2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Neuval estaba trabajando en uno de los laboratorios del subsuelo de Hoteitsuba. Era una estancia tan amplia como un estadio de fútbol subterráneo, plagada de grandes maquinarias diferentes que trabajaban con un prototipo de avión militar por ahí, prototipos de coches por allá, un submarino más allá en una gigantesca piscina simulada...
Había una sección de despachos o cubículos montados unos sobre otros donde había más ingenieros haciendo su labor o experimentando con realidades virtuales, y en otro rincón había unas cabinas o tanques herméticos que trabajaban ya con peligrosos temas atómicos y subatómicos.
Paredes, techo y suelo estaban hechos de enormes losas de un luminoso gris claro, algunas de las cuales emitían luz propia y otras tenían la capacidad de moverse o girar para desvelar compartimentos con herramientas o pequeños despachos improvisados. Pero había, además, unas pocas que eran de color negro, especiales, que iban a pares en suelo y techo, entre las cuales flotaban objetos o aparatos, porque eran placas que simulaban la gravedad cero mediante un campo magnético.
Quizá algunos podrían pensar: "Qué mentes más maravillosas las de esas personas que hayan diseñado semejante laboratorio que parecía sacado del año 2300, y qué habilidad la de aquellos que lo hayan construido". Sería un pensamiento equivocado, porque todo eso era obra de una sola mente y de dos manos. Cuando Neuval consiguió fundar la empresa a sus 23 años y Pipi, como arquitecto, le construyó y le regaló su rascacielos, le dejó ese gran sótano vacío como un lienzo en blanco a petición del propio Neuval, y este, sin más, ideó todo su diseño, composición y distribución.
Y para mayor hazaña inexplicable, él mismo construyó con sus propias manos todo lo que ahí había ahora mismo. Todo. Menos a los trabajadores humanos, claro. Tornillo a tornillo, placa por placa, losa a losa, grúa a grúa, tanque a tanque, cabina a cabina y, por supuesto, la inteligencia artificial instalada en todas partes que controlaba el movimiento de todo lo que fuera tecnológico y al servicio de las necesidades de los trabajadores. Todo con su cabeza y sus manos.
Tardó un año en empezarlo y acabarlo todo, él solo, sin ayuda de una mosca siquiera, como un secreto. Pero no se trataba sólo de una necesidad de la empresa o de un capricho de Neuval. Fue, ante todo, un regalo de cumpleaños para Lao. El viejo Lao, antes de Hoteitsuba y antes de mudarse a Japón, había sido un sublime ingeniero industrial maltratado en su antigua empresa de Hong Kong, día a día y año tras año siendo explotado por los empresarios que no entienden a los ingenieros y que oprimían todas sus grandes ideas tecnológicas innovadoras.
¿Por qué lo aguantaba? Porque pese a todo le daban un sueldo bastante bueno, y Lao siempre tuvo la prioridad de darle a su mujer y a sus dos hijos la vida más cómoda del mundo, y las mejores oportunidades educativas para Sai y para Neuval. Después de todo, él se había criado en un orfanato de mala muerte desde que nació y había sido más pobre que las ratas, y no deseaba nada parecido para su familia.
Había algo que decir. El viejo Lao era un inventor magnífico desde toda la vida, probablemente de los cuatro mejores del mundo y de la historia. Puede que el hecho de ser iris tuviera algo que ver con que su inteligencia fuera mayor a la humana, pero las ideas... la parte de la creatividad, de imaginar qué hacer, por qué hacerlo y cómo hacerlo... eso sólo podía provenir del poder humano, ya que el iris tendía a ser una fuerza más racional que emocional. Iris o no, Lao era un genio. De ahí que Neuval lo admirase desde el momento en que lo conoció y siguiera sus pasos eligiendo la misma profesión.
Puede que Neuval lo hubiese superado en esta profesión. De hecho, Neuval ya podía calificarse como el mejor inventor, ingeniero y científico físico experimental del mundo con soberana diferencia, pero es que Lao ya aprendió hace muchos años que Neuval era un caso totalmente anormal... en todo. Estaba a otro nivel.
