2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
—Eh… —murmuró Yako, mirando a Sam un momento, que estaba con él tras la barra de la cafetería, recogiendo y fregando varios cubiertos y vajilla, la verdad, con un poco de malas pulgas; luego miró otra vez a Kyo, sentado en un taburete al otro lado de la barra—. Hehe… —le entró la risa floja, y volvió a mirar a Sam, el cual parecía ignorar a ambos y estar muy centrado y cabreado lavando los platos—. Hehehe… —se rio otra vez y volvió a mirar a Kyo.
El joven Lao, con la barbilla apoyada en una mano, arqueó una ceja, aburrido. Yako esperó que Kyo se riera con él, pero el chico seguía serio.
—Ah… —entendió Yako por fin, con una cara horrorizada—. ¡Que me lo estás diciendo en serio!
—Claro que es en serio. Es una orden, y tú el elegido para cumplirla.
La cara de Yako era la misma que la de un niño a punto de romper a llorar.
—Venga ya —protestó Kyo—. Sólo es un momento. Vas, informas a Alvion del asunto, y te largas.
—No montes un drama, aquí todos tenemos que lidiar con cosas —corroboró Sam.
—¿Y tú por qué has venido hoy tan alterado a trabajar? —protestó Yako a su vez—. Llevas así una hora. ¿Quieres que te deje el turno libre?
—He dicho que estoy bien —contestó Sam—. Necesito currar. Así mantengo la mente ocupada —añadió entre dientes, yéndose de la barra para ir a atender a unos clientes.
—¿Está el viejo Lao enfadado conmigo? —siguió quejándose Yako ante Kyo.
—¡Que no! Yako, ya te he dicho por qué mi abuelo quiere que vayas tú, y es un motivo lógico.
—Es pura crueldad.
—Para ya.
—Hacerme ir a ver a ese anciano sabiendo lo que me cuesta ya el simple hecho de pensar en él…
—Es tu abuelo, no un monstruo insensible y despiadado.
—¿Qué diferencia hay?
—¡Pues toda la del mundo! —aseveró Kyo.
—¿Y por qué no va tu abuelo? Él y mi abuelo son como padre e hijo. Alvion adora las visitas del viejo Lao.
—Porque esta tarde mi familia tiene un compromiso inaplazable —respondió con un tono más apagado.
Yako se quedó callado. Era verdad, lo había olvidado. Los Lao hoy iban a reunirse en el cementerio, a rezar por el aniversario de la muerte de Sai.
—Sólo te llevará unas horas, ni siquiera tienes que estar ahí un día entero —insistió Kyo—. Venga, Yako, sabes que es un recado necesario, el asunto de Denzel es muy serio. Debemos tomar precauciones, por mucho que Denzel diga que es un problema que arreglará él solo. Nosotros ya estamos ocupados con una misión antiterrorista en proceso. Alvion como mínimo debería conocer el suceso del salto en el tiempo accidental. Ya está, sólo es eso, un recado de precaución.
—Vale, vale, vale… —lo frenó Yako, resoplando—. Ya sé que no tengo más remedio. Una orden de Lao es una orden de Lao. Por favor, Kyo, dile a MJ que la dejo al mando de la cafetería si no vuelvo.
—Aaagh… —rezongó Kyo, restregándose las manos por la cara, exasperado—. Tienes que quitarte esa absurda paranoia de que Alvion sería capaz de cerrar las fronteras de las tierras Zou una vez hayas entrado para que no puedas volver a salir, y que te forzará a hacer el aprendizaje Zou a base de latigazos. Eso… no… va… a pasar.
—No conoces a ese anciano… —dramatizó Yako.
—Venga, ponte en marcha.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿Ahora mismo?
—Sí, ahora. Esa es la orden.
Yako se lo quedó mirando fijamente, firme, serio y asumiendo como un hombre lo que tenía que hacer. Respiró hondo y… se dio la vuelta y corrió a meterse en la cocina.
—¡Necesito unos minutos más…! —se le oyó berrear de nuevo, añadiendo algunas maldiciones en italiano.
—Voy a quemarlo vivo —murmuró Kyo, mientras le salían pequeñas llamas de fuego por el dorso de las manos y el filo de la mandíbula.
Al poco rato, Cleven llegó a la cafetería con Brey y los niños. Los mellizos se perdieron de vista hacia la sección de pastelería en una fracción de segundo, y Cleven fue directamente a saludar a Kyo nada más verlo en la barra, contenta.
—¡Kain! —lo llamó Brey todavía desde la puerta, mientras se quitaba el abrigo—. ¡Los endulzados con dátiles! ¡No les des ninguno que tenga azúcar! ¡Y sólo una pieza!
—¡Ah! ¡Que eres un muermo! ¡Entendido! —le contestó el robusto hombre desde la barra de pastelería, alzando a los niños en brazos felizmente como saludo.
—Glupyye lyudi… —masculló Brey. (= Humanos pelmazos…)
En ese momento, tenía a Sam a un par de metros recogiendo las tazas de una mesa, de un modo un poco brusco, y esto llamó la atención del Den, porque conforme Sam iba llenando la bandeja que sostenía con la otra mano, más le temblaba esta. ¿Y eso debería ser imposible? Sí. A los Dobutsu nunca les temblaba el pulso. Tenían dominio de su propio cuerpo mejor que ningún otro iris. ¡Su cuerpo era su elemento! Así que eso no era un problema físico, sino mental.
Ya está, al final Sam acabó colocando demasiadas cosas en la bandeja, y no de forma equilibrada, por lo que esta se le volcó y cayó con todo. Pero Brey, que ya lo estaba previendo, reaccionó con su implacable velocidad y, en un segundo, atrapó la bandeja a veinte centímetros del suelo, hizo un giro con la mano y toda la vajilla quedó sobre la bandeja de nuevo antes de llegar al suelo. Brey volvió a erguirse, sujetando la bandeja con las dos manos por si acaso, delante de un disgustado Sam, que respiraba nervioso, y miraba alrededor esperando que nadie hubiera visto eso, pero el resto de clientes seguía a sus cosas. Sin embargo, la única mirada que lo acosaba era la de su compañero, que no decía nada, pero claramente estaba esperando que le diera una explicación a esa inusual torpeza.
