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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









25.
El asalto al despacho

En el rascacielos de la empresa Hoteitsuba, un grupo de seis personas trajeadas y elegantes, tres hombres y tres mujeres, se adentraron en el edificio con aire serio e importante. Iban todos repeinados e impecables, nada que ver con cómo solían ir en verdad. Bajo la manga de la chaqueta, se podía ver que tenían una cinta roja y ancha atada en la muñeca.

Al internarse en la zona de recepción, algunos de ellos no pudieron evitar admirar aquella arquitectura. Era un espacio inmenso, y muy alto. La zona de recepción estaba cubierta por una fachada acristalada inclinada de unos tres pisos de alto, y había algunas zonas con butacas entre grandes maceteros con árboles pequeños y plantas. Más allá, al fondo, estaban los tornos, por los que accedían los empleados y personal autorizado al edificio principal y los ascensores. Por otro lado, se accedía a la cafetería. En un lateral, estaban los dos mostradores, con forma curva, tras los que estaban los recepcionistas atendiendo a varias personas.

Al estar todo cubierto por la fachada acristalada, predominaba la luz solar del exterior, y el resto eran colores elegantes, blancos, grises metálicos, negros, y algunos decorados de algunas columnas, paredes y muebles ofrecían algún color llamativo y agradable, como rojos, azules, verdes y amarillo anaranjado. Pipi no había escatimado en gastos para construirle a su mejor amigo ese rascacielos.

Los seis trajeados se dirigieron al mostrador más cercano donde estaban los recepcionistas. Una de ellos levantó la vista de su ordenador al notar su presencia y se estremeció un poco al ver sus caras tan severas.

—Bienvenidos a Hoteitsuba. ¿En qué puedo ayudarles?

—Somos los delegados de la compañía Vontaure, de Washington —contestó el más alto de ellos con autoridad, y todos mostraron sus pases, unas tarjetas plastificadas enganchadas a unas correas—. Teníamos una cita con el director general.

—Oh, sí, en efecto —dijo, revisando una de sus agendas—. Llegan pronto, señores. Uno de nuestros chóferes fue enviado a recogerlos del aeropuerto y llevarlos a su hotel antes de traerlos aquí…

Los trajeados se miraron en silencio.

—Le hemos pedido al chófer que nos trajera directamente aquí desde el aeropuerto —le dijo una de las mujeres—. Su jefe debe de haber olvidado avisarla, señorita, hemos acordado adelantar la hora de la reunión. El señor Vernoux ya nos está esperando arriba.

—Ah… Muy bien… —asintió, indicándoles el paso con educación, aunque seguía un poco extrañada por ese cambio de planes, pero no era nada raro que a veces sucedieran cambios de fechas y horas de última hora.

Aquel grupo de empresarios pasó por los tornos deslizando sus tarjetas autorizadas por el sensor sin problema. Por eso, la recepcionista consideró que todo estaba en orden y siguió con su trabajo. Así, los seis visitantes se metieron en uno de los ascensores y se perdieron de vista.

Hana, que acababa de salir de la cafetería y los había visto de lejos, se fue hacia donde estaba la recepcionista, extrañada, con una taza de café entre las manos.

—¿Quiénes eran? —le preguntó.

—Los del Comité de la empresa de Vontaure. Tenían cita a las doce, pero han llegado media hora antes. Dicen que ordenaron al chófer que los trajera directamente aquí, sin pasar por el hotel que el señor Vernoux había reservado para ellos. Y que el señor Vernoux está al tanto.

—¿Qué? No, espera… —Hana torció una mueca—. Justo hace un cuarto de hora hablé con Neuval, le pregunté sobre la reunión esta, y me dijo que seguía siendo a las doce.

—¿El señor Vernoux habrá hablado con ellos en el último cuarto de hora cambiando el momento de la reunión? —supuso la recepcionista.

Hana no contestó. Era una posibilidad, pero sería inusual. Se quedó observando los ascensores, reflexiva. Tenía la intuición de que había algo raro. El aspecto exterior, elegante y limpio que esos hombres y mujeres tenían no llegaba a ser suficiente para tapar su verdadero aspecto interior. Hana tenía mucha experiencia en saber reconocer a ese tipo de gente, ese tipo de calaña, no importaba cuánta gomina, colonia o trajes caros les cubriesen. Ella había pasado toda su vida rodeada de ellos. Ella misma había sido de esa calaña.


En ese momento, Neuval, con su elegante traje y corbata y su pelo peinado hacia atrás, estaba en su despacho, sentado en su gran escritorio, de espaldas al gran ventanal desde el que podía verse toda la ciudad, trabajando... Trabajando en dar rienda suelta a su faceta más infantil aprovechando los escasos momentos que podía disfrutar a solas sin que nadie lo viera. Estaba jugando con varios muñequitos de Playmobil sobre su mesa y con un muñeco Ken que sólo llevaba puestos unos calzoncillos.

—¡Nnnooo...! ¡Sálvanos, Fuujin, sálvanooos...! —dijo poniendo una vocecilla aguda mientras agitaba los muñequitos de mujeres—. ¡Sálvanos del vejete gruñón, por favor! ¿¡Qué está pasando aquí!? —puso una voz grave de repente, agitando el muñequito de un viejo con su pelo y su barba de plástico blanco—. ¡Doblegaos ante mí, iris jovencitas, os ordeno no sonreír, os ordeno no ser guais! ¡Nooo, Fuujin, Alvion no nos deja ser tan guais como tú, sálvanooos...! —volvió con la voz aguda—. ¡No temáis, mis preciosas fans de grandes pechos! —puso otra voz varonil, agitando el muñeco de Ken—. ¡A mí Alvion no puede darme órdenes, porque soy yo quien le da órdenes! ¡De eso nada, estúpido gamberro! —dijo el muñequito de Alvion—. ¡No dejaré que un macarra callejero como tú mancille mi noble apellido, tengo mi as en la manga!

