2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __
El edificio Tomonari de primaria y prescolar ya hizo sonar la campana de su reloj, y Brey les ordenó a los niños que se fuesen ya a la puerta de entrada, donde había un grupo de maestros y maestras esperando a todos los niños de 5 años para meterse con ellos dentro.
Cleven y los demás seguían de tertulia, al otro lado de la valla, dentro del recinto del instituto y cerca de la verja de entrada, pues uno de sus compañeros de clase le había escrito a Nakuru por el móvil que Denzel aún no había llegado al aula, ya que ella era la delegada de clase y solía informarse de estas cosas fácilmente. Cuando Drasik escuchó a Cleven decir que Kyo la había ayudado toda la noche a estudiar y que por eso estaba así de adormilado, puso una cara molesta que nadie percibió.
Brey los dejó allá con su parloteo y se fue hacia su coche, aparcado junto a la acera. Sin embargo, antes de abrir la puerta del vehículo, divisó a Denzel viniendo por la calle acompañado por otro joven que aparentaba su misma edad, con su cabello negro y largo recogido en una coleta y sus gafas de montura redonda como las antiguas, y vestido con unos vaqueros y una chaqueta moderna prestados por Denzel.
—Brey —lo saludó el profesor—. ¿Qué haces por aquí?
—Denzel... —murmuró el rubio, un poco inquieto, recordando la insólita visita que recibió anoche Yako en su cafetería—. He traído a los mellizos al colegio. Oye, ¿has visto a Yako? Hay algo impactante que debes saber cuanto antes…
—Anda, ¡un iris! —exclamó Owen, interrumpiéndolo, y se le acercó a dos palmos para observarlo de arriba abajo. Brey se quedó paralizado e incómodo—. Pues siguen siendo iguales que hace dos siglos…
—No jodas… —dijo Brey, señalando a ese cotilla y mirando fijamente a Denzel—. ¿Este es… uno de tus hijos? ¿Te ha encontrado él solo?
—¿Cómo lo…? —se sorprendió Denzel—. Espera, ¿es que tú sabes algo?
—¿Cómo coño ha adivinado que soy un iris? —se mosqueó el rubio—. El otro me dio un sopapo en la cara para descubrirlo.
—¿El otro? —Denzel no entendió.
—Qué lenguaje más soez —intervino Owen con su actitud analizadora y sabionda—. Sé que eres un iris por esa posición de alerta que adopta tu cuerpo sin que te des cuenta cada vez que estás cerca de seres queridos o se te acerca un enemigo. Nunca falla, siempre lo hacéis. Por cierto... iris, rubio, ojos verdes, un ligero énfasis en la pronunciación de algunas vocales finales añadiendo una pequeña "i", los lóbulos de las orejas levemente punteados… Tú eres un Smirkov, ¿verdad que sí?
—¿Qué? —Brey se quedó perplejo—. Ese es el apellido de mi madre, ¿de qué conoces…?
—Seguís existiendo, sí que sois fuertes los rusos… Oh, pero tú eres mestizo japonés.
—Owen —intervino Denzel—. Déjalo, no es momento para estudiar a la gente como si fuesen especímenes.
—No me culpes por hacer lo mismo que haces tú —sonrió este, echándole un vistazo a las zapatillas deportivas de Brey y comparándolas con las suyas—. Colores en el calzado… me gusta.
—¿Qué clase de poderes tienen? ¿Estos seres pueden leerte la mente? —desconfió Brey, alejándose un paso del otro.
—¿“Seres”? Eh, corta el rollo prejuicioso, chaval —le dijo Denzel, ofendido y molesto—. Todos los taimuki son humanos, a pesar de que los dioses se empeñaran en inventar este nombre diferente con el que llamarlos, y aunque las malas lenguas de los humanos de hace siglos y la ignorancia de la Iglesia los considerasen medio demonios erróneamente. Son humanos —repitió.
—¿Por qué te alteras?
—Porque mi padre sufrió esa discriminación cuando era joven, sólo porque el cura de su pueblo lo vio mover un guijarro con telequinesia 3 míseros centímetros sobre una tabla de madera. Tuvo que irse a vivir a otro lugar porque querían quemarlo en la hoguera. Y cuando yo nací, la vieja vecina chismosa de aquel barrio de Londres, cuando vio que el bebé de sus vecinos tenía estos lindos ojitos demoníacos —se subió las gafas de sol para mostrarle a Brey sus aterradores ojos—, dio la alarma y una horda de puritanos religiosos vinieron con hoces, antorchas y crucifijos a nuestra casa. Por suerte, Agatha, que tenía localizado a mi padre y reconocido como su descendiente, le dio la protección que nadie más podía darle, ya que los iris y la Asociación aún no existían.
