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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









43.
Amor y odio a primera vista

Un año después...

«Era un atardecer apacible y templado en Hong Kong. Sai y Neuval, pasando el rato en la azotea del edificio de casa, fumando y bebiendo, contemplaban la ciudad expandida frente a ellos, bañada por una luz anaranjada, y más allá el mar comiéndose al sol poco a poco.

Gege, ¿una carrera por encima de los edificios? —invitó Neuval, mientras enrollaba un canuto de marihuana.

—Aaah, qué pereza. Además, por tu culpa le he cogido miedo a las alturas. Oye, ¿quedamos mañana con los de clase? Dicen de ir a la playa.

—No sé, depende de si tengo trabajo o no —contestó, dándole el canuto para que lo encendiera.

Sai encendió el mechero, pero justo cuando la llama fue a rozar el extremo, oyeron los pasos de alguien subiendo por las escaleras de la trampilla. Sobresaltados, Sai le dio el canuto rápidamente y Neuval lo escondió en sus bolsillos. Luego se pusieron de pie y llevaron las botellas de cerveza detrás de una casetilla de ahí, ocultándolas bien. Cuando Kei Lian abrió la portilla, se los encontró tumbaditos en el lugar de siempre, tranquilitos y buenos.

—¿Quién quiere una delicia de mamá? —preguntó, sujetando una especie de pinchitos de una masa esponjosa cubierta de chocolate y tres tazas, dos de chocolate caliente y una de té.

—¡Yo! —saltaron, arrebatándole con ansia las brochetas.

—Hala, hala, calma —se rio el hombre—. Tu chocolate caliente, Sai. Y tu té excesivamente azucarado, Neu —les dio sus tazas.

Los tres se sentaron en el bordillo de la azotea a merendar y observaron la ciudad, que ya empezaba a encender sus primeras luces.

—Mañana no tenéis clase —dijo Kei Lian—. Neu, espero que no hayas hecho planes.

—No, estaba esperando a ver si había trabajo.

—Lo hay —afirmó—. El maestro Hideki te ha encargado encontrar a este hombre, un traficante de armas —sacó una fotografía del bolsillo del pantalón y se la entregó—. Se espera que llegue a alguno de los puertos de la ciudad entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde. Tienes que ir con Pipi para cubrir más zona. Cuando lo encontréis, informad a Emiliya.

—Vale —asintió, guardando la foto.

Kei Lian sonrió, revolviéndole el pelo, y posó un brazo sobre los hombros de Sai.

—¿Qué, Sai? Mamá me ha dicho que Suzu va a venir ahora a casa —le dijo.

—Sí, le tengo que devolver los vinilos que me prestó el mes pasado. La grabadora de discos que has construido va genial. Ah, Suzu trae a una amiga consigo, una estudiante de intercambio de Japón que vino la semana pasada y que vive ahora en su residencia. Sólo van a quedarse unos minutos. Como han estado todo el día haciendo recados, se quieren ir pronto a casa, y Suzu viene de paso a por los discos.

—Ay, el amor... —suspiró Kei Lian, levantándose para irse—. Hijo, pronto te veo casándote con Suzu.

—¿En serio? —sonrió Sai con vergüenza, sonrojándose—. Si sólo tenemos 17 años... pero no niego que es una idea que me atrae... —titubeó, soñando despierto—. Heheh...

—Pero qué cursi te has vuelto —rezongó Neuval.

—Neu, a ver si se te pega algo de tu hermano —le reprochó Kei Lian—. A ver si ya dejas esa golfería y te metes en una relación seria con alguien.

—Pfff... Yo paso de esas cursiladas, papá —bufó, haciendo aspavientos—. Matrimonio, compromisos, hijos... Buah, ese rollo no me va para nada, nunca.

Kei Lian puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Cuando se marchó por la trampilla y los dejó solos de nuevo, Sai se sentó poniéndose de cara a Neuval.

Dìdì, ¿tú crees que Suzu y yo acabaremos casados? —le preguntó emocionado.

—Claro... —Neuval se encogió de hombros pasivamente—. Con lo empalagosos que sois...

—Sería genial... —murmuró, perdiendo la vista hacia las nubes del cielo como un buen enamorado—. La quiero tanto...

—Sai, llevas con ella dos años, ¿no te cansas? No lo entiendo.

—No sabría explicártelo... —sonrió atontadamente.

—Ya verás, acabaréis con once hijos y comiendo perdices de desayuno todos los días hasta que se os caigan los dientes y la piel de la cara.

—¿Tú crees? —siguió con su trance—. Si tengo una hija, me gustaría llamarla Mei Ling, y si tengo un hijo... se lo daría a elegir a Suzu, querrá ponerle un nombre japonés. Sólo sé que sería muy feliz formando una familia con Suzu.

—Sí, sí, lo que tú digas... Yo, desde que Yénova y yo lo dejamos, prefiero ser un colibrí, de flor en flor.

—Tú mismo —sonrió Sai—. Ah, por cierto —saltó de pronto, meneándole el brazo—, ¿cómo era el apellido de tu maestro de la SRS?

—¿De Hideki? Se apellida Saehara, ¿por qué?

—Lo sabía... —negó con la cabeza—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que me sonaba de algo!

—¿El qué?

—La estudiante de intercambio que vive con Suzu —le contó Sai, emocionado—, me parece que es su hija.

—¿¡Cómo!? —se sorprendió Neuval—. ¿Que esa amiga de Suzu es la hija de mi maestro Hideki y de Emiliya?

—¿Tú sabías sobre ella?

—Sí, sabía que Emiliya y Hideki tenían una hija, pero nunca la he visto. No sabía que iba a venir aquí a estudiar. Vaya, qué casualidad... ¿Tú la conoces?

—Sí, la conocí hace unos días cuando fui a quedar con Suzu, me la presentó.

—¡Sai! —oyeron la voz de Ming Jie en el interior de la casa—. ¡Suzu y su amiga ya han llegado, están esperando en el salón!

—¡Voy! —contestó Sai, poniéndose en pie de un salto—. Vamos, dìdì, ven a saludar a Suzu.

—Jo... —protestó con gran pereza.

Ambos se metieron por la trampilla y bajaron hacia casa. Se adentraron por una puerta trasera de la cocina y anduvieron hacia el salón, donde vieron a Suzu ahí de pie en el centro, mientras otra chica con una voluminosa melena roja y ojos verdes se dedicaba a observar con curiosidad unos libros de la estantería del fondo que trataban de informática, de espaldas a ellos.

Neuval se cruzó de brazos y miró al techo pacientemente mientras Sai y Suzu se saludaban con una fusión de labios.

—Hola, Neuval —le sonrió la chica.

—¿Qué hay, Suzu? —saludó aburrido.

—Voy ahora mismo a traerte los vinilos, vuelvo enseguida —le dijo Sai a Suzu, perdiéndose de vista por el pasillo.

—¿Cómo te va, Neu? —le preguntó Suzu, mirándolo con recelo, aunque sonriente—. ¿Sigues causando catástrofes en tu instituto?

