Seguidores

2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









41.
Conociendo a la familia (2/3)

—Ven, Yenkis, cuéntanos cosas sobre ti —lo llamó Suzu.

Mientras los otros estaban conversando con el chico, Lao se arrimó a Neuval, observándolos.

—Metí la pata —comentó Lao.

—Qué va —negó Neuval, y dejó salir un suspiro agotado, sin apartar la mirada de Yenkis—. No importa lo que hagamos o el cuidado que tengamos. Tarde o temprano, él iba a descubrir alguno de nuestros secretos, por una vía o por otra.

—Hoy ha pasado algo. ¿Verdad?

Neuval le contó el incidente que Yenkis ocasionó al mediodía, cuando lo llevó a casa y le estaba haciendo la comida.

—Entiendo... —dijo Lao—. Así que el chaval ya ha llegado a este punto. No tenías más remedio que explicarle lo que es un iris, pero… ¿no crees que ya deberías rematarlo contándole todo sobre la Asociación y lo que hacemos? Es decir, qué más da ya, ¿no?

—No. Yenkis no necesita conocer ese mundo. No necesita pertenecer a él.

—Contárselo no implica que tenga que pertenecer a él.

Lao dijo eso, pero Neuval no respondió nada. El viejo notó que estaba algo alterado.

—Neu… —insistió.

—No quiero que Yenkis sea como yo, ¿entiendes? —se giró hacia él de repente, molesto—. No quiero que se convierta en mí.

—¿Qué hay de malo en que siga tus pasos si él quiere? Fuujin, eres un héroe en este mundo.

—¿Un héroe? Como los que destruyen países, ¿no?

—Tú no tienes la culpa de estar enfermo, Neuval. Y por increíble que suene, destruir medio país y tener esporádicas pérdidas de control, esos males que has causado no se pueden ni comparar con la cantidad de cosas buenas que has hecho. Entre ocasionales brotes de majin, no has hecho otra cosa en tu vida que ayudar a los demás, salvarlos, buscar soluciones a problemas humanos. Eres el primero que se va a la otra punta del mundo si una RS de otro país necesita ayuda con una misión. Te has roto los huesos docenas de veces, has recibido balazos y puñaladas y explosiones que de no ser por esa extraordinaria capacidad regenerativa que tienes, cubrirían tu cuerpo de cicatrices. Y todo porque siempre querías estar ahí, frente a la amenaza, para combatirla. ¿Por qué insistes en ver tu lado malo, cuando es mucho más pequeño que tu lado bueno?

Neuval no dijo nada. Se quedó mirando al suelo, pensando en esas palabras.

—Además, el iris de Yenkis no tiene trauma de origen. Por tanto, nunca podrá padecer un majin. Así que, imagina que Yenkis se convierte en alguien como tú pero sin majin. ¡Sería el iris perfecto!

—La vida del iris no es una vida feliz, Lao. Por muy poderoso que Yenkis pudiera llegar a ser, verá cosas terribles… presenciará cosas malas… verá esa cara de la humanidad por la que muchos iris tienen problemas para dormir. No quiero esa vida para él. No quiero que se dedique a eso.

—Bueno, el problema de eso es que tú no puedes decidir por él a qué dedicarse en la vida. Neu, lo único que puedes hacer es enseñarle cómo es el mundo, prepararlo, y dejarle elegir su camino. Ocultarle una parte del mundo es influir en su elección. Y tú odias eso. Cuando alguien manipula la libre elección de alguien. Y lo mismo ocurre con Cleven. ¿Vas a dejarla al margen? ¿Vas a hacer que ella sea el único miembro de esta familia que no sabe que existe esta familia?

—Papá… —le interrumpió Neuval, pellizcándose el entrecejo—. Hoy estoy teniendo uno de los días más largos de toda mi vida, y sólo son las seis de la tarde. Así que, por favor.

Lao suspiró. Es verdad que Neuval parecía realmente agotado. Hoy había tenido que lidiar con mucho: el ataque de ex-almaati a su despacho, la hija de Denzel y sus bolsazos, Hana, Lex, Yenkis, el propio Lao… El viejo se acercó a él una vez más y le cubrió los hombros con su brazo, dándole un apretón conciliador.

—Dime. ¿Qué tienes pensado hacer con el chico ahora que ha manifestado un dominio?

—Acudir al Fuu de Pipi.

—Ah… —se sorprendió Lao—. ¿No estaba de gira por Japón?

—Ya ha terminado.

—Pero ¿crees que Haru sabrá enseñarle adecuadamente?

—Haru es un excelente Fuujin-san —afirmó Neuval.

—Una cosa no tiene que ver con la otra. Haru es un iris sobresaliente, sí, pero a veces puede ser una persona un poco… excéntrica.

—¿Más que yo? —sonrió.

—Hm… —Lao miró un momento a un lado—. También es verdad. Pero instruir a un iris principiante a dominar su elemento es tarea de los Zou.

—Haru solamente le enseñará el control básico. Y sé que podrá hacerlo. Además, Yenkis es muy fan de él. Haru es uno de sus ídolos musicales, si es que no es ya su mayor ídolo.

—Ya veremos si sigue siendo su fan después del primer día de instrucción.

—Ah, mamá... —Neuval levantó la vista de pronto a las espaldas de Lao.

Al viejo se le puso la piel de gallina y se puso firme al instante, haciéndose el tonto y mirando a las musarañas. La mujer, de porte elegante con un largo chaquetón marrón, con su pelo cano y corto, sus ojos cándidos y cara redondita, les dedicó una gran sonrisa. Lao no pudo evitar observarla de reojo. Ay, esas arrugas tan bonitas que se le formaban en los ojos al sonreír...

—Siento mucho llegar tarde —se disculpó Ming Jie, dejando que Neuval la abrazara hasta hacerle crujir los huesos.

—Siendo directora de cáterin te sobran las disculpas —le dijo Neuval—. Es un trabajo muy pesado.

—Hola, Ming Jie —la saludó Suzu, dándole un abrazo.

—Querida, qué guapa estás. Mei Ling, Kyo —los llamó.

