2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
—Ay… —suspiró amargamente.
Siguió caminando, casi arrastrando los pies. No sólo estaba un poco cansado, sino que tampoco tenía ni pizca de ganas de estar ahí. Ya era de noche, las grandes montañas y valles que se expandían a varios kilómetros a la redonda estaban oscuros y dormidos, arropados bajo una manta de estrellas.
Yako había aterrizado el jet en un campo cercano en mitad de las solitarias llanuras de allí. No quiso aterrizar en el Monte Zou, porque eso llamaría la atención de todos y él quería que su visita fuese lo más discreta posible.
La luna estaba decreciente y no ofrecía mucha luz, pero el ojo iris de Yako emitía suficiente de su luz verde para alumbrar los senderos. Cuando llegó a las orillas pedregosas del Lago Xuhuàn, reflejando el firmamento como un espejo, observó fijamente su centro, hasta que comenzó a aparecer entre la neblina el majestuoso tori de entrada, de maderas blancas y roca de granito, piezas de jade verde y medallones de oro. Las piedras planas que marcaban el camino desde la orilla hasta la puerta también se manifestaron al filo de la superficie del agua, y Yako lo cruzó, suspirando aburrido.
Una vez atravesó el tori, protegido por el “hechizo” del brujo Zhen Yu, siguió caminando por el Sendero Rojo.
Al poco rato, ya empezaron a verse las antorchas de fuego al final del sendero. Cuando salió de ese túnel de ramas entrelazadas y racimos de frutos rojos, se encontró al borde de un gran precipicio. Frente a él se extendía el magnífico paisaje de las tierras Zou, bosques, valles y montañas hasta donde alcanzaba la vista, iluminados por el cielo estrellado y la luna. Desde ahí podía ver el puntito de luz anaranjada que emitía la Ciudadela que rodeaba el Templo Zou, la cual ya brillaba en medio de aquel lejano y prominente monte como la llama de una vela sobre un manto oscuro en el horizonte.
Suspiró por quinta vez, ignorando una voz que le ordenó que aguardara ahí quieto, y siguió caminando por la cuesta pedregosa que descendía en zigzag aquel acantilado. Sin embargo, oyó un ruido a sus espaldas, y lo siguiente que notó fue un cuerpo pesado derribándolo con un placaje. Cuando quiso darse cuenta, estaba bocarriba, sobre el suelo, aplastado bajo el peso de un hombre grande y musculoso de piel algo oscura que apuntaba hacia su cuello con la simple punta de sus dedos, preparado para golpearle la glotis si percibía algún contrataque. Tenía el pelo muy corto, pero con una fina trenza larga cayendo desde su nuca, y vestía con ropas propias de un Guardián del Monte. Yako se quedó perplejo mirándolo. Entonces el otro se fijó en la luz verde claro de su ojo izquierdo.
—Hah… —suspiró el Guardián de mala gana—. ¡No pasa nada, Nessie, se trata de un iris despistado! —exclamó en inglés—. O sordo —le espetó a Yako.
—No existen iris sordos, ni ciegos, ni con alergias, enfermedades neurológicas, diabetes o cáncer, cielito. La conversión les arregla los órganos previamente enfermos o disfuncionales, incluidas las parálisis por daños de la espina dorsal.
Entonces apareció una mujer, igualmente alta y robusta y con grandes bíceps, aunque le faltaba la mitad del brazo izquierdo. Tenía un largo cabello cobrizo recogido en una coleta y el rostro pálido lleno de pecas, además de un par de cicatrices en el labio y en una ceja. Su mirada era feroz, como la de su compañero, y sujetaba una naginata japonesa en la mano derecha.
—Si estás en silla de ruedas y te conviertes en iris, podrás levantarte y caminar. Pero si te falta una pierna o un brazo, no crecerá de nuevo —le explicó la mujer a su compañero, siempre con el mismo tono serio, que chocaba con los apelativos cariñosos con los que lo llamaba.
—Oh… —murmuró el hombretón—. Imagina cuántas personas desearían convertirse en iris para curarse de un cáncer o para poder volver a caminar.
—Si alguien deseara eso a cambio de ver a un ser querido ser asesinado, para empezar no se convertiría en iris jamás, amorcito. Eso no es tener buen corazón, y el iris sólo nace en humanos que ya eran de buen corazón.
—Bueno, era una forma de hablar, lo de sordo —se excusó su compañero—. Lo cual nos queda que, o bien este iris es un despistado, o viene con malas intenciones. ¿Quién te manda pasar más allá de las antorchas sin el permiso de un Guardián? —el hombre moreno agarró a Yako de la chaqueta y lo zarandeó para reprenderle—. ¿Eres un novato? ¿No sabes que debes esperar ahí hasta que se te haga el reconocimiento?
—Ay, mi espalda… —gimió Yako, mareado.
—¡Nessie, rápido, trae las Semillas de Bondad!
La mujer entonces miró a Yako, el cual seguía ahí tan dócil e inofensivo, apretujado entre las manos del otro.
—Vale, pero te sugiero que te apartes de él al menos dos metros durante el reconocimiento —dijo la Guardiana tranquilamente, mientras caminaba de regreso hacia donde estaban las antorchas a la salida del sendero, donde había un pilar de piedra tallada sosteniendo un cuenco lleno de unas raras semillas arrugadas de color blanco, muy parecidas a nueces.
El hombretón la miró confuso, y luego miró a Yako, el cual simplemente le sonreía. Pero él se tomaba muy en serio su trabajo y levantó a Yako del suelo, obligándolo a quedarse en pie y quieto. Cuando Nessie se acercó con el cuenco de nueces blancas, su compañero cogió unas pinzas largas de hierro que tenía enganchadas en su cincho junto a una espada corta en su funda.
El Monte Zou llevaba unos trescientos años usando este método para reconocer a todo aquel que entrase en las tierras, para asegurarse de tres cosas: una, que el iris que viniese de fuera no viniese bajo los efectos activos de un majin; dos, que el humano que viniese no se tratase de una persona mala con un porcentaje de Yin superior al de Yang; y tres, que cualquier persona que viniese no se tratase de un disfraz ni de ninguna ilusión mental como eran capaces de hacer, por ejemplo, los Knive primarios, que tenían naturalmente un Yin superior a su Yang.
Por eso, Nessie, aun sabiendo que ese de ahí era el mismísimo Yako Zou, debía hacerle la prueba a él también para descartar aquella posible tercera opción. La única persona a la que no le hacían el reconocimiento, era Alvion, y no por ser Alvion, sino por obvias razones: cuando Alvion salía de sus tierras y no había Zou alguno dentro de ellas, la barrera del brujo Zhen Yu se activaba impidiendo la entrada a toda persona con mayor Yin que Yang –de ahí que Denzel no pudiera entrar el día que trajo a Neuval y a Alvion, porque este tenía que entrar primero–, y una vez que Alvion entraba, la barrera volvía a desactivarse. La barrera del brujo Zhen Yu desactivándose ya era un indiscutible indicativo de que el verdadero Alvion había entrado, por lo que el reconocimiento no era necesario.
No obstante, si la situación fuera al revés, Yako ya dentro de las tierras pero Alvion viniendo ahora del exterior, los Guardianes tendrían que hacerle el reconocimiento a Alvion sin falta, porque la barrera del brujo, ya desactivada con Yako dentro, ya no podía servir como prueba para Alvion. Además, si alguna vez ocurría el caso –y, de hecho, ocurrió una vez hace un par de siglos– de que un Knive primario viniera bajo la creíble apariencia de Alvion o de cualquier Zou mediante un disfraz o una poderosa ilusión mental y ordenaba a los Guardianes que no le hicieran el reconocimiento y le dejaran pasar, los Guardianes darían la alarma inmediata y sabrían que es un intruso. Ningún Zou podía ordenarle a ningún Guardián que no le hiciera el reconocimiento, precisamente porque podía tratarse de un Knive o intruso engañándolos.
Las Semillas de Bondad eran otro experimento botánico creado por un Zou antiguo. Eran unas semillas especiales que, en lugar de necesitar agua y luz, eran hipersensibles a la energía Yang y a la energía Yin por contacto. Cuando un visitante iris o humano venía, le colocaban sobre la palma de la mano una de estas semillas; si la persona tenía más Yin que Yang, la semilla se pudría hasta convertirse en ceniza en seis segundos, y si la persona tenía más Yang que Yin, en ese mismo intervalo de tiempo y en la mano de un humano medio bueno le crecía un brote verde con una hoja; en la mano de un humano muy bueno, le crecían un par de hojas más y una flor similar a la margarita; y en la mano de un iris, le crecían al menos tres tallos con varias hojas y seis flores.
El Guardián, pues, cogió una de las semillas del cuenco con las pinzas de hierro –para evitar tocarla él–. Yako extendió la mano con la palma hacia arriba, y cuando el hombretón le colocó la semilla sobre ella, Nessie agarró a su compañero, para sorpresa de este, y lo apartó de Yako un par de metros, ella incluida. Desde el primer contacto de la semilla sobre la palma de Yako, en un instante apareció un brote, y durante los cinco segundos siguientes, creció exponencialmente de una forma violentamente hermosa hasta convertirse en un árbol enorme, de varios troncos, lleno de ramas, de hojas, atestado de centenares de flores, elevándose a cuatro metros por encima de ellos sobre la mano.
El Guardián no dejó de gritar alucinado, agarrado a Nessie mientras contemplaba con miedo aquello. Una vez que el árbol dejó de crecer, comenzó a caerse a un lado por el peso. Yako intentó agarrarlo, pero se le escapó de entre las manos y el árbol cayó por el acantilado hasta las orillas del río de abajo.
—Uy… —murmuró Yako—. He sido muy lento esta vez…
—¿¡Pero qué diantres ha sido eso!? —berreó el Guardián, sin salir de su desconcierto.
—Bienvenido, Yako —lo saludó Nessie entonces, manteniendo su postura seria y fría, pero mostrando una leve sonrisa.
—Hace ya tiempo, Nessie, ¿qué tal te va? —saludó él.
—Empezaba a pensar que ya no volvería a veros por aquí, ¿sabéis? ¿Cuánto hace desde vuestra última visita? ¿Tres o cuatro años? Con el tiempo la frecuencia de vuestras visitas ha descendido más y más.
—Es que… tengo trabajo, y la universidad… —intentó excusarse el chico.
—¿¿¡Este es Yako Zou!?? —gritó el otro Guardián con gran horror.
—Así es, amorcito —le dijo Nessie, serena—. Y como estarás pensando, sí, acabas de sentenciar tu pena de muerte.
El hombretón se quedó más blanco que el papel y miró a Yako de repente con ojos inyectados en pánico, observando bien que los del chico, efectivamente, eran los característicos ojos amarillos de los Zou.
—¡Aaaaahhh! —gritó con más horror.
—Ay, mis tímpanos… —murmuró Yako.
—¡Os pido mil perdones, lo siento, perdonadme, yo no sabía… no me fijé en que…! ¡Aaaah! —volvió a gritar, y se arrodilló ante él hasta pegar la frente contra el suelo rocoso con las manos hacia delante—. ¡Por favor, no me condenéis a muerte! ¡Ha sido un error! ¡Castigadme duramente, pero por favor no me ejecutéééis…!
—Tenéis que disculpar a mi marido —le comentó Nessie al Zou mientras el otro seguía en su drama—. Es un habitante reciente, vino a estas tierras hace tres años. Era uno de los refugiados temporales de aquel conflicto bélico de Bangladesh, pero Kamal decidió quedarse porque se enamoró perdidamente de mí. Nos casamos hace un año y acaba de licenciarse como Guardián. Está en prácticas.
El hombretón seguía ahí en el suelo sin levantar la cabeza, pero estaba muy confuso por oírlos hablar tan tranquilos después de su terrible crimen.
—Oh, enhorabuena por el compromiso —sonrió Yako—. Kamal, oye, siento mucho la infracción que he cometido. Iba demasiado distraído y olvidé esperar al reconocimiento antes de pasar. Lo lamento.
—¿EH? —levantó la cabeza de golpe, mirándolo con ojos como platos de confusión—. Pe… ¿No… estáis enfadado… por…? ¿No estáis furioso conmigo?
—¿Con un humano que huele a tanta energía Yang como tú? Kamal, humanos como tú son los que más puedo adorar. Sería impensable para mí hacerte daño.
—Pero… ¡Os he atacado tan bruscamente…! ¿No me vais a castigar o condenar?
—¿Por demostrar que sabes hacer bien tu trabajo? ¡Hahaha…! Oh, Nessie… —miró a la Guardiana.
—Lo sé —sonrió ella seriamente, cerrando los ojos—. Esa inocencia y esa devoción es lo que más amo de él. Eso y otras cosas.
—¿Pero qué está pasando…? —sollozó Kamal.
—Pasa, amorcito, que todavía tienes mucho que aprender acerca de los Zou. Al menos de los dos que viven actualmente en este mundo. Quien ha cometido un error aquí ha sido Yako. Pero ya que hemos comprobado que realmente es él, lo dejamos pasar.
—¿¡Su error!? ¿¡Pero cómo le vamos a recriminar un error al nieto de Alvion!?
—Lección número uno: hasta que él no decida otra cosa, Yako es un iris como cualquier otro —le explicó ella, y miró a Yako en confidencia, y este le devolvió una mirada agradecida—. Por lo que está atado a los mismos derechos, deberes y libertades que el resto de iris.
—Ya, Nessie, pero me sigues tratando de “vos” —apuntó el aludido.
—Que seáis un iris y que esta sea vuestra condición de vida actual no quiere decir que yo no pueda expresar todo el respeto y devoción que siento por vos mediante mi lenguaje. No es por el apellido que poseéis, Yako, sino por el tipo de persona que habéis sido toda vuestra vida, vuestra forma de ser y vuestras acciones que tanto admiro. A no ser que me pidáis lo contrario como una orden, seguiré tratándoos de “vos” por libre elección propia.
Yako se quedó algo sorprendido. Él siempre había pensado que los iris y los habitantes del Monte se dirigían a los Zou con el máximo tratamiento de respeto de cada idioma que hablasen porque se veían obligados o porque se les había enseñado que era lo que debían hacer para respetar la jerarquía. Pero si Nessie le decía que era por mera elección propia, se preguntó si el resto de la gente también lo hacía por esa razón.
—Por cierto, ¿qué tal le va a mi hermanita la iris allá por Tokio, la que nunca escribe y nunca llama? —quiso saber Nessie—. ¿Hace bien su trabajo?
—Ah… Sí, excelente, como siempre. O eso es lo que oigo decir. Effie es una verdadera pesadilla para los criminales.
—Entiendo a esos criminales —bromeó la Guardiana, torciendo una leve sonrisa—. Espero que Pipi la valore tan bien como la valoraba Hideki. Aunque supongo que Hideki le tenía tanto apego a Effie porque compartían el mismo elemento del rayo.
—Espera, ¿no se suponía que una RS debía tener 9 iris de los 9 diferentes elementos? —le preguntó Kamal.
—Bueno, a veces se hacen excepciones si es necesario —le explicó ella—. Sobre todo si eres un iris extraordinario que se ha ganado algunos permisos, como Hideki y Emiliya, o Kei Lian Lao, el cual ha compartido su elemento con sus dos nietos en la KRS de Tokio. Algunos tienen favoritismos nepotistas, como Pipi; otros han nacido con alguna característica única sin precedentes, como Brey Saehara, el hijo menor de Hideki y Emiliya. Y otros hacen directamente lo que les sale de los mismísimos huevos, como Neuval Vernoux.
—¡Hahaha! —se rio Yako—. Vamos, Nessie, sabes que Pipi se comporta como un papá blando con todos los de su SRS, pero con Effie y con Yagami se porta más bien como un hermano mayor, ya que él y Neuval crecieron junto a ellos dos en la antigua SRS.
—Que ese “principito” no me quite el puesto, yo soy la auténtica hermana mayor de Effie y Yagami —dijo ella, inflando el pecho, orgullosa de su posición familiar—. Ya le diré a Yagami que se lo diga de mi parte, aprovechando que está aquí haciendo una visita de investigación.
—Vamos, no rivalices tanto con Pipi —se rio Yako—. En esta Asociación tú compartes el mismo título que él y ninguno de los dos tenéis favoritismos nepotistas. Tú no has alcanzado el puesto de Jefa Guardiana por nepotismo, ¿verdad?
—Puedo probar que me lo he trabajado yo solita —bromeó Nessie, aunque manteniendo su tono serio, mientras enseñaba el muñón de su brazo izquierdo—. Pero perderé todo eso si sigo aquí de cháchara en mitad de mi horario de trabajo. No os entretenemos más, Shokubutsujin-san. Vamos, amorcito, sigamos en nuestro puesto de guardia —se llevó a Kamal, empujándolo con su muñón izquierdo, de vuelta a la salida del Sendero Rojo.
—Guau, Nessie… los Zou son de verdad pero de verdad encantadores y amables, ¿has visto esa sonrisa? Siento tanta paz ahora mismo en mi interior…
—Así es la energía de los ángeles, cielito…
Yako los siguió con la mirada, sonriendo.
Había varias familias o clanes importantes dentro de la Asociación, y eran de dos tipos: las “familias internas”, como el clan Crosbie, de orígenes escoceses y al cual pertenecía Nessie, cuyos miembros llevaban naciendo y habitando dentro de las tierras Zou desde hace dos o tres siglos y estaba formado sobre todo por monjes y Guardianes; y las “familias coligadas”, como el clan Suárez, al cual pertenecía Pipi, cuyos miembros nacen y habitan en otros países del mundo, pero llevan también al menos dos siglos cooperando con la Asociación desde el exterior, con la mayoría de sus miembros trabajando como almaati como si fuera ya una tradición o deber familiar, y también como iris si se daba el caso de que alguno se convertía.
Entonces, familias internas como la de Nessie estaban llenas de Guardianes y monjes, y familias coligadas como la de Pipi estaban llenas de almaati e iris. La Asociación y el trabajo en esta formaba parte de ellos desde que nacían. El cargo de jefe o jefa del clan solía heredarse por la línea primogénita. Nessie era la mayor de siete hermanos, y Pipi el mayor de tres, y sus respectivos padres eran los jefes del clan Crosbie y del clan Suárez. Por eso, los primogénitos que heredarían el mismo cargo solían ser llamados irónicamente o en broma “principitos” y “princesitas” de la Asociación –de ahí el mote que Neuval le puso a “Pipi”–.
A pesar de que su mote de “Pipi” persistía y todo el mundo ya lo llamaba así, Nicolás renunció a ese título hace ya muchos años, porque, aparte de haber tenido siempre una mala relación con su familia coligada, el tipo de vida que él deseaba tener no casaba con la vida que su familia quería que tuviese, así que cortó relación con ellos. Nessie, por el contrario, no tenía problemas con su familia y siempre había aceptado su responsabilidad y su destino como siguiente jefa del clan Crosbie.
Se preguntó entonces qué investigación estaría Yagami haciendo. Venir al Monte Zou a investigar algo significaba que buscaba un conocimiento muy especial que no se encontraba en ninguna otra parte del mundo. Si además llevaba varios días aquí, razón de más. Y esto le intrigaba. Pero si se trataba de una tarea encomendada por Pipi, Yako tenía que respetar la norma de asuntos privados entre RS y no podía preguntarle.
Supuso que Yagami debía de estar encantado de pasar unos días aquí aunque fuera cumpliendo una tarea de su RS. Era como visitar su casa. Yagami fue un niño japonés con una historia familiar muy trágica, complicada y muy especial. Al convertirse en iris, por una serie de motivos y circunstancias, acabó quedándose solo y en una situación de peligro, por lo que fue adoptado por la familia central del clan Crosbie, y se crio en el Monte Zou con aquellos siete hermanos de cabello naranja. Por cercanía de edad, se hizo íntimo amigo inseparable de la hija mediana, Effie, en especial porque ella era la única del clan que era iris, y Yagami y ella fueron acogidos juntos en la SRS de Hideki cuando eran niños. Yagami ahora tenía su vida en Tokio, estaba casado, era librero, y seguía trabajando en la SRS, pero todavía era considerado un Crosbie.
Cuando Yako ya los perdió de vista y se dio la vuelta para continuar su camino, su sonrisa volvió a desaparecer inevitablemente, porque volvió a recordar dónde estaba, y por qué estaba ahí… y por qué no deseaba estar ahí. Pero tenía un recado que cumplir.
Decidió atajar usando su iris, en vez de seguir el caminito que bajaba por la pared del acantilado hasta el río. Se puso al borde del precipicio y enseguida comenzaron a surgir enormes y retorcidas raíces de la pared rocosa a modo de escalones vegetales, haciendo vibrar el suelo. A medida que bajaba por ellas, la raíces se alargaban más y más, emitiendo sonidos crujientes. Cuando llegó hasta la orilla pedregosa del río, las enormes raíces volvieron a introducirse entre las rocas del acantilado, quedando todo como estaba. Acto seguido, el rígido y enorme tronco de una secuoya que había en la orilla del otro lado pareció hacerse de goma, y el gigantesco árbol se dobló sobre el río, formando un puente. Yako lo cruzó caminando sobre el inmenso tronco, y al llegar al otro lado del río, la secuoya volvió a enderezarse y a la normalidad.
Se adentró en el denso Bosque Plenario, a esas horas de la noche inundado de sutiles luces de diferentes colores, provocadas por la bioluminiscencia de varias plantas especialmente cultivadas por los Zou de antaño. Pero ni siquiera esa belleza a la que estaba tan acostumbrado podía mermar su apatía, ese sentimiento de malestar y de otra cosa incómoda que no se le iba de dentro.
Al poco rato de atravesar senderos, rocas, riachuelos, túneles y raíces gigantes sobresaliendo de la tierra acompañado por multitud de sonidos de insectos y animales, oyó las pisadas de algo grande acercándose.
El Bosque Plenario, como cualquier bosque del mundo, no era precisamente un lugar cien por cien seguro para cualquiera que caminara por ahí. Había que tener cuidado con animales típicamente territoriales como los ciervos milú, los pandas o los jabalíes, o venenosos como las serpientes, o depredadores como las panteras nebulosas o los leopardos autóctonos. Nunca atacaban a las personas a no ser que se sintieran amenazados o invadidos, y era un buen lugar donde los iris aprendían a conocer y cómo moverse o sobrevivir en entornos de pura naturaleza salvaje. Si quien necesitaba cruzar el bosque era un humano o cualquier otra persona que todavía no había aprendido a moverse por él, solía ser acompañado por Guardianes.
Sin embargo, lo que aterrizó delante de Yako era el depredador más grande que habitaba por esa región y las montañas de alrededor, y el félido más grande del planeta. Se trataba de un tigre de tamaño gigante, sobrepasando la altura de 4 metros que tendría un elefante africano. Era un tigre completamente blanco, sin rayas, con un ojo azul y otro amarillo.
—Ay… —suspiró amargamente.
Siguió caminando, casi arrastrando los pies. No sólo estaba un poco cansado, sino que tampoco tenía ni pizca de ganas de estar ahí. Ya era de noche, las grandes montañas y valles que se expandían a varios kilómetros a la redonda estaban oscuros y dormidos, arropados bajo una manta de estrellas.
Yako había aterrizado el jet en un campo cercano en mitad de las solitarias llanuras de allí. No quiso aterrizar en el Monte Zou, porque eso llamaría la atención de todos y él quería que su visita fuese lo más discreta posible.
La luna estaba decreciente y no ofrecía mucha luz, pero el ojo iris de Yako emitía suficiente de su luz verde para alumbrar los senderos. Cuando llegó a las orillas pedregosas del Lago Xuhuàn, reflejando el firmamento como un espejo, observó fijamente su centro, hasta que comenzó a aparecer entre la neblina el majestuoso tori de entrada, de maderas blancas y roca de granito, piezas de jade verde y medallones de oro. Las piedras planas que marcaban el camino desde la orilla hasta la puerta también se manifestaron al filo de la superficie del agua, y Yako lo cruzó, suspirando aburrido.
Una vez atravesó el tori, protegido por el “hechizo” del brujo Zhen Yu, siguió caminando por el Sendero Rojo.
Al poco rato, ya empezaron a verse las antorchas de fuego al final del sendero. Cuando salió de ese túnel de ramas entrelazadas y racimos de frutos rojos, se encontró al borde de un gran precipicio. Frente a él se extendía el magnífico paisaje de las tierras Zou, bosques, valles y montañas hasta donde alcanzaba la vista, iluminados por el cielo estrellado y la luna. Desde ahí podía ver el puntito de luz anaranjada que emitía la Ciudadela que rodeaba el Templo Zou, la cual ya brillaba en medio de aquel lejano y prominente monte como la llama de una vela sobre un manto oscuro en el horizonte.
Suspiró por quinta vez, ignorando una voz que le ordenó que aguardara ahí quieto, y siguió caminando por la cuesta pedregosa que descendía en zigzag aquel acantilado. Sin embargo, oyó un ruido a sus espaldas, y lo siguiente que notó fue un cuerpo pesado derribándolo con un placaje. Cuando quiso darse cuenta, estaba bocarriba, sobre el suelo, aplastado bajo el peso de un hombre grande y musculoso de piel algo oscura que apuntaba hacia su cuello con la simple punta de sus dedos, preparado para golpearle la glotis si percibía algún contrataque. Tenía el pelo muy corto, pero con una fina trenza larga cayendo desde su nuca, y vestía con ropas propias de un Guardián del Monte. Yako se quedó perplejo mirándolo. Entonces el otro se fijó en la luz verde claro de su ojo izquierdo.
—Hah… —suspiró el Guardián de mala gana—. ¡No pasa nada, Nessie, se trata de un iris despistado! —exclamó en inglés—. O sordo —le espetó a Yako.
—No existen iris sordos, ni ciegos, ni con alergias, enfermedades neurológicas, diabetes o cáncer, cielito. La conversión les arregla los órganos previamente enfermos o disfuncionales, incluidas las parálisis por daños de la espina dorsal.
Entonces apareció una mujer, igualmente alta y robusta y con grandes bíceps, aunque le faltaba la mitad del brazo izquierdo. Tenía un largo cabello cobrizo recogido en una coleta y el rostro pálido lleno de pecas, además de un par de cicatrices en el labio y en una ceja. Su mirada era feroz, como la de su compañero, y sujetaba una naginata japonesa en la mano derecha.
—Si estás en silla de ruedas y te conviertes en iris, podrás levantarte y caminar. Pero si te falta una pierna o un brazo, no crecerá de nuevo —le explicó la mujer a su compañero, siempre con el mismo tono serio, que chocaba con los apelativos cariñosos con los que lo llamaba.
—Oh… —murmuró el hombretón—. Imagina cuántas personas desearían convertirse en iris para curarse de un cáncer o para poder volver a caminar.
—Si alguien deseara eso a cambio de ver a un ser querido ser asesinado, para empezar no se convertiría en iris jamás, amorcito. Eso no es tener buen corazón, y el iris sólo nace en humanos que ya eran de buen corazón.
—Bueno, era una forma de hablar, lo de sordo —se excusó su compañero—. Lo cual nos queda que, o bien este iris es un despistado, o viene con malas intenciones. ¿Quién te manda pasar más allá de las antorchas sin el permiso de un Guardián? —el hombre moreno agarró a Yako de la chaqueta y lo zarandeó para reprenderle—. ¿Eres un novato? ¿No sabes que debes esperar ahí hasta que se te haga el reconocimiento?
—Ay, mi espalda… —gimió Yako, mareado.
—¡Nessie, rápido, trae las Semillas de Bondad!
La mujer entonces miró a Yako, el cual seguía ahí tan dócil e inofensivo, apretujado entre las manos del otro.
—Vale, pero te sugiero que te apartes de él al menos dos metros durante el reconocimiento —dijo la Guardiana tranquilamente, mientras caminaba de regreso hacia donde estaban las antorchas a la salida del sendero, donde había un pilar de piedra tallada sosteniendo un cuenco lleno de unas raras semillas arrugadas de color blanco, muy parecidas a nueces.
El hombretón la miró confuso, y luego miró a Yako, el cual simplemente le sonreía. Pero él se tomaba muy en serio su trabajo y levantó a Yako del suelo, obligándolo a quedarse en pie y quieto. Cuando Nessie se acercó con el cuenco de nueces blancas, su compañero cogió unas pinzas largas de hierro que tenía enganchadas en su cincho junto a una espada corta en su funda.
El Monte Zou llevaba unos trescientos años usando este método para reconocer a todo aquel que entrase en las tierras, para asegurarse de tres cosas: una, que el iris que viniese de fuera no viniese bajo los efectos activos de un majin; dos, que el humano que viniese no se tratase de una persona mala con un porcentaje de Yin superior al de Yang; y tres, que cualquier persona que viniese no se tratase de un disfraz ni de ninguna ilusión mental como eran capaces de hacer, por ejemplo, los Knive primarios, que tenían naturalmente un Yin superior a su Yang.
Por eso, Nessie, aun sabiendo que ese de ahí era el mismísimo Yako Zou, debía hacerle la prueba a él también para descartar aquella posible tercera opción. La única persona a la que no le hacían el reconocimiento, era Alvion, y no por ser Alvion, sino por obvias razones: cuando Alvion salía de sus tierras y no había Zou alguno dentro de ellas, la barrera del brujo Zhen Yu se activaba impidiendo la entrada a toda persona con mayor Yin que Yang –de ahí que Denzel no pudiera entrar el día que trajo a Neuval y a Alvion, porque este tenía que entrar primero–, y una vez que Alvion entraba, la barrera volvía a desactivarse. La barrera del brujo Zhen Yu desactivándose ya era un indiscutible indicativo de que el verdadero Alvion había entrado, por lo que el reconocimiento no era necesario.
No obstante, si la situación fuera al revés, Yako ya dentro de las tierras pero Alvion viniendo ahora del exterior, los Guardianes tendrían que hacerle el reconocimiento a Alvion sin falta, porque la barrera del brujo, ya desactivada con Yako dentro, ya no podía servir como prueba para Alvion. Además, si alguna vez ocurría el caso –y, de hecho, ocurrió una vez hace un par de siglos– de que un Knive primario viniera bajo la creíble apariencia de Alvion o de cualquier Zou mediante un disfraz o una poderosa ilusión mental y ordenaba a los Guardianes que no le hicieran el reconocimiento y le dejaran pasar, los Guardianes darían la alarma inmediata y sabrían que es un intruso. Ningún Zou podía ordenarle a ningún Guardián que no le hiciera el reconocimiento, precisamente porque podía tratarse de un Knive o intruso engañándolos.
Las Semillas de Bondad eran otro experimento botánico creado por un Zou antiguo. Eran unas semillas especiales que, en lugar de necesitar agua y luz, eran hipersensibles a la energía Yang y a la energía Yin por contacto. Cuando un visitante iris o humano venía, le colocaban sobre la palma de la mano una de estas semillas; si la persona tenía más Yin que Yang, la semilla se pudría hasta convertirse en ceniza en seis segundos, y si la persona tenía más Yang que Yin, en ese mismo intervalo de tiempo y en la mano de un humano medio bueno le crecía un brote verde con una hoja; en la mano de un humano muy bueno, le crecían un par de hojas más y una flor similar a la margarita; y en la mano de un iris, le crecían al menos tres tallos con varias hojas y seis flores.
El Guardián, pues, cogió una de las semillas del cuenco con las pinzas de hierro –para evitar tocarla él–. Yako extendió la mano con la palma hacia arriba, y cuando el hombretón le colocó la semilla sobre ella, Nessie agarró a su compañero, para sorpresa de este, y lo apartó de Yako un par de metros, ella incluida. Desde el primer contacto de la semilla sobre la palma de Yako, en un instante apareció un brote, y durante los cinco segundos siguientes, creció exponencialmente de una forma violentamente hermosa hasta convertirse en un árbol enorme, de varios troncos, lleno de ramas, de hojas, atestado de centenares de flores, elevándose a cuatro metros por encima de ellos sobre la mano.
El Guardián no dejó de gritar alucinado, agarrado a Nessie mientras contemplaba con miedo aquello. Una vez que el árbol dejó de crecer, comenzó a caerse a un lado por el peso. Yako intentó agarrarlo, pero se le escapó de entre las manos y el árbol cayó por el acantilado hasta las orillas del río de abajo.
—Uy… —murmuró Yako—. He sido muy lento esta vez…
—¿¡Pero qué diantres ha sido eso!? —berreó el Guardián, sin salir de su desconcierto.
—Bienvenido, Yako —lo saludó Nessie entonces, manteniendo su postura seria y fría, pero mostrando una leve sonrisa.
—Hace ya tiempo, Nessie, ¿qué tal te va? —saludó él.
—Empezaba a pensar que ya no volvería a veros por aquí, ¿sabéis? ¿Cuánto hace desde vuestra última visita? ¿Tres o cuatro años? Con el tiempo la frecuencia de vuestras visitas ha descendido más y más.
—Es que… tengo trabajo, y la universidad… —intentó excusarse el chico.
—¿¿¡Este es Yako Zou!?? —gritó el otro Guardián con gran horror.
—Así es, amorcito —le dijo Nessie, serena—. Y como estarás pensando, sí, acabas de sentenciar tu pena de muerte.
El hombretón se quedó más blanco que el papel y miró a Yako de repente con ojos inyectados en pánico, observando bien que los del chico, efectivamente, eran los característicos ojos amarillos de los Zou.
—¡Aaaaahhh! —gritó con más horror.
—Ay, mis tímpanos… —murmuró Yako.
—¡Os pido mil perdones, lo siento, perdonadme, yo no sabía… no me fijé en que…! ¡Aaaah! —volvió a gritar, y se arrodilló ante él hasta pegar la frente contra el suelo rocoso con las manos hacia delante—. ¡Por favor, no me condenéis a muerte! ¡Ha sido un error! ¡Castigadme duramente, pero por favor no me ejecutéééis…!
—Tenéis que disculpar a mi marido —le comentó Nessie al Zou mientras el otro seguía en su drama—. Es un habitante reciente, vino a estas tierras hace tres años. Era uno de los refugiados temporales de aquel conflicto bélico de Bangladesh, pero Kamal decidió quedarse porque se enamoró perdidamente de mí. Nos casamos hace un año y acaba de licenciarse como Guardián. Está en prácticas.