—¿Puedo hablar contigo un momento? —le pidió el africano, y seguidamente salió por la puerta del local a la calle.
Brey salió tras él, y lo encontró apoyado contra el muro del edificio, más allá de donde terminaban los ventanales de la cafetería, y eso era porque no quería que Yako ni otros los vieran desde dentro.
—¿Ha pasado algo? —le preguntó Brey entonces.
—Solamente necesito… —dijo Sam, intentando calmar su respiración y mirando varias veces hacia los lados—. Solamente necesito una voz racional y lógica ahora.
Brey esperó que Sam le explicase algo más. Pero este no hacía más que desviar los ojos constantemente y apretar los labios. Era como si le avergonzara hablar de ello. A pesar de que no era la primera vez que tenía que hablar de ello. Por eso, Brey acabó comprendiendo lo que le ocurría.
—¿Te ha vuelto a pasar? —murmuró el Den. Sam asintió con la cabeza—. ¿Cuánto hacía desde la última vez?
—No sé… como seis o siete meses.
—Entonces sigue sin ser algo frecuente.
—Brey, desde que tengo memoria, ya me han ocurrido estas cosas incomprensibles como veinte veces. Aunque me sucedan una o dos veces al año, llevan toda mi vida sucediendo.
—Te lo repetiré por milésima vez, Sam. Ve a hablarle de esto a Alvion. O a Yako. O incluso al monje Knive. Son quienes mejor conocen la mente iris. —Sam chistó con la lengua y se negó, también, por milésima vez—. No lo entiendo, ¿por qué no quieres consultárselo a ellos, Sammy? Sólo vienes a mí porque quieres que te ofrezca una explicación racional y lógica para tranquilizarte y volver a olvidarlo… hasta que te vuelva a pasar otra vez.
—Tengo miedo de que ellos me acaben confirmando que estoy mal de la cabeza, o que estoy teniendo alucinaciones porque estoy desarrollando un majin, o que…
—Para —le cortó Brey—. Para ya con eso. Tú no tienes un majin ni nunca lo tendrás. Eres un iris del tipo “soldado ejemplar”.
—¿Y si esa condición cambia con el tiempo?
—No. Alvion dijo que es una condición permanente. Aquel iris que acaba siendo clasificado por él como “soldado ejemplar”, es un iris que, sin importar el tiempo que pase o las cosas que le pasen, jamás puede desarrollar ni una pizca de majin. Si un iris pareciera muy sano en el presente pero tuviera una mínima probabilidad de desarrollar un majin incluso en un futuro muy lejano, Alvion no lo clasificaría como “soldado ejemplar” en un principio. Es un diagnóstico inequívoco que los Zou llevan acertando siglos. Por no hablar de que esas cosas que te pasan no tienen nada que ver con síntomas de majin, este no produce alucinaciones ni crea anomalías a tu alrededor.
Sam se quedó callado, no sabía qué decir o qué pensar.
—¿Qué ha pasado esta vez? —quiso saber Brey.
—Ha sido esta tarde, al salir del instituto —suspiró Sam—. Salí por el edificio sur, donde estamos los de tercero, y estaba cruzando el aparcamiento que hay entre medias, antes de llegar al edificio principal… y… fue un simple suceso… Yo estaba caminando entre los coches, y vi a un cuervo en medio de la carretera de salida. Tenía una pata atrofiada y cojeaba y parecía cansado, nada del otro mundo. Pero entonces vi que se acercaba un coche, era un profesor que se iba, y conforme se acercaba al cuervo, no parecía que fuese a frenar o que pudiera verlo siquiera, así que… En un segundo me di un disgusto, vi de antemano que el coche iba a pasar por encima del cuervo, pero entonces, no sé si parpadeé o me perdí algo… y… —trató de explicarse—. Es que pareció como… como si de repente el cuervo se hubiera desplazado unos 40 centímetros en una fracción de segundo. Estaba… Primero estaba delante de la rueda, y un instante después estaba a 40 centímetros de la rueda. Así que el coche pasó de largo por su lado. Se salvó por esos centímetros, aunque echó a volar enseguida, seguramente impulsado por el susto.
Esperó a que Brey le dijera algo, pero este se mantuvo en silencio, pensando en ello.
—Obviamente es una alucinación —acabó concluyendo el propio Sam—. Otra vez.
—Estas supuesta alucinaciones esporádicas que tienes de cosas que parecen congelarse unos segundos o moverse unos centímetros en un parpadeo, ¿también tuviste alguna antes de convertirte en iris?
—No sé… Me convertí con 5 años. No tengo muchos recuerdos de mi vida de humano, era muy pequeño. Sólo cosas significativamente emocionales, como los recuerdos de mi madre y mi hermana. ¿Y si es un problema de la vista? Puede que tenga algo mal en los ojos.
—Si un iris ejemplar está lejos de padecer un majin, está a mil años luz de padecer una dolencia humana —suspiró Brey con cansancio—. Sam, de verdad, habla de esto con algún experto del Monte.
—Pero, si fuera algún desajuste en mi iris, Alvion ya lo habría notado y me habría advertido hace más de una década.
—Entonces, no es un desajuste de tu iris. Lo que no puedes hacer es seguir así, Sam. Las pocas veces que te pasa esto, te afecta mucho, y te quedas días sin dormir. Necesitas información. Una información veraz y definitiva. La información es la primera fuerza que soluciona los problemas. Así que tu problema no es esto que te pasa, sino lo mucho que te preocupa. ¿Qué te da más miedo, saber qué puede ser, o no saber nunca qué puede ser?
Sam respiró hondo. A fin de cuentas, Brey había terminado dándole un consejo muy racional y lógico, una vez más. Alguna vez, tendría que hacerle caso, ¿no?
