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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









11.
Los objetos de Clover

Miércoles por la mañana, la amenaza del despertador-pato continúa. Pero Raijin se limitó a ponerse la almohada sobre la cabeza, hecho polvo. No lo entendía, Cleven parecía estar sorda. Sólo esperó a que se despertase y se levantase para que le tocase a ella hacer el desayuno. Pasó un cuarto de hora hasta que el dichoso pato por fin cerró el pico, y a Raijin ya se le habían puesto los pelos de punta, literalmente, por la electricidad estática que solía generar involuntariamente cuando se irritaba.

Justo cuando por fin podía recuperar el relax con el silencio, la pequeña Clover entró en su cuarto dando saltitos y voces.

—¡Despierta, papi, despierta! —exclamó, subiéndose a la cama, y empezó a dar botes sobre ella—. ¡Ya es por la mañana, despierta! ¡Despiertff...!

Brey alargó un brazo, la atrapó y la derribó sobre la cama, encerrándola entre su cuerpo y su brazo de manera que la niña tenía la cabeza hundida en la almohada, lo que la calló enseguida.

—¡Mmm! ¡Fuéltamem! —trató de gritar la niña, cuya voz se oía lejana.

Sin embargo, Brey se tumbó sobre ella y empezó a roncar adrede, haciéndola rabiar. Procurando no ahogarla, claro.

—¡Fmcorro! ¡Daiii!

Como si Daisuke tuviera ultra instinto, acudió a la llamada de su hermana entrando en el cuarto con un portazo a lo héroe.

—¡Suéltala! —exclamó con autoridad, y de un salto se sentó sobre Brey e intentó tirar de su hombro para girarlo y liberar a Clover, pero el chico no se movió lo más mínimo, sólo daba ronquidos—. ¡Que la liberes te he dicho, malvado! —se enfadó el niño, dándole tortas en el brazo.

Por consiguiente, Brey se giró poco a poco con pereza y Daisuke se cayó al suelo, soltando un grito.

—¿¡Cómo te atreves, villano!? —saltó enfadado, agarrando el pantalón del pijama de su padre con el fin de tirar de su pierna y así tirarlo de la cama, pero como pesaba demasiado, lo único que consiguió fue bajarle los pantalones.

—¡Oye! —se sobresaltó Brey, irguiéndose al instante sobre la cama.

—Eh, el desayuno ya está lis... —se asomó Cleven a la habitación—. ¡Aaah! —exclamó, tapándose los ojos.

Brey se apresuró a subirse el pantalón de nuevo.

—¡Degenerado! —saltó Cleven, aún con los ojos tapados, y roja—. ¿¡Qué hacías con el culo al aire delante de los niños!?

—El niño dramático me ha bajado los pantalones, pelmaza —gruñó el rubio—. No te escandalices tanto, ellos han visto de todo.

—¿Eh? ¿Cómo que ellos han visto de todo?

—Eh… ¿Tú qué crees? —dijo con sarcasmo—. A veces me baño con ellos.

Cleven recordó que su tío estaba más ligado a las costumbres japonesas, y era normal compartir la actividad del baño, sobre todo entre padres con hijos pequeños, donde primero se sentaban en un pequeño taburete y se ayudaban a enjabonar el cuerpo, luego se aclaraban y luego se metían en la bañera con agua con sales.

—Oooh, me gusta esa naturalidad… —dijo Cleven—. ¡Cuenta conmigo para el próximo baño colectivo!

—Ni hablar.

—¿¡Por qué no!? ¡Somos familia!

—Porque estás loca.

—¡Yo me bañaré contigo, prima! —brincó Clover felizmente—. ¡Te frotaré la espalda con mi esponjita con forma de delfín!

—Ahy… —Cleven se tapó la boca, con ojos llorosos y con un sollozo lleno de ternura.

—¿Me echarás un suavizante que huele muy bien? —preguntó la pequeña.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—Algunas veces, cuando Mei Ling se quedaba con nosotros para cuidarnos mientras papá iba a un trabajo, se bañaba con Dai y conmigo y siempre me echaba en el pelo un suavizante que olía muyyy bien, y me dejaba el pelo muyyy suave, porque tengo algunos rizos.

—Hey, a lo mejor a mí también me viene bien un suavizante, tenemos el mismo pelo lleno de ondas y rizos —pensó Cleven—. Espera, ¿quién es Mei Ling? —le preguntó a su tío.

En ese momento, Brey se sentó al borde de su cama, dándole la espalda, mientras se frotaba los ojos para terminar de despejarse. Se quedó en un silencio raro por unos segundos.

—Es… la hermana mayor de Kyo.

—¿Qué? ¿De Kyo, el chico de mi clase? —se sorprendió—. ¿De qué la conoces…? Aaah, debe de ser también cliente habitual de la cafetería de Yako, como Kyo —dedujo para sí misma—. ¿Así que ella también te ayuda con los niños? Tío Brey, estás rodeado de muy buenos amigos —sonrió.

Brey seguía de espaldas. Se le colorearon un poco las mejillas. Es verdad que a veces lo daba por sentado, y olvidaba que realmente era bastante afortunado por la gente que lo rodeaba. Incluso si a veces tenía desacuerdos o discusiones con Mei Ling y su humana forma de ver el mundo, era cierto que era una humana con un buen corazón, como Cleven. Y… con un impresionante y bastante atractivo espíritu por luchar por la justicia y por el bien.

Hace tiempo que Brey aprendió que ese espíritu de lucha corría por la sangre de todos los Lao, fueran iris o humanos, y por eso el viejo Lao y su familia eran tan queridos en la Asociación y por todo el mundo. Pero tenía que recordar que Cleven también era una Lao. No de sangre, pero sí que tenía un espíritu similar al de los Lao porque Neuval la crio a ella y a sus hermanos con él. Entonces, una vocecilla molesta le decía a Brey que, si era capaz de llevarse tan bien con Cleven a pesar de su terquedad humana, ¿por qué no también con Mei Ling?

—¡Sí, Mei Ling es superbuena! —dijo Clover—. Mei Ling siempre ha sido cariñosa con Dai y conmigo. Nos quiere mucho. Y nosotros a ella, mucho, mucho. ¿Verdad, Dai?

