Seguidores

2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









33.
Asimilación

Ruidos de pasos por los pasillos, voces de personas lejanas, algún que otro pitidito, eso era lo único que se oía al otro lado de la puerta; la habitación, dominada por un silencio y un aire frío y suspendido. Neuval, pese a todo, sólo oía sus latidos en los tímpanos, observando a Hana sin parpadear, expectante. Ella, en cambio, tenía la mirada perdida, se había encogido de piernas sobre la cama y tenía la barbilla apoyada en las rodillas. Ausente del mundo real para poder concentrarse en todas esas palabras que habían ido entrando en su cabeza durante una hora, sin interrupción.

Todas esas palabras, esos nombres, esos sucesos... Neuval le había resumido su vida en una hora, le había dicho todo lo necesario para que lo supiese todo, incluyendo los detalles importantes.

Hana volvió a rebobinar desde el principio, una vez más, recapacitando sobre ello: iris, Monte Zou, elementos, organizaciones, apodos, misiones, terroristas, gobiernos, venganzas, majin, monjes, Yako, Pipi, Lao, Katya, Hideki, Brey, Alvion, Knive, etc.

Y luego las frases: “Katya no era un iris, pero trabajaba con nosotros, era nuestra hacker…”, “Yenkis nació heredando mi iris de forma genética…”, “Lao no me llevó a ningún terapeuta después de adoptarme, me llevó al Monte Zou, donde no me trataron un trastorno común, sino el trastorno del iris, nacido del asesinato de mi hermana…”, “Mi sueño era crear cosas, una familia, una RS, una empresa…”, “Les borré la memoria a Cleven y a Lex tras la muerte de Katya y nos separamos de la familia Lao, pero Lex acabó recuperando la memoria y eso desencadenó nuestra discusión…”, “Me exilié hace siete años. He vuelto hace pocos días…”, “Esos tipos que me atacaron hoy en la empresa, tenía un asunto pendiente con ellos porque…”.

Y más, y más frases encadenadas, formando una historia que fue paralizando cada músculo de Hana y dejándola más y más muda.

Siguió observándola, impaciente. Ya había acabado hace quince minutos, y Hana seguía callada. Se la veía pensativa, más que nada. No parecía asustada. Estaba considerando sus palabras, eso era buena señal. Pero seguía callada. Neuval no supo si podría aguantar otro minuto esperando a que ella hablase, ya le había dado un buen cuarto de hora para pensar. «Por favor, di algo, lo que sea. Por muy horrible que sea, lo asumiré, lo respetaré...» pensaba.

Un momento. Neuval sintió que se le paraba el corazón, pues Hana se movió al fin. La mujer frunció el ceño y se rascó un poco la frente. Luego respiró hondo y alzó la mirada hacia él.

—Mm… Eso explica el impresionante tatuaje de tu espalda.

Neuval se quedó con una cara desencajada.

—¿Eh? —consiguió pronunciar, desconcertado.

—Sí, cariño, es que te lo vi la otra noche y pensé: “¿Qué? ¿Se ha hecho un tatuaje? ¿Cuándo?” Creía que te habías vuelto a escondidas un yakuza… o algo similar, ya que la Yakuza jamás integraría a un extranjero… como un motorista, de esos que andan bebiendo, abusando, escupiendo al suelo…

La cara de Neuval se desencajó más.

—... sinceramente, me alivia saber que es porque eres un... iris. Los motoristas esos no me gustan nada, nada —afirmó—. Y el tatuaje que tienes es enorme. ¿No pensaste que tarde o temprano lo vería y te preguntaría por él? ¿Creías que por estar en tu espalda me lo podías ocultar? Siempre te veo todo el cuerpo cuando tenemos nuestras noches cariñosas, es decir... —hizo un gesto tajante con la mano para dejarlo claro—... es francamente imposible que no escudriñe todo tu cuerpo al detalle cada vez que tengo la oportunidad, ¿sabes lo perfecto que eres? ¿Seguro que eres un iris de esos como se llamen y no eres un dios? —bromeó, torciendo una sonrisa.

Neuval se la quedó mirando como un monigote. Se le sonrojaron las mejillas un momento, pero luego sacudió la cabeza, volviendo a centrarse en la situación.

—Hana… —dijo sin parpadear, alucinado—. El tatuaje. ¿Te pones ahora a pensar en el tatuaje?

—Me he pasado un cuarto de hora pensando en todo lo demás, ahora me preguntaba por el tatuaje —contestó tranquilamente.

—Pe… Oh, no… Espera un momento —saltó, y suspiró con lamentación—. Ya lo capto. No me has creído ni una palabra, ¿verdad? Es eso. Hana, sé que las cosas que te he dicho parecen las típicas fantasías o alucinaciones de un demente. Entiendo que no son fáciles de creer…

—Hahah… —se empezó a reír.

—… pero te prometo que es la verdad, y te lo puedo demost-…

—¡Ajajajaja…! —se echó a reír con ganas.

Neuval se quedó mudo, y perplejo. ¿Qué reacción era esa? ¿Había acabado ella volviéndose loca? Hana no paraba de reír, y el iris de Neuval no paraba de hacer lo posible por interpretar qué tipo de risa era. ¿Sarcástica? ¿Enfadada? ¿Sin razón alguna? Nada de eso. Neuval estaba escuchando una inesperada risa de alegría, y de alivio, de la más pura realización. No podía estar más confuso.

Hana terminó de reírse y se lo quedó mirando con una sonrisa calmada. Obviamente él quería preguntarle qué demonios pasaba, con esa cara de susto que tenía el pobre.

—Hace dieciocho años, cuando yo tenía unos 17 años y vivía en Nagasaki —comenzó a contarle Hana—, como ya sabes, yo ya iba por el mal camino, y estaba metida en una banda. Robábamos, peleábamos con otras bandas por territorio, hacíamos lo que queríamos… Hay algo que nunca te he contado, porque temía que me tomaras por loca. Igual que me tomaron los demás. Una noche, teníamos planeado hacer un robo mayor, en una tienda de comestibles. Nuestra líder se había hecho con una pistola de fogueo, pero parecía real a ojos de cualquier inexperto. Nosotras la acompañamos con nuestras navajas y barras de hierro.

»Mientras nuestra líder amenazaba al atemorizado vendedor y le obligaba a vaciar la caja a punta de pistola, las demás estuvimos vigilando a los pocos clientes que había en la tienda, obligándolos a no mover ni un dedo. Entre ellos, había una niña. Llevaba una bonita falda de tul y una sudadera rosa. Me resultó un poco raro, porque no parecía tener más de 9 o 10 años, y no había ningún adulto con ella. Y era la única persona que nos miraba con una extraña fría calma. Los otros clientes temblaban, gimoteaban… Ella no.

»Y de repente, se oyó un sonido cortante. Las luces de la tienda se apagaron. Todo quedó a oscuras. Los clientes comenzaron a gritar y correr. Creyendo que la policía había venido, me escondí en un rincón. Mientras pensaba cómo llegar hasta la puerta para salir y huir… vi una luz blanca… moviéndose por todas partes, veloz… y oía a mis amigas gritar. Intenté ver qué pasaba, y con la penumbra, me pareció ver una personita con sudadera rosa, con la capucha puesta y la cara oculta, y con esa luz en el rostro… dejando a mis amigas desarmadas y noqueadas en el suelo. Yo sabía que era ella, la niña. Se llevó todas las armas y se marchó. Los clientes y el vendedor pudieron salir sanos y salvos, yo salí mezclándome entre ellos, y esperaron hasta que la policía vino y arrestó a mis amigas. Yo hui de allí, intentando asimilar lo que había visto.

—Hana… —murmuró sorprendido—. O sea que… ¿fuiste testigo de uno de los míos?

