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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









32.
La discordia de Lex

Hace un par de horas, antes de ir a recoger a Yenkis al colegio, cuando Neuval dejó a Hana sobre la cama de la habitación a la que le condujo Lex en el hospital, ella seguía inconsciente. Lex fue el único que habló en todo el rato, pero sólo para relatar el diagnóstico de Hana, la cual, aparte de la contusión en la cabeza, tenía la tensión mal y le iban a suministrar un medicamento para estabilizarla. Según dijo Lex, en una hora más o menos podía despertar. Y ya habían pasado tres cuartos de hora, sin embargo, Neuval quería llegar antes.

Después de que Lex dijese lo del medicamento, no volvió a abrir la boca, concentrado en su trabajo, ignorando la presencia de su padre en la habitación, pero este se marchó al darse cuenta de que Yenkis iba a estar solo y que tendría que hacerle la comida. Se suponía que iría a recogerle, a hacerle la comida y a marcharse de nuevo, no a complicar más la situación.

Por eso, el Fuu estuvo todo el camino al hospital en coche frotándose continuamente las sienes con agobio, preocupado por Yenkis, preocupado por Hana, preocupado por Lex... No pasaba nada, calma, se dijo. Había que ordenar las cosas y tratarlas una a una, estudiar la situación, las consecuencias de los actos que iba a realizar a partir de ahora con este asunto.

A Neuval le daba un poco de rabia. No, no podía permitirlo, la rabia era un mal innecesario. La peor enemiga de su iris. Otra vez, esas palabras... ¿Y si...? ¿Y si Hana no hubiera visto nada? No... ¿Y si Yenkis no hubiera nacido iris? No, no... ¿Y si Katya no hubiera muerto? Tampoco... ¿Y si Jean nunca hubiera matado a…?

Jean, de alguna u otra manera, había sido el origen de todo aquello. Rabia. Vamos, ni pensarlo. Llevaba siendo un iris desde hace más de 30 años, había hecho de todo, luchado por y contra todo tipo de cosas. No debía tolerar, ya a estas alturas, que un sentimiento le dominase.

Cuando dejó el coche en el aparcamiento del hospital, se deshizo de la inquietud, de la preocupación y de la rabia. Era un iris, ante todo, cabeza fría, controlador de las situaciones, su mente era superior a la de un humano.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó una vieja mujer de cara simpática tras el mostrador de recepción.

—Vengo a ver a la paciente de la 246 —contestó.

—Oh, sí... —asintió, mientras tecleaba en su ordenador—. Ahora está en observación. Ya está estable.

—¿Ya ha despertado? —saltó.

—No, no... —sonrió con calma—. Que ya está bien, sus constantes.

—Ah...

—¿Es su marido?

—Pareja.

—Oh, de acuerdo —la señora señaló la pantalla de su ordenador—. Ya dejó usted antes sus datos, sí. Paciente: Hana Kotobuki. Y usted es Neuval Vernoux, cómo no. Es un placer volver a tenerle aquí. Podría haberme dicho su nombre desde el principio, señor —rio amablemente—. Voy a llamar ahora al doc-...

—Nooo... —susurró Neuval al instante.

—... -tor Vernoux para que lo acompañe.

—Mierda —murmuró de nuevo.

—Puede ir a ver a la paciente ahora, después irá su hijo, señor Vernoux. Pase usted —le indicó amablemente.

Neuval hizo un gesto resentido como si fuese un niño al que acababan de castigar y se fue a los ascensores para subir a la segunda planta. Al llegar frente a la habitación, observó a Hana antes de entrar, a través de la ventanilla de la puerta. La mujer parecía dormir apaciblemente, y Neuval no pudo evitar sentirse agradecido por Lex. Hana se había llevado un buen golpe. Y un terrible disgusto. ¿Quién sabe? De haber visto a Neuval morir de verdad tras una caída de un piso 47 por culpa de esos intrusos, Hana podría haberse convertido en iris. Afortunadamente, se había librado de eso.

Pasó adentro, cerrando tras él, se sentó en el borde de la cama y la contempló en silencio. Justo cuando fue a posarle una mano en la frente, la puerta de la habitación se abrió y apareció Lex, con su bata blanca, sus elegantes gafas y una carpetita en un brazo, y su porte serio y profesional.

—Me han informado de que has venido —le dijo mientras cerraba la puerta.

Neuval asintió en silencio y volvió a observar a Hana. A partir de ahí la estancia se vio envuelta por un silencio largo, ni cómodo ni incómodo. Sin embargo, a los pocos segundos, Neuval empezó a agobiarse mucho, rodeado de máquinas, de enfermos, de jeringuillas, de médicos y enfermeros pasando por el pasillo de fuera, de ese insoportable olor típico de los hospitales. Hacía frío, y aun así Neuval tuvo que secarse el sudor de la frente y cerrar los ojos, sufriendo un pequeño mareo.

Lex permaneció ahí de pie viendo lo pálido que se estaba poniendo.

—No es buena idea que estés aquí —le dijo el joven médico—. Vas a acabar desmayándote...

—Estoy bien —interrumpió Neuval, respirando hondo varias veces.

—No lo estás. Estás a punto de vomitar —Lex cogió el cubo de la papelera que había en un rincón y lo acercó hasta él.

—Ayudaría mucho... —cerró los ojos—... que te quitases la bata.

Lex se miró a sí mismo. Era cierto, había olvidado quitársela al entrar en la habitación. Pero como su padre aguantó bastante bien en la anterior visita de hace una hora, supuso que seguiría sin haber problema ahora. No era así. Neuval podía aguantar ciertas cosas de los hospitales, pero hasta un límite.

—Ya está. Ya me la he quitado. Puedes volver a abrir los ojos —le indicó Lex, sentándose en la butaca que había junto a la ventana, al otro lado de la cama—. Aunque creo que sería mejor hablar fuera, en la calle. Puedo llamar a una enfermera para que se quede aquí vigilando...

—No. Quiero estar aquí hasta que se despierte —Neuval volvió a abrir los ojos, pero solamente para seguir mirando a Hana.

Lex dejó de insistir. Hubo un largo rato de silencio. Neuval sabía perfectamente que Lex había venido a la habitación para que le explicara qué había pasado. No tenía por qué contarle nada, ya que había sido un asunto iris y Lex, como humano externo a la Asociación, no tenía autorización para informarse de estas cosas. Sin embargo, Neuval no tenía más remedio. Se lo debía. Si Hana ahora estaba bien era gracias a él.

Al final, Lex se cansó de esperar y rompió el silencio él mismo.

—Quisiera...

—Que te contase lo que ha pasado —dijo Neuval, sin levantar la cabeza.

—Bueno... sí. Al menos...

—Si ha sido culpa mía o no —volvió a adelantarse.

Lex frunció el ceño, inclinándose hacia él con recelo.

—¿Estás leyéndome la mente con tu Técnica?

—Contigo no me hace falta.

Lex suspiró por la nariz y volvió a recostarse sobre el respaldo, cruzándose de brazos y mirando a otro lado, molesto.

—No es porque el peligro hubiese ido a ella, sino porque ella misma se ha involucrado en el peligro —comenzó a explicar Neuval—. El caso es que un grupo de personas con las que tenía un asunto pendiente… que resultaban ser almaati desertores… me cazaron por sorpresa en mi propio despacho y...

De repente dejó de hablar. Hizo una pausa repentina. Porque aquí, Neuval recordó la razón detrás del ataque de esos excooperadores: Izan. Y se dio cuenta de con quién estaba hablando ahora. Debía tener cuidado. Quería ser honesto con Lex, excepto por ese dato. Bajo ningún concepto quería decirle que Izan había vuelto a dar señales de vida y que estaba en la ciudad, porque entonces tendría que revelarle que quien había regresado no era su tío Ichi, sino un Izan diferente y terrible que ya no era un iris. Neuval sabía que Ichi había sido para Lex su más querido e íntimo amigo desde que nacieron el mismo día, hasta que él se esfumó a los 18 años. Decirle que se había convertido en arki, era como decirle que Ichi había muerto.

—Justo cuando se me echaron encima y salimos por la ventana —retomó Neuval la conversación—, Hana logró entrar en el despacho y fue directamente a enfrentarse a una de los atacantes que seguía ahí. Antes de recibir un empujón con el que acabaría golpeándose la cabeza y perdiendo el conocimiento… llegó a ver cosas.

—¿Sólo el evento de tu caída, o también más cosas? —quiso saber Lex, sin esconder un tono irritado.

—Vio más cosas.

—Ya me lo imagino. Hana ha pillado a Fuujin haciendo lo que Fuujin mejor sabe hacer. ¿Te vio aniquilando a alguien? ¿Volando de un lado a otro destrozando cosas? ¿Divirtiéndote como un niño quemando hormigas con una lupa?

La sala se quedó en silencio. Lex pretendía ser irónico, pero Neuval captó perfectamente ese tono desdeñoso y no le gustó nada. Por eso, Lex se estremeció un poco cuando se dio cuenta de que su padre lo miraba de un modo muy severo.

—Sé que estás cabreado y que te da rabia que una persona inocente como Hana haya tenido que sufrir esto. Pero no me hables de esa manera.

Lex no se atrevió a contestarle. Su padre podía parecerle a veces un loco, un poco infantil y despreocupado, pero cuando se ponía serio y no estaba para bromas, le recordaba dónde estaba su lugar. Miró al suelo, un poco incómodo y avergonzado, reconociendo que se estaba pasando de irrespetuoso.

—Este descuido no puedo volver a permitírmelo —murmuró Neuval, mirando a Hana con pesar.