—¿Qué tal, abuela? —la saludaron con otro abrazo.

Yenkis se pegó a la pierna de su padre y observó a esa mujer con asombro. Se fijó en la calidez y cercanía que irradiaba sólo con sonreír. Cuando Mei Ling y Kyo se despegaron de ella, Ming Jie desvió la vista hacia Lao, sin borrar su sonrisa.

—Lian, ¿cómo estás?

Lao se puso rojo como un adolescente y miró al suelo, mudo. Sin embargo, Neuval le pegó un pisotón y reprimió una exclamación de dolor.

—Ah... eh... bien —contestó, y carraspeó un poco para recuperar su voz grave, pues le había salido una vocecilla ridícula—. Muy bien.

—Mamá, mira quién está aquí —le dijo Neuval, empujando a Yenkis hacia delante.

—Cielo santo, ¡pero si es Yenkis!, con sus inconfundibles ojos grises —se asombró, tomándolo de las mejillas—. Pero cómo has crecido. Cómo me alegra verte. Oooh, cielo, eres idéntico a tu padre cuando tenía tu edad, tan adorable...

—En… encantado —sonrió tímido.

Ming Jie levantó la vista para mirar a Neuval fijamente, disimulando una cara confusa que, sin embargo, Neuval captó, y activó la telepatía. «“Ya ha descubierto que sois mi familia. Y he tenido que explicarle algunas cosas”» oyó Ming Jie en su mente la voz de Neuval.

«Ya veo. Pero ¿está todo bien? ¿Hasta dónde sabe? ¿Por qué ha pasado esto?».

«“Te lo contaré en otro momento. Pero me he visto obligado a contarle a Yenkis qué es el iris, y… quiénes sois vosotros y parte de mi pasado. Sólo eso, así que prefiero seguir manteniendo el tema de la Asociación en secreto. Por ahora, todo está bien. El propio Yenkis me ha pedido venir aquí”».

«No te voy a negar que esta noticia me alegra, Neu. Por supuesto, apoyo que quieras mantener todavía en secreto algunas cosas ante Yenkis y Cleven si así viven tranquilos y a salvo, pero que haya surgido este imprevisto y que por ahora no suponga ningún problema… que hayas traído aquí a tu pequeño con nosotros… no sabes lo feliz que me hace poder volver a ser su abuela» le comunicó con una sonrisa radiante. Neuval también lo hizo al verla tan contenta.

Mientras compartía un cálido abrazo con Yenkis, Ming Jie volvió a mirar a Neuval. «Cielo, ¿y tú cómo estás? Te noto distinto. Veo que tu regreso a la Asociación te ha devuelto el espíritu. Dime, ¿Hana se encuentra mejor?».

«“Espera, ¿qué?”» se sorprendió Neuval, «“¿Cómo sabes…?”».

«He hablado por teléfono con Lex hace un par de horas. Para invitarle a venir aquí con nosotros».

«“Ah… Y se ha negado porque estoy yo, ¿verdad?”».

«No, cariño, no puede venir porque ahora está salvándole la vida a una paciente con un tumor cerebral. Hoy a las cinco tenía programada una cirugía larga. Me ha comentado lo que ha sucedido con Hana. Neuval, estoy orgullosa de tu decisión. Sé que no ha sido fácil. Pero también estoy orgullosa de Hana, por aceptarlo todo y seguir contigo. Hoy iba a ser un día duro y triste para mí. Pero he recibido estas dos maravillosas novedades. No puedo esperar para contárselas a tu hermano».

Neuval sonrió algo triste, pero también complacido por las palabras de su madre. Entonces, Suzu cogió a Ming Jie de la mano, haciendo un gesto para que fuesen ya al templete. Ambas fueron por delante, seguidas de Mei Ling, Kyo y Lao, y detrás fueron Neuval y Yenkis.

—¿Entonces esa señora es la mujer del abuelo Lian? —preguntó Yenkis en voz baja a su padre.

—Ah... —titubeó Neuval—. Bueno, verás, los dos se divorciaron hace diez años.

—¿Qué? —se sorprendió—. Ya decía yo que el abuelo actuaba un poco distante. Has dicho hace diez años, ¿tiene que ver con la muerte de tu hermano?

—Sí, sobre todo —contestó con una sonrisa triste—. Ella no pudo soportarlo y… con unas cosas y otras, quiso divorciarse.

—¿Pero ya no se quieren? —se apenó.

—Heheh... En verdad Lao sigue tan loco por ella como cuando la conoció. Míralo tú mismo, camina como un robot borrico cuando ella está cerca —lo señaló—. Y ella también le quiere, en el fondo. Es complicado, cuando seas un poco mayor lo entenderás.

—Típica frase de un padre al que le da pereza explicar las complicaciones de la vida —bufó Yenkis.

Los siete subieron la escalerita de piedra y pasaron bajo el tejadillo soportado por pequeñas columnas rojas. Cuando Yenkis pasó al interior, una pequeña estancia circular pero lo suficientemente grande para diez personas apretadas dentro, se quedó asombrado. Era la primera vez que entraba en uno de esos. El techo cónico se alzaba alto, y al ser negro, ni siquiera las tres antorchas que encendió Lao –con su mechero, recordando que Yenkis estaba ahí– hacían visible su ubicación exactamente. Ming Jie, por su parte, encendió unos inciensos en un par de balanzas doradas que colgaban del techo adornadas con la estatuilla de un dragón.

Con ellos en el centro, un semicírculo de lápidas gris oscuro perfectamente pulidas y brillantes a la luz del fuego, con sus grabados en chino indicando a quién pertenecían y alguna que otra frase que los definía, se expandía frente a ellos. Todos eran antepasados de Ming Jie. Nunca nadie supo quiénes fueron los de Kei Lian, es como si nunca hubiesen existido.