»¡Oh, no, ¿qué es eso?! —dijo el muñeco de Ken, mientras Neuval acercaba junto al de Alvion un muñequito vestido de doctor—. ¡Oh, no, es un médico! ¡Jajaja, he traído a tu peor pesadilla! —carcajeó el muñeco de Alvion vilmente—. ¡Nooo! —rugió el muñeco de Ken, corriendo hacia el médico, y lo mandó al otro lado del despacho de una patada, estampándolo contra la pared—. ¡A tomar por culo el médico! —gritó Ken, victorioso—. ¡Oh, Fuujin, eres demasiado poderoso y guay para mí! —sollozó el muñeco de Alvion, arrodillándose ante el de Ken—. ¡Síiii, Fuujin, eres nuestro salvador! —gritaron histéricas las muñequitas—. ¡Queremos un hijo tuyooo! ¡Ogh... ogh...! —una de las muñecas cayó desmayada—. ¡Oh, no, Felicity, mon amour! —corrió Ken a socorrerla—. ¿Qué te ocurre? ¡Tus grandes pechos están muy tristes! ¡Oh, Fuujin, eres demasiado atractivo y bien dotado para mí, tu “alucinancia” y genialidad me ciegan! ¡Oh, no, Felicity, prometo ser delicado...!

¡Pi-pi-pi! De repente sonó el teléfono sobre su mesa, parpadeando una luz roja por la línea privada. Neuval dejó a la pobre Felicity a un lado y apretó el botón para descolgar.

—“Neuval” —se oyó la voz del viejo Lao—. “¿Estás ocupado?”

Neuval se quedó un rato en silencio con cara de póker.

—Sí.

—“¿O quizá estás otra vez haciendo el tonto con tus juguetitos?”

Neuval se quedó otro rato en silencio con cara de póker.

—No.

—“Ya, claro...” —se rio Lao falsamente—. “¡Ponte a trabajar!” —le gritó con enfado.

—¡Odio estar en un despacho, Lao, me muero del asco! —se defendió.

—“¡Pues haberlo pensado antes de fundar una empresa, es ahí donde te toca estar!”

—¡De eso nada! Estoy aquí metido porque tú me obligaste a hacer ese máster empresarial. Yo quiero estar en los laboratorios con mi cómodo uniforme de mecánico, mis guantes y mis gafas de soldar continuando con mi investigación del comportamiento no-atómico de la materia oscura. ¡Soy un científico, no un empresario!

—“Con tu cociente intelectual superior al del resto de los mortales, has de ser las dos cosas para seguir haciendo navegar todo este buque. No puedes estar en los laboratorios todas tus horas de trabajo, así que ponte a trabajar ahora mismo estudiando las nuevas acciones del mercado y decidiendo cuáles nos convienen, que ya es hora.”

—¿Por qué no podemos contratar a otro que haga ese trabajo?

—“No sé… a lo mejor porque manejamos una corporación tecnológica mundial cargada de producciones ilegales para abastecer de armamento y tecnología a una asociación secreta de seres inhumanos.”

—¿Ni siquiera un par de horitas?

—“¡Neuval!” —se cabreó Lao.

—¡Venga ya! No puedes darme órdenes, ¡eres el vicepresidente! —le espetó.

—“Aaah, conque soy el vicepresidente” —sonrió Lao—. “Voy a ir ahora a tu despacho para que repitas eso delante de la cara del chino que ha sido tu padre durante 35 años de tu vida.”

—¡Vale, vale! —se rindió Neuval, refunfuñando de mala gana mientras echaba los muñequitos al interior de un cajón de su mesa—. Ya me pongo a trabajar, no te pongas así.

Con un largo suspiro desganado, Neuval se preparó para leer los últimos informes de los proyectos en curso. Cuando cogió la primera carpeta, lo hizo de la forma más lenta y asqueada que pudo, como si le costase ponerse a hacer lo que él consideraba la cosa más extremadamente aburrida del mundo, y esperaba que en esos segundos de retardo algo o alguien sucediese y le interrumpiera…

—“Llamada entrante de Yenkis” —dijo la voz femenina de Hoti por el despacho.

—¡Toma ya! —celebró Neuval, soltando esa carpeta con el mayor desprecio del mundo, pero enseguida carraspeó y recobró la compostura, mientras cogía su móvil y descolgaba la llamada en él—. Hola, mi oportuno genio. ¿Qué tal? ¿A qué hora llegas? … Así que os dejan en el colegio antes de la hora de comer, ¿no? ¿Irás a casa en metro? … Bien. Hana tiene plan de ir a casa a hacer la comida, estará contigo… ¿Y qué tal lo has pasado en esa granja escuela? … ¿Cómo? ¿Que has ordeñado a un rey? ¿¡Por dónde!? … Aaah, a un buey, a un buey, claro, claro… ¿Qué? ¿Que has plantado un pino? ¿Sólo uno en cinco días? Habrá que llevarte al médico, tienes un estreñimiento grave… Aaah, que has plantado un árbol de pino, yaaa, ya… ¿Yo? Nooo, yo no estoy haciendo chistes, no sé de qué hablas…

Yenkis no paraba de reírse al otro lado de línea por las tonterías que le decía su padre. Neuval estaba disfrutando con esa llamada.

—¿Qué más cosas has hecho? Cuéntame… Aaah, vale, vale, en ese caso obedece a tu profesora, corre a subirte al bus… Bien sûr, tu me le raconteras ce soir… Adieu.

Neuval colgó la llamada dando un resoplido de fastidio. Ahora no tenía más remedio que seguir con los aburridos informes. Cuando cogió un folio con el sello de una de las fábricas con las que trabajaban y vio debajo de un montón de números la factura final, se quedó desconcertado. Leyó el contenido del folio. Había una larga lista de diversas piezas de construcción con sus respectivos precios, cuya suma subía por las nubes. «¿Qué demonios...?» se alarmó, preguntándose de dónde venía ese pedido, y enseguida se le vino la imagen del viejo Lao a la cabeza.

Al parecer, eso que estaba haciendo Lao, su proyecto secreto, lo de su carpeta negra, era muy caro. Y no saber de qué se trataba a Neuval le asustó, temiendo que alguien no deseado de la empresa se enterase de esa cosa supuestamente ilegal y secreta que estaba fabricando Lao. «Se acabó, voy a hablar con ese viejo, cara a cara, como a él le gusta» pensó mientras se levantaba de un salto de la silla y cruzó el despacho con paso firme.

