2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Neuval descendió lentamente cerca de ella y se quedó levitando a treinta centímetros del suelo, observándola.
—No morirás por eso —la tranquilizó, pero con un tono frío.
—¿Por qué no me matas? —preguntó ella, entre riendo y agonizando.
—No quiero ni debo hacerlo.
—¡No me hagas reír! —replicó, tratando de incorporarse—. ¡Tampoco querías ni debías matar a aquellos doce hombres! ¿¡Verdad!?
Neuval se quedó un momento en silencio, incómodo.
—No era yo.
—¡Y una mierda, poderoso Fuujin! —exclamó llena de rabia, y luego comenzó a reírse por lo bajo, más calmada—. ¿Por qué Alvion te deja aún con vida? —murmuró.
Neuval desvió la mirada, un poco sorprendido por esa pregunta.
—Dices que no eras tú —continuó la mujer—. Pero sí eras tú. Era tu otro yo. Tú eres el iris, y tu otro yo el majin. Muchos lo sabemos, gran Fuujin, que estás en grado VI. Poco te queda para llegar al grado VII y convertirte en arki.
—Eso no ocurrirá.
—Claro que sí —sonrió fríamente—. No niegues que sabes perfectamente que los majin crecen con el tiempo. Crees estar ahora a salvo porque Alvion te controla, pero llegará un punto en que tu otro yo se haga tan fuerte que ni Dios podrá salvarte. Eres una amenaza para el mundo. Y lo sabes, pero no lo quieres reconocer.
—Eso no ocurrirá —repitió.
La ex-almaati volvió a reírse por lo bajo y se quedó un rato en silencio.
—Los iris acaban con las amenazas del mundo —musitó—. Pero contigo hacen la vista gorda. ¡Tú... —exclamó de pronto, llena de rabia—... deberías morir! Muchos sabemos las cosas horribles que tu majin ha hecho desde que eres un iris. ¡Destruiste la mitad de este país hace siete años!
—¡Eso fue…! —exclamó Neuval, alterado. Iba a decir que fue un accidente, pero no pudo decir eso, porque era mentira—. Mi majin se descontroló esa vez hasta límites inesperados. Habían asesinado a mi mujer y me volví loco. Pero la Asociación lo arregló todo, los taimu detuvieron el tiempo del mundo unos días hasta que todo fue reconstruido con el poder de Alvion y de los demás iris de Japón. Las memorias de los inocentes fueron borradas. Y no murió nadie.
—Eso es lo más extraño. ¿Arrasas medio país con tu furia y tu viento y nadie acabó muerto? Debes de ser el hombre más suertudo del mundo, Fuujin. Pero también de los más sensibles. Durante años han ido aumentando los grados de tu majin. Te falta poco para convertirte en otra persona, es inevitable, y lo sabes. Entonces seguirán haciendo la vista gorda... hasta que ya nadie pueda hacer nada cuando llegues al grado VII y destruyas el mundo entero, como hacen los arki, que son lo opuesto a los iris.
—Si quieres vengar a esos doce colegas tuyos de mierda que intentaron atacarme el otro día en un callejón...
—Sé la importancia que tiene diferenciar a un inocente de un culpable, y tuviste suerte de que esos doce fueran culpables. —Hizo una pausa para respirar hondo y aguantar el dolor de los cortes—. No te equivoques. Ellos, ni eran nuestros colegas ni eran almaati. Sólo eran humanos comunes, criminales comunes. Puedes respirar aliviado.
—¿¡Y por qué coño unos almaati como vosotros se juntarían con unos criminales!? —exclamó enfadado—. ¿¡De qué vais!? ¿Sois desertores y ahora os pasáis al bando enemigo?
—¿Cuál crees tú que es el bando enemigo? —sonrió fríamente.
—¡Los criminales humanos, el único que hay!
—Dios, Fuujin... Uno de los hombres más inteligentes del mundo, y no sabes nada.
Neuval entornó sus ojos grises con desafío, no sabía si ella sólo pretendía provocarle o de verdad estaba escondiendo algo importante que ignoraba.
—Tu conciencia puede estar libre por tu inexplicable suerte. ¿Pero qué harás cuando tu majin acabe matando a un inocente? Tú, el bueno de Fuujin, jamás serás capaz de perdonártelo, y Alvion no tendrá más remedio que tomar medidas drásticas. Nadie ni nada podrá frenarte. Como pasa con Yamijin-sama.
Neuval abrió los ojos con desconcierto al oír ese apodo. Supo que se refería a Izan.
—¿Qué has dicho...?
—No estamos aquí para vengar a esos criminales normales que mataste —le explicó la mujer, incorporándose sobre el suelo de grava un poco más, con dificultad—. Fuimos nosotros quienes te los enviamos.
—¿¡Qué!?
—Sí, Fuujin, somos desertores, ya no ayudamos a los iris a salvar a los buenos e inocentes humanos. Ahora somos lo que llamarías criminales. Es la única posibilidad a la que nos hemos aferrado para sobrevivir. Izan Saehara ha alcanzado el grado VII de su majin, ¡ahora es un arki! Está en esta ciudad y está tramando algo terrible. Ni Alvion puede detenerlo, porque si un iris se convierte en arki, él ya no podrá controlarlo. Todos aquellos que sean del bando del bien son los enemigos directos del arki, y serán los primeros a los que destruya.
—¿Es eso lo que tú y tus amigos habéis hecho? —entendió Neuval, mirando un momento a los edificios cercanos, donde estaban los otros ex-almaati vigilándolos—. ¿Cambiaros al bando del mal para que Izan no vaya a por vosotros, como unos putos cobardes?
—Ese chico... tiene un poder superior. Y nadie puede frenarle. Por eso te enviamos a esos criminales que mataste. Ellos no tenían ni idea sobre la Asociación, ni de que nosotros éramos almaati, sólo eran una banda criminal callejera. Y esto —se arrancó la cinta roja de la muñeca— sólo era para hacerles creer que éramos de los suyos. Los usamos de cobayas, les dijimos que eras un tipo rico y patético, les dijimos que te localizaran y que te robasen y te dieran una buena paliza. Queríamos comprobar si tu majin explotaba, si seguías teniendo un grado alto. Y nos demostraste que sí.
—¿Pero por qué ibais a…?
—Tú, como el iris más poderoso, podrías haber sido el único capaz de detener a Izan. Pero no puedes... si te estás convirtiendo en lo mismo que él. Si hubieras frenado a esos doce criminales sin perder el autocontrol, al modo iris, habríamos tenido la esperanza de que tú podrías detener a Izan. Pero eres el mismo peligro que él, o lo serás. Y por eso nuestro único modo de sobrevivir al mal de los arki es quitarnos del bando del bien. Con Izan, con Yamijin-sama, es demasiado tarde. Por eso tú deberías morir ya, antes de que sea tarde.
—Sólo dices tonterías.
—Quizás —sonrió con calma—. Lo mismo pensamos de Yamijin-sama, y mira qué ha pasado. No lo niegues, porque tú lo conocías bien. Siempre fue tu favorito, hasta le pusiste el apodo de “Ichi”: número uno. Seguro que antes nunca llegaste a imaginar que él acabaría así, ¿verdad? Mal hecho. Ahora deberías pensar en ti mismo.
Neuval respiró aceleradamente, empezando a alterarse. Esas palabras se introducían en su mente como ríos de verdad y lógica, y no podía asimilarlo.
—Dices que es inevitable que yo llegue a ese grado —dijo Neuval—. Yo lo evitaré, y tendrás que tragarte tus palabras. No me llames iluso por esto, porque juro por mi vida y la de mi familia que jamás permitiré convertirme en alguien como Yamijin-sama: una amenaza para el mundo.
—Lo juras muy seguro de ti mismo. Pero ¿y si te equivocas?
Neuval se quedó un momento en silencio, y cerró los ojos.
—Está claro —contestó—. Acabaré yo mismo el trabajo que estáis haciendo ahora. Antes de que sea tarde. Si no lo consigo a tiempo, Alvion lo hará, y no pasará nada.
—Pues que así sea —masculló—. Si sales vivo de esta.
Neuval se volvió con sobresalto, y vio a los otros tres hombres y las otras dos mujeres aproximándose hacia él rápidamente, saltando por las azoteas.
—Te recuerdo —le dijo a la mujer herida—. Tú eras una almaati de la ARS, ¿cierto?
—Así es —suspiró, empezando a debilitarse.
—¿Sabe tu ex-Líder que te has convertido en una criminal de mierda?
—¡Hah...! Ingenuo Fuujin, ¿crees que a Viernes le importa? Quizá hace años, pero ahora no. Ella ha cambiado… y será demasiado tarde cuando descubras a qué me refiero.
Neuval entornó los ojos con un mal presentimiento, le preocupó un poco que dijera algo así de Viernes, y ciertamente no entendía ahora a qué se refería con eso. Pero sus oponentes ya estaban llegando a ellos.
—Será mejor que te vea un médico —se despidió Neuval.
Saltó de aquella azotea justo cuando los otros cinco trajeados aterrizaron en ella. Las dos mujeres se quedaron junto a la herida, y los otros tres hombres siguieron persiguiéndolo. Neuval decidió descender al suelo en un callejón, y corrió hacia las calles más transitadas de Shibuya, con el fin de confundirse entre la gente que caminaba por allí y despistar a los otros. La gente, al ver a un hombre elegante con traje y corbata corriendo como un atleta por su lado, soltaron exclamaciones de sorpresa y curiosidad, y más al ver a otros igual tras él.
Neuval saltó las vallas que limitaban unos pequeños jardines de la calle y se acercó a la plaza donde estaba la estatua de Hachiko. Sin embargo, de detrás de Hachiko apareció una mujer. Tenía tez pálida y el pelo negro y muy liso, con flequillo y un corte por encima de los hombros muy recto, y vestía con un qipao antiguo bastante lujoso.
—¡Disculpe! —exclamó Neuval en el momento de esquivarla por los pelos.
—¡Hey! —saltó esta.
Los perseguidores de Neuval pasaron por el mismo sitio y el primero también la esquivó por poco, pero los otros dos no la vieron y se chocaron con ella.
—¡Ah! —gritó la mujer, y empezó a soltar palabras en otro idioma, tan irritada que cogió su bolso de cuero antiguo y comenzó a aporrearlos con él—. ¡Malditos pervertidos! ¡No volváis tocarme!
Les dio una y otra vez.
—¡Eh! —protestó uno.
—¡Estate quieta! —se alteró el otro, pero recibió un bolsazo en toda la cara, sumándose a la nariz que ya tenía rota por el portazo que le dio Neuval.
El otro hombre, el jefe del grupo, se volvió con sorpresa al ver a sus compañeros siendo aniquilados por aquella alta y delgada mujer pero aparentemente más fuerte de lo que parecía. Neuval también se detuvo y se quedó igual de asombrado.
—¡Tú también, no huyas! —dijo la mujer en ese otro idioma extranjero que el ex-almaati jefe no entendió, cuando dejó a los otros dos agonizando en el suelo y corrió hacia él.
A este no le dio tiempo a reaccionar y recibió los mortales bolsazos de la mujer. Neuval siguió ahí, de espectador, recapacitando sobre la vida y sus interesantes giros.
La gente ya había formado un corro alrededor del altercado. Cuando el último almaati desertor de la cinta roja cayó al suelo, dolorido, la mujer de repente le clavó una mirada fiera a Neuval. «¡Ostras, qué miedo…!» se asustó Neuval, a punto de salir huyendo. Sin embargo, la mujer dio un espectacular salto de varios metros y aterrizó justo delante de él, blandiendo su bolso con gran fuerza, pero Neuval se inclinó hacia atrás con increíble flexibilidad y la esquivó por poco. Ella apretó los dientes y siguió con el intento de darle.
—¡Eh! —exclamó Neuval.
¡Fiuu! Esquivó otro bolsazo.
—¡Es...!
¡Fiuu! Volvió a esquivarlo.
—¡... pere!
¡Fiuu!
—¡Que yo soy bueno!
¡Fiuu! La mujer empezó a llamarlo con palabras muy feas, y Neuval reconoció que el idioma que hablaba era chino mandarín. Como él se había criado en Hong Kong, se había criado con el cantonés, pero no tenía ningún problema con entenderla, ya que de los 18 idiomas que Neuval sabía hablar, estaban incluidas algunas variantes del chino.
Llegó un momento en que ella se cansó de dar bolsazos, y lo que hizo fue sacar del propio bolso un pincel húmedo y un largo pergamino enrollado, extendiéndolo frente a ella en el aire. Su mirada de ojos negros se volvió fría y serena, y al mismo tiempo pareció pintar algo en el papel con asombrosa velocidad, en apenas dos segundos. Neuval abrió los ojos con gran pasmo, cuando creyó ver algo parecido a un animal de tinta, con colmillos y vida propia, saliendo del papel. Era como si el dibujo cobrase vida.
—Es… toy… —Neuval se fue llevando las manos a la cabeza conforme asumía lo que era eso—… ¡¡alucinando pepinos!! ¡No me lo puedo creer! ¡Ah! —brincó de repente, mirando alarmado a la gente que los rodeaba, y saltó inmediatamente sobre la mujer—. ¡Para, para, guarda eso! —le habló en mandarín, agarrando la muñeca de la mujer por donde sostenía el pincel y dándole un manotazo al pergamino tan fuerte que espachurró a la criatura de tinta que estaba emergiendo de él, y con más movimientos brutos metió el papel arrugado de regreso a su bolso dejándolo todo hecho un desastre.
—¿¡Qué te crees que haces, pervertido!? —le rugió la mujer, intentando soltarse de él.
—¿¡Qué te crees que haces tú, taimuki!? —replicó Neuval con enfado.
—¿¡Qué…!? —se quedó perpleja—. ¿Cómo sabes…?
—¡Hahah! —se rio Neuval con inocencia, girándose hacia la gente—. No hay nada que ver aquí. Sólo ha sido un pequeño altercado. Está todo controlado…
La gente seguía mirando y comentando lo sucedido, y Neuval aprovechó que ahora estaban prestando atención a los tres criminales malheridos que seguían agonizando en el suelo.
—Tú, estate quieta, ¿cómo se te ocurre usar el Poder de los Sellos en plena calle delante de tantos humanos inocentes? —le reprimió Neuval.
—¿¡Quién eres!? ¿¡Qué sabes tú de eso!? —desconfió ella, intentando soltarse de él, pero Neuval seguía agarrando su muñeca.
—¿Trabajas en la Asociación?
—¡No!
—¿Entonces cómo demonios es posible que sepas usar ese poder? ¿Por qué Denzel te lo ha enseñado si sólo eres una taimuki común, ajena a la Asociación? Si te lo ha enseñado sin ser miembro de la Asociación, tiene que ser por una buena razón. Él debe tener mucho cuidado con eso, los dioses suelen ponerse insoportables si este tipo de cosas no se controlan.
—¡No es asunto tuyo! ¡Suéltame de una vez! ¡Tu gente siempre es de lo más descarada y sinvergüenza!
—¿Mi gente? —preguntó confuso—. ¿Los iris?
—¡Los franceses! —le espetó ella.
—¡Racista! —protestó Neuval, dolido.
—Se te nota en el acento. ¿Y encima eres un iris? ¿Así tratas a una víctima atacada por tres delincuentes? —señaló a los malheridos de allá.
—¡Eh, la víctima de esos idiotas era yo! —gruñó Neuval.
—Escucha, yo uso el Poder de los Sellos para sobrevivir, ¡llevo un día en este espantoso lugar y ya han intentado atacarme cinco maleantes, y tres de ellos no querían mi dinero solamente!
—Vale —Neuval soltó su muñeca, y levantó las manos—. Discúlpame, no volveré a tocarte, pero por favor, deja de llamar así la atención. Es que no me explico… —de pronto se quedó mudo, le vino a la mente una posibilidad—. Oh, espera… Espera… ¿Por casualidad…? —la miró con un brillo ilusionado en los ojos, aproximándose más a ella, y ella retrocedió de nuevo, pensando que estaba loco—. ¿Tenías un hermano mayor llamado Yong? ¿Eres por casualidad una de las hermanas pequeñas de Yong?
—¿De qué hablas? Mi único hermano mayor se llama Lincoln y de mis otros seis hermanos pequeños ninguno se llama Yong.
—Ah… —lamentó el Fuu, perdiendo esa ilusión.
Cuando Neuval tenía unos 17 años y todavía vivía en Hong Kong y trabajaba en la SRS de Hideki, en esta SRS había un almaati hongkonés llamado Yong, unos tres años mayor que él, pero era uno de sus muy mejores amigos. Neuval y su hermano Sai solían salir siempre con Yong para divertirse, además del trabajo que hacían juntos cuando la SRS tenía una misión. Era, además, un taimuki que Denzel encontró y reconoció como su descendiente cuando era pequeño, cuando los padres del chico murieron en un accidente de avión, una tragedia que tuvo bastante repercusión en el país, y el viejo Lao fue uno de los muchos iris que fueron a salvar a los heridos, y entre los supervivientes estaban Yong y sus tres hermanas pequeñas.
Cuando Denzel descubrió que aquel niño y sus tres hermanas eran taimuki de su sangre, y que habían quedado huérfanos, él mismo se hizo cargo de ellos, ayudándolos a salir adelante hasta que Yong ya se hiciera mayor y autosuficiente para cuidar de sus hermanas y de sí mismo, razón también por la que Yong eligió convertirse en almaati y servir a la Asociación. Denzel les tenía tanto cariño que les enseñó a él y a sus hermanas a usar el Poder de los Sellos, algo que era bastante exclusivo, porque tampoco podía enseñárselo a todos los descendientes con los que se encontrase por ahí, al ser un poder bastante peligroso en manos no responsables.
En esa época, cuando Neuval tenía 17, Yong estaba perdidamente enamorado de la hija del Líder, es decir, de Katya. Y resultaba que Neuval también. El problema era que Katya, en aquel entonces, odiaba a Neuval –y tenía razones– y parecía que Yong le gustaba. Para Neuval, aquello era una batalla perdida, o eso pensaba entonces. Sin embargo, una nueva tragedia lo cambió todo. En una misión que se torció, Yong salió gravemente herido y acabó muriendo en el hospital, el mismo hospital donde Neuval y Katya también estuvieron a punto de morir.
Sin previo aviso, Neuval despertó de sus recuerdos y se encontró a la mujer volviendo a dibujar una bestia en su pergamino arrugado tranquilamente.
—¿¡Qué haces, loca!? —la frenó alarmado, dándole otro manotazo al papel.
—¡Se están recuperando, hay que darles más fuerte! —señaló ella hacia los ex-almaati, que se estaban empezando a levantar del suelo, y esquivó a Neuval para seguir dibujando.
—¡Compórtate, taimuki! —se echó sobre ella, agarrándola por detrás para inmovilizar sus brazos.
—¿¡Cómo te atreves, iris!? ¡Que seas extremadamente atractivo no significa que yo vaya a permitirte semejante contacto físico!
—¿Ah? —Neuval se quedó turbado por un momento, y sonrojado.
La mujer, harta, logró apartarse de él, pero no continuó con su intento de usar el Poder de los Sellos. En lugar de eso, corrió hacia los tres criminales al grito de guerra y blandiendo su bolso letal de nuevo. Se formó un gran jaleo en la plaza de Hachiko, la gente gritaba, tanto de disgusto como de miedo o incluso animando la pelea. Neuval no sabía qué hacer, porque muchos ya habían sacado sus teléfonos móviles para grabar el altercado y él debía procurar estar bien lejos de las grabaciones y de las cosas que llamasen demasiado la atención, sobre todo teniendo en cuenta que Hatori había abierto una investigación directa para cazar a Fuujin.
Neuval descendió lentamente cerca de ella y se quedó levitando a treinta centímetros del suelo, observándola.
—No morirás por eso —la tranquilizó, pero con un tono frío.
—¿Por qué no me matas? —preguntó ella, entre riendo y agonizando.
—No quiero ni debo hacerlo.
—¡No me hagas reír! —replicó, tratando de incorporarse—. ¡Tampoco querías ni debías matar a aquellos doce hombres! ¿¡Verdad!?
Neuval se quedó un momento en silencio, incómodo.
—No era yo.
—¡Y una mierda, poderoso Fuujin! —exclamó llena de rabia, y luego comenzó a reírse por lo bajo, más calmada—. ¿Por qué Alvion te deja aún con vida? —murmuró.
Neuval desvió la mirada, un poco sorprendido por esa pregunta.
—Dices que no eras tú —continuó la mujer—. Pero sí eras tú. Era tu otro yo. Tú eres el iris, y tu otro yo el majin. Muchos lo sabemos, gran Fuujin, que estás en grado VI. Poco te queda para llegar al grado VII y convertirte en arki.
—Eso no ocurrirá.
—Claro que sí —sonrió fríamente—. No niegues que sabes perfectamente que los majin crecen con el tiempo. Crees estar ahora a salvo porque Alvion te controla, pero llegará un punto en que tu otro yo se haga tan fuerte que ni Dios podrá salvarte. Eres una amenaza para el mundo. Y lo sabes, pero no lo quieres reconocer.
—Eso no ocurrirá —repitió.
La ex-almaati volvió a reírse por lo bajo y se quedó un rato en silencio.
—Los iris acaban con las amenazas del mundo —musitó—. Pero contigo hacen la vista gorda. ¡Tú... —exclamó de pronto, llena de rabia—... deberías morir! Muchos sabemos las cosas horribles que tu majin ha hecho desde que eres un iris. ¡Destruiste la mitad de este país hace siete años!
—¡Eso fue…! —exclamó Neuval, alterado. Iba a decir que fue un accidente, pero no pudo decir eso, porque era mentira—. Mi majin se descontroló esa vez hasta límites inesperados. Habían asesinado a mi mujer y me volví loco. Pero la Asociación lo arregló todo, los taimu detuvieron el tiempo del mundo unos días hasta que todo fue reconstruido con el poder de Alvion y de los demás iris de Japón. Las memorias de los inocentes fueron borradas. Y no murió nadie.
—Eso es lo más extraño. ¿Arrasas medio país con tu furia y tu viento y nadie acabó muerto? Debes de ser el hombre más suertudo del mundo, Fuujin. Pero también de los más sensibles. Durante años han ido aumentando los grados de tu majin. Te falta poco para convertirte en otra persona, es inevitable, y lo sabes. Entonces seguirán haciendo la vista gorda... hasta que ya nadie pueda hacer nada cuando llegues al grado VII y destruyas el mundo entero, como hacen los arki, que son lo opuesto a los iris.
—Si quieres vengar a esos doce colegas tuyos de mierda que intentaron atacarme el otro día en un callejón...
—Sé la importancia que tiene diferenciar a un inocente de un culpable, y tuviste suerte de que esos doce fueran culpables. —Hizo una pausa para respirar hondo y aguantar el dolor de los cortes—. No te equivoques. Ellos, ni eran nuestros colegas ni eran almaati. Sólo eran humanos comunes, criminales comunes. Puedes respirar aliviado.
—¿¡Y por qué coño unos almaati como vosotros se juntarían con unos criminales!? —exclamó enfadado—. ¿¡De qué vais!? ¿Sois desertores y ahora os pasáis al bando enemigo?
—¿Cuál crees tú que es el bando enemigo? —sonrió fríamente.
—¡Los criminales humanos, el único que hay!
—Dios, Fuujin... Uno de los hombres más inteligentes del mundo, y no sabes nada.
Neuval entornó sus ojos grises con desafío, no sabía si ella sólo pretendía provocarle o de verdad estaba escondiendo algo importante que ignoraba.
—Tu conciencia puede estar libre por tu inexplicable suerte. ¿Pero qué harás cuando tu majin acabe matando a un inocente? Tú, el bueno de Fuujin, jamás serás capaz de perdonártelo, y Alvion no tendrá más remedio que tomar medidas drásticas. Nadie ni nada podrá frenarte. Como pasa con Yamijin-sama.
Neuval abrió los ojos con desconcierto al oír ese apodo. Supo que se refería a Izan.
—¿Qué has dicho...?
—No estamos aquí para vengar a esos criminales normales que mataste —le explicó la mujer, incorporándose sobre el suelo de grava un poco más, con dificultad—. Fuimos nosotros quienes te los enviamos.
—¿¡Qué!?
—Sí, Fuujin, somos desertores, ya no ayudamos a los iris a salvar a los buenos e inocentes humanos. Ahora somos lo que llamarías criminales. Es la única posibilidad a la que nos hemos aferrado para sobrevivir. Izan Saehara ha alcanzado el grado VII de su majin, ¡ahora es un arki! Está en esta ciudad y está tramando algo terrible. Ni Alvion puede detenerlo, porque si un iris se convierte en arki, él ya no podrá controlarlo. Todos aquellos que sean del bando del bien son los enemigos directos del arki, y serán los primeros a los que destruya.
—¿Es eso lo que tú y tus amigos habéis hecho? —entendió Neuval, mirando un momento a los edificios cercanos, donde estaban los otros ex-almaati vigilándolos—. ¿Cambiaros al bando del mal para que Izan no vaya a por vosotros, como unos putos cobardes?
—Ese chico... tiene un poder superior. Y nadie puede frenarle. Por eso te enviamos a esos criminales que mataste. Ellos no tenían ni idea sobre la Asociación, ni de que nosotros éramos almaati, sólo eran una banda criminal callejera. Y esto —se arrancó la cinta roja de la muñeca— sólo era para hacerles creer que éramos de los suyos. Los usamos de cobayas, les dijimos que eras un tipo rico y patético, les dijimos que te localizaran y que te robasen y te dieran una buena paliza. Queríamos comprobar si tu majin explotaba, si seguías teniendo un grado alto. Y nos demostraste que sí.
—¿Pero por qué ibais a…?
—Tú, como el iris más poderoso, podrías haber sido el único capaz de detener a Izan. Pero no puedes... si te estás convirtiendo en lo mismo que él. Si hubieras frenado a esos doce criminales sin perder el autocontrol, al modo iris, habríamos tenido la esperanza de que tú podrías detener a Izan. Pero eres el mismo peligro que él, o lo serás. Y por eso nuestro único modo de sobrevivir al mal de los arki es quitarnos del bando del bien. Con Izan, con Yamijin-sama, es demasiado tarde. Por eso tú deberías morir ya, antes de que sea tarde.
—Sólo dices tonterías.
—Quizás —sonrió con calma—. Lo mismo pensamos de Yamijin-sama, y mira qué ha pasado. No lo niegues, porque tú lo conocías bien. Siempre fue tu favorito, hasta le pusiste el apodo de “Ichi”: número uno. Seguro que antes nunca llegaste a imaginar que él acabaría así, ¿verdad? Mal hecho. Ahora deberías pensar en ti mismo.
Neuval respiró aceleradamente, empezando a alterarse. Esas palabras se introducían en su mente como ríos de verdad y lógica, y no podía asimilarlo.
—Dices que es inevitable que yo llegue a ese grado —dijo Neuval—. Yo lo evitaré, y tendrás que tragarte tus palabras. No me llames iluso por esto, porque juro por mi vida y la de mi familia que jamás permitiré convertirme en alguien como Yamijin-sama: una amenaza para el mundo.
—Lo juras muy seguro de ti mismo. Pero ¿y si te equivocas?
Neuval se quedó un momento en silencio, y cerró los ojos.
—Está claro —contestó—. Acabaré yo mismo el trabajo que estáis haciendo ahora. Antes de que sea tarde. Si no lo consigo a tiempo, Alvion lo hará, y no pasará nada.
—Pues que así sea —masculló—. Si sales vivo de esta.
Neuval se volvió con sobresalto, y vio a los otros tres hombres y las otras dos mujeres aproximándose hacia él rápidamente, saltando por las azoteas.
—Te recuerdo —le dijo a la mujer herida—. Tú eras una almaati de la ARS, ¿cierto?
—Así es —suspiró, empezando a debilitarse.
—¿Sabe tu ex-Líder que te has convertido en una criminal de mierda?
—¡Hah...! Ingenuo Fuujin, ¿crees que a Viernes le importa? Quizá hace años, pero ahora no. Ella ha cambiado… y será demasiado tarde cuando descubras a qué me refiero.
Neuval entornó los ojos con un mal presentimiento, le preocupó un poco que dijera algo así de Viernes, y ciertamente no entendía ahora a qué se refería con eso. Pero sus oponentes ya estaban llegando a ellos.
—Será mejor que te vea un médico —se despidió Neuval.
Saltó de aquella azotea justo cuando los otros cinco trajeados aterrizaron en ella. Las dos mujeres se quedaron junto a la herida, y los otros tres hombres siguieron persiguiéndolo. Neuval decidió descender al suelo en un callejón, y corrió hacia las calles más transitadas de Shibuya, con el fin de confundirse entre la gente que caminaba por allí y despistar a los otros. La gente, al ver a un hombre elegante con traje y corbata corriendo como un atleta por su lado, soltaron exclamaciones de sorpresa y curiosidad, y más al ver a otros igual tras él.
Neuval saltó las vallas que limitaban unos pequeños jardines de la calle y se acercó a la plaza donde estaba la estatua de Hachiko. Sin embargo, de detrás de Hachiko apareció una mujer. Tenía tez pálida y el pelo negro y muy liso, con flequillo y un corte por encima de los hombros muy recto, y vestía con un qipao antiguo bastante lujoso.
—¡Disculpe! —exclamó Neuval en el momento de esquivarla por los pelos.
—¡Hey! —saltó esta.
Los perseguidores de Neuval pasaron por el mismo sitio y el primero también la esquivó por poco, pero los otros dos no la vieron y se chocaron con ella.
—¡Ah! —gritó la mujer, y empezó a soltar palabras en otro idioma, tan irritada que cogió su bolso de cuero antiguo y comenzó a aporrearlos con él—. ¡Malditos pervertidos! ¡No volváis tocarme!
Les dio una y otra vez.
—¡Eh! —protestó uno.
—¡Estate quieta! —se alteró el otro, pero recibió un bolsazo en toda la cara, sumándose a la nariz que ya tenía rota por el portazo que le dio Neuval.
El otro hombre, el jefe del grupo, se volvió con sorpresa al ver a sus compañeros siendo aniquilados por aquella alta y delgada mujer pero aparentemente más fuerte de lo que parecía. Neuval también se detuvo y se quedó igual de asombrado.
—¡Tú también, no huyas! —dijo la mujer en ese otro idioma extranjero que el ex-almaati jefe no entendió, cuando dejó a los otros dos agonizando en el suelo y corrió hacia él.
A este no le dio tiempo a reaccionar y recibió los mortales bolsazos de la mujer. Neuval siguió ahí, de espectador, recapacitando sobre la vida y sus interesantes giros.
La gente ya había formado un corro alrededor del altercado. Cuando el último almaati desertor de la cinta roja cayó al suelo, dolorido, la mujer de repente le clavó una mirada fiera a Neuval. «¡Ostras, qué miedo…!» se asustó Neuval, a punto de salir huyendo. Sin embargo, la mujer dio un espectacular salto de varios metros y aterrizó justo delante de él, blandiendo su bolso con gran fuerza, pero Neuval se inclinó hacia atrás con increíble flexibilidad y la esquivó por poco. Ella apretó los dientes y siguió con el intento de darle.
—¡Eh! —exclamó Neuval.
¡Fiuu! Esquivó otro bolsazo.
—¡Es...!
¡Fiuu! Volvió a esquivarlo.
—¡... pere!
¡Fiuu!
—¡Que yo soy bueno!
¡Fiuu! La mujer empezó a llamarlo con palabras muy feas, y Neuval reconoció que el idioma que hablaba era chino mandarín. Como él se había criado en Hong Kong, se había criado con el cantonés, pero no tenía ningún problema con entenderla, ya que de los 18 idiomas que Neuval sabía hablar, estaban incluidas algunas variantes del chino.
Llegó un momento en que ella se cansó de dar bolsazos, y lo que hizo fue sacar del propio bolso un pincel húmedo y un largo pergamino enrollado, extendiéndolo frente a ella en el aire. Su mirada de ojos negros se volvió fría y serena, y al mismo tiempo pareció pintar algo en el papel con asombrosa velocidad, en apenas dos segundos. Neuval abrió los ojos con gran pasmo, cuando creyó ver algo parecido a un animal de tinta, con colmillos y vida propia, saliendo del papel. Era como si el dibujo cobrase vida.
—Es… toy… —Neuval se fue llevando las manos a la cabeza conforme asumía lo que era eso—… ¡¡alucinando pepinos!! ¡No me lo puedo creer! ¡Ah! —brincó de repente, mirando alarmado a la gente que los rodeaba, y saltó inmediatamente sobre la mujer—. ¡Para, para, guarda eso! —le habló en mandarín, agarrando la muñeca de la mujer por donde sostenía el pincel y dándole un manotazo al pergamino tan fuerte que espachurró a la criatura de tinta que estaba emergiendo de él, y con más movimientos brutos metió el papel arrugado de regreso a su bolso dejándolo todo hecho un desastre.
—¿¡Qué te crees que haces, pervertido!? —le rugió la mujer, intentando soltarse de él.
—¿¡Qué te crees que haces tú, taimuki!? —replicó Neuval con enfado.
—¿¡Qué…!? —se quedó perpleja—. ¿Cómo sabes…?
—¡Hahah! —se rio Neuval con inocencia, girándose hacia la gente—. No hay nada que ver aquí. Sólo ha sido un pequeño altercado. Está todo controlado…
La gente seguía mirando y comentando lo sucedido, y Neuval aprovechó que ahora estaban prestando atención a los tres criminales malheridos que seguían agonizando en el suelo.
—Tú, estate quieta, ¿cómo se te ocurre usar el Poder de los Sellos en plena calle delante de tantos humanos inocentes? —le reprimió Neuval.
—¿¡Quién eres!? ¿¡Qué sabes tú de eso!? —desconfió ella, intentando soltarse de él, pero Neuval seguía agarrando su muñeca.
—¿Trabajas en la Asociación?
—¡No!
—¿Entonces cómo demonios es posible que sepas usar ese poder? ¿Por qué Denzel te lo ha enseñado si sólo eres una taimuki común, ajena a la Asociación? Si te lo ha enseñado sin ser miembro de la Asociación, tiene que ser por una buena razón. Él debe tener mucho cuidado con eso, los dioses suelen ponerse insoportables si este tipo de cosas no se controlan.