—Está bien. El próximo día que tenga libre haré una visita al Monte Zou y se lo consultaré a Alvion, o a monk Knive, o a los monjes médicos o a quienquiera que esté disponible. Pero no le digas nada a Yako —le rogó Sam.
—¿Por qué?
—La última vez que le comenté que sentía una breve molestia en el estómago, me sacó de la cafetería corriendo y me llevó a mi casa arrastras, me metió en mi cama y se puso a hacerme sopa de pollo y una de sus infusiones medicinales y no me dejó ni levantarme. Y empezó a culparse a sí mismo, pensando que yo había enfermado por su culpa por haberme hecho trabajar tantas horas en la cafetería.
—¿Tenías mal el estómago?
—Me bebí una gaseosa demasiado rápido. Sólo necesitaba eructar.
—Y yo que pensaba que mi hijo era dramático… —masculló Brey—. Vale, tú verás lo que haces. Pero esta es la única ayuda que yo puedo darte. Estás bien, Sammy, ¿de acuerdo? —le dio unas palmadas en el hombro—. Seguro que hay una simple explicación detrás de esas cosas raras que crees ver. Nunca te han estorbado en tu impecable trabajo como iris ni te han causado problemas en tu vida cotidiana, ¿verdad?
—Ya… —tuvo que admitir.
Finalmente, más tranquilo, Sam regresó a la cafetería para seguir trabajando, y Brey fue tras él. Se acercó a la barra, donde ya estaban Kyo y Cleven charlando sin parar.
—¿Y Yako? —preguntó Brey.
—En la cocina, preparándose para irse —contestó Kyo.
—¿Irse? —se extrañó, y se metió dentro de la barra para meterse por la puerta de la cocina.
Después de unos minutos, Yako terminó de contarle la orden que Kyo le había transmitido de parte de Lao. La verdad es que al rubio no le sorprendió escuchar el tono indignado de su amigo todo el rato, como si fuera lo peor que podían haberle hecho. Brey ahora estaba apoyado cómodamente sobre la isla central mientras Yako metía algunas cosas en una mochila al otro lado, y MJ estaba en una encimera al lado, cortando alimentos en una tabla.
—Pues sí —respondió Brey con obviedad la pregunta que le hizo Yako, encogiéndose de hombros—. Claro que me parce lógico que Lao te haya encomendado eso a ti. Es una información demasiado confidencial y tú te puedes saltar los turnos de espera y papeleos sin problema.
—¿¡Cómo!? ¿¡Cómo tú… —exclamó Yako, con una mano en el pecho, dolido—… mi mejor amigo, mi hermano de vínculo, puedes estar de acuerdo con una decisión tan vil!? La próxima vez que te prepare tu sándwich favorito, te… —pensó unos segundos en el peor castigo que pudiera darle—… te… te quitaré una rodaja de pepinillo, y en lugar de cinco rodajas, tendrás cuatro.
Brey y MJ se miraron de reojo.
—Hahh… ¿a quién quiero engañar? —suspiró Yako, y abrazó a Brey con todo su afecto—. Jamás te haría algo así, Raijin, nunca te quitaría ni un trocito de tu sándwich favorito.
—¿Eso es… lo más malvado que podrías hacerle a una buena persona que te ha defraudado? —le preguntó MJ.
—¿¡Te parece poco!? —sollozó Yako.
MJ al principio se mostró incrédula, pero luego no pudo evitar echarse a reír sin parar. A veces no sabía en qué momento Yako estaba hablando en serio o cuándo estaba de broma o exagerando, pero le encantaban esas tonterías suyas. Los otros dos se la quedaron mirando, sin entender por qué se reía tanto. Pero MJ pocas veces salía de su seriedad, y cuando lo hacía, tenía una risa bastante bonita. Yako se sonrojó un poco sin darse cuenta.
—¿Por qué le tienes que informar de algo así yendo directamente allí? —preguntó MJ, continuando con su preparación de ensaladas—. Existen teléfonos.
—No es tan sencillo —dijo Yako—. Lo que ha sucedido con Denzel es preocupante, por no decir que, accidente o no, se han quebrantado unas doce normas del Tiempo impuestas por los dioses y es una suerte que estos, por lo visto, aún no se hayan dado cuenta.
—¿Qué es lo peor que podrían hacer los dioses si se enteran de que puede haber un taimu desconocido suelto por ahí y de que ha quebrantado doce normas del Tiempo? —quiso saber MJ, dejando sobre la isla cuencos con varios ingredientes.
—Resetear el mundo entero —respondió Brey, y robó un tomate cherri de uno de los cuencos.
A la chica se le puso la piel de gallina ante esa respuesta. Pero luego le pegó a Brey en la mano para que dejara de comerse los tomates.
—Au...
—Por eso, tengo que informar a Alvion de lo que ha pasado —continuó Yako—, y si Pipi dice que no es seguro hacerlo mediante tecnología, es por algo. Cuando pasan cosas así, que ya te aclaro que estas cosas no pasan —enfatizó—, las normas de seguridad que se deben seguir son extremas. Ir yo en persona es lo más seguro.
—¿Y por qué no le informa el mismo Denzel? —frunció el ceño—. Es el segundo jefe de la Asociación.
—Esa es la cosa. Denzel está pretendiendo indagar y solucionar este asunto él solo. En principio, debería ser así, ya que es un asunto que sólo le concierne a él, a su familia y a su don del Tiempo, no a la Asociación. Y, si acaso, es a los dioses a los que Denzel debería informar de este incidente. Pero él no está por la labor, ya sabéis que tanto Agatha como él siempre prefieren tener el menor contacto con ellos. Sin embargo, Lao y Pipi han estado discutiendo sobre este tema, y tienen razón en que tomar medidas extra de precaución es lo mejor, porque este caso tan insólito podría afectar más allá del ámbito privado de Denzel y su familia.
—¿Que puede acabar afectando a gente inocente, a la Asociación y al mundo en general? —creyó entender MJ.
—Exacto.
—Ya veo. Aunque sigue siendo un viaje para ir y enseguida volver.