Suzu cogió unos cojines y los colocó ordenadamente en el suelo, entonces se arrodillaron sobre ellos. Yenkis los imitó, observando con curiosidad. Mientras se quitaban los abrigos y se preparaban, Lao seguía de pie para dirigirse un momento a una de las lápidas, la de Kai Shen Lao, su hermano gemelo, al que perdió a los 10 años de edad y cuya muerte ya vengó hace tiempo. Le dedicó un saludo, juntando las palmas de las manos, y después hizo lo mismo con la de Yousuke, cerca de la otra.

Kyo lo miró por el rabillo del ojo, apesadumbrado. Él se sentía aún impotente para mirar a la lápida de You, así que volvió la vista al frente. A Suzu le pasaba igual, y a Mei Ling. Cuando Lao se arrodilló en su cojín, todos juntaron las palmas de las manos y cerraron los ojos, de cara a la lápida de Sai.

Yenkis, apurado, tiró de la manga de su padre.

—¿Qué hay que hacer? —susurró.

—Lo que hacemos cada uno es hablarle y seguir deseándole suerte en su travesía, y también revivir con él los recuerdos felices. Aunque tú no te acuerdes de él, puedes decir y hacer lo que quieras. Tú también puedes hablarle, si quieres. Es una tradición muy importante, aunque ahora no lo veas así. Vamos a estar unos minutos en silencio. ¿Esperarás?

—Claro —asintió firmemente, y cerró los ojos para unirse a los demás.

Neuval también cerró los ojos, y comenzaron a proyectarse en su mente cientos de imágenes y recuerdos. Pronto se sumergió como en un feliz sueño, reviviendo el pasado, hechos que conservaba en la memoria que le hacían sentirse de nuevo en esos tiempos. No tenían por qué ser recuerdos importantes y significativos, sólo algunas cosas que le hacían sonreír...


Un 20 de julio, en la década de los 70, en Hong Kong...

«Asustado. Así se sentía por lo que se pudiera encontrar en su nuevo hogar, un hogar desconocido compuesto por tres personas. Pero no era el desconocimiento por el hogar, o la casa, o las personas con las que iba a comenzar a convivir, sino por el desconocimiento del futuro. ¿Qué iba a pasar a partir de ahora, en el inicio definitivo de una nueva vida, de una insólita oportunidad, tan inesperada, tan brillante? ¿De verdad sería este el primer paso del camino correcto? Por mucho que se hiciera estas preguntas, una enorme parte de él estaba convencido de que sí. Lo deseaba con fuerza, poderosamente, que este fuera al fin su lugar en el mundo, después de 10 años perdido.

Su vida en París no había sido exactamente placentera desde que nació. Su viaje de siete meses por el mundo no había sido un camino de rosas. Y lo que vivió hace una semana… el infierno por el que tuvo que pasar aquella noche… cuando lo secuestraron, lo drogaron, lo golpearon, lo vendieron a un monstruo… Había estado los últimos días recuperándose en esa clínica donde Lao lo dejó y quería hacer todo lo posible por no pensar más en ello, no recordarlo más. Sólo quería dejar de sentirse mal, de pensar en las cosas malas, de temer a cada segundo… sólo quería estar tranquilo, por una maldita vez, sentirse bien y a salvo.

Como ahora mismo. Ahora mismo se sentía así. Iba caminando por las calles de Hong Kong por detrás de Lao. Todas las veces que había estado con él, sobre todo como ahora, paseando por las calles, habían sido las únicas veces en las que se había sentido a salvo.

Pero tenía miedo, no un miedo malo, sino un miedo inevitable, natural, lógico, originado por los nervios evidentes. Iba a ser adoptado. Iba a ser, nuevamente, el hijo de alguien y el hermano de alguien. Lao ya tuvo con él una muy larga conversación en la que no había podido dejárselo más claro y más garantizado. Todavía no había conocido a su mujer y a su hijo ni estos a él, y aun así Lao le aseguraba que ellos ya le aceptaban. Ya le querían. Pero ¿cómo diantres iban a querer a alguien que aún no conocían? ¿Por qué Lao estaba tan seguro, cómo podía saberlo?

Pero es que Lao sabía muy bien con quién se había casado, y con qué mentalidad habían educado a su hijo. Y es que los Lao, siempre, siempre, siempre, anteponían la familia por encima de todo. Y la familia no se forjaba con la sangre, sino con los vínculos de amor y respeto, las experiencias compartidas y los sentimientos cultivados entre ellos. Así es como Lao se lo explicó a él.

Observó a Lao en silencio una vez más, caminando detrás de él, por una zona donde había unos altos y grandes edificios en construcción. Era un tipo enorme que asustaba a primera vista, como le pasó la primera vez que lo vio. Pero entonces Lao giraba la cabeza, y lo miraba con esos ojos negros, los ojos más cálidos del mundo, con la sonrisa más tierna del mundo, y le tendía una de sus grandes y fuertes manos, y se convertía en el tipo que menos asustaba en el mundo.

Le agarró la mano que le tendía, viendo que se quedaba atrás todo el tiempo porque Lao tenía una zancada amplia. El hombre lo miró una vez más, por encima del hombro y a través de sus cabellos negros alborotados que le tapaban parte de la cara, y con un cigarrillo sujeto a los labios. Le sonrió, otra vez, y le apretó la mano, notando lo inquieto que estaba.

—Tranquiiiilo, por enésima vez —le habló en francés—. Vas a estar bien.

—Ya te dije que lo que me preocupa es que ellos estén bien —se defendió Neuval—. Espero que no te hayan dicho que aceptan esta situación sólo por ser amables, y en el fondo intenten ocultar que en realidad les molesta esta situación, y se han resignado a aceptarla porque se ven obligados por ser buenas personas y…

—¡Oh! —de repente Lao se detuvo y se inclinó hacia él, ya que le sacaba cinco cabezas—. ¿Qué tal si te compro un helado, para que así tengas la boca ocupada en algo más productivo que las sandeces que estás diciendo?

—¡Lao, que no estoy de broma! —se enfadó el niño.

—Ese es el problema, chaval. Te hace falta estar de broma más a menudo y dejar de crearte dramas a ti mismo. Créeme, la vida te tiene preparados muchos, muuuuuchos dramas todavía por llegar. Así que procura no añadirte tú más a ti mismo —le dio un toquecito en la frente con la punta del dedo.

