2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
—Ah... —entendió Naminé, con cara anonadada—. O sea... que es cosa de un salto en el tiempo causado por la niña desconocida que atacó a padre ayer.
Link asintió, sentado frente a ella en la mesa del comedor del piso de Denzel. Le había estado explicando a su hermana todo lo sucedido con ellos. Tanto la espada de Link como el bolso de Naminé reposaban en otra silla junto a ellos. Owen estaba en el salón, en el sofá, leyendo con curiosidad una revista de coches y motos de carreras.
—Y… —continuó la mujer—. Eso significa que estamos muy lejos de casa.
Su hermano mayor volvió a asentir.
—Luego... Mis tres niños y mi marido están sin mí a dos siglos de distancia.
Otro asentimiento.
—¡No! ¡No puedo soportarlo! —saltó, agarrando a su hermano de la camiseta y lo zarandeó violentamente—. ¡Tengo que volver a casa! ¡Tengo que volver ahora mismo! ¿¡Qué harán mis niños sin su madre!?
—Calma, calma —sonrió Denzel, sujetándola, apareciendo tras ella.
—¡Y tú! —exclamó la mujer, volviéndose hacia él—. ¿De verdad eres tú? ¡Ayer seguías pareciendo un muchacho y ahora pareces más adulto! ¿Qué ha pasado contigo?
—Pues… que he crecido —se encogió de hombros—. Han pasado dos siglos, Nami. Sé que nunca me habéis visto cambiar de aspecto ni envejecer apenas nada durante el periodo de vuestras vidas, pero ya os dije que yo sí envejezco, y se nota más con el paso de los siglos que con el paso de los años. Mi edad aparente ahora es de unos 26 años, más o menos. Pero Nami, love, trata de calmarte.
—Quiero volver a casa, padre —repitió, abrazándolo y apoyándose en su pecho, sin poder tranquilizarse—. Este lugar me espanta. Hay muchas cosas que no conozco, dar un paso a izquierda o derecha es peligroso. Malhechores, máquinas, laberintos de calles, edificios que tocan el cielo... salen por todas partes.
—Lo sé, cariño, lo sé —palpó su cabeza para consolarla—. Es un gran contraste. El Tokio del siglo XXI no es tranquilo, que digamos.
—Amo a mi marido, padre, sabes que sí —le dijo Naminé con gran cara de pena—. Pero es un inútil…
—Lo sé… —masculló Denzel entre dientes.
—Tan inútil…
—Lo sé…
—Será un experto en finanzas y en jugar con los niños y contarles cuentos. Pero no sabe ni cocer arroz, ni remendar ropa ni tratar un resfriado. Tenemos tres hijos… El otro día nuestro pequeño se hizo una herida en la rodilla, y el que vino corriendo hacia mí llorando muerto de miedo fue mi marido, pensando que nuestro pequeño iba a morir por esa raspadura en la rodilla.
—Nami —la calló con un dedo en los labios—. Estate tranquila. Lo más probable es que tu madre y la esposa de Link se estén encargando de todo y de los niños ante vuestra ausencia. Y yo también estoy por allí.
—Si estamos en un “nudo latente”, ¿no estás adquiriendo nuevos recuerdos conforme tu “yo” pasado sigue su vida en mi época después de nuestra desaparición, ya que tu época y la mía comparten el mismo tiempo pero no el mismo espacio?
—Así es —suspiró Denzel—. Aunque no lo creas, por dentro estoy haciendo un enorme esfuerzo por mantener la coherencia, porque de vez en cuando me vienen nuevas memorias que no tenía antes. Y este mediodía me ha venido un recuerdo, un recuerdo de que el día después de mi 194 cumpleaños desperté de mi inconsciencia en el salón de casa, rodeado de tu madre y de la mujer de Link, muy preocupadas. Y creo que escuché los lloriqueos de tu marido en otra habitación junto a los sollozos también de mis nietos.
—Padre, ¿qué recuerdas que madre y mi mujer te dijeran al despertar? —le preguntó Link, intrigado.
—Nada que no sepamos ya. Recuerdo oír a tu mujer explicarme que me habían encontrado en mi estudio inconsciente ayer, que tú y tus hermanos fuisteis en mi ayuda, y que los ocho desaparecisteis de repente. Nadie sabe qué ha pasado y todos están preocupados. Ahora mismo me vienen recuerdos de estar pensando qué hacer al respecto o cómo investigarlo o a quién acudir para saber algo. Eso es lo que mi “yo” de vuestra época está haciendo ahora, mientras tu madre y tu mujer y el pequeño Daniel están poniendo orden y calma en el resto de la familia.
—Así que el padre de nuestra época está intentando decidir qué hacer para averiguar dónde estamos o resolver nuestra desaparición —dijo Owen—. Pero tú no puedes saber qué decidirá hacer, porque lo que sucede allí y lo que sucede aquí están compartiendo el mismo tiempo.
—Sí. Si mi “yo” pasado acaba tomando una decisión mañana, yo lo sabré, en forma de memoria, mañana también, y no antes. Lo más seguro es que elija ser prudente, y esperará un tiempo a que un Denzel de otra época, como yo, le dé alguna explicación. Pero yo por ahora no voy a hacer ningún viaje temporal, hasta que me cerciore de si es seguro o no hacerlo, ahora que sé que hay una supuesta taimu desconocida actuando contra mí.
—Así que… —lamentó Naminé—… no puedes llevarnos de vuelta por ahora.
—Lo siento —afirmó su padre—. Pero la única forma de desatar el “nudo latente” de manera segura y sin arriesgar la línea del Tiempo y poner el mundo en peligro, es resolver la anomalía, o sea, vosotros ocho, de manera completa y de una sola vez. Os tengo que llevar de regreso a todos a la vez y dejarlo todo como estaba antes.
