este país, en los demás son más mecánicos.

—Ojalá pudiera llevarme uno a mi casa, a mi mujer le encantaría. Lástima que mi padre tendrá que borrarme la memoria de todo lo que he visto aquí cuando me lleve de regreso a mi época.

—¿De qué habláis? —preguntó Brey, sin entender el idioma.

Yako intentó seguir explicándole, pero Link ahora se había quedado absorto con la televisión de la pared y ya estaba acercando una silla para subirse a ella y empezar a toquetear y curiosear ese aparato. Yako cogió el mando a distancia y lo apagó enseguida, salvando su tele de un posible peligro. Link se sobresaltó y se quedó con las manos en alto, muy quieto.

—Oh, no… ¿He roto la caja embrujada?

—No, la he apagado —contestó Yako—. Es hora de irse, Link, voy a cerrar en breves. Por favor, venga.

Link se bajó de la silla y se acercó a ellos, observando a Brey con curiosidad mientras se mecía la barba. Brey lo observó a él con una ceja arqueada, preguntándose qué demonios le pasaba. Estuvieron así un rato. Nadie decía nada...

¡PAF! De pronto, Link le dio un sopapo a Brey en toda la cara con la mano bien abierta.

—¡Ah! —exclamó Brey, llevándose la mano a la mejilla con cara perpleja, y cabreada—. Suka! ¿¡De qué coño vas!?

—¡Link! —se apuró Yako.

—Jajaja… —se rio el hombre, sacudiendo la mano—. ¡Un iris Den! He sentido el calambrazo por todos los huesos de mi mano, jajaj…

—¿Lo has abofeteado para comprobarlo? —alucinó Yako.

—Yako, ¿quién es este tío y por qué no debería partirle la cara? —gruñó Brey, sin quitarle ojo de encima al otro, preparando el puño.

—¡Es un taimuki! —le dijo entusiasmado.

Brey se quedó inmóvil unos segundos. Y enseguida se levantó del taburete y se alejó unos pasos de Link.

—¡Hahah…! No, tranqui, tranqui —se rio Yako—. Es inofensivo. La verdad, yo creía que era un humano maligno porque estaba percibiendo en él un Yin superior a su Yang, pero eso es porque la energía Yin que destaca en él es el Yin biológico de los genes taimu, de la energía de su cuerpo. No es un Yin de la energía de su alma y mente, o sea que no es una persona malvada. De hecho, en su energía mental hay mucho más Yang que Yin. Es buen tipo, solo que tiene Yin taimu, que en los taimuki no afecta a su mentalidad.

—Vaya… —murmuró con curiosidad—. Justo la semana pasada, conversando con Lex, mencionamos el tema de los taimuki. ¿Por qué está aquí? —dijo señalando a Link, el cual se había aburrido de oírlos hablar en japonés y se había puesto a dar vueltas—. Es imposible que los taimuki de esta época puedan saber que lo son. A no ser que se conviertan en iris o almaati de la Asociación y, bajo alguna sospecha, se descubra y se confirme su ascendencia taimu, comprobándolo con los recursos del Monte Zou.

—Es que este no es un taimuki cualquiera. ¡Es el primer hijo de Denzel!

—¿Cómo dices? ¿Cómo es eso siquiera posible?

—Un accidental salto en el tiempo. Por eso la confidencialidad. Ha estado perdido desde que se apareció aquí hace unas horas, soy el primer enlace de confianza que ha encontrado. Lo tendré esta noche en mi casa, protegido, y mañana a primera hora lo llevaré hasta Denzel en el instituto. No ha querido darme detalles del suceso, dice que prefiere hablarlo directamente con Denzel, que es algo privado.

—Eso es preocupante… —opinó Brey, tratando de analizar la situación con lógica—. ¿Y sólo habla en mandarín? ¿No habla inglés? Parece asiático mestizo, como nosotros. Teníamos la noción de que Denzel a lo mejor tuvo hijos en alguna época y lugar, pero nada confirmado.

—Pues… —titubeó Yako, y miró a Link, que se había metido tras la barra para toquetear los botones de la cafetera—. Link, por curiosidad, ¿le puedo preguntar de dónde es su madre…?

