2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
A pesar de que ya había anochecido, Neuval seguía en su rascacielos, en su despacho, terminando el último papeleo del día, pero, no sólo de cosas de la empresa, sino también de los deberes de Alvion. Y a pesar de que esta novedad tras siete años de exilio era motivo de sobra para haberle hecho recuperar su sonrisa infantil y maléfica, ansioso por zurrar a criminales y hacer explotar algún edificio enemigo, tenía una cara más bien pesarosa.
—Hey... qué cara más larga —dijo el viejo Lao al entrar en el despacho, viéndolo ahí en su escritorio mirando la pantalla de uno de sus ordenadores con ese aire desganado.
El viejo se acercó para dejar unos papeles sobre su mesa.
—Toma —murmuró Neuval, tendiéndole una carpetita que contenía su parte de la misión que Alvion les había encomendado.
Lao la cogió con entusiasmo, contento de tener por fin deberes de iris mayor y no las aburridas tareas inferiores de los últimos siete años. Pero, al ver que Neuval seguía alicaído, se sentó en la silla de enfrente con cara preocupada.
—A ver. ¿Qué te ocurre?
—¿Mm? ¿A mí? —preguntó Neuval distraídamente, todavía mirando cosas en su ordenador de mesa.
—No. Al terrorista que tienes detrás sujetando un paraguas.
—Bueno, si no os importa al terrorista y a ti ir a hablar a otra parte mientras zanjo esto… —dijo Neuval, tecleando algo en el ordenador, sin hacerle caso. Sin embargo, Lao siguió mirándolo, esperando, demostrándole que no tenía ninguna prisa ni nada mejor que hacer—. Hahh… —suspiró Neuval, rindiéndose; apagó el ordenador por fin y se recostó sobre el respaldo de su silla—. Vale… Un par de cosas. La primera: anoche hablé con Sarah.
—¡Ah! ¿Qué te ha dicho?
—Que no. No vuelve con nosotros.
—¿Por qué? —saltó Lao decepcionado—. No será por Hatori, ¿verdad?
—Claro que es por Hatori. Lo ha estado pensando mucho, y ha decidido que no. Me ha dicho que ella quiere volver y cumplir su venganza con nosotros, pero… lo que no quiere es ponernos en peligro. Me lo estuvo explicando y tiene parte de razón. Ahora que Hatori tiene el mando de Interior, que Sarah vuelva con nosotros puede traer muchos riesgos, y ella necesita mantener su puesto en el FBI de Japón, así que…
—Vaya… —lamentó Lao—. No le falta razón. ¿Y qué va a hacer con respecto a su venganza?
—Sobre eso no lo tiene muy seguro. Está tratando de hacer cambios en sus planes ahora que Hatori ha ascendido y se ha complicado la cosa.
—Ojalá pudiéramos ayudarla.
—Ya… —lamentó Neuval, mientras se desataba y se quitaba la corbata.
—¿Y lo otro?
—Pues verás… Un caso extraño de Denzel. La noche del lunes le pasó algo que no tiene ninguna lógica. Una niña pequeña, presuntamente con el aspecto de la hija de Raijin, entró en su casa, en su habitación, mientras dormía. Dice Denzel que estaba tratando de robarle el anillo de su dedo.
—¿Qué anillo?
—El que lleva sin quitarse 200 años.
—Ah, ya —entendió Lao.
—Denzel se despertó a tiempo y ella huyó, por la ventana, sin dejar rastro.
—¿Una niña con la misma apariencia que la pequeña Clover que después se va por la ventana, teniendo en cuenta que Denzel vive en una decimoséptima planta? Lo ha soñado.
—No es posible —le explicó Neuval—. Porque, aparte de su rostro, llegó a ver una marca distintiva en ella. Una pequeña mancha de nacimiento en esta parte de la muñeca izquierda —le señaló su propia mano—. Nos la dibujó a Brey y a mí, y era exactamente la misma mancha que tenía Emiliya en el mismo lugar. Y la misma que tiene Brey también.
—Ah, y la misma que tienen Daisuke y Clover —asintió Lao.
—¿Cómo lo sabes?
—A diferencia de ti, exiliado ausente marginado, yo conozco a los niños desde que nacieron y los he visto miles de veces —le dijo el viejo con burla.
—Bueno, pues resulta que Denzel tenía eso en común conmigo, el hecho de no haber visto nunca a los mellizos hasta ahora. Él no tenía ni idea de qué aspecto tenía Clover, y nos describió a la intrusa con los mismos rasgos, y la irrefutable mancha de nacimiento en la piel de la muñeca. Nadie puede soñar con una persona existente que nunca antes había visto.
—Vale… —reconoció Lao, llevándose la mano a la barbilla y poniendo cara pensativa y preocupada—. Es extraño.
Neuval asintió, mirándolo con la misma expresión de intriga.
—¿Qué probabilidades hay —caviló Neuval una hipótesis— de que una niña pequeña, que por fuerza ha de ser una iris al saber huir por la ventana de una planta 17, se haya disfrazado de Clover con detalle?
—¿Para robarle a un demonio del Tiempo el objeto que más adora en el mundo y pretender seguir viva para contarlo? Cero —aseguró Lao.
