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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









13.
La visita al hospital

—Bien, ¿estamos listos? —dijo el viejo profesor, que portaba treinta carpetitas en las manos, y empezó a repartirlas entre sus alumnos de Medicina—. Nos dividiremos en dos grupos de quince. Uno empezará viendo una parte y el otro la otra. Yo me hago cargo del primer grupo; del segundo, uno de los médicos del hospital. Tomad todas las notas que podáis, os recuerdo que esto va para examen.

El profesor se fue yendo hacia el edificio y los demás lo siguieron por detrás, montando barullo.

—Lenny, ¿ha pasado lista? —le preguntó Brey a su amigo alemán.

—No, será ya dentro cuando reparta las tarjetas de visita y verá quién falta o llega tarde. Has llegado a tiempo, tranquilo.

Se detuvieron todos en la inmensa sala de recepción. A su alrededor había un montón de gente yendo de aquí para allá y otros que esperaban sentados en unas sillas. A Brey le tocó en el segundo grupo, ya que era uno de los últimos de la lista por la inicial de su apellido. Mientras esperaban a que llegase el médico que guiaría al segundo grupo, el profesor les estuvo comentando algunas cosas sobre la visita.

—Por supuesto nadie tocará maquinita alguna salvo yo y el doctor que acompañará al segundo grupo —les advirtió—. Sólo limitaos a tomar notas, ¿de acuerdo?, que hubo un año que una clase se cargó uno de los escáneres por tocar sin permiso. Cuando empecéis las prácticas dentro de poco, ya tocaréis lo que queráis, ¿entendido? Con respecto al médico que estamos esperando, os comunico que es un profesional en medicina general y está especializado en Neurología, y tan sólo tiene 25 años.

Los jóvenes se miraron unos a otros con sorpresa.

—Es muy respetado y conocido por aquí, así que espero que no se os ocurra comportaros como críos de 16 años —prosiguió—. Es el más indicado para atender las visitas universitarias, pero esto le quita tiempo de su trabajo, por lo que se toma gran molestia en hacerlo. Por eso, espero que os comportéis. Es un médico sublime. Ah, aquí viene.

El viejo levantó una mano como saludo hacia el hombre que se acercaba a ellos, el cual respondió con un gesto de cabeza. Muchos de los estudiantes lo observaron con curiosidad, sobre todo las chicas, que empezaron a mirarse las unas a las otras soltando risillas y repeinándose como por instinto, como si pretendieran con ello ponerse más guapas o llamar la atención del joven doctor.

—Debe de ser un crack —comentó Lenny—. Medicina General y Neurología... ¿Qué piensas tú, Brey? En la uni debió de ser otro prodigio como tú.

El rubio no contestó. Lenny vio que su amigo tenía una cara muy concentrada, con los ojos entornados y la boca entreabierta, como si tratase de reconocer a alguien.

—¿Te pasa algo? —se extrañó Lenny.

Entonces, cuando el joven doctor se reunió con ellos, sonrió y le hizo una inclinación de saludo al profesor, Brey cayó en la cuenta de la misma forma que si cayera de bruces contra el suelo. Lo reconoció, le costó pero lo reconoció, y se vio a sí mismo petrificado.

—Este es el doctor Vernoux —presentó el profesor.

—Buenos días —saludaron todos.

—Buenos días —contestó Lex.

—Habéis de saber, alumnos —añadió el profesor—, que todos los aparatos y la maquinaria de este hospital proceden de la empresa tecnológica Hoteitsuba. Aquí el doctor Vernoux es el hijo del fundador de esta empresa, por eso es el más indicado para hablaros del funcionamiento de los escáneres de última generación, pues conoce bien el trabajo de su padre. ¿Bien? A ver, el primer grupo, que me siga —ordenó el profesor.

El primer grupo empezó a moverse y a alejarse hospital adentro tras el viejo, dejando a los demás con Lex. Lex se dispuso a comenzar a hablar, pero se quedó un momento ofuscado por la manera en que los estudiantes lo contemplaban, como con admiración y análisis. Sobre todo, les cautivaba esa mirada azul tan profunda y serena tras sus elegantes gafas, como si tuviesen delante a un venerable sabio.

—Eh... Bueno —comenzó Lex—. Seguidme, empezaremos por los aparatos básicos de estructuras óseas.

El grupo lo siguió rápidamente por detrás, las chicas en primera fila, con sus miradas recorriendo desde su trasero hasta su cabeza. Brey permaneció detrás del todo con Lenny en sumo silencio, sin quitarle la vista de encima a Lex.

