Seguidores

2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









42.
Conociendo a la familia (3/3)

«Al llegar al último piso y salir del ascensor, Neuval respiró hondo cuando se pararon frente a una de las puertas del rellano. Lao la abrió con la llave y…

—¡Bienvenidooo! —exclamaron dos voces llenas de júbilo.

Neuval se dio un susto de muerte, en medio del salón brincaron una mujer y un niño, sujetando una pancarta larga donde habían pintado de colores “Bienvenue” en francés. Y había algunos globos de colores pegados al techo. También, sobre la mesa del comedor, había una tarta, y paquetes envueltos en papel de regalo, que eran juguetes y ropa.

La mujer era un poco bajita, y tenía un cabello negro muy largo y muy liso que brillaba igual que sus ojos negros cándidos y sus labios rosados. Se había puesto un vestido veraniego blanco y muy bonito. El niño que estaba con ella era muy parecido a Lao. Tenía el pelo muy corto, y una complexión fortachona aun con 10 años. Neuval nunca había visto unas sonrisas tan grandes y radiantes aparte de la de Monique.

—Uy… —Ming Jie miró confusa a su marido—. Creía que venías con Neuval, cariño.

—¿Dónde está? —preguntó Sai.

—¿Qué decís? Pero si está justo aq-… —cuando Lao bajó la mirada, Neuval había desaparecido—. ¡Ah!

Al parecer había sido tan rápido que ni a Ming Jie ni a Sai les dio tiempo de verlo. Lao volvió a salir por la puerta y se asomó afuera, al pasillo del rellano, y lo vio ahí pegado a la pared, pálido y tenso.

—¡No me seas cobarde! —exclamó, cogiéndolo de un brazo y tirando de él—. ¡Ven aquí, patán!

—¡No! —se resistió Neuval, agarrándose al marco de la puerta—. ¡Creo que he cambiado de idea! ¡Yo no encajo aquí! ¡Son personas demasiado buenas, voy a estropearlas, mi lugar está en la basura con los gatos!

—¡Ven aquíii! —hizo fuerza, apretando los dientes.

Ming Jie y Sai se quedaron atónitos con la escena, viendo a Lao agarrando las piernas de ese niño mientras este se aferraba con las manos al marco de la puerta, pegando voces en francés. Al final, Lao lo cogió en brazos, logrando soltarlo, y se volvió hacia los otros dos.

—Ay... —jadeó el hombre, exhausto—. Ming, Sai, os presento a Neuval... ay...

—¡Míralo! —saltó la mujer con ojos de asombro, llevándose las manos a los labios—. ¡Qué adorable y guapo es!

—¡Por fin está aquí! —celebró Sai.

Neuval se puso más tenso, ya incapaz de escaparse al estar colgado de los brazos de Lao y mirando sin pestañear a esa mujer que ahora mismo se le estaba acercando.

—¡Menudos ojos! —le sonrió ella con emoción, pero procuró no atosigarlo y evitó la tentación de abrazarlo así sin más, de sostenerle las mejillas, coger sus manos o acariciar su cabeza, pues ella era muy cariñosa y Lao ya le había dicho que Neuval necesitaba ir poco a poco con los gestos de cariño. Comenzó a hablarle en francés—. Hola, muy feliz conocerte, Neuval. Mi francés… no perfecto. Puedes decir mi errores, me enseñas, y mejorar mi francés. Me llamo Ming Jie. Puedes llamar Ming. Y… mmm… quizá en futuro… si quieras… puedes llamar “mamá”… ¡O quizá…! —agitó las manos de repente con apuro—. Yo sé, esa palabra… muy importante. Puede ser a ti difícil… yo soy desconocida a ti ahora, y yo no ganado ese título muy importante… Pero promesa a ti, me esforzaré, y ganaré ese título desde tu ojos… yo esperanza… futuro día… y… —respiró un poco, sin saber cómo continuar, parecía incluso más nerviosa que él—. Perdón, no paro hablar… Muy emocionada. Deseaba conocer a ti tanto…

Neuval había estado mudo todo ese rato en que ella no había parado de hablar. Se le había quedado cara de bobo mirándola, y estaba rojo. No sabía si era por la sonrisa tan cálida de esa mujer, o su tierna torpeza al hablarle tan rápido en un francés con algunos errores, o por verla más nerviosa que él mismo, pero se quedó absorto con ella. Y además de eso, sintió que sus propios nervios desaparecían. ¿Qué era esa sensación? ¿Qué tenía esa mujer que le calmaba tanto, que le hacía sentirse tan arropado de la nada?

—Oh, no… —se alarmó Ming Jie, y se tapó la cara con vergüenza—. Mi francés está peor de lo que imaginaba, seguro que he sonado ridícula, ¡no me ha entendido ni una palabra!

—¡Hahaha…! —se rio su marido con ganas—. Ming, tranquila, tu francés ha estado bastante bien. Te ha entendido, créeme. Lo que pasa es que le has conmovido por dentro y eso es extraño para él.

—¿Le he conmovido?

—Neu. ¿Quieres decirle algo a Ming? —le preguntó entonces Lao, volviendo a dejarlo en el suelo.

Neuval volvió con ese gesto de retorcerse la camiseta con las manos, sin apartar la mirada boba de Ming Jie.

—Yo también lo haré —le dijo, tímido.

—Oh… ¿El qué, cielo? —sonrió ella.

—Me esforzaré… lo que haga falta… para ganarme el título de “hijo”. Y… tu francés… suena muy bonito.

A Ming Jie le brillaron los ojos con tanto candor que estuvo a punto de rodearlo con sus brazos y estrujarlo y morirse de amor. Pero no lo hizo, sabía que esta situación para él no era tan fácil como lo era para ella, y era mejor ir poco a poco.

—Sai, vamos, acércate, te toca presentarte —lo apremió su padre.

Sai se acercó corriendo al instante, se había estado conteniendo, estaba igual de emocionado que su madre. Se paró delante de él, sonriente.

—¡Llevas puesta mi camiseta! —lo señaló—. ¡Se la di a papá para que te la diera a ti!

Neuval se quedó algo confuso. Como habló en chino, solamente entendió la palabra “camiseta” y recordó que estaba llevando esa prenda que Lao le había dado al salir de la clínica. Pensó que Sai le estaba diciendo que era suya y que la quería de vuelta. Fue a quitársela.

—¡Oh, no, no! —lo detuvo Sai, riéndose—. No quiero tú regreso camisa a yo. Mi francés muy mal. La camisa, para tú —se ayudó de gestos—. Es muy bien, tamaño perfecta. Poco pequeña para yo. Perfecta para tú. ¡Regalo!

—Oh… —entendió Neuval, y sonrió tímido—. Gracias. Te la pagaré.

—¡Neuval, por lo que más quieras, capaz eres de decirle a Dios que le pagarás por el aire que respiras! —le reprochó Lao una vez más—. Te ha dicho que es un regalo.

—¡Yo debería hacerle otro! —se preocupó Neuval.

—No hace falta, Neu, por favor, ¡que vienes de las calles!

—Bueno, ahora no tengo nada, pero cuando lo tenga —volvió a mirar a Sai—, yo también te regalaré algo. Un día ganaré dinero, y compraré algo y te lo regalaré.

Sai se rio.