—Pero alguna pequeña iris con un brote de majin…
—Cero —repitió Lao, vehemente—. El majin no vuelve loco a un iris. Lo vuelve malvado, pero no estúpido. Y dime tú para qué narices quiere alguien un viejo anillo que un taimu tiene en el dedo, si no es para despertar su furia. Todos apreciamos muchísimo a Denzel, pero jugar con sus emociones más íntimas y valiosas es como ponerse a jugar junto al botón rojo que activa ojivas nucleares por todo el mundo.
—Hah… Ni cien mil bombas nucleares por todo el globo podrían equipararse a lo que un taimu podría hacerle al planeta —bufó Neuval.
—Y eso es algo que toda la Asociación sabe —concluyó Lao.
—¿Entonces podía ser alguien que no es de la Asociación? ¿Un humano loco o loca de verdad? ¿Con una agilidad tan desarrollada como para huir por una ventana de un decimoséptimo en una fachada lisa?
—Ninjas —comentó Lao con ironía.
—Haha… —se rio Neuval, pero luego puso cara de sorpresa y horror—. Mierda… Denzel estuvo un par de siglos enemistado con casi una docena de clanes ninja de China y de Japón.
—Neuval, lo decía en broma. No puede ser una niña ninja. Los que sabían de la existencia de los taimu ya no existen, Denzel se los merendó a todos. A algunos, de forma literal.
—Mmmya… Hoti, ¿puedes llamar a Denzel? —dijo Neuval de todas formas, todavía inconforme.
—“Voy” —contestó una voz femenina por el despacho, y se oyeron unos pitidos en altavoz.
—“Dime” —respondió la voz de Denzel.
—¿Qué pasa con los ninjas que sabían de tu poder y tu existencia? —le preguntó Neuval directamente.
—“Que me los merendé hace un siglo. ¿Por?”
Lao le hizo un gesto a Neuval, como diciendo “¿ves?”.
—Pero tienen talento para el disfraz y una buena agilidad, ¿no? —insistió el parisino.
—“¿De qué estamos hablando? Ah…” —cayó el inglés en la cuenta—. “Ya, no creas que no ha sido una de las primeras ideas que se me pasaron por la cabeza… y la descarté en dos segundos.”
—¿Por qué? Todavía existen algunas comunidades ninja secretas por Japón y por China. Ya apenas hay, pero los que hay, quizá alguno haya podido enterarse de quién eres… y de qué eres. Pero por una obvia falta de información, ha decidido cometer la estupidez de mandar a una niña de su clan a hacer el trabajo sucio. ¿Quizá para llevar a cabo una venganza simbólica, robándote algo valioso, por todos los ninjas que aniquilaste en el pasado?
—“Quienquiera que me atacara la otra noche no era humano, Neuval. Ni siquiera un iris, ni siquiera enfermo de majin. Dado que Agatha y yo somos lo primero que un iris conoce nada más convertirse, no existe ningún iris en este mundo que no sepa quién soy, y más importante, qué soy, y sea tan soberanamente estúpido de atacarme o de tocar lo que no debe.”
Lao volvió a hacerle un gesto a Neuval, diciendo “¿ves?”.
—¿Por qué descartas que sea algún tipo de humano con habilidades suficientes para encajar con lo que pasó? —insistió Neuval.
—“Tú eres experto en física. Y yo domino los dos pilares primarios de la física: el espacio y el tiempo. Así que calcula. La niña se suelta de mi mano, y recorre 2’8 metros hacia mi ventana abierta en 2 segundos y 33 centésimas. En el segundo 1’28 de su huida, yo ya estoy levantado y corriendo tras ella. Ella sale por la ventana. Un segundo y cinco centésimas después, yo me asomo. Miro arriba, abajo, a los lados, durante poco más de 3 segundos, desde una ventana en el centro de una fachada lisa sin cornisas ni balcones, lejos de las esquinas, del suelo de la calle y de la azotea. No hay cuerdas, no hay arneses, y no hay ni rastro de la niña, la cual tampoco portaba ningún instrumento o herramienta. Sólo estaba vestida con el uniforme de prescolar, el mismo que usa Clover.”
—Denzel, lo que describes es una desaparición literal e instantánea —dijo Neuval con asombro—. Y eso es físicamente imposible… —frunció el ceño—… a no ser que seas un taimu.
—“Bueno, pero como Agatha y yo somos los únicos que podemos desaparecer física e instantáneamente de un lugar…”
—¿Y si viajas de regreso a la noche del lunes para pillar a esa intrusa?
—“Neuval, sabes perfectamente que está estrictamente prohibido viajar al pasado e interactuar con un suceso ya ocurrido. Lo que no quita…” —añadió con un tono perspicaz—“… que no se me haya ocurrido ya esa idea, pero no para pillar a la intrusa, sino para observar, sin interactuar con nada.”
—¿Ya has hecho ese breve viaje a la noche del pasado lunes? —preguntó Lao con sorpresa—. ¿Te apareciste en tu habitación?
—“No. De haberme aparecido en mi habitación, no hay forma posible de que tanto mi ‘yo’ pasado como la intrusa no pudieran verme, lo cual causaría esa prohibidísima influencia temporal en el suceso ya ocurrido. Decidí observar desde otro ángulo de interés, completamente inofensivo y seguro, que es desde la calle. Para observar mi ventana, digo.”
