2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
—Sí, sí... Entendido... —decía Kyo, con el teléfono en la oreja—. Mei y yo llevaremos los cojines de siempre… Y la abuela, ¿ha confirmado que también podrá venir a esa hora? … ¿Que no lo sabes? … Ah, o sea, que todavía es el tío Neu quien la llama de tu parte… —sonrió con sorna, y despegó un momento el teléfono porque Lao exclamó algo con enfado—. Pues insinúo que todavía te tiemblan las piernas al hablar con la abuela... ¡Ay, vale! —se sobresaltó al oír otra exclamación, apartando de nuevo el teléfono—. Sí, sí... Tú también. Buenas noches, abuelo.
Kyo colgó el teléfono y lo lanzó sobre su cama, dejando caer los hombros con desánimo, sentado en su taburete. Se quedó quieto observando el lienzo a medio acabar que tenía delante, sobre el caballete. Aún eran las doce de la noche. Cuando no podía dormir se ponía a pintar, pero ahora había otra cosa que le impedía el sueño, y pintar no le era suficiente.
Lao le había estado recordando durante esa semana que mañana irían a visitar a su padre al cementerio y a realizar la ceremonia. Seguían una tradición que consistía en vestir al menos una prenda blanca, ir al mausoleo familiar que Ming Jie se había encargado de trasladar a Japón, encender unos inciensos, arrodillarse delante de la lápida del difunto y cada uno rezarle en silencio recordando sus vivencias pasadas.
En realidad, Kyo no quería ir. Todavía después de 10 años le seguía afectando la muerte de su padre, y era aún más doloroso el hecho de que la lápida de Yousuke había sido añadida en el mausoleo hace tan sólo un año. Aún recordaba nítidamente las imágenes de su hermano muriendo, y cada una era como un taladro en el pecho. Pero Kyo no se desquiciaba ni tenía pesadillas al respecto. Era afortunado. Tenía un iris que en la Asociación se calificaba como de tipo “ejemplar”, que poseía una capacidad de autocontrol emocional muy limpia, siendo así inmune a la enfermedad del majin. Algo que también tenían su abuelo Lao, Nakuru y Sam.
Mei Ling entró en la habitación y Kyo despertó de los recuerdos de golpe.
—¿Kyo? —bostezó la joven—. ¿Qué haces despierto? ¿Estabas hablando con alguien?
—Me ha llamado el abuelo. Para confirmar los últimos preparativos para mañana.
Mei Ling se quedó en silencio un rato. Se acercó a su hermano y lo abrazó por detrás, mirando el lienzo, que tenía varias pinceladas aparentemente al azar.
—¿Qué significado tiene eso? —se extrañó.
—Ninguno... —suspiró el chico con cansancio, y de pronto el lienzo estalló en llamas y a los pocos segundos se hizo ceniza—. Absolutamente nada, otra vez.
Mei Ling parpadeó con susto, preguntándose a qué había venido esa breve acción de rabia. No obstante, supuso que estaba desanimado por lo de mañana, así que le dio un beso en la mejilla y se fue a acostar, dejándolo tranquilo.
Kyo se quedó un buen rato sentado en su taburete, con sus pensamientos. Pero no duró mucho. Se puso en pie y se fue a la casa de Raijin, a ver si este estaba viendo la tele y hacerle compañía. Cogió una ganzúa antes de salir y ya en la puerta B abrió la cerradura con ella, como de costumbre. Se adentró hacia el salón y le sorprendió encontrarse todo oscuro y a Cleven en la mesa del comedor con una lamparita encendida, estudiando como una posesa. Se la veía agobiada.
—Eres un desastre —casi rio.
Cleven pegó un bote del susto.
—¡Kyosuke! Fuf, qué susto me has dado.
—Perdona. ¿Brey?
—Ah, ya está dormido, y los niños también. Creo que me voy a pasar la noche en vela. Espero que Denzel no sea muy duro con los que suspenden sus asignaturas, ya que es el primer examen que tenemos con él.
—Qué va, él no se enfada, no como Ishiguro —dijo, e imitó la postura y la cara del profesor de Matemáticas.
Cleven se rio con ganas, lo había clavado.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Kyo.
—Un poco bastante mal. Me avergüenza admitir que muchas veces he tenido que acudir a mi hermano pequeño para que me ayudara a entender cosas de física, tecnología y mates.
—Hm —sonrió Kyo—. ¿Me vas a decir que él no ha acudido alguna vez a ti para que lo ayudaras con alguna materia?
Cleven se quedó callada, pensativa. La verdad es que no había caído en ello.
—Oh… Bueno, alguna vez sí que me ha pedido ayuda con Educación Física, es decir, para practicar agilidad con objetos. Atrapar una pelota a diferentes velocidades o direcciones, lanzarla para acertar en un objetivo…
—¿Tú… eres buena en eso?
—Heh… heh… —soltó una risilla altanera, cerrando los ojos—. Kyosuke, no sé si sabes que tienes ante ti a la número 1 en el ranking de juegos de disparos y lanzamiento de bolas en los tres recreativos más grandes de Akihabara.
—¿Qué? —se rio, asombrado—. ¿Tienes el récord en los juegos de puntería en tres locales distintos?
—Hace un par de años un tal Minoru Oulong me rompió el récord, pero entonces yo fui y lo volví a batir, y sigo la primera a día de hoy —se frotó las uñas en el jersey y se las miró con coquetería.
Kyo parpadeó fuerte un par de veces. Sabía quién era Minoru Oulong, era el iris Hosha de la ORS de Tokio. Por lo visto Cleven tenía la misma o incluso mejor puntería que un iris.
—Y también en Geografía e Historia me ha pedido ayuda alguna vez… —continuó contándole Cleven—. Es decir, no es que Yenkis tenga problemas para memorizar datos, de hecho, él puede memorizar mil cosas. Pero lo que le costaba era más bien entender el porqué de algunas cosas. Por ejemplo, de eventos históricos, por qué se dieron, de qué sirvió…
—Ya. ¿Y qué le decías?
—Solía decirle que el ser humano lleva toda su existencia haciendo tremendas estupideces por motivos muy importantes.
—¿Qué? —se rio el chico—. Eso es algo contradictorio.
—Hahah… lo sé. Eso es porque, lo que desde fuera nos puede parecer estúpido o maligno… nos puede parecer algo muy diferente una vez lo miramos desde dentro —le explicó Cleven, y Kyo se quedó callado, algo sorprendido—. Al menos, es lo que yo creo. El bien y el mal no significa lo mismo para todas las personas. Son conceptos relativos. Y por eso se desencadenan eventos históricos que más allá de ser buenos o malos, podían ser muy necesarios para algunos y lo contrario para otros. Y de ahí las consecuencias de que haya unas fronteras geográficas y no otras, religiones expandidas y otras extinguidas, y la absoluta imposibilidad de que exista una sola ideología que favorezca a todos. Siempre habrá ideologías que, para favorecer a unos, inevitablemente tiene que perjudicar a otros. Por eso, el ser humano es una criatura bélica y siempre lo será, porque no puede no serlo.