En ese momento, los presuntos empresarios de Washington llegaron al pasillo de fuera. Cuando el tipo alto se detuvo delante de la puerta del despacho de Neuval, hizo un gesto con la cabeza a uno de sus hombres, el más bajito, y este se adelantó y se preparó para abrirla.

¡Pam! El bajito salió despedido un par de metros cuando Neuval abrió de golpe la puerta desde el otro lado. Al notar el golpe, extrañado, se asomó al pasillo. Entonces vio a un hombrecillo tirado en el suelo agonizando como un niño, cubriéndose la cara ensangrentada con las manos, pues tenía la nariz rota, y luego vio a otras cinco personas patidifusas a su alrededor. Neuval fue a pedir unas simples disculpas por el accidente, hasta que vio una cinta roja en suelo al lado de su víctima, que se le había desatado de la muñeca.

Comenzó un duelo de miradas de todo tipo entre todos, donde las palabras sobraban. Los trajeados no tardaron en percatarse de que su oponente había visto y reconocido la cinta, la misma cinta roja que tenían los doce criminales que Neuval mató hace días en un callejón, que identificaba a su banda, y la misma cinta roja que Daisuke describió de los intrusos que divisó merodeando por el instituto durante la reunión de padres y alumnos. Neuval, por su parte, lo entendió todo al sentir sus ojos clavándose en su alma.

—Ahí va... —musitó.


Hana estaba de camino al despacho de Neuval. No pudo evitar sentir que algo no iba bien y, preocupada, subió por uno de los ascensores lo más rápido que pudo para advertirle. Este despacho estaba bastante aislado de otras salas donde solía estar o pasar la gente, ya que Neuval le pidió a Pipi una estancia lo más privada y tranquila posible. El rascacielos Hoteitsuba era una estructura de 325 metros de altura, que tenía una parte cóncava vertical de mitad para arriba con pequeños balcones y jardines verdes intercalados.

A pesar de la altura, los ascensores eran los más modernos del mundo, capaces de subir y bajar 52 plantas en escasos segundos, con un sistema de aceleración tan sutil que los ocupantes apenas la notaban. Por eso, Hana no tardó mucho en llegar a la planta 47, en cuya ala norte estaba el despacho de Neuval.

Tras cruzar algunos pasillos, un jardín y las áreas de paso que había entre medias, los vio a lo lejos, al final del último hall. Vio a los cinco trajeados, al sexto levantándose del suelo, y a Neuval en la puerta del despacho. De pronto, los seis desconocidos se le echaron encima, metiéndose de nuevo al interior, y Hana los perdió de vista.

—¡Neuval! —exclamó alarmada.

Uno de los hombres había agarrado a Neuval por detrás y otro se disponía a atacarlo de frente. No obstante, Neuval reaccionó a tiempo y, apoyándose en el que lo agarraba, levantó las piernas y le dio una doble patada al otro, mandándolo al otro lado de la estancia. Con el impulso de la patada Neuval dio una voltereta por encima de quien lo agarraba, consiguiendo que lo soltase, y al aterrizar a sus espaldas, le dio un empujón y este chocó con los otros.

¡Hoti, cierra la puerta! —exclamó Neuval, hablando en español—. Libera argón.

La puerta del despacho se cerró de golpe por sí sola. Neuval eligió hablarle a Hoti en un idioma que consideró muy poco probable que sus asaltantes conocieran, y pareció acertar, pues los seis no reaccionaron ante lo último que él había dicho. Se repusieron del ataque anterior y le hicieron frente, con postura de ataque, en guardia. Ellos estaban dándole la espalda a la puerta, y Neuval estaba en medio del despacho, con su escritorio detrás.

—¿En serio? Después de saber lo que les hice a doce de vuestros amigos hace un par de semanas —les dijo Neuval, mientras se reajustaba la corbata y se colocaba bien las mangas de su traje—, porque seguramente ya os habréis informado con detalle del número de trozos que quedó de ellos pintando el callejón entero… ¿Venís a atacarme solamente seis, y al epicentro de mis dominios? —negó con la cabeza, suspirando—. Hay maneras más suaves de suicidarse.

—Ya te regañaron por esa masacre. Dudo que vayas a repetirla —le dijo el hombre más alto y fortachón del grupo.

Neuval frunció el ceño. ¿Cómo demonios sabían ellos eso? Sin embargo, los seis atacantes empezaron a mostrar síntomas de mareo y fatiga. Una de ellos cayó de rodillas al suelo, tambaleándose, con fuertes náuseas. El jefe del grupo miró a sus compañeros con problemas para mantenerse en pie, y él mismo notó que le costaba respirar y se le nublaba la vista. Luego miró los conductos de ventilación en las esquinas del suelo, seguramente de ellos estaba emanando el gas que los estaba asfixiando. Cuando miró a Neuval, vio que tenía su ojo izquierdo brillando de luz blanca.

—Mmmm… —Neuval inspiró hondo por la nariz, y después dejó salir un largo suspiro placentero—. Sí… Un gas noble como el argón no sólo es increíblemente útil en la industria. Agradeced que no esté usando un gas letal sobre vosotros.

El jefe, en cuanto empezó a jadear por falta de oxígeno en el despacho, reunió sus últimas fuerzas para correr hasta el enorme escritorio, pasando por el lado de Neuval, el cual lo observó confuso. Pero cuando Neuval lo vio agarrar y levantar el escritorio de 200 kilos por encima de su cabeza y blandirlo contra el ventanal del fondo, se quedó patidifuso. Al impactar contra el ventanal, el escritorio rebotó y cayó volcado al suelo, con los tres ordenadores destrozados y los papeles desperdigados, y aquel panel de cristal se llenó de fisuras, hasta que estalló en millones de añicos.

Mē lán jě…? —musitó Neuval en cantonés. (= ¿Pero qué cojones…?)

