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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









37.
Tarde de juegos

—Padre, estoy agotada —jadeó Naminé, apoyándose en un árbol en mitad de una calle bulliciosa.

Denzel se detuvo y se volvió hacia ella. Frunció los labios, meditabundo, y echó un último vistazo a los alrededores. Después se acercó a ella y la rodeó con un brazo. Anduvieron hasta un callejón solitario y, en un parpadeo, desaparecieron. Un segundo después, reaparecieron en el piso de Denzel, en el salón. Naminé se sentó en el sofá, abatida.

—Lo siento. Normalmente tengo energía para encargarme de cualquier cosa. No sé qué me pasa…

—Yo sí. Llevas un día entero acumulando tensión y no has dormido ni un minuto después de un viaje de doscientos años. Ni siquiera lo haces en tu época, no paras de trabajar y de cuidar a tu familia todo el tiempo. Y, lo más importante, antes apenas has probado mi pescado rebozado. Mi pescado rebozado, Nami —reiteró con énfasis.

—Lo sé, es increíble, adoro tu pescado rebozado al estilo inglés y no he sido capaz de tomar ni tres trozos —suspiró largamente, cerrando los ojos—. No paro de pensar en mis hermanos y en mis hijos y... Maldita sea, ¿cómo pueden esos dos aguantar...?

—Owen y Link han llegado a dormir bien la noche anterior y a comer adecuadamente. Y no tienen tantas preocupaciones en vuestra época como tú. Lo estás pasando peor que ellos, así que escúchame bien —se puso severo, colocándose delante de ella con un dedo levantado—. Vas a comer lo que este mediodía no pudiste, está en la nevera y ya te he enseñado a usar el microondas. Y después vas a dormir. Usa la habitación de invitados, es cómoda. ¿Has entendido?

—No me hables como si fuera una niña, tengo 31 años —dijo molesta.

—Oooh, 31 añitos… —dijo con un tono tierno, pero Naminé lo miró más molesta, sabiendo que lo decía como burla—. Vale, perdona. Pero hazme caso —se puso de cuclillas frente a ella, cogiendo sus manos—. Yo seguiré buscando a tus hermanos. Los vamos a encontrar, o ellos a nosotros, tarde o temprano. Sois listos.

—Yo también quiero buscarlos. An Ju es muy tímida, debe de estar tan asustada… y está encinta, y… —insistió, pero Denzel le selló los labios con el dedo.

—Ya me encargo yo, con Link y con Owen. Te avisaremos enseguida si encontramos a alguno de tus hermanos. No sufras por An Ju. Es tímida, pero…

—La mejor usando el Poder de los Sellos, después de Robin —asintió Naminé.

—Tengo las tres hijas más invencibles del mundo —sonrió Denzel—. Christine pega puñetazos como una almaati. Incluso con 80 años los seguía dando bien fuertes, ¿sabes?

—Hahah… —se rio Naminé, imaginándolo—. ¿Cómo les irá a Link y Owen?

—Hace poco recibí un mensaje de cada uno en el teléfono —contestó, sacando el aparato del bolsillo, y Naminé lo miró con curiosidad—. Link no anda muy lejos de aquí, le va bien, y ya le he dicho que no vuelva a romper nada. Y Owen está un poco lejos, pero ya lo conoces, se ha aprendido ya la mayoría de las calles, así que perderse no creo que se pierda. Siguen buscando.

—¿Estás seguro de que no puedes usar tu Técnica de Localización?

—No, love. Está diseñada para videntes. Yo no puedo usarla, ni siquiera con estas gafas especiales.

—Pues déjanos reaprenderla. ¿Tienes alguno de sus pergaminos por aquí o todos están en manos de iris Líderes?

—Pipi es el único iris de esta ciudad que tiene un pergamino de la Técnica de Localización. El resto está en manos de otros Líderes en otras regiones y países. Sin embargo…

—Link, Owen y yo sí podemos efectuar la Técnica de Localización —insistió ella—. Sé que los dioses prohibieron que nosotros usáramos tus Técnicas espaciotemporales, pero no tienen por qué enterarse, y lo haríamos rápido y discreto…

—Sería la primera cosa que hubiese hecho desde el principio, si no fuera porque no serviría de nada. La Técnica de Localización no detecta a personas o cosas que pertenecen a otro tiempo.

—Oh…

La mujer asintió en silencio, comprendiendo. Pero se la veía todavía inquieta, por lo que Denzel posó una mano en su mejilla.

—Haz lo que te he dicho. Descanso y alimento. Repón energías, así nos ayudarás mejor. Sé lógica, sé eficaz. ¿Vas a ser buena?

—¿Me lo pregunta un demonio? —se rio.

Denzel también se rio y besó el dorso de su mano.

—Ya sabes, tienes comida, tele, música, váter, y ni se te ocurra meter los dedos en esos agujeros de las paredes, dan calambre —le recordó—. Y si llama alguien por teléfono —le señaló el aparato en la mesilla junto al sofá—, no contestes, y no abras la puerta a desconocidos.

—Vale...

