2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Un poco más tarde del mediodía, el autobús que traía a los alumnos de la clase de Yenkis ya había llegado al aparcamiento del colegio Tomonari. Habían estado desde el pasado viernes hasta hoy miércoles en un viaje de granja escuela en la montañosa prefectura de Gunma, a unas tres horas de Tokio, que solían hacer para los niños de primer curso de la secundaria inferior para enseñarles cosas de agricultura y animales de granja.
Yenkis adoraba viajar. Si por él fuera, estaría todos los días de su vida recorriendo el mundo, un lugar diferente cada día. Y, sin embargo, no había disfrutado de este viaje tanto como le hubiera gustado. Lo había pasado bien, pero no se le iban de la cabeza sus recientes descubrimientos: la historia del pasado de su padre y su horrible infancia en las calles, sus actuales planes para destapar la información de los archivos secretos que le robó a su padre del ordenador con su nuevo invento propio, el cubito, y el extraño suceso que vivió hace semana y media, la misma noche del domingo en que Neuval se reunió con su KRS por primera vez en años, que Yenkis salió de casa por la ventana de su habitación, tratando de ir hasta la ventana de Evie pasando por las ramas del árbol del jardín, y acabó cayéndose, solo que el propio aire lo frenó en el último momento, salvándolo de romperse algunos huesos.
Cuando habló con Lex aquella vez sobre su ojo de luz y Yenkis se quejó de para qué le servía haber nacido con ella, Lex ya le insinuó que no se trataba de la luz, sino de lo que venía con ella. Ahora, Yenkis tenía una señal de aquello a lo que su hermano se refería. Después de todo, Yenkis había nacido en el puro desconocimiento, y ahora no estaba haciendo más que raspar la superficie.
Hacía unos minutos que se había bajado del bus y ahora estaba sentado en un banco, en los jardines que rodeaban el aparcamiento detrás del edificio de la escuela. Tenía su maleta de ruedas a un lado, con su equipaje. Delante de él, unos metros más allá, había mucho alboroto de gente, de sus compañeros de clase charlando en el aparcamiento y algunos padres que habían venido a recogerlos parloteando con otros padres y profesores.
Sus amigos no habían parado de llamarlo para que estuviese con ellos, pero Yenkis les había dicho que se había mareado un poco en el viaje y necesitaba sentarse tranquilo un rato. Era mentira, claro. Solamente quería un rato tranquilo para pensar. Solía evitar decirles esto a sus amigos, porque ellos entonces se ponían a preguntarle sin parar en qué tenía que pensar, y para qué necesitaba irse a un lugar tranquilo para hacerlo, y le daban la lata.
Yenkis al menos entendía que ellos no lo entendiesen. A él le había tocado nacer con la misma peculiaridad que su padre. No sólo tenía su mismo aspecto físico, sino también su cerebro. Tenía memoria eidética y su inteligencia era superior a la de los niños de su edad, pero, siendo consciente de esto desde hace algunos años, decidió que no quería hacerlo notar y adaptarse al nivel de los niños de su edad.
Yenkis tenía tremendas inquietudes intelectuales igual que Neuval, pero, a diferencia de él, no le interesaba usar la vía académica para alcanzar ya mismo niveles avanzados en ciencia o el éxito en el campo de la tecnología o la física. Yenkis era mucho más relajado en ese aspecto, y eso le venía de su madre.
Él se sentía a gusto yendo al colegio a pesar de que le parecieran soberanamente fáciles todas las materias que estudiaba, relacionarse con los niños de su edad y hacer cosas de niños normales de 12 años, al menos un tercio del tiempo. Otro tercio del tiempo, Yenkis necesitaba explotar sus inquietudes intelectuales, pero prefería hacerlo por su cuenta, fuera del colegio y en solitario. Le gustaba descubrir y pensar las cosas por sí mismo, solo, sin influencia de nadie. Y durante el otro tercio del tiempo, la música era su mayor pasión. Adoraba experimentar con los sonidos. A veces, lo hacía muy al modo iris, usando las matemáticas y la lógica; otras veces, se dejaba llevar por emociones al azar y usaba ritmos y acordes más abstractos.
Igual que le sucedía a su padre, a veces a Yenkis se le acumulaban demasiados pensamientos a la vez en su cabeza y en ocasiones se acababan desordenando o mezclando. Lo curioso es que no podía eliminar ninguno, no podía dejar de pensar en ninguno de ellos. Siempre estaban ahí, en curso, en activo. Y por eso, lo que necesitaba para solucionar ese agobio, era ordenarlos de vez en cuando, para lo cual necesitaba un rato de calma y soledad.
También sus nervios recientes tenían algo que ver. Taiya, su nuevo miembro del grupo de música, le había escrito al móvil diciéndole solamente “ya lo tengo”. Yenkis supo a qué se refería. Lo había estado esperando. Fue Taiya quien le dijo hace un par de semanas que él tenía el programa capaz de abrir los archivos secretos de su padre, burlando el escudo protector creado por Katya, porque ese desbloqueador también lo había creado Katya.
Yenkis sabía que Taiya sabía cosas sobre el misterio de la luz en el ojo y sobre los secretos de su padre, y aunque ya había intentado preguntarle cosas al respeto, sobre todo, cómo podía él tener un programa único creado por su madre o cómo podía saber cosas de su padre, Taiya siempre se había reservado las respuestas y se había limitado a guardar ese misterio.
El propio Taiya era un misterio para Yenkis, y se estaba empezando a preguntar si él vino a pedirle que le dejara tocar con su grupo porque genuinamente le gustaba la música y el grupo de Yenkis, o porque tenía otras intenciones. Irónicamente, había un poco de cada, porque a Taiya realmente le gustaba tocar el bajo como hobby y tenía que admitir que el talento de Yenkis para la música era asombroso para un niño de 12 años, pero obviamente la razón principal era porque eran órdenes de Izan. El cual era, de hecho, quien esa misma mañana le había dado a Taiya el USB con el programa especial de Katya para que este se lo diera a Yenkis.