No le dio tiempo a hablar más, porque los otros cuatro oponentes, pudiendo por fin respirar aire normal que entraba por el ventanal roto, se abalanzaron sobre él. La sexta intrusa, que por lo visto era un poco más débil que el resto, todavía seguía arrodillada en el suelo, recuperándose de las náuseas anteriores.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Hana no paraba de gritar el nombre de Neuval y de intentar abrir la puerta, aporreándola con el hombro, desesperada, oyendo el jaleo del interior. Le pidió a Hoti una y otra vez que la abriera, pero esta no le hacía caso, manteniendo la anterior orden de Neuval como prioritaria. Sin embargo, Hana ya conocía bien el modo que tenía Hoti de comprender las cosas por sí misma, para decidir si cumplir una orden o no cumplirla era conveniente para la seguridad y bienestar del humano que tenía que cuidar. Al fin y al cabo, la Hoti de Hoteitsuba había sido programada por Neuval.

—¡Hoti, estoy sufriendo un infarto, abre la puerta para que Neuval me salve!

Hoti abrió la puerta. Y Hana entró al despacho justo para presenciar cómo cinco personas trajeadas embestían a Neuval, saliendo por el hueco roto de la cristalera del fondo, y caían al vacío. Hana palideció del horror.

—Ne… ¡Neuvaaal! —gritó con todas sus fuerzas.

Vio que una de los intrusos aún seguía ahí, pero se había colocado en el ventanal roto y estaba apuntando con una pistola hacia el exterior, con intención de disparar a su presa, como si no tuviera suficiente con caer de un rascacielos. Hana perdió la cabeza y corrió hacia ella, vociferando palabras horribles; la agarró del pelo y de un brazo, trató de quitarle su arma. La intrusa era inesperadamente fuerte, pero la ira de Hana era mayor. Subida a su espalda, intentando ahorcarla con los brazos, Hana llegó a divisar a través del ventanal a Neuval y a los otros cinco atacantes cayendo hacia las lejanas calles, y se le encogía el corazón sólo con pensar que Neuval iba a morir irremediablemente al llegar al suelo. No obstante, lo vio hacer algo insólito.

En medio de aquella caída de 300 metros, Neuval tenía a los tres hombres agarrados a su tronco, espalda y piernas, mientras las otras dos mujeres venían cayendo unos metros más arriba. Entonces, dio un fuerte viraje en el aire, y los tres agarrados a él se soltaron, saliendo despedidos. Neuval siguió cayendo junto a su rascacielos, con una expresión muy tranquila y atenta, únicamente centrado en observar a esos oponentes, porque algo le decía que no eran humanos normales. Vio cómo esos tres hombres de los que se acababa de soltar, en lugar de chocar contra la fachada del rascacielos, la utilizaron para impulsarse en ella con las piernas y así saltar hacia los tejados de los edificios cercanos. Acto seguido, vio a las otras dos mujeres, varios metros por encima de él, disparándole con dos armas cada una.

A Neuval no le gustó esto, porque al estar apuntando hacia abajo, los disparos podían llegar hasta las calles, llenas de gente inocente. Por eso, después de respirar hondo, Neuval abrió la boca y expulsó con su voz un estallido de infrasonido tan potente que onduló el aire por un segundo y sonó como un trueno seco. Las dos trajeadas fueron golpeadas por esa onda y cada una salió despedida a un lado. Sin embargo, una de ellas, al aproximarse a la fachada del edificio, hizo lo mismo que sus compañeros y se impulsó con las piernas; en pleno vuelo, agarró a su compañera, y ambas fueron a aterrizar a la azotea de otro edificio cercano.

Viéndose por fin solo, Neuval se dio la vuelta, y justo cuando estaba a pocos metros del suelo del gran patio ajardinado del rascacielos, hizo un amago en el aire; pasó a ras del suelo y se elevó de nuevo hacia arriba, tan veloz que la gente que caminaba por la calle cercana se sobresaltó al sentir una fuerte brisa, pero no vieron a nadie.

Una vez llegó a una buena altura, algo apartado de su rascacielos, aminoró la velocidad y sobrevoló los edificios colindantes, viendo allá a esos cinco trajeados en dos azoteas diferentes, ilesos, preparándose para dispararle con más armas. «Vale, esto no me lo esperaba» pensó. «No cabe duda. No son humanos normales, son almaati entrenados. Y por eso saben cosas de mí. ¿Pero por qué demonios me atacan? Mierda… ¿Quiere eso decir que aquellos doce tipos que maté el otro día también eran almaati? No, imposible… Se comportaron como criminales, querían robarme y matarme, y tenían el mismo intelecto que un pomelo. Y de haber sido almaati, obviamente Alvion me habría condenado definitivamente. Entonces, estos seis idiotas de ahora, ¿qué son? ¿Almaati desertores, que les ha dado por juntarse con criminales comunes, y han venido a vengarse de sus doce amigos? Lo que me faltaba por ver…».

Al bajar la guardia por estar pensando en esto, además de estar ocupado frenando con golpes de viento las balas que venían hacia él, no se dio cuenta de que la sexta atacante que se había quedado la última en el despacho había saltado ya por la ventana rota, y cuando lo tuvo en el punto de mira y a una altura adecuada, se impulsó con las piernas en la fachada y cayó en picado sobre él.

—¡Ugh! —exclamó Neuval al notar el impacto, y ambos comenzaron a caer hacia el suelo otra vez.

Ella empezó lanzarle puñetazos y codazos muy veloces, pero era lo mismo que intentar golpear una plumilla en el aire, parecía intocable. Neuval la esquivaba a una velocidad mucho mayor, sin siquiera pestañear. No obstante, cuando ella sacó su pistola de nuevo y apuntó a su cara, Neuval le lanzó un fuerte soplido por la boca, la repelió a varios metros y, acto seguido, sacudió sus brazos en aspa con un movimiento limpio. Dos cortes aparecieron al instante en cada muslo de la mujer trajeada, superficiales, pero muy largos, y fueron manchando de sangre sus elegantes pantalones. La mujer gritó de dolor. Neuval, entonces, la agarró de un brazo y la llevó volando hacia la azotea de un edificio cercano, donde la dejó caer. Ella soltó otro gemido por el golpe contra el suelo y apretó los dientes, llevándose las manos hacia los cortes de sus piernas.









