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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









34.
Verdad a medias

Neuval y Hana se bajaron en la parada de autobús de Shibuya para coger el coche, que seguía ahí en la empresa, e irse a casa. La mujer levantó la cabeza, descubriendo con sorpresa que aquella ventana lejana del edificio Hoteitsuba estaba intacta, incluso más nueva que antes. Neuval también pareció sorprenderse un poco, pero se quedó bien aliviado.

Ambos se acercaron al edificio, en cuyo aparcamiento lateral estaba aparcado el coche. Aún había actividad en la empresa y gente dentro ocupada, ya que todavía estaban en una hora muy temprana de la tarde. Todo parecía estar en completo orden y calma.

—¿Cómo es que la ventana está arreglada? —quiso saber Hana—. Es increíble.

—Creo que Lao se ha encargado —contestó Neuval.

Justo en ese momento, cuando ya estaban junto al coche, apareció Lao saliendo del edificio por una de las puertas laterales del rascacielos y bajó la escalinata con premura hacia ellos. Neuval esperaba que ya no estuviese enfadado.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó el viejo—. ¿Estás bien, Hana? ¿Cómo te encuentras?

—Sí, estoy bien —contestó ella, mirándolo con mucha intriga por primera vez en su vida.

—¿Lo han arreglado los almaati? —le preguntó Neuval, señalando hacia la ventana.

—Eh... —titubeó Lao, mirando a Hana con apuro.

—Creía que ya no teníais cooperadores —se extrañó Hana.

—Y así es, pero podemos pedirlos prestados a otras RS aliadas —le explicó Neuval.

Zhè bù kě néng ba! —gritó Lao de repente, llevándose las manos a la cabeza, expresando toda su incredulidad.

Observó a Neuval con ojos como platos, y este, entendiendo en qué pensaba, le sonrió afirmativamente. Entonces Lao comprendió lo que había pasado al final.

—Ya veo… —murmuró—. Hana… conoces nuestro secreto.

—Neuval me lo ha contado todo. Y lo he visto. Me ha enseñado la luz de su ojo. Pero no es la primera vez que veo esa luz en una persona. Y por eso sé que todo es verdad. Incluso hablando con Lex sé que todo es cierto, y tu cara ahora mismo también me lo dice.

—Caray, no me esperaba esto tan pronto… —se decía Lao—. ¿De verdad te encuentras bien? Es decir… hay mucho que asimilar.

—Lo estoy asimilando, y al mismo tiempo quiero saber más —sonrió.

—No todos los humanos son tan escépticos ante este tipo de revelaciones —apuntó Neuval—. ¿No lo asimiló mamá también en muy poco tiempo cuando tú le hablaste de los iris por primera vez?

—Bueno, a tu madre al principio le chocó tanto que se alejó de mí cuando le mostré mi ojo y mi fuego… pero es verdad que volvió pocas horas después diciéndome que quería saber más.

—¿Puedo verla? —le preguntó Hana sin poder evitarlo.

—¿A mi exmujer? —se extrañó Lao.

—No, tonto, ¡tu luz! —se señaló un ojo.

—Ahora somos como una atracción de circo para ti, ¿verdad? —se mosqueó el viejo—. Señorita, hay cosas que son privadas, sobre todo cuando estamos en medio de la calle.

—¡Vamos, Lao! ¡Después de todas las veces que me has hecho rabiar…! ¡Me lo debes! —se abalanzó hacia él, intentando poner las manos alrededor de su ojo para formar una cavidad oscura y hacerlo brillar, pero Lao era demasiado alto y grande para ella.

—¡Neuval! ¡Controla a tu pareja!

—Ella tiene razón, Kei Lian, se lo debes —se rio este.

Al final Hana se salió con la suya y pudo ver la luz roja en el ojo del hongkonés. Después de unas palabras más, la mujer ya se metió en el coche y esperó a Neuval, que se quedó un momento con Lao a solas en mitad del aparcamiento. Se miraron unos segundos en silencio.

—Ha salido bien —comentó Lao.

—Sí. Por una vez, ha salido bien.

—Ha sido una decisión importante, Neu. Esto va a cambiar muchas cosas.

—Va a facilitar muchas cosas —le corrigió él—. Tenías razón, papá, me he oxidado con los años y me he relajado. Perdona por lo que ha pasado. Procuraré no volver a tener más descuidos como este, te lo prometo.

—Tranquilo, hijo. Me alegro de que los dos estéis bien, ante todo. ¿Te veo luego en el cementerio?

—Claro. Por nada en el mundo puedo faltar.


* * * * * *


Aún quedaba un rato largo hasta las seis de la tarde. Hana y Neuval llegaron a casa. Bajaron del coche, salieron del garaje y subieron las escaleritas del porche para entrar por la puerta. Mientras el hombre buscaba las llaves, a Hana le dio curiosidad algo.

—Oye, Neu. ¿Recibes algo a cambio de lo que haces como iris?

—Sí —asintió—. Dinero, sobre todo. Cuando son misiones superiores, las que tratan con bandas criminales peligrosas u operaciones de gran calibre nacionales e internacionales, nos paga Alvion. Al fin y al cabo, esto es un trabajo. Recibimos una paga de unos 2.500.000 yenes por cabeza por cada misión superior cumplida, más un sueldo mínimo mensual que varía según la región, pero suficiente para que todo iris pueda vivir cómodo e independiente, pagarse una vivienda, la comida y demás necesidades básicas.

—¡Qué barbaridad! —se asombró—. Aunque… ahora que lo pienso, teniendo en cuenta que es un trabajo en el que arriesgáis la vida y hacéis algo tan importante para el mundo… es un pago justo.

—Claro —sonrió—. Pero no creas que nos quedamos con todo ese dinero. Nosotros debemos pagar a nuestros almaati, contratados por nosotros mismos. Por ejemplo, me parece que los que han arreglado la ventana eran los almaati de Pipi que Lao ha pedido prestados, entonces Pipi les paga las reparaciones y los materiales, y en casos de cadáveres, los medios necesarios para no dejar pistas.

Hana puso una mueca de horror, pero supuso que hablar de cadáveres tan tranquilamente era algo normal para Neuval.

—Ahora tendré que pagar a Pipi por dejarme a sus almaati, un poco más que si hubiese usado mis propios almaati —dijo amargamente—. Pero como ya no tengo... Tendremos que reclutar, ahora que lo pienso —se dijo con sorpresa—. En fin. Cuando se trata de ayudar a otra RS con una misión que les ha sido encomendada a ellos, esa RS nos paga por la ayuda con una cantidad acordada previamente. En otros casos, nos pagan con otro tipo de cosas. Nos dejan armas, nos guardan el favor para otra ocasión, compartimos informaciones confidenciales...

—Mm… —entendió Hana, mientras Neuval abría la puerta y ambos se adentraron en casa.

Lo primero que hizo Neuval fue ir a la cocina y comprobar si Yenkis seguía ahí o si había comido algo. Encontró en el fregadero un plato y cubiertos sucios, y vio que la olla donde había preparado el guiso estaba algo más vacía. Suspiró conforme. Al final, en algún momento, Yenkis debía de haber recobrado la calma y la sensatez, y había comido con normalidad. Neuval fue a preguntarle a Hoti en voz alta dónde estaba Yenkis ahora, pero la misma Hana entró en la cocina y se lo dijo.

—Oye, he ido al porche del jardín de atrás —le informó la mujer—. Yenkis está ahí sentado haciendo cosas raras, como si estuviese lanzando piedras invisibles al jardín con mucho ímpetu. Venga, tienes que hablar con él.

—Sí —asintió, saliendo de la cocina—. Por cierto, quiero que Yen siga sin saber toda la verdad. Te lo aviso ahora, él es muy observador y perspicaz, así que ten mucho cuidado con lo que hagas, con lo que digas, con cómo actúes, ahora que tú sabes la verdad.

—Descuida, actuaré como siempre —le aseguró.

Hana se subió al dormitorio para descansar un rato, aún con los efectos del medicamento en su cuerpo, y Neuval se dirigió a la parte anterior de la casa, al porche de atrás. Ahí estaba Yenkis, sentado en el último escalón que bajaba al jardín. Miraba al frente unos segundos, luego se miraba la mano derecha fijamente y después sacudía esta hacia delante con fuerza. No pasaba nada, por lo que el niño volvió a intentarlo. Sin embargo, Neuval lo agarró de la muñeca cuando tenía el brazo en alto, deteniéndolo.

—Cuidado. ¿Quieres volar por los aires el barrio?

Yenkis alzó la cabeza con sobresalto hacia él, pero cuando Neuval le soltó la muñeca, volvió a mirar al frente, concretamente, a un cerezo que había plantado a unos metros, el cual había estado tratando de sacudir con aire.