—Mei Ling es muy guay… —murmuró el niño, mirando al suelo con aire vergonzoso y tímido—. Me gusta mucho. Pero hace tiempo que no viene a cuidarnos o a jugar con nosotros. Dice papá que es porque ahora está muy ocupada con su universidad y no tiene tiempo.

—Aah… —entendió Cleven.

Pero hubo algo que le dio una sensación rara. Y era ese silencio en el que su tío seguía inmerso. Hasta que el rubio se fijó en algo que le llamó la atención. Clover llevaba colgando del cuello con un cordel largo un cazasueños pequeño, con una plumita roja. Y ese objeto le sonaba mucho de algo.

—Eh, ¿qué es eso que tienes ahí, mishka?

—¿Esto? —sonrió felizmente—. ¡Es un cazasueños pequeñito! Me lo ha regalado un niño del cole muy gracioso, que lo usaba como pendiente en su oreja.

—¿¡Qué niño!? —se angustió Daisuke, él tan celoso.

—Es un poco mayor que nosotros —le explicó—. Tiene muchos pendientes, y un pelo muy clarito, y las cejas y las pestañas también muy claritas. Y fue muy simpático.

—¿¡Qué niño!? —repitió su hermano.

—Se llamaba... eh... Jannik —trató de pronunciar.

—¿Jannik Knive? —se sobresaltó Brey—. ¿Que Jannik te ha dado uno de sus pendientes?

—¿Qué pasa, tito? —se extrañó Cleven—. ¿Quién es ese niño del que habla?

Brey no contestó, seguía turbado. En general, ni él ni los demás iris de generaciones aún jóvenes sabían ya gran cosa sobre los Knive. Sólo habían oído historias de los iris más mayores y veteranos. Brey había crecido oyendo a Neuval, a Lao y a Pipi contando algunas historias sobre los Knive, alguna vivencia que ellos mismos habían experimentado alguna vez, muy escasas, pero sobre todo, historias más antiguas que se habían ido contando entre iris al paso de los años.

Brey sabía que las dos personas que lo sabían todo acerca de los Knive eran Alvion y Yako y nadie más en toda la Asociación. Para los Zou era una obligación estricta conocer la historia. Y aunque Yako había rechazado su aprendizaje como Zou, Alvion lo había obligado a estudiarse con extrema precisión los 400 años de historia que tenía la Asociación, incluida su larga, compleja y conflictiva relación con el linaje Knive. Pero tanto él como Alvion tenían prohibido hablar de los Knive a otras personas, una condición que los Knive de la rama secundaria que se alió con ellos les habían hecho jurar.

El propio Jannik y su padre, el monje Viggo, igualmente guardaban silencio sobre muchas cosas de su familia. Aseguraban que era la única forma de proteger a la Asociación de la repetición de viejos conflictos, pues la rama primaria aún seguía existiendo, retirada en el exilio, entre las sombras de la sociedad humana, y ellos no eran en absoluto indulgentes con quien fuese revelando por ahí información o secretos de los Knive.

Lo único que Yako le llegó a contar a Brey en privado una vez, es que Jannik había nacido a partir de una situación muy complicada, y su imprevista conversión en iris hace dos años había terminado por crear gran problema entre los Knive de las dos ramas, por lo que Jannik estaba bajo la estricta protección del Monte Zou junto a su padre.

Y también le contó que, a excepción de una gran razón de peso, los miembros de la familia Knive tenían terminantemente prohibido dar, regalar o prestar sus artilugios y accesorios a otras personas fuera de su familia. A ojos de cualquier persona, incluidos iris y Zou, parecían simples pendientes, anillos, pulseras y demás. Sólo un Knive, y también “gente especial” como Daisuke y Clover, podían ver qué eran en realidad, y eran talismanes, creados o forjados por la propia familia Knive.

Por eso, Brey estaba contrariado, y preocupado, preguntándose qué gran razón de peso había llevado a Jannik a regalar uno de sus artilugios a su hija.

No es que desconfiara de ese niño. De hecho, desde que Jannik vino a Japón, integrado en la SRS de Pipi hace poco más de un año, había tenido tiempo para conocerlo bastante, porque Jannik, al igual que Brey, era el Guardián de su RS y habían trabajado en bastantes vigilancias y pequeñas misiones juntos. Y Jannik había demostrado ser un espléndido iris y, más sorprendente aún, un espléndido Guardián totalmente entregado a sus compañeros, a pesar de ser el miembro más reciente.

No es que desconfiara de Jannik como iris, pero como Knive… tal vez… como que aún tenía costumbres raras, como su forma de hablar, siempre usando el voseo de máxima cortesía, o su forma de luchar, con movimientos que Brey nunca había visto.

No es que desconfiara de él… pero le repateaba en el culo que se hubiera acercado a su hija y le hubiera hecho un regalo prohibido. «¡Es porque se ha encaprichado con ella!» terminó deduciendo Brey, poniendo una mueca del más puro horror. «¡Ese mocoso… ya lo he visto otras veces tratando a las niñas de su edad con exagerada pasión romántica! ¡Es eso! ¡Está colado por mi Clover! ¡No! ¡Por encima de mi cadáver!».

—Tío, ¿estás bien? —lo llamó Cleven, dándole toquecitos con el dedo en el ombligo.

Nye moya doch’! Nyet! —exclamó de pronto este con enfado, mirando a la ventana.

Cleven entornó los ojos, mirando a su tío, pensando que se le había ido un tornillo por su habitual falta de sueño y necesitaba con urgencia tomarse un café.

—En fin, vamos a desayunar —se cansó Cleven, llevándose a Clover de la mano al piso de abajo.

Brey miró a Daisuke, que seguía ahí parado con una cara muy mosqueada.

—Oye, Dai —le dijo en voz baja, agachándose junto a él—. Hazme un favor, trata de mantener a Clover vigilada mientras estás con ella en el colegio.

—¿Puedo darle una paliza a ese Jannik? —se entusiasmó.

—No, no. Mejor que ni intentes provocarle, ¿entendido? No es buena idea. Sólo quiero que no te despegues de ella, a ver si se mete en algún lío. No quiero que se relacione con ese tipo de gente.