—Sí, sí, china, natural de Beijing, de clase alta, dulce y hermosa. Padre se mudó de Inglaterra a China hace unos 80 años, conoció a madre hace 37 años, dos años antes de nacer yo, somos su primera familia y tal y tal… —dijo desinteresadamente, como si hubiera tenido que responder esa pregunta otras muchas veces ante la curiosidad de miembros de la Asociación de su época—. Y sí, sí, tenemos poderes de taimuki, y sí, somos anglo-chinos y tal y tal... Pero a mí los idiomas se me dan de pena.

—¿Somos? —repitió Yako—. ¿Se refiere… a algún hermano también? ¿Cuántos hermanos son?

—Unos cuantos —contestó con aspavientos aburridos, más concentrado en el mecanismo del tubo de la cafetera que soltaba vapor.

—¿Qué dice? —le preguntó Brey a su amigo.

Mientras Yako le contaba, Daisuke, al otro lado del local, de repente se quedó mirando a Link muy fijamente. Dejó a su hermana en el sofá entretenida con los juegos del móvil de su padre y se acercó sigilosamente hacia la barra. Se quedó en el hueco de entrada, observando al extraño muy desconfiado, mientras Link estaba de espaldas toqueteando el misterioso plástico de unos botes de kétchup. El niño vio una especie de tarjetas de papel grueso y amarillento asomando en uno de sus bolsillos de la chaqueta, con símbolos escritos en tinta. Se acercó y se las cogió sin permiso para echarles un vistazo, y Link lo notó.

—¡Hey! —giró sobre sus talones, llevándose la mano al bolsillo vacío, y vio al niño—. Oye, pequeño, no debes robar las pertenencias de los demás —le reprimió.

Daisuke no le entendió porque no sabía hablar chino. Pero aquello no fue un problema, porque el niño cogió un pequeño rotulador negro de una repisa tras la barra que Yako solía usar para apuntar cosas, y se empezó a pintar una serie de rayas y puntos por todo el contorno de su oreja izquierda, que a simple vista parecían garabatos, aunque era similar al código Morse. Después hizo lo mismo en su garganta, y a pesar de que no podía ver lo que se pintaba, lo hizo con mucha destreza.

—¿Qué estás haciendo? —se turbó Link.

—Esta caligrafía es buena —le dijo Daisuke en perfecto chino mandarín, después de dejar el rotulador en su sitio, mostrándole sus tarjetas.

—¡Eh! ¿Hablas mi idioma, pequeñín? —se sorprendió mientras se agachaba a su altura con una sonrisa—. ¿Te gustan estas tarjetas? No puedo dejártelas, son muy importantes.

—Estas cinco tarjetas contienen un Código Metafísico muy avanzado —le señaló los diminutos símbolos que estaban pintados en los bordes de las tarjetas, rodeando los kanjis de dentro.

—¿Qué? —la palmó Link—. ¿Cómo sabes tú eso?

—¿Quién se las ha hecho? ¿De dónde las ha sacado? —siguió preguntándole con recelo.

—Las he hecho yo, chico —le explicó con tono defensivo—. Son mías. Hace ya tiempo que mi padre me enseñó a manejar el Poder de los Sellos, y él lo aprendió de otra persona que conoció hace muchas décadas. ¿Cómo es que sabes reconocerlo? Eres muy pequeño...

—Porque este tipo de poder es mío —le dijo Daisuke seriamente.

Link arrugó el ceño. Al principio no le comprendió, pero entonces se fijó en los garabatos que el niño se había pintado en las orejas y en la garganta.

—Códigos Comunicativos... —abrió los ojos como platos, sin poder creérselo, y luego miró a Daisuke a los ojos—. No puede ser… Sólo el brujo Zhen Yu tenía ese poder, ¿qué significa esto?

—¿Usted conoce a ese señor antiguo? —preguntó Daisuke.

—¿Qué? No, él murió un siglo y medio antes de nacer yo, pequeño. Pero mi padre y él eran mejores amigos. ¿Qué sabes tú de él?

El niño fue a abrir la boca, pero de repente le sobresaltó la voz de su hermana.

—Daisuke —interrumpió Clover, apareciendo detrás de él tras entrar por el hueco de la barra.

El niño se dio la vuelta, y vio que ella le hizo un gesto negando con la cabeza, sin decir nada.