Por tanto, cuando Neuval fundó Hoteitsuba, le dijo que en ella podía hacer estallar todas sus ideas oprimidas todo cuanto quisiese para siempre. Y cuando lo llevó hasta ese colosal laboratorio subterráneo recién terminado y le dijo que lo había hecho especialmente para él... fue probablemente la tercera vez en su vida que había visto a Lao llorar de alegría, después del nacimiento de Lex tres años antes y del de Mei Ling un año antes.
Llegó la media mañana, y Neuval miró su reloj en la muñeca y se volvió hacia los ingenieros con los que estaba revisando un prototipo de motor de cohete.
—Haced algo con esos inyectores, he de irme a una reunión —les dijo.
—Bien —asintió una mujer, una de los ingenieros—. Jefe, si tenemos algún problema más...
—Llamad a la empresa de Boston y que envíen las piezas que necesitamos —afirmó, y subió a la superficie por uno de los ascensores.
Nada más salir, se topó con el viejo Lao hablando con un grupo de empleados. Neuval se fijó en que llevaba esa carpeta negra bajo el brazo, otra vez. La última vez que la vio, Lao trató de engañarle diciendo que era una revista picante y luego salió escopetado. Entonces recordó que ese viejo estaba tramando algo.
—Ah, señor presidente —saltó uno de los empleados al verlo—. Buenas noticias, el Comité ha dado la primera luz verde para el proyecto Nebiotec.
—Oh, bien... —asintió distraído, sin apartar la vista de esa dichosa carpeta negra bajo el brazo de Lao—... el proyecto Ne... Perdona, ¿el qué? —sacudió la cabeza con sorpresa, mirando al empleado con una ceja arqueada.
—Sh... Ssh... —el viejo Lao intentó callar al empleado con disimulo.
—El proyecto de neurotecnología... ya sabe... —dijo el joven, extrañado.
—Sssh... Calla, carajo...
—El proyecto que el afamado doctor Vernoux ha solicitado desarrollar con la ayuda del sector de tecnología sanitaria de Hoteitsuba —concluyó el inocente empleado, sin ver cómo Lao rechinaba los dientes—. Tenía que haberlo visto, la primera propuesta ha dejado alucinado al Comité de directivos del sector, y el doctor Vernoux es tan humilde que no ha querido desvelar su nombre hasta el final para no influir en la decisión por su relación con usted. Debe usted de estar muy orgulloso.
Neuval se quedó con una mueca agilipollada. Lao estaba dándoles la espalda, masajeándose el entrecejo.
—¿Que mi hijo qué? —preguntó Neuval de nuevo.
—¡Bueeeno, sí, gran noticia...! —Lao decidió cortar de raíz con una gran sonrisa fingida, dando palmaditas al empleado con sutiles empujones para hacer que se fuera de una vez—. No vayamos proclamándolo tanto por ahí, ¿eh? Hehehe... ale, a seguir trabajando, muchacho... —masculló entre dientes, viendo al empleado bocazas alejándose felizmente por el pasillo—... me acabas de crear un marronazo...
—¿Lao? —oyó el tono mosqueado de Neuval tras él, y se dio la vuelta con esa enorme sonrisa pegada en la cara, tan forzada que le temblaba una comisura.
—Síp, bueno... —dio una palmada campechana—. Hazme un favor, jefe —lo llevó hacia una parte del pasillo que tenía unas láminas de espejo meramente decorativas y lo colocó frente a su reflejo—. Mírate a ti mismo a los ojos fijamente.
—Kei Lian... —Neuval empezó a enfadarse, por supuesto ignorando el espejo y clavando los ojos en él.
—Y ahora, emplea tu Técnica y bórrate estos últimos tres minutos de la memoria.
—¿Me vas a explicar por qué un empleado del Departamento de Informática que lleva trabajando aquí sólo 3 años acaba de hacerme saber que mi hijo le ha hecho un encargo a mi empresa que al parecer ha revolucionado el sector tecnosanitario?
El viejo Lao se lo quedó mirando con esa gran estúpida, temblorosa y esmirriada sonrisa de oreja a oreja, sin decir ni mu.
—¿¡Cuánto tiempo llevas ocultándome esto!? —Neuval perdió la calma.
—Pues… nada, hombre, tan sólo un mes... y… trescientos treinta y cinco días.
—¿¡Qué!?