—Mmm… pero papá, sabes que si es un niño malo, Clover solita lo hará morder el polvo.

—Ese es el problema, que este no es un niño malo. De hecho, a ojos de Clover, este niño podría ser… demasiado encantador.

—Aaah… ya te capto, mi avispado esbirro —empezó Daisuke con su teatro, poniendo cara de sospecha mientras se acicalaba una barba imaginaria—. Clover a veces es demasiado amable con los niños encantadores y a veces se aprovechan de ella por eso. No temas, esbirro. Yo, el rey Drama, protegeré a la reina de las babosas del reino Encantador.

—Dai. ¿Sabes lo que significa “drama”? —le preguntó Brey.

—Al fin y al cabo, ese es mi cometido como su hermano mayor, hm, hm… —se cruzó de brazos con postura orgullosa.

—Sois mellizos. Tenéis la misma edad —le aclaró su padre.

—Oh… Pero yo nací antes, ¿no? ¿O ella? —lo miró pensativo y curioso—. ¿O aparecimos justo a la vez? ¿No nos viste nacer?

—Eh... —musitó, un poco incómodo.

—Por cierto, papá, ¿de dónde nacimos? ¿De dónde vienen los niños?

Ahí estaba. La pregunta más temida por un padre, ya había salido a la luz. Y normalmente, ningún padre sabía cómo responderle a su hijo pequeño esa pregunta. Pero Brey se rascó la perilla, pensativo.

—¿Que de dónde vienen? —preguntó entonces—. Pues verás, es muy simple. Los testículos del hombre producen espermatozoides, que son células haploides del gameto masculino, y las mujeres tienen ovarios que producen óvulos, que también son células haploides. Cuando se fusionan sus núcleos, dan lugar al cigoto. Para que un espermatozoide llegue al óvulo, el hombre tiene que…

—¡Tío Brey! —exclamó Cleven, reapareciendo en la puerta de la habitación tras haberlos escuchado.

—¿Qué? —se sorprendió.

—¿Qué estás haciendo? ¡Daisuke es muy pequeño para saber esas cosas!

—Pero me ha preguntado —Brey no lo comprendía—. Es lógico que yo le explique un proceso biológico natural sobre el origen de los seres vivos si me pregunta. El cerebro de un niño de su edad aún está adquiriendo los conocimientos clave para el desarrollo de su crecimiento y…

—¿Qué demonios pasa contigo? —le interrumpió Cleven, perpleja, y se llevó Daisuke al piso de abajo—. Como todos los padres, tienes que contarle lo de la cigüeña, la fábrica de niños o lo que sea. Maldición, que sólo tiene 5 años…

«¿Pero qué pasa?» se turbó Brey. «¿Cigüeña? ¿Fábrica de niños? Qué irracional… No entiendo a los humanos».

Cleven, en el comedor, se sentó al lado de su prima y empezó a beberse el café tranquilamente. Mientras tanto, se fijó en esos accesorios tan diversos que la niña llevaba. Siempre solía recogerse su voluminoso cabello negro en dos coletas bajas cayendo sobre cada hombro, y cada pocos días se cambiaba los coleteros. Unas veces eran unas margaritas, otras veces eran unas calabazas, unas abejas, unas bolitas… hoy llevaba en el lado derecho un coletero que tenía una estrella y una luna juntas, amarillas y con caritas sonrientes, y en el lado izquierdo tenía uno similar pero con dos corazones rojos juntos. Luego, en la muñeca derecha, como ya estaba siendo habitual, llevaba la pulsera de plata y flor de lirio que su padre le compró en el festival. Y en la muñeca izquierda, una pulsera nueva que Cleven no había visto antes, un poco rudimentaria, hecha de finas tiras de cuero trenzado a mano, de color blanco, con cierres de metal un poco oxidados.

—Cómo te gustan los accesorios, ¿eh? —le dijo Cleven.

—¿Eh? ¡Ah, sí! —dijo la niña, comiéndose sus tostadas con bocados tan grandes que se dejaba las mejillas llenas de mermelada, igual a como solía comer Cleven—. Me gustan mucho las cosas. Los objetos. Sobre todo los antiguos, y raros.

—¿Y eso?

—Porque cuentan historias muy interesantes —sonrió, columpiando los pies sobre la silla.

—¡Historias! Y dime, ¿de dónde has sacado esos coleteros y pulseras tan bonitas?

—Pues mira, este es el coletero que el abuelo Joji y la abuela Norie hicieron conmigo en la Navidad de cuando yo tenía 4 añitos. Fue una tarde muy divertida, y no tenían trabajo porque era Nochebuena, e hicimos manualidades en su casa, e hicimos figuritas con escayola, y ellos hicieron esta estrellita y esta luna para mí. Yo los ayudé a pintarlas con un pincel, y me las regalaron. Por eso, este coletero me cuenta esa historia. Hay diversión y amor en ella.

Cleven se vio a sí misma embelesada escuchándola.

—Este coletero me lo regaló Agatha cuando yo todavía era un bebé chiquitito. Papá lo guardó hasta que me creciera el pelo lo suficiente. La goma es nueva, pero son dos corazoncitos hechos de piedra granate, muyyy antiguos. Me cuenta la historia de una niña que vivía en otro país, hace mucho tiempo, y que jugaba mucho junto a un río cerca de una torre de reloj muyyy alta, y de mayor se convirtió en modista, hacía vestidos superelegantes, y se casó con un señor simpático, y tuvo cinco hijitos, y cuando se hizo viejita, se murió contenta.

Cleven se olvidó de su café, enfriándose en su mano.

—Me da alegría, pero también me da… mmm… —caviló la niña—. ¿Cómo se llama cuando echas mucho de menos a alguien, y estás medio triste y medio conforme?

—¿Nostalgia?

—¡Ajá! Eso, este coletero me da nostalgia. Creo que es porque esa mujer de la historia era alguien a quien Agatha quería mucho. Luego, esta es la horquilla más bonita del mundo entero. Me la regaló papá el primer día del festival. No te puedo contar su historia porque es un secreto.

—Aaahh… —Cleven asintió.

—Sí, a mí me regaló este colgante tan guay —le enseñó Daisuke esa moneda antigua de plata, atada junto a unos abalorios de howlita—. El pobre papá cree que son baratijas de latón porque alguien se las vendió casi gratis. Pero son auténticos.