—¿Y si se me cruzan los cables, y si a mi iris ese le da un cortocircuito y me vuelvo tarumba?

—¿Ta… rumba? —repitió Lao, confuso, pues no conocía esa palabra en francés.

—¡Loco de remate!

—Oh —entendió—. Vamos a ver —se puso de cuclillas para ponerse a su altura—. ¿Qué te dijo ayer mi amigo, el ciego, cuando te visitó en la clínica y te examinó la mente?

Neuval suspiró.

—Que al haber estado tantos meses con un iris sin tratar se ha producido un desajuste energético por el cual Alvion no consigue establecer una conexión sana y completa con mi iris y que por eso tengo que estar 10 meses bajo el tratamiento de este Sello —levantó una mano y mostró un tatuaje pequeño, negro, hecho de energía y no de tinta, en el interior de su muñeca— diseñado para mitigar temporalmente los episodios de descontrol emocional en iris tohum que tienen casos muy especiales de trauma, hasta que la energía de mi iris se vuelva más dócil y Alvion pueda conectarse a mí y así pueda por fin ir al Monte Zou a realizar mi entrenamiento.

Lao se quedó mudo un momento.

—Caray, sí que tienes buena memoria para todo.

—Sólo memorizo lo que quiero. Me llamó la atención que uséis el término tohum, conozco esa palabra turca, es “semilla”.

—Así se llama a los iris que todavía tienen la luz del ojo gris y no han adquirido aún el dominio completo de un elemento. Bueno, pues te has contestado a ti mismo, Neu. Este Sello que Denzel te ha puesto fue diseñado por la misma persona que creó nuestra Marca —se levantó un poco la camiseta para enseñarle en su costado el tatuaje iris—. Como es temporal, es un tratamiento que sólo se puede usar una vez en un iris tohum, en un periodo de 10 meses máximo. Así que, vas a tener que estar 10 meses viviendo en casa con nosotros, y después, Alvion ya se podrá conectar a ti y podrás empezar tu entrenamiento de un año. ¿No te parece mejor así? De esta forma, tendrás tiempo de sobra para aclimatarte a tu nueva casa, y a esta ciudad… a aprender el idioma… y a tu nueva familia —le sonrió.

—Pero… ¿la creación de este Sello significa que casos como el mío ya se han dado antes?

—No… bueno… No como el tuyo. Tu caso es único. Este Sello se ideó para aquellas personas que, justo al convertirse en iris, en lugar de generar una energía caótica pero perfectamente gris, con 50 % de energía blanca y 50 % de energía negra, generan una energía caótica que es un poquito más oscura, es decir, que la energía negra supera a la blanca en un 5 o en un 10 %. El Sello lo que hace es equilibrarlas hasta que ambas estén iguales, al 50 %, de manera fija. Ahí es cuando Alvion ya puede conectarse a la mente de esa persona. Tú… bueno… tu energía negra resulta que está un poquito más alta de lo esperado. La energía de tu iris es de un gris oscuro, Denzel estimó que tiene un 25 % más de energía negra que de blanca. Pero por eso tu tratamiento nada más necesita ser un poco más largo de lo que ha sido para otros iris.

—¿Y de verdad hará que no se me crucen los cables durante 10 meses y pierda la cabeza y de repente me despierte en medio de un destrozo?

—Te lo prometo, Neu —le posó una mano en la cabeza—. Estaremos a salvo contigo, y tú con nosotros. Nos ayudan las personas más poderosas y más sabias del mundo. Ellos saben más que nadie.

El niño acabó relajando los músculos, un lujo que se permitía muy pocas veces. Las palabras de Lao le reconfortaban mucho.

—Lao —lo llamó, con tono muy serio.

—Dime —sonrió.

—Perdóname. Por haber perdido en aquel lugar las zapatillas que me regalaste. No pude recuperarlas, seguro que acabaron quemándose con el incendio y…

—Neuval… —Lao respiró profundamente, cerrando los ojos con paciencia—. Hoy mismo vamos a empezar a trabajar por remediar ese persistente sentimiento de culpabilidad mal encauzado que tienes. Vas a aprender a dejar de culpabilizarte por cosas que no son culpa tuya, y a dejar de responsabilizarte de cosas que no son tu responsabilidad. Dime, a ver, ¿quién te quitó las zapatillas?

—La mujer que me aseó, dejé que me las quitara…

—¡Ah, ah! —le interrumpió, levantando un dedo—. Repite conmigo: “Una sucia criminal me quitó mis zapatillas sin mi permiso”.

—Una… sucia criminal me quitó mis zapatillas sin mi permiso.

—“Perdí mis zapatillas por culpa de unos miserables monstruos que no merecían seguir viviendo”.

—Perdí mis zapatillas por culpa de unos miserables monstruos que no merecían seguir viviendo.

—“Que además me hicieron cosas horribles que yo no merecía, a mí y a otros niños. Yo… no… soy… responsable de las cosas malas que otros deciden hacer”.

Neuval se quedó callado unos segundos. Lao seguía mirándolo fijamente, sin parpadear, presionándole.

—Yo no soy responsable… de las cosas malas que otros deciden hacer —acabó diciendo el niño, y después se le escapó un suspiro. De repente se sentía más ligero.

—“Merezco unas zapatillas nuevas. Salvé la vida de los otros niños poniendo en riesgo la mía. Tengo un gran corazón. Merezco ser feliz” —concluyó Lao, y volvió a mirarlo en silencio, esperando que lo repitiera.

Pero Neuval no pudo. Se le formó un nudo en la garganta, y se le humedecieron los ojos. Lao entonces lo abrazó y el niño también lo hizo.

Cuando ya se calmó un poco, Lao, contento, volvió a emprender la marcha. Llegaron hasta una bonita zona residencial, de edificios un poco altos, con balcones, jardines, carreteras limpias… Se metieron en un portal y subieron por un ascensor. Neuval estaba más calmado respecto al problema de su iris, pero no por los nervios inevitables y comprensibles de conocer por primera vez a Ming Jie y a Sai.»









