2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Neuval aparcó el coche junto a una acera de losas grises tras haber subido una larga carretera, de una calle ahora vacía rodeada de un parque, algo apartada de la urbe. La verja que limitaba el inmenso recinto del cementerio se perdía calle arriba y calle abajo, ya iluminadas con la luz anaranjada de las farolas. Yenkis y él se bajaron del coche y cruzaron una puerta de hierro. Anduvieron un rato cuesta arriba por el asfalto y llegaron al caminito de piedra que comenzaba entre dos hileras de árboles altos. No hace mucho, Cleven y Brey también pasaron por allí.
Yenkis tenía muy vagos recuerdos de ese lugar, apenas había ido, por lo que andaba un poco perdido. El camino estaba iluminado también, pero en la zona reinaba tal silencio, cortado de vez en cuando por el susurro de las hojas de los árboles, y hacía tanto frío, que le entró un poco de miedo. Más allá de la primera fila de árboles no llegaba la luz, y era un mar de tinieblas y murmullos. No había nadie por ahí, salvo ellos dos.
Sin embargo, Neuval se paró en seco y Yenkis, que caminaba detrás atento a los alrededores con nerviosismo, se chocó contra él. Neuval le sonrió por encima del hombro y le tendió una mano. Yenkis dudó un momento, pero finalmente decidió que sería buena idea, así que agarró su mano y siguieron caminando.
Tras llegar a la cima de la colina, Yenkis contempló la diferencia. En esa zona había un montón de mausoleos, tan majestuosos con su piedra gris y blanca, o bien de ladrillo y tejado de pizarra, como siniestros, dando a imaginar lo que contenían. Una vez pasaron de largo una fuente seca con la estatua de un ángel llorando al cielo, Yenkis no pudo evitar detenerse y ponerse tenso. Neuval también se paró y miró más allá.
Allí estaban, cuatro personas, aguardando a las puertas de un mausoleo de piedra y madera, grande y pulcro. A juzgar por el estilo de construcción, Yenkis vio que no era exactamente un mausoleo, sino un altar dentro de un templete típico de la cultura china. También vio que había más por los alrededores. Ahí no había nadie enterrado, sólo había lápidas de piedra pulida y brillante con grabados chinos que representaban a cada fallecido de un clan. Calcinaban a los fallecidos y esparcían sus cenizas al mar o bien se guardaban en jarrones, ya bien destinados a estar en la casa de los familiares, ya bien en el mismo templete. Luego reparó en que esas personas iban vestidas de blanco, enteros o una parte. Su padre llevaba un jersey blanco que nunca antes le había visto puesto aparte de hoy.
Había que apuntar que, en realidad, los antepasados Lao que había allí eran los antepasados de Ming Jie. Ella era una Lao, y su padre era primo lejano del padre de Kei Lian. Entonces Ming Jie y él eran primos lejanos también. Pero Kei Lian nunca llegó a conocer a sus padres, estos los abandonaron a él y a su hermano gemelo a las puertas de un orfanato de Hong Kong nada más nacer.
Por lo tanto, Kei Lian, el cual confirmaba que no tenía antepasado alguno, y que su padre, como mucho, debió de ser una vergüenza, se consideraba como el primer Lao de la familia Lao. Por así decirlo, el fundador o iniciador de la verdadera y actual familia Lao. Cuando Kei Lian y Ming Jie se mudaron a Japón tras aceptar este una oferta de trabajo mejor, y Sai y Neuval seguían siendo jóvenes, Ming Jie trasladó el templete ancestral de su rama de la familia desde Hong Kong hasta este cementerio.
Yenkis se había detenido por esas personas. Reconoció solamente al viejo Lao, con pantalones vaqueros, jersey blanco y bueno, su pelo también blanco. Luego había una mujer de la misma edad que su padre, aproximadamente; a su lado una chica joven, con una larga melena negra y lisa y de piel muy blanca, y finalmente un chico, con el pelo revuelto que le tapaba un poco la cara. No se atrevía a acercarse, para él eran desconocidos, pero al mismo tiempo familia. Le entró mucho corte.
—No temas, ellos saben quién eres —lo tranquilizó su padre—. Les he hablado muchas veces de Lex, de Cleven y de ti. Bueno, a Lex ya lo conocen desde hace años.
—Pero no saben que estoy aquí —murmuró.
—No te preocupes. Les sorprenderá, sí, pero se alegrarán, ya verás. Son muy buena gente.
Volvió a tenderle una mano y Yenkis acabó cediendo. A medida que se acercaban ya se oía la voz del viejo Lao.
—Ya os digo, este viejo amigo mío del orfanato donde me crie se metió en el bosque del sur de Hong Kong para cazarlo —les contaba muy convencido a sus nietos y a su nuera—. Ya lo había visto, y quiso cazarlo. Y una vez lo tuviese, quiso sacar un buen fajo de billetes, pues muchos darían oro por tener una criatura como esa.
Neuval y Yenkis se pararon a pocos metros de ellos, los cuales estaban de espaldas y no repararon en ellos. Yenkis escuchó con intriga la historia que estaba contando el viejo.
—Pues bien, tal como le enseñó el ermitaño de la cueva, mi amigo siguió el camino correcto y llegó a la roca con forma de nariz verrugosa. La levantó... —susurró con tono misterioso, haciendo los gestos—. Halló la madriguera... y ahí estaba, chicos, ahí estaba...
—A ver, espera —le cortó Kyo—. ¿Tú llegaste a verlo, o tu amigo sólo te lo contó?
—Sólo me lo contó, pero supe que era verdad porque me enseñó el sombrerito verde —asintió el viejo seriamente—. ¡El sombrerito verde! Y cuando me lo contó dijo que ya lo había vendido. ¡Un leprechaun, chicos, era un verdadero leprechaun en tierras asiáticas!
Neuval se estampó una mano en la frente, mientras Yenkis ponía una mueca desencantada.
—¡Siempre contando tonterías, abuelo! —exclamó Mei Ling con enfado—. Y pensar que por un momento me he sentido intrigada...
—Kei Lian… ¿¡No pensarás de verdad que eso fue real, no!? —saltó Suzu.
—¡Pero el sombrerito verde...! —insistió el viejo Lao.
—¡Abuelo, eso era seguramente de un muñeco! —contestó Kyo—. ¡Tu amigo te la jugó!