Kyo seguía en silencio. La verdad, no se esperaba que ella tratara ese tema con tanta profundidad. Hasta ahora la había visto como una chica sencilla que no tenía preocupaciones ni opiniones más allá de lo que pasaba en su entorno más cercano.
—Cleventine. ¿Crees que en este mundo siempre existirán los crímenes y las guerras? ¿Y si un grupo muy grande de personas muy eficaces se uniera para impedirlo?
—Ese grupo de personas tendría que entender que no puede luchar contra la naturaleza humana, igual que no puede hacer que el fuego congele cosas. Lo que no quiere decir que no estén haciendo algo muy necesario, por supuesto. Si no limpias tu casa al menos una vez por semana, la suciedad se acaba acumulando más y más y más, hasta el infinito. Ese grupo de personas que limpian el mundo aquí y allá de forma continua, como los policías o los médicos o todas aquellas personas que aportan su granito, no van a conseguir que las guerras y los crímenes desaparezcan, pero sí van a impedir que se acumulen, lo cual es imprescindible, al final, para todo el mundo.
A pesar de que eso era un poco diferente a lo que les enseñaban en la Asociación, Kyo admiró a Cleven por tener ese tipo de opinión. La Asociación tenía el firme objetivo de eliminar las guerras y las injusticias por completo algún día, o al menos reducirlas a un porcentaje tan pequeño que ni siquiera se notarían. Los iris creían que algún día alcanzarán ese objetivo, y que por eso existe el poder del iris, por eso surgió.
—¿Qué crees que se necesitaría para que el ser humano deje de crear guerras e injusticias? —quiso saber Kyo—. ¿Darles más poder a las personas buenas que intentan luchar contra ello? ¿Eliminar directamente a todas las personas malas?
—Aeh… —balbució Cleven, jugando con su lápiz, poniéndoselo de bigote—. Teniendo en cuenta que la maldad está escrita en el código genético o en el alma de las personas junto con la bondad… tendrías que eliminar a toda la humanidad si quieres eliminar el mal. Pero no queremos eso, así que… reducir los factores ambientales que provocan que una persona desarrolle más su lado malo que el bueno es lo más viable, aunque también lo más largo. La solución más infalible pero también utópica es que algo cambie la genética humana, o el instinto o la mente humana. Ya sabes, como… cambiarle la programación al robot, para que siempre tenga más ganas de tomar decisiones compasivas y sensatas, y que tomar decisiones bélicas o egoístas le sea más desagradable. Porque uno de los problemas de esto, es que muchos sienten gran placer al tomar decisiones egoístas y bélicas.
Kyo volvió a quedarse callado. Pero sonreía. Había olvidado muchas cosas de la Cleven del pasado, pero esta era una de las cosas de las que ya la había oído hablar de pequeña. Y le gustaba que ella tuviera sus propias ideas.
—¿A ti se te da bien esto? —le preguntó Cleven, señalando su libro sobre la mesa.
—Sí. ¿Quieres que te ayude? No puedo dormir, no tengo nada que hacer.
Cleven lo observó un momento. A ella también le gustaban muchas cosas de él. Kyo siempre transmitía calma y cercanía.
—Por favor —contestó ella con un tono agradecido—. Yenkis lleva desde el viernes pasado en un viaje de granja escuela con su clase y no vuelve hasta mañana, así que eres el único salvavidas que tengo ahora.
Kyo se sentó al lado de Cleven. Cruzaron una mirada sonriente y la chica empezó a soltarle del tirón todas sus dudas, que no eran pocas. Kyo la observaba, en silencio. «Cómo me gustaría que por un día lo recordases todo» pensó, «y vinieses mañana con nosotros al cementerio, a visitar a aquel que fue el hermano de tu padre».
* * * * * *
A la mañana siguiente, cuando notó la calidez del primer rayo de sol en la frente, parpadeó después de no haberlo hecho durante horas. Tenía una taza medio llena de tila en las manos, y tres más en la mesa de al lado ya vacías. Aun así, no consiguió dormir. Sentado en una butaca de su habitación, se puso las gafas negras y giró lentamente la cabeza para ver a ese hombre joven que dormía profundamente en su cama.
Anoche todo pasó muy rápido. Fueron a su casa, y Owen, declarando que estaba demasiado agotado, se quedó dormido enseguida en su habitación. Normal, un salto en el tiempo no era algo a lo que su cuerpo estuviese acostumbrado. A partir de ahí, Denzel estuvo largo rato dando vueltas por la habitación, cavilando, haciéndose preguntas, observando a Owen dormir para asegurarse de que era real y no un espejismo… Hasta que se hizo las tilas y se quedó el resto de la noche sentado en la butaca, vigilando que Owen seguía durmiendo tranquilo y que no sucedía ninguna otra anomalía.
Dos siglos, eran. Dos largos siglos hacía que dejó esa vida atrás, físicamente, pero por dentro jamás la había olvidado. Para Denzel era su mayor desgracia, vivir tanto.
Una de las cosas que más le impresionaban era verlo con ese aspecto joven, y haber oído el sonido de su joven voz. Porque, la última vez que lo “vio”, mejor dicho, que estuvo con él, Owen era un anciano lleno de arrugas, y los últimos recuerdos que Denzel tenía de él y su “aspecto” eran las arrugas de su cara, la aspereza de sus manos, y su voz desgastada. Lo había “visto” nacer, crecer, formar su propia familia, envejecer... y morir, como a todos los demás seres queridos que tuvo. Y mientras tanto, él seguía siendo joven, seguía estando vivo y experimentando el pasar del tiempo con las relativamente cortas vidas de su familia. Una gran condena.
¿Pero qué era una gran condena? ¿Vivir una larga vida sin amar, o amar y perder lo amado? Aquí, la opinión de Agatha y la de Denzel diferían. Sin duda, Agatha había demostrado su firme postura en su modo de llevar a cabo la vida de un taimu. Se había casado nueve veces, sólo se había divorciado una, y enviudado las otras ocho. O sea, que Agatha, cada vez que amó y el tiempo se lo quitó, sufría un periodo de duelo, y después decidía volver a experimentarlo con alguien nuevo, sabiendo que después volvería a sentir el dolor de la pérdida, una y otra vez.
Denzel no. Se casó una vez, perdió una vez, y no se atrevió a volver a pasar por ello. A veces, rechazar a las mujeres que iban tras él era fácil, como con la acosadora pesada de anoche; pero, otras veces, se había cruzado con mujeres que realmente merecían la pena, por las que en un principio comenzó a sentir algo… pero el pavor acabó haciéndole huir, justo antes de que empezara a encariñarse demasiado. Para él, la condena era tener una vida como la de Agatha, y para Agatha, la condena era llevar una vida como la de Denzel.
El día en que Agatha sintió el mayor de los orgullos por él, fue cuando él decidió casarse con aquella muchacha humana china que había estado conociendo durante unos pocos años y de la que se había acabado enamorando perdidamente. Denzel siempre pensó que su abuela se alegró solamente porque, con ese acto, él desafió y desobedeció a los dioses. Y nada en el mundo satisfacía más a Agatha que molestar y desobedecer a los dioses.