—Es muy sensible con este tema —le dijo Owen al rubio.
—Vale, lo siento —se disculpó Brey.
—Escucha —prosiguió Denzel—. A diferencia de los iris, de los Zou y de los taimu, mis descendientes y los de Agatha tienen una mente humana cuya energía Yin y Yang es y funciona igual que la humana. Es variante, pueden ser buenas o malas personas en función del tipo de vida que tengan, la educación que reciban o las decisiones que tomen, justo igual que el resto de humanos. No nacen con un tipo de mentalidad Yin o Yang ya arraigada e invariable, como los Zou o los dioses, o los iris cuando se convierten.
»Lo único sobrehumano que tienen es una energía extra asentada en su cuerpo, una energía biológica, un pequeño trocito del Yin que tenemos los taimu que ellos heredan en un pequeño porcentaje de sus genes. Sólo les otorga la habilidad de poder manipular de forma muy diminuta las Corrientes espaciotemporales, como el guijarro que mi padre movió mentalmente 3 insignificantes centímetros, que era lo máximo que podía hacer. Los iris también adquirís esa energía física extra cuando os convertís, lo que os hace capaces de dominar una materia o elemento natural a través de vuestro cuerpo, y también ejecutar mis Técnicas espaciotemporales.
»El factor principal por el que vosotros los iris no sois humanos es por la energía Yang extra que hay en vuestra mente, que está por encima del límite humano normal. Ahí radica la diferencia entre la energía física del cuerpo y la energía mental o alma. Esta última es la que dictamina si eres humano o no.
—¿Y por qué este de aquí sabe tanto de mí de repente? —insistió Brey.
—Porque tengo un alto nivel de observación y especulación —le dijo Owen—. Soy un humano listo y nada más, ¿te crees que los iris sois los únicos listos capaces de adivinar cosas mediante la observación meticulosa? Mis hermanos no habrían podido hacerlo. Yo soy el más listo de ellos.
—Eh, sé respetuoso con tus hermanos —le reprimió Denzel.
—De todas formas, podría leerte la mente de verdad, joven Smirkov, si volviera a aprenderme la Técnica de Telepatía de padre —añadió Owen—. Pero como no me deja… —gruñó.
—No empieces —dijo Denzel.
—¿Qué quieres decir? —quiso saber Brey.
—Las Técnicas de padre se olvidan, si pasas mucho tiempo sin usar la que aprendiste. Los taimuki somos los únicos humanos que podemos aprenderlas y efectuarlas igual que los iris. Como sabrás, cada Líder de RS tiene una, y sólo puede aprender una a la vez, ya que son tan complejas que aprender dos al mismo tiempo es imposible. Si se hace uso de ella de vez en cuando, se mantiene fresca —se señaló la cabeza—. Si pasas mucho tiempo sin usarla, se olvida. En ese momento, si quieres volver a efectuarla, tienes que volver a aprenderla en su pergamino, o puedes aprovechar y aprender otra diferente. Mis hermanos y yo aprendimos varias Técnicas cuando éramos pequeños, una cada vez, para demostrar que podíamos hacerlo, pero la Asociación ya no nos deja tocar los pergaminos de padre ni a él dejárnoslos. Hace años que olvidamos las últimas Técnicas que probamos a aprender, por lo que ya no podemos hacerlas, para ello necesitaríamos volver a estudiarlas en sus pergaminos.
—¿Por qué la Asociación no permite que tus hijos aprendan y ejecuten un poder que es tuyo y de tu legado? —le preguntó Brey al taimu—. ¿Y en cambio sólo los Líderes iris pueden?
—Oh, porque por lo visto ese poder no es mío —sonrió Denzel con notable sarcasmo—. Y eso es porque yo tampoco soy mío. No fue la Asociación quien tomó esa decisión, fueron los dioses, quienes, como bien sabes, son encantadores, y cuando yo me convertí en segundo al mando de la Asociación, mis queridos amos ordenaron a los Zou convertirse en mis supervisores y vigilantes. Y cuando nacieron mis hijos, los dioses le ordenaron a Elaye Zou impedirme enseñarles mis Técnicas, diciendo que, como yo soy propiedad de la Asociación y de los dioses, mis Técnicas también son propiedad de la Asociación y deben ser usadas por iris autorizados y nadie más.
—Eso es… injusto —dijo Brey, sorprendido.
—Eso mismo opinan los Zou. Pero ya sabes, los dioses, al final, son los que mandan. Y tanto los Zou como yo y Agatha tenemos que obedecer lo que ellos digan. Los Zou siempre nos han respetado, apreciado y tratado como a iguales. Pero desde el punto de vista de los dioses, un Zou es un ser inferior, pero aun así una persona poderosa, especial y admirable; y en cambio, un taimu es directamente un objeto.