25.
El asalto al despacho

En el rascacielos de la empresa Hoteitsuba, un grupo de seis personas trajeadas y elegantes, tres hombres y tres mujeres, se adentraron en el edificio con aire serio e importante. Iban todos repeinados e impecables, nada que ver con cómo solían ir en verdad. Bajo la manga de la chaqueta, se podía ver que tenían una cinta roja y ancha atada en la muñeca.

Al internarse en la zona de recepción, algunos de ellos no pudieron evitar admirar aquella arquitectura. Era un espacio inmenso, y muy alto. La zona de recepción estaba cubierta por una fachada acristalada inclinada de unos tres pisos de alto, y había algunas zonas con butacas entre grandes maceteros con árboles pequeños y plantas. Más allá, al fondo, estaban los tornos, por los que accedían los empleados y personal autorizado al edificio principal y los ascensores. Por otro lado, se accedía a la cafetería. En un lateral, estaban los dos mostradores, con forma curva, tras los que estaban los recepcionistas atendiendo a varias personas.

Al estar todo cubierto por la fachada acristalada, predominaba la luz solar del exterior, y el resto eran colores elegantes, blancos, grises metálicos, negros, y algunos decorados de algunas columnas, paredes y muebles ofrecían algún color llamativo y agradable, como rojos, azules, verdes y amarillo anaranjado. Pipi no había escatimado en gastos para construirle a su mejor amigo ese rascacielos.

Los seis trajeados se dirigieron al mostrador más cercano donde estaban los recepcionistas. Una de ellos levantó la vista de su ordenador al notar su presencia y se estremeció un poco al ver sus caras tan severas.

—Bienvenidos a Hoteitsuba. ¿En qué puedo ayudarles?

—Somos los delegados de la compañía Vontaure, de Washington —contestó el más alto de ellos con autoridad, y todos mostraron sus pases, unas tarjetas plastificadas enganchadas a unas correas—. Teníamos una cita con el director general.

—Oh, sí, en efecto —dijo, revisando una de sus agendas—. Llegan pronto, señores. Uno de nuestros chóferes fue enviado a recogerlos del aeropuerto y llevarlos a su hotel antes de traerlos aquí…

Los trajeados se miraron en silencio.

—Le hemos pedido al chófer que nos trajera directamente aquí desde el aeropuerto —le dijo una de las mujeres—. Su jefe debe de haber olvidado avisarla, señorita, hemos acordado adelantar la hora de la reunión. El señor Vernoux ya nos está esperando arriba.

—Ah… Muy bien… —asintió, indicándoles el paso con educación, aunque seguía un poco extrañada por ese cambio de planes, pero no era nada raro que a veces sucedieran cambios de fechas y horas de última hora.

Aquel grupo de empresarios pasó por los tornos deslizando sus tarjetas autorizadas por el sensor sin problema. Por eso, la recepcionista consideró que todo estaba en orden y siguió con su trabajo. Así, los seis visitantes se metieron en uno de los ascensores y se perdieron de vista.

Hana, que acababa de salir de la cafetería y los había visto de lejos, se fue hacia donde estaba la recepcionista, extrañada, con una taza de café entre las manos.

—¿Quiénes eran? —le preguntó.

—Los del Comité de la empresa de Vontaure. Tenían cita a las doce, pero han llegado media hora antes. Dicen que ordenaron al chófer que los trajera directamente aquí, sin pasar por el hotel que el señor Vernoux había reservado para ellos. Y que el señor Vernoux está al tanto.

—¿Qué? No, espera… —Hana torció una mueca—. Justo hace un cuarto de hora hablé con Neuval, le pregunté sobre la reunión esta, y me dijo que seguía siendo a las doce.

—¿El señor Vernoux habrá hablado con ellos en el último cuarto de hora cambiando el momento de la reunión? —supuso la recepcionista.

Hana no contestó. Era una posibilidad, pero sería inusual. Se quedó observando los ascensores, reflexiva. Tenía la intuición de que había algo raro. El aspecto exterior, elegante y limpio que esos hombres y mujeres tenían no llegaba a ser suficiente para tapar su verdadero aspecto interior. Hana tenía mucha experiencia en saber reconocer a ese tipo de gente, ese tipo de calaña, no importaba cuánta gomina, colonia o trajes caros les cubriesen. Ella había pasado toda su vida rodeada de ellos. Ella misma había sido de esa calaña.


En ese momento, Neuval, con su elegante traje y corbata y su pelo peinado hacia atrás, estaba en su despacho, sentado en su gran escritorio, de espaldas al gran ventanal desde el que podía verse toda la ciudad, trabajando... Trabajando en dar rienda suelta a su faceta más infantil aprovechando los escasos momentos que podía disfrutar a solas sin que nadie lo viera. Estaba jugando con varios muñequitos de Playmobil sobre su mesa y con un muñeco Ken que sólo llevaba puestos unos calzoncillos.

—¡Nnnooo...! ¡Sálvanos, Fuujin, sálvanooos...! —dijo poniendo una vocecilla aguda mientras agitaba los muñequitos de mujeres—. ¡Sálvanos del vejete gruñón, por favor! ¿¡Qué está pasando aquí!? —puso una voz grave de repente, agitando el muñequito de un viejo con su pelo y su barba de plástico blanco—. ¡Doblegaos ante mí, iris jovencitas, os ordeno no sonreír, os ordeno no ser guais! ¡Nooo, Fuujin, Alvion no nos deja ser tan guais como tú, sálvanooos...! —volvió con la voz aguda—. ¡No temáis, mis preciosas fans de grandes pechos! —puso otra voz varonil, agitando el muñeco de Ken—. ¡A mí Alvion no puede darme órdenes, porque soy yo quien le da órdenes! ¡De eso nada, estúpido gamberro! —dijo el muñequito de Alvion—. ¡No dejaré que un macarra callejero como tú mancille mi noble apellido, tengo mi as en la manga!