—Oh... —comprendió Daisuke, volviendo con Link, y le devolvió sus tarjetas—. Tome. Sólo quería saber de dónde las había sacado.

—E… Espera, niño, no me has respondido…

Sin embargo, Daisuke cogió un paño húmedo del fregadero y se limpió los garabatos de las orejas y de la garganta, de modo que ya no podía entender ni hablar su idioma. Dio media vuelta y se marchó con su hermana de regreso al lugar donde Yako y Brey seguían hablando entre las mesas. Link se quedó intrigado, sin comprender el significado de lo que había visto en ese niño.

Cuando ya se hizo tarde, y todo aquel asunto quedó ya en manos de Yako, Brey fue regresando a casa andando, llevando a Clover y a Daisuke en cada brazo, pues los dos estaban ya adormecidos sobre sus hombros. Clover seguía teniendo el pequeño cazasueños de plumillas rojas que le regaló Jannik como colgante, ahora encerrado en su mano.

«Mm…» cavilaba Brey, «Me pregunto si este suceso tiene algo que ver con lo que nos contó Denzel la semana pasada a Neuval y a mí, lo de aquella misteriosa persona con la falsa apariencia de Clover que entró en su casa para quitarle su anillo mientras dormía. ¿Por qué alguien querría quitarle eso? Sólo es un anillo…».









19.
Visitantes del pasado (2/2)

Denzel se encontraba de camino a casa por una pequeña calle vacía cerca del barullo del centro, bajo la luz de las farolas. Se había pasado toda la tarde en el instituto corrigiendo exámenes y ordenando el papeleo y estaba agotado. No por el trabajo, sino por ese pulpo gritón que lo perseguía por detrás.

—¡Te crees muy hombre! ¿No? —protestaba con enfado la profesora de Informática del instituto, la misma con la que hace unos días había estado hablando hasta que apareció Agatha y le dio capones con el bastón.

Denzel la ignoraba, acelerando la marcha.

—¡Es muy grosero por tu parte no aceptar siquiera tomar unas copas conmigo! ¡Para ser británico, eres muy poco caballeroso!

—Sólo dije, y si mal no recuerdo con una cortesía inglesa envidiable, que no me interesaba —replicó Denzel.

La mujer empezó a gritar más, indignada. Lo cierto es que se había pasado toda la tarde así allí en el instituto hasta que Denzel se hartó y decidió irse a casa, desgraciadamente con ella en los talones. Estaba muy claro que esa mujer estaba obsesionada con él, rozando el acoso, pero ella pecaba de soberbia y quería hacer parecer que él debía tener interés en ella. Por consiguiente, era una loca insoportable.

—¡No lo entiendo, es que no lo entiendo! —resopló ella, cruzando los brazos, sin dejar de seguirlo por detrás—. ¡Cualquiera mataría por pasar un rato conmigo! ¡Ogh! —sacudió su melena—. ¿Acaso te parezco fea?

—Pues no —contestó simplemente.

—¡Pues es porque soy mayor que tú! ¿Verdad? ¡Eres de esos que prefieren estar con las más jovencitas para tenerlas controladas! ¡Los hombres sois unos cerdos! ¡Ogh!

Denzel se paró en seco y se volvió hacia ella.

—Pues te debe de encantar el cerdo, que lo vas persiguiendo —le espetó—. ¡Vaca, más que vaca!

—¿¡Qué has dicho!? —exclamó con una mirada fiera.

Denzel le dio la espalda y siguió caminando, perdiendo la paciencia. No le gustaba insultar a la gente, pero es que esa le había dado una semanita infernal.

Mientras la mujer seguía pisándole los talones llamándolo de todo, Denzel se vio envuelto en una difícil decisión. «¿Y si la paro en el tiempo, la desnudo, me llevo la ropa y la dejo ahí en mitad de la nada?» se preguntó. «O mejor, la paro en el tiempo y la tiro al mar... ¡No, ya sé! Podría saltar al día de su nacimiento y ahogarla con el cordón umbilical y se acabó el problema». Lo pensaba por pensar, no porque de verdad fuera a hacerlo.

Aún le faltaba para llegar a casa, y lamentó no poder teletransportarse, porque estaba ella delante y eso crearía problemas. Le iba a estallar la cabeza, hasta que, de repente, vio a alguien salir de entre los árboles del parque de al lado.