Hacía rato que Evie se había acercado a él con su maleta, y se había sentado a su lado en el banco, a la sombra de un árbol. Se mantuvo quieta y en silencio todo el tiempo, sabiendo que Yenkis estaba en uno de esos momentos en los que estaba poniendo orden en su extraordinaria mente. Evie estaba sonriendo, disfrutando de ese agradable momento. También, estaba un poco sonrojada, pero esto ya era inevitable cada vez que tenía a Yenkis cerca.
—Me pregunto cuáles de esos niños serán mis primos… —Yenkis rompió el silencio de repente.
—¿Mm? —lo miró Evie, sin entender.
Yenkis le señaló con el dedo. Allá a lo lejos, al final del aparcamiento, había un tramo de valla de tablones verticales, entre cuyos huecos se podía ver a los niños pequeños de prescolar jugando en ese patio trasero del edificio, entre columpios y cajones de arena.
—¡Oh! —entendió Evie—. Es cierto, tu hermana te contó que tenéis dos primos pequeños que acaban de empezar en el Tomonari. ¿Todavía no los has visto en persona?
—Cleven quería organizar una visita a la casa de mi tío este fin de semana pasado, para que yo pudiera por fin conocerlo a él y a mis primos, pero teníamos esta granja escuela… Así que Cleven está por confirmarme si será posible este finde que viene, depende de lo ocupado que esté mi tío. Y si no, la semana que viene.
—No sabes qué envidia me das, Kis… Resulta que tienes más familia. ¿Es verdad que ese tío tuyo sólo tiene 20 años y que tuvo a sus hijos superjoven? Es como si me dijeran que yo voy a ser madre dentro de dos o tres años… Guau, suena la mar de raro.
—Sí, eso parece. Pero Cleven dice que mi tío, por lo visto, siempre ha sido desde niño una persona muy madura y seria, y se acostumbró muy rápido a la paternidad y eso.
—Jo… —suspiró Evie con desgana—. Yo soy hija única. Ni hermanos, ni primos… Sólo tengo a mi madre, a mi padre… tenía al abuelo Takeshi… —dijo esto con un tono más apagado.
Yenkis la miró apenado. Evie ya le habló de ello. Le costaba imaginar cómo pudo ella estar tan unida a su abuelo, porque la gente que conocía a Takeshi Nonomiya siempre lo pintaba como el hombre más estricto de todo Japón, el más serio, el más frío y el más absorbido por su trabajo como ministro de Interior, lo que quería decir que era un hombre que difícilmente tenía tiempo o, incluso, apetencia, para atender a su propia familia o hacer planes familiares típicos de fin de semana o de vacaciones.
Evie le confirmó a Yenkis que, efectivamente, ella nunca había tenido un contacto continuo con su abuelo. Si acaso, lo llegaba a ver una vez al mes, o dos, y la mitad de las veces, en ratos muy cortos. Pero, por lo visto, esos pocos momentos que había estado con su abuelo, para Evie habían sido muy importantes o especiales, porque los recordaba y los atesoraba aún después de su muerte.
Yenkis tenía una pequeña noción, de oídas, de que Viernes, la madre de Evie, nunca tuvo una buena relación con su padre, y por lo visto Hatori tampoco. Takeshi era descrito como un hombre de trato muy difícil y distante, y, al parecer, no había sido un padre muy ejemplar para Hatori y para Viernes. Le preguntó a Evie durante la propia granja escuela qué tenían de especiales esos momentos que ella pasaba con su abuelo. Evie simplemente le respondió que su abuelo le hablaba de cosas muy valiosas. Y que, con ella, era un hombre completamente distinto que con el resto de la gente. Al fin y al cabo, si Evie lo había querido tanto, tenía que haber una razón.
—Y también tengo… —siguió hablando Evie—… una hermana de mi padre que no está casada ni nada y que vive en otra ciudad, y, por supuesto, al superestriiiicto hermano de mi madre que sieeempre está ocupado —dijo sin escatimar en el tono de queja.
Yenkis recordó ese detalle. Y volvió a florecer esa gran curiosidad que tenía al respecto.
—Pero… ¿el hermano de tu madre no…? Es decir… Él es bueno contigo y eso, ¿no?
—Depende de lo que entiendas como “bueno” —suspiró otra vez—. Mi tío Hatori siempre ha sido extremadamente sobreprotector conmigo. Apenas me escucha cuando le cuento mis cosas cotidianas, sólo me presta atención cuando le cuento algo que él puede considerar peligroso o inadecuado para mí. Me interroga siempre que puede sobre con qué amigos me junto, por qué calles salgo, qué tipo de comidas y bebidas consumo…
—Guau…
—Sí…
—Hahah… bueno, eso es porque es un policía devoto. Pero eso es indicativo de que eres muy importante para él.
—Ya, pero a veces se pasa, Kis, a veces me trata como si fuera mi padre. Yo ya tengo a mi padre.
—Ya, pero tienes que reconocer que tu padre es muy diferente a los demás —se rio Yenkis—. Es un tipo muy divertido y liberal, y es creador de videojuegos. A mí me cae genial.
—Sí, es el mejor —sonrió Evie—. Te juro que todavía no entiendo cómo él y mi madre acabaron juntos. Si mi tío Hatori es más inflexible que un pilar de piedra, mi madre lo es el doble. Mi padre es como un niño pequeño, y aun así mi madre lo quiere mucho.
