2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Llegó el martes de la nueva semana, y hacia las seis de la tarde, Cleven, Nakuru, Raven, Drasik y Kyo se encontraban en la cafetería de Yako tomando un respiro después de las clases, mientras fuera se había puesto a llover con fuerza. Agatha acababa de pasar por allí para dejar a los mellizos, saludar al grupo y marcharse de nuevo, pues tenía nuevos iris nacidos que ir a recoger en otros lugares del planeta y llevarlos al Monte Zou. Así que, sentados en la barra, los cinco charlaban. Drasik parecía estar de buen humor hoy, quizá porque la ciudad estaba cargada de humedad y lluvia. A Kyo y a Nakuru les alegraba, pensando que ya se le estaba pasando su etapa de humor cambiante por culpa de su pequeño majin.
Quien estaba un poco inquieto era Yako, que iba de un lado a otro mirando el reloj continuamente. Entonces, la puerta del local se abrió y apareció alguien, posiblemente Sam, pues iba tapado de pies a cabeza por el frío y empapado por la lluvia.
—¡Sammy! ¿Dónde estabas? —preguntó Yako, alzando las manos.
Sam se acercó y se fue quitando la capucha del abrigo, de la sudadera, la braga de nieve y los guantes. Al pasar al otro lado de la barra, se puso el delantal reglamentario después de dejar su mochila en un rincón. Se recogió con una goma los mechones largos de su cabello rubio ceniza, y volvió a abrir sus ojos de color café con su mirada serena y profunda de siempre. Raven se quedó prendada.
Era el primer día que Raven venía a la cafetería. Durante la anterior semana, Cleven había estado intentando hacerla ir varias veces para que conociera así por fin a Yako y a los demás. Lo que extrañó mucho a Cleven, incluso a Nakuru, es que Raven había rechazado todas esas invitaciones porque siempre tenía un recado importante que hacer, cuando Raven había sido la más entusiasta por conocer la cafetería cuando Cleven le habló de ella por primera vez hace dos semanas tras fugarse de casa. Pero hoy, al fin, había venido, y había estado, como siempre, llenando el ambiente de alegría con su cotorreo. Hasta ahora. Momento en que Sam apareció y se descubrió de debajo de esos kilos de abrigo.
—He estado echando una mano en la clínica de mi padre, ya que este se ha ido al Monte Zou otra vez para saciar su capricho de convertirse en almaati —le explicó Sam a Yako, un poco alejados de los demás—. Y… —añadió en voz baja con énfasis, mirando a Cleven con cuidado y señalando su mochila—… me he encontrado con Fuujin de camino aquí. Me ha dado tu parte de la misión, la mía, la de Nakuru y la de Kyo.
—¿Y la parte de Raijin y de Drasik?
—Fuujin ya le dio su parte a Raijin, que la tiene conjunta con Drasik. La parte tuya, mía, de Nakuru y de Kyo son las últimas, por lo que no hay prisa, hasta que Lao cumpla la suya después de Drasik y Raijin.
—Bien —sonrió Yako.
En ese momento, mientras los mellizos iban corriendo de aquí para allá con sus juegos, Clover de repente se paró en seco cuando pasaba entre unas mesas vacías y se quedó con la vista clavada en el vacío. Daisuke, al percatarse de esto, se acercó extrañado.
—Clo, ¿qué te pasa? ¿Ya no quieres jugar al pilla-pilla?
La niña no contestó, seguía mirando al frente con aire ausente. Pero Daisuke se fijó en que sus ojos parpadeaban rápida y brevemente de vez en cuando. Volvía a estar en trance.
—¿Estás teniendo otra de tus visiones? —preguntó Daisuke con curiosidad.
—Dentro de veinte segundos, un hombre estará a punto de ser atropellado por un coche enfrente de la cafetería —le dijo la niña, mirándolo por fin de vuelta a la normalidad—. Pero las gotas de lluvia lo salvarán.
—¡Hala, qué bien, yo quiero verlo! —se entusiasmó el niño.
Los dos se sonrieron con emoción, se cogieron de la mano y fueron corriendo hacia los ventanales de la cafetería para observar el exterior con atención, esperando. Mientras, los demás seguían con su tertulia tan tranquilos en la barra.
—Hey, ¿y ese? —saltó Cleven, señalando hacia la calle.
Todos giraron la cabeza y vieron a través del ventanal a un hombre caminando por medio de la carretera, notablemente perdido, pues estaba constantemente mirando a su alrededor y dando pasos titubeantes. Y lo que más les llamaba la atención eran sus ropas, llevaba un traje tradicional muy elegante del estilo chino tang, y por encima, sin embargo, una chaqueta larga y negra algo gastada y deshilachada que recordaba, más bien, al estilo británico de la época georgiana.
Sólo cuando vieron cómo se paraba en mitad de la calzada, dubitativo, y un coche venía muy rápido por la calle, Drasik saltó de su taburete y fue escopetado afuera. Los demás también se sobresaltaron.
El hombre se dio la vuelta al oír un sonido rugiente y apenas vislumbró entre la lluvia dos luces blancas aproximándose a gran velocidad.
—¡Cuidado! —le dijo Drasik, corriendo hacia él, y acto seguido guiñó su ojo y sacudió sus manos hacia delante con un movimiento vertiginoso.
Cientos de gotas que caían con la lluvia formaron un remolino, cambiando su trayectoria velozmente, y fueron a impactar contra la espalda del hombre, empujándolo con la suficiente fuerza como para moverlo unos metros y salvarlo de ser atropellado. El coche pasó de largo dando pitidos de queja. Así, pues, el hombre se quedó medio tumbado sobre el capó de uno de los coches aparcados en la acera, atónito, y Drasik se le acercó corriendo.
—¿Está bien? —le preguntó, ayudándolo a incorporarse.
—¿Qué demonios era eso? —dijo este, llevándose una mano a la cabeza—. Qué máquinas con ruedas más extrañas, por todas partes...
Ahí Drasik descubrió que hablaba en otro idioma, pues no pudo entender nada de lo que decía.
—Oiga —vocalizó Drasik, y el hombre lo miró con sorpresa—. Usted —lo señaló, haciendo gestos—. ¿Bien? ¿Tener pupa?
El hombre se lo quedó mirando como si Drasik fuese un demente.
—A ver —se impacientó Drasik, y trató de mover los labios lentamente para vocalizar bien—. Do… you… speak… English?
—¿Qué te pasa en la boca? —preguntó el hombre, ladeando la cabeza.
Drasik no entendió, pero, harto, optó por agarrarlo de un brazo y llevárselo a la cafetería para no estar bajo la lluvia. Los demás seguían donde estaban, viéndolos entrar con intriga. Clover y Daisuke, por su parte, celebraron a escondidas que la predicción de Clover se hubiese cumplido y el hombre se hubiese salvado.
