2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Otra tiza le dio en toda la coronilla. Brey levantó la cabeza con una hoja de sus apuntes pegada a la cara y con ojos de muerto. Ayer tuvo uno de los lunes más livianos de los últimos años gracias a la novedad de tener a Cleven dentro de su rutina y su ayuda en casa. Pero la vida seguía siendo dura, y este martes Brey volvía a estar agotado. Miró a su alrededor con aturdimiento, y se dio cuenta de que aún seguía en clase de Biología, la cual se la había pasado durmiendo.
—Señorito Saehara, me exacerba —dijo el profesor desde su mesa, negando con la cabeza—. Ser uno de los alumnos más brillantes de este centro no es excusa para pasarse todas las clases durmiendo.
Brey se quitó la hoja pegada a su cara y dio un bostezo para despejarse, mientras sus compañeros soltaban risas por lo bajo.
—No obstante, aquí en este centro de gran reputación también se tiene en cuenta la actitud, no sólo la inteligencia —añadió el profesor—. La próxima vez que lo encuentre durmiendo, irá al despacho de la delegada.
—Vale —contestó Brey pasivamente.
—Hm... —se mosqueó el hombre—. Y si ella lo manda al despacho del decano, luego no se queje.
—De acuerdo —asintió seriamente, rascándose un ojo.
El profesor apretó los dientes con irritación.
—Y si se lo sigue tomando a la ligera, no habrá más remedio que hablar con sus padres, muchacho —concluyó.
—Mm… Le aconsejo que primero los resucite —volvió a bostezar.
—Ah... —se sorprendió el profesor, y miró a un lado, incómodo—. Eh...
Por suerte para el viejo, se oyó el timbre de las once y media, indicando el final de la clase, así que el profesor recogió sus cosas y salió del aula para su siguiente clase un tanto desconcertado. Sin embargo, nada más abrir la puerta, entró otro profesor trajeado algo viejo.
—Chicos, esperad un momento —dijo, haciéndose oír, y los jóvenes del aula se quedaron en silencio—. La semana pasada no quedó muy claro, pero finalmente la visita al Hospital Kyoko la haréis mañana, ¿de acuerdo?
Y tras anunciar eso, se marchó con el profesor de Química. La mitad de los compañeros de Brey también fueron saliendo para ir a otra aula y la otra mitad se tomó su tiempo, creando barullo. Un grupo de chicas se reunieron en las escaleras de los estrados para salir del aula, no sin antes pararse cerca del rubio.
—Hasta luego, Brey —le dijeron con sonrisas insinuantes.
—Guapo…
—Grrr… —le hicieron un gesto obsceno.
Y se fueron. Brey negó con la cabeza, cansino, y fue recogiendo sus libros. Sinceramente, llevaba toda la vida sin que las mujeres lo dejaran en paz. En su infancia, era la gran atracción de todas las mujeres mayores que se quedaban embelesadas con su belleza y “adorabilidad”. Ahora, era la mayor atracción de todas las mujeres de todas las edades que se quedaban babeando con su belleza y virilidad. Cleven había sido presa de su encanto, no había que olvidar. Pero es que Brey incluso atraía las miradas de algunos hombres.
Él era así, había nacido así. Qué suertudo, dirían algunos celosos que matarían por estar en su lugar, con una fila de chicas detrás. Brey no lo veía así. Para él, ser guapo era un arma de doble filo. Por un lado, reconocía que era una virtud extremadamente útil en la sociedad humana porque los humanos, generalmente bobos y superficiales, trataban mejor o valoraban más a una persona guapa que a una fea. Por lo visto, era algo natural en ellos, programado en sus genes, por lo tanto, inevitable. Y esto había hecho que Brey pudiera socializar con los humanos mucho más fácilmente, ya que, si sólo fuera por su personalidad fría y racional, espantaría a todo el mundo y sufriría mucha más soledad.
Pero, por otro lado, el lado malo, es que a veces sufría lo contrario, excesiva atención, a veces llegando al acoso. Eso de ir andando por la calle tranquilamente y de repente ser llamado, detenido o perseguido por, normalmente, grupos de chicas muy descaradas, lo había vivido mil veces y era realmente molesto. Pero como ellas eran chicas y él un chico, pues ellas no iban a la cárcel ni nadie las frenaba o regañaba.
Obviamente Brey no temía por su vida cuando le perseguía un grupo de acosadoras, ya que él era un iris que literalmente podía moverse a la velocidad de la luz o lanzar cien rayos colosales y letales desde su cuerpo y dejar fritos a todos los seres vivos de Tokio. Lo que no quería decir que no fuera insufrible tener que ser molestado cuando quería andar tranquilo.