41.
Conociendo a la familia (2/3)

—Ven, Yenkis, cuéntanos cosas sobre ti —lo llamó Suzu.

Mientras los otros estaban conversando con el chico, Lao se arrimó a Neuval, observándolos.

—Metí la pata —comentó Lao.

—Qué va —negó Neuval, y dejó salir un suspiro agotado, sin apartar la mirada de Yenkis—. No importa lo que hagamos o el cuidado que tengamos. Tarde o temprano, él iba a descubrir alguno de nuestros secretos, por una vía o por otra.

—Hoy ha pasado algo. ¿Verdad?

Neuval le contó el incidente que Yenkis ocasionó al mediodía, cuando lo llevó a casa y le estaba haciendo la comida.

—Entiendo... —dijo Lao—. Así que el chaval ya ha llegado a este punto. No tenías más remedio que explicarle lo que es un iris, pero… ¿no crees que ya deberías rematarlo contándole todo sobre la Asociación y lo que hacemos? Es decir, qué más da ya, ¿no?

—No. Yenkis no necesita conocer ese mundo. No necesita pertenecer a él.

—Contárselo no implica que tenga que pertenecer a él.

Lao dijo eso, pero Neuval no respondió nada. El viejo notó que estaba algo alterado.

—Neu… —insistió.

—No quiero que Yenkis sea como yo, ¿entiendes? —se giró hacia él de repente, molesto—. No quiero que se convierta en mí.

—¿Qué hay de malo en que siga tus pasos si él quiere? Fuujin, eres un héroe en este mundo.

—¿Un héroe? Como los que destruyen países, ¿no?

—Tú no tienes la culpa de estar enfermo, Neuval. Y por increíble que suene, destruir medio país y tener esporádicas pérdidas de control, esos males que has causado no se pueden ni comparar con la cantidad de cosas buenas que has hecho. Entre ocasionales brotes de majin, no has hecho otra cosa en tu vida que ayudar a los demás, salvarlos, buscar soluciones a problemas humanos. Eres el primero que se va a la otra punta del mundo si una RS de otro país necesita ayuda con una misión. Te has roto los huesos docenas de veces, has recibido balazos y puñaladas y explosiones que de no ser por esa extraordinaria capacidad regenerativa que tienes, cubrirían tu cuerpo de cicatrices. Y todo porque siempre querías estar ahí, frente a la amenaza, para combatirla. ¿Por qué insistes en ver tu lado malo, cuando es mucho más pequeño que tu lado bueno?

Neuval no dijo nada. Se quedó mirando al suelo, pensando en esas palabras.

—Además, el iris de Yenkis no tiene trauma de origen. Por tanto, nunca podrá padecer un majin. Así que, imagina que Yenkis se convierte en alguien como tú pero sin majin. ¡Sería el iris perfecto!

—La vida del iris no es una vida feliz, Lao. Por muy poderoso que Yenkis pudiera llegar a ser, verá cosas terribles… presenciará cosas malas… verá esa cara de la humanidad por la que muchos iris tienen problemas para dormir. No quiero esa vida para él. No quiero que se dedique a eso.

—Bueno, el problema de eso es que tú no puedes decidir por él a qué dedicarse en la vida. Neu, lo único que puedes hacer es enseñarle cómo es el mundo, prepararlo, y dejarle elegir su camino. Ocultarle una parte del mundo es influir en su elección. Y tú odias eso. Cuando alguien manipula la libre elección de alguien. Y lo mismo ocurre con Cleven. ¿Vas a dejarla al margen? ¿Vas a hacer que ella sea el único miembro de esta familia que no sabe que existe esta familia?

—Papá… —le interrumpió Neuval, pellizcándose el entrecejo—. Hoy estoy teniendo uno de los días más largos de toda mi vida, y sólo son las seis de la tarde. Así que, por favor.

Lao suspiró. Es verdad que Neuval parecía realmente agotado. Hoy había tenido que lidiar con mucho: el ataque de ex-almaati a su despacho, la hija de Denzel y sus bolsazos, Hana, Lex, Yenkis, el propio Lao… El viejo se acercó a él una vez más y le cubrió los hombros con su brazo, dándole un apretón conciliador.

—Dime. ¿Qué tienes pensado hacer con el chico ahora que ha manifestado un dominio?

—Acudir al Fuu de Pipi.

—Ah… —se sorprendió Lao—. ¿No estaba de gira por Japón?

—Ya ha terminado.

—Pero ¿crees que Haru sabrá enseñarle adecuadamente?

—Haru es un excelente Fuujin-san —afirmó Neuval.

—Una cosa no tiene que ver con la otra. Haru es un iris sobresaliente, sí, pero a veces puede ser una persona un poco… excéntrica.

—¿Más que yo? —sonrió.

—Hm… —Lao miró un momento a un lado—. También es verdad. Pero instruir a un iris principiante a dominar su elemento es tarea de los Zou.

—Haru solamente le enseñará el control básico. Y sé que podrá hacerlo. Además, Yenkis es muy fan de él. Haru es uno de sus ídolos musicales, si es que no es ya su mayor ídolo.

—Ya veremos si sigue siendo su fan después del primer día de instrucción.

—Ah, mamá... —Neuval levantó la vista de pronto a las espaldas de Lao.

Al viejo se le puso la piel de gallina y se puso firme al instante, haciéndose el tonto y mirando a las musarañas. La mujer, de porte elegante con un largo chaquetón marrón, con su pelo cano y corto, sus ojos cándidos y cara redondita, les dedicó una gran sonrisa. Lao no pudo evitar observarla de reojo. Ay, esas arrugas tan bonitas que se le formaban en los ojos al sonreír...

—Siento mucho llegar tarde —se disculpó Ming Jie, dejando que Neuval la abrazara hasta hacerle crujir los huesos.

—Siendo directora de cáterin te sobran las disculpas —le dijo Neuval—. Es un trabajo muy pesado.

—Hola, Ming Jie —la saludó Suzu, dándole un abrazo.

—Querida, qué guapa estás. Mei Ling, Kyo —los llamó.