—¿Y? —preguntó Neuval con gran curiosidad.
—“Me aparecí en mi calle a las once y veinticinco, que es cuando apagué la luz y me acosté, y me oculté entre unos árboles, para que nadie que pasara por allí pudiera verme, pues eso también modificaría el pasado. Observé durante horas mi ventana, que ya tenía abierta, así como el portal de mi edificio, esperando ver cuándo y de qué forma entró la intrusa en mi casa en primer lugar. Me empecé a mosquear al ver que se acercaban las cuatro y diez de la madrugada, que es la hora exacta en que la intrusa agarró mi mano y me despertó, porque, efectivamente, no vi a nadie ni entrando al edificio ni entrando por mi ventana antes de ese momento. Entonces, el reloj marca las cuatro y diez, dos segundos después veo que se enciende la luz en mi ventana, tal como hizo mi ‘yo’ pasado, y justo 2’33 segundos después, veo la silueta de la niña saliendo por mi ventana y… fush.”
—¿“Fush”? ¿“Fush” qué? —brincó Neuval.
—“Se esfuma en pleno aire. Desaparece en un instante.”
De repente se formó un silencio en el despacho. Lao también estaba perplejo ante este suceso. Uno de los detalles que les llamaba la atención era que, tal como Denzel lo describía, parecía que la intrusa se apareció directamente en su casa o en su habitación, sin haber pasado por el portal del edificio o haber entrado por la ventana igual que salió.
—¡AJÁ! —gritó Neuval, tan fuerte y tan de repente y con un manotazo en la mesa, que Lao brincó veinte centímetros sobre su silla al otro lado del escritorio. Pero no fue el único.
—“¡Niño!” —exclamó Denzel—. “¡Me has hecho escupir el té por todo mi sofá!”
—Un espíritu —declaró el Fuu con una sonrisa emocionada y convencida—. Aunque esté prohibido, un espíritu puede colarse aquí en la Dimensión Terrestre, y puede materializarse y hacerse sólido y visible por un rato, y puede desaparecer, esfumarse cuando quiera, de regreso a su dimensión.
—“¿Y la apariencia de Clover?”
—Ahm… Pues… —ahí Neuval ya dudó—. ¿Puede un espíritu mostrarse con la apariencia de otra persona igual que pueden mostrarse vestidos con ropa ilusoria?
—“No. No pueden” —contestó Denzel rotundamente.
—Agh… —Neuval se dejó caer sobre el respaldo de su silla, chafado—. Vale, Denzel, sabes lo mucho que sufre mi cerebro cuando no consigue resolver un enigma, así que si sientes aprecio por mi delicada salud mental, dime que la respuesta está en la única opción que queda a pesar de que ya conozco su baja probabilidad.
—“Vas a preguntarme si ya he terminado de crear aquella Técnica que comencé a diseñar hace dos décadas, por la cual un iris podría adoptar la apariencia física exterior de otra persona. Y la respuesta es no. Esa Técnica la tengo temporalmente aparcada y sin terminar. Así que es imposible que la haya usado alguien para transformarse en Clover. Y, de nuevo, en ese caso, sólo los iris pueden efectuar mis Técnicas y ya hemos aclarado que un iris no fue.”
—Los iris… y los miles de humanos que descienden de tu sangre y de la de Agatha —apuntó el Fuu.
—“Que no está terminada, Neuval” —repitió pacientemente—. “Ahora, si me disculpáis, tengo que cenar y deberes de Inglés que corregir…”
—Denzel —intervino Lao sin previo aviso, y se acomodó en su silla, entrelazando los dedos sobre su vientre—. Hace ya casi 60 años que nos conocemos. He estado todo este rato escuchando la conversación, y no he podido evitar advertir ese tono.
—¿Qué tono? —dijo Neuval.
—“Hahh…” —se oyó a Denzel suspirar con cansancio.
—¿No has notado lo rápido que Denzel ha ido refutando cada posible explicación que sacabas, sin considerar valorarlas ni un segundo? —le preguntó el viejo.
—Oh, no… —comprendió Neuval—. Denzel… vamos… no me hagas esto…
—“Tengo para cenar un pollo en el horno que se me va a quemar.”
—Tú ya llevas más de un día creyendo en una posible explicación… ¿¡y no la vas a compartir conmigo!? Nos cuentas a Brey y a mí el suceso tan raro que te pasó, ¿¡y me vas a dejar colgado!?
—“Si le quito la piel quemada al pollo, todavía me puedo comer la carne, ¿verdad?”
—¡Denzel! ¡Mi salud mental! —protestó Neuval.
—“Niño, tranquilízate. Ya sé que accedí a que me ayudaras a investigar sobre el asunto, pero por ahora quiero que te olvides de ello y te centres en tus otros deberes como iris. De momento, quiero investigar este asunto yo solo. Si necesito la ayuda de iris, ya la pediré, pero ahora necesito aclarar algunas cosas por mi cuenta.”
—¡Pero Denzel…!
—Que aproveche el pollo —dijo Lao como despedida.
—“Gracias” —respondió el taimu, y colgó.
