2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
—Oye, dime —le dijo Cleven a Kyo mientras tomaban chocolate caliente en la cafetería—. ¿Vives con tus padres en casa? Sólo sé que en el bloque vive la anciana Agatha, Drasik con su hermano Eliam... y tú con tu hermana.
—Sí, mi hermana Mei Ling y yo vivimos juntos. Mi madre antes vivía con nosotros, pero se tuvo que mudar a la ciudad de Yokohama por trabajo. Aunque nos visita a menudo.
—Ah… —entendió—. ¿Sois sólo tu madre, tu hermana y tú?
—Bueno, en mi familia también estaba mi padre, claro. Y mi hermano gemelo, Yousuke.
—¡Gemelo! —se sorprendió—. ¡Es cierto! Me lo dijo Nakuru cuando le pregunté por ti…
Kyo dejó de remover su chocolate con la cucharilla y la miró con ojos entornados, esbozando media sonrisa.
—¿Le preguntaste cosas sobre mí?
—¡Ah! —brincó Cleven con vergüenza—. Bueno, es que… ¡no! ¡Sólo quería saber…! Es que como eres amigo de Nakuru y yo no te conocía… sólo tenía curiosidad.
—Claro —entendió, reprimiendo una risa.
—Oye, esto… ¿Qué les pasó? —quiso saber, con un tono precavido.
—Cosas de la vida —se encogió de hombros—. Mi padre murió hace diez años, y You… hace poco más de un año.
—Oh, no... ¿Tan reciente? Lo siento mucho, Kyo —miró su taza con tristeza, esperando no haberle traído pesar—. Yo perdí a mi madre cuando era pequeña. Y la verdad, no sé qué haría si perdiera también a uno de mis hermanos. Espero que la vida te lo compense.
—Gracias, Cleven —volvió a sonreír—. Verás, hoy… es el aniversario de la muerte de mi padre. Dentro de un rato me voy con mi hermana, mi madre y mis abuelos a visitarlo. —«Y con Fuujin» pensó.
—Ah, ¿seguís alguna ceremonia?
—Sí.
Cleven comprendió y le dio un desanimado sorbo a su chocolate. Ojalá ella, su padre y sus hermanos siguiesen alguna ceremonia anual que sirviera de excusa sólida para visitar a su madre. Pero el pasado seguía haciendo daño a cierta persona, y por eso no iban muy a menudo.
Levantó la mirada y observó a Kyo. Aún no lo conocía mucho, pero era genial. Con él, todo el ambiente parecía estar tranquilo y seguro, desprendía una calidez que contagiaba relax y bienestar. Pero no era casualidad. Era un efecto común que emitían los iris Ka como Kyo. Estos iris del Fuego podían presentar dos personalidades: feroces, peligrosos y temibles como los incendios, o calmados, amables y seguros como la reconfortante hoguera de una chimenea.
Kyo se percató de que ella lo estaba mirando y le sonrió alegremente. Cleven también lo hizo, y se sonrojó.
En ese instante, Drasik pasaba por la calle. A pesar de que le había costado, había logrado recuperar el buen ánimo de su iris y se había decidido a ir a la cafetería para pasar el rato con Kyo, consciente de que recientemente se había portado un poco distante con él. El iris dependía vitalmente de las relaciones con los demás, de las emociones y sentimientos positivos, si no, perecía. Era crucial cuidar de esos lazos, de los seres queridos, de los amigos...
Sin embargo, antes de entrar en la cafetería, divisó a esos dos desde la calle, a través del ventanal. Se detuvo. Observó cómo Kyo y Cleven, sentados en los taburetes en la barra, conversaban juntos sin parar… sus gestos… cómo se miraban... Drasik se quedó un rato estudiando esto.
Finalmente, apartando la vista con un brote de desdén que pretendía tapar un dolor desconocido, dio media vuelta y se marchó, cambiando de idea.
* * * * * *
Sakura giró la cabeza para colocarse bien su cuidada melea castaña, que el viento le había despeinado, y se la llevó tras las orejas. Se detuvo para observar la pequeña playa de la bahía junto al Rainbow Bridge, vacía, fría, neblinosa, bañada por los últimos rayos de sol, que ya se estaba poniendo al otro lado de la ciudad.
Bajó la escalinata de piedra y se quitó sus sandalias de tacón para caminar por la fina y gélida arena cómodamente. Se paseó un rato por ahí, todo estaba solitario, cosa que lamentaba, pues nadie podría verla lucir su figura. Hacía un frío invernal, pero ella iba tan a gusto con una simple falda y una blusa.
Soltó una exclamación al pincharse el pie con una concha, y se agachó para cogerla. Sin embargo, reparó en un hoyito de la arena y lo observó con detenimiento. Una persona normal lo confundiría con una simple duna entre el millón que había por toda la playa, pero ella era capaz de notar la diferencia, tal como aprendió del monje que enseñaba a captar rastros. Eso era una hendidura provocada por un zapato cuyo dueño pesaba unos 66 kilos, hecha hace apenas unos minutos
Frunció el ceño y siguió el rastro, el cual se adentraba en las aguas, pero no había nadie bañándose, ni siquiera uno de esos nadadores aficionados que se ponían a dar brazadas en agua helada. Le entró curiosidad y se acercó a la orilla, poniéndose la mano de visera para otear el horizonte. No conforme, decidió adentrarse en el mar y, tras asegurarse de que nadie podía verla, comenzó a caminar sobre el agua, manteniendo su ojo izquierdo guiñado. Cuando dejó la orilla muy atrás, algo le llamó la atención. Bajó la mirada y divisó bajo sus pies, muy lejano en el fondo del agua, un breve destello de luz azul claro.