Los tres taimuki guardaron un rato de silencio, con caras pesarosas e intranquilas, cada uno mirando a un rincón diferente de la casa. Denzel, de pie en medio de los tres con los brazos en jarra, también se quedó meditabundo un rato, hasta que encontró a Naminé terminando de dibujar una pequeña abeja en uno de sus pergaminos de su bolso con un pincel de tinta.
—Love, ¿qué haces? —preguntó Denzel, viendo el dibujo de tinta de la abejita desprenderse del papel y volar por el aire hacia la ventana abierta.
—Pues llamar a la abuela para que venga —contestó la mujer como si fuera obvio—. Debería estar aquí ella la primera de todas, ayudándonos a resolv-…
—¡No, no, no, no! —saltó Denzel de inmediato, espachurrando a la abeja de una palmada; sus manos quedaron manchadas de tinta unos segundos, hasta que esta se evaporó como humo negro—. ¡Ni de coña! No vamos a involucrar a esa anciana en esto.
Link y Owen, que también se habían sobresaltado ante esa reacción tan impetuosa de su padre, lo miraban con ojos abiertos de gran confusión.
—Pe… ¿¡Pero cómo no vamos a involucrar a la abuela en un accidente espaciotemporal causado por otra taimu!? —preguntó Owen.
—¡Puedo resolver esto yo mismo! —dijo Denzel.
—¡Pero si estamos estancados ahora mismo! —corroboró Link—. Padre, necesitamos a la abuela, ella sabe más que nadie…
—¡He dicho que no! ¡Basta! —gritó tan alterado y de forma tan repentina, que los tres taimuki se quedaron inmóviles—. ¡Agatha no se va a meter en esto! ¡Esto es un asunto relacionado conmigo y yo lo resolveré! ¡Y ni Agatha necesita enterarse, ni los dioses necesitan enterarse…! —hizo gestos tajantes con la mano, pero su voz comenzó a temblar un poco—. ¡Puedo arreglarlo sin su ayuda!
El salón se quedó en un súbito silencio helado. Los tres hermanos estaban mudos, desconcertados. Pero Link frunció el ceño, empezando a notar que había algo en todo este asunto que estaba afectando a su padre de manera especial, por algún motivo que claramente él quería guardarse. Había algo que le atemorizaba.
Denzel terminó calmándose, dándose cuenta de su reacción. Se frotó los párpados tras las gafas, cansado.
—Lo siento —se disculpó—. Por favor. Por ahora, dejad que yo me ocupe, y no hagáis nada sin consultarme antes. ¿Entendido?
—Sí, padre —respondieron ellos. Link se levantó de la silla del comedor y se acercó a él, posándole una mano en el hombro—. ¿Qué podemos hacer ahora?
—Necesitamos averiguar más cosas —contestó su padre, tranquilizándose completamente tras sentir ese gesto de Link—. Tal vez, ¿detalles que os llamaran la atención en el momento del ataque? Aparte de lo que ya me contasteis esta mañana, algo… —de repente se calló, al ver que su hija tenía una cara muy rara—. ¿Nami?
La mujer no respondió. Estaba absorta, observando las zapatillas deportivas con las que Link vestía, prestadas por Yako. Empezó a inclinarse lentamente sobre su silla, y a apuntar esas zapatillas con el dedo.
—Este calzado… —murmuró, abriendo los ojos con asombro—. Era como… Sí… Era parecido…
—¿Eh? —preguntó Link, mirándose sus zapatillas, confuso.
—¡Padre! —exclamó ella de repente—. Me acuerdo, estoy empezando a recordar… ¡Yo la vi, vi a la niña un día antes! Antes de que apareciera en casa. Tenía el mismo calzado raro…
—¿La viste antes del ataque? ¿¡Dónde!? —se sorprendió el taimu, y rápidamente los tres hombres la rodearon, con ojos ansiosos.
—Antes de ayer, la vi un día antes de tu cumpleaños —le explicó Naminé, tan nerviosa como ellos, agarrando a Denzel de los brazos—. Si ayer, en nuestra época, tu cumpleaños era el día icónico de la semana, yo vi a aquella muchacha el sexto día. Fue por la mañana, por un breve momento.
—¿Así que llevaba en nuestra ciudad al menos desde el sábado? ¿Con tanta anterioridad, para atacarme el domingo? —caviló Denzel para sí mismo, viéndolo muy raro.
—¿Qué? ¿Qué es “sábado” y “domingo”? No es eso lo que he dicho.
—Es el calendario gregoriano —dijo Owen con paciencia—. Hace 60 años que Gran Bretaña lo adoptó.
—Bueno, no vivimos en Gran Bretaña —le espetó su hermana.
—Disculpa, cariño —intervino Denzel—, son los nombres de los días de la semana que se utilizan actualmente. En vuestra época, China aún no ha cambiado al calendario gregoriano. Por favor, continúa.
—A ver —retomó Naminé—. Yo no diría que “estaba en nuestra ciudad con tanta anterioridad del ataque”. Lo que vi fue raro. Yo estaba en el mercadillo del oeste, ya sabéis, justo al lado de la Casa de Té donde trabajo. Aquella mañana teníamos una ceremonia importante, iba a venir a visitar la Casa el General Li Quo. Mientras mis compañeras hacían los preparativos del banquete, yo me fui a buscar a las damas de mantenimiento al mercadillo, donde me dijeron que estaban comprando los víveres. Entonces, la vi a lo lejos. Es como si apareciera de repente desde detrás de un árbol. Enseguida, parecía desubicada. Llevaba puesto un kimono de túnica larga, e iba encapuchada, pero estaba como mal ataviado, como si se lo hubiese puesto con prisa. Por abajo se le veía un calzado llamativo, un calzado de suela blanca y gruesa como el que lleva Link, con la parte superior de color negro y con motivos de un azul intenso, y con cordeles. Me llamó la atención la suela blanca, con ese aspecto tan flexible —señaló de nuevo las zapatillas de Link.