Aquel extraño era alto y fornido, de mediana edad, y a pesar de sus ojos negros asiáticos, tenía el pelo marrón claro y medio largo, con la mitad superior recogida en una pequeña coleta, además de barba. En su cintura, asomando un poco bajo su chaqueta negra deshilachada, llevaba un cincho que sujetaba una katana en su funda.
—Hey, este tipo no habla ni japonés ni inglés —les dijo Drasik a los demás—. A lo mejor es un yonqui con el mono.
El hombre se detuvo frente a ellos con cara confusa, y se observaron mutuamente en silencio, ellos porque les parecían raras sus ropas y él porque todos ellos lo estaban mirando raro.
—¿Alguno de vosotros habla mi idioma o puedo soltar palabrotas para desahogarme sin que nadie me entienda? —preguntó el hombre, cansado.
Los únicos que pusieron cara de sorpresa fueron Yako y Kyo.
—Ehm… habla mandarín, Yako —le dijo Kyo—. Apenas le he entendido la mitad. Yo soy más del cantonés. ¿Te encargas tú?
—Hm —asintió este, salió de la barra y se acercó al extraño despacio—. Yo hablo su idioma, señor —le dijo en mandarín—. Soy el dueño de este local. Puede hablar conmigo. ¿Se encuentra bien?
—Más bien, no me encuentro —contestó.
Yako frunció los labios, pensativo. Se giró hacia los demás.
—Voy a hablar con él, para ver qué pasa, quizá necesita ayuda para encontrar alguna dirección. Seguid con vuestro rollo, no pasa nada.
Los iris y Cleven asintieron y Yako se llevó al desconocido a una mesa lejana y solitaria para poder hablar con calma. El extraño, antes de sentarse, se quedó anonadado observando la enorme pantalla de televisión que había en la pared, emitiendo videoclips de música. Pero Yako carraspeó y entonces se sentó. De nuevo, se quedó observando anonadado la mesa y las sillas, tocando con sus manos sus superficies de plástico.
—¿En qué puedo ayudarlo? —le preguntó Yako—. ¿Qué dirección está buscando? ¿Está en Tokio de turismo, o…?
—¿En qué época estamos? —le interrumpió.
—¿Cómo dice? —se sorprendió.
Yako pensó que le estaba tomando el pelo, pero al ver que este lo miraba fijamente, supo que iba en serio.
—A principios del siglo XXI —contestó.
—Buff... —lamentó el extraño, dejando caer la cabeza hacia atrás como gesto de fastidio.
Yako arrugó el ceño, empezando a creer que Drasik tenía razón y este hombre era un drogadicto perdiendo la cabeza por culpa del mono.
—¿Qué es lo que pasa, señor? —se impacientó—. Si no me lo explica, no podré ayudarlo.
—¿Eres humano?
A Yako le impactó esta pregunta. De hecho, le puso un poco nervioso. No sabía qué responderle, no sabía por qué estaba haciendo esa pregunta en concreto. Debía tener cuidado. El otro, al ver que el chico tenía una mirada recelosa, hizo un gesto conciliador con las manos.
—Perdona. A ver si lo puedo decir de otra manera… ¿Cabe la posibilidad de que por fin mis horas de tormento en este lugar terminen y seas un miembro de la Asociación del Monte Zou?
—Oooh, ¿eres un iris? —comprendió Yako, sorprendido—. No, espera, no percibo un iris en ti… ¿Eres un almaati? ¿O un humano habitante de las tierras que nunca ha estado en Tokio antes?
—¡Joder! —gritó el hombre de repente, dando un manotazo sobre la mesa, dándole a Yako un susto de muerte—. ¡Por fin! ¡Menos mal! ¡Te lo juro, chico! —le clavó una mirada exasperada—. ¡Llevo horas dando vueltas por esta ciudad! Le he preguntado como a una docena de personas: “¿Asociación? ¿Iris? ¿Asociación? ¿Iris?”, una y otra vez, y nadie me entendía una palabra. Tenía la esperanza de encontrar a algún iris, ya que sólo ellos podrían ayudarme aunque no hablasen mi idioma. Sabía que tarde o temprano encontraría a algún miembro de la Asociación. Entonces tú eres un iris, ¿no?
—Mmmsí… más o menos —Yako seguía mirándolo con duda—. Disculpe, ¿entonces es usted miembro de la Asociación o habitante de las tierras Zou?
—No —le respondió sin más, sonriéndole y encogiéndose de hombros. Pero luego se arremangó un poco e hizo un gesto de paciencia ante la cara de hartazgo del chico—. De acuerdo, escucha. Ahora que puedo hablar con seguridad. Estoy en esta época por error. He dado un gran salto en el tiempo por accidente. Si no me ves en pánico es porque estoy familiarizado con este tipo de fenómeno.
—¿Cómo? —se quedó perplejo.
—Vengo del año 1812.
Yako sabía que existía la posibilidad de viajar en el tiempo, para la Asociación era un suceso muy poco común pero posible, por eso no lo tomó por loco. Lo que le preocupaba es que los viajes en el tiempo eran un asunto muy serio, quizá el más serio que la Asociación manejaba. Obviamente, los únicos seres que hacían esto posible eran Agatha y Denzel, pero siempre, siempre debían estar autorizados por el Zou que gobernase en ese momento. Y este extraño le había dicho que su salto había sido un accidente.
«Esto es grave» pensó Yako, «Un viaje en el tiempo no autorizado es una de las cosas más peligrosas del mundo. Debo comunicárselo a Alvion ahora mismo, de inmediato... Pero… No, espera. Calma. Recuerda, siempre hay que informarse primero de todo lo que puedas averiguar, no actúes sin saberlo todo. Al menos este hombre me está informando a mí de este salto no autorizado, no está aquí para ocultarlo o sacar provecho».
—¿De verdad esto es Tokio? —preguntó el hombre.
—Eh… Sí, estamos en la capital de Japón.
—Pero la capital de Japón es Kioto —discrepó.
—Se cambió en 1868 —le aclaró.
—Vaya, cómo han cambiado las cosas en dos siglos.
—Por favor, acláreme más cosas. ¿Cómo ha sucedido este accidente, qué estaba haciendo usted antes de que pasara, con quién estaba?