—Oh, pero esta triste historia tampoco es tan triste —intervino Owen, cruzado de brazos—. Porque padre sí que pudo enseñarnos otro tipo de poder que, al no ser suyo, sino un regalo de otra persona, sí tenía pleno derecho para enseñárnoslo y nosotros para aprenderlo. Este poder, al ser su dueño un humano común, es decir, un humano libre externo a la Asociación que, por lo tanto, no tenía ninguna atadura con las normas del equilibrio y los dioses, es un poder sobre el que los dioses no tienen derecho a decidir.
—¿En qué consiste ese poder?
—Dibujar.
—Perdona, ¿qué?
—A ver, sólo para aclararlo —interrumpió Denzel, e inconscientemente se tocó el anillo dorado de su dedo anular—. El Poder de los Sellos es un poder pequeño que yo mismo desarrollé, intentando imitar su poder original mucho más grande, el Poder de los Códigos. Este extraordinario Poder de los Códigos es el poder único de Zhen Yu, el humano del que Owen estaba hablando.
—Ah, habláis del tipo ese que inventó nuestros tatuajes de comunicación sensorial, que lo llamaban “brujo” o algo así.
—Eso es. Vuestros tatuajes iris son Códigos Sensoriales creados por el brujo Zhen Yu. Él fue un querido amigo mío, un humano viajero que nos ayudó mucho a Leander Zou y a mí a impulsar el auge de la Asociación en sus inicios. Zhen nos ayudó, pero jamás quiso convertirse en miembro o socio de la Asociación, porque sabía que, en ese caso, tendría que acatar las normas y órdenes de los dioses. Su poder era inimitable y misterioso, y él quería mantenerlo libre y propio.
»Pero Zhen me ayudó a experimentar una parte de él, otorgándome la capacidad de hacerlo realidad aunque sólo se trate de una pequeña muestra. Lo llamé el Poder de los Sellos, otro tipo de habilidad sobrenatural que sólo mi descendencia humana libre, o la de Agatha, puede efectuar y nadie más. Y este poder únicamente lo conocen los Zou y apenas lo saben unos pocos iris de confianza, así que no lo vayas contando por ahí.
—Un momento. Dado que has especificado que sólo puede ser utilizado por tu descendencia “humana” y “libre” —se percató Brey—, ¿quieres decir que, si un descendiente tuyo es un iris, o almaati, o monje, ya no puede efectuar ese Poder de los Sellos porque ya no entra en la categoría de “humano libre”?
—Así es. Por alguna razón, Zhen Yu quiso que este poder que me regaló no pudiera ser utilizado por nadie que fuera inhumano, ni nadie que perteneciera a la Asociación y por tanto estuviera atado al servicio de los dioses. Exceptuándome a mí, claro. Pero dejemos ya de hablar de esto, niños, tenemos que seguir averiguando qué diablos ha ocurrido con este salto temporal accidental. Estoy aquí para comunicarle al director Suzuki que hoy no voy a trabajar y a dejar una serie de pautas para el profesor que me sustituye. Así que, Raijin, ¿estabas a punto de decirme algo importante o puedo irme a seguir indagando?
—Sí, es cierto, escucha —recordó—. Ayer en la cafetería de Yako apareció un tipo... Link, creo que se llamaba —le explicó, y Owen y Denzel cruzaron una mirada exaltada—. Yako se lo llevó consigo a su casa. Hoy iban a buscarte aquí al instituto. ¿De qué va esto, Denzel?
—Eso trato de averiguar. Si es verdad lo que dices, esperaré aquí a Yako para…
—¡Eh, profe! —exclamó Cleven al salir del recinto del instituto a la calle y verlo ahí cerca; se le echó encima y lo agarró de las solapas de su chaqueta—. ¿¡A qué esperas para entrar!? ¡Haznos ya el examen! ¡Verás qué nota te saco! ¡Verás! ¡Verás!
Owen se alejó de ellos un par de pasos, asustado, y Brey miró a otra parte con vergüenza ajena.
—Ay... —agonizó Denzel, mareado—. Cleventine, cálmate...
Drasik, Nakuru y Kyo también salieron por la verja del instituto para ver qué pasaba y se acercaron a ellos.
—Hey, qué bien que estéis aquí —se alegró Denzel, todavía medio tirado en el suelo colgando de las manos de Cleven—. Nakuru, ya que eres la delegada de clase, informa de mi parte al director de que hoy no puedo trabajar, y le das esta nota al profesor que me sustituya —le dio un papel doblado.
—¿¡Qué!? —explotó Cleven, volviendo a tirar de sus solapas—. ¿¡Cómo que hoy no das clase!? ¿¡Y qué pasa con el examen!? ¿¡Qué pasa con mi sobresaliente!?