—Qué decepción —el viejo Lao chasqueó la lengua, cruzándose de brazos—. Que no os oigan las hadas decir eso, ¡que no os oigan! Se ofenderían mucho, pero no más que los duendes. ¡Qué poca fe, desgraciados!
—¡No nos llames eso tú precisamente! —saltaron todos a la vez, y comenzaron a darle tortas y agarrones.
—¡Ah! ¡Esto es maltrato abuelista! ¡Estáis literalmente jugando con fuego! —les advirtió Lao, a punto de crear dos bolas de fuego en sus manos, pero en broma, obviamente.
Yenkis estaba paralizado ante aquel jaleo familiar.
—Tranquilo —le dijo Neuval—. Siempre están así. Ignora las estupideces que pueda decir Lao. En verdad lo hace a propósito, tomarle el pelo a la gente es su pasatiempo favorito.
—Heh… —al niño se le escapó una risa y miró a su padre—. En todas las cenas de Navidad de tu empresa que recuerdo, el señor Lao se ponía a hacer el bobo todo el tiempo. ¿Siempre ha sido así de divertido? Seguro que nunca te regañaba.
—Oh, ¡para nada fue así! —le aseguró Neuval—. El 90 % del tiempo, era muy estricto, serio y más tranquilo. Ahora, es al contrario. Claro que por aquel entonces, cuando me adoptó, él trabajaba como un esclavo para una empresa que aunque le daba un buen sueldo, le oprimía las ideas y lo agotaba. Cuando nos mudamos a Japón y cambió a una empresa mejor, para él fue como una liberación. Y cuando fundé Hoteitsuba y le regalé su propio laboratorio… creo que fue la primera vez que lo vi relajarse. Por fin podía ser él mismo, sacar a la luz sus ideas, sus pensamientos. Su actitud se volvió… ¿cómo decirlo? Cuando te quitas cien kilos de peso de preocupaciones y deseos oprimidos, te das el gusto de empezar a disfrutar de la vida, y para Lao, hacer el bobo de vez en cuando y no importarle un comino lo que piense la gente, es su mayor muestra de libertad.
—Guau… ¿O sea que él también inventa cosas? ¿Hace lo mismo que tú? No me refiero a dirigir la empresa, sino… ¿también es un científico?
—Un físico experimental, sí. Como yo —sonrió Neuval—. ¿De dónde crees que saqué el amor por esta profesión? Él es de los mejores del mundo.
Yenkis se quedó absorto escuchándolo hablar, no por lo que decía, sino por cómo lo decía. Con su iris, Yenkis podía captar a distancia lo orgulloso que se sentía su padre del viejo Lao. Pero luego le vino un pensamiento. Él también sentía pasión por la tecnología y la física, ya desde muy pequeño, y siempre dio por sentado que lo había heredado de su padre. Había signos del carácter que se podían heredar genéticamente, no sólo los aspectos físicos.
—Papá, ¿puedo hacerte una pregunta que a lo mejor no te gusta?
—Dime —le sonrió con calma.
—Eh… ¿a qué se dedicaba el… o sea… Jean?
—¿A qué se dedicaba? —repitió Neuval, y se quedó mirando a otra parte, pensativo. Hacía tanto tiempo sin recordarlo…—. Ahm… pues… era mecánico. Arreglaba coches en un taller.
—¿Se le daba bien?
Neuval volvió a quedarse reflexivo. Fue ahora cuando le vinieron algunas memorias que habían estado décadas metidas en un cajón lleno de polvo. Ciertamente, llegó a ver a Jean arreglando motores, pero no sólo de coches. De todo tipo. Le hacían encargos a él expresamente, y era raro, porque el taller donde trabajaba Jean era pequeño y un poco mediocre en un barrio pobre. De hecho, hubo una vez en que un hombre con uniforme militar se presentó en su casa. Venía a pedirle que se encargara de la reparación de aeronaves del ejército francés. Neuval, que tenía apenas 2 años en ese momento, tenía vagos recuerdos de Jean negándose varias veces. La insistencia del otro le hizo enfadar y al final lo echó de su jardín de forma agresiva, diciendo algo como “¡No traigas tus estúpidas guerras humanas a mi casa! ¡No volveré a eso!”.
Era la primera vez en cuarenta años que Neuval recordaba esto y la verdad es que ahora le resultaba de lo más extraño. Además, esto le evocó otro recuerdo. Su primer regalo de cumpleaños, al cumplir 1 año, fue una locomotora de juguete que funcionaba con electricidad y energía solar. La construyó su hermana, que en ese entonces tenía 6 años, con restos de chatarra, y funcionaba perfectamente. No había dinero para comprar juguetes, por eso ella se los hacía. Por su segundo cumpleaños, Monique le construyó un columpio en el jardín con barras de hierro y cadenas que cogió de un desguace. Neuval adoraba ese columpio. Hasta que Jean lo destrozó.
Yenkis frunció el ceño. Seguía esperando que su padre le respondiera la pregunta, pero este se había quedado totalmente sumergido en sus pensamientos.
—¡Ah, Neuval! —exclamó Suzu al verlo ahí cerca.
Los otros tres dejaron de armar jaleo al instante y miraron a los recién llegados con sorpresa. Lao se echó encima de Neuval, rodeándolo con todo su enorme cuerpo musculoso en un abrazo desesperado.
—Neu, son muy crueles conmigo… —sollozó.
—Y con razón —dijo él, dándole palmaditas en la espalda, indiferente.
—Tío Neu —saludó Kyo alegremente.
—Hola, chaval —sonrió, agarrando su hombro—. ¡Mei Ling, cuánto hace que no te veo! —exclamó con sorpresa, abrazándola—. Estás estupenda. He visto que sigues posando como modelo en las revistas de moda.
—Gracias, tío Neu —sonrió también—. Sí, por suerte me siguen llamando para las sesiones fotográficas. Lo malo es que me quita bastante tiempo, pero gano un buen dinero. ¿Y tú qué? Nos has tenido un poco abandonados, tío.
—Ya, y lo siento, he estado un tanto ocupado...
—Hey, Mei Ling, vamos, díselo —le dijo Suzu a su hija.