—¡Calma, calma! Oye, perdóname, ¿vale? Lex me suplicó que no te dijera nada, que era asunto suyo y quería llevarlo por sí mismo. Se trata de su proyecto neurológico, el de crear órganos y miembros biomecánicos para todas aquellas personas inválidas, lesionadas de por vida o terminalmente enfermas a una edad demasiado pronta por la muerte de un órgano y tal...
—¡Pero...! ¡Lex lleva soñando con ese proyecto desde que tenía 10 años! ¡Era a mí a quien no paraba de hablarle de ello! ¡Ni siquiera me dejaba leerle cuentos por las noches, en vez de eso era él quien me contaba a mí sus cuentos de neurociencia hasta que yo caía dormido! ¡Si ya estaba listo para hacerlo realidad con nuestra tecnología, ¿por qué te lo ha pedido a ti y no a mí?!
—¡Pero si llevas un lustro sin dirigirle la palabra!
—¡Es él quien no me la dirige a mí, Kei Lian!
—¡Las conversaciones son cosa de dos, no seas crío! —le reprimió el viejo esta vez, y luego suspiró intentando calmarse antes de llamar la atención de los empleados—. Mira. Acudió a mí hace un año porque la muerte de Yousuke le afectó mucho y le hizo ver que en la vida no hay que esperar tanto a cumplir un sueño. Y porque... vio que mi iris estaba... desequilibrándome...
—¿Qué? —se sorprendió.
—Nada del otro mundo —lo tranquilizó enseguida—. Perdí a mi nieto nueve años después de perder a mi hijo. No es algo que mi iris haya podido sobrellevar muy bien, que digamos. Lex se dio cuenta, y me propuso llevar esta idea adelante en Hoteitsuba con él. Quería... distraerme del dolor y darme una motivación racional con un proyecto que me hiciera pensar más y sentir menos. Y surtió efecto, mi iris se estabilizó al cabo de unos meses, ayudándolo con ese trabajo.
—Papá... —murmuró afligido y sorprendido—. ¿Por qué no me dijiste que estabas...?
—¿Peor de lo que me esforzaba por fingir? Vamos, Neuval. Yo nunca hago eso, yo estoy aquí para proteger a los demás. Y tú no estabas mejor que yo. Casi te pierdo cuando Sai murió porque la pena te estaba matando. Y te perdí cuando Katya murió.
—No, aquello fue un lapsus —discrepó enseguida—, nadie sabe lo que me pasó cuando Katya murió, ni yo tampoco. Solamente... que destruí medio Japón —agachó la cabeza como si le avergonzara recordarlo—. No me perdiste, simplemente mi majin estalló por unos días. Luego volví en mí. No me gusta que me ocultes esas cosas, Kei Lian.
—Lex me lo pidió.
—No lo de Lex. Sino lo tuyo. Cumpliste la venganza por tu gemelo hace muchísimos años y se supone que eso te hace totalmente inmune a padecer un majin para siempre. Sé que nunca lo has padecido, eres un iris de tipo "soldado ejemplar". Pero... seguir perdiendo a más seres queridos... sé que puede saltarse esa regla. Si tu iris resulta tan afectado cuando...
—Mi iris está perfecto —le cortó con calma—. De hecho, mejor que el tuyo. Así que preocúpate más por el tuyo, hijo. Yo estoy muy bien ahora, más que eso, estoy loco de alegría por tenerte de vuelta en la KRS —le sonrió, y Neuval hizo lo mismo—. Pero hazme un favor. Te lo ruego. No te enfades con Lex por no querer acudir a ti para su proyecto y ocultártelo, no le hagas saber que te has enterado. Deja que siga creyendo que no tienes ni idea. No ha acudido a mí porque esté peleado contigo, sino porque deseaba presentar su proyecto sin que nadie supiera que es tu hijo.
—¿En serio? —se sorprendió—. ¿Es sólo por eso?
—Créeme —afirmó—. El chico quiere alcanzar sus propios logros por sí mismo, como tú le has enseñado, sin trampas ni atajos. La decisión del Comité habría estado totalmente condicionada si hubieran sabido que era el hijo del presidente. Lex lo ha hecho bien, hizo la propuesta de forma anónima, usándome a mí de intermediario neutral. Ahora que el Comité ha dado luz verde, he revelado su identidad. Tenías que haber visto sus caras.