—Aaahh… —Cleven asintió otra vez, para seguirles la corriente, pero seguía anonadada con esas cosas que Clover le contaba, con esa gran imaginación que tenían los dos. «Carajos…» pensó de pronto, «El primer día del festival… ¿O sea, que… en aquel rato en que Raijin despareció de repente… es porque se reunió en otro lado con Agatha y con los mellizos? ¿Y les compró estos regalitos? Madre mía… quién me lo iría a decir en aquel momento…».

—Y… —Clover le enseñó la pulsera blanca nueva, de desgastado cuero trenzado y oxidado metal—… esta… es… bueno…

Cleven frunció el ceño. Le extrañó que ahora se mostrase más dubitativa, cuando le había hablado de los otros accesorios con tanto entusiasmo. Se dio cuenta de que la niña miró discretamente hacia la escalera de caracol y hacia el piso superior, como si vigilara que su padre no estaba cerca.

—Encontré esta pulsera en casa de mis abuelitos Joji y Norie. En una habitación que tenían cerrada, llena de cajas y muebles tapados con sábanas.

«Espera, ¿qué…?» sospechó Cleven. Podía equivocarse, pero probablemente Clover había encontrado esa pulsera en la habitación que pertenecía a su madre.

—Me gustó y la cogí sin permiso. Por favor, no se lo digas a mis abuelitos ni a papá, prima Cleven.

—Hmm… —le sonrió cálidamente, y se inclinó hacia ella—. Mis labios están sellados.

Clover se rio cuando Cleven le hizo unas cosquillas.

—La historia de esta pulsera es muy complicada —le explicó la niña—. Por eso, a veces duermo con ella puesta. Intento soñar con la historia para comprenderla. Tiene partes buenas y partes malas. Y el problema es que las partes malas me hacían tener un mal sueño. Pero hoy, por primera vez, he podido dormir muy bien con esta pulsera y ver con mayor claridad su historia. Porque me he puesto esto al ladito de mi cama —le enseñó el pequeño cazasueños rojo que le regaló Jannik—. Me protege de sueños malos.

Irónicamente, esta fue la razón por la que Clover tuvo un problema de sueño la otra noche, cuando se quedaron a dormir en casa de Agatha, por el cual Daisuke se preocupó y Agatha acabó llamando a un médico que resultó ser el propio Lex. Fue cuando a Daisuke se le ocurrió quitarle a su hermana esa pulsera de la mano, cuando Clover recuperó la normalidad.

—Caray, Clover… —se sorprendió Cleven—. No sabía que te fuesen tanto los temas sobre energías y espíritus y esas cosas. Me parecen fascinantes. ¿Sabes? Yo también suelo ir al instituto recogiéndome el pelo de la misma forma que tú. Creo que las dos nos parecemos bastante a la abuela Emiliya —se rio—. Pero siempre uso los mismos coleteros aburridos. ¿Me prestarías algunos de los tuyos tan chulos?

—¡Claro que sí! —exclamó Clover, la mar de contenta por tener algo en común que compartir con ella.

—Y tú, mi primo desalmado, ¿qué es lo que te va a ti? —le preguntó Cleven con curiosidad—. He visto que en tu mesa siempre tienes montones de pinceles, lápices, papeles, dibujos, letras y símbolos raros. ¿Eres un artista? ¿O un escritor?

—Clover es quien ve las historias que las cosas cuentan —le explicó el niño, sosteniendo su taza de cacao con leche de forma sofisticada—. Yo soy quien crea las cosas que cuentan historias.

—¿Ah? —Cleven no entendió.

Por un momento, pensó que Daisuke estaba otra vez haciendo uno de sus teatros, sorbiendo su batido de chocolate de su taza de Pikachu con el meñique estirado como si fuera un aristócrata inglés. Sin embargo, por alguna razón, Cleven tuvo una sensación extraña… un escalofrío… Quizá fuera porque se le había subido el café muy rápido, pero notó un aura muy misteriosa emanando de Daisuke. Hasta que al niño no se le ocurrió otra cosa que romper ese momento inclinándose a un lado y soltando un pedo, a lo que continuó tomando otro sorbo de su taza como un marqués.

—¡Daisuke! ¡No te tires pedos en la mesa! —le regañó Cleven.

—Solamente estaba demostrando qué es lo que te va a ti.

—¡Yo no soy una pedorra!

Clover se echó a reír con ganas, y acabó contagiando a Daisuke, y al final Cleven también se contagió.

—A ver… —apareció Brey ya vestido y arreglado bajando las escaleras, llevando los uniformes de los niños—. ¿Habéis terminado de desayunar?

Se quedó quieto a mitad de camino, encontrando esa escena, de Cleven y los niños sentados a la mesa, desayunando, riendo… Esto hizo que se le formara una pequeña sonrisa en los labios sin darse cuenta. Era este tipo de cosas las que a Brey le solía costar mucho entender, su importancia, su significado, porque su iris era demasiado racional y sólo le daba valor a las cosas que mantenían el orden y a la gente a salvo. Pero, al mismo tiempo, llenaban su iris de regocijo. Por eso, estas pequeñas cosas de la cotidianeidad humana, esos pequeños felices momentos absurdos, llegaban a hacerle sonreír, pero él no llegaba a ser realmente consciente de ello. A sentirlo de verdad. Formar parte de ello como un humano más. Quizá, porque le faltaba entrenar esta parte.

—Trae, tito, yo los ayudaré a vestirse —le cogió Cleven los uniformes—. Ya he terminado de desayunar. Tú ve a prepararte tu café tranquilo.

—Cleven, no hace falta, ya te dije que no es necesario que me ayudes con mis responsab-…

—Te he dicho que te vayas a preparar tu café y que te sientes a la mesa a desayunar con calma —le dijo ella con una inesperada actitud severa que dejó a Brey trastocado, señalando a la cocina.

—Vale, esta es la faceta Saehara que aún no te había visto sacar… —murmuró el chico, asustado, obedeciendo y yéndose a la cocina.

Cleven sonrió y ayudó a los mellizos a vestirse ahí junto a la mesa del comedor.