»¡Oh, no, ¿qué es eso?! —dijo el muñeco de Ken, mientras Neuval acercaba junto al de Alvion un muñequito vestido de doctor—. ¡Oh, no, es un médico! ¡Jajaja, he traído a tu peor pesadilla! —carcajeó el muñeco de Alvion vilmente—. ¡Nooo! —rugió el muñeco de Ken, corriendo hacia el médico, y lo mandó al otro lado del despacho de una patada, estampándolo contra la pared—. ¡A tomar por culo el médico! —gritó Ken, victorioso—. ¡Oh, Fuujin, eres demasiado poderoso y guay para mí! —sollozó el muñeco de Alvion, arrodillándose ante el de Ken—. ¡Síiii, Fuujin, eres nuestro salvador! —gritaron histéricas las muñequitas—. ¡Queremos un hijo tuyooo! ¡Ogh... ogh...! —una de las muñecas cayó desmayada—. ¡Oh, no, Felicity, mon amour! —corrió Ken a socorrerla—. ¿Qué te ocurre? ¡Tus grandes pechos están muy tristes! ¡Oh, Fuujin, eres demasiado atractivo y bien dotado para mí, tu “alucinancia” y genialidad me ciegan! ¡Oh, no, Felicity, prometo ser delicado...!

¡Pi-pi-pi! De repente sonó el teléfono sobre su mesa, parpadeando una luz roja por la línea privada. Neuval dejó a la pobre Felicity a un lado y apretó el botón para descolgar.

—“Neuval” —se oyó la voz del viejo Lao—. “¿Estás ocupado?”

Neuval se quedó un rato en silencio con cara de póker.

—Sí.

—“¿O quizá estás otra vez haciendo el tonto con tus juguetitos?”

Neuval se quedó otro rato en silencio con cara de póker.

—No.

—“Ya, claro...” —se rio Lao falsamente—. “¡Ponte a trabajar!” —le gritó con enfado.

—¡Odio estar en un despacho, Lao, me muero del asco! —se defendió.

—“¡Pues haberlo pensado antes de fundar una empresa, es ahí donde te toca estar!”

—¡De eso nada! Estoy aquí metido porque tú me obligaste a hacer ese máster empresarial. Yo quiero estar en los laboratorios con mi cómodo uniforme de mecánico, mis guantes y mis gafas de soldar continuando con mi investigación del comportamiento no-atómico de la materia oscura. ¡Soy un científico, no un empresario!

—“Con tu cociente intelectual superior al del resto de los mortales, has de ser las dos cosas para seguir haciendo navegar todo este buque. No puedes estar en los laboratorios todas tus horas de trabajo, así que ponte a trabajar ahora mismo estudiando las nuevas acciones del mercado y decidiendo cuáles nos convienen, que ya es hora.”

—¿Por qué no podemos contratar a otro que haga ese trabajo?

—“No sé… a lo mejor porque manejamos una corporación tecnológica mundial cargada de producciones ilegales para abastecer de armamento y tecnología a una asociación secreta de seres inhumanos.”

—¿Ni siquiera un par de horitas?

—“¡Neuval!” —se cabreó Lao.

—¡Venga ya! No puedes darme órdenes, ¡eres el vicepresidente! —le espetó.

—“Aaah, conque soy el vicepresidente” —sonrió Lao—. “Voy a ir ahora a tu despacho para que repitas eso delante de la cara del chino que ha sido tu padre durante 35 años de tu vida.”

—¡Vale, vale! —se rindió Neuval, refunfuñando de mala gana mientras echaba los muñequitos al interior de un cajón de su mesa—. Ya me pongo a trabajar, no te pongas así.

Con un largo suspiro desganado, Neuval se preparó para leer los últimos informes de los proyectos en curso. Cuando cogió la primera carpeta, lo hizo de la forma más lenta y asqueada que pudo, como si le costase ponerse a hacer lo que él consideraba la cosa más extremadamente aburrida del mundo, y esperaba que en esos segundos de retardo algo o alguien sucediese y le interrumpiera…

—“Llamada entrante de Yenkis” —dijo la voz femenina de Hoti por el despacho.

—¡Toma ya! —celebró Neuval, soltando esa carpeta con el mayor desprecio del mundo, pero enseguida carraspeó y recobró la compostura, mientras cogía su móvil y descolgaba la llamada en él—. Hola, mi oportuno genio. ¿Qué tal? ¿A qué hora llegas? … Así que os dejan en el colegio antes de la hora de comer, ¿no? ¿Irás a casa en metro? … Bien. Hana tiene plan de ir a casa a hacer la comida, estará contigo… ¿Y qué tal lo has pasado en esa granja escuela? … ¿Cómo? ¿Que has ordeñado a un rey? ¿¡Por dónde!? … Aaah, a un buey, a un buey, claro, claro… ¿Qué? ¿Que has plantado un pino? ¿Sólo uno en cinco días? Habrá que llevarte al médico, tienes un estreñimiento grave… Aaah, que has plantado un árbol de pino, yaaa, ya… ¿Yo? Nooo, yo no estoy haciendo chistes, no sé de qué hablas…

Yenkis no paraba de reírse al otro lado de línea por las tonterías que le decía su padre. Neuval estaba disfrutando con esa llamada.

—¿Qué más cosas has hecho? Cuéntame… Aaah, vale, vale, en ese caso obedece a tu profesora, corre a subirte al bus… Bien sûr, tu me le raconteras ce soir… Adieu.

Neuval colgó la llamada dando un resoplido de fastidio. Ahora no tenía más remedio que seguir con los aburridos informes. Cuando cogió un folio con el sello de una de las fábricas con las que trabajaban y vio debajo de un montón de números la factura final, se quedó desconcertado. Leyó el contenido del folio. Había una larga lista de diversas piezas de construcción con sus respectivos precios, cuya suma subía por las nubes. «¿Qué demonios...?» se alarmó, preguntándose de dónde venía ese pedido, y enseguida se le vino la imagen del viejo Lao a la cabeza.

Al parecer, eso que estaba haciendo Lao, su proyecto secreto, lo de su carpeta negra, era muy caro. Y no saber de qué se trataba a Neuval le asustó, temiendo que alguien no deseado de la empresa se enterase de esa cosa supuestamente ilegal y secreta que estaba fabricando Lao. «Se acabó, voy a hablar con ese viejo, cara a cara, como a él le gusta» pensó mientras se levantaba de un salto de la silla y cruzó el despacho con paso firme.