—No creo que eso suceda —murmuró apenado—. Ya no me sale. ¿Por qué ahora que trato de hacerlo no me sale, y cuando no quiero hacerlo me sale?

—Porque no sabes hacerlo.

Yenkis se encogió de hombros y se apoyó sobre sus rodillas, alicaído. Neuval lo miró con pesar, en silencio. Dio un paso hacia él, bajando unos escalones, y se sentó en uno más arriba de donde estaba el niño. Dio un suspiro y lo abrazó por detrás, apoyando la barbilla sobre su cabeza.

—Me has esperado. Creía que no te iba a encontrar aquí, que te habrías ido por ahí como haces siempre que te enfadas.

—Ya no estaba enfadado cuando saliste a recoger a Hana —musitó Yenkis, hundiendo la cara entre sus brazos, avergonzado—. Perdona por haberme enfadado antes, papá. No quería decir esas cosas.

—Hm… —sonrió Neuval.

—¿Hana está bien?

—Sí. Ya está mejor. Tiene que descansar hoy.

Reinaron unos minutos de silencio. Ambos sabían de qué tenían que hablar, pero ninguno sabía quién tenía que comenzar, ni qué decir. Yenkis seguía mirando hacia el cerezo, sin ningún motivo en especial. Al ser el más pequeño, estaba acostumbrado a recibir más gestos de cariño de su padre. Pero esta vez era algo diferente, era mucho más cercano y cálido que de costumbre. Se sentía reconfortante, como si su padre hubiera adivinado que necesitaba ese abrazo en ese momento, no sólo porque tenía algo de miedo por lo que había pasado, sino también porque ese gesto le indicaba que su padre ya no estaba molesto o enfadado con él.

Eso no significaba que la conversación que tenían pendiente fuese a ser cómoda. Y los dos lo sabían. Y por eso la importancia de este gesto, que no era sino una forma de decir que, aunque fuesen a hablar de algo incómodo, el amor mutuo que sentían seguía estando por encima, pasase lo que pasase. En este tipo de cosas, la compenetración que había entre Neuval y Yenkis era casi absoluta. Y es que los dos eran iris. Era cierto que Lex había heredado más el carácter de Katya, y Cleven el carácter de Neuval, pero Yenkis tenía una indudable mezcla del carácter de ambos. Y era curioso, porque en el aspecto, Yenkis era idéntico a Neuval, y Cleven a Katya, pero Lex era una mezcla de ambos.

—¿Quieres…? —fue a preguntarle Neuval.

—El viejo que trabaja contigo, el abuelo Lian —dijo Yenkis, empezando él mismo sin rodeos—. Vino la otra noche a casa, cuando tú estabas un poco desaparecido. Oí desde el salón que le decía a Hana que estabas en su casa, afectado por haber recibido una llamada de un tal Jean. Investigué sobre ello.

—Ugh… —murmuró Neuval entre dientes. Yenkis había empezado fuerte. La verdad, escuchar a su hijo pronunciar el nombre de Jean lo sentía como un puñal en el estómago—. ¿Dónde investigaste?

Yenkis tardó un poco en contestar. Decidió usar una excusa para librarse de paso de la pregunta de su padre de para qué entró en su despacho.

—En Internet —contestó—. Por eso entré en tu despacho. Creía que encontraría algo sobre ese tal Jean en tu ordenador. Si tanto te había afectado una llamada de esa persona como para tener que pasar unos días en la casa de tu supuesto compañero de trabajo, debía de ser alguien importante, personal para ti… pero como no había archivos que contuviesen ese nombre, empecé a buscar por Internet.

—Vale, aclaremos algo —suspiró Neuval, pasándose una mano por la cara—. No he recibido ninguna llamada de Jean. Nunca. ¿De acuerdo? Eso sólo fue… la excusa que Lao se inventó para que Hana entendiera mi ausencia y no se preocupara.

—Entonces… ¿por qué estuviste ausente esos días de aquella semana? —se sorprendió.

—Tuve un pequeño incidente, del que no debes preocuparte en absoluto.

—¿Relacionado… con…? —insistió el niño, girándose hacia él y señalándose su propio ojo izquierdo.

—Sí. Relacionado con eso. Y ahora dime, ¿qué averiguaste en Internet, sólo con un nombre, que además es el nombre francés más común del mundo?

—Tuve éxito. Porque fui descartando datos de baja probabilidad y siguiendo una estadística de datos relacionales en la búsqueda. Esperaba encontrar una relación de tipo “viejo amigo”, “empresario de la competencia” y esas cosas. Nunca esperé una relación familiar directa, pero ahí es donde me llevó mi método de búsqueda, hasta un Jean Vernoux en una web francesa de antiguos artículos periodísticos.

Neuval estaba mudo del desconcierto. Después se dio una torta en la frente.

—Hah… —suspiró de nuevo—. Tu madre estaría tan orgullosa de ti… Qué peligro tienes, Yenkis, ¿qué voy a hacer contigo? —murmuraba, pero volvió a reponerse—. Bueno, ¿y qué decía ese artículo de ese Jean Vernoux?

—Que era un hombre con problemas psicológicos, y que… mató a su hija mayor en medio de una disputa en el domicilio… —dijo con un tono cuidadoso, recordando por las cosas que Lex le contó que este era un tema muy delicado para su padre—. También cuenta cómo lo hizo, según los informes policiales. Y… también sales tú, pero en incógnita. Decía que una vecina llamó a la policía y que esta descubrió a Jean medio muerto en el salón de su casa, presentando fracturas de costillas, hematomas, y el resto de la casa destrozada... Alguien le había dado una paliza después del asesinato, y no se llegó a saber quién. Luego menciona la presunta desaparición repentina del hijo menor de Jean. Y ahí se acaba.

Guardó un rato de silencio, esperando a que su padre dijese algo, pero él seguía callado.

—La viste morir a manos de él, ¿verdad? —murmuró Yenkis—. Y saldaste cuentas con él.

—Hm… —cerró los ojos sin más.

—¿Cómo fuiste capaz de hacerle algo así a tu propio padre? Yo me habría largado sin más.

—Ese hombre no es mi padre —discrepó tajantemente—. Nunca fue mi padre. Aunque tengamos la misma sangre.

Yenkis levantó la cabeza, mirándolo sin comprender.

—Kei Lian Lao es mi único y verdadero padre —le explicó Neuval, y el chico terminó entendiendo lo que quería decir.

—¿Qué es de Jean actualmente? ¿Sigue vivo?

—Hace poco salió de la cárcel, tras estar ahí unos 30 años cumpliendo condena —se encogió de hombros con indiferencia—. Y ahora debe de andar por París, libre de cargos, de conciencia, solo, viejo... tan tranquilo.

—¿Y qué es de tu madre? O bueno… —rectificó—. Es decir… de Lilian Soreil.

—Hmp… Ni lo sé ni me importa. Probablemente haya acabado por fin dándole un infarto en la puerta trasera de alguna licorería.

El chico abrió un poco los ojos con sorpresa ante aquella revelación. Vaya, sí que debió de odiarlos, y al parecer aún seguía odiándolos.

—¿Cómo has sabido después lo demás? —preguntó Neuval.

—Fui a hablar con Lex.

Neuval puso una mueca de dolor, y dejó caer la cabeza sobre su hombro, abatido.

—Lo siento —se excusó Yenkis—, pero ya llegado a ese punto, necesitaba saber más. Lex me contó que te fuiste de París con 10 años, y que cruzaste medio mundo solo… que llegaste a Hong Kong… y que allí conociste a Kei Lian Lao y acabó adoptándote.

Hubo un momento de silencio. Neuval esperó escuchar más, pero Yenkis terminó ahí.

—¿Y ya está? —saltó su padre.

—Ajá…

—Yenkis —objetó seriamente, pero primero respiró hondo—. No pasa nada. Si Lex te contó lo que me pasó en Hong Kong… lo que me hicieron… puedes decírmelo. No pasa nada.

El niño dudó un poco, pero al final asintió con la cabeza. Neuval dejó salir el aire por la nariz, más o menos conforme, pero miró hacia otro lado, con esa incómoda memoria. De hecho, Yenkis tenía una empatía iris tan desarrollada que no pudo evitar percibir ese sentimiento de rabia, vergüenza, dolor e incomodidad de su padre, igual que no pudo evitar expresarlo con unas pocas lágrimas.

—¡Yen! —se apuró Neuval, posando una mano en su cabeza, sin entender.

—Siento mucho lo que te hicieron, papá… —sollozó—. A ti y a esos otros niños… Ningún niño debería jamás sufrir algo así… es horrible, nadie merece algo así, lo siento… —lo abrazó.