11.
Los objetos de Clover

Miércoles por la mañana, la amenaza del despertador-pato continúa. Pero Raijin se limitó a ponerse la almohada sobre la cabeza, hecho polvo. No lo entendía, Cleven parecía estar sorda. Sólo esperó a que se despertase y se levantase para que le tocase a ella hacer el desayuno. Pasó un cuarto de hora hasta que el dichoso pato por fin cerró el pico, y a Raijin ya se le habían puesto los pelos de punta, literalmente, por la electricidad estática que solía generar involuntariamente cuando se irritaba.

Justo cuando por fin podía recuperar el relax con el silencio, la pequeña Clover entró en su cuarto dando saltitos y voces.

—¡Despierta, papi, despierta! —exclamó, subiéndose a la cama, y empezó a dar botes sobre ella—. ¡Ya es por la mañana, despierta! ¡Despiertff...!

Brey alargó un brazo, la atrapó y la derribó sobre la cama, encerrándola entre su cuerpo y su brazo de manera que la niña tenía la cabeza hundida en la almohada, lo que la calló enseguida.

—¡Mmm! ¡Fuéltamem! —trató de gritar la niña, cuya voz se oía lejana.

Sin embargo, Brey se tumbó sobre ella y empezó a roncar adrede, haciéndola rabiar. Procurando no ahogarla, claro.

—¡Fmcorro! ¡Daiii!

Como si Daisuke tuviera ultra instinto, acudió a la llamada de su hermana entrando en el cuarto con un portazo a lo héroe.

—¡Suéltala! —exclamó con autoridad, y de un salto se sentó sobre Brey e intentó tirar de su hombro para girarlo y liberar a Clover, pero el chico no se movió lo más mínimo, sólo daba ronquidos—. ¡Que la liberes te he dicho, malvado! —se enfadó el niño, dándole tortas en el brazo.

Por consiguiente, Brey se giró poco a poco con pereza y Daisuke se cayó al suelo, soltando un grito.

—¿¡Cómo te atreves, villano!? —saltó enfadado, agarrando el pantalón del pijama de su padre con el fin de tirar de su pierna y así tirarlo de la cama, pero como pesaba demasiado, lo único que consiguió fue bajarle los pantalones.

—¡Oye! —se sobresaltó Brey, irguiéndose al instante sobre la cama.

—Eh, el desayuno ya está lis... —se asomó Cleven a la habitación—. ¡Aaah! —exclamó, tapándose los ojos.

Brey se apresuró a subirse el pantalón de nuevo.

—¡Degenerado! —saltó Cleven, aún con los ojos tapados, y roja—. ¿¡Qué hacías con el culo al aire delante de los niños!?

—El niño dramático me ha bajado los pantalones, pelmaza —gruñó el rubio—. No te escandalices tanto, ellos han visto de todo.

—¿Eh? ¿Cómo que ellos han visto de todo?

—Eh… ¿Tú qué crees? —dijo con sarcasmo—. A veces me baño con ellos.

Cleven recordó que su tío estaba más ligado a las costumbres japonesas, y era normal compartir la actividad del baño, sobre todo entre padres con hijos pequeños, donde primero se sentaban en un pequeño taburete y se ayudaban a enjabonar el cuerpo, luego se aclaraban y luego se metían en la bañera con agua con sales.

—Oooh, me gusta esa naturalidad… —dijo Cleven—. ¡Cuenta conmigo para el próximo baño colectivo!

—Ni hablar.

—¿¡Por qué no!? ¡Somos familia!

—Porque estás loca.

—¡Yo me bañaré contigo, prima! —brincó Clover felizmente—. ¡Te frotaré la espalda con mi esponjita con forma de delfín!

—Ahy… —Cleven se tapó la boca, con ojos llorosos y con un sollozo lleno de ternura.

—¿Me echarás un suavizante que huele muy bien? —preguntó la pequeña.

—¿Eh? ¿A qué te refieres?

—Algunas veces, cuando Mei Ling se quedaba con nosotros para cuidarnos mientras papá iba a un trabajo, se bañaba con Dai y conmigo y siempre me echaba en el pelo un suavizante que olía muyyy bien, y me dejaba el pelo muyyy suave, porque tengo algunos rizos.

—Hey, a lo mejor a mí también me viene bien un suavizante, tenemos el mismo pelo lleno de ondas y rizos —pensó Cleven—. Espera, ¿quién es Mei Ling? —le preguntó a su tío.

En ese momento, Brey se sentó al borde de su cama, dándole la espalda, mientras se frotaba los ojos para terminar de despejarse. Se quedó en un silencio raro por unos segundos.

—Es… la hermana mayor de Kyo.

—¿Qué? ¿De Kyo, el chico de mi clase? —se sorprendió—. ¿De qué la conoces…? Aaah, debe de ser también cliente habitual de la cafetería de Yako, como Kyo —dedujo para sí misma—. ¿Así que ella también te ayuda con los niños? Tío Brey, estás rodeado de muy buenos amigos —sonrió.

Brey seguía de espaldas. Se le colorearon un poco las mejillas. Es verdad que a veces lo daba por sentado, y olvidaba que realmente era bastante afortunado por la gente que lo rodeaba. Incluso si a veces tenía desacuerdos o discusiones con Mei Ling y su humana forma de ver el mundo, era cierto que era una humana con un buen corazón, como Cleven. Y… con un impresionante y bastante atractivo espíritu por luchar por la justicia y por el bien.

Hace tiempo que Brey aprendió que ese espíritu de lucha corría por la sangre de todos los Lao, fueran iris o humanos, y por eso el viejo Lao y su familia eran tan queridos en la Asociación y por todo el mundo. Pero tenía que recordar que Cleven también era una Lao. No de sangre, pero sí que tenía un espíritu similar al de los Lao porque Neuval la crio a ella y a sus hermanos con él. Entonces, una vocecilla molesta le decía a Brey que, si era capaz de llevarse tan bien con Cleven a pesar de su terquedad humana, ¿por qué no también con Mei Ling?

—¡Sí, Mei Ling es superbuena! —dijo Clover—. Mei Ling siempre ha sido cariñosa con Dai y conmigo. Nos quiere mucho. Y nosotros a ella, mucho, mucho. ¿Verdad, Dai?