—Es un pasatiempo sano —se excusó Neuval.

—Ya —casi rio, y se volvió hacia su amiga—. Katyusha, ven —la llamó.

La chica pelirroja la miró y se acercó a ellos, dejando a un lado su afición por esos libros. Llevaba gafas, y tenía pecas en la nariz.

—Este es Neuval, el hermano de Sai —le explicó Suzu—. Bueno, no es exactamente su hermano. En realidad es adoptado, creo que lo encontraron debajo de un puente o en un contenedor de basura —dijo, tratando de hacer rabiar a Neuval como siempre solía hacer, o al menos intentaba hacer—. Neuval, esta es Ekaterina Saehara.

Cuando los dos se miraron a los ojos por primera vez, las reacciones fueron muy opuestas. Katya entornó los ojos con incredulidad, y pronto su expresión se tornó a una mirada de odio. Por otra parte, el corazón de Neuval se paró de golpe y se quedó paralizado. Ni parpadeaba ni respiraba, su cara era de completa imbecilidad. Se había quedado prendado. En ese momento llegó Sai con los discos, y se sorprendió al notar cierta tensión en el aire.

—Oye, un saludito... —dijo Suzu entre esos dos.

—Estás de coña, Suzu —replicó Katya, cruzándose de brazos—. Este chico es el mismo idiota con el que me choqué el otro día por la calle, y me tiró el bollo de chocolate y los libros al suelo. Ni se disculpó ni me ayudó a recoger los libros. Sin siquiera mirarme a la cara, me dijo: “¡Mira por dónde vas, cuatro ojos!” Y se esfumó sin más.

—¿En serio? —se sorprendió Suzu—. ¿Entonces era Neuval ese desconocido idiota que me dijiste? Oye, Neu, ¡qué grosero eres!

—Anda, ¿o sea que ya te cruzaste con él, Katya? —preguntó Sai.

—Desgraciadamente —asintió la pelirroja—. Permíteme decirte que tienes un hermano muy idiota.

—Bueno —sonrió Sai, apurado—. Vale que no tenga mucho cuidado con las chicas, pero es bueno, ¿verdad, dìdì? ¿Verdad que te vas a disculpar? —giró la cabeza hacia él—. Dìdì? ¿Hola? ¿Estás bien?

Le dio toquecitos en la cabeza, pero Neuval seguía agilipollado, con la vista clavada en la pelirroja. Él ni se acordaba de aquel choque accidental del otro día. Como Katya bien había dicho, Neuval ni se paró. Pero ahora que la veía por primera vez... pensó que era la criatura más bella del universo. Pero no sólo por su evidente aspecto, su rizado y voluminoso cabello rojo cayendo de una coleta como una cascada de rosas, sus ojos verdes y peligrosos como las espinas, sus rasgos mestizos, sus inocentes pecas… Además de todo eso, esa chica emitía una mirada inteligente, una energía fuerte, una personalidad culta, segura, hermosa.

Neuval estaba sonrojado hasta las orejas. Se le estaban secando sus ojos plateados por no pestañear.

En ese momento, vino Kei Lian desde el pasillo.

—¡Hey, Suzu! —la saludó.

—Hola, señor Lao —sonrió ella.

—¡Hey, amiga de Suzu! Tú eres la hija de Hideki, ¿verdad? —le preguntó Kei Lian a Katya, inclinándose ante ella para verla detenidamente—. Heheh... Los ojos verdes de tu madre y el pelo rojo de tu padre. Es un placer conocerte por fin. He oído hablar de ti sin parar desde hace años.

—Señor Lao, el placer es mío —sonrió Katya con emoción, inclinándose con respeto como saludo—. Disculpe si mi chino está algo oxidado. Yo también he oído hablar mucho de usted, de cómo mi padre y usted se conocieron y se hicieron buenos amigos desde la infancia. Cuando hace dos años Suzu me dijo que había conocido a un chico aquí en Hong Kong, y que estaban saliendo juntos —señaló a Sai—, me sorprendí mucho al saber que su padre era usted.

—Claro que yo no sabía nada sobre los iris cuando Sai y yo comenzamos a salir —se rio Suzu—. Hasta que Sai me lo contó hace un año. Entonces a mí también me sorprendió descubrir la relación, que el padre de mi novio es un iris que trabaja con los padres de mi mejor amiga.

—Tu padre me llamó hace tres semanas por teléfono diciéndome que ibas a venir a esta ciudad como estudiante de intercambio —le comentó Kei Lian a Katya—. Y me pidió que, si podía, te vigilara y te protegiera.

—Oh, venga ya... —rezongó Katya, pellizcándose el entrecejo—. Qué bochorno... Señor Lao, no haga caso a mi padre, yo sé cuidarme muy bien solita. Él es demasiado sobreprotector.

—Lo sé. Por eso, cinco minutos después de terminar la llamada con él, me llamó tu madre diciéndome que olvidara lo que tu padre acababa de decirme, y que, si por casualidad te veía por la ciudad, te mandara un saludo de su parte.

—Tus padres son como la noche y el día, Katya —casi rio Suzu

—Casi literal, Suzu, mi padre es un Den y mi madre casi llegó a ser una Yami.

—Me alegra que seas amiga de Suzu, Ekaterina, así podremos verte de vez en cuando, ya que mi Sai no se despega de tu amiga, jejeje... —zarandeó a Sai del hombro, y el chico se sonrojó tímido, mientras que Neuval seguía ahí como una estatua—. Igual que le decimos a Suzu, esta casa también es tu casa, tenlo en cuenta.

—Oh... Es muy amable, señor Lao, gracias —sonrió Katya educadamente—. Me siento muy arropada... —mientras terminaba esa frase, se le desvió la mirada hacia ese pasmarote con cara de tonto que no paraba, ni un segundo, de contemplarla sin parpadear. Katya casi se retractó de lo que acababa de decir, la verdad es que ese chico de ojos grises le estaba dando un poco de miedo—. Ehm...

—Oíd, fuera está anocheciendo —declaró el hombre—. Será mejor que os lleve yo de vuelta a vuestra residencia en coche. Esperadme aquí, voy a coger las llaves.

—Gracias, señor Lao —dijo Suzu.

Cuando Kei Lian desapareció de nuevo por el pasillo, en el salón se formó un silencio la mar de incómodo. Al menos, no por parte de Suzu y Sai, que no paraban de mirarse a los ojos con suspiros y sonrisas bobas, cogidos de las manos, que casi podían atisbarse mariposas, corazones y arcoíris flotando entre los dos. El contraste estaba ahí justo al lado de ellos, en donde flotaba oscuridad, glaciares, pesadillas y maldiciones satánicas entre Katya y Neuval. Bueno, esas cosas iban dirigidas de ella hacia él, porque de él no salía nada. Seguía ahí quieto con los ojos abiertos como platos y mudo.