Neuval se sintió acongojado al oírle decir eso. Yenkis se sentía mal por él, y ese abrazo no era para consolarse a sí mismo, sino a él. Neuval acabó sonriendo suavemente, Yenkis tenía un gran corazón.

—No te preocupes, Yen. Porque, al final, fui la persona más afortunada del mundo. Eso pasó hace muchos años, y tuve mucha suerte de tener a los Lao. Por eso, no te sientas mal. Dime, ¿qué más te contó Lex?

—Mm… —se secó la nariz—. Ya está. Eso era todo. Empezaste una nueva vida con Kei Lian, con Ming Jie y con Sai. ¿Por qué? ¿Hay más?

—Bueno... —balbució el hombre, buscando algo con lo que excusarse, pues le extrañaba un poco que el tema de los iris y del Monte Zou no lo supiese, pero por otra parte le aliviaba—. También te pudo haber contado que estuve viviendo en Hong Kong diez años. Allí conocí a tu madre, a los 17 años, pues era íntima amiga de Suzu, la novia de mi hermano Sai. Eran estudiantes japonesas de intercambio. Tres años después, nos mudamos a Tokio y nos casamos.

—Ah, ¿conociste a mamá en Hong Kong? —sonrió interesado.

—Sí, ella vivió allí el último año de instituto de intercambio. Aunque ella me odiaba a muerte al principio —casi rio.

—¿Mamá te odiaba a muerte? ¿Y eso?

—Mm… Yo solía ser por aquel entonces un tanto… mujeriego y arrogante. Ella me consideraba un idiota. Y con razón.

—Y acabasteis casándoos —apuntó, sin salir de su asombro—. ¿Quién se enamoró de quién primero?

—Yo. Nada más verla por primera vez, me quedé prendado como un bobo. No te imaginas la cantidad de estupideces que hice para intentar conquistarla. Heh... Estuve un año entero haciendo tantos intentos y todos salieron tan mal, que ella acabó odiándome el triple. Al final, en un solo día, todo cambió.

—¿¡Eh!? ¿Qué hiciste?

Neuval se llevó una mano al pecho casi sin darse cuenta, donde tenía una vieja cicatriz sobre el corazón, que también fue la causa relacionada con su fobia a los médicos y hospitales. El recuerdo de ese día era demasiado duro, hizo lo posible por volver a evaporarlo y trató de disimular ante Yenkis.

—Eso ya es cotillear mucho —dijo entre dientes, revolviéndole el pelo.

Yenkis se rio, y trató de imaginar qué podría haber hecho su padre para conquistar a su madre. Apenas tenía recuerdos de ella, ya que tan sólo tenía unos 4 años cuando murió, pero los pocos que tenía eran muy bonitos. En fin, ahora tenía una cuestión en mente. Su padre sólo le iba a contar una pequeña verdad, o eso esperaba. Dadas las circunstancias, por ahora eso le era suficiente. Si su padre no quería contarle todo, tenía que respetarlo. Además, tal vez con lo poco que iba a saber ahora, podría avanzar más en su investigación individual. Contara lo que le contase, no iba a detenerse en seguir buscando la verdad por su cuenta. Ya tenía el pendrive, y lo iba a utilizar. Pero claro, no quería que su padre lo supiese. Mejor dejar las cosas como estaban, cada uno por su lado.

—¿Somos monstruos? —preguntó entonces.

—No, claro que no —sonrió Neuval—. Digan lo que digan los demás, no somos monstruos, Yen. Pero tampoco somos humanos.

Yenkis se sobresaltó, esas palabras le chocaron.

—¿Cómo que no somos...?

—No exactamente —le explicó—. Somos humanos en cuerpo, parcialmente. Pero no lo somos en mente, lo que también influye en nuestras capacidades físicas. ¿Sabes? La única diferencia que hay entre tú y yo, es que yo me hice inhumano, y tú naciste inhumano.

—¿Te hiciste? —repitió.

—Sí, y no a propósito. Verás... Presenciar la muerte injusta del ser que yo más quería, me provocó un dolor tan grande y me quemaba tanto por dentro... que hizo crecer algo en mí.

—¿El qué?

—Odio, rabia, ira... una ira sobrehumana. Lo único que se apodera de ti es un sentimiento de venganza, venganza contra el culpable, contra el mundo. No tienes otra cosa en la cabeza, te vuelves un ser peligroso. Estas cosas incrementan tu energía física y mental, te transforman por completo. Así nace el iris. Una energía extra y especial. Se manifiesta por uno de los ojos, por el derecho, si eres zurdo; por el izquierdo, si eres diestro. Por eso brilla —le tocó la frente con el dedo índice—. Como es algo fuera de la lógica biológica del ser humano, se considera inhumano.

Yenkis asintió lentamente, comprendiendo.

—Pues bien. En un principio, esa energía te domina. Científicamente, se definiría como un trastorno mental. Tu fuerza física aumenta, tu capacidad intelectual también, tu agilidad... para que estas, aliadas con la ira alojada en el trauma, te ayuden a vengarte contra todo lo que odies. Pero es malo. No se debe permitir que ese sentimiento te domine, porque puedes cometer actos horribles sin que te des cuenta, como la expresión que dice “ciego de ira”.

—O sea, que te vuelves un loco de remate.

—Bueno... sí. Así que, por eso, hay que recurrir a un entrenamiento de autocontrol, para que la ira fluya controladamente y la puedas usar para otro fin, darle un provecho bueno. En otras palabras, para que se pueda desahogar por un conducto seguro: dominar un elemento.

—¿Un elemento de la naturaleza, te refieres? —se sorprendió—. El aire...

—Exacto —afirmó—. Por ejemplo, es lo mismo o similar a cuando una persona está mal emocionalmente, y entonces el psicólogo le recomienda hacer una actividad de desahogo, control y concentración. Puede ser leer un libro, hacer una manualidad, cocinar o hacer algún deporte… o cosas más especiales, como caligrafía en la arena, encender una hoguera y mantenerla, esculpir en hielo, plantar flores… paracaidismo… hasta que ese desequilibrio emocional se estabiliza, llegando a un equilibrio nuevo.

—Ah... Ya lo pillo. ¿Somos seres superiores, entonces?

—Nuestra inteligencia tanto emocional como analítica lo es, si queremos. Además de nuestra fuerza y condición biológica inmune a enfermedades. Pero... también tenemos defectos —lamentó, cerrando los ojos, pensando en su majin, pero prefirió no mencionárselo—. La gente no debe saberlo, te advierto. Los humanos no están preparados para aceptar nuestra existencia. Y es mejor así para ellos, más seguro para todos.

—Pero ¿hacéis algo, aprovechando vuestras capacidades, por el bien? Como los héroes, digo.

Neuval lo miró con sorpresa.

—¿“Hacéis”? —repitió, pues había procurado referirse sólo a él y a Yenkis al hablar de “nosotros”—. Yenkis... ¿Sabes que hay más, aparte de ti y de mí?

—Bueno... Es que hablas como si tú y yo no fuéramos los únicos que existen, papá. Supongo que muchas personas han presenciado una muerte traumática alguna vez. Supongo que no tienes por qué ser tú el único, ¿no?

—Ya, claro... —murmuró.

—Pero yo nunca he visto morir a nadie. Yo… simplemente nací con eso.

—Tú eres un caso especial. Me temo que desconozco la razón. O tal vez es que no hay ninguna y simplemente se trata de una herencia genética inofensiva. No es ningún secreto que la energía del iris sí influye en el ADN. Es muy común que, si alguien se convierte en iris y ya hubo iris en su familia antes, suela sentirse más afín al mismo elemento que dominaban sus antecesores.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer ahora? —preguntó consternado—. ¿Qué he de hacer con esto?

Neuval lo miró unos segundos y después perdió la vista por las sombras lejanas del jardín. ¿Qué tenía que hacer Yenkis ahora? Es más, ¿qué tenía que hacer él con Yenkis ahora? Porque, francamente, la responsabilidad era suya, por tanto, la decisión también. La sola idea de que Yenkis fuese al Monte Zou y se convirtiese en alguien como él, o como los demás, le espantaba. Le horrorizaba que se metiese en esa vida, sin tener siquiera un motivo de venganza pendiente ni ningún trauma al que hacer justicia.

Qué desgracia, se dijo, Yenkis parecía ser como otro niño iris marginado. Un ser tan útil impedido de hacer algo. Y esto lo había estado ignorando aposta hasta ahora, desde hace casi doce años. Neuval sentía en el fondo que debía llevarlo al Monte para que Yenkis se encontrase a sí mismo, porque ese era el problema que ahora sufría el muchacho. Pero, por otra parte, más insistente, quería dejar las cosas tal cual, dejar que el niño disfrutase de una vida normal y feliz. ¿Qué era lo correcto? ¿Qué debía hacer con él?