—Mei Ling es muy guay… —murmuró el niño, mirando al suelo con aire vergonzoso y tímido—. Me gusta mucho. Pero hace tiempo que no viene a cuidarnos o a jugar con nosotros. Dice papá que es porque ahora está muy ocupada con su universidad y no tiene tiempo.

—Aah… —entendió Cleven.

Pero hubo algo que le dio una sensación rara. Y era ese silencio en el que su tío seguía inmerso. Hasta que el rubio se fijó en algo que le llamó la atención. Clover llevaba colgando del cuello con un cordel largo un cazasueños pequeño, con una plumita roja. Y ese objeto le sonaba mucho de algo.

—Eh, ¿qué es eso que tienes ahí, mishka?

—¿Esto? —sonrió felizmente—. ¡Es un cazasueños pequeñito! Me lo ha regalado un niño del cole muy gracioso, que lo usaba como pendiente en su oreja.

—¿¡Qué niño!? —se angustió Daisuke, él tan celoso.

—Es un poco mayor que nosotros —le explicó—. Tiene muchos pendientes, y un pelo muy clarito, y las cejas y las pestañas también muy claritas. Y fue muy simpático.

—¿¡Qué niño!? —repitió su hermano.

—Se llamaba... eh... Jannik —trató de pronunciar.

—¿Jannik Knive? —se sobresaltó Brey—. ¿Que Jannik te ha dado uno de sus pendientes?

—¿Qué pasa, tito? —se extrañó Cleven—. ¿Quién es ese niño del que habla?

Brey no contestó, seguía turbado. En general, ni él ni los demás iris de generaciones aún jóvenes sabían ya gran cosa sobre los Knive. Sólo habían oído historias de los iris más mayores y veteranos. Brey había crecido oyendo a Neuval, a Lao y a Pipi contando algunas historias sobre los Knive, alguna vivencia que ellos mismos habían experimentado alguna vez, muy escasas, pero sobre todo, historias más antiguas que se habían ido contando entre iris al paso de los años.

Brey sabía que las dos personas que lo sabían todo acerca de los Knive eran Alvion y Yako y nadie más en toda la Asociación. Para los Zou era una obligación estricta conocer la historia. Y aunque Yako había rechazado su aprendizaje como Zou, Alvion lo había obligado a estudiarse con extrema precisión los 400 años de historia que tenía la Asociación, incluida su larga, compleja y conflictiva relación con el linaje Knive. Pero tanto él como Alvion tenían prohibido hablar de los Knive a otras personas, una condición que los Knive de la rama secundaria que se alió con ellos les habían hecho jurar.

El propio Jannik y su padre, el monje Viggo, igualmente guardaban silencio sobre muchas cosas de su familia. Aseguraban que era la única forma de proteger a la Asociación de la repetición de viejos conflictos, pues la rama primaria aún seguía existiendo, retirada en el exilio, entre las sombras de la sociedad humana, y ellos no eran en absoluto indulgentes con quien fuese revelando por ahí información o secretos de los Knive.

Lo único que Yako le llegó a contar a Brey en privado una vez, es que Jannik había nacido a partir de una situación muy complicada, y su imprevista conversión en iris hace dos años había terminado por crear gran problema entre los Knive de las dos ramas, por lo que Jannik estaba bajo la estricta protección del Monte Zou junto a su padre.

Y también le contó que, a excepción de una gran razón de peso, los miembros de la familia Knive tenían terminantemente prohibido dar, regalar o prestar sus artilugios y accesorios a otras personas fuera de su familia. A ojos de cualquier persona, incluidos iris y Zou, parecían simples pendientes, anillos, pulseras y demás. Sólo un Knive, y también “gente especial” como Daisuke y Clover, podían ver qué eran en realidad, y eran talismanes, creados o forjados por la propia familia Knive.

Por eso, Brey estaba contrariado, y preocupado, preguntándose qué gran razón de peso había llevado a Jannik a regalar uno de sus artilugios a su hija.

No es que desconfiara de ese niño. De hecho, desde que Jannik vino a Japón, integrado en la SRS de Pipi hace poco más de un año, había tenido tiempo para conocerlo bastante, porque Jannik, al igual que Brey, era el Guardián de su RS y habían trabajado en bastantes vigilancias y pequeñas misiones juntos. Y Jannik había demostrado ser un espléndido iris y, más sorprendente aún, un espléndido Guardián totalmente entregado a sus compañeros, a pesar de ser el miembro más reciente.

No es que desconfiara de Jannik como iris, pero como Knive… tal vez… como que aún tenía costumbres raras, como su forma de hablar, siempre usando el voseo de máxima cortesía, o su forma de luchar, con movimientos que Brey nunca había visto.

No es que desconfiara de él… pero le repateaba en el culo que se hubiera acercado a su hija y le hubiera hecho un regalo prohibido. «¡Es porque se ha encaprichado con ella!» terminó deduciendo Brey, poniendo una mueca del más puro horror. «¡Ese mocoso… ya lo he visto otras veces tratando a las niñas de su edad con exagerada pasión romántica! ¡Es eso! ¡Está colado por mi Clover! ¡No! ¡Por encima de mi cadáver!».

—Tío, ¿estás bien? —lo llamó Cleven, dándole toquecitos con el dedo en el ombligo.

Nye moya doch’! Nyet! —exclamó de pronto este con enfado, mirando a la ventana.

Cleven entornó los ojos, mirando a su tío, pensando que se le había ido un tornillo por su habitual falta de sueño y necesitaba con urgencia tomarse un café.

—En fin, vamos a desayunar —se cansó Cleven, llevándose a Clover de la mano al piso de abajo.

Brey miró a Daisuke, que seguía ahí parado con una cara muy mosqueada.

—Oye, Dai —le dijo en voz baja, agachándose junto a él—. Hazme un favor, trata de mantener a Clover vigilada mientras estás con ella en el colegio.

—¿Puedo darle una paliza a ese Jannik? —se entusiasmó.

—No, no. Mejor que ni intentes provocarle, ¿entendido? No es buena idea. Sólo quiero que no te despegues de ella, a ver si se mete en algún lío. No quiero que se relacione con ese tipo de gente.

