2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
Cleven, Drasik y Kyo, además de Nakuru y su pareja Álex tras ellos, se dirigían al instituto. Cleven iba en cabeza a paso de soldado, con mucho ímpetu. Tenía en mente nada más que el examen, el cual se lo había aprendido sobremanera y estaba rebosando orgullo, aunque no podría haber hecho nada si no hubiese sido por Kyo. Una noche sin dormir había merecido la pena. Por otro lado, Kyo iba medio dormido. Drasik había tenido que salvarlo cinco veces desde que salieron de casa de chocarse con una farola. Luego, Álex y Nakuru iban detrás hablando de sus cosas.
Y tan centrada iba Cleven en lo suyo que se había olvidado de traer consigo a los mellizos, había salido escopetada de casa, y no se dio cuenta de eso hasta que vio a su tío en la puerta del colegio apoyado en su coche de brazos cruzados y conversando con sus hijos. Al parecer, Raijin ya se había dado cuenta del despiste de Cleven y había traído a los niños él mismo. «¡Uy, se me olvidó!» pensó la joven, dándose una torta en la frente.
—Deja de decir mentiras, papá —refunfuñaba Daisuke con su vocecilla, poniendo los bracitos en jarra—. Es imposible que los niños vengan de las fábricas de niños, eso no existe.
—Que sí, svarlivyy —replicó Raijin—. Y los reparten unos pájaros con el pico muy largo.
—¿En serio? —se maravilló Clover—. ¿Fue un pájaro el que nos llevó hasta ti?
—Sí, y el de Daisuke era un pajarraco feo, muy feo.
—¡No es verdad! —se enfadó el niño—. ¡Seguro que no sabes nada, eres una birria de padre! ¡Seguro que era un pájaro muy guapo y fuerte y guay!
—Feo, feote —repitió Raijin, sonriendo con burla.
Daisuke se puso a soltar inofensivas y adorables palabrotas de niño pequeño, pensando que eran palabrotas muy graves, y a darle tortitas a su padre en las piernas para expresar su indignación ante la falta de estética de las aves repartidoras de niños. Raijin, sin inmutarse, comenzó a cantar “qué fea, qué fea, qué fea era la cigüeña de Dai...”. Clover no paraba de reírse, diciéndole a su hermano que su padre sólo le tomaba el pelo. Pero Daisuke sólo quería que él admitiera que el pájaro que lo trajo era de una belleza sin igual.
—¡Raijin! —lo llamó Nakuru, acercándose con los demás.
—Ah, hola —saludó al verlos venir, apartando disimuladamente al niño con la pierna como si fuese un perro molesto.
—Tío, lo siento —rio Cleven con vergüenza.
—Tranquila, no es mi primer rodeo con los despistes. Y hoy tenía tiempo.
—¡Cleven! —le gritó Daisuke, apuntando con el dedo a su padre—. ¡Dile ahora mismo a papá que admita que el pájaro que me trajo era el más grande y el más guapo!
—¿De qué empanada mental me hablas ahora, niño? —le espetó esta, pero no tardó en entenderlo y dio un respingo—. Tío —lo miró con reproche y los brazos en jarra.
—¿Qué? Fuiste tú la que me sugirió contarles esas idioteces sobre de dónde vienen los niños.
—¡Madre mía, madre mía! —brincó Álex de repente frente a los mellizos y se agachó delante de ellos—. ¡Aquí están de nuevo los mellizos más guais que he visto nunca! El día del festival sólo pude veros de lejos, y Cleven y Nakuru no paran de hablar de vosotros.
—Ah, tú eres la chica de la que Nakuru tampoco para de hablar —comentó Daisuke—, mientras se le queda cara de boba con sonrisa de boba.
—¡Oye! —exclamó Nakuru, poniéndose roja.
—¡Hahah! —se rio Álex—. ¡Pero qué razón tienes, Daisuke!
—¿Eh?
—¡Es imposible que un niño tan perspicaz y fuerte y genial no haya sido traído por el pájaro más poderoso y estéticamente agraciado del mundo!
Daisuke se la quedó mirando. Después miró a los demás.