El verdadero problema llegaba cuando iba con los mellizos. Ahí el acoso se intensificaba hasta el punto de que algunas empezaban a hacerles fotos, a llamarles la atención a gritos, a acercarse demasiado… Clover y Daisuke habían llegado a asustarse mucho en varias ocasiones. Las peores, de hecho, habían ocurrido en el mismo colegio.
Este año los mellizos habían comenzado su primer año escolar y, por supuesto, en cuanto corrió la noticia entre los padres y madres de los demás niños de que el padre de aquellos mellizos tenía 20 años y que la madre había fallecido, cada vez que Brey iba a llevar o a recoger a los niños, muchos padres se le habían acercado, sin reparo ni vergüenza alguna, a hacerle preguntas personales, a husmear en su vida, a cuestionar sus acciones, incluso a lanzarle comentarios desagradables del tipo “seguro que se pasa el tiempo holgazaneando o divirtiéndose por ahí y deja a sus hijos solos en casa sin darles de comer ni bañarlos ni atenderlos, ¿cómo va un crío a cuidar de unos pobres niños? Ya fue irresponsable con el mero hecho de traer unas inocentes criaturas al mundo sin estar en absoluto preparado para ello”.
Brey jamás, jamás lo había manifestado ni se lo había dicho a nadie, pero ese tipo de comentarios siempre le habían dolido. Especialmente, porque él mismo pensaba que ellos tenían razón.
Otras veces, había recibido comentarios muy opuestos pero igual de insoportables, sobre todo de otras madres que por alguna razón se creían que Brey era un niño desamparado que necesitaba escuchar sus sugerencias, consejos y cómo hacer bien su papel de padre porque, especialmente al ser hombre, y muy joven, lo discriminaban dando por sentado que criar y cuidar de los niños no se le daba bien. A veces, se tomaban demasiadas confianzas estas madres, y llegaban a tocarle, a agarrarlo de un brazo sin permiso como si fueran sus amigas íntimas o sus tías cariñosas, babeando con él.
Los mellizos veían este tipo de acoso, veían a su padre conteniendo la paciencia, intentando no reaccionar para ser amable con esos humanos molestos, pero inocentes, a los que tenía la obligación de proteger, pasándolo realmente mal, siendo constantemente discriminado, o bien, excesivamente querido y manoseado… veían aquello y no lo entendían, les confundía, y les preocupaba, y les sentaba mal, y un día fue tan agobiante que tanto Clover como Daisuke se echaron a llorar. Y ahí era cuando Brey ya no mostraba paciencia ni tolerancia alguna.
Aquel día se olvidó de su temor de ser rechazado por los humanos, y antepuso la importancia de proteger a los mellizos de este tipo de comportamiento humano injusto e inadecuado. Fue, de hecho, hace tres semanas. Plantó cara a todos esos padres y madres en la puerta del colegio y les dejó bien claro quién era él, quiénes eran sus hijos y que la próxima persona que le tocara sin su permiso, opinara de su vida personal con vejaciones, difamara o cuestionase sus capacidades paternales, lo tratase como a un niño o como a un delincuente y se comportase de forma inadecuada delante de sus hijos, él mismo se encargaría de investigar todos y cada uno de los trapos sucios, secretos, multas no pagadas, infidelidades o vicios extraños que ellos tuvieran y los haría públicos.
A partir de ahí, todos los padres y madres de los compañeros de clase de los mellizos comenzaron a tratar a Brey como si del mismísimo primer ministro se tratase. Al parecer, muchos de ellos tenían ciertos secretitos, errores o vicios raros que no querían que salieran a la luz. Era el drama más común entre los padres y madres que se relacionaban entre sí cuando sus hijos compartían la misma clase, y formaban el típico grupo social que se esforzaba por aparentar tener familias perfectas y vidas perfectas pero apestaban a falsedad. Y a Brey le había tocado empezar a vivirlo con 20 años.
Si algo había heredado Brey de su padre, Hideki, aparte de su seriedad, su iris Den y su infinita paciencia, era su notoria habilidad de hacerse respetar en treinta segundos por la multitud más arrogante y desagradable que pudiera encontrarse. Lex también tenía esto en común con su tío y su abuelo.
Y otra vez. De nuevo, un par de chicas de la clase, al bajar de los estrados y pasar por su lado, le soltaron unos piropos y se marcharon. Siempre igual. No podía tener los oídos tranquilos un día entero.
«Si les presentase a Clover y a Daisuke, seguro que dejarían al instante de ser tan simpáticas conmigo» pensó, «Nada como un par de hijos para espantar a las típicas humanas babosas postadolescentes. Huirían al instante».
—Hm… —miró hacia arriba con cara reflexiva. «Podría funcionar, así me dejarían en paz. No, espera… ¿Eso está bien? ¿Puedo usar a Clover y a Daisuke para algo así, como mis armas antipelmazas? Mmm… ¿Qué diría un humano?».