—¡Anda! —exclamó.
Dio un alto salto y se zambulló de cabeza. Sin apenas mover brazos y piernas, la gal se desplazó a gran velocidad bajo el agua hacia donde la luz del sol ya no llegaba, pero se sirvió de la luz de su ojo. Y ahí lo vio. Era Drasik, sentado de piernas y brazos cruzados sobre una roca, con los ojos cerrados, mientras pececillos nadaban a su alrededor. Parecía estar meditando, o eso supuso. Los Sui podían respirar bajo el agua, no exactamente como los peces, sino como los anfibios, a través de la piel.
Sakura, flotando sobre él, se puso recta y cruzó los brazos, contemplándolo con ojos golosos. «Hm... Se le van a arrugar los dedos» pensó. «A saber cuánto lleva ahí. No parece haberse dado cuenta de que estoy aquí, y eso que estoy a cuatro metros frente a él. ¿Lo llamo? Mm... Pero el maestro Pipi me dijo que no está bien interrumpir a un iris en mitad de su ejercicio de control... ¿En qué estará pensando?».
Hacía apenas un rato que Drasik había llegado ahí. Después de intentar la meditación en la piscina del instituto, ir a casa, recuperar algo de calma, animarse por fin a ir a la cafetería y encontrar que Kyo y Cleven ya estaban ahí, charlando como simples amigos… Como simples amigos… Drasik se podría haber unido a ellos perfectamente y estar los tres charlando, como tres simples amigos. ¿Por qué Drasik no lo sentía así? Estaba cada vez más y más confuso. No entendía por qué se sentía mal, por qué le molestaba, qué era lo que no encajaba, cuál era el maldito problema si todo parecía ir bien y normal…
«¿Qué es este sentimiento? Soy consciente de él, pero no lo reconozco. ¿Por qué no me lo puedo quitar de encima? ¿De dónde viene? Todos los sentimientos vienen de un sitio, por una causa» pensaba y pensaba sin parar. «¿Qué es lo que me ocurre? Necesito romper algo. Necesito golpear algo hasta romperme mis propios puños. ¿Por qué? ¿Qué es esto?».
«¿Debería contárselo a alguien? ¿Y si sólo es algo pasajero? No pasa nada, seguro que pronto se irá. Necesito golpear algo. ¿Y si no se va? ¿Puede ir a peor? ¿Debería contárselo a alguien? Tengo que destrozar algo... Pero no puedo, no debo hacerlo. Debo controlarme. Los demás siempre me dicen que me controle, cada vez que tengo ganas de seguir peleando, como si yo no supiese controlarme. Ellos no tienen estos problemas, ¿por qué yo sí? ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Y si sólo es algo pasajero? Necesito... romper algo... matar a alguien... a algún horrible criminal...».
«No, no… Yo no puedo hacer eso. No puedo ser dos cosas a la vez… por ella. No puedo ser alguien que mata y al mismo tiempo un protector de la vida… por ella».
Sakura vio que Drasik tuvo de repente una pequeña convulsión. Vio las burbujas que salieron del quejido de su boca, pero el chico continuó con los ojos cerrados, intentando concentrarse. Apretaba los párpados, y los dientes. Drasik notaba una punzada de dolor en la cabeza. Empezó a ver cosas en su mente, otra vez, cosas que no conocía pero aun así las sentía muy familiares… Recuerdos que ignoraba que tenía, y que luchaban por salir…
«Estaba en Tokio. La ciudad estaba casi totalmente destruida. Edificios derrumbados, fuego, columnas de humo y silencio, mucho silencio. No había nadie en toda aquella larga avenida, al menos nadie vivo.
Hacía dos días, la ciudad estaba corriendo peligro en manos de unos hombres extraños que nadie sabía de dónde habían salido. Neuval y Pipi habían ido con sus RS a averiguar qué pasaba y detenerlos, pero Neuval acabó encontrando el cadáver de Katya sobre los escombros de un edificio, alguien la había asesinado. El iris de Neuval no pudo controlar algo así, había explotado en ira, rabia y tristeza, se había vuelto loco y había sembrado la destrucción por casi todo el país con huracanes de monstruosa magnitud.
Todos pensaban que Neuval estaba bajo el dominio de su majin, pero Alvion no estaba seguro. Ningún iris, tuviese el majin que tuviese, podía ser capaz de descargar un poder de destrucción similar.
Lo que Neuval había desatado era un poder maligno sin igual.
Ahora Neuval estaba desaparecido. Y los taimu se habían visto obligados a detener el tiempo de todo el mundo, pues la Asociación no podía dejar que el mundo se enterase de lo que estaba pasando en Japón. Los dioses les habían dado permiso, de acuerdo con esa opinión. Así que, mientras el tiempo estaba detenido para todos menos para las RS de Japón y los monjes, estos estaban deambulando por todo el país ayudando a arreglar el caos. Tenían que procurar dejarlo todo como estaba antes de que los taimu devolvieran el tiempo.