—La gravedad del asunto lo requiere —apuntó Brey, poniéndose a picotear ahora los dados de queso que MJ había dejado en otro cuenco.
—¡Que pares de comerte la comida de los clientes, chaval! —le riñó MJ, pegándole más veces en la mano—. Oye, Yako, ¿cuánto tiempo vas a estar allí, entonces?
—Mm… —pensó—. Mañana por la mañana estaré aquí como muy tarde. Ya que no puedo contar con Denzel para que me teletransporte, tendré que ir en jet.
—Perdona, ¿has dicho “en jet”? ¿Tienes un jet?
—Yo no, pero Fuujin sí. Tenemos su permiso para usarlos cuando queramos. Fuujin tiene un aeródromo secreto y privado en las afueras de Tokio, allí tiene varios vehículos aéreos. Suele ser también un lugar donde hace pruebas de los nuevos aviones que construye.
—Pero ¿quién te va a llevar, algún empleado de Neuval? No tenéis almaati.
—En nuestro año de entrenamiento, no sólo nos enseñan a conducir un coche, MJ —se rio Yako—. Un iris tiene que tener conocimientos para saber pilotar o manejar cualquier vehículo. Coche, moto, tren, barco, helicóptero y avión.
—¿No habían integrado también la modalidad submarina hace unos años? —comentó Brey.
—Esa es opcional —contestó Yako.
Los dos chicos estaban ignorando la cara patidifusa de MJ, que cada día aprendía algo nuevo de los iris.
—Si sales ahora, ¿cuánto tardarás en llegar?
—Si salgo ahora con el coche hasta el aeródromo y de allí piloto uno de los jets supersónicos de Neuval… Unas tres horas en total. Tardaría menos si tuviese, por ejemplo, el elemento de Brey. A Brey no le haría ninguna falta ningún tipo de vehículo para desplazarse a cualquier lugar del planeta, ¿verdad? —miró a su amigo—. Cuando un Den se desplaza a la velocidad de la luz, pueden hasta cruzar sobre los mares casi sin mojarse los pies.
—¡Raijin! —exclamó MJ con asombro—. ¿Tú podrías irte ahora mismo a… a París, por ejemplo, y volver como si nada?
—Sí, pero para distancias grandes necesitaría usar ropa especial que no se desintegra, o acabaría llegando allí en bolas.
—Haaala… —MJ estaba asombrada.
—¿Verdad que es increíble? —asintió Yako, con la misma cara—. Estaría guay tener un poder así.
De repente Brey y MJ se lo quedaron mirando.
—Hm... —gruñó Yako—. Que no quiero dominar más elementos, ¿vale? Quiero ser Yako, el Shokubutsu de la KRS que solamente domina plantas. Si fuera el Zou que mi abuelo espera que sea, las cosas serían diferentes. Vosotros, mis amigos… no me miraríais igual —murmuró, terminando de cerrar su mochila.
—No es cierto —dijo Brey tranquilamente—. Aunque te convirtieras en ese Zou que Alvion quiere que seas, yo te seguiría allá a donde fueses, siempre, y te trataría igual que ahora.
—Ooh, pero Raijin —se sorprendió MJ, casi riendo—. Es muy raro oírte decir cosas tan bonitas y sentimentales. Sé que Yako es tu mejor amigo casi desde que naciste, pero nunca te había oído expresarle tu amor como amigo del alma.
—¿Sentimental? No te confundas —negó Brey en rotundo—. Mi comentario se basa en la mera lógica. Yo soy un iris, y Yako es un Zou. Mi deber natural es seguirlo y serle leal, tanto como iris como amigo.
—Tú sí que sabes hablar con el corazón, Raijin —respondió MJ con sarcasmo, dejando listas las ensaladas.
—¿Verdad que sí? —dijo Yako, y los otros dos descubrieron que se le había puesto una cara llorosa, conmovida por las lógicas y racionales palabras de Brey—. Yo también te quiero, Raijin... —sollozó, abrazándolo—. Mi leal amigo... Ven que te dé un beso...
—Ni se te ocurra —lo frenó Brey, acostumbrado a que Yako le hiciera esas bromas.
—En fin, Yako, te deseo buen viaje —le dijo MJ, sin mirarlo porque estaba concentrada en su labor, pero con una sonrisa ruborizada—. Tráeme algo bonito, ¿vale?
—Oh… —le sorprendió esa petición, y miró para los lados, confuso—. Mmm… No sé muy bien… Eh… ¿Qué te gustaría?
—¡Hahah! Yako, estaba bromeando, era una frase hecha —se rio ella.
—¡Ah! Hahah… —se rio Yako también.
Brey se los quedó mirando en silencio. Sólo movía los ojos de él a ella y de ella a él, con aire extremadamente aburrido. No era la primera vez que presenciaba una de esas tontas escenas entre Yako y MJ, cuando los dos parecían un par de bobos diciendo cosas bobas. Brey no era estúpido, sabía de sobra que MJ llevaba ya tiempo colada por Yako. De hecho, lo sabía todo el mundo, menos el propio Yako, que parecía que no se daba cuenta. En estas ocasiones, a Brey le daban ganas de pegarle una bofetada a su amigo. Y a MJ también. Por bobos.
—Hey —dijo Brey, poniéndose serio—. Ignora lo que Alvion te diga sobre lo que ya sabes.
—Ya lo sé, me lo has dicho miles de veces. Yo lo ignoro.
—Pues la última vez que vimos a Alvion, en el puente, te volvió a afectar su habitual reproche. No dejes que te afecte, es tu vida, no la suya.
—Lo sé. Gracias —sonrió—. En fin, dejo la cafetería en vuestras manos —dijo saliendo de la cocina—. Por cierto, Raijin, creo que Kain ya les está dando a los niños su tercer pastel de dátiles.
—¡Agh! —masculló, saliendo de la cocina rápidamente a detener el proceso de ingestión de pasteles de los mellizos—. Van a acabar como balones de playa.