—Esa no fue la única vez que vi algo tan extraño. Años después, viví otro altercado, pero esa vez la víctima fui yo. Dos hombres me acorralaron en un callejón a punta de navaja, pidiéndome mi bolso. Yo no quería dárselo porque ahí tenía todo el dinero para llegar a fin de mes… Pero de pronto apareció alguien, Neuval, un hombre que literalmente aterrizó entre medias desde las alturas. Iba encapuchado. No pude verlo de frente porque estaba dándome la espalda, encarando a los atracadores. Comenzó a pelear contra ellos, y lo vi hacer algo… que yo no me explicaba… Hizo algo con la mano, y el suelo del callejón formó una ola que derribó a los atracadores. Lo vi, estoy segura, el suelo de cemento se onduló y se movió. Yo estaba asustada y logré salir del callejón en medio del alboroto. Pero rato después… volví para asomarme… quería comprobarlo. Los atracadores estaban inconscientes en el suelo. Y aquel encapuchado se había ido sin dejar rastro.

Neuval se quedó en silencio, comprendiendo lo que Hana le estaba contando.

—Ese hombre… Y aquella niña de la tienda… eran… eran iris, ¿verdad? —lo miró Hana con asombro—. Esa luz blanca que vi en el rostro de la niña, Neuval, ¿es la luz que me explicaste hace un rato que emite uno de vuestros ojos? —Él asintió—. Así que… todos los iris tenéis esa luz blanca.

—No es de color blanco en todos los iris. Cada elemento tiene un color.

—Oh… y… ¿De qué color es tu luz?

—La mía es blanca, como la de la niña. Eso significa que ella debía de ser otra Fuu, como yo. Y el hombre encapuchado del callejón, debió de ser sin duda un Suna. Su luz es naranja.

—¿Puedo verla? —le preguntó con un ímpetu repentino, acercándose un palmo más a él, con ojos muy abiertos llenos de intriga.

Neuval se sobresaltó un poco. Pero cualquier cosa por ayudar a Hana a asimilar todo mejor. Primero miró hacia la puerta, comprobando que estaba cerrada y que no había nadie asomado por la ventanilla. Después cerró los ojos; se puso frente a Hana y volvió a abrirlos. Su ojo izquierdo emitía una apacible luz blanca que iluminó el rostro maravillado de Hana.

—Qué hermosa luz… —murmuró, rozando con dedos tímidos la mejilla de Neuval—. Es la misma… la misma que vi en aquella niña… Así que ¿la podéis emitir a voluntad?

—No siempre —volvió a apagar su luz, mirándola con sus ojos grises habituales—. Puede iluminarse en contra de nuestra voluntad cuando sentimos una emoción extremadamente impactante. Debemos darnos cuenta y guiñar el ojo hasta recuperar la calma, y entonces se apaga. También, brilla automáticamente cuando entramos en un entorno oscuro. Se puede entrenar para reducir el brillo en la oscuridad hasta un nivel imperceptible, y si no podemos, no queda más remedio que guiñar el ojo para esconderla. En el resto de situaciones, brilla a voluntad cuando nos concentramos para dominar nuestro elemento. Es señal de que estamos conectando con él.

—Y tú… conectas con el aire, ¿no?

—Conecto con el oxígeno, con el argón, con el nitrógeno… con el hidrógeno, con el neón, con el helio, el radón, el xenón…

—Entiendo.

Hana no podía apartar la mirada de él, como si estuviera conociendo a Neuval por segunda primera vez, asimilando todas estas cosas nuevas de él y dándoles el sentido que ella siempre anheló encontrar por aquellas dos vivencias anómalas que experimentó hace años, cuyo misterio había estado acompañándola desde entonces, y carcomiéndola en secreto, porque nunca pudo contárselo a nadie, porque creerían que estaba loca.

Aun así, era lento de digerir. Cuando Neuval la vio apoyándose en sus rodillas otra vez y perdiendo la mirada de nuevo en un rincón de la habitación, supo que necesitaba un rato más para reflexionar sobre todo lo que había escuchado.

Optó por dejarla sola un momento, no quería atosigarla con su impaciencia por saber cuál sería la conclusión de todo aquello, así que se levantó y salió de la habitación. Empezó a andar de un lado a otro en el pasillo, nervioso, preocupado, hasta que acabó apoyándose contra la pared, mirando al suelo en silencio, mientras médicos y enfermeros pasaban por ahí. Por un rato, olvidó que estaba en un hospital. No se dio cuenta de que una doctora lo vio ahí con mala cara y que se acercó a él.

—Oye, joven, ¿te encuentras bien? —le preguntó.

Neuval pegó un salto tan grande que casi tocó el techo con la cabeza, y se adhirió contra la pared mirando a la doctora con la mayor cara de espanto del mundo, encogiéndose poco a poco como un bichito.

—¡Yo estoy bien! —exclamó—. ¡Yo estoy sano, muy sano, no necesito nada! ¡Por favor, no se acerque! ¡No necesito inyecciones!

—Oh… —entendió la doctora, sonriendo lo más inofensiva que pudo—. Padeces iatrofobia. Vale, disculpa, no te voy a hacer nada. Creía que te encontrabas mal, joven, ahora me voy.

—¿Por qué me llama “joven”? —se extrañó Neuval, cerrando los ojos con fuerza para no verla con esa diabólica bata blanca—. Usted debe de ser más joven que yo.

—¿Qué dices? —casi rio—. No creo que tengas más de 32 años.

—Tengo 45.

La doctora se quedó petrificada.

—Oh… di-disculpe, señor —sonrió avergonzada, cambiando a un lenguaje más respetuoso—. Qué suerte tiene, se... se conserva usted muy bien…

La doctora puso una cara apurada y se marchó por el pasillo rápidamente, como huyendo. Neuval sabía que no se había creído lo de su edad, seguro que lo había tomado por un loco. Pero no era culpa de Neuval, los iris de su edad parecían mucho más jóvenes de lo que eran, ya que a partir de los 30 años el iris activaba la longevidad, para mantener en forma a su dueño como un mecanismo de conservación de las capacidades físicas, y así podían seguir luchando eficazmente. Por eso los iris eran inmunes a las enfermedades humanas, y si decidían ser iris toda la vida, podían vivir una media de 110 años, como los Zou. Es más, Neuval al lado de Lex no parecía ser su padre, más bien parecía su hermano mayor.

Sinceramente, Neuval padecía una iatrofobia bastante severa y era un milagro que estuviera consiguiendo permanecer ahí en el hospital más de una hora. No es que le fuera imposible, pero lo pasaba excesivamente mal a cada segundo. Incluso en los ratos que parecía aguantarlo bien, estaba conteniendo las náuseas, no por comida en mal estado, sino náuseas causadas por fuertes nervios y estrés postraumático. Tuvo que ir al baño en ese momento. Se sintió un poquito mejor después de vomitar. Se echó agua fría en la cara y trató de usar su iris para estabilizar su mente y su cuerpo todo lo que pudo. Sobre todo, hizo lo posible por no rememorar esos flashes, esas visiones fugaces de aquella traumática experiencia que tuvo en un hospital a los 17 años.

Solamente estaba dispuesto a hacer el sacrificio de entrar en un hospital cuando era un motivo de gran importancia, como este con Hana, por ejemplo, o como cuando su hermano Sai ingresó por una neumonía, aunque se recuperó a los pocos días, o como cuando Cleven se rompió una pierna a los 8 años por meterse en medio de una misión iris como tenía la fea manía de hacer… Pero hubo unas excepciones especiales. Las únicas veces que Neuval había entrado en el hospital sin miedo alguno, fueron tres: el nacimiento de Lex, el de Cleven y el de Yenkis. En esas tres ocasiones, su fobia misteriosamente se esfumó. Aunque había que decir que se desmayó dos veces durante el parto de Lex, que tan valientemente se atrevió a presenciar.

Después de otros cinco minutos esperando en el pasillo, se abrió la puerta de la habitación y salió Hana, con los zapatos y el abrigo puestos. Neuval giró la cabeza hacia ella, sin poder ocultarle su preocupación. Ella comprendió por qué estaba así.