—Aaah… —creyó entender Yenkis—. ¿Crees que será un asunto de compensación? —Evie lo miró confusa—. Ya sabes. Cuando tienes una forma de ser muy específica porque te has criado en un ambiente de ese tipo al cien por cien, acabas buscando a tu polo opuesto para salir de esas paredes tan rígidas, y encuentras un refugio en alguien opuesto a ti.
—Oooh… No lo había pensado. Entonces, ¿es cierto eso de que sólo los polos opuestos se atraen?
—Eso es una bobada, eso no se cumple en todas las personas. Depende del tipo de persona. Las hay que prefieren estar con alguien muy similar a ellas también. No se trata de polos opuestos o polos iguales. Las personas somos una escala de colores. A cualquiera le puede gustar una cosa, u otra diferente, u otra diferente, u otra…
—Entonces… —Evie miró al suelo, poniéndose un poco roja otra vez—. ¿Tú crees… que dos personas con más o menos los mismos gustos y más o menos la misma personalidad… pueden estar felices juntas?
—Claro —se encogió de hombros—. Ya te lo he dicho. A una persona le puede atraer su opuesto, o su igual, o una de los miles de variantes que haya entre medias.
—¿Sí? Y… —Evie empezó a restregar las manos por sus piernas como gesto nervioso y vergonzoso—… bueno… por ejemplo, ¿a ti qué te atrae?
—¿A mí? Mmm… pues no lo había pensado. Lo que sé seguro es que me gustan las chicas… Mmm… Me gustan las que son deportistas.
Evie, olvidándose de la existencia del resto del planeta, puso toda su atención en él y sólo en él, y le apareció un brillo de esperanza en los ojos. «¡Yo soy deportista, estoy en el equipo de baloncesto, y además es posible que el año que viene sea capitana!» pensó.
—Me gusta que sean fuertes físicamente… —continuó Yenkis.
«¡Yo tengo unos bíceps que parecen dos pomelos! ¡Tengo los brazos más fuertes de todas las chicas del colegio!» siguió pensando Evie, con más candor en los ojos.
—Que le guste mucho la música…
«¡Yo toco la batería desde los 5 años! ¿¡De dónde crees que he sacado estos bíceps!?».
—No me gusta que tengan un carácter fuerte, del tipo que se molesten enseguida por cualquier cosa, o que prefieran ponerse a la defensiva antes que el diálogo —añadió Yenkis—. Porque yo tampoco soy así. Prefiero un carácter bienhumorado, amable, empático, saber escuchar y tratar los problemas con positivismo…
«¡Sí soy! ¡Kis! ¡Kis, pero si me estás describiendo a mí!» gritó Evie por dentro, con los ojos ya abiertos como platos y el corazón a mil por hora. «¡Somos casi iguales, Kis!».
—Sobre todo, que sea sincera. Que no le dé miedo contarme o decirme cualquier cosa, aunque sea mala —siguió diciendo el chico—. Especialmente, si es una cosa importante. Porque si hay algo que me gusta hacer, es resolver las cosas de la forma más eficaz, pacífica y alegre posible —le sonrió—. ¿Sabes lo que te quiero decir? Comunicación.
—Aeh… ah… ajá…
Evie no pudo articular una palabra, se había quedado congelada cuando dijo lo de la sinceridad. Se llenó de temores, porque ella le estaba ocultando a Yenkis una cosa muy importante, sus sentimientos por él. «Oh, no… ¿Y si un día empieza a notar que le oculto algo?» pensó, y se montó una película en su propia cabeza, imaginándose a Yenkis mirándola un día muy decepcionado y diciéndole algo como “¿Qué? ¿Que llevas colada por mí desde los 12 años, y no me has dicho nada en estos últimos 50 años? Ya no quiero ser tu amigo, Evie”.
—Y… y… mmm… ¿te gusta que sea… guapa y estilosa? —se aventuró a preguntar la muchacha, queriendo saber más.
—Ah, pues… Sé que no me vas a creer, pero eso en verdad no me importa mucho.
—¿En serio? A todo el mundo le importa eso.
—Bueno, obviamente no me gustaría una persona que no cuida nada su higiene y que vista con trapos rotos… Un mínimo de buen aspecto es lo normal, ¿no?
Evie puso una mueca impaciente. Ella no se refería eso, claro, pero ya sabía que a Yenkis a veces le daba por entender las cosas de una forma más literal y racional, y no figurativa. No podía evitarlo, era un iris.
—¡Oh! Y también, que sea una chica divertida —concluyó Yenkis felizmente—. Y ya está.
«¡Oh, no!» volvió Evie con su autoanálisis. «¿Yo soy divertida? No sé si soy lo bastante divertida para él. ¿Cuándo fue la última vez que dije o hice algo gracioso? No sé… ¡Pero tengo que demostrarle que puedo ser divertida! ¿Qué hago?».
—Ehm… eh… —intentó decirle Evie, hecha un manojo de nervios, y Yenkis la miró confuso—. Entran en un bar un pingüino, un bebé y el emperador de Japón…
Yenkis se quedó perplejo, sin entender ni torta de lo que Evie estaba hablando de repente. Pero antes de que la chica pudiera continuar, se les acercó alguien por detrás del banco, sobresaltándolos.
—Hey…
—¡Oh, Taiya! Hola… —saludó Evie, respirando sofocada y la cara roja.
—Me he acordado, mira —Taiya sacó de su mochila dos baquetas nuevas y se las dio a Evie.
—¡Ah, genial! —se alegró la chica—. Me has ahorrado tener que comprarme unas nuevas. ¿Seguro que no las necesitas?