—Eh… —murmuró Yako, mirando a Sam un momento, que estaba con él tras la barra de la cafetería, recogiendo y fregando varios cubiertos y vajilla, la verdad, con un poco de malas pulgas; luego miró otra vez a Kyo, sentado en un taburete al otro lado de la barra—. Hehe… —le entró la risa floja, y volvió a mirar a Sam, el cual parecía ignorar a ambos y estar muy centrado y cabreado lavando los platos—. Hehehe… —se rio otra vez y volvió a mirar a Kyo.
El joven Lao, con la barbilla apoyada en una mano, arqueó una ceja, aburrido. Yako esperó que Kyo se riera con él, pero el chico seguía serio.
—Ah… —entendió Yako por fin, con una cara horrorizada—. ¡Que me lo estás diciendo en serio!
—Claro que es en serio. Es una orden, y tú el elegido para cumplirla.
La cara de Yako era la misma que la de un niño a punto de romper a llorar.
—Venga ya —protestó Kyo—. Sólo es un momento. Vas, informas a Alvion del asunto, y te largas.
—No montes un drama, aquí todos tenemos que lidiar con cosas —corroboró Sam.
—¿Y tú por qué has venido hoy tan alterado a trabajar? —protestó Yako a su vez—. Llevas así una hora. ¿Quieres que te deje el turno libre?
—He dicho que estoy bien —contestó Sam—. Necesito currar. Así mantengo la mente ocupada —añadió entre dientes, yéndose de la barra para ir a atender a unos clientes.
—¿Está el viejo Lao enfadado conmigo? —siguió quejándose Yako ante Kyo.
—¡Que no! Yako, ya te he dicho por qué mi abuelo quiere que vayas tú, y es un motivo lógico.
—Es pura crueldad.
—Para ya.
—Hacerme ir a ver a ese anciano sabiendo lo que me cuesta ya el simple hecho de pensar en él…
—Es tu abuelo, no un monstruo insensible y despiadado.
—¿Qué diferencia hay?
—¡Pues toda la del mundo! —aseveró Kyo.
—¿Y por qué no va tu abuelo? Él y mi abuelo son como padre e hijo. Alvion adora las visitas del viejo Lao.
—Porque esta tarde mi familia tiene un compromiso inaplazable —respondió con un tono más apagado.
Yako se quedó callado. Era verdad, lo había olvidado. Los Lao hoy iban a reunirse en el cementerio, a rezar por el aniversario de la muerte de Sai.
—Sólo te llevará unas horas, ni siquiera tienes que estar ahí un día entero —insistió Kyo—. Venga, Yako, sabes que es un recado necesario, el asunto de Denzel es muy serio. Debemos tomar precauciones, por mucho que Denzel diga que es un problema que arreglará él solo. Nosotros ya estamos ocupados con una misión antiterrorista en proceso. Alvion como mínimo debería conocer el suceso del salto en el tiempo accidental. Ya está, sólo es eso, un recado de precaución.
—Vale, vale, vale… —lo frenó Yako, resoplando—. Ya sé que no tengo más remedio. Una orden de Lao es una orden de Lao. Por favor, Kyo, dile a MJ que la dejo al mando de la cafetería si no vuelvo.
—Aaagh… —rezongó Kyo, restregándose las manos por la cara, exasperado—. Tienes que quitarte esa absurda paranoia de que Alvion sería capaz de cerrar las fronteras de las tierras Zou una vez hayas entrado para que no puedas volver a salir, y que te forzará a hacer el aprendizaje Zou a base de latigazos. Eso… no… va… a pasar.
—No conoces a ese anciano… —dramatizó Yako.
—Venga, ponte en marcha.
—¿Qué? ¿Ahora? ¿Ahora mismo?
—Sí, ahora. Esa es la orden.
Yako se lo quedó mirando fijamente, firme, serio y asumiendo como un hombre lo que tenía que hacer. Respiró hondo y… se dio la vuelta y corrió a meterse en la cocina.
—¡Necesito unos minutos más…! —se le oyó berrear de nuevo, añadiendo algunas maldiciones en italiano.
—Voy a quemarlo vivo —murmuró Kyo, mientras le salían pequeñas llamas de fuego por el dorso de las manos y el filo de la mandíbula.
Al poco rato, Cleven llegó a la cafetería con Brey y los niños. Los mellizos se perdieron de vista hacia la sección de pastelería en una fracción de segundo, y Cleven fue directamente a saludar a Kyo nada más verlo en la barra, contenta.
—¡Kain! —lo llamó Brey todavía desde la puerta, mientras se quitaba el abrigo—. ¡Los endulzados con dátiles! ¡No les des ninguno que tenga azúcar! ¡Y sólo una pieza!
—¡Ah! ¡Que eres un muermo! ¡Entendido! —le contestó el robusto hombre desde la barra de pastelería, alzando a los niños en brazos felizmente como saludo.
—Glupyye lyudi… —masculló Brey. (= Humanos pelmazos…)
En ese momento, tenía a Sam a un par de metros recogiendo las tazas de una mesa, de un modo un poco brusco, y esto llamó la atención del Den, porque conforme Sam iba llenando la bandeja que sostenía con la otra mano, más le temblaba esta. ¿Y eso debería ser imposible? Sí. A los Dobutsu nunca les temblaba el pulso. Tenían dominio de su propio cuerpo mejor que ningún otro iris. ¡Su cuerpo era su elemento! Así que eso no era un problema físico, sino mental.
Ya está, al final Sam acabó colocando demasiadas cosas en la bandeja, y no de forma equilibrada, por lo que esta se le volcó y cayó con todo. Pero Brey, que ya lo estaba previendo, reaccionó con su implacable velocidad y, en un segundo, atrapó la bandeja a veinte centímetros del suelo, hizo un giro con la mano y toda la vajilla quedó sobre la bandeja de nuevo antes de llegar al suelo. Brey volvió a erguirse, sujetando la bandeja con las dos manos por si acaso, delante de un disgustado Sam, que respiraba nervioso, y miraba alrededor esperando que nadie hubiera visto eso, pero el resto de clientes seguía a sus cosas. Sin embargo, la única mirada que lo acosaba era la de su compañero, que no decía nada, pero claramente estaba esperando que le diera una explicación a esa inusual torpeza.