—Papá, me siento... como asustado, perdido.

Claro, igual que como se sentían las personas recién convertidas en iris. Era la incertidumbre, un sentimiento más y bastante pesado, el no saber quién se era en realidad. Esta decisión le superaba, Neuval se vio incapaz de inclinarse por alguna de las opciones. Si Yenkis tuviese deseos de vengar alguna muerte, ahí ya le dejaría ir al Monte sin pensarlo tres veces. Pero no era así, sólo era un niño inocente, feliz con su vida normal, sin dolor, sin problemas emocionales...

Neuval empezó a morderse la uña del pulgar, abrumado. ¿Y si... la próxima vez que Yenkis usase su capacidad, y sin quererlo, saliese malparada una persona, en vez de una mesa y unas sillas? No quiso verlo cuando Alvion y los monjes se lo mencionaron, pero sí que podía ser peligroso. Una cosa estaba clara, el poder de Yenkis funcionaba de la misma forma que los demás iris.

—¿Sabes? —murmuró el niño—. La otra noche me caí del árbol que está junto a la ventana de mi cuarto.

Neuval se sobresaltó al oír eso, preocupado.

—Pero no me di contra el suelo. Me frenó el propio aire. Sé que lo hice yo, pero no sé cómo.

Quedaba confirmado, funcionaba igual que los demás iris. Su iris era real, verdadero. Se activaba, en el caso de los novatos, por una emoción fuerte –los que ya tenían control sobre él podían activarlo cuando quisiesen–. Eso tenía un significado. Yenkis voló el comedor porque estaba muy alterado entonces, y se salvó de la caída porque en el momento en que estaba a punto de darse contra el suelo, estaba muerto de miedo. El iris reaccionó conforme a los deseos de su dueño, aunque este no fuera consciente.

Sin embargo, en el caso de verse en peligro, fuese novato o no, el iris se activaba involuntariamente, protegiendo así a tiempo a la persona, como las reacciones involuntarias normales, como cuando alguien aparta velozmente la mano del fuego por instinto. Pero en el caso de querer desahogar un enfado, que la reacción fuese involuntaria no podía permitirse. Era peligrosa y debía ser controlada por la persona. Era algo muy complicado, y para eso estaba el Monte Zou. La mente y el cuerpo van unidas, los pensamientos y deseos con las acciones, así que Yenkis, que no sabía mantener ese equilibrio entre mente y cuerpo, debía aprender.

Pero Neuval no quería llevarlo al Monte. ¿Y si lo entrenaba él mismo? Eso ya sería más complicado, ya estaba ocupado con el trabajo y con la KRS, imposible, no tenía tiempo ni cabeza para ello.

Ya está. Neuval se puso en pie, y el niño se giró para mirarlo, esperando una respuesta. Decidió que Yenkis aún no iba a ir al Monte, pero lo que sí iba a hacer era recibir un pequeño entrenamiento de lo más básico. Era buena idea y necesario, con ese entrenamiento de lo más básico Neuval no tenía que volver a preocuparse de que Yenkis se asustase de sus propias reacciones anormales involuntarias.

Lo pensó un rato, y finalmente dio con la mejor persona a la que podía recurrir para que lo entrenase. Neuval tenía mucha confianza en esa persona. Por supuesto, era otro iris del Viento, era un Fuujin-san.

—Yenkis, no te preocupes —le dijo—. Voy a llamar a alguien, un joven conocido mío. Te ayudará a aprender a controlar tu poder. Yo no puedo, no tengo tiempo. Pero él lo hará tan bien como yo lo haría.

El niño se puso en pie, con ojos brillantes de ilusión.

—¿Quién es? —quiso saber.

—Otro que domina el aire. Y te advierto, sólo te enseñará a tener un poco de control, nada más, así que ni se te ocurra utilizarlo para preguntarle las cosas que no debes. De todas maneras, ya le diré que no te cuente más de lo debido, por si acaso.

—Seguimos igual, pues —refunfuñó el niño—. Tú y yo.

—No digas eso —dijo con cara tristona—. Hemos tenido una bonita charla, podrías verme con otros ojos.

—Ya, lo sé —le sonrió—. Era broma. Entonces, vale. Si crees que es lo que necesito, lo acepto.

Neuval le sonrió y le revolvió el pelo una vez más. Luego vio el reloj de su muñeca y abrió los ojos con sobresalto.

—Ahí va, llego tarde —masculló, adentrándose de nuevo en la casa.

—¿Adónde? —se sorprendió, siguiéndolo por detrás.

Neuval se detuvo y se volvió hacia él. Tardó en contestar, dubitativo, pero al final no vio por qué no iba a decírselo, ya después de todo lo que habían hablado. Se agachó a su altura y lo cogió de los hombros.

—Recuerdas el nombre de Sai, ¿verdad?

El niño asintió.

—Murió hace diez años. Murió cuando tú tenías 2 años. Hasta entonces, fue tu tío. Mi hermano adoptivo.

Yenkis puso una mueca triste.

—Hoy es el aniversario de su muerte —continuó Neuval—. Como todos los años, me voy al cementerio con Kei Lian y los otros.

—¿Qué otros?

—La propia familia de Sai. Lo visitamos cada año, este día —contestó mientras se ponía de pie y se iba hacia el vestíbulo; miró un momento hacia el piso de arriba—. Hana debe de haberse acostado un rato.

Neuval cogió el abrigo que había dejado sobre la barandilla de la escalera y se lo puso rápidamente. Mientras fue a coger sus llaves del coche y de casa, y una bufanda y unos guantes, Yenkis lo observaba detenidamente, en silencio, al lado de la escalera.

—Bueno —dijo el hombre, abriendo la puerta de la calle—. Volveré en un rato, no puedo llegar tarde. Llámame si necesitas algo.

Yenkis asintió y miró hacia un lado con duda. Justo cuando su padre iba a cerrar la puerta, corrió hacia él y lo agarró del abrigo, deteniéndolo. Neuval se volvió con sobresalto y vio a Yenkis con una expresión de intensa súplica en los ojos.

—¿Puedo ir, papá?

—¿Eh? —se sorprendió.

—¿Puedo ir a visitar al tío Sai yo también? Por favor...

Neuval frunció el ceño y miró un momento al frente, reflexivo. ¿Y si pudiera darle ese voto de confianza? Él mismo ya lo estuvo asumiendo antes, Yenkis ya no era un niño pequeño, es más, era incluso más maduro que el resto de niños de su edad. Mantener a la familia Lao y Vernoux separadas sólo había sido un mecanismo de seguridad, y muy efectivo, para proteger a ambas familias de las sospechas del Gobierno, siendo los apodos del iris Fuujin y del iris Kajin-san dos de los que más destacaban en la operación de caza de los iris iniciada por Takeshi Nonomiya hace años. A su vez, también para proteger Hoteitsuba y la producción secreta e “ilegal” de tecnología y armas para la Asociación.

Ya habían empezado febrero, y este año había comenzado con cambios muy interesantes. Cleven se había ido a vivir con Brey, Neuval había regresado a la Asociación, ahora Hana era cómplice del secreto de los iris… Si les había dado un voto de confianza a Cleven, a Brey y a Hana, ¿por qué no lo iba a hacer con Yenkis? Neuval se preguntaba, ¿y si ya es hora de seguir dando paso, poco a poco, a más cambios? ¿Y si esta es la época en que son bienvenidas nuevas oportunidades, después de siete años de tristeza, exilio, monotonía y oscuridad? Quien no arriesga, no gana.

—Sí —contestó Neuval finalmente—. Claro que puedes venir. Vamos, coge tu abrigo. Hoti cuidará de Hana.

Sí. Las cosas siempre se complicaban constantemente, se ponían difíciles y hasta insoportables. Pero así había sido toda la vida de Neuval, y él no hacía más que resistir, adaptarse y tratar de dar los pasos en el camino correcto. No podía creer que hace tan sólo unas semanas se sentía desgraciado, infeliz y sin esperanza, y aferrado a la firme creencia de que así iba a ser el resto de su vida…

No. Nada es permanente. Todo cambia, en algún momento, tarde o temprano, por una razón u otra, inesperada o planeada. En cualquier caso, Lao siempre le repetía y le recordaba, que Fuujin no era alguien que se rendía jamás. Sencillamente, a veces uno necesitaba periodos de pausa, periodos de descanso, o periodos de fracasar, estancarse y hundirse. A veces, estos eran periodos necesarios para después retomar la vida por otra vía nueva y mejor. No había nada malo en ello. Seguro que Katya se alegraba mucho por él.