—Me las dejó un colega de otro grupo de música hace un año porque le sobraban. Las tenía en una cajón acumulando polvo, obviamente no las necesito para tocar el bajo. Y… esto… —se llevó la mochila por delante del pecho y sacó un pequeño pincho USB del bolsillo pequeño, el mismo que le había dado Izan aquella mañana temprano, y se lo tendió a Yenkis—… ya es oficialmente tuyo.
Yenkis lo miró un momento. Después de unos segundos, lo acabó cogiendo y lo observó en su mano. «Así que… aquí dentro está uno de los programas de hackeo más exclusivos de mamá… ¿Cómo demonios habrá conseguido Taiya hacerse con algo así? No me molestaré en preguntárselo por quinta vez. No me responderá. Pero da igual. Tenerlo es lo único que me importa».
—Gracias —murmuró Yenkis.
Evie observó aquello en silencio. Sabía lo que era eso, Yenkis ya se lo contó aquella vez que ambos estuvieron husmeando juntos en el ordenador de Neuval y después acabaron investigando sobre el nombre de Jean.
Taiya sonrió, aparentando naturalidad, pero al mismo tiempo se puso a mirar por los alrededores con disimulo. Llevaba ya tantos días siendo espiado por Jannik, que no podía remediar pensar que estaba siendo observado a todas horas. Era mucho más difícil saberlo cuando se trataba de los Yami de un nivel alto como Jannik, porque podían percibir cosas desde las sombras de cualquier rincón. Lo único que vio fue a los niños de prescolar jugando en aquel patio vallado al otro lado del aparcamiento, donde seguramente estaban Clover y Daisuke, a pocos minutos de ser recogidos por Agatha para irse a casa.
Pensó en intentarlo una vez más, acercarse a Clover con algún pretexto y comprobar si seguía en posesión del pequeño cazasueños de plumillas rojas. No veía que los niños del curso de Jannik hubiesen salido todavía de sus aulas… tal vez podía aprovechar…
Tuvo que decidirlo rápido, porque a quien llegó a divisar a lo lejos, fue a alguien mucho peor que Jannik o que cualquier enemigo, y se estaba acercando hacia ellos, cruzando el aparcamiento.
—Por cierto, estábamos pensando quedar para tocar el… —comentó Yenkis, levantando la mirada del pendrive hacia Taiya, pero descubrió que este se había esfumado de repente—. Oh…
—Uy… ¿adónde se ha ido? —se sorprendió Evie también.
Cuando Yenkis miró en derredor, a quien encontró fue a su padre, caminando hacia ellos entre los coches del aparcamiento, y por eso, inmediatamente se guardó el pendrive en el bolsillo del pantalón. Neuval venía con su sofisticado traje de trabajo y un elegante abrigo negro. Al pasar cerca del bus, los padres de algunos de los compañeros de clase de Yenkis le pararon para saludarlo, y Neuval los atendió amablemente.
Algunos de esos padres y madres le pararon más que nada para llamar su atención, ya que para ellos Neuval era como una celebridad, un genio millonario y famoso. Neuval sabía que muchas personas sólo se le acercaban por interés, pero él siempre se mostraba amable, humilde y correcto, siempre mostrando esa educación superior que Lao le había inculcado desde pequeño. Por eso, Yenkis estaba acostumbrado a ver cómo todo el mundo adoraba a su padre. Incluso la competencia y los envidiosos, una vez se acercaban a conocerlo con escepticismo o con malas intenciones, terminaban cayendo presas de su encanto y amabilidad. Las únicas personas del mundo a las que Yenkis había oído hablar mal de su padre, eran Cleven y Lex. Pero, claro, sus hermanos tenían sus particulares problemas personales con él.
Esa era una de las numerosas virtudes que Yenkis admiraba de su padre. Acerca de los pocos defectos que había conocido de él y de los que sus hermanos siempre se habían quejado, que era su comportamiento a veces distante y a veces demasiado estricto, Yenkis tenía una inteligencia emocional superior, propia de un iris, por la cual ya entendió hace años que esos defectos de su padre no eran sino fruto de una larga depresión. Por eso, a diferencia de Cleven y de Lex, para Yenkis había sido más fácil llevarse bien con su padre, porque era mucho más comprensivo, más racional y menos emocional que sus hermanos humanos.
De lo que Yenkis aún no se había dado cuenta, y quizá eso lo hacía más tierno, es que él había heredado de su padre esa misma especie de energía que, cuando quería, podía ser tan encantadora que atraía fuertemente a los demás.
Sinceramente, Yenkis podría considerarse un clon exacto de su padre, si no fuera por algunas mínimas diferencias que también había heredado de su madre. Pero era curioso. Porque lo que la gente no podía dejar de mirar con embelesamiento cada vez que quedaba atrapada en esa aura de encanto, eran esos tan inusuales ojos plateados de Neuval, que Yenkis también tenía. Curioso, porque cuando a algunas personas estos ojos les causaban una sensación embriagadora, a otras les llegaba a causar puro terror.
—¿Papá? —se sorprendió Yenkis cuando este por fin llegó hasta ellos—. ¿Qué haces aquí? Estaba a punto de irme a coger el metro.
—Hola, Yen, bienvenido —le dio un abrazo fuerte, y le revolvió el pelo—. He decidido que mejor venía yo a recogerte y llevarte a casa. Hoy tengo tiempo. Tengo el coche en la calle, junto a la salida. ¿Qué tal, Evie?
—Hola, señor Vernoux —saludó ella, con una inclinación respetuosa.
—¿Te viene a recoger alguien?
—Eh… no. Yo iba a marcharme en el metro con Kis.
—Pues vente con nosotros —dijo Yenkis.
—Eso es. Vamos, te llevo —apremió Neuval.
—¡Oh! ¡Se lo agradezco mucho! —exclamó Evie alegremente, agarrando su maleta de ruedas y yéndose con ellos.