—Hana —dijo, sin poder aguantar más y agarró sus manos—. Perdóname. Perdóname por haberte ocultado todo esto durante estos tres años. No es fácil… Yo sólo...

—Ya me lo has explicado —le sonrió con calma—. Me has explicado perfectamente la razón de por qué lo has estado ocultando, y la razón de por qué has decidido contármelo ahora. Lo entiendo, Neuval, mejor de lo que crees.

—¿En serio? Hana, sinceramente, esperaba que tuvieras una reacción más…

—¿Histérica?

—Como yo cuando Lao intentó explicármelo la primera vez. Nada de lo que avergonzarse.

—¡Hahah…! Ay, Neu… —apretó sus manos y lo miró con una emoción palpitante en los ojos—. ¿No entiendes lo que esto significa para mí?

—¿El qué?

—Estos años, ¡todos estos años…! —exclamó eufórica—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que había algo! ¿¡Sabes cuántas noches pasé sin dormir, pensando en aquellos sucesos tan raros que vi!? Desde aquella primera vez, a mis 17 años, cuando vi lo de esa niña… sabía que había algo, algo escondido entre nosotros, gente diferente, gente especial… Neuval, ¡acabas de confirmarme que no estoy loca! ¿¡No lo entiendes!? Esta es la verdad que llevaba años esperando encontrar… la explicación a aquellos sucesos…

—Ya veo. Siempre sospechaste que había algo fuera de lo normal.

—¡Exacto! Neu, si yo nunca hubiera presenciado esas anomalías, todo lo que me has contado me resultaría de lo más absurdo e imposible. Pero yo… yo nunca he sido una persona escéptica en muchas materias de este mundo, tú eso ya lo sabes de mí. Esta gran revelación no supone para mí ningún trauma o rechazo, ¡sino un alivio y una tremenda emoción!

Neuval no podía dejar de mirarla con asombro. Era él quien ahora estaba experimentando un gran alivio y una gran emoción, por verla tan entusiasmada, tan aceptante. ¿Desde cuándo una situación difícil se le resolvía de forma tan perfecta? No. Neuval sí que era escéptico en este tipo de cosas. No podía ser tan fácil.

—Hana, escucha, yo... —murmuró con cierto temblor—. Podré entender… que decidas dejarme. Compartimos nuestras vidas, pero la mía está llena de peligros, ahora que he vuelto al servicio de la Asociación. Tu vida también estará ligada a este peligro. ¿Tú quieres eso? Te lo digo sin rodeos porque quiero que estés segura de lo que quieres…

—Quiero que te calles.

—Ah… ¿Qué?

—Hah… —suspiró—. ¿Es que has olvidado por qué estoy contigo? ¡Creí haberte dejado claro que te quiero más que a nada en este mundo! ¡Eres mi mayor felicidad! Tú me salvaste la vida hace tres años, me has dado una nueva vida sacrificando toda tu paciencia y tiempo. Y ahora que me has explicado la verdad sobre ti, ¡eso cobra sentido para mí! ¿De verdad crees que me voy a largar así por este asunto? ¡Neuval, al contrario! —lo agarró de las mejillas, mirándolo fijamente—. Quiero saber más… ¡Quiero conocer más cosas de tu mundo! Quiero ser parte de él… —lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos.

Estaba claro que Neuval tenía que tirar su escepticismo a la basura, porque esto era real. Hana tenía razón. Para ella, no era una historia de fantasía, sino la explicación que le daba sentido por fin a muchas cosas de su vida. Y había visto en primer plano esa luz en el ojo de Neuval. Ella no quería parar ahí, quería ver más cosas, y Neuval nunca había podido desear mejor respuesta. Por una vez, por una mísera vez… una situación de este tipo terminaba bien y no tenía que borrarle la memoria a nadie. Lao tenía razón. Lex tenía razón. A veces había que confiar un poco más… aunque uno se hubiese pasado la vida perdiendo tantas cosas.

Lex apareció en ese momento en el pasillo y los descubrió unidos en un beso, lo que le hizo pararse con gran corte. No supo si pasar... o no... esperar a que se separasen... se recolocó las gafas para disimular. No es que a Lex le incomodase ver a su padre besándose con alguien que no fuese su madre. Era viudo, estaba en su derecho. De hecho, Lex sabía que si su padre estuviese ahora besando a su madre, se notaría la diferencia, el pasillo estaría ardiendo con un fuego de pura pasión.

Los demás médicos estaban pasando entre medias, y Lex ahí quieto mirando a otra parte... Mejor esperó, no quería interrumpirlos.

—Uh… —murmuró Hana—. Mucha emoción en tan poco tiempo, estoy un poco mareada y cansada.

—Es la medicación, Lex dijo que te mantendría el resto del día floja y adormecida —dijo Neuval—. Vayamos a casa. Tienes que descansar.

—Sí. Tengo que seguir asimilando esto, y… me gustaría que por la noche habláramos un poco más de ello. El mundo en el que vivo... de repente se ha hecho más grande —le sonrió.

Neuval también lo hizo. Se miraron a los ojos en silencio.

—Si eso es lo que deseas, si es tu decisión, eres bienvenida a ese mundo. Porque ese mundo también te pertenece, porque ese mundo, en realidad, es el mundo real en el que ya vives. Y todas las personas buenas y justas merecen estar en él. Yo lo protejo cada día porque quiero que humanos como tú vivan felices... sin más muertes a manos de otros... sin más sufrimiento.

—Se te da bien hacer felices a los demás, Neu —volvió a apoyarse en su pecho—. Los 30 mil empleados de Hoteitsuba pueden decirte lo mismo.

—Hm... —casi rio, pero luego puso una expresión triste—. Ojalá pudiera hacer igual de felices a las tres personas a quienes debería hacer más felices las primeras de todas.

—Siempre suelen ser los más difíciles de complacer, los hijos —asintió ella—. Pero ya has hecho feliz a Cleven, ¿no? Está encantada con su nueva vida, y sé que finges que no se te retuercen las tripas desde que la dejaste marchar.

—Esa tarada charlatana es mi debilidad —suspiró—. ¿Qué le voy a hacer? Parece que cuando consigo hacer feliz a uno, consigo la desgracia para otro.

—No te atormentes. Las relaciones humanas jamás han sido fáciles, por eso son tan valiosas. Los platos más ricos son los que se cocinan más lento y con cuidado. Es la primera vez en mucho tiempo que tienes una conversación con Lex sobre vuestro problema, según me has contado. Puede que no fuera una conversación agradable, pero el hecho de hacerlo es un avance. Las cosas cambian, Neu, nunca son permanentes, nada dura de la misma forma eternamente. Ya verás cómo todo mejora. Ya ha empezado a mejorar, ¿no? Todo lo que toca fondo, sólo le queda ir de regreso hacia arriba. Cocina tu relación con tus hijos con paciencia y cuidado, pero nunca con pausa. Y ve poco a poco. Creo que ahora tienes que hablar con Yenkis, por lo que me has dicho que ha pasado.

Neuval se la quedó mirando en silencio, escudriñando sus ojos castaños, anonadado. Para ser una simple humana con un pasado mediocre, tenía un corazón sabio, en cuanto a cómo cuidar de los demás incluso cuando la relación con los demás parecía irreparable. Y en cuanto a cómo cuidar de uno mismo. No por algo fue la única persona capaz de hacer que Neuval dejara de consumir y de tener recaídas cada vez que alguien cercano moría. La recaída por la muerte de Sai fue terrible y por la de Katya fue aún peor. Pero la muerte más reciente fue la de Yousuke, el año pasado, solo que entonces Hana ya estaba en su vida, y de no estarlo, Neuval habría vuelto a ese lado oscuro.

—Sí... —suspiró él finalmente—. Tendré que pensar bien qué decirle a Yenkis. Se me ha ido un poco de las manos, pero... Qué remedio.

—Tú tranquilo —le sonrió—. Yenkis suele ser muy comprensivo. Siempre me sorprendió y admiré eso de Yen. Para ser tan joven, lo emocionalmente maduro que es… y resulta que es porque es un iris.