Alvion había ido a buscar a Neuval personalmente. Dado su estado, el anciano era el más apropiado para tratar con él y con ese poder tan peligroso. Pero no lo estaba buscando para detenerlo, encerrarlo o castigarlo, lo estaba buscando para salvarlo de su propio estado, para ayudarlo a recuperar la cordura. Alvion siempre, siempre cuidaba de sus iris, fuesen quienes fuesen o hicieran lo que hicieran.
Drasik entonces tenía unos 9 años. Estaba solo, merodeando por la ciudad. Bueno, no estaba solo exactamente, pero se había separado de sus compañeros de la KRS para ir por su cuenta a arreglar lo más importante. Arreglar lo que sólo él y sólo ella podían y sabían arreglar. Escalando unos escombros de un edificio, Drasik pisó en un mal lugar y cayó estrepitosamente por la alta ladera de la montaña de escombros. Terminó cayendo sobre un bloque de hormigón, y una barra de hierro le atravesó todo el pecho. La sangre salpicó por todos lados y se quedó ahí clavado.
—Agh, mierda —protestó con fastidio, intentando quitarse de ahí, pero la barra era muy larga—. Au... ¿Cleven? —la llamó, y la niña, de su misma edad y llevando dos coletitas en el pelo, apareció por ahí arriba—. ¿Una ayudita?
—¿Será posible? —gruñó Cleven, bajando hacia él—. Ayer te caíste por un precipicio y te partiste el cráneo en dos.
—Ha sido un descuido, no estoy acostumbrado a moverme en este tipo de terreno —se defendió con cara tristona, pero luego recuperó su sonrisa despreocupada—. No me mires así. No pasa nada, ¿ves? —movió los brazos arriba y abajo, y brotó más sangre de su herida—. Ay...
—Te estás muriendo de dolor, ¿verdad?
—Lo bueno es que sólo es de dolor.
—Ay... —suspiró la niña—. Aun así, no es nada agradable ver tus sesos esparcidos por el suelo o tu pecho atravesado por una barra de hierro —le reprimió mientras tiraba de él hacia atrás, hasta que la barra salió de su cuerpo.
Un simple instante después, la herida de su pecho y espalda desapareció como si nada. Solamente tenía un agujero en el jersey, por delante y por detrás.
Aquella era una época en la que ambos sabían quiénes eran en realidad, pero los demás no. Era un secreto que los dos tenían que guardar.
Ambos niños siguieron caminando entre los restos, el humo, el polvo, evitando acercarse a los pequeños incendios porque a Drasik no le gustaban, lógicamente. Llevaban dos días solos, el uno con el otro, recorriendo todo lo que Neuval había destruido para dar solución a su peor destrozo: vidas de inocentes. Al cabo de un rato, Drasik sintió que alguien le tiraba de la manga del jersey y se dio la vuelta.
—Drasik... No puedo más... —la pequeña tenía sus ojos verdes rojizos y húmedos—. Estoy muy cansada.
—Llevamos todo el día. Deberíamos parar un rato —dijo él.
Cleven negó con la cabeza, cerrando los ojos con un sollozo agotado.
—No son esas las palabras que tienes que decirme.
El niño la miró en silencio un rato, y comprendió.
—No hay tiempo para descansar, debemos seguir. Todavía hay cientos de espíritus llamándote —se puso frente a ella, cogiendo sus manos, sin borrar, ni por un segundo, su sonrisa de optimismo—. Vamos a arreglar todo esto, ya verás. Tenemos tiempo hasta que mi Señor Alvion y los demás reconstruyan todo esto y regresen el tiempo a su curso normal. Ya nos quedan pocos cadáveres, seguro. Recuerda en todo momento que esto no lo hacemos por ser quienes somos, sino también para salvar al maestro Neuval de su segura condena, obviamente él ha perdido la cabeza y no quería matar a toda esta gente.
—Cuando recupere la cordura y vea lo que ha hecho, papá jamás se perdonará a sí mismo —sollozó.
—Por eso estamos aquí. Para rehacer lo que él ha deshecho. Cuando todo vuelva a la normalidad, los demás descubrirán que nadie ha muerto. Vamos, Cleven. Tienes muchas almas que devolver a su sitio. Yo te seguiré guiando.
Drasik le tendió la mano. Cleven asintió con la cabeza y se la cogió, recuperando una sonrisa. No era su sonrisa de siempre, estaba apagada, pero ya era algo. Después de todo, Cleven acababa de perder a su madre y no encontraba su alma por ningún lado. El niño la fue guiando por el caos de la avenida bajo el cielo nublado, hasta detenerse frente a los escombros de un edificio derruido.
—Ahí dentro hay ocho cadáveres más —le señaló un hueco entre los escombros.
La niña asintió en silencio y se metió allí, desapareciendo entre las ruinas del edificio. Y él se quedó fuera, esperando y vigilando. Sin embargo, a los pocos segundos, aparecieron cinco presencias descendiendo desde el cielo. Eran cinco neblinas que emitían una potente y pulcra luz blanca. Al llegar al suelo, fueron adoptando una forma humanoide, dos de ellos con un cuerpo adulto masculino y las otras tres con un cuerpo adulto femenino. A pesar de que sus rostros y cabellos eran distintos, imitando los rasgos faciales de cinco de las razas humanas más comunes, todos tenían la misma piel blanca como la nieve, pero decorada con trazos negros dibujando formas por todo su cuerpo, y vestían con pocas prendas blancas y doradas. No tenían ombligo, ni pezones, ni uñas, y sus ojos eran enteramente blancos. Daban escalofríos y al mismo tiempo una sensación cálida.