Era otro joven como él, que tenía un pelo muy largo pero muy enmarañado, caminaba exageradamente encorvado y cojo, y tenía una mueca feísima con la cara manchada de barro, sujetando un cigarrillo en los labios. Lo primero que pensó Denzel es que era algún vagabundo, y encima llevaba unas ropas extrañas. Dejó de caminar al ver que el sujeto se dirigía dando tumbos hacia la mujer.

—¡Ah! —se asustó esta.

—Enséñame el opio, el opio... —decía el desconocido con una voz borracha y ronca, haciendo gestos con la mano—. Dame pipa...

—¡Qué horror! —exclamó la mujer, histérica.

—Quítate la falda —siguió balbuciendo, y empezó a reírse como un loco.

Denzel estaba atónito. La profesora chilló cuando aquel joven hizo ademán de abrazarla, y echó a correr calle abajo hasta que se perdió de vista. Denzel la vio alejarse, pero se sobresaltó de nuevo al oír al desconocido partiéndose de risa. Estuvo convencido de que ese pobre joven tenía graves problemas mentales.

Pensó en seguir su camino e ignorarlo, pero permaneció quieto. «¿Debería ayudarlo?» se preguntó el taimu. «Es un inocente perdido, se supone que estando yo en la Asociación, debo ayudar a los desamparados. Pero… yo en realidad no existo para eso… ¿verdad?».

Estuvo un rato observando al otro. «Doscientos cincuenta años atrás, yo ahora estaría devorando a deliciosos humanos como él». Denzel despertó de sus oscuros pensamientos cuando aquel joven dejó de reírse.

—Mucho carácter tienen las mujeres de aquí, ¿eh? —dijo el joven—. Pero reaccionan igual que hace dos siglos.

—¿Eh? —murmuró Denzel, confuso, acercándose a él con curiosidad.

El joven desconocido abandonó su postura encorvada y se puso bien recto. Denzel vio cómo se limpiaba el barro de la cara; se acicaló el pelo y se lo recogió en una coleta, y después se puso unas gafas de lentes pequeñas y redondas, de las antiguas. Desde luego, parecía otro, había pasado de ser un vagabundo asqueroso a un joven muy apuesto e intelectual. Mientras se encendía en los labios una pipa de tabaco, miró a Denzel con una sonrisa amigable y soltó el humo por la nariz.

—No estarías pensando en comerme, ¿verdad, taimu? —le preguntó, hablándole en mandarín—. Porque, si no recuerdo mal, desde que estás bajo la supervisión de los Zou y desde que eres miembro de la Asociación, tienes prohibido morder a la gente.

Denzel entornó los ojos con recelo, un poco ofendido.

—Disculpa, muchacho, pero, en primer lugar, llevo siglos sin darle siquiera un mordisquito a un humano, porque ya no me hace falta alimentarme de ellos. Y no es mi culpa que esta fuera mi única manera de alimentarme antes de conocer la Asociación. Y en segundo lugar, te agradecería que no hablases de eso en voz alta en mitad de la calle. ¿Eres algún iris o almaati? Un poco descarado hablarme de esa forma, ¿no crees?

—Vamos, no seas así —le dio otra calada a su pipa—. Que te he estado buscando durante horas en este lugar tan inquietante, preguntando a un montón de personas hasta que una almaati ha tenido la amabilidad de confirmarme que vives aquí y que trabajas cerca de esta zona. Y encima te he salvado de esa acosadora —se rio—. Qué suerte haberte encontrado por fin. Has cambiado, te veo un poco más crecido, ¡ahora aparentas mi edad! Y además tienes ya el tercer mechón de canas en el pelo, lo que significa que ya tienes más de trescientos años.

—Espera… —Denzel sintió algo familiar en su voz, su forma de hablar—. ¿Te conozco?

El joven sujetó la pipa entre sus labios y se acercó a él.

—Puedes verme. Pero no reconocerme.

Denzel frunció el ceño, pero antes de que pudiera decir nada, el chico le quitó las gafas, dejando al descubierto sus ojos inhumanos.

—Ahora mírame de verdad, como siempre lo has hecho.