En ese momento, los presuntos empresarios de Washington llegaron al pasillo de fuera. Cuando el tipo alto se detuvo delante de la puerta del despacho de Neuval, hizo un gesto con la cabeza a uno de sus hombres, el más bajito, y este se adelantó y se preparó para abrirla.

¡Pam! El bajito salió despedido un par de metros cuando Neuval abrió de golpe la puerta desde el otro lado. Al notar el golpe, extrañado, se asomó al pasillo. Entonces vio a un hombrecillo tirado en el suelo agonizando como un niño, cubriéndose la cara ensangrentada con las manos, pues tenía la nariz rota, y luego vio a otras cinco personas patidifusas a su alrededor. Neuval fue a pedir unas simples disculpas por el accidente, hasta que vio una cinta roja en suelo al lado de su víctima, que se le había desatado de la muñeca.

Comenzó un duelo de miradas de todo tipo entre todos, donde las palabras sobraban. Los trajeados no tardaron en percatarse de que su oponente había visto y reconocido la cinta, la misma cinta roja que tenían los doce criminales que Neuval mató hace días en un callejón, que identificaba a su banda, y la misma cinta roja que Daisuke describió de los intrusos que divisó merodeando por el instituto durante la reunión de padres y alumnos. Neuval, por su parte, lo entendió todo al sentir sus ojos clavándose en su alma.

—Ahí va... —musitó.


Hana estaba de camino al despacho de Neuval. No pudo evitar sentir que algo no iba bien y, preocupada, subió por uno de los ascensores lo más rápido que pudo para advertirle. Este despacho estaba bastante aislado de otras salas donde solía estar o pasar la gente, ya que Neuval le pidió a Pipi una estancia lo más privada y tranquila posible. El rascacielos Hoteitsuba era una estructura de 325 metros de altura, que tenía una parte cóncava vertical de mitad para arriba con pequeños balcones y jardines verdes intercalados.

A pesar de la altura, los ascensores eran los más modernos del mundo, capaces de subir y bajar 52 plantas en escasos segundos, con un sistema de aceleración tan sutil que los ocupantes apenas la notaban. Por eso, Hana no tardó mucho en llegar a la planta 47, en cuya ala norte estaba el despacho de Neuval.

Tras cruzar algunos pasillos, un jardín y las áreas de paso que había entre medias, los vio a lo lejos, al final del último hall. Vio a los cinco trajeados, al sexto levantándose del suelo, y a Neuval en la puerta del despacho. De pronto, los seis desconocidos se le echaron encima, metiéndose de nuevo al interior, y Hana los perdió de vista.

—¡Neuval! —exclamó alarmada.

Uno de los hombres había agarrado a Neuval por detrás y otro se disponía a atacarlo de frente. No obstante, Neuval reaccionó a tiempo y, apoyándose en el que lo agarraba, levantó las piernas y le dio una doble patada al otro, mandándolo al otro lado de la estancia. Con el impulso de la patada Neuval dio una voltereta por encima de quien lo agarraba, consiguiendo que lo soltase, y al aterrizar a sus espaldas, le dio un empujón y este chocó con los otros.

¡Hoti, cierra la puerta! —exclamó Neuval, hablando en español—. Libera argón.

La puerta del despacho se cerró de golpe por sí sola. Neuval eligió hablarle a Hoti en un idioma que consideró muy poco probable que sus asaltantes conocieran, y pareció acertar, pues los seis no reaccionaron ante lo último que él había dicho. Se repusieron del ataque anterior y le hicieron frente, con postura de ataque, en guardia. Ellos estaban dándole la espalda a la puerta, y Neuval estaba en medio del despacho, con su escritorio detrás.

—¿En serio? Después de saber lo que les hice a doce de vuestros amigos hace un par de semanas —les dijo Neuval, mientras se reajustaba la corbata y se colocaba bien las mangas de su traje—, porque seguramente ya os habréis informado con detalle del número de trozos que quedó de ellos pintando el callejón entero… ¿Venís a atacarme solamente seis, y al epicentro de mis dominios? —negó con la cabeza, suspirando—. Hay maneras más suaves de suicidarse.

—Ya te regañaron por esa masacre. Dudo que vayas a repetirla —le dijo el hombre más alto y fortachón del grupo.

Neuval frunció el ceño. ¿Cómo demonios sabían ellos eso? Sin embargo, los seis atacantes empezaron a mostrar síntomas de mareo y fatiga. Una de ellos cayó de rodillas al suelo, tambaleándose, con fuertes náuseas. El jefe del grupo miró a sus compañeros con problemas para mantenerse en pie, y él mismo notó que le costaba respirar y se le nublaba la vista. Luego miró los conductos de ventilación en las esquinas del suelo, seguramente de ellos estaba emanando el gas que los estaba asfixiando. Cuando miró a Neuval, vio que tenía su ojo izquierdo brillando de luz blanca.

—Mmmm… —Neuval inspiró hondo por la nariz, y después dejó salir un largo suspiro placentero—. Sí… Un gas noble como el argón no sólo es increíblemente útil en la industria. Agradeced que no esté usando un gas letal sobre vosotros.

El jefe, en cuanto empezó a jadear por falta de oxígeno en el despacho, reunió sus últimas fuerzas para correr hasta el enorme escritorio, pasando por el lado de Neuval, el cual lo observó confuso. Pero cuando Neuval lo vio agarrar y levantar el escritorio de 200 kilos por encima de su cabeza y blandirlo contra el ventanal del fondo, se quedó patidifuso. Al impactar contra el ventanal, el escritorio rebotó y cayó volcado al suelo, con los tres ordenadores destrozados y los papeles desperdigados, y aquel panel de cristal se llenó de fisuras, hasta que estalló en millones de añicos.

Mē lán jě…? —musitó Neuval en cantonés. (= ¿Pero qué cojones…?)

No le dio tiempo a hablar más, porque los otros cuatro oponentes, pudiendo por fin respirar aire normal que entraba por el ventanal roto, se abalanzaron sobre él. La sexta intrusa, que por lo visto era un poco más débil que el resto, todavía seguía arrodillada en el suelo, recuperándose de las náuseas anteriores.