—Despacio —lo frenó con las manos—. No creo que estés autorizado para acceder a los detalles de un suceso de esta índole, joven iris. Es información confidencial. Sólo puedo hablar con un Zou. ¿Puedes hacer alguna llamada mental con tu Señor o transmitirle alguna señal? No sé muy bien cómo funciona vuestra conexión mental con él…
—Mmmya… —balbució Yako con un deje de fastidio, porque no quería decírselo, pero al mismo tiempo quería que él le contase lo sucedido—. No… No puedo llamar a mi Señor ahora, seguro que ya está durmiendo… Pero puede informarme a mí. De verdad, no pasa nada.
—¿Qué te hace pensar que tienes ese derecho, muchacho? —le espetó, riéndose, pero de repente dejó de reírse y se quedó boquiabierto mirando muy fijamente sus ojos—. Espera un momento…
—No —contestó Yako de antemano.
—Tus ojos…
—Mierda… —masculló.
—¡Pero si tienes los ojos dorados!
—Son las bombillas del techo, que dan esta luz cálida.
—¿Me tomas por tonto? —se echó a reír, tan sorprendido que se levantó un momento de su silla haciendo gestos de incredulidad y asombro—. ¡Hah…! ¿Pero por qué no lo dijiste antes? ¡Y yo desesperado por encontrar a algún iris o almaati en esta enorme ciudad futurística y voy y encuentro a un mismísimo Zou! —lo señaló con las dos manos abiertas como si señalase a Dios.
De repente, los iris que estaban allá en la barra se dieron la vuelta con sorpresa al oírle exclamar el apellido de Yako, y miraron al extraño con caras desconfiadas. Sólo los iris y los almaati conocían la existencia de los Zou, nadie más debía saberlo, y sabían muy bien que ese hombre no era ni iris ni almaati dada su torpeza de antes, por lo que pensaron que quizá podría ser una amenaza y se pusieron en guardia como por instinto, dispuestos a proteger a Yako si era necesario. Pero Yako se volvió hacia sus amigos y les hizo un gesto con la mano para tranquilizarlos.
—Te pareces muchísimo a Elaye —siguió diciéndole el hombre a Yako, volviendo a sentarse en su silla. Se apoyó en la mesa cómodamente y la cabeza en una mano, con esa sonrisa emocionada que no se le despegaba de la cara.
—¿Usted conoce a mi tatara-tatarabuelo en persona? —se sorprendió Yako—. Pero si usted no es miembro de la Asociación, ¿cómo demonios…?
—¿Sois el Zou gobernante? —lo interrumpió de nuevo.
—Tutéeme. Y no, el actual Zou al mando es mi abuelo.
—Vale, eso no es inconveniente. Escuchad, eminencia.
—Yako —le corrigió molesto—. Nada de “eminencia”.
—Ya que vos sois un Zou, sólo necesito preguntaros una cosa.
—Tutéeme.
—El taimu Denzel —dijo, e hizo una pausa; de repente parecía preocupado—. ¿Sigue vivo actualmente?
—Sí, claro. Vive aquí en Tokio, además.
El hombre soltó un sonoro suspiro como si hubiese estado conteniendo la respiración, e hizo unos aspavientos de gran alivio y de no poder creer la buena suerte que había tenido, restregándose las manos por la cara.
—Vale —se puso serio de nuevo, sentándose bien en la silla—. Vale… ¿Sigue sirviendo a la Asociación? ¿Sigue pareciendo un muchacho de 20 años? ¿Sabríais vos llevarme a su actual vivienda?
—Sí, sigue siendo el segundo al mando en la Asociación. No, ahora tiene la apariencia de un hombre de unos 26 años. Y no, no sabría decirle dónde vive exactamente, creo que cambió de apartamento hace pocos meses... Pero oiga, si le urge hablar con él ahora, puedo llamarlo —sacó su teléfono móvil del bolsillo y se lo mostró.
—Oh… ooohh… —al hombre le brillaron los ojos con extrema curiosidad por ese aparatito.
—Es una máquina que puede comunicar a dos personas a distancia y en tiempo real —le resumió, y comenzó a buscar el número de Denzel en su agenda.
—Esperad… —el extraño lo detuvo, posando sus manos sobre las de él—. En persona. Debo hablar con él en persona.
—No es problema, lo puedo llamar y decirle que venga aquí.
—No, no. No en este lugar. Una taberna no es lugar para hablar de ciertos temas.
—Es una cafetería.
—Por favor. Es mejor que me llevéis ante él directamente. Pero… No lo aviséis ahora, no será fácil para él. Tampoco será fácil para mí cómo abordar el encuentro para no traumatizarlo.
—No entiendo nada.
—Llevadme al lugar donde trabaja cuando amanezca, os lo ruego. De lo demás me encargaré yo. Lo que tengo que contarle, sólo se lo puedo contar a él, ¿entendéis? Es un asunto privado.
—¿Su salto en el tiempo accidental es su asunto privado? —repitió Yako con un claro tono de objeción.
—Sí, es un asunto familiar y privado.
—¿Familiar?
—¿Podéis llevarme con él o no?
Yako suspiró cansado. Claramente, ese hombre quería informar de su suceso temporal a un taimu y no a un Zou. En este campo, taimu y Zou tenían el mismo derecho a estar informados de cualquier suceso de esta clase, y si este hombre quería hablar con un taimu y no con un Zou, tenía que respetarlo igualmente. De todas formas, si era importante, Denzel acabaría contándoselo a Alvion.
—De acuerdo, pero deberá contarle todo a Denzel, todo con detalle —le advirtió Yako, y el otro le sonrió agradecido—. ¿Seguro que quiere esperar hasta mañana? En ese caso, a primera hora lo llevaré al lugar donde él trabaja. Con la condición de que me tutee y se deje de formalismos.
—¿Por qué un ser supremo le insiste tanto a un hombrecillo como yo que lo trate a un nivel inferior?
—Mire, yo sólo soy un chico normal. Quiero que me traten como a un chico normal, ¿vale?
—Aaah… Ya entiendo, ya entiendo —asintió risueño, apuntándole con un dedo cómplice—. Dijisteis que sois el dueño de este local y supuse que lo usáis como pasatiempo. ¿No es así? Aquí vienen humanos comunes. Queréis mantener un perfil bajo y discreto. Y por eso a mí me tratáis de “usted”, que es lo que se espera de un joven hacia alguien mayor que él.
—Algo así —dijo resignado; mientras dejara de tratarlo de “vos” no le importaba cómo lo entendiese—. Entonces, ¿esperará hasta mañana?
—Si no me mata antes una máquina, supongo que sí. ¿Dónde puedo encontrar una posada para pasar la noche? ¿Crees que aquí aceptarían el pago con monedas de cobre?
—Necesitaría 45 kilos de cobre para permitirse una noche en un hotel de por aquí. Pero no se preocupe por eso. Puede pasar la noche en mi casa. De hecho, no puedo dejarle pasar la noche en otro lado donde no lo tenga a la vista.