Pero quizá Denzel estaba siendo irónicamente ciego con esta visión de las cosas. Por supuesto que casarse y tener descendencia fue un acto de desobediencia contra los dioses y esto regocijó a Agatha. Pero esa vieja taimu había vivido demasiado tiempo como para creer que molestar a los dioses era la única razón por la que merecía la pena hacer las cosas. Aquella vez, Agatha sintió el mayor de los orgullos por él, porque él decidió darle un sentido a su propia existencia; porque Denzel lo hizo por libre albedrío, y lo hizo por él mismo. Y por nadie más.
Y, aun así, esto no pareció ser suficientemente extraordinario para él como para repetirlo. En este caso, el dolor pesaba mucho más que la satisfacción para él. Para Agatha, era al revés.
Así que, ¿cómo podía sentirse ahora mismo, viendo justo delante de él una reaparición de lo que tanto le dolió perder? ¿Podía permitirse a sí mismo sentirse feliz, disfrutar de esta casualidad, sabiendo que, una vez más, iba a ser temporal?
Cuando quiso darse cuenta, Owen ya estaba despierto, sentado sobre la cama y mirándolo en silencio.
—¿Ya puedes hablar?
Denzel respiró nervioso al escuchar su voz de nuevo, pero trató de calmarse. Intentó hacer como los iris, ponerse sin más a pensar en las posibles razones lógicas de este suceso e ir planteando modos de lidiar con ello de manera ordenada y eficaz. Pero no fue capaz. No era un iris. Denzel funcionaba mentalmente igual que un humano, y contener las emociones ante un evento de gran impacto no era algo de esperar de una mente humana sana.
Mientras Owen se desperezaba y se sentaba al borde la cama, frotándose los ojos, todavía algo cansado, Denzel se teletransportó a sí mismo con la butaca incluida hasta el lado de la cama, delante de Owen, para evitarse el esfuerzo de arrastrarse con la butaca hacia él los tres metros que los separaban. Denzel quiso observarlo de cerca una vez más, estudiar sus rasgos, cada centímetro de su aspecto. Estaba anonadado, viendo por primera vez la cara de una persona a la que conoció durante 81 años.
—No puedo creer que seas tú… —murmuró el taimu, hablándole en mandarín.
Owen sonrió y se puso sus pequeñas gafas de lentes circulares.
—Soy más guapo de lo que creías, ¿eh?
—Nunca creí lo contrario, ya que todo el mundo lo decía —se rio Denzel.
—Yo no puedo creer que me estés viendo de verdad. Pero ya deduje ayer que son estas raras lentes negras que llevas las que te otorgan la capacidad de la visión, ¿no es así? Después de observarte caminar anoche por esa calle, mirando a esa acosadora y mirándome a mí…
—Sí. Estas gafas son un regalo especial y único. Diseñadas exclusivamente para mis ojos. Solamente llevo usándolas un par de décadas. Me permiten verlo todo, aunque sin color.
—Fascinante… ¿Puedo probarlas? —le pidió Owen con gran curiosidad.
—No te mostrarán más que negro —Denzel le dejó sus gafas negras y Owen se las probó. Se las quitó a los tres segundos.
—Sin duda, yo no veo absolutamente nada con ellas. Es igual que si cerrara los ojos —volvió a dárselas.
Denzel se las puso de vuelta, y se quedó mirando las manos de Owen sobre sus piernas. Entonces Denzel se las agarró con fuerza, denotando de regreso esa mezcla de preocupación y tristeza.
—Owen… mi querido hijo… Desearía poder creer que esto es un sueño, o algún tipo de milagro, y no despertar nunca… Pero sé que no lo es. Y que debo mantener los pies sobre el mundo real y no perder la cabeza. Así que, cuéntame, por favor, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo has llegado hasta aquí, por qué estás aquí?
—No temas, padre, llegaremos al fondo del asunto —le apretó las manos de vuelta—. Es una larga historia que he de contarte cuanto antes. Pero sólo puedo contarte lo que sé, y no es suficiente. Creo que Link está más enterado.
Owen ya le mencionó a Link anoche, pero volver a escucharlo hizo que Denzel apoyara la frente en las manos con el triple de preocupación.
—Dios, no me digas que Link también está aquí… Este incidente hará que me salgan el resto de canas en un día, ¿verdad?
—Recuerdo que desaparecí con él —asintió Owen—. Por eso es seguro que también ha ido a parar al mismo lugar que yo. Bueno, no exactamente al mismo, me refiero a esta ciudad. Debe de estar cerca de aquí.
—¿Quién os ha teletransportado? No fui yo, ¿verdad?
—Lo dudo, porque el tú de nuestra época, el tú con el que yo estaba ayer, estaba inconsciente en el suelo, porque apareció un intruso en nuestra casa y te atacó. Una niña, era.
—¿Cómo que una niña? —Denzel se puso en pie de un salto. Le dio un vuelco el corazón, pensando inmediatamente en la niña que lo atacó aquí en esta habitación la semana pasada.
—Sí, bueno, una preadolescente, seguramente de unos 12 años, con un cabello liso, negro y muy largo…
—Ah… —Denzel se calmó enseguida. Y se quedó algo decepcionado. Esa descripción era muy diferente de la niña de 5 años con los rasgos de Clover que vio la otra noche—. Pues seguramente se tratase de una ninja. Esos ataques eran habituales para mí en esa época.
—Sí… tenía toda la pinta de ser una ninja… pero… —titubeó Owen, balanceando la cabeza.
—¿Pero qué? —se impacientó Denzel, viendo que no decía nada.
—Bueno… es que esa muchacha tenía algunas habilidades un poco… diferentes a las que podemos esperar de un ninja… Mira —levantó la palma de la mano—. Es mejor que hablemos de ello con Link presente, ¿vale? Teniendo en cuenta que he dado un salto temporal de unos 200 años y que me di un buen porrazo en la cabeza nada más aterrizar en esta ciudad, quiero asegurarme de que mis recuerdos de lo que sucedió en casa concuerdan con los de Link, para así poder darte una información más correcta y no dar paso a… posibles preocupantes suposiciones.
Denzel arqueó una ceja. Obviamente Owen estaba un poco nervioso acerca de algún tipo de información que ahora mismo no quería mencionarle.
—Bueno, ¿y ese ataque ocurrió en nuestra casa familiar, dices? ¿Quiénes estabais allí en aquel momento, aparte de Link y tú?
—Estábamos todos.
—¿¡Todos!?
—Ajá.
—Por favor… —Denzel se recostó en la butaca, agarrándose el pecho con angustia—. Por favor, no me digas que los demás también han saltado en el tiempo aquí…
Owen se quedó callado, mirándolo con cara de circunstancia.
—Owen, contesta.
—Padre, si me dices que no te diga una mala noticia mientras te agarras el pecho, me estás dando a entender que te va a dar un infarto. Pero no sé si es simple disgusto, o si de verdad tienes edad para sufrir un infarto. ¿Cuántos años tienes?
—Owen.