Neuval también sonrió. En ese momento, se dio cuenta de la presencia de Lex allá a unos metros. Estaba apoyado en una pared mirando para otro lado, distraído con el personal médico que pasaba por el pasillo todo el rato. Supo que estaba esperándolos a ellos. Hana se giró y, al verlo, lo llamó enseguida.

—Hola, Lex —le hizo gestos para que se acercara.

—Oh... —el joven vino caminando con unos pasos un poco titubeantes, un poco encogido de hombros, comportamiento que indicaba un claro sentimiento de incomodidad y reparo.

—Mmg... —a Neuval le entró otra arcada de estrés al ver a Lex venir con esa bata blanca de médico tan terrorífica. Respiró hondo, y se quedó mirando al techo.

—Me alegro de que estés bien, Hana. Eh... ¿Os marcháis?

—Sí —contestó ella—. Muchas gracias por todo, Lex.

—Hm... —fue lo único que dijo, mirándola con notable intriga.

—Hehe... —se rio—. ¿Por qué tienes esa cara?

—Porque se muere de ganas por saber qué ha pasado, y le da apuro preguntar —apuntó Neuval, mirando hacia otro lado pasivamente.

—Bueno, yo... —se excusó Lex.

—Tranquilo —dijo Hana—. Ya lo sé todo. Y he pensado en todo.

—¿Entonces...? ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Lex.

—Volver a casa. Me voy a casa con este inhumano a descansar un poco. Y a seguir aprendiendo más cosas sobre el mundo de los iris.

Lex asintió con la cabeza con sorpresa. No le hizo falta preguntar más porque ya con eso, ya con esa expresión de serenidad y bienestar de Hana, entendió cómo había acabado el asunto. Hana se quedaba, lo había aceptado todo. Esto le provocó al joven médico una vaga sensación de culpabilidad, y ella lo notó cuando desvió la mirada a otra parte.

—Bueno, voy saliendo —declaró Neuval—. Porque, aunque no lo parezca, os juro que estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por no vomitar aquí mismo y echarme a llorar.

El hombre dio media vuelta y se perdió por el pasillo a todo correr. Había llegado a su límite. Tanto Lex como Hana lo comprendieron, pero Lex lo siguió con la vista, todavía intranquilo. Su padre se había largado así, como si nada, sin un “adiós” o “hasta luego”. En fin, como siempre. Y luego, a saber cuándo volverían a verse. Pero eso daba igual ya, ¿no? Culpabilidad, eso sentía Lex.

—Oye... —dijo Hana, que las atrapaba todas—. No te sientas culpable.

Lex dio un brinco al ver la audacia de Hana.

—Es que... —musitó—. Como tú te lo has tomado tan bien… Hana, ¿de verdad lo has creído todo? ¿Y lo has aceptado sin más?

—No es “sin más”. Lex, hay una serie de razones de peso por las que las cosas increíbles que tu padre me ha contado son perfectamente creíbles para mí. Desde hace más de una década, he tenido algunas vivencias… inexplicables… Llevo casi la mitad de mi vida sospechando muy dentro de mí que existían personas diferentes entre nosotros.

—¿Has presenciado alguna vez una anomalía, y encaja con lo que mi padre te ha contado? —entendió él—. Guau… Ya veo. Entonces es comprensible…

—Lex —le posó una mano en el hombro—. Tu padre también me ha explicado, por fin, el verdadero motivo por el que os peleasteis hace siete años. Dice que hoy, al fin, te ha entendido completamente. Y que por eso ha decidido contarme la verdad en lugar de borrarme la memoria. Me ha dicho que él estaba firmemente decidido a borrármela… hasta que habéis hablado hoy en la habitación. Tú le has hecho cambiar de opinión.

—No debería haberle dicho nada, no debería haber hablado con él, me he metido en algo que quizá no debería haber…

—No, Lex, al contario —le interrumpió—. Si yo ahora soy conocedora de la verdad y estoy ya metida en este gran secreto, no es por tu culpa, sino gracias a ti. Honestamente, esto es lo que yo habría elegido desde el principio.

—Pero Hana, estar ahora metida en este secreto puede traer consecuencias, puede poner tu vida en peligro, y todo porque he tenido que abrir la boca…

—Mi vida entera ha estado llena de peligros sin siquiera conocer la existencia de los iris y la Asociación esa. Fue cuando tu padre me impidió tirarme a las vías del tren con mis brazos llenos de pinchazos, cuando mi vida por fin dejó de ser un infierno. Imagino lo que es tener una vida ligada a la Asociación, tu padre ya me lo ha contado con detalle, a qué se dedica, a qué se enfrenta, las misiones, los criminales, los terroristas… ¿Cómo no voy a elegir estar en el lado de los luchadores, cuando toda mi vida he sufrido en el lado de los criminales y luego en el de las víctimas indefensas e ignorantes? Hoy… he sido bendecida con una nueva oportunidad para seguir estando en el lado en el que siempre quise estar. Gracias, Lex, por darle esta oportunidad a mi memoria.

El joven médico estaba enmudecido por la sorpresa. Comprendió al fin que su pequeña intervención en este asunto entre Hana y su padre había servido para algo bueno. Y esto le alivió y le alegró. Luego se quedó con esa frase que ella le había dicho antes: “hoy, al fin, te ha entendido completamente”.

—¿Te ha contado también… cómo acabó viviendo en Hong Kong? Las cosas que le pasaron de pequeño…

—Tu padre ya me contó su pasado hace tiempo.

—¿Qué?

—Omitiendo todo lo del iris y la Asociación y esas cosas, pero sí, hace tiempo él me contó la verdad sobre sus orígenes. Porque yo le conté los míos igualmente. Se sintió cómodo al compartir eso conmigo. Me habló de Jean y de Lilian, sus maltratos… Y de su hermana Monique y su muerte… Su viaje de siete meses por medio mundo… Los peligros que vivió, el hambre, el dolor, el frío, raptos y abusos… También me contó cuando Lao lo encontró, y el suceso terrible que vivió en Hong Kong. Me causa ira pensar que un niño de apenas 10 años se viera obligado a cometer un acto tan traumático para protegerse… quitarle la vida a otra persona… Pero, dentro de lo malo que es, me alegra saber que ese niño logró quitarse de encima a ese monstruo y salvarse de su abuso. Eso es mejor que no poder hacer nada y terminar sufriendo el abuso. Y es que, además, el hecho de sobreponerse a eso, y salvar al resto de los niños… es… guau…

Lex se dio cuenta, entonces, de que la mirada de Hana, cargada de admiración ante una historia así, no era la mirada de una inocente sensible… sino la de una luchadora. Era la misma mirada que solía ver en su madre. O en su prima Mei Ling. O en su abuela Ming Jie. Eran humanas que no se conformaban con lamentarse, por muy tristes historias que escucharan, o muy trágicas vivencias que tuvieran. Había una llama en los ojos de Hana que Lex ya había visto antes en algunas personas. Podía entender por qué su padre, aunque no estuviera enamorado de Hana, la quería de una forma especial.

—Me alegro mucho, Hana. Me alegra de verdad que hayas aceptado esta locura de secreto. Pese a la relación actual que tenemos mi padre y yo… no me habría gustado nada volver a verlo destrozado, como cuando mi madre murió. No me habría gustado que te hubiera perdido a ti también.

—Sé que él no me ama —dijo ella.

—Ya sé que lo sabes —asintió Lex enseguida—. Pero le importas mucho, Hana. Muchísimo.

—Sí, eso lo sé —sonrió cálidamente—. Y con eso yo ya soy feliz. Él me ha dado más de lo que jamás hubiera soñado tener. Por eso, tanto si él elige separar su vida de la mía algún día como si elige seguir compartiendo su vida conmigo, yo siempre estaré en deuda con él.

Finalmente, Lex y Hana se dieron un abrazo de despedida y ella se marchó, pues Neuval ya llevaba mucho rato esperándola fuera.