—¡Cleven, ya te lo hará mañana, deja de asesinarlo! —le reprochó Brey.
—¡Para mañana ya se me habrá olvidado todo!
—Jeje... pues muy mal —se rio Denzel.
—¡No! ¡Embustero! —sollozó.
Nakuru se vio obligada a agarrar a su amiga y, despidiéndose de los demás, se la llevó hacia el edificio, aunque Cleven seguía dando voces, llamando la atención de todos los demás estudiantes que pasaban por ahí.
Sin embargo, Drasik y Kyo se aproximaron a su tutor, que se estaba levantando del suelo, recuperándose de la furia de Cleven.
—Dios mío, es igual que Fuujin —comentó Denzel, exhausto.
—¿Qué es lo que ocurre aquí? —preguntó Drasik, observando al desconocido.
—¡Uy, más iris! —sonrió Owen.
—Hey, ¿cómo lo sabe? —se sorprendió Kyo.
—¿Puedo darles un sopapo para averiguar sus elementos, padre? —le preguntó Owen a Denzel.
—¿Padre? —repitieron Drasik y Kyo.
—¿¡Pero por qué esa manía de abofetear a un iris para averiguar su elemento!? —exclamó Brey, recordando que Link se lo hizo anoche.
—No, nada de abofetear iris, ya sois mayores para esas travesuras, Owen —le reprochó Denzel.
—¡Eh, ¿este hombre tiene algo que ver con el tipo que salvé anoche de ser atropellado?! —se percató Drasik—. ¡Se parecen!
—¿¡Atropellado!? —repitió Denzel, poniéndose pálido, y se llevó las manos a la cabeza—. Mierda, ¡sin duda alguno acabará mal! ¡Como no los encuentre a tiempo, alguno acabará muerto, seguro! ¡En esta ciudad hay un peligro para ellos a cada cinco metros! ¡No saben cómo funciona un semáforo, no saben siquiera qué es un semáforo!
—Padre, tranquilízate, los demás estarán bien —le dijo Owen—. Eso sólo es Link, que siempre va por ahí sin prestar atención y tropezándose con cada piedra.
—¿¡Tienes más hijos perdidos por la ciudad!? —saltó Brey.
—¿¡Tus hijos!? —brincaron Kyo y Drasik—. Oh, my god! —exclamó Drasik, señalando a Owen con el dedo—. ¿¡Me estás diciendo que el tipo de anoche en la cafetería y este de aquí son taimuki!? ¿¡Y de primera generación!? ¡Siempre quise conocer a uno!
—Encantado —Owen le estrechó la misma mano con la que el chico lo señalaba descaradamente.
—¿Por qué no nos habías dicho que tenías hijos en esta época, Denzel? —preguntó Drasik.
—Porque no los tiene —le respondió Owen—. Ahora mismo estamos bien muertos. Venimos de 1812.
—Oh, no, ¿esto es un salto en el tiempo accidental y estáis tratando de averiguar qué pasa? —comprendió Kyo—. Por eso Yako se quedó tanto tiempo ayer hablando con el otro. Denzel, ¿cuántos más hay perdidos? Si es uno o dos, podemos…
—Son seis más —contestó.
Drasik y Kyo se quedaron estupefactos.
—Espera… ¿Con… con cuántas mujeres…? —quiso saber Drasik.
—¡Con la misma! —se ofendió el taimu.
—¿¡Qué!? —exclamó Drasik, espeluznado—. ¿¡Ocho hijos en total y con la misma mujer humana!? ¡Pobre humana, Denzel!
—¡Pe…! —Denzel se sonrojó con vergüenza—. No seas idiota, ¡en algunas épocas y culturas es normal tener incluso diez o catorce! Todos fueron deseados y… y… Na Wen hasta quería tener más, y… ¡Y no es asunto tuyo, dammit! No te entrometas en la vida privada de los demás —se cruzó de brazos y miró a otra parte, todavía sonrojado.
—¡Hahah! Me gusta este chico sin filtro —se reía Owen.
—¿Tú qué eres, el mayor de todos? —le preguntó Drasik.
—No, yo soy justo el hermano del medio —corrigió Owen.
—Pero siendo ocho no puede haber nadie justo en el medio... —dijo Kyo.
—Es que por debajo de mí hay unos gemelos idiotas —le explicó.
—¡Gemelos incluso! —Drasik volvió a alucinar—. ¡Denzel, eres un semental!
—Shut your bloody mouth! —le reprimió el profesor—. ¡O te hago repetir curso! Vamos a ver, quiero avanzar con este asunto, si no os importa.
—¿Quieres que ayudemos en la búsqueda? —le preguntó Kyo—. Haremos lo que haga falta.