—¿Qué tal, abuela? —la saludaron con otro abrazo.

Yenkis se pegó a la pierna de su padre y observó a esa mujer con asombro. Se fijó en la calidez y cercanía que irradiaba sólo con sonreír. Cuando Mei Ling y Kyo se despegaron de ella, Ming Jie desvió la vista hacia Lao, sin borrar su sonrisa.

—Lian, ¿cómo estás?

Lao se puso rojo como un adolescente y miró al suelo, mudo. Sin embargo, Neuval le pegó un pisotón y reprimió una exclamación de dolor.

—Ah... eh... bien —contestó, y carraspeó un poco para recuperar su voz grave, pues le había salido una vocecilla ridícula—. Muy bien.

—Mamá, mira quién está aquí —le dijo Neuval, empujando a Yenkis hacia delante.

—Cielo santo, ¡pero si es Yenkis!, con sus inconfundibles ojos grises —se asombró, tomándolo de las mejillas—. Pero cómo has crecido. Cómo me alegra verte. Oooh, cielo, eres idéntico a tu padre cuando tenía tu edad, tan adorable...

—En… encantado —sonrió tímido.

Ming Jie levantó la vista para mirar a Neuval fijamente, disimulando una cara confusa que, sin embargo, Neuval captó, y activó la telepatía. «“Ya ha descubierto que sois mi familia. Y he tenido que explicarle algunas cosas”» oyó Ming Jie en su mente la voz de Neuval.

«Ya veo. Pero ¿está todo bien? ¿Hasta dónde sabe? ¿Por qué ha pasado esto?».

«“Te lo contaré en otro momento. Pero me he visto obligado a contarle a Yenkis qué es el iris, y… quiénes sois vosotros y parte de mi pasado. Sólo eso, así que prefiero seguir manteniendo el tema de la Asociación en secreto. Por ahora, todo está bien. El propio Yenkis me ha pedido venir aquí”».

«No te voy a negar que esta noticia me alegra, Neu. Por supuesto, apoyo que quieras mantener todavía en secreto algunas cosas ante Yenkis y Cleven si así viven tranquilos y a salvo, pero que haya surgido este imprevisto y que por ahora no suponga ningún problema… que hayas traído aquí a tu pequeño con nosotros… no sabes lo feliz que me hace poder volver a ser su abuela» le comunicó con una sonrisa radiante. Neuval también lo hizo al verla tan contenta.

Mientras compartía un cálido abrazo con Yenkis, Ming Jie volvió a mirar a Neuval. «Cielo, ¿y tú cómo estás? Te noto distinto. Veo que tu regreso a la Asociación te ha devuelto el espíritu. Dime, ¿Hana se encuentra mejor?».

«“Espera, ¿qué?”» se sorprendió Neuval, «“¿Cómo sabes…?”».

«He hablado por teléfono con Lex hace un par de horas. Para invitarle a venir aquí con nosotros».

«“Ah… Y se ha negado porque estoy yo, ¿verdad?”».

«No, cariño, no puede venir porque ahora está salvándole la vida a una paciente con un tumor cerebral. Hoy a las cinco tenía programada una cirugía larga. Me ha comentado lo que ha sucedido con Hana. Neuval, estoy orgullosa de tu decisión. Sé que no ha sido fácil. Pero también estoy orgullosa de Hana, por aceptarlo todo y seguir contigo. Hoy iba a ser un día duro y triste para mí. Pero he recibido estas dos maravillosas novedades. No puedo esperar para contárselas a tu hermano».

Neuval sonrió algo triste, pero también complacido por las palabras de su madre. Entonces, Suzu cogió a Ming Jie de la mano, haciendo un gesto para que fuesen ya al templete. Ambas fueron por delante, seguidas de Mei Ling, Kyo y Lao, y detrás fueron Neuval y Yenkis.

—¿Entonces esa señora es la mujer del abuelo Lian? —preguntó Yenkis en voz baja a su padre.

—Ah... —titubeó Neuval—. Bueno, verás, los dos se divorciaron hace diez años.

—¿Qué? —se sorprendió—. Ya decía yo que el abuelo actuaba un poco distante. Has dicho hace diez años, ¿tiene que ver con la muerte de tu hermano?

—Sí, sobre todo —contestó con una sonrisa triste—. Ella no pudo soportarlo y… con unas cosas y otras, quiso divorciarse.

—¿Pero ya no se quieren? —se apenó.

—Heheh... En verdad Lao sigue tan loco por ella como cuando la conoció. Míralo tú mismo, camina como un robot borrico cuando ella está cerca —lo señaló—. Y ella también le quiere, en el fondo. Es complicado, cuando seas un poco mayor lo entenderás.

—Típica frase de un padre al que le da pereza explicar las complicaciones de la vida —bufó Yenkis.

Los siete subieron la escalerita de piedra y pasaron bajo el tejadillo soportado por pequeñas columnas rojas. Cuando Yenkis pasó al interior, una pequeña estancia circular pero lo suficientemente grande para diez personas apretadas dentro, se quedó asombrado. Era la primera vez que entraba en uno de esos. El techo cónico se alzaba alto, y al ser negro, ni siquiera las tres antorchas que encendió Lao –con su mechero, recordando que Yenkis estaba ahí– hacían visible su ubicación exactamente. Ming Jie, por su parte, encendió unos inciensos en un par de balanzas doradas que colgaban del techo adornadas con la estatuilla de un dragón.

Con ellos en el centro, un semicírculo de lápidas gris oscuro perfectamente pulidas y brillantes a la luz del fuego, con sus grabados en chino indicando a quién pertenecían y alguna que otra frase que los definía, se expandía frente a ellos. Todos eran antepasados de Ming Jie. Nunca nadie supo quiénes fueron los de Kei Lian, es como si nunca hubiesen existido.

Suzu cogió unos cojines y los colocó ordenadamente en el suelo, entonces se arrodillaron sobre ellos. Yenkis los imitó, observando con curiosidad. Mientras se quitaban los abrigos y se preparaban, Lao seguía de pie para dirigirse un momento a una de las lápidas, la de Kai Shen Lao, su hermano gemelo, al que perdió a los 10 años de edad y cuya muerte ya vengó hace tiempo. Le dedicó un saludo, juntando las palmas de las manos, y después hizo lo mismo con la de Yousuke, cerca de la otra.