34.
Verdad a medias

Neuval y Hana se bajaron en la parada de autobús de Shibuya para coger el coche, que seguía ahí en la empresa, e irse a casa. La mujer levantó la cabeza, descubriendo con sorpresa que aquella ventana lejana del edificio Hoteitsuba estaba intacta, incluso más nueva que antes. Neuval también pareció sorprenderse un poco, pero se quedó bien aliviado.

Ambos se acercaron al edificio, en cuyo aparcamiento lateral estaba aparcado el coche. Aún había actividad en la empresa y gente dentro ocupada, ya que todavía estaban en una hora muy temprana de la tarde. Todo parecía estar en completo orden y calma.

—¿Cómo es que la ventana está arreglada? —quiso saber Hana—. Es increíble.

—Creo que Lao se ha encargado —contestó Neuval.

Justo en ese momento, cuando ya estaban junto al coche, apareció Lao saliendo del edificio por una de las puertas laterales del rascacielos y bajó la escalinata con premura hacia ellos. Neuval esperaba que ya no estuviese enfadado.

—¿Qué hacéis aquí? —preguntó el viejo—. ¿Estás bien, Hana? ¿Cómo te encuentras?

—Sí, estoy bien —contestó ella, mirándolo con mucha intriga por primera vez en su vida.

—¿Lo han arreglado los almaati? —le preguntó Neuval, señalando hacia la ventana.

—Eh... —titubeó Lao, mirando a Hana con apuro.

—Creía que ya no teníais cooperadores —se extrañó Hana.

—Y así es, pero podemos pedirlos prestados a otras RS aliadas —le explicó Neuval.

Zhè bù kě néng ba! —gritó Lao de repente, llevándose las manos a la cabeza, expresando toda su incredulidad.

Observó a Neuval con ojos como platos, y este, entendiendo en qué pensaba, le sonrió afirmativamente. Entonces Lao comprendió lo que había pasado al final.

—Ya veo… —murmuró—. Hana… conoces nuestro secreto.

—Neuval me lo ha contado todo. Y lo he visto. Me ha enseñado la luz de su ojo. Pero no es la primera vez que veo esa luz en una persona. Y por eso sé que todo es verdad. Incluso hablando con Lex sé que todo es cierto, y tu cara ahora mismo también me lo dice.

—Caray, no me esperaba esto tan pronto… —se decía Lao—. ¿De verdad te encuentras bien? Es decir… hay mucho que asimilar.

—Lo estoy asimilando, y al mismo tiempo quiero saber más —sonrió.

—No todos los humanos son tan escépticos ante este tipo de revelaciones —apuntó Neuval—. ¿No lo asimiló mamá también en muy poco tiempo cuando tú le hablaste de los iris por primera vez?

—Bueno, a tu madre al principio le chocó tanto que se alejó de mí cuando le mostré mi ojo y mi fuego… pero es verdad que volvió pocas horas después diciéndome que quería saber más.

—¿Puedo verla? —le preguntó Hana sin poder evitarlo.

—¿A mi exmujer? —se extrañó Lao.

—No, tonto, ¡tu luz! —se señaló un ojo.

—Ahora somos como una atracción de circo para ti, ¿verdad? —se mosqueó el viejo—. Señorita, hay cosas que son privadas, sobre todo cuando estamos en medio de la calle.

—¡Vamos, Lao! ¡Después de todas las veces que me has hecho rabiar…! ¡Me lo debes! —se abalanzó hacia él, intentando poner las manos alrededor de su ojo para formar una cavidad oscura y hacerlo brillar, pero Lao era demasiado alto y grande para ella.

—¡Neuval! ¡Controla a tu pareja!

—Ella tiene razón, Kei Lian, se lo debes —se rio este.

Al final Hana se salió con la suya y pudo ver la luz roja en el ojo del hongkonés. Después de unas palabras más, la mujer ya se metió en el coche y esperó a Neuval, que se quedó un momento con Lao a solas en mitad del aparcamiento. Se miraron unos segundos en silencio.

—Ha salido bien —comentó Lao.

—Sí. Por una vez, ha salido bien.

—Ha sido una decisión importante, Neu. Esto va a cambiar muchas cosas.

—Va a facilitar muchas cosas —le corrigió él—. Tenías razón, papá, me he oxidado con los años y me he relajado. Perdona por lo que ha pasado. Procuraré no volver a tener más descuidos como este, te lo prometo.

—Tranquilo, hijo. Me alegro de que los dos estéis bien, ante todo. ¿Te veo luego en el cementerio?

—Claro. Por nada en el mundo puedo faltar.


* * * * * *


Aún quedaba un rato largo hasta las seis de la tarde. Hana y Neuval llegaron a casa. Bajaron del coche, salieron del garaje y subieron las escaleritas del porche para entrar por la puerta. Mientras el hombre buscaba las llaves, a Hana le dio curiosidad algo.

—Oye, Neu. ¿Recibes algo a cambio de lo que haces como iris?

—Sí —asintió—. Dinero, sobre todo. Cuando son misiones superiores, las que tratan con bandas criminales peligrosas u operaciones de gran calibre nacionales e internacionales, nos paga Alvion. Al fin y al cabo, esto es un trabajo. Recibimos una paga de unos 2.500.000 yenes por cabeza por cada misión superior cumplida, más un sueldo mínimo mensual que varía según la región, pero suficiente para que todo iris pueda vivir cómodo e independiente, pagarse una vivienda, la comida y demás necesidades básicas.

—¡Qué barbaridad! —se asombró—. Aunque… ahora que lo pienso, teniendo en cuenta que es un trabajo en el que arriesgáis la vida y hacéis algo tan importante para el mundo… es un pago justo.

—Claro —sonrió—. Pero no creas que nos quedamos con todo ese dinero. Nosotros debemos pagar a nuestros almaati, contratados por nosotros mismos. Por ejemplo, me parece que los que han arreglado la ventana eran los almaati de Pipi que Lao ha pedido prestados, entonces Pipi les paga las reparaciones y los materiales, y en casos de cadáveres, los medios necesarios para no dejar pistas.

Hana puso una mueca de horror, pero supuso que hablar de cadáveres tan tranquilamente era algo normal para Neuval.

—Ahora tendré que pagar a Pipi por dejarme a sus almaati, un poco más que si hubiese usado mis propios almaati —dijo amargamente—. Pero como ya no tengo... Tendremos que reclutar, ahora que lo pienso —se dijo con sorpresa—. En fin. Cuando se trata de ayudar a otra RS con una misión que les ha sido encomendada a ellos, esa RS nos paga por la ayuda con una cantidad acordada previamente. En otros casos, nos pagan con otro tipo de cosas. Nos dejan armas, nos guardan el favor para otra ocasión, compartimos informaciones confidenciales...

—Mm… —entendió Hana, mientras Neuval abría la puerta y ambos se adentraron en casa.

Lo primero que hizo Neuval fue ir a la cocina y comprobar si Yenkis seguía ahí o si había comido algo. Encontró en el fregadero un plato y cubiertos sucios, y vio que la olla donde había preparado el guiso estaba algo más vacía. Suspiró conforme. Al final, en algún momento, Yenkis debía de haber recobrado la calma y la sensatez, y había comido con normalidad. Neuval fue a preguntarle a Hoti en voz alta dónde estaba Yenkis ahora, pero la misma Hana entró en la cocina y se lo dijo.

—Oye, he ido al porche del jardín de atrás —le informó la mujer—. Yenkis está ahí sentado haciendo cosas raras, como si estuviese lanzando piedras invisibles al jardín con mucho ímpetu. Venga, tienes que hablar con él.

—Sí —asintió, saliendo de la cocina—. Por cierto, quiero que Yen siga sin saber toda la verdad. Te lo aviso ahora, él es muy observador y perspicaz, así que ten mucho cuidado con lo que hagas, con lo que digas, con cómo actúes, ahora que tú sabes la verdad.

—Descuida, actuaré como siempre —le aseguró.

Hana se subió al dormitorio para descansar un rato, aún con los efectos del medicamento en su cuerpo, y Neuval se dirigió a la parte anterior de la casa, al porche de atrás. Ahí estaba Yenkis, sentado en el último escalón que bajaba al jardín. Miraba al frente unos segundos, luego se miraba la mano derecha fijamente y después sacudía esta hacia delante con fuerza. No pasaba nada, por lo que el niño volvió a intentarlo. Sin embargo, Neuval lo agarró de la muñeca cuando tenía el brazo en alto, deteniéndolo.

—Cuidado. ¿Quieres volar por los aires el barrio?

Yenkis alzó la cabeza con sobresalto hacia él, pero cuando Neuval le soltó la muñeca, volvió a mirar al frente, concretamente, a un cerezo que había plantado a unos metros, el cual había estado tratando de sacudir con aire.