—Eh, un momento... —Katya afiló la mirada—. ¿Tú eres...? Espera... —le apuntó con el dedo—. Tengo entendido que en la SRS de mi padre trabajan un padre con su hijo. El señor Lao es el único lo suficientemente mayor para tener un hijo. Si Sai es humano... ¿No será este chico...? —preguntó hacia su amiga.

—Oh... Sí... Verás, Neuval también es un iris.

—Oh, no... —dijo Katya con fastidio, poniendo los brazos en jarra con reproche—. ¿Tú eres el Fuu de la SRS de mi padre? ¿Ese Fuu? Mi padre dice que a pesar de que te falta disciplina, eres buen chico. Y mi madre dice que siempre se lo pasa en grande contigo gastando bromas por ahí. No me puedo creer que el mismo idiota que me humilló el otro día sea un iris, y menos como lo describen mis padres. Tú no eres bueno.

Aquella última frase que le espetó fue quizá un poco dura. Hizo que Neuval pestañease por primera vez en cinco minutos. Aunque siguió sin moverse y con la misma cara prendada mirando a Katya, casi se pudo percibir que esas palabras le hicieron un poco de daño. Pero Neuval estaba acostumbrado a ocultar el daño desde que tenía 5 años. Suzu y Sai se quedaron callados con incomodidad. No se atrevieron a decir nada porque Katya de repente estaba estremecedoramente seria mirando a Neuval muy fijamente.

—Pero tampoco eres malo —concluyó la pelirroja, frunciendo el ceño por unos segundos, como si estuviera viendo o analizando algo más en él—. Simplemente eres una persona perdida. Porque tienes dos fuerzas opuestas dentro de ti y te da demasiado miedo reconocer que ambas pueden formar parte de ti de por vida. Quieres deshacerte de esa parte de ti que tanto odias, pero al ver que no puedes, te enfadas contigo mismo y te comportas como un idiota. Tienes graves problemas de identidad. Aun así, no es excusa. Quiero oír tus disculpas por lo del otro día —se cruzó de brazos, firme—. Ese bollo de chocolate era mi mejor momento tras un día duro de estudio.

Si antes Neuval parecía estupefacto con esa pelirroja, ahora lo estaba el doble. Nunca antes una chica le había hablado de esa forma, mirado de esa forma, intimidado de esa forma. Normalmente, las chicas siempre estaban babeando a sus pies, yendo tras él, vacías de amor propio, o acechándole como buitres para usar su estatus, su gran popularidad, su enorme atractivo y demás atributos por intereses propios y egoístas. O bien se ponían por debajo de él, o por detrás de él, o incluso a veces intentaban ponerse por encima de él. Pero esta chica... estaba firmemente plantada enfrente de él, con la verdad directa y cruda por delante, sin complejos, inseguridades, filtros o hipocresías. Ella era lista. Ella sabía ver a través de él y sólo habían estado diez minutos el uno frente al otro. Ella era fuerte. Auténtica. Ella era... ¡era ella! ¡Ella!

—En serio, ¿este chico de verdad es idiota o le ha dado un infarto cerebral? —les tuvo que preguntar Katya a los otros dos, porque Neuval estaba ya rozando límites insospechados de comportamiento extraterrestre.

—Bueno, ya estoy —apareció Kei Lian en el salón tras salir del pasillo otra vez, y les hizo un gesto a las dos chicas mientras caminaba hacia la puerta de entrada allá a unos metros del centro del salón.

—¡Ah, ya vamos! —dijo Suzu—. Nos vemos mañana, Sai.

Sai sonrió felizmente y las dos chicas se marcharon con Kei Lian. El salón quedó reinado por un silencio sepulcral. Sai volvió a ver que Neuval seguía ahí plantado con cara de tonto.

—Oye, Neu, ya en serio, ¿te encuentras bien? —le preguntó preocupado.

Gege! —exclamó de pronto, desprendiendo dos ríos de lágrimas, dándole un susto de muerte—. Gegeeee!

Neuval se arrodilló a sus pies y le clavó los dedos en las piernas con fuerza, mirándolo con una cara completamente apocalíptica.

—¿Qué pasa? —se asustó Sai.

—¡Tiene que ser mía! ¡Esa chica... tiene que ser mía!

—¿Quién...? ¿¡Ekaterina!? ¿¡Que te has colado por Katya!? —se llevó las manos a la cabeza, perplejo.

—¡La quiero! —afirmó eufórico.

—A… acabas de conocerla... —balbució incrédulo—. Y además, ella te odia, no sé si te has dado cuenta.

—¡Ayúdame! —imploró—. ¡Me ayudarás! ¿¡Verdad!?

—Oh, no... —Sai se frotó la cara con las manos—. Por Dios, Neu, te está volviendo a pasar.

—¿¡El qué!?

—Estás teniendo ahora mismo otro de esos impulsivos caprichos tuyos. No vas a parar de remover cielo y tierra hasta conseguir satisfacerlo, ¿verdad?

—¿Te has fijado... —susurró Neuval con tono intrigante, ignorando por completo lo que Sai decía—... en cómo me ha perforado el alma con esas dagas de verde esmeralda?

—Todo el mundo se ha fijado.

—Qué poder... Me ha destrozado por dentro y luego me ha revivido con un último puñal de compasiva tregua...

—Yo creo que le has dado lástima.

—¿Debería sorprenderme, siendo hija de los mismísimos Hideki y Emiliya? —seguía Neuval hablando solo, mirando a las musarañas, soñando despierto—. Qué humana más poderosa... ¡Sai! —se giró hacia él de nuevo y lo agarró de los hombros—. Tienes que ayudarme.

—Neuval, lo veo complicado —se rascó la cabeza—. Sinceramente, hermanito, no quiero que te hagas ilusiones con cosas que pueden ser imposibles. Ya sabes cómo te afectan esas cosas, eres una persona muy sensible...

—¿Cuándo he sido yo sensible?

—Ayer mismo, te echaste a llorar cuando encontramos aquel pájaro en el parque que había nacido con las alas atrofiadas.

—Imagina nacer con alas y no poder usarlas nunca, Sai, es horrible... —se defendió Neuval, a punto de ponerse a llorar de nuevo al recordarlo.

—Hmm... —se puso pensativo—. Oye, pues a lo mejor podría ayudar que Katya conociera ese lado sensible tuyo. Creo que ahora piensa que sólo eres un arrogante desalmado. Bueno, algunas veces lo eres...

—¿¡Crees que puede funcionar!? ¡Me echaré a llorar encima de ella si hace falta, la inundaré de lágrimas hasta ahogarla!

—Vaaale, frena ahí, mi querido y chiflado hermano, vamos a calmarnos un momento y a empezar a pensar con lógica, ¿de acuerdo? —lo apaciguó Sai, pasándole un brazo sobre los hombros y sentándolo en una de las butacas del salón, sentándose él enfrente, en la mesita del centro—. Corres con la ventaja de que Katya ya sabe bastantes cosas sobre ti, de lo que ha escuchado de sus padres, mayormente son cosas buenas, pero ella ha tenido ya una primera mala experiencia personal contigo y esa primera impresión pesa mucho.