—¿Crees que podrás cumplir con eso? —preguntó Lex, insistiendo en mostrarle su descontento—. Tienes que decirme si tengo que prepararme para más incidentes como este, porque en este hospital todos saben que soy tu hijo, ya que este hospital usa tu tecnología, y no puedo dejar que la gente vea, sospeche o haga preguntas que no debe cuando alguien viene aquí por un incidente iris. Si la gente te pilla actuando como un criminal chiflado…

Neuval lo miró de golpe con cara molesta.

—Reconoce que toda tu vida has sido un chiflado —se defendió Lex.

—Un chiflado que toda la Asociación respeta —apuntó Neuval.

—Si la gente te reconoce mientras haces este tipo de cosas inhumanas —continuó Lex—, aquí todos mis compañeros me acorralarán y me avasallarán con preguntas sobre ti. Puede llegar hasta tal punto de que algún policía curioso se acerque a mí. Y sabes que los del Gobierno, los que llevan el caso de los de tu especie, pueden utilizar métodos secretos para averiguar la verdad. Lo que quiero decir es que no quiero que lleguen hasta mí, porque yo soy un humano que está muy estrechamente relacionado con los iris más buscados del planeta y que sabe quiénes sois, que contiene información, y que por mi culpa te pillen a ti, al abuelo, al tío Brey… y a tus compañeros.

—¿Por qué dices “los de tu especie”? —preguntó Neuval, que no lo había pasado por alto.

—¿Has oído todo lo que te he dicho?

—No somos una especie aparte, Lex. ¿Por qué nos ves así? Tus tíos, tus abuelos, y primos... casi toda tu familia, tanto de sangre como adoptiva, son iris. ¿Cómo te atreves a desvincularte de ellos usando esos términos o expresiones distantes?

—¿Que yo me desvinculo de ellos? ¡Me desvinculaste tú!

—¡Hace ya siete años de eso!

—Mira... No quiero volver a tener esta conversación por vigésima vez, ¿vale?

—Yo sí —replicó Neuval—. Tu problema es que tienes una percepción de ti mismo muy equivocada.

—¿¡Cómo dices!? —saltó incrédulo—. Soy probablemente el único miembro de toda esta familia que tiene la cabeza mejor amueblada. Sé muy bien lo que soy y cómo soy, y soy un humano normal y corriente que lo tiene todo en orden y no crea problemas a nadie.

—No tienes ni idea —negó Neuval—. Hablas como si tu "yo" actual sólo se redujera a los últimos siete años en los que te rodeaste de normalidad y orden, te independizaste, terminaste tu carrera, comenzaste tu trabajo y tu vida social era la típica de cualquier humano. Y te colocaste dentro de ese marco como si hubieras nacido de él, olvidando el resto de tu vida anterior. Te metiste en ese marco y te convenciste de ser un simple humano normal.

—Ser más inteligente que la media en mi profesión también es normal para un humano, ¿sabes?

—No me refiero a eso.

—Y mis manías con la comida.

—Tampoco. Te crees muy diferente de los iris y de sus anomalías y rarezas y presumes de ser el más normal de la familia cuando eres igual de raro que el resto. Tú eres más de lo que crees que eres.

—No sabes lo que dices.

—¿Que no sé lo que digo? ¿Con quién te crees que hablas? Yo te he criado desde el día en que naciste. Era yo quien te cuidaba día y noche durante tus primeros dos años de vida, cuando tu madre era la única que podía salir a trabajar y yo aún estaba terminando mis estudios. Y después de eso seguí criándote, enseñándote cosas, observándote, compartiendo todo contigo, conociendo absolutamente todo de ti. Ya desde bebé ocurrían cosas raras contigo. No buenas ni malas, simplemente extrañas, asombrosas.

—No es la primera vez que me cuentas esto, pero nunca me dices qué tipo de cosas raras son exactamente. Cuando nació Yenkis y se descubrió que nació con un iris, fue cuando mamá y tú pensasteis que mis supuestas rarezas podían deberse también a un iris genético que no se manifestaba y me llevasteis a que Alvion y Denzel me analizaran. No sólo Alvion y Denzel confirmaron que no tenía nada que ver, sino que confirmaron que no pasaba absolutamente nada fuera de lo normal ni con mi energía humana ni con mi biología y genética humana. Lo único que sé es que Alvion me dijo: "A pesar de que eres humano, hay algo en ti que me recuerda mucho a alguien". Y ya. Eso fue todo. Así que deja ya de mencionar esas rarezas que según tú yo poseo o tenían algo que ver conmigo.

—La Técnica de Borrado de Memoria que te hice... —insistió.

—Me la hiciste mal —interrumpió Lex, sabiendo lo que iba a decir—. Y por eso ese borrado sólo me duró dos días. No hay otra razón. Por eso me desvinculo de los iris y de vuestro mundo, porque no soy como vosotros. Mi vida y mi mundo son estos, ocupándome de problemas humanos con mi trabajo humano y mis normales capacidades humanas.

Neuval cerró los ojos y dio un pequeño suspiro, sin insistir más. Había estado dudando sobre si contárselo o no, el tipo de anomalías y rarezas que Lex había presentado desde que nació. No eran muchas, pero ahí estaban. Pero como a día de hoy no se había logrado encontrarles explicación, y Lex estaba tan obcecado en defender que sabía perfectamente quién era y la vida que había elegido tener tras la muerte de su madre, alejándose totalmente de cualquier asunto de los iris y la Asociación, prefirió no decírselo.

Lex no odiaba a los iris, sino los asuntos iris. Por eso no tenía problema alguno en quedar de vez en cuando con su abuelo Lao, o con su tío Brey, o con cualquier otro familiar, amigo o conocido que fuera iris. Lo que no quería era involucrarse en sus temas iris o de la Asociación.

Lo que a Neuval le daba rabia es que Lex negara esa parte de sí mismo que nació y creció con los iris y la Asociación formando parte de su vida, formando parte de la normalidad de su vida. Un Lex que, aunque no fuera miembro de la Asociación, se interesaba, se involucraba, se enorgullecía de sus familiares iris, y él mismo adoptaba ese espíritu o esa inspiración a su vida humana. Él antes vivía uniendo esos dos mundos. Pero si ahora no era así, Neuval sabía que había sido por su culpa. Como Lex había dicho, lo que hizo hace siete años le salió mal.

—Por eso, quiero saber desde ya mismo si debo prepararme para más incidentes en los que tengas que involucrarme inevitablemente, como ahora. Cuando el herido es un miembro de la Asociación, se encargan los iris curanderos o los monjes, dependiendo de la gravedad. Pero cuando el herido es un humano inocente que desconoce la existencia de la Asociación, es a un hospital humano a donde tenéis que llevarlo, y si la causa ha sido un gran incidente iris con muchos testigos o que pueda llamar la atención de la policía, soy el único médico que conoces en el que puedes confiar para guardar el secreto o desviar la atención de los curiosos o de la policía.

—Mm… también está Kanon —murmuró rápidamente, mirando para otro lado.

—Tu amiga Kanon trabaja en otro hospital en otra ciudad —discrepó Lex—. Y es genetista. No se encarga de este tipo de dolencias.

—Escucha —le cortó Neuval—. Ni yo quiero involucrarte ni tú tienes que involucrarte en nada. Si estás aquí ocupándote de lo que le ha pasado a Hana es porque el enfermero te ha llamado a ti, no yo. La próxima vez iré a otro hospital aunque esté algo más lejos. De hecho, si tan molesto estás, ¿por qué no te vas? ¿Por qué sigues aquí?

—¿Rechazas mi ayuda?

—Rechazo tus quejas. Tus críticas. Tú decides si me ayudas o no. Podría estar aquí otro neurólogo cualquiera atendiendo a Hana y no cuestionándome lo que hago o cómo lo hago. Así que no, no esperes más incidentes como este por mi parte. Ya he comprendido que ha sido un error venir aquí.

—¡El error es haber dejado que alguien inocente saliera herido de tus asuntos iris! —se enfadó Lex.

—¡Si no fuese un iris, Hana podría haber tenido igualmente un accidente como este, por una simple caída, o un accidente de coche, o un ataque de un delincuente! —se enfadó Neuval también.

—¡Pero es que lo eres, papá! ¡Y precisamente porque eres un iris, esas cosas no le tienen que pasar a Hana nunca! Ni a ella ni a nadie cercano a ti.

—¿¡Te crees que es fácil!? No soy un iris perfecto.

—Exacto. No eres perfecto. Lo que eres es poderoso, y ser poderoso te hace arrogante, confiado, impulsivo y emocional. Y por eso Hana está aquí. Y por eso, pones en peligro a la gente humana relacionada contigo, como ella, como yo, y por ende te pones en peligro a ti mismo y a los tuyos. Si una de las razones por las que has vuelto a la Asociación es por tener un mejor control de ti mismo y de lo que te rodea, contrólalo, maldita sea. Da gracias a que la policía no haya tenido noticia alguna del incidente que has tenido hoy.

—¡Vale ya, Lex! —exclamó Neuval de repente con fuerza, levantándose y girándose hacia él con una cara notablemente irritada, y molesta, y triste—. Todos corren peligro a mi alrededor. Y soy un iris defectuoso, emocional, enfermo... No controlo las cosas como debería, atraigo los problemas y las catástrofes. Todo esto lo sé desde que tengo memoria, ¡lo sé perfectamente y no necesito que me lo repitan todas putas veces que pasa algo! Ya te he dicho que evitaré más descuidos como este, y que no volveré a acudir a ti cuando pasen ni te involucraré ni a ti ni a este hospital. Yo ya te he agradecido que hayas tratado a Hana, y tú ya has dejado claro lo que piensas. Así que ¿¡qué más quieres de mí!? ¿¡Por qué sigues aquí insistiendo en machacarme con lo mismo de siempre!? ¿¡Qué más puedo hacer para que dejes de odiarme!?