Denzel no veía absolutamente nada. Sus globos oculares negros con sus iris argénteos rasgados, que reflejaban diminutas franjas multicolores, y sus pupilas dobles en forma de cruz apuntaban al vacío a pesar de estar frente a frente con él. Pero algo le dijo por dentro que levantase las manos, y lo hizo lentamente. Las posó sobre la cara del joven y empezó a palparla. Los párpados tras sus lentes, la nariz, la barbilla, los labios... Se olvidó del rostro que había visto para dar lugar al rostro que construyó en su mente con las manos.

Soltó un leve gemido nervioso y cayó de rodillas al suelo al no responderle las piernas. Arrodillado a los pies del joven, casi no se dio cuenta de que le caían lágrimas de los ojos.

—¿Owen...? —sollozó con un hilo de voz.

Denzel estaba en shock. El joven se agachó junto a él y lo abrazó. Comprendía su reacción, Denzel ni siquiera podía moverse. Podía esperar muchas cosas en ese mundo, menos esa.

—Hola, padre. Nos has añorado mucho, ¿verdad? —susurró Owen, acariciando su pelo como consuelo—. Tenemos que encontrar a Link, tenemos que hablar contigo. Tu don del tiempo y tu "yo" del pasado están en peligro.

* * * * * *

Poco antes de que llegase la hora de cerrar la cafetería, Brey, que ya había terminado sus clases de la tarde, se encaminó hacia allí para recoger a los mellizos. Nada más entrar y quitarse la capucha de su abrigo, echó un vistazo al local, viendo que, aparte de Cleven y compañía charlando en la barra, ya no había más clientes y reinaba la calma.

—¡Hey, Raijin! —lo saludó Yako al verlo desde la barra, y los demás también lo saludaron con la mano.

—¿La cafetería no se ha incendiado hoy? —preguntó a propósito en voz alta con sarcasmo, mientras se desabrochaba el abrigo y se quitaba la bufanda—. ¿No hay sillas y mesas volcadas por todas partes? ¿No hay mocosos insoportables dando por saco?

—¡Eh! ¡Nos hemos portado muy bien hoy! —le dijo Clover, que estaba sentada con su hermano en una mesa de por ahí viendo dibujos animados en la tele de la pared.

—¡Papáaa! —vociferó Daisuke cuando lo divisó, saltando de la silla y corriendo hacia él—. ¡Por fin has llegadooo!

Brey lo vio venir, pero, a mitad de camino, el niño se tropezó y se dio de bruces contra el suelo. Los demás dieron al unísono un bufido sobresaltado, pues el golpe había sido tremendo. Brey se fue pitando hacia él al ver que Daisuke no se movía, y cuando se agachó y lo levantó, se lo encontró con una cara de gran susto y a punto de llorar.

—¿Te estás haciendo el dramático o te has hecho daño de verdad? —preguntó Brey.

—No... Soy un hombre, soy un machote. No siento dolor —musitó el niño, con unos ojos cargados de lágrimas, y le empezó a sangrar la nariz un poco.

—Te sangra la nariz —le indicó.

Daisuke aguantó estoico cuatro segundos más, pero finalmente rompió a llorar desconsoladamente. Brey dio un suspiro y lo cargó en brazos. Se fue hacia donde estaban los demás mientras trataba de consolar al pequeño, frotándole la cara.

—Esto te pasa por comer tantos pasteles —le reprimió, aunque en verdad era porque tenía los cordones desatados y se los había pisado.

Clover apareció enseguida junto a ellos, mirando con cara preocupada a su hermano y aferrándose a la pierna de su padre como un koala.

—Oooh... —se derritió Raven al ver la tierna escena—. Cleven, el móvil.

—Estoy de acuerdo —afirmó, sacándolo del bolsillo, y le hizo una foto a su tío—. Raijin es un papá adorableee...

—Oye, pelmaza, tú deberías estar estudiando a estas horas —le reprochó Brey a Cleven—. ¿Quieres que tu padre me culpe si suspendes tus exámenes?

—No me seas sargento. Si todavía no tengo ningún examen.

Kyo, Drasik y Nakuru la miraron en silencio.

—¿Qué... pasa...? —se asustó Cleven.

—Mañana hay examen de Ciencias —le dijo Kyo.

—¡Aaah! —gritó, tirándose de los pelos—. ¡Nnnooo…!