—No. Gracias, Kyo, pero no quiero involucrar a iris en una anomalía temporal sin saber quién es el responsable o cuál es la causa, podría ser peligroso. Esto es por ahora un asunto taimu, yo me encargaré. Si necesito ayuda, acudiré en todo caso a un alto rango. Brey, ¿dijo Yako a qué hora vendría al instituto?
—A primera hora, dijo. Ya casi son las 9 —dijo mirando su reloj—, así que ya deberían estar viniendo hacia aq...
¡Pum! Los cinco se llevaron las manos a la cabeza como por instinto al escuchar una lejana y leve explosión, dándoles un buen susto. Desconcertados, no tardaron en divisar allá a lo lejos a Yako corriendo como un descosido calle arriba, y detrás iba Link, con la misma cara de susto y su katana desenfundada.
—¿Qué demonios...? —se extrañó Kyo.
Cuando vieron que Yako, al percatarse de ellos, les hizo señas desesperadas para que se metieran dentro del recinto del instituto, estos lo hicieron al instante, pasando la verja. A los pocos segundos de esperar, oyeron a Yako derrapar y después a Link, metiéndose en el recinto y pegándose al muro, recuperando el aliento. Brey fue a preguntar algo, pero de pronto un numeroso grupo de mafiosos furiosos pasaron de largo calle arriba al otro lado del muro, como una estampida, con palos y cadenas en alto y soltando voces.
—¿¡Adónde han ido!? —gritó uno.
—¡Seguid adelante! —dijo otro—. ¡Yo me cargo a ese tío! ¡Me lo cargo!
Cuando se alejaron y la calma volvió a reinar en la zona, se inició un concurso de miradas entre los siete ahí presentes.
—¡Le he dicho que deje de ponerse delante de los coches! —le reprimió Yako a Link.
—¡El conductor de ese carro metálico había herido el honor de una dama que paseaba por la calle! ¡Empezó a llamarla con comentarios obscenos desde su ventanilla, el cobarde! ¡Tenía que proteger el honor de la dama!
—¡Pero no destruya a espadazos su coche, y menos si son de la Yakuza!
Los demás estaban callados, mirándolos con perplejidad mientras discutían, sin saber qué decir. Sin embargo, una mano no tardó en agarrar a Link del hombro y girarlo bruscamente.
—¡Hahah…! ¡Aquí estás! —celebró Denzel con gran alegría, hablándole en chino y dándole un fuerte abrazo—. No me lo puedo creer, ¡mírate! Tu rostro, la forma de tus facciones y cuerpo… ¡Hah! ¡Es verdad que tienes mi mentón, como decía la gente!
Link, confuso, lo apartó de sí rápidamente y, sujetándolo de los hombros, lo observó fijamente.
—¡Ah! ¡Padre, eres tú! ¡Hahah, al fin te encuentro! —lo zarandeó—. ¡Y Owen, tú también! Ya sabía yo que tú serías el primero en encontrar a padre, cerebrito. Me alegro de que estés bien, hermano —lo zarandeó también.
—Lo mismo digo.
—Vaya… —Link volvió a mirar a Denzel—. Casi no te reconozco con el cabello corto y estas ropas y esas extrañas lentes negras... ¡Fíjate, parece que has crecido un poco! Te superé algunos centímetros en altura hace ya años, y ahora otra vez somos igual de altos, ¡hahah!
—En tu época aún tenía el físico de un veinteañero, como Brey —señaló al rubio—. Supongo que mi crecimiento ya ha alcanzado la adultez completa, como cualquier otro hombre humano suele hacer hasta los 25 años. Ahora sólo me toca envejecer.
—Nunca te he visto cambiar de aspecto en mis 35 años. Aun así, sigo pareciendo más viejo que tú, a pesar de que han pasado dos siglos... —murmuró esto último frunciendo el ceño, pues, en esto, los cálculos no le encajaban del todo.
—No le des tantas vueltas a la apariencia, sabes que no importa en absoluto —sonrió Denzel, dándole una fuerte palmada en el hombro—. Tengo 393 años.
—Oye, ¿y cómo me has reconocido tan rápido?
—Es la primera vez que te veo con los ojos, muchacho, pero podría reconocer tu voz a kilómetros.
—¿Que puedes verme, has dicho? ¿Es por estas extrañas lentes negras que tapan tus ojos? —se interesó Link—. No me digas que es un invento futurístico… ¡Déjame verlas!
—No te lo recomiendo, Denzel, todos los aparatos modernos de mi cafetería y de mi casa corrieron peligro anoche —le dijo Yako.
—Créeme que lo sé, Yako —sonrió el taimu, agarrando a Link de las muñecas para frenarlo, pues había estado a punto de quitarle las gafas—. Link, estas gafas son sagradas, prohibido tocarlas. No existen otras iguales y fueron un regalo muy especial.