Neuval hizo una pausa para respirar. Tenía los ojos vidriosos. Pero Lex le devolvía la misma mirada vidriosa, enfadada y triste. Él también se levantó de la butaca y se puso firme.

—¿Eso piensas que siento hacia ti? ¿Odio? Jamás en mi vida te he odiado. Ni nunca podría hacerlo. Y que pienses que yo soy capaz de tener un sentimiento tan horrible hacia ti es otra muestra del problema que todavía eres incapaz de ver. Nadie me conoce mejor que tú, eso es cierto. Pero está claro que no me conoces por completo. Como me demostraste hace siete años.

Tras decir eso, Lex dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

—Espera... ¿a qué te refieres? —se sorprendió Neuval, pero el joven médico ya agarró la manilla de la puerta—. ¡Lexien! ¡Para! —lo detuvo, agarrándolo del codo y obligándolo a girarse—. ¡Háblame!

—Este no es el momento ni el lugar.

—¿¡Y cuándo lo es!? Hace tiempo que me rendí y dejé de llamarte por teléfono, de intentar visitarte a tu casa, de intentar quedar contigo, contactar contigo, de perseguirte, de insistirte, de suplicarte... porque no había manera de que accedieras o respondieras. Y en las pocas coincidencias durante el año, en Navidad, en el cumpleaños de tus hermanos, en visitas a tus abuelos... era imposible tener un momento a solas. Este es el mejor peor momento que he tenido en años. En el lugar que más terror me produce en el mundo, con alguien muy importante para mí ahí al lado postrada inconsciente en una cama, en una estancia privada y nadie más alrededor. No puedo dejarte salir por esa puerta. Estoy desesperado.

Lex no dijo nada por un rato. Miraba al suelo, notando cómo su padre le apretaba más el brazo.

—Desesperado, ¿por qué exactamente? ¿Por recuperar una buena relación conmigo?

—Por entender cómo te sientes —corrigió Neuval—. Eso es lo que llevas todo este tiempo esperando de mí. No mis docenas de disculpas, ni mis súplicas, ni regalos, ni atenciones. Una de tus rarezas es precisamente lo difícil que es leerte. Ni el iris más experto, ni siquiera Alvion, son capaces de hacerlo. Tu mente es como una fortaleza inquebrantable. Sé que yo debería ser el mejor del mundo en entenderte por haber estado prácticamente pegado a ti desde que naciste. Pero... está claro que hay algo que no soy capaz de ver. Y no dejo de intentarlo. Ayúdame, Lex. Ayúdame a entender por qué tienes ese cuchillo tan clavado. Conoces todos los riesgos que existían en esa época si te dejaba seguir sabiendo todo sobre la Asociación y los iris

—¿Y por qué no volviste a borrarme la memoria? ¿Por qué no volviste a intentarlo? ¿Por qué me dejaste ir tras el primer intento fallido, sabiendo que me iba con todo lo que conocía de vosotros, con todo aquello que el Gobierno trata de descubrir?

—Era peligroso volver a realizarte la Técnica. Pero la principal razón, es porque nunca te había visto tan… tan roto por dentro... Prefiero morir o que el Gobierno me pille, antes que volver a verte así.

A Lex le consternó esa respuesta, porque sabía que era la verdad. No sabía qué decir.

—No entiendo por qué te enfurece tanto… —continuó Neuval—… que haya intentado borrarte la memoria, sabiendo que fue para protegernos después de todo el caos que surgió tras la muerte de tu madre.

Lex se movió un poco, haciendo que su padre le soltara el brazo, y se quedó cabizbajo.

—No estoy enfadado… —murmuró—. Lo que me siento es defraudado. Y traicionado.

—La seguridad de la familia es más importante que eso...

—¡No terminas de entenderlo, papá! —le interrumpió, mirándolo a los ojos—. Borrarme la memoria no es lo que me dolió. Es que lo hicieras sin decírmelo.

—¿Decírtelo? —se sorprendió—. ¿De qué habría servido si luego no te acordarías?

—¡Bueno, pues resulta que luego me acordé! Falló la Técnica en mi mente y recordé lo que habías hecho. Recordé cómo me la hiciste. Y viniste sin más hacia mí, sin decirme ni una palabra, sin hablarlo conmigo. Por mucho que tú contaras con que yo luego no recordaría nada… pudiste al menos hablarme de ello primero y preguntarme qué opinaba… pudiste al menos dejarme decirte que podías contar conmigo.

Neuval se quedó callado. Seguía sorprendido, porque esta era la primera vez que Lex le aclaraba el verdadero motivo de su decepción. ¿Por qué hasta ahora nunca le había dicho esto? Tal vez Lex esperaba que algún día Neuval lo acabara entendiendo por sí mismo. Que se diese cuenta él solo. O tal vez porque a Lex le avergonzaba un poco explicarle que parte del motivo era que él, un simple humano normal, esperaba que su padre, un importantísimo iris veterano con mil batallas a sus espaldas, contara con su humilde ayuda y con su irrelevante opinión humana.

Entonces, al fin Neuval entendió que lo que destrozó a Lex no fue sólo borrarle la memoria sin su permiso, sino que eso precisamente le hizo sentirse insignificante para él.

Y esto tenía una especial importancia para Lex, por el tipo de relación que había tenido con su padre toda su vida. Por mucho que Lex creciera con un carácter serio, más bien parecido a su madre y a su abuelo materno, y viera que su padre estaba un poco loco, siempre lo tuvo en un pedestal. Cleven no nació hasta que Lex tenía 9 años, por lo que prácticamente pasó toda su infancia siendo hijo único. Y Neuval le dedicó a él más tiempo que a nadie.

Lex lo aprendió todo de sus padres. Su madre le enseñó la importancia de la disciplina y el deber, de cuidarse su mente y su cuerpo, de cómo gestionar sus emociones, comprender por qué a veces se enfadaba o estaba triste, saber comunicarse y resolver las cosas tanto solo como pidiendo la ayuda de los demás. Le enseñó cómo cuidarse y vivir en el entorno más inmediato, el mundo interior. Su padre le enseñó más cosas sobre el mundo exterior: cómo funcionaba el mundo, cómo era la humanidad, los peligros que existían, y la importancia de cómo saber tratar a los demás. Le enseñó a ser valiente en muchas cosas. Cada vez que causaba algún problema o le rompía algo a otra persona, Neuval siempre le hacía ponerse delante de la otra persona, mostrar respeto y disculparse por su error, y después de hacerlo, lo felicitaba y le decía que se había ganado su respeto. Igual a como Lao le enseñó a él.

Neuval también le enseñó a luchar, manejar armas y cómo actuar en situaciones de peligro o crisis. Crisis como la que asoló a la familia tras la muerte de su madre. En esas fechas, Lex veía que su padre estaba planeando un cambio inminente, dado el preocupante misterio de los asesinos de su mujer y dada la terrible destrucción que su majin llegó a desatar por medio Japón. Lex simplemente esperaba que su padre le explicase lo que quería hacer para proteger a la familia. Que contase con él, tal como lo había entrenado, tal como le había enseñado toda su vida. Lex estaba preparado para demostrarle que era capaz de cualquier cosa para proteger a su familia, incluso si tenía que sacrificar su relación y sus lazos emocionales con los Lao, incluso si tenía que quedarse meses cuidando él solo de sus hermanos pequeños porque su padre tenía que ir al Monte Zou a someterse a un largo tratamiento para reducir su majin. Y Neuval nunca le dio esa opción.

¿Por qué había tardado tanto tiempo en darse cuenta? ¿Por qué no lo había visto hasta que Lex se lo había dicho hace unos segundos? Neuval era un iris y además era increíblemente inteligente. Y se le había escapado este detalle sobre el funcionamiento emocional lógico de su propio hijo. Y lo entendió como un golpetazo fuerte porque se imaginó a sí mismo en su lugar. Si Lao le hubiera hecho algo parecido a él, no contar con él ante una crisis familiar cuando Neuval estaba cien por cien dispuesto a ayudar, borrarle la memoria como si borrase un simple problema más… Sí… Eso dolía.

—Lex… Eres el humano más fuerte que conozco.

—Hah… —suspiró este, sentándose de nuevo en la butaca y apoyando la frente en las manos. Agatha le dijo lo mismo la otra noche, que su padre pensaba eso de él, pero Lex no lo creyó de verdad—. Venga ya, papá, esa mentira no me va a hacer sentir mejor.

—No tengo más mentiras para ti desde hace siete años.

Lex levantó la vista, frunciendo el ceño. Hacía mucho tiempo que no veía esa mirada tan seria y firme en esos escalofriantes ojos casi blancos de su padre.

—Los almaati son humanos y pueden hacer más…

—Tú eras un humano… —le interrumpió Neuval—… que acababa de perder a su madre de forma inesperada, injusta y sin explicación. Y, aun así, estuviste encima de tus hermanos, haciéndoles la comida, bañándolos, atendiéndolos, haciendo todo lo posible por que su rutina siguiera siendo lo más normal posible… mientras todo lo demás a tu alrededor era caótico y yo me volvía loco sin saber cómo vivir sin tu madre. Estuviste caminando detrás de mí día y noche, esperando que te pidiera ayuda, preparado para ayudarme. Esperando que me sentara contigo en una mesa para conversar. Eras el único de toda la familia Lao y Vernoux que permaneció de una pieza a pesar de que por dentro estabas hecho pedazos igual que los demás. Y no lo vi… —murmuró cabizbajo.

Lex no dijo nada, pero miró a otra parte para contener el nudo que se formó en su pecho y las lágrimas en sus ojos.