—Y si ocurre algo urgente y no consigues localizarme, tienes ahí donde os indiqué antes, en la mesilla junto al sofá, el teléfono y el papel con el número de la abuela Agatha. Pero llámala sólo si es una situación de vida o muerte y yo no estoy disponible. En serio, Naminé. No quiero que ella se meta en mis asuntos, por ahora.

—Que sí, que sí, que ya nos lo has dejado claro. Márchate ya.


* * * * * *


Cleven estuvo una hora en casa con los niños jugando a varias cosas. Todo el salón estaba repleto de muñecos tirados por el suelo, pelotas, pinturas, trapos, pistolas de juguete, hojas... Ahora estaban jugando a princesas guerreras y samuráis, supuestamente Cleven y Clover eran las tales princesas de algún remoto mundo lleno de magia, en un bando, y en el bando enemigo estaba Daisuke, que se bastaba solo, vestido con el mismo kimono del festival, con su espada de madera y, por supuesto, el colgante que su padre le regaló en el festival.

Cleven se había disfrazado con una falda de cuadros por encima de unos leggins y de cadera para arriba se había atado la sábana de su cama de forma transversal, recordando a la toga romana pero con un nudo grotesco a la espalda colgando a modo de cola. En la cabeza se había puesto una toalla de baño como turbante, decorado con un collar de macarrones. Y su supuesta arma era la escobilla del váter, mortal para todo ser humano.

Por su parte, Clover iba con otro estilo. Llevaba puesta una camisa blanca de su padre, que le llegaba hasta los pies y le sobraba por todos lados, y para ceñírsela, se había atado a la cintura una corbata del mismo dueño, dejando que le cayera por detrás también como una cola. En la cabeza llevaba un gorro suyo, con largas y peludas orejas de conejo, y en su brazo, por supuesto, llevaba la horquilla que le regaló su padre en el festival a modo pulsera. Y sus armas eran las mangas de la camisa, que al quedarle tan largas las usaba como látigos. Además, Cleven la había maquillado: le había pintado unos labios rojos descomunales, desde donde acababa la nariz hasta la barbilla; sombra de ojos verde claro, haciendo juego con sus ojos, y colorete en las mejillas para parar un camión.

En ese momento las dos estaban detrás del sofá, usándolo de fortaleza y escondite, en sumo silencio, y Daisuke deambulaba por ahí, por el comedor, buscándolas con porte severo y varonil. Cleven le había pintado al niño unas cejas negras como petroleras y un bigote fino y largo, y lo había peinado con una cresta.

—Estamos acabadas, Princesa de la Luz Cristalina de las Aguas Inodoro de la Escobilla Ancestral de los Bosques Encantados del Takoyaki —agonizó Clover, angustiada, viendo que el Guerrero del Dragón Guay de los Dulces Tocinos de Cielo Mortales de las Cejas Malditas se estaba acercando a su escondite.

—No te preocupes, Princesa de las Braguitas Hello Kitty de las Mangas Atrapadoras del Poder de la Crema Pastelera —dijo Cleven, alzando el puño con valentía—. No nos queda otra que atacar. Yo lo distraigo y tú vas a por él. Y recuerda, los peluches son minas; las pinturas, barritas de vida. ¿Estás preparada?

—Que el poder de la escobilla mágica del trono blanco te proteja —asintió Clover, posándole una mano en el hombro.

Ambas primas se asintieron con la cabeza, firmes, entonces Cleven se levantó de golpe.

—¡Por el Poder del Tallarín Frito! —exclamó, blandiendo la escobilla.

—¡Una emboscada! —saltó Daisuke, alzando la espada de madera—. ¡Muere, Princesa Pedo! ¡Muere!

Cleven y Daisuke empezaron a chocar la espada y la escobilla del váter tal como la esgrima, con el sofá de por medio. Clover aprovechó y salió escopetada del escondite a lo comando. Se tiró al suelo y rodó como una verdadera G. I. Joe, esquivando el peluche de un pingüino y el de un cerdo azul –las minas–. Cogió de paso una pintura e hizo como que se la comía.

—¡Fuerzas recargadas! —dijo y, poniéndose detrás de su hermano, lanzó las mangas de la camisa y estas rodearon al niño por los hombros.

A Daisuke se le cayó la espada.

—¡Maldición, por los vellos varoniles de mi pecho! —rugió Daisuke—. ¡Estoy atrapado!

—¡Ahora, Princesa de la Luz Cristalina de las Aguas Inodoro de la Escobilla Ancestral de los Bosques Encantados del Takoyaki! —vociferó Clover, y cogió aire después de pronunciar aquel largo nombre.

Cleven embistió el pecho de Daisuke con la escobilla.

—¡Uh! —exclamó el niño, poniéndole todo el teatro del mundo.

—¡Y el golpe final! —declaró Cleven, sacando de su turbante un frasco de colonia.

—¡No! —agonizó su enemigo.

Como si fueran balas de ácido sulfúrico, Daisuke recibió el “flis” del frasco una y otra vez, matándolo.

—¡Qué asco! ¡Me derrito...! ¡Uaaah...!