Cleven se fue velozmente de la cafetería a casa para estudiar todo lo que pudiera en lo que le quedaba de noche. Los demás se quedaron mudos, sin comentar nada.

—Bueno, yo también me voy —declaró Nakuru, poniéndose en pie, y Kyo, Drasik y Raven decidieron lo mismo.

Antes de que saliesen, Sam se les acercó con tres carpetitas que contenían su parte de la próxima misión.

—Ah, genial —celebró Kyo al reconocer el sello de la Asociación, y cogió la suya.

—¡Sam! Que está Raven delante —le susurró Nakuru con apuro.

—No parece darse mucha cuenta de lo que está pasando —se encogió de hombros y volvió hacia la barra.

Nakuru se dio la vuelta y se encontró a Raven con una cara de gran atontamiento, mientras Kyo y Drasik salían del lugar.

—No me digas que te has colado por Sam —se sorprendió Nakuru—. Anda, vamos —suspiró, llevándosela afuera.

Brey decidió quedarse un rato más para cenar algo y aprovechar a charlar con Yako antes de irse a casa. Los mellizos se pusieron a jugar a un juego interactivo que había en el móvil de su padre, dando vueltas por la cafetería. Yako no había podido contarles nada a los demás acerca de Link porque Cleven estaba delante. Pero ahora que estaba a solas con su amigo, no escondió esa actitud intrigante que el rubio no tardó en percibir.

—¿Qué te pasa? ¿Tanto te emociona que Fuujin nos haya dado ya nuestras partes de la misión?

—Vas a alucinar, Brey. No podía decir nada hasta ahora con Cleven y Raven delante. Te tengo que presentar a alguien, pero no puedes hablar mucho de esto, es un asunto confidencial.

Brey miró a su alrededor, confuso, preguntándose si había pasado por alto la presencia de alguien allí, porque la cafetería estaba vacía.

—Ah, bueno, es que ahora está en el servicio —le explicó Yako—. Lleva ahí metido diez minutos. Si no sale pronto, tendré que ir a buscarlo. Espero que no se haya ahogado en el inodoro o algo… Oh, no —puso cara preocupada—. No creo que sepa usar un inodoro japonés…

—¿De quién estás hablando?

—Apareció hace unos 40 minutos, Drasik tuvo que salvarlo, casi lo atropella un coche. Sólo habla el mandarín, así que sólo ha podido hablar conmigo a solas. No vas a creer quién es…

—Uaahhhh… —se oyó de repente un fuerte resoplido de bienestar.

Los dos chicos vieron a Link saliendo por la puerta del baño de hombres, de donde se oía el sonido de la cisterna, palpándose la tripa con una gran sonrisa satisfecha. Se giró hacia ellos.

—Nunca cagar había sido tan divertido —les dijo—. ¿Así son todos los inodoros de esta época? Qué cantidad de botones. Eso sí que es higiénico. Y ese chorrito de agua cuando te da en…

—Eh… Sí, bueno —le interrumpió Yako, pues no quería oírle continuar la frase—, este tipo de inodoros son más comunes en este país, en los demás son más mecánicos.

—Ojalá pudiera llevarme uno a mi casa, a mi mujer le encantaría. Lástima que mi padre tendrá que borrarme la memoria de todo lo que he visto aquí cuando me lleve de regreso a mi época.

—¿De qué habláis? —preguntó Brey, sin entender el idioma.

Yako intentó seguir explicándole, pero Link ahora se había quedado absorto con la televisión de la pared y ya estaba acercando una silla para subirse a ella y empezar a toquetear y curiosear ese aparato. Yako cogió el mando a distancia y lo apagó enseguida, salvando su tele de un posible peligro. Link se sobresaltó y se quedó con las manos en alto, muy quieto.

—Oh, no… ¿He roto la caja embrujada?

—No, la he apagado —contestó Yako—. Es hora de irse, Link, voy a cerrar en breves. Por favor, venga.

Link se bajó de la silla y se acercó a ellos, observando a Brey con curiosidad mientras se mecía la barba. Brey lo observó a él con una ceja arqueada, preguntándose qué demonios le pasaba. Estuvieron así un rato. Nadie decía nada...

¡PAF! De pronto, Link le dio un sopapo a Brey en toda la cara con la mano bien abierta.