Un poco más tarde del mediodía, el autobús que traía a los alumnos de la clase de Yenkis ya había llegado al aparcamiento del colegio Tomonari. Habían estado desde el pasado viernes hasta hoy miércoles en un viaje de granja escuela en la montañosa prefectura de Gunma, a unas tres horas de Tokio, que solían hacer para los niños de primer curso de la secundaria inferior para enseñarles cosas de agricultura y animales de granja.
Yenkis adoraba viajar. Si por él fuera, estaría todos los días de su vida recorriendo el mundo, un lugar diferente cada día. Y, sin embargo, no había disfrutado de este viaje tanto como le hubiera gustado. Lo había pasado bien, pero no se le iban de la cabeza sus recientes descubrimientos: la historia del pasado de su padre y su horrible infancia en las calles, sus actuales planes para destapar la información de los archivos secretos que le robó a su padre del ordenador con su nuevo invento propio, el cubito, y el extraño suceso que vivió hace semana y media, la misma noche del domingo en que Neuval se reunió con su KRS por primera vez en años, que Yenkis salió de casa por la ventana de su habitación, tratando de ir hasta la ventana de Evie pasando por las ramas del árbol del jardín, y acabó cayéndose, solo que el propio aire lo frenó en el último momento, salvándolo de romperse algunos huesos.
Cuando habló con Lex aquella vez sobre su ojo de luz y Yenkis se quejó de para qué le servía haber nacido con ella, Lex ya le insinuó que no se trataba de la luz, sino de lo que venía con ella. Ahora, Yenkis tenía una señal de aquello a lo que su hermano se refería. Después de todo, Yenkis había nacido en el puro desconocimiento, y ahora no estaba haciendo más que raspar la superficie.
Hacía unos minutos que se había bajado del bus y ahora estaba sentado en un banco, en los jardines que rodeaban el aparcamiento detrás del edificio de la escuela. Tenía su maleta de ruedas a un lado, con su equipaje. Delante de él, unos metros más allá, había mucho alboroto de gente, de sus compañeros de clase charlando en el aparcamiento y algunos padres que habían venido a recogerlos parloteando con otros padres y profesores.
Sus amigos no habían parado de llamarlo para que estuviese con ellos, pero Yenkis les había dicho que se había mareado un poco en el viaje y necesitaba sentarse tranquilo un rato. Era mentira, claro. Solamente quería un rato tranquilo para pensar. Solía evitar decirles esto a sus amigos, porque ellos entonces se ponían a preguntarle sin parar en qué tenía que pensar, y para qué necesitaba irse a un lugar tranquilo para hacerlo, y le daban la lata.
Yenkis al menos entendía que ellos no lo entendiesen. A él le había tocado nacer con la misma peculiaridad que su padre. No sólo tenía su mismo aspecto físico, sino también su cerebro. Tenía memoria eidética y su inteligencia era superior a la de los niños de su edad, pero, siendo consciente de esto desde hace algunos años, decidió que no quería hacerlo notar y adaptarse al nivel de los niños de su edad.
Yenkis tenía tremendas inquietudes intelectuales igual que Neuval, pero, a diferencia de él, no le interesaba usar la vía académica para alcanzar ya mismo niveles avanzados en ciencia o el éxito en el campo de la tecnología o la física. Yenkis era mucho más relajado en ese aspecto, y eso le venía de su madre.
Él se sentía a gusto yendo al colegio a pesar de que le parecieran soberanamente fáciles todas las materias que estudiaba, relacionarse con los niños de su edad y hacer cosas de niños normales de 12 años, al menos un tercio del tiempo. Otro tercio del tiempo, Yenkis necesitaba explotar sus inquietudes intelectuales, pero prefería hacerlo por su cuenta, fuera del colegio y en solitario. Le gustaba descubrir y pensar las cosas por sí mismo, solo, sin influencia de nadie. Y durante el otro tercio del tiempo, la música era su mayor pasión. Adoraba experimentar con los sonidos. A veces, lo hacía muy al modo iris, usando las matemáticas y la lógica; otras veces, se dejaba llevar por emociones al azar y usaba ritmos y acordes más abstractos.
Igual que le sucedía a su padre, a veces a Yenkis se le acumulaban demasiados pensamientos a la vez en su cabeza y en ocasiones se acababan desordenando o mezclando. Lo curioso es que no podía eliminar ninguno, no podía dejar de pensar en ninguno de ellos. Siempre estaban ahí, en curso, en activo. Y por eso, lo que necesitaba para solucionar ese agobio, era ordenarlos de vez en cuando, para lo cual necesitaba un rato de calma y soledad.
También sus nervios recientes tenían algo que ver. Taiya, su nuevo miembro del grupo de música, le había escrito al móvil diciéndole solamente “ya lo tengo”. Yenkis supo a qué se refería. Lo había estado esperando. Fue Taiya quien le dijo hace un par de semanas que él tenía el programa capaz de abrir los archivos secretos de su padre, burlando el escudo protector creado por Katya, porque ese desbloqueador también lo había creado Katya.
Yenkis sabía que Taiya sabía cosas sobre el misterio de la luz en el ojo y sobre los secretos de su padre, y aunque ya había intentado preguntarle cosas al respeto, sobre todo, cómo podía él tener un programa único creado por su madre o cómo podía saber cosas de su padre, Taiya siempre se había reservado las respuestas y se había limitado a guardar ese misterio.
El propio Taiya era un misterio para Yenkis, y se estaba empezando a preguntar si él vino a pedirle que le dejara tocar con su grupo porque genuinamente le gustaba la música y el grupo de Yenkis, o porque tenía otras intenciones. Irónicamente, había un poco de cada, porque a Taiya realmente le gustaba tocar el bajo como hobby y tenía que admitir que el talento de Yenkis para la música era asombroso para un niño de 12 años, pero obviamente la razón principal era porque eran órdenes de Izan. El cual era, de hecho, quien esa misma mañana le había dado a Taiya el USB con el programa especial de Katya para que este se lo diera a Yenkis.