—Sólo si tú lo deseases —le respondió—. Lo deseas… —dudó un poco si lo había dicho bien—. Lo desea… ses…

Sai empezó a poner caras raras y muy graciosas y a decir el verbo de varias formas cada vez más erróneas. Y sucedió algo que dejó a Lao desconcertado, las caras de Sai le arrancaron una carcajada a Neuval. Luego Sai también se rio. Lao estaba asombrado porque, como iris, y sabiendo lo machacada que estaba la mente de Neuval, sabía identificar una carcajada genuina y natural, de la más inocente diversión que un niño podía expresar. Y entonces estuvo convencido. Sai y él iban a ser muy buenos hermanos.

—Hijo, enséñale su habitación. Y déjale que duerma en la cama que quiera.

—¡Sí! —exclamó Sai.

A Neuval no le dio tiempo de decir ni de hacer nada, pues Sai lo agarró de un brazo y se lo llevó corriendo por la puerta del pasillo a su habitación. Ming Jie se llevó una mano al pecho. Sus ojos estaban húmedos. Lao la rodeó con un brazo.

—¿Estás bien?

Ming Jie asintió con la cabeza, reprimiendo un sollozo de alegría.

—La monje Liu tendrá preparado mañana el papeleo de la adopción —le dijo Lao—. Se encargará de falsificar los datos necesarios para que la adopción sea “legal”. Su padre biológico, por lo visto, está en prisión. Y las autoridades francesas ya dejaron de investigar la desaparición de Neuval hace varios meses. Estando aquí en la otra punta del mundo, no necesitará cambiar de nombre ni nada. Sus padres biológicos no podrán encontrar a Neuval nunca. No podrán volver a hacerle daño.

—Lo protegeremos a toda costa —asintió Ming Jie—. ¿Has visto cómo se ha puesto Sai? El pobre, llevando años queriendo tener un hermano. Desde que me curé de ese cáncer y me quedé estéril siempre estuve rezando por volver a ser bendecidos. Qué bien que lo encontraste, Lian, es un muchacho muy especial. Ahora tiene un hogar. ¿Crees que está contento? Parecía un poco cohibido.

—Le cuesta expresar lo que siente porque lo han traicionado miles de veces desde que nació. Pero yo puedo verlo con claridad. Neuval contiene una gran emoción de felicidad, de alivio y de paz, probablemente por primera vez en muchos años. No está acostumbrado a sentirse así y lo está procesando. Está asustado, porque sabe que hará cosas mal, sabe que cometerá errores, que nos causará problemas, disgustos y preocupaciones…

—Pero claro que lo hará, es un niño, todos hemos causado problemas y cometido errores de niños. Es lo normal…

—Y eso es lo que le tuve que explicar para que lo entendiera. Le dije que eso no nos iba a sorprender, que, de hecho, lo esperábamos. Y que cuando sucediese algo así, lo hablaríamos, lo trataríamos y lo solucionaríamos como familia. Y por eso ha aceptado darse a sí mismo esta oportunidad. Está aquí porque quiere.

Ming Jie sonrió y se resguardó entre los enormes brazos de su marido, cerrando los ojos con bienestar.

—Tengo amor de sobra para dos niños maravillosos.

—Eres la mejor del mundo —susurró él.

En el pasillo, Neuval se detuvo en la puerta de la habitación de Sai, una estancia muy amplia con una litera al frente, en mitad, y a ambos lados de esta unas estanterías, dos armarios, dos escritorios, pegados a una larga ventana que recorría toda la pared de enfrente. Uno de los escritorios era usado para las tareas escolares, y en el otro había una máquina de escribir, unos lienzos, pinturas y unos pinceles. Para Neuval, todo aquello era muy lujoso.

—¿Dónde? —le preguntó Sai, señalándole la litera.

Neuval la miró dubitativo.

—¿Dónde duermes tú? —preguntó, ayudándose de gestos por si acaso.

—En bajo. Pero eliges puedes.

Neuval sonrió y escogió la cama de arriba. No estaban exactamente una encima de la otra. La de abajo sólo tenía encima la de arriba hasta la mitad, como escalonadas, y no eran de barrotes, sino construidas en una estructura de madera, con cajones incorporados, muy moderna.

—¿Cómo se dice? —quiso saber—. “Cama”.

—Se decir chuáng.

Shuang... —repitió con su pronunciación francesa.

—Todo tú necesitas pides mí, ¿es bien? —sonrió Sai, y Neuval asintió—. ¿Mes cumpleaños?

—Eh… Agosto. ¿Por qué?

—Ah, es ocho mes. Yo mes cumpleaños mayo, es cinco mes. Yo, a tú, llamo dìdì —le explicó una de las costumbres de allí—. Es "menor hermano". Tú, a yo, llames gege, es "mayor hermano".

—Ah… —entendió—. Ye... gugue... —trató de pronunciar.

Gege —le corrigió, casi riendo.

Neuval intentó repetirlo, pero se hizo un lío y acabaron riéndose. No obstante, después Neuval dejó de reír y adoptó una expresión preocupada, agachando la cabeza. Sai se acercó un paso a él al percatarse, y le hizo un gesto interrogante, pensando que se encontraba mal.

—¿Duele tripa?

—Eh... no —murmuró Neuval, rascándose un brazo, retraído—. Es que... Eres muy amable conmigo ahora. Y… yo a veces no soy tan bueno. ¿Y si soy un mal hermano para ti? ¿Y si... no te gusto en un futuro?

Sai se quedó callado un rato, recapacitando sobre esas palabras, tratando de repasarlas en su cabeza para entenderlas poco a poco con el escaso francés que sabía. Entonces, le posó una mano en el hombro.

—Si tú tendrás cosas malas. Está bien. No problema nunca —le sonrió—. Haces mal cosas, haces mal a mí… no problema. No importante. Yo siempre… ayudo a tú. Con tú... eh… contigo... yo siempre estoy. Te quereré y te cuidaré.

Neuval lo miró con asombro por esa respuesta. ¿De verdad existían personas en el mundo con el mismo buen corazón que tenía su hermana? ¿Por qué eran tan pocas? Quizá por eso eran tan valiosas. Ese niño de ahí lo miraba y le hablaba igual que Monique solía hacerlo. Lo aceptaba pese a la advertencia, y lo decía muy en serio. Neuval supo en ese momento que jamás haría nada que perjudicase a Sai.»


Seis años después de que Neuval fuera adoptado por la familia Lao...

«En los vestuarios del instituto masculino se estaban duchando los chicos después de su clase de gimnasia. Sai salió de las duchas, cubriéndose con una toalla desde la cintura y se dirigió a las taquillas para vestirse. Se metió por otro pasillo y se encontró con otros chicos cambiándose y a Neuval sentado en el banquito al lado de su taquilla, aparentemente serio y concentrado en la lectura de su libro de Matemáticas avanzadas. Él ya estaba vestido, como siempre, el primero de todos.

—Oye, dìdì, me han dicho que hoy vienen las estudiantes del internado Pàn Tóu a visitar el instituto —le comentó mientras sacaba su ropa de la taquilla.

—Sí, es que la gobernanta del Pàn Tóu es una vieja conocida del director —le explicó Neuval, sin levantar la mirada de su lectura—. Han venido a este distrito para visitar el museo de arte, y de paso vienen aquí, por capricho de la gobernanta de ver al dire.