—Ni recuerdo haber chocado con alguien recientemente —aseguró Neuval—. Oh, no... ¿fue en algún momento en que estaba bajo los efectos de mi majin? Sus padres le habrán dicho que tengo majin, ¿verdad? Ella lo entenderá, ¿verdad?

—Neuval, el problema es que, con majin o sin él, eres una persona muuuyyy compleja. No te voy a ayudar a fingir ser alguien que no eres para gustar a una chica. Pero lo que sí puedo es aconsejarte qué pequeñas cosas mejorar y otras que potenciar. Empezando por tus modales. ¿Sabes por qué Suzu y yo tenemos una relación tan sana y fuerte? Porque ambos reconocemos los defectos propios y del otro, y ambos tratamos de mejorar algunos y aceptar aquellos que no se pueden cambiar.

—Sai... ¿¡Entonces me vas a ayudar de verdad!? —le preguntó con una sonrisa radiante—. ¡Eres el mejor hermano mayor del mundo! —lo abrazó con fuerza.

—Hahah... bueno, bueno, no exageres. Pero te lo advierto. Tienes que poner mucho de tu parte. Esta chica no es como las demás, con ella no hay juegos que valgan.

—Haré lo que sea —contestó Neuval firmemente—. Lo que sea por estar con Keisy.

—¿¡Quién demonios es Keisy!? ¡Se llama Katya, bruto!»


Dieciocho años después...

«En la casa de los Vernoux estaba reunida toda la familia y todos los compañeros de trabajo y amigos de Sai, unos vestidos de blanco, otros de negro, según la tradición que siguiesen. Blanco o negro, todos iban de luto. Neuval estaba sentado en el sofá del salón principal, con la cabeza apoyada en las manos y la mirada perdida. Katya estaba a su lado con cara afligida, con un brazo sobre sus hombros y en el otro sujetando a un Yenkis bebé que dormía plácidamente.

Al pie de las escaleras había dos niños idénticos de 6 años que lloraban en silencio. Suzu trataba de consolar a Mei Ling en el porche. Cuando empezó a atardecer, los invitados se fueron yendo, hasta dejarlos solos en la casa. Lex se acercó a los pequeños gemelos de las escaleras y se sentó junto a ellos para hacerles compañía, tan triste como ellos. Al pequeño Yousuke le brillaba un ojo con una pobre luz gris. Agatha estaba allí. Dentro de un rato iba a llevarse a You al Monte Zou.

—Voy a ver qué tal está Ming Jie —le susurró Katya a Neuval, frotándole la espalda, y lo besó en la mejilla.

Katya se fue hacia la cocina con Yenkis en brazos. Sin embargo, no llegó a entrar, se quedó tras la puerta, escuchando las voces de Ming Jie y de Kei Lian. Estaban discutiendo. Katya entornó los ojos con pena, pues Ming Jie, a juzgar por cómo gritaba y lloraba, parecía estar sufriendo un ataque de ansiedad.

Oyó cómo Kei Lian trataba de calmarla, pero Ming Jie se negaba. La oyó decir que no podía más, que esto la superaba y que no podía soportarlo. Entre sus gritos oyó cosas como “malditos iris...”, “estoy harta de vivir temiendo que le pueda pasar algo a mi familia”, “no quiero seguir estando relacionada con esto...”, etc.

Katya cerró los ojos. Podía entender a Ming Jie perfectamente, la comprendía. Sai, su hijo, había muerto a manos de unos criminales que llevaban muchos años siendo enemigos de la Asociación. Sin embargo... lo sentía muchísimo por Kei Lian. Se imaginó que en ese momento él debía de estar temblando de miedo, miedo de que el amor de su vida se separase de él. Al parecer, así iba a ocurrir, pues Katya llegó a oír que Ming Jie pronunciaba la palabra “divorcio”, y también lo sintió por Neuval.

Una niña pelirroja con un vestido blanco, subida a una banqueta, miraba por la ventana cómo se marchaban los invitados. Se bajó de la banqueta y se acercó al hombre del sofá. Al tener la cabeza gacha, no le veía la cara, así que se puso entre sus piernas y se asomó por debajo para verla. Se entristeció al ver sus ojos plateados húmedos, y le puso la manita en la mejilla.

—No estés triste, papi —le dijo—. Por favor. No llores. Tío Sai no querría verte así.

Le secó una lágrima con la mano, entonces Neuval dejó salir un sollozo y abrazó a la pequeña con fuerza.

—Tienes razón, Cleven, no le gustaría verme así —murmuró—. Pero no puedo evitarlo. Ya no volveré a verlo. No he podido protegerlo… otra vez… he perdido otro hermano… Lo echo de menos, Cleven… sólo quiero que vuelva…

Cleven puso una cara llena de pena, sin saber qué hacer para hacerle sentirse mejor. Ella no estaba tan afligida. Para Cleven, en aquella época, la muerte no era un fin. Ella tenía otro concepto de esta, porque en ese entonces, aunque los demás nunca lo supieron, Cleven era alguien que dominaba la muerte; en ese entonces, ella era lo que nació siendo. Hace dos años conoció a Drasik, cuando su padre lo trajo del Monte Zou y, con él, ambos, juntos, podrían traer a Sai de regreso a la vida. Pero para ello, la venganza hacia los responsables debía ser cumplida primero, y su complicación iba a durar años.

Claro que esto no podía contárselo a su padre, nadie debía saberlo. Empezó a ver que no iba a poder consolarlo. De todas formas, en ese momento Neuval no quería hablar con nadie.

—Cleven —oyó una voz tras ella.

La pequeña se volvió y vio a dos chicos rubios muy parecidos, solo que uno era más grande que el otro. Uno tenía 15 años y el otro 10, los hermanos pequeños de Katya.

—Tío Ichi, tío Brey... Todos están muy tristes —lamentó Cleven—. ¿Qué puedo hacer por ellos? El primo Kyo y el primo You llevan toda la tarde sin moverse de las escaleras... Mi papá llora...

—Vamos, ven —le sonrió Izan con tristeza, cogiéndola de la mano y separándola de Neuval—. Algunos necesitan estar solos ahora.

Brey agarró su otra mano y la miró.

—Vamos a pasear un rato, Cleven —le dijo—. Vamos a buscar caracoles en el jardín. ¿Vale?

Cleven asintió y se fue con sus jóvenes tíos.»


Neuval abrió los ojos de golpe, viéndose aún en el mausoleo. No sabía cómo se le había colado ese triste recuerdo, y trató de quitárselo de la mente. Miró a los demás, y estos ya se estaban poniendo de pie. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero los palitos de incienso ya estaban a punto de extinguirse. Todos se dispusieron a salir y Yenkis los siguió en silencio. El niño vio caras nostálgicas en cada uno de ellos, y se preguntó qué habría revivido cada uno del pasado. Así, pues, Lao le pasó un brazo a Neuval sobre los hombros y Neuval agarró a Yenkis de la mano, y se marcharon a casa.









43.
Amor y odio a primera vista

Un año después...