Daisuke fue cayendo al suelo lentamente, poniendo posturas de película dignas del Óscar al mejor actor de la exageración y, finalmente, soltando el último aliento, pereció en el suelo, con una mano agarrando su colgante.

—¡Por el Poder del Tallarín Frito! —exclamó Clover, rebosante de triunfo.

—¡Bieeen! —corroboró Cleven.

Ambas se abrazaron y empezaron a pegar saltos alrededor del pobre Daisuke perfumado, y después Cleven la cogió en brazos y comenzó a botar sobre el sofá-fortaleza, dando voces y más voces.

Raijin entró por la puerta de casa en ese momento, con aire pacífico y rutinario. Ya había acabado sus quehaceres de la facultad. Oyó voces en el salón, pero pensó que era la televisión, así que dejó las llaves en la mesilla de la entrada y se adentró dando un bostezo.

—¡Oh, el Rey de los Calzoncillos de Rayas de las Mangas Atrapadoras del Poder de la Crema Pastelera ha regresado del reino maligno! —brincó Clover llena de euforia al verlo entrar en el salón y corrió hacia él—. ¡Adorado padre, mi rey, hemos derrotado a Cejas Malditas!

—¡Aaah! —gritó Raijin, horrorizado, dándose un susto de muerte al verla—. ¿¡Quién es esta zarigüeya!? —le preguntó a Cleven.

—¡Tu hija!

—Agh, no… —agonizó el rubio, arrodillándose y mirando a Clover con tragedia, alzando las manos hacia ella, pero sin atreverse a tocarla, como si acabaran de decirle que Clover tenía la lepra—. ¿Qué hostias te han hecho, mishka? ¿A tu perfecta cara?

—¡Jaja! ¡Pero papi! —se rio la niña felizmente—. ¡Pero si es maquillaje, no te asustes! ¡Me ha pintado la prima! ¿A que estoy guapa?

—Ay, Dios… —lloró, desplomándose contra el suelo, muerto. La verdad es que Cleven había pintado a Clover de forma horrorosa.

—Vaya un espíritu mágico, tío Brey —se quejó Cleven, bajando del sofá.

Daisuke y Clover se acercaron al chico, preocupados.

—Vaya, aún le quedan secuelas del reino maligno —comentó Daisuke con aire filosófico, haciendo que se acicalaba el bigote pintado y sentándose tan tranquilo encima de la tripa de su padre como si se sentara en un banco del parque.

—Papi… —lo llamó Clover, tumbándose encima de él—. Rápido, tienes que tomar una pintura. ¿O prefieres que te reanime con un besito?

—En este momento me das mucha grima, mishka —musitó Raijin, con un débil hálito de voz.

—¿Qué es “grima”? —sonrió alegremente.

—Tú... —masculló el joven, señalando a Cleven—. Tú... monstruo...

—Oye, no insultes mi arte —se mosqueó su sobrina.

—Parece una payasa híbrida nacida de la cagada de un elefante de circo y una pesadilla… —siguió lamentando, mientras se volvía a incorporar, obligando a los niños a quitarse de encima—. Jamás había visto cosa tan irracional, ilógica, me ahogo...

—Pero yo molo mucho, ¿verdad? —intervino Daisuke, orgulloso, pasándose una mano sobre el filo de la cresta.

—Agh... esas cejas… esas enormes cejas malditas... —volvió a sollozar Raijin desconsoladamente.

—Dice la prima que como no tengo cejas, ha tenido que pintármelas para dar más miedo y ser un enemigo más respetable.

—¡No! Daisuke, sí que tienes cejas, pero las tienes rubias y por eso no se aprecian mucho, nada de lo que avergonzarse, no dejes que la loca de tu prima te meta este complejo, que ya bastante difícil es ser un mestizo rubio en este país.

—¿Te pasaba lo mismo cuando eras pequeñito? —sonrió Daisuke.

—¡Oye! —protestó Cleven—. ¡Que sólo se las he pintado para su disfraz de villano! Teniendo en cuenta que Daisuke es mitad chino, ya es un milagro que haya sacado tu pelo rubio.

—¿Mitad qué? —el niño no entendió eso.

—Oh, no… Y mi camisa... ¡mi corbata! La corbata del único traje que tengo... —continuó analizando Brey, y agarró una de las mangas de la camisa de Clover—. Llenas de chocolate y pintalabios… ¡Esta es la mejor camisa que tenía!

—¿Qué? Eso no puede ser —discrepó Cleven, acercándose—. Esta no es tu talla, tío.

—¡Tengo esta camisa desde que nacieron los niños! Costó mucho dinero. La tengo guardada para ocasiones especiales.

—¿Cuándo fue la última vez que la usaste?

—Pues… cuando nacieron los niños —repitió—. Es la que llevé a los juzgados…

—Tío Brey —le interrumpió Cleven, mirándolo con paciencia—. ¿No crees que los mellizos no son los únicos que han crecido en los últimos cinco años?

Brey se quedó callado un momento, pensando. Después le pidió a Clover que se quitara la camisa, y cuando la niña se la dio, probó a meter un brazo por una manga. Sólo pudo meter la mitad.