Fueron yendo de una sala a otra, vacías para disposición de los visitantes, viendo todo tipo de aparatos. Todo era muy complejo de entender a primera vista, pero Lex lo explicaba todo con tanta soltura y facilidad que enseguida comprendían el funcionamiento y apuntaban rápidamente en sus carpetitas. Todos mostraban una atención que los profesores de la universidad envidiarían. Y Brey no era diferente; sin darse cuenta, también se quedaba embelesado escuchándolo.

Una hora después, cerca del final de la visita, el segundo grupo se encontraba en una sala donde estaba el escáner cerebral, tomando información del área de Neurología. Lex, medio sentado en una mesa de la sala les explicaba, y ellos apuntaban.

—Ya sabemos la diferencia entre el escáner y la radiografía convencional, pero ¿qué pasa si queda una laguna en el diagnóstico? —preguntó una alumna.

—El EEG —dijo Brey por ahí al fondo, entretenido tomando apuntes.

—Eh… Efectivamente —respondió Lex, un poco extrañado tras oír aquella voz del fondo, sin saber de dónde venía, pero sintiéndola ligeramente familiar—. Como acaba de decir alguno de tus compañeros, si no hay certeza en el diagnóstico, puede ser útil usar tres tipos de electroencefalograma. El EEG activado con depravación del sueño, donde el paciente permanece sin dormir de 24 a 48 horas; el EEG prolongado, que se realiza durante varios días, utilizando simultáneamente un vídeo que graba los ataques; y por último el... —titubeó, y se quedó un poco perdido. Seguía pensando en esa voz que había oído.

—El EEG ambulatorio realizado de 24 a 72 horas durante la actividad normal del paciente —lo ayudó Brey.

—Exacto —musitó Lex, sorprendido.

—Pero, por ejemplo, en un paciente con epilepsia —dijo otra de las alumnas—, ¿el EEG daría resultados normales?

—Aun existiendo ataques epilépticos, tanto el EEG como el escáner cerebral y la resonancia magnética pueden dar resultados normales —respondió Lex.

—Pero esos recursos pueden ser perjudiciales, ¿no? —preguntó Lenny.

—La resonancia magnética se basa en el uso de ondas magnéticas y de radio, por lo que no hay exposición a los rayos X u otras formas de radiación perjudicial —le aclaró Lex.

Los estudiantes hicieron una pequeña pausa para apuntar. Se suponía que Lex ya les había explicado lo que debía explicarles, pero el grupo estaba tan interesado que seguían preguntando cosas.

—En las radiografías que se obtienen de este escáner —continuó otro chico—, ¿qué tipo de resultados se pueden ver?

—Pues, por ejemplo —contestó Lex—, en el momento en que sufrimos el conflicto, el choque alcanza un área específica en el cerebro provocando una lesión que es claramente visible en un escáner cerebral como un grupo de anillos objetivos y nítidos, así que con el impacto... —titubeó de nuevo.

Había algo que impedía a Lex dejar de pensar en esa lejana voz de antes con ese diminuto acento ruso, y eso le mosqueaba. Se quedó intrigado, tratando de descubrir de quién se trataba. Los demás se preguntaron por qué alzaba la cabeza constantemente, intentando mirar hacia el fondo de la sala.

—Con el impacto, las células cerebrales afectadas envían una señal bioquímica a las células en el órgano correspondiente, produciendo el crecimiento de un tumor, o de una degradación de tejido o una pérdida funcional, dependiendo de qué capa cerebral recibe el choque del conflicto —concluyó Brey, y sus compañeros lo miraron con sorpresa.

—Mira el señorito que se duerme en las clases... —masculló Lenny, dándole un codazo al rubio.

Lex se levantó de la mesa y miró por encima de las cabezas, entornando los ojos. Los estudiantes murmuraban unos con otros sobre sus cosas, y al moverse estos un poco, Lex alcanzó a ver el rostro de Brey. Su reacción fue lógica, se quedó patidifuso. ¿Quién iba a decirle que se lo encontraría en un grupo de estudiantes de Medicina hoy aquí? Nadie, nunca, jamás. Para Lex fue algo inesperado. Pero no pudo evitar formar una sonrisa en su cara.

—Pretendiendo dejarme mal en público —dijo Lex—. ¿Eh, tío Brey?

El grupo se quedó en silencio de pronto.

—¿Eh? ¿Cómo ha dicho? —se sobresaltaron los jóvenes, mirando a ambos con desconcierto.