«Era un atardecer apacible y templado en Hong Kong. Sai y Neuval, pasando el rato en la azotea del edificio de casa, fumando y bebiendo, contemplaban la ciudad expandida frente a ellos, bañada por una luz anaranjada, y más allá el mar comiéndose al sol poco a poco.

Gege, ¿una carrera por encima de los edificios? —invitó Neuval, mientras enrollaba un canuto de marihuana.

—Aaah, qué pereza. Además, por tu culpa le he cogido miedo a las alturas. Oye, ¿quedamos mañana con los de clase? Dicen de ir a la playa.

—No sé, depende de si tengo trabajo o no —contestó, dándole el canuto para que lo encendiera.

Sai encendió el mechero, pero justo cuando la llama fue a rozar el extremo, oyeron los pasos de alguien subiendo por las escaleras de la trampilla. Sobresaltados, Sai le dio el canuto rápidamente y Neuval lo escondió en sus bolsillos. Luego se pusieron de pie y llevaron las botellas de cerveza detrás de una casetilla de ahí, ocultándolas bien. Cuando Kei Lian abrió la portilla, se los encontró tumbaditos en el lugar de siempre, tranquilitos y buenos.

—¿Quién quiere una delicia de mamá? —preguntó, sujetando una especie de pinchitos de una masa esponjosa cubierta de chocolate y tres tazas, dos de chocolate caliente y una de té.

—¡Yo! —saltaron, arrebatándole con ansia las brochetas.

—Hala, hala, calma —se rio el hombre—. Tu chocolate caliente, Sai. Y tu té excesivamente azucarado, Neu —les dio sus tazas.

Los tres se sentaron en el bordillo de la azotea a merendar y observaron la ciudad, que ya empezaba a encender sus primeras luces.

—Mañana no tenéis clase —dijo Kei Lian—. Neu, espero que no hayas hecho planes.

—No, estaba esperando a ver si había trabajo.

—Lo hay —afirmó—. El maestro Hideki te ha encargado encontrar a este hombre, un traficante de armas —sacó una fotografía del bolsillo del pantalón y se la entregó—. Se espera que llegue a alguno de los puertos de la ciudad entre las once de la mañana y las cuatro de la tarde. Tienes que ir con Pipi para cubrir más zona. Cuando lo encontréis, informad a Emiliya.

—Vale —asintió, guardando la foto.

Kei Lian sonrió, revolviéndole el pelo, y posó un brazo sobre los hombros de Sai.

—¿Qué, Sai? Mamá me ha dicho que Suzu va a venir ahora a casa —le dijo.

—Sí, le tengo que devolver los vinilos que me prestó el mes pasado. La grabadora de discos que has construido va genial. Ah, Suzu trae a una amiga consigo, una estudiante de intercambio de Japón que vino la semana pasada y que vive ahora en su residencia. Sólo van a quedarse unos minutos. Como han estado todo el día haciendo recados, se quieren ir pronto a casa, y Suzu viene de paso a por los discos.

—Ay, el amor... —suspiró Kei Lian, levantándose para irse—. Hijo, pronto te veo casándote con Suzu.

—¿En serio? —sonrió Sai con vergüenza, sonrojándose—. Si sólo tenemos 17 años... pero no niego que es una idea que me atrae... —titubeó, soñando despierto—. Heheh...

—Pero qué cursi te has vuelto —rezongó Neuval.

—Neu, a ver si se te pega algo de tu hermano —le reprochó Kei Lian—. A ver si ya dejas esa golfería y te metes en una relación seria con alguien.

—Pfff... Yo paso de esas cursiladas, papá —bufó, haciendo aspavientos—. Matrimonio, compromisos, hijos... Buah, ese rollo no me va para nada, nunca.

Kei Lian puso los ojos en blanco y negó con la cabeza. Cuando se marchó por la trampilla y los dejó solos de nuevo, Sai se sentó poniéndose de cara a Neuval.

Dìdì, ¿tú crees que Suzu y yo acabaremos casados? —le preguntó emocionado.

—Claro... —Neuval se encogió de hombros pasivamente—. Con lo empalagosos que sois...

—Sería genial... —murmuró, perdiendo la vista hacia las nubes del cielo como un buen enamorado—. La quiero tanto...

—Sai, llevas con ella dos años, ¿no te cansas? No lo entiendo.

—No sabría explicártelo... —sonrió atontadamente.

—Ya verás, acabaréis con once hijos y comiendo perdices de desayuno todos los días hasta que se os caigan los dientes y la piel de la cara.

—¿Tú crees? —siguió con su trance—. Si tengo una hija, me gustaría llamarla Mei Ling, y si tengo un hijo... se lo daría a elegir a Suzu, querrá ponerle un nombre japonés. Sólo sé que sería muy feliz formando una familia con Suzu.

—Sí, sí, lo que tú digas... Yo, desde que Yénova y yo lo dejamos, prefiero ser un colibrí, de flor en flor.

—Tú mismo —sonrió Sai—. Ah, por cierto —saltó de pronto, meneándole el brazo—, ¿cómo era el apellido de tu maestro de la SRS?

—¿De Hideki? Se apellida Saehara, ¿por qué?

—Lo sabía... —negó con la cabeza—. ¡Lo sabía! ¡Sabía que me sonaba de algo!

—¿El qué?

—La estudiante de intercambio que vive con Suzu —le contó Sai, emocionado—, me parece que es su hija.

—¿¡Cómo!? —se sorprendió Neuval—. ¿Que esa amiga de Suzu es la hija de mi maestro Hideki y de Emiliya?

—¿Tú sabías sobre ella?

—Sí, sabía que Emiliya y Hideki tenían una hija, pero nunca la he visto. No sabía que iba a venir aquí a estudiar. Vaya, qué casualidad... ¿Tú la conoces?

—Sí, la conocí hace unos días cuando fui a quedar con Suzu, me la presentó.

—¡Sai! —oyeron la voz de Ming Jie en el interior de la casa—. ¡Suzu y su amiga ya han llegado, están esperando en el salón!

—¡Voy! —contestó Sai, poniéndose en pie de un salto—. Vamos, dìdì, ven a saludar a Suzu.

—Jo... —protestó con gran pereza.

Ambos se metieron por la trampilla y bajaron hacia casa. Se adentraron por una puerta trasera de la cocina y anduvieron hacia el salón, donde vieron a Suzu ahí de pie en el centro, mientras otra chica con una voluminosa melena roja y ojos verdes se dedicaba a observar con curiosidad unos libros de la estantería del fondo que trataban de informática, de espaldas a ellos.

Neuval se cruzó de brazos y miró al techo pacientemente mientras Sai y Suzu se saludaban con una fusión de labios.

—Hola, Neuval —le sonrió la chica.

—¿Qué hay, Suzu? —saludó aburrido.

—Voy ahora mismo a traerte los vinilos, vuelvo enseguida —le dijo Sai a Suzu, perdiéndose de vista por el pasillo.

—¿Cómo te va, Neu? —le preguntó Suzu, mirándolo con recelo, aunque sonriente—. ¿Sigues causando catástrofes en tu instituto?