Enseguida Brey se imaginó a Mei Ling, por ello en su cabeza estalló una voz furiosa: “¡Pedazo de monstruo! ¿¡Cómo se te ocurre utilizar a tus hijos para tu propio beneficio social y…!?”. «No, no, descartado» concluyó Brey rápidamente, «No soportaría otra bronca de Mei Ling. No lo entiendo, siempre está metiéndose en mi vida diciéndome que quiere ayudarme a cuidar de los mocosos, pero luego despotrica contra mí al mínimo acto que ella desaprueba».
Brey no se dio cuenta, una vez más, pero al pensar en Mei Ling se volvió a ruborizar un poco. No era nada en especial, era simplemente algo que le sucedía desde siempre, desde que era pequeño. Luego pensó en lo que el viejo Lao le comentó la noche del domingo, que fuera más amable con ella, y se ruborizó un poco más. Podía ser, probablemente, una reacción natural que la belleza particular de Mei Ling causaba habitualmente en casi todos los chicos. O quizá fuera por su particular carácter humano con el espíritu fogoso de la sangre Lao. Ella siempre había tenido algo especial, no sabía el qué, pero él nunca se paró a pensar en esto, se obligaba a sí mismo a restarle importancia.
Ella era tres años mayor que él, y su relación con ella había sido siempre de lo más formal, como simples amigos y vecinos, con ese hilo familiar entre medias que los unía, ya que, después de todo, los sobrinos de Brey eran los primos adoptivos de Mei Ling, eran casi familia. Por eso, Brey siempre se había obligado a verla como eso, una amiga, la vecina de al lado, la nieta de Lao y la hermana de Kyo.
En ese momento, dos chicos y dos chicas se acercaron a él, que eran sus amigos más cercanos de la facultad.
—Vaya, qué sutiles —se rio Lenny, viendo a esas chicas alejarse.
—Colega, cómo te lo montas —dijo Juugo, dándole una palmada en la espalda—. Siempre haces lo mismo en clase, dormirte como si nada, y el decano sigue haciendo la vista gorda.
—Porque él y vosotros cuatro sois los únicos de este centro que saben que tengo una vida complicada —contestó Brey, mientras salía con ellos del aula—. Y más ahora, ya que Fuujin ha vuelto.
De pronto sus cuatro amigos frenaron en seco, sufriendo un amago de infarto.
—¿El... el jefe? —preguntaron con los ojos llorosos—. ¿El jefe ha vuelto a la Asociación?
—Sí.
—¡El jefeee...! —se pusieron a berrear y a abrazarse, llorando como poseídos—. ¡El jefe Fuujin ha vuelto...! ¡Buhuuu…!
Brey puso una mirada cansina, no se esperaba otra reacción. Se desvió por otro pasillo, y sus colegas se sobresaltaron, extrañados.
—¿Adónde vas, Raijin? —preguntó Ruri—. El aula de Salud Pública es por allí.
—Tengo que ir a una reunión en el Instituto Tomonari.
Los otros cuatro se miraron entre ellos en silencio, con caras confusas.
Esos cuatro eran buenos amigos de Brey desde hacía años y con los que solía quedar de vez en cuando. Eran unas de las pocas personas que lo sabían todo sobre él, incluido lo de que era un iris y todo el tema de las RS. Al fin y al cabo, esos cuatro jóvenes eran almaati. Más bien, ex-almaati.
Los almaati o cooperadores eran humanos, y trabajaban para la Asociación de manera voluntaria. No luchaban por ninguna venganza que cumplir ni ningún asunto personal que zanjar. Eran personas que, sencillamente, poseían un fuerte espíritu luchador en defensa del bien y la justicia, y decidían por sí mismos entrar en la Asociación y trabajar junto a los iris por la mera satisfacción de ayudar y hacer del mundo un lugar mejor. Solían ser conocidos, amigos o familiares de los iris que, por tanto, conocían a través de ellos la existencia de la Asociación.
Una diferencia normativa que tenían con los iris –como norma de la Asociación–, es que no podían ser personas menores de 12 años. Por mucho que un niño quisiera convertirse en almaati, tenía que esperar a cumplir por lo menos los 12 años para que la Asociación aceptara formarlo como tal, aunque a esa edad sólo se les empezaba a impartir entrenamientos de cosas básicas e inofensivas, y no se les permitía participar en trabajo de campo o luchas directas hasta los 15 o 16.
Otra diferencia, en este caso, natural, era que su nivel de fuerza, velocidad y agilidad era inferior al de los iris y mucho menos podían dominar una materia primaria o elemento. Al tener una mente humana, no habían despertado una energía superior como el llamado iris capaz de influir en lo físico y potenciarlo hasta el asombroso nivel de los otros. Pero sí que tenían un nivel muy superior al del humano promedio.