—Vamos, ¡no seas así! Fíjate, con las lentes de Owen tengo cuidado… —le quitó a Owen sus gafas, pero no calculó su fuerza y ya de primeras partió la montura.
Todo el mundo se quedó mudo mirando las gafas de Owen rotas en su mano.
—¿¡Pero por quéeee!? —berreó Owen con horror, y empezó a zarandear a su hermano con rabia—. ¡Siempre andas rompiendo mis cosas!
—¡Ha sido sin querer, lo siento! ¡Te compraré otras!
—¡Eres un bushi cazarrecompensas y guardaespaldas de alquiler, eres más pobre que las ratas!
—¡Padre te comprará otras! —se corrigió Link entonces.
Denzel se puso entre los dos con una expresión feliz en la cara y abrazó a los dos juntos, impidiéndoles pelearse más. En ese momento, parecía como si se hubiese sumergido en un sueño que hace tiempo dejó de tener. Brey y Yako cruzaron una mirada silenciosa. Había algo más que un feliz encuentro ahí. Ambos sabían lo mucho que Denzel había odiado su vida y su existencia por ser quien era. Para él, la familia que tuvo lo fue todo, su única felicidad, la que había dejado atrás sin tener más remedio.
Yako, Kyo y Drasik se apenaron, pensando cuánto duraría esa felicidad que nunca antes habían visto en Denzel, porque esos dos hombres algún día tendrían que volver a su hogar, y él volvería a estar solo. Más que eso, les preocupaba hasta qué punto podría afectarle esto mentalmente.
—Hermano, tenemos que ponernos en marcha —dijo Owen finalmente, poniéndose de nuevo sus gafas rotas, por lo que le quedaron torcidas.
—Sí… es verdad —asintió Link, meciéndose la barba con aire más serio—. Tenemos que llegar al fondo del asunto.
Sólo Yako entendió lo que estaban diciendo en su idioma.
—Denzel... —lo llamó preocupado.
—Tranquilo, Yako —se adelantó este con un gesto de la mano, sonriéndole con calma—. Averiguaré qué pasa e informaré a Alvion sólo si el asunto es más grave de lo que yo puedo manejar. Te agradezco que te hayas ocupado de Link esta noche, y perdona las evidentes molestias que te habrá causado, siempre ha sido un chico demasiado curioso.
—No ha sido molestia —sonrió Yako también.
—Sí, gracias por tu amabi-... —fue a decirle Owen con una inclinación por educación, pero se quedó mudo de repente cuando se fijó bien en él—. ¡Que me aspen, amigo, te pareces un montón a Elaye! Padre, ¿cómo es que este chico se parece tanto a Elaye?
—¿Quién es Elaye? —preguntó Kyo.
—Sí, sí, un tatarabuelo mío —le respondió Yako—. El Zou que gobernaba en la época de donde vienen estas personas.
—¡Espera, ¿eres un Zou?! —brincó Owen, y puso una mueca horripilada—. ¿¡Y qué estás haciendo en Japón!? ¿¡Cómo es que no estás dentro de tus tierras seguro y a salvo!? ¡Estás loco! ¿¡Cómo se te ocurre salir al exterior!? ¡Los Knive pueden ir a por ti en cualquier momento...!
—Owen, tranquilo —intervino Denzel—. No pasa nada, lo de los Knive ya es cosa del pasado, Yako está bien aquí. Es una larga historia, y nosotros deberíamos ponernos en marcha ya. Kyo y Drasik, a clase ahora mismo, no lleguéis tarde. El examen de hoy será aplazado.
Los dos chicos obedecieron y se fueron hacia el edificio, en silencio, cavilando sobre este inexplicable suceso. Igualmente, Brey y Yako se marcharon a sus respectivas universidades. Kyo, sobre todo, no estaba muy tranquilo. No sabía por qué, pero por alguna razón, su subconsciente le hizo recordar a esa niña extraña por la que tuvo que pelearse con otros chicos del instituto que la estaban molestando hace unas pocas semanas. Esa niña callejera, solitaria y hostil, la cual, tras salvarla de esos gamberros, repelió a Kyo y huyó de él sin siquiera darle las gracias.
¿Quién podría ser esa niña? ¿Podría tener algo que ver con Denzel? Kyo no sabía por qué se le vino esa idea a la cabeza. Pero quizá, tal vez, sería por el diminuto detalle de que esa niña, igual que Denzel, tenía el cabello negro con un mechón blanco.
El edificio Tomonari de primaria y prescolar ya hizo sonar la campana de su reloj, y Brey les ordenó a los niños que se fuesen ya a la puerta de entrada, donde había un grupo de maestros y maestras esperando a todos los niños de 5 años para meterse con ellos dentro.