—Es un pasatiempo sano —se excusó Neuval.

—Ya —casi rio, y se volvió hacia su amiga—. Katyusha, ven —la llamó.

La chica pelirroja la miró y se acercó a ellos, dejando a un lado su afición por esos libros. Llevaba gafas, y tenía pecas en la nariz.

—Este es Neuval, el hermano de Sai —le explicó Suzu—. Bueno, no es exactamente su hermano. En realidad es adoptado, creo que lo encontraron debajo de un puente o en un contenedor de basura —dijo, tratando de hacer rabiar a Neuval como siempre solía hacer, o al menos intentaba hacer—. Neuval, esta es Ekaterina Saehara.

Cuando los dos se miraron a los ojos por primera vez, las reacciones fueron muy opuestas. Katya entornó los ojos con incredulidad, y pronto su expresión se tornó a una mirada de odio. Por otra parte, el corazón de Neuval se paró de golpe y se quedó paralizado. Ni parpadeaba ni respiraba, su cara era de completa imbecilidad. Se había quedado prendado. En ese momento llegó Sai con los discos, y se sorprendió al notar cierta tensión en el aire.

—Oye, un saludito... —dijo Suzu entre esos dos.

—Estás de coña, Suzu —replicó Katya, cruzándose de brazos—. Este chico es el mismo idiota con el que me choqué el otro día por la calle, y me tiró el bollo de chocolate y los libros al suelo. Ni se disculpó ni me ayudó a recoger los libros. Sin siquiera mirarme a la cara, me dijo: “¡Mira por dónde vas, cuatro ojos!” Y se esfumó sin más.

—¿En serio? —se sorprendió Suzu—. ¿Entonces era Neuval ese desconocido idiota que me dijiste? Oye, Neu, ¡qué grosero eres!

—Anda, ¿o sea que ya te cruzaste con él, Katya? —preguntó Sai.

—Desgraciadamente —asintió la pelirroja—. Permíteme decirte que tienes un hermano muy idiota.

—Bueno —sonrió Sai, apurado—. Vale que no tenga mucho cuidado con las chicas, pero es bueno, ¿verdad, dìdì? ¿Verdad que te vas a disculpar? —giró la cabeza hacia él—. Dìdì? ¿Hola? ¿Estás bien?

Le dio toquecitos en la cabeza, pero Neuval seguía agilipollado, con la vista clavada en la pelirroja. Él ni se acordaba de aquel choque accidental del otro día. Como Katya bien había dicho, Neuval ni se paró. Pero ahora que la veía por primera vez... pensó que era la criatura más bella del universo. Pero no sólo por su evidente aspecto, su rizado y voluminoso cabello rojo cayendo de una coleta como una cascada de rosas, sus ojos verdes y peligrosos como las espinas, sus rasgos mestizos, sus inocentes pecas… Además de todo eso, esa chica emitía una mirada inteligente, una energía fuerte, una personalidad culta, segura, hermosa.

Neuval estaba sonrojado hasta las orejas. Se le estaban secando sus ojos plateados por no pestañear.

En ese momento, vino Kei Lian desde el pasillo.

—¡Hey, Suzu! —la saludó.

—Hola, señor Lao —sonrió ella.

—¡Hey, amiga de Suzu! Tú eres la hija de Hideki, ¿verdad? —le preguntó Kei Lian a Katya, inclinándose ante ella para verla detenidamente—. Heheh... Los ojos verdes de tu madre y el pelo rojo de tu padre. Es un placer conocerte por fin. He oído hablar de ti sin parar desde hace años.

—Señor Lao, el placer es mío —sonrió Katya con emoción, inclinándose con respeto como saludo—. Disculpe si mi chino está algo oxidado. Yo también he oído hablar mucho de usted, de cómo mi padre y usted se conocieron y se hicieron buenos amigos desde la infancia. Cuando hace dos años Suzu me dijo que había conocido a un chico aquí en Hong Kong, y que estaban saliendo juntos —señaló a Sai—, me sorprendí mucho al saber que su padre era usted.

—Claro que yo no sabía nada sobre los iris cuando Sai y yo comenzamos a salir —se rio Suzu—. Hasta que Sai me lo contó hace un año. Entonces a mí también me sorprendió descubrir la relación, que el padre de mi novio es un iris que trabaja con los padres de mi mejor amiga.

—Tu padre me llamó hace tres semanas por teléfono diciéndome que ibas a venir a esta ciudad como estudiante de intercambio —le comentó Kei Lian a Katya—. Y me pidió que, si podía, te vigilara y te protegiera.

—Oh, venga ya... —rezongó Katya, pellizcándose el entrecejo—. Qué bochorno... Señor Lao, no haga caso a mi padre, yo sé cuidarme muy bien solita. Él es demasiado sobreprotector.

—Lo sé. Por eso, cinco minutos después de terminar la llamada con él, me llamó tu madre diciéndome que olvidara lo que tu padre acababa de decirme, y que, si por casualidad te veía por la ciudad, te mandara un saludo de su parte.

—Tus padres son como la noche y el día, Katya —casi rio Suzu

—Casi literal, Suzu, mi padre es un Den y mi madre casi llegó a ser una Yami.

—Me alegra que seas amiga de Suzu, Ekaterina, así podremos verte de vez en cuando, ya que mi Sai no se despega de tu amiga, jejeje... —zarandeó a Sai del hombro, y el chico se sonrojó tímido, mientras que Neuval seguía ahí como una estatua—. Igual que le decimos a Suzu, esta casa también es tu casa, tenlo en cuenta.

—Oh... Es muy amable, señor Lao, gracias —sonrió Katya educadamente—. Me siento muy arropada... —mientras terminaba esa frase, se le desvió la mirada hacia ese pasmarote con cara de tonto que no paraba, ni un segundo, de contemplarla sin parpadear. Katya casi se retractó de lo que acababa de decir, la verdad es que ese chico de ojos grises le estaba dando un poco de miedo—. Ehm...

—Oíd, fuera está anocheciendo —declaró el hombre—. Será mejor que os lleve yo de vuelta a vuestra residencia en coche. Esperadme aquí, voy a coger las llaves.

—Gracias, señor Lao —dijo Suzu.

Cuando Kei Lian desapareció de nuevo por el pasillo, en el salón se formó un silencio la mar de incómodo. Al menos, no por parte de Suzu y Sai, que no paraban de mirarse a los ojos con suspiros y sonrisas bobas, cogidos de las manos, que casi podían atisbarse mariposas, corazones y arcoíris flotando entre los dos. El contraste estaba ahí justo al lado de ellos, en donde flotaba oscuridad, glaciares, pesadillas y maldiciones satánicas entre Katya y Neuval. Bueno, esas cosas iban dirigidas de ella hacia él, porque de él no salía nada. Seguía ahí quieto con los ojos abiertos como platos y mudo.

