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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









31.
La discordia de Yenkis

Al entrar en casa, Yenkis se fue pitando a su habitación para dejar la mochila y el pendrive en un lugar seguro, junto a su cubito. Luego se vistió con ropa cómoda.

Antes de salir de su cuarto, respiró hondo. Había sido un momento algo arriesgado, recibir de Taiya aquel programa creado por su madre y del que Yenkis no debería saber absolutamente nada, y que justo su padre hubiera aparecido para recogerlo y llevarlo a casa. Esto era inusual, su padre no solía ir a recogerlo desde que aprendió a manejarse solo con el transporte público, y si lo hacía, solía ser por alguna urgencia o motivo de peso.

Por eso, Yenkis se había temido que su padre hubiera sospechado que tenía estos secretos con Taiya y que había venido a investigarlo con la excusa de venir a recogerlo. Sin embargo, Yenkis era un iris y tenía una capacidad innata para detectar que, aunque ese parecía el motivo más probable, había en realidad otra razón. Y no se equivocaba. Y es que Neuval estaba haciendo un muy buen trabajo actuando como si no pasara nada malo. Porque por dentro estaba muy alterado, después de haber sido atacado en su despacho por almaati desertores que seguían por ahí sueltos, sin contar con los que habían sido detenidos por la policía, también después de haber oído lo que uno de ellos le había dicho sobre Izan, y después de que Hana lo hubiera visto.

No había probabilidades de que esos almaati traidores volvieran a intentar atacarlo, especialmente porque habían comprobado que, efectivamente, ir seis almaati a intentar matar a Fuujin era la idea más tonta que podían haber tenido. Muchos sabían que Fuujin era muy fuerte, con el título de iris más poderoso y todo eso… pero en verdad nadie tenía ni la más remota idea de lo extremadamente poderoso que era Neuval en realidad. Ni siquiera el propio Neuval lo sabía.

Aun así, Neuval no estaba tranquilo todavía, y por eso había ido a recoger a Yenkis, para asegurarse de que estaba a salvo. Para suerte del niño, Neuval no sospechaba nada sobre lo que Taiya le había dado. Bastantes otras preocupaciones tenía en la cabeza, y además tenía la firme creencia de que era imposible que Yenkis pudiera hacerse con sus archivos secretos, y más que eso, abrirlos. Así que el muchacho se sentía aliviado, al menos, de tener ese pendrive a buen recaudo.

Mientras bajaba las escaleras de camino a la cocina, estuvo pensando en lo distinto que parecía su padre últimamente. No sabía, parecía algo más animado, más centrado, más comunicativo… Esa risa de burla que antes le había lanzado en el coche tras haberse despedido de Evie, por ejemplo, o la breve conversación que tuvieron esa mañana por teléfono en la que su padre le decía tonterías graciosas, y otros pequeños momentos de la última semana y media... ¿Qué había pasado con el padre serio, aburrido, estricto, taciturno y distraído que él conocía? ¿Debía alegrarse, o debía preocuparse? Yenkis no era tonto, un cambio de personalidad así era positivo, sí, pero muy raro.

Neuval ya estaba en la cocina. Se había quitado su elegante traje de trabajo y tenía puestos unos pantalones vaqueros, una camiseta negra y se había despeinado. Pocas veces Yenkis lo había visto ponerse con ese aspecto tan cómodo y tan contrario a la imagen elegante y sofisticada que solía llevar cada día al trabajo. Además, esto quería decir que no tenía intención de volver a la empresa hoy, y esto, otra vez, era algo raro.

Neuval estaba sacando unas verduras de la nevera, y como Yenkis estaba parado en medio de la cocina analizándolo y tan silencioso, casi se chocó con él al darse la vuelta. Neuval se lo quedó mirando. Yenkis no dejaba de observarlo.

—¿Qué? ¿Tengo algo en la barba?

—¿Y Misae? —preguntó el niño entonces, al darse cuenta de que no había nadie más que ellos en la casa.

—No puede venir, su madre ha vuelto a enfermar —contestó, colocando las verduras sobre la tabla de cortar en una de las encimeras.

—¿Y Hana?

—Pues… Hana… está en el hospital —terminó revelándole, mientras se ponía a cortar las verduras.

—¿¡Qué!? —saltó—. ¿Qué le ha pasado?

—Tranquilo, está bien. Sólo se ha desmayado en el trabajo. Ya sabes que a veces tiene deficiencia de hierro y esas cosas.

—Mm… —entendió.

—Van a suministrarle unas vitaminas o algo —le explicó—. No es nada, según el médico es muy típico en gente con un poco de anemia, y además Hana tiene esa manía de extralimitarse en el trabajo. En un rato iré a recogerla.

—¿Qué médico te ha atendido? —preguntó rápidamente, poniéndose delante de él y mirándolo fijamente.

—Capto la intención de tu pregunta a distancia —rechistó—. Sí, Yen, los enfermeros de recepción tuvieron la fantástica idea de llamar a tu hermano para atenderme. Habrán pensado: “¡Oh! ¡Obviamente, como el doctor Vernoux no odia a su padre, estará encantado de atenderlo!” —pronunció teatralmente imitando con gran sarcasmo la supuesta voz de los enfermeros.

—Papá… —lamentó Yenkis al oírle decir eso—. Lex no te odia…

—No estés por medio, estoy haciendo la comida.

Neuval desoyó su comentario y lo apartó a un lado, y se dirigió hacia el armario de las cacerolas, sacando un par y encendiendo el fuego. Yenkis se sentó en uno de los taburetes de la isla central, apoyando en la mesa los brazos y la cabeza en las manos, receloso.

—¿Habéis hecho las paces? —volvió a preguntar sin previo aviso.

Neuval detuvo su actividad y miró al techo con gran cansancio, soltando un largo suspiro.

—No, Yenkis, no hemos hecho las paces —contestó automáticamente, pues ya le había hecho esa pregunta un montón de veces.

—Pues no lo entiendo —gruñó—. ¿Te cansa que te pregunte estas cosas? Tal vez dejaría de hacerlo si me contases de qué discutisteis.

—No empieces —murmuró con paciencia, echando agua en una de las cacerolas.

Yenkis frunció los labios y se cruzó de brazos. Si había algo que le sacaba de quicio era la relación que había entre su hermano y su padre. A Yenkis le fastidió bastante, el que Lex se fuera de casa de repente, el que se quedase sin hermano de repente. Por eso exigía saber qué pasó, no le parecía justo que no le contasen el porqué.

Desde hacía tiempo sospechaba que esa discusión tenía algo que ver con lo que ocultaba su padre, por lo que preguntarle de qué hablaron podría, además de responder a su pregunta de por qué Lex se enfadó, responder a sus preguntas sobre quién es su padre. Ya podía aceptar la idea de que su padre no le iba a contar su gran secreto, pero al menos quería que le contase por qué se enfadó Lex. Aunque sólo fuese una respuesta corta, una respuesta que no desvelase nada de aquello que Neuval ocultaba por encima de todo, como: “porque le dije algo que le ofendió” o “porque ya no se sentía a gusto viviendo aquí”, y ya está. Se conformaba con eso. Sin embargo, Neuval no decía ni una palabra, y eso le irritaba.