33.
Asimilación

Ruidos de pasos por los pasillos, voces de personas lejanas, algún que otro pitidito, eso era lo único que se oía al otro lado de la puerta; la habitación, dominada por un silencio y un aire frío y suspendido. Neuval, pese a todo, sólo oía sus latidos en los tímpanos, observando a Hana sin parpadear, expectante. Ella, en cambio, tenía la mirada perdida, se había encogido de piernas sobre la cama y tenía la barbilla apoyada en las rodillas. Ausente del mundo real para poder concentrarse en todas esas palabras que habían ido entrando en su cabeza durante una hora, sin interrupción.

Todas esas palabras, esos nombres, esos sucesos... Neuval le había resumido su vida en una hora, le había dicho todo lo necesario para que lo supiese todo, incluyendo los detalles importantes.

Hana volvió a rebobinar desde el principio, una vez más, recapacitando sobre ello: iris, Monte Zou, elementos, organizaciones, apodos, misiones, terroristas, gobiernos, venganzas, majin, monjes, Yako, Pipi, Lao, Katya, Hideki, Brey, Alvion, Knive, etc.

Y luego las frases: “Katya no era un iris, pero trabajaba con nosotros, era nuestra hacker…”, “Yenkis nació heredando mi iris de forma genética…”, “Lao no me llevó a ningún terapeuta después de adoptarme, me llevó al Monte Zou, donde no me trataron un trastorno común, sino el trastorno del iris, nacido del asesinato de mi hermana…”, “Mi sueño era crear cosas, una familia, una RS, una empresa…”, “Les borré la memoria a Cleven y a Lex tras la muerte de Katya y nos separamos de la familia Lao, pero Lex acabó recuperando la memoria y eso desencadenó nuestra discusión…”, “Me exilié hace siete años. He vuelto hace pocos días…”, “Esos tipos que me atacaron hoy en la empresa, tenía un asunto pendiente con ellos porque…”.

Y más, y más frases encadenadas, formando una historia que fue paralizando cada músculo de Hana y dejándola más y más muda.

Siguió observándola, impaciente. Ya había acabado hace quince minutos, y Hana seguía callada. Se la veía pensativa, más que nada. No parecía asustada. Estaba considerando sus palabras, eso era buena señal. Pero seguía callada. Neuval no supo si podría aguantar otro minuto esperando a que ella hablase, ya le había dado un buen cuarto de hora para pensar. «Por favor, di algo, lo que sea. Por muy horrible que sea, lo asumiré, lo respetaré...» pensaba.

Un momento. Neuval sintió que se le paraba el corazón, pues Hana se movió al fin. La mujer frunció el ceño y se rascó un poco la frente. Luego respiró hondo y alzó la mirada hacia él.

—Mm… Eso explica el impresionante tatuaje de tu espalda.

Neuval se quedó con una cara desencajada.

—¿Eh? —consiguió pronunciar, desconcertado.

—Sí, cariño, es que te lo vi la otra noche y pensé: “¿Qué? ¿Se ha hecho un tatuaje? ¿Cuándo?” Creía que te habías vuelto a escondidas un yakuza… o algo similar, ya que la Yakuza jamás integraría a un extranjero… como un motorista, de esos que andan bebiendo, abusando, escupiendo al suelo…

La cara de Neuval se desencajó más.

—... sinceramente, me alivia saber que es porque eres un... iris. Los motoristas esos no me gustan nada, nada —afirmó—. Y el tatuaje que tienes es enorme. ¿No pensaste que tarde o temprano lo vería y te preguntaría por él? ¿Creías que por estar en tu espalda me lo podías ocultar? Siempre te veo todo el cuerpo cuando tenemos nuestras noches cariñosas, es decir... —hizo un gesto tajante con la mano para dejarlo claro—... es francamente imposible que no escudriñe todo tu cuerpo al detalle cada vez que tengo la oportunidad, ¿sabes lo perfecto que eres? ¿Seguro que eres un iris de esos como se llamen y no eres un dios? —bromeó, torciendo una sonrisa.

Neuval se la quedó mirando como un monigote. Se le sonrojaron las mejillas un momento, pero luego sacudió la cabeza, volviendo a centrarse en la situación.

—Hana… —dijo sin parpadear, alucinado—. El tatuaje. ¿Te pones ahora a pensar en el tatuaje?

—Me he pasado un cuarto de hora pensando en todo lo demás, ahora me preguntaba por el tatuaje —contestó tranquilamente.

—Pe… Oh, no… Espera un momento —saltó, y suspiró con lamentación—. Ya lo capto. No me has creído ni una palabra, ¿verdad? Es eso. Hana, sé que las cosas que te he dicho parecen las típicas fantasías o alucinaciones de un demente. Entiendo que no son fáciles de creer…

—Hahah… —se empezó a reír.

—… pero te prometo que es la verdad, y te lo puedo demost-…

—¡Ajajajaja…! —se echó a reír con ganas.

Neuval se quedó mudo, y perplejo. ¿Qué reacción era esa? ¿Había acabado ella volviéndose loca? Hana no paraba de reír, y el iris de Neuval no paraba de hacer lo posible por interpretar qué tipo de risa era. ¿Sarcástica? ¿Enfadada? ¿Sin razón alguna? Nada de eso. Neuval estaba escuchando una inesperada risa de alegría, y de alivio, de la más pura realización. No podía estar más confuso.

Hana terminó de reírse y se lo quedó mirando con una sonrisa calmada. Obviamente él quería preguntarle qué demonios pasaba, con esa cara de susto que tenía el pobre.

—Hace dieciocho años, cuando yo tenía unos 17 años y vivía en Nagasaki —comenzó a contarle Hana—, como ya sabes, yo ya iba por el mal camino, y estaba metida en una banda. Robábamos, peleábamos con otras bandas por territorio, hacíamos lo que queríamos… Hay algo que nunca te he contado, porque temía que me tomaras por loca. Igual que me tomaron los demás. Una noche, teníamos planeado hacer un robo mayor, en una tienda de comestibles. Nuestra líder se había hecho con una pistola de fogueo, pero parecía real a ojos de cualquier inexperto. Nosotras la acompañamos con nuestras navajas y barras de hierro.

»Mientras nuestra líder amenazaba al atemorizado vendedor y le obligaba a vaciar la caja a punta de pistola, las demás estuvimos vigilando a los pocos clientes que había en la tienda, obligándolos a no mover ni un dedo. Entre ellos, había una niña. Llevaba una bonita falda de tul y una sudadera rosa. Me resultó un poco raro, porque no parecía tener más de 9 o 10 años, y no había ningún adulto con ella. Y era la única persona que nos miraba con una extraña fría calma. Los otros clientes temblaban, gimoteaban… Ella no.

»Y de repente, se oyó un sonido cortante. Las luces de la tienda se apagaron. Todo quedó a oscuras. Los clientes comenzaron a gritar y correr. Creyendo que la policía había venido, me escondí en un rincón. Mientras pensaba cómo llegar hasta la puerta para salir y huir… vi una luz blanca… moviéndose por todas partes, veloz… y oía a mis amigas gritar. Intenté ver qué pasaba, y con la penumbra, me pareció ver una personita con sudadera rosa, con la capucha puesta y la cara oculta, y con esa luz en el rostro… dejando a mis amigas desarmadas y noqueadas en el suelo. Yo sabía que era ella, la niña. Se llevó todas las armas y se marchó. Los clientes y el vendedor pudieron salir sanos y salvos, yo salí mezclándome entre ellos, y esperaron hasta que la policía vino y arrestó a mis amigas. Yo hui de allí, intentando asimilar lo que había visto.

—Hana… —murmuró sorprendido—. O sea que… ¿fuiste testigo de uno de los míos?