—Eh, un momento... —Katya afiló la mirada—. ¿Tú eres...? Espera... —le apuntó con el dedo—. Tengo entendido que en la SRS de mi padre trabajan un padre con su hijo. El señor Lao es el único lo suficientemente mayor para tener un hijo. Si Sai es humano... ¿No será este chico...? —preguntó hacia su amiga.

—Oh... Sí... Verás, Neuval también es un iris.

—Oh, no... —dijo Katya con fastidio, poniendo los brazos en jarra con reproche—. ¿Tú eres el Fuu de la SRS de mi padre? ¿Ese Fuu? Mi padre dice que a pesar de que te falta disciplina, eres buen chico. Y mi madre dice que siempre se lo pasa en grande contigo gastando bromas por ahí. No me puedo creer que el mismo idiota que me humilló el otro día sea un iris, y menos como lo describen mis padres. Tú no eres bueno.

Aquella última frase que le espetó fue quizá un poco dura. Hizo que Neuval pestañease por primera vez en cinco minutos. Aunque siguió sin moverse y con la misma cara prendada mirando a Katya, casi se pudo percibir que esas palabras le hicieron un poco de daño. Pero Neuval estaba acostumbrado a ocultar el daño desde que tenía 5 años. Suzu y Sai se quedaron callados con incomodidad. No se atrevieron a decir nada porque Katya de repente estaba estremecedoramente seria mirando a Neuval muy fijamente.

—Pero tampoco eres malo —concluyó la pelirroja, frunciendo el ceño por unos segundos, como si estuviera viendo o analizando algo más en él—. Simplemente eres una persona perdida. Porque tienes dos fuerzas opuestas dentro de ti y te da demasiado miedo reconocer que ambas pueden formar parte de ti de por vida. Quieres deshacerte de esa parte de ti que tanto odias, pero al ver que no puedes, te enfadas contigo mismo y te comportas como un idiota. Tienes graves problemas de identidad. Aun así, no es excusa. Quiero oír tus disculpas por lo del otro día —se cruzó de brazos, firme—. Ese bollo de chocolate era mi mejor momento tras un día duro de estudio.

Si antes Neuval parecía estupefacto con esa pelirroja, ahora lo estaba el doble. Nunca antes una chica le había hablado de esa forma, mirado de esa forma, intimidado de esa forma. Normalmente, las chicas siempre estaban babeando a sus pies, yendo tras él, vacías de amor propio, o acechándole como buitres para usar su estatus, su gran popularidad, su enorme atractivo y demás atributos por intereses propios y egoístas. O bien se ponían por debajo de él, o por detrás de él, o incluso a veces intentaban ponerse por encima de él. Pero esta chica... estaba firmemente plantada enfrente de él, con la verdad directa y cruda por delante, sin complejos, inseguridades, filtros o hipocresías. Ella era lista. Ella sabía ver a través de él y sólo habían estado diez minutos el uno frente al otro. Ella era fuerte. Auténtica. Ella era... ¡era ella! ¡Ella!

—En serio, ¿este chico de verdad es idiota o le ha dado un infarto cerebral? —les tuvo que preguntar Katya a los otros dos, porque Neuval estaba ya rozando límites insospechados de comportamiento extraterrestre.

—Bueno, ya estoy —apareció Kei Lian en el salón tras salir del pasillo otra vez, y les hizo un gesto a las dos chicas mientras caminaba hacia la puerta de entrada allá a unos metros del centro del salón.

—¡Ah, ya vamos! —dijo Suzu—. Nos vemos mañana, Sai.

Sai sonrió felizmente y las dos chicas se marcharon con Kei Lian. El salón quedó reinado por un silencio sepulcral. Sai volvió a ver que Neuval seguía ahí plantado con cara de tonto.

—Oye, Neu, ya en serio, ¿te encuentras bien? —le preguntó preocupado.

Gege! —exclamó de pronto, desprendiendo dos ríos de lágrimas, dándole un susto de muerte—. Gegeeee!

Neuval se arrodilló a sus pies y le clavó los dedos en las piernas con fuerza, mirándolo con una cara completamente apocalíptica.

—¿Qué pasa? —se asustó Sai.

—¡Tiene que ser mía! ¡Esa chica... tiene que ser mía!

—¿Quién...? ¿¡Ekaterina!? ¿¡Que te has colado por Katya!? —se llevó las manos a la cabeza, perplejo.

—¡La quiero! —afirmó eufórico.

—A… acabas de conocerla... —balbució incrédulo—. Y además, ella te odia, no sé si te has dado cuenta.

—¡Ayúdame! —imploró—. ¡Me ayudarás! ¿¡Verdad!?

—Oh, no... —Sai se frotó la cara con las manos—. Por Dios, Neu, te está volviendo a pasar.

—¿¡El qué!?

—Estás teniendo ahora mismo otro de esos impulsivos caprichos tuyos. No vas a parar de remover cielo y tierra hasta conseguir satisfacerlo, ¿verdad?

—¿Te has fijado... —susurró Neuval con tono intrigante, ignorando por completo lo que Sai decía—... en cómo me ha perforado el alma con esas dagas de verde esmeralda?

—Todo el mundo se ha fijado.

—Qué poder... Me ha destrozado por dentro y luego me ha revivido con un último puñal de compasiva tregua...

—Yo creo que le has dado lástima.

—¿Debería sorprenderme, siendo hija de los mismísimos Hideki y Emiliya? —seguía Neuval hablando solo, mirando a las musarañas, soñando despierto—. Qué humana más poderosa... ¡Sai! —se giró hacia él de nuevo y lo agarró de los hombros—. Tienes que ayudarme.

—Neuval, lo veo complicado —se rascó la cabeza—. Sinceramente, hermanito, no quiero que te hagas ilusiones con cosas que pueden ser imposibles. Ya sabes cómo te afectan esas cosas, eres una persona muy sensible...

—¿Cuándo he sido yo sensible?

—Ayer mismo, te echaste a llorar cuando encontramos aquel pájaro en el parque que había nacido con las alas atrofiadas.

—Imagina nacer con alas y no poder usarlas nunca, Sai, es horrible... —se defendió Neuval, a punto de ponerse a llorar de nuevo al recordarlo.

—Hmm... —se puso pensativo—. Oye, pues a lo mejor podría ayudar que Katya conociera ese lado sensible tuyo. Creo que ahora piensa que sólo eres un arrogante desalmado. Bueno, algunas veces lo eres...

—¿¡Crees que puede funcionar!? ¡Me echaré a llorar encima de ella si hace falta, la inundaré de lágrimas hasta ahogarla!

—Vaaale, frena ahí, mi querido y chiflado hermano, vamos a calmarnos un momento y a empezar a pensar con lógica, ¿de acuerdo? —lo apaciguó Sai, pasándole un brazo sobre los hombros y sentándolo en una de las butacas del salón, sentándose él enfrente, en la mesita del centro—. Corres con la ventaja de que Katya ya sabe bastantes cosas sobre ti, de lo que ha escuchado de sus padres, mayormente son cosas buenas, pero ella ha tenido ya una primera mala experiencia personal contigo y esa primera impresión pesa mucho.