Los monjes del Monte Zou, mediante el llamado Entrenamiento de la Areté, eran capaces de despertar en humanos un potencial oculto que incrementaba sus habilidades más allá de los límites normales, gracias a los conocimientos que tanto los Zou de antaño como Denzel recopilaron sobre el funcionamiento y la manipulación posible de las energías del mundo. De modo que los almaati tenían un nivel de fuerza, agilidad y velocidad sobrehumano sin dejar de ser humanos.
Aparte de los nueve elementos o iris principales, una RS podía contratar a un máximo de veinte cooperadores. Su trabajo era dar apoyo táctico a su RS en misiones de gran calibre y, sobre todo, tenían la capacidad y el deber de "limpiar" el rastro que dejaban los iris tras un enfrentamiento o conflicto contra criminales en entornos públicos para evitar que el Gobierno los captara. Si algún edificio, o parte de la calle, o vehículos y demás resultaban destrozados, los almaati limpiaban, restauraban, sustituían y dejaban todo como estaba antes de que nadie pudiera darse cuenta. Y si había cadáveres, se encargaban de ellos, limpiaban la escena y, si era necesario, incluso podían crear escenarios falsos para despistar al Gobierno o a otros enemigos.
Estos cuatro amigos de Brey supieron de la existencia de la Asociación a edades tempranas porque tenían algún familiar o conocido que era iris o almaati, y quisieron formarse como almaati voluntariamente al cumplir la edad; fueron entrenados y, por tanto, tenían habilidades físicas desarrolladas. Fueron los cooperadores de la KRS, Neuval los contrató en el pasado junto a muchos otros. Actualmente, ya no participaban como tal, todos se fueron cuando Fuujin se exilió.
El más alto y grande de ellos era de origen alemán, se llamaba Lenny. Tenía el pelo medianamente largo de un rubio oscuro y nadie le podía jamás convencer de quitarse la barba de chivo de la que estaba tan orgulloso. Había nacido en Japón, pero sus padres eran alemanes residentes en Osaka desde hacía muchos años. Era un niño rico, pero se había criado toda la vida camuflándose entre las clases bajas. Ya de muy pequeño había tenido un carácter sensible con los desfavorecidos.
La más bajita de los cuatro era pequeña pero matona, se llamaba Cho y no aparentaba tener 20 años. Seguía pareciendo una niña en cara y en cuerpo, que recordaba, por ello, al de una pequeña pero ágil gimnasta olímpica, por lo que era un rasgo al que sacaba provecho cuando los enemigos la creían inofensiva. Tenía un carácter y un estilo algo masculino, siempre llevaba una camisa de cuadros atada a la cintura, en invierno y en verano, y vaqueros que le quedaban grandes. Su especialidad era correr y hacer de cebo, con mucho orgullo.
Los otros dos eran hermanastros, o medio hermanos, de distinto padre extranjero pero de misma madre japonesa. Juugo, de padre ucraniano, era un año mayor, un chico que, cualquiera que lo viera, en realidad no lo vería, porque pasaba totalmente desapercibido. Era de estatura normal, aspecto normal, cabello negro peinado, pálido, camisa y pantalones normales. Parecía tan, tan normal, que era como si no existiera. Y su carácter era, igualmente, de lo más normal, ni su cara expresaba nada.
Por su parte, su hermanastra Ruri, de padre boliviano, era todo lo contrario. Totalmente estrafalaria. Era una amante de la cultura pop occidental de los años 80, vestía con ropas coloridas y raras típicas de esa década, con un pañuelo cada día diferente atado a su cabeza, de la que caía una envidiable melena larga, castaña y lisa, y siempre mascando chicle. Hasta escuchaba música en un walkman. Tenía un carácter seguro, a veces rebelde, y ella solía decir que era su sangre latina la que mantenía con vida al “muermo paliducho” de su hermano. Pese a eso, ambos eran inseparables.
Una vez que Brey salió del edificio de la facultad, se encontró con Eliam en el aparcamiento, subiéndose a su moto y poniéndose el casco.
—Eliam —lo llamó, acercándose a él mientras sacaba las llaves de su coche.
—Hey, Raijin —saludó, abrochándose el casco—. ¿Adónde vas?
—A la reunión del instituto.
—¿Qué? ¿Y eso? —se sorprendió.
—Por mi sobrina.
—Ah, por Cleventine —entendió.
—¿Y tú? ¿No tienes clase ahora?
—Yo también voy a esa reunión, Raijin —sonrió, haciendo rugir su moto al arrancarla—. Por obligación, pero bueno, como cada año.
—Ah, ya —cayó en la cuenta, recordando que Eliam era el responsable de Drasik.
—Nos vemos allá —se despidió, alejándose con la moto.