—Lo entiendo, lo entiendo —sonrió tranquilamente—. No dejar suelto y sin vigilancia a un sospechoso involucrado en un salto en el tiempo no autorizado. Son las normas. No es problema por mi parte, es más, te lo agradezco sinceramente, y es un honor que un Zou me dé cobijo en su morada. En toda esta ciudad llena de torres, luces y máquinas espantosas, no me sentiría más seguro que en la casa de un ser supremo. Espero que no sea molestia para tu esposa.
—¿Esp…? ¿Qué? —brincó Yako, sonrojándose.
—¿Es por eso que vives en Tokio? ¿Tu esposa es japonesa y vivís aquí temporalmente, hasta que tú asciendas a Señor de los Iris y os mudéis de vuelta al Monte Zou?
Yako tenía la boca abierta pero no era capaz de articular palabra, estaba un poco colapsado, e incómodo.
—No estoy casado. Vivo solo.
—¿Qué? —arqueó una ceja—. Oh, disculpa. Por tu apariencia, habría jurado que tienes unos 20 o 21 años. ¿Tienes 17 años aún? Pareces mayor.
—Tengo 21.
—Pe… Un momento, ¿21 años y no estás casado aún? —le apuntó con el dedo otra vez, incrédulo—. ¿Qué mundo es este? Deberías haberte casado ya, ¿no? Yo tengo 35 años y llevo felizmente casado unos 15.
—Otro como mi abuelo —farfulló Yako—. Mire, aquí la gente se casa de mayor, no de bebés. Y vivo en Tokio porque… —pensó bien qué decir, tampoco quería darle explicaciones si le revelaba que era un desertor—… porque estoy estudiando Derecho en la universidad de aquí.
—Bueno, bueno, lo que tú digas —bostezó, haciendo aspavientos, y luego se cruzó de brazos—. Mejor así. Así no molestaré a la esposa que no tienes.
Yako soltó un gruñido, volviendo a sonrojarse con vergüenza. Pero el otro soltó una risa conciliadora indicándole que ya dejaría de bromear con él. Ciertamente, ese hombre, a pesar de ser bastante expresivo, era muy inteligente y sabía captar ciertas cosas que no se veían a simple vista. Durante ese silencio, se quedó medio tumbado en su respaldo, mirando a Yako detenidamente con una sonrisa astuta.
—¿Seguro que estarás bien? ¿Teniéndome en tu casa?
—¿Que si yo estaré bien? ¿A qué se refiere?
—Lo hueles, ¿verdad? —alargó su sonrisa, y se dio unos toques en la nariz—. Por eso llevas sintiéndote incómodo todo el rato desde que nos sentamos a hablar. Y no es por mis impertinentes comentarios. —Yako frunció el ceño, no muy seguro de saber de qué estaba hablando—. Hueles mi energía Yin. Como si fuera más del 50 %.
—Escuche —le interrumpió Yako, haciendo un gesto apaciguador con las manos—. No quiero problemas. No quiero hacerle daño. Si es usted una mala persona o un criminal, no importa, cumpliré mi palabra de llevarlo ante Denzel para que le cuente lo que ha pasado y él mismo ya informará a mi abuelo de si usted debe permanecer bajo vigilancia.
—O bajo tierra —añadió él, sin borrar su sonrisa pícara. Yako se quedó callado, algo tenso—. Tranquilo. Yo estoy tranquilo, ¿no me ves? Pero pienso… que debe de ser bastante difícil estar delante de una persona que huele a Yin más que a Yang y contener el poderoso impulso y deseo de matarme.
Yako siguió callado y serio. Estaba muy quieto.
—Oiga…
—Los Zou aborrecéis el olor de la energía Yin en cuanto supera el porcentaje de Yang. Sólo con que una persona contenga 49 % de Yang y un 51 % de Yin, este ya os entra por la nariz como el olor a arsénico y os hace hervir la sangre.
Yako volvió a quedarse en silencio. Tenía el rostro ensombrecido, pero sus ojos emitían un siniestro reflejo dorado.
—No voy a hacerle daño —repitió.
—Sé que no lo harás, Yako. Pues el cumplimiento de las normas y del deber han de estar por encima de tu instinto natural. Lo que lamento es que pasarás una noche incómoda conmigo en tu casa, con el olor de mi Yin.
—Sólo es una noche. Y soy ya mayorcito para controlarme. ¿Qué cree? Desde que nacemos, ya nos acostumbramos a estar cerca de incluso personas de gran Yin, como el que contienen Agatha y Denzel. No es un problema para los Zou, ya que ellos dos están arraigados a una mentalidad Yang, que es lo que importa, y el Yin que emiten no es más que el Yin natural que contienen sus cuerpos para poder utilizar su don.
—No necesitas convencerme, Yako. No estoy preocupado. Porque no soy una mala persona ni soy un criminal. De hecho, soy un buen hombre, muy bueno.
—Pero… —lo miró confuso—. Eso no puede ser. Su energía Yin es superior a su Yang.
—Nunca antes habías tenido delante a alguien de mi clase, ¿verdad?
—¿A alguien de su clase? No entiendo nada, ¿podría al menos decirme quién es?
—Me llamo Link.
—De acuerdo, Link sin apellido, ¿y qué tipo de relación tiene usted con Denzel? —preguntó, y miró su katana enfundada, apoyada contra la mesa a su lado—. ¿Es usted un samurái?
—Sí, soy un bushi nómada de maestros japoneses, y sin embargo se me da fatal hablar japonés. Pero desde hace ya unos años, vivo en Pekín con mi mujer e hijo.
Yako no pudo evitar sentirse asombrado por tener ante él a un auténtico samurái de una época antigua.
—¿De qué conoce a Denzel? ¿No será por casualidad alguno de sus amigos, un guerrero de sus tropas que luchaba junto a él en sus magníficas batallas imperiales de aquella época?
—¡Ohoh...! No, para nada —se rio, haciendo aspavientos con la mano—. Sí que he luchado junto a él en algunas de sus batallas contra los enemigos del Imperio, pero sólo cuando él me dejaba. Él y yo tenemos una relación muy estrecha. En mi época, él tiene 194 años, pero como tiene la apariencia de un muchacho de casi 20 años, ¡la gente allí se cree que Denzel es mi hijo! ¡Jajajaja! Qué disparate, ¿verdad?
—¿Por qué un disparate?
—Porque es al revés.
De repente a Yako se le abrieron los ojos como dos platos, acompañado de un prolongado respingo conforme las piezas, por fin, encajaban en su mente.
—¿Entiendes ya lo de mi Yin? —sonrió Link.