—Esa no fue la única vez que vi algo tan extraño. Años después, viví otro altercado, pero esa vez la víctima fui yo. Dos hombres me acorralaron en un callejón a punta de navaja, pidiéndome mi bolso. Yo no quería dárselo porque ahí tenía todo el dinero para llegar a fin de mes… Pero de pronto apareció alguien, Neuval, un hombre que literalmente aterrizó entre medias desde las alturas. Iba encapuchado. No pude verlo de frente porque estaba dándome la espalda, encarando a los atracadores. Comenzó a pelear contra ellos, y lo vi hacer algo… que yo no me explicaba… Hizo algo con la mano, y el suelo del callejón formó una ola que derribó a los atracadores. Lo vi, estoy segura, el suelo de cemento se onduló y se movió. Yo estaba asustada y logré salir del callejón en medio del alboroto. Pero rato después… volví para asomarme… quería comprobarlo. Los atracadores estaban inconscientes en el suelo. Y aquel encapuchado se había ido sin dejar rastro.

Neuval se quedó en silencio, comprendiendo lo que Hana le estaba contando.

—Ese hombre… Y aquella niña de la tienda… eran… eran iris, ¿verdad? —lo miró Hana con asombro—. Esa luz blanca que vi en el rostro de la niña, Neuval, ¿es la luz que me explicaste hace un rato que emite uno de vuestros ojos? —Él asintió—. Así que… todos los iris tenéis esa luz blanca.

—No es de color blanco en todos los iris. Cada elemento tiene un color.

—Oh… y… ¿De qué color es tu luz?

—La mía es blanca, como la de la niña. Eso significa que ella debía de ser otra Fuu, como yo. Y el hombre encapuchado del callejón, debió de ser sin duda un Suna. Su luz es naranja.

—¿Puedo verla? —le preguntó con un ímpetu repentino, acercándose un palmo más a él, con ojos muy abiertos llenos de intriga.

Neuval se sobresaltó un poco. Pero cualquier cosa por ayudar a Hana a asimilar todo mejor. Primero miró hacia la puerta, comprobando que estaba cerrada y que no había nadie asomado por la ventanilla. Después cerró los ojos; se puso frente a Hana y volvió a abrirlos. Su ojo izquierdo emitía una apacible luz blanca que iluminó el rostro maravillado de Hana.

—Qué hermosa luz… —murmuró, rozando con dedos tímidos la mejilla de Neuval—. Es la misma… la misma que vi en aquella niña… Así que ¿la podéis emitir a voluntad?

—No siempre —volvió a apagar su luz, mirándola con sus ojos grises habituales—. Puede iluminarse en contra de nuestra voluntad cuando sentimos una emoción extremadamente impactante. Debemos darnos cuenta y guiñar el ojo hasta recuperar la calma, y entonces se apaga. También, brilla automáticamente cuando entramos en un entorno oscuro. Se puede entrenar para reducir el brillo en la oscuridad hasta un nivel imperceptible, y si no podemos, no queda más remedio que guiñar el ojo para esconderla. En el resto de situaciones, brilla a voluntad cuando nos concentramos para dominar nuestro elemento. Es señal de que estamos conectando con él.

—Y tú… conectas con el aire, ¿no?

—Conecto con el oxígeno, con el argón, con el nitrógeno… con el hidrógeno, con el neón, con el helio, el radón, el xenón…

—Entiendo.

Hana no podía apartar la mirada de él, como si estuviera conociendo a Neuval por segunda primera vez, asimilando todas estas cosas nuevas de él y dándoles el sentido que ella siempre anheló encontrar por aquellas dos vivencias anómalas que experimentó hace años, cuyo misterio había estado acompañándola desde entonces, y carcomiéndola en secreto, porque nunca pudo contárselo a nadie, porque creerían que estaba loca.

Aun así, era lento de digerir. Cuando Neuval la vio apoyándose en sus rodillas otra vez y perdiendo la mirada de nuevo en un rincón de la habitación, supo que necesitaba un rato más para reflexionar sobre todo lo que había escuchado.

Optó por dejarla sola un momento, no quería atosigarla con su impaciencia por saber cuál sería la conclusión de todo aquello, así que se levantó y salió de la habitación. Empezó a andar de un lado a otro en el pasillo, nervioso, preocupado, hasta que acabó apoyándose contra la pared, mirando al suelo en silencio, mientras médicos y enfermeros pasaban por ahí. Por un rato, olvidó que estaba en un hospital. No se dio cuenta de que una doctora lo vio ahí con mala cara y que se acercó a él.

—Oye, joven, ¿te encuentras bien? —le preguntó.

Neuval pegó un salto tan grande que casi tocó el techo con la cabeza, y se adhirió contra la pared mirando a la doctora con la mayor cara de espanto del mundo, encogiéndose poco a poco como un bichito.

—¡Yo estoy bien! —exclamó—. ¡Yo estoy sano, muy sano, no necesito nada! ¡Por favor, no se acerque! ¡No necesito inyecciones!

—Oh… —entendió la doctora, sonriendo lo más inofensiva que pudo—. Padeces iatrofobia. Vale, disculpa, no te voy a hacer nada. Creía que te encontrabas mal, joven, ahora me voy.

—¿Por qué me llama “joven”? —se extrañó Neuval, cerrando los ojos con fuerza para no verla con esa diabólica bata blanca—. Usted debe de ser más joven que yo.

—¿Qué dices? —casi rio—. No creo que tengas más de 32 años.

—Tengo 45.

La doctora se quedó petrificada.

—Oh… di-disculpe, señor —sonrió avergonzada, cambiando a un lenguaje más respetuoso—. Qué suerte tiene, se... se conserva usted muy bien…

La doctora puso una cara apurada y se marchó por el pasillo rápidamente, como huyendo. Neuval sabía que no se había creído lo de su edad, seguro que lo había tomado por un loco. Pero no era culpa de Neuval, los iris de su edad parecían mucho más jóvenes de lo que eran, ya que a partir de los 30 años el iris activaba la longevidad, para mantener en forma a su dueño como un mecanismo de conservación de las capacidades físicas, y así podían seguir luchando eficazmente. Por eso los iris eran inmunes a las enfermedades humanas, y si decidían ser iris toda la vida, podían vivir una media de 110 años, como los Zou. Es más, Neuval al lado de Lex no parecía ser su padre, más bien parecía su hermano mayor.

Sinceramente, Neuval padecía una iatrofobia bastante severa y era un milagro que estuviera consiguiendo permanecer ahí en el hospital más de una hora. No es que le fuera imposible, pero lo pasaba excesivamente mal a cada segundo. Incluso en los ratos que parecía aguantarlo bien, estaba conteniendo las náuseas, no por comida en mal estado, sino náuseas causadas por fuertes nervios y estrés postraumático. Tuvo que ir al baño en ese momento. Se sintió un poquito mejor después de vomitar. Se echó agua fría en la cara y trató de usar su iris para estabilizar su mente y su cuerpo todo lo que pudo. Sobre todo, hizo lo posible por no rememorar esos flashes, esas visiones fugaces de aquella traumática experiencia que tuvo en un hospital a los 17 años.

Solamente estaba dispuesto a hacer el sacrificio de entrar en un hospital cuando era un motivo de gran importancia, como este con Hana, por ejemplo, o como cuando su hermano Sai ingresó por una neumonía, aunque se recuperó a los pocos días, o como cuando Cleven se rompió una pierna a los 8 años por meterse en medio de una misión iris como tenía la fea manía de hacer… Pero hubo unas excepciones especiales. Las únicas veces que Neuval había entrado en el hospital sin miedo alguno, fueron tres: el nacimiento de Lex, el de Cleven y el de Yenkis. En esas tres ocasiones, su fobia misteriosamente se esfumó. Aunque había que decir que se desmayó dos veces durante el parto de Lex, que tan valientemente se atrevió a presenciar.

Después de otros cinco minutos esperando en el pasillo, se abrió la puerta de la habitación y salió Hana, con los zapatos y el abrigo puestos. Neuval giró la cabeza hacia ella, sin poder ocultarle su preocupación. Ella comprendió por qué estaba así.

—Hana —dijo, sin poder aguantar más y agarró sus manos—. Perdóname. Perdóname por haberte ocultado todo esto durante estos tres años. No es fácil… Yo sólo...