Otra tiza le dio en toda la coronilla. Brey levantó la cabeza con una hoja de sus apuntes pegada a la cara y con ojos de muerto. Ayer tuvo uno de los lunes más livianos de los últimos años gracias a la novedad de tener a Cleven dentro de su rutina y su ayuda en casa. Pero la vida seguía siendo dura, y este martes Brey volvía a estar agotado. Miró a su alrededor con aturdimiento, y se dio cuenta de que aún seguía en clase de Biología, la cual se la había pasado durmiendo.
—Señorito Saehara, me exacerba —dijo el profesor desde su mesa, negando con la cabeza—. Ser uno de los alumnos más brillantes de este centro no es excusa para pasarse todas las clases durmiendo.
Brey se quitó la hoja pegada a su cara y dio un bostezo para despejarse, mientras sus compañeros soltaban risas por lo bajo.
—No obstante, aquí en este centro de gran reputación también se tiene en cuenta la actitud, no sólo la inteligencia —añadió el profesor—. La próxima vez que lo encuentre durmiendo, irá al despacho de la delegada.
—Vale —contestó Brey pasivamente.
—Hm... —se mosqueó el hombre—. Y si ella lo manda al despacho del decano, luego no se queje.
—De acuerdo —asintió seriamente, rascándose un ojo.
El profesor apretó los dientes con irritación.
—Y si se lo sigue tomando a la ligera, no habrá más remedio que hablar con sus padres, muchacho —concluyó.
—Mm… Le aconsejo que primero los resucite —volvió a bostezar.
—Ah... —se sorprendió el profesor, y miró a un lado, incómodo—. Eh...
Por suerte para el viejo, se oyó el timbre de las once y media, indicando el final de la clase, así que el profesor recogió sus cosas y salió del aula para su siguiente clase un tanto desconcertado. Sin embargo, nada más abrir la puerta, entró otro profesor trajeado algo viejo.
—Chicos, esperad un momento —dijo, haciéndose oír, y los jóvenes del aula se quedaron en silencio—. La semana pasada no quedó muy claro, pero finalmente la visita al Hospital Kyoko la haréis mañana, ¿de acuerdo?
Y tras anunciar eso, se marchó con el profesor de Química. La mitad de los compañeros de Brey también fueron saliendo para ir a otra aula y la otra mitad se tomó su tiempo, creando barullo. Un grupo de chicas se reunieron en las escaleras de los estrados para salir del aula, no sin antes pararse cerca del rubio.
—Hasta luego, Brey —le dijeron con sonrisas insinuantes.
—Guapo…
—Grrr… —le hicieron un gesto obsceno.
Y se fueron. Brey negó con la cabeza, cansino, y fue recogiendo sus libros. Sinceramente, llevaba toda la vida sin que las mujeres lo dejaran en paz. En su infancia, era la gran atracción de todas las mujeres mayores que se quedaban embelesadas con su belleza y “adorabilidad”. Ahora, era la mayor atracción de todas las mujeres de todas las edades que se quedaban babeando con su belleza y virilidad. Cleven había sido presa de su encanto, no había que olvidar. Pero es que Brey incluso atraía las miradas de algunos hombres.
Él era así, había nacido así. Qué suertudo, dirían algunos celosos que matarían por estar en su lugar, con una fila de chicas detrás. Brey no lo veía así. Para él, ser guapo era un arma de doble filo. Por un lado, reconocía que era una virtud extremadamente útil en la sociedad humana porque los humanos, generalmente bobos y superficiales, trataban mejor o valoraban más a una persona guapa que a una fea. Por lo visto, era algo natural en ellos, programado en sus genes, por lo tanto, inevitable. Y esto había hecho que Brey pudiera socializar con los humanos mucho más fácilmente, ya que, si sólo fuera por su personalidad fría y racional, espantaría a todo el mundo y sufriría mucha más soledad.
Pero, por otro lado, el lado malo, es que a veces sufría lo contrario, excesiva atención, a veces llegando al acoso. Eso de ir andando por la calle tranquilamente y de repente ser llamado, detenido o perseguido por, normalmente, grupos de chicas muy descaradas, lo había vivido mil veces y era realmente molesto. Pero como ellas eran chicas y él un chico, pues ellas no iban a la cárcel ni nadie las frenaba o regañaba.
Obviamente Brey no temía por su vida cuando le perseguía un grupo de acosadoras, ya que él era un iris que literalmente podía moverse a la velocidad de la luz o lanzar cien rayos colosales y letales desde su cuerpo y dejar fritos a todos los seres vivos de Tokio. Lo que no quería decir que no fuera insufrible tener que ser molestado cuando quería andar tranquilo.