—Ah, sí —recordó la joven—. Tío Neu, quería pedirte algo. Tú eres un científico en toda regla y has estudiado mucho los temas de la Física del Universo. Me preguntaba si podrías ayudarme para mi proyecto final de carrera. En la universidad me han dicho que me puede abrir las puertas directas a la Agencia Espacial. Lo único que necesito es un lugar seguro para hacer pruebas con los motores y el propergol que estoy creando…
—No digas más —se entusiasmó Neuval—. Eso es fantástico, Mei Ling, ¡claro que te ayudaré! Tengo una nave de pruebas hoy en día vacía, cerca del norte de Saitama. Estoy deseando que llegue el día en que pueda presumir de que mi sobrina es astronauta.
Mientras Suzu, Kyo y Mei Ling se ponían a conversar con él animadamente, el viejo Lao, ahí de pie y en silencio, observaba a Yenkis. Estaba serio. Claramente estaba tratando de analizar el motivo de semejante novedad que era que Neuval hubiera traído a Yenkis a una reunión familiar Lao. Barajó varias hipótesis. Teniendo en cuenta lo que había sucedido hoy con Hana, pensó que tal vez Neuval había decidido dar un paso adelante también con Yenkis. Pero claro, luego estaba el motivo por el que en un principio las familias Lao y Vernoux se separaron. ¿Qué pasaba con la seguridad? Aunque también era verdad que las cosas ya no eran como antes: Lex tenía su vida, Cleven se había ido a vivir con Brey, Neuval había vuelto al servicio de la Asociación, Hana ahora sabía la verdad, Yousuke murió hace un año, Kyosuke acababa de regresar del Monte convertido en iris…
Además, desde que Yenkis nació y se supo que era un iris, siempre existió la inevitable probabilidad de que un día tendría que entrar, y permanecer, en el mundo de la Asociación y sus secretos. A diferencia de sus hermanos, Yenkis no era humano ni nunca lo sería. Por eso, la ilusión de Neuval de mantenerlo apartado del mundo de los iris para que viviera por siempre una vida humana era más bien eso, una ilusión. Quizá no tuviera una venganza pendiente que cumplir ni ninguna sed de justicia insatisfecha. Pero era un iris.
Lao siempre soñó con que las cosas algún día pudieran arreglarse, que las piezas que se habían separado por fuerzas mayores volvieran a unirse en algún futuro. ¿Se estaba acercando la reunificación? Pero… ¿qué pasaba con Cleven? Lao miró a Neuval de reojo. No podía adivinar qué intenciones tendría con Cleven, pero le costaba imaginar que con ella también cediera a contarle la verdad, no sobre los iris, pero quizá la de la familia Lao. El caso de Cleven era mucho más delicado. Ella tuvo una infancia mucho más sumergida en la Asociación que sus propios hermanos, porque siempre estaba interesada, preguntando, yendo con ellos cuando la dejaban y también cuando no la dejaban, se colaba en algunas misiones y Neuval nunca entendía por qué ese afán. Y tal vez era eso lo que Neuval temía, que Cleven volviera con esa obsesión de meterse donde no debe, de ponerse en peligro a sí misma.
Revelarle lo de la familia Lao a Yenkis funcionaba, porque él no tenía muchos recuerdos de su vida antes de la separación, y por eso Yenkis no tenía que preguntar “¿y cómo es que no me acuerdo?”. Pero Cleven sí. Y además, ella no sería tan tonta como para creer que su padre les había ocultado esta familia toda su vida. Indagaría, como siempre, y acabaría descubriendo que existía una técnica que borraba la memoria, y de ahí descubriría por qué su padre la usó en ella, y de ahí el resto de cosas. En el proceso, podía ir resquebrajando la propia Técnica de su mente, e ir recuperando memorias, de cosas difíciles, de cosas terribles que veía en las misiones en las que se colaba, de cosas que Neuval no deseaba que volviera a recordar.
Pero era bastante injusto, ¿no?, pensaba Lao. Ahora Cleven iba a ser la única ignorante de que tenía una familia más grande y a la que amó mucho en un pasado.
Lao se dio cuenta de que había estado demasiado rato en silencio y con el habitual semblante serio que ponía cuando cavilaba y analizaba, porque vio que Yenkis se había quedado muy quieto y su cara expresaba el manojo de nervios que era ahora mismo. Seguro que lo había asustado un poco. Vio cómo el muchacho se agarraba el jersey bajo la chaqueta y lo retorcía un poco entre sus manos. Qué dulce nostalgia le trajo esto. Era sin duda igualito que Neuval cuando era pequeño.
—Hola, Yenkis —le sonrió el viejo.
El niño se sorprendió. De repente la cara de ese tipo tan grande y musculoso emitía una embriagadora calidez.
—Eh… hola, señor Lao —saludó tímido.
Lao frunció el ceño. Se acercó más a él, y se agachó a su altura.
—Conque “señor Lao”, ¿eh? —repitió el viejo, con ojos suspicaces—. Dime, muchacho. ¿Estás aquí en calidad de invitado… o estás aquí como mi nieto?
Yenkis volvió a ponerse nervioso. Miró un segundo hacia su padre, pero este seguía ocupado hablando con Suzu, Mei Ling y Kyo. De hecho, les estaba explicando la situación, a juzgar por cómo Kyo, su hermana y su madre miraban de vez en cuando a Yenkis conforme Neuval les hablaba.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Lao—. Cuéntamelo.
—Eh… pues… —el niño pensó cómo explicarlo, miró para los lados, sin saber cómo empezar.
—Ya sé —sonrió Lao—. Lo que ha pasado es que al final te has salido con la tuya. Tu padre ya me habló de tus intentos de hurgar y cotillear en sus secretos. Y has descubierto la verdad sobre su pasado, y mi familia. Hm… Neuval suele presumir de lo bien que esconde sus cosas, pero…
—En realidad todo empezó porque le oí a usted decirle a Hana la otra noche que papá estaba afectado porque… porque un tal Jean lo había llamado. Y… acudí a Lex para que me explicara quién es… ese Jean.
Lao se quedó de piedra pómez. Después se pegó una torta en la cara.
—Muy bien, Lian —se dijo a sí mismo con sarcasmo.
—Lo habría acabado averiguando de todas formas incluso si yo no hubiera oído de usted pronunciar ese nombre. Así que no es culpa suya.