—¿Por qué no podéis todos tener más novias como ella?
—Dai… —suspiró Brey, mientras los demás se reían.
—¡No creas que no lo intento! —declaró Drasik—. Pero es que hoy en día es difícil encontrar a chicas que no te taladren con la mirada sólo por respirar cerca de ellas… —dijo esto mirando de reojo a Cleven.
—¿¡Por qué me miras a mí!? —le rugió Cleven, taladrándolo con la mirada.
—Ya se comió el ogro a la princesa…
—¡Este ogro todavía tiene hambre! —le advirtió Cleven.
—Ya os vaaale… —trató Kyo de poner calma entre esos dos, algo ya habitual para él cada vez que se chinchaban mutuamente, mientras los niños, Nakuru y Álex no paraban de reírse.
Normalmente, cuando Brey se encontraba de repente en medio de una escena tan molesta y tan tonta, no hacía más que pensar lo tarados que estaban los humanos e incluso los iris comunes. Pero, esta vez, lo que le produjo esta escena fue una sonrisa en los labios. A lo mejor es que ya se estaba acostumbrando, y se sentía a gusto en medio de esta estupidez.
—Lo cual me recuerda… —se dijo Álex, sacando algo de su mochila—. ¡Clover, Dai! Drasik me ha contado que sois muy fans de los Mecha-Aliens.
—¡Sí, son los nuevos dibujos que Drasik nos enseñó la otra semana! —brincó Clover—. ¡A mí me gusta GurGur el que más!
—¡Y a mí VasVas! —dijo Daisuke.
—Yo soy una tremenda friki de esa serie y tengo un montón de figuritas de los Mecha-Aliens, ¿sabéis? —sonrió Álex, mostrándoles unos muñequitos de los dos personajes mencionados, una especie de alien robot muy esbelto y bonito y el otro era rematadamente feo.
—¡Ahhh! —a los niños les brillaron los ojos con emoción.
—Bueno, si le parece bien que les dé estos muñecos a sus hijos, señor Saehara —añadió Álex educadamente, mirando a Brey, pidiéndole permiso.
Pero este no reaccionó. Estaba tan tranquilo e indiferente mirando los muñequitos. Álex se quedó con la mano fría.
—“Señor Saehara” —repitió Cleven, dándole un codazo a su tío para que espabilara.
—¿Qué? Ah, ¿yo?
—No, el fantasma del abuelo, que está detrás del coche —ironizó Cleven—. Discúlpalo, Álex, no está acostumbrado a que lo traten con un lenguaje tan respetuoso.
—¡Oh! Vaya, lo siento —dijo esta—. Aún estoy aprendiendo cosas nuevas sobre las costumbres de aquí. Creía que la gente que ya es padre o madre, y por tanto cabezas de familia, recibían el trato honorífico como la gente anciana.
—¡Acabo de cumplir la mayoría de edad! —protestó Brey, y les clavó la mirada a Kyo y a Drasik, que se estaban riendo—. En este país es a los 20 años. Te lo dije la otra vez que me crucé contigo y con Nakuru por la calle, Álex, tienes que tutearme. Sólo soy tres años mayor que tú.
—Aun así —le sonrió ella, mostrándole los muñequitos.
—Sí, claro que puedes dárselos. Ni que fueran armas o drogas —hizo aspavientos.
—¡Bieeen! —gritaron los niños, mientras Clover recibía a su querido y horrendo GurGur y Daisuke recibía su estiloso VasVas.
—Cuando te canses de ser la novia de Nakuru, te aviso que, si te interesa, yo estaré disponible, generosa y bella dama —le comunicó Daisuke a la española, mirándola de la forma solemne, seria y digna de un caballero.
Álex quedó inmediatamente hechizada por semejante relámpago de “adorabilidad”.
—Creo que voy a llorar… —murmuró esta, y miró al rubio—. Brey. Me compadezco de ti.
—¿Por qué?
—Te deseo mucha suerte y mucha fuerza, salvando a tus hijos de las manadas de gente que van a querer casarse con ellos en el futuro —le explicó, toda dramática.