—Mmm… pero papá, sabes que si es un niño malo, Clover solita lo hará morder el polvo.

—Ese es el problema, que este no es un niño malo. De hecho, a ojos de Clover, este niño podría ser… demasiado encantador.

—Aaah… ya te capto, mi avispado esbirro —empezó Daisuke con su teatro, poniendo cara de sospecha mientras se acicalaba una barba imaginaria—. Clover a veces es demasiado amable con los niños encantadores y a veces se aprovechan de ella por eso. No temas, esbirro. Yo, el rey Drama, protegeré a la reina de las babosas del reino Encantador.

—Dai. ¿Sabes lo que significa “drama”? —le preguntó Brey.

—Al fin y al cabo, ese es mi cometido como su hermano mayor, hm, hm… —se cruzó de brazos con postura orgullosa.

—Sois mellizos. Tenéis la misma edad —le aclaró su padre.

—Oh… Pero yo nací antes, ¿no? ¿O ella? —lo miró pensativo y curioso—. ¿O aparecimos justo a la vez? ¿No nos viste nacer?

—Eh... —musitó, un poco incómodo.

—Por cierto, papá, ¿de dónde nacimos? ¿De dónde vienen los niños?

Ahí estaba. La pregunta más temida por un padre, ya había salido a la luz. Y normalmente, ningún padre sabía cómo responderle a su hijo pequeño esa pregunta. Pero Brey se rascó la perilla, pensativo.

—¿Que de dónde vienen? —preguntó entonces—. Pues verás, es muy simple. Los testículos del hombre producen espermatozoides, que son células haploides del gameto masculino, y las mujeres tienen ovarios que producen óvulos, que también son células haploides. Cuando se fusionan sus núcleos, dan lugar al cigoto. Para que un espermatozoide llegue al óvulo, el hombre tiene que…

—¡Tío Brey! —exclamó Cleven, reapareciendo en la puerta de la habitación tras haberlos escuchado.

—¿Qué? —se sorprendió.

—¿Qué estás haciendo? ¡Daisuke es muy pequeño para saber esas cosas!

—Pero me ha preguntado —Brey no lo comprendía—. Es lógico que yo le explique un proceso biológico natural sobre el origen de los seres vivos si me pregunta. El cerebro de un niño de su edad aún está adquiriendo los conocimientos clave para el desarrollo de su crecimiento y…

—¿Qué demonios pasa contigo? —le interrumpió Cleven, perpleja, y se llevó Daisuke al piso de abajo—. Como todos los padres, tienes que contarle lo de la cigüeña, la fábrica de niños o lo que sea. Maldición, que sólo tiene 5 años…

«¿Pero qué pasa?» se turbó Brey. «¿Cigüeña? ¿Fábrica de niños? Qué irracional… No entiendo a los humanos».

Cleven, en el comedor, se sentó al lado de su prima y empezó a beberse el café tranquilamente. Mientras tanto, se fijó en esos accesorios tan diversos que la niña llevaba. Siempre solía recogerse su voluminoso cabello negro en dos coletas bajas cayendo sobre cada hombro, y cada pocos días se cambiaba los coleteros. Unas veces eran unas margaritas, otras veces eran unas calabazas, unas abejas, unas bolitas… hoy llevaba en el lado derecho un coletero que tenía una estrella y una luna juntas, amarillas y con caritas sonrientes, y en el lado izquierdo tenía uno similar pero con dos corazones rojos juntos. Luego, en la muñeca derecha, como ya estaba siendo habitual, llevaba la pulsera de plata y flor de lirio que su padre le compró en el festival. Y en la muñeca izquierda, una pulsera nueva que Cleven no había visto antes, un poco rudimentaria, hecha de finas tiras de cuero trenzado a mano, de color blanco, con cierres de metal un poco oxidados.

—Cómo te gustan los accesorios, ¿eh? —le dijo Cleven.

—¿Eh? ¡Ah, sí! —dijo la niña, comiéndose sus tostadas con bocados tan grandes que se dejaba las mejillas llenas de mermelada, igual a como solía comer Cleven—. Me gustan mucho las cosas. Los objetos. Sobre todo los antiguos, y raros.

—¿Y eso?

—Porque cuentan historias muy interesantes —sonrió, columpiando los pies sobre la silla.

—¡Historias! Y dime, ¿de dónde has sacado esos coleteros y pulseras tan bonitas?

—Pues mira, este es el coletero que el abuelo Joji y la abuela Norie hicieron conmigo en la Navidad de cuando yo tenía 4 añitos. Fue una tarde muy divertida, y no tenían trabajo porque era Nochebuena, e hicimos manualidades en su casa, e hicimos figuritas con escayola, y ellos hicieron esta estrellita y esta luna para mí. Yo los ayudé a pintarlas con un pincel, y me las regalaron. Por eso, este coletero me cuenta esa historia. Hay diversión y amor en ella.

Cleven se vio a sí misma embelesada escuchándola.

—Este coletero me lo regaló Agatha cuando yo todavía era un bebé chiquitito. Papá lo guardó hasta que me creciera el pelo lo suficiente. La goma es nueva, pero son dos corazoncitos hechos de piedra granate, muyyy antiguos. Me cuenta la historia de una niña que vivía en otro país, hace mucho tiempo, y que jugaba mucho junto a un río cerca de una torre de reloj muyyy alta, y de mayor se convirtió en modista, hacía vestidos superelegantes, y se casó con un señor simpático, y tuvo cinco hijitos, y cuando se hizo viejita, se murió contenta.

Cleven se olvidó de su café, enfriándose en su mano.

—Me da alegría, pero también me da… mmm… —caviló la niña—. ¿Cómo se llama cuando echas mucho de menos a alguien, y estás medio triste y medio conforme?

—¿Nostalgia?

—¡Ajá! Eso, este coletero me da nostalgia. Creo que es porque esa mujer de la historia era alguien a quien Agatha quería mucho. Luego, esta es la horquilla más bonita del mundo entero. Me la regaló papá el primer día del festival. No te puedo contar su historia porque es un secreto.

—Aaahh… —Cleven asintió.

—Sí, a mí me regaló este colgante tan guay —le enseñó Daisuke esa moneda antigua de plata, atada junto a unos abalorios de howlita—. El pobre papá cree que son baratijas de latón porque alguien se las vendió casi gratis. Pero son auténticos.