—¿Sí? ¿Se han quedado alucinados? —sonrió.
—Se han quedado todos boquiabiertos. Y tú sabes bien que Lex es un experto en dejar boquiabiertos a los demás.
—Sí... —murmuró, bajando la mirada con un brillo orgulloso en los ojos. Pero también triste.
—Neuval —Lao le posó una mano en el hombro, serio—. Haz las malditas paces con él. Sé que no lo evitas porque no quieras hacerlas, sino porque te da miedo volver a sentir su rechazo. Pero yo no he criado a un cobarde.
El parisino no dijo nada, seguía mirando al suelo, pero hizo un gesto frunciendo los labios, delatando un aire de duda. Después se fijó en el reloj de pared al final del pasillo.
—Mierda, tengo que irme ya —Neuval fue a dar un paso, pero de pronto se oyó un ruido seco, de algo grueso cayendo contra el suelo.
Miró abajo y vio que a Lao se le había caído esa endemoniada carpeta negra entre los pies. El viejo la recogió a la velocidad del rayo con cara de apuro y la escondió nuevamente tras la espalda, mirando a Neuval con ojos de búho. Este entrecerró los suyos con suspicacia, sin decirle nada. Pero como se le hacía tarde, emprendió la marcha hacia la salida. El viejo sonrió y lo siguió por detrás, no sin antes meterse la carpetita bajo la chaqueta.
—Por cierto. ¿Y Hana? —preguntó Neuval.
—Montando bronca con los de la editorial. Está muy ocupada. Oye, ¿por qué tanta prisa? ¿Ya es la hora de esa reunión? Yo también quiero ir a esa reunión del instituto —se quejó como un niño pequeño.
—Suzu no te deja, ¿eh?
—Está empeñada en que doy malas influencias a Kyo.
—Jojojo... —carcajeó Neuval descaradamente, dándole toda la razón a su cuñada.
—Ejem... —carraspeó Lao, molesto—. Te lo preguntaré por tercera vez en esta mañana, jefe. ¿Cuándo piensas darme mi parte de la misión?
—Cuando me digas qué escondes en esa carpeta que se te está cayendo —contestó sin siquiera mirarlo.
Lao se sobresaltó al ver que la carpeta estaba a punto de caerse del interior de su chaqueta, y decidió sujetarla en los pantalones.
—Que no es nada —se defendió—, sólo llevo algunos esquemas de...
Neuval se volvió de repente hacia él, parándole en seco. Lao casi se traga la lengua.
—Espero no volver a tener problemas con los inspectores por uno de tus inventos —le sonrió amenazante.
Lao supo que se refería a aquella vez, hace un par de años, cuando un inspector descubrió un tipo de pistola especial que estaban fabricando en el laboratorio privado, para lo cual llamó a la policía, se montó un enorme jaleo con las autoridades y Neuval tuvo que borrarles la memoria a todos. Después le echó la bronca a Lao.
Entonces el viejo, acosado por esa mirada amenazante, puso ojitos de cachorro y se mordió la punta de los dedos índices.
—No... —dijo Neuval, viéndolo venir.
Lao pestañeó varias veces, con cara tristona.
—No, deja tus caritas para otro, papá. Hablo en serio —se enfadó.
—Tranquilo, jefe —saltó con ímpetu—. No tienes de qué preocuparte. Cuando lo termine, te lo enseñaré y besarás mis pies.
—Más te vale.
Lao también sonrió, sabía que le interesaría. Desde niño, Neuval siempre habían estado compitiendo con él por ver quién era mejor inventando cosas, hasta que Neuval creó uno de los objetos más especiales del mundo: las gafas de Denzel. Ante este invento, Lao se rindió, hecho polvo. Eso fue demasiado para él como para superarlo. Pero claro, había trampa, para ello Neuval se ayudó de los recursos del Monte Zou. No era sólo hacer que un ciego pudiera ver; era hacer que un taimu pudiera ver, que es bien distinto.
Pues bien, ahora Lao estaba en proceso de crear algo mucho más increíble, y eso que superar a Neuval en las ciencias de la Física y la Tecnología ya era difícil.