El verdadero problema llegaba cuando iba con los mellizos. Ahí el acoso se intensificaba hasta el punto de que algunas empezaban a hacerles fotos, a llamarles la atención a gritos, a acercarse demasiado… Clover y Daisuke habían llegado a asustarse mucho en varias ocasiones. Las peores, de hecho, habían ocurrido en el mismo colegio.
Este año los mellizos habían comenzado su primer año escolar y, por supuesto, en cuanto corrió la noticia entre los padres y madres de los demás niños de que el padre de aquellos mellizos tenía 20 años y que la madre había fallecido, cada vez que Brey iba a llevar o a recoger a los niños, muchos padres se le habían acercado, sin reparo ni vergüenza alguna, a hacerle preguntas personales, a husmear en su vida, a cuestionar sus acciones, incluso a lanzarle comentarios desagradables del tipo “seguro que se pasa el tiempo holgazaneando o divirtiéndose por ahí y deja a sus hijos solos en casa sin darles de comer ni bañarlos ni atenderlos, ¿cómo va un crío a cuidar de unos pobres niños? Ya fue irresponsable con el mero hecho de traer unas inocentes criaturas al mundo sin estar en absoluto preparado para ello”.
Brey jamás, jamás lo había manifestado ni se lo había dicho a nadie, pero ese tipo de comentarios siempre le habían dolido. Especialmente, porque él mismo pensaba que ellos tenían razón.
Otras veces, había recibido comentarios muy opuestos pero igual de insoportables, sobre todo de otras madres que por alguna razón se creían que Brey era un niño desamparado que necesitaba escuchar sus sugerencias, consejos y cómo hacer bien su papel de padre porque, especialmente al ser hombre, y muy joven, lo discriminaban dando por sentado que criar y cuidar de los niños no se le daba bien. A veces, se tomaban demasiadas confianzas estas madres, y llegaban a tocarle, a agarrarlo de un brazo sin permiso como si fueran sus amigas íntimas o sus tías cariñosas, babeando con él.
Los mellizos veían este tipo de acoso, veían a su padre conteniendo la paciencia, intentando no reaccionar para ser amable con esos humanos molestos, pero inocentes, a los que tenía la obligación de proteger, pasándolo realmente mal, siendo constantemente discriminado, o bien, excesivamente querido y manoseado… veían aquello y no lo entendían, les confundía, y les preocupaba, y les sentaba mal, y un día fue tan agobiante que tanto Clover como Daisuke se echaron a llorar. Y ahí era cuando Brey ya no mostraba paciencia ni tolerancia alguna.
Aquel día se olvidó de su temor de ser rechazado por los humanos, y antepuso la importancia de proteger a los mellizos de este tipo de comportamiento humano injusto e inadecuado. Fue, de hecho, hace tres semanas. Plantó cara a todos esos padres y madres en la puerta del colegio y les dejó bien claro quién era él, quiénes eran sus hijos y que la próxima persona que le tocara sin su permiso, opinara de su vida personal con vejaciones, difamara o cuestionase sus capacidades paternales, lo tratase como a un niño o como a un delincuente y se comportase de forma inadecuada delante de sus hijos, él mismo se encargaría de investigar todos y cada uno de los trapos sucios, secretos, multas no pagadas, infidelidades o vicios extraños que ellos tuvieran y los haría públicos.
A partir de ahí, todos los padres y madres de los compañeros de clase de los mellizos comenzaron a tratar a Brey como si del mismísimo primer ministro se tratase. Al parecer, muchos de ellos tenían ciertos secretitos, errores o vicios raros que no querían que salieran a la luz. Era el drama más común entre los padres y madres que se relacionaban entre sí cuando sus hijos compartían la misma clase, y formaban el típico grupo social que se esforzaba por aparentar tener familias perfectas y vidas perfectas pero apestaban a falsedad. Y a Brey le había tocado empezar a vivirlo con 20 años.
Si algo había heredado Brey de su padre, Hideki, aparte de su seriedad, su iris Den y su infinita paciencia, era su notoria habilidad de hacerse respetar en treinta segundos por la multitud más arrogante y desagradable que pudiera encontrarse. Lex también tenía esto en común con su tío y su abuelo.
Y otra vez. De nuevo, un par de chicas de la clase, al bajar de los estrados y pasar por su lado, le soltaron unos piropos y se marcharon. Siempre igual. No podía tener los oídos tranquilos un día entero.
«Si les presentase a Clover y a Daisuke, seguro que dejarían al instante de ser tan simpáticas conmigo» pensó, «Nada como un par de hijos para espantar a las típicas humanas babosas postadolescentes. Huirían al instante».
—Hm… —miró hacia arriba con cara reflexiva. «Podría funcionar, así me dejarían en paz. No, espera… ¿Eso está bien? ¿Puedo usar a Clover y a Daisuke para algo así, como mis armas antipelmazas? Mmm… ¿Qué diría un humano?».