Kyo lo miró por el rabillo del ojo, apesadumbrado. Él se sentía aún impotente para mirar a la lápida de You, así que volvió la vista al frente. A Suzu le pasaba igual, y a Mei Ling. Cuando Lao se arrodilló en su cojín, todos juntaron las palmas de las manos y cerraron los ojos, de cara a la lápida de Sai.

Yenkis, apurado, tiró de la manga de su padre.

—¿Qué hay que hacer? —susurró.

—Lo que hacemos cada uno es hablarle y seguir deseándole suerte en su travesía, y también revivir con él los recuerdos felices. Aunque tú no te acuerdes de él, puedes decir y hacer lo que quieras. Tú también puedes hablarle, si quieres. Es una tradición muy importante, aunque ahora no lo veas así. Vamos a estar unos minutos en silencio. ¿Esperarás?

—Claro —asintió firmemente, y cerró los ojos para unirse a los demás.

Neuval también cerró los ojos, y comenzaron a proyectarse en su mente cientos de imágenes y recuerdos. Pronto se sumergió como en un feliz sueño, reviviendo el pasado, hechos que conservaba en la memoria que le hacían sentirse de nuevo en esos tiempos. No tenían por qué ser recuerdos importantes y significativos, sólo algunas cosas que le hacían sonreír...


Un 20 de julio, en la década de los 70, en Hong Kong...

«Asustado. Así se sentía por lo que se pudiera encontrar en su nuevo hogar, un hogar desconocido compuesto por tres personas. Pero no era el desconocimiento por el hogar, o la casa, o las personas con las que iba a comenzar a convivir, sino por el desconocimiento del futuro. ¿Qué iba a pasar a partir de ahora, en el inicio definitivo de una nueva vida, de una insólita oportunidad, tan inesperada, tan brillante? ¿De verdad sería este el primer paso del camino correcto? Por mucho que se hiciera estas preguntas, una enorme parte de él estaba convencido de que sí. Lo deseaba con fuerza, poderosamente, que este fuera al fin su lugar en el mundo, después de 10 años perdido.

Su vida en París no había sido exactamente placentera desde que nació. Su viaje de siete meses por el mundo no había sido un camino de rosas. Y lo que vivió hace una semana… el infierno por el que tuvo que pasar aquella noche… cuando lo secuestraron, lo drogaron, lo golpearon, lo vendieron a un monstruo… Había estado los últimos días recuperándose en esa clínica donde Lao lo dejó y quería hacer todo lo posible por no pensar más en ello, no recordarlo más. Sólo quería dejar de sentirse mal, de pensar en las cosas malas, de temer a cada segundo… sólo quería estar tranquilo, por una maldita vez, sentirse bien y a salvo.

Como ahora mismo. Ahora mismo se sentía así. Iba caminando por las calles de Hong Kong por detrás de Lao. Todas las veces que había estado con él, sobre todo como ahora, paseando por las calles, habían sido las únicas veces en las que se había sentido a salvo.

Pero tenía miedo, no un miedo malo, sino un miedo inevitable, natural, lógico, originado por los nervios evidentes. Iba a ser adoptado. Iba a ser, nuevamente, el hijo de alguien y el hermano de alguien. Lao ya tuvo con él una muy larga conversación en la que no había podido dejárselo más claro y más garantizado. Todavía no había conocido a su mujer y a su hijo ni estos a él, y aun así Lao le aseguraba que ellos ya le aceptaban. Ya le querían. Pero ¿cómo diantres iban a querer a alguien que aún no conocían? ¿Por qué Lao estaba tan seguro, cómo podía saberlo?

Pero es que Lao sabía muy bien con quién se había casado, y con qué mentalidad habían educado a su hijo. Y es que los Lao, siempre, siempre, siempre, anteponían la familia por encima de todo. Y la familia no se forjaba con la sangre, sino con los vínculos de amor y respeto, las experiencias compartidas y los sentimientos cultivados entre ellos. Así es como Lao se lo explicó a él.

Observó a Lao en silencio una vez más, caminando detrás de él, por una zona donde había unos altos y grandes edificios en construcción. Era un tipo enorme que asustaba a primera vista, como le pasó la primera vez que lo vio. Pero entonces Lao giraba la cabeza, y lo miraba con esos ojos negros, los ojos más cálidos del mundo, con la sonrisa más tierna del mundo, y le tendía una de sus grandes y fuertes manos, y se convertía en el tipo que menos asustaba en el mundo.

Le agarró la mano que le tendía, viendo que se quedaba atrás todo el tiempo porque Lao tenía una zancada amplia. El hombre lo miró una vez más, por encima del hombro y a través de sus cabellos negros alborotados que le tapaban parte de la cara, y con un cigarrillo sujeto a los labios. Le sonrió, otra vez, y le apretó la mano, notando lo inquieto que estaba.

—Tranquiiiilo, por enésima vez —le habló en francés—. Vas a estar bien.

—Ya te dije que lo que me preocupa es que ellos estén bien —se defendió Neuval—. Espero que no te hayan dicho que aceptan esta situación sólo por ser amables, y en el fondo intenten ocultar que en realidad les molesta esta situación, y se han resignado a aceptarla porque se ven obligados por ser buenas personas y…

—¡Oh! —de repente Lao se detuvo y se inclinó hacia él, ya que le sacaba cinco cabezas—. ¿Qué tal si te compro un helado, para que así tengas la boca ocupada en algo más productivo que las sandeces que estás diciendo?

—¡Lao, que no estoy de broma! —se enfadó el niño.

—Ese es el problema, chaval. Te hace falta estar de broma más a menudo y dejar de crearte dramas a ti mismo. Créeme, la vida te tiene preparados muchos, muuuuuchos dramas todavía por llegar. Así que procura no añadirte tú más a ti mismo —le dio un toquecito en la frente con la punta del dedo.