Eto pizdets… ¡No me cabe ni el bíceps! —exclamó sorprendido.

—¡Obvio! ¿Cómo esperas que una camisa que usaba un chico de 15 años le siga quedando bien con 20? Has debido de crecer bastante —sonrió Cleven—. Te vas a tener que comprar otra camisa para ocasiones especiales. ¿Qué harás con esta? ¿Tirarla?

—¿Tirarla? ¡No! Ni de coña.

Cleven frunció el ceño. No tardó mucho en captar que esa camisa tenía más importancia para su tío de lo que creía. Sobre todo por cómo él seguía mirando esta prenda entre sus manos, con aire nostálgico.

—Mm… ¿por casualidad… —preguntó Cleven con cuidado—… esta camisa era del abuelo?

Raijin negó con la cabeza.

—Fue un regalo de Yue —murmuró.

Cleven entendió. Asintió con la cabeza, sin decir nada. No esperaba que alguien como él fuera capaz de darle tanta importancia a una prenda sólo porque alguien muy querido se la regaló. Pero Raijin realmente tenía estos específicos puntos débiles en su diminuta parte emocional. Vio que su tío miró un momento a los mellizos, que se habían puesto a jugar otra vez con los muñecos del suelo.

—La guardaré y se la daré a Dai cuando le quede bien —decidió finalmente.

Cleven sonrió, al ver que recuperaba esa conformidad. Hasta que oyó a Clover estornudar dos veces seguidas, porque nada más estaba en braguitas.

—No, ¡de eso nada! —Raijin se puso en pie, agarró la manta que había doblada sobre el sofá y envolvió a Clover con ella entera hasta convertirla en una bola, dejándola sólo con la cabeza fuera—. Ningún mocoso se va a poner enfermo aquí hoy. Vamos a ponerte ropa cálida ahora mismo y a rescatar tu perfecta cara de debajo de ese monstruoso maquillaje —se la llevó a la cocina en brazos para ir a coger algo de ropa de la secadora y de paso a guardar la camisa.

—Papi, tú sí que tienes una cara perfecta —decía la niña.

—Aww… —se enterneció Cleven, y miró a su primo—. Bueno, Dai, se acabó la sesión de aventura. Voy a cambiarme y a dejar mis fieles armas de vuelta a su sitio —levantó la escobilla en una mano y el frasco de colonia en el otro.

—Todavía no he acabado contigo, Princesa Pedo —siseó, mirándola con desafío.

—Hueles de maravilla, Cejas Malditas —siseó ella con el mismo tono de desafío, y se fue a subir las escaleras—. Tú eres quien pidió que jugáramos a esto, Dai, y prometiste que después lo recogerías todo. Así que recoge.

El niño se cruzó de brazos y soltó unos de sus habituales gruñidos. Miró a su alrededor, el suelo del salón estaba lleno de muñecos, peluches, pinturas y lápices de colores, todo un desastre, y, sin embargo, era una vista hermosa para sus ojos, un bello caos.

—Supongo que un poco de orden a veces es necesario para proteger un caos sano —se dijo, acicalándose el bigote pintado.

Entonces, comprobando que su padre y Clover estaban ocupados en el cuarto de la lavadora y que Cleven se había metido en su habitación arriba, Daisuke sacó del bolsillo de su pantalón hakama el rotulador de tinta negra que siempre llevaba encima. Se fue hacia los prácticos cajones de plástico que había en un rincón del salón donde Brey solía almacenar todo el material de juego y de pinturas de los niños, y con su rotulador pintó en tres de ellos un pequeño símbolo en cada uno, diferentes entre sí. Acto seguido, se fue al centro del salón, se agachó de cuclillas y se puso a pintar otra cosa en la tarima del suelo, mientras tarareaba tranquilamente. Escribió un extraño símbolo, con multitud de trazos colocados de manera que conformaron una figura asimétrica y caótica; incluyó los tres símbolos que había pintado en los cajones, encajándolos en el conjunto como un puzle, y después lo rodeó todo con un círculo perfecto.

—Y… ¡pam! —le dio un manotazo.

De pronto, el símbolo pintado en el suelo se iluminó de una luz de colores, y varios de sus trazos se movieron o se giraron hasta hacer una figura perfectamente simétrica. Un segundo después, el círculo que lo rodeaba se expandió por todo el suelo del salón como una onda en el agua. Los muñecos, las pinturas y los peluches se arremolinaron por sí solos, y luego se reagruparon entre ellos, formando tres montones separados, y volaron enseguida hacia los cajones, que ni siquiera tuvieron que abrirse, pues atravesaron las tapas de plástico como si de humo se tratara, a través de los pequeños símbolos que tenían pintados.

Todo este proceso sucedió en cuestión de segundos. Todos los símbolos se apagaron y desaparecieron. Todo lo que había pintado con su rotulador ya no estaba. Daisuke volvió a ponerse en pie, se guardó su rotulador en el bolsillo y echó un vistazo satisfecho en derredor. El salón estaba impecable.

—Tengo hambre —se dijo, y se fue a la cocina ver si podía robar unas galletas.