—¿Cómo sabes tanto de eso? —se sorprendió Sai, pero cuando Neuval fue a abrir la boca para contestar, Sai lo frenó—. Espera, calla, no me lo digas. Acabo de acordarme de que todas las chicas del Pàn Tóu te conocen muy bien y que además la gobernanta te puso una orden de alejamiento.

—Esa vieja es una exagerada, ¿es un delito que me interese conocer a sus estudiantes y charlar con ellas? Hacer contactos y obtener información es lo que hace cualquier iris.

—No, pero es que “charlar” y “obtener información” no es lo único que haces con ellas —ironizó—. Cada vez que voy allí a recoger a Suzu, todas siempre me preguntan por ti entre suspiros. En fin… Qué bien que van a venir, en ese caso quizá pueda ver a Suzu —sonrió Sai como un bobo—. Por cierto, ¿cómo os va a vosotros?

Neuval levantó la vista un momento hacia su hermano, pero luego la volvió a bajar.

—Mm… —murmuró—. No sé, gege. Últimamente no está yendo muy bien la cosa.

—¿Por qué? —se sorprendió Sai.

—Hace poco llegó el día que tanto me temía. Yénova quiere que nuestra relación se haga seria y oficial. Que seamos novios formales y esas cosas.

—Y… ¿tú no quieres?

—Joder, no, ¿desde cuándo quiero una relación formal con alguien? Yo ya le dije a Yénova cuando empezamos hace dos años que yo no quería una relación así, y ella aceptó que fuésemos una pareja libre. Yo he salido con otras, y ella ha salido con otros, pero entre nosotros dos siempre existía esa conexión especial, y me gustaba tener eso con ella… Pero ahora, de repente, quiere que seamos una pareja cerrada. Ha dejado de ver a otros chicos y quiere que yo haga lo mismo. Y se cabrea conmigo porque me niego. Así que… —suspiró pacientemente, pasando a la siguiente página de su libro, todavía leyéndolo—… no puedo corresponderla. Y si ella no cambia de opinión, no tendrá más remedio que cortar conmigo. Porque yo no pienso cambiar la mía. ¿Ah? Esta ecuación diferencial es errónea —dijo de repente, extrañado, cerró el libro y miró la portada y el lomo—. ¿Quién ha escrito esto?

—¿Seguramente un catedrático universitario de gran prestigio? Ese libro te costó muy caro.

—Tendré que hablar con ese catedrático y enseñarle cómo se calculan las derivadas parciales —Neuval dejó el libro a un lado—. Total. Yo sólo quiero divertirme libremente, y hay muuuchas chicas en esta ciudad que todavía no he tenido el placer de conocer —sonrió perverso, y se puso a mordisquear el cordón de su capucha.

—Eres todo un donjuán —le dijo Sai con sarcasmo—. Pero Neu… mm… —pensó cómo preguntárselo—. Siento que haya pasado esto… ¿Estás bien?

—¿Por qué no voy a estarlo?

—Has tenido una relación abierta con Yénova, pero sé que con ella siempre has tenido más conexión que con nadie. Tú mismo lo has dicho antes. No la quieres como para ser el amor de tu vida, pero… no es ningún secreto que ella te importa mucho.

Neuval miró hacia el suelo, y se encogió de hombros, sin decir nada. Quería seguir mostrando que se resignaba a aceptar la situación, pero Sai sabía que este cambio con Yénova le afectaba.

—Es mejor así —murmuró Neuval, cruzándose de brazos con aire impasible, mordisqueando sin parar el cordón de su capucha—. Dos años con ella ya es mucho tiempo. Estará mejor si se aleja de alguien como yo…

—¿Eh? —preguntó Sai, pues no consiguió oírlo.

—¿En qué año planeas terminar de vestirte? —protestó, volviendo a levantar la cabeza—. El aire aquí dentro apesta.

—Pues cámbialo. ¿No podías hacer eso de inhalar un gas y expulsar de tus pulmones otro gas distinto?

—¿Qué soy, una depuradora?

—Entre otras cosas —sonrió Sai, sacando su ropa de su taquilla.

—El problema aquí no es que nos envuelva un gas natural tóxico que yo pueda transformar en otro tipo de gas no tóxico. El problema aquí es que nos envuelve aire normal, pero cargado de las malolientes partículas de sudor ¡porque el puerco de Peng no se lava nunca! —exclamó a propósito, pues el susodicho estaba pasando justo delante de ellos todavía con la ropa de deporte puesta, yendo directo a su taquilla cambiarse.

—¡Cállate, Lao! —le encaró este, que era un chico larguirucho con cara de malas pulgas.

—¡Dúchate por una vez, Peng, que me toca sentarme a tu lado en Lengua! —le espetó Neuval.

—¿¡Quieres pelea, blancucho europeo!? —se enfadó.

—¡Creía que nunca lo pedirías! —se levantó Neuval de un brinco, exaltado de entusiasmo.

—Eeeh, ni hablar —Sai se puso entre los dos—. Peng, por favor, vete a ducharte. A nadie le importa que tengas una enorme mancha de nacimiento en la cadera, y si alguien te dice algo ya se las verá conmigo —le señaló hacia las duchas con tanta autoridad que Peng lo hizo sin rechistar—. Y tú, hermanito, deja ya de buscar pelea con todo el que te cruzas, ¡hasta con el panadero! Y para ya de morder esto —le quitó el cordón de la capucha de la boca—. Por favor, no me digas que estás otra vez consumiendo esas sustancias malas —susurró preocupado.

—Precisamente porque llevo un tiempo sin tomar nada estoy con los tics de la abstinencia —Neuval volvió a llevarse el cordón a los dientes, se apartó de él y volvió a sentarse en el banquito con su libro—. Pero tranquilo, que pronto conseguiré más “caramelos” y estaré más calmadito.

—Oh, vamos, Neu… —protestó Sai con cierta decepción—. Creía que ya habías dejado esas sustancias raras. No son buenas para ti.

—No me perjudican la salud, soy un iris —dijo impasible, pasando otra hoja de su libro.

—No, pero te hacen comportarte de una forma extraña —insistió su hermano—. Hacen que no seas tú.

—Esa es la idea.

—Neu, me preocupa que…

—Basta, Sai. Tengo mis razones —le interrumpió con un tono sombrío, pero no levantó la vista de su libro—. Ya lo hemos hablado muchas veces. Ya te dije que tengo problemas que me cuesta controlar, y te pedí que me dejaras lidiar con ello solo. No quiero que te inmiscuyas en esta parte de mí, ni que te preocupes, ¿vale?

Sai suspiró amargamente, pero no dijo nada más. Confió en que su hermano sabía lo que hacía. Ya había conocido que Neuval tenía algunos vicios que por alguna razón se desvivía por saciar, vicios malos, necesidades inapropiadas, que por lo visto su iris no era capaz de controlar porque ya formaban parte de él incluso antes del trauma de la muerte de su hermana y de convertirse en iris. Neuval siempre sospechó que este lado corrupto de él nunca tuvo nada que ver con el iris ni con el majin, sino con algo más anterior; que su sangre estaba maldita, y por eso procuraba alejar a Sai, y a todos, de ese lado suyo que tanto odiaba pero que no podía evitar. Lo de consumir drogas, por tanto, en su caso no era por simple acto de rebeldía, de estupidez o de capricho, sino una forma parcialmente eficaz de sobrevivir a su propia mente atormentada y de callar las voces diabólicas que le pedían “liberar las alas negras”.