Llegó el martes de la nueva semana, y hacia las seis de la tarde, Cleven, Nakuru, Raven, Drasik y Kyo se encontraban en la cafetería de Yako tomando un respiro después de las clases, mientras fuera se había puesto a llover con fuerza. Agatha acababa de pasar por allí para dejar a los mellizos, saludar al grupo y marcharse de nuevo, pues tenía nuevos iris nacidos que ir a recoger en otros lugares del planeta y llevarlos al Monte Zou. Así que, sentados en la barra, los cinco charlaban. Drasik parecía estar de buen humor hoy, quizá porque la ciudad estaba cargada de humedad y lluvia. A Kyo y a Nakuru les alegraba, pensando que ya se le estaba pasando su etapa de humor cambiante por culpa de su pequeño majin.
Quien estaba un poco inquieto era Yako, que iba de un lado a otro mirando el reloj continuamente. Entonces, la puerta del local se abrió y apareció alguien, posiblemente Sam, pues iba tapado de pies a cabeza por el frío y empapado por la lluvia.
—¡Sammy! ¿Dónde estabas? —preguntó Yako, alzando las manos.
Sam se acercó y se fue quitando la capucha del abrigo, de la sudadera, la braga de nieve y los guantes. Al pasar al otro lado de la barra, se puso el delantal reglamentario después de dejar su mochila en un rincón. Se recogió con una goma los mechones largos de su cabello rubio ceniza, y volvió a abrir sus ojos de color café con su mirada serena y profunda de siempre. Raven se quedó prendada.
Era el primer día que Raven venía a la cafetería. Durante la anterior semana, Cleven había estado intentando hacerla ir varias veces para que conociera así por fin a Yako y a los demás. Lo que extrañó mucho a Cleven, incluso a Nakuru, es que Raven había rechazado todas esas invitaciones porque siempre tenía un recado importante que hacer, cuando Raven había sido la más entusiasta por conocer la cafetería cuando Cleven le habló de ella por primera vez hace dos semanas tras fugarse de casa. Pero hoy, al fin, había venido, y había estado, como siempre, llenando el ambiente de alegría con su cotorreo. Hasta ahora. Momento en que Sam apareció y se descubrió de debajo de esos kilos de abrigo.
—He estado echando una mano en la clínica de mi padre, ya que este se ha ido al Monte Zou otra vez para saciar su capricho de convertirse en almaati —le explicó Sam a Yako, un poco alejados de los demás—. Y… —añadió en voz baja con énfasis, mirando a Cleven con cuidado y señalando su mochila—… me he encontrado con Fuujin de camino aquí. Me ha dado tu parte de la misión, la mía, la de Nakuru y la de Kyo.
—¿Y la parte de Raijin y de Drasik?
—Fuujin ya le dio su parte a Raijin, que la tiene conjunta con Drasik. La parte tuya, mía, de Nakuru y de Kyo son las últimas, por lo que no hay prisa, hasta que Lao cumpla la suya después de Drasik y Raijin.
—Bien —sonrió Yako.
En ese momento, mientras los mellizos iban corriendo de aquí para allá con sus juegos, Clover de repente se paró en seco cuando pasaba entre unas mesas vacías y se quedó con la vista clavada en el vacío. Daisuke, al percatarse de esto, se acercó extrañado.
—Clo, ¿qué te pasa? ¿Ya no quieres jugar al pilla-pilla?
La niña no contestó, seguía mirando al frente con aire ausente. Pero Daisuke se fijó en que sus ojos parpadeaban rápida y brevemente de vez en cuando. Volvía a estar en trance.
—¿Estás teniendo otra de tus visiones? —preguntó Daisuke con curiosidad.
—Dentro de veinte segundos, un hombre estará a punto de ser atropellado por un coche enfrente de la cafetería —le dijo la niña, mirándolo por fin de vuelta a la normalidad—. Pero las gotas de lluvia lo salvarán.
—¡Hala, qué bien, yo quiero verlo! —se entusiasmó el niño.
Los dos se sonrieron con emoción, se cogieron de la mano y fueron corriendo hacia los ventanales de la cafetería para observar el exterior con atención, esperando. Mientras, los demás seguían con su tertulia tan tranquilos en la barra.
—Hey, ¿y ese? —saltó Cleven, señalando hacia la calle.
Todos giraron la cabeza y vieron a través del ventanal a un hombre caminando por medio de la carretera, notablemente perdido, pues estaba constantemente mirando a su alrededor y dando pasos titubeantes. Y lo que más les llamaba la atención eran sus ropas, llevaba un traje tradicional muy elegante del estilo chino tang, y por encima, sin embargo, una chaqueta larga y negra algo gastada y deshilachada que recordaba, más bien, al estilo británico de la época georgiana.
Sólo cuando vieron cómo se paraba en mitad de la calzada, dubitativo, y un coche venía muy rápido por la calle, Drasik saltó de su taburete y fue escopetado afuera. Los demás también se sobresaltaron.
El hombre se dio la vuelta al oír un sonido rugiente y apenas vislumbró entre la lluvia dos luces blancas aproximándose a gran velocidad.
—¡Cuidado! —le dijo Drasik, corriendo hacia él, y acto seguido guiñó su ojo y sacudió sus manos hacia delante con un movimiento vertiginoso.
Cientos de gotas que caían con la lluvia formaron un remolino, cambiando su trayectoria velozmente, y fueron a impactar contra la espalda del hombre, empujándolo con la suficiente fuerza como para moverlo unos metros y salvarlo de ser atropellado. El coche pasó de largo dando pitidos de queja. Así, pues, el hombre se quedó medio tumbado sobre el capó de uno de los coches aparcados en la acera, atónito, y Drasik se le acercó corriendo.
—¿Está bien? —le preguntó, ayudándolo a incorporarse.
—¿Qué demonios era eso? —dijo este, llevándose una mano a la cabeza—. Qué máquinas con ruedas más extrañas, por todas partes...
Ahí Drasik descubrió que hablaba en otro idioma, pues no pudo entender nada de lo que decía.
—Oiga —vocalizó Drasik, y el hombre lo miró con sorpresa—. Usted —lo señaló, haciendo gestos—. ¿Bien? ¿Tener pupa?
El hombre se lo quedó mirando como si Drasik fuese un demente.
—A ver —se impacientó Drasik, y trató de mover los labios lentamente para vocalizar bien—. Do… you… speak… English?
—¿Qué te pasa en la boca? —preguntó el hombre, ladeando la cabeza.
Drasik no entendió, pero, harto, optó por agarrarlo de un brazo y llevárselo a la cafetería para no estar bajo la lluvia. Los demás seguían donde estaban, viéndolos entrar con intriga. Clover y Daisuke, por su parte, celebraron a escondidas que la predicción de Clover se hubiese cumplido y el hombre se hubiese salvado.