—Probablemente me avergonzaba pedirte ayuda —continuó Neuval—. Desde que terminé mi entrenamiento iris a los 12 años, siempre me creí el más fuerte e invencible. Siempre me vi a mí mismo como el único que podía y sabía proteger a los demás y solucionar los problemas de los demás. A pesar de que siempre fui un desastre para protegerme a mí mismo y solucionar mis propios problemas. Qué hipócrita de mi parte. Ayudé a docenas de humanos a salir de pozos de miseria, de tristeza o depresión, enseñándoles a intercambiar las pastillas por proyectos, metas y logros… y luego yo me metía esas mismas pastillas para huir de mis propias pesadillas y defectos —miró a Hana, aún dormida en la cama, recordando que gracias a ella volvió a dejar las drogas hace tres años—. Pensé, “qué mierda de padre debo de ser para pedirle a mi hijo que me ayude a hacer algo que yo debería saber hacer solo”. Pero ese orgullo, que nace de la vergüenza… —suspiró pesadamente—… no ayuda a nadie al final.

Lex siguió en silencio. Pero esta vez, por primera vez en años, sentía algo diferente.

—Quiero que sepas que, si no te pedí ayuda, no fue porque te subestimara, Lex. Sino porque me daba vergüenza reconocer que en ese momento tú estabas siendo el más fuerte de todos y yo el más débil. Debí acudir a ti. Debí contarte mi decisión de borraros la memoria a Cleven y a ti y separaros de la familia Lao y de la Asociación. Espero que puedas perdonarme algún día.

Quizá esto fuera lo que Lex más había esperado oír en siete años. En su persistente silencio intentaba seguir conteniendo lo que de verdad sentía por dentro ahora mismo. Porque no era tan fácil, sobre todo cuando habían sido muchos años cargando con un mismo sentimiento, cambiarlo ahora de repente a pesar de que el motivo para cambiarlo había llegado. ¿Por qué para Lex seguía sin ser suficiente? Por desgracia, la respuesta estaba ahí mismo. Hana.

Lex no podía soportar la idea de que ahora iba a ser Hana. Una mujer que no había hecho más que ayudar a su padre y a sus hermanos, esforzándose por esa familia y en ese trabajo en Hoteitsuba que Neuval le dio.

—Y aun así el problema persiste —murmuró Lex.

Neuval lo miró al oírlo, confuso. Lex levantó la cabeza, volviendo a tener esa expresión fría.

—Antes te dije que te llamaría cuando Hana se despertara —le explicó el médico—, pero tú dijiste que vendrías antes. Solamente te has ido para asegurarte de que Yenkis volvía a salvo a casa y tuviera algo de comida hecha, pero desde el principio pretendías estar aquí antes de que Hana despertara porque no quieres darle ni un segundo de tiempo para acordarse de lo que ha visto.

—Porque no puedo dejarla despertando aquí en esta habitación sola, confusa y traumatizada —le corrigió Neuval, molesto.

—¡Porque le quieres borrar la memoria en cuanto confirmes que se acuerda de todo!

—¡Lex! —se enfadó.

—¡Está confusa y traumatizada por ti! ¡Verte a ti nada más despertar es lo que va a trastornarla más! ¡Así que no me digas que estás aquí para calmarla, estás aquí para borrar literalmente tu error! Al fin ha llegado el día en que Hana se convertirá en una víctima más de tu Técnica. Porque así es como Fuujin soluciona las cosas, ¿verdad?

Había palabras que podían causar más dolor a unas personas que a otras. Esas en concreto fueron bastante hirientes para Neuval.

—Mucho criticar a los iris, Lex, pero tú te has vuelto un completo insensible —le dijo enfadado, pero con ojos vidriosos, y volvió a apartar la mirada hacia Hana.

Lex puso una mueca contrariada y sorprendida. Tal vez eso era cierto. Sin embargo, quizá también era cierto que, a veces, unas palabras hirientes eran necesarias para despertar algo, producir un cambio. Porque Neuval ahora sentía una duda nacer dentro de él sobre una decisión que ya había tomado con convicción. ¿Y si…? ¿Y si se toma otro camino al esperado?

Había un secreto en el mundo que pocas personas ya muertas y sólo una que seguía viva en Francia conocían. Incluso Lao seguía sin resolver el misterio desde el día en que conoció a Neuval, a punto de quitarse la vida sobre unos sucios cartones en un mugriento callejón. Neuval nunca fue un humano como los demás ni tampoco a día de hoy había logrado ser un iris como los demás, a pesar de sus esfuerzos, porque él había nacido siendo algo muy diferente que ni siquiera las personas más sabias o antiguas como Alvion, Agatha y Denzel comprendían. Ir contra el sistema o las normas convencionales, salirse de la línea tradicional, o de lo lógico, o de lo esperado; romper con el bucle o el estancamiento; ser el primero en hacer, demostrar o alcanzar novedades nunca antes vistas…

Neuval era un agente del cambio. Y todo empezaba con pequeñas cosas.

Lex intentó decir algo para excusar sus duras palabras hacia su padre, pero Neuval habló antes.

Désormais, je n'aurai plus à être prudent avec Hana —dijo con firmeza. (= A partir de ahora, no hará falta que tenga cuidado con Hana.)

De quoi parles-tu? —se extrañó Lex. (= ¿A qué te refieres?)

Neuval no contestó.

—¿Qué vas a hacer? —Lex se empezó a alarmar.

En ese momento, Hana ya estaba abriendo los ojos. Neuval la agarró más fuerte de la mano y Lex se levantó rápidamente del sillón, sacando una pequeña linterna. Se inclinó hacia Hana y, abriéndole los párpados con cuidado, iluminó sus pupilas.

—Estable —afirmó Lex, volviendo a guardar la linternita.

Hana parpadeó varias veces con molestia y después abrió los ojos del todo. Primero miró a su alrededor con aturdimiento, y luego su mirada se quedó fija en los ojos de Neuval. Empezó a respirar con nerviosismo.

—¿¡Neu...!? —murmuró, con una cara al borde del llanto, soltándose enseguida de su mano.

El hombre la miró con pesadumbre. Se esperaba una reacción similar. Comprendía cómo debía de sentirse. El busca de Lex comenzó a dar pitidos.

—Tengo que irme —declaró el médico, leyendo el mensaje de su aparato.

Hana reparó en él, y por impulso se incorporó un poco sobre la cama, alerta.

—Lex... —se sorprendió—. ¿Pero qué...?

—Hana, tranquila, ya estás bien —la tranquilizó el joven—. Trata de no moverte mucho, ¿de acuerdo? Aún estás adquiriendo el medicamento para la tensión.

Hana entonces se quedó quieta, pero seguía confusa. Intentaba recapacitar y entender la situación, mirando sin parar a uno y al otro. Pasaron unos segundos de silencio, en los que Neuval y Lex cruzaron una mirada, y entonces Lex se dispuso a salir. Sin embargo, al girar el pomo y abrir la puerta, se detuvo un momento. Tenía que saberlo. Volvió la cabeza y los observó. Neuval estaba observando fijamente a Hana. Ella empezó a negar con la cabeza, consternada.

—¿Quién eres? —le preguntó—. ¿Quién eres en realidad, Neuval? ¿Cómo puedes seguir vivo? Te vi… caer… y luego… te vi hacer algo que no… no es posible…

Lex vio que su padre abría la boca, pero en vez de decir algo, sólo respiró entrecortadamente, sin dejar de mirarla. Estaba nervioso. A Lex le aumentó la intriga. «¿Qué va a hacer?» se preguntó, aún con la mano sobre el pomo.

—Hana... —susurró Neuval.

Lex vio que estaba levantando una mano hacia la cara de ella. «¿Qué va a hacer?» se repitió, «¿Va a…?».

—Por favor. Cierra los ojos un momento —continuó Neuval.

Le cerró los ojos con los dedos y después los tapó completamente con la palma. Hana se mantuvo totalmente quieta, confusa, nerviosa, sin entender, asustada... «A borrarle la memoria» pensó Lex. «No me esperaba otra cosa. Así se soluciona todo, ¿no? Así es como papá soluciona las cosas». Lex no quería verlo, así que apartó la mirada y dio un paso hacia fuera.

—¿Qué vas a hacer? —oyó preguntar a Hana.

Lex giró la cabeza de nuevo. Neuval seguía tapándole los ojos, pero no hacía nada. Hana seguía como antes. «¿A qué espera?» se preguntó el joven. Cuando Neuval empezó a bajar la mano lentamente, y Hana abrió los ojos, Lex se quedó perplejo.

—¿Qué ha pasado en la empresa? —insistió Hana—. Dímelo. Necesito saberlo.

—Hana —dijo Neuval—. Voy a contarte algo.

La mujer frunció el ceño.

—Primero te confesaré algo —continuó—, y después te explicaré por qué, cuándo, cómo y lo demás. —Aguardó unos segundos y empezó—: No soy humano.

Lex se quedó más boquiabierto. «¿Cómo?» saltó. ¿Qué le iba a contar? ¿La verdad? ¿Iba en serio? ¿Se la iba a contar? Eso sí que Lex no se lo esperaba. No obstante, no tenía tiempo para aclarar su desconcierto, pues su busca sonó de nuevo. Tenía que irse. Los miró una última vez, cerró la puerta y se marchó por el pasillo.

Aun así, la idea de que Hana iba a saber toda la verdad inquietaba mucho a Lex. ¿Qué iba a hacer ella después de saberlo todo, cómo reaccionaría? Su padre podría perderla para siempre. Y eso a Lex le daba miedo. Sabía lo que Hana había sido para su padre en los últimos años. Él no había vuelto a estar gravemente deprimido ni a tocar las drogas desde que la conoció, ella lo ayudó con eso, igual que él la ayudó a ella a desintoxicarse también.

Pese a todo, Lex decidió darles su tiempo y pidió a sus compañeros de trabajo que no interviniesen en esa habitación.