—Bueno —dijo Sai, recuperando el buen humor para animar a su hermano—. Espero que Yénova y tú no acabéis muy mal. Por lo que he oído, ella está a punto de licenciarse como monje de armas, así que estará más centrada en eso. No os dejaréis de hablar para siempre ni nada de eso, ¿verdad?

—Espero que no —respondió Neuval—. Quizá ella acabe odiándome o guardándome rencor por no querer lo mismo que ella quiere. Pero no me importa. Aunque yo no quiera ser su pareja formal y oficial, Yénova seguirá siendo una persona muy importante para mí. Así que no pasa nada si ella ya no quiere hablarme, yo seguiré estando ahí si alguna vez me necesita.

Sai asintió, conforme. Puede que su hermano no fuera un chico del todo correcto o decente con las chicas, pero sí era alguien que sabía la importancia de valorar a quienes quería.

Cuando Sai se secó entero al fin, dejó la toalla a un lado y fue a ponerse los calzoncillos, Neuval lo miró por el rabillo del ojo y se alejó de él un poco con disimulo.

—¿Qué pasa? —se extrañó Sai.

—No, nada... —se encogió de hombros, volviendo con su lectura, y se alejó un poco más cuando Sai se puso la prenda.

—¿Por qué huyes de mí? —desconfió Sai, entornando los ojos.

—No, por nada, nada... —volvió a encogerse de hombros.

—No me gusta cómo lo dices... ¿Qué has hecho esta v-...? ¡Ah! ¡Aaah, la madre que...! —gritó, empezando a brincar como un loco, llevándose las manos a la entrepierna.

—¡Jajajaja...!

Neuval se tiró por los suelos llorando de la risa. A los pocos segundos, los demás chicos se acercaron a ver qué pasaba, sorprendidos por los alaridos que pegaba Sai, que ya estaba dándose golpes contra las taquillas y corriendo de un lado a otro.

—¡Jajaja, son los Lao otra vez! —carcajearon los chicos.

Sai dio un traspié del pavor que tenía encima, y al caer al suelo se quitó los calzoncillos y los tiró muy lejos, pero los efectos de la planta de ortiga aún seguían torturándole las partes nobles. Descartando la idea de ir a las duchas, puesto que soltaban agua caliente y ardiendo ya tenía otra cosa, salió pitando de los vestuarios para ir a los baños pequeños completamente desnudo, tapándose con las manos y dando más gritos de sufrimiento.

Neuval se puso en pie con dificultad por el ataque de risa y fue tras sus pasos. Al adentrarse en los pasillos, siguiendo los gritos de su hermano, lo vio a punto de doblar una esquina, pero justo ahí aparecieron cincuenta chicas de uniforme y porte educado tras una vieja con cara de pasa.

—¡Uaaah! —chillaron las chicas, escandalizadas, tapándose los ojos.

La gobernanta del internado femenino se llevó una mano al pecho, asustada e indignada, y no pudo poner orden, pues sus alumnas habían montado un buen alboroto. Sai, por su parte, estaba paralizado frente a todas ellas, más pálido que un folio y sin saber a dónde ir, pues pronto empezaron a salir chicos de las aulas para ver a qué venía tanto chillido. Lo que sí hizo fue coger una papelera del suelo y taparse con ella, y entonces vio ahí plantada a Suzu, observándolo con la mandíbula abierta de par en par. Ahí Neuval cayó muerto al suelo. Infarto de risa.

—¿¡Qué demonios pasa aquí!? —intervino el director con una voz que retumbó las paredes, viniendo desde un pasillo—. ¡Silencio, dejad de pegar chillidos, todas!

Sai estaba a punto de darle un síncope cuando los ojos del viejo director se posaron en él, y la cara que puso el hombre podía espantar al mismísimo Siddharta Gautama.

Diez minutos después, Sai se encontraba en el despacho del director, solo y vestido, sentado en una de las sillas frente a la mesa, tratando de no moverse ni un milímetro, pues aún sufría la molestia de sus pobres partes. La hoja de ortiga era letal. De repente, la puerta del despacho se abrió y el director empujó a Neuval al interior bruscamente.

—¡Ay! —exclamó, a punto de tropezarse.

—Esperad aquí quietecitos y callados —les ordenó el viejo, con la vena de la sien hinchada—. Vuestro padre llegará ahora mismo para llevaros a casa. Yo todavía he de tranquilizar a las pobres chicas del Pàn Tóu. —Cerró la puerta con un golpe seco.

Neuval suspiró y se sentó en la silla de al lado de Sai. Pronto notó un escalofrío producido por la mirada de su hermano clavada en él.

—Heheh... —rio.

—Cabronazo... —musitó Sai con fiereza, lamentando no poder moverse.

—Ha sido divertidísimo —celebró Neuval felizmente—. Acabo de venir de la enfermería porque sufrí un fuerte mareo de tanto reírme. ¿Qué tal?

—Te voy a matar...

—Bueno, normal —asintió—. Esta es mi venganza por la broma que tú me jugaste la semana pasada, que fuimos al lago, y desapareciste con mi ropa cuando yo me estaba bañando. Tuve que cruzar el bosque con unas hojas de taparrabos hasta la cabaña, y en ella me encontré con una anciana con su nieta de 7 años, la cual quedó traumatizada. ¿Recuerdas?

—Aaah, debí haber previsto que te vengarías... —refunfuñó Sai—. Pero esta ha ido muy lejos, cincuenta chicas no es lo mismo que una viejecita y una niña pequeña.

—Sí... Y la cara de Suzu... Debí traerme la cámara de fotos. Tranquilo, yo le explicaré lo que ha pasado.

Se quedaron un momento en silencio, mirándose.

—Reconócelo —sonrió Neuval.

—Sí, ha sido buena —sonrió también—. A ver cómo la supero ahora. ¿Desde cuándo llevamos gastándonos bromas pesadas?

—Hm... —pensó—. Desde que terminé mi año de entrenamiento en el Monte. Hace cuatro años.

¡Pum! Los dos chicos pegaron un bote en sus sillas al oír la puerta abrirse, que casi rompió la pared. Se giraron lentamente, con el corazón en la garganta. Ahí estaba Kei Lian, con su traje de trabajo, su cabello negro bien peinado y dándole una profunda calada a su cigarrillo. Luego soltó el humo poco a poco con un deje siniestro.

—Tenéis veinte segundos para explicarme por qué os han expulsado tres días del instituto —dijo, y guardó silencio, sin moverse de la puerta—. De todas formas, haré una deliciosa barbacoa con vosotros.

Sai y Neuval se miraron de reojo, boquiabiertos. Veinte segundos para explicarle eso... había otra forma mejor de aprovechar esos segundos de vida.

—¡Corre! —saltó Sai de la silla a la vez que Neuval, y los dos salieron pitando por la puerta del despacho, pasando por ambos lados de su padre.

Sin embargo, Kei Lian ni se inmutó. Sujetó el cigarrillo entre los labios y se arremangó los brazos tranquilamente.

—Huir de mí… Pobres ilusos —murmuró, dándose la vuelta para iniciar la caza rutinaria.»