Neuval se rindió y se cruzó de brazos, refunfuñando, recostado en su silla giratoria.
—Tiene razón, Neu. Nosotros tenemos otros asuntos iris en los que centrarnos ahora, y ese suceso raro que le ha pasado a él por ahora es un asunto privado suyo.
El Fuu no dijo nada, tan sólo continuó rezongando en voz baja, girando su silla hacia el ventanal y dándole la espalda a Lao, sin parar de moverse. El viejo negó con la cabeza, viendo que estaba volviendo a tener uno de esos episodios de hiperactividad mental. Podía pasarse mucho tiempo quieto, tranquilo y normal, pero, desde que era pequeño, a Neuval a veces le daban unos breves picos de hiperactividad. Solía sucederle por dos razones: tras recibir un estímulo intelectual de mucho interés, que tomaba carrerilla, se aceleraba y luego se le iba pasando poco a poco, o bien, cuando intentaba solapar unos malos sentimientos con los que no quería lidiar.
Lao se preguntó cuál de las dos razones sería esta vez. Lo de Denzel seguro que le había dejado en ascuas, pero… Lao captó que también había un poco de la segunda razón.
De repente, Neuval se levantó de la silla, sin parar de murmurar más hipótesis sobre la intrusa de Denzel, mientras iba al centro del despacho y, haciendo un movimiento con el brazo, hizo aparecer de un proyector del techo controlado por Hoti una pantalla holográfica muy grande que ocupó desde el techo hasta el suelo, de un color negro opaco, y ya estaba atestada de un sinfín de símbolos y números matemáticos escritos en color blanco, constituyendo una larguísima ecuación que todavía estaba por la mitad de la pantalla. Neuval siguió murmurando cosas mientras escribía con su dedo índice más números y símbolos, añadiéndolos a la cola de la ecuación. Luego hizo otro gesto del brazo, la pantalla volvió a desaparecer y él regresó de nuevo hacia su escritorio, pero no para sentarse. Se quedó de pie frente al ventanal mirando la ciudad, todavía dándole fuelle a los engranajes de su cabeza.
Lao ya estaba acostumbrado a estas rarezas suyas, lo que no quería decir que no siguieran asombrándole. Neuval era capaz de pensar en muchas cosas a la vez y de forma separada. Mientras charlaba con él, seguramente una parte de su mente estaba pensando en el caso de Denzel; otra parte de su mente estaba todavía tratando de completar esa ecuación de antes; otra parte estaba repasando los pasos y fases de la misión de Alvion; y otras tantas partes estaban pensando en varios de los asuntos de la empresa y otras más en otras muchas cosas.
A Lao no dejaba de intrigarle esto de Neuval porque había estado décadas viendo una capacidad y un comportamiento similar en el propio Alvion. Pero es que se supone que no había nadie en el mundo que se pudiera comparar con un Zou…
Además, el tema de la ecuación de esa pantalla negra captó el interés de Lao. Actualmente, Neuval tenía en marcha unas catorce ecuaciones con las que estaba experimentando personalmente. La mayoría eran cálculos de aerodinámica y astrofísica, para los proyectos en curso en la fabricación de naves y lanzaderas espaciales, y otras eran sobre otras cosas. Aparte de estar todas dentro de su cabeza, también estaban en esas pantallas holográficas que Hoti custodiaba, pero eran blancas con las ecuaciones escritas en negro.
La pantalla negra con la larguísima operación escrita en blanco era una decimoquinta ecuación con la que Neuval llevaba peleándose doce años, y, a diferencia de las demás, era la única que Lao no conseguía comprender ni un poco. Y cada vez que le había preguntado a Neuval por ella, él siempre respondía lo mismo: “Nah, es una tontería mía, una idea loca”. Por eso, Lao dejó de preguntarle por ella. Si estaba intentando inventar algo nuevo con ella, supuso que ya le hablaría de ello cuando estuviese preparado. Al fin y al cabo, Lao también tenía sus proyectos secretos. Actualmente, a punto de concluir el más importante de su carrera.
—¿Hana no se asusta cuando te pones así, a hablar solo, sobre ocho temas distintos a la vez? —le preguntó Lao.
—Ella ya sabe que estoy tarumba —contestó Neuval, poniéndose ya a guardar sus papeles y sus cosas dentro de su cartera sobre la mesa, y apagando los otros dos ordenadores.
—¿Sabes? A veces me pregunto si uno de estos episodios te haría explotar la cabeza un día… o si por el contrario te explotaría la cabeza si por un minuto intentaras no pensar en absolutamente nada. ¿Me dejarías abrirte el cráneo y estudiar tu masa encefálica?
—Ponte a la cola. Lex me lo pidió primero.
—¿Cuándo? —se sorprendió Lao.
—Cuando tenía 15 años.
—Heheh… incluso él bromea con ello.
—¿Conoces a Lex? —discrepó Neuval, echándose la cartera al hombro—. Me lo preguntó totalmente en serio.
—Ah… ¿Y qué le respondiste?
—Le dije: “Lex, te quiero con toda mi alma, pero si alguna vez te acercas a mí con una jeringuilla, un fonendoscopio, un bisturí o una sierra corta-cráneos, te desheredo”.
Lao se echó a reír y fueron saliendo del despacho.
A pesar de que ya había anochecido, Neuval seguía en su rascacielos, en su despacho, terminando el último papeleo del día, pero, no sólo de cosas de la empresa, sino también de los deberes de Alvion. Y a pesar de que esta novedad tras siete años de exilio era motivo de sobra para haberle hecho recuperar su sonrisa infantil y maléfica, ansioso por zurrar a criminales y hacer explotar algún edificio enemigo, tenía una cara más bien pesarosa.
—Hey... qué cara más larga —dijo el viejo Lao al entrar en el despacho, viéndolo ahí en su escritorio mirando la pantalla de uno de sus ordenadores con ese aire desganado.
El viejo se acercó para dejar unos papeles sobre su mesa.
—Toma —murmuró Neuval, tendiéndole una carpetita que contenía su parte de la misión que Alvion les había encomendado.
Lao la cogió con entusiasmo, contento de tener por fin deberes de iris mayor y no las aburridas tareas inferiores de los últimos siete años. Pero, al ver que Neuval seguía alicaído, se sentó en la silla de enfrente con cara preocupada.
—A ver. ¿Qué te ocurre?
—¿Mm? ¿A mí? —preguntó Neuval distraídamente, todavía mirando cosas en su ordenador de mesa.
—No. Al terrorista que tienes detrás sujetando un paraguas.
—Bueno, si no os importa al terrorista y a ti ir a hablar a otra parte mientras zanjo esto… —dijo Neuval, tecleando algo en el ordenador, sin hacerle caso. Sin embargo, Lao siguió mirándolo, esperando, demostrándole que no tenía ninguna prisa ni nada mejor que hacer—. Hahh… —suspiró Neuval, rindiéndose; apagó el ordenador por fin y se recostó sobre el respaldo de su silla—. Vale… Un par de cosas. La primera: anoche hablé con Sarah.
—¡Ah! ¿Qué te ha dicho?
—Que no. No vuelve con nosotros.
—¿Por qué? —saltó Lao decepcionado—. No será por Hatori, ¿verdad?
—Claro que es por Hatori. Lo ha estado pensando mucho, y ha decidido que no. Me ha dicho que ella quiere volver y cumplir su venganza con nosotros, pero… lo que no quiere es ponernos en peligro. Me lo estuvo explicando y tiene parte de razón. Ahora que Hatori tiene el mando de Interior, que Sarah vuelva con nosotros puede traer muchos riesgos, y ella necesita mantener su puesto en el FBI de Japón, así que…
—Vaya… —lamentó Lao—. No le falta razón. ¿Y qué va a hacer con respecto a su venganza?
—Sobre eso no lo tiene muy seguro. Está tratando de hacer cambios en sus planes ahora que Hatori ha ascendido y se ha complicado la cosa.
—Ojalá pudiéramos ayudarla.
—Ya… —lamentó Neuval, mientras se desataba y se quitaba la corbata.
—¿Y lo otro?
—Pues verás… Un caso extraño de Denzel. La noche del lunes le pasó algo que no tiene ninguna lógica. Una niña pequeña, presuntamente con el aspecto de la hija de Raijin, entró en su casa, en su habitación, mientras dormía. Dice Denzel que estaba tratando de robarle el anillo de su dedo.
—¿Qué anillo?
—El que lleva sin quitarse 200 años.
—Ah, ya —entendió Lao.
—Denzel se despertó a tiempo y ella huyó, por la ventana, sin dejar rastro.
—¿Una niña con la misma apariencia que la pequeña Clover que después se va por la ventana, teniendo en cuenta que Denzel vive en una decimoséptima planta? Lo ha soñado.
—No es posible —le explicó Neuval—. Porque, aparte de su rostro, llegó a ver una marca distintiva en ella. Una pequeña mancha de nacimiento en esta parte de la muñeca izquierda —le señaló su propia mano—. Nos la dibujó a Brey y a mí, y era exactamente la misma mancha que tenía Emiliya en el mismo lugar. Y la misma que tiene Brey también.
—Ah, y la misma que tienen Daisuke y Clover —asintió Lao.
—¿Cómo lo sabes?
—A diferencia de ti, exiliado ausente marginado, yo conozco a los niños desde que nacieron y los he visto miles de veces —le dijo el viejo con burla.
—Bueno, pues resulta que Denzel tenía eso en común conmigo, el hecho de no haber visto nunca a los mellizos hasta ahora. Él no tenía ni idea de qué aspecto tenía Clover, y nos describió a la intrusa con los mismos rasgos, y la irrefutable mancha de nacimiento en la piel de la muñeca. Nadie puede soñar con una persona existente que nunca antes había visto.
—Vale… —reconoció Lao, llevándose la mano a la barbilla y poniendo cara pensativa y preocupada—. Es extraño.
Neuval asintió, mirándolo con la misma expresión de intriga.
—¿Qué probabilidades hay —caviló Neuval una hipótesis— de que una niña pequeña, que por fuerza ha de ser una iris al saber huir por la ventana de una planta 17, se haya disfrazado de Clover con detalle?
—¿Para robarle a un demonio del Tiempo el objeto que más adora en el mundo y pretender seguir viva para contarlo? Cero —aseguró Lao.