37.
Tarde de juegos

—Padre, estoy agotada —jadeó Naminé, apoyándose en un árbol en mitad de una calle bulliciosa.

Denzel se detuvo y se volvió hacia ella. Frunció los labios, meditabundo, y echó un último vistazo a los alrededores. Después se acercó a ella y la rodeó con un brazo. Anduvieron hasta un callejón solitario y, en un parpadeo, desaparecieron. Un segundo después, reaparecieron en el piso de Denzel, en el salón. Naminé se sentó en el sofá, abatida.

—Lo siento. Normalmente tengo energía para encargarme de cualquier cosa. No sé qué me pasa…

—Yo sí. Llevas un día entero acumulando tensión y no has dormido ni un minuto después de un viaje de doscientos años. Ni siquiera lo haces en tu época, no paras de trabajar y de cuidar a tu familia todo el tiempo. Y, lo más importante, antes apenas has probado mi pescado rebozado. Mi pescado rebozado, Nami —reiteró con énfasis.

—Lo sé, es increíble, adoro tu pescado rebozado al estilo inglés y no he sido capaz de tomar ni tres trozos —suspiró largamente, cerrando los ojos—. No paro de pensar en mis hermanos y en mis hijos y... Maldita sea, ¿cómo pueden esos dos aguantar...?

—Owen y Link han llegado a dormir bien la noche anterior y a comer adecuadamente. Y no tienen tantas preocupaciones en vuestra época como tú. Lo estás pasando peor que ellos, así que escúchame bien —se puso severo, colocándose delante de ella con un dedo levantado—. Vas a comer lo que este mediodía no pudiste, está en la nevera y ya te he enseñado a usar el microondas. Y después vas a dormir. Usa la habitación de invitados, es cómoda. ¿Has entendido?

—No me hables como si fuera una niña, tengo 31 años —dijo molesta.

—Oooh, 31 añitos… —dijo con un tono tierno, pero Naminé lo miró más molesta, sabiendo que lo decía como burla—. Vale, perdona. Pero hazme caso —se puso de cuclillas frente a ella, cogiendo sus manos—. Yo seguiré buscando a tus hermanos. Los vamos a encontrar, o ellos a nosotros, tarde o temprano. Sois listos.

—Yo también quiero buscarlos. An Ju es muy tímida, debe de estar tan asustada… y está encinta, y… —insistió, pero Denzel le selló los labios con el dedo.

—Ya me encargo yo, con Link y con Owen. Te avisaremos enseguida si encontramos a alguno de tus hermanos. No sufras por An Ju. Es tímida, pero…

—La mejor usando el Poder de los Sellos, después de Robin —asintió Naminé.

—Tengo las tres hijas más invencibles del mundo —sonrió Denzel—. Christine pega puñetazos como una almaati. Incluso con 80 años los seguía dando bien fuertes, ¿sabes?

—Hahah… —se rio Naminé, imaginándolo—. ¿Cómo les irá a Link y Owen?

—Hace poco recibí un mensaje de cada uno en el teléfono —contestó, sacando el aparato del bolsillo, y Naminé lo miró con curiosidad—. Link no anda muy lejos de aquí, le va bien, y ya le he dicho que no vuelva a romper nada. Y Owen está un poco lejos, pero ya lo conoces, se ha aprendido ya la mayoría de las calles, así que perderse no creo que se pierda. Siguen buscando.

—¿Estás seguro de que no puedes usar tu Técnica de Localización?

—No, love. Está diseñada para videntes. Yo no puedo usarla, ni siquiera con estas gafas especiales.

—Pues déjanos reaprenderla. ¿Tienes alguno de sus pergaminos por aquí o todos están en manos de iris Líderes?

—Pipi es el único iris de esta ciudad que tiene un pergamino de la Técnica de Localización. El resto está en manos de otros Líderes en otras regiones y países. Sin embargo…

—Link, Owen y yo sí podemos efectuar la Técnica de Localización —insistió ella—. Sé que los dioses prohibieron que nosotros usáramos tus Técnicas espaciotemporales, pero no tienen por qué enterarse, y lo haríamos rápido y discreto…

—Sería la primera cosa que hubiese hecho desde el principio, si no fuera porque no serviría de nada. La Técnica de Localización no detecta a personas o cosas que pertenecen a otro tiempo.

—Oh…

La mujer asintió en silencio, comprendiendo. Pero se la veía todavía inquieta, por lo que Denzel posó una mano en su mejilla.

—Haz lo que te he dicho. Descanso y alimento. Repón energías, así nos ayudarás mejor. Sé lógica, sé eficaz. ¿Vas a ser buena?

—¿Me lo pregunta un demonio? —se rio.

Denzel también se rio y besó el dorso de su mano.

—Ya sabes, tienes comida, tele, música, váter, y ni se te ocurra meter los dedos en esos agujeros de las paredes, dan calambre —le recordó—. Y si llama alguien por teléfono —le señaló el aparato en la mesilla junto al sofá—, no contestes, y no abras la puerta a desconocidos.

—Vale...