De lo que estaba seguro era de que Lex no se enfadó por el simple hecho de descubrir que su padre tenía una familia secreta adoptiva y de lo que hizo en París. Estaba seguro de que se enfadó por otra cosa, otra cosa más grande, un secreto mayor.

—Vale, no me cuentes de qué discutisteis exactamente —dijo Yenkis—. Dime al menos por qué Lex salió de casa tan enfadado. ¿Por un desacuerdo de opiniones, por una ofensa?

—Porque tenía un hermano muy pesado —contestó pasivamente, empezando a cortar unos ajos sobre una tablilla.

—¡Papá! —exclamó con rabia—. ¡Hablo en serio! Lex es mi hermano, quiero saber qué pasó, por qué se fue. ¿Es por esta familia... o por ti?

—¿Quieres que te responda? Respóndeme tú primero. ¿Para qué entraste el otro día en mi despacho?

Yenkis abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo... lo sabes? —preguntó. «No puede ser, no dejé ninguna pista que me delatase» pensó, «¿Tendría puesto algún otro mecanismo de seguridad?».

—Soy el mejor ingeniero del mundo. No te sorprendas tanto —contestó Neuval, echándole un chorro calculado de aceite a la otra olla—. ¿Qué hiciste?

—Nada —contestó rápido, mirando hacia otro lado.

—Seguir metiéndote donde no te llaman, eso hiciste —le dijo seriamente, volviéndose a él—. ¿Robaste algo de mi ordenador? ¿Husmeaste entre mis libros? ¿Entre mis cajones?

—¿Cómo iba a hacerlo? Tú mismo lo has dicho, que no me sorprenda, todo lo tienes asegurado, inaccesible. No conseguí nada.

—Ignorando que eso sea cierto o no, te lo repetiré una vez más. Deja de cotillear. Deja de meterte donde no debes. En mi despacho no entra nadie, norma que puse desde hace años. Tienes estrictamente prohibido entrar ahí, ¿me entiendes? No soy tu compañero de juegos, soy tu padre, ¿sabes cuál es la diferencia? Hasta ahora he sido bastante indulgente contigo, pero ya no voy a seguir tolerándote estas cosas. Te estás pasando.

—¿Y tú no te estás pasando? —le espetó el chico—. ¿Que llevas años escondiendo algo importante?

—No me contestes. Lo que esconda o no, no es asunto tuyo, y si lo hago es por alguna razón. Lo que deberías hacer es estudiar, jugar, salir a correr por ahí, estar con tus amigos, como los niños normales de tu edad.

—Claro, normales, a ellos también les brilla un ojo en la oscuridad, claro... —dijo con sarcasmo.

—¡Eso da igual, Yen! —se alteró—. ¡Si te brilla el ojo es porque sí, y punto!

—¿¡Y a ti te brilla también porque sí!? ¡Venga ya, papá, no niegues que esto es algo que yo debería saber! ¡Deja ya de mentir, de dar evasivas! ¡Llega un momento en que esto empieza a ser ya ridículo! ¡Es ridículo que sigas ocultándolo! ¡Yo ya sé que hay algo, no sé el qué, pero sé que lo hay!

—Yenkis, ¿qué vas a saber tú? —murmuró, dándole la espalda para seguir haciendo la comida—. ¿Cómo puedes probar que sabes que hay algo?

—¡Para empezar! —exclamó enfadado—. Últimamente estás distinto, estás raro. No recuerdo haberte visto antes tan bienhumorado tanto tiempo seguido, ¿es que te ha pasado algo importante hace poco? Además, no sabía que supieses cocinar.

—¿Cómo no voy a saber cocinar? —respondió Neuval como si fuera obvio—. Tengo que saber alimentar a mis hijos cuando nadie más puede, ¿no crees? Ya te he dicho que la pobre Misae está cuidando de su madre y no la quiero molestar.

—Siempre has estado centrado en tu trabajo, sólo te has preocupado por tu trabajo —insistió Yenkis—. Te pasas todo el tiempo trabajando, en la empresa o en tu despacho, ¿y de repente te preocupa preparar la comida para mí? Eres quien trae el dinero a casa y nada más, ¿y de repente te interesa hacer el papel de amo de casa?

—¿¿Disculpa?? —Neuval se giró hacia él con una mirada muy incrédula, con un cazo en la mano, apuntándole—. Pero tú, chaval, ¿quién te crees que te lava y te plancha la ropa? ¿Quién crees que dobla tu ropa interior y la de Cleven y lo guarda todo en vuestros cajones? ¿Quién te crees que va al supermercado a comprar todas las semanas? ¿Quién es el que va corriendo a las cuatro de la mañana a comprar medicinas a una farmacia cada vez que os despertabais con fiebre o dolor de tripa? ¿Quién crees que limpia la casa y friega los suelos? ¿Crees que todo aparece limpio y ordenado por arte de magia?

—E... ¿Eres tú el que hace esas cosas? —se sorprendió Yenkis—. Creía que era Hana, o Misae…

—Hana ahora es mi pareja, cierto —le explicó su padre—. Pero ella no tiene la obligación de cuidaros a vosotros, esa responsabilidad es mía. Hana ayuda de vez en cuando en lo que puede. Ella tiene un horario de trabajo más estricto que el mío. Yo tengo más tiempo que ella y mejor salud para hacer las cosas de la casa, por eso las hago yo, y porque esa responsabilidad, como padre vuestro, es mía. Misae está contratada para cocinarnos tres días a la semana porque nadie aquí tiene tiempo para cocinar. Otros días Hana hacía la comida para ti y para Cleven cuando yo tenía que quedarme en la empresa por las reuniones. De todo lo demás, listillo, me encargo yo.

—Pero... —se turbó—. ¿Y por qué demonios no contratas a otra persona para limpiar y todo eso? ¡Debemos de ser la única casa de ricos que no tiene personal de limpieza! ¡No lo entiendo!

—¡Porque ser rico no significa ser inútil! Tenemos a Hoti y la casa llena de tecnología por la única razón de que yo debo ser el primero en experimentar y probar cómo funciona todo lo que fabrico y vendo a la gente, pero cualquier persona sana debería saber recoger lo que desordena y limpiar lo que mancha por sí misma porque ese es el principio básico de la independencia y la disciplina. No basta con saber hacerlo, ¡hay que hacerlo, todos los días! Resolver tus propios problemas básicos del día a día es el primer signo de la libertad individual.

Neuval omitió otro de los motivos, y es que contratar a alguien para la limpieza de la casa u otras tareas conllevaba mayor riesgo de que descubriera todos los secretos peligrosos que la casa escondía, como el arsenal de armas, o el laboratorio oculto del sótano.