El hombretón seguía ahí en el suelo sin levantar la cabeza, pero estaba muy confuso por oírlos hablar tan tranquilos después de su terrible crimen.
—Oh, enhorabuena por el compromiso —sonrió Yako—. Kamal, oye, siento mucho la infracción que he cometido. Iba demasiado distraído y olvidé esperar al reconocimiento antes de pasar. Lo lamento.
—¿EH? —levantó la cabeza de golpe, mirándolo con ojos como platos de confusión—. Pe… ¿No… estáis enfadado… por…? ¿No estáis furioso conmigo?
—¿Con un humano que huele a tanta energía Yang como tú? Kamal, humanos como tú son los que más puedo adorar. Sería impensable para mí hacerte daño.
—Pero… ¡Os he atacado tan bruscamente…! ¿No me vais a castigar o condenar?
—¿Por demostrar que sabes hacer bien tu trabajo? ¡Hahaha…! Oh, Nessie… —miró a la Guardiana.
—Lo sé —sonrió ella seriamente, cerrando los ojos—. Esa inocencia y esa devoción es lo que más amo de él. Eso y otras cosas.
—¿Pero qué está pasando…? —sollozó Kamal.
—Pasa, amorcito, que todavía tienes mucho que aprender acerca de los Zou. Al menos de los dos que viven actualmente en este mundo. Quien ha cometido un error aquí ha sido Yako. Pero ya que hemos comprobado que realmente es él, lo dejamos pasar.
—¿¡Su error!? ¿¡Pero cómo le vamos a recriminar un error al nieto de Alvion!?
—Lección número uno: hasta que él no decida otra cosa, Yako es un iris como cualquier otro —le explicó ella, y miró a Yako en confidencia, y este le devolvió una mirada agradecida—. Por lo que está atado a los mismos derechos, deberes y libertades que el resto de iris.
—Ya, Nessie, pero me sigues tratando de “vos” —apuntó el aludido.
—Que seáis un iris y que esta sea vuestra condición de vida actual no quiere decir que yo no pueda expresar todo el respeto y devoción que siento por vos mediante mi lenguaje. No es por el apellido que poseéis, Yako, sino por el tipo de persona que habéis sido toda vuestra vida, vuestra forma de ser y vuestras acciones que tanto admiro. A no ser que me pidáis lo contrario como una orden, seguiré tratándoos de “vos” por libre elección propia.
Yako se quedó algo sorprendido. Él siempre había pensado que los iris y los habitantes del Monte se dirigían a los Zou con el máximo tratamiento de respeto de cada idioma que hablasen porque se veían obligados o porque se les había enseñado que era lo que debían hacer para respetar la jerarquía. Pero si Nessie le decía que era por mera elección propia, se preguntó si el resto de la gente también lo hacía por esa razón.
—Por cierto, ¿qué tal le va a mi hermanita la iris allá por Tokio, la que nunca escribe y nunca llama? —quiso saber Nessie—. ¿Hace bien su trabajo?
—Ah… Sí, excelente, como siempre. O eso es lo que oigo decir. Effie es una verdadera pesadilla para los criminales.
—Entiendo a esos criminales —bromeó la Guardiana, torciendo una leve sonrisa—. Espero que Pipi la valore tan bien como la valoraba Hideki. Aunque supongo que Hideki le tenía tanto apego a Effie porque compartían el mismo elemento del rayo.
—Espera, ¿no se suponía que una RS debía tener 9 iris de los 9 diferentes elementos? —le preguntó Kamal.
—Bueno, a veces se hacen excepciones si es necesario —le explicó ella—. Sobre todo si eres un iris extraordinario que se ha ganado algunos permisos, como Hideki y Emiliya, o Kei Lian Lao, el cual ha compartido su elemento con sus dos nietos en la KRS de Tokio. Algunos tienen favoritismos nepotistas, como Pipi; otros han nacido con alguna característica única sin precedentes, como Brey Saehara, el hijo menor de Hideki y Emiliya. Y otros hacen directamente lo que les sale de los mismísimos huevos, como Neuval Vernoux.
—¡Hahaha! —se rio Yako—. Vamos, Nessie, sabes que Pipi se comporta como un papá blando con todos los de su SRS, pero con Effie y con Yagami se porta más bien como un hermano mayor, ya que él y Neuval crecieron junto a ellos dos en la antigua SRS.
—Que ese “principito” no me quite el puesto, yo soy la auténtica hermana mayor de Effie y Yagami —dijo ella, inflando el pecho, orgullosa de su posición familiar—. Ya le diré a Yagami que se lo diga de mi parte, aprovechando que está aquí haciendo una visita de investigación.
—Vamos, no rivalices tanto con Pipi —se rio Yako—. En esta Asociación tú compartes el mismo título que él y ninguno de los dos tenéis favoritismos nepotistas. Tú no has alcanzado el puesto de Jefa Guardiana por nepotismo, ¿verdad?
—Puedo probar que me lo he trabajado yo solita —bromeó Nessie, aunque manteniendo su tono serio, mientras enseñaba el muñón de su brazo izquierdo—. Pero perderé todo eso si sigo aquí de cháchara en mitad de mi horario de trabajo. No os entretenemos más, Shokubutsujin-san. Vamos, amorcito, sigamos en nuestro puesto de guardia —se llevó a Kamal, empujándolo con su muñón izquierdo, de vuelta a la salida del Sendero Rojo.
—Guau, Nessie… los Zou son de verdad pero de verdad encantadores y amables, ¿has visto esa sonrisa? Siento tanta paz ahora mismo en mi interior…
—Así es la energía de los ángeles, cielito…
Yako los siguió con la mirada, sonriendo.