Fueron acercándose hacia donde estaba el chico, caminando todos con sus pies descalzos a diez centímetros sobre el suelo, con pasos lentos pero intensos, haciendo vibrar las piedras cercanas.
—Pequeño iris —lo llamó uno de esos seres divinos con una voz aterciopelada—. Buscamos a tu Señor Alvion, ¿dónde se encuentra ahora? ¿Y tu Líder? ¿Por qué estás aquí solo?
El pequeño se mantuvo en silencio, mirándolos con una expresión muy fría y seria. Entonces, los cinco Dioses del Yang giraron sus cabezas hacia la izquierda al mismo tiempo, mirando hacia aquel hueco entre los escombros del edificio de al lado. La percibían.
—Noto esa energía otra vez. Ahí dentro —habló el mismo dios de antes—. Ella… está ahí.
En cuanto dieron un paso hacia ese lugar, Drasik saltó delante de ellos, frenándolos. Miró fijamente a todos ellos, y de repente los cinco dioses cayeron dormidos a sus pies.»
Sakura se cansó de esperar. De todas formas, vio que Drasik por fin se había quedado muy quieto, y supuso que ya estaba más relajado. Así que buceó hasta él y le posó una mano en su mejilla como una caricia para despertarlo. Drasik abrió los ojos con sobresalto, deslumbrándola con su luz azul claro, dándose un susto. La chica le sonrió divertidamente, pero él se mostró molesto.
Cuando vio que Sakura se dirigía a la superficie, la siguió por detrás. Una vez fuera, la joven formó una pequeña plataforma de hielo flotando sobre la superficie, y encima formó también una silla de agua; la congeló y se sentó en ella como una princesa sobre el mar. Por otra parte, Drasik se quedó ahí de pie sobre las ondulantes aguas, sin complicarse la vida como ella.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó él con enfado.
—Pasaba por aquí… —se encogió de hombros—… y seguí tu rastro. Dime, Dras, ¿no estás teniendo muchos desequilibrios emocionales últimamente?
—Eso no es asunto tuyo, Sui-chan —suspiró con cansancio.
—Claro que sí, porque me preocupo —puso un tono exageradamente tierno—. Me preocupa que no estés bien, Sui-chan, así no puedes dedicarte a mí plenamente. Lo hiciste muy bien en nuestra fantástica cita durante el festival —empezó a acicalarse su melena castaña, con sus largas uñas pintadas de colores y llenas de pegatinas muy cucas—. Sé que sólo querías que te diera el zuofreno, pero seguro que en el fondo lo pasaste bien. Vamos, no lo niegues, los Sui somos así, nos adaptamos a cualquier recipiente.
—Hm… —gruñó Drasik por lo bajo.
—Despreocupaaados y liiibres... —continuó Sakura con voz cantarina—... pero fríos y duros como el hielo cuando hay que serlo. No entiendo por qué siempre te vas a flirtear con las humanas, ¿qué ves en ellas? Tan indecisas, tan dependientes de sus sentimientos… Yo soy la única iris Sui que más cerca está de ti, ¡y soy superguapa! —sonrió abiertamente—. Y también soy Química. Y de pequeños fuimos escogidos por Pipi y por Neuval, los dos mejores Líderes de la Asociación. ¿Ves, cariño? Tenemos mucho en común.
—De verdad que hoy no estoy de humor, Sakura. ¿Vas a dejarme solo o me vas a obligar a irme a otro océano para estar tranquilo?
Sakura deshizo la silla y la placa de hielo, y se acercó hasta él, empujada por una masa de agua que la cubría hasta la cadera. Le tomó las mejillas.
—¿Qué te preocupa, cariño?
—No me llames “cariño”. Como ya te he dicho, no es asunto tuyo —se giró bruscamente y se fue caminando sobre el agua de vuelta a la orilla.
—Mm… Yo ahora soy agua y tú eres hielo. Suele ser al revés la mayor parte del tiempo. Es raro verte agresivo y malhumorado repentinamente —murmuró Sakura, mientras el chico se alejaba. «Aspectos propios de un majin» pensó para sí—. ¿Es por una chica? —le preguntó en voz alta.
Drasik se paró en seco, sorprendido, y se volvió hacia ella.
—¿Qué dices?
—¿Es eso?
—Claro que no —gruñó de nuevo—. En realidad no sé por qué es, pero dudo que sea por una estupidez como esa.
Se dio otra vez la vuelta, dándole la espalda, pero no se movió.
—Cuando lo descubras... —insistió Sakura—. ¿Aceptarás salir conmigo?
—Estás loca.
—Considéralo —concluyó ella, y se sumergió de nuevo en las profundidades, perdiéndose de vista.
Drasik seguía con la vista clavada en la lejana orilla, y a los pocos segundos la vio saliendo del agua y marchándose de la playa.
«Los ejercicios de meditación no me están funcionando» pensó. «Tendré que recurrir a otra cosa». Después agachó la cabeza, no pudo evitar que, por culpa del comentario de Sakura, su mente le mostrara el rostro de Cleven. Las memorias que había revivido hace un momento, habían vuelto a esfumarse, y una vez más, ignoraba haberlas tenido. Pero la sensación de malestar y confusión se había hecho más grande.
«¿Por qué me ha molestado tanto verlos juntos en la cafetería? ¿Por qué no puedo dejar de tener la sensación… de que esa Cleventine fue alguien importante para mí?».