—Hm, calzado así es el más común que he visto por aquí. Así que definitivamente ella es de esta época —comentó Owen.
—¿Estaba desubicada? —se extrañó Denzel.
—Sí, y además pareció enfadarse —asintió Naminé—. Parecía muy alterada. Se acercó directamente a un vendedor, y muy groseramente lo agarró de su solapa y le preguntó qué día era. Cuando el vendedor, asustado, le respondió, la muchacha hizo un gesto brusco, soltó una palabra malsonante y la vi marcharse de vuelta al árbol de la calle junto al que la vi aparecer. Nada más pasar por detrás, ya no la vi. Fue como si se hubiera esfumando en un segundo.
Los otros tres estuvieron a punto de comentar la misma rareza que les vino a la cabeza tras escuchar aquello, pero decidieron quedarse callados. Link, Owen y Denzel cruzaron miradas. Las de Link y Owen eran de gran confusión por un dato que no les cuadraba. Si esa niña realmente era una taimu, dato que aún no se atrevían a dar por sentado al cien por cien, lo de equivocarse de fecha o sentirse desubicada era una torpeza más bien imposible en un taimu. Era como si le dijeran a uno que un delfín era torpe nadando o un halcón torpe volando. La mirada de Denzel, en cambio, era de preocupación, y también de intriga, porque él ya sabía a qué podía deberse esa equivocación de la niña.
—Ese día no la volví a ver. Me quedé muy desconcertada, lo tomé por un suceso extraño, pero enseguida me centré de nuevo en mi trabajo. Y la segunda vez que la vi, para mi sorpresa, claro, fue al día siguiente en tu sala de armas, justo antes de la comida familiar por tu cumpleaños. Pero ya no llevaba el kimono aquel mal puesto, vestía con ropas más ajustadas y negras. Supe que era la misma muchacha del día anterior porque llevaba el mismo calzado que tanto me llamó la atención. Y ya sabéis el resto. Vino el pequeño Daniel a avisarnos dando la voz de alarma —miró un momento a Link—. Fuimos todos hacia la caseta de tu estudio en el jardín y te vimos derrotado en el suelo y a esa niña a punto de rematarte, y luchamos contra ella. En ese momento no me lo explicaba, pero ella… se teletransportaba. Al principio, pensé que la niña era un miembro del Clan Himeh, una ninja, ya que tú tenías problemas con ellos desde hace tiempo, pero no.
—¿Pero no? —repitió Denzel, notando que lo decía muy segura—. Espera, ¿a qué te refieres con “en ese momento no me lo explicaba”? ¿Ahora sí te lo explicas?
—No me explicaba cómo podía tener tu mismo poder, hasta el momento en que Link se lanzó sobre ella y ella cayó al suelo, y el gorro que cubría su cabeza se movió y destapó sus ojos.
—¿¡Le viste los ojos!? —exclamó Denzel, esperando que por fin eso confirmase el resto de evidencias.
—Así es, ella los abrió tras el golpe y yo se los vi en una fracción de segundo. Eran iguales que los tuyos, padre, tus mismos ojos y que los de la abuela Agatha.
—Entonces queda confirmado —dijo Link—. Es una taimu.
Denzel suspiró y se dejó caer sobre una de las sillas del comedor. Por un lado, era un alivio poder tener al fin una evidencia irrefutable que confirmaba sin duda que esa niña era una taimu, pero, por otro lado, esto era motivo de mayor preocupación, no sólo para él y su familia, sino para el mundo entero.
—Estaba desubicada, un día antes del ataque… —caviló Denzel, murmurando para sí mismo—. Preguntó qué día era… Una taimu preguntando qué día es… desubicada en un lugar, y en el tiempo… se equivocó de día… Hmm… Teniendo en cuenta que un taimu es como el GPS y el reloj más perfecto del universo —les comentó a los otros—, me temo que sólo hay una razón que justifique tener fallos de eficacia o de precisión.
—¿Cuál? —se sorprendió Naminé.
—¿Qué narices es un GPS? —dijo Link.
—Es un dispositivo que, mediante la posición de satélites que orbitan el planeta —le explicó su hermano, muy emocionado—, puede reconocer e informarte de en qué coordenadas se ubica en todo el globo…
—Owen, ¿cuántas revistas y libros te has estado leyendo? —le frenó Denzel, molesto—. Te he dicho que pares.
—Cuando uno se encuentra en un lugar nuevo y extraño, lo primero que tiene que hacer es informarse y adaptarse para poder sobrevivir, padre. O eso es lo que siempre nos has dicho.
—Lo único que tenéis que saber para sobrevivir aquí, es qué es un coche, un semáforo, no tocar los enchufes de las paredes y no meter metales en el microondas. Déjate de satélites, Owen, me costará una eternidad borrarte la memoria cuando tenga que borrártela.
—Padre, ¿cuál es esa razón? —interrumpió Naminé—. ¿Qué hace que un taimu tenga fallos de cálculo o carencias en su poder?
Denzel tardó en responder. Tardó bastante rato. Y esto llamó la atención de los otros. Parecía querer contenerse.
—Hahh… —terminó suspirando, resignado—. No debería hablaros de ello. Pero… si queremos avanzar en todo este asunto, supongo que hay que poner todas las cartas sobre la mesa. —Hizo una pausa, en la que sus hijos no apartaban la vista de él, expectantes—. Mirad, cuando esté seguro de esa posibilidad, os lo explicaré con más detalle. Resumidamente, se llama el Pacto taimu. Pero es algo que Agatha y yo tenemos prohibido hacer desde que estamos en la Asociación. Ya sabéis… a los dioses no les gusta mucho la idea de que los humanos hagan pactos con demonios y esas cosas… —se encogió de hombros—. Y a los Zou también les asusta. Que yo lo entiendo, no digo que no esté de acuerdo, claro, pero… no sé, yo hice algunos pactos con humanos cuando era pequeño, y era divertido. Excepto cuando los sacerdotes y párrocos de las iglesias se enteraban y perseguían a mi amo humano temporal para acusarlo, y a mí para acuchillarme con crucifijo en mano…
—¿Pero nos vas a explicar en qué consiste o no? —se impacientó Naminé.