—Ya me lo has explicado —le sonrió con calma—. Me has explicado perfectamente la razón de por qué lo has estado ocultando, y la razón de por qué has decidido contármelo ahora. Lo entiendo, Neuval, mejor de lo que crees.

—¿En serio? Hana, sinceramente, esperaba que tuvieras una reacción más…

—¿Histérica?

—Como yo cuando Lao intentó explicármelo la primera vez. Nada de lo que avergonzarse.

—¡Hahah…! Ay, Neu… —apretó sus manos y lo miró con una emoción palpitante en los ojos—. ¿No entiendes lo que esto significa para mí?

—¿El qué?

—Estos años, ¡todos estos años…! —exclamó eufórica—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que había algo! ¿¡Sabes cuántas noches pasé sin dormir, pensando en aquellos sucesos tan raros que vi!? Desde aquella primera vez, a mis 17 años, cuando vi lo de esa niña… sabía que había algo, algo escondido entre nosotros, gente diferente, gente especial… Neuval, ¡acabas de confirmarme que no estoy loca! ¿¡No lo entiendes!? Esta es la verdad que llevaba años esperando encontrar… la explicación a aquellos sucesos…

—Ya veo. Siempre sospechaste que había algo fuera de lo normal.

—¡Exacto! Neu, si yo nunca hubiera presenciado esas anomalías, todo lo que me has contado me resultaría de lo más absurdo e imposible. Pero yo… yo nunca he sido una persona escéptica en muchas materias de este mundo, tú eso ya lo sabes de mí. Esta gran revelación no supone para mí ningún trauma o rechazo, ¡sino un alivio y una tremenda emoción!

Neuval no podía dejar de mirarla con asombro. Era él quien ahora estaba experimentando un gran alivio y una gran emoción, por verla tan entusiasmada, tan aceptante. ¿Desde cuándo una situación difícil se le resolvía de forma tan perfecta? No. Neuval sí que era escéptico en este tipo de cosas. No podía ser tan fácil.

—Hana, escucha, yo... —murmuró con cierto temblor—. Podré entender… que decidas dejarme. Compartimos nuestras vidas, pero la mía está llena de peligros, ahora que he vuelto al servicio de la Asociación. Tu vida también estará ligada a este peligro. ¿Tú quieres eso? Te lo digo sin rodeos porque quiero que estés segura de lo que quieres…

—Quiero que te calles.

—Ah… ¿Qué?

—Hah… —suspiró—. ¿Es que has olvidado por qué estoy contigo? ¡Creí haberte dejado claro que te quiero más que a nada en este mundo! ¡Eres mi mayor felicidad! Tú me salvaste la vida hace tres años, me has dado una nueva vida sacrificando toda tu paciencia y tiempo. Y ahora que me has explicado la verdad sobre ti, ¡eso cobra sentido para mí! ¿De verdad crees que me voy a largar así por este asunto? ¡Neuval, al contrario! —lo agarró de las mejillas, mirándolo fijamente—. Quiero saber más… ¡Quiero conocer más cosas de tu mundo! Quiero ser parte de él… —lo abrazó con fuerza, cerrando los ojos.

Estaba claro que Neuval tenía que tirar su escepticismo a la basura, porque esto era real. Hana tenía razón. Para ella, no era una historia de fantasía, sino la explicación que le daba sentido por fin a muchas cosas de su vida. Y había visto en primer plano esa luz en el ojo de Neuval. Ella no quería parar ahí, quería ver más cosas, y Neuval nunca había podido desear mejor respuesta. Por una vez, por una mísera vez… una situación de este tipo terminaba bien y no tenía que borrarle la memoria a nadie. Lao tenía razón. Lex tenía razón. A veces había que confiar un poco más… aunque uno se hubiese pasado la vida perdiendo tantas cosas.

Lex apareció en ese momento en el pasillo y los descubrió unidos en un beso, lo que le hizo pararse con gran corte. No supo si pasar... o no... esperar a que se separasen... se recolocó las gafas para disimular. No es que a Lex le incomodase ver a su padre besándose con alguien que no fuese su madre. Era viudo, estaba en su derecho. De hecho, Lex sabía que si su padre estuviese ahora besando a su madre, se notaría la diferencia, el pasillo estaría ardiendo con un fuego de pura pasión.

Los demás médicos estaban pasando entre medias, y Lex ahí quieto mirando a otra parte... Mejor esperó, no quería interrumpirlos.

—Uh… —murmuró Hana—. Mucha emoción en tan poco tiempo, estoy un poco mareada y cansada.

—Es la medicación, Lex dijo que te mantendría el resto del día floja y adormecida —dijo Neuval—. Vayamos a casa. Tienes que descansar.

—Sí. Tengo que seguir asimilando esto, y… me gustaría que por la noche habláramos un poco más de ello. El mundo en el que vivo... de repente se ha hecho más grande —le sonrió.

Neuval también lo hizo. Se miraron a los ojos en silencio.

—Si eso es lo que deseas, si es tu decisión, eres bienvenida a ese mundo. Porque ese mundo también te pertenece, porque ese mundo, en realidad, es el mundo real en el que ya vives. Y todas las personas buenas y justas merecen estar en él. Yo lo protejo cada día porque quiero que humanos como tú vivan felices... sin más muertes a manos de otros... sin más sufrimiento.

—Se te da bien hacer felices a los demás, Neu —volvió a apoyarse en su pecho—. Los 30 mil empleados de Hoteitsuba pueden decirte lo mismo.

—Hm... —casi rio, pero luego puso una expresión triste—. Ojalá pudiera hacer igual de felices a las tres personas a quienes debería hacer más felices las primeras de todas.

—Siempre suelen ser los más difíciles de complacer, los hijos —asintió ella—. Pero ya has hecho feliz a Cleven, ¿no? Está encantada con su nueva vida, y sé que finges que no se te retuercen las tripas desde que la dejaste marchar.

—Esa tarada charlatana es mi debilidad —suspiró—. ¿Qué le voy a hacer? Parece que cuando consigo hacer feliz a uno, consigo la desgracia para otro.

—No te atormentes. Las relaciones humanas jamás han sido fáciles, por eso son tan valiosas. Los platos más ricos son los que se cocinan más lento y con cuidado. Es la primera vez en mucho tiempo que tienes una conversación con Lex sobre vuestro problema, según me has contado. Puede que no fuera una conversación agradable, pero el hecho de hacerlo es un avance. Las cosas cambian, Neu, nunca son permanentes, nada dura de la misma forma eternamente. Ya verás cómo todo mejora. Ya ha empezado a mejorar, ¿no? Todo lo que toca fondo, sólo le queda ir de regreso hacia arriba. Cocina tu relación con tus hijos con paciencia y cuidado, pero nunca con pausa. Y ve poco a poco. Creo que ahora tienes que hablar con Yenkis, por lo que me has dicho que ha pasado.

Neuval se la quedó mirando en silencio, escudriñando sus ojos castaños, anonadado. Para ser una simple humana con un pasado mediocre, tenía un corazón sabio, en cuanto a cómo cuidar de los demás incluso cuando la relación con los demás parecía irreparable. Y en cuanto a cómo cuidar de uno mismo. No por algo fue la única persona capaz de hacer que Neuval dejara de consumir y de tener recaídas cada vez que alguien cercano moría. La recaída por la muerte de Sai fue terrible y por la de Katya fue aún peor. Pero la muerte más reciente fue la de Yousuke, el año pasado, solo que entonces Hana ya estaba en su vida, y de no estarlo, Neuval habría vuelto a ese lado oscuro.

—Sí... —suspiró él finalmente—. Tendré que pensar bien qué decirle a Yenkis. Se me ha ido un poco de las manos, pero... Qué remedio.

—Tú tranquilo —le sonrió—. Yenkis suele ser muy comprensivo. Siempre me sorprendió y admiré eso de Yen. Para ser tan joven, lo emocionalmente maduro que es… y resulta que es porque es un iris.