42.
Conociendo a la familia (3/3)

«Al llegar al último piso y salir del ascensor, Neuval respiró hondo cuando se pararon frente a una de las puertas del rellano. Lao la abrió con la llave y…

—¡Bienvenidooo! —exclamaron dos voces llenas de júbilo.

Neuval se dio un susto de muerte, en medio del salón brincaron una mujer y un niño, sujetando una pancarta larga donde habían pintado de colores “Bienvenue” en francés. Y había algunos globos de colores pegados al techo. También, sobre la mesa del comedor, había una tarta, y paquetes envueltos en papel de regalo, que eran juguetes y ropa.

La mujer era un poco bajita, y tenía un cabello negro muy largo y muy liso que brillaba igual que sus ojos negros cándidos y sus labios rosados. Se había puesto un vestido veraniego blanco y muy bonito. El niño que estaba con ella era muy parecido a Lao. Tenía el pelo muy corto, y una complexión fortachona aun con 10 años. Neuval nunca había visto unas sonrisas tan grandes y radiantes aparte de la de Monique.

—Uy… —Ming Jie miró confusa a su marido—. Creía que venías con Neuval, cariño.

—¿Dónde está? —preguntó Sai.

—¿Qué decís? Pero si está justo aq-… —cuando Lao bajó la mirada, Neuval había desaparecido—. ¡Ah!

Al parecer había sido tan rápido que ni a Ming Jie ni a Sai les dio tiempo de verlo. Lao volvió a salir por la puerta y se asomó afuera, al pasillo del rellano, y lo vio ahí pegado a la pared, pálido y tenso.

—¡No me seas cobarde! —exclamó, cogiéndolo de un brazo y tirando de él—. ¡Ven aquí, patán!

—¡No! —se resistió Neuval, agarrándose al marco de la puerta—. ¡Creo que he cambiado de idea! ¡Yo no encajo aquí! ¡Son personas demasiado buenas, voy a estropearlas, mi lugar está en la basura con los gatos!

—¡Ven aquíii! —hizo fuerza, apretando los dientes.

Ming Jie y Sai se quedaron atónitos con la escena, viendo a Lao agarrando las piernas de ese niño mientras este se aferraba con las manos al marco de la puerta, pegando voces en francés. Al final, Lao lo cogió en brazos, logrando soltarlo, y se volvió hacia los otros dos.

—Ay... —jadeó el hombre, exhausto—. Ming, Sai, os presento a Neuval... ay...

—¡Míralo! —saltó la mujer con ojos de asombro, llevándose las manos a los labios—. ¡Qué adorable y guapo es!

—¡Por fin está aquí! —celebró Sai.

Neuval se puso más tenso, ya incapaz de escaparse al estar colgado de los brazos de Lao y mirando sin pestañear a esa mujer que ahora mismo se le estaba acercando.

—¡Menudos ojos! —le sonrió ella con emoción, pero procuró no atosigarlo y evitó la tentación de abrazarlo así sin más, de sostenerle las mejillas, coger sus manos o acariciar su cabeza, pues ella era muy cariñosa y Lao ya le había dicho que Neuval necesitaba ir poco a poco con los gestos de cariño. Comenzó a hablarle en francés—. Hola, muy feliz conocerte, Neuval. Mi francés… no perfecto. Puedes decir mi errores, me enseñas, y mejorar mi francés. Me llamo Ming Jie. Puedes llamar Ming. Y… mmm… quizá en futuro… si quieras… puedes llamar “mamá”… ¡O quizá…! —agitó las manos de repente con apuro—. Yo sé, esa palabra… muy importante. Puede ser a ti difícil… yo soy desconocida a ti ahora, y yo no ganado ese título muy importante… Pero promesa a ti, me esforzaré, y ganaré ese título desde tu ojos… yo esperanza… futuro día… y… —respiró un poco, sin saber cómo continuar, parecía incluso más nerviosa que él—. Perdón, no paro hablar… Muy emocionada. Deseaba conocer a ti tanto…

Neuval había estado mudo todo ese rato en que ella no había parado de hablar. Se le había quedado cara de bobo mirándola, y estaba rojo. No sabía si era por la sonrisa tan cálida de esa mujer, o su tierna torpeza al hablarle tan rápido en un francés con algunos errores, o por verla más nerviosa que él mismo, pero se quedó absorto con ella. Y además de eso, sintió que sus propios nervios desaparecían. ¿Qué era esa sensación? ¿Qué tenía esa mujer que le calmaba tanto, que le hacía sentirse tan arropado de la nada?

—Oh, no… —se alarmó Ming Jie, y se tapó la cara con vergüenza—. Mi francés está peor de lo que imaginaba, seguro que he sonado ridícula, ¡no me ha entendido ni una palabra!

—¡Hahaha…! —se rio su marido con ganas—. Ming, tranquila, tu francés ha estado bastante bien. Te ha entendido, créeme. Lo que pasa es que le has conmovido por dentro y eso es extraño para él.

—¿Le he conmovido?

—Neu. ¿Quieres decirle algo a Ming? —le preguntó entonces Lao, volviendo a dejarlo en el suelo.

Neuval volvió con ese gesto de retorcerse la camiseta con las manos, sin apartar la mirada boba de Ming Jie.

—Yo también lo haré —le dijo, tímido.

—Oh… ¿El qué, cielo? —sonrió ella.

—Me esforzaré… lo que haga falta… para ganarme el título de “hijo”. Y… tu francés… suena muy bonito.

A Ming Jie le brillaron los ojos con tanto candor que estuvo a punto de rodearlo con sus brazos y estrujarlo y morirse de amor. Pero no lo hizo, sabía que esta situación para él no era tan fácil como lo era para ella, y era mejor ir poco a poco.

—Sai, vamos, acércate, te toca presentarte —lo apremió su padre.

Sai se acercó corriendo al instante, se había estado conteniendo, estaba igual de emocionado que su madre. Se paró delante de él, sonriente.

—¡Llevas puesta mi camiseta! —lo señaló—. ¡Se la di a papá para que te la diera a ti!

Neuval se quedó algo confuso. Como habló en chino, solamente entendió la palabra “camiseta” y recordó que estaba llevando esa prenda que Lao le había dado al salir de la clínica. Pensó que Sai le estaba diciendo que era suya y que la quería de vuelta. Fue a quitársela.

—¡Oh, no, no! —lo detuvo Sai, riéndose—. No quiero tú regreso camisa a yo. Mi francés muy mal. La camisa, para tú —se ayudó de gestos—. Es muy bien, tamaño perfecta. Poco pequeña para yo. Perfecta para tú. ¡Regalo!

—Oh… —entendió Neuval, y sonrió tímido—. Gracias. Te la pagaré.

—¡Neuval, por lo que más quieras, capaz eres de decirle a Dios que le pagarás por el aire que respiras! —le reprochó Lao una vez más—. Te ha dicho que es un regalo.

—¡Yo debería hacerle otro! —se preocupó Neuval.

—No hace falta, Neu, por favor, ¡que vienes de las calles!

—Bueno, ahora no tengo nada, pero cuando lo tenga —volvió a mirar a Sai—, yo también te regalaré algo. Un día ganaré dinero, y compraré algo y te lo regalaré.

Sai se rio.