—No. No por ahora. Sólo cuando indaguemos más.
—Estupendo —bufó Link—. Pues el mundo corre un peligro potencial. Hay una pequeña demonio del Tiempo andando libre por ahí sin la vigilancia adecuada, como un tigre salvaje.
—Eh —protestó Denzel, captando ese tono.
—¿Qué? No te ofendas —protestó Link a su vez—. Todos aquí sabemos que los demonios del Tiempo en libertad sois un peligro. Sobre todo por ese detalle de que coméis humanos.
—Pe... ¡Que ya no comemos humanos! —se acabó ofendiendo Denzel—. Primero, era mi única forma de subsistir hasta que los Dioses del Yin establecieron un nuevo método de alimentarnos, transmitiéndonos su propia energía Yin durante nuestro cumpleaños. Segundo, siempre debían ser humanos malos, para absorberles su Yin. Y tercero, sabéis que sólo consistía en morderlos y absorberles tanto su Yin como su tiempo de vida, sólo eso.
—Una vez llegaste a comentar que no es sólo morderlos, sino que también teníais que comer literalmente parte de su cuerpo —le espetó Owen.
—Bueno, sólo un poco… —intentó excusarse.
—Eres ese tipo de criatura que los padres usarían para contarles cuentos de miedo a los niños antes de dormir —corroboró Link.
—Y que saldría en nuestras pesadillas si no fueras nuestro padre —concluyó Naminé.
Denzel se los quedó mirando con una mueca molesta, sintiéndose atacado.
—¿Por qué no os calláis un rato?
—¡Hahah! Tranquilo, te estamos tomando el pelo —se rio Link—. Sabemos que la abuela Agatha y tú tuvisteis unos inicios un tanto oscuros y demoníacos, hasta que decidisteis cambiar y prestar servicio en la Asociación. Pero no podemos decir lo mismo de esa nueva joven taimu —dijo poniéndose serio—. Está claro que no está en el bando del bien. Seguro que vive con su naturaleza primaria y hace cosas malignas, como atacar nuestra casa e intentar matarte, y hacer ese tal Pacto, supuestamente prohibido. Lo que no entendemos es por qué fue a matar al Denzel de nuestra época, si ella es de esta época tuya… ¿por qué no ha ido a atacarte a ti? ¿Por qué al Denzel pasado?
Denzel escuchó esas preguntas, pero miraba hacia otra parte del salón, como queriendo ignorarlas. No comentó nada. Sin embargo, Link, a diferencia de sus hermanos, no interpretó su silencio como un “no tengo ni idea”, sino, más bien, como si su padre en realidad ya se hubiera figurado las respuestas, pero no quería comentarlas con ellos.
Lo que Denzel estaba pensando en este momento, es en la intrusa que la otra noche se coló en su casa e intentó quitarle su anillo mientras dormía, con el aspecto físico de Clover. Seguía sin encajar la posibilidad de que hubiese sido esa taimu desconocida, porque no había forma viable de que hubiera adoptado el aspecto de Clover, y su tamaño de niña pequeña, después de que sus hijos le hubieran descrito a la niña taimu como una muchacha claramente de 12 años como poco. Por mucho que se disfrazara, una niña de 12 años no podía reducir el tamaño de su cuerpo hasta el de una niña de 5. Por eso, para Denzel, lo único que seguía teniendo sentido sobre aquello, es que fue una ilusión visual hecha por un Knive, y en este punto estaba cada vez más convencido de que sólo podía haber sido Jannik.
Todavía no podía relacionar de manera lógica a la intrusa que intentó robarle el anillo la otra noche en su piso con el aspecto de Clover con la intrusa taimu que fue a atacar a su “yo” de hace dos siglos. Pero de lo que no le cabía duda era de que el poder los Knive podía hacer posible muchas cosas.
En ese silencio, Link observó cómo su padre se toqueteaba distraídamente el anillo dorado de su dedo, su alianza de boda. Su padre estaba callando demasiadas cosas, siendo él quien no paraba de insistir en averiguar todo lo posible y poner las cartas sobre la mesa. Aun así, Link decidió actuar como si no estuviera notando nada raro y no hacerle preguntas. Confiaba en su padre. O, al menos, quería confiar en él. Era un Denzel con 200 años de diferencia respecto al padre que él conocía, pero seguían siendo la misma persona, ¿no? ¿Cuánto podía cambiar una persona en dos siglos? Para Link era impensable dudar de él. Pero, por si acaso, no iba a bajar la guardia sobre el comportamiento de su padre, en qué medida iba a ser capaz de sobrellevar todo este asunto sin perder el norte.
—Taimuki —dijo Denzel después de unos minutos; se dirigió a una cómoda y sacó de un cajón tres pequeños móviles de prepago viejos pero que aún funcionaban, y le dio uno a Link, otro a Owen y el otro se lo quedó—. Separémonos. Link por una parte, Owen por otra y tú, Nami, conmigo.
—¿Qué pasa? —se extrañaron Owen y la mujer, mientras a Link se le caía la baba con el aparatito.
—Vamos a buscar a vuestros otros cinco hermanos. Cuanto antes.
—Sin duda —Naminé se levantó de la silla de un brinco—. Me preocupa la pobre An Ju, está de seis meses. Espero que esté con Chris, que es más fuerte físicamente.
—Y Robin es muy pequeño todavía para andar solo por aquí —añadió Denzel—. Por eso hemos de darnos prisa.
—Oye, ¿y nadie se preocupa por James y Lu Kai? —preguntó Link.
—Estando esos dos sueltos por ahí, me preocupa más el resto de la gente —dijo Denzel.