En ese momento, Brey se dio cuenta de que lo que Álex acababa de decir no era ninguna tontería. Se le quedó una cara de lo más pálida y abrumada por el horror. Y entonces miró a sus tres compañeros de la KRS.
—¿A partir de qué edad se le podía enseñar a un humano a manejar escopetas?
—Tío Brey, no vas a enseñar a los niños a usar armas —le frenó Cleven.
—Entonces no queda otra que encerrarlos en casa conmigo para siempre.
—¡Tampoco!
—Pues entonces, Daisuke y Clover, dejad de ser tan condenadamente poderosos contra la débil fuerza de voluntad de los demás.
—¿Ah? —preguntó Daisuke, que se estaba hurgando la nariz.
—¡Soy una bruja ultrapoderosa! —saltó Clover, levantando los bracitos con alegría, con su horrendo muñeco en una mano—. Y te voy a hechizar con polvitos de azúcar a ti, y a ti, y a ti… —fue señalando a Álex, a Nakuru, a Kyo y a los demás.
Todo el grupo no pudo resistirse más y se abalanzaron sobre los mellizos con abrazos de ternura.
—¡Oye! ¡No! —se alarmó Brey, intentando rescatar a los niños—. ¡Nadie se casará con ellos jamás! ¡No los toquéis!
En el otro lado de la valla, ya dentro del recinto del colegio, había un impaciente Jannik sentado en el bordillo de la fuente en el centro del patio frontal, observando desde ahí la puerta de la verja de la entrada, donde atisbaba a esos iris de la KRS y a los mellizos con ellos. Pero él sólo tenía ojos para su adorada Clover. Esperaba que entrase ya en el colegio simplemente para darle un cortés saludo de buenos días y después cada uno se iría a su respectiva aula de prescolar y de primero de primaria. A pesar de que Daisuke iba a lanzarle sus habituales gruñidos y a intentar espantarlo, ya le daba igual.
La opción de acercarse directamente a ese grupo y saludar a Clover ahí junto a los demás la descartaba por completo. Tenía plena confianza con los miembros de la KRS, por no hablar de que gracias a Jannik se resolvió el duelo contra la MRS de manera limpia y eficaz y Kyo se salvó de aquel altercado, pero ya intuía que Raijin no estaba muy abierto a tolerar que Clover tuviera una relación de amistad con un iris.
Era normal que Brey procurase mantener a los mellizos alejados de la Asociación y de sus miembros lo máximo posible, casi todos los iris con hijos humanos lo hacían. Solamente confiaba en sus propios compañeros de la KRS lo suficiente para dejar que Clover y Daisuke tuvieran una relación constante con ellos.
Sin embargo, al parecer Jannik no era el único que estaba observando a ese grupo allá junto a la verja de la entrada. Con su perspicacia de iris, captó por el rabillo del ojo algo sospechoso. Quizá es porque había estado ya muchos días vigilando a esa misma persona, que cualquier ápice de su presencia le ponía en alerta. Era Taiya, el iris Ka de 14 años que pertenecía a la ARS, el mismo chico que una semana atrás había compartido un recreo con Clover ayudándolo a resolver su problema con la fantasma del cobertizo y con el anillo perdido de una madre. Estaba en la acera opuesta de la calle, mucho más lejos, pero no lo suficiente para Jannik para notar que, sin duda, el chico observaba al grupo de Brey, Cleven y los otros todavía reunidos en la puerta del colegio. Lo hacía con disimulo, apoyado en la estructura de una parada de bus, con su uniforme del instituto de la secundaria inferior y su mochila.
Jannik se puso en pie, pero no se movió de la fuente del patio. No le quitó el ojo de encima, esperando a ver qué hacía. A los pocos segundos, otro estudiante se acercó a Taiya, un chico un par de años mayor, de la secundaria superior. Jannik vio que se trataba de Kaoru, el Sui de la ARS. Le dijo algo a Taiya al oído, y luego miró discretamente por encima del hombro hacia el grupo de los otros.