Cleven y los demás seguían de tertulia, al otro lado de la valla, dentro del recinto del instituto y cerca de la verja de entrada, pues uno de sus compañeros de clase le había escrito a Nakuru por el móvil que Denzel aún no había llegado al aula, ya que ella era la delegada de clase y solía informarse de estas cosas fácilmente. Cuando Drasik escuchó a Cleven decir que Kyo la había ayudado toda la noche a estudiar y que por eso estaba así de adormilado, puso una cara molesta que nadie percibió.
Brey los dejó allá con su parloteo y se fue hacia su coche, aparcado junto a la acera. Sin embargo, antes de abrir la puerta del vehículo, divisó a Denzel viniendo por la calle acompañado por otro joven que aparentaba su misma edad, con su cabello negro y largo recogido en una coleta y sus gafas de montura redonda como las antiguas, y vestido con unos vaqueros y una chaqueta moderna prestados por Denzel.
—Brey —lo saludó el profesor—. ¿Qué haces por aquí?
—Denzel... —murmuró el rubio, un poco inquieto, recordando la insólita visita que recibió anoche Yako en su cafetería—. He traído a los mellizos al colegio. Oye, ¿has visto a Yako? Hay algo impactante que debes saber cuanto antes…
—Anda, ¡un iris! —exclamó Owen, interrumpiéndolo, y se le acercó a dos palmos para observarlo de arriba abajo. Brey se quedó paralizado e incómodo—. Pues siguen siendo iguales que hace dos siglos…
—No jodas… —dijo Brey, señalando a ese cotilla y mirando fijamente a Denzel—. ¿Este es… uno de tus hijos? ¿Te ha encontrado él solo?
—¿Cómo lo…? —se sorprendió Denzel—. Espera, ¿es que tú sabes algo?
—¿Cómo coño ha adivinado que soy un iris? —se mosqueó el rubio—. El otro me dio un sopapo en la cara para descubrirlo.
—¿El otro? —Denzel no entendió.
—Qué lenguaje más soez —intervino Owen con su actitud analizadora y sabionda—. Sé que eres un iris por esa posición de alerta que adopta tu cuerpo sin que te des cuenta cada vez que estás cerca de seres queridos o se te acerca un enemigo. Nunca falla, siempre lo hacéis. Por cierto... iris, rubio, ojos verdes, un ligero énfasis en la pronunciación de algunas vocales finales añadiendo una pequeña "i", los lóbulos de las orejas levemente punteados… Tú eres un Smirkov, ¿verdad que sí?
—¿Qué? —Brey se quedó perplejo—. Ese es el apellido de mi madre, ¿de qué conoces…?
—Seguís existiendo, sí que sois fuertes los rusos… Oh, pero tú eres mestizo japonés.
—Owen —intervino Denzel—. Déjalo, no es momento para estudiar a la gente como si fuesen especímenes.
—No me culpes por hacer lo mismo que haces tú —sonrió este, echándole un vistazo a las zapatillas deportivas de Brey y comparándolas con las suyas—. Colores en el calzado… me gusta.
—¿Qué clase de poderes tienen? ¿Estos seres pueden leerte la mente? —desconfió Brey, alejándose un paso del otro.
—¿“Seres”? Eh, corta el rollo prejuicioso, chaval —le dijo Denzel, ofendido y molesto—. Todos los taimuki son humanos, a pesar de que los dioses se empeñaran en inventar este nombre diferente con el que llamarlos, y aunque las malas lenguas de los humanos de hace siglos y la ignorancia de la Iglesia los considerasen medio demonios erróneamente. Son humanos —repitió.
—¿Por qué te alteras?
—Porque mi padre sufrió esa discriminación cuando era joven, sólo porque el cura de su pueblo lo vio mover un guijarro con telequinesia 3 míseros centímetros sobre una tabla de madera. Tuvo que irse a vivir a otro lugar porque querían quemarlo en la hoguera. Y cuando yo nací, la vieja vecina chismosa de aquel barrio de Londres, cuando vio que el bebé de sus vecinos tenía estos lindos ojitos demoníacos —se subió las gafas de sol para mostrarle a Brey sus aterradores ojos—, dio la alarma y una horda de puritanos religiosos vinieron con hoces, antorchas y crucifijos a nuestra casa. Por suerte, Agatha, que tenía localizado a mi padre y reconocido como su descendiente, le dio la protección que nadie más podía darle, ya que los iris y la Asociación aún no existían.
—Es muy sensible con este tema —le dijo Owen al rubio.
—Vale, lo siento —se disculpó Brey.