Aquel extraño era alto y fornido, de mediana edad, y a pesar de sus ojos negros asiáticos, tenía el pelo marrón claro y medio largo, con la mitad superior recogida en una pequeña coleta, además de barba. En su cintura, asomando un poco bajo su chaqueta negra deshilachada, llevaba un cincho que sujetaba una katana en su funda.
—Hey, este tipo no habla ni japonés ni inglés —les dijo Drasik a los demás—. A lo mejor es un yonqui con el mono.
El hombre se detuvo frente a ellos con cara confusa, y se observaron mutuamente en silencio, ellos porque les parecían raras sus ropas y él porque todos ellos lo estaban mirando raro.
—¿Alguno de vosotros habla mi idioma o puedo soltar palabrotas para desahogarme sin que nadie me entienda? —preguntó el hombre, cansado.
Los únicos que pusieron cara de sorpresa fueron Yako y Kyo.
—Ehm… habla mandarín, Yako —le dijo Kyo—. Apenas le he entendido la mitad. Yo soy más del cantonés. ¿Te encargas tú?
—Hm —asintió este, salió de la barra y se acercó al extraño despacio—. Yo hablo su idioma, señor —le dijo en mandarín—. Soy el dueño de este local. Puede hablar conmigo. ¿Se encuentra bien?
—Más bien, no me encuentro —contestó.
Yako frunció los labios, pensativo. Se giró hacia los demás.
—Voy a hablar con él, para ver qué pasa, quizá necesita ayuda para encontrar alguna dirección. Seguid con vuestro rollo, no pasa nada.
Los iris y Cleven asintieron y Yako se llevó al desconocido a una mesa lejana y solitaria para poder hablar con calma. El extraño, antes de sentarse, se quedó anonadado observando la enorme pantalla de televisión que había en la pared, emitiendo videoclips de música. Pero Yako carraspeó y entonces se sentó. De nuevo, se quedó observando anonadado la mesa y las sillas, tocando con sus manos sus superficies de plástico.
—¿En qué puedo ayudarlo? —le preguntó Yako—. ¿Qué dirección está buscando? ¿Está en Tokio de turismo, o…?
—¿En qué época estamos? —le interrumpió.
—¿Cómo dice? —se sorprendió.
Yako pensó que le estaba tomando el pelo, pero al ver que este lo miraba fijamente, supo que iba en serio.
—A principios del siglo XXI —contestó.
—Buff... —lamentó el extraño, dejando caer la cabeza hacia atrás como gesto de fastidio.
Yako arrugó el ceño, empezando a creer que Drasik tenía razón y este hombre era un drogadicto perdiendo la cabeza por culpa del mono.
—¿Qué es lo que pasa, señor? —se impacientó—. Si no me lo explica, no podré ayudarlo.
—¿Eres humano?
A Yako le impactó esta pregunta. De hecho, le puso un poco nervioso. No sabía qué responderle, no sabía por qué estaba haciendo esa pregunta en concreto. Debía tener cuidado. El otro, al ver que el chico tenía una mirada recelosa, hizo un gesto conciliador con las manos.
—Perdona. A ver si lo puedo decir de otra manera… ¿Cabe la posibilidad de que por fin mis horas de tormento en este lugar terminen y seas un miembro de la Asociación del Monte Zou?
—Oooh, ¿eres un iris? —comprendió Yako, sorprendido—. No, espera, no percibo un iris en ti… ¿Eres un almaati? ¿O un humano habitante de las tierras que nunca ha estado en Tokio antes?
—¡Joder! —gritó el hombre de repente, dando un manotazo sobre la mesa, dándole a Yako un susto de muerte—. ¡Por fin! ¡Menos mal! ¡Te lo juro, chico! —le clavó una mirada exasperada—. ¡Llevo horas dando vueltas por esta ciudad! Le he preguntado como a una docena de personas: “¿Asociación? ¿Iris? ¿Asociación? ¿Iris?”, una y otra vez, y nadie me entendía una palabra. Tenía la esperanza de encontrar a algún iris, ya que sólo ellos podrían ayudarme aunque no hablasen mi idioma. Sabía que tarde o temprano encontraría a algún miembro de la Asociación. Entonces tú eres un iris, ¿no?
—Mmmsí… más o menos —Yako seguía mirándolo con duda—. Disculpe, ¿entonces es usted miembro de la Asociación o habitante de las tierras Zou?
—No —le respondió sin más, sonriéndole y encogiéndose de hombros. Pero luego se arremangó un poco e hizo un gesto de paciencia ante la cara de hartazgo del chico—. De acuerdo, escucha. Ahora que puedo hablar con seguridad. Estoy en esta época por error. He dado un gran salto en el tiempo por accidente. Si no me ves en pánico es porque estoy familiarizado con este tipo de fenómeno.
—¿Cómo? —se quedó perplejo.
—Vengo del año 1812.
Yako sabía que existía la posibilidad de viajar en el tiempo, para la Asociación era un suceso muy poco común pero posible, por eso no lo tomó por loco. Lo que le preocupaba es que los viajes en el tiempo eran un asunto muy serio, quizá el más serio que la Asociación manejaba. Obviamente, los únicos seres que hacían esto posible eran Agatha y Denzel, pero siempre, siempre debían estar autorizados por el Zou que gobernase en ese momento. Y este extraño le había dicho que su salto había sido un accidente.
«Esto es grave» pensó Yako, «Un viaje en el tiempo no autorizado es una de las cosas más peligrosas del mundo. Debo comunicárselo a Alvion ahora mismo, de inmediato... Pero… No, espera. Calma. Recuerda, siempre hay que informarse primero de todo lo que puedas averiguar, no actúes sin saberlo todo. Al menos este hombre me está informando a mí de este salto no autorizado, no está aquí para ocultarlo o sacar provecho».
—¿De verdad esto es Tokio? —preguntó el hombre.
—Eh… Sí, estamos en la capital de Japón.
—Pero la capital de Japón es Kioto —discrepó.
—Se cambió en 1868 —le aclaró.
—Vaya, cómo han cambiado las cosas en dos siglos.
—Por favor, acláreme más cosas. ¿Cómo ha sucedido este accidente, qué estaba haciendo usted antes de que pasara, con quién estaba?