Jannik podía entender la cara de pocos amigos con la que Kaoru los miró. Razones no le faltaban, ya que en ese grupo estaba su exnovia Cleven, su rival Drasik, también Nakuru, quien le hizo morder el polvo hace un par de semanas cuando él y Drasik se estuvieron peleando en el parque de madrugada después de haber agredido a Cleven, y Kyo, a quien había delatado ante la MRS como aquel que guardaba el pergamino de la KRS.
Sí, Kaoru tenía bastantes problemas con varios de los miembros de la KRS. Sin embargo, Jannik percibió que se traía algo más entre manos con su compañero Taiya.
De repente, los dos chicos echaron a correr por aquella acera y se metieron en un callejón. Cuando un iris se metía en un callejón, solía ser para saltar hasta lo alto de los edificios sin ser vistos y desplazarse a algún lugar evitando las calles. Esto puso a Jannik en alerta. «¿Adónde van, tan de repente?» pensó, y no dudó en ir a averiguarlo. Su maestro Pipi ya les había encargado a él y a sus compañeros de la SRS vigilar de vez en cuando a los miembros de la ARS, ya que Pipi sentía que algo raro pasaba con esta RS aliada, y para Jannik era obvio que tenía razón.
Evitó salir por la verja de entrada del colegio, para que Brey y los otros no lo vieran y se alarmaran innecesariamente, y corrió hacia la zona arbolada del lateral del recinto escolar, la cruzó hasta llegar al solitario fondo, saltó los tres metros del muro blanco hacia la calle y fue hacia ese mismo callejón de la acera opuesta, a tiempo para ver en una fracción de segundo el pie de Kaoru desapareciendo por encima de la cornisa del edificio. El pequeño Yami también saltó hasta la azotea y trató de seguirles el rastro. Pero, al poco rato, terminó perdiéndolos.
Jannik se quedó en mitad de la azotea de un edificio, mirando a un lado y a otro con los brazos en jarra, sin saber por dónde se habían ido. Le llevaban bastante ventaja, no tenía nada que hacer. «For fanden…» blasfemó en danés, suspirando.
Cleven, Drasik y Kyo, además de Nakuru y su pareja Álex tras ellos, se dirigían al instituto. Cleven iba en cabeza a paso de soldado, con mucho ímpetu. Tenía en mente nada más que el examen, el cual se lo había aprendido sobremanera y estaba rebosando orgullo, aunque no podría haber hecho nada si no hubiese sido por Kyo. Una noche sin dormir había merecido la pena. Por otro lado, Kyo iba medio dormido. Drasik había tenido que salvarlo cinco veces desde que salieron de casa de chocarse con una farola. Luego, Álex y Nakuru iban detrás hablando de sus cosas.
Y tan centrada iba Cleven en lo suyo que se había olvidado de traer consigo a los mellizos, había salido escopetada de casa, y no se dio cuenta de eso hasta que vio a su tío en la puerta del colegio apoyado en su coche de brazos cruzados y conversando con sus hijos. Al parecer, Raijin ya se había dado cuenta del despiste de Cleven y había traído a los niños él mismo. «¡Uy, se me olvidó!» pensó la joven, dándose una torta en la frente.
—Deja de decir mentiras, papá —refunfuñaba Daisuke con su vocecilla, poniendo los bracitos en jarra—. Es imposible que los niños vengan de las fábricas de niños, eso no existe.
—Que sí, svarlivyy —replicó Raijin—. Y los reparten unos pájaros con el pico muy largo.
—¿En serio? —se maravilló Clover—. ¿Fue un pájaro el que nos llevó hasta ti?
—Sí, y el de Daisuke era un pajarraco feo, muy feo.
—¡No es verdad! —se enfadó el niño—. ¡Seguro que no sabes nada, eres una birria de padre! ¡Seguro que era un pájaro muy guapo y fuerte y guay!
—Feo, feote —repitió Raijin, sonriendo con burla.