—Oye, dime —le dijo Cleven a Kyo mientras tomaban chocolate caliente en la cafetería—. ¿Vives con tus padres en casa? Sólo sé que en el bloque vive la anciana Agatha, Drasik con su hermano Eliam... y tú con tu hermana.
—Sí, mi hermana Mei Ling y yo vivimos juntos. Mi madre antes vivía con nosotros, pero se tuvo que mudar a la ciudad de Yokohama por trabajo. Aunque nos visita a menudo.
—Ah… —entendió—. ¿Sois sólo tu madre, tu hermana y tú?
—Bueno, en mi familia también estaba mi padre, claro. Y mi hermano gemelo, Yousuke.
—¡Gemelo! —se sorprendió—. ¡Es cierto! Me lo dijo Nakuru cuando le pregunté por ti…
Kyo dejó de remover su chocolate con la cucharilla y la miró con ojos entornados, esbozando media sonrisa.
—¿Le preguntaste cosas sobre mí?
—¡Ah! —brincó Cleven con vergüenza—. Bueno, es que… ¡no! ¡Sólo quería saber…! Es que como eres amigo de Nakuru y yo no te conocía… sólo tenía curiosidad.
—Claro —entendió, reprimiendo una risa.
—Oye, esto… ¿Qué les pasó? —quiso saber, con un tono precavido.
—Cosas de la vida —se encogió de hombros—. Mi padre murió hace diez años, y You… hace poco más de un año.
—Oh, no... ¿Tan reciente? Lo siento mucho, Kyo —miró su taza con tristeza, esperando no haberle traído pesar—. Yo perdí a mi madre cuando era pequeña. Y la verdad, no sé qué haría si perdiera también a uno de mis hermanos. Espero que la vida te lo compense.
—Gracias, Cleven —volvió a sonreír—. Verás, hoy… es el aniversario de la muerte de mi padre. Dentro de un rato me voy con mi hermana, mi madre y mis abuelos a visitarlo. —«Y con Fuujin» pensó.
—Ah, ¿seguís alguna ceremonia?
—Sí.
Cleven comprendió y le dio un desanimado sorbo a su chocolate. Ojalá ella, su padre y sus hermanos siguiesen alguna ceremonia anual que sirviera de excusa sólida para visitar a su madre. Pero el pasado seguía haciendo daño a cierta persona, y por eso no iban muy a menudo.
Levantó la mirada y observó a Kyo. Aún no lo conocía mucho, pero era genial. Con él, todo el ambiente parecía estar tranquilo y seguro, desprendía una calidez que contagiaba relax y bienestar. Pero no era casualidad. Era un efecto común que emitían los iris Ka como Kyo. Estos iris del Fuego podían presentar dos personalidades: feroces, peligrosos y temibles como los incendios, o calmados, amables y seguros como la reconfortante hoguera de una chimenea.
Kyo se percató de que ella lo estaba mirando y le sonrió alegremente. Cleven también lo hizo, y se sonrojó.
En ese instante, Drasik pasaba por la calle. A pesar de que le había costado, había logrado recuperar el buen ánimo de su iris y se había decidido a ir a la cafetería para pasar el rato con Kyo, consciente de que recientemente se había portado un poco distante con él. El iris dependía vitalmente de las relaciones con los demás, de las emociones y sentimientos positivos, si no, perecía. Era crucial cuidar de esos lazos, de los seres queridos, de los amigos...
Sin embargo, antes de entrar en la cafetería, divisó a esos dos desde la calle, a través del ventanal. Se detuvo. Observó cómo Kyo y Cleven, sentados en los taburetes en la barra, conversaban juntos sin parar… sus gestos… cómo se miraban... Drasik se quedó un rato estudiando esto.
Finalmente, apartando la vista con un brote de desdén que pretendía tapar un dolor desconocido, dio media vuelta y se marchó, cambiando de idea.
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Sakura giró la cabeza para colocarse bien su cuidada melea castaña, que el viento le había despeinado, y se la llevó tras las orejas. Se detuvo para observar la pequeña playa de la bahía junto al Rainbow Bridge, vacía, fría, neblinosa, bañada por los últimos rayos de sol, que ya se estaba poniendo al otro lado de la ciudad.
Bajó la escalinata de piedra y se quitó sus sandalias de tacón para caminar por la fina y gélida arena cómodamente. Se paseó un rato por ahí, todo estaba solitario, cosa que lamentaba, pues nadie podría verla lucir su figura. Hacía un frío invernal, pero ella iba tan a gusto con una simple falda y una blusa.
Soltó una exclamación al pincharse el pie con una concha, y se agachó para cogerla. Sin embargo, reparó en un hoyito de la arena y lo observó con detenimiento. Una persona normal lo confundiría con una simple duna entre el millón que había por toda la playa, pero ella era capaz de notar la diferencia, tal como aprendió del monje que enseñaba a captar rastros. Eso era una hendidura provocada por un zapato cuyo dueño pesaba unos 66 kilos, hecha hace apenas unos minutos
Frunció el ceño y siguió el rastro, el cual se adentraba en las aguas, pero no había nadie bañándose, ni siquiera uno de esos nadadores aficionados que se ponían a dar brazadas en agua helada. Le entró curiosidad y se acercó a la orilla, poniéndose la mano de visera para otear el horizonte. No conforme, decidió adentrarse en el mar y, tras asegurarse de que nadie podía verla, comenzó a caminar sobre el agua, manteniendo su ojo izquierdo guiñado. Cuando dejó la orilla muy atrás, algo le llamó la atención. Bajó la mirada y divisó bajo sus pies, muy lejano en el fondo del agua, un breve destello de luz azul claro.