—¿Puedo hablar contigo un momento? —le pidió el africano, y seguidamente salió por la puerta del local a la calle.
Brey salió tras él, y lo encontró apoyado contra el muro del edificio, más allá de donde terminaban los ventanales de la cafetería, y eso era porque no quería que Yako ni otros los vieran desde dentro.
—¿Ha pasado algo? —le preguntó Brey entonces.
—Solamente necesito… —dijo Sam, intentando calmar su respiración y mirando varias veces hacia los lados—. Solamente necesito una voz racional y lógica ahora.
Brey esperó que Sam le explicase algo más. Pero este no hacía más que desviar los ojos constantemente y apretar los labios. Era como si le avergonzara hablar de ello. A pesar de que no era la primera vez que tenía que hablar de ello. Por eso, Brey acabó comprendiendo lo que le ocurría.
—¿Te ha vuelto a pasar? —murmuró el Den. Sam asintió con la cabeza—. ¿Cuánto hacía desde la última vez?
—No sé… como seis o siete meses.
—Entonces sigue sin ser algo frecuente.
—Brey, desde que tengo memoria, ya me han ocurrido estas cosas incomprensibles como veinte veces. Aunque me sucedan una o dos veces al año, llevan toda mi vida sucediendo.
—Te lo repetiré por milésima vez, Sam. Ve a hablarle de esto a Alvion. O a Yako. O incluso al monje Knive. Son quienes mejor conocen la mente iris. —Sam chistó con la lengua y se negó, también, por milésima vez—. No lo entiendo, ¿por qué no quieres consultárselo a ellos, Sammy? Sólo vienes a mí porque quieres que te ofrezca una explicación racional y lógica para tranquilizarte y volver a olvidarlo… hasta que te vuelva a pasar otra vez.
—Tengo miedo de que ellos me acaben confirmando que estoy mal de la cabeza, o que estoy teniendo alucinaciones porque estoy desarrollando un majin, o que…
—Para —le cortó Brey—. Para ya con eso. Tú no tienes un majin ni nunca lo tendrás. Eres un iris del tipo “soldado ejemplar”.
—¿Y si esa condición cambia con el tiempo?
—No. Alvion dijo que es una condición permanente. Aquel iris que acaba siendo clasificado por él como “soldado ejemplar”, es un iris que, sin importar el tiempo que pase o las cosas que le pasen, jamás puede desarrollar ni una pizca de majin. Si un iris pareciera muy sano en el presente pero tuviera una mínima probabilidad de desarrollar un majin incluso en un futuro muy lejano, Alvion no lo clasificaría como “soldado ejemplar” en un principio. Es un diagnóstico inequívoco que los Zou llevan acertando siglos. Por no hablar de que esas cosas que te pasan no tienen nada que ver con síntomas de majin, este no produce alucinaciones ni crea anomalías a tu alrededor.
Sam se quedó callado, no sabía qué decir o qué pensar.
—¿Qué ha pasado esta vez? —quiso saber Brey.
—Ha sido esta tarde, al salir del instituto —suspiró Sam—. Salí por el edificio sur, donde estamos los de tercero, y estaba cruzando el aparcamiento que hay entre medias, antes de llegar al edificio principal… y… fue un simple suceso… Yo estaba caminando entre los coches, y vi a un cuervo en medio de la carretera de salida. Tenía una pata atrofiada y cojeaba y parecía cansado, nada del otro mundo. Pero entonces vi que se acercaba un coche, era un profesor que se iba, y conforme se acercaba al cuervo, no parecía que fuese a frenar o que pudiera verlo siquiera, así que… En un segundo me di un disgusto, vi de antemano que el coche iba a pasar por encima del cuervo, pero entonces, no sé si parpadeé o me perdí algo… y… —trató de explicarse—. Es que pareció como… como si de repente el cuervo se hubiera desplazado unos 40 centímetros en una fracción de segundo. Estaba… Primero estaba delante de la rueda, y un instante después estaba a 40 centímetros de la rueda. Así que el coche pasó de largo por su lado. Se salvó por esos centímetros, aunque echó a volar enseguida, seguramente impulsado por el susto.
Esperó a que Brey le dijera algo, pero este se mantuvo en silencio, pensando en ello.
—Obviamente es una alucinación —acabó concluyendo el propio Sam—. Otra vez.
—Estas supuesta alucinaciones esporádicas que tienes de cosas que parecen congelarse unos segundos o moverse unos centímetros en un parpadeo, ¿también tuviste alguna antes de convertirte en iris?
—No sé… Me convertí con 5 años. No tengo muchos recuerdos de mi vida de humano, era muy pequeño. Sólo cosas significativamente emocionales, como los recuerdos de mi madre y mi hermana. ¿Y si es un problema de la vista? Puede que tenga algo mal en los ojos.
—Si un iris ejemplar está lejos de padecer un majin, está a mil años luz de padecer una dolencia humana —suspiró Brey con cansancio—. Sam, de verdad, habla de esto con algún experto del Monte.
—Pero, si fuera algún desajuste en mi iris, Alvion ya lo habría notado y me habría advertido hace más de una década.
—Entonces, no es un desajuste de tu iris. Lo que no puedes hacer es seguir así, Sam. Las pocas veces que te pasa esto, te afecta mucho, y te quedas días sin dormir. Necesitas información. Una información veraz y definitiva. La información es la primera fuerza que soluciona los problemas. Así que tu problema no es esto que te pasa, sino lo mucho que te preocupa. ¿Qué te da más miedo, saber qué puede ser, o no saber nunca qué puede ser?
Sam respiró hondo. A fin de cuentas, Brey había terminado dándole un consejo muy racional y lógico, una vez más. Alguna vez, tendría que hacerle caso, ¿no?