Enseguida Brey se imaginó a Mei Ling, por ello en su cabeza estalló una voz furiosa: “¡Pedazo de monstruo! ¿¡Cómo se te ocurre utilizar a tus hijos para tu propio beneficio social y…!?”. «No, no, descartado» concluyó Brey rápidamente, «No soportaría otra bronca de Mei Ling. No lo entiendo, siempre está metiéndose en mi vida diciéndome que quiere ayudarme a cuidar de los mocosos, pero luego despotrica contra mí al mínimo acto que ella desaprueba».
Brey no se dio cuenta, una vez más, pero al pensar en Mei Ling se volvió a ruborizar un poco. No era nada en especial, era simplemente algo que le sucedía desde siempre, desde que era pequeño. Luego pensó en lo que el viejo Lao le comentó la noche del domingo, que fuera más amable con ella, y se ruborizó un poco más. Podía ser, probablemente, una reacción natural que la belleza particular de Mei Ling causaba habitualmente en casi todos los chicos. O quizá fuera por su particular carácter humano con el espíritu fogoso de la sangre Lao. Ella siempre había tenido algo especial, no sabía el qué, pero él nunca se paró a pensar en esto, se obligaba a sí mismo a restarle importancia.
Ella era tres años mayor que él, y su relación con ella había sido siempre de lo más formal, como simples amigos y vecinos, con ese hilo familiar entre medias que los unía, ya que, después de todo, los sobrinos de Brey eran los primos adoptivos de Mei Ling, eran casi familia. Por eso, Brey siempre se había obligado a verla como eso, una amiga, la vecina de al lado, la nieta de Lao y la hermana de Kyo.
En ese momento, dos chicos y dos chicas se acercaron a él, que eran sus amigos más cercanos de la facultad.
—Vaya, qué sutiles —se rio Lenny, viendo a esas chicas alejarse.
—Colega, cómo te lo montas —dijo Juugo, dándole una palmada en la espalda—. Siempre haces lo mismo en clase, dormirte como si nada, y el decano sigue haciendo la vista gorda.
—Porque él y vosotros cuatro sois los únicos de este centro que saben que tengo una vida complicada —contestó Brey, mientras salía con ellos del aula—. Y más ahora, ya que Fuujin ha vuelto.
De pronto sus cuatro amigos frenaron en seco, sufriendo un amago de infarto.
—¿El... el jefe? —preguntaron con los ojos llorosos—. ¿El jefe ha vuelto a la Asociación?
—Sí.
—¡El jefeee...! —se pusieron a berrear y a abrazarse, llorando como poseídos—. ¡El jefe Fuujin ha vuelto...! ¡Buhuuu…!
Brey puso una mirada cansina, no se esperaba otra reacción. Se desvió por otro pasillo, y sus colegas se sobresaltaron, extrañados.
—¿Adónde vas, Raijin? —preguntó Ruri—. El aula de Salud Pública es por allí.
—Tengo que ir a una reunión en el Instituto Tomonari.
Los otros cuatro se miraron entre ellos en silencio, con caras confusas.
Esos cuatro eran buenos amigos de Brey desde hacía años y con los que solía quedar de vez en cuando. Eran unas de las pocas personas que lo sabían todo sobre él, incluido lo de que era un iris y todo el tema de las RS. Al fin y al cabo, esos cuatro jóvenes eran almaati. Más bien, ex-almaati.
Los almaati o cooperadores eran humanos, y trabajaban para la Asociación de manera voluntaria. No luchaban por ninguna venganza que cumplir ni ningún asunto personal que zanjar. Eran personas que, sencillamente, poseían un fuerte espíritu luchador en defensa del bien y la justicia, y decidían por sí mismos entrar en la Asociación y trabajar junto a los iris por la mera satisfacción de ayudar y hacer del mundo un lugar mejor. Solían ser conocidos, amigos o familiares de los iris que, por tanto, conocían a través de ellos la existencia de la Asociación.
Una diferencia normativa que tenían con los iris –como norma de la Asociación–, es que no podían ser personas menores de 12 años. Por mucho que un niño quisiera convertirse en almaati, tenía que esperar a cumplir por lo menos los 12 años para que la Asociación aceptara formarlo como tal, aunque a esa edad sólo se les empezaba a impartir entrenamientos de cosas básicas e inofensivas, y no se les permitía participar en trabajo de campo o luchas directas hasta los 15 o 16.
Otra diferencia, en este caso, natural, era que su nivel de fuerza, velocidad y agilidad era inferior al de los iris y mucho menos podían dominar una materia primaria o elemento. Al tener una mente humana, no habían despertado una energía superior como el llamado iris capaz de influir en lo físico y potenciarlo hasta el asombroso nivel de los otros. Pero sí que tenían un nivel muy superior al del humano promedio.