—Sólo si tú lo deseases —le respondió—. Lo deseas… —dudó un poco si lo había dicho bien—. Lo desea… ses…

Sai empezó a poner caras raras y muy graciosas y a decir el verbo de varias formas cada vez más erróneas. Y sucedió algo que dejó a Lao desconcertado, las caras de Sai le arrancaron una carcajada a Neuval. Luego Sai también se rio. Lao estaba asombrado porque, como iris, y sabiendo lo machacada que estaba la mente de Neuval, sabía identificar una carcajada genuina y natural, de la más inocente diversión que un niño podía expresar. Y entonces estuvo convencido. Sai y él iban a ser muy buenos hermanos.

—Hijo, enséñale su habitación. Y déjale que duerma en la cama que quiera.

—¡Sí! —exclamó Sai.

A Neuval no le dio tiempo de decir ni de hacer nada, pues Sai lo agarró de un brazo y se lo llevó corriendo por la puerta del pasillo a su habitación. Ming Jie se llevó una mano al pecho. Sus ojos estaban húmedos. Lao la rodeó con un brazo.

—¿Estás bien?

Ming Jie asintió con la cabeza, reprimiendo un sollozo de alegría.

—La monje Liu tendrá preparado mañana el papeleo de la adopción —le dijo Lao—. Se encargará de falsificar los datos necesarios para que la adopción sea “legal”. Su padre biológico, por lo visto, está en prisión. Y las autoridades francesas ya dejaron de investigar la desaparición de Neuval hace varios meses. Estando aquí en la otra punta del mundo, no necesitará cambiar de nombre ni nada. Sus padres biológicos no podrán encontrar a Neuval nunca. No podrán volver a hacerle daño.

—Lo protegeremos a toda costa —asintió Ming Jie—. ¿Has visto cómo se ha puesto Sai? El pobre, llevando años queriendo tener un hermano. Desde que me curé de ese cáncer y me quedé estéril siempre estuve rezando por volver a ser bendecidos. Qué bien que lo encontraste, Lian, es un muchacho muy especial. Ahora tiene un hogar. ¿Crees que está contento? Parecía un poco cohibido.

—Le cuesta expresar lo que siente porque lo han traicionado miles de veces desde que nació. Pero yo puedo verlo con claridad. Neuval contiene una gran emoción de felicidad, de alivio y de paz, probablemente por primera vez en muchos años. No está acostumbrado a sentirse así y lo está procesando. Está asustado, porque sabe que hará cosas mal, sabe que cometerá errores, que nos causará problemas, disgustos y preocupaciones…

—Pero claro que lo hará, es un niño, todos hemos causado problemas y cometido errores de niños. Es lo normal…

—Y eso es lo que le tuve que explicar para que lo entendiera. Le dije que eso no nos iba a sorprender, que, de hecho, lo esperábamos. Y que cuando sucediese algo así, lo hablaríamos, lo trataríamos y lo solucionaríamos como familia. Y por eso ha aceptado darse a sí mismo esta oportunidad. Está aquí porque quiere.

Ming Jie sonrió y se resguardó entre los enormes brazos de su marido, cerrando los ojos con bienestar.

—Tengo amor de sobra para dos niños maravillosos.

—Eres la mejor del mundo —susurró él.

En el pasillo, Neuval se detuvo en la puerta de la habitación de Sai, una estancia muy amplia con una litera al frente, en mitad, y a ambos lados de esta unas estanterías, dos armarios, dos escritorios, pegados a una larga ventana que recorría toda la pared de enfrente. Uno de los escritorios era usado para las tareas escolares, y en el otro había una máquina de escribir, unos lienzos, pinturas y unos pinceles. Para Neuval, todo aquello era muy lujoso.

—¿Dónde? —le preguntó Sai, señalándole la litera.

Neuval la miró dubitativo.

—¿Dónde duermes tú? —preguntó, ayudándose de gestos por si acaso.

—En bajo. Pero eliges puedes.

Neuval sonrió y escogió la cama de arriba. No estaban exactamente una encima de la otra. La de abajo sólo tenía encima la de arriba hasta la mitad, como escalonadas, y no eran de barrotes, sino construidas en una estructura de madera, con cajones incorporados, muy moderna.

—¿Cómo se dice? —quiso saber—. “Cama”.

—Se decir chuáng.

Shuang... —repitió con su pronunciación francesa.

—Todo tú necesitas pides mí, ¿es bien? —sonrió Sai, y Neuval asintió—. ¿Mes cumpleaños?

—Eh… Agosto. ¿Por qué?

—Ah, es ocho mes. Yo mes cumpleaños mayo, es cinco mes. Yo, a tú, llamo dìdì —le explicó una de las costumbres de allí—. Es "menor hermano". Tú, a yo, llames gege, es "mayor hermano".

—Ah… —entendió—. Ye... gugue... —trató de pronunciar.

Gege —le corrigió, casi riendo.

Neuval intentó repetirlo, pero se hizo un lío y acabaron riéndose. No obstante, después Neuval dejó de reír y adoptó una expresión preocupada, agachando la cabeza. Sai se acercó un paso a él al percatarse, y le hizo un gesto interrogante, pensando que se encontraba mal.

—¿Duele tripa?

—Eh... no —murmuró Neuval, rascándose un brazo, retraído—. Es que... Eres muy amable conmigo ahora. Y… yo a veces no soy tan bueno. ¿Y si soy un mal hermano para ti? ¿Y si... no te gusto en un futuro?

Sai se quedó callado un rato, recapacitando sobre esas palabras, tratando de repasarlas en su cabeza para entenderlas poco a poco con el escaso francés que sabía. Entonces, le posó una mano en el hombro.

—Si tú tendrás cosas malas. Está bien. No problema nunca —le sonrió—. Haces mal cosas, haces mal a mí… no problema. No importante. Yo siempre… ayudo a tú. Con tú... eh… contigo... yo siempre estoy. Te quereré y te cuidaré.

Neuval lo miró con asombro por esa respuesta. ¿De verdad existían personas en el mundo con el mismo buen corazón que tenía su hermana? ¿Por qué eran tan pocas? Quizá por eso eran tan valiosas. Ese niño de ahí lo miraba y le hablaba igual que Monique solía hacerlo. Lo aceptaba pese a la advertencia, y lo decía muy en serio. Neuval supo en ese momento que jamás haría nada que perjudicase a Sai.»


Seis años después de que Neuval fuera adoptado por la familia Lao...

«En los vestuarios del instituto masculino se estaban duchando los chicos después de su clase de gimnasia. Sai salió de las duchas, cubriéndose con una toalla desde la cintura y se dirigió a las taquillas para vestirse. Se metió por otro pasillo y se encontró con otros chicos cambiándose y a Neuval sentado en el banquito al lado de su taquilla, aparentemente serio y concentrado en la lectura de su libro de Matemáticas avanzadas. Él ya estaba vestido, como siempre, el primero de todos.

—Oye, dìdì, me han dicho que hoy vienen las estudiantes del internado Pàn Tóu a visitar el instituto —le comentó mientras sacaba su ropa de la taquilla.

—Sí, es que la gobernanta del Pàn Tóu es una vieja conocida del director —le explicó Neuval, sin levantar la mirada de su lectura—. Han venido a este distrito para visitar el museo de arte, y de paso vienen aquí, por capricho de la gobernanta de ver al dire.