—Pero alguna pequeña iris con un brote de majin…
—Cero —repitió Lao, vehemente—. El majin no vuelve loco a un iris. Lo vuelve malvado, pero no estúpido. Y dime tú para qué narices quiere alguien un viejo anillo que un taimu tiene en el dedo, si no es para despertar su furia. Todos apreciamos muchísimo a Denzel, pero jugar con sus emociones más íntimas y valiosas es como ponerse a jugar junto al botón rojo que activa ojivas nucleares por todo el mundo.
—Hah… Ni cien mil bombas nucleares por todo el globo podrían equipararse a lo que un taimu podría hacerle al planeta —bufó Neuval.
—Y eso es algo que toda la Asociación sabe —concluyó Lao.
—¿Entonces podía ser alguien que no es de la Asociación? ¿Un humano loco o loca de verdad? ¿Con una agilidad tan desarrollada como para huir por una ventana de un decimoséptimo en una fachada lisa?
—Ninjas —comentó Lao con ironía.
—Haha… —se rio Neuval, pero luego puso cara de sorpresa y horror—. Mierda… Denzel estuvo un par de siglos enemistado con casi una docena de clanes ninja de China y de Japón.
—Neuval, lo decía en broma. No puede ser una niña ninja. Los que sabían de la existencia de los taimu ya no existen, Denzel se los merendó a todos. A algunos, de forma literal.
—Mmmya… Hoti, ¿puedes llamar a Denzel? —dijo Neuval de todas formas, todavía inconforme.
—“Voy” —contestó una voz femenina por el despacho, y se oyeron unos pitidos en altavoz.
—“Dime” —respondió la voz de Denzel.
—¿Qué pasa con los ninjas que sabían de tu poder y tu existencia? —le preguntó Neuval directamente.
—“Que me los merendé hace un siglo. ¿Por?”
Lao le hizo un gesto a Neuval, como diciendo “¿ves?”.
—Pero tienen talento para el disfraz y una buena agilidad, ¿no? —insistió el parisino.
—“¿De qué estamos hablando? Ah…” —cayó el inglés en la cuenta—. “Ya, no creas que no ha sido una de las primeras ideas que se me pasaron por la cabeza… y la descarté en dos segundos.”
—¿Por qué? Todavía existen algunas comunidades ninja secretas por Japón y por China. Ya apenas hay, pero los que hay, quizá alguno haya podido enterarse de quién eres… y de qué eres. Pero por una obvia falta de información, ha decidido cometer la estupidez de mandar a una niña de su clan a hacer el trabajo sucio. ¿Quizá para llevar a cabo una venganza simbólica, robándote algo valioso, por todos los ninjas que aniquilaste en el pasado?
—“Quienquiera que me atacara la otra noche no era humano, Neuval. Ni siquiera un iris, ni siquiera enfermo de majin. Dado que Agatha y yo somos lo primero que un iris conoce nada más convertirse, no existe ningún iris en este mundo que no sepa quién soy, y más importante, qué soy, y sea tan soberanamente estúpido de atacarme o de tocar lo que no debe.”
Lao volvió a hacerle un gesto a Neuval, diciendo “¿ves?”.
—¿Por qué descartas que sea algún tipo de humano con habilidades suficientes para encajar con lo que pasó? —insistió Neuval.
—“Tú eres experto en física. Y yo domino los dos pilares primarios de la física: el espacio y el tiempo. Así que calcula. La niña se suelta de mi mano, y recorre 2’8 metros hacia mi ventana abierta en 2 segundos y 33 centésimas. En el segundo 1’28 de su huida, yo ya estoy levantado y corriendo tras ella. Ella sale por la ventana. Un segundo y cinco centésimas después, yo me asomo. Miro arriba, abajo, a los lados, durante poco más de 3 segundos, desde una ventana en el centro de una fachada lisa sin cornisas ni balcones, lejos de las esquinas, del suelo de la calle y de la azotea. No hay cuerdas, no hay arneses, y no hay ni rastro de la niña, la cual tampoco portaba ningún instrumento o herramienta. Sólo estaba vestida con el uniforme de prescolar, el mismo que usa Clover.”
—Denzel, lo que describes es una desaparición literal e instantánea —dijo Neuval con asombro—. Y eso es físicamente imposible… —frunció el ceño—… a no ser que seas un taimu.
—“Bueno, pero como Agatha y yo somos los únicos que podemos desaparecer física e instantáneamente de un lugar…”
—¿Y si viajas de regreso a la noche del lunes para pillar a esa intrusa?
—“Neuval, sabes perfectamente que está estrictamente prohibido viajar al pasado e interactuar con un suceso ya ocurrido. Lo que no quita…” —añadió con un tono perspicaz—“… que no se me haya ocurrido ya esa idea, pero no para pillar a la intrusa, sino para observar, sin interactuar con nada.”
—¿Ya has hecho ese breve viaje a la noche del pasado lunes? —preguntó Lao con sorpresa—. ¿Te apareciste en tu habitación?
—“No. De haberme aparecido en mi habitación, no hay forma posible de que tanto mi ‘yo’ pasado como la intrusa no pudieran verme, lo cual causaría esa prohibidísima influencia temporal en el suceso ya ocurrido. Decidí observar desde otro ángulo de interés, completamente inofensivo y seguro, que es desde la calle. Para observar mi ventana, digo.”