Daisuke se puso a soltar inofensivas y adorables palabrotas de niño pequeño, pensando que eran palabrotas muy graves, y a darle tortitas a su padre en las piernas para expresar su indignación ante la falta de estética de las aves repartidoras de niños. Raijin, sin inmutarse, comenzó a cantar “qué fea, qué fea, qué fea era la cigüeña de Dai...”. Clover no paraba de reírse, diciéndole a su hermano que su padre sólo le tomaba el pelo. Pero Daisuke sólo quería que él admitiera que el pájaro que lo trajo era de una belleza sin igual.
—¡Raijin! —lo llamó Nakuru, acercándose con los demás.
—Ah, hola —saludó al verlos venir, apartando disimuladamente al niño con la pierna como si fuese un perro molesto.
—Tío, lo siento —rio Cleven con vergüenza.
—Tranquila, no es mi primer rodeo con los despistes. Y hoy tenía tiempo.
—¡Cleven! —le gritó Daisuke, apuntando con el dedo a su padre—. ¡Dile ahora mismo a papá que admita que el pájaro que me trajo era el más grande y el más guapo!
—¿De qué empanada mental me hablas ahora, niño? —le espetó esta, pero no tardó en entenderlo y dio un respingo—. Tío —lo miró con reproche y los brazos en jarra.
—¿Qué? Fuiste tú la que me sugirió contarles esas idioteces sobre de dónde vienen los niños.
—¡Madre mía, madre mía! —brincó Álex de repente frente a los mellizos y se agachó delante de ellos—. ¡Aquí están de nuevo los mellizos más guais que he visto nunca! El día del festival sólo pude veros de lejos, y Cleven y Nakuru no paran de hablar de vosotros.
—Ah, tú eres la chica de la que Nakuru tampoco para de hablar —comentó Daisuke—, mientras se le queda cara de boba con sonrisa de boba.
—¡Oye! —exclamó Nakuru, poniéndose roja.
—¡Hahah! —se rio Álex—. ¡Pero qué razón tienes, Daisuke!
—¿Eh?
—¡Es imposible que un niño tan perspicaz y fuerte y genial no haya sido traído por el pájaro más poderoso y estéticamente agraciado del mundo!
Daisuke se la quedó mirando. Después miró a los demás.
—¿Por qué no podéis todos tener más novias como ella?
—Dai… —suspiró Brey, mientras los demás se reían.
—¡No creas que no lo intento! —declaró Drasik—. Pero es que hoy en día es difícil encontrar a chicas que no te taladren con la mirada sólo por respirar cerca de ellas… —dijo esto mirando de reojo a Cleven.
—¿¡Por qué me miras a mí!? —le rugió Cleven, taladrándolo con la mirada.
—Ya se comió el ogro a la princesa…
—¡Este ogro todavía tiene hambre! —le advirtió Cleven.
—Ya os vaaale… —trató Kyo de poner calma entre esos dos, algo ya habitual para él cada vez que se chinchaban mutuamente, mientras los niños, Nakuru y Álex no paraban de reírse.
Normalmente, cuando Brey se encontraba de repente en medio de una escena tan molesta y tan tonta, no hacía más que pensar lo tarados que estaban los humanos e incluso los iris comunes. Pero, esta vez, lo que le produjo esta escena fue una sonrisa en los labios. A lo mejor es que ya se estaba acostumbrando, y se sentía a gusto en medio de esta estupidez.
—Lo cual me recuerda… —se dijo Álex, sacando algo de su mochila—. ¡Clover, Dai! Drasik me ha contado que sois muy fans de los Mecha-Aliens.
—¡Sí, son los nuevos dibujos que Drasik nos enseñó la otra semana! —brincó Clover—. ¡A mí me gusta GurGur el que más!
—¡Y a mí VasVas! —dijo Daisuke.
—Yo soy una tremenda friki de esa serie y tengo un montón de figuritas de los Mecha-Aliens, ¿sabéis? —sonrió Álex, mostrándoles unos muñequitos de los dos personajes mencionados, una especie de alien robot muy esbelto y bonito y el otro era rematadamente feo.
—¡Ahhh! —a los niños les brillaron los ojos con emoción.
—Bueno, si le parece bien que les dé estos muñecos a sus hijos, señor Saehara —añadió Álex educadamente, mirando a Brey, pidiéndole permiso.