—Ni recuerdo haber chocado con alguien recientemente —aseguró Neuval—. Oh, no... ¿fue en algún momento en que estaba bajo los efectos de mi majin? Sus padres le habrán dicho que tengo majin, ¿verdad? Ella lo entenderá, ¿verdad?

—Neuval, el problema es que, con majin o sin él, eres una persona muuuyyy compleja. No te voy a ayudar a fingir ser alguien que no eres para gustar a una chica. Pero lo que sí puedo es aconsejarte qué pequeñas cosas mejorar y otras que potenciar. Empezando por tus modales. ¿Sabes por qué Suzu y yo tenemos una relación tan sana y fuerte? Porque ambos reconocemos los defectos propios y del otro, y ambos tratamos de mejorar algunos y aceptar aquellos que no se pueden cambiar.

—Sai... ¿¡Entonces me vas a ayudar de verdad!? —le preguntó con una sonrisa radiante—. ¡Eres el mejor hermano mayor del mundo! —lo abrazó con fuerza.

—Hahah... bueno, bueno, no exageres. Pero te lo advierto. Tienes que poner mucho de tu parte. Esta chica no es como las demás, con ella no hay juegos que valgan.

—Haré lo que sea —contestó Neuval firmemente—. Lo que sea por estar con Keisy.

—¿¡Quién demonios es Keisy!? ¡Se llama Katya, bruto!»


Dieciocho años después...

«En la casa de los Vernoux estaba reunida toda la familia y todos los compañeros de trabajo y amigos de Sai, unos vestidos de blanco, otros de negro, según la tradición que siguiesen. Blanco o negro, todos iban de luto. Neuval estaba sentado en el sofá del salón principal, con la cabeza apoyada en las manos y la mirada perdida. Katya estaba a su lado con cara afligida, con un brazo sobre sus hombros y en el otro sujetando a un Yenkis bebé que dormía plácidamente.

Al pie de las escaleras había dos niños idénticos de 6 años que lloraban en silencio. Suzu trataba de consolar a Mei Ling en el porche. Cuando empezó a atardecer, los invitados se fueron yendo, hasta dejarlos solos en la casa. Lex se acercó a los pequeños gemelos de las escaleras y se sentó junto a ellos para hacerles compañía, tan triste como ellos. Al pequeño Yousuke le brillaba un ojo con una pobre luz gris. Agatha estaba allí. Dentro de un rato iba a llevarse a You al Monte Zou.

—Voy a ver qué tal está Ming Jie —le susurró Katya a Neuval, frotándole la espalda, y lo besó en la mejilla.

Katya se fue hacia la cocina con Yenkis en brazos. Sin embargo, no llegó a entrar, se quedó tras la puerta, escuchando las voces de Ming Jie y de Kei Lian. Estaban discutiendo. Katya entornó los ojos con pena, pues Ming Jie, a juzgar por cómo gritaba y lloraba, parecía estar sufriendo un ataque de ansiedad.

Oyó cómo Kei Lian trataba de calmarla, pero Ming Jie se negaba. La oyó decir que no podía más, que esto la superaba y que no podía soportarlo. Entre sus gritos oyó cosas como “malditos iris...”, “estoy harta de vivir temiendo que le pueda pasar algo a mi familia”, “no quiero seguir estando relacionada con esto...”, etc.

Katya cerró los ojos. Podía entender a Ming Jie perfectamente, la comprendía. Sai, su hijo, había muerto a manos de unos criminales que llevaban muchos años siendo enemigos de la Asociación. Sin embargo... lo sentía muchísimo por Kei Lian. Se imaginó que en ese momento él debía de estar temblando de miedo, miedo de que el amor de su vida se separase de él. Al parecer, así iba a ocurrir, pues Katya llegó a oír que Ming Jie pronunciaba la palabra “divorcio”, y también lo sintió por Neuval.

Una niña pelirroja con un vestido blanco, subida a una banqueta, miraba por la ventana cómo se marchaban los invitados. Se bajó de la banqueta y se acercó al hombre del sofá. Al tener la cabeza gacha, no le veía la cara, así que se puso entre sus piernas y se asomó por debajo para verla. Se entristeció al ver sus ojos plateados húmedos, y le puso la manita en la mejilla.

—No estés triste, papi —le dijo—. Por favor. No llores. Tío Sai no querría verte así.

Le secó una lágrima con la mano, entonces Neuval dejó salir un sollozo y abrazó a la pequeña con fuerza.

—Tienes razón, Cleven, no le gustaría verme así —murmuró—. Pero no puedo evitarlo. Ya no volveré a verlo. No he podido protegerlo… otra vez… he perdido otro hermano… Lo echo de menos, Cleven… sólo quiero que vuelva…

Cleven puso una cara llena de pena, sin saber qué hacer para hacerle sentirse mejor. Ella no estaba tan afligida. Para Cleven, en aquella época, la muerte no era un fin. Ella tenía otro concepto de esta, porque en ese entonces, aunque los demás nunca lo supieron, Cleven era alguien que dominaba la muerte; en ese entonces, ella era lo que nació siendo. Hace dos años conoció a Drasik, cuando su padre lo trajo del Monte Zou y, con él, ambos, juntos, podrían traer a Sai de regreso a la vida. Pero para ello, la venganza hacia los responsables debía ser cumplida primero, y su complicación iba a durar años.

Claro que esto no podía contárselo a su padre, nadie debía saberlo. Empezó a ver que no iba a poder consolarlo. De todas formas, en ese momento Neuval no quería hablar con nadie.

—Cleven —oyó una voz tras ella.

La pequeña se volvió y vio a dos chicos rubios muy parecidos, solo que uno era más grande que el otro. Uno tenía 15 años y el otro 10, los hermanos pequeños de Katya.

—Tío Ichi, tío Brey... Todos están muy tristes —lamentó Cleven—. ¿Qué puedo hacer por ellos? El primo Kyo y el primo You llevan toda la tarde sin moverse de las escaleras... Mi papá llora...

—Vamos, ven —le sonrió Izan con tristeza, cogiéndola de la mano y separándola de Neuval—. Algunos necesitan estar solos ahora.

Brey agarró su otra mano y la miró.

—Vamos a pasear un rato, Cleven —le dijo—. Vamos a buscar caracoles en el jardín. ¿Vale?

Cleven asintió y se fue con sus jóvenes tíos.»


Neuval abrió los ojos de golpe, viéndose aún en el mausoleo. No sabía cómo se le había colado ese triste recuerdo, y trató de quitárselo de la mente. Miró a los demás, y estos ya se estaban poniendo de pie. No sabía cuánto tiempo había pasado, pero los palitos de incienso ya estaban a punto de extinguirse. Todos se dispusieron a salir y Yenkis los siguió en silencio. El niño vio caras nostálgicas en cada uno de ellos, y se preguntó qué habría revivido cada uno del pasado. Así, pues, Lao le pasó un brazo a Neuval sobre los hombros y Neuval agarró a Yenkis de la mano, y se marcharon a casa.





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