—Escucha —prosiguió Denzel—. A diferencia de los iris, de los Zou y de los taimu, mis descendientes y los de Agatha tienen una mente humana cuya energía Yin y Yang es y funciona igual que la humana. Es variante, pueden ser buenas o malas personas en función del tipo de vida que tengan, la educación que reciban o las decisiones que tomen, justo igual que el resto de humanos. No nacen con un tipo de mentalidad Yin o Yang ya arraigada e invariable, como los Zou o los dioses, o los iris cuando se convierten.
»Lo único sobrehumano que tienen es una energía extra asentada en su cuerpo, una energía biológica, un pequeño trocito del Yin que tenemos los taimu que ellos heredan en un pequeño porcentaje de sus genes. Sólo les otorga la habilidad de poder manipular de forma muy diminuta las Corrientes espaciotemporales, como el guijarro que mi padre movió mentalmente 3 insignificantes centímetros, que era lo máximo que podía hacer. Los iris también adquirís esa energía física extra cuando os convertís, lo que os hace capaces de dominar una materia o elemento natural a través de vuestro cuerpo, y también ejecutar mis Técnicas espaciotemporales.
»El factor principal por el que vosotros los iris no sois humanos es por la energía Yang extra que hay en vuestra mente, que está por encima del límite humano normal. Ahí radica la diferencia entre la energía física del cuerpo y la energía mental o alma. Esta última es la que dictamina si eres humano o no.
—¿Y por qué este de aquí sabe tanto de mí de repente? —insistió Brey.
—Porque tengo un alto nivel de observación y especulación —le dijo Owen—. Soy un humano listo y nada más, ¿te crees que los iris sois los únicos listos capaces de adivinar cosas mediante la observación meticulosa? Mis hermanos no habrían podido hacerlo. Yo soy el más listo de ellos.
—Eh, sé respetuoso con tus hermanos —le reprimió Denzel.
—De todas formas, podría leerte la mente de verdad, joven Smirkov, si volviera a aprenderme la Técnica de Telepatía de padre —añadió Owen—. Pero como no me deja… —gruñó.
—No empieces —dijo Denzel.
—¿Qué quieres decir? —quiso saber Brey.
—Las Técnicas de padre se olvidan, si pasas mucho tiempo sin usar la que aprendiste. Los taimuki somos los únicos humanos que podemos aprenderlas y efectuarlas igual que los iris. Como sabrás, cada Líder de RS tiene una, y sólo puede aprender una a la vez, ya que son tan complejas que aprender dos al mismo tiempo es imposible. Si se hace uso de ella de vez en cuando, se mantiene fresca —se señaló la cabeza—. Si pasas mucho tiempo sin usarla, se olvida. En ese momento, si quieres volver a efectuarla, tienes que volver a aprenderla en su pergamino, o puedes aprovechar y aprender otra diferente. Mis hermanos y yo aprendimos varias Técnicas cuando éramos pequeños, una cada vez, para demostrar que podíamos hacerlo, pero la Asociación ya no nos deja tocar los pergaminos de padre ni a él dejárnoslos. Hace años que olvidamos las últimas Técnicas que probamos a aprender, por lo que ya no podemos hacerlas, para ello necesitaríamos volver a estudiarlas en sus pergaminos.
—¿Por qué la Asociación no permite que tus hijos aprendan y ejecuten un poder que es tuyo y de tu legado? —le preguntó Brey al taimu—. ¿Y en cambio sólo los Líderes iris pueden?
—Oh, porque por lo visto ese poder no es mío —sonrió Denzel con notable sarcasmo—. Y eso es porque yo tampoco soy mío. No fue la Asociación quien tomó esa decisión, fueron los dioses, quienes, como bien sabes, son encantadores, y cuando yo me convertí en segundo al mando de la Asociación, mis queridos amos ordenaron a los Zou convertirse en mis supervisores y vigilantes. Y cuando nacieron mis hijos, los dioses le ordenaron a Elaye Zou impedirme enseñarles mis Técnicas, diciendo que, como yo soy propiedad de la Asociación y de los dioses, mis Técnicas también son propiedad de la Asociación y deben ser usadas por iris autorizados y nadie más.
—Eso es… injusto —dijo Brey, sorprendido.
—Eso mismo opinan los Zou. Pero ya sabes, los dioses, al final, son los que mandan. Y tanto los Zou como yo y Agatha tenemos que obedecer lo que ellos digan. Los Zou siempre nos han respetado, apreciado y tratado como a iguales. Pero desde el punto de vista de los dioses, un Zou es un ser inferior, pero aun así una persona poderosa, especial y admirable; y en cambio, un taimu es directamente un objeto.
—Oh, pero esta triste historia tampoco es tan triste —intervino Owen, cruzado de brazos—. Porque padre sí que pudo enseñarnos otro tipo de poder que, al no ser suyo, sino un regalo de otra persona, sí tenía pleno derecho para enseñárnoslