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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









17.
Dando paso al cambio

Mientras Lao y Neuval bajaban por uno de los ascensores, el viejo recordó algo que quería preguntarle.

—Por cierto, ¿qué tal fue la reunión de instituto de ayer? Suzu ya me contó con detalle lo maravilloso que es Kyo y lo orgullosa que está de él. ¿Qué pasa con Cleven?

—Que es un desastre —respondió Neuval, mirando ensimismado la pantalla del ascensor donde estaban mostrando las noticias del tiempo.

—¿En serio? —lamentó Lao—. ¿Estudiando?

—No. Acatando las normas. El problema no es que ella no sepa hacer los deberes, es que no quiere hacerlos.

—¡Oh! Me recuerda a alguien —ironizó el viejo, sonriendo divertido—. ¿Y eso a ti no te gusta, señor Fuujin?

—No me importa que Cleven no haga los deberes. Lo que me importa es… el motivo que pueda haber detrás.

—¿Mm?

—Para mí, los deberes escolares sólo son un recordatorio de: “no olvides seguir usando el cerebro y hacer algo útil con tu existencia un par de horas más hoy”. Si Cleven no quiere hacer los deberes, prefiero que sea porque tiene algo mejor que hacer o porque quiere usar su cerebro para otra cosa útil. Me preocupa que el motivo de que no quiera hacerlos sea porque no tiene ganas de usar su mente y sólo quiera evadirse del mundo que la rodea, no pensar, olvidar, no creer que sirva de algo…

—Tampoco puedes esperar que Cleven renuncie a hacer los deberes para gastar ese tiempo en irse a un laboratorio casero a experimentar con la física, o a alguna biblioteca o universidad a leer un libro de Matemáticas más avanzadas.

—Yo no espero que Cleven sea una científica como yo. No se trata de eso. Cuando yo renunciaba a hacer los aburridos deberes del instituto, era para dedicar ese tiempo a mi particular pasión. A aquello en lo que sé que soy bueno, útil y feliz.

Salieron del ascensor al llegar la planta de Recepción, y se fueron por otro pasillo para dirigirse a una salida lateral del edificio, donde estaba el aparcamiento privado al aire libre.

—Cleven tiene tanto potencial… —continuó diciendo Neuval—. Pero tan estancado, durante tantos años… Puede que no tuviera un don con las matemáticas, pero sí que lo tenía con la gente. Con entender a la gente… al ser humano… su historia, sus culturas, sus conflictos, su comportamiento en sociedad… Le encantaban esos temas. ¿Cuántas veces se me escapaba esa niña durante las visitas al Monte Zou por su afán de colarse en la biblioteca privada de Alvion, o en reuniones sobre asuntos de la Asociación, o incluso en misiones? Su pasión era meterse por todas las grietas y agujeros del mundo que la rodeaba, para averiguar qué había en ellos, por qué se habían formado, y cómo podía arreglarlos. ¿Y ahora? —se paró justo en la puerta de salida y se giró hacia Lao—. Ahora no le apetece hacer los deberes… porque prefiere encerrarse en su cuarto, tumbarse en la cama, ponerse los casos de música, mirar al techo… olvidarlo todo y dejar de pensar.

Neuval se quedó mirando al suelo con pesadumbre. Lao podía ver en sus ojos que una gran parte de él se culpaba a sí mismo de que Cleven hubiese estado así los últimos años.

—¿“Ahora”? —repitió Lao, posándole una mano en el hombro, y le sonrió con calma—. ¿O antes?

—¿Cómo saberlo? Ya no vive conmigo. Y me da pereza pedirle a mi jovencísimo cuñado que me haga un informe diario sobre el estado psicológico de mi hija y sobre todo lo que hace.

—Tal vez porque eso ya se pasa de controlador. A ver. ¿Qué tal la viste ayer en la reunión? ¿Cómo la notaste?

—Empachada de bollos —respondió con tono resignado, siendo eso algo muy habitual para él. Sin embargo, luego se quedó pensativo, recordando los pequeños detalles que detectó en ella, cuando hablaba con su tío, cuando hablaba con sus amigas, su actitud después de la reunión… Neuval acabó dibujando una sonrisa más cálida—. Y contenta.

—¿Ves? —dijo Lao—. El cambio que tú has permitido que pase después de siete años, ha dado un pequeño primer fruto en los dos primeros días. Deja que esa semilla de cambio siga creciendo de forma natural, Neu. Ten paciencia. La verdadera Cleven que tú conoces resurgirá de las cenizas. Dale tiempo.

—Bueno —dijo saliendo ya al aparcamiento exterior—, sólo espero que aprenda que, en esta vida, muchas veces, tendrá que hacer cosas que no le gustan o que no quiere hacer, para llegar al lugar donde desea estar. Y que por eso, por muy tedioso que sea para ella hacer deberes o exámenes, los acabará haciendo, porque sabe que sólo son un peldaño más para subir a su meta deseada.

—¿Crees que la meta deseada de Cleven es estar en una carrera universitaria o en un trabajo que requiera esas exigencias académicas?

Neuval se quedó callado unos segundos, sentándose de brazos cruzados sobre el capó de su coche. Para muchas personas, el éxito no estaba en una carrera universitaria o en una profesión importante como la de abogado, médico o ejecutivo de una empresa. Músicos, artistas, incluso creadores de un negocio propio, no necesitaron pasar por la universidad para hallar el éxito. Y aunque no hallaran el éxito, al menos hallaron su particular felicidad ahí, lo cual se traducía como un éxito personal.

Neuval había visto morir a demasiada gente inocente, incluyendo niños que no llegaron a cumplir ni los 10 años de edad, como para creer que en la vida había que cumplir con el deber por encima de ser feliz. Para él, era al contrario. Todos tenían una vida y con un tiempo limitado, después de eso no hay más. Si una persona tiene libertad de elegir, y elige un camino por el que no disfruta su vida en ningún sentido y lo único que tiene es sufrimiento, estrés y dolor, es que está desperdiciando un regalo que a muchas otras personas les fue arrebatado. Neuval luchó y pasó por mil cosas terribles con tal de tener esa libertad de elegir y su meta deseada. Y también eligió luchar y sacrificarse un tiempo, con tal de que sus tres hijos también tuvieran la inmensa fortuna que es la libertad de elegir lo que querían hacer.

Lex halló su felicidad en la universidad y en su profesión como médico y neurólogo, al final de un camino muy duro lleno de sacrificios, pero que él había elegido libremente cruzar. Yenkis tenía cerebro de sobra para hacer exactamente lo mismo que su padre, pero la música también era su pasión, y a lo mejor elegía dedicarse a la música, donde podía tener éxito o no, pero mientras fuera lo que hiciera feliz a Yenkis, Neuval lo apoyaría completamente. Lo mismo iba a hacer con Cleven, tanto si elegía ser camarera o peluquera, profesiones que no requerían universidad pero sí eran muy necesarias en la sociedad, como si quería ser abogada o ingeniera, siempre y cuando eligiera aquello que le hiciera dormir satisfecha y con ganas de levantarse al día siguiente.

¿Qué quería hacer Cleven con su vida? Neuval tuvo una vez una conversación con ella. Teniendo en cuenta que ocurrió cuando ella tenía unos 8 años, a lo mejor ahora era algo ya irrelevante. Porque, ¿qué iba a saber una niña con 8 años, verdad? Pero Neuval aún recordaba esa conversación. En aquel entonces, Cleven era un poco distinta a como era ahora. Y no por ser más pequeña. Incluso a esa corta edad, ella tenía claro lo que quería hacer. Pero aún era un poco ingenua en el sentido de creer saber cómo hacerlo.

Ese afán de colarse en las grietas y en los agujeros del mundo humano para curiosear sus misterios y arreglarlos estaba muy bien, pero era muy peligroso hacerlo sin haber aprendido bien cómo funciona el mundo, no sólo en esas grietas, sino también en la superficie. Había normas, leyes y requisitos de por medio, personas en desacuerdo, o incluso seres divinos muy prohibidores que, por desgracia, seguían teniendo más poder. Por eso, aquella vez, Neuval le explicó que si quería arreglar el mundo, necesitaba obtener mucho poder, en todas sus formas: ser poderosa físicamente, fuerte, ágil, sana, saber luchar y defenderse, y saber manejar el mayor número de objetos, armas y máquinas posible; ser poderosa psicológicamente, conocer sus propios límites de paciencia, de miedo, de ira, de sufrimiento, de tolerancia…; y ser poderosa intelectualmente, obteniendo siempre el mayor conocimiento de las cosas posible, la sabiduría, la experiencia…

Cuando un adulto oye a un niño decir que de mayor quiere cambiar el mundo o hacer del mundo un lugar mejor, el adulto suele sonreír y decirle: “eso está muy bien, niño”, pero por dentro piensa: “no tienes ni pajolera idea de lo que dices, niño”. Neuval también pudo pensar eso de Cleven aquella vez, sentirlo como algo adorable y no tomárselo en serio. Pero entonces, sería como no tomarse en serio a sí mismo, porque él le dijo esas mismas palabras a Lao cuando era pequeño. Y Neuval aún tenía entre manos esa firme meta.

Neuval era un iris, así que, para él, el camino hacia esa meta era uno concreto, que era con la Asociación, las normas de la Asociación y sus métodos y recursos. Pero para Cleven iba a tener que ser otro camino, porque ella era humana. Y los humanos que querían cambiar el mundo, para obtener poder, tenían que ir hacia donde residía el poder humano: el Gobierno, o una gran corporación empresarial. Para ambas cosas, para bien o para mal, había que pasar por requisitos académicos.

—Si la Cleven actual eligiera retomar el sueño que solía tener de pequeña —comentó Neuval finalmente—, ya sabe que pasar por esos molestos deberes y exámenes es imprescindible. Yo sólo quiero que no acabe eligiendo algo que acabe destruyéndola, o convirtiéndola en algo que ella misma odie ser. Como le pasó a Lilian.

Lao, que estaba ahí abriendo la puerta de su coche aparcado junto al de Neuval, levantó la cabeza de golpe y lo miró muy sorprendido. Era la primera vez en muchos años que oía a Neuval pronunciar ese nombre. En especial, le chocaba que lo hubiera mencionado con ese aire tan tranquilo. Neuval seguía sentado sobre el capó de su vehículo, y miró al viejo de reojo.

—No lo pensarás en serio, ¿verdad? —le preguntó Lao.

—¿El qué?

—Que los trastornos mentales o los defectos que tuviera Lilian podrían pasar genéticamente a tus hijos.

—Sólo digo… —levantó una mano apaciguadora—… que sé lo que le pasa a una mente humana cuando cae por una rampa de depresión, autodesprecio y malas decisiones, especialmente si hay antecedentes familiares. Seamos realistas. Si yo no me hubiera convertido en iris y me hubiera quedado en París, habría acabado exactamente igual que ella. De hecho, incluso siendo iris, he sido igualito que ella durante algunas etapas.

—Neuval. ¿Qué sabes de tu madre biológica? Es decir, ¿en qué entorno creció ella? ¿Cómo fue su infancia?

—No tengo ni idea. Sólo sé que se casó con otro monstruo como ella.

—Que te quede clara una cosa —le dijo Lao seriamente—. Todas las personas de este mundo, y con personas me refiero a iris y humanos… todos tenemos el mismo potencial de convertirnos tanto en monstruos como en personas normales o como en héroes. Todos tenemos esa mecha, unos más larga y otros más corta según nuestros genes, y el tipo de entorno y de gente que nos rodee son la cerilla que podría prenderla. Sabes que no simpatizo con tus progenitores, pero quizá Lilian cayó por esa rampa hasta el fondo y sin freno, porque no hubo nada ni nadie a quien agarrarse para frenar. No obtuvo la ayuda concreta que necesitaba. Sí, de acuerdo, tú has sido como ella varias veces durante tu vida, depresivo, drogodependiente, violento con los demás, autodestructivo… Pero siempre tuviste algo que te frenaba. Tu madre y yo, tus hermanos Monique y Sai, el amor de tu vida Katya, tus mejores amigos Pipi y Kanon, tus suegros y maestros Hideki y Emiliya, Alvion, Hana, tus hijos…

—Yo no debería tener esas etapas oscuras y comportamientos deplorables, en primer lugar.

—Neuval, ¡yo también podría haber tenido etapas así y comportamientos así! No es ningún secreto. Tengo 67 años y todavía arrastro un severo trauma de abandono. Mi primera memoria es estar en una habitación mugrienta con un pañal de tela áspera y meado hasta arriba, pegándome con un niño desconocido por un trozo de pan, y extraños adultos metiéndome en un pequeño corral durante horas para que dejara de molestar. Si yo no hubiera tenido un hermano gemelo siendo mi total apoyo y amigo y mi única evidencia en el mundo de que se puede amar y confiar en alguien, yo en ese orfanato habría sido un pequeño monstruo despiadado con el resto. Y si no me hubiera convertido en iris y Alvion no hubiera estado en mi vida, y posteriormente tu madre, yo podría haber acabado perfectamente pudriéndome en un callejón, muerto de hambre o con agujas en mis brazos.

Neuval no dijo nada. Tan sólo lo escuchaba en silencio.

—Tu hija no va a acabar jamás por el camino de Lilian, Neuval, porque, tenga o no propensión genética de caer por la rampa, tiene a su alrededor muchas manos a las que agarrarse. Tiene unos hermanos y un tío que la quieren a rabiar, unos abuelos que la adoran, y un padre lo suficientemente loco como para liarse a patadas hasta con los mismísimos dioses por ella.

—Hm… —Neuval soltó una pequeña risa—. ¿Recuerdas que casi le di una patada de verdad al dios Zero por insinuar el disparate de que Yeilang pudo morir por suicidio?

—Recuerdo al Yako de 5 años adelantándote, yendo a propinarle a Zero la patada antes que tú —se rio Lao, y Neuval también se rio—. ¿No te marchas? —le preguntó, abriendo ya la puerta de su coche.

—Estoy esperando a Hana, iremos juntos a casa. Estará al salir.

Lao asintió y dejó caer su cartera en el asiento del copiloto. Se giró una vez más hacia él.

—Neu. Dentro de una semana…

—Lo sé, papá —respondió este tranquilamente, observando las nubes en el cielo nocturno—. No faltaré. Como cada año.

El viejo volvió a asentir.

—Entonces, el miércoles que viene a las seis en el cementerio —dijo Lao.

—Sí —respondió Neuval—. Avisaré a mamá y a Suzu.

—Y yo a Mei Ling y a Kyo, para que no hagan planes ese día.


* * * * * *


Aquella semana pasó rápido. Para algunos, como Cleven, pasó volando. Cada día, para ella, era una novedad distinta. Cada vez conocía más cosas sobre su tío, o los mellizos la sorprendían con sus rarezas y ocurrencias. Sobre todo, irse con Kyo casi todos los días al instituto juntos era muy entretenido.

Drasik a veces los acompañaba y a veces no, dependía del humor que tuviera. Su actitud con Cleven se había moderado bastante. Desde que se enteró de que era la hija de Fuujin, ya no se le ocurría perseguirla y flirtear con ella como hacía antes, porque el respeto por su maestro pesaba mucho más. Aunque sí que mantenía la manía de llamarla “princesa”, eso ya le salía de manera natural. A Cleven le irritaba, pero él lo veía divertido y a veces la hacía un poco rabiar. Eso, cuando estaba de buen humor. Cuando no lo estaba, se convertía en un chico callado o no estaba con ellos y se iba a otro lado.

Kyo no conseguía descifrar si su amigo seguía locamente encaprichado con Cleven pero se forzaba a sí mismo a disimularlo por respeto a Fuujin, o si resultaba que Drasik ya había perdido interés en ella en ese sentido. Porque a veces notaba que Drasik realmente quería acercarse a ella, pero parecía como que había algo que se lo impedía, o le reprimía. Kyo conocía a Drasik desde que eran pequeños, habían sido íntimos amigos desde siempre, pero tenía que reconocer que, para ser un chico de lo más escandaloso, bocazas y extrovertido, Drasik a veces le parecía alguien que guardaba mucho misterio.

También, Cleven tuvo oportunidad de cruzarse alguna vez en el portal con el hermano de Drasik, a quien ya conoció en el hotel y en aquel restaurante turco durante sus días fugada, y también con la hermana de Kyo, que, al verla por primera vez, Cleven se quedó anonadada con su belleza.

Lo que embriagó a Cleven, es que tanto Mei Ling como Eliam eran enormemente simpáticos con ella. No sabía si es que ellos eran así con cualquier persona, o si es que ella les caía tan de maravilla. Había un poco de cada cosa. Mei Ling adoraba a Cleven, pero no sólo ahora, sino desde que nació. Obviamente a Mei Ling le dolía en el alma tener que fingir que no la conocía de antes y que no compartieron muchas cosas en el pasado, siendo ambas las dos únicas nietas Lao. Aun así, Mei Ling se moderaba y procuraba no parecer demasiado cercana, es decir, lejos del límite de lo raro que pudiera hacer a Cleven sospechar algo.

Con Eliam no había problema, porque él obtuvo el mismo tipo de borrado de memoria que Drasik, que era el de no recordar nada sobre la Cleven del pasado, precisamente para que Drasik continuara lejos del alcance de esos recuerdos durante aquellos siete años. Para Eliam, era como conocerla otra vez por primera vez. Y él se llevaba bien con todo el mundo, por lo que era muy fácil que con Cleven también.

Así que, el único que parecía no estar encajando del todo en ese conjunto armonioso de vecinos y amigos, era Drasik. O al menos, lo hacía de forma intermitente. Pero nadie se quejaba al respecto. Los que lo conocían, sabían que Drasik a veces tenía esas etapas cambiantes. La mayor parte del tiempo era él mismo, muy alegre, ruidoso, dando la lata, juntándose con todo el mundo… y otras veces tenía unos pocos días de estar más distraído, callado, yendo a su bola, prefiriendo estar más tranquilo y solo con sus cosas. Esto era tipiquísimo en los iris con majin de uno o dos grados, algo totalmente inofensivo. Por eso, ni Brey, ni Kyo ni Eliam estaban demasiado preocupados, sólo un poco, lo normal, esperando que fuera, una vez más, una corta etapa pasajera.

Por otra parte, Cleven había tenido la ocasión de conocer a Agatha en condiciones un día. Brey tenía que quedarse todo el día en la universidad, y Cleven salía un poco tarde, por lo que Agatha recogió a los mellizos y se los llevó a su casa y les hizo la comida. Cleven llegó un rato después, y Agatha la invitó a comer con ellos, diciendo que todavía estaba a tiempo.

Cleven aceptó agradecida, pero, no supo por qué, desde que entró en su casa y cada una se presentó debidamente ante la otra, desde que la pudo observar bien de cerca y de frente, empezó a sentir algo raro. De las pocas veces que Cleven la había visto en la distancia los otros días, la había visto como una anciana de lo más normal. Pero, en este momento, estando tan cerca de ella, la envolvió una sensación inexplicable del más puro misterio.

Puede que tuviera algo que ver el hecho de que Cleven estuviese ante un demonio creado artificialmente, que podía dominar las Corrientes Divinas del Espacio y del Tiempo, que había pisado todos los metros cuadrados de ese planeta durante 767 años, y que durante una parte de su vida hubiese sido un instrumento utilizado por los mismísimos Dioses del Yin para realizar recados divinos absolutamente secretos para el resto de los mortales… Pero, también, Cleven notaba una rara aura de relación. De relación con qué exactamente, no sabía, pero de relación con ella, o de algo de ella.

Por eso, la joven estuvo la mitad de la comida con una actitud muy tímida y reservada, a pesar de que la anciana no dejaba de sonreír con calidez, con sus ojos siempre cerrados, y de preguntarle por cosas normales, como qué tal le iba viviendo con Brey, o qué curso estudiaba en el instituto, o qué deportes o aficiones le gustaba hacer… Los mellizos rompían constantemente esa pequeña tensión de timidez que emitía Cleven con algún comentario divertido o cotilleo en su colegio. No obstante, lo que acabó borrando la timidez de Cleven hacia la anciana, fue enterarse de algo que no se esperaba para nada.

—¿Cómo? ¿Tu tutor se llama Denzel Sanders? —dijo la anciana, con los codos apoyados en la mesa junto a su plato ya vacío—. Ya veo. ¿Y qué tal te trata ese terco? Como si fuera el más sabiondo del mundo, ¿no?

—Eh… —Cleven se quedó algo turbada, sin entender muy bien por qué decía eso—. Bueno, en realidad, el profesor Sanders ha sido fantástico conmigo desde el primer día de curso. Me ha ayudado mucho, o al menos, lo ha intentado mucho, ya que he tenido un mal comienzo en el curso… aunque estoy tratando de mejorar. Y él ha sido supercomprensivo y simpático conmigo.

—Hmpf… —bufó Agatha, tomado un sorbo de su taza de manzanilla—. Él siempre ha sentido debilidad por los problemáticos y los raros. La verdad es que yo también.

—Pero… eh… ¿usted conoce a Denzel, señora Bennet?

—Querida. Es mi nieto. ¿No lo sabías?

—¿¡Qué!? —brincó perpleja—. ¡No! ¡No tenía ni idea!

—Ata. Nosotros tampoco hemos conocido a tu nieto aún —comentó Daisuke, con toda la boca manchada del yogur que se estaba tomando de postre.

—No te pierdes nada, cielo.

—¿Es guapo o es feo? —preguntó su melliza, también con la cara manchada de yogur.

—Clover. Soy ciega —le dijo la anciana.

—Pues sí es atractivo, y elegante —le sonrió Cleven a su prima—. A mí me cae muy bien. Me encanta cómo enseña y explica. Y cómo trata a sus alumnos. Tiene mucha paciencia.

—Viene ya con mucha práctica detrás —añadió Agatha—. Querida, no te he ofrecido nada de postre.

—¡No, no se preocupe! Se lo prometo, no me cabe ni un gramo más. Para ser sincera, creo que es el mejor arroz con curry que he comido jamás. Y he comido muchos.

—Me enseñó la receta uno de mis antiguos maridos. Era natural del norte de la India —sonrió.

—Oh… —murmuró con sorpresa, pero con el ceño fruncido. «¿Uno de sus…?» pensó confusa, «Pero ¿cuántas veces se ha casado esta mujer?».

—Dile a Brey que te lo haga algún día, que para eso le enseñé a cocinar —comentó Agatha mientras se ponía en pie y recogía los platos.

—No, no… Permítame —se levantó Cleven enseguida, y fue recogiéndolo todo ella y llevándolo a la cocina—. Dai, Clover, id cogiendo vuestras cosas, nos vamos a casa. Ya hemos molestado suficiente a la señora Bennet.

—Molestia ninguna, cielo —dijo Agatha, riéndose—. Aunque, desafortunadamente, tengo que atender un recado importante ahora.

—Claro, no se preocupe por nada —Cleven regresó de la cocina y cogió también su mochila y su abrigo de la silla del comedor donde estaba sentada—. El tío Brey ya me ha comentado que usted es una persona muy ocupada y que viaja mucho. ¿Es por trabajo? No se ofenda, pero… parece tener edad ya de jubilada.

—¡Hahah! Y no te falta razón, niña mía. Pero se trata, más bien, de un trabajo que me gusta hacer voluntariamente. Intento ayudar a muchas personas.

—Eso tengo entendido —sonrió Cleven, yéndose ya hacia la entrada con los niños y con ella, y cuando llegó hasta la puerta, se giró hacia la anciana—. Usted salvó a mi tío y a mis primitos. Y les dio estas viviendas tanto a él como a los Jones y a los Lao por un precio muy inferior a lo que en realidad valen. Es usted una persona formidable —se inclinó ante ella como despedida respetuosa—. Gracias por invitarme a com-…

Cleven se vio interrumpida cuando, nada más volver a erguirse, Agatha la rodeó con un cálido abrazo. No se esperó este repentino gesto. Le dio un poco de vergüenza, porque pensó que quizá, al ser Agatha inglesa, este era un tipo de despedida más adecuado en su cultura, en lugar de la inclinación… No tenía ni idea. Y la verdad es que ese abrazo duró algo más de lo que se consideraría normal.

Entonces, Agatha se separó de ella, pero la sujetó de las mejillas, sonriendo con cariño.

—Si sigues brillando de esta manera, Cleventine… un día cegarás a ese vil dios que me cegó a mí —murmuró la anciana, y la besó en la frente.

Por supuesto, Cleven no entendió nada. Se quedó callada, con cara confusa. Pero Agatha soltó una suave risa y se separó de ella. Los niños se despidieron alegremente, cruzaron el rellano y ya se metieron con su prima en la casa de Brey. Cleven se quedó meditabunda, preguntándose aún que había querido decir la anciana con eso. Sin embargo, acabó deduciendo que, tal vez, Agatha era una persona muy religiosa y al parecer estaba enfadada con Dios o algo así.


En cuanto a los mellizos, a Daisuke le estuvo costando bastante cumplir con lo que su padre le encargó, que era mantener a Jannik y a Clover lo más separados posible en el colegio. Obviamente, el pobre Daisuke era un niño de 5 años y no podía estar más de veinte minutos haciendo una misma cosa o concentrándose en una misma tarea. Y cada vez que le podía la distracción y se alejaba del lado de su hermana un rato para ir a jugar a otra cosa con otros niños, Jannik aparecía de las sombras al lado de Clover. Simplemente hablaban, o jugaban juntos a algo, o Clover le contaba las “historias ocultas” que había visto en algunos objetos y Jannik escuchaba embelesado… Y entonces, Daisuke venía corriendo, con sus malas pulgas, ordenándole a Jannik que se alejara de su hermana, y este se iba enseguida, sonriendo, diciéndole a Clover que no quería tener problemas con su hermano y que ya la vería de nuevo en otro momento.

Relacionado con esto, Denzel había estado espiando a Clover unas cuantas veces más, aprovechando los ratos de descanso en el instituto que coincidían con los ratos de recreo de los niños en el edificio de prescolar. No se le podía culpar por seguir un poco obsesionado con el asunto de aquella intrusa con el aspecto de Clover que lo despertó en medio de la noche intentando quitarle su anillo de la mano. Tampoco era algo como para dejarlo pasar o restarle importancia. Un acto así, no es sólo que pudiera enfadar a Denzel, es que debía de haber un motivo muy poderoso detrás.

No había querido decírselo a Neuval, ni a Lao ni a nadie, pero cada vez estaba más convencido de la única teoría que podía explicar el suceso de la intrusa que vio con el aspecto de Clover, y era la del truco visual. Sólo los Knive tenían la habilidad de crear espejismos o alucinaciones en los demás durante varios segundos e hiperrealistas, incluso sobre gente tan poderosa como los Zou, o incluso en el particular modo de ver que tenía Denzel, a través de sus gafas especiales.

Por eso, cada vez que iba a observar a Clover desde la lejanía y la encontraba jugando o paseando con Jannik, no podía creer que fuera una coincidencia. Por lo que todas sus sospechas recaían sobre el pequeño Knive albino.


Por su parte, sus deberes como nuevo ministro de Interior habían mantenido a Hatori extremadamente ocupado con muchos asuntos que no tenían que ver con los iris, pero era el proceso inevitable de empezar a cambiar las cosas por el Ministerio y establecer su modo de hacerlas, además de cimentar sus objetivos prioritarios y asegurarse de que los cuerpos policiales y militares cumplían con su línea ideológica. No fue difícil. Todo el mundo ya venía manteniendo un profundo respeto por Takeshi Nonomiya. Su hijo no quería hacer más que lo mismo que él, pero con más fervor. Y a nadie le parecía mal en absoluto.

En cuanto las cosas terminaran de asentarse en su nuevo cargo, Hatori continuaría investigando el caso que más ansiaba resolver, la masacre que ocasionó Fuujin en un callejón contra doce criminales.









17.
Dando paso al cambio

Mientras Lao y Neuval bajaban por uno de los ascensores, el viejo recordó algo que quería preguntarle.

—Por cierto, ¿qué tal fue la reunión de instituto de ayer? Suzu ya me contó con detalle lo maravilloso que es Kyo y lo orgullosa que está de él. ¿Qué pasa con Cleven?

—Que es un desastre —respondió Neuval, mirando ensimismado la pantalla del ascensor donde estaban mostrando las noticias del tiempo.

—¿En serio? —lamentó Lao—. ¿Estudiando?

—No. Acatando las normas. El problema no es que ella no sepa hacer los deberes, es que no quiere hacerlos.

—¡Oh! Me recuerda a alguien —ironizó el viejo, sonriendo divertido—. ¿Y eso a ti no te gusta, señor Fuujin?

—No me importa que Cleven no haga los deberes. Lo que me importa es… el motivo que pueda haber detrás.

—¿Mm?

—Para mí, los deberes escolares sólo son un recordatorio de: “no olvides seguir usando el cerebro y hacer algo útil con tu existencia un par de horas más hoy”. Si Cleven no quiere hacer los deberes, prefiero que sea porque tiene algo mejor que hacer o porque quiere usar su cerebro para otra cosa útil. Me preocupa que el motivo de que no quiera hacerlos sea porque no tiene ganas de usar su mente y sólo quiera evadirse del mundo que la rodea, no pensar, olvidar, no creer que sirva de algo…

—Tampoco puedes esperar que Cleven renuncie a hacer los deberes para gastar ese tiempo en irse a un laboratorio casero a experimentar con la física, o a alguna biblioteca o universidad a leer un libro de Matemáticas más avanzadas.

—Yo no espero que Cleven sea una científica como yo. No se trata de eso. Cuando yo renunciaba a hacer los aburridos deberes del instituto, era para dedicar ese tiempo a mi particular pasión. A aquello en lo que sé que soy bueno, útil y feliz.

Salieron del ascensor al llegar la planta de Recepción, y se fueron por otro pasillo para dirigirse a una salida lateral del edificio, donde estaba el aparcamiento privado al aire libre.

—Cleven tiene tanto potencial… —continuó diciendo Neuval—. Pero tan estancado, durante tantos años… Puede que no tuviera un don con las matemáticas, pero sí que lo tenía con la gente. Con entender a la gente… al ser humano… su historia, sus culturas, sus conflictos, su comportamiento en sociedad… Le encantaban esos temas. ¿Cuántas veces se me escapaba esa niña durante las visitas al Monte Zou por su afán de colarse en la biblioteca privada de Alvion, o en reuniones sobre asuntos de la Asociación, o incluso en misiones? Su pasión era meterse por todas las grietas y agujeros del mundo que la rodeaba, para averiguar qué había en ellos, por qué se habían formado, y cómo podía arreglarlos. ¿Y ahora? —se paró justo en la puerta de salida y se giró hacia Lao—. Ahora no le apetece hacer los deberes… porque prefiere encerrarse en su cuarto, tumbarse en la cama, ponerse los casos de música, mirar al techo… olvidarlo todo y dejar de pensar.

Neuval se quedó mirando al suelo con pesadumbre. Lao podía ver en sus ojos que una gran parte de él se culpaba a sí mismo de que Cleven hubiese estado así los últimos años.

—¿“Ahora”? —repitió Lao, posándole una mano en el hombro, y le sonrió con calma—. ¿O antes?

—¿Cómo saberlo? Ya no vive conmigo. Y me da pereza pedirle a mi jovencísimo cuñado que me haga un informe diario sobre el estado psicológico de mi hija y sobre todo lo que hace.

—Tal vez porque eso ya se pasa de controlador. A ver. ¿Qué tal la viste ayer en la reunión? ¿Cómo la notaste?

—Empachada de bollos —respondió con tono resignado, siendo eso algo muy habitual para él. Sin embargo, luego se quedó pensativo, recordando los pequeños detalles que detectó en ella, cuando hablaba con su tío, cuando hablaba con sus amigas, su actitud después de la reunión… Neuval acabó dibujando una sonrisa más cálida—. Y contenta.

—¿Ves? —dijo Lao—. El cambio que tú has permitido que pase después de siete años, ha dado un pequeño primer fruto en los dos primeros días. Deja que esa semilla de cambio siga creciendo de forma natural, Neu. Ten paciencia. La verdadera Cleven que tú conoces resurgirá de las cenizas. Dale tiempo.

—Bueno —dijo saliendo ya al aparcamiento exterior—, sólo espero que aprenda que, en esta vida, muchas veces, tendrá que hacer cosas que no le gustan o que no quiere hacer, para llegar al lugar donde desea estar. Y que por eso, por muy tedioso que sea para ella hacer deberes o exámenes, los acabará haciendo, porque sabe que sólo son un peldaño más para subir a su meta deseada.

—¿Crees que la meta deseada de Cleven es estar en una carrera universitaria o en un trabajo que requiera esas exigencias académicas?

Neuval se quedó callado unos segundos, sentándose de brazos cruzados sobre el capó de su coche. Para muchas personas, el éxito no estaba en una carrera universitaria o en una profesión importante como la de abogado, médico o ejecutivo de una empresa. Músicos, artistas, incluso creadores de un negocio propio, no necesitaron pasar por la universidad para hallar el éxito. Y aunque no hallaran el éxito, al menos hallaron su particular felicidad ahí, lo cual se traducía como un éxito personal.

Neuval había visto morir a demasiada gente inocente, incluyendo niños que no llegaron a cumplir ni los 10 años de edad, como para creer que en la vida había que cumplir con el deber por encima de ser feliz. Para él, era al contrario. Todos tenían una vida y con un tiempo limitado, después de eso no hay más. Si una persona tiene libertad de elegir, y elige un camino por el que no disfruta su vida en ningún sentido y lo único que tiene es sufrimiento, estrés y dolor, es que está desperdiciando un regalo que a muchas otras personas les fue arrebatado. Neuval luchó y pasó por mil cosas terribles con tal de tener esa libertad de elegir y su meta deseada. Y también eligió luchar y sacrificarse un tiempo, con tal de que sus tres hijos también tuvieran la inmensa fortuna que es la libertad de elegir lo que querían hacer.

Lex halló su felicidad en la universidad y en su profesión como médico y neurólogo, al final de un camino muy duro lleno de sacrificios, pero que él había elegido libremente cruzar. Yenkis tenía cerebro de sobra para hacer exactamente lo mismo que su padre, pero la música también era su pasión, y a lo mejor elegía dedicarse a la música, donde podía tener éxito o no, pero mientras fuera lo que hiciera feliz a Yenkis, Neuval lo apoyaría completamente. Lo mismo iba a hacer con Cleven, tanto si elegía ser camarera o peluquera, profesiones que no requerían universidad pero sí eran muy necesarias en la sociedad, como si quería ser abogada o ingeniera, siempre y cuando eligiera aquello que le hiciera dormir satisfecha y con ganas de levantarse al día siguiente.

¿Qué quería hacer Cleven con su vida? Neuval tuvo una vez una conversación con ella. Teniendo en cuenta que ocurrió cuando ella tenía unos 8 años, a lo mejor ahora era algo ya irrelevante. Porque, ¿qué iba a saber una niña con 8 años, verdad? Pero Neuval aún recordaba esa conversación. En aquel entonces, Cleven era un poco distinta a como era ahora. Y no por ser más pequeña. Incluso a esa corta edad, ella tenía claro lo que quería hacer. Pero aún era un poco ingenua en el sentido de creer saber cómo hacerlo.

Ese afán de colarse en las grietas y en los agujeros del mundo humano para curiosear sus misterios y arreglarlos estaba muy bien, pero era muy peligroso hacerlo sin haber aprendido bien cómo funciona el mundo, no sólo en esas grietas, sino también en la superficie. Había normas, leyes y requisitos de por medio, personas en desacuerdo, o incluso seres divinos muy prohibidores que, por desgracia, seguían teniendo más poder. Por eso, aquella vez, Neuval le explicó que si quería arreglar el mundo, necesitaba obtener mucho poder, en todas sus formas: ser poderosa físicamente, fuerte, ágil, sana, saber luchar y defenderse, y saber manejar el mayor número de objetos, armas y máquinas posible; ser poderosa psicológicamente, conocer sus propios límites de paciencia, de miedo, de ira, de sufrimiento, de tolerancia…; y ser poderosa intelectualmente, obteniendo siempre el mayor conocimiento de las cosas posible, la sabiduría, la experiencia…

Cuando un adulto oye a un niño decir que de mayor quiere cambiar el mundo o hacer del mundo un lugar mejor, el adulto suele sonreír y decirle: “eso está muy bien, niño”, pero por dentro piensa: “no tienes ni pajolera idea de lo que dices, niño”. Neuval también pudo pensar eso de Cleven aquella vez, sentirlo como algo adorable y no tomárselo en serio. Pero entonces, sería como no tomarse en serio a sí mismo, porque él le dijo esas mismas palabras a Lao cuando era pequeño. Y Neuval aún tenía entre manos esa firme meta.

Neuval era un iris, así que, para él, el camino hacia esa meta era uno concreto, que era con la Asociación, las normas de la Asociación y sus métodos y recursos. Pero para Cleven iba a tener que ser otro camino, porque ella era humana. Y los humanos que querían cambiar el mundo, para obtener poder, tenían que ir hacia donde residía el poder humano: el Gobierno, o una gran corporación empresarial. Para ambas cosas, para bien o para mal, había que pasar por requisitos académicos.

—Si la Cleven actual eligiera retomar el sueño que solía tener de pequeña —comentó Neuval finalmente—, ya sabe que pasar por esos molestos deberes y exámenes es imprescindible. Yo sólo quiero que no acabe eligiendo algo que acabe destruyéndola, o convirtiéndola en algo que ella misma odie ser. Como le pasó a Lilian.

Lao, que estaba ahí abriendo la puerta de su coche aparcado junto al de Neuval, levantó la cabeza de golpe y lo miró muy sorprendido. Era la primera vez en muchos años que oía a Neuval pronunciar ese nombre. En especial, le chocaba que lo hubiera mencionado con ese aire tan tranquilo. Neuval seguía sentado sobre el capó de su vehículo, y miró al viejo de reojo.

—No lo pensarás en serio, ¿verdad? —le preguntó Lao.

—¿El qué?

—Que los trastornos mentales o los defectos que tuviera Lilian podrían pasar genéticamente a tus hijos.

—Sólo digo… —levantó una mano apaciguadora—… que sé lo que le pasa a una mente humana cuando cae por una rampa de depresión, autodesprecio y malas decisiones, especialmente si hay antecedentes familiares. Seamos realistas. Si yo no me hubiera convertido en iris y me hubiera quedado en París, habría acabado exactamente igual que ella. De hecho, incluso siendo iris, he sido igualito que ella durante algunas etapas.

—Neuval. ¿Qué sabes de tu madre biológica? Es decir, ¿en qué entorno creció ella? ¿Cómo fue su infancia?

—No tengo ni idea. Sólo sé que se casó con otro monstruo como ella.

—Que te quede clara una cosa —le dijo Lao seriamente—. Todas las personas de este mundo, y con personas me refiero a iris y humanos… todos tenemos el mismo potencial de convertirnos tanto en monstruos como en personas normales o como en héroes. Todos tenemos esa mecha, unos más larga y otros más corta según nuestros genes, y el tipo de entorno y de gente que nos rodee son la cerilla que podría prenderla. Sabes que no simpatizo con tus progenitores, pero quizá Lilian cayó por esa rampa hasta el fondo y sin freno, porque no hubo nada ni nadie a quien agarrarse para frenar. No obtuvo la ayuda concreta que necesitaba. Sí, de acuerdo, tú has sido como ella varias veces durante tu vida, depresivo, drogodependiente, violento con los demás, autodestructivo… Pero siempre tuviste algo que te frenaba. Tu madre y yo, tus hermanos Monique y Sai, el amor de tu vida Katya, tus mejores amigos Pipi y Kanon, tus suegros y maestros Hideki y Emiliya, Alvion, Hana, tus hijos…

—Yo no debería tener esas etapas oscuras y comportamientos deplorables, en primer lugar.

—Neuval, ¡yo también podría haber tenido etapas así y comportamientos así! No es ningún secreto. Tengo 67 años y todavía arrastro un severo trauma de abandono. Mi primera memoria es estar en una habitación mugrienta con un pañal de tela áspera y meado hasta arriba, pegándome con un niño desconocido por un trozo de pan, y extraños adultos metiéndome en un pequeño corral durante horas para que dejara de molestar. Si yo no hubiera tenido un hermano gemelo siendo mi total apoyo y amigo y mi única evidencia en el mundo de que se puede amar y confiar en alguien, yo en ese orfanato habría sido un pequeño monstruo despiadado con el resto. Y si no me hubiera convertido en iris y Alvion no hubiera estado en mi vida, y posteriormente tu madre, yo podría haber acabado perfectamente pudriéndome en un callejón, muerto de hambre o con agujas en mis brazos.

Neuval no dijo nada. Tan sólo lo escuchaba en silencio.

—Tu hija no va a acabar jamás por el camino de Lilian, Neuval, porque, tenga o no propensión genética de caer por la rampa, tiene a su alrededor muchas manos a las que agarrarse. Tiene unos hermanos y un tío que la quieren a rabiar, unos abuelos que la adoran, y un padre lo suficientemente loco como para liarse a patadas hasta con los mismísimos dioses por ella.

—Hm… —Neuval soltó una pequeña risa—. ¿Recuerdas que casi le di una patada de verdad al dios Zero por insinuar el disparate de que Yeilang pudo morir por suicidio?

—Recuerdo al Yako de 5 años adelantándote, yendo a propinarle a Zero la patada antes que tú —se rio Lao, y Neuval también se rio—. ¿No te marchas? —le preguntó, abriendo ya la puerta de su coche.

—Estoy esperando a Hana, iremos juntos a casa. Estará al salir.

Lao asintió y dejó caer su cartera en el asiento del copiloto. Se giró una vez más hacia él.

—Neu. Dentro de una semana…

—Lo sé, papá —respondió este tranquilamente, observando las nubes en el cielo nocturno—. No faltaré. Como cada año.

El viejo volvió a asentir.

—Entonces, el miércoles que viene a las seis en el cementerio —dijo Lao.

—Sí —respondió Neuval—. Avisaré a mamá y a Suzu.

—Y yo a Mei Ling y a Kyo, para que no hagan planes ese día.


* * * * * *


Aquella semana pasó rápido. Para algunos, como Cleven, pasó volando. Cada día, para ella, era una novedad distinta. Cada vez conocía más cosas sobre su tío, o los mellizos la sorprendían con sus rarezas y ocurrencias. Sobre todo, irse con Kyo casi todos los días al instituto juntos era muy entretenido.

Drasik a veces los acompañaba y a veces no, dependía del humor que tuviera. Su actitud con Cleven se había moderado bastante. Desde que se enteró de que era la hija de Fuujin, ya no se le ocurría perseguirla y flirtear con ella como hacía antes, porque el respeto por su maestro pesaba mucho más. Aunque sí que mantenía la manía de llamarla “princesa”, eso ya le salía de manera natural. A Cleven le irritaba, pero él lo veía divertido y a veces la hacía un poco rabiar. Eso, cuando estaba de buen humor. Cuando no lo estaba, se convertía en un chico callado o no estaba con ellos y se iba a otro lado.

Kyo no conseguía descifrar si su amigo seguía locamente encaprichado con Cleven pero se forzaba a sí mismo a disimularlo por respeto a Fuujin, o si resultaba que Drasik ya había perdido interés en ella en ese sentido. Porque a veces notaba que Drasik realmente quería acercarse a ella, pero parecía como que había algo que se lo impedía, o le reprimía. Kyo conocía a Drasik desde que eran pequeños, habían sido íntimos amigos desde siempre, pero tenía que reconocer que, para ser un chico de lo más escandaloso, bocazas y extrovertido, Drasik a veces le parecía alguien que guardaba mucho misterio.

También, Cleven tuvo oportunidad de cruzarse alguna vez en el portal con el hermano de Drasik, a quien ya conoció en el hotel y en aquel restaurante turco durante sus días fugada, y también con la hermana de Kyo, que, al verla por primera vez, Cleven se quedó anonadada con su belleza.

Lo que embriagó a Cleven, es que tanto Mei Ling como Eliam eran enormemente simpáticos con ella. No sabía si es que ellos eran así con cualquier persona, o si es que ella les caía tan de maravilla. Había un poco de cada cosa. Mei Ling adoraba a Cleven, pero no sólo ahora, sino desde que nació. Obviamente a Mei Ling le dolía en el alma tener que fingir que no la conocía de antes y que no compartieron muchas cosas en el pasado, siendo ambas las dos únicas nietas Lao. Aun así, Mei Ling se moderaba y procuraba no parecer demasiado cercana, es decir, lejos del límite de lo raro que pudiera hacer a Cleven sospechar algo.

Con Eliam no había problema, porque él obtuvo el mismo tipo de borrado de memoria que Drasik, que era el de no recordar nada sobre la Cleven del pasado, precisamente para que Drasik continuara lejos del alcance de esos recuerdos durante aquellos siete años. Para Eliam, era como conocerla otra vez por primera vez. Y él se llevaba bien con todo el mundo, por lo que era muy fácil que con Cleven también.

Así que, el único que parecía no estar encajando del todo en ese conjunto armonioso de vecinos y amigos, era Drasik. O al menos, lo hacía de forma intermitente. Pero nadie se quejaba al respecto. Los que lo conocían, sabían que Drasik a veces tenía esas etapas cambiantes. La mayor parte del tiempo era él mismo, muy alegre, ruidoso, dando la lata, juntándose con todo el mundo… y otras veces tenía unos pocos días de estar más distraído, callado, yendo a su bola, prefiriendo estar más tranquilo y solo con sus cosas. Esto era tipiquísimo en los iris con majin de uno o dos grados, algo totalmente inofensivo. Por eso, ni Brey, ni Kyo ni Eliam estaban demasiado preocupados, sólo un poco, lo normal, esperando que fuera, una vez más, una corta etapa pasajera.

Por otra parte, Cleven había tenido la ocasión de conocer a Agatha en condiciones un día. Brey tenía que quedarse todo el día en la universidad, y Cleven salía un poco tarde, por lo que Agatha recogió a los mellizos y se los llevó a su casa y les hizo la comida. Cleven llegó un rato después, y Agatha la invitó a comer con ellos, diciendo que todavía estaba a tiempo.

Cleven aceptó agradecida, pero, no supo por qué, desde que entró en su casa y cada una se presentó debidamente ante la otra, desde que la pudo observar bien de cerca y de frente, empezó a sentir algo raro. De las pocas veces que Cleven la había visto en la distancia los otros días, la había visto como una anciana de lo más normal. Pero, en este momento, estando tan cerca de ella, la envolvió una sensación inexplicable del más puro misterio.

Puede que tuviera algo que ver el hecho de que Cleven estuviese ante un demonio creado artificialmente, que podía dominar las Corrientes Divinas del Espacio y del Tiempo, que había pisado todos los metros cuadrados de ese planeta durante 767 años, y que durante una parte de su vida hubiese sido un instrumento utilizado por los mismísimos Dioses del Yin para realizar recados divinos absolutamente secretos para el resto de los mortales… Pero, también, Cleven notaba una rara aura de relación. De relación con qué exactamente, no sabía, pero de relación con ella, o de algo de ella.

Por eso, la joven estuvo la mitad de la comida con una actitud muy tímida y reservada, a pesar de que la anciana no dejaba de sonreír con calidez, con sus ojos siempre cerrados, y de preguntarle por cosas normales, como qué tal le iba viviendo con Brey, o qué curso estudiaba en el instituto, o qué deportes o aficiones le gustaba hacer… Los mellizos rompían constantemente esa pequeña tensión de timidez que emitía Cleven con algún comentario divertido o cotilleo en su colegio. No obstante, lo que acabó borrando la timidez de Cleven hacia la anciana, fue enterarse de algo que no se esperaba para nada.

—¿Cómo? ¿Tu tutor se llama Denzel Sanders? —dijo la anciana, con los codos apoyados en la mesa junto a su plato ya vacío—. Ya veo. ¿Y qué tal te trata ese terco? Como si fuera el más sabiondo del mundo, ¿no?

—Eh… —Cleven se quedó algo turbada, sin entender muy bien por qué decía eso—. Bueno, en realidad, el profesor Sanders ha sido fantástico conmigo desde el primer día de curso. Me ha ayudado mucho, o al menos, lo ha intentado mucho, ya que he tenido un mal comienzo en el curso… aunque estoy tratando de mejorar. Y él ha sido supercomprensivo y simpático conmigo.

—Hmpf… —bufó Agatha, tomado un sorbo de su taza de manzanilla—. Él siempre ha sentido debilidad por los problemáticos y los raros. La verdad es que yo también.