Hacía rato que Evie se había acercado a él con su maleta, y se había sentado a su lado en el banco, a la sombra de un árbol. Se mantuvo quieta y en silencio todo el tiempo, sabiendo que Yenkis estaba en uno de esos momentos en los que estaba poniendo orden en su extraordinaria mente. Evie estaba sonriendo, disfrutando de ese agradable momento. También, estaba un poco sonrojada, pero esto ya era inevitable cada vez que tenía a Yenkis cerca.
—Me pregunto cuáles de esos niños serán mis primos… —Yenkis rompió el silencio de repente.
—¿Mm? —lo miró Evie, sin entender.
Yenkis le señaló con el dedo. Allá a lo lejos, al final del aparcamiento, había un tramo de valla de tablones verticales, entre cuyos huecos se podía ver a los niños pequeños de prescolar jugando en ese patio trasero del edificio, entre columpios y cajones de arena.
—¡Oh! —entendió Evie—. Es cierto, tu hermana te contó que tenéis dos primos pequeños que acaban de empezar en el Tomonari. ¿Todavía no los has visto en persona?
—Cleven quería organizar una visita a la casa de mi tío este fin de semana pasado, para que yo pudiera por fin conocerlo a él y a mis primos, pero teníamos esta granja escuela… Así que Cleven está por confirmarme si será posible este finde que viene, depende de lo ocupado que esté mi tío. Y si no, la semana que viene.
—No sabes qué envidia me das, Kis… Resulta que tienes más familia. ¿Es verdad que ese tío tuyo sólo tiene 20 años y que tuvo a sus hijos superjoven? Es como si me dijeran que yo voy a ser madre dentro de dos o tres años… Guau, suena la mar de raro.
—Sí, eso parece. Pero Cleven dice que mi tío, por lo visto, siempre ha sido desde niño una persona muy madura y seria, y se acostumbró muy rápido a la paternidad y eso.
—Jo… —suspiró Evie con desgana—. Yo soy hija única. Ni hermanos, ni primos… Sólo tengo a mi madre, a mi padre… tenía al abuelo Takeshi… —dijo esto con un tono más apagado.
Yenkis la miró apenado. Evie ya le habló de ello. Le costaba imaginar cómo pudo ella estar tan unida a su abuelo, porque la gente que conocía a Takeshi Nonomiya siempre lo pintaba como el hombre más estricto de todo Japón, el más serio, el más frío y el más absorbido por su trabajo como ministro de Interior, lo que quería decir que era un hombre que difícilmente tenía tiempo o, incluso, apetencia, para atender a su propia familia o hacer planes familiares típicos de fin de semana o de vacaciones.
Evie le confirmó a Yenkis que, efectivamente, ella nunca había tenido un contacto continuo con su abuelo. Si acaso, lo llegaba a ver una vez al mes, o dos, y la mitad de las veces, en ratos muy cortos. Pero, por lo visto, esos pocos momentos que había estado con su abuelo, para Evie habían sido muy importantes o especiales, porque los recordaba y los atesoraba aún después de su muerte.
Yenkis tenía una pequeña noción, de oídas, de que Viernes, la madre de Evie, nunca tuvo una buena relación con su padre, y por lo visto Hatori tampoco. Takeshi era descrito como un hombre de trato muy difícil y distante, y, al parecer, no había sido un padre muy ejemplar para Hatori y para Viernes. Le preguntó a Evie durante la propia granja escuela qué tenían de especiales esos momentos que ella pasaba con su abuelo. Evie simplemente le respondió que su abuelo le hablaba de cosas muy valiosas. Y que, con ella, era un hombre completamente distinto que con el resto de la gente. Al fin y al cabo, si Evie lo había querido tanto, tenía que haber una razón.
—Y también tengo… —siguió hablando Evie—… una hermana de mi padre que no está casada ni nada y que vive en otra ciudad, y, por supuesto, al superestriiiicto hermano de mi madre que sieeempre está ocupado —dijo sin escatimar en el tono de queja.
Yenkis recordó ese detalle. Y volvió a florecer esa gran curiosidad que tenía al respecto.
—Pero… ¿el hermano de tu madre no…? Es decir… Él es bueno contigo y eso, ¿no?
—Depende de lo que entiendas como “bueno” —suspiró otra vez—. Mi tío Hatori siempre ha sido extremadamente sobreprotector conmigo. Apenas me escucha cuando le cuento mis cosas cotidianas, sólo me presta atención cuando le cuento algo que él puede considerar peligroso o inadecuado para mí. Me interroga siempre que puede sobre con qué amigos me junto, por qué calles salgo, qué tipo de comidas y bebidas consumo…
—Guau…
—Sí…
—Hahah… bueno, eso es porque es un policía devoto. Pero eso es indicativo de que eres muy importante para él.
—Ya, pero a veces se pasa, Kis, a veces me trata como si fuera mi padre. Yo ya tengo a mi padre.
—Ya, pero tienes que reconocer que tu padre es muy diferente a los demás —se rio Yenkis—. Es un tipo muy divertido y liberal, y es creador de videojuegos. A mí me cae genial.
—Sí, es el mejor —sonrió Evie—. Te juro que todavía no entiendo cómo él y mi madre acabaron juntos. Si mi tío Hatori es más inflexible que un pilar de piedra, mi madre lo es el doble. Mi padre es como un niño pequeño, y aun así mi madre lo quiere mucho.