—Ah... —entendió Naminé, con cara anonadada—. O sea... que es cosa de un salto en el tiempo causado por la niña desconocida que atacó a padre ayer.
Link asintió, sentado frente a ella en la mesa del comedor del piso de Denzel. Le había estado explicando a su hermana todo lo sucedido con ellos. Tanto la espada de Link como el bolso de Naminé reposaban en otra silla junto a ellos. Owen estaba en el salón, en el sofá, leyendo con curiosidad una revista de coches y motos de carreras.
—Y… —continuó la mujer—. Eso significa que estamos muy lejos de casa.
Su hermano mayor volvió a asentir.
—Luego... Mis tres niños y mi marido están sin mí a dos siglos de distancia.
Otro asentimiento.
—¡No! ¡No puedo soportarlo! —saltó, agarrando a su hermano de la camiseta y lo zarandeó violentamente—. ¡Tengo que volver a casa! ¡Tengo que volver ahora mismo! ¿¡Qué harán mis niños sin su madre!?
—Calma, calma —sonrió Denzel, sujetándola, apareciendo tras ella.
—¡Y tú! —exclamó la mujer, volviéndose hacia él—. ¿De verdad eres tú? ¡Ayer seguías pareciendo un muchacho y ahora pareces más adulto! ¿Qué ha pasado contigo?
—Pues… que he crecido —se encogió de hombros—. Han pasado dos siglos, Nami. Sé que nunca me habéis visto cambiar de aspecto ni envejecer apenas nada durante el periodo de vuestras vidas, pero ya os dije que yo sí envejezco, y se nota más con el paso de los siglos que con el paso de los años. Mi edad aparente ahora es de unos 26 años, más o menos. Pero Nami, love, trata de calmarte.
—Quiero volver a casa, padre —repitió, abrazándolo y apoyándose en su pecho, sin poder tranquilizarse—. Este lugar me espanta. Hay muchas cosas que no conozco, dar un paso a izquierda o derecha es peligroso. Malhechores, máquinas, laberintos de calles, edificios que tocan el cielo... salen por todas partes.
—Lo sé, cariño, lo sé —palpó su cabeza para consolarla—. Es un gran contraste. El Tokio del siglo XXI no es tranquilo, que digamos.
—Amo a mi marido, padre, sabes que sí —le dijo Naminé con gran cara de pena—. Pero es un inútil…
—Lo sé… —masculló Denzel entre dientes.
—Tan inútil…
—Lo sé…
—Será un experto en finanzas y en jugar con los niños y contarles cuentos. Pero no sabe ni cocer arroz, ni remendar ropa ni tratar un resfriado. Tenemos tres hijos… El otro día nuestro pequeño se hizo una herida en la rodilla, y el que vino corriendo hacia mí llorando muerto de miedo fue mi marido, pensando que nuestro pequeño iba a morir por esa raspadura en la rodilla.
—Nami —la calló con un dedo en los labios—. Estate tranquila. Lo más probable es que tu madre y la esposa de Link se estén encargando de todo y de los niños ante vuestra ausencia. Y yo también estoy por allí.
—Si estamos en un “nudo latente”, ¿no estás adquiriendo nuevos recuerdos conforme tu “yo” pasado sigue su vida en mi época después de nuestra desaparición, ya que tu época y la mía comparten el mismo tiempo pero no el mismo espacio?
—Así es —suspiró Denzel—. Aunque no lo creas, por dentro estoy haciendo un enorme esfuerzo por mantener la coherencia, porque de vez en cuando me vienen nuevas memorias que no tenía antes. Y este mediodía me ha venido un recuerdo, un recuerdo de que el día después de mi 194 cumpleaños desperté de mi inconsciencia en el salón de casa, rodeado de tu madre y de la mujer de Link, muy preocupadas. Y creo que escuché los lloriqueos de tu marido en otra habitación junto a los sollozos también de mis nietos.
—Padre, ¿qué recuerdas que madre y mi mujer te dijeran al despertar? —le preguntó Link, intrigado.
—Nada que no sepamos ya. Recuerdo oír a tu mujer explicarme que me habían encontrado en mi estudio inconsciente ayer, que tú y tus hermanos fuisteis en mi ayuda, y que los ocho desaparecisteis de repente. Nadie sabe qué ha pasado y todos están preocupados. Ahora mismo me vienen recuerdos de estar pensando qué hacer al respecto o cómo investigarlo o a quién acudir para saber algo. Eso es lo que mi “yo” de vuestra época está haciendo ahora, mientras tu madre y tu mujer y el pequeño Daniel están poniendo orden y calma en el resto de la familia.
—Así que el padre de nuestra época está intentando decidir qué hacer para averiguar dónde estamos o resolver nuestra desaparición —dijo Owen—. Pero tú no puedes saber qué decidirá hacer, porque lo que sucede allí y lo que sucede aquí están compartiendo el mismo tiempo.
—Sí. Si mi “yo” pasado acaba tomando una decisión mañana, yo lo sabré, en forma de memoria, mañana también, y no antes. Lo más seguro es que elija ser prudente, y esperará un tiempo a que un Denzel de otra época, como yo, le dé alguna explicación. Pero yo por ahora no voy a hacer ningún viaje temporal, hasta que me cerciore de si es seguro o no hacerlo, ahora que sé que hay una supuesta taimu desconocida actuando contra mí.
—Así que… —lamentó Naminé—… no puedes llevarnos de vuelta por ahora.
—Lo siento —afirmó su padre—. Pero la única forma de desatar el “nudo latente” de manera segura y sin arriesgar la línea del Tiempo y poner el mundo en peligro, es resolver la anomalía, o sea, vosotros ocho, de manera completa y de una sola vez. Os tengo que llevar de regreso a todos a la vez y dejarlo todo como estaba antes.