Los monjes del Monte Zou, mediante el llamado Entrenamiento de la Areté, eran capaces de despertar en humanos un potencial oculto que incrementaba sus habilidades más allá de los límites normales, gracias a los conocimientos que tanto los Zou de antaño como Denzel recopilaron sobre el funcionamiento y la manipulación posible de las energías del mundo. De modo que los almaati tenían un nivel de fuerza, agilidad y velocidad sobrehumano sin dejar de ser humanos.
Aparte de los nueve elementos o iris principales, una RS podía contratar a un máximo de veinte cooperadores. Su trabajo era dar apoyo táctico a su RS en misiones de gran calibre y, sobre todo, tenían la capacidad y el deber de "limpiar" el rastro que dejaban los iris tras un enfrentamiento o conflicto contra criminales en entornos públicos para evitar que el Gobierno los captara. Si algún edificio, o parte de la calle, o vehículos y demás resultaban destrozados, los almaati limpiaban, restauraban, sustituían y dejaban todo como estaba antes de que nadie pudiera darse cuenta. Y si había cadáveres, se encargaban de ellos, limpiaban la escena y, si era necesario, incluso podían crear escenarios falsos para despistar al Gobierno o a otros enemigos.
Estos cuatro amigos de Brey supieron de la existencia de la Asociación a edades tempranas porque tenían algún familiar o conocido que era iris o almaati, y quisieron formarse como almaati voluntariamente al cumplir la edad; fueron entrenados y, por tanto, tenían habilidades físicas desarrolladas. Fueron los cooperadores de la KRS, Neuval los contrató en el pasado junto a muchos otros. Actualmente, ya no participaban como tal, todos se fueron cuando Fuujin se exilió.
El más alto y grande de ellos era de origen alemán, se llamaba Lenny. Tenía el pelo medianamente largo de un rubio oscuro y nadie le podía jamás convencer de quitarse la barba de chivo de la que estaba tan orgulloso. Había nacido en Japón, pero sus padres eran alemanes residentes en Osaka desde hacía muchos años. Era un niño rico, pero se había criado toda la vida camuflándose entre las clases bajas. Ya de muy pequeño había tenido un carácter sensible con los desfavorecidos.
La más bajita de los cuatro era pequeña pero matona, se llamaba Cho y no aparentaba tener 20 años. Seguía pareciendo una niña en cara y en cuerpo, que recordaba, por ello, al de una pequeña pero ágil gimnasta olímpica, por lo que era un rasgo al que sacaba provecho cuando los enemigos la creían inofensiva. Tenía un carácter y un estilo algo masculino, siempre llevaba una camisa de cuadros atada a la cintura, en invierno y en verano, y vaqueros que le quedaban grandes. Su especialidad era correr y hacer de cebo, con mucho orgullo.
Los otros dos eran hermanastros, o medio hermanos, de distinto padre extranjero pero de misma madre japonesa. Juugo, de padre ucraniano, era un año mayor, un chico que, cualquiera que lo viera, en realidad no lo vería, porque pasaba totalmente desapercibido. Era de estatura normal, aspecto normal, cabello negro peinado, pálido, camisa y pantalones normales. Parecía tan, tan normal, que era como si no existiera. Y su carácter era, igualmente, de lo más normal, ni su cara expresaba nada.
Por su parte, su hermanastra Ruri, de padre boliviano, era todo lo contrario. Totalmente estrafalaria. Era una amante de la cultura pop occidental de los años 80, vestía con ropas coloridas y raras típicas de esa década, con un pañuelo cada día diferente atado a su cabeza, de la que caía una envidiable melena larga, castaña y lisa, y siempre mascando chicle. Hasta escuchaba música en un walkman. Tenía un carácter seguro, a veces rebelde, y ella solía decir que era su sangre latina la que mantenía con vida al “muermo paliducho” de su hermano. Pese a eso, ambos eran inseparables.
Una vez que Brey salió del edificio de la facultad, se encontró con Eliam en el aparcamiento, subiéndose a su moto y poniéndose el casco.
—Eliam —lo llamó, acercándose a él mientras sacaba las llaves de su coche.
—Hey, Raijin —saludó, abrochándose el casco—. ¿Adónde vas?
—A la reunión del instituto.
—¿Qué? ¿Y eso? —se sorprendió.
—Por mi sobrina.
—Ah, por Cleventine —entendió.
—¿Y tú? ¿No tienes clase ahora?
—Yo también voy a esa reunión, Raijin —sonrió, haciendo rugir su moto al arrancarla—. Por obligación, pero bueno, como cada año.
—Ah, ya —cayó en la cuenta, recordando que Eliam era el responsable de Drasik.
—Nos vemos allá —se despidió, alejándose con la moto.
Comentarios
Publicar un comentario