—¿Y? —preguntó Neuval con gran curiosidad.
—“Me aparecí en mi calle a las once y veinticinco, que es cuando apagué la luz y me acosté, y me oculté entre unos árboles, para que nadie que pasara por allí pudiera verme, pues eso también modificaría el pasado. Observé durante horas mi ventana, que ya tenía abierta, así como el portal de mi edificio, esperando ver cuándo y de qué forma entró la intrusa en mi casa en primer lugar. Me empecé a mosquear al ver que se acercaban las cuatro y diez de la madrugada, que es la hora exacta en que la intrusa agarró mi mano y me despertó, porque, efectivamente, no vi a nadie ni entrando al edificio ni entrando por mi ventana antes de ese momento. Entonces, el reloj marca las cuatro y diez, dos segundos después veo que se enciende la luz en mi ventana, tal como hizo mi ‘yo’ pasado, y justo 2’33 segundos después, veo la silueta de la niña saliendo por mi ventana y… fush.”
—¿“Fush”? ¿“Fush” qué? —brincó Neuval.
—“Se esfuma en pleno aire. Desaparece en un instante.”
De repente se formó un silencio en el despacho. Lao también estaba perplejo ante este suceso. Uno de los detalles que les llamaba la atención era que, tal como Denzel lo describía, parecía que la intrusa se apareció directamente en su casa o en su habitación, sin haber pasado por el portal del edificio o haber entrado por la ventana igual que salió.
—¡AJÁ! —gritó Neuval, tan fuerte y tan de repente y con un manotazo en la mesa, que Lao brincó veinte centímetros sobre su silla al otro lado del escritorio. Pero no fue el único.
—“¡Niño!” —exclamó Denzel—. “¡Me has hecho escupir el té por todo mi sofá!”
—Un espíritu —declaró el Fuu con una sonrisa emocionada y convencida—. Aunque esté prohibido, un espíritu puede colarse aquí en la Dimensión Terrestre, y puede materializarse y hacerse sólido y visible por un rato, y puede desaparecer, esfumarse cuando quiera, de regreso a su dimensión.
—“¿Y la apariencia de Clover?”
—Ahm… Pues… —ahí Neuval ya dudó—. ¿Puede un espíritu mostrarse con la apariencia de otra persona igual que pueden mostrarse vestidos con ropa ilusoria?
—“No. No pueden” —contestó Denzel rotundamente.
—Agh… —Neuval se dejó caer sobre el respaldo de su silla, chafado—. Vale, Denzel, sabes lo mucho que sufre mi cerebro cuando no consigue resolver un enigma, así que si sientes aprecio por mi delicada salud mental, dime que la respuesta está en la única opción que queda a pesar de que ya conozco su baja probabilidad.
—“Vas a preguntarme si ya he terminado de crear aquella Técnica que comencé a diseñar hace dos décadas, por la cual un iris podría adoptar la apariencia física exterior de otra persona. Y la respuesta es no. Esa Técnica la tengo temporalmente aparcada y sin terminar. Así que es imposible que la haya usado alguien para transformarse en Clover. Y, de nuevo, en ese caso, sólo los iris pueden efectuar mis Técnicas y ya hemos aclarado que un iris no fue.”
—Los iris… y los miles de humanos que descienden de tu sangre y de la de Agatha —apuntó el Fuu.
—“Que no está terminada, Neuval” —repitió pacientemente—. “Ahora, si me disculpáis, tengo que cenar y deberes de Inglés que corregir…”
—Denzel —intervino Lao sin previo aviso, y se acomodó en su silla, entrelazando los dedos sobre su vientre—. Hace ya casi 60 años que nos conocemos. He estado todo este rato escuchando la conversación, y no he podido evitar advertir ese tono.
—¿Qué tono? —dijo Neuval.
—“Hahh…” —se oyó a Denzel suspirar con cansancio.
—¿No has notado lo rápido que Denzel ha ido refutando cada posible explicación que sacabas, sin considerar valorarlas ni un segundo? —le preguntó el viejo.
—Oh, no… —comprendió Neuval—. Denzel… vamos… no me hagas esto…
—“Tengo para cenar un pollo en el horno que se me va a quemar.”
—Tú ya llevas más de un día creyendo en una posible explicación… ¿¡y no la vas a compartir conmigo!? Nos cuentas a Brey y a mí el suceso tan raro que te pasó, ¿¡y me vas a dejar colgado!?
—“Si le quito la piel quemada al pollo, todavía me puedo comer la carne, ¿verdad?”
—¡Denzel! ¡Mi salud mental! —protestó Neuval.
—“Niño, tranquilízate. Ya sé que accedí a que me ayudaras a investigar sobre el asunto, pero por ahora quiero que te olvides de ello y te centres en tus otros deberes como iris. De momento, quiero investigar este asunto yo solo. Si necesito la ayuda de iris, ya la pediré, pero ahora necesito aclarar algunas cosas por mi cuenta.”
—¡Pero Denzel…!
—Que aproveche el pollo —dijo Lao como despedida.
—“Gracias” —respondió el taimu, y colgó.
Neuval se rindió y se cruzó de brazos, refunfuñando, recostado en su silla giratoria.