—Supongo que tienes razón. Es la única desventaja con la que un padre tiene que lidiar cuando tiene un hijo demasiado inteligente para su propia seguridad, hm, hm… —se rio suavemente—. Bueno… —miró al chico, extendiendo los brazos, pero Yenkis puso cara confusa—. No sabes lo mucho que he deseado pedirte esto en todas las cenas de Navidad de Hoteitsuba. ¡Dale un abrazo a tu abuelo!
—Ah… eh… —el joven Fuu se quedó atorado, le pareció muy repentino y le daba algo de reparo, porque hasta ahora Lao siempre había sido a sus ojos un hombre importante de la multinacional Hoteitsuba—. Señor Lao, es que…
—¡Que vengas aquí, granuja! ¡Juajaja! —Lao lo atrapó entre sus enormes brazos y lo apretujó con sonoras carcajadas de alegría—. ¿¡Pero quién es ese “señor Lao”!? ¡Soy tu abuelo Lian! ¡Jajaja!
—¡Uaaah! —se asustó Yenkis mientras el otro lo zarandeaba y lo meneaba de un lado a otro.
Aunque tenía que admitirlo. Pudo sentir con su iris todo ese cariño y esa tristeza que Lao había tenido que guardarse dentro durante años. Yenkis nunca había sido abrazado por un abuelo. Extrañamente, se sintió como algo perfectamente familiar. Como si llevara toda la vida siendo su nieto. Y es que el viejo Lao siempre causaba ese efecto. Convertía en familia a cualquier extraño en un instante.
—Ah, ya veo que os lleváis bien vosotros dos —dijo Neuval, acercándose con los demás.
—¡Sí, sí, sí! —exclamó Mei Ling, alzando las manos con celebración—. ¡Qué ganas tenía de que llegara este día, por fin! —corrió hasta su abuelo y le arrebató a Yenkis como quien se pelea por un juguete—. Hola, Yen, tu padre acaba de explicarnos, no sabes cómo me alegro… no sabes… —lo abrazó, incluso con más fuerza que Lao, por eso Yenkis al principio se puso rojo y luego se puso azul—. ¡Oh! Ay, perdona… —lo soltó para dejarlo respirar, pero le tomó las mejillas con cariño—. Soy tu prima, Mei Ling. Sé que no te acuerdas de mí, eras muy pequeño… y eras tan mono… me encantaba sujetarte en brazos. Pero mira ahora, estás enorme… ¿Cómo va tu grupo de música? Lex siempre me habla mucho de ti.
—Ahm… pues…
Yenkis estaba colapsado. No sólo por lo repentino que era todo esto, sino por estar recibiendo una bienvenida tan feliz, por él, por estar aquí con ellos. Y volvió a ponerse rojo, porque ahora que la veía tan de cerca, se quedó anonadado con lo bella que era Mei Ling.
—Déjame, déjame que lo vea bien —Suzu apartó a su hija y sujetó a Yenkis de los hombros—. Ay, pero ¿cómo se puede ser un chico tan guapo? Qué feliz me hace abrazarte de nuevo, Yenkis. Soy tu tía Suzu. Tu madre y yo éramos casi como hermanas. Ay, tienes la forma de sus ojos…
—Eh… encantado… —consiguió pronunciar Yenkis, asomando por fin una sonrisa más calmada.
Entonces, le sobresaltó un golpe en el hombro. Miró a un lado y vio a Kyo con una mano sobre su hombro, sonriéndole. Yenkis suspiró con asombro, porque recordaba haber visto a Kyo algunas pocas veces, desde la distancia, por el instituto, al menos unos años atrás, solo que en aquel entonces solía ir junto a otro chico idéntico a él que ahora ya no estaba.
A ojos de Yenkis, como a los del resto de chicos de su edad, los chicos mayores del instituto como Kyo solían parecerles intimidantes, y asombrosos, y Kyo además tenía un físico grande y fortachón, lo cual causaba más impresión en los niños de 12 años. Por eso, ver que lo miraba con ojos amables y que agarraba su hombro de forma amigable y cercana, Yenkis casi no podía creérselo.
—Yo soy Kyosuke. Pero todos me llaman Kyo.
—M… me alegro de conocerte.
—Heh, a ti te he visto muchas veces por el Tomonari. Desde la lejanía, claro.
—Y… sabías quién era, ¿verdad? —preguntó Yenkis.
—Sí. Siento mucho que nuestra familia tenga tantas complicaciones, Yenkis. Me alegra que te hayan brindado la oportunidad de relacionarte con nosotros y viceversa.
—Yo también. Y… bueno, entiendo que nuestras familias se separaron por motivos de seguridad o algo así, pero… espero que esto no traiga ningún tipo de riesgo o peligro a la familia, cualquiera que sea el motivo real por el que fue tan importante separarnos —dijo esto mirando a su padre—. Y no tengamos por qué separarnos nunca más.
—¡Hah! Demasiado perspicaz —rio Lao, cruzándose de brazos y mirando a Neuval de reojo.
—Por desgracia para mí —asintió este—. Yenkis, ¿qué tal si por ahora dejamos que la situación actual termine de asentarse y normalizarse y ya vamos viendo poco a poco cómo abordar el resto de cosas?
El chico entornó los ojos con suspicacia. Porque con “el resto de cosas”, su padre solamente podía referirse a aquellos secretos que Yenkis todavía no había descubierto. Él ya sospechaba desde hace tiempo, que lo del iris suyo y de su padre escondía todo un mundo enigmático detrás, y que su padre pertenecía a un grupo mucho más grande de personas que también eran iris y que se dedicaban a hacer cosas secretas e importantes. Hasta ahí llegaba lo que sabía o creía saber, y era lo que le faltaba por averiguar. Por eso, no supo cómo descifrar lo que su padre acababa de decirle. ¿Quería decir que en un futuro próximo, después de que esta novedad se hubiese asentado, estaría dispuesto a contarle él mismo el resto de los secretos?
Sinceramente, a Yenkis le costaba creerlo. Su padre solamente estaba intentando persuadirle para que dejara las cosas como estaban, y eso de que ya más adelante saciaría las curiosidades que aún le quedaban, sólo era para contentarle ahora. Sin embargo, de todos modos, Yenkis aún tenía un plan pendiente, utilizar el programa que Taiya le había dado en aquel pendrive, para ver por fin todo el contenido de los archivos que su padre había guardado durante años.