Los tres taimuki guardaron un rato de silencio, con caras pesarosas e intranquilas, cada uno mirando a un rincón diferente de la casa. Denzel, de pie en medio de los tres con los brazos en jarra, también se quedó meditabundo un rato, hasta que encontró a Naminé terminando de dibujar una pequeña abeja en uno de sus pergaminos de su bolso con un pincel de tinta.
—Love, ¿qué haces? —preguntó Denzel, viendo el dibujo de tinta de la abejita desprenderse del papel y volar por el aire hacia la ventana abierta.
—Pues llamar a la abuela para que venga —contestó la mujer como si fuera obvio—. Debería estar aquí ella la primera de todas, ayudándonos a resolv-…
—¡No, no, no, no! —saltó Denzel de inmediato, espachurrando a la abeja de una palmada; sus manos quedaron manchadas de tinta unos segundos, hasta que esta se evaporó como humo negro—. ¡Ni de coña! No vamos a involucrar a esa anciana en esto.
Link y Owen, que también se habían sobresaltado ante esa reacción tan impetuosa de su padre, lo miraban con ojos abiertos de gran confusión.
—Pe… ¿¡Pero cómo no vamos a involucrar a la abuela en un accidente espaciotemporal causado por otra taimu!? —preguntó Owen.
—¡Puedo resolver esto yo mismo! —dijo Denzel.
—¡Pero si estamos estancados ahora mismo! —corroboró Link—. Padre, necesitamos a la abuela, ella sabe más que nadie…
—¡He dicho que no! ¡Basta! —gritó tan alterado y de forma tan repentina, que los tres taimuki se quedaron inmóviles—. ¡Agatha no se va a meter en esto! ¡Esto es un asunto relacionado conmigo y yo lo resolveré! ¡Y ni Agatha necesita enterarse, ni los dioses necesitan enterarse…! —hizo gestos tajantes con la mano, pero su voz comenzó a temblar un poco—. ¡Puedo arreglarlo sin su ayuda!
El salón se quedó en un súbito silencio helado. Los tres hermanos estaban mudos, desconcertados. Pero Link frunció el ceño, empezando a notar que había algo en todo este asunto que estaba afectando a su padre de manera especial, por algún motivo que claramente él quería guardarse. Había algo que le atemorizaba.
Denzel terminó calmándose, dándose cuenta de su reacción. Se frotó los párpados tras las gafas, cansado.
—Lo siento —se disculpó—. Por favor. Por ahora, dejad que yo me ocupe, y no hagáis nada sin consultarme antes. ¿Entendido?
—Sí, padre —respondieron ellos. Link se levantó de la silla del comedor y se acercó a él, posándole una mano en el hombro—. ¿Qué podemos hacer ahora?
—Necesitamos averiguar más cosas —contestó su padre, tranquilizándose completamente tras sentir ese gesto de Link—. Tal vez, ¿detalles que os llamaran la atención en el momento del ataque? Aparte de lo que ya me contasteis esta mañana, algo… —de repente se calló, al ver que su hija tenía una cara muy rara—. ¿Nami?
La mujer no respondió. Estaba absorta, observando las zapatillas deportivas con las que Link vestía, prestadas por Yako. Empezó a inclinarse lentamente sobre su silla, y a apuntar esas zapatillas con el dedo.
—Este calzado… —murmuró, abriendo los ojos con asombro—. Era como… Sí… Era parecido…
—¿Eh? —preguntó Link, mirándose sus zapatillas, confuso.
—¡Padre! —exclamó ella de repente—. Me acuerdo, estoy empezando a recordar… ¡Yo la vi, vi a la niña un día antes! Antes de que apareciera en casa. Tenía el mismo calzado raro…
—¿La viste antes del ataque? ¿¡Dónde!? —se sorprendió el taimu, y rápidamente los tres hombres la rodearon, con ojos ansiosos.
—Antes de ayer, la vi un día antes de tu cumpleaños —le explicó Naminé, tan nerviosa como ellos, agarrando a Denzel de los brazos—. Si ayer, en nuestra época, tu cumpleaños era el día icónico de la semana, yo vi a aquella muchacha el sexto día. Fue por la mañana, por un breve momento.
—¿Así que llevaba en nuestra ciudad al menos desde el sábado? ¿Con tanta anterioridad, para atacarme el domingo? —caviló Denzel para sí mismo, viéndolo muy raro.
—¿Qué? ¿Qué es “sábado” y “domingo”? No es eso lo que he dicho.
—Es el calendario gregoriano —dijo Owen con paciencia—. Hace 60 años que Gran Bretaña lo adoptó.
—Bueno, no vivimos en Gran Bretaña —le espetó su hermana.
—Disculpa, cariño —intervino Denzel—, son los nombres de los días de la semana que se utilizan actualmente. En vuestra época, China aún no ha cambiado al calendario gregoriano. Por favor, continúa.
—A ver —retomó Naminé—. Yo no diría que “estaba en nuestra ciudad con tanta anterioridad del ataque”. Lo que vi fue raro. Yo estaba en el mercadillo del oeste, ya sabéis, justo al lado de la Casa de Té donde trabajo. Aquella mañana teníamos una ceremonia importante, iba a venir a visitar la Casa el General Li Quo. Mientras mis compañeras hacían los preparativos del banquete, yo me fui a buscar a las damas de mantenimiento al mercadillo, donde me dijeron que estaban comprando los víveres. Entonces, la vi a lo lejos. Es como si apareciera de repente desde detrás de un árbol. Enseguida, parecía desubicada. Llevaba puesto un kimono de túnica larga, e iba encapuchada, pero estaba como mal ataviado, como si se lo hubiese puesto con prisa. Por abajo se le veía un calzado llamativo, un calzado de suela blanca y gruesa como el que lleva Link, con la parte superior de color negro y con motivos de un azul intenso, y con cordeles. Me llamó la atención la suela blanca, con ese aspecto tan flexible —señaló de nuevo las zapatillas de Link.