—¡No es asunto tuyo! ¡Suéltame de una vez! ¡Tu gente siempre es de lo más descarada y sinvergüenza!
—¿Mi gente? —preguntó confuso—. ¿Los iris?
—¡Los franceses! —le espetó ella.
—¡Racista! —protestó Neuval, dolido.
—Se te nota en el acento. ¿Y encima eres un iris? ¿Así tratas a una víctima atacada por tres delincuentes? —señaló a los malheridos de allá.
—¡Eh, la víctima de esos idiotas era yo! —gruñó Neuval.
—Escucha, yo uso el Poder de los Sellos para sobrevivir, ¡llevo un día en este espantoso lugar y ya han intentado atacarme cinco maleantes, y tres de ellos no querían mi dinero solamente!
—Vale —Neuval soltó su muñeca, y levantó las manos—. Discúlpame, no volveré a tocarte, pero por favor, deja de llamar así la atención. Es que no me explico… —de pronto se quedó mudo, le vino a la mente una posibilidad—. Oh, espera… Espera… ¿Por casualidad…? —la miró con un brillo ilusionado en los ojos, aproximándose más a ella, y ella retrocedió de nuevo, pensando que estaba loco—. ¿Tenías un hermano mayor llamado Yong? ¿Eres por casualidad una de las hermanas pequeñas de Yong?
—¿De qué hablas? Mi único hermano mayor se llama Lincoln y de mis otros seis hermanos pequeños ninguno se llama Yong.
—Ah… —lamentó el Fuu, perdiendo esa ilusión.
Cuando Neuval tenía unos 17 años y todavía vivía en Hong Kong y trabajaba en la SRS de Hideki, en esta SRS había un almaati hongkonés llamado Yong, unos tres años mayor que él, pero era uno de sus muy mejores amigos. Neuval y su hermano Sai solían salir siempre con Yong para divertirse, además del trabajo que hacían juntos cuando la SRS tenía una misión. Era, además, un taimuki que Denzel encontró y reconoció como su descendiente cuando era pequeño, cuando los padres del chico murieron en un accidente de avión, una tragedia que tuvo bastante repercusión en el país, y el viejo Lao fue uno de los muchos iris que fueron a salvar a los heridos, y entre los supervivientes estaban Yong y sus tres hermanas pequeñas.
Cuando Denzel descubrió que aquel niño y sus tres hermanas eran taimuki de su sangre, y que habían quedado huérfanos, él mismo se hizo cargo de ellos, ayudándolos a salir adelante hasta que Yong ya se hiciera mayor y autosuficiente para cuidar de sus hermanas y de sí mismo, razón también por la que Yong eligió convertirse en almaati y servir a la Asociación. Denzel les tenía tanto cariño que les enseñó a él y a sus hermanas a usar el Poder de los Sellos, algo que era bastante exclusivo, porque tampoco podía enseñárselo a todos los descendientes con los que se encontrase por ahí, al ser un poder bastante peligroso en manos no responsables.
En esa época, cuando Neuval tenía 17, Yong estaba perdidamente enamorado de la hija del Líder, es decir, de Katya. Y resultaba que Neuval también. El problema era que Katya, en aquel entonces, odiaba a Neuval –y tenía razones– y parecía que Yong le gustaba. Para Neuval, aquello era una batalla perdida, o eso pensaba entonces. Sin embargo, una nueva tragedia lo cambió todo. En una misión que se torció, Yong salió gravemente herido y acabó muriendo en el hospital, el mismo hospital donde Neuval y Katya también estuvieron a punto de morir.
Sin previo aviso, Neuval despertó de sus recuerdos y se encontró a la mujer volviendo a dibujar una bestia en su pergamino arrugado tranquilamente.
—¿¡Qué haces, loca!? —la frenó alarmado, dándole otro manotazo al papel.
—¡Se están recuperando, hay que darles más fuerte! —señaló ella hacia los ex-almaati, que se estaban empezando a levantar del suelo, y esquivó a Neuval para seguir dibujando.
—¡Compórtate, taimuki! —se echó sobre ella, agarrándola por detrás para inmovilizar sus brazos.
—¿¡Cómo te atreves, iris!? ¡Que seas extremadamente atractivo no significa que yo vaya a permitirte semejante contacto físico!
—¿Ah? —Neuval se quedó turbado por un momento, y sonrojado.
La mujer, harta, logró apartarse de él, pero no continuó con su intento de usar el Poder de los Sellos. En lugar de eso, corrió hacia los tres criminales al grito de guerra y blandiendo su bolso letal de nuevo. Se formó un gran jaleo en la plaza de Hachiko, la gente gritaba, tanto de disgusto como de miedo o incluso animando la pelea. Neuval no sabía qué hacer, porque muchos ya habían sacado sus teléfonos móviles para grabar el altercado y él debía procurar estar bien lejos de las grabaciones y de las cosas que llamasen demasiado la atención, sobre todo teniendo en cuenta que Hatori había abierto una investigación directa para cazar a Fuujin.
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