32.
La discordia de Lex

Hace un par de horas, antes de ir a recoger a Yenkis al colegio, cuando Neuval dejó a Hana sobre la cama de la habitación a la que le condujo Lex en el hospital, ella seguía inconsciente. Lex fue el único que habló en todo el rato, pero sólo para relatar el diagnóstico de Hana, la cual, aparte de la contusión en la cabeza, tenía la tensión mal y le iban a suministrar un medicamento para estabilizarla. Según dijo Lex, en una hora más o menos podía despertar. Y ya habían pasado tres cuartos de hora, sin embargo, Neuval quería llegar antes.

Después de que Lex dijese lo del medicamento, no volvió a abrir la boca, concentrado en su trabajo, ignorando la presencia de su padre en la habitación, pero este se marchó al darse cuenta de que Yenkis iba a estar solo y que tendría que hacerle la comida. Se suponía que iría a recogerle, a hacerle la comida y a marcharse de nuevo, no a complicar más la situación.

Por eso, el Fuu estuvo todo el camino al hospital en coche frotándose continuamente las sienes con agobio, preocupado por Yenkis, preocupado por Hana, preocupado por Lex... No pasaba nada, calma, se dijo. Había que ordenar las cosas y tratarlas una a una, estudiar la situación, las consecuencias de los actos que iba a realizar a partir de ahora con este asunto.

A Neuval le daba un poco de rabia. No, no podía permitirlo, la rabia era un mal innecesario. La peor enemiga de su iris. Otra vez, esas palabras... ¿Y si...? ¿Y si Hana no hubiera visto nada? No... ¿Y si Yenkis no hubiera nacido iris? No, no... ¿Y si Katya no hubiera muerto? Tampoco... ¿Y si Jean nunca hubiera matado a…?

Jean, de alguna u otra manera, había sido el origen de todo aquello. Rabia. Vamos, ni pensarlo. Llevaba siendo un iris desde hace más de 30 años, había hecho de todo, luchado por y contra todo tipo de cosas. No debía tolerar, ya a estas alturas, que un sentimiento le dominase.

Cuando dejó el coche en el aparcamiento del hospital, se deshizo de la inquietud, de la preocupación y de la rabia. Era un iris, ante todo, cabeza fría, controlador de las situaciones, su mente era superior a la de un humano.

—¿En qué puedo ayudarlo? —preguntó una vieja mujer de cara simpática tras el mostrador de recepción.

—Vengo a ver a la paciente de la 246 —contestó.

—Oh, sí... —asintió, mientras tecleaba en su ordenador—. Ahora está en observación. Ya está estable.

—¿Ya ha despertado? —saltó.

—No, no... —sonrió con calma—. Que ya está bien, sus constantes.

—Ah...

—¿Es su marido?

—Pareja.

—Oh, de acuerdo —la señora señaló la pantalla de su ordenador—. Ya dejó usted antes sus datos, sí. Paciente: Hana Kotobuki. Y usted es Neuval Vernoux, cómo no. Es un placer volver a tenerle aquí. Podría haberme dicho su nombre desde el principio, señor —rio amablemente—. Voy a llamar ahora al doc-...

—Nooo... —susurró Neuval al instante.

—... -tor Vernoux para que lo acompañe.

—Mierda —murmuró de nuevo.

—Puede ir a ver a la paciente ahora, después irá su hijo, señor Vernoux. Pase usted —le indicó amablemente.

Neuval hizo un gesto resentido como si fuese un niño al que acababan de castigar y se fue a los ascensores para subir a la segunda planta. Al llegar frente a la habitación, observó a Hana antes de entrar, a través de la ventanilla de la puerta. La mujer parecía dormir apaciblemente, y Neuval no pudo evitar sentirse agradecido por Lex. Hana se había llevado un buen golpe. Y un terrible disgusto. ¿Quién sabe? De haber visto a Neuval morir de verdad tras una caída de un piso 47 por culpa de esos intrusos, Hana podría haberse convertido en iris. Afortunadamente, se había librado de eso.

Pasó adentro, cerrando tras él, se sentó en el borde de la cama y la contempló en silencio. Justo cuando fue a posarle una mano en la frente, la puerta de la habitación se abrió y apareció Lex, con su bata blanca, sus elegantes gafas y una carpetita en un brazo, y su porte serio y profesional.

—Me han informado de que has venido —le dijo mientras cerraba la puerta.

Neuval asintió en silencio y volvió a observar a Hana. A partir de ahí la estancia se vio envuelta por un silencio largo, ni cómodo ni incómodo. Sin embargo, a los pocos segundos, Neuval empezó a agobiarse mucho, rodeado de máquinas, de enfermos, de jeringuillas, de médicos y enfermeros pasando por el pasillo de fuera, de ese insoportable olor típico de los hospitales. Hacía frío, y aun así Neuval tuvo que secarse el sudor de la frente y cerrar los ojos, sufriendo un pequeño mareo.

Lex permaneció ahí de pie viendo lo pálido que se estaba poniendo.

—No es buena idea que estés aquí —le dijo el joven médico—. Vas a acabar desmayándote...

—Estoy bien —interrumpió Neuval, respirando hondo varias veces.

—No lo estás. Estás a punto de vomitar —Lex cogió el cubo de la papelera que había en un rincón y lo acercó hasta él.

—Ayudaría mucho... —cerró los ojos—... que te quitases la bata.

Lex se miró a sí mismo. Era cierto, había olvidado quitársela al entrar en la habitación. Pero como su padre aguantó bastante bien en la anterior visita de hace una hora, supuso que seguiría sin haber problema ahora. No era así. Neuval podía aguantar ciertas cosas de los hospitales, pero hasta un límite.

—Ya está. Ya me la he quitado. Puedes volver a abrir los ojos —le indicó Lex, sentándose en la butaca que había junto a la ventana, al otro lado de la cama—. Aunque creo que sería mejor hablar fuera, en la calle. Puedo llamar a una enfermera para que se quede aquí vigilando...

—No. Quiero estar aquí hasta que se despierte —Neuval volvió a abrir los ojos, pero solamente para seguir mirando a Hana.

Lex dejó de insistir. Hubo un largo rato de silencio. Neuval sabía perfectamente que Lex había venido a la habitación para que le explicara qué había pasado. No tenía por qué contarle nada, ya que había sido un asunto iris y Lex, como humano externo a la Asociación, no tenía autorización para informarse de estas cosas. Sin embargo, Neuval no tenía más remedio. Se lo debía. Si Hana ahora estaba bien era gracias a él.

Al final, Lex se cansó de esperar y rompió el silencio él mismo.

—Quisiera...

—Que te contase lo que ha pasado —dijo Neuval, sin levantar la cabeza.

—Bueno... sí. Al menos...

—Si ha sido culpa mía o no —volvió a adelantarse.

Lex frunció el ceño, inclinándose hacia él con recelo.

—¿Estás leyéndome la mente con tu Técnica?

—Contigo no me hace falta.

Lex suspiró por la nariz y volvió a recostarse sobre el respaldo, cruzándose de brazos y mirando a otro lado, molesto.

—No es porque el peligro hubiese ido a ella, sino porque ella misma se ha involucrado en el peligro —comenzó a explicar Neuval—. El caso es que un grupo de personas con las que tenía un asunto pendiente… que resultaban ser almaati desertores… me cazaron por sorpresa en mi propio despacho y...

De repente dejó de hablar. Hizo una pausa repentina. Porque aquí, Neuval recordó la razón detrás del ataque de esos excooperadores: Izan. Y se dio cuenta de con quién estaba hablando ahora. Debía tener cuidado. Quería ser honesto con Lex, excepto por ese dato. Bajo ningún concepto quería decirle que Izan había vuelto a dar señales de vida y que estaba en la ciudad, porque entonces tendría que revelarle que quien había regresado no era su tío Ichi, sino un Izan diferente y terrible que ya no era un iris. Neuval sabía que Ichi había sido para Lex su más querido e íntimo amigo desde que nacieron el mismo día, hasta que él se esfumó a los 18 años. Decirle que se había convertido en arki, era como decirle que Ichi había muerto.

—Justo cuando se me echaron encima y salimos por la ventana —retomó Neuval la conversación—, Hana logró entrar en el despacho y fue directamente a enfrentarse a una de los atacantes que seguía ahí. Antes de recibir un empujón con el que acabaría golpeándose la cabeza y perdiendo el conocimiento… llegó a ver cosas.

—¿Sólo el evento de tu caída, o también más cosas? —quiso saber Lex, sin esconder un tono irritado.

—Vio más cosas.

—Ya me lo imagino. Hana ha pillado a Fuujin haciendo lo que Fuujin mejor sabe hacer. ¿Te vio aniquilando a alguien? ¿Volando de un lado a otro destrozando cosas? ¿Divirtiéndote como un niño quemando hormigas con una lupa?

La sala se quedó en silencio. Lex pretendía ser irónico, pero Neuval captó perfectamente ese tono desdeñoso y no le gustó nada. Por eso, Lex se estremeció un poco cuando se dio cuenta de que su padre lo miraba de un modo muy severo.

—Sé que estás cabreado y que te da rabia que una persona inocente como Hana haya tenido que sufrir esto. Pero no me hables de esa manera.

Lex no se atrevió a contestarle. Su padre podía parecerle a veces un loco, un poco infantil y despreocupado, pero cuando se ponía serio y no estaba para bromas, le recordaba dónde estaba su lugar. Miró al suelo, un poco incómodo y avergonzado, reconociendo que se estaba pasando de irrespetuoso.

—Este descuido no puedo volver a permitírmelo —murmuró Neuval, mirando a Hana con pesar.