—¡Anda! —exclamó.
Dio un alto salto y se zambulló de cabeza. Sin apenas mover brazos y piernas, la gal se desplazó a gran velocidad bajo el agua hacia donde la luz del sol ya no llegaba, pero se sirvió de la luz de su ojo. Y ahí lo vio. Era Drasik, sentado de piernas y brazos cruzados sobre una roca, con los ojos cerrados, mientras pececillos nadaban a su alrededor. Parecía estar meditando, o eso supuso. Los Sui podían respirar bajo el agua, no exactamente como los peces, sino como los anfibios, a través de la piel.
Sakura, flotando sobre él, se puso recta y cruzó los brazos, contemplándolo con ojos golosos. «Hm... Se le van a arrugar los dedos» pensó. «A saber cuánto lleva ahí. No parece haberse dado cuenta de que estoy aquí, y eso que estoy a cuatro metros frente a él. ¿Lo llamo? Mm... Pero el maestro Pipi me dijo que no está bien interrumpir a un iris en mitad de su ejercicio de control... ¿En qué estará pensando?».
Hacía apenas un rato que Drasik había llegado ahí. Después de intentar la meditación en la piscina del instituto, ir a casa, recuperar algo de calma, animarse por fin a ir a la cafetería y encontrar que Kyo y Cleven ya estaban ahí, charlando como simples amigos… Como simples amigos… Drasik se podría haber unido a ellos perfectamente y estar los tres charlando, como tres simples amigos. ¿Por qué Drasik no lo sentía así? Estaba cada vez más y más confuso. No entendía por qué se sentía mal, por qué le molestaba, qué era lo que no encajaba, cuál era el maldito problema si todo parecía ir bien y normal…
«¿Qué es este sentimiento? Soy consciente de él, pero no lo reconozco. ¿Por qué no me lo puedo quitar de encima? ¿De dónde viene? Todos los sentimientos vienen de un sitio, por una causa» pensaba y pensaba sin parar. «¿Qué es lo que me ocurre? Necesito romper algo. Necesito golpear algo hasta romperme mis propios puños. ¿Por qué? ¿Qué es esto?».
«¿Debería contárselo a alguien? ¿Y si sólo es algo pasajero? No pasa nada, seguro que pronto se irá. Necesito golpear algo. ¿Y si no se va? ¿Puede ir a peor? ¿Debería contárselo a alguien? Tengo que destrozar algo... Pero no puedo, no debo hacerlo. Debo controlarme. Los demás siempre me dicen que me controle, cada vez que tengo ganas de seguir peleando, como si yo no supiese controlarme. Ellos no tienen estos problemas, ¿por qué yo sí? ¿Qué es lo que me ocurre? ¿Y si sólo es algo pasajero? Necesito... romper algo... matar a alguien... a algún horrible criminal...».
«No, no… Yo no puedo hacer eso. No puedo ser dos cosas a la vez… por ella. No puedo ser alguien que mata y al mismo tiempo un protector de la vida… por ella».
Sakura vio que Drasik tuvo de repente una pequeña convulsión. Vio las burbujas que salieron del quejido de su boca, pero el chico continuó con los ojos cerrados, intentando concentrarse. Apretaba los párpados, y los dientes. Drasik notaba una punzada de dolor en la cabeza. Empezó a ver cosas en su mente, otra vez, cosas que no conocía pero aun así las sentía muy familiares… Recuerdos que ignoraba que tenía, y que luchaban por salir…
«Estaba en Tokio. La ciudad estaba casi totalmente destruida. Edificios derrumbados, fuego, columnas de humo y silencio, mucho silencio. No había nadie en toda aquella larga avenida, al menos nadie vivo.
Hacía dos días, la ciudad estaba corriendo peligro en manos de unos hombres extraños que nadie sabía de dónde habían salido. Neuval y Pipi habían ido con sus RS a averiguar qué pasaba y detenerlos, pero Neuval acabó encontrando el cadáver de Katya sobre los escombros de un edificio, alguien la había asesinado. El iris de Neuval no pudo controlar algo así, había explotado en ira, rabia y tristeza, se había vuelto loco y había sembrado la destrucción por casi todo el país con huracanes de monstruosa magnitud.
Todos pensaban que Neuval estaba bajo el dominio de su majin, pero Alvion no estaba seguro. Ningún iris, tuviese el majin que tuviese, podía ser capaz de descargar un poder de destrucción similar.
Lo que Neuval había desatado era un poder maligno sin igual.
Ahora Neuval estaba desaparecido. Y los taimu se habían visto obligados a detener el tiempo de todo el mundo, pues la Asociación no podía dejar que el mundo se enterase de lo que estaba pasando en Japón. Los dioses les habían dado permiso, de acuerdo con esa opinión. Así que, mientras el tiempo estaba detenido para todos menos para las RS de Japón y los monjes, estos estaban deambulando por todo el país ayudando a arreglar el caos. Tenían que procurar dejarlo todo como estaba antes de que los taimu devolvieran el tiempo.