—Quería comprobar si seguías teniendo miedo escénico —contestó Brey.

—¡Hey! —insistieron los demás estudiantes—. ¿¡Pero usted es sobrino de Brey, doctor!?

—Así es —asintió tranquilamente.

—¡Pero si usted es mucho mayor que él! —apuntó una chica.

—Sí, ya lo sé.

A partir de ahí la sala quedó inundada de voces y exclamaciones, nadie se esperaba algo así.

—Bueno, aquí acaba la visita —declaró Lex—. Podéis iros ya. Vamos, vamos, que hay médicos esperando para usar esta habitación.

Los estudiantes tardaron un poco en moverse, pero al final fueron saliendo poco a poco, sin parar de hablar. Brey se fue con ellos de nuevo a la sala de Recepción, donde ya estaban los del primer grupo con el profesor.

—Bien, dejad vuestros pases de visitante sobre el mostrador —les dijo el profesor—, e id saliendo.

Los alumnos de Medicina obedecieron, pero Brey se quedó de pie, apoyado en la otra punta del mostrador de Recepción, observando sus apuntes. Estaba esperando, con calma, pero su iris se dejó envolver un poco por ese sentimiento cálido de emoción cuando alguien se encuentra con un ser querido al que hace años que no veía. Entonces, se dio la vuelta y vio a Lex viniendo desde los pasillos hacia el mostrador. Venía directamente hacia él, mirándolo fijamente, con esa sonrisa seria tan característica suya. Se apoyó en el mostrador también, con naturalidad.

—Dime, ¿me has reconocido antes de que tu profesor mencionase mi nombre? —quiso saber Lex.

—Sí —contestó Brey.

—¿En serio? A mí me ha costado darme cuenta de que estabas entre el grupo.

—Te pareces mucho a mi padre, Lex. Y la última vez que te vi también seguías siendo un adulto. No has cambiado mucho.

—¡No puedo decir lo mismo de ti! —se rio—. Tú has pasado de niño a adulto de repente para mí. Pero puedo ver que tú también te pareces mucho al abuelo.

—Vaya… veo… —se dio cuenta de lo que llevaba puesto—… que sigues llevando sus gafas.

—Ah... sí... —sonrió Lex con nostalgia, quitándoselas para dárselas a Brey, y el rubio las cogió para observarlas con el mismo aire nostálgico—. Aún me sirven. Si tuviera que cambiarles la graduación, sólo tengo que cambiar las lentes de cristal. Siempre conservaré la montura.

—Recuerdo que yo solía quitárselas cuando era muy pequeño. Me las ponía, y me mareaba al verlo todo desenfocado —casi sonrió, y se las devolvió a su sobrino—. Te quedan bien, Lex. Sigues siendo tú quien guarda también las gafas de mi hermana, ¿verdad?

—Sí. Imaginé que, si algún día alguna chica de nuestra familia las necesitara, las gafas de mi madre serían para ella como yo adquirí las del abuelo Hideki.

Se quedaron un rato en silencio. Siguieron observándose el uno al otro, hasta que ambos dieron un paso al frente y se abrazaron con fuerza.

—Hace años desde la última vez que te vi —dijo Lex—. Has crecido un montón.

—Puedo verlo, por fin soy igual de alto que tú.

—Has estado tanto tiempo desaparecido por ahí, tío Brey, que me ha dejado perplejo encontrarte hoy aquí como alumno de Medicina. No sabía que te interesaba esta profesión. Creía que tú eras más... de luchar, como el abuelo Hideki.

—Esta profesión es la más racional y noble del mundo, para mí elegirla se convirtió en algo lógico. Y también soy de curar, como mi madre.

—Me parece magnífico, por fin alguien en la familia con quien me puedo entender —se rio—. Y estás enterito. No tienes mal aspecto —se apartó él un poco para observarlo bien—. Veo que después de todo no te ha ido mal, ¿eh?

—No... No tan mal como cabría —suspiró.

—Lo único que sé de tu vida es lo de tus hijos. Así que me has dado primos.

—¿Quién te lo dijo?

—Mi padre, en las Navidades de hace cinco años.

—Tú siempre has sido muy sensato y muy correcto en todo, Lex, incluso más que yo. ¿No me vas a reprochar tú también que haya acabado siendo padre adolescente?

—Sí, ya te lo reprocharé, pero otro día —hizo aspavientos con broma—. De todas formas, sé que no fue algo tan simple como suena. Sé, por lo que me han contado, que lo que había entre tú y esa chica llamada Yue era muy fuerte. Os queríais de verdad. Siento mucho que muriese, ojalá pudiera haberla conocido —le dijo muy serio, y Brey no pudo evitar sonreír—. Joder, tío Brey, te he echado de menos —volvió a abrazarlo.