—A ver —apaciguó con las manos—. No estoy seguro, no sé qué es de los demás. Link fue al último que vi antes de desaparecer, por eso la importancia de ir a buscarlo y preguntarle si sabe algo más. Dime... ¿tú no te acuerdas de que te pasase algo así?
Denzel negó con la cabeza rotundamente.
—Qué extraño —caviló Owen. Sin embargo, una estantería llena de libros ahí delante de la cama pronto captó toda su atención—. ¿Querrá eso decir que este suceso ha ocurrido por primera vez en el tiempo…? ¡Espera, ¿ese libro es un nuevo volumen del filósofo Ye Wong?! —se levantó de la cama y fue corriendo a la estantería con entusiasmo.
—Eh, eh, eh, quieto ahí, muchacho —apareció Denzel de la nada justo delante de la estantería, cortándole el paso y sujetándolo de los brazos—. Escucha, Owen. Obviamente hay mucho conocimiento aquí nuevo para ti, y de cosas inimaginables en tu época. Es evidente que cuando os devuelva a vuestra época, os tendré que borrar la memoria igualmente de todo lo que habéis vivido y visto aquí. Pero ese borrado me será mucho más fácil y será más sano para vosotros cuantas menos cosas tenga que borrar. Si te llenas la cabeza de muchas cosas y conocimientos que no deberías tener, borrártelo todo de la memoria será más bien tedioso.
—Pe… Pero padre… —protestó infantilmente, señalando el libro como si fuera un juguete en un escaparate—. Es un tomo de Ye Wong… Uno de mis ídolos… Publicado ocho años después de donde yo vengo…
—Pues cuando regreses a tu época, te esperas ocho años a poder leerlo, pero te lo pido por favor, Owen, a ver si eres capaz de no meter la nariz entre las páginas de ningún libro de esta época. No merece la pena si luego lo vas a olvidar.
—Si me vas a hacer pasar hambre intelectual, al menos no me hagas pasar hambre física —le espetó con descaro—. Dame algo de comer, demonio, por lo que más quieras. ¡Llevo todo un día con el estómago vacío! Este bello rostro y este bello cuerpo no se mantienen con agua de lluvia, ¿sabes? Por no hablar de que mi preciado cerebro necesita nutrientes.
—Oh… —sonrió el taimu con exagerada ternura mientras pasaba un brazo por encima de los hombros de Owen, y de repente lo aprisionó contra su cuerpo, medio ahorcándolo—. Este es el Owen de mis recuerdos que se vuelve insoportable e insolente cuando tiene hambre.
—Kggh… ¡Vale! ¡Me rindo! ¡Humilde y educadamente te pido algo de comer, por favor!
—Eso está mejor —Denzel lo soltó y salió de la habitación para ir a la cocina a preparar algo de comer.
Por alguna razón, toda la carga de malestar, preocupación y tristeza que tenía sobre los hombros desde anoche se le alivió bastante sólo con revivir esa tonta escena.
—Hey, espera… —Owen se asomó cautelosamente por la puerta de la habitación, mirando a un lado y a otro del pasillo—. ¿No hay nadie aquí del que deba ser advertido?
Denzel se paró al final del pasillo y se giró para mirarlo confuso.
—¿Como quién?
—Pues… no sé… —balbució, pero al final no pudo evitar mostrarle una sonrisa ilusionada—. ¿Quizá algún nuevo hermano o hermana? ¿O… una dama especial…?
—Vivo soltero, Owen. Y los únicos hermanos que tienes son los que ya conoces.
—Oh… ¿En serio? —lamentó—. ¿Significa eso que en dos siglos no has vuelto a…?
—¿Qué tal si yo te hago algo de desayunar y tú te metes en tus propios asuntos, niño? —le dio la espalda y cruzó el salón para meterse en la cocina.
Owen se quedó refunfuñando, pero viendo que realmente ellos eran los únicos en esa casa, salió del cuarto para explorarla y cotillear un poco. Al final, cuando Denzel salió de la cocina con dos platos de tortilla y arroz blanco, antes de dejarlos sobre la mesa del comedor, oyó unos ruidos detrás del tabique que resguardaba un rincón del salón que Denzel usaba de librería, y nada más asomarse, encontró a Owen arrodillado en el suelo con veinte libros abiertos a su alrededor y cogiendo más de la estantería, hojeándolos ansiosamente.
—¡Niño! —se enfadó el taimu.
Al final tuvo que apartarlo de esos libros a la fuerza y obligarlo a sentarse a desayunar. Este Owen ya era un hombre adulto de veintitantos, pero tenía una pasión por los libros que lo volvía un poco infantil. Esto al final tuvo que robarle a Denzel una sonrisa. En el fondo siempre le hizo gracia sentir esos aires que se daba de intelectual sabelotodo. Después de todo, Owen era un erudito a contracorriente, un académico rebelde, de esos que se pasaban un tercio del tiempo leyendo todo tipo de libros, otro tercio durmiendo y otro tercio participando en debates con otros intelectuales fumando pipa y vagueando. El genio de la familia. Link era el guerrero. Los demás... ¿Qué es de los demás?
Con esta cuestión en la cabeza, Denzel quería perder el menor tiempo posible, así que, justo antes de que Owen se terminara su comida, le trajo ropa suya moderna, para que se cambiase y no llamara la atención con ese anticuado vestuario chino. Viéndose Owen con unos vaqueros oscuros con bolsillos, una camiseta y una cazadora, prefirió no decir nada al respecto sobre lo extraña que le parecía la ropa de esa época.
—¿Sabes siquiera por dónde empezar? ¿Tienes alguna pista? —le preguntó Denzel mientras se guardaba sus llaves y su móvil y se ponía los zapatos en la entrada, dándole a Owen otro calzado suyo. Como tenían más o menos el mismo físico, compartían la misma talla.
—Pensaba partir desde el punto donde yo me aparecí, y desde ahí seguir un rastro de cosas rotas o cortadas con una espada.
Denzel se lo quedó mirando con una ceja arqueada.
—No bromeo. ¿Conoces a Link? —insistió Owen.
—No… Eso no servirá —reflexionó Denzel, frotándose la barbilla—. Si no hallaste pistas de él ayer por la zona donde te apareciste, él pudo haberse aparecido a kilómetros, en cualquier otro punto de la ciudad. De esta inmensa ciudad. Hm… ¿Qué os enseñé, si alguna vez os veíais en serios problemas o perdidos en algún lugar?
—Buscar iris y pedirles ayuda.
—Vamos a preguntar a iris de esta zona de la ciudad. Donde seguro que hallaremos a varios es en el instituto donde trabajo. Lugar al que, de todas formas, tengo que ir sin falta para comunicar que hoy no podré dar clases.
Denzel abrió la puerta y salieron del apartamento.
—¿Instituto? ¿Clases? ¿Otra vez te dedicas a la enseñanza? —sonrió con sorna—. ¿No dijiste una vez que lo odiabas?
—Muchacho. Estoy condenado a recaer en viejas costumbres y a reconciliarme con ellas.