—Y si ocurre algo urgente y no consigues localizarme, tienes ahí donde os indiqué antes, en la mesilla junto al sofá, el teléfono y el papel con el número de la abuela Agatha. Pero llámala sólo si es una situación de vida o muerte y yo no estoy disponible. En serio, Naminé. No quiero que ella se meta en mis asuntos, por ahora.

—Que sí, que sí, que ya nos lo has dejado claro. Márchate ya.


* * * * * *


Cleven estuvo una hora en casa con los niños jugando a varias cosas. Todo el salón estaba repleto de muñecos tirados por el suelo, pelotas, pinturas, trapos, pistolas de juguete, hojas... Ahora estaban jugando a princesas guerreras y samuráis, supuestamente Cleven y Clover eran las tales princesas de algún remoto mundo lleno de magia, en un bando, y en el bando enemigo estaba Daisuke, que se bastaba solo, vestido con el mismo kimono del festival, con su espada de madera y, por supuesto, el colgante que su padre le regaló en el festival.

Cleven se había disfrazado con una falda de cuadros por encima de unos leggins y de cadera para arriba se había atado la sábana de su cama de forma transversal, recordando a la toga romana pero con un nudo grotesco a la espalda colgando a modo de cola. En la cabeza se había puesto una toalla de baño como turbante, decorado con un collar de macarrones. Y su supuesta arma era la escobilla del váter, mortal para todo ser humano.

Por su parte, Clover iba con otro estilo. Llevaba puesta una camisa blanca de su padre, que le llegaba hasta los pies y le sobraba por todos lados, y para ceñírsela, se había atado a la cintura una corbata del mismo dueño, dejando que le cayera por detrás también como una cola. En la cabeza llevaba un gorro suyo, con largas y peludas orejas de conejo, y en su brazo, por supuesto, llevaba la horquilla que le regaló su padre en el festival a modo pulsera. Y sus armas eran las mangas de la camisa, que al quedarle tan largas las usaba como látigos. Además, Cleven la había maquillado: le había pintado unos labios rojos descomunales, desde donde acababa la nariz hasta la barbilla; sombra de ojos verde claro, haciendo juego con sus ojos, y colorete en las mejillas para parar un camión.

En ese momento las dos estaban detrás del sofá, usándolo de fortaleza y escondite, en sumo silencio, y Daisuke deambulaba por ahí, por el comedor, buscándolas con porte severo y varonil. Cleven le había pintado al niño unas cejas negras como petroleras y un bigote fino y largo, y lo había peinado con una cresta.

—Estamos acabadas, Princesa de la Luz Cristalina de las Aguas Inodoro de la Escobilla Ancestral de los Bosques Encantados del Takoyaki —agonizó Clover, angustiada, viendo que el Guerrero del Dragón Guay de los Dulces Tocinos de Cielo Mortales de las Cejas Malditas se estaba acercando a su escondite.

—No te preocupes, Princesa de las Braguitas Hello Kitty de las Mangas Atrapadoras del Poder de la Crema Pastelera —dijo Cleven, alzando el puño con valentía—. No nos queda otra que atacar. Yo lo distraigo y tú vas a por él. Y recuerda, los peluches son minas; las pinturas, barritas de vida. ¿Estás preparada?

—Que el poder de la escobilla mágica del trono blanco te proteja —asintió Clover, posándole una mano en el hombro.

Ambas primas se asintieron con la cabeza, firmes, entonces Cleven se levantó de golpe.

—¡Por el Poder del Tallarín Frito! —exclamó, blandiendo la escobilla.

—¡Una emboscada! —saltó Daisuke, alzando la espada de madera—. ¡Muere, Princesa Pedo! ¡Muere!

Cleven y Daisuke empezaron a chocar la espada y la escobilla del váter tal como la esgrima, con el sofá de por medio. Clover aprovechó y salió escopetada del escondite a lo comando. Se tiró al suelo y rodó como una verdadera G. I. Joe, esquivando el peluche de un pingüino y el de un cerdo azul –las minas–. Cogió de paso una pintura e hizo como que se la comía.

—¡Fuerzas recargadas! —dijo y, poniéndose detrás de su hermano, lanzó las mangas de la camisa y estas rodearon al niño por los hombros.

A Daisuke se le cayó la espada.

—¡Maldición, por los vellos varoniles de mi pecho! —rugió Daisuke—. ¡Estoy atrapado!

—¡Ahora, Princesa de la Luz Cristalina de las Aguas Inodoro de la Escobilla Ancestral de los Bosques Encantados del Takoyaki! —vociferó Clover, y cogió aire después de pronunciar aquel largo nombre.

Cleven embistió el pecho de Daisuke con la escobilla.

—¡Uh! —exclamó el niño, poniéndole todo el teatro del mundo.

—¡Y el golpe final! —declaró Cleven, sacando de su turbante un frasco de colonia.

—¡No! —agonizó su enemigo.

Como si fueran balas de ácido sulfúrico, Daisuke recibió el “flis” del frasco una y otra vez, matándolo.

—¡Qué asco! ¡Me derrito...! ¡Uaaah...!