Brey cerró los ojos con amargura. Desde luego le hubiera gustado que las cosas hubiesen ido de otra manera. Cuando era pequeño, pasó gran parte del tiempo con Lex, con Izan y con Cleven –Yenkis era muy pequeño entonces–, y con Katya. Brey también lo había echado de menos a él tanto como a Cleven.

Katya se casó con Neuval el mismo año en que nacieron Izan y Lex. Mientras Neuval, Katya y Lex vivían juntos, Izan vivía con sus padres, Hideki y Emiliya. Cinco años después nació Brey, y entonces eran Neuval, Katya y Lex por una parte, y Hideki, Emiliya, Izan y Brey por otra, pero Izan y Brey pasaban mucho tiempo también con Neuval y con Katya.

Cuando Brey tenía 4 años e Izan 9, murieron sus padres Hideki y Emiliya, y poco después de eso nació Cleven. Entonces Izan y Brey pasaron a vivir con Neuval, Katya, Lex y Cleven en la misma casa durante seis buenos años, ya que, tras la muerte de sus padres, Katya quiso hacerse cargo de sus dos hermanos pequeños.

Después de esos seis años nació Yenkis, y al año siguiente Izan y Brey decidieron irse a vivir a otros hogares de acogida para quitarle a su hermana tanta carga. Fueron a sitios diferentes por la diferencia de edad. De hecho, nadie estaba seguro de a dónde se fue Izan a vivir. Entraba… salía… a veces desaparecía unos días… Él decía que iba a hacer trabajos temporales y ganar algo de dinero. Eso sí, seguía yendo al instituto con normalidad, y siempre que estaba con ellos, siempre tenía su sonrisa feliz en la cara.

Izan era un Yami, pero irónicamente era una de esas personas que iluminaba todo a su paso. Era entrar en una habitación, y hacía sonreír a todos. Siempre estaba alegre, siempre estaba ahí cuando alguien lo necesitaba… pero por eso, nadie nunca vio que quien necesitaba más ayuda era él. Con 17 años, Izan desapareció. Y un año más tarde, murió Katya. Brey se liberó de su fraudulento lugar de acogida, y Lex se largó de su casa tras pelearse con su padre.

Fue bonito mientras duró, pero la cosa siempre acabó yendo de mal en peor. La mejor época que tanto Lex como Brey vivieron fueron esos seis años conviviendo bajo el mismo techo.

Los jóvenes de la facultad los observaban ahí abrazados y hablando no sin sentir curiosidad, pues parecía ser que no se veían desde hacía años. Cuando el profesor reparó en ellos, mientras los jóvenes ya se iban yendo de allí, se les acercó con sorpresa.

—¿Doctor Vernoux? —dijo con el ceño fruncido—. ¿Acaso conoce a este muchacho insolente?

—¿Insolente? —casi rio—. Vaya, entonces no has cambiado nada —le espetó a Brey.

—Es muy buen estudiante, pero con la fea manía de responder y corregir a los profesores como si supiera más que ellos. ¿Es que son viejos amigos?

—Brey es mi tío, señor Himura —contestó Lex firmemente, pasando un brazo sobre los hombros del rubio, como si estuviese orgulloso de ello.

—Su tío —repitió el profesor, más confuso todavía—. ¿Este crío?

—Que sí, pesado —se hartó Brey.

—¿Ve? —le indicó el profesor a Lex, señalando esa insolencia de Brey.

—Sí, él siempre ha sido muy directo. Sé que le parecerá un poco inusual, señor Himura, pero efectivamente soy su sobrino —sonrió, y se volvió hacia Brey—. Es la hora de comer, ¿tienes tiempo para contarme tu vida?

—Claro, ¿por qué no?

Lex se quitó la bata blanca y ambos se marcharon de allí, dejando al viejo profesor solo reflexionando sobre la vida, preguntándose cómo un franco-japonés de 25 años podía ser el sobrino de un ruso-japonés de 20. Pero no podía negar algo, y es que esos dos chicos compartían el mismo y exacto semblante serio y sublime heredado de Hideki.

Tanto Lex como Brey se alegraban por el reencuentro. Si había alguien con quien a Brey le gustase hablar, era con Lex, como en los viejos tiempos, pues de toda esa familia de locos a la que pertenecían, Lex y él siempre fueron los más serios y se entendían.