—Aaah… —creyó entender Yenkis—. ¿Crees que será un asunto de compensación? —Evie lo miró confusa—. Ya sabes. Cuando tienes una forma de ser muy específica porque te has criado en un ambiente de ese tipo al cien por cien, acabas buscando a tu polo opuesto para salir de esas paredes tan rígidas, y encuentras un refugio en alguien opuesto a ti.
—Oooh… No lo había pensado. Entonces, ¿es cierto eso de que sólo los polos opuestos se atraen?
—Eso es una bobada, eso no se cumple en todas las personas. Depende del tipo de persona. Las hay que prefieren estar con alguien muy similar a ellas también. No se trata de polos opuestos o polos iguales. Las personas somos una escala de colores. A cualquiera le puede gustar una cosa, u otra diferente, u otra diferente, u otra…
—Entonces… —Evie miró al suelo, poniéndose un poco roja otra vez—. ¿Tú crees… que dos personas con más o menos los mismos gustos y más o menos la misma personalidad… pueden estar felices juntas?
—Claro —se encogió de hombros—. Ya te lo he dicho. A una persona le puede atraer su opuesto, o su igual, o una de los miles de variantes que haya entre medias.
—¿Sí? Y… —Evie empezó a restregar las manos por sus piernas como gesto nervioso y vergonzoso—… bueno… por ejemplo, ¿a ti qué te atrae?
—¿A mí? Mmm… pues no lo había pensado. Lo que sé seguro es que me gustan las chicas… Mmm… Me gustan las que son deportistas.
Evie, olvidándose de la existencia del resto del planeta, puso toda su atención en él y sólo en él, y le apareció un brillo de esperanza en los ojos. «¡Yo soy deportista, estoy en el equipo de baloncesto, y además es posible que el año que viene sea capitana!» pensó.
—Me gusta que sean fuertes físicamente… —continuó Yenkis.
«¡Yo tengo unos bíceps que parecen dos pomelos! ¡Tengo los brazos más fuertes de todas las chicas del colegio!» siguió pensando Evie, con más candor en los ojos.
—Que le guste mucho la música…
«¡Yo toco la batería desde los 5 años! ¿¡De dónde crees que he sacado estos bíceps!?».
—No me gusta que tengan un carácter fuerte, del tipo que se molesten enseguida por cualquier cosa, o que prefieran ponerse a la defensiva antes que el diálogo —añadió Yenkis—. Porque yo tampoco soy así. Prefiero un carácter bienhumorado, amable, empático, saber escuchar y tratar los problemas con positivismo…
«¡Sí soy! ¡Kis! ¡Kis, pero si me estás describiendo a mí!» gritó Evie por dentro, con los ojos ya abiertos como platos y el corazón a mil por hora. «¡Somos casi iguales, Kis!».
—Sobre todo, que sea sincera. Que no le dé miedo contarme o decirme cualquier cosa, aunque sea mala —siguió diciendo el chico—. Especialmente, si es una cosa importante. Porque si hay algo que me gusta hacer, es resolver las cosas de la forma más eficaz, pacífica y alegre posible —le sonrió—. ¿Sabes lo que te quiero decir? Comunicación.
—Aeh… ah… ajá…
Evie no pudo articular una palabra, se había quedado congelada cuando dijo lo de la sinceridad. Se llenó de temores, porque ella le estaba ocultando a Yenkis una cosa muy importante, sus sentimientos por él. «Oh, no… ¿Y si un día empieza a notar que le oculto algo?» pensó, y se montó una película en su propia cabeza, imaginándose a Yenkis mirándola un día muy decepcionado y diciéndole algo como “¿Qué? ¿Que llevas colada por mí desde los 12 años, y no me has dicho nada en estos últimos 50 años? Ya no quiero ser tu amigo, Evie”.
—Y… y… mmm… ¿te gusta que sea… guapa y estilosa? —se aventuró a preguntar la muchacha, queriendo saber más.
—Ah, pues… Sé que no me vas a creer, pero eso en verdad no me importa mucho.
—¿En serio? A todo el mundo le importa eso.
—Bueno, obviamente no me gustaría una persona que no cuida nada su higiene y que vista con trapos rotos… Un mínimo de buen aspecto es lo normal, ¿no?
Evie puso una mueca impaciente. Ella no se refería eso, claro, pero ya sabía que a Yenkis a veces le daba por entender las cosas de una forma más literal y racional, y no figurativa. No podía evitarlo, era un iris.
—¡Oh! Y también, que sea una chica divertida —concluyó Yenkis felizmente—. Y ya está.
«¡Oh, no!» volvió Evie con su autoanálisis. «¿Yo soy divertida? No sé si soy lo bastante divertida para él. ¿Cuándo fue la última vez que dije o hice algo gracioso? No sé… ¡Pero tengo que demostrarle que puedo ser divertida! ¿Qué hago?».
—Ehm… eh… —intentó decirle Evie, hecha un manojo de nervios, y Yenkis la miró confuso—. Entran en un bar un pingüino, un bebé y el emperador de Japón…
Yenkis se quedó perplejo, sin entender ni torta de lo que Evie estaba hablando de repente. Pero antes de que la chica pudiera continuar, se les acercó alguien por detrás del banco, sobresaltándolos.
—Hey…
—¡Oh, Taiya! Hola… —saludó Evie, respirando sofocada y la cara roja.
—Me he acordado, mira —Taiya sacó de su mochila dos baquetas nuevas y se las dio a Evie.
—¡Ah, genial! —se alegró la chica—. Me has ahorrado tener que comprarme unas nuevas. ¿Seguro que no las necesitas?