—¿Cómo sabes tanto de eso? —se sorprendió Sai, pero cuando Neuval fue a abrir la boca para contestar, Sai lo frenó—. Espera, calla, no me lo digas. Acabo de acordarme de que todas las chicas del Pàn Tóu te conocen muy bien y que además la gobernanta te puso una orden de alejamiento.

—Esa vieja es una exagerada, ¿es un delito que me interese conocer a sus estudiantes y charlar con ellas? Hacer contactos y obtener información es lo que hace cualquier iris.

—No, pero es que “charlar” y “obtener información” no es lo único que haces con ellas —ironizó—. Cada vez que voy allí a recoger a Suzu, todas siempre me preguntan por ti entre suspiros. En fin… Qué bien que van a venir, en ese caso quizá pueda ver a Suzu —sonrió Sai como un bobo—. Por cierto, ¿cómo os va a vosotros?

Neuval levantó la vista un momento hacia su hermano, pero luego la volvió a bajar.

—Mm… —murmuró—. No sé, gege. Últimamente no está yendo muy bien la cosa.

—¿Por qué? —se sorprendió Sai.

—Hace poco llegó el día que tanto me temía. Yénova quiere que nuestra relación se haga seria y oficial. Que seamos novios formales y esas cosas.

—Y… ¿tú no quieres?

—Joder, no, ¿desde cuándo quiero una relación formal con alguien? Yo ya le dije a Yénova cuando empezamos hace dos años que yo no quería una relación así, y ella aceptó que fuésemos una pareja libre. Yo he salido con otras, y ella ha salido con otros, pero entre nosotros dos siempre existía esa conexión especial, y me gustaba tener eso con ella… Pero ahora, de repente, quiere que seamos una pareja cerrada. Ha dejado de ver a otros chicos y quiere que yo haga lo mismo. Y se cabrea conmigo porque me niego. Así que… —suspiró pacientemente, pasando a la siguiente página de su libro, todavía leyéndolo—… no puedo corresponderla. Y si ella no cambia de opinión, no tendrá más remedio que cortar conmigo. Porque yo no pienso cambiar la mía. ¿Ah? Esta ecuación diferencial es errónea —dijo de repente, extrañado, cerró el libro y miró la portada y el lomo—. ¿Quién ha escrito esto?

—¿Seguramente un catedrático universitario de gran prestigio? Ese libro te costó muy caro.

—Tendré que hablar con ese catedrático y enseñarle cómo se calculan las derivadas parciales —Neuval dejó el libro a un lado—. Total. Yo sólo quiero divertirme libremente, y hay muuuchas chicas en esta ciudad que todavía no he tenido el placer de conocer —sonrió perverso, y se puso a mordisquear el cordón de su capucha.

—Eres todo un donjuán —le dijo Sai con sarcasmo—. Pero Neu… mm… —pensó cómo preguntárselo—. Siento que haya pasado esto… ¿Estás bien?

—¿Por qué no voy a estarlo?

—Has tenido una relación abierta con Yénova, pero sé que con ella siempre has tenido más conexión que con nadie. Tú mismo lo has dicho antes. No la quieres como para ser el amor de tu vida, pero… no es ningún secreto que ella te importa mucho.

Neuval miró hacia el suelo, y se encogió de hombros, sin decir nada. Quería seguir mostrando que se resignaba a aceptar la situación, pero Sai sabía que este cambio con Yénova le afectaba.

—Es mejor así —murmuró Neuval, cruzándose de brazos con aire impasible, mordisqueando sin parar el cordón de su capucha—. Dos años con ella ya es mucho tiempo. Estará mejor si se aleja de alguien como yo…

—¿Eh? —preguntó Sai, pues no consiguió oírlo.

—¿En qué año planeas terminar de vestirte? —protestó, volviendo a levantar la cabeza—. El aire aquí dentro apesta.

—Pues cámbialo. ¿No podías hacer eso de inhalar un gas y expulsar de tus pulmones otro gas distinto?

—¿Qué soy, una depuradora?

—Entre otras cosas —sonrió Sai, sacando su ropa de su taquilla.

—El problema aquí no es que nos envuelva un gas natural tóxico que yo pueda transformar en otro tipo de gas no tóxico. El problema aquí es que nos envuelve aire normal, pero cargado de las malolientes partículas de sudor ¡porque el puerco de Peng no se lava nunca! —exclamó a propósito, pues el susodicho estaba pasando justo delante de ellos todavía con la ropa de deporte puesta, yendo directo a su taquilla cambiarse.

—¡Cállate, Lao! —le encaró este, que era un chico larguirucho con cara de malas pulgas.

—¡Dúchate por una vez, Peng, que me toca sentarme a tu lado en Lengua! —le espetó Neuval.

—¿¡Quieres pelea, blancucho europeo!? —se enfadó.

—¡Creía que nunca lo pedirías! —se levantó Neuval de un brinco, exaltado de entusiasmo.

—Eeeh, ni hablar —Sai se puso entre los dos—. Peng, por favor, vete a ducharte. A nadie le importa que tengas una enorme mancha de nacimiento en la cadera, y si alguien te dice algo ya se las verá conmigo —le señaló hacia las duchas con tanta autoridad que Peng lo hizo sin rechistar—. Y tú, hermanito, deja ya de buscar pelea con todo el que te cruzas, ¡hasta con el panadero! Y para ya de morder esto —le quitó el cordón de la capucha de la boca—. Por favor, no me digas que estás otra vez consumiendo esas sustancias malas —susurró preocupado.

—Precisamente porque llevo un tiempo sin tomar nada estoy con los tics de la abstinencia —Neuval volvió a llevarse el cordón a los dientes, se apartó de él y volvió a sentarse en el banquito con su libro—. Pero tranquilo, que pronto conseguiré más “caramelos” y estaré más calmadito.

—Oh, vamos, Neu… —protestó Sai con cierta decepción—. Creía que ya habías dejado esas sustancias raras. No son buenas para ti.

—No me perjudican la salud, soy un iris —dijo impasible, pasando otra hoja de su libro.

—No, pero te hacen comportarte de una forma extraña —insistió su hermano—. Hacen que no seas tú.

—Esa es la idea.

—Neu, me preocupa que…

—Basta, Sai. Tengo mis razones —le interrumpió con un tono sombrío, pero no levantó la vista de su libro—. Ya lo hemos hablado muchas veces. Ya te dije que tengo problemas que me cuesta controlar, y te pedí que me dejaras lidiar con ello solo. No quiero que te inmiscuyas en esta parte de mí, ni que te preocupes, ¿vale?

Sai suspiró amargamente, pero no dijo nada más. Confió en que su hermano sabía lo que hacía. Ya había conocido que Neuval tenía algunos vicios que por alguna razón se desvivía por saciar, vicios malos, necesidades inapropiadas, que por lo visto su iris no era capaz de controlar porque ya formaban parte de él incluso antes del trauma de la muerte de su hermana y de convertirse en iris. Neuval siempre sospechó que este lado corrupto de él nunca tuvo nada que ver con el iris ni con el majin, sino con algo más anterior; que su sangre estaba maldita, y por eso procuraba alejar a Sai, y a todos, de ese lado suyo que tanto odiaba pero que no podía evitar. Lo de consumir drogas, por tanto, en su caso no era por simple acto de rebeldía, de estupidez o de capricho, sino una forma parcialmente eficaz de sobrevivir a su propia mente atormentada y de callar las voces diabólicas que le pedían “liberar las alas negras”.