Neuval estaba trabajando en uno de los laboratorios del subsuelo de Hoteitsuba. Era una estancia tan amplia como un estadio de fútbol subterráneo, plagada de grandes maquinarias diferentes que trabajaban con un prototipo de avión militar por ahí, prototipos de coches por allá, un submarino más allá en una gigantesca piscina simulada...
Había una sección de despachos o cubículos montados unos sobre otros donde había más ingenieros haciendo su labor o experimentando con realidades virtuales, y en otro rincón había unas cabinas o tanques herméticos que trabajaban ya con peligrosos temas atómicos y subatómicos.
Paredes, techo y suelo estaban hechos de enormes losas de un luminoso gris claro, algunas de las cuales emitían luz propia y otras tenían la capacidad de moverse o girar para desvelar compartimentos con herramientas o pequeños despachos improvisados. Pero había, además, unas pocas que eran de color negro, especiales, que iban a pares en suelo y techo, entre las cuales flotaban objetos o aparatos, porque eran placas que simulaban la gravedad cero mediante un campo magnético.
Quizá algunos podrían pensar: "Qué mentes más maravillosas las de esas personas que hayan diseñado semejante laboratorio que parecía sacado del año 2300, y qué habilidad la de aquellos que lo hayan construido". Sería un pensamiento equivocado, porque todo eso era obra de una sola mente y de dos manos. Cuando Neuval consiguió fundar la empresa a sus 23 años y Pipi, como arquitecto, le construyó y le regaló su rascacielos, le dejó ese gran sótano vacío como un lienzo en blanco a petición del propio Neuval, y este, sin más, ideó todo su diseño, composición y distribución.
Y para mayor hazaña inexplicable, él mismo construyó con sus propias manos todo lo que ahí había ahora mismo. Todo. Menos a los trabajadores humanos, claro. Tornillo a tornillo, placa por placa, losa a losa, grúa a grúa, tanque a tanque, cabina a cabina y, por supuesto, la inteligencia artificial instalada en todas partes que controlaba el movimiento de todo lo que fuera tecnológico y al servicio de las necesidades de los trabajadores. Todo con su cabeza y sus manos.
Tardó un año en empezarlo y acabarlo todo, él solo, sin ayuda de una mosca siquiera, como un secreto. Pero no se trataba sólo de una necesidad de la empresa o de un capricho de Neuval. Fue, ante todo, un regalo de cumpleaños para Lao. El viejo Lao, antes de Hoteitsuba y antes de mudarse a Japón, había sido un sublime ingeniero industrial maltratado en su antigua empresa de Hong Kong, día a día y año tras año siendo explotado por los empresarios que no entienden a los ingenieros y que oprimían todas sus grandes ideas tecnológicas innovadoras.
¿Por qué lo aguantaba? Porque pese a todo le daban un sueldo bastante bueno, y Lao siempre tuvo la prioridad de darle a su mujer y a sus dos hijos la vida más cómoda del mundo, y las mejores oportunidades educativas para Sai y para Neuval. Después de todo, él se había criado en un orfanato de mala muerte desde que nació y había sido más pobre que las ratas, y no deseaba nada parecido para su familia.
Había algo que decir. El viejo Lao era un inventor magnífico desde toda la vida, probablemente de los cuatro mejores del mundo y de la historia. Puede que el hecho de ser iris tuviera algo que ver con que su inteligencia fuera mayor a la humana, pero las ideas... la parte de la creatividad, de imaginar qué hacer, por qué hacerlo y cómo hacerlo... eso sólo podía provenir del poder humano, ya que el iris tendía a ser una fuerza más racional que emocional. Iris o no, Lao era un genio. De ahí que Neuval lo admirase desde el momento en que lo conoció y siguiera sus pasos eligiendo la misma profesión.
Puede que Neuval lo hubiese superado en esta profesión. De hecho, Neuval ya podía calificarse como el mejor inventor, ingeniero y científico físico experimental del mundo con soberana diferencia, pero es que Lao ya aprendió hace muchos años que Neuval era un caso totalmente anormal... en todo. Estaba a otro nivel.