13.
La visita al hospital

—Bien, ¿estamos listos? —dijo el viejo profesor, que portaba treinta carpetitas en las manos, y empezó a repartirlas entre sus alumnos de Medicina—. Nos dividiremos en dos grupos de quince. Uno empezará viendo una parte y el otro la otra. Yo me hago cargo del primer grupo; del segundo, uno de los médicos del hospital. Tomad todas las notas que podáis, os recuerdo que esto va para examen.

El profesor se fue yendo hacia el edificio y los demás lo siguieron por detrás, montando barullo.

—Lenny, ¿ha pasado lista? —le preguntó Brey a su amigo alemán.

—No, será ya dentro cuando reparta las tarjetas de visita y verá quién falta o llega tarde. Has llegado a tiempo, tranquilo.

Se detuvieron todos en la inmensa sala de recepción. A su alrededor había un montón de gente yendo de aquí para allá y otros que esperaban sentados en unas sillas. A Brey le tocó en el segundo grupo, ya que era uno de los últimos de la lista por la inicial de su apellido. Mientras esperaban a que llegase el médico que guiaría al segundo grupo, el profesor les estuvo comentando algunas cosas sobre la visita.

—Por supuesto nadie tocará maquinita alguna salvo yo y el doctor que acompañará al segundo grupo —les advirtió—. Sólo limitaos a tomar notas, ¿de acuerdo?, que hubo un año que una clase se cargó uno de los escáneres por tocar sin permiso. Cuando empecéis las prácticas dentro de poco, ya tocaréis lo que queráis, ¿entendido? Con respecto al médico que estamos esperando, os comunico que es un profesional en medicina general y está especializado en Neurología, y tan sólo tiene 25 años.

Los jóvenes se miraron unos a otros con sorpresa.

—Es muy respetado y conocido por aquí, así que espero que no se os ocurra comportaros como críos de 16 años —prosiguió—. Es el más indicado para atender las visitas universitarias, pero esto le quita tiempo de su trabajo, por lo que se toma gran molestia en hacerlo. Por eso, espero que os comportéis. Es un médico sublime. Ah, aquí viene.

El viejo levantó una mano como saludo hacia el hombre que se acercaba a ellos, el cual respondió con un gesto de cabeza. Muchos de los estudiantes lo observaron con curiosidad, sobre todo las chicas, que empezaron a mirarse las unas a las otras soltando risillas y repeinándose como por instinto, como si pretendieran con ello ponerse más guapas o llamar la atención del joven doctor.

—Debe de ser un crack —comentó Lenny—. Medicina General y Neurología... ¿Qué piensas tú, Brey? En la uni debió de ser otro prodigio como tú.

El rubio no contestó. Lenny vio que su amigo tenía una cara muy concentrada, con los ojos entornados y la boca entreabierta, como si tratase de reconocer a alguien.

—¿Te pasa algo? —se extrañó Lenny.

Entonces, cuando el joven doctor se reunió con ellos, sonrió y le hizo una inclinación de saludo al profesor, Brey cayó en la cuenta de la misma forma que si cayera de bruces contra el suelo. Lo reconoció, le costó pero lo reconoció, y se vio a sí mismo petrificado.

—Este es el doctor Vernoux —presentó el profesor.

—Buenos días —saludaron todos.

—Buenos días —contestó Lex.

—Habéis de saber, alumnos —añadió el profesor—, que todos los aparatos y la maquinaria de este hospital proceden de la empresa tecnológica Hoteitsuba. Aquí el doctor Vernoux es el hijo del fundador de esta empresa, por eso es el más indicado para hablaros del funcionamiento de los escáneres de última generación, pues conoce bien el trabajo de su padre. ¿Bien? A ver, el primer grupo, que me siga —ordenó el profesor.

El primer grupo empezó a moverse y a alejarse hospital adentro tras el viejo, dejando a los demás con Lex. Lex se dispuso a comenzar a hablar, pero se quedó un momento ofuscado por la manera en que los estudiantes lo contemplaban, como con admiración y análisis. Sobre todo, les cautivaba esa mirada azul tan profunda y serena tras sus elegantes gafas, como si tuviesen delante a un venerable sabio.

—Eh... Bueno —comenzó Lex—. Seguidme, empezaremos por los aparatos básicos de estructuras óseas.

El grupo lo siguió rápidamente por detrás, las chicas en primera fila, con sus miradas recorriendo desde su trasero hasta su cabeza. Brey permaneció detrás del todo con Lenny en sumo silencio, sin quitarle la vista de encima a Lex.