Pero este no reaccionó. Estaba tan tranquilo e indiferente mirando los muñequitos. Álex se quedó con la mano fría.
—“Señor Saehara” —repitió Cleven, dándole un codazo a su tío para que espabilara.
—¿Qué? Ah, ¿yo?
—No, el fantasma del abuelo, que está detrás del coche —ironizó Cleven—. Discúlpalo, Álex, no está acostumbrado a que lo traten con un lenguaje tan respetuoso.
—¡Oh! Vaya, lo siento —dijo esta—. Aún estoy aprendiendo cosas nuevas sobre las costumbres de aquí. Creía que la gente que ya es padre o madre, y por tanto cabezas de familia, recibían el trato honorífico como la gente anciana.
—¡Acabo de cumplir la mayoría de edad! —protestó Brey, y les clavó la mirada a Kyo y a Drasik, que se estaban riendo—. En este país es a los 20 años. Te lo dije la otra vez que me crucé contigo y con Nakuru por la calle, Álex, tienes que tutearme. Sólo soy tres años mayor que tú.
—Aun así —le sonrió ella, mostrándole los muñequitos.
—Sí, claro que puedes dárselos. Ni que fueran armas o drogas —hizo aspavientos.
—¡Bieeen! —gritaron los niños, mientras Clover recibía a su querido y horrendo GurGur y Daisuke recibía su estiloso VasVas.
—Cuando te canses de ser la novia de Nakuru, te aviso que, si te interesa, yo estaré disponible, generosa y bella dama —le comunicó Daisuke a la española, mirándola de la forma solemne, seria y digna de un caballero.
Álex quedó inmediatamente hechizada por semejante relámpago de “adorabilidad”.
—Creo que voy a llorar… —murmuró esta, y miró al rubio—. Brey. Me compadezco de ti.
—¿Por qué?
—Te deseo mucha suerte y mucha fuerza, salvando a tus hijos de las manadas de gente que van a querer casarse con ellos en el futuro —le explicó, toda dramática.
En ese momento, Brey se dio cuenta de que lo que Álex acababa de decir no era ninguna tontería. Se le quedó una cara de lo más pálida y abrumada por el horror. Y entonces miró a sus tres compañeros de la KRS.
—¿A partir de qué edad se le podía enseñar a un humano a manejar escopetas?
—Tío Brey, no vas a enseñar a los niños a usar armas —le frenó Cleven.
—Entonces no queda otra que encerrarlos en casa conmigo para siempre.
—¡Tampoco!
—Pues entonces, Daisuke y Clover, dejad de ser tan condenadamente poderosos contra la débil fuerza de voluntad de los demás.
—¿Ah? —preguntó Daisuke, que se estaba hurgando la nariz.
—¡Soy una bruja ultrapoderosa! —saltó Clover, levantando los bracitos con alegría, con su horrendo muñeco en una mano—. Y te voy a hechizar con polvitos de azúcar a ti, y a ti, y a ti… —fue señalando a Álex, a Nakuru, a Kyo y a los demás.
Todo el grupo no pudo resistirse más y se abalanzaron sobre los mellizos con abrazos de ternura.
—¡Oye! ¡No! —se alarmó Brey, intentando rescatar a los niños—. ¡Nadie se casará con ellos jamás! ¡No los toquéis!
En el otro lado de la valla, ya dentro del recinto del colegio, había un impaciente Jannik sentado en el bordillo de la fuente en el centro del patio frontal, observando desde ahí la puerta de la verja de la entrada, donde atisbaba a esos iris de la KRS y a los mellizos con ellos. Pero él sólo tenía ojos para su adorada Clover. Esperaba que entrase ya en el colegio simplemente para darle un cortés saludo de buenos días y después cada uno se iría a su respectiva aula de prescolar y de primero de primaria. A pesar de que Daisuke iba a lanzarle sus habituales gruñidos y a intentar espantarlo, ya le daba igual.