Daisuke fue cayendo al suelo lentamente, poniendo posturas de película dignas del Óscar al mejor actor de la exageración y, finalmente, soltando el último aliento, pereció en el suelo, con una mano agarrando su colgante.

—¡Por el Poder del Tallarín Frito! —exclamó Clover, rebosante de triunfo.

—¡Bieeen! —corroboró Cleven.

Ambas se abrazaron y empezaron a pegar saltos alrededor del pobre Daisuke perfumado, y después Cleven la cogió en brazos y comenzó a botar sobre el sofá-fortaleza, dando voces y más voces.

Raijin entró por la puerta de casa en ese momento, con aire pacífico y rutinario. Ya había acabado sus quehaceres de la facultad. Oyó voces en el salón, pero pensó que era la televisión, así que dejó las llaves en la mesilla de la entrada y se adentró dando un bostezo.

—¡Oh, el Rey de los Calzoncillos de Rayas de las Mangas Atrapadoras del Poder de la Crema Pastelera ha regresado del reino maligno! —brincó Clover llena de euforia al verlo entrar en el salón y corrió hacia él—. ¡Adorado padre, mi rey, hemos derrotado a Cejas Malditas!

—¡Aaah! —gritó Raijin, horrorizado, dándose un susto de muerte al verla—. ¿¡Quién es esta zarigüeya!? —le preguntó a Cleven.

—¡Tu hija!

—Agh, no… —agonizó el rubio, arrodillándose y mirando a Clover con tragedia, alzando las manos hacia ella, pero sin atreverse a tocarla, como si acabaran de decirle que Clover tenía la lepra—. ¿Qué hostias te han hecho, mishka? ¿A tu perfecta cara?

—¡Jaja! ¡Pero papi! —se rio la niña felizmente—. ¡Pero si es maquillaje, no te asustes! ¡Me ha pintado la prima! ¿A que estoy guapa?

—Ay, Dios… —lloró, desplomándose contra el suelo, muerto. La verdad es que Cleven había pintado a Clover de forma horrorosa.

—Vaya un espíritu mágico, tío Brey —se quejó Cleven, bajando del sofá.

Daisuke y Clover se acercaron al chico, preocupados.

—Vaya, aún le quedan secuelas del reino maligno —comentó Daisuke con aire filosófico, haciendo que se acicalaba el bigote pintado y sentándose tan tranquilo encima de la tripa de su padre como si se sentara en un banco del parque.

—Papi… —lo llamó Clover, tumbándose encima de él—. Rápido, tienes que tomar una pintura. ¿O prefieres que te reanime con un besito?

—En este momento me das mucha grima, mishka —musitó Raijin, con un débil hálito de voz.

—¿Qué es “grima”? —sonrió alegremente.

—Tú... —masculló el joven, señalando a Cleven—. Tú... monstruo...

—Oye, no insultes mi arte —se mosqueó su sobrina.

—Parece una payasa híbrida nacida de la cagada de un elefante de circo y una pesadilla… —siguió lamentando, mientras se volvía a incorporar, obligando a los niños a quitarse de encima—. Jamás había visto cosa tan irracional, ilógica, me ahogo...

—Pero yo molo mucho, ¿verdad? —intervino Daisuke, orgulloso, pasándose una mano sobre el filo de la cresta.

—Agh... esas cejas… esas enormes cejas malditas... —volvió a sollozar Raijin desconsoladamente.

—Dice la prima que como no tengo cejas, ha tenido que pintármelas para dar más miedo y ser un enemigo más respetable.

—¡No! Daisuke, sí que tienes cejas, pero las tienes rubias y por eso no se aprecian mucho, nada de lo que avergonzarse, no dejes que la loca de tu prima te meta este complejo, que ya bastante difícil es ser un mestizo rubio en este país.

—¿Te pasaba lo mismo cuando eras pequeñito? —sonrió Daisuke.

—¡Oye! —protestó Cleven—. ¡Que sólo se las he pintado para su disfraz de villano! Teniendo en cuenta que Daisuke es mitad chino, ya es un milagro que haya sacado tu pelo rubio.

—¿Mitad qué? —el niño no entendió eso.

—Oh, no… Y mi camisa... ¡mi corbata! La corbata del único traje que tengo... —continuó analizando Brey, y agarró una de las mangas de la camisa de Clover—. Llenas de chocolate y pintalabios… ¡Esta es la mejor camisa que tenía!

—¿Qué? Eso no puede ser —discrepó Cleven, acercándose—. Esta no es tu talla, tío.

—¡Tengo esta camisa desde que nacieron los niños! Costó mucho dinero. La tengo guardada para ocasiones especiales.

—¿Cuándo fue la última vez que la usaste?

—Pues… cuando nacieron los niños —repitió—. Es la que llevé a los juzgados…

—Tío Brey —le interrumpió Cleven, mirándolo con paciencia—. ¿No crees que los mellizos no son los únicos que han crecido en los últimos cinco años?

Brey se quedó callado un momento, pensando. Después le pidió a Clover que se quitara la camisa, y cuando la niña se la dio, probó a meter un brazo por una manga. Sólo pudo meter la mitad.