—Despacio —lo frenó con las manos—. No creo que estés autorizado para acceder a los detalles de un suceso de esta índole, joven iris. Es información confidencial. Sólo puedo hablar con un Zou. ¿Puedes hacer alguna llamada mental con tu Señor o transmitirle alguna señal? No sé muy bien cómo funciona vuestra conexión mental con él…
—Mmmya… —balbució Yako con un deje de fastidio, porque no quería decírselo, pero al mismo tiempo quería que él le contase lo sucedido—. No… No puedo llamar a mi Señor ahora, seguro que ya está durmiendo… Pero puede informarme a mí. De verdad, no pasa nada.
—¿Qué te hace pensar que tienes ese derecho, muchacho? —le espetó, riéndose, pero de repente dejó de reírse y se quedó boquiabierto mirando muy fijamente sus ojos—. Espera un momento…
—No —contestó Yako de antemano.
—Tus ojos…
—Mierda… —masculló.
—¡Pero si tienes los ojos dorados!
—Son las bombillas del techo, que dan esta luz cálida.
—¿Me tomas por tonto? —se echó a reír, tan sorprendido que se levantó un momento de su silla haciendo gestos de incredulidad y asombro—. ¡Hah…! ¿Pero por qué no lo dijiste antes? ¡Y yo desesperado por encontrar a algún iris o almaati en esta enorme ciudad futurística y voy y encuentro a un mismísimo Zou! —lo señaló con las dos manos abiertas como si señalase a Dios.
De repente, los iris que estaban allá en la barra se dieron la vuelta con sorpresa al oírle exclamar el apellido de Yako, y miraron al extraño con caras desconfiadas. Sólo los iris y los almaati conocían la existencia de los Zou, nadie más debía saberlo, y sabían muy bien que ese hombre no era ni iris ni almaati dada su torpeza de antes, por lo que pensaron que quizá podría ser una amenaza y se pusieron en guardia como por instinto, dispuestos a proteger a Yako si era necesario. Pero Yako se volvió hacia sus amigos y les hizo un gesto con la mano para tranquilizarlos.
—Te pareces muchísimo a Elaye —siguió diciéndole el hombre a Yako, volviendo a sentarse en su silla. Se apoyó en la mesa cómodamente y la cabeza en una mano, con esa sonrisa emocionada que no se le despegaba de la cara.
—¿Usted conoce a mi tatara-tatarabuelo en persona? —se sorprendió Yako—. Pero si usted no es miembro de la Asociación, ¿cómo demonios…?
—¿Sois el Zou gobernante? —lo interrumpió de nuevo.
—Tutéeme. Y no, el actual Zou al mando es mi abuelo.
—Vale, eso no es inconveniente. Escuchad, eminencia.
—Yako —le corrigió molesto—. Nada de “eminencia”.
—Ya que vos sois un Zou, sólo necesito preguntaros una cosa.
—Tutéeme.
—El taimu Denzel —dijo, e hizo una pausa; de repente parecía preocupado—. ¿Sigue vivo actualmente?
—Sí, claro. Vive aquí en Tokio, además.
El hombre soltó un sonoro suspiro como si hubiese estado conteniendo la respiración, e hizo unos aspavientos de gran alivio y de no poder creer la buena suerte que había tenido, restregándose las manos por la cara.
—Vale —se puso serio de nuevo, sentándose bien en la silla—. Vale… ¿Sigue sirviendo a la Asociación? ¿Sigue pareciendo un muchacho de 20 años? ¿Sabríais vos llevarme a su actual vivienda?
—Sí, sigue siendo el segundo al mando en la Asociación. No, ahora tiene la apariencia de un hombre de unos 26 años. Y no, no sabría decirle dónde vive exactamente, creo que cambió de apartamento hace pocos meses... Pero oiga, si le urge hablar con él ahora, puedo llamarlo —sacó su teléfono móvil del bolsillo y se lo mostró.
—Oh… ooohh… —al hombre le brillaron los ojos con extrema curiosidad por ese aparatito.
—Es una máquina que puede comunicar a dos personas a distancia y en tiempo real —le resumió, y comenzó a buscar el número de Denzel en su agenda.
—Esperad… —el extraño lo detuvo, posando sus manos sobre las de él—. En persona. Debo hablar con él en persona.
—No es problema, lo puedo llamar y decirle que venga aquí.
—No, no. No en este lugar. Una taberna no es lugar para hablar de ciertos temas.
—Es una cafetería.
—Por favor. Es mejor que me llevéis ante él directamente. Pero… No lo aviséis ahora, no será fácil para él. Tampoco será fácil para mí cómo abordar el encuentro para no traumatizarlo.
—No entiendo nada.
—Llevadme al lugar donde trabaja cuando amanezca, os lo ruego. De lo demás me encargaré yo. Lo que tengo que contarle, sólo se lo puedo contar a él, ¿entendéis? Es un asunto privado.
—¿Su salto en el tiempo accidental es su asunto privado? —repitió Yako con un claro tono de objeción.
—Sí, es un asunto familiar y privado.
—¿Familiar?
—¿Podéis llevarme con él o no?
Yako suspiró cansado. Claramente, ese hombre quería informar de su suceso temporal a un taimu y no a un Zou. En este campo, taimu y Zou tenían el mismo derecho a estar informados de cualquier suceso de esta clase, y si este hombre quería hablar con un taimu y no con un Zou, tenía que respetarlo igualmente. De todas formas, si era importante, Denzel acabaría contándoselo a Alvion.
—De acuerdo, pero deberá contarle todo a Denzel, todo con detalle —le advirtió Yako, y el otro le sonrió agradecido—. ¿Seguro que quiere esperar hasta mañana? En ese caso, a primera hora lo llevaré al lugar donde él trabaja. Con la condición de que me tutee y se deje de formalismos.
—¿Por qué un ser supremo le insiste tanto a un hombrecillo como yo que lo trate a un nivel inferior?
—Mire, yo sólo soy un chico normal. Quiero que me traten como a un chico normal, ¿vale?
—Aaah… Ya entiendo, ya entiendo —asintió risueño, apuntándole con un dedo cómplice—. Dijisteis que sois el dueño de este local y supuse que lo usáis como pasatiempo. ¿No es así? Aquí vienen humanos comunes. Queréis mantener un perfil bajo y discreto. Y por eso a mí me tratáis de “usted”, que es lo que se espera de un joven hacia alguien mayor que él.
—Algo así —dijo resignado; mientras dejara de tratarlo de “vos” no le importaba cómo lo entendiese—. Entonces, ¿esperará hasta mañana?
—Si no me mata antes una máquina, supongo que sí. ¿Dónde puedo encontrar una posada para pasar la noche? ¿Crees que aquí aceptarían el pago con monedas de cobre?
—Necesitaría 45 kilos de cobre para permitirse una noche en un hotel de por aquí. Pero no se preocupe por eso. Puede pasar la noche en mi casa. De hecho, no puedo dejarle pasar la noche en otro lado donde no lo tenga a la vista.