—Sí, sí... Entendido... —decía Kyo, con el teléfono en la oreja—. Mei y yo llevaremos los cojines de siempre… Y la abuela, ¿ha confirmado que también podrá venir a esa hora? … ¿Que no lo sabes? … Ah, o sea, que todavía es el tío Neu quien la llama de tu parte… —sonrió con sorna, y despegó un momento el teléfono porque Lao exclamó algo con enfado—. Pues insinúo que todavía te tiemblan las piernas al hablar con la abuela... ¡Ay, vale! —se sobresaltó al oír otra exclamación, apartando de nuevo el teléfono—. Sí, sí... Tú también. Buenas noches, abuelo.
Kyo colgó el teléfono y lo lanzó sobre su cama, dejando caer los hombros con desánimo, sentado en su taburete. Se quedó quieto observando el lienzo a medio acabar que tenía delante, sobre el caballete. Aún eran las doce de la noche. Cuando no podía dormir se ponía a pintar, pero ahora había otra cosa que le impedía el sueño, y pintar no le era suficiente.
Lao le había estado recordando durante esa semana que mañana irían a visitar a su padre al cementerio y a realizar la ceremonia. Seguían una tradición que consistía en vestir al menos una prenda blanca, ir al mausoleo familiar que Ming Jie se había encargado de trasladar a Japón, encender unos inciensos, arrodillarse delante de la lápida del difunto y cada uno rezarle en silencio recordando sus vivencias pasadas.
En realidad, Kyo no quería ir. Todavía después de 10 años le seguía afectando la muerte de su padre, y era aún más doloroso el hecho de que la lápida de Yousuke había sido añadida en el mausoleo hace tan sólo un año. Aún recordaba nítidamente las imágenes de su hermano muriendo, y cada una era como un taladro en el pecho. Pero Kyo no se desquiciaba ni tenía pesadillas al respecto. Era afortunado. Tenía un iris que en la Asociación se calificaba como de tipo “ejemplar”, que poseía una capacidad de autocontrol emocional muy limpia, siendo así inmune a la enfermedad del majin. Algo que también tenían su abuelo Lao, Nakuru y Sam.
Mei Ling entró en la habitación y Kyo despertó de los recuerdos de golpe.
—¿Kyo? —bostezó la joven—. ¿Qué haces despierto? ¿Estabas hablando con alguien?
—Me ha llamado el abuelo. Para confirmar los últimos preparativos para mañana.
Mei Ling se quedó en silencio un rato. Se acercó a su hermano y lo abrazó por detrás, mirando el lienzo, que tenía varias pinceladas aparentemente al azar.
—¿Qué significado tiene eso? —se extrañó.
—Ninguno... —suspiró el chico con cansancio, y de pronto el lienzo estalló en llamas y a los pocos segundos se hizo ceniza—. Absolutamente nada, otra vez.
Mei Ling parpadeó con susto, preguntándose a qué había venido esa breve acción de rabia. No obstante, supuso que estaba desanimado por lo de mañana, así que le dio un beso en la mejilla y se fue a acostar, dejándolo tranquilo.
Kyo se quedó un buen rato sentado en su taburete, con sus pensamientos. Pero no duró mucho. Se puso en pie y se fue a la casa de Raijin, a ver si este estaba viendo la tele y hacerle compañía. Cogió una ganzúa antes de salir y ya en la puerta B abrió la cerradura con ella, como de costumbre. Se adentró hacia el salón y le sorprendió encontrarse todo oscuro y a Cleven en la mesa del comedor con una lamparita encendida, estudiando como una posesa. Se la veía agobiada.
—Eres un desastre —casi rio.
Cleven pegó un bote del susto.
—¡Kyosuke! Fuf, qué susto me has dado.
—Perdona. ¿Brey?
—Ah, ya está dormido, y los niños también. Creo que me voy a pasar la noche en vela. Espero que Denzel no sea muy duro con los que suspenden sus asignaturas, ya que es el primer examen que tenemos con él.
—Qué va, él no se enfada, no como Ishiguro —dijo, e imitó la postura y la cara del profesor de Matemáticas.
Cleven se rio con ganas, lo había clavado.
—¿Cómo lo llevas? —le preguntó Kyo.
—Un poco bastante mal. Me avergüenza admitir que muchas veces he tenido que acudir a mi hermano pequeño para que me ayudara a entender cosas de física, tecnología y mates.
—Hm —sonrió Kyo—. ¿Me vas a decir que él no ha acudido alguna vez a ti para que lo ayudaras con alguna materia?
Cleven se quedó callada, pensativa. La verdad es que no había caído en ello.
—Oh… Bueno, alguna vez sí que me ha pedido ayuda con Educación Física, es decir, para practicar agilidad con objetos. Atrapar una pelota a diferentes velocidades o direcciones, lanzarla para acertar en un objetivo…
—¿Tú… eres buena en eso?
—Heh… heh… —soltó una risilla altanera, cerrando los ojos—. Kyosuke, no sé si sabes que tienes ante ti a la número 1 en el ranking de juegos de disparos y lanzamiento de bolas en los tres recreativos más grandes de Akihabara.
—¿Qué? —se rio, asombrado—. ¿Tienes el récord en los juegos de puntería en tres locales distintos?
—Hace un par de años un tal Minoru Oulong me rompió el récord, pero entonces yo fui y lo volví a batir, y sigo la primera a día de hoy —se frotó las uñas en el jersey y se las miró con coquetería.
Kyo parpadeó fuerte un par de veces. Sabía quién era Minoru Oulong, era el iris Hosha de la ORS de Tokio. Por lo visto Cleven tenía la misma o incluso mejor puntería que un iris.
—Y también en Geografía e Historia me ha pedido ayuda alguna vez… —continuó contándole Cleven—. Es decir, no es que Yenkis tenga problemas para memorizar datos, de hecho, él puede memorizar mil cosas. Pero lo que le costaba era más bien entender el porqué de algunas cosas. Por ejemplo, de eventos históricos, por qué se dieron, de qué sirvió…
—Ya. ¿Y qué le decías?
—Solía decirle que el ser humano lleva toda su existencia haciendo tremendas estupideces por motivos muy importantes.
—¿Qué? —se rio el chico—. Eso es algo contradictorio.
—Hahah… lo sé. Eso es porque, lo que desde fuera nos puede parecer estúpido o maligno… nos puede parecer algo muy diferente una vez lo miramos desde dentro —le explicó Cleven, y Kyo se quedó callado, algo sorprendido—. Al menos, es lo que yo creo. El bien y el mal no significa lo mismo para todas las personas. Son conceptos relativos. Y por eso se desencadenan eventos históricos que más allá de ser buenos o malos, podían ser muy necesarios para algunos y lo contrario para otros. Y de ahí las consecuencias de que haya unas fronteras geográficas y no otras, religiones expandidas y otras extinguidas, y la absoluta imposibilidad de que exista una sola ideología que favorezca a todos. Siempre habrá ideologías que, para favorecer a unos, inevitablemente tiene que perjudicar a otros. Por eso, el ser humano es una criatura bélica y siempre lo será, porque no puede no serlo.