Eto pizdets… ¡No me cabe ni el bíceps! —exclamó sorprendido.

—¡Obvio! ¿Cómo esperas que una camisa que usaba un chico de 15 años le siga quedando bien con 20? Has debido de crecer bastante —sonrió Cleven—. Te vas a tener que comprar otra camisa para ocasiones especiales. ¿Qué harás con esta? ¿Tirarla?

—¿Tirarla? ¡No! Ni de coña.

Cleven frunció el ceño. No tardó mucho en captar que esa camisa tenía más importancia para su tío de lo que creía. Sobre todo por cómo él seguía mirando esta prenda entre sus manos, con aire nostálgico.

—Mm… ¿por casualidad… —preguntó Cleven con cuidado—… esta camisa era del abuelo?

Raijin negó con la cabeza.

—Fue un regalo de Yue —murmuró.

Cleven entendió. Asintió con la cabeza, sin decir nada. No esperaba que alguien como él fuera capaz de darle tanta importancia a una prenda sólo porque alguien muy querido se la regaló. Pero Raijin realmente tenía estos específicos puntos débiles en su diminuta parte emocional. Vio que su tío miró un momento a los mellizos, que se habían puesto a jugar otra vez con los muñecos del suelo.

—La guardaré y se la daré a Dai cuando le quede bien —decidió finalmente.

Cleven sonrió, al ver que recuperaba esa conformidad. Hasta que oyó a Clover estornudar dos veces seguidas, porque nada más estaba en braguitas.

—No, ¡de eso nada! —Raijin se puso en pie, agarró la manta que había doblada sobre el sofá y envolvió a Clover con ella entera hasta convertirla en una bola, dejándola sólo con la cabeza fuera—. Ningún mocoso se va a poner enfermo aquí hoy. Vamos a ponerte ropa cálida ahora mismo y a rescatar tu perfecta cara de debajo de ese monstruoso maquillaje —se la llevó a la cocina en brazos para ir a coger algo de ropa de la secadora y de paso a guardar la camisa.

—Papi, tú sí que tienes una cara perfecta —decía la niña.

—Aww… —se enterneció Cleven, y miró a su primo—. Bueno, Dai, se acabó la sesión de aventura. Voy a cambiarme y a dejar mis fieles armas de vuelta a su sitio —levantó la escobilla en una mano y el frasco de colonia en el otro.

—Todavía no he acabado contigo, Princesa Pedo —siseó, mirándola con desafío.

—Hueles de maravilla, Cejas Malditas —siseó ella con el mismo tono de desafío, y se fue a subir las escaleras—. Tú eres quien pidió que jugáramos a esto, Dai, y prometiste que después lo recogerías todo. Así que recoge.

El niño se cruzó de brazos y soltó unos de sus habituales gruñidos. Miró a su alrededor, el suelo del salón estaba lleno de muñecos, peluches, pinturas y lápices de colores, todo un desastre, y, sin embargo, era una vista hermosa para sus ojos, un bello caos.

—Supongo que un poco de orden a veces es necesario para proteger un caos sano —se dijo, acicalándose el bigote pintado.

Entonces, comprobando que su padre y Clover estaban ocupados en el cuarto de la lavadora y que Cleven se había metido en su habitación arriba, Daisuke sacó del bolsillo de su pantalón hakama el rotulador de tinta negra que siempre llevaba encima. Se fue hacia los prácticos cajones de plástico que había en un rincón del salón donde Brey solía almacenar todo el material de juego y de pinturas de los niños, y con su rotulador pintó en tres de ellos un pequeño símbolo en cada uno, diferentes entre sí. Acto seguido, se fue al centro del salón, se agachó de cuclillas y se puso a pintar otra cosa en la tarima del suelo, mientras tarareaba tranquilamente. Escribió un extraño símbolo, con multitud de trazos colocados de manera que conformaron una figura asimétrica y caótica; incluyó los tres símbolos que había pintado en los cajones, encajándolos en el conjunto como un puzle, y después lo rodeó todo con un círculo perfecto.

—Y… ¡pam! —le dio un manotazo.

De pronto, el símbolo pintado en el suelo se iluminó de una luz de colores, y varios de sus trazos se movieron o se giraron hasta hacer una figura perfectamente simétrica. Un segundo después, el círculo que lo rodeaba se expandió por todo el suelo del salón como una onda en el agua. Los muñecos, las pinturas y los peluches se arremolinaron por sí solos, y luego se reagruparon entre ellos, formando tres montones separados, y volaron enseguida hacia los cajones, que ni siquiera tuvieron que abrirse, pues atravesaron las tapas de plástico como si de humo se tratara, a través de los pequeños símbolos que tenían pintados.

Todo este proceso sucedió en cuestión de segundos. Todos los símbolos se apagaron y desaparecieron. Todo lo que había pintado con su rotulador ya no estaba. Daisuke volvió a ponerse en pie, se guardó su rotulador en el bolsillo y echó un vistazo satisfecho en derredor. El salón estaba impecable.

—Tengo hambre —se dijo, y se fue a la cocina ver si podía robar unas galletas.





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