—¡Ah! —exclamó Brey, llevándose la mano a la mejilla con cara perpleja, y cabreada—. Suka! ¿¡De qué coño vas!?

—¡Link! —se apuró Yako.

—Jajaja… —se rio el hombre, sacudiendo la mano—. ¡Un iris Den! He sentido el calambrazo por todos los huesos de mi mano, jajaj…

—¿Lo has abofeteado para comprobarlo? —alucinó Yako.

—Yako, ¿quién es este tío y por qué no debería partirle la cara? —gruñó Brey, sin quitarle ojo de encima al otro, preparando el puño.

—¡Es un taimuki! —le dijo entusiasmado.

Brey se quedó inmóvil unos segundos. Y enseguida se levantó del taburete y se alejó unos pasos de Link.

—¡Hahah…! No, tranqui, tranqui —se rio Yako—. Es inofensivo. La verdad, yo creía que era un humano maligno porque estaba percibiendo en él un Yin superior a su Yang, pero eso es porque la energía Yin que destaca en él es el Yin biológico de los genes taimu, de la energía de su cuerpo. No es un Yin de la energía de su alma y mente, o sea que no es una persona malvada. De hecho, en su energía mental hay mucho más Yang que Yin. Es buen tipo, solo que tiene Yin taimu, que en los taimuki no afecta a su mentalidad.

—Vaya… —murmuró con curiosidad—. Justo la semana pasada, conversando con Lex, mencionamos el tema de los taimuki. ¿Por qué está aquí? —dijo señalando a Link, el cual se había aburrido de oírlos hablar en japonés y se había puesto a dar vueltas—. Es imposible que los taimuki de esta época puedan saber que lo son. A no ser que se conviertan en iris o almaati de la Asociación y, bajo alguna sospecha, se descubra y se confirme su ascendencia taimu, comprobándolo con los recursos del Monte Zou.

—Es que este no es un taimuki cualquiera. ¡Es el primer hijo de Denzel!

—¿Cómo dices? ¿Cómo es eso siquiera posible?

—Un accidental salto en el tiempo. Por eso la confidencialidad. Ha estado perdido desde que se apareció aquí hace unas horas, soy el primer enlace de confianza que ha encontrado. Lo tendré esta noche en mi casa, protegido, y mañana a primera hora lo llevaré hasta Denzel en el instituto. No ha querido darme detalles del suceso, dice que prefiere hablarlo directamente con Denzel, que es algo privado.

—Eso es preocupante… —opinó Brey, tratando de analizar la situación con lógica—. ¿Y sólo habla en mandarín? ¿No habla inglés? Parece asiático mestizo, como nosotros. Teníamos la noción de que Denzel a lo mejor tuvo hijos en alguna época y lugar, pero nada confirmado.

—Pues… —titubeó Yako, y miró a Link, que se había metido tras la barra para toquetear los botones de la cafetera—. Link, por curiosidad, ¿le puedo preguntar de dónde es su madre…?

—Sí, sí, china, natural de Beijing, de clase alta, dulce y hermosa. Padre se mudó de Inglaterra a China hace unos 80 años, conoció a madre hace 37 años, dos años antes de nacer yo, somos su primera familia y tal y tal… —dijo desinteresadamente, como si hubiera tenido que responder esa pregunta otras muchas veces ante la curiosidad de miembros de la Asociación de su época—. Y sí, sí, tenemos poderes de taimuki, y sí, somos anglo-chinos y tal y tal... Pero a mí los idiomas se me dan de pena.

—¿Somos? —repitió Yako—. ¿Se refiere… a algún hermano también? ¿Cuántos hermanos son?

—Unos cuantos —contestó con aspavientos aburridos, más concentrado en el mecanismo del tubo de la cafetera que soltaba vapor.

—¿Qué dice? —le preguntó Brey a su amigo.

Mientras Yako le contaba, Daisuke, al otro lado del local, de repente se quedó mirando a Link muy fijamente. Dejó a su hermana en el sofá entretenida con los juegos del móvil de su padre y se acercó sigilosamente hacia la barra. Se quedó en el hueco de entrada, observando al extraño muy desconfiado, mientras Link estaba de espaldas toqueteando el misterioso plástico de unos botes de kétchup. El niño vio una especie de tarjetas de papel grueso y amarillento asomando en uno de sus bolsillos de la chaqueta, con símbolos escritos en tinta. Se acercó y se las cogió sin permiso para echarles un vistazo, y Link lo notó.