—¿Crees que podrás cumplir con eso? —preguntó Lex, insistiendo en mostrarle su descontento—. Tienes que decirme si tengo que prepararme para más incidentes como este, porque en este hospital todos saben que soy tu hijo, ya que este hospital usa tu tecnología, y no puedo dejar que la gente vea, sospeche o haga preguntas que no debe cuando alguien viene aquí por un incidente iris. Si la gente te pilla actuando como un criminal chiflado…

Neuval lo miró de golpe con cara molesta.

—Reconoce que toda tu vida has sido un chiflado —se defendió Lex.

—Un chiflado que toda la Asociación respeta —apuntó Neuval.

—Si la gente te reconoce mientras haces este tipo de cosas inhumanas —continuó Lex—, aquí todos mis compañeros me acorralarán y me avasallarán con preguntas sobre ti. Puede llegar hasta tal punto de que algún policía curioso se acerque a mí. Y sabes que los del Gobierno, los que llevan el caso de los de tu especie, pueden utilizar métodos secretos para averiguar la verdad. Lo que quiero decir es que no quiero que lleguen hasta mí, porque yo soy un humano que está muy estrechamente relacionado con los iris más buscados del planeta y que sabe quiénes sois, que contiene información, y que por mi culpa te pillen a ti, al abuelo, al tío Brey… y a tus compañeros.

—¿Por qué dices “los de tu especie”? —preguntó Neuval, que no lo había pasado por alto.

—¿Has oído todo lo que te he dicho?

—No somos una especie aparte, Lex. ¿Por qué nos ves así? Tus tíos, tus abuelos, y primos... casi toda tu familia, tanto de sangre como adoptiva, son iris. ¿Cómo te atreves a desvincularte de ellos usando esos términos o expresiones distantes?

—¿Que yo me desvinculo de ellos? ¡Me desvinculaste tú!

—¡Hace ya siete años de eso!

—Mira... No quiero volver a tener esta conversación por vigésima vez, ¿vale?

—Yo sí —replicó Neuval—. Tu problema es que tienes una percepción de ti mismo muy equivocada.

—¿¡Cómo dices!? —saltó incrédulo—. Soy probablemente el único miembro de toda esta familia que tiene la cabeza mejor amueblada. Sé muy bien lo que soy y cómo soy, y soy un humano normal y corriente que lo tiene todo en orden y no crea problemas a nadie.

—No tienes ni idea —negó Neuval—. Hablas como si tu "yo" actual sólo se redujera a los últimos siete años en los que te rodeaste de normalidad y orden, te independizaste, terminaste tu carrera, comenzaste tu trabajo y tu vida social era la típica de cualquier humano. Y te colocaste dentro de ese marco como si hubieras nacido de él, olvidando el resto de tu vida anterior. Te metiste en ese marco y te convenciste de ser un simple humano normal.

—Ser más inteligente que la media en mi profesión también es normal para un humano, ¿sabes?

—No me refiero a eso.

—Y mis manías con la comida.

—Tampoco. Te crees muy diferente de los iris y de sus anomalías y rarezas y presumes de ser el más normal de la familia cuando eres igual de raro que el resto. Tú eres más de lo que crees que eres.

—No sabes lo que dices.

—¿Que no sé lo que digo? ¿Con quién te crees que hablas? Yo te he criado desde el día en que naciste. Era yo quien te cuidaba día y noche durante tus primeros dos años de vida, cuando tu madre era la única que podía salir a trabajar y yo aún estaba terminando mis estudios. Y después de eso seguí criándote, enseñándote cosas, observándote, compartiendo todo contigo, conociendo absolutamente todo de ti. Ya desde bebé ocurrían cosas raras contigo. No buenas ni malas, simplemente extrañas, asombrosas.

—No es la primera vez que me cuentas esto, pero nunca me dices qué tipo de cosas raras son exactamente. Cuando nació Yenkis y se descubrió que nació con un iris, fue cuando mamá y tú pensasteis que mis supuestas rarezas podían deberse también a un iris genético que no se manifestaba y me llevasteis a que Alvion y Denzel me analizaran. No sólo Alvion y Denzel confirmaron que no tenía nada que ver, sino que confirmaron que no pasaba absolutamente nada fuera de lo normal ni con mi energía humana ni con mi biología y genética humana. Lo único que sé es que Alvion me dijo: "A pesar de que eres humano, hay algo en ti que me recuerda mucho a alguien". Y ya. Eso fue todo. Así que deja ya de mencionar esas rarezas que según tú yo poseo o tenían algo que ver conmigo.

—La Técnica de Borrado de Memoria que te hice... —insistió.

—Me la hiciste mal —interrumpió Lex, sabiendo lo que iba a decir—. Y por eso ese borrado sólo me duró dos días. No hay otra razón. Por eso me desvinculo de los iris y de vuestro mundo, porque no soy como vosotros. Mi vida y mi mundo son estos, ocupándome de problemas humanos con mi trabajo humano y mis normales capacidades humanas.

Neuval cerró los ojos y dio un pequeño suspiro, sin insistir más. Había estado dudando sobre si contárselo o no, el tipo de anomalías y rarezas que Lex había presentado desde que nació. No eran muchas, pero ahí estaban. Pero como a día de hoy no se había logrado encontrarles explicación, y Lex estaba tan obcecado en defender que sabía perfectamente quién era y la vida que había elegido tener tras la muerte de su madre, alejándose totalmente de cualquier asunto de los iris y la Asociación, prefirió no decírselo.

Lex no odiaba a los iris, sino los asuntos iris. Por eso no tenía problema alguno en quedar de vez en cuando con su abuelo Lao, o con su tío Brey, o con cualquier otro familiar, amigo o conocido que fuera iris. Lo que no quería era involucrarse en sus temas iris o de la Asociación.

Lo que a Neuval le daba rabia es que Lex negara esa parte de sí mismo que nació y creció con los iris y la Asociación formando parte de su vida, formando parte de la normalidad de su vida. Un Lex que, aunque no fuera miembro de la Asociación, se interesaba, se involucraba, se enorgullecía de sus familiares iris, y él mismo adoptaba ese espíritu o esa inspiración a su vida humana. Él antes vivía uniendo esos dos mundos. Pero si ahora no era así, Neuval sabía que había sido por su culpa. Como Lex había dicho, lo que hizo hace siete años le salió mal.

—Por eso, quiero saber desde ya mismo si debo prepararme para más incidentes en los que tengas que involucrarme inevitablemente, como ahora. Cuando el herido es un miembro de la Asociación, se encargan los iris curanderos o los monjes, dependiendo de la gravedad. Pero cuando el herido es un humano inocente que desconoce la existencia de la Asociación, es a un hospital humano a donde tenéis que llevarlo, y si la causa ha sido un gran incidente iris con muchos testigos o que pueda llamar la atención de la policía, soy el único médico que conoces en el que puedes confiar para guardar el secreto o desviar la atención de los curiosos o de la policía.

—Mm… también está Kanon —murmuró rápidamente, mirando para otro lado.

—Tu amiga Kanon trabaja en otro hospital en otra ciudad —discrepó Lex—. Y es genetista. No se encarga de este tipo de dolencias.

—Escucha —le cortó Neuval—. Ni yo quiero involucrarte ni tú tienes que involucrarte en nada. Si estás aquí ocupándote de lo que le ha pasado a Hana es porque el enfermero te ha llamado a ti, no yo. La próxima vez iré a otro hospital aunque esté algo más lejos. De hecho, si tan molesto estás, ¿por qué no te vas? ¿Por qué sigues aquí?

—¿Rechazas mi ayuda?

—Rechazo tus quejas. Tus críticas. Tú decides si me ayudas o no. Podría estar aquí otro neurólogo cualquiera atendiendo a Hana y no cuestionándome lo que hago o cómo lo hago. Así que no, no esperes más incidentes como este por mi parte. Ya he comprendido que ha sido un error venir aquí.

—¡El error es haber dejado que alguien inocente saliera herido de tus asuntos iris! —se enfadó Lex.

—¡Si no fuese un iris, Hana podría haber tenido igualmente un accidente como este, por una simple caída, o un accidente de coche, o un ataque de un delincuente! —se enfadó Neuval también.

—¡Pero es que lo eres, papá! ¡Y precisamente porque eres un iris, esas cosas no le tienen que pasar a Hana nunca! Ni a ella ni a nadie cercano a ti.

—¿¡Te crees que es fácil!? No soy un iris perfecto.

—Exacto. No eres perfecto. Lo que eres es poderoso, y ser poderoso te hace arrogante, confiado, impulsivo y emocional. Y por eso Hana está aquí. Y por eso, pones en peligro a la gente humana relacionada contigo, como ella, como yo, y por ende te pones en peligro a ti mismo y a los tuyos. Si una de las razones por las que has vuelto a la Asociación es por tener un mejor control de ti mismo y de lo que te rodea, contrólalo, maldita sea. Da gracias a que la policía no haya tenido noticia alguna del incidente que has tenido hoy.

—¡Vale ya, Lex! —exclamó Neuval de repente con fuerza, levantándose y girándose hacia él con una cara notablemente irritada, y molesta, y triste—. Todos corren peligro a mi alrededor. Y soy un iris defectuoso, emocional, enfermo... No controlo las cosas como debería, atraigo los problemas y las catástrofes. Todo esto lo sé desde que tengo memoria, ¡lo sé perfectamente y no necesito que me lo repitan todas putas veces que pasa algo! Ya te he dicho que evitaré más descuidos como este, y que no volveré a acudir a ti cuando pasen ni te involucraré ni a ti ni a este hospital. Yo ya te he agradecido que hayas tratado a Hana, y tú ya has dejado claro lo que piensas. Así que ¿¡qué más quieres de mí!? ¿¡Por qué sigues aquí insistiendo en machacarme con lo mismo de siempre!? ¿¡Qué más puedo hacer para que dejes de odiarme!?