—Hm, calzado así es el más común que he visto por aquí. Así que definitivamente ella es de esta época —comentó Owen.
—¿Estaba desubicada? —se extrañó Denzel.
—Sí, y además pareció enfadarse —asintió Naminé—. Parecía muy alterada. Se acercó directamente a un vendedor, y muy groseramente lo agarró de su solapa y le preguntó qué día era. Cuando el vendedor, asustado, le respondió, la muchacha hizo un gesto brusco, soltó una palabra malsonante y la vi marcharse de vuelta al árbol de la calle junto al que la vi aparecer. Nada más pasar por detrás, ya no la vi. Fue como si se hubiera esfumando en un segundo.
Los otros tres estuvieron a punto de comentar la misma rareza que les vino a la cabeza tras escuchar aquello, pero decidieron quedarse callados. Link, Owen y Denzel cruzaron miradas. Las de Link y Owen eran de gran confusión por un dato que no les cuadraba. Si esa niña realmente era una taimu, dato que aún no se atrevían a dar por sentado al cien por cien, lo de equivocarse de fecha o sentirse desubicada era una torpeza más bien imposible en un taimu. Era como si le dijeran a uno que un delfín era torpe nadando o un halcón torpe volando. La mirada de Denzel, en cambio, era de preocupación, y también de intriga, porque él ya sabía a qué podía deberse esa equivocación de la niña.
—Ese día no la volví a ver. Me quedé muy desconcertada, lo tomé por un suceso extraño, pero enseguida me centré de nuevo en mi trabajo. Y la segunda vez que la vi, para mi sorpresa, claro, fue al día siguiente en tu sala de armas, justo antes de la comida familiar por tu cumpleaños. Pero ya no llevaba el kimono aquel mal puesto, vestía con ropas más ajustadas y negras. Supe que era la misma muchacha del día anterior porque llevaba el mismo calzado que tanto me llamó la atención. Y ya sabéis el resto. Vino el pequeño Daniel a avisarnos dando la voz de alarma —miró un momento a Link—. Fuimos todos hacia la caseta de tu estudio en el jardín y te vimos derrotado en el suelo y a esa niña a punto de rematarte, y luchamos contra ella. En ese momento no me lo explicaba, pero ella… se teletransportaba. Al principio, pensé que la niña era un miembro del Clan Himeh, una ninja, ya que tú tenías problemas con ellos desde hace tiempo, pero no.
—¿Pero no? —repitió Denzel, notando que lo decía muy segura—. Espera, ¿a qué te refieres con “en ese momento no me lo explicaba”? ¿Ahora sí te lo explicas?
—No me explicaba cómo podía tener tu mismo poder, hasta el momento en que Link se lanzó sobre ella y ella cayó al suelo, y el gorro que cubría su cabeza se movió y destapó sus ojos.
—¿¡Le viste los ojos!? —exclamó Denzel, esperando que por fin eso confirmase el resto de evidencias.
—Así es, ella los abrió tras el golpe y yo se los vi en una fracción de segundo. Eran iguales que los tuyos, padre, tus mismos ojos y que los de la abuela Agatha.
—Entonces queda confirmado —dijo Link—. Es una taimu.
Denzel suspiró y se dejó caer sobre una de las sillas del comedor. Por un lado, era un alivio poder tener al fin una evidencia irrefutable que confirmaba sin duda que esa niña era una taimu, pero, por otro lado, esto era motivo de mayor preocupación, no sólo para él y su familia, sino para el mundo entero.
—Estaba desubicada, un día antes del ataque… —caviló Denzel, murmurando para sí mismo—. Preguntó qué día era… Una taimu preguntando qué día es… desubicada en un lugar, y en el tiempo… se equivocó de día… Hmm… Teniendo en cuenta que un taimu es como el GPS y el reloj más perfecto del universo —les comentó a los otros—, me temo que sólo hay una razón que justifique tener fallos de eficacia o de precisión.
—¿Cuál? —se sorprendió Naminé.
—¿Qué narices es un GPS? —dijo Link.
—Es un dispositivo que, mediante la posición de satélites que orbitan el planeta —le explicó su hermano, muy emocionado—, puede reconocer e informarte de en qué coordenadas se ubica en todo el globo…
—Owen, ¿cuántas revistas y libros te has estado leyendo? —le frenó Denzel, molesto—. Te he dicho que pares.
—Cuando uno se encuentra en un lugar nuevo y extraño, lo primero que tiene que hacer es informarse y adaptarse para poder sobrevivir, padre. O eso es lo que siempre nos has dicho.
—Lo único que tenéis que saber para sobrevivir aquí, es qué es un coche, un semáforo, no tocar los enchufes de las paredes y no meter metales en el microondas. Déjate de satélites, Owen, me costará una eternidad borrarte la memoria cuando tenga que borrártela.
—Padre, ¿cuál es esa razón? —interrumpió Naminé—. ¿Qué hace que un taimu tenga fallos de cálculo o carencias en su poder?
Denzel tardó en responder. Tardó bastante rato. Y esto llamó la atención de los otros. Parecía querer contenerse.
—Hahh… —terminó suspirando, resignado—. No debería hablaros de ello. Pero… si queremos avanzar en todo este asunto, supongo que hay que poner todas las cartas sobre la mesa. —Hizo una pausa, en la que sus hijos no apartaban la vista de él, expectantes—. Mirad, cuando esté seguro de esa posibilidad, os lo explicaré con más detalle. Resumidamente, se llama el Pacto taimu. Pero es algo que Agatha y yo tenemos prohibido hacer desde que estamos en la Asociación. Ya sabéis… a los dioses no les gusta mucho la idea de que los humanos hagan pactos con demonios y esas cosas… —se encogió de hombros—. Y a los Zou también les asusta. Que yo lo entiendo, no digo que no esté de acuerdo, claro, pero… no sé, yo hice algunos pactos con humanos cuando era pequeño, y era divertido. Excepto cuando los sacerdotes y párrocos de las iglesias se enteraban y perseguían a mi amo humano temporal para acusarlo, y a mí para acuchillarme con crucifijo en mano…
—¿Pero nos vas a explicar en qué consiste o no? —se impacientó Naminé.