—¡Hey! —giró sobre sus talones, llevándose la mano al bolsillo vacío, y vio al niño—. Oye, pequeño, no debes robar las pertenencias de los demás —le reprimió.

Daisuke no le entendió porque no sabía hablar chino. Pero aquello no fue un problema, porque el niño cogió un pequeño rotulador negro de una repisa tras la barra que Yako solía usar para apuntar cosas, y se empezó a pintar una serie de rayas y puntos por todo el contorno de su oreja izquierda, que a simple vista parecían garabatos, aunque era similar al código Morse. Después hizo lo mismo en su garganta, y a pesar de que no podía ver lo que se pintaba, lo hizo con mucha destreza.

—¿Qué estás haciendo? —se turbó Link.

—Esta caligrafía es buena —le dijo Daisuke en perfecto chino mandarín, después de dejar el rotulador en su sitio, mostrándole sus tarjetas.

—¡Eh! ¿Hablas mi idioma, pequeñín? —se sorprendió mientras se agachaba a su altura con una sonrisa—. ¿Te gustan estas tarjetas? No puedo dejártelas, son muy importantes.

—Estas cinco tarjetas contienen un Código Metafísico muy avanzado —le señaló los diminutos símbolos que estaban pintados en los bordes de las tarjetas, rodeando los kanjis de dentro.

—¿Qué? —la palmó Link—. ¿Cómo sabes tú eso?

—¿Quién se las ha hecho? ¿De dónde las ha sacado? —siguió preguntándole con recelo.

—Las he hecho yo, chico —le explicó con tono defensivo—. Son mías. Hace ya tiempo que mi padre me enseñó a manejar el Poder de los Sellos, y él lo aprendió de otra persona que conoció hace muchas décadas. ¿Cómo es que sabes reconocerlo? Eres muy pequeño...

—Porque este tipo de poder es mío —le dijo Daisuke seriamente.

Link arrugó el ceño. Al principio no le comprendió, pero entonces se fijó en los garabatos que el niño se había pintado en las orejas y en la garganta.

—Códigos Comunicativos... —abrió los ojos como platos, sin poder creérselo, y luego miró a Daisuke a los ojos—. No puede ser… Sólo el brujo Zhen Yu tenía ese poder, ¿qué significa esto?

—¿Usted conoce a ese señor antiguo? —preguntó Daisuke.

—¿Qué? No, él murió un siglo y medio antes de nacer yo, pequeño. Pero mi padre y él eran mejores amigos. ¿Qué sabes tú de él?

El niño fue a abrir la boca, pero de repente le sobresaltó la voz de su hermana.

—Daisuke —interrumpió Clover, apareciendo detrás de él tras entrar por el hueco de la barra.

El niño se dio la vuelta, y vio que ella le hizo un gesto negando con la cabeza, sin decir nada.

—Oh... —comprendió Daisuke, volviendo con Link, y le devolvió sus tarjetas—. Tome. Sólo quería saber de dónde las había sacado.

—E… Espera, niño, no me has respondido…

Sin embargo, Daisuke cogió un paño húmedo del fregadero y se limpió los garabatos de las orejas y de la garganta, de modo que ya no podía entender ni hablar su idioma. Dio media vuelta y se marchó con su hermana de regreso al lugar donde Yako y Brey seguían hablando entre las mesas. Link se quedó intrigado, sin comprender el significado de lo que había visto en ese niño.

Cuando ya se hizo tarde, y todo aquel asunto quedó ya en manos de Yako, Brey fue regresando a casa andando, llevando a Clover y a Daisuke en cada brazo, pues los dos estaban ya adormecidos sobre sus hombros. Clover seguía teniendo el pequeño cazasueños de plumillas rojas que le regaló Jannik como colgante, ahora encerrado en su mano.

«Mm…» cavilaba Brey, «Me pregunto si este suceso tiene algo que ver con lo que nos contó Denzel la semana pasada a Neuval y a mí, lo de aquella misteriosa persona con la falsa apariencia de Clover que entró en su casa para quitarle su anillo mientras dormía. ¿Por qué alguien querría quitarle eso? Sólo es un anillo…».





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