—Tiene razón, Neu. Nosotros tenemos otros asuntos iris en los que centrarnos ahora, y ese suceso raro que le ha pasado a él por ahora es un asunto privado suyo.
El Fuu no dijo nada, tan sólo continuó rezongando en voz baja, girando su silla hacia el ventanal y dándole la espalda a Lao, sin parar de moverse. El viejo negó con la cabeza, viendo que estaba volviendo a tener uno de esos episodios de hiperactividad mental. Podía pasarse mucho tiempo quieto, tranquilo y normal, pero, desde que era pequeño, a Neuval a veces le daban unos breves picos de hiperactividad. Solía sucederle por dos razones: tras recibir un estímulo intelectual de mucho interés, que tomaba carrerilla, se aceleraba y luego se le iba pasando poco a poco, o bien, cuando intentaba solapar unos malos sentimientos con los que no quería lidiar.
Lao se preguntó cuál de las dos razones sería esta vez. Lo de Denzel seguro que le había dejado en ascuas, pero… Lao captó que también había un poco de la segunda razón.
De repente, Neuval se levantó de la silla, sin parar de murmurar más hipótesis sobre la intrusa de Denzel, mientras iba al centro del despacho y, haciendo un movimiento con el brazo, hizo aparecer de un proyector del techo controlado por Hoti una pantalla holográfica muy grande que ocupó desde el techo hasta el suelo, de un color negro opaco, y ya estaba atestada de un sinfín de símbolos y números matemáticos escritos en color blanco, constituyendo una larguísima ecuación que todavía estaba por la mitad de la pantalla. Neuval siguió murmurando cosas mientras escribía con su dedo índice más números y símbolos, añadiéndolos a la cola de la ecuación. Luego hizo otro gesto del brazo, la pantalla volvió a desaparecer y él regresó de nuevo hacia su escritorio, pero no para sentarse. Se quedó de pie frente al ventanal mirando la ciudad, todavía dándole fuelle a los engranajes de su cabeza.
Lao ya estaba acostumbrado a estas rarezas suyas, lo que no quería decir que no siguieran asombrándole. Neuval era capaz de pensar en muchas cosas a la vez y de forma separada. Mientras charlaba con él, seguramente una parte de su mente estaba pensando en el caso de Denzel; otra parte de su mente estaba todavía tratando de completar esa ecuación de antes; otra parte estaba repasando los pasos y fases de la misión de Alvion; y otras tantas partes estaban pensando en varios de los asuntos de la empresa y otras más en otras muchas cosas.
A Lao no dejaba de intrigarle esto de Neuval porque había estado décadas viendo una capacidad y un comportamiento similar en el propio Alvion. Pero es que se supone que no había nadie en el mundo que se pudiera comparar con un Zou…
Además, el tema de la ecuación de esa pantalla negra captó el interés de Lao. Actualmente, Neuval tenía en marcha unas catorce ecuaciones con las que estaba experimentando personalmente. La mayoría eran cálculos de aerodinámica y astrofísica, para los proyectos en curso en la fabricación de naves y lanzaderas espaciales, y otras eran sobre otras cosas. Aparte de estar todas dentro de su cabeza, también estaban en esas pantallas holográficas que Hoti custodiaba, pero eran blancas con las ecuaciones escritas en negro.
La pantalla negra con la larguísima operación escrita en blanco era una decimoquinta ecuación con la que Neuval llevaba peleándose doce años, y, a diferencia de las demás, era la única que Lao no conseguía comprender ni un poco. Y cada vez que le había preguntado a Neuval por ella, él siempre respondía lo mismo: “Nah, es una tontería mía, una idea loca”. Por eso, Lao dejó de preguntarle por ella. Si estaba intentando inventar algo nuevo con ella, supuso que ya le hablaría de ello cuando estuviese preparado. Al fin y al cabo, Lao también tenía sus proyectos secretos. Actualmente, a punto de concluir el más importante de su carrera.
—¿Hana no se asusta cuando te pones así, a hablar solo, sobre ocho temas distintos a la vez? —le preguntó Lao.
—Ella ya sabe que estoy tarumba —contestó Neuval, poniéndose ya a guardar sus papeles y sus cosas dentro de su cartera sobre la mesa, y apagando los otros dos ordenadores.
—¿Sabes? A veces me pregunto si uno de estos episodios te haría explotar la cabeza un día… o si por el contrario te explotaría la cabeza si por un minuto intentaras no pensar en absolutamente nada. ¿Me dejarías abrirte el cráneo y estudiar tu masa encefálica?
—Ponte a la cola. Lex me lo pidió primero.
—¿Cuándo? —se sorprendió Lao.
—Cuando tenía 15 años.
—Heheh… incluso él bromea con ello.
—¿Conoces a Lex? —discrepó Neuval, echándose la cartera al hombro—. Me lo preguntó totalmente en serio.
—Ah… ¿Y qué le respondiste?
—Le dije: “Lex, te quiero con toda mi alma, pero si alguna vez te acercas a mí con una jeringuilla, un fonendoscopio, un bisturí o una sierra corta-cráneos, te desheredo”.
Lao se echó a reír y fueron saliendo del despacho.
Comentarios
Publicar un comentario