—No creo que eso suceda —murmuró apenado—. Ya no me sale. ¿Por qué ahora que trato de hacerlo no me sale, y cuando no quiero hacerlo me sale?

—Porque no sabes hacerlo.

Yenkis se encogió de hombros y se apoyó sobre sus rodillas, alicaído. Neuval lo miró con pesar, en silencio. Dio un paso hacia él, bajando unos escalones, y se sentó en uno más arriba de donde estaba el niño. Dio un suspiro y lo abrazó por detrás, apoyando la barbilla sobre su cabeza.

—Me has esperado. Creía que no te iba a encontrar aquí, que te habrías ido por ahí como haces siempre que te enfadas.

—Ya no estaba enfadado cuando saliste a recoger a Hana —musitó Yenkis, hundiendo la cara entre sus brazos, avergonzado—. Perdona por haberme enfadado antes, papá. No quería decir esas cosas.

—Hm… —sonrió Neuval.

—¿Hana está bien?

—Sí. Ya está mejor. Tiene que descansar hoy.

Reinaron unos minutos de silencio. Ambos sabían de qué tenían que hablar, pero ninguno sabía quién tenía que comenzar, ni qué decir. Yenkis seguía mirando hacia el cerezo, sin ningún motivo en especial. Al ser el más pequeño, estaba acostumbrado a recibir más gestos de cariño de su padre. Pero esta vez era algo diferente, era mucho más cercano y cálido que de costumbre. Se sentía reconfortante, como si su padre hubiera adivinado que necesitaba ese abrazo en ese momento, no sólo porque tenía algo de miedo por lo que había pasado, sino también porque ese gesto le indicaba que su padre ya no estaba molesto o enfadado con él.

Eso no significaba que la conversación que tenían pendiente fuese a ser cómoda. Y los dos lo sabían. Y por eso la importancia de este gesto, que no era sino una forma de decir que, aunque fuesen a hablar de algo incómodo, el amor mutuo que sentían seguía estando por encima, pasase lo que pasase. En este tipo de cosas, la compenetración que había entre Neuval y Yenkis era casi absoluta. Y es que los dos eran iris. Era cierto que Lex había heredado más el carácter de Katya, y Cleven el carácter de Neuval, pero Yenkis tenía una indudable mezcla del carácter de ambos. Y era curioso, porque en el aspecto, Yenkis era idéntico a Neuval, y Cleven a Katya, pero Lex era una mezcla de ambos.

—¿Quieres…? —fue a preguntarle Neuval.

—El viejo que trabaja contigo, el abuelo Lian —dijo Yenkis, empezando él mismo sin rodeos—. Vino la otra noche a casa, cuando tú estabas un poco desaparecido. Oí desde el salón que le decía a Hana que estabas en su casa, afectado por haber recibido una llamada de un tal Jean. Investigué sobre ello.

—Ugh… —murmuró Neuval entre dientes. Yenkis había empezado fuerte. La verdad, escuchar a su hijo pronunciar el nombre de Jean lo sentía como un puñal en el estómago—. ¿Dónde investigaste?

Yenkis tardó un poco en contestar. Decidió usar una excusa para librarse de paso de la pregunta de su padre de para qué entró en su despacho.

—En Internet —contestó—. Por eso entré en tu despacho. Creía que encontraría algo sobre ese tal Jean en tu ordenador. Si tanto te había afectado una llamada de esa persona como para tener que pasar unos días en la casa de tu supuesto compañero de trabajo, debía de ser alguien importante, personal para ti… pero como no había archivos que contuviesen ese nombre, empecé a buscar por Internet.

—Vale, aclaremos algo —suspiró Neuval, pasándose una mano por la cara—. No he recibido ninguna llamada de Jean. Nunca. ¿De acuerdo? Eso sólo fue… la excusa que Lao se inventó para que Hana entendiera mi ausencia y no se preocupara.

—Entonces… ¿por qué estuviste ausente esos días de aquella semana? —se sorprendió.

—Tuve un pequeño incidente, del que no debes preocuparte en absoluto.

—¿Relacionado… con…? —insistió el niño, girándose hacia él y señalándose su propio ojo izquierdo.

—Sí. Relacionado con eso. Y ahora dime, ¿qué averiguaste en Internet, sólo con un nombre, que además es el nombre francés más común del mundo?

—Tuve éxito. Porque fui descartando datos de baja probabilidad y siguiendo una estadística de datos relacionales en la búsqueda. Esperaba encontrar una relación de tipo “viejo amigo”, “empresario de la competencia” y esas cosas. Nunca esperé una relación familiar directa, pero ahí es donde me llevó mi método de búsqueda, hasta un Jean Vernoux en una web francesa de antiguos artículos periodísticos.

Neuval estaba mudo del desconcierto. Después se dio una torta en la frente.

—Hah… —suspiró de nuevo—. Tu madre estaría tan orgullosa de ti… Qué peligro tienes, Yenkis, ¿qué voy a hacer contigo? —murmuraba, pero volvió a reponerse—. Bueno, ¿y qué decía ese artículo de ese Jean Vernoux?

—Que era un hombre con problemas psicológicos, y que… mató a su hija mayor en medio de una disputa en el domicilio… —dijo con un tono cuidadoso, recordando por las cosas que Lex le contó que este era un tema muy delicado para su padre—. También cuenta cómo lo hizo, según los informes policiales. Y… también sales tú, pero en incógnita. Decía que una vecina llamó a la policía y que esta descubrió a Jean medio muerto en el salón de su casa, presentando fracturas de costillas, hematomas, y el resto de la casa destrozada... Alguien le había dado una paliza después del asesinato, y no se llegó a saber quién. Luego menciona la presunta desaparición repentina del hijo menor de Jean. Y ahí se acaba.

Guardó un rato de silencio, esperando a que su padre dijese algo, pero él seguía callado.

—La viste morir a manos de él, ¿verdad? —murmuró Yenkis—. Y saldaste cuentas con él.

—Hm… —cerró los ojos sin más.

—¿Cómo fuiste capaz de hacerle algo así a tu propio padre? Yo me habría largado sin más.

—Ese hombre no es mi padre —discrepó tajantemente—. Nunca fue mi padre. Aunque tengamos la misma sangre.

Yenkis levantó la cabeza, mirándolo sin comprender.

—Kei Lian Lao es mi único y verdadero padre —le explicó Neuval, y el chico terminó entendiendo lo que quería decir.

—¿Qué es de Jean actualmente? ¿Sigue vivo?

—Hace poco salió de la cárcel, tras estar ahí unos 30 años cumpliendo condena —se encogió de hombros con indiferencia—. Y ahora debe de andar por París, libre de cargos, de conciencia, solo, viejo... tan tranquilo.

—¿Y qué es de tu madre? O bueno… —rectificó—. Es decir… de Lilian Soreil.

—Hmp… Ni lo sé ni me importa. Probablemente haya acabado por fin dándole un infarto en la puerta trasera de alguna licorería.

El chico abrió un poco los ojos con sorpresa ante aquella revelación. Vaya, sí que debió de odiarlos, y al parecer aún seguía odiándolos.

—¿Cómo has sabido después lo demás? —preguntó Neuval.

—Fui a hablar con Lex.

Neuval puso una mueca de dolor, y dejó caer la cabeza sobre su hombro, abatido.

—Lo siento —se excusó Yenkis—, pero ya llegado a ese punto, necesitaba saber más. Lex me contó que te fuiste de París con 10 años, y que cruzaste medio mundo solo… que llegaste a Hong Kong… y que allí conociste a Kei Lian Lao y acabó adoptándote.

Hubo un momento de silencio. Neuval esperó escuchar más, pero Yenkis terminó ahí.

—¿Y ya está? —saltó su padre.

—Ajá…

—Yenkis —objetó seriamente, pero primero respiró hondo—. No pasa nada. Si Lex te contó lo que me pasó en Hong Kong… lo que me hicieron… puedes decírmelo. No pasa nada.

El niño dudó un poco, pero al final asintió con la cabeza. Neuval dejó salir el aire por la nariz, más o menos conforme, pero miró hacia otro lado, con esa incómoda memoria. De hecho, Yenkis tenía una empatía iris tan desarrollada que no pudo evitar percibir ese sentimiento de rabia, vergüenza, dolor e incomodidad de su padre, igual que no pudo evitar expresarlo con unas pocas lágrimas.

—¡Yen! —se apuró Neuval, posando una mano en su cabeza, sin entender.

—Siento mucho lo que te hicieron, papá… —sollozó—. A ti y a esos otros niños… Ningún niño debería jamás sufrir algo así… es horrible, nadie merece algo así, lo siento… —lo abrazó.