Neuval aparcó el coche junto a una acera de losas grises tras haber subido una larga carretera, de una calle ahora vacía rodeada de un parque, algo apartada de la urbe. La verja que limitaba el inmenso recinto del cementerio se perdía calle arriba y calle abajo, ya iluminadas con la luz anaranjada de las farolas. Yenkis y él se bajaron del coche y cruzaron una puerta de hierro. Anduvieron un rato cuesta arriba por el asfalto y llegaron al caminito de piedra que comenzaba entre dos hileras de árboles altos. No hace mucho, Cleven y Brey también pasaron por allí.
Yenkis tenía muy vagos recuerdos de ese lugar, apenas había ido, por lo que andaba un poco perdido. El camino estaba iluminado también, pero en la zona reinaba tal silencio, cortado de vez en cuando por el susurro de las hojas de los árboles, y hacía tanto frío, que le entró un poco de miedo. Más allá de la primera fila de árboles no llegaba la luz, y era un mar de tinieblas y murmullos. No había nadie por ahí, salvo ellos dos.
Sin embargo, Neuval se paró en seco y Yenkis, que caminaba detrás atento a los alrededores con nerviosismo, se chocó contra él. Neuval le sonrió por encima del hombro y le tendió una mano. Yenkis dudó un momento, pero finalmente decidió que sería buena idea, así que agarró su mano y siguieron caminando.
Tras llegar a la cima de la colina, Yenkis contempló la diferencia. En esa zona había un montón de mausoleos, tan majestuosos con su piedra gris y blanca, o bien de ladrillo y tejado de pizarra, como siniestros, dando a imaginar lo que contenían. Una vez pasaron de largo una fuente seca con la estatua de un ángel llorando al cielo, Yenkis no pudo evitar detenerse y ponerse tenso. Neuval también se paró y miró más allá.
Allí estaban, cuatro personas, aguardando a las puertas de un mausoleo de piedra y madera, grande y pulcro. A juzgar por el estilo de construcción, Yenkis vio que no era exactamente un mausoleo, sino un altar dentro de un templete típico de la cultura china. También vio que había más por los alrededores. Ahí no había nadie enterrado, sólo había lápidas de piedra pulida y brillante con grabados chinos que representaban a cada fallecido de un clan. Calcinaban a los fallecidos y esparcían sus cenizas al mar o bien se guardaban en jarrones, ya bien destinados a estar en la casa de los familiares, ya bien en el mismo templete. Luego reparó en que esas personas iban vestidas de blanco, enteros o una parte. Su padre llevaba un jersey blanco que nunca antes le había visto puesto aparte de hoy.
Había que apuntar que, en realidad, los antepasados Lao que había allí eran los antepasados de Ming Jie. Ella era una Lao, y su padre era primo lejano del padre de Kei Lian. Entonces Ming Jie y él eran primos lejanos también. Pero Kei Lian nunca llegó a conocer a sus padres, estos los abandonaron a él y a su hermano gemelo a las puertas de un orfanato de Hong Kong nada más nacer.
Por lo tanto, Kei Lian, el cual confirmaba que no tenía antepasado alguno, y que su padre, como mucho, debió de ser una vergüenza, se consideraba como el primer Lao de la familia Lao. Por así decirlo, el fundador o iniciador de la verdadera y actual familia Lao. Cuando Kei Lian y Ming Jie se mudaron a Japón tras aceptar este una oferta de trabajo mejor, y Sai y Neuval seguían siendo jóvenes, Ming Jie trasladó el templete ancestral de su rama de la familia desde Hong Kong hasta este cementerio.
Yenkis se había detenido por esas personas. Reconoció solamente al viejo Lao, con pantalones vaqueros, jersey blanco y bueno, su pelo también blanco. Luego había una mujer de la misma edad que su padre, aproximadamente; a su lado una chica joven, con una larga melena negra y lisa y de piel muy blanca, y finalmente un chico, con el pelo revuelto que le tapaba un poco la cara. No se atrevía a acercarse, para él eran desconocidos, pero al mismo tiempo familia. Le entró mucho corte.
—No temas, ellos saben quién eres —lo tranquilizó su padre—. Les he hablado muchas veces de Lex, de Cleven y de ti. Bueno, a Lex ya lo conocen desde hace años.
—Pero no saben que estoy aquí —murmuró.
—No te preocupes. Les sorprenderá, sí, pero se alegrarán, ya verás. Son muy buena gente.
Volvió a tenderle una mano y Yenkis acabó cediendo. A medida que se acercaban ya se oía la voz del viejo Lao.
—Ya os digo, este viejo amigo mío del orfanato donde me crie se metió en el bosque del sur de Hong Kong para cazarlo —les contaba muy convencido a sus nietos y a su nuera—. Ya lo había visto, y quiso cazarlo. Y una vez lo tuviese, quiso sacar un buen fajo de billetes, pues muchos darían oro por tener una criatura como esa.
Neuval y Yenkis se pararon a pocos metros de ellos, los cuales estaban de espaldas y no repararon en ellos. Yenkis escuchó con intriga la historia que estaba contando el viejo.
—Pues bien, tal como le enseñó el ermitaño de la cueva, mi amigo siguió el camino correcto y llegó a la roca con forma de nariz verrugosa. La levantó... —susurró con tono misterioso, haciendo los gestos—. Halló la madriguera... y ahí estaba, chicos, ahí estaba...
—A ver, espera —le cortó Kyo—. ¿Tú llegaste a verlo, o tu amigo sólo te lo contó?
—Sólo me lo contó, pero supe que era verdad porque me enseñó el sombrerito verde —asintió el viejo seriamente—. ¡El sombrerito verde! Y cuando me lo contó dijo que ya lo había vendido. ¡Un leprechaun, chicos, era un verdadero leprechaun en tierras asiáticas!
Neuval se estampó una mano en la frente, mientras Yenkis ponía una mueca desencantada.
—¡Siempre contando tonterías, abuelo! —exclamó Mei Ling con enfado—. Y pensar que por un momento me he sentido intrigada...
—Kei Lian… ¿¡No pensarás de verdad que eso fue real, no!? —saltó Suzu.
—¡Pero el sombrerito verde...! —insistió el viejo Lao.
—¡Abuelo, eso era seguramente de un muñeco! —contestó Kyo—. ¡Tu amigo te la jugó!