Por tanto, cuando Neuval fundó Hoteitsuba, le dijo que en ella podía hacer estallar todas sus ideas oprimidas todo cuanto quisiese para siempre. Y cuando lo llevó hasta ese colosal laboratorio subterráneo recién terminado y le dijo que lo había hecho especialmente para él... fue probablemente la tercera vez en su vida que había visto a Lao llorar de alegría, después del nacimiento de Lex tres años antes y del de Mei Ling un año antes.
Llegó la media mañana, y Neuval miró su reloj en la muñeca y se volvió hacia los ingenieros con los que estaba revisando un prototipo de motor de cohete.
—Haced algo con esos inyectores, he de irme a una reunión —les dijo.
—Bien —asintió una mujer, una de los ingenieros—. Jefe, si tenemos algún problema más...
—Llamad a la empresa de Boston y que envíen las piezas que necesitamos —afirmó, y subió a la superficie por uno de los ascensores.
Nada más salir, se topó con el viejo Lao hablando con un grupo de empleados. Neuval se fijó en que llevaba esa carpeta negra bajo el brazo, otra vez. La última vez que la vio, Lao trató de engañarle diciendo que era una revista picante y luego salió escopetado. Entonces recordó que ese viejo estaba tramando algo.
—Ah, señor presidente —saltó uno de los empleados al verlo—. Buenas noticias, el Comité ha dado la primera luz verde para el proyecto Nebiotec.
—Oh, bien... —asintió distraído, sin apartar la vista de esa dichosa carpeta negra bajo el brazo de Lao—... el proyecto Ne... Perdona, ¿el qué? —sacudió la cabeza con sorpresa, mirando al empleado con una ceja arqueada.
—Sh... Ssh... —el viejo Lao intentó callar al empleado con disimulo.
—El proyecto de neurotecnología... ya sabe... —dijo el joven, extrañado.
—Sssh... Calla, carajo...
—El proyecto que el afamado doctor Vernoux ha solicitado desarrollar con la ayuda del sector de tecnología sanitaria de Hoteitsuba —concluyó el inocente empleado, sin ver cómo Lao rechinaba los dientes—. Tenía que haberlo visto, la primera propuesta ha dejado alucinado al Comité de directivos del sector, y el doctor Vernoux es tan humilde que no ha querido desvelar su nombre hasta el final para no influir en la decisión por su relación con usted. Debe usted de estar muy orgulloso.
Neuval se quedó con una mueca agilipollada. Lao estaba dándoles la espalda, masajeándose el entrecejo.
—¿Que mi hijo qué? —preguntó Neuval de nuevo.
—¡Bueeeno, sí, gran noticia...! —Lao decidió cortar de raíz con una gran sonrisa fingida, dando palmaditas al empleado con sutiles empujones para hacer que se fuera de una vez—. No vayamos proclamándolo tanto por ahí, ¿eh? Hehehe... ale, a seguir trabajando, muchacho... —masculló entre dientes, viendo al empleado bocazas alejándose felizmente por el pasillo—... me acabas de crear un marronazo...
—¿Lao? —oyó el tono mosqueado de Neuval tras él, y se dio la vuelta con esa enorme sonrisa pegada en la cara, tan forzada que le temblaba una comisura.
—Síp, bueno... —dio una palmada campechana—. Hazme un favor, jefe —lo llevó hacia una parte del pasillo que tenía unas láminas de espejo meramente decorativas y lo colocó frente a su reflejo—. Mírate a ti mismo a los ojos fijamente.
—Kei Lian... —Neuval empezó a enfadarse, por supuesto ignorando el espejo y clavando los ojos en él.
—Y ahora, emplea tu Técnica y bórrate estos últimos tres minutos de la memoria.
—¿Me vas a explicar por qué un empleado del Departamento de Informática que lleva trabajando aquí sólo 3 años acaba de hacerme saber que mi hijo le ha hecho un encargo a mi empresa que al parecer ha revolucionado el sector tecnosanitario?
El viejo Lao se lo quedó mirando con esa gran estúpida, temblorosa y esmirriada sonrisa de oreja a oreja, sin decir ni mu.
—¿¡Cuánto tiempo llevas ocultándome esto!? —Neuval perdió la calma.
—Pues… nada, hombre, tan sólo un mes... y… trescientos treinta y cinco días.
—¿¡Qué!?