Kyo seguía en silencio. La verdad, no se esperaba que ella tratara ese tema con tanta profundidad. Hasta ahora la había visto como una chica sencilla que no tenía preocupaciones ni opiniones más allá de lo que pasaba en su entorno más cercano.
—Cleventine. ¿Crees que en este mundo siempre existirán los crímenes y las guerras? ¿Y si un grupo muy grande de personas muy eficaces se uniera para impedirlo?
—Ese grupo de personas tendría que entender que no puede luchar contra la naturaleza humana, igual que no puede hacer que el fuego congele cosas. Lo que no quiere decir que no estén haciendo algo muy necesario, por supuesto. Si no limpias tu casa al menos una vez por semana, la suciedad se acaba acumulando más y más y más, hasta el infinito. Ese grupo de personas que limpian el mundo aquí y allá de forma continua, como los policías o los médicos o todas aquellas personas que aportan su granito, no van a conseguir que las guerras y los crímenes desaparezcan, pero sí van a impedir que se acumulen, lo cual es imprescindible, al final, para todo el mundo.
A pesar de que eso era un poco diferente a lo que les enseñaban en la Asociación, Kyo admiró a Cleven por tener ese tipo de opinión. La Asociación tenía el firme objetivo de eliminar las guerras y las injusticias por completo algún día, o al menos reducirlas a un porcentaje tan pequeño que ni siquiera se notarían. Los iris creían que algún día alcanzarán ese objetivo, y que por eso existe el poder del iris, por eso surgió.
—¿Qué crees que se necesitaría para que el ser humano deje de crear guerras e injusticias? —quiso saber Kyo—. ¿Darles más poder a las personas buenas que intentan luchar contra ello? ¿Eliminar directamente a todas las personas malas?
—Aeh… —balbució Cleven, jugando con su lápiz, poniéndoselo de bigote—. Teniendo en cuenta que la maldad está escrita en el código genético o en el alma de las personas junto con la bondad… tendrías que eliminar a toda la humanidad si quieres eliminar el mal. Pero no queremos eso, así que… reducir los factores ambientales que provocan que una persona desarrolle más su lado malo que el bueno es lo más viable, aunque también lo más largo. La solución más infalible pero también utópica es que algo cambie la genética humana, o el instinto o la mente humana. Ya sabes, como… cambiarle la programación al robot, para que siempre tenga más ganas de tomar decisiones compasivas y sensatas, y que tomar decisiones bélicas o egoístas le sea más desagradable. Porque uno de los problemas de esto, es que muchos sienten gran placer al tomar decisiones egoístas y bélicas.
Kyo volvió a quedarse callado. Pero sonreía. Había olvidado muchas cosas de la Cleven del pasado, pero esta era una de las cosas de las que ya la había oído hablar de pequeña. Y le gustaba que ella tuviera sus propias ideas.
—¿A ti se te da bien esto? —le preguntó Cleven, señalando su libro sobre la mesa.
—Sí. ¿Quieres que te ayude? No puedo dormir, no tengo nada que hacer.
Cleven lo observó un momento. A ella también le gustaban muchas cosas de él. Kyo siempre transmitía calma y cercanía.
—Por favor —contestó ella con un tono agradecido—. Yenkis lleva desde el viernes pasado en un viaje de granja escuela con su clase y no vuelve hasta mañana, así que eres el único salvavidas que tengo ahora.
Kyo se sentó al lado de Cleven. Cruzaron una mirada sonriente y la chica empezó a soltarle del tirón todas sus dudas, que no eran pocas. Kyo la observaba, en silencio. «Cómo me gustaría que por un día lo recordases todo» pensó, «y vinieses mañana con nosotros al cementerio, a visitar a aquel que fue el hermano de tu padre».
* * * * * *
A la mañana siguiente, cuando notó la calidez del primer rayo de sol en la frente, parpadeó después de no haberlo hecho durante horas. Tenía una taza medio llena de tila en las manos, y tres más en la mesa de al lado ya vacías. Aun así, no consiguió dormir. Sentado en una butaca de su habitación, se puso las gafas negras y giró lentamente la cabeza para ver a ese hombre joven que dormía profundamente en su cama.
Anoche todo pasó muy rápido. Fueron a su casa, y Owen, declarando que estaba demasiado agotado, se quedó dormido enseguida en su habitación. Normal, un salto en el tiempo no era algo a lo que su cuerpo estuviese acostumbrado. A partir de ahí, Denzel estuvo largo rato dando vueltas por la habitación, cavilando, haciéndose preguntas, observando a Owen dormir para asegurarse de que era real y no un espejismo… Hasta que se hizo las tilas y se quedó el resto de la noche sentado en la butaca, vigilando que Owen seguía durmiendo tranquilo y que no sucedía ninguna otra anomalía.
Dos siglos, eran. Dos largos siglos hacía que dejó esa vida atrás, físicamente, pero por dentro jamás la había olvidado. Para Denzel era su mayor desgracia, vivir tanto.
Una de las cosas que más le impresionaban era verlo con ese aspecto joven, y haber oído el sonido de su joven voz. Porque, la última vez que lo “vio”, mejor dicho, que estuvo con él, Owen era un anciano lleno de arrugas, y los últimos recuerdos que Denzel tenía de él y su “aspecto” eran las arrugas de su cara, la aspereza de sus manos, y su voz desgastada. Lo había “visto” nacer, crecer, formar su propia familia, envejecer... y morir, como a todos los demás seres queridos que tuvo. Y mientras tanto, él seguía siendo joven, seguía estando vivo y experimentando el pasar del tiempo con las relativamente cortas vidas de su familia. Una gran condena.
¿Pero qué era una gran condena? ¿Vivir una larga vida sin amar, o amar y perder lo amado? Aquí, la opinión de Agatha y la de Denzel diferían. Sin duda, Agatha había demostrado su firme postura en su modo de llevar a cabo la vida de un taimu. Se había casado nueve veces, sólo se había divorciado una, y enviudado las otras ocho. O sea, que Agatha, cada vez que amó y el tiempo se lo quitó, sufría un periodo de duelo, y después decidía volver a experimentarlo con alguien nuevo, sabiendo que después volvería a sentir el dolor de la pérdida, una y otra vez.
Denzel no. Se casó una vez, perdió una vez, y no se atrevió a volver a pasar por ello. A veces, rechazar a las mujeres que iban tras él era fácil, como con la acosadora pesada de anoche; pero, otras veces, se había cruzado con mujeres que realmente merecían la pena, por las que en un principio comenzó a sentir algo… pero el pavor acabó haciéndole huir, justo antes de que empezara a encariñarse demasiado. Para él, la condena era tener una vida como la de Agatha, y para Agatha, la condena era llevar una vida como la de Denzel.
El día en que Agatha sintió el mayor de los orgullos por él, fue cuando él decidió casarse con aquella muchacha humana china que había estado conociendo durante unos pocos años y de la que se había acabado enamorando perdidamente. Denzel siempre pensó que su abuela se alegró solamente porque, con ese acto, él desafió y desobedeció a los dioses. Y nada en el mundo satisfacía más a Agatha que molestar y desobedecer a los dioses.