—Está bien. El próximo día que tenga libre haré una visita al Monte Zou y se lo consultaré a Alvion, o a monk Knive, o a los monjes médicos o a quienquiera que esté disponible. Pero no le digas nada a Yako —le rogó Sam.
—¿Por qué?
—La última vez que le comenté que sentía una breve molestia en el estómago, me sacó de la cafetería corriendo y me llevó a mi casa arrastras, me metió en mi cama y se puso a hacerme sopa de pollo y una de sus infusiones medicinales y no me dejó ni levantarme. Y empezó a culparse a sí mismo, pensando que yo había enfermado por su culpa por haberme hecho trabajar tantas horas en la cafetería.
—¿Tenías mal el estómago?
—Me bebí una gaseosa demasiado rápido. Sólo necesitaba eructar.
—Y yo que pensaba que mi hijo era dramático… —masculló Brey—. Vale, tú verás lo que haces. Pero esta es la única ayuda que yo puedo darte. Estás bien, Sammy, ¿de acuerdo? —le dio unas palmadas en el hombro—. Seguro que hay una simple explicación detrás de esas cosas raras que crees ver. Nunca te han estorbado en tu impecable trabajo como iris ni te han causado problemas en tu vida cotidiana, ¿verdad?
—Ya… —tuvo que admitir.
Finalmente, más tranquilo, Sam regresó a la cafetería para seguir trabajando, y Brey fue tras él. Se acercó a la barra, donde ya estaban Kyo y Cleven charlando sin parar.
—¿Y Yako? —preguntó Brey.
—En la cocina, preparándose para irse —contestó Kyo.
—¿Irse? —se extrañó, y se metió dentro de la barra para meterse por la puerta de la cocina.
Después de unos minutos, Yako terminó de contarle la orden que Kyo le había transmitido de parte de Lao. La verdad es que al rubio no le sorprendió escuchar el tono indignado de su amigo todo el rato, como si fuera lo peor que podían haberle hecho. Brey ahora estaba apoyado cómodamente sobre la isla central mientras Yako metía algunas cosas en una mochila al otro lado, y MJ estaba en una encimera al lado, cortando alimentos en una tabla.
—Pues sí —respondió Brey con obviedad la pregunta que le hizo Yako, encogiéndose de hombros—. Claro que me parce lógico que Lao te haya encomendado eso a ti. Es una información demasiado confidencial y tú te puedes saltar los turnos de espera y papeleos sin problema.
—¿¡Cómo!? ¿¡Cómo tú… —exclamó Yako, con una mano en el pecho, dolido—… mi mejor amigo, mi hermano de vínculo, puedes estar de acuerdo con una decisión tan vil!? La próxima vez que te prepare tu sándwich favorito, te… —pensó unos segundos en el peor castigo que pudiera darle—… te… te quitaré una rodaja de pepinillo, y en lugar de cinco rodajas, tendrás cuatro.
Brey y MJ se miraron de reojo.
—Hahh… ¿a quién quiero engañar? —suspiró Yako, y abrazó a Brey con todo su afecto—. Jamás te haría algo así, Raijin, nunca te quitaría ni un trocito de tu sándwich favorito.
—¿Eso es… lo más malvado que podrías hacerle a una buena persona que te ha defraudado? —le preguntó MJ.
—¿¡Te parece poco!? —sollozó Yako.
MJ al principio se mostró incrédula, pero luego no pudo evitar echarse a reír sin parar. A veces no sabía en qué momento Yako estaba hablando en serio o cuándo estaba de broma o exagerando, pero le encantaban esas tonterías suyas. Los otros dos se la quedaron mirando, sin entender por qué se reía tanto. Pero MJ pocas veces salía de su seriedad, y cuando lo hacía, tenía una risa bastante bonita. Yako se sonrojó un poco sin darse cuenta.
—¿Por qué le tienes que informar de algo así yendo directamente allí? —preguntó MJ, continuando con su preparación de ensaladas—. Existen teléfonos.
—No es tan sencillo —dijo Yako—. Lo que ha sucedido con Denzel es preocupante, por no decir que, accidente o no, se han quebrantado unas doce normas del Tiempo impuestas por los dioses y es una suerte que estos, por lo visto, aún no se hayan dado cuenta.
—¿Qué es lo peor que podrían hacer los dioses si se enteran de que puede haber un taimu desconocido suelto por ahí y de que ha quebrantado doce normas del Tiempo? —quiso saber MJ, dejando sobre la isla cuencos con varios ingredientes.
—Resetear el mundo entero —respondió Brey, y robó un tomate cherri de uno de los cuencos.
A la chica se le puso la piel de gallina ante esa respuesta. Pero luego le pegó a Brey en la mano para que dejara de comerse los tomates.
—Au...
—Por eso, tengo que informar a Alvion de lo que ha pasado —continuó Yako—, y si Pipi dice que no es seguro hacerlo mediante tecnología, es por algo. Cuando pasan cosas así, que ya te aclaro que estas cosas no pasan —enfatizó—, las normas de seguridad que se deben seguir son extremas. Ir yo en persona es lo más seguro.
—¿Y por qué no le informa el mismo Denzel? —frunció el ceño—. Es el segundo jefe de la Asociación.
—Esa es la cosa. Denzel está pretendiendo indagar y solucionar este asunto él solo. En principio, debería ser así, ya que es un asunto que sólo le concierne a él, a su familia y a su don del Tiempo, no a la Asociación. Y, si acaso, es a los dioses a los que Denzel debería informar de este incidente. Pero él no está por la labor, ya sabéis que tanto Agatha como él siempre prefieren tener el menor contacto con ellos. Sin embargo, Lao y Pipi han estado discutiendo sobre este tema, y tienen razón en que tomar medidas extra de precaución es lo mejor, porque este caso tan insólito podría afectar más allá del ámbito privado de Denzel y su familia.
—¿Que puede acabar afectando a gente inocente, a la Asociación y al mundo en general? —creyó entender MJ.
—Exacto.