—Bueno —dijo Sai, recuperando el buen humor para animar a su hermano—. Espero que Yénova y tú no acabéis muy mal. Por lo que he oído, ella está a punto de licenciarse como monje de armas, así que estará más centrada en eso. No os dejaréis de hablar para siempre ni nada de eso, ¿verdad?

—Espero que no —respondió Neuval—. Quizá ella acabe odiándome o guardándome rencor por no querer lo mismo que ella quiere. Pero no me importa. Aunque yo no quiera ser su pareja formal y oficial, Yénova seguirá siendo una persona muy importante para mí. Así que no pasa nada si ella ya no quiere hablarme, yo seguiré estando ahí si alguna vez me necesita.

Sai asintió, conforme. Puede que su hermano no fuera un chico del todo correcto o decente con las chicas, pero sí era alguien que sabía la importancia de valorar a quienes quería.

Cuando Sai se secó entero al fin, dejó la toalla a un lado y fue a ponerse los calzoncillos, Neuval lo miró por el rabillo del ojo y se alejó de él un poco con disimulo.

—¿Qué pasa? —se extrañó Sai.

—No, nada... —se encogió de hombros, volviendo con su lectura, y se alejó un poco más cuando Sai se puso la prenda.

—¿Por qué huyes de mí? —desconfió Sai, entornando los ojos.

—No, por nada, nada... —volvió a encogerse de hombros.

—No me gusta cómo lo dices... ¿Qué has hecho esta v-...? ¡Ah! ¡Aaah, la madre que...! —gritó, empezando a brincar como un loco, llevándose las manos a la entrepierna.

—¡Jajajaja...!

Neuval se tiró por los suelos llorando de la risa. A los pocos segundos, los demás chicos se acercaron a ver qué pasaba, sorprendidos por los alaridos que pegaba Sai, que ya estaba dándose golpes contra las taquillas y corriendo de un lado a otro.

—¡Jajaja, son los Lao otra vez! —carcajearon los chicos.

Sai dio un traspié del pavor que tenía encima, y al caer al suelo se quitó los calzoncillos y los tiró muy lejos, pero los efectos de la planta de ortiga aún seguían torturándole las partes nobles. Descartando la idea de ir a las duchas, puesto que soltaban agua caliente y ardiendo ya tenía otra cosa, salió pitando de los vestuarios para ir a los baños pequeños completamente desnudo, tapándose con las manos y dando más gritos de sufrimiento.

Neuval se puso en pie con dificultad por el ataque de risa y fue tras sus pasos. Al adentrarse en los pasillos, siguiendo los gritos de su hermano, lo vio a punto de doblar una esquina, pero justo ahí aparecieron cincuenta chicas de uniforme y porte educado tras una vieja con cara de pasa.

—¡Uaaah! —chillaron las chicas, escandalizadas, tapándose los ojos.

La gobernanta del internado femenino se llevó una mano al pecho, asustada e indignada, y no pudo poner orden, pues sus alumnas habían montado un buen alboroto. Sai, por su parte, estaba paralizado frente a todas ellas, más pálido que un folio y sin saber a dónde ir, pues pronto empezaron a salir chicos de las aulas para ver a qué venía tanto chillido. Lo que sí hizo fue coger una papelera del suelo y taparse con ella, y entonces vio ahí plantada a Suzu, observándolo con la mandíbula abierta de par en par. Ahí Neuval cayó muerto al suelo. Infarto de risa.

—¿¡Qué demonios pasa aquí!? —intervino el director con una voz que retumbó las paredes, viniendo desde un pasillo—. ¡Silencio, dejad de pegar chillidos, todas!

Sai estaba a punto de darle un síncope cuando los ojos del viejo director se posaron en él, y la cara que puso el hombre podía espantar al mismísimo Siddharta Gautama.

Diez minutos después, Sai se encontraba en el despacho del director, solo y vestido, sentado en una de las sillas frente a la mesa, tratando de no moverse ni un milímetro, pues aún sufría la molestia de sus pobres partes. La hoja de ortiga era letal. De repente, la puerta del despacho se abrió y el director empujó a Neuval al interior bruscamente.

—¡Ay! —exclamó, a punto de tropezarse.

—Esperad aquí quietecitos y callados —les ordenó el viejo, con la vena de la sien hinchada—. Vuestro padre llegará ahora mismo para llevaros a casa. Yo todavía he de tranquilizar a las pobres chicas del Pàn Tóu. —Cerró la puerta con un golpe seco.

Neuval suspiró y se sentó en la silla de al lado de Sai. Pronto notó un escalofrío producido por la mirada de su hermano clavada en él.

—Heheh... —rio.

—Cabronazo... —musitó Sai con fiereza, lamentando no poder moverse.

—Ha sido divertidísimo —celebró Neuval felizmente—. Acabo de venir de la enfermería porque sufrí un fuerte mareo de tanto reírme. ¿Qué tal?

—Te voy a matar...

—Bueno, normal —asintió—. Esta es mi venganza por la broma que tú me jugaste la semana pasada, que fuimos al lago, y desapareciste con mi ropa cuando yo me estaba bañando. Tuve que cruzar el bosque con unas hojas de taparrabos hasta la cabaña, y en ella me encontré con una anciana con su nieta de 7 años, la cual quedó traumatizada. ¿Recuerdas?

—Aaah, debí haber previsto que te vengarías... —refunfuñó Sai—. Pero esta ha ido muy lejos, cincuenta chicas no es lo mismo que una viejecita y una niña pequeña.

—Sí... Y la cara de Suzu... Debí traerme la cámara de fotos. Tranquilo, yo le explicaré lo que ha pasado.

Se quedaron un momento en silencio, mirándose.

—Reconócelo —sonrió Neuval.

—Sí, ha sido buena —sonrió también—. A ver cómo la supero ahora. ¿Desde cuándo llevamos gastándonos bromas pesadas?

—Hm... —pensó—. Desde que terminé mi año de entrenamiento en el Monte. Hace cuatro años.

¡Pum! Los dos chicos pegaron un bote en sus sillas al oír la puerta abrirse, que casi rompió la pared. Se giraron lentamente, con el corazón en la garganta. Ahí estaba Kei Lian, con su traje de trabajo, su cabello negro bien peinado y dándole una profunda calada a su cigarrillo. Luego soltó el humo poco a poco con un deje siniestro.

—Tenéis veinte segundos para explicarme por qué os han expulsado tres días del instituto —dijo, y guardó silencio, sin moverse de la puerta—. De todas formas, haré una deliciosa barbacoa con vosotros.

Sai y Neuval se miraron de reojo, boquiabiertos. Veinte segundos para explicarle eso... había otra forma mejor de aprovechar esos segundos de vida.

—¡Corre! —saltó Sai de la silla a la vez que Neuval, y los dos salieron pitando por la puerta del despacho, pasando por ambos lados de su padre.

Sin embargo, Kei Lian ni se inmutó. Sujetó el cigarrillo entre los labios y se arremangó los brazos tranquilamente.

—Huir de mí… Pobres ilusos —murmuró, dándose la vuelta para iniciar la caza rutinaria.»





Comentarios