Neuval hizo una pausa para respirar. Tenía los ojos vidriosos. Pero Lex le devolvía la misma mirada vidriosa, enfadada y triste. Él también se levantó de la butaca y se puso firme.

—¿Eso piensas que siento hacia ti? ¿Odio? Jamás en mi vida te he odiado. Ni nunca podría hacerlo. Y que pienses que yo soy capaz de tener un sentimiento tan horrible hacia ti es otra muestra del problema que todavía eres incapaz de ver. Nadie me conoce mejor que tú, eso es cierto. Pero está claro que no me conoces por completo. Como me demostraste hace siete años.

Tras decir eso, Lex dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

—Espera... ¿a qué te refieres? —se sorprendió Neuval, pero el joven médico ya agarró la manilla de la puerta—. ¡Lexien! ¡Para! —lo detuvo, agarrándolo del codo y obligándolo a girarse—. ¡Háblame!

—Este no es el momento ni el lugar.

—¿¡Y cuándo lo es!? Hace tiempo que me rendí y dejé de llamarte por teléfono, de intentar visitarte a tu casa, de intentar quedar contigo, contactar contigo, de perseguirte, de insistirte, de suplicarte... porque no había manera de que accedieras o respondieras. Y en las pocas coincidencias durante el año, en Navidad, en el cumpleaños de tus hermanos, en visitas a tus abuelos... era imposible tener un momento a solas. Este es el mejor peor momento que he tenido en años. En el lugar que más terror me produce en el mundo, con alguien muy importante para mí ahí al lado postrada inconsciente en una cama, en una estancia privada y nadie más alrededor. No puedo dejarte salir por esa puerta. Estoy desesperado.

Lex no dijo nada por un rato. Miraba al suelo, notando cómo su padre le apretaba más el brazo.

—Desesperado, ¿por qué exactamente? ¿Por recuperar una buena relación conmigo?

—Por entender cómo te sientes —corrigió Neuval—. Eso es lo que llevas todo este tiempo esperando de mí. No mis docenas de disculpas, ni mis súplicas, ni regalos, ni atenciones. Una de tus rarezas es precisamente lo difícil que es leerte. Ni el iris más experto, ni siquiera Alvion, son capaces de hacerlo. Tu mente es como una fortaleza inquebrantable. Sé que yo debería ser el mejor del mundo en entenderte por haber estado prácticamente pegado a ti desde que naciste. Pero... está claro que hay algo que no soy capaz de ver. Y no dejo de intentarlo. Ayúdame, Lex. Ayúdame a entender por qué tienes ese cuchillo tan clavado. Conoces todos los riesgos que existían en esa época si te dejaba seguir sabiendo todo sobre la Asociación y los iris

—¿Y por qué no volviste a borrarme la memoria? ¿Por qué no volviste a intentarlo? ¿Por qué me dejaste ir tras el primer intento fallido, sabiendo que me iba con todo lo que conocía de vosotros, con todo aquello que el Gobierno trata de descubrir?

—Era peligroso volver a realizarte la Técnica. Pero la principal razón, es porque nunca te había visto tan… tan roto por dentro... Prefiero morir o que el Gobierno me pille, antes que volver a verte así.

A Lex le consternó esa respuesta, porque sabía que era la verdad. No sabía qué decir.

—No entiendo por qué te enfurece tanto… —continuó Neuval—… que haya intentado borrarte la memoria, sabiendo que fue para protegernos después de todo el caos que surgió tras la muerte de tu madre.

Lex se movió un poco, haciendo que su padre le soltara el brazo, y se quedó cabizbajo.

—No estoy enfadado… —murmuró—. Lo que me siento es defraudado. Y traicionado.

—La seguridad de la familia es más importante que eso...

—¡No terminas de entenderlo, papá! —le interrumpió, mirándolo a los ojos—. Borrarme la memoria no es lo que me dolió. Es que lo hicieras sin decírmelo.

—¿Decírtelo? —se sorprendió—. ¿De qué habría servido si luego no te acordarías?

—¡Bueno, pues resulta que luego me acordé! Falló la Técnica en mi mente y recordé lo que habías hecho. Recordé cómo me la hiciste. Y viniste sin más hacia mí, sin decirme ni una palabra, sin hablarlo conmigo. Por mucho que tú contaras con que yo luego no recordaría nada… pudiste al menos hablarme de ello primero y preguntarme qué opinaba… pudiste al menos dejarme decirte que podías contar conmigo.

Neuval se quedó callado. Seguía sorprendido, porque esta era la primera vez que Lex le aclaraba el verdadero motivo de su decepción. ¿Por qué hasta ahora nunca le había dicho esto? Tal vez Lex esperaba que algún día Neuval lo acabara entendiendo por sí mismo. Que se diese cuenta él solo. O tal vez porque a Lex le avergonzaba un poco explicarle que parte del motivo era que él, un simple humano normal, esperaba que su padre, un importantísimo iris veterano con mil batallas a sus espaldas, contara con su humilde ayuda y con su irrelevante opinión humana.

Entonces, al fin Neuval entendió que lo que destrozó a Lex no fue sólo borrarle la memoria sin su permiso, sino que eso precisamente le hizo sentirse insignificante para él.

Y esto tenía una especial importancia para Lex, por el tipo de relación que había tenido con su padre toda su vida. Por mucho que Lex creciera con un carácter serio, más bien parecido a su madre y a su abuelo materno, y viera que su padre estaba un poco loco, siempre lo tuvo en un pedestal. Cleven no nació hasta que Lex tenía 9 años, por lo que prácticamente pasó toda su infancia siendo hijo único. Y Neuval le dedicó a él más tiempo que a nadie.

Lex lo aprendió todo de sus padres. Su madre le enseñó la importancia de la disciplina y el deber, de cuidarse su mente y su cuerpo, de cómo gestionar sus emociones, comprender por qué a veces se enfadaba o estaba triste, saber comunicarse y resolver las cosas tanto solo como pidiendo la ayuda de los demás. Le enseñó cómo cuidarse y vivir en el entorno más inmediato, el mundo interior. Su padre le enseñó más cosas sobre el mundo exterior: cómo funcionaba el mundo, cómo era la humanidad, los peligros que existían, y la importancia de cómo saber tratar a los demás. Le enseñó a ser valiente en muchas cosas. Cada vez que causaba algún problema o le rompía algo a otra persona, Neuval siempre le hacía ponerse delante de la otra persona, mostrar respeto y disculparse por su error, y después de hacerlo, lo felicitaba y le decía que se había ganado su respeto. Igual a como Lao le enseñó a él.

Neuval también le enseñó a luchar, manejar armas y cómo actuar en situaciones de peligro o crisis. Crisis como la que asoló a la familia tras la muerte de su madre. En esas fechas, Lex veía que su padre estaba planeando un cambio inminente, dado el preocupante misterio de los asesinos de su mujer y dada la terrible destrucción que su majin llegó a desatar por medio Japón. Lex simplemente esperaba que su padre le explicase lo que quería hacer para proteger a la familia. Que contase con él, tal como lo había entrenado, tal como le había enseñado toda su vida. Lex estaba preparado para demostrarle que era capaz de cualquier cosa para proteger a su familia, incluso si tenía que sacrificar su relación y sus lazos emocionales con los Lao, incluso si tenía que quedarse meses cuidando él solo de sus hermanos pequeños porque su padre tenía que ir al Monte Zou a someterse a un largo tratamiento para reducir su majin. Y Neuval nunca le dio esa opción.

¿Por qué había tardado tanto tiempo en darse cuenta? ¿Por qué no lo había visto hasta que Lex se lo había dicho hace unos segundos? Neuval era un iris y además era increíblemente inteligente. Y se le había escapado este detalle sobre el funcionamiento emocional lógico de su propio hijo. Y lo entendió como un golpetazo fuerte porque se imaginó a sí mismo en su lugar. Si Lao le hubiera hecho algo parecido a él, no contar con él ante una crisis familiar cuando Neuval estaba cien por cien dispuesto a ayudar, borrarle la memoria como si borrase un simple problema más… Sí… Eso dolía.

—Lex… Eres el humano más fuerte que conozco.

—Hah… —suspiró este, sentándose de nuevo en la butaca y apoyando la frente en las manos. Agatha le dijo lo mismo la otra noche, que su padre pensaba eso de él, pero Lex no lo creyó de verdad—. Venga ya, papá, esa mentira no me va a hacer sentir mejor.

—No tengo más mentiras para ti desde hace siete años.

Lex levantó la vista, frunciendo el ceño. Hacía mucho tiempo que no veía esa mirada tan seria y firme en esos escalofriantes ojos casi blancos de su padre.

—Los almaati son humanos y pueden hacer más…

—Tú eras un humano… —le interrumpió Neuval—… que acababa de perder a su madre de forma inesperada, injusta y sin explicación. Y, aun así, estuviste encima de tus hermanos, haciéndoles la comida, bañándolos, atendiéndolos, haciendo todo lo posible por que su rutina siguiera siendo lo más normal posible… mientras todo lo demás a tu alrededor era caótico y yo me volvía loco sin saber cómo vivir sin tu madre. Estuviste caminando detrás de mí día y noche, esperando que te pidiera ayuda, preparado para ayudarme. Esperando que me sentara contigo en una mesa para conversar. Eras el único de toda la familia Lao y Vernoux que permaneció de una pieza a pesar de que por dentro estabas hecho pedazos igual que los demás. Y no lo vi… —murmuró cabizbajo.

Lex no dijo nada, pero miró a otra parte para contener el nudo que se formó en su pecho y las lágrimas en sus ojos.