—Ya veo. Aunque sigue siendo un viaje para ir y enseguida volver.
—La gravedad del asunto lo requiere —apuntó Brey, poniéndose a picotear ahora los dados de queso que MJ había dejado en otro cuenco.
—¡Que pares de comerte la comida de los clientes, chaval! —le riñó MJ, pegándole más veces en la mano—. Oye, Yako, ¿cuánto tiempo vas a estar allí, entonces?
—Mm… —pensó—. Mañana por la mañana estaré aquí como muy tarde. Ya que no puedo contar con Denzel para que me teletransporte, tendré que ir en jet.
—Perdona, ¿has dicho “en jet”? ¿Tienes un jet?
—Yo no, pero Fuujin sí. Tenemos su permiso para usarlos cuando queramos. Fuujin tiene un aeródromo secreto y privado en las afueras de Tokio, allí tiene varios vehículos aéreos. Suele ser también un lugar donde hace pruebas de los nuevos aviones que construye.
—Pero ¿quién te va a llevar, algún empleado de Neuval? No tenéis almaati.
—En nuestro año de entrenamiento, no sólo nos enseñan a conducir un coche, MJ —se rio Yako—. Un iris tiene que tener conocimientos para saber pilotar o manejar cualquier vehículo. Coche, moto, tren, barco, helicóptero y avión.
—¿No habían integrado también la modalidad submarina hace unos años? —comentó Brey.
—Esa es opcional —contestó Yako.
Los dos chicos estaban ignorando la cara patidifusa de MJ, que cada día aprendía algo nuevo de los iris.
—Si sales ahora, ¿cuánto tardarás en llegar?
—Si salgo ahora con el coche hasta el aeródromo y de allí piloto uno de los jets supersónicos de Neuval… Unas tres horas en total. Tardaría menos si tuviese, por ejemplo, el elemento de Brey. A Brey no le haría ninguna falta ningún tipo de vehículo para desplazarse a cualquier lugar del planeta, ¿verdad? —miró a su amigo—. Cuando un Den se desplaza a la velocidad de la luz, pueden hasta cruzar sobre los mares casi sin mojarse los pies.
—¡Raijin! —exclamó MJ con asombro—. ¿Tú podrías irte ahora mismo a… a París, por ejemplo, y volver como si nada?
—Sí, pero para distancias grandes necesitaría usar ropa especial que no se desintegra, o acabaría llegando allí en bolas.
—Haaala… —MJ estaba asombrada.
—¿Verdad que es increíble? —asintió Yako, con la misma cara—. Estaría guay tener un poder así.
De repente Brey y MJ se lo quedaron mirando.
—Hm... —gruñó Yako—. Que no quiero dominar más elementos, ¿vale? Quiero ser Yako, el Shokubutsu de la KRS que solamente domina plantas. Si fuera el Zou que mi abuelo espera que sea, las cosas serían diferentes. Vosotros, mis amigos… no me miraríais igual —murmuró, terminando de cerrar su mochila.
—No es cierto —dijo Brey tranquilamente—. Aunque te convirtieras en ese Zou que Alvion quiere que seas, yo te seguiría allá a donde fueses, siempre, y te trataría igual que ahora.
—Ooh, pero Raijin —se sorprendió MJ, casi riendo—. Es muy raro oírte decir cosas tan bonitas y sentimentales. Sé que Yako es tu mejor amigo casi desde que naciste, pero nunca te había oído expresarle tu amor como amigo del alma.
—¿Sentimental? No te confundas —negó Brey en rotundo—. Mi comentario se basa en la mera lógica. Yo soy un iris, y Yako es un Zou. Mi deber natural es seguirlo y serle leal, tanto como iris como amigo.
—Tú sí que sabes hablar con el corazón, Raijin —respondió MJ con sarcasmo, dejando listas las ensaladas.
—¿Verdad que sí? —dijo Yako, y los otros dos descubrieron que se le había puesto una cara llorosa, conmovida por las lógicas y racionales palabras de Brey—. Yo también te quiero, Raijin... —sollozó, abrazándolo—. Mi leal amigo... Ven que te dé un beso...
—Ni se te ocurra —lo frenó Brey, acostumbrado a que Yako le hiciera esas bromas.
—En fin, Yako, te deseo buen viaje —le dijo MJ, sin mirarlo porque estaba concentrada en su labor, pero con una sonrisa ruborizada—. Tráeme algo bonito, ¿vale?
—Oh… —le sorprendió esa petición, y miró para los lados, confuso—. Mmm… No sé muy bien… Eh… ¿Qué te gustaría?
—¡Hahah! Yako, estaba bromeando, era una frase hecha —se rio ella.
—¡Ah! Hahah… —se rio Yako también.
Brey se los quedó mirando en silencio. Sólo movía los ojos de él a ella y de ella a él, con aire extremadamente aburrido. No era la primera vez que presenciaba una de esas tontas escenas entre Yako y MJ, cuando los dos parecían un par de bobos diciendo cosas bobas. Brey no era estúpido, sabía de sobra que MJ llevaba ya tiempo colada por Yako. De hecho, lo sabía todo el mundo, menos el propio Yako, que parecía que no se daba cuenta. En estas ocasiones, a Brey le daban ganas de pegarle una bofetada a su amigo. Y a MJ también. Por bobos.
—Hey —dijo Brey, poniéndose serio—. Ignora lo que Alvion te diga sobre lo que ya sabes.
—Ya lo sé, me lo has dicho miles de veces. Yo lo ignoro.
—Pues la última vez que vimos a Alvion, en el puente, te volvió a afectar su habitual reproche. No dejes que te afecte, es tu vida, no la suya.
—Lo sé. Gracias —sonrió—. En fin, dejo la cafetería en vuestras manos —dijo saliendo de la cocina—. Por cierto, Raijin, creo que Kain ya les está dando a los niños su tercer pastel de dátiles.
—¡Agh! —masculló, saliendo de la cocina rápidamente a detener el proceso de ingestión de pasteles de los mellizos—. Van a acabar como balones de playa.
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