—Qué decepción —el viejo Lao chasqueó la lengua, cruzándose de brazos—. Que no os oigan las hadas decir eso, ¡que no os oigan! Se ofenderían mucho, pero no más que los duendes. ¡Qué poca fe, desgraciados!
—¡No nos llames eso tú precisamente! —saltaron todos a la vez, y comenzaron a darle tortas y agarrones.
—¡Ah! ¡Esto es maltrato abuelista! ¡Estáis literalmente jugando con fuego! —les advirtió Lao, a punto de crear dos bolas de fuego en sus manos, pero en broma, obviamente.
Yenkis estaba paralizado ante aquel jaleo familiar.
—Tranquilo —le dijo Neuval—. Siempre están así. Ignora las estupideces que pueda decir Lao. En verdad lo hace a propósito, tomarle el pelo a la gente es su pasatiempo favorito.
—Heh… —al niño se le escapó una risa y miró a su padre—. En todas las cenas de Navidad de tu empresa que recuerdo, el señor Lao se ponía a hacer el bobo todo el tiempo. ¿Siempre ha sido así de divertido? Seguro que nunca te regañaba.
—Oh, ¡para nada fue así! —le aseguró Neuval—. El 90 % del tiempo, era muy estricto, serio y más tranquilo. Ahora, es al contrario. Claro que por aquel entonces, cuando me adoptó, él trabajaba como un esclavo para una empresa que aunque le daba un buen sueldo, le oprimía las ideas y lo agotaba. Cuando nos mudamos a Japón y cambió a una empresa mejor, para él fue como una liberación. Y cuando fundé Hoteitsuba y le regalé su propio laboratorio… creo que fue la primera vez que lo vi relajarse. Por fin podía ser él mismo, sacar a la luz sus ideas, sus pensamientos. Su actitud se volvió… ¿cómo decirlo? Cuando te quitas cien kilos de peso de preocupaciones y deseos oprimidos, te das el gusto de empezar a disfrutar de la vida, y para Lao, hacer el bobo de vez en cuando y no importarle un comino lo que piense la gente, es su mayor muestra de libertad.
—Guau… ¿O sea que él también inventa cosas? ¿Hace lo mismo que tú? No me refiero a dirigir la empresa, sino… ¿también es un científico?
—Un físico experimental, sí. Como yo —sonrió Neuval—. ¿De dónde crees que saqué el amor por esta profesión? Él es de los mejores del mundo.
Yenkis se quedó absorto escuchándolo hablar, no por lo que decía, sino por cómo lo decía. Con su iris, Yenkis podía captar a distancia lo orgulloso que se sentía su padre del viejo Lao. Pero luego le vino un pensamiento. Él también sentía pasión por la tecnología y la física, ya desde muy pequeño, y siempre dio por sentado que lo había heredado de su padre. Había signos del carácter que se podían heredar genéticamente, no sólo los aspectos físicos.
—Papá, ¿puedo hacerte una pregunta que a lo mejor no te gusta?
—Dime —le sonrió con calma.
—Eh… ¿a qué se dedicaba el… o sea… Jean?
—¿A qué se dedicaba? —repitió Neuval, y se quedó mirando a otra parte, pensativo. Hacía tanto tiempo sin recordarlo…—. Ahm… pues… era mecánico. Arreglaba coches en un taller.
—¿Se le daba bien?
Neuval volvió a quedarse reflexivo. Fue ahora cuando le vinieron algunas memorias que habían estado décadas metidas en un cajón lleno de polvo. Ciertamente, llegó a ver a Jean arreglando motores, pero no sólo de coches. De todo tipo. Le hacían encargos a él expresamente, y era raro, porque el taller donde trabajaba Jean era pequeño y un poco mediocre en un barrio pobre. De hecho, hubo una vez en que un hombre con uniforme militar se presentó en su casa. Venía a pedirle que se encargara de la reparación de aeronaves del ejército francés. Neuval, que tenía apenas 2 años en ese momento, tenía vagos recuerdos de Jean negándose varias veces. La insistencia del otro le hizo enfadar y al final lo echó de su jardín de forma agresiva, diciendo algo como “¡No traigas tus estúpidas guerras humanas a mi casa! ¡No volveré a eso!”.
Era la primera vez en cuarenta años que Neuval recordaba esto y la verdad es que ahora le resultaba de lo más extraño. Además, esto le evocó otro recuerdo. Su primer regalo de cumpleaños, al cumplir 1 año, fue una locomotora de juguete que funcionaba con electricidad y energía solar. La construyó su hermana, que en ese entonces tenía 6 años, con restos de chatarra, y funcionaba perfectamente. No había dinero para comprar juguetes, por eso ella se los hacía. Por su segundo cumpleaños, Monique le construyó un columpio en el jardín con barras de hierro y cadenas que cogió de un desguace. Neuval adoraba ese columpio. Hasta que Jean lo destrozó.
Yenkis frunció el ceño. Seguía esperando que su padre le respondiera la pregunta, pero este se había quedado totalmente sumergido en sus pensamientos.
—¡Ah, Neuval! —exclamó Suzu al verlo ahí cerca.
Los otros tres dejaron de armar jaleo al instante y miraron a los recién llegados con sorpresa. Lao se echó encima de Neuval, rodeándolo con todo su enorme cuerpo musculoso en un abrazo desesperado.
—Neu, son muy crueles conmigo… —sollozó.
—Y con razón —dijo él, dándole palmaditas en la espalda, indiferente.
—Tío Neu —saludó Kyo alegremente.
—Hola, chaval —sonrió, agarrando su hombro—. ¡Mei Ling, cuánto hace que no te veo! —exclamó con sorpresa, abrazándola—. Estás estupenda. He visto que sigues posando como modelo en las revistas de moda.
—Gracias, tío Neu —sonrió también—. Sí, por suerte me siguen llamando para las sesiones fotográficas. Lo malo es que me quita bastante tiempo, pero gano un buen dinero. ¿Y tú qué? Nos has tenido un poco abandonados, tío.
—Ya, y lo siento, he estado un tanto ocupado...
—Hey, Mei Ling, vamos, díselo —le dijo Suzu a su hija.