La opción de acercarse directamente a ese grupo y saludar a Clover ahí junto a los demás la descartaba por completo. Tenía plena confianza con los miembros de la KRS, por no hablar de que gracias a Jannik se resolvió el duelo contra la MRS de manera limpia y eficaz y Kyo se salvó de aquel altercado, pero ya intuía que Raijin no estaba muy abierto a tolerar que Clover tuviera una relación de amistad con un iris.
Era normal que Brey procurase mantener a los mellizos alejados de la Asociación y de sus miembros lo máximo posible, casi todos los iris con hijos humanos lo hacían. Solamente confiaba en sus propios compañeros de la KRS lo suficiente para dejar que Clover y Daisuke tuvieran una relación constante con ellos.
Sin embargo, al parecer Jannik no era el único que estaba observando a ese grupo allá junto a la verja de la entrada. Con su perspicacia de iris, captó por el rabillo del ojo algo sospechoso. Quizá es porque había estado ya muchos días vigilando a esa misma persona, que cualquier ápice de su presencia le ponía en alerta. Era Taiya, el iris Ka de 14 años que pertenecía a la ARS, el mismo chico que una semana atrás había compartido un recreo con Clover ayudándolo a resolver su problema con la fantasma del cobertizo y con el anillo perdido de una madre. Estaba en la acera opuesta de la calle, mucho más lejos, pero no lo suficiente para Jannik para notar que, sin duda, el chico observaba al grupo de Brey, Cleven y los otros todavía reunidos en la puerta del colegio. Lo hacía con disimulo, apoyado en la estructura de una parada de bus, con su uniforme del instituto de la secundaria inferior y su mochila.
Jannik se puso en pie, pero no se movió de la fuente del patio. No le quitó el ojo de encima, esperando a ver qué hacía. A los pocos segundos, otro estudiante se acercó a Taiya, un chico un par de años mayor, de la secundaria superior. Jannik vio que se trataba de Kaoru, el Sui de la ARS. Le dijo algo a Taiya al oído, y luego miró discretamente por encima del hombro hacia el grupo de los otros.
Jannik podía entender la cara de pocos amigos con la que Kaoru los miró. Razones no le faltaban, ya que en ese grupo estaba su exnovia Cleven, su rival Drasik, también Nakuru, quien le hizo morder el polvo hace un par de semanas cuando él y Drasik se estuvieron peleando en el parque de madrugada después de haber agredido a Cleven, y Kyo, a quien había delatado ante la MRS como aquel que guardaba el pergamino de la KRS.
Sí, Kaoru tenía bastantes problemas con varios de los miembros de la KRS. Sin embargo, Jannik percibió que se traía algo más entre manos con su compañero Taiya.
De repente, los dos chicos echaron a correr por aquella acera y se metieron en un callejón. Cuando un iris se metía en un callejón, solía ser para saltar hasta lo alto de los edificios sin ser vistos y desplazarse a algún lugar evitando las calles. Esto puso a Jannik en alerta. «¿Adónde van, tan de repente?» pensó, y no dudó en ir a averiguarlo. Su maestro Pipi ya les había encargado a él y a sus compañeros de la SRS vigilar de vez en cuando a los miembros de la ARS, ya que Pipi sentía que algo raro pasaba con esta RS aliada, y para Jannik era obvio que tenía razón.
Evitó salir por la verja de entrada del colegio, para que Brey y los otros no lo vieran y se alarmaran innecesariamente, y corrió hacia la zona arbolada del lateral del recinto escolar, la cruzó hasta llegar al solitario fondo, saltó los tres metros del muro blanco hacia la calle y fue hacia ese mismo callejón de la acera opuesta, a tiempo para ver en una fracción de segundo el pie de Kaoru desapareciendo por encima de la cornisa del edificio. El pequeño Yami también saltó hasta la azotea y trató de seguirles el rastro. Pero, al poco rato, terminó perdiéndolos.
Jannik se quedó en mitad de la azotea de un edificio, mirando a un lado y a otro con los brazos en jarra, sin saber por dónde se habían ido. Le llevaban bastante ventaja, no tenía nada que hacer. «For fanden…» blasfemó en danés, suspirando.
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