—¡Calma, calma! Oye, perdóname, ¿vale? Lex me suplicó que no te dijera nada, que era asunto suyo y quería llevarlo por sí mismo. Se trata de su proyecto neurológico, el de crear órganos y miembros biomecánicos para todas aquellas personas inválidas, lesionadas de por vida o terminalmente enfermas a una edad demasiado pronta por la muerte de un órgano y tal...
—¡Pero...! ¡Lex lleva soñando con ese proyecto desde que tenía 10 años! ¡Era a mí a quien no paraba de hablarle de ello! ¡Ni siquiera me dejaba leerle cuentos por las noches, en vez de eso era él quien me contaba a mí sus cuentos de neurociencia hasta que yo caía dormido! ¡Si ya estaba listo para hacerlo realidad con nuestra tecnología, ¿por qué te lo ha pedido a ti y no a mí?!
—¡Pero si llevas un lustro sin dirigirle la palabra!
—¡Es él quien no me la dirige a mí, Kei Lian!
—¡Las conversaciones son cosa de dos, no seas crío! —le reprimió el viejo esta vez, y luego suspiró intentando calmarse antes de llamar la atención de los empleados—. Mira. Acudió a mí hace un año porque la muerte de Yousuke le afectó mucho y le hizo ver que en la vida no hay que esperar tanto a cumplir un sueño. Y porque... vio que mi iris estaba... desequilibrándome...
—¿Qué? —se sorprendió.
—Nada del otro mundo —lo tranquilizó enseguida—. Perdí a mi nieto nueve años después de perder a mi hijo. No es algo que mi iris haya podido sobrellevar muy bien, que digamos. Lex se dio cuenta, y me propuso llevar esta idea adelante en Hoteitsuba con él. Quería... distraerme del dolor y darme una motivación racional con un proyecto que me hiciera pensar más y sentir menos. Y surtió efecto, mi iris se estabilizó al cabo de unos meses, ayudándolo con ese trabajo.
—Papá... —murmuró afligido y sorprendido—. ¿Por qué no me dijiste que estabas...?
—¿Peor de lo que me esforzaba por fingir? Vamos, Neuval. Yo nunca hago eso, yo estoy aquí para proteger a los demás. Y tú no estabas mejor que yo. Casi te pierdo cuando Sai murió porque la pena te estaba matando. Y te perdí cuando Katya murió.
—No, aquello fue un lapsus —discrepó enseguida—, nadie sabe lo que me pasó cuando Katya murió, ni yo tampoco. Solamente... que destruí medio Japón —agachó la cabeza como si le avergonzara recordarlo—. No me perdiste, simplemente mi majin estalló por unos días. Luego volví en mí. No me gusta que me ocultes esas cosas, Kei Lian.
—Lex me lo pidió.
—No lo de Lex. Sino lo tuyo. Cumpliste la venganza por tu gemelo hace muchísimos años y se supone que eso te hace totalmente inmune a padecer un majin para siempre. Sé que nunca lo has padecido, eres un iris de tipo "soldado ejemplar". Pero... seguir perdiendo a más seres queridos... sé que puede saltarse esa regla. Si tu iris resulta tan afectado cuando...
—Mi iris está perfecto —le cortó con calma—. De hecho, mejor que el tuyo. Así que preocúpate más por el tuyo, hijo. Yo estoy muy bien ahora, más que eso, estoy loco de alegría por tenerte de vuelta en la KRS —le sonrió, y Neuval hizo lo mismo—. Pero hazme un favor. Te lo ruego. No te enfades con Lex por no querer acudir a ti para su proyecto y ocultártelo, no le hagas saber que te has enterado. Deja que siga creyendo que no tienes ni idea. No ha acudido a mí porque esté peleado contigo, sino porque deseaba presentar su proyecto sin que nadie supiera que es tu hijo.
—¿En serio? —se sorprendió—. ¿Es sólo por eso?
—Créeme —afirmó—. El chico quiere alcanzar sus propios logros por sí mismo, como tú le has enseñado, sin trampas ni atajos. La decisión del Comité habría estado totalmente condicionada si hubieran sabido que era el hijo del presidente. Lex lo ha hecho bien, hizo la propuesta de forma anónima, usándome a mí de intermediario neutral. Ahora que el Comité ha dado luz verde, he revelado su identidad. Tenías que haber visto sus caras.