Había varias familias o clanes importantes dentro de la Asociación, y eran de dos tipos: las “familias internas”, como el clan Crosbie, de orígenes escoceses y al cual pertenecía Nessie, cuyos miembros llevaban naciendo y habitando dentro de las tierras Zou desde hace dos o tres siglos y estaba formado sobre todo por monjes y Guardianes; y las “familias coligadas”, como el clan Suárez, al cual pertenecía Pipi, cuyos miembros nacen y habitan en otros países del mundo, pero llevan también al menos dos siglos cooperando con la Asociación desde el exterior, con la mayoría de sus miembros trabajando como almaati como si fuera ya una tradición o deber familiar, y también como iris si se daba el caso de que alguno se convertía.
Entonces, familias internas como la de Nessie estaban llenas de Guardianes y monjes, y familias coligadas como la de Pipi estaban llenas de almaati e iris. La Asociación y el trabajo en esta formaba parte de ellos desde que nacían. El cargo de jefe o jefa del clan solía heredarse por la línea primogénita. Nessie era la mayor de siete hermanos, y Pipi el mayor de tres, y sus respectivos padres eran los jefes del clan Crosbie y del clan Suárez. Por eso, los primogénitos que heredarían el mismo cargo solían ser llamados irónicamente o en broma “principitos” y “princesitas” de la Asociación –de ahí el mote que Neuval le puso a “Pipi”–.
A pesar de que su mote de “Pipi” persistía y todo el mundo ya lo llamaba así, Nicolás renunció a ese título hace ya muchos años, porque, aparte de haber tenido siempre una mala relación con su familia coligada, el tipo de vida que él deseaba tener no casaba con la vida que su familia quería que tuviese, así que cortó relación con ellos. Nessie, por el contrario, no tenía problemas con su familia y siempre había aceptado su responsabilidad y su destino como siguiente jefa del clan Crosbie.
Se preguntó entonces qué investigación estaría Yagami haciendo. Venir al Monte Zou a investigar algo significaba que buscaba un conocimiento muy especial que no se encontraba en ninguna otra parte del mundo. Si además llevaba varios días aquí, razón de más. Y esto le intrigaba. Pero si se trataba de una tarea encomendada por Pipi, Yako tenía que respetar la norma de asuntos privados entre RS y no podía preguntarle.
Supuso que Yagami debía de estar encantado de pasar unos días aquí aunque fuera cumpliendo una tarea de su RS. Era como visitar su casa. Yagami fue un niño japonés con una historia familiar muy trágica, complicada y muy especial. Al convertirse en iris, por una serie de motivos y circunstancias, acabó quedándose solo y en una situación de peligro, por lo que fue adoptado por la familia central del clan Crosbie, y se crio en el Monte Zou con aquellos siete hermanos de cabello naranja. Por cercanía de edad, se hizo íntimo amigo inseparable de la hija mediana, Effie, en especial porque ella era la única del clan que era iris, y Yagami y ella fueron acogidos juntos en la SRS de Hideki cuando eran niños. Yagami ahora tenía su vida en Tokio, estaba casado, era librero, y seguía trabajando en la SRS, pero todavía era considerado un Crosbie.
Cuando Yako ya los perdió de vista y se dio la vuelta para continuar su camino, su sonrisa volvió a desaparecer inevitablemente, porque volvió a recordar dónde estaba, y por qué estaba ahí… y por qué no deseaba estar ahí. Pero tenía un recado que cumplir.
Decidió atajar usando su iris, en vez de seguir el caminito que bajaba por la pared del acantilado hasta el río. Se puso al borde del precipicio y enseguida comenzaron a surgir enormes y retorcidas raíces de la pared rocosa a modo de escalones vegetales, haciendo vibrar el suelo. A medida que bajaba por ellas, la raíces se alargaban más y más, emitiendo sonidos crujientes. Cuando llegó hasta la orilla pedregosa del río, las enormes raíces volvieron a introducirse entre las rocas del acantilado, quedando todo como estaba. Acto seguido, el rígido y enorme tronco de una secuoya que había en la orilla del otro lado pareció hacerse de goma, y el gigantesco árbol se dobló sobre el río, formando un puente. Yako lo cruzó caminando sobre el inmenso tronco, y al llegar al otro lado del río, la secuoya volvió a enderezarse y a la normalidad.
Se adentró en el denso Bosque Plenario, a esas horas de la noche inundado de sutiles luces de diferentes colores, provocadas por la bioluminiscencia de varias plantas especialmente cultivadas por los Zou de antaño. Pero ni siquiera esa belleza a la que estaba tan acostumbrado podía mermar su apatía, ese sentimiento de malestar y de otra cosa incómoda que no se le iba de dentro.
Al poco rato de atravesar senderos, rocas, riachuelos, túneles y raíces gigantes sobresaliendo de la tierra acompañado por multitud de sonidos de insectos y animales, oyó las pisadas de algo grande acercándose.
El Bosque Plenario, como cualquier bosque del mundo, no era precisamente un lugar cien por cien seguro para cualquiera que caminara por ahí. Había que tener cuidado con animales típicamente territoriales como los ciervos milú, los pandas o los jabalíes, o venenosos como las serpientes, o depredadores como las panteras nebulosas o los leopardos autóctonos. Nunca atacaban a las personas a no ser que se sintieran amenazados o invadidos, y era un buen lugar donde los iris aprendían a conocer y cómo moverse o sobrevivir en entornos de pura naturaleza salvaje. Si quien necesitaba cruzar el bosque era un humano o cualquier otra persona que todavía no había aprendido a moverse por él, solía ser acompañado por Guardianes.
Sin embargo, lo que aterrizó delante de Yako era el depredador más grande que habitaba por esa región y las montañas de alrededor, y el félido más grande del planeta. Se trataba de un tigre de tamaño gigante, sobrepasando la altura de 4 metros que tendría un elefante africano. Era un tigre completamente blanco, sin rayas, con un ojo azul y otro amarillo.
Comentarios
Publicar un comentario