—Aaahh… —Cleven asintió otra vez, para seguirles la corriente, pero seguía anonadada con esas cosas que Clover le contaba, con esa gran imaginación que tenían los dos. «Carajos…» pensó de pronto, «El primer día del festival… ¿O sea, que… en aquel rato en que Raijin despareció de repente… es porque se reunió en otro lado con Agatha y con los mellizos? ¿Y les compró estos regalitos? Madre mía… quién me lo iría a decir en aquel momento…».

—Y… —Clover le enseñó la pulsera blanca nueva, de desgastado cuero trenzado y oxidado metal—… esta… es… bueno…

Cleven frunció el ceño. Le extrañó que ahora se mostrase más dubitativa, cuando le había hablado de los otros accesorios con tanto entusiasmo. Se dio cuenta de que la niña miró discretamente hacia la escalera de caracol y hacia el piso superior, como si vigilara que su padre no estaba cerca.

—Encontré esta pulsera en casa de mis abuelitos Joji y Norie. En una habitación que tenían cerrada, llena de cajas y muebles tapados con sábanas.

«Espera, ¿qué…?» sospechó Cleven. Podía equivocarse, pero probablemente Clover había encontrado esa pulsera en la habitación que pertenecía a su madre.

—Me gustó y la cogí sin permiso. Por favor, no se lo digas a mis abuelitos ni a papá, prima Cleven.

—Hmm… —le sonrió cálidamente, y se inclinó hacia ella—. Mis labios están sellados.

Clover se rio cuando Cleven le hizo unas cosquillas.

—La historia de esta pulsera es muy complicada —le explicó la niña—. Por eso, a veces duermo con ella puesta. Intento soñar con la historia para comprenderla. Tiene partes buenas y partes malas. Y el problema es que las partes malas me hacían tener un mal sueño. Pero hoy, por primera vez, he podido dormir muy bien con esta pulsera y ver con mayor claridad su historia. Porque me he puesto esto al ladito de mi cama —le enseñó el pequeño cazasueños rojo que le regaló Jannik—. Me protege de sueños malos.

Irónicamente, esta fue la razón por la que Clover tuvo un problema de sueño la otra noche, cuando se quedaron a dormir en casa de Agatha, por el cual Daisuke se preocupó y Agatha acabó llamando a un médico que resultó ser el propio Lex. Fue cuando a Daisuke se le ocurrió quitarle a su hermana esa pulsera de la mano, cuando Clover recuperó la normalidad.

—Caray, Clover… —se sorprendió Cleven—. No sabía que te fuesen tanto los temas sobre energías y espíritus y esas cosas. Me parecen fascinantes. ¿Sabes? Yo también suelo ir al instituto recogiéndome el pelo de la misma forma que tú. Creo que las dos nos parecemos bastante a la abuela Emiliya —se rio—. Pero siempre uso los mismos coleteros aburridos. ¿Me prestarías algunos de los tuyos tan chulos?

—¡Claro que sí! —exclamó Clover, la mar de contenta por tener algo en común que compartir con ella.

—Y tú, mi primo desalmado, ¿qué es lo que te va a ti? —le preguntó Cleven con curiosidad—. He visto que en tu mesa siempre tienes montones de pinceles, lápices, papeles, dibujos, letras y símbolos raros. ¿Eres un artista? ¿O un escritor?

—Clover es quien ve las historias que las cosas cuentan —le explicó el niño, sosteniendo su taza de cacao con leche de forma sofisticada—. Yo soy quien crea las cosas que cuentan historias.

—¿Ah? —Cleven no entendió.

Por un momento, pensó que Daisuke estaba otra vez haciendo uno de sus teatros, sorbiendo su batido de chocolate de su taza de Pikachu con el meñique estirado como si fuera un aristócrata inglés. Sin embargo, por alguna razón, Cleven tuvo una sensación extraña… un escalofrío… Quizá fuera porque se le había subido el café muy rápido, pero notó un aura muy misteriosa emanando de Daisuke. Hasta que al niño no se le ocurrió otra cosa que romper ese momento inclinándose a un lado y soltando un pedo, a lo que continuó tomando otro sorbo de su taza como un marqués.

—¡Daisuke! ¡No te tires pedos en la mesa! —le regañó Cleven.

—Solamente estaba demostrando qué es lo que te va a ti.

—¡Yo no soy una pedorra!

Clover se echó a reír con ganas, y acabó contagiando a Daisuke, y al final Cleven también se contagió.

—A ver… —apareció Brey ya vestido y arreglado bajando las escaleras, llevando los uniformes de los niños—. ¿Habéis terminado de desayunar?

Se quedó quieto a mitad de camino, encontrando esa escena, de Cleven y los niños sentados a la mesa, desayunando, riendo… Esto hizo que se le formara una pequeña sonrisa en los labios sin darse cuenta. Era este tipo de cosas las que a Brey le solía costar mucho entender, su importancia, su significado, porque su iris era demasiado racional y sólo le daba valor a las cosas que mantenían el orden y a la gente a salvo. Pero, al mismo tiempo, llenaban su iris de regocijo. Por eso, estas pequeñas cosas de la cotidianeidad humana, esos pequeños felices momentos absurdos, llegaban a hacerle sonreír, pero él no llegaba a ser realmente consciente de ello. A sentirlo de verdad. Formar parte de ello como un humano más. Quizá, porque le faltaba entrenar esta parte.

—Trae, tito, yo los ayudaré a vestirse —le cogió Cleven los uniformes—. Ya he terminado de desayunar. Tú ve a prepararte tu café tranquilo.

—Cleven, no hace falta, ya te dije que no es necesario que me ayudes con mis responsab-…

—Te he dicho que te vayas a preparar tu café y que te sientes a la mesa a desayunar con calma —le dijo ella con una inesperada actitud severa que dejó a Brey trastocado, señalando a la cocina.

—Vale, esta es la faceta Saehara que aún no te había visto sacar… —murmuró el chico, asustado, obedeciendo y yéndose a la cocina.

Cleven sonrió y ayudó a los mellizos a vestirse ahí junto a la mesa del comedor.





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