Pero quizá Denzel estaba siendo irónicamente ciego con esta visión de las cosas. Por supuesto que casarse y tener descendencia fue un acto de desobediencia contra los dioses y esto regocijó a Agatha. Pero esa vieja taimu había vivido demasiado tiempo como para creer que molestar a los dioses era la única razón por la que merecía la pena hacer las cosas. Aquella vez, Agatha sintió el mayor de los orgullos por él, porque él decidió darle un sentido a su propia existencia; porque Denzel lo hizo por libre albedrío, y lo hizo por él mismo. Y por nadie más.
Y, aun así, esto no pareció ser suficientemente extraordinario para él como para repetirlo. En este caso, el dolor pesaba mucho más que la satisfacción para él. Para Agatha, era al revés.
Así que, ¿cómo podía sentirse ahora mismo, viendo justo delante de él una reaparición de lo que tanto le dolió perder? ¿Podía permitirse a sí mismo sentirse feliz, disfrutar de esta casualidad, sabiendo que, una vez más, iba a ser temporal?
Cuando quiso darse cuenta, Owen ya estaba despierto, sentado sobre la cama y mirándolo en silencio.
—¿Ya puedes hablar?
Denzel respiró nervioso al escuchar su voz de nuevo, pero trató de calmarse. Intentó hacer como los iris, ponerse sin más a pensar en las posibles razones lógicas de este suceso e ir planteando modos de lidiar con ello de manera ordenada y eficaz. Pero no fue capaz. No era un iris. Denzel funcionaba mentalmente igual que un humano, y contener las emociones ante un evento de gran impacto no era algo de esperar de una mente humana sana.
Mientras Owen se desperezaba y se sentaba al borde la cama, frotándose los ojos, todavía algo cansado, Denzel se teletransportó a sí mismo con la butaca incluida hasta el lado de la cama, delante de Owen, para evitarse el esfuerzo de arrastrarse con la butaca hacia él los tres metros que los separaban. Denzel quiso observarlo de cerca una vez más, estudiar sus rasgos, cada centímetro de su aspecto. Estaba anonadado, viendo por primera vez la cara de una persona a la que conoció durante 81 años.
—No puedo creer que seas tú… —murmuró el taimu, hablándole en mandarín.
Owen sonrió y se puso sus pequeñas gafas de lentes circulares.
—Soy más guapo de lo que creías, ¿eh?
—Nunca creí lo contrario, ya que todo el mundo lo decía —se rio Denzel.
—Yo no puedo creer que me estés viendo de verdad. Pero ya deduje ayer que son estas raras lentes negras que llevas las que te otorgan la capacidad de la visión, ¿no es así? Después de observarte caminar anoche por esa calle, mirando a esa acosadora y mirándome a mí…
—Sí. Estas gafas son un regalo especial y único. Diseñadas exclusivamente para mis ojos. Solamente llevo usándolas un par de décadas. Me permiten verlo todo, aunque sin color.
—Fascinante… ¿Puedo probarlas? —le pidió Owen con gran curiosidad.
—No te mostrarán más que negro —Denzel le dejó sus gafas negras y Owen se las probó. Se las quitó a los tres segundos.
—Sin duda, yo no veo absolutamente nada con ellas. Es igual que si cerrara los ojos —volvió a dárselas.
Denzel se las puso de vuelta, y se quedó mirando las manos de Owen sobre sus piernas. Entonces Denzel se las agarró con fuerza, denotando de regreso esa mezcla de preocupación y tristeza.
—Owen… mi querido hijo… Desearía poder creer que esto es un sueño, o algún tipo de milagro, y no despertar nunca… Pero sé que no lo es. Y que debo mantener los pies sobre el mundo real y no perder la cabeza. Así que, cuéntame, por favor, ¿qué ha sucedido? ¿Cómo has llegado hasta aquí, por qué estás aquí?
—No temas, padre, llegaremos al fondo del asunto —le apretó las manos de vuelta—. Es una larga historia que he de contarte cuanto antes. Pero sólo puedo contarte lo que sé, y no es suficiente. Creo que Link está más enterado.
Owen ya le mencionó a Link anoche, pero volver a escucharlo hizo que Denzel apoyara la frente en las manos con el triple de preocupación.
—Dios, no me digas que Link también está aquí… Este incidente hará que me salgan el resto de canas en un día, ¿verdad?
—Recuerdo que desaparecí con él —asintió Owen—. Por eso es seguro que también ha ido a parar al mismo lugar que yo. Bueno, no exactamente al mismo, me refiero a esta ciudad. Debe de estar cerca de aquí.
—¿Quién os ha teletransportado? No fui yo, ¿verdad?
—Lo dudo, porque el tú de nuestra época, el tú con el que yo estaba ayer, estaba inconsciente en el suelo, porque apareció un intruso en nuestra casa y te atacó. Una niña, era.
—¿Cómo que una niña? —Denzel se puso en pie de un salto. Le dio un vuelco el corazón, pensando inmediatamente en la niña que lo atacó aquí en esta habitación la semana pasada.
—Sí, bueno, una preadolescente, seguramente de unos 12 años, con un cabello liso, negro y muy largo…
—Ah… —Denzel se calmó enseguida. Y se quedó algo decepcionado. Esa descripción era muy diferente de la niña de 5 años con los rasgos de Clover que vio la otra noche—. Pues seguramente se tratase de una ninja. Esos ataques eran habituales para mí en esa época.
—Sí… tenía toda la pinta de ser una ninja… pero… —titubeó Owen, balanceando la cabeza.
—¿Pero qué? —se impacientó Denzel, viendo que no decía nada.
—Bueno… es que esa muchacha tenía algunas habilidades un poco… diferentes a las que podemos esperar de un ninja… Mira —levantó la palma de la mano—. Es mejor que hablemos de ello con Link presente, ¿vale? Teniendo en cuenta que he dado un salto temporal de unos 200 años y que me di un buen porrazo en la cabeza nada más aterrizar en esta ciudad, quiero asegurarme de que mis recuerdos de lo que sucedió en casa concuerdan con los de Link, para así poder darte una información más correcta y no dar paso a… posibles preocupantes suposiciones.
Denzel arqueó una ceja. Obviamente Owen estaba un poco nervioso acerca de algún tipo de información que ahora mismo no quería mencionarle.
—Bueno, ¿y ese ataque ocurrió en nuestra casa familiar, dices? ¿Quiénes estabais allí en aquel momento, aparte de Link y tú?
—Estábamos todos.
—¿¡Todos!?
—Ajá.
—Por favor… —Denzel se recostó en la butaca, agarrándose el pecho con angustia—. Por favor, no me digas que los demás también han saltado en el tiempo aquí…
Owen se quedó callado, mirándolo con cara de circunstancia.
—Owen, contesta.
—Padre, si me dices que no te diga una mala noticia mientras te agarras el pecho, me estás dando a entender que te va a dar un infarto. Pero no sé si es simple disgusto, o si de verdad tienes edad para sufrir un infarto. ¿Cuántos años tienes?