Fueron yendo de una sala a otra, vacías para disposición de los visitantes, viendo todo tipo de aparatos. Todo era muy complejo de entender a primera vista, pero Lex lo explicaba todo con tanta soltura y facilidad que enseguida comprendían el funcionamiento y apuntaban rápidamente en sus carpetitas. Todos mostraban una atención que los profesores de la universidad envidiarían. Y Brey no era diferente; sin darse cuenta, también se quedaba embelesado escuchándolo.

Una hora después, cerca del final de la visita, el segundo grupo se encontraba en una sala donde estaba el escáner cerebral, tomando información del área de Neurología. Lex, medio sentado en una mesa de la sala les explicaba, y ellos apuntaban.

—Ya sabemos la diferencia entre el escáner y la radiografía convencional, pero ¿qué pasa si queda una laguna en el diagnóstico? —preguntó una alumna.

—El EEG —dijo Brey por ahí al fondo, entretenido tomando apuntes.

—Eh… Efectivamente —respondió Lex, un poco extrañado tras oír aquella voz del fondo, sin saber de dónde venía, pero sintiéndola ligeramente familiar—. Como acaba de decir alguno de tus compañeros, si no hay certeza en el diagnóstico, puede ser útil usar tres tipos de electroencefalograma. El EEG activado con depravación del sueño, donde el paciente permanece sin dormir de 24 a 48 horas; el EEG prolongado, que se realiza durante varios días, utilizando simultáneamente un vídeo que graba los ataques; y por último el... —titubeó, y se quedó un poco perdido. Seguía pensando en esa voz que había oído.

—El EEG ambulatorio realizado de 24 a 72 horas durante la actividad normal del paciente —lo ayudó Brey.

—Exacto —musitó Lex, sorprendido.

—Pero, por ejemplo, en un paciente con epilepsia —dijo otra de las alumnas—, ¿el EEG daría resultados normales?

—Aun existiendo ataques epilépticos, tanto el EEG como el escáner cerebral y la resonancia magnética pueden dar resultados normales —respondió Lex.

—Pero esos recursos pueden ser perjudiciales, ¿no? —preguntó Lenny.

—La resonancia magnética se basa en el uso de ondas magnéticas y de radio, por lo que no hay exposición a los rayos X u otras formas de radiación perjudicial —le aclaró Lex.

Los estudiantes hicieron una pequeña pausa para apuntar. Se suponía que Lex ya les había explicado lo que debía explicarles, pero el grupo estaba tan interesado que seguían preguntando cosas.

—En las radiografías que se obtienen de este escáner —continuó otro chico—, ¿qué tipo de resultados se pueden ver?

—Pues, por ejemplo —contestó Lex—, en el momento en que sufrimos el conflicto, el choque alcanza un área específica en el cerebro provocando una lesión que es claramente visible en un escáner cerebral como un grupo de anillos objetivos y nítidos, así que con el impacto... —titubeó de nuevo.

Había algo que impedía a Lex dejar de pensar en esa lejana voz de antes con ese diminuto acento ruso, y eso le mosqueaba. Se quedó intrigado, tratando de descubrir de quién se trataba. Los demás se preguntaron por qué alzaba la cabeza constantemente, intentando mirar hacia el fondo de la sala.

—Con el impacto, las células cerebrales afectadas envían una señal bioquímica a las células en el órgano correspondiente, produciendo el crecimiento de un tumor, o de una degradación de tejido o una pérdida funcional, dependiendo de qué capa cerebral recibe el choque del conflicto —concluyó Brey, y sus compañeros lo miraron con sorpresa.

—Mira el señorito que se duerme en las clases... —masculló Lenny, dándole un codazo al rubio.

Lex se levantó de la mesa y miró por encima de las cabezas, entornando los ojos. Los estudiantes murmuraban unos con otros sobre sus cosas, y al moverse estos un poco, Lex alcanzó a ver el rostro de Brey. Su reacción fue lógica, se quedó patidifuso. ¿Quién iba a decirle que se lo encontraría en un grupo de estudiantes de Medicina hoy aquí? Nadie, nunca, jamás. Para Lex fue algo inesperado. Pero no pudo evitar formar una sonrisa en su cara.

—Pretendiendo dejarme mal en público —dijo Lex—. ¿Eh, tío Brey?

El grupo se quedó en silencio de pronto.

—¿Eh? ¿Cómo ha dicho? —se sobresaltaron los jóvenes, mirando a ambos con desconcierto.