—¿Y si se me cruzan los cables, y si a mi iris ese le da un cortocircuito y me vuelvo tarumba?

—¿Ta… rumba? —repitió Lao, confuso, pues no conocía esa palabra en francés.

—¡Loco de remate!

—Oh —entendió—. Vamos a ver —se puso de cuclillas para ponerse a su altura—. ¿Qué te dijo ayer mi amigo, el ciego, cuando te visitó en la clínica y te examinó la mente?

Neuval suspiró.

—Que al haber estado tantos meses con un iris sin tratar se ha producido un desajuste energético por el cual Alvion no consigue establecer una conexión sana y completa con mi iris y que por eso tengo que estar 10 meses bajo el tratamiento de este Sello —levantó una mano y mostró un tatuaje pequeño, negro, hecho de energía y no de tinta, en el interior de su muñeca— diseñado para mitigar temporalmente los episodios de descontrol emocional en iris tohum que tienen casos muy especiales de trauma, hasta que la energía de mi iris se vuelva más dócil y Alvion pueda conectarse a mí y así pueda por fin ir al Monte Zou a realizar mi entrenamiento.

Lao se quedó mudo un momento.

—Caray, sí que tienes buena memoria para todo.

—Sólo memorizo lo que quiero. Me llamó la atención que uséis el término tohum, conozco esa palabra turca, es “semilla”.

—Así se llama a los iris que todavía tienen la luz del ojo gris y no han adquirido aún el dominio completo de un elemento. Bueno, pues te has contestado a ti mismo, Neu. Este Sello que Denzel te ha puesto fue diseñado por la misma persona que creó nuestra Marca —se levantó un poco la camiseta para enseñarle en su costado el tatuaje iris—. Como es temporal, es un tratamiento que sólo se puede usar una vez en un iris tohum, en un periodo de 10 meses máximo. Así que, vas a tener que estar 10 meses viviendo en casa con nosotros, y después, Alvion ya se podrá conectar a ti y podrás empezar tu entrenamiento de un año. ¿No te parece mejor así? De esta forma, tendrás tiempo de sobra para aclimatarte a tu nueva casa, y a esta ciudad… a aprender el idioma… y a tu nueva familia —le sonrió.

—Pero… ¿la creación de este Sello significa que casos como el mío ya se han dado antes?

—No… bueno… No como el tuyo. Tu caso es único. Este Sello se ideó para aquellas personas que, justo al convertirse en iris, en lugar de generar una energía caótica pero perfectamente gris, con 50 % de energía blanca y 50 % de energía negra, generan una energía caótica que es un poquito más oscura, es decir, que la energía negra supera a la blanca en un 5 o en un 10 %. El Sello lo que hace es equilibrarlas hasta que ambas estén iguales, al 50 %, de manera fija. Ahí es cuando Alvion ya puede conectarse a la mente de esa persona. Tú… bueno… tu energía negra resulta que está un poquito más alta de lo esperado. La energía de tu iris es de un gris oscuro, Denzel estimó que tiene un 25 % más de energía negra que de blanca. Pero por eso tu tratamiento nada más necesita ser un poco más largo de lo que ha sido para otros iris.

—¿Y de verdad hará que no se me crucen los cables durante 10 meses y pierda la cabeza y de repente me despierte en medio de un destrozo?

—Te lo prometo, Neu —le posó una mano en la cabeza—. Estaremos a salvo contigo, y tú con nosotros. Nos ayudan las personas más poderosas y más sabias del mundo. Ellos saben más que nadie.

El niño acabó relajando los músculos, un lujo que se permitía muy pocas veces. Las palabras de Lao le reconfortaban mucho.

—Lao —lo llamó, con tono muy serio.

—Dime —sonrió.

—Perdóname. Por haber perdido en aquel lugar las zapatillas que me regalaste. No pude recuperarlas, seguro que acabaron quemándose con el incendio y…

—Neuval… —Lao respiró profundamente, cerrando los ojos con paciencia—. Hoy mismo vamos a empezar a trabajar por remediar ese persistente sentimiento de culpabilidad mal encauzado que tienes. Vas a aprender a dejar de culpabilizarte por cosas que no son culpa tuya, y a dejar de responsabilizarte de cosas que no son tu responsabilidad. Dime, a ver, ¿quién te quitó las zapatillas?

—La mujer que me aseó, dejé que me las quitara…

—¡Ah, ah! —le interrumpió, levantando un dedo—. Repite conmigo: “Una sucia criminal me quitó mis zapatillas sin mi permiso”.

—Una… sucia criminal me quitó mis zapatillas sin mi permiso.

—“Perdí mis zapatillas por culpa de unos miserables monstruos que no merecían seguir viviendo”.

—Perdí mis zapatillas por culpa de unos miserables monstruos que no merecían seguir viviendo.

—“Que además me hicieron cosas horribles que yo no merecía, a mí y a otros niños. Yo… no… soy… responsable de las cosas malas que otros deciden hacer”.

Neuval se quedó callado unos segundos. Lao seguía mirándolo fijamente, sin parpadear, presionándole.

—Yo no soy responsable… de las cosas malas que otros deciden hacer —acabó diciendo el niño, y después se le escapó un suspiro. De repente se sentía más ligero.

—“Merezco unas zapatillas nuevas. Salvé la vida de los otros niños poniendo en riesgo la mía. Tengo un gran corazón. Merezco ser feliz” —concluyó Lao, y volvió a mirarlo en silencio, esperando que lo repitiera.

Pero Neuval no pudo. Se le formó un nudo en la garganta, y se le humedecieron los ojos. Lao entonces lo abrazó y el niño también lo hizo.

Cuando ya se calmó un poco, Lao, contento, volvió a emprender la marcha. Llegaron hasta una bonita zona residencial, de edificios un poco altos, con balcones, jardines, carreteras limpias… Se metieron en un portal y subieron por un ascensor. Neuval estaba más calmado respecto al problema de su iris, pero no por los nervios inevitables y comprensibles de conocer por primera vez a Ming Jie y a Sai.»





Comentarios