—Owen.
—A ver —apaciguó con las manos—. No estoy seguro, no sé qué es de los demás. Link fue al último que vi antes de desaparecer, por eso la importancia de ir a buscarlo y preguntarle si sabe algo más. Dime... ¿tú no te acuerdas de que te pasase algo así?
Denzel negó con la cabeza rotundamente.
—Qué extraño —caviló Owen. Sin embargo, una estantería llena de libros ahí delante de la cama pronto captó toda su atención—. ¿Querrá eso decir que este suceso ha ocurrido por primera vez en el tiempo…? ¡Espera, ¿ese libro es un nuevo volumen del filósofo Ye Wong?! —se levantó de la cama y fue corriendo a la estantería con entusiasmo.
—Eh, eh, eh, quieto ahí, muchacho —apareció Denzel de la nada justo delante de la estantería, cortándole el paso y sujetándolo de los brazos—. Escucha, Owen. Obviamente hay mucho conocimiento aquí nuevo para ti, y de cosas inimaginables en tu época. Es evidente que cuando os devuelva a vuestra época, os tendré que borrar la memoria igualmente de todo lo que habéis vivido y visto aquí. Pero ese borrado me será mucho más fácil y será más sano para vosotros cuantas menos cosas tenga que borrar. Si te llenas la cabeza de muchas cosas y conocimientos que no deberías tener, borrártelo todo de la memoria será más bien tedioso.
—Pe… Pero padre… —protestó infantilmente, señalando el libro como si fuera un juguete en un escaparate—. Es un tomo de Ye Wong… Uno de mis ídolos… Publicado ocho años después de donde yo vengo…
—Pues cuando regreses a tu época, te esperas ocho años a poder leerlo, pero te lo pido por favor, Owen, a ver si eres capaz de no meter la nariz entre las páginas de ningún libro de esta época. No merece la pena si luego lo vas a olvidar.
—Si me vas a hacer pasar hambre intelectual, al menos no me hagas pasar hambre física —le espetó con descaro—. Dame algo de comer, demonio, por lo que más quieras. ¡Llevo todo un día con el estómago vacío! Este bello rostro y este bello cuerpo no se mantienen con agua de lluvia, ¿sabes? Por no hablar de que mi preciado cerebro necesita nutrientes.
—Oh… —sonrió el taimu con exagerada ternura mientras pasaba un brazo por encima de los hombros de Owen, y de repente lo aprisionó contra su cuerpo, medio ahorcándolo—. Este es el Owen de mis recuerdos que se vuelve insoportable e insolente cuando tiene hambre.
—Kggh… ¡Vale! ¡Me rindo! ¡Humilde y educadamente te pido algo de comer, por favor!
—Eso está mejor —Denzel lo soltó y salió de la habitación para ir a la cocina a preparar algo de comer.
Por alguna razón, toda la carga de malestar, preocupación y tristeza que tenía sobre los hombros desde anoche se le alivió bastante sólo con revivir esa tonta escena.
—Hey, espera… —Owen se asomó cautelosamente por la puerta de la habitación, mirando a un lado y a otro del pasillo—. ¿No hay nadie aquí del que deba ser advertido?
Denzel se paró al final del pasillo y se giró para mirarlo confuso.
—¿Como quién?
—Pues… no sé… —balbució, pero al final no pudo evitar mostrarle una sonrisa ilusionada—. ¿Quizá algún nuevo hermano o hermana? ¿O… una dama especial…?
—Vivo soltero, Owen. Y los únicos hermanos que tienes son los que ya conoces.
—Oh… ¿En serio? —lamentó—. ¿Significa eso que en dos siglos no has vuelto a…?
—¿Qué tal si yo te hago algo de desayunar y tú te metes en tus propios asuntos, niño? —le dio la espalda y cruzó el salón para meterse en la cocina.
Owen se quedó refunfuñando, pero viendo que realmente ellos eran los únicos en esa casa, salió del cuarto para explorarla y cotillear un poco. Al final, cuando Denzel salió de la cocina con dos platos de tortilla y arroz blanco, antes de dejarlos sobre la mesa del comedor, oyó unos ruidos detrás del tabique que resguardaba un rincón del salón que Denzel usaba de librería, y nada más asomarse, encontró a Owen arrodillado en el suelo con veinte libros abiertos a su alrededor y cogiendo más de la estantería, hojeándolos ansiosamente.
—¡Niño! —se enfadó el taimu.
Al final tuvo que apartarlo de esos libros a la fuerza y obligarlo a sentarse a desayunar. Este Owen ya era un hombre adulto de veintitantos, pero tenía una pasión por los libros que lo volvía un poco infantil. Esto al final tuvo que robarle a Denzel una sonrisa. En el fondo siempre le hizo gracia sentir esos aires que se daba de intelectual sabelotodo. Después de todo, Owen era un erudito a contracorriente, un académico rebelde, de esos que se pasaban un tercio del tiempo leyendo todo tipo de libros, otro tercio durmiendo y otro tercio participando en debates con otros intelectuales fumando pipa y vagueando. El genio de la familia. Link era el guerrero. Los demás... ¿Qué es de los demás?
Con esta cuestión en la cabeza, Denzel quería perder el menor tiempo posible, así que, justo antes de que Owen se terminara su comida, le trajo ropa suya moderna, para que se cambiase y no llamara la atención con ese anticuado vestuario chino. Viéndose Owen con unos vaqueros oscuros con bolsillos, una camiseta y una cazadora, prefirió no decir nada al respecto sobre lo extraña que le parecía la ropa de esa época.
—¿Sabes siquiera por dónde empezar? ¿Tienes alguna pista? —le preguntó Denzel mientras se guardaba sus llaves y su móvil y se ponía los zapatos en la entrada, dándole a Owen otro calzado suyo. Como tenían más o menos el mismo físico, compartían la misma talla.
—Pensaba partir desde el punto donde yo me aparecí, y desde ahí seguir un rastro de cosas rotas o cortadas con una espada.
Denzel se lo quedó mirando con una ceja arqueada.
—No bromeo. ¿Conoces a Link? —insistió Owen.
—No… Eso no servirá —reflexionó Denzel, frotándose la barbilla—. Si no hallaste pistas de él ayer por la zona donde te apareciste, él pudo haberse aparecido a kilómetros, en cualquier otro punto de la ciudad. De esta inmensa ciudad. Hm… ¿Qué os enseñé, si alguna vez os veíais en serios problemas o perdidos en algún lugar?
—Buscar iris y pedirles ayuda.
—Vamos a preguntar a iris de esta zona de la ciudad. Donde seguro que hallaremos a varios es en el instituto donde trabajo. Lugar al que, de todas formas, tengo que ir sin falta para comunicar que hoy no podré dar clases.
Denzel abrió la puerta y salieron del apartamento.
—¿Instituto? ¿Clases? ¿Otra vez te dedicas a la enseñanza? —sonrió con sorna—. ¿No dijiste una vez que lo odiabas?
—Muchacho. Estoy condenado a recaer en viejas costumbres y a reconciliarme con ellas.
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