—Me las dejó un colega de otro grupo de música hace un año porque le sobraban. Las tenía en una cajón acumulando polvo, obviamente no las necesito para tocar el bajo. Y… esto… —se llevó la mochila por delante del pecho y sacó un pequeño pincho USB del bolsillo pequeño, el mismo que le había dado Izan aquella mañana temprano, y se lo tendió a Yenkis—… ya es oficialmente tuyo.
Yenkis lo miró un momento. Después de unos segundos, lo acabó cogiendo y lo observó en su mano. «Así que… aquí dentro está uno de los programas de hackeo más exclusivos de mamá… ¿Cómo demonios habrá conseguido Taiya hacerse con algo así? No me molestaré en preguntárselo por quinta vez. No me responderá. Pero da igual. Tenerlo es lo único que me importa».
—Gracias —murmuró Yenkis.
Evie observó aquello en silencio. Sabía lo que era eso, Yenkis ya se lo contó aquella vez que ambos estuvieron husmeando juntos en el ordenador de Neuval y después acabaron investigando sobre el nombre de Jean.
Taiya sonrió, aparentando naturalidad, pero al mismo tiempo se puso a mirar por los alrededores con disimulo. Llevaba ya tantos días siendo espiado por Jannik, que no podía remediar pensar que estaba siendo observado a todas horas. Era mucho más difícil saberlo cuando se trataba de los Yami de un nivel alto como Jannik, porque podían percibir cosas desde las sombras de cualquier rincón. Lo único que vio fue a los niños de prescolar jugando en aquel patio vallado al otro lado del aparcamiento, donde seguramente estaban Clover y Daisuke, a pocos minutos de ser recogidos por Agatha para irse a casa.
Pensó en intentarlo una vez más, acercarse a Clover con algún pretexto y comprobar si seguía en posesión del pequeño cazasueños de plumillas rojas. No veía que los niños del curso de Jannik hubiesen salido todavía de sus aulas… tal vez podía aprovechar…
Tuvo que decidirlo rápido, porque a quien llegó a divisar a lo lejos, fue a alguien mucho peor que Jannik o que cualquier enemigo, y se estaba acercando hacia ellos, cruzando el aparcamiento.
—Por cierto, estábamos pensando quedar para tocar el… —comentó Yenkis, levantando la mirada del pendrive hacia Taiya, pero descubrió que este se había esfumado de repente—. Oh…
—Uy… ¿adónde se ha ido? —se sorprendió Evie también.
Cuando Yenkis miró en derredor, a quien encontró fue a su padre, caminando hacia ellos entre los coches del aparcamiento, y por eso, inmediatamente se guardó el pendrive en el bolsillo del pantalón. Neuval venía con su sofisticado traje de trabajo y un elegante abrigo negro. Al pasar cerca del bus, los padres de algunos de los compañeros de clase de Yenkis le pararon para saludarlo, y Neuval los atendió amablemente.
Algunos de esos padres y madres le pararon más que nada para llamar su atención, ya que para ellos Neuval era como una celebridad, un genio millonario y famoso. Neuval sabía que muchas personas sólo se le acercaban por interés, pero él siempre se mostraba amable, humilde y correcto, siempre mostrando esa educación superior que Lao le había inculcado desde pequeño. Por eso, Yenkis estaba acostumbrado a ver cómo todo el mundo adoraba a su padre. Incluso la competencia y los envidiosos, una vez se acercaban a conocerlo con escepticismo o con malas intenciones, terminaban cayendo presas de su encanto y amabilidad. Las únicas personas del mundo a las que Yenkis había oído hablar mal de su padre, eran Cleven y Lex. Pero, claro, sus hermanos tenían sus particulares problemas personales con él.
Esa era una de las numerosas virtudes que Yenkis admiraba de su padre. Acerca de los pocos defectos que había conocido de él y de los que sus hermanos siempre se habían quejado, que era su comportamiento a veces distante y a veces demasiado estricto, Yenkis tenía una inteligencia emocional superior, propia de un iris, por la cual ya entendió hace años que esos defectos de su padre no eran sino fruto de una larga depresión. Por eso, a diferencia de Cleven y de Lex, para Yenkis había sido más fácil llevarse bien con su padre, porque era mucho más comprensivo, más racional y menos emocional que sus hermanos humanos.
De lo que Yenkis aún no se había dado cuenta, y quizá eso lo hacía más tierno, es que él había heredado de su padre esa misma especie de energía que, cuando quería, podía ser tan encantadora que atraía fuertemente a los demás.
Sinceramente, Yenkis podría considerarse un clon exacto de su padre, si no fuera por algunas mínimas diferencias que también había heredado de su madre. Pero era curioso. Porque lo que la gente no podía dejar de mirar con embelesamiento cada vez que quedaba atrapada en esa aura de encanto, eran esos tan inusuales ojos plateados de Neuval, que Yenkis también tenía. Curioso, porque cuando a algunas personas estos ojos les causaban una sensación embriagadora, a otras les llegaba a causar puro terror.
—¿Papá? —se sorprendió Yenkis cuando este por fin llegó hasta ellos—. ¿Qué haces aquí? Estaba a punto de irme a coger el metro.
—Hola, Yen, bienvenido —le dio un abrazo fuerte, y le revolvió el pelo—. He decidido que mejor venía yo a recogerte y llevarte a casa. Hoy tengo tiempo. Tengo el coche en la calle, junto a la salida. ¿Qué tal, Evie?
—Hola, señor Vernoux —saludó ella, con una inclinación respetuosa.
—¿Te viene a recoger alguien?
—Eh… no. Yo iba a marcharme en el metro con Kis.
—Pues vente con nosotros —dijo Yenkis.
—Eso es. Vamos, te llevo —apremió Neuval.
—¡Oh! ¡Se lo agradezco mucho! —exclamó Evie alegremente, agarrando su maleta de ruedas y yéndose con ellos.
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