—Ah, sí —recordó la joven—. Tío Neu, quería pedirte algo. Tú eres un científico en toda regla y has estudiado mucho los temas de la Física del Universo. Me preguntaba si podrías ayudarme para mi proyecto final de carrera. En la universidad me han dicho que me puede abrir las puertas directas a la Agencia Espacial. Lo único que necesito es un lugar seguro para hacer pruebas con los motores y el propergol que estoy creando…
—No digas más —se entusiasmó Neuval—. Eso es fantástico, Mei Ling, ¡claro que te ayudaré! Tengo una nave de pruebas hoy en día vacía, cerca del norte de Saitama. Estoy deseando que llegue el día en que pueda presumir de que mi sobrina es astronauta.
Mientras Suzu, Kyo y Mei Ling se ponían a conversar con él animadamente, el viejo Lao, ahí de pie y en silencio, observaba a Yenkis. Estaba serio. Claramente estaba tratando de analizar el motivo de semejante novedad que era que Neuval hubiera traído a Yenkis a una reunión familiar Lao. Barajó varias hipótesis. Teniendo en cuenta lo que había sucedido hoy con Hana, pensó que tal vez Neuval había decidido dar un paso adelante también con Yenkis. Pero claro, luego estaba el motivo por el que en un principio las familias Lao y Vernoux se separaron. ¿Qué pasaba con la seguridad? Aunque también era verdad que las cosas ya no eran como antes: Lex tenía su vida, Cleven se había ido a vivir con Brey, Neuval había vuelto al servicio de la Asociación, Hana ahora sabía la verdad, Yousuke murió hace un año, Kyosuke acababa de regresar del Monte convertido en iris…
Además, desde que Yenkis nació y se supo que era un iris, siempre existió la inevitable probabilidad de que un día tendría que entrar, y permanecer, en el mundo de la Asociación y sus secretos. A diferencia de sus hermanos, Yenkis no era humano ni nunca lo sería. Por eso, la ilusión de Neuval de mantenerlo apartado del mundo de los iris para que viviera por siempre una vida humana era más bien eso, una ilusión. Quizá no tuviera una venganza pendiente que cumplir ni ninguna sed de justicia insatisfecha. Pero era un iris.
Lao siempre soñó con que las cosas algún día pudieran arreglarse, que las piezas que se habían separado por fuerzas mayores volvieran a unirse en algún futuro. ¿Se estaba acercando la reunificación? Pero… ¿qué pasaba con Cleven? Lao miró a Neuval de reojo. No podía adivinar qué intenciones tendría con Cleven, pero le costaba imaginar que con ella también cediera a contarle la verdad, no sobre los iris, pero quizá la de la familia Lao. El caso de Cleven era mucho más delicado. Ella tuvo una infancia mucho más sumergida en la Asociación que sus propios hermanos, porque siempre estaba interesada, preguntando, yendo con ellos cuando la dejaban y también cuando no la dejaban, se colaba en algunas misiones y Neuval nunca entendía por qué ese afán. Y tal vez era eso lo que Neuval temía, que Cleven volviera con esa obsesión de meterse donde no debe, de ponerse en peligro a sí misma.
Revelarle lo de la familia Lao a Yenkis funcionaba, porque él no tenía muchos recuerdos de su vida antes de la separación, y por eso Yenkis no tenía que preguntar “¿y cómo es que no me acuerdo?”. Pero Cleven sí. Y además, ella no sería tan tonta como para creer que su padre les había ocultado esta familia toda su vida. Indagaría, como siempre, y acabaría descubriendo que existía una técnica que borraba la memoria, y de ahí descubriría por qué su padre la usó en ella, y de ahí el resto de cosas. En el proceso, podía ir resquebrajando la propia Técnica de su mente, e ir recuperando memorias, de cosas difíciles, de cosas terribles que veía en las misiones en las que se colaba, de cosas que Neuval no deseaba que volviera a recordar.
Pero era bastante injusto, ¿no?, pensaba Lao. Ahora Cleven iba a ser la única ignorante de que tenía una familia más grande y a la que amó mucho en un pasado.
Lao se dio cuenta de que había estado demasiado rato en silencio y con el habitual semblante serio que ponía cuando cavilaba y analizaba, porque vio que Yenkis se había quedado muy quieto y su cara expresaba el manojo de nervios que era ahora mismo. Seguro que lo había asustado un poco. Vio cómo el muchacho se agarraba el jersey bajo la chaqueta y lo retorcía un poco entre sus manos. Qué dulce nostalgia le trajo esto. Era sin duda igualito que Neuval cuando era pequeño.
—Hola, Yenkis —le sonrió el viejo.
El niño se sorprendió. De repente la cara de ese tipo tan grande y musculoso emitía una embriagadora calidez.
—Eh… hola, señor Lao —saludó tímido.
Lao frunció el ceño. Se acercó más a él, y se agachó a su altura.
—Conque “señor Lao”, ¿eh? —repitió el viejo, con ojos suspicaces—. Dime, muchacho. ¿Estás aquí en calidad de invitado… o estás aquí como mi nieto?
Yenkis volvió a ponerse nervioso. Miró un segundo hacia su padre, pero este seguía ocupado hablando con Suzu, Mei Ling y Kyo. De hecho, les estaba explicando la situación, a juzgar por cómo Kyo, su hermana y su madre miraban de vez en cuando a Yenkis conforme Neuval les hablaba.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Lao—. Cuéntamelo.
—Eh… pues… —el niño pensó cómo explicarlo, miró para los lados, sin saber cómo empezar.
—Ya sé —sonrió Lao—. Lo que ha pasado es que al final te has salido con la tuya. Tu padre ya me habló de tus intentos de hurgar y cotillear en sus secretos. Y has descubierto la verdad sobre su pasado, y mi familia. Hm… Neuval suele presumir de lo bien que esconde sus cosas, pero…
—En realidad todo empezó porque le oí a usted decirle a Hana la otra noche que papá estaba afectado porque… porque un tal Jean lo había llamado. Y… acudí a Lex para que me explicara quién es… ese Jean.
Lao se quedó de piedra pómez. Después se pegó una torta en la cara.
—Muy bien, Lian —se dijo a sí mismo con sarcasmo.
—Lo habría acabado averiguando de todas formas incluso si yo no hubiera oído de usted pronunciar ese nombre. Así que no es culpa suya.