Alvion había ido a buscar a Neuval personalmente. Dado su estado, el anciano era el más apropiado para tratar con él y con ese poder tan peligroso. Pero no lo estaba buscando para detenerlo, encerrarlo o castigarlo, lo estaba buscando para salvarlo de su propio estado, para ayudarlo a recuperar la cordura. Alvion siempre, siempre cuidaba de sus iris, fuesen quienes fuesen o hicieran lo que hicieran.
Drasik entonces tenía unos 9 años. Estaba solo, merodeando por la ciudad. Bueno, no estaba solo exactamente, pero se había separado de sus compañeros de la KRS para ir por su cuenta a arreglar lo más importante. Arreglar lo que sólo él y sólo ella podían y sabían arreglar. Escalando unos escombros de un edificio, Drasik pisó en un mal lugar y cayó estrepitosamente por la alta ladera de la montaña de escombros. Terminó cayendo sobre un bloque de hormigón, y una barra de hierro le atravesó todo el pecho. La sangre salpicó por todos lados y se quedó ahí clavado.
—Agh, mierda —protestó con fastidio, intentando quitarse de ahí, pero la barra era muy larga—. Au... ¿Cleven? —la llamó, y la niña, de su misma edad y llevando dos coletitas en el pelo, apareció por ahí arriba—. ¿Una ayudita?
—¿Será posible? —gruñó Cleven, bajando hacia él—. Ayer te caíste por un precipicio y te partiste el cráneo en dos.
—Ha sido un descuido, no estoy acostumbrado a moverme en este tipo de terreno —se defendió con cara tristona, pero luego recuperó su sonrisa despreocupada—. No me mires así. No pasa nada, ¿ves? —movió los brazos arriba y abajo, y brotó más sangre de su herida—. Ay...
—Te estás muriendo de dolor, ¿verdad?
—Lo bueno es que sólo es de dolor.
—Ay... —suspiró la niña—. Aun así, no es nada agradable ver tus sesos esparcidos por el suelo o tu pecho atravesado por una barra de hierro —le reprimió mientras tiraba de él hacia atrás, hasta que la barra salió de su cuerpo.
Un simple instante después, la herida de su pecho y espalda desapareció como si nada. Solamente tenía un agujero en el jersey, por delante y por detrás.
Aquella era una época en la que ambos sabían quiénes eran en realidad, pero los demás no. Era un secreto que los dos tenían que guardar.
Ambos niños siguieron caminando entre los restos, el humo, el polvo, evitando acercarse a los pequeños incendios porque a Drasik no le gustaban, lógicamente. Llevaban dos días solos, el uno con el otro, recorriendo todo lo que Neuval había destruido para dar solución a su peor destrozo: vidas de inocentes. Al cabo de un rato, Drasik sintió que alguien le tiraba de la manga del jersey y se dio la vuelta.
—Drasik... No puedo más... —la pequeña tenía sus ojos verdes rojizos y húmedos—. Estoy muy cansada.
—Llevamos todo el día. Deberíamos parar un rato —dijo él.
Cleven negó con la cabeza, cerrando los ojos con un sollozo agotado.
—No son esas las palabras que tienes que decirme.
El niño la miró en silencio un rato, y comprendió.
—No hay tiempo para descansar, debemos seguir. Todavía hay cientos de espíritus llamándote —se puso frente a ella, cogiendo sus manos, sin borrar, ni por un segundo, su sonrisa de optimismo—. Vamos a arreglar todo esto, ya verás. Tenemos tiempo hasta que mi Señor Alvion y los demás reconstruyan todo esto y regresen el tiempo a su curso normal. Ya nos quedan pocos cadáveres, seguro. Recuerda en todo momento que esto no lo hacemos por ser quienes somos, sino también para salvar al maestro Neuval de su segura condena, obviamente él ha perdido la cabeza y no quería matar a toda esta gente.
—Cuando recupere la cordura y vea lo que ha hecho, papá jamás se perdonará a sí mismo —sollozó.
—Por eso estamos aquí. Para rehacer lo que él ha deshecho. Cuando todo vuelva a la normalidad, los demás descubrirán que nadie ha muerto. Vamos, Cleven. Tienes muchas almas que devolver a su sitio. Yo te seguiré guiando.
Drasik le tendió la mano. Cleven asintió con la cabeza y se la cogió, recuperando una sonrisa. No era su sonrisa de siempre, estaba apagada, pero ya era algo. Después de todo, Cleven acababa de perder a su madre y no encontraba su alma por ningún lado. El niño la fue guiando por el caos de la avenida bajo el cielo nublado, hasta detenerse frente a los escombros de un edificio derruido.
—Ahí dentro hay ocho cadáveres más —le señaló un hueco entre los escombros.
La niña asintió en silencio y se metió allí, desapareciendo entre las ruinas del edificio. Y él se quedó fuera, esperando y vigilando. Sin embargo, a los pocos segundos, aparecieron cinco presencias descendiendo desde el cielo. Eran cinco neblinas que emitían una potente y pulcra luz blanca. Al llegar al suelo, fueron adoptando una forma humanoide, dos de ellos con un cuerpo adulto masculino y las otras tres con un cuerpo adulto femenino. A pesar de que sus rostros y cabellos eran distintos, imitando los rasgos faciales de cinco de las razas humanas más comunes, todos tenían la misma piel blanca como la nieve, pero decorada con trazos negros dibujando formas por todo su cuerpo, y vestían con pocas prendas blancas y doradas. No tenían ombligo, ni pezones, ni uñas, y sus ojos eran enteramente blancos. Daban escalofríos y al mismo tiempo una sensación cálida.