—Quería comprobar si seguías teniendo miedo escénico —contestó Brey.

—¡Hey! —insistieron los demás estudiantes—. ¿¡Pero usted es sobrino de Brey, doctor!?

—Así es —asintió tranquilamente.

—¡Pero si usted es mucho mayor que él! —apuntó una chica.

—Sí, ya lo sé.

A partir de ahí la sala quedó inundada de voces y exclamaciones, nadie se esperaba algo así.

—Bueno, aquí acaba la visita —declaró Lex—. Podéis iros ya. Vamos, vamos, que hay médicos esperando para usar esta habitación.

Los estudiantes tardaron un poco en moverse, pero al final fueron saliendo poco a poco, sin parar de hablar. Brey se fue con ellos de nuevo a la sala de Recepción, donde ya estaban los del primer grupo con el profesor.

—Bien, dejad vuestros pases de visitante sobre el mostrador —les dijo el profesor—, e id saliendo.

Los alumnos de Medicina obedecieron, pero Brey se quedó de pie, apoyado en la otra punta del mostrador de Recepción, observando sus apuntes. Estaba esperando, con calma, pero su iris se dejó envolver un poco por ese sentimiento cálido de emoción cuando alguien se encuentra con un ser querido al que hace años que no veía. Entonces, se dio la vuelta y vio a Lex viniendo desde los pasillos hacia el mostrador. Venía directamente hacia él, mirándolo fijamente, con esa sonrisa seria tan característica suya. Se apoyó en el mostrador también, con naturalidad.

—Dime, ¿me has reconocido antes de que tu profesor mencionase mi nombre? —quiso saber Lex.

—Sí —contestó Brey.

—¿En serio? A mí me ha costado darme cuenta de que estabas entre el grupo.

—Te pareces mucho a mi padre, Lex. Y la última vez que te vi también seguías siendo un adulto. No has cambiado mucho.

—¡No puedo decir lo mismo de ti! —se rio—. Tú has pasado de niño a adulto de repente para mí. Pero puedo ver que tú también te pareces mucho al abuelo.

—Vaya… veo… —se dio cuenta de lo que llevaba puesto—… que sigues llevando sus gafas.

—Ah... sí... —sonrió Lex con nostalgia, quitándoselas para dárselas a Brey, y el rubio las cogió para observarlas con el mismo aire nostálgico—. Aún me sirven. Si tuviera que cambiarles la graduación, sólo tengo que cambiar las lentes de cristal. Siempre conservaré la montura.

—Recuerdo que yo solía quitárselas cuando era muy pequeño. Me las ponía, y me mareaba al verlo todo desenfocado —casi sonrió, y se las devolvió a su sobrino—. Te quedan bien, Lex. Sigues siendo tú quien guarda también las gafas de mi hermana, ¿verdad?

—Sí. Imaginé que, si algún día alguna chica de nuestra familia las necesitara, las gafas de mi madre serían para ella como yo adquirí las del abuelo Hideki.

Se quedaron un rato en silencio. Siguieron observándose el uno al otro, hasta que ambos dieron un paso al frente y se abrazaron con fuerza.

—Hace años desde la última vez que te vi —dijo Lex—. Has crecido un montón.

—Puedo verlo, por fin soy igual de alto que tú.

—Has estado tanto tiempo desaparecido por ahí, tío Brey, que me ha dejado perplejo encontrarte hoy aquí como alumno de Medicina. No sabía que te interesaba esta profesión. Creía que tú eras más... de luchar, como el abuelo Hideki.

—Esta profesión es la más racional y noble del mundo, para mí elegirla se convirtió en algo lógico. Y también soy de curar, como mi madre.

—Me parece magnífico, por fin alguien en la familia con quien me puedo entender —se rio—. Y estás enterito. No tienes mal aspecto —se apartó él un poco para observarlo bien—. Veo que después de todo no te ha ido mal, ¿eh?

—No... No tan mal como cabría —suspiró.

—Lo único que sé de tu vida es lo de tus hijos. Así que me has dado primos.

—¿Quién te lo dijo?

—Mi padre, en las Navidades de hace cinco años.

—Tú siempre has sido muy sensato y muy correcto en todo, Lex, incluso más que yo. ¿No me vas a reprochar tú también que haya acabado siendo padre adolescente?

—Sí, ya te lo reprocharé, pero otro día —hizo aspavientos con broma—. De todas formas, sé que no fue algo tan simple como suena. Sé, por lo que me han contado, que lo que había entre tú y esa chica llamada Yue era muy fuerte. Os queríais de verdad. Siento mucho que muriese, ojalá pudiera haberla conocido —le dijo muy serio, y Brey no pudo evitar sonreír—. Joder, tío Brey, te he echado de menos —volvió a abrazarlo.