—Probablemente me avergonzaba pedirte ayuda —continuó Neuval—. Desde que terminé mi entrenamiento iris a los 12 años, siempre me creí el más fuerte e invencible. Siempre me vi a mí mismo como el único que podía y sabía proteger a los demás y solucionar los problemas de los demás. A pesar de que siempre fui un desastre para protegerme a mí mismo y solucionar mis propios problemas. Qué hipócrita de mi parte. Ayudé a docenas de humanos a salir de pozos de miseria, de tristeza o depresión, enseñándoles a intercambiar las pastillas por proyectos, metas y logros… y luego yo me metía esas mismas pastillas para huir de mis propias pesadillas y defectos —miró a Hana, aún dormida en la cama, recordando que gracias a ella volvió a dejar las drogas hace tres años—. Pensé, “qué mierda de padre debo de ser para pedirle a mi hijo que me ayude a hacer algo que yo debería saber hacer solo”. Pero ese orgullo, que nace de la vergüenza… —suspiró pesadamente—… no ayuda a nadie al final.

Lex siguió en silencio. Pero esta vez, por primera vez en años, sentía algo diferente.

—Quiero que sepas que, si no te pedí ayuda, no fue porque te subestimara, Lex. Sino porque me daba vergüenza reconocer que en ese momento tú estabas siendo el más fuerte de todos y yo el más débil. Debí acudir a ti. Debí contarte mi decisión de borraros la memoria a Cleven y a ti y separaros de la familia Lao y de la Asociación. Espero que puedas perdonarme algún día.

Quizá esto fuera lo que Lex más había esperado oír en siete años. En su persistente silencio intentaba seguir conteniendo lo que de verdad sentía por dentro ahora mismo. Porque no era tan fácil, sobre todo cuando habían sido muchos años cargando con un mismo sentimiento, cambiarlo ahora de repente a pesar de que el motivo para cambiarlo había llegado. ¿Por qué para Lex seguía sin ser suficiente? Por desgracia, la respuesta estaba ahí mismo. Hana.

Lex no podía soportar la idea de que ahora iba a ser Hana. Una mujer que no había hecho más que ayudar a su padre y a sus hermanos, esforzándose por esa familia y en ese trabajo en Hoteitsuba que Neuval le dio.

—Y aun así el problema persiste —murmuró Lex.

Neuval lo miró al oírlo, confuso. Lex levantó la cabeza, volviendo a tener esa expresión fría.

—Antes te dije que te llamaría cuando Hana se despertara —le explicó el médico—, pero tú dijiste que vendrías antes. Solamente te has ido para asegurarte de que Yenkis volvía a salvo a casa y tuviera algo de comida hecha, pero desde el principio pretendías estar aquí antes de que Hana despertara porque no quieres darle ni un segundo de tiempo para acordarse de lo que ha visto.

—Porque no puedo dejarla despertando aquí en esta habitación sola, confusa y traumatizada —le corrigió Neuval, molesto.

—¡Porque le quieres borrar la memoria en cuanto confirmes que se acuerda de todo!

—¡Lex! —se enfadó.

—¡Está confusa y traumatizada por ti! ¡Verte a ti nada más despertar es lo que va a trastornarla más! ¡Así que no me digas que estás aquí para calmarla, estás aquí para borrar literalmente tu error! Al fin ha llegado el día en que Hana se convertirá en una víctima más de tu Técnica. Porque así es como Fuujin soluciona las cosas, ¿verdad?

Había palabras que podían causar más dolor a unas personas que a otras. Esas en concreto fueron bastante hirientes para Neuval.

—Mucho criticar a los iris, Lex, pero tú te has vuelto un completo insensible —le dijo enfadado, pero con ojos vidriosos, y volvió a apartar la mirada hacia Hana.

Lex puso una mueca contrariada y sorprendida. Tal vez eso era cierto. Sin embargo, quizá también era cierto que, a veces, unas palabras hirientes eran necesarias para despertar algo, producir un cambio. Porque Neuval ahora sentía una duda nacer dentro de él sobre una decisión que ya había tomado con convicción. ¿Y si…? ¿Y si se toma otro camino al esperado?

Había un secreto en el mundo que pocas personas ya muertas y sólo una que seguía viva en Francia conocían. Incluso Lao seguía sin resolver el misterio desde el día en que conoció a Neuval, a punto de quitarse la vida sobre unos sucios cartones en un mugriento callejón. Neuval nunca fue un humano como los demás ni tampoco a día de hoy había logrado ser un iris como los demás, a pesar de sus esfuerzos, porque él había nacido siendo algo muy diferente que ni siquiera las personas más sabias o antiguas como Alvion, Agatha y Denzel comprendían. Ir contra el sistema o las normas convencionales, salirse de la línea tradicional, o de lo lógico, o de lo esperado; romper con el bucle o el estancamiento; ser el primero en hacer, demostrar o alcanzar novedades nunca antes vistas…

Neuval era un agente del cambio. Y todo empezaba con pequeñas cosas.

Lex intentó decir algo para excusar sus duras palabras hacia su padre, pero Neuval habló antes.

Désormais, je n'aurai plus à être prudent avec Hana —dijo con firmeza. (= A partir de ahora, no hará falta que tenga cuidado con Hana.)

De quoi parles-tu? —se extrañó Lex. (= ¿A qué te refieres?)

Neuval no contestó.

—¿Qué vas a hacer? —Lex se empezó a alarmar.

En ese momento, Hana ya estaba abriendo los ojos. Neuval la agarró más fuerte de la mano y Lex se levantó rápidamente del sillón, sacando una pequeña linterna. Se inclinó hacia Hana y, abriéndole los párpados con cuidado, iluminó sus pupilas.

—Estable —afirmó Lex, volviendo a guardar la linternita.

Hana parpadeó varias veces con molestia y después abrió los ojos del todo. Primero miró a su alrededor con aturdimiento, y luego su mirada se quedó fija en los ojos de Neuval. Empezó a respirar con nerviosismo.

—¿¡Neu...!? —murmuró, con una cara al borde del llanto, soltándose enseguida de su mano.

El hombre la miró con pesadumbre. Se esperaba una reacción similar. Comprendía cómo debía de sentirse. El busca de Lex comenzó a dar pitidos.

—Tengo que irme —declaró el médico, leyendo el mensaje de su aparato.

Hana reparó en él, y por impulso se incorporó un poco sobre la cama, alerta.

—Lex... —se sorprendió—. ¿Pero qué...?

—Hana, tranquila, ya estás bien —la tranquilizó el joven—. Trata de no moverte mucho, ¿de acuerdo? Aún estás adquiriendo el medicamento para la tensión.

Hana entonces se quedó quieta, pero seguía confusa. Intentaba recapacitar y entender la situación, mirando sin parar a uno y al otro. Pasaron unos segundos de silencio, en los que Neuval y Lex cruzaron una mirada, y entonces Lex se dispuso a salir. Sin embargo, al girar el pomo y abrir la puerta, se detuvo un momento. Tenía que saberlo. Volvió la cabeza y los observó. Neuval estaba observando fijamente a Hana. Ella empezó a negar con la cabeza, consternada.

—¿Quién eres? —le preguntó—. ¿Quién eres en realidad, Neuval? ¿Cómo puedes seguir vivo? Te vi… caer… y luego… te vi hacer algo que no… no es posible…

Lex vio que su padre abría la boca, pero en vez de decir algo, sólo respiró entrecortadamente, sin dejar de mirarla. Estaba nervioso. A Lex le aumentó la intriga. «¿Qué va a hacer?» se preguntó, aún con la mano sobre el pomo.

—Hana... —susurró Neuval.

Lex vio que estaba levantando una mano hacia la cara de ella. «¿Qué va a hacer?» se repitió, «¿Va a…?».

—Por favor. Cierra los ojos un momento —continuó Neuval.

Le cerró los ojos con los dedos y después los tapó completamente con la palma. Hana se mantuvo totalmente quieta, confusa, nerviosa, sin entender, asustada... «A borrarle la memoria» pensó Lex. «No me esperaba otra cosa. Así se soluciona todo, ¿no? Así es como papá soluciona las cosas». Lex no quería verlo, así que apartó la mirada y dio un paso hacia fuera.

—¿Qué vas a hacer? —oyó preguntar a Hana.

Lex giró la cabeza de nuevo. Neuval seguía tapándole los ojos, pero no hacía nada. Hana seguía como antes. «¿A qué espera?» se preguntó el joven. Cuando Neuval empezó a bajar la mano lentamente, y Hana abrió los ojos, Lex se quedó perplejo.

—¿Qué ha pasado en la empresa? —insistió Hana—. Dímelo. Necesito saberlo.

—Hana —dijo Neuval—. Voy a contarte algo.

La mujer frunció el ceño.

—Primero te confesaré algo —continuó—, y después te explicaré por qué, cuándo, cómo y lo demás. —Aguardó unos segundos y empezó—: No soy humano.

Lex se quedó más boquiabierto. «¿Cómo?» saltó. ¿Qué le iba a contar? ¿La verdad? ¿Iba en serio? ¿Se la iba a contar? Eso sí que Lex no se lo esperaba. No obstante, no tenía tiempo para aclarar su desconcierto, pues su busca sonó de nuevo. Tenía que irse. Los miró una última vez, cerró la puerta y se marchó por el pasillo.

Aun así, la idea de que Hana iba a saber toda la verdad inquietaba mucho a Lex. ¿Qué iba a hacer ella después de saberlo todo, cómo reaccionaría? Su padre podría perderla para siempre. Y eso a Lex le daba miedo. Sabía lo que Hana había sido para su padre en los últimos años. Él no había vuelto a estar gravemente deprimido ni a tocar las drogas desde que la conoció, ella lo ayudó con eso, igual que él la ayudó a ella a desintoxicarse también.

Pese a todo, Lex decidió darles su tiempo y pidió a sus compañeros de trabajo que no interviniesen en esa habitación.





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