Mientras tanto, al otro lado de la puerta, Hana no paraba de gritar el nombre de Neuval y de intentar abrir la puerta, aporreándola con el hombro, desesperada, oyendo el jaleo del interior. Le pidió a Hoti una y otra vez que la abriera, pero esta no le hacía caso, manteniendo la anterior orden de Neuval como prioritaria. Sin embargo, Hana ya conocía bien el modo que tenía Hoti de comprender las cosas por sí misma, para decidir si cumplir una orden o no cumplirla era conveniente para la seguridad y bienestar del humano que tenía que cuidar. Al fin y al cabo, la Hoti de Hoteitsuba había sido programada por Neuval.

—¡Hoti, estoy sufriendo un infarto, abre la puerta para que Neuval me salve!

Hoti abrió la puerta. Y Hana entró al despacho justo para presenciar cómo cinco personas trajeadas embestían a Neuval, saliendo por el hueco roto de la cristalera del fondo, y caían al vacío. Hana palideció del horror.

—Ne… ¡Neuvaaal! —gritó con todas sus fuerzas.

Vio que una de los intrusos aún seguía ahí, pero se había colocado en el ventanal roto y estaba apuntando con una pistola hacia el exterior, con intención de disparar a su presa, como si no tuviera suficiente con caer de un rascacielos. Hana perdió la cabeza y corrió hacia ella, vociferando palabras horribles; la agarró del pelo y de un brazo, trató de quitarle su arma. La intrusa era inesperadamente fuerte, pero la ira de Hana era mayor. Subida a su espalda, intentando ahorcarla con los brazos, Hana llegó a divisar a través del ventanal a Neuval y a los otros cinco atacantes cayendo hacia las lejanas calles, y se le encogía el corazón sólo con pensar que Neuval iba a morir irremediablemente al llegar al suelo. No obstante, lo vio hacer algo insólito.

En medio de aquella caída de 300 metros, Neuval tenía a los tres hombres agarrados a su tronco, espalda y piernas, mientras las otras dos mujeres venían cayendo unos metros más arriba. Entonces, dio un fuerte viraje en el aire, y los tres agarrados a él se soltaron, saliendo despedidos. Neuval siguió cayendo junto a su rascacielos, con una expresión muy tranquila y atenta, únicamente centrado en observar a esos oponentes, porque algo le decía que no eran humanos normales. Vio cómo esos tres hombres de los que se acababa de soltar, en lugar de chocar contra la fachada del rascacielos, la utilizaron para impulsarse en ella con las piernas y así saltar hacia los tejados de los edificios cercanos. Acto seguido, vio a las otras dos mujeres, varios metros por encima de él, disparándole con dos armas cada una.

A Neuval no le gustó esto, porque al estar apuntando hacia abajo, los disparos podían llegar hasta las calles, llenas de gente inocente. Por eso, después de respirar hondo, Neuval abrió la boca y expulsó con su voz un estallido de infrasonido tan potente que onduló el aire por un segundo y sonó como un trueno seco. Las dos trajeadas fueron golpeadas por esa onda y cada una salió despedida a un lado. Sin embargo, una de ellas, al aproximarse a la fachada del edificio, hizo lo mismo que sus compañeros y se impulsó con las piernas; en pleno vuelo, agarró a su compañera, y ambas fueron a aterrizar a la azotea de otro edificio cercano.

Viéndose por fin solo, Neuval se dio la vuelta, y justo cuando estaba a pocos metros del suelo del gran patio ajardinado del rascacielos, hizo un amago en el aire; pasó a ras del suelo y se elevó de nuevo hacia arriba, tan veloz que la gente que caminaba por la calle cercana se sobresaltó al sentir una fuerte brisa, pero no vieron a nadie.

Una vez llegó a una buena altura, algo apartado de su rascacielos, aminoró la velocidad y sobrevoló los edificios colindantes, viendo allá a esos cinco trajeados en dos azoteas diferentes, ilesos, preparándose para dispararle con más armas. «Vale, esto no me lo esperaba» pensó. «No cabe duda. No son humanos normales, son almaati entrenados. Y por eso saben cosas de mí. ¿Pero por qué demonios me atacan? Mierda… ¿Quiere eso decir que aquellos doce tipos que maté el otro día también eran almaati? No, imposible… Se comportaron como criminales, querían robarme y matarme, y tenían el mismo intelecto que un pomelo. Y de haber sido almaati, obviamente Alvion me habría condenado definitivamente. Entonces, estos seis idiotas de ahora, ¿qué son? ¿Almaati desertores, que les ha dado por juntarse con criminales comunes, y han venido a vengarse de sus doce amigos? Lo que me faltaba por ver…».

Al bajar la guardia por estar pensando en esto, además de estar ocupado frenando con golpes de viento las balas que venían hacia él, no se dio cuenta de que la sexta atacante que se había quedado la última en el despacho había saltado ya por la ventana rota, y cuando lo tuvo en el punto de mira y a una altura adecuada, se impulsó con las piernas en la fachada y cayó en picado sobre él.

—¡Ugh! —exclamó Neuval al notar el impacto, y ambos comenzaron a caer hacia el suelo otra vez.

Ella empezó lanzarle puñetazos y codazos muy veloces, pero era lo mismo que intentar golpear una plumilla en el aire, parecía intocable. Neuval la esquivaba a una velocidad mucho mayor, sin siquiera pestañear. No obstante, cuando ella sacó su pistola de nuevo y apuntó a su cara, Neuval le lanzó un fuerte soplido por la boca, la repelió a varios metros y, acto seguido, sacudió sus brazos en aspa con un movimiento limpio. Dos cortes aparecieron al instante en cada muslo de la mujer trajeada, superficiales, pero muy largos, y fueron manchando de sangre sus elegantes pantalones. La mujer gritó de dolor. Neuval, entonces, la agarró de un brazo y la llevó volando hacia la azotea de un edificio cercano, donde la dejó caer. Ella soltó otro gemido por el golpe contra el suelo y apretó los dientes, llevándose las manos hacia los cortes de sus piernas.





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