—Lo entiendo, lo entiendo —sonrió tranquilamente—. No dejar suelto y sin vigilancia a un sospechoso involucrado en un salto en el tiempo no autorizado. Son las normas. No es problema por mi parte, es más, te lo agradezco sinceramente, y es un honor que un Zou me dé cobijo en su morada. En toda esta ciudad llena de torres, luces y máquinas espantosas, no me sentiría más seguro que en la casa de un ser supremo. Espero que no sea molestia para tu esposa.
—¿Esp…? ¿Qué? —brincó Yako, sonrojándose.
—¿Es por eso que vives en Tokio? ¿Tu esposa es japonesa y vivís aquí temporalmente, hasta que tú asciendas a Señor de los Iris y os mudéis de vuelta al Monte Zou?
Yako tenía la boca abierta pero no era capaz de articular palabra, estaba un poco colapsado, e incómodo.
—No estoy casado. Vivo solo.
—¿Qué? —arqueó una ceja—. Oh, disculpa. Por tu apariencia, habría jurado que tienes unos 20 o 21 años. ¿Tienes 17 años aún? Pareces mayor.
—Tengo 21.
—Pe… Un momento, ¿21 años y no estás casado aún? —le apuntó con el dedo otra vez, incrédulo—. ¿Qué mundo es este? Deberías haberte casado ya, ¿no? Yo tengo 35 años y llevo felizmente casado unos 15.
—Otro como mi abuelo —farfulló Yako—. Mire, aquí la gente se casa de mayor, no de bebés. Y vivo en Tokio porque… —pensó bien qué decir, tampoco quería darle explicaciones si le revelaba que era un desertor—… porque estoy estudiando Derecho en la universidad de aquí.
—Bueno, bueno, lo que tú digas —bostezó, haciendo aspavientos, y luego se cruzó de brazos—. Mejor así. Así no molestaré a la esposa que no tienes.
Yako soltó un gruñido, volviendo a sonrojarse con vergüenza. Pero el otro soltó una risa conciliadora indicándole que ya dejaría de bromear con él. Ciertamente, ese hombre, a pesar de ser bastante expresivo, era muy inteligente y sabía captar ciertas cosas que no se veían a simple vista. Durante ese silencio, se quedó medio tumbado en su respaldo, mirando a Yako detenidamente con una sonrisa astuta.
—¿Seguro que estarás bien? ¿Teniéndome en tu casa?
—¿Que si yo estaré bien? ¿A qué se refiere?
—Lo hueles, ¿verdad? —alargó su sonrisa, y se dio unos toques en la nariz—. Por eso llevas sintiéndote incómodo todo el rato desde que nos sentamos a hablar. Y no es por mis impertinentes comentarios. —Yako frunció el ceño, no muy seguro de saber de qué estaba hablando—. Hueles mi energía Yin. Como si fuera más del 50 %.
—Escuche —le interrumpió Yako, haciendo un gesto apaciguador con las manos—. No quiero problemas. No quiero hacerle daño. Si es usted una mala persona o un criminal, no importa, cumpliré mi palabra de llevarlo ante Denzel para que le cuente lo que ha pasado y él mismo ya informará a mi abuelo de si usted debe permanecer bajo vigilancia.
—O bajo tierra —añadió él, sin borrar su sonrisa pícara. Yako se quedó callado, algo tenso—. Tranquilo. Yo estoy tranquilo, ¿no me ves? Pero pienso… que debe de ser bastante difícil estar delante de una persona que huele a Yin más que a Yang y contener el poderoso impulso y deseo de matarme.
Yako siguió callado y serio. Estaba muy quieto.
—Oiga…
—Los Zou aborrecéis el olor de la energía Yin en cuanto supera el porcentaje de Yang. Sólo con que una persona contenga 49 % de Yang y un 51 % de Yin, este ya os entra por la nariz como el olor a arsénico y os hace hervir la sangre.
Yako volvió a quedarse en silencio. Tenía el rostro ensombrecido, pero sus ojos emitían un siniestro reflejo dorado.
—No voy a hacerle daño —repitió.
—Sé que no lo harás, Yako. Pues el cumplimiento de las normas y del deber han de estar por encima de tu instinto natural. Lo que lamento es que pasarás una noche incómoda conmigo en tu casa, con el olor de mi Yin.
—Sólo es una noche. Y soy ya mayorcito para controlarme. ¿Qué cree? Desde que nacemos, ya nos acostumbramos a estar cerca de incluso personas de gran Yin, como el que contienen Agatha y Denzel. No es un problema para los Zou, ya que ellos dos están arraigados a una mentalidad Yang, que es lo que importa, y el Yin que emiten no es más que el Yin natural que contienen sus cuerpos para poder utilizar su don.
—No necesitas convencerme, Yako. No estoy preocupado. Porque no soy una mala persona ni soy un criminal. De hecho, soy un buen hombre, muy bueno.
—Pero… —lo miró confuso—. Eso no puede ser. Su energía Yin es superior a su Yang.
—Nunca antes habías tenido delante a alguien de mi clase, ¿verdad?
—¿A alguien de su clase? No entiendo nada, ¿podría al menos decirme quién es?
—Me llamo Link.
—De acuerdo, Link sin apellido, ¿y qué tipo de relación tiene usted con Denzel? —preguntó, y miró su katana enfundada, apoyada contra la mesa a su lado—. ¿Es usted un samurái?
—Sí, soy un bushi nómada de maestros japoneses, y sin embargo se me da fatal hablar japonés. Pero desde hace ya unos años, vivo en Pekín con mi mujer e hijo.
Yako no pudo evitar sentirse asombrado por tener ante él a un auténtico samurái de una época antigua.
—¿De qué conoce a Denzel? ¿No será por casualidad alguno de sus amigos, un guerrero de sus tropas que luchaba junto a él en sus magníficas batallas imperiales de aquella época?
—¡Ohoh...! No, para nada —se rio, haciendo aspavientos con la mano—. Sí que he luchado junto a él en algunas de sus batallas contra los enemigos del Imperio, pero sólo cuando él me dejaba. Él y yo tenemos una relación muy estrecha. En mi época, él tiene 194 años, pero como tiene la apariencia de un muchacho de casi 20 años, ¡la gente allí se cree que Denzel es mi hijo! ¡Jajajaja! Qué disparate, ¿verdad?
—¿Por qué un disparate?
—Porque es al revés.
De repente a Yako se le abrieron los ojos como dos platos, acompañado de un prolongado respingo conforme las piezas, por fin, encajaban en su mente.
—¿Entiendes ya lo de mi Yin? —sonrió Link.
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