Brey cerró los ojos con amargura. Desde luego le hubiera gustado que las cosas hubiesen ido de otra manera. Cuando era pequeño, pasó gran parte del tiempo con Lex, con Izan y con Cleven –Yenkis era muy pequeño entonces–, y con Katya. Brey también lo había echado de menos a él tanto como a Cleven.

Katya se casó con Neuval el mismo año en que nacieron Izan y Lex. Mientras Neuval, Katya y Lex vivían juntos, Izan vivía con sus padres, Hideki y Emiliya. Cinco años después nació Brey, y entonces eran Neuval, Katya y Lex por una parte, y Hideki, Emiliya, Izan y Brey por otra, pero Izan y Brey pasaban mucho tiempo también con Neuval y con Katya.

Cuando Brey tenía 4 años e Izan 9, murieron sus padres Hideki y Emiliya, y poco después de eso nació Cleven. Entonces Izan y Brey pasaron a vivir con Neuval, Katya, Lex y Cleven en la misma casa durante seis buenos años, ya que, tras la muerte de sus padres, Katya quiso hacerse cargo de sus dos hermanos pequeños.

Después de esos seis años nació Yenkis, y al año siguiente Izan y Brey decidieron irse a vivir a otros hogares de acogida para quitarle a su hermana tanta carga. Fueron a sitios diferentes por la diferencia de edad. De hecho, nadie estaba seguro de a dónde se fue Izan a vivir. Entraba… salía… a veces desaparecía unos días… Él decía que iba a hacer trabajos temporales y ganar algo de dinero. Eso sí, seguía yendo al instituto con normalidad, y siempre que estaba con ellos, siempre tenía su sonrisa feliz en la cara.

Izan era un Yami, pero irónicamente era una de esas personas que iluminaba todo a su paso. Era entrar en una habitación, y hacía sonreír a todos. Siempre estaba alegre, siempre estaba ahí cuando alguien lo necesitaba… pero por eso, nadie nunca vio que quien necesitaba más ayuda era él. Con 17 años, Izan desapareció. Y un año más tarde, murió Katya. Brey se liberó de su fraudulento lugar de acogida, y Lex se largó de su casa tras pelearse con su padre.

Fue bonito mientras duró, pero la cosa siempre acabó yendo de mal en peor. La mejor época que tanto Lex como Brey vivieron fueron esos seis años conviviendo bajo el mismo techo.

Los jóvenes de la facultad los observaban ahí abrazados y hablando no sin sentir curiosidad, pues parecía ser que no se veían desde hacía años. Cuando el profesor reparó en ellos, mientras los jóvenes ya se iban yendo de allí, se les acercó con sorpresa.

—¿Doctor Vernoux? —dijo con el ceño fruncido—. ¿Acaso conoce a este muchacho insolente?

—¿Insolente? —casi rio—. Vaya, entonces no has cambiado nada —le espetó a Brey.

—Es muy buen estudiante, pero con la fea manía de responder y corregir a los profesores como si supiera más que ellos. ¿Es que son viejos amigos?

—Brey es mi tío, señor Himura —contestó Lex firmemente, pasando un brazo sobre los hombros del rubio, como si estuviese orgulloso de ello.

—Su tío —repitió el profesor, más confuso todavía—. ¿Este crío?

—Que sí, pesado —se hartó Brey.

—¿Ve? —le indicó el profesor a Lex, señalando esa insolencia de Brey.

—Sí, él siempre ha sido muy directo. Sé que le parecerá un poco inusual, señor Himura, pero efectivamente soy su sobrino —sonrió, y se volvió hacia Brey—. Es la hora de comer, ¿tienes tiempo para contarme tu vida?

—Claro, ¿por qué no?

Lex se quitó la bata blanca y ambos se marcharon de allí, dejando al viejo profesor solo reflexionando sobre la vida, preguntándose cómo un franco-japonés de 25 años podía ser el sobrino de un ruso-japonés de 20. Pero no podía negar algo, y es que esos dos chicos compartían el mismo y exacto semblante serio y sublime heredado de Hideki.

Tanto Lex como Brey se alegraban por el reencuentro. Si había alguien con quien a Brey le gustase hablar, era con Lex, como en los viejos tiempos, pues de toda esa familia de locos a la que pertenecían, Lex y él siempre fueron los más serios y se entendían.





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