—Supongo que tienes razón. Es la única desventaja con la que un padre tiene que lidiar cuando tiene un hijo demasiado inteligente para su propia seguridad, hm, hm… —se rio suavemente—. Bueno… —miró al chico, extendiendo los brazos, pero Yenkis puso cara confusa—. No sabes lo mucho que he deseado pedirte esto en todas las cenas de Navidad de Hoteitsuba. ¡Dale un abrazo a tu abuelo!
—Ah… eh… —el joven Fuu se quedó atorado, le pareció muy repentino y le daba algo de reparo, porque hasta ahora Lao siempre había sido a sus ojos un hombre importante de la multinacional Hoteitsuba—. Señor Lao, es que…
—¡Que vengas aquí, granuja! ¡Juajaja! —Lao lo atrapó entre sus enormes brazos y lo apretujó con sonoras carcajadas de alegría—. ¿¡Pero quién es ese “señor Lao”!? ¡Soy tu abuelo Lian! ¡Jajaja!
—¡Uaaah! —se asustó Yenkis mientras el otro lo zarandeaba y lo meneaba de un lado a otro.
Aunque tenía que admitirlo. Pudo sentir con su iris todo ese cariño y esa tristeza que Lao había tenido que guardarse dentro durante años. Yenkis nunca había sido abrazado por un abuelo. Extrañamente, se sintió como algo perfectamente familiar. Como si llevara toda la vida siendo su nieto. Y es que el viejo Lao siempre causaba ese efecto. Convertía en familia a cualquier extraño en un instante.
—Ah, ya veo que os lleváis bien vosotros dos —dijo Neuval, acercándose con los demás.
—¡Sí, sí, sí! —exclamó Mei Ling, alzando las manos con celebración—. ¡Qué ganas tenía de que llegara este día, por fin! —corrió hasta su abuelo y le arrebató a Yenkis como quien se pelea por un juguete—. Hola, Yen, tu padre acaba de explicarnos, no sabes cómo me alegro… no sabes… —lo abrazó, incluso con más fuerza que Lao, por eso Yenkis al principio se puso rojo y luego se puso azul—. ¡Oh! Ay, perdona… —lo soltó para dejarlo respirar, pero le tomó las mejillas con cariño—. Soy tu prima, Mei Ling. Sé que no te acuerdas de mí, eras muy pequeño… y eras tan mono… me encantaba sujetarte en brazos. Pero mira ahora, estás enorme… ¿Cómo va tu grupo de música? Lex siempre me habla mucho de ti.
—Ahm… pues…
Yenkis estaba colapsado. No sólo por lo repentino que era todo esto, sino por estar recibiendo una bienvenida tan feliz, por él, por estar aquí con ellos. Y volvió a ponerse rojo, porque ahora que la veía tan de cerca, se quedó anonadado con lo bella que era Mei Ling.
—Déjame, déjame que lo vea bien —Suzu apartó a su hija y sujetó a Yenkis de los hombros—. Ay, pero ¿cómo se puede ser un chico tan guapo? Qué feliz me hace abrazarte de nuevo, Yenkis. Soy tu tía Suzu. Tu madre y yo éramos casi como hermanas. Ay, tienes la forma de sus ojos…
—Eh… encantado… —consiguió pronunciar Yenkis, asomando por fin una sonrisa más calmada.
Entonces, le sobresaltó un golpe en el hombro. Miró a un lado y vio a Kyo con una mano sobre su hombro, sonriéndole. Yenkis suspiró con asombro, porque recordaba haber visto a Kyo algunas pocas veces, desde la distancia, por el instituto, al menos unos años atrás, solo que en aquel entonces solía ir junto a otro chico idéntico a él que ahora ya no estaba.
A ojos de Yenkis, como a los del resto de chicos de su edad, los chicos mayores del instituto como Kyo solían parecerles intimidantes, y asombrosos, y Kyo además tenía un físico grande y fortachón, lo cual causaba más impresión en los niños de 12 años. Por eso, ver que lo miraba con ojos amables y que agarraba su hombro de forma amigable y cercana, Yenkis casi no podía creérselo.
—Yo soy Kyosuke. Pero todos me llaman Kyo.
—M… me alegro de conocerte.
—Heh, a ti te he visto muchas veces por el Tomonari. Desde la lejanía, claro.
—Y… sabías quién era, ¿verdad? —preguntó Yenkis.
—Sí. Siento mucho que nuestra familia tenga tantas complicaciones, Yenkis. Me alegra que te hayan brindado la oportunidad de relacionarte con nosotros y viceversa.
—Yo también. Y… bueno, entiendo que nuestras familias se separaron por motivos de seguridad o algo así, pero… espero que esto no traiga ningún tipo de riesgo o peligro a la familia, cualquiera que sea el motivo real por el que fue tan importante separarnos —dijo esto mirando a su padre—. Y no tengamos por qué separarnos nunca más.
—¡Hah! Demasiado perspicaz —rio Lao, cruzándose de brazos y mirando a Neuval de reojo.
—Por desgracia para mí —asintió este—. Yenkis, ¿qué tal si por ahora dejamos que la situación actual termine de asentarse y normalizarse y ya vamos viendo poco a poco cómo abordar el resto de cosas?
El chico entornó los ojos con suspicacia. Porque con “el resto de cosas”, su padre solamente podía referirse a aquellos secretos que Yenkis todavía no había descubierto. Él ya sospechaba desde hace tiempo, que lo del iris suyo y de su padre escondía todo un mundo enigmático detrás, y que su padre pertenecía a un grupo mucho más grande de personas que también eran iris y que se dedicaban a hacer cosas secretas e importantes. Hasta ahí llegaba lo que sabía o creía saber, y era lo que le faltaba por averiguar. Por eso, no supo cómo descifrar lo que su padre acababa de decirle. ¿Quería decir que en un futuro próximo, después de que esta novedad se hubiese asentado, estaría dispuesto a contarle él mismo el resto de los secretos?
Sinceramente, a Yenkis le costaba creerlo. Su padre solamente estaba intentando persuadirle para que dejara las cosas como estaban, y eso de que ya más adelante saciaría las curiosidades que aún le quedaban, sólo era para contentarle ahora. Sin embargo, de todos modos, Yenkis aún tenía un plan pendiente, utilizar el programa que Taiya le había dado en aquel pendrive, para ver por fin todo el contenido de los archivos que su padre había guardado durante años.
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