Neuval se sintió acongojado al oírle decir eso. Yenkis se sentía mal por él, y ese abrazo no era para consolarse a sí mismo, sino a él. Neuval acabó sonriendo suavemente, Yenkis tenía un gran corazón.

—No te preocupes, Yen. Porque, al final, fui la persona más afortunada del mundo. Eso pasó hace muchos años, y tuve mucha suerte de tener a los Lao. Por eso, no te sientas mal. Dime, ¿qué más te contó Lex?

—Mm… —se secó la nariz—. Ya está. Eso era todo. Empezaste una nueva vida con Kei Lian, con Ming Jie y con Sai. ¿Por qué? ¿Hay más?

—Bueno... —balbució el hombre, buscando algo con lo que excusarse, pues le extrañaba un poco que el tema de los iris y del Monte Zou no lo supiese, pero por otra parte le aliviaba—. También te pudo haber contado que estuve viviendo en Hong Kong diez años. Allí conocí a tu madre, a los 17 años, pues era íntima amiga de Suzu, la novia de mi hermano Sai. Eran estudiantes japonesas de intercambio. Tres años después, nos mudamos a Tokio y nos casamos.

—Ah, ¿conociste a mamá en Hong Kong? —sonrió interesado.

—Sí, ella vivió allí el último año de instituto de intercambio. Aunque ella me odiaba a muerte al principio —casi rio.

—¿Mamá te odiaba a muerte? ¿Y eso?

—Mm… Yo solía ser por aquel entonces un tanto… mujeriego y arrogante. Ella me consideraba un idiota. Y con razón.

—Y acabasteis casándoos —apuntó, sin salir de su asombro—. ¿Quién se enamoró de quién primero?

—Yo. Nada más verla por primera vez, me quedé prendado como un bobo. No te imaginas la cantidad de estupideces que hice para intentar conquistarla. Heh... Estuve un año entero haciendo tantos intentos y todos salieron tan mal, que ella acabó odiándome el triple. Al final, en un solo día, todo cambió.

—¿¡Eh!? ¿Qué hiciste?

Neuval se llevó una mano al pecho casi sin darse cuenta, donde tenía una vieja cicatriz sobre el corazón, que también fue la causa relacionada con su fobia a los médicos y hospitales. El recuerdo de ese día era demasiado duro, hizo lo posible por volver a evaporarlo y trató de disimular ante Yenkis.

—Eso ya es cotillear mucho —dijo entre dientes, revolviéndole el pelo.

Yenkis se rio, y trató de imaginar qué podría haber hecho su padre para conquistar a su madre. Apenas tenía recuerdos de ella, ya que tan sólo tenía unos 4 años cuando murió, pero los pocos que tenía eran muy bonitos. En fin, ahora tenía una cuestión en mente. Su padre sólo le iba a contar una pequeña verdad, o eso esperaba. Dadas las circunstancias, por ahora eso le era suficiente. Si su padre no quería contarle todo, tenía que respetarlo. Además, tal vez con lo poco que iba a saber ahora, podría avanzar más en su investigación individual. Contara lo que le contase, no iba a detenerse en seguir buscando la verdad por su cuenta. Ya tenía el pendrive, y lo iba a utilizar. Pero claro, no quería que su padre lo supiese. Mejor dejar las cosas como estaban, cada uno por su lado.

—¿Somos monstruos? —preguntó entonces.

—No, claro que no —sonrió Neuval—. Digan lo que digan los demás, no somos monstruos, Yen. Pero tampoco somos humanos.

Yenkis se sobresaltó, esas palabras le chocaron.

—¿Cómo que no somos...?

—No exactamente —le explicó—. Somos humanos en cuerpo, parcialmente. Pero no lo somos en mente, lo que también influye en nuestras capacidades físicas. ¿Sabes? La única diferencia que hay entre tú y yo, es que yo me hice inhumano, y tú naciste inhumano.

—¿Te hiciste? —repitió.

—Sí, y no a propósito. Verás... Presenciar la muerte injusta del ser que yo más quería, me provocó un dolor tan grande y me quemaba tanto por dentro... que hizo crecer algo en mí.

—¿El qué?

—Odio, rabia, ira... una ira sobrehumana. Lo único que se apodera de ti es un sentimiento de venganza, venganza contra el culpable, contra el mundo. No tienes otra cosa en la cabeza, te vuelves un ser peligroso. Estas cosas incrementan tu energía física y mental, te transforman por completo. Así nace el iris. Una energía extra y especial. Se manifiesta por uno de los ojos, por el derecho, si eres zurdo; por el izquierdo, si eres diestro. Por eso brilla —le tocó la frente con el dedo índice—. Como es algo fuera de la lógica biológica del ser humano, se considera inhumano.

Yenkis asintió lentamente, comprendiendo.

—Pues bien. En un principio, esa energía te domina. Científicamente, se definiría como un trastorno mental. Tu fuerza física aumenta, tu capacidad intelectual también, tu agilidad... para que estas, aliadas con la ira alojada en el trauma, te ayuden a vengarte contra todo lo que odies. Pero es malo. No se debe permitir que ese sentimiento te domine, porque puedes cometer actos horribles sin que te des cuenta, como la expresión que dice “ciego de ira”.

—O sea, que te vuelves un loco de remate.

—Bueno... sí. Así que, por eso, hay que recurrir a un entrenamiento de autocontrol, para que la ira fluya controladamente y la puedas usar para otro fin, darle un provecho bueno. En otras palabras, para que se pueda desahogar por un conducto seguro: dominar un elemento.

—¿Un elemento de la naturaleza, te refieres? —se sorprendió—. El aire...

—Exacto —afirmó—. Por ejemplo, es lo mismo o similar a cuando una persona está mal emocionalmente, y entonces el psicólogo le recomienda hacer una actividad de desahogo, control y concentración. Puede ser leer un libro, hacer una manualidad, cocinar o hacer algún deporte… o cosas más especiales, como caligrafía en la arena, encender una hoguera y mantenerla, esculpir en hielo, plantar flores… paracaidismo… hasta que ese desequilibrio emocional se estabiliza, llegando a un equilibrio nuevo.

—Ah... Ya lo pillo. ¿Somos seres superiores, entonces?

—Nuestra inteligencia tanto emocional como analítica lo es, si queremos. Además de nuestra fuerza y condición biológica inmune a enfermedades. Pero... también tenemos defectos —lamentó, cerrando los ojos, pensando en su majin, pero prefirió no mencionárselo—. La gente no debe saberlo, te advierto. Los humanos no están preparados para aceptar nuestra existencia. Y es mejor así para ellos, más seguro para todos.

—Pero ¿hacéis algo, aprovechando vuestras capacidades, por el bien? Como los héroes, digo.

Neuval lo miró con sorpresa.

—¿“Hacéis”? —repitió, pues había procurado referirse sólo a él y a Yenkis al hablar de “nosotros”—. Yenkis... ¿Sabes que hay más, aparte de ti y de mí?

—Bueno... Es que hablas como si tú y yo no fuéramos los únicos que existen, papá. Supongo que muchas personas han presenciado una muerte traumática alguna vez. Supongo que no tienes por qué ser tú el único, ¿no?

—Ya, claro... —murmuró.

—Pero yo nunca he visto morir a nadie. Yo… simplemente nací con eso.

—Tú eres un caso especial. Me temo que desconozco la razón. O tal vez es que no hay ninguna y simplemente se trata de una herencia genética inofensiva. No es ningún secreto que la energía del iris sí influye en el ADN. Es muy común que, si alguien se convierte en iris y ya hubo iris en su familia antes, suela sentirse más afín al mismo elemento que dominaban sus antecesores.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer ahora? —preguntó consternado—. ¿Qué he de hacer con esto?

Neuval lo miró unos segundos y después perdió la vista por las sombras lejanas del jardín. ¿Qué tenía que hacer Yenkis ahora? Es más, ¿qué tenía que hacer él con Yenkis ahora? Porque, francamente, la responsabilidad era suya, por tanto, la decisión también. La sola idea de que Yenkis fuese al Monte Zou y se convirtiese en alguien como él, o como los demás, le espantaba. Le horrorizaba que se metiese en esa vida, sin tener siquiera un motivo de venganza pendiente ni ningún trauma al que hacer justicia.

Qué desgracia, se dijo, Yenkis parecía ser como otro niño iris marginado. Un ser tan útil impedido de hacer algo. Y esto lo había estado ignorando aposta hasta ahora, desde hace casi doce años. Neuval sentía en el fondo que debía llevarlo al Monte para que Yenkis se encontrase a sí mismo, porque ese era el problema que ahora sufría el muchacho. Pero, por otra parte, más insistente, quería dejar las cosas tal cual, dejar que el niño disfrutase de una vida normal y feliz. ¿Qué era lo correcto? ¿Qué debía hacer con él?