Neuval también sonrió. En ese momento, se dio cuenta de la presencia de Lex allá a unos metros. Estaba apoyado en una pared mirando para otro lado, distraído con el personal médico que pasaba por el pasillo todo el rato. Supo que estaba esperándolos a ellos. Hana se giró y, al verlo, lo llamó enseguida.

—Hola, Lex —le hizo gestos para que se acercara.

—Oh... —el joven vino caminando con unos pasos un poco titubeantes, un poco encogido de hombros, comportamiento que indicaba un claro sentimiento de incomodidad y reparo.

—Mmg... —a Neuval le entró otra arcada de estrés al ver a Lex venir con esa bata blanca de médico tan terrorífica. Respiró hondo, y se quedó mirando al techo.

—Me alegro de que estés bien, Hana. Eh... ¿Os marcháis?

—Sí —contestó ella—. Muchas gracias por todo, Lex.

—Hm... —fue lo único que dijo, mirándola con notable intriga.

—Hehe... —se rio—. ¿Por qué tienes esa cara?

—Porque se muere de ganas por saber qué ha pasado, y le da apuro preguntar —apuntó Neuval, mirando hacia otro lado pasivamente.

—Bueno, yo... —se excusó Lex.

—Tranquilo —dijo Hana—. Ya lo sé todo. Y he pensado en todo.

—¿Entonces...? ¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Lex.

—Volver a casa. Me voy a casa con este inhumano a descansar un poco. Y a seguir aprendiendo más cosas sobre el mundo de los iris.

Lex asintió con la cabeza con sorpresa. No le hizo falta preguntar más porque ya con eso, ya con esa expresión de serenidad y bienestar de Hana, entendió cómo había acabado el asunto. Hana se quedaba, lo había aceptado todo. Esto le provocó al joven médico una vaga sensación de culpabilidad, y ella lo notó cuando desvió la mirada a otra parte.

—Bueno, voy saliendo —declaró Neuval—. Porque, aunque no lo parezca, os juro que estoy haciendo un esfuerzo sobrehumano por no vomitar aquí mismo y echarme a llorar.

El hombre dio media vuelta y se perdió por el pasillo a todo correr. Había llegado a su límite. Tanto Lex como Hana lo comprendieron, pero Lex lo siguió con la vista, todavía intranquilo. Su padre se había largado así, como si nada, sin un “adiós” o “hasta luego”. En fin, como siempre. Y luego, a saber cuándo volverían a verse. Pero eso daba igual ya, ¿no? Culpabilidad, eso sentía Lex.

—Oye... —dijo Hana, que las atrapaba todas—. No te sientas culpable.

Lex dio un brinco al ver la audacia de Hana.

—Es que... —musitó—. Como tú te lo has tomado tan bien… Hana, ¿de verdad lo has creído todo? ¿Y lo has aceptado sin más?

—No es “sin más”. Lex, hay una serie de razones de peso por las que las cosas increíbles que tu padre me ha contado son perfectamente creíbles para mí. Desde hace más de una década, he tenido algunas vivencias… inexplicables… Llevo casi la mitad de mi vida sospechando muy dentro de mí que existían personas diferentes entre nosotros.

—¿Has presenciado alguna vez una anomalía, y encaja con lo que mi padre te ha contado? —entendió él—. Guau… Ya veo. Entonces es comprensible…

—Lex —le posó una mano en el hombro—. Tu padre también me ha explicado, por fin, el verdadero motivo por el que os peleasteis hace siete años. Dice que hoy, al fin, te ha entendido completamente. Y que por eso ha decidido contarme la verdad en lugar de borrarme la memoria. Me ha dicho que él estaba firmemente decidido a borrármela… hasta que habéis hablado hoy en la habitación. Tú le has hecho cambiar de opinión.

—No debería haberle dicho nada, no debería haber hablado con él, me he metido en algo que quizá no debería haber…

—No, Lex, al contario —le interrumpió—. Si yo ahora soy conocedora de la verdad y estoy ya metida en este gran secreto, no es por tu culpa, sino gracias a ti. Honestamente, esto es lo que yo habría elegido desde el principio.

—Pero Hana, estar ahora metida en este secreto puede traer consecuencias, puede poner tu vida en peligro, y todo porque he tenido que abrir la boca…

—Mi vida entera ha estado llena de peligros sin siquiera conocer la existencia de los iris y la Asociación esa. Fue cuando tu padre me impidió tirarme a las vías del tren con mis brazos llenos de pinchazos, cuando mi vida por fin dejó de ser un infierno. Imagino lo que es tener una vida ligada a la Asociación, tu padre ya me lo ha contado con detalle, a qué se dedica, a qué se enfrenta, las misiones, los criminales, los terroristas… ¿Cómo no voy a elegir estar en el lado de los luchadores, cuando toda mi vida he sufrido en el lado de los criminales y luego en el de las víctimas indefensas e ignorantes? Hoy… he sido bendecida con una nueva oportunidad para seguir estando en el lado en el que siempre quise estar. Gracias, Lex, por darle esta oportunidad a mi memoria.

El joven médico estaba enmudecido por la sorpresa. Comprendió al fin que su pequeña intervención en este asunto entre Hana y su padre había servido para algo bueno. Y esto le alivió y le alegró. Luego se quedó con esa frase que ella le había dicho antes: “hoy, al fin, te ha entendido completamente”.

—¿Te ha contado también… cómo acabó viviendo en Hong Kong? Las cosas que le pasaron de pequeño…

—Tu padre ya me contó su pasado hace tiempo.

—¿Qué?

—Omitiendo todo lo del iris y la Asociación y esas cosas, pero sí, hace tiempo él me contó la verdad sobre sus orígenes. Porque yo le conté los míos igualmente. Se sintió cómodo al compartir eso conmigo. Me habló de Jean y de Lilian, sus maltratos… Y de su hermana Monique y su muerte… Su viaje de siete meses por medio mundo… Los peligros que vivió, el hambre, el dolor, el frío, raptos y abusos… También me contó cuando Lao lo encontró, y el suceso terrible que vivió en Hong Kong. Me causa ira pensar que un niño de apenas 10 años se viera obligado a cometer un acto tan traumático para protegerse… quitarle la vida a otra persona… Pero, dentro de lo malo que es, me alegra saber que ese niño logró quitarse de encima a ese monstruo y salvarse de su abuso. Eso es mejor que no poder hacer nada y terminar sufriendo el abuso. Y es que, además, el hecho de sobreponerse a eso, y salvar al resto de los niños… es… guau…

Lex se dio cuenta, entonces, de que la mirada de Hana, cargada de admiración ante una historia así, no era la mirada de una inocente sensible… sino la de una luchadora. Era la misma mirada que solía ver en su madre. O en su prima Mei Ling. O en su abuela Ming Jie. Eran humanas que no se conformaban con lamentarse, por muy tristes historias que escucharan, o muy trágicas vivencias que tuvieran. Había una llama en los ojos de Hana que Lex ya había visto antes en algunas personas. Podía entender por qué su padre, aunque no estuviera enamorado de Hana, la quería de una forma especial.

—Me alegro mucho, Hana. Me alegra de verdad que hayas aceptado esta locura de secreto. Pese a la relación actual que tenemos mi padre y yo… no me habría gustado nada volver a verlo destrozado, como cuando mi madre murió. No me habría gustado que te hubiera perdido a ti también.

—Sé que él no me ama —dijo ella.

—Ya sé que lo sabes —asintió Lex enseguida—. Pero le importas mucho, Hana. Muchísimo.

—Sí, eso lo sé —sonrió cálidamente—. Y con eso yo ya soy feliz. Él me ha dado más de lo que jamás hubiera soñado tener. Por eso, tanto si él elige separar su vida de la mía algún día como si elige seguir compartiendo su vida conmigo, yo siempre estaré en deuda con él.

Finalmente, Lex y Hana se dieron un abrazo de despedida y ella se marchó, pues Neuval ya llevaba mucho rato esperándola fuera.





Comentarios