Fueron acercándose hacia donde estaba el chico, caminando todos con sus pies descalzos a diez centímetros sobre el suelo, con pasos lentos pero intensos, haciendo vibrar las piedras cercanas.
—Pequeño iris —lo llamó uno de esos seres divinos con una voz aterciopelada—. Buscamos a tu Señor Alvion, ¿dónde se encuentra ahora? ¿Y tu Líder? ¿Por qué estás aquí solo?
El pequeño se mantuvo en silencio, mirándolos con una expresión muy fría y seria. Entonces, los cinco Dioses del Yang giraron sus cabezas hacia la izquierda al mismo tiempo, mirando hacia aquel hueco entre los escombros del edificio de al lado. La percibían.
—Noto esa energía otra vez. Ahí dentro —habló el mismo dios de antes—. Ella… está ahí.
En cuanto dieron un paso hacia ese lugar, Drasik saltó delante de ellos, frenándolos. Miró fijamente a todos ellos, y de repente los cinco dioses cayeron dormidos a sus pies.»
Sakura se cansó de esperar. De todas formas, vio que Drasik por fin se había quedado muy quieto, y supuso que ya estaba más relajado. Así que buceó hasta él y le posó una mano en su mejilla como una caricia para despertarlo. Drasik abrió los ojos con sobresalto, deslumbrándola con su luz azul claro, dándose un susto. La chica le sonrió divertidamente, pero él se mostró molesto.
Cuando vio que Sakura se dirigía a la superficie, la siguió por detrás. Una vez fuera, la joven formó una pequeña plataforma de hielo flotando sobre la superficie, y encima formó también una silla de agua; la congeló y se sentó en ella como una princesa sobre el mar. Por otra parte, Drasik se quedó ahí de pie sobre las ondulantes aguas, sin complicarse la vida como ella.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó él con enfado.
—Pasaba por aquí… —se encogió de hombros—… y seguí tu rastro. Dime, Dras, ¿no estás teniendo muchos desequilibrios emocionales últimamente?
—Eso no es asunto tuyo, Sui-chan —suspiró con cansancio.
—Claro que sí, porque me preocupo —puso un tono exageradamente tierno—. Me preocupa que no estés bien, Sui-chan, así no puedes dedicarte a mí plenamente. Lo hiciste muy bien en nuestra fantástica cita durante el festival —empezó a acicalarse su melena castaña, con sus largas uñas pintadas de colores y llenas de pegatinas muy cucas—. Sé que sólo querías que te diera el zuofreno, pero seguro que en el fondo lo pasaste bien. Vamos, no lo niegues, los Sui somos así, nos adaptamos a cualquier recipiente.
—Hm… —gruñó Drasik por lo bajo.
—Despreocupaaados y liiibres... —continuó Sakura con voz cantarina—... pero fríos y duros como el hielo cuando hay que serlo. No entiendo por qué siempre te vas a flirtear con las humanas, ¿qué ves en ellas? Tan indecisas, tan dependientes de sus sentimientos… Yo soy la única iris Sui que más cerca está de ti, ¡y soy superguapa! —sonrió abiertamente—. Y también soy Química. Y de pequeños fuimos escogidos por Pipi y por Neuval, los dos mejores Líderes de la Asociación. ¿Ves, cariño? Tenemos mucho en común.
—De verdad que hoy no estoy de humor, Sakura. ¿Vas a dejarme solo o me vas a obligar a irme a otro océano para estar tranquilo?
Sakura deshizo la silla y la placa de hielo, y se acercó hasta él, empujada por una masa de agua que la cubría hasta la cadera. Le tomó las mejillas.
—¿Qué te preocupa, cariño?
—No me llames “cariño”. Como ya te he dicho, no es asunto tuyo —se giró bruscamente y se fue caminando sobre el agua de vuelta a la orilla.
—Mm… Yo ahora soy agua y tú eres hielo. Suele ser al revés la mayor parte del tiempo. Es raro verte agresivo y malhumorado repentinamente —murmuró Sakura, mientras el chico se alejaba. «Aspectos propios de un majin» pensó para sí—. ¿Es por una chica? —le preguntó en voz alta.
Drasik se paró en seco, sorprendido, y se volvió hacia ella.
—¿Qué dices?
—¿Es eso?
—Claro que no —gruñó de nuevo—. En realidad no sé por qué es, pero dudo que sea por una estupidez como esa.
Se dio otra vez la vuelta, dándole la espalda, pero no se movió.
—Cuando lo descubras... —insistió Sakura—. ¿Aceptarás salir conmigo?
—Estás loca.
—Considéralo —concluyó ella, y se sumergió de nuevo en las profundidades, perdiéndose de vista.
Drasik seguía con la vista clavada en la lejana orilla, y a los pocos segundos la vio saliendo del agua y marchándose de la playa.
«Los ejercicios de meditación no me están funcionando» pensó. «Tendré que recurrir a otra cosa». Después agachó la cabeza, no pudo evitar que, por culpa del comentario de Sakura, su mente le mostrara el rostro de Cleven. Las memorias que había revivido hace un momento, habían vuelto a esfumarse, y una vez más, ignoraba haberlas tenido. Pero la sensación de malestar y confusión se había hecho más grande.
«¿Por qué me ha molestado tanto verlos juntos en la cafetería? ¿Por qué no puedo dejar de tener la sensación… de que esa Cleventine fue alguien importante para mí?».
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