Por su parte, Yenkis estaba perplejo por esa respuesta. Le hizo recordar que, al contrario de lo que toda su vida había creído, su padre había tenido la infancia más miserable, y precisamente en el duro camino por la supervivencia es donde había aprendido a ser valioso y útil por sí mismo, y de ahí, libre e independiente. Su padre no era esclavo de las comodidades, ni del dinero, ni de los servicios de los demás. Si el día de mañana cayera un meteorito y la tierra quedara medio arrasada, su padre sería el primero en saber cómo sobrevivir en un mundo sin dinero, tecnología, personas y alimentos suficientes.

—¿Pero tú… cuándo haces esas tareas? Yo no te he visto.

—En el único momento del día en que tengo tiempo, por la noche. Cuando todos os vais a la cama, soy yo el que se ocupa de hacer la colada, limpiar y ordenar, ya que cuando os lo pido a Cleven y a ti, no me hacéis caso.

—¿Por la noche? ¿Y entonces cuándo duermes?

Neuval fue a contestar por inercia, pero se mordió los labios rápidamente. Pensó cómo podía responderle.

—Pues duermo... cuando termino. Duermo mis horas. Aunque sean pocas. No importa —dijo finalmente, pero cuando Yenkis fue a preguntar de nuevo, Neuval hizo un gesto con la mano—. El caso es que claro que me paso el día trabajando. No me queda más remedio, tengo que cuidar de toda Hoteitsuba, de toda la gente que trabaja para mí. Pero al mismo tiempo trabajo en mi deber como padre cuidando de esta casa y de los que viven en ella, y que tú no lo veas no significa que no lo haga. Es mi deber, mi responsabilidad, y algún día tú lo entenderás, cuando tengas tu casa y tus hijos. Hago lo que tengo que hacer. Tu madre ya no está aquí… —se le quebró un poco la voz—… así que yo hago lo que tengo que hacer —repitió con firmeza—. A Cleven intentaba pedirle lo mismo, y ahora te lo pido a ti. Ocúpate de hacer lo que tengas que hacer, cumpliendo tu obligación de estudiar y preocupándote de tus cosas personales, no de las de los demás. Deja de meter las narices en los asuntos que no te conciernen.

Yenkis frunció los labios con ojos vidriosos de rabia. Hasta ahora había ignorado que su padre realmente era quien se ocupaba de cuidarlos; que no sólo se dedicaba a encerrarse en su trabajo tal como él y Cleven pensaban; que, tras la muerte de Katya, su padre se había ocupado de cumplir el papel de ambos.

Por una parte, le daba rabia descubrir que, en definitiva, su padre tenía la razón y todo el derecho del mundo a castigarlos cuando Cleven y él no hacían lo que tenían que hacer. Siempre pensaron que era demasiado estricto, cuando él resultaba ser quien hacía todo por ellos. Neuval llevaba siete años durmiendo 3 horas diarias, haciendo de padre, de madre y de presidente de Hoteitsuba. Y Cleven y él nunca supieron verlo. Yenkis ahora se sentía mal por haberlo acusado de ser un padre desinteresado de sus hijos cuando eso no era así, y eso le daba rabia.

Sin embargo, se sentía tan avergonzado que no quería reconocerlo. A veces, Yenkis se empeñaba demasiado en tener la razón, y por eso la rabia de su interior le pidió seguir discutiendo con él. Pese a todo, quería seguir metiendo las narices en ese tema porque sentía que tenía derecho a saber la verdad.

—¡Pues...! —exclamó entonces, pensando qué decir—. ¡Eso no quita que tú ocultes un secreto importante! ¡Y creo que es un secreto que yo debería saber! ¡Es más, ya sé un poco!

—¡Tú no sabes nada! —se hartó Neuval.

—¡Mírate! ¿¡Qué estás cocinando, eh!? —el niño señaló las cacerolas—. ¡Estás haciendo daube, es un guiso francés! ¿Quién te ha enseñado algo tan difícil? ¿Cuál de tus dos madres te enseñó?

A Neuval se le cayeron unas zanahorias al suelo debido a un breve temblor de manos. Se quedó inmóvil unos segundos, y luego se volvió hacia el niño, desconcertado.

—¿Cómo has dicho? —musitó.

Yenkis se cruzó de brazos otra vez y lo miró seriamente, yendo al grano.

—El abuelo Jean, la abuela Lilian... qué personas más horribles, ¿verdad? Y qué injusta es la vida, siempre se van las mejores personas del mundo, como mamá, y... ¿Aún recuerdas a la tía Monique? ¡Claro que sí! ¡Porque era tu hermana! ¡Tenías una hermana mayor y nunca lo has dicho! Pero menos mal que aún queda gente buena en el mundo dispuesta a acoger a un niño moribundo y perdido, como hizo el viejo Lao, su mujer y su hijo. Una buena familia, tu familia china, pero no la nuestra, ¡porque nosotros no la conocemos, porque tú nunca nos has hablado de ellos!

—Yenkis... —musitó, sin poder moverse de la tensión; estaba paralizado—. ¿Cómo...?

—¿Cómo? ¿Crees que me muevo en vano sobre este asunto? ¿Has visto lo que ya he conseguido descubrir? Te sorprende ahora, ¿verdad? Venga, no lo vayas a negar ahora —se levantó del taburete; estaba ya fuera de sus cabales—. ¡Estamos solos! ¡Ahora puedes hablar perfectamente! ¡Habla, no hay nadie en toda la cas...! —blandió su brazo con intención de señalar el comedor, pero el gesto fue más allá.

La mesa del comedor salió volando y las sillas también; los cuadros de las paredes se torcieron y algunos cayeron al suelo al ser sacudidos por un golpe de viento; unos periódicos y revistas alzaron el vuelo esparciendo sus hojas por todas partes. En dos segundos, la zona de la casa que Yenkis señalaba con el brazo quedó patas arriba, hecha un desastre.

Dos, dos eternos minutos y medio estuvieron ambos ahí como estatuas, con la vista fija en el destrozo, en un silencio sepulcral. Y Yenkis no era el que más estaba aluciando, no. A Neuval se le había parado el corazón durante un momento. Las caras que los dos tenían eran exactamente iguales.

«Oh, no...» pensó Neuval, temiéndose que, después de todo, Alvion podía tener razón. Miedo, eso es lo que sentía en ese momento, un miedo intenso. El iris de Yenkis estaba empezando a manifestarse con sus emociones. Ya no eran los típicos estornudos que hacían volar algunos objetos. El haber desatado una fuerza mediante las manos en vez de con la boca o la nariz, era un paso muy grande. Yenkis no lo había hecho aposta, lo que significaba que podría haber más accidentes de estos, en otros lugares, delante de otras personas, y más graves.

Neuval estuvo a punto, ¡a punto!, de correr hacia él y borrarle la memoria. Pero no se movió. Mejor pensó en ello.

No había podido tener tan mala suerte en un solo día. Si le borraba la memoria de lo que acababa de pasar, sería igual que lo de Hana, sería igual que lo que le había explicado Lao. Yenkis y Hana eran los únicos a los que nunca les había borrado la memoria. Sólo lo hizo con Lex y con Cleven, y no se podía decir que el resultado hubiera sido el mejor de todos. No podía dejar que Hana y Yenkis acabasen de igual manera o similar.

Era en esos momentos cuando lamentaba no tener una familia cómplice, como otros iris, cuyos familiares sabían que lo eran, como Nakuru y su padre, o Sam y el suyo... Pero Neuval estaba en una posición bien diferente. Fuujin ya era un iris mundialmente conocido, tanto en el ámbito criminal como en el de los cazadores de iris en varios gobiernos del planeta. Sin embargo, Neuval ahora estaba en un punto en el que ya no sabía si de verdad todo esto merecía la pena, tanta seguridad, tantas mentiras y secretos que tenían como objetivo proteger a su familia, porque las circunstancias actuales le estaban demostrando que no estaba funcionando como debía. ¿Mantenía a su familia protegida de enemigos? Sí, sin duda, pero eso no evitaba que aparecieran problemas desde otro lado y de otro tipo.

Hiciera lo que hiciera, iba a haber problemas que naturalmente iban a estar fuera de su alcance de control, porque la vida funcionaba así. No podía esperar que algo se mantuviera quieto y estable eternamente, eso era imposible. Si venían cambios, tenía que salir de su zona de confort y adaptarse a ellos, hacer algo nuevo, tomar nuevas decisiones, si no quería acabar estancado en una situación peor. Neuval se había acomodado mucho en esos siete años de exilio. Tras haber pasado toda una vida de supervivencia y de adaptación, tenía que volver a ser esa persona, y seguir moviéndose con el mundo y sus circunstancias, enfrentarlas y superarlas, y no quedarse atrás.

Por tanto, estaba en medio de ese dilema. ¿Qué era más importante para él, estar él, su identidad y su familia a salvo de enemigos, o que su familia sufriera las consecuencias de los secretos y las mentiras, como Lex, como Cleven, como Hana y ahora con Yenkis? Todos habían sufrido o estaban sufriendo alguna consecuencia. Mantener a su familia protegida de enemigos venía con un precio que no sabía si podía seguir pagando. Creía que hoy sólo tenía que encargarse de lo de Hana y que tenía fácil solución si le borraba la memoria, pero ahora... Yenkis... ahora era él una nueva víctima de los secretos. Y como era el pequeño de la familia, a Neuval le dolía más.

¿Y si le daba una oportunidad y le contaba la verdad? No... ¿Cómo iba a hacer eso? Yenkis sólo tenía 12 años. Era demasiado pequeño, ¿no?

«No…» pensó Neuval. «No lo es. Con 12 años yo ya empecé a trabajar para la Asociación… a perseguir criminales y terroristas… a matar condenados… a entender cómo es el mundo realmente. Yenkis no será un niño inocente y alegre para siempre. Con 12 años… ya está dejando de ser un niño. Y necesita que yo deje de tratarlo como tal. Está creciendo, y yo tengo… que ayudarlo a crecer. Como Lao hizo conmigo. Como yo ya hice con Lex. Como he intentado hacer con Cleven».

¿Por qué todo se tenía que haber complicado tanto de repente? Neuval estaba hecho un lío, no sabía qué hacer, qué era lo correcto. Ya era seguro que Yenkis, mientras seguía observando el destrozo con espanto, estaba fabricando un nuevo torrente de preguntas con el que le atacaría tarde o temprano. ¿Y cómo podría responderle? ¿Qué le iba a decir? Todo no se lo podía a decir. Pero estaba obligado a contarle algo, o si no, Yenkis podía acabar teniendo las ideas equivocadas, o intentando averiguarlas por sí solo de la manera equivocada.

Ya está. Mitad y mitad, pensó Neuval. Tendría que contarle una verdad a medias.

Acabó relajando los músculos, dejando salir un pequeño suspiro de sosiego, concentrado. Consiguió poco a poco que su iris controlase su estado emocional. Ya estaba acostumbrado a esto. Toda su vida había estado repleta de difíciles decisiones. Unas habían salido bien, otras no tan bien...

Mientras Yenkis seguía ahí de pie, intentando salir de su shock, Neuval dejó la comida hecha y apagó el fuego. Luego se fue al comedor y recogió todas las cosas. Pero no de manera normal, no tenía tiempo que perder, y ya daba igual. Antes de hacer nada, miró a Yenkis seriamente, y el niño a él, confuso. Entonces, Neuval comenzó a hacer unos movimientos de manos, concentrando masas de aire de determinados sitios que levantaron la mesa del comedor, las sillas, recogieron los papeles y estos se ordenaron formando remolinos antes de posarse en las repisas donde estaban previamente. Por último, dio un simple soplo con la boca y los cuadros se movieron, poniéndose rectos.

Yenkis, sin parpadear, miraba hacia su padre completamente inmóvil. Pero cuando Neuval dio un paso hacia él, Yenkis dio un respingo y se alejó un poco. Neuval se detuvo. Vale, estaba asustado, comprendió el hombre. Tenía que dejarle tiempo, no atosigarlo, así que le habló desde el otro lado de la cocina.

—Come algo, por favor. Me voy a recoger a Hana. Volveré dentro de dos horas como mucho.

El niño ni se movió ni dijo nada. A Neuval le dolió verlo así. Esa mirada era como la de Lex de aquella mañana en el hospital, una mirada de decepción, de estar hartos de la repetición de la misma historia. Qué difícil tenía que ser todo. No pudo evitarlo, Neuval caminó hacia él y Yenkis intentó salir de la cocina, pero su padre lo agarró de un brazo.

—Yen...

El muchacho agachó la cabeza, quedándose quieto y respirando nervioso.

—Yen. Tengo que ir a por Hana. Por favor, prométeme que no te moverás de casa. Prométeme que vas a esperarme.

El chico continuó callado.

—Te contaré qué eres. Y qué soy yo. ¿Te conformarás con eso?

Silencio.

—Yen, ¡mírame! Mírame un momento, por favor.

Yenkis acabó levantando los ojos hacia él, lentamente.

—Tengo muchas cosas de las que encargarme, muchas… —le dijo Neuval, y se le notó un pequeño temblor de súplica en la voz—. No sé cómo has llegado a saber lo de mi familia. Pero, aun así, ya veo que estás enterado y veo que tú mismo has visto lo que acabas de hacer, y también lo que yo he hecho. Por eso tenemos que hablar. Tú aclárame cómo sabes eso, y yo te aclararé por qué has volado el comedor, porque... ahora te estás preguntando eso, ¿verdad?

Yenkis volvió a mirar al suelo, y Neuval acabó percibiendo un leve asentimiento de su cabeza.

—¿Te puedes conformar con eso por ahora? —repitió.

Tras unos segundos, el chico volvió a asentir con la cabeza. Neuval le soltó los brazos y lo observó con un sentimiento incómodo. Miró a un lado y a otro, sin saber qué más decir, y finalmente decidió no decir nada. Salió de la cocina y dejó a Yenkis ahí recapacitando. Mejor dejar las cosas en una pausa, ahora tenía que volver a por Hana.









31.
La discordia de Yenkis

Al entrar en casa, Yenkis se fue pitando a su habitación para dejar la mochila y el pendrive en un lugar seguro, junto a su cubito. Luego se vistió con ropa cómoda.

Antes de salir de su cuarto, respiró hondo. Había sido un momento algo arriesgado, recibir de Taiya aquel programa creado por su madre y del que Yenkis no debería saber absolutamente nada, y que justo su padre hubiera aparecido para recogerlo y llevarlo a casa. Esto era inusual, su padre no solía ir a recogerlo desde que aprendió a manejarse solo con el transporte público, y si lo hacía, solía ser por alguna urgencia o motivo de peso.

Por eso, Yenkis se había temido que su padre hubiera sospechado que tenía estos secretos con Taiya y que había venido a investigarlo con la excusa de venir a recogerlo. Sin embargo, Yenkis era un iris y tenía una capacidad innata para detectar que, aunque ese parecía el motivo más probable, había en realidad otra razón. Y no se equivocaba. Y es que Neuval estaba haciendo un muy buen trabajo actuando como si no pasara nada malo. Porque por dentro estaba muy alterado, después de haber sido atacado en su despacho por almaati desertores que seguían por ahí sueltos, sin contar con los que habían sido detenidos por la policía, también después de haber oído lo que uno de ellos le había dicho sobre Izan, y después de que Hana lo hubiera visto.

No había probabilidades de que esos almaati traidores volvieran a intentar atacarlo, especialmente porque habían comprobado que, efectivamente, ir seis almaati a intentar matar a Fuujin era la idea más tonta que podían haber tenido. Muchos sabían que Fuujin era muy fuerte, con el título de iris más poderoso y todo eso… pero en verdad nadie tenía ni la más remota idea de lo extremadamente poderoso que era Neuval en realidad. Ni siquiera el propio Neuval lo sabía.

Aun así, Neuval no estaba tranquilo todavía, y por eso había ido a recoger a Yenkis, para asegurarse de que estaba a salvo. Para suerte del niño, Neuval no sospechaba nada sobre lo que Taiya le había dado. Bastantes otras preocupaciones tenía en la cabeza, y además tenía la firme creencia de que era imposible que Yenkis pudiera hacerse con sus archivos secretos, y más que eso, abrirlos. Así que el muchacho se sentía aliviado, al menos, de tener ese pendrive a buen recaudo.

Mientras bajaba las escaleras de camino a la cocina, estuvo pensando en lo distinto que parecía su padre últimamente. No sabía, parecía algo más animado, más centrado, más comunicativo… Esa risa de burla que antes le había lanzado en el coche tras haberse despedido de Evie, por ejemplo, o la breve conversación que tuvieron esa mañana por teléfono en la que su padre le decía tonterías graciosas, y otros pequeños momentos de la última semana y media... ¿Qué había pasado con el padre serio, aburrido, estricto, taciturno y distraído que él conocía? ¿Debía alegrarse, o debía preocuparse? Yenkis no era tonto, un cambio de personalidad así era positivo, sí, pero muy raro.

Neuval ya estaba en la cocina. Se había quitado su elegante traje de trabajo y tenía puestos unos pantalones vaqueros, una camiseta negra y se había despeinado. Pocas veces Yenkis lo había visto ponerse con ese aspecto tan cómodo y tan contrario a la imagen elegante y sofisticada que solía llevar cada día al trabajo. Además, esto quería decir que no tenía intención de volver a la empresa hoy, y esto, otra vez, era algo raro.

Neuval estaba sacando unas verduras de la nevera, y como Yenkis estaba parado en medio de la cocina analizándolo y tan silencioso, casi se chocó con él al darse la vuelta. Neuval se lo quedó mirando. Yenkis no dejaba de observarlo.

—¿Qué? ¿Tengo algo en la barba?

—¿Y Misae? —preguntó el niño entonces, al darse cuenta de que no había nadie más que ellos en la casa.

—No puede venir, su madre ha vuelto a enfermar —contestó, colocando las verduras sobre la tabla de cortar en una de las encimeras.

—¿Y Hana?

—Pues… Hana… está en el hospital —terminó revelándole, mientras se ponía a cortar las verduras.

—¿¡Qué!? —saltó—. ¿Qué le ha pasado?

—Tranquilo, está bien. Sólo se ha desmayado en el trabajo. Ya sabes que a veces tiene deficiencia de hierro y esas cosas.

—Mm… —entendió.

—Van a suministrarle unas vitaminas o algo —le explicó—. No es nada, según el médico es muy típico en gente con un poco de anemia, y además Hana tiene esa manía de extralimitarse en el trabajo. En un rato iré a recogerla.

—¿Qué médico te ha atendido? —preguntó rápidamente, poniéndose delante de él y mirándolo fijamente.

—Capto la intención de tu pregunta a distancia —rechistó—. Sí, Yen, los enfermeros de recepción tuvieron la fantástica idea de llamar a tu hermano para atenderme. Habrán pensado: “¡Oh! ¡Obviamente, como el doctor Vernoux no odia a su padre, estará encantado de atenderlo!” —pronunció teatralmente imitando con gran sarcasmo la supuesta voz de los enfermeros.

—Papá… —lamentó Yenkis al oírle decir eso—. Lex no te odia…

—No estés por medio, estoy haciendo la comida.

Neuval desoyó su comentario y lo apartó a un lado, y se dirigió hacia el armario de las cacerolas, sacando un par y encendiendo el fuego. Yenkis se sentó en uno de los taburetes de la isla central, apoyando en la mesa los brazos y la cabeza en las manos, receloso.

—¿Habéis hecho las paces? —volvió a preguntar sin previo aviso.

Neuval detuvo su actividad y miró al techo con gran cansancio, soltando un largo suspiro.

—No, Yenkis, no hemos hecho las paces —contestó automáticamente, pues ya le había hecho esa pregunta un montón de veces.

—Pues no lo entiendo —gruñó—. ¿Te cansa que te pregunte estas cosas? Tal vez dejaría de hacerlo si me contases de qué discutisteis.

—No empieces —murmuró con paciencia, echando agua en una de las cacerolas.

Yenkis frunció los labios y se cruzó de brazos. Si había algo que le sacaba de quicio era la relación que había entre su hermano y su padre. A Yenkis le fastidió bastante, el que Lex se fuera de casa de repente, el que se quedase sin hermano de repente. Por eso exigía saber qué pasó, no le parecía justo que no le contasen el porqué.

Desde hacía tiempo sospechaba que esa discusión tenía algo que ver con lo que ocultaba su padre, por lo que preguntarle de qué hablaron podría, además de responder a su pregunta de por qué Lex se enfadó, responder a sus preguntas sobre quién es su padre. Ya podía aceptar la idea de que su padre no le iba a contar su gran secreto, pero al menos quería que le contase por qué se enfadó Lex. Aunque sólo fuese una respuesta corta, una respuesta que no desvelase nada de aquello que Neuval ocultaba por encima de todo, como: “porque le dije algo que le ofendió” o “porque ya no se sentía a gusto viviendo aquí”, y ya está. Se conformaba con eso. Sin embargo, Neuval no decía ni una palabra, y eso le irritaba.

De lo que estaba seguro era de que Lex no se enfadó por el simple hecho de descubrir que su padre tenía una familia secreta adoptiva y de lo que hizo en París. Estaba seguro de que se enfadó por otra cosa, otra cosa más grande, un secreto mayor.

—Vale, no me cuentes de qué discutisteis exactamente —dijo Yenkis—. Dime al menos por qué Lex salió de casa tan enfadado. ¿Por un desacuerdo de opiniones, por una ofensa?

—Porque tenía un hermano muy pesado —contestó pasivamente, empezando a cortar unos ajos sobre una tablilla.

—¡Papá! —exclamó con rabia—. ¡Hablo en serio! Lex es mi hermano, quiero saber qué pasó, por qué se fue. ¿Es por esta familia... o por ti?

—¿Quieres que te responda? Respóndeme tú primero. ¿Para qué entraste el otro día en mi despacho?

Yenkis abrió los ojos con sorpresa.

—¿Cómo... lo sabes? —preguntó. «No puede ser, no dejé ninguna pista que me delatase» pensó, «¿Tendría puesto algún otro mecanismo de seguridad?».

—Soy el mejor ingeniero del mundo. No te sorprendas tanto —contestó Neuval, echándole un chorro calculado de aceite a la otra olla—. ¿Qué hiciste?

—Nada —contestó rápido, mirando hacia otro lado.

—Seguir metiéndote donde no te llaman, eso hiciste —le dijo seriamente, volviéndose a él—. ¿Robaste algo de mi ordenador? ¿Husmeaste entre mis libros? ¿Entre mis cajones?

—¿Cómo iba a hacerlo? Tú mismo lo has dicho, que no me sorprenda, todo lo tienes asegurado, inaccesible. No conseguí nada.

—Ignorando que eso sea cierto o no, te lo repetiré una vez más. Deja de cotillear. Deja de meterte donde no debes. En mi despacho no entra nadie, norma que puse desde hace años. Tienes estrictamente prohibido entrar ahí, ¿me entiendes? No soy tu compañero de juegos, soy tu padre, ¿sabes cuál es la diferencia? Hasta ahora he sido bastante indulgente contigo, pero ya no voy a seguir tolerándote estas cosas. Te estás pasando.

—¿Y tú no te estás pasando? —le espetó el chico—. ¿Que llevas años escondiendo algo importante?

—No me contestes. Lo que esconda o no, no es asunto tuyo, y si lo hago es por alguna razón. Lo que deberías hacer es estudiar, jugar, salir a correr por ahí, estar con tus amigos, como los niños normales de tu edad.

—Claro, normales, a ellos también les brilla un ojo en la oscuridad, claro... —dijo con sarcasmo.

—¡Eso da igual, Yen! —se alteró—. ¡Si te brilla el ojo es porque sí, y punto!

—¿¡Y a ti te brilla también porque sí!? ¡Venga ya, papá, no niegues que esto es algo que yo debería saber! ¡Deja ya de mentir, de dar evasivas! ¡Llega un momento en que esto empieza a ser ya ridículo! ¡Es ridículo que sigas ocultándolo! ¡Yo ya sé que hay algo, no sé el qué, pero sé que lo hay!

—Yenkis, ¿qué vas a saber tú? —murmuró, dándole la espalda para seguir haciendo la comida—. ¿Cómo puedes probar que sabes que hay algo?

—¡Para empezar! —exclamó enfadado—. Últimamente estás distinto, estás raro. No recuerdo haberte visto antes tan bienhumorado tanto tiempo seguido, ¿es que te ha pasado algo importante hace poco? Además, no sabía que supieses cocinar.

—¿Cómo no voy a saber cocinar? —respondió Neuval como si fuera obvio—. Tengo que saber alimentar a mis hijos cuando nadie más puede, ¿no crees? Ya te he dicho que la pobre Misae está cuidando de su madre y no la quiero molestar.

—Siempre has estado centrado en tu trabajo, sólo te has preocupado por tu trabajo —insistió Yenkis—. Te pasas todo el tiempo trabajando, en la empresa o en tu despacho, ¿y de repente te preocupa preparar la comida para mí? Eres quien trae el dinero a casa y nada más, ¿y de repente te interesa hacer el papel de amo de casa?

—¿¿Disculpa?? —Neuval se giró hacia él con una mirada muy incrédula, con un cazo en la mano, apuntándole—. Pero tú, chaval, ¿quién te crees que te lava y te plancha la ropa? ¿Quién crees que dobla tu ropa interior y la de Cleven y lo guarda todo en vuestros cajones? ¿Quién te crees que va al supermercado a comprar todas las semanas? ¿Quién es el que va corriendo a las cuatro de la mañana a comprar medicinas a una farmacia cada vez que os despertabais con fiebre o dolor de tripa? ¿Quién crees que limpia la casa y friega los suelos? ¿Crees que todo aparece limpio y ordenado por arte de magia?

—E... ¿Eres tú el que hace esas cosas? —se sorprendió Yenkis—. Creía que era Hana, o Misae…

—Hana ahora es mi pareja, cierto —le explicó su padre—. Pero ella no tiene la obligación de cuidaros a vosotros, esa responsabilidad es mía. Hana ayuda de vez en cuando en lo que puede. Ella tiene un horario de trabajo más estricto que el mío. Yo tengo más tiempo que ella y mejor salud para hacer las cosas de la casa, por eso las hago yo, y porque esa responsabilidad, como padre vuestro, es mía. Misae está contratada para cocinarnos tres días a la semana porque nadie aquí tiene tiempo para cocinar. Otros días Hana hacía la comida para ti y para Cleven cuando yo tenía que quedarme en la empresa por las reuniones. De todo lo demás, listillo, me encargo yo.

—Pero... —se turbó—. ¿Y por qué demonios no contratas a otra persona para limpiar y todo eso? ¡Debemos de ser la única casa de ricos que no tiene personal de limpieza! ¡No lo entiendo!

—¡Porque ser rico no significa ser inútil! Tenemos a Hoti y la casa llena de tecnología por la única razón de que yo debo ser el primero en experimentar y probar cómo funciona todo lo que fabrico y vendo a la gente, pero cualquier persona sana debería saber recoger lo que desordena y limpiar lo que mancha por sí misma porque ese es el principio básico de la independencia y la disciplina. No basta con saber hacerlo, ¡hay que hacerlo, todos los días! Resolver tus propios problemas básicos del día a día es el primer signo de la libertad individual.

Neuval omitió otro de los motivos, y es que contratar a alguien para la limpieza de la casa u otras tareas conllevaba mayor riesgo de que descubriera todos los secretos peligrosos que la casa escondía, como el arsenal de armas, o el laboratorio oculto del sótano.

Por su parte, Yenkis estaba perplejo por esa respuesta. Le hizo recordar que, al contrario de lo que toda su vida había creído, su padre había tenido la infancia más miserable, y precisamente en el duro camino por la supervivencia es donde había aprendido a ser valioso y útil por sí mismo, y de ahí, libre e independiente. Su padre no era esclavo de las comodidades, ni del dinero, ni de los servicios de los demás. Si el día de mañana cayera un meteorito y la tierra quedara medio arrasada, su padre sería el primero en saber cómo sobrevivir en un mundo sin dinero, tecnología, personas y alimentos suficientes.

—¿Pero tú… cuándo haces esas tareas? Yo no te he visto.

—En el único momento del día en que tengo tiempo, por la noche. Cuando todos os vais a la cama, soy yo el que se ocupa de hacer la colada, limpiar y ordenar, ya que cuando os lo pido a Cleven y a ti, no me hacéis caso.

—¿Por la noche? ¿Y entonces cuándo duermes?

Neuval fue a contestar por inercia, pero se mordió los labios rápidamente. Pensó cómo podía responderle.

—Pues duermo... cuando termino. Duermo mis horas. Aunque sean pocas. No importa —dijo finalmente, pero cuando Yenkis fue a preguntar de nuevo, Neuval hizo un gesto con la mano—. El caso es que claro que me paso el día trabajando. No me queda más remedio, tengo que cuidar de toda Hoteitsuba, de toda la gente que trabaja para mí. Pero al mismo tiempo trabajo en mi deber como padre cuidando de esta casa y de los que viven en ella, y que tú no lo veas no significa que no lo haga. Es mi deber, mi responsabilidad, y algún día tú lo entenderás, cuando tengas tu casa y tus hijos. Hago lo que tengo que hacer. Tu madre ya no está aquí… —se le quebró un poco la voz—… así que yo hago lo que tengo que hacer —repitió con firmeza—. A Cleven intentaba pedirle lo mismo, y ahora te lo pido a ti. Ocúpate de hacer lo que tengas que hacer, cumpliendo tu obligación de estudiar y preocupándote de tus cosas personales, no de las de los demás. Deja de meter las narices en los asuntos que no te conciernen.

Yenkis frunció los labios con ojos vidriosos de rabia. Hasta ahora había ignorado que su padre realmente era quien se ocupaba de cuidarlos; que no sólo se dedicaba a encerrarse en su trabajo tal como él y Cleven pensaban; que, tras la muerte de Katya, su padre se había ocupado de cumplir el papel de ambos.

Por una parte, le daba rabia descubrir que, en definitiva, su padre tenía la razón y todo el derecho del mundo a castigarlos cuando Cleven y él no hacían lo que tenían que hacer. Siempre pensaron que era demasiado estricto, cuando él resultaba ser quien hacía todo por ellos. Neuval llevaba siete años durmiendo 3 horas diarias, haciendo de padre, de madre y de presidente de Hoteitsuba. Y Cleven y él nunca supieron verlo. Yenkis ahora se sentía mal por haberlo acusado de ser un padre desinteresado de sus hijos cuando eso no era así, y eso le daba rabia.

Sin embargo, se sentía tan avergonzado que no quería reconocerlo. A veces, Yenkis se empeñaba demasiado en tener la razón, y por eso la rabia de su interior le pidió seguir discutiendo con él. Pese a todo, quería seguir metiendo las narices en ese tema porque sentía que tenía derecho a saber la verdad.

—¡Pues...! —exclamó entonces, pensando qué decir—. ¡Eso no quita que tú ocultes un secreto importante! ¡Y creo que es un secreto que yo debería saber! ¡Es más, ya sé un poco!

—¡Tú no sabes nada! —se hartó Neuval.

—¡Mírate! ¿¡Qué estás cocinando, eh!? —el niño señaló las cacerolas—. ¡Estás haciendo daube, es un guiso francés! ¿Quién te ha enseñado algo tan difícil? ¿Cuál de tus dos madres te enseñó?

A Neuval se le cayeron unas zanahorias al suelo debido a un breve temblor de manos. Se quedó inmóvil unos segundos, y luego se volvió hacia el niño, desconcertado.

—¿Cómo has dicho? —musitó.

Yenkis se cruzó de brazos otra vez y lo miró seriamente, yendo al grano.

—El abuelo Jean, la abuela Lilian... qué personas más horribles, ¿verdad? Y qué injusta es la vida, siempre se van las mejores personas del mundo, como mamá, y... ¿Aún recuerdas a la tía Monique? ¡Claro que sí! ¡Porque era tu hermana! ¡Tenías una hermana mayor y nunca lo has dicho! Pero menos mal que aún queda gente buena en el mundo dispuesta a acoger a un niño moribundo y perdido, como hizo el viejo Lao, su mujer y su hijo. Una buena familia, tu familia china, pero no la nuestra, ¡porque nosotros no la conocemos, porque tú nunca nos has hablado de ellos!

—Yenkis... —musitó, sin poder moverse de la tensión; estaba paralizado—. ¿Cómo...?

—¿Cómo? ¿Crees que me muevo en vano sobre este asunto? ¿Has visto lo que ya he conseguido descubrir? Te sorprende ahora, ¿verdad? Venga, no lo vayas a negar ahora —se levantó del taburete; estaba ya fuera de sus cabales—. ¡Estamos solos! ¡Ahora puedes hablar perfectamente! ¡Habla, no hay nadie en toda la cas...! —blandió su brazo con intención de señalar el comedor, pero el gesto fue más allá.

La mesa del comedor salió volando y las sillas también; los cuadros de las paredes se torcieron y algunos cayeron al suelo al ser sacudidos por un golpe de viento; unos periódicos y revistas alzaron el vuelo esparciendo sus hojas por todas partes. En dos segundos, la zona de la casa que Yenkis señalaba con el brazo quedó patas arriba, hecha un desastre.

Dos, dos eternos minutos y medio estuvieron ambos ahí como estatuas, con la vista fija en el destrozo, en un silencio sepulcral. Y Yenkis no era el que más estaba aluciando, no. A Neuval se le había parado el corazón durante un momento. Las caras que los dos tenían eran exactamente iguales.

«Oh, no...» pensó Neuval, temiéndose que, después de todo, Alvion podía tener razón. Miedo, eso es lo que sentía en ese momento, un miedo intenso. El iris de Yenkis estaba empezando a manifestarse con sus emociones. Ya no eran los típicos estornudos que hacían volar algunos objetos. El haber desatado una fuerza mediante las manos en vez de con la boca o la nariz, era un paso muy grande. Yenkis no lo había hecho aposta, lo que significaba que podría haber más accidentes de estos, en otros lugares, delante de otras personas, y más graves.

Neuval estuvo a punto, ¡a punto!, de correr hacia él y borrarle la memoria. Pero no se movió. Mejor pensó en ello.

No había podido tener tan mala suerte en un solo día. Si le borraba la memoria de lo que acababa de pasar, sería igual que lo de Hana, sería igual que lo que le había explicado Lao. Yenkis y Hana eran los únicos a los que nunca les había borrado la memoria. Sólo lo hizo con Lex y con Cleven, y no se podía decir que el resultado hubiera sido el mejor de todos. No podía dejar que Hana y Yenkis acabasen de igual manera o similar.

Era en esos momentos cuando lamentaba no tener una familia cómplice, como otros iris, cuyos familiares sabían que lo eran, como Nakuru y su padre, o Sam y el suyo... Pero Neuval estaba en una posición bien diferente. Fuujin ya era un iris mundialmente conocido, tanto en el ámbito criminal como en el de los cazadores de iris en varios gobiernos del planeta. Sin embargo, Neuval ahora estaba en un punto en el que ya no sabía si de verdad todo esto merecía la pena, tanta seguridad, tantas mentiras y secretos que tenían como objetivo proteger a su familia, porque las circunstancias actuales le estaban demostrando que no estaba funcionando como debía. ¿Mantenía a su familia protegida de enemigos? Sí, sin duda, pero eso no evitaba que aparecieran problemas desde otro lado y de otro tipo.

Hiciera lo que hiciera, iba a haber problemas que naturalmente iban a estar fuera de su alcance de control, porque la vida funcionaba así. No podía esperar que algo se mantuviera quieto y estable eternamente, eso era imposible. Si venían cambios, tenía que salir de su zona de confort y adaptarse a ellos, hacer algo nuevo, tomar nuevas decisiones, si no quería acabar estancado en una situación peor. Neuval se había acomodado mucho en esos siete años de exilio. Tras haber pasado toda una vida de supervivencia y de adaptación, tenía que volver a ser esa persona, y seguir moviéndose con el mundo y sus circunstancias, enfrentarlas y superarlas, y no quedarse atrás.

Por tanto, estaba en medio de ese dilema. ¿Qué era más importante para él, estar él, su identidad y su familia a salvo de enemigos, o que su familia sufriera las consecuencias de los secretos y las mentiras, como Lex, como Cleven, como Hana y ahora con Yenkis? Todos habían sufrido o estaban sufriendo alguna consecuencia. Mantener a su familia protegida de enemigos venía con un precio que no sabía si podía seguir pagando. Creía que hoy sólo tenía que encargarse de lo de Hana y que tenía fácil solución si le borraba la memoria, pero ahora... Yenkis... ahora era él una nueva víctima de los secretos. Y como era el pequeño de la familia, a Neuval le dolía más.

¿Y si le daba una oportunidad y le contaba la verdad? No... ¿Cómo iba a hacer eso? Yenkis sólo tenía 12 años. Era demasiado pequeño, ¿no?

«No…» pensó Neuval. «No lo es. Con 12 años yo ya empecé a trabajar para la Asociación… a perseguir criminales y terroristas… a matar condenados… a entender cómo es el mundo realmente. Yenkis no será un niño inocente y alegre para siempre. Con 12 años… ya está dejando de ser un niño. Y necesita que yo deje de tratarlo como tal. Está creciendo, y yo tengo… que ayudarlo a crecer. Como Lao hizo conmigo. Como yo ya hice con Lex. Como he intentado hacer con Cleven».

¿Por qué todo se tenía que haber complicado tanto de repente? Neuval estaba hecho un lío, no sabía qué hacer, qué era lo correcto. Ya era seguro que Yenkis, mientras seguía observando el destrozo con espanto, estaba fabricando un nuevo torrente de preguntas con el que le atacaría tarde o temprano. ¿Y cómo podría responderle? ¿Qué le iba a decir? Todo no se lo podía a decir. Pero estaba obligado a contarle algo, o si no, Yenkis podía acabar teniendo las ideas equivocadas, o intentando averiguarlas por sí solo de la manera equivocada.

Ya está. Mitad y mitad, pensó Neuval. Tendría que contarle una verdad a medias.

Acabó relajando los músculos, dejando salir un pequeño suspiro de sosiego, concentrado. Consiguió poco a poco que su iris controlase su estado emocional. Ya estaba acostumbrado a esto. Toda su vida había estado repleta de difíciles decisiones. Unas habían salido bien, otras no tan bien...

Mientras Yenkis seguía ahí de pie, intentando salir de su shock, Neuval dejó la comida hecha y apagó el fuego. Luego se fue al comedor y recogió todas las cosas. Pero no de manera normal, no tenía tiempo que perder, y ya daba igual. Antes de hacer nada, miró a Yenkis seriamente, y el niño a él, confuso. Entonces, Neuval comenzó a hacer unos movimientos de manos, concentrando masas de aire de determinados sitios que levantaron la mesa del comedor, las sillas, recogieron los papeles y estos se ordenaron formando remolinos antes de posarse en las repisas donde estaban previamente. Por último, dio un simple soplo con la boca y los cuadros se movieron, poniéndose rectos.

Yenkis, sin parpadear, miraba hacia su padre completamente inmóvil. Pero cuando Neuval dio un paso hacia él, Yenkis dio un respingo y se alejó un poco. Neuval se detuvo. Vale, estaba asustado, comprendió el hombre. Tenía que dejarle tiempo, no atosigarlo, así que le habló desde el otro lado de la cocina.

—Come algo, por favor. Me voy a recoger a Hana. Volveré dentro de dos horas como mucho.

El niño ni se movió ni dijo nada. A Neuval le dolió verlo así. Esa mirada era como la de Lex de aquella mañana en el hospital, una mirada de decepción, de estar hartos de la repetición de la misma historia. Qué difícil tenía que ser todo. No pudo evitarlo, Neuval caminó hacia él y Yenkis intentó salir de la cocina, pero su padre lo agarró de un brazo.

—Yen...

El muchacho agachó la cabeza, quedándose quieto y respirando nervioso.

—Yen. Tengo que ir a por Hana. Por favor, prométeme que no te moverás de casa. Prométeme que vas a esperarme.

El chico continuó callado.

—Te contaré qué eres. Y qué soy yo. ¿Te conformarás con eso?

Silencio.

—Yen, ¡mírame! Mírame un momento, por favor.

Yenkis acabó levantando los ojos hacia él, lentamente.

—Tengo muchas cosas de las que encargarme, muchas… —le dijo Neuval, y se le notó un pequeño temblor de súplica en la voz—. No sé cómo has llegado a saber lo de mi familia. Pero, aun así, ya veo que estás enterado y veo que tú mismo has visto lo que acabas de hacer, y también lo que yo he hecho. Por eso tenemos que hablar. Tú aclárame cómo sabes eso, y yo te aclararé por qué has volado el comedor, porque... ahora te estás preguntando eso, ¿verdad?

Yenkis volvió a mirar al suelo, y Neuval acabó percibiendo un leve asentimiento de su cabeza.

—¿Te puedes conformar con eso por ahora? —repitió.

Tras unos segundos, el chico volvió a asentir con la cabeza. Neuval le soltó los brazos y lo observó con un sentimiento incómodo. Miró a un lado y a otro, sin saber qué más decir, y finalmente decidió no decir nada. Salió de la cocina y dejó a Yenkis ahí recapacitando. Mejor dejar las cosas en una pausa, ahora tenía que volver a por Hana.





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