—No. No por ahora. Sólo cuando indaguemos más.
—Estupendo —bufó Link—. Pues el mundo corre un peligro potencial. Hay una pequeña demonio del Tiempo andando libre por ahí sin la vigilancia adecuada, como un tigre salvaje.
—Eh —protestó Denzel, captando ese tono.
—¿Qué? No te ofendas —protestó Link a su vez—. Todos aquí sabemos que los demonios del Tiempo en libertad sois un peligro. Sobre todo por ese detalle de que coméis humanos.
—Pe... ¡Que ya no comemos humanos! —se acabó ofendiendo Denzel—. Primero, era mi única forma de subsistir hasta que los Dioses del Yin establecieron un nuevo método de alimentarnos, transmitiéndonos su propia energía Yin durante nuestro cumpleaños. Segundo, siempre debían ser humanos malos, para absorberles su Yin. Y tercero, sabéis que sólo consistía en morderlos y absorberles tanto su Yin como su tiempo de vida, sólo eso.
—Una vez llegaste a comentar que no es sólo morderlos, sino que también teníais que comer literalmente parte de su cuerpo —le espetó Owen.
—Bueno, sólo un poco… —intentó excusarse.
—Eres ese tipo de criatura que los padres usarían para contarles cuentos de miedo a los niños antes de dormir —corroboró Link.
—Y que saldría en nuestras pesadillas si no fueras nuestro padre —concluyó Naminé.
Denzel se los quedó mirando con una mueca molesta, sintiéndose atacado.
—¿Por qué no os calláis un rato?
—¡Hahah! Tranquilo, te estamos tomando el pelo —se rio Link—. Sabemos que la abuela Agatha y tú tuvisteis unos inicios un tanto oscuros y demoníacos, hasta que decidisteis cambiar y prestar servicio en la Asociación. Pero no podemos decir lo mismo de esa nueva joven taimu —dijo poniéndose serio—. Está claro que no está en el bando del bien. Seguro que vive con su naturaleza primaria y hace cosas malignas, como atacar nuestra casa e intentar matarte, y hacer ese tal Pacto, supuestamente prohibido. Lo que no entendemos es por qué fue a matar al Denzel de nuestra época, si ella es de esta época tuya… ¿por qué no ha ido a atacarte a ti? ¿Por qué al Denzel pasado?
Denzel escuchó esas preguntas, pero miraba hacia otra parte del salón, como queriendo ignorarlas. No comentó nada. Sin embargo, Link, a diferencia de sus hermanos, no interpretó su silencio como un “no tengo ni idea”, sino, más bien, como si su padre en realidad ya se hubiera figurado las respuestas, pero no quería comentarlas con ellos.
Lo que Denzel estaba pensando en este momento, es en la intrusa que la otra noche se coló en su casa e intentó quitarle su anillo mientras dormía, con el aspecto físico de Clover. Seguía sin encajar la posibilidad de que hubiese sido esa taimu desconocida, porque no había forma viable de que hubiera adoptado el aspecto de Clover, y su tamaño de niña pequeña, después de que sus hijos le hubieran descrito a la niña taimu como una muchacha claramente de 12 años como poco. Por mucho que se disfrazara, una niña de 12 años no podía reducir el tamaño de su cuerpo hasta el de una niña de 5. Por eso, para Denzel, lo único que seguía teniendo sentido sobre aquello, es que fue una ilusión visual hecha por un Knive, y en este punto estaba cada vez más convencido de que sólo podía haber sido Jannik.
Todavía no podía relacionar de manera lógica a la intrusa que intentó robarle el anillo la otra noche en su piso con el aspecto de Clover con la intrusa taimu que fue a atacar a su “yo” de hace dos siglos. Pero de lo que no le cabía duda era de que el poder los Knive podía hacer posible muchas cosas.
En ese silencio, Link observó cómo su padre se toqueteaba distraídamente el anillo dorado de su dedo, su alianza de boda. Su padre estaba callando demasiadas cosas, siendo él quien no paraba de insistir en averiguar todo lo posible y poner las cartas sobre la mesa. Aun así, Link decidió actuar como si no estuviera notando nada raro y no hacerle preguntas. Confiaba en su padre. O, al menos, quería confiar en él. Era un Denzel con 200 años de diferencia respecto al padre que él conocía, pero seguían siendo la misma persona, ¿no? ¿Cuánto podía cambiar una persona en dos siglos? Para Link era impensable dudar de él. Pero, por si acaso, no iba a bajar la guardia sobre el comportamiento de su padre, en qué medida iba a ser capaz de sobrellevar todo este asunto sin perder el norte.
—Taimuki —dijo Denzel después de unos minutos; se dirigió a una cómoda y sacó de un cajón tres pequeños móviles de prepago viejos pero que aún funcionaban, y le dio uno a Link, otro a Owen y el otro se lo quedó—. Separémonos. Link por una parte, Owen por otra y tú, Nami, conmigo.
—¿Qué pasa? —se extrañaron Owen y la mujer, mientras a Link se le caía la baba con el aparatito.
—Vamos a buscar a vuestros otros cinco hermanos. Cuanto antes.
—Sin duda —Naminé se levantó de la silla de un brinco—. Me preocupa la pobre An Ju, está de seis meses. Espero que esté con Chris, que es más fuerte físicamente.
—Y Robin es muy pequeño todavía para andar solo por aquí —añadió Denzel—. Por eso hemos de darnos prisa.
—Oye, ¿y nadie se preocupa por James y Lu Kai? —preguntó Link.
—Estando esos dos sueltos por ahí, me preocupa más el resto de la gente —dijo Denzel.
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