—¿Sí? ¿Se han quedado alucinados? —sonrió.
—Se han quedado todos boquiabiertos. Y tú sabes bien que Lex es un experto en dejar boquiabiertos a los demás.
—Sí... —murmuró, bajando la mirada con un brillo orgulloso en los ojos. Pero también triste.
—Neuval —Lao le posó una mano en el hombro, serio—. Haz las malditas paces con él. Sé que no lo evitas porque no quieras hacerlas, sino porque te da miedo volver a sentir su rechazo. Pero yo no he criado a un cobarde.
El parisino no dijo nada, seguía mirando al suelo, pero hizo un gesto frunciendo los labios, delatando un aire de duda. Después se fijó en el reloj de pared al final del pasillo.
—Mierda, tengo que irme ya —Neuval fue a dar un paso, pero de pronto se oyó un ruido seco, de algo grueso cayendo contra el suelo.
Miró abajo y vio que a Lao se le había caído esa endemoniada carpeta negra entre los pies. El viejo la recogió a la velocidad del rayo con cara de apuro y la escondió nuevamente tras la espalda, mirando a Neuval con ojos de búho. Este entrecerró los suyos con suspicacia, sin decirle nada. Pero como se le hacía tarde, emprendió la marcha hacia la salida. El viejo sonrió y lo siguió por detrás, no sin antes meterse la carpetita bajo la chaqueta.
—Por cierto. ¿Y Hana? —preguntó Neuval.
—Montando bronca con los de la editorial. Está muy ocupada. Oye, ¿por qué tanta prisa? ¿Ya es la hora de esa reunión? Yo también quiero ir a esa reunión del instituto —se quejó como un niño pequeño.
—Suzu no te deja, ¿eh?
—Está empeñada en que doy malas influencias a Kyo.
—Jojojo... —carcajeó Neuval descaradamente, dándole toda la razón a su cuñada.
—Ejem... —carraspeó Lao, molesto—. Te lo preguntaré por tercera vez en esta mañana, jefe. ¿Cuándo piensas darme mi parte de la misión?
—Cuando me digas qué escondes en esa carpeta que se te está cayendo —contestó sin siquiera mirarlo.
Lao se sobresaltó al ver que la carpeta estaba a punto de caerse del interior de su chaqueta, y decidió sujetarla en los pantalones.
—Que no es nada —se defendió—, sólo llevo algunos esquemas de...
Neuval se volvió de repente hacia él, parándole en seco. Lao casi se traga la lengua.
—Espero no volver a tener problemas con los inspectores por uno de tus inventos —le sonrió amenazante.
Lao supo que se refería a aquella vez, hace un par de años, cuando un inspector descubrió un tipo de pistola especial que estaban fabricando en el laboratorio privado, para lo cual llamó a la policía, se montó un enorme jaleo con las autoridades y Neuval tuvo que borrarles la memoria a todos. Después le echó la bronca a Lao.
Entonces el viejo, acosado por esa mirada amenazante, puso ojitos de cachorro y se mordió la punta de los dedos índices.
—No... —dijo Neuval, viéndolo venir.
Lao pestañeó varias veces, con cara tristona.
—No, deja tus caritas para otro, papá. Hablo en serio —se enfadó.
—Tranquilo, jefe —saltó con ímpetu—. No tienes de qué preocuparte. Cuando lo termine, te lo enseñaré y besarás mis pies.
—Más te vale.
Lao también sonrió, sabía que le interesaría. Desde niño, Neuval siempre habían estado compitiendo con él por ver quién era mejor inventando cosas, hasta que Neuval creó uno de los objetos más especiales del mundo: las gafas de Denzel. Ante este invento, Lao se rindió, hecho polvo. Eso fue demasiado para él como para superarlo. Pero claro, había trampa, para ello Neuval se ayudó de los recursos del Monte Zou. No era sólo hacer que un ciego pudiera ver; era hacer que un taimu pudiera ver, que es bien distinto.
Pues bien, ahora Lao estaba en proceso de crear algo mucho más increíble, y eso que superar a Neuval en las ciencias de la Física y la Tecnología ya era difícil.
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