—Pero… eh… ¿usted conoce a Denzel, señora Bennet?

—Querida. Es mi nieto. ¿No lo sabías?

—¿¡Qué!? —brincó perpleja—. ¡No! ¡No tenía ni idea!

—Ata. Nosotros tampoco hemos conocido a tu nieto aún —comentó Daisuke, con toda la boca manchada del yogur que se estaba tomando de postre.

—No te pierdes nada, cielo.

—¿Es guapo o es feo? —preguntó su melliza, también con la cara manchada de yogur.

—Clover. Soy ciega —le dijo la anciana.

—Pues sí es atractivo, y elegante —le sonrió Cleven a su prima—. A mí me cae muy bien. Me encanta cómo enseña y explica. Y cómo trata a sus alumnos. Tiene mucha paciencia.

—Viene ya con mucha práctica detrás —añadió Agatha—. Querida, no te he ofrecido nada de postre.

—¡No, no se preocupe! Se lo prometo, no me cabe ni un gramo más. Para ser sincera, creo que es el mejor arroz con curry que he comido jamás. Y he comido muchos.

—Me enseñó la receta uno de mis antiguos maridos. Era natural del norte de la India —sonrió.

—Oh… —murmuró con sorpresa, pero con el ceño fruncido. «¿Uno de sus…?» pensó confusa, «Pero ¿cuántas veces se ha casado esta mujer?».

—Dile a Brey que te lo haga algún día, que para eso le enseñé a cocinar —comentó Agatha mientras se ponía en pie y recogía los platos.

—No, no… Permítame —se levantó Cleven enseguida, y fue recogiéndolo todo ella y llevándolo a la cocina—. Dai, Clover, id cogiendo vuestras cosas, nos vamos a casa. Ya hemos molestado suficiente a la señora Bennet.

—Molestia ninguna, cielo —dijo Agatha, riéndose—. Aunque, desafortunadamente, tengo que atender un recado importante ahora.

—Claro, no se preocupe por nada —Cleven regresó de la cocina y cogió también su mochila y su abrigo de la silla del comedor donde estaba sentada—. El tío Brey ya me ha comentado que usted es una persona muy ocupada y que viaja mucho. ¿Es por trabajo? No se ofenda, pero… parece tener edad ya de jubilada.

—¡Hahah! Y no te falta razón, niña mía. Pero se trata, más bien, de un trabajo que me gusta hacer voluntariamente. Intento ayudar a muchas personas.

—Eso tengo entendido —sonrió Cleven, yéndose ya hacia la entrada con los niños y con ella, y cuando llegó hasta la puerta, se giró hacia la anciana—. Usted salvó a mi tío y a mis primitos. Y les dio estas viviendas tanto a él como a los Jones y a los Lao por un precio muy inferior a lo que en realidad valen. Es usted una persona formidable —se inclinó ante ella como despedida respetuosa—. Gracias por invitarme a com-…

Cleven se vio interrumpida cuando, nada más volver a erguirse, Agatha la rodeó con un cálido abrazo. No se esperó este repentino gesto. Le dio un poco de vergüenza, porque pensó que quizá, al ser Agatha inglesa, este era un tipo de despedida más adecuado en su cultura, en lugar de la inclinación… No tenía ni idea. Y la verdad es que ese abrazo duró algo más de lo que se consideraría normal.

Entonces, Agatha se separó de ella, pero la sujetó de las mejillas, sonriendo con cariño.

—Si sigues brillando de esta manera, Cleventine… un día cegarás a ese vil dios que me cegó a mí —murmuró la anciana, y la besó en la frente.

Por supuesto, Cleven no entendió nada. Se quedó callada, con cara confusa. Pero Agatha soltó una suave risa y se separó de ella. Los niños se despidieron alegremente, cruzaron el rellano y ya se metieron con su prima en la casa de Brey. Cleven se quedó meditabunda, preguntándose aún que había querido decir la anciana con eso. Sin embargo, acabó deduciendo que, tal vez, Agatha era una persona muy religiosa y al parecer estaba enfadada con Dios o algo así.


En cuanto a los mellizos, a Daisuke le estuvo costando bastante cumplir con lo que su padre le encargó, que era mantener a Jannik y a Clover lo más separados posible en el colegio. Obviamente, el pobre Daisuke era un niño de 5 años y no podía estar más de veinte minutos haciendo una misma cosa o concentrándose en una misma tarea. Y cada vez que le podía la distracción y se alejaba del lado de su hermana un rato para ir a jugar a otra cosa con otros niños, Jannik aparecía de las sombras al lado de Clover. Simplemente hablaban, o jugaban juntos a algo, o Clover le contaba las “historias ocultas” que había visto en algunos objetos y Jannik escuchaba embelesado… Y entonces, Daisuke venía corriendo, con sus malas pulgas, ordenándole a Jannik que se alejara de su hermana, y este se iba enseguida, sonriendo, diciéndole a Clover que no quería tener problemas con su hermano y que ya la vería de nuevo en otro momento.

Relacionado con esto, Denzel había estado espiando a Clover unas cuantas veces más, aprovechando los ratos de descanso en el instituto que coincidían con los ratos de recreo de los niños en el edificio de prescolar. No se le podía culpar por seguir un poco obsesionado con el asunto de aquella intrusa con el aspecto de Clover que lo despertó en medio de la noche intentando quitarle su anillo de la mano. Tampoco era algo como para dejarlo pasar o restarle importancia. Un acto así, no es sólo que pudiera enfadar a Denzel, es que debía de haber un motivo muy poderoso detrás.

No había querido decírselo a Neuval, ni a Lao ni a nadie, pero cada vez estaba más convencido de la única teoría que podía explicar el suceso de la intrusa que vio con el aspecto de Clover, y era la del truco visual. Sólo los Knive tenían la habilidad de crear espejismos o alucinaciones en los demás durante varios segundos e hiperrealistas, incluso sobre gente tan poderosa como los Zou, o incluso en el particular modo de ver que tenía Denzel, a través de sus gafas especiales.

Por eso, cada vez que iba a observar a Clover desde la lejanía y la encontraba jugando o paseando con Jannik, no podía creer que fuera una coincidencia. Por lo que todas sus sospechas recaían sobre el pequeño Knive albino.


Por su parte, sus deberes como nuevo ministro de Interior habían mantenido a Hatori extremadamente ocupado con muchos asuntos que no tenían que ver con los iris, pero era el proceso inevitable de empezar a cambiar las cosas por el Ministerio y establecer su modo de hacerlas, además de cimentar sus objetivos prioritarios y asegurarse de que los cuerpos policiales y militares cumplían con su línea ideológica. No fue difícil. Todo el mundo ya venía manteniendo un profundo respeto por Takeshi Nonomiya. Su hijo no quería hacer más que lo mismo que él, pero con más fervor. Y a nadie le parecía mal en absoluto.

En cuanto las cosas terminaran de asentarse en su nuevo cargo, Hatori continuaría investigando el caso que más ansiaba resolver, la masacre que ocasionó Fuujin en un callejón contra doce criminales.





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