—Papá, me siento... como asustado, perdido.

Claro, igual que como se sentían las personas recién convertidas en iris. Era la incertidumbre, un sentimiento más y bastante pesado, el no saber quién se era en realidad. Esta decisión le superaba, Neuval se vio incapaz de inclinarse por alguna de las opciones. Si Yenkis tuviese deseos de vengar alguna muerte, ahí ya le dejaría ir al Monte sin pensarlo tres veces. Pero no era así, sólo era un niño inocente, feliz con su vida normal, sin dolor, sin problemas emocionales...

Neuval empezó a morderse la uña del pulgar, abrumado. ¿Y si... la próxima vez que Yenkis usase su capacidad, y sin quererlo, saliese malparada una persona, en vez de una mesa y unas sillas? No quiso verlo cuando Alvion y los monjes se lo mencionaron, pero sí que podía ser peligroso. Una cosa estaba clara, el poder de Yenkis funcionaba de la misma forma que los demás iris.

—¿Sabes? —murmuró el niño—. La otra noche me caí del árbol que está junto a la ventana de mi cuarto.

Neuval se sobresaltó al oír eso, preocupado.

—Pero no me di contra el suelo. Me frenó el propio aire. Sé que lo hice yo, pero no sé cómo.

Quedaba confirmado, funcionaba igual que los demás iris. Su iris era real, verdadero. Se activaba, en el caso de los novatos, por una emoción fuerte –los que ya tenían control sobre él podían activarlo cuando quisiesen–. Eso tenía un significado. Yenkis voló el comedor porque estaba muy alterado entonces, y se salvó de la caída porque en el momento en que estaba a punto de darse contra el suelo, estaba muerto de miedo. El iris reaccionó conforme a los deseos de su dueño, aunque este no fuera consciente.

Sin embargo, en el caso de verse en peligro, fuese novato o no, el iris se activaba involuntariamente, protegiendo así a tiempo a la persona, como las reacciones involuntarias normales, como cuando alguien aparta velozmente la mano del fuego por instinto. Pero en el caso de querer desahogar un enfado, que la reacción fuese involuntaria no podía permitirse. Era peligrosa y debía ser controlada por la persona. Era algo muy complicado, y para eso estaba el Monte Zou. La mente y el cuerpo van unidas, los pensamientos y deseos con las acciones, así que Yenkis, que no sabía mantener ese equilibrio entre mente y cuerpo, debía aprender.

Pero Neuval no quería llevarlo al Monte. ¿Y si lo entrenaba él mismo? Eso ya sería más complicado, ya estaba ocupado con el trabajo y con la KRS, imposible, no tenía tiempo ni cabeza para ello.

Ya está. Neuval se puso en pie, y el niño se giró para mirarlo, esperando una respuesta. Decidió que Yenkis aún no iba a ir al Monte, pero lo que sí iba a hacer era recibir un pequeño entrenamiento de lo más básico. Era buena idea y necesario, con ese entrenamiento de lo más básico Neuval no tenía que volver a preocuparse de que Yenkis se asustase de sus propias reacciones anormales involuntarias.

Lo pensó un rato, y finalmente dio con la mejor persona a la que podía recurrir para que lo entrenase. Neuval tenía mucha confianza en esa persona. Por supuesto, era otro iris del Viento, era un Fuujin-san.

—Yenkis, no te preocupes —le dijo—. Voy a llamar a alguien, un joven conocido mío. Te ayudará a aprender a controlar tu poder. Yo no puedo, no tengo tiempo. Pero él lo hará tan bien como yo lo haría.

El niño se puso en pie, con ojos brillantes de ilusión.

—¿Quién es? —quiso saber.

—Otro que domina el aire. Y te advierto, sólo te enseñará a tener un poco de control, nada más, así que ni se te ocurra utilizarlo para preguntarle las cosas que no debes. De todas maneras, ya le diré que no te cuente más de lo debido, por si acaso.

—Seguimos igual, pues —refunfuñó el niño—. Tú y yo.

—No digas eso —dijo con cara tristona—. Hemos tenido una bonita charla, podrías verme con otros ojos.

—Ya, lo sé —le sonrió—. Era broma. Entonces, vale. Si crees que es lo que necesito, lo acepto.

Neuval le sonrió y le revolvió el pelo una vez más. Luego vio el reloj de su muñeca y abrió los ojos con sobresalto.

—Ahí va, llego tarde —masculló, adentrándose de nuevo en la casa.

—¿Adónde? —se sorprendió, siguiéndolo por detrás.

Neuval se detuvo y se volvió hacia él. Tardó en contestar, dubitativo, pero al final no vio por qué no iba a decírselo, ya después de todo lo que habían hablado. Se agachó a su altura y lo cogió de los hombros.

—Recuerdas el nombre de Sai, ¿verdad?

El niño asintió.

—Murió hace diez años. Murió cuando tú tenías 2 años. Hasta entonces, fue tu tío. Mi hermano adoptivo.

Yenkis puso una mueca triste.

—Hoy es el aniversario de su muerte —continuó Neuval—. Como todos los años, me voy al cementerio con Kei Lian y los otros.

—¿Qué otros?

—La propia familia de Sai. Lo visitamos cada año, este día —contestó mientras se ponía de pie y se iba hacia el vestíbulo; miró un momento hacia el piso de arriba—. Hana debe de haberse acostado un rato.

Neuval cogió el abrigo que había dejado sobre la barandilla de la escalera y se lo puso rápidamente. Mientras fue a coger sus llaves del coche y de casa, y una bufanda y unos guantes, Yenkis lo observaba detenidamente, en silencio, al lado de la escalera.

—Bueno —dijo el hombre, abriendo la puerta de la calle—. Volveré en un rato, no puedo llegar tarde. Llámame si necesitas algo.

Yenkis asintió y miró hacia un lado con duda. Justo cuando su padre iba a cerrar la puerta, corrió hacia él y lo agarró del abrigo, deteniéndolo. Neuval se volvió con sobresalto y vio a Yenkis con una expresión de intensa súplica en los ojos.

—¿Puedo ir, papá?

—¿Eh? —se sorprendió.

—¿Puedo ir a visitar al tío Sai yo también? Por favor...

Neuval frunció el ceño y miró un momento al frente, reflexivo. ¿Y si pudiera darle ese voto de confianza? Él mismo ya lo estuvo asumiendo antes, Yenkis ya no era un niño pequeño, es más, era incluso más maduro que el resto de niños de su edad. Mantener a la familia Lao y Vernoux separadas sólo había sido un mecanismo de seguridad, y muy efectivo, para proteger a ambas familias de las sospechas del Gobierno, siendo los apodos del iris Fuujin y del iris Kajin-san dos de los que más destacaban en la operación de caza de los iris iniciada por Takeshi Nonomiya hace años. A su vez, también para proteger Hoteitsuba y la producción secreta e “ilegal” de tecnología y armas para la Asociación.

Ya habían empezado febrero, y este año había comenzado con cambios muy interesantes. Cleven se había ido a vivir con Brey, Neuval había regresado a la Asociación, ahora Hana era cómplice del secreto de los iris… Si les había dado un voto de confianza a Cleven, a Brey y a Hana, ¿por qué no lo iba a hacer con Yenkis? Neuval se preguntaba, ¿y si ya es hora de seguir dando paso, poco a poco, a más cambios? ¿Y si esta es la época en que son bienvenidas nuevas oportunidades, después de siete años de tristeza, exilio, monotonía y oscuridad? Quien no arriesga, no gana.

—Sí —contestó Neuval finalmente—. Claro que puedes venir. Vamos, coge tu abrigo. Hoti cuidará de Hana.

Sí. Las cosas siempre se complicaban constantemente, se ponían difíciles y hasta insoportables. Pero así había sido toda la vida de Neuval, y él no hacía más que resistir, adaptarse y tratar de dar los pasos en el camino correcto. No podía creer que hace tan sólo unas semanas se sentía desgraciado, infeliz y sin esperanza, y aferrado a la firme creencia de que así iba a ser el resto de su vida…

No. Nada es permanente. Todo cambia, en algún momento, tarde o temprano, por una razón u otra, inesperada o planeada. En cualquier caso, Lao siempre le repetía y le recordaba, que Fuujin no era alguien que se rendía jamás. Sencillamente, a veces uno necesitaba periodos de pausa, periodos de descanso, o periodos de fracasar, estancarse y hundirse. A veces, estos eran periodos necesarios para después retomar la vida por otra vía nueva y mejor. No había nada malo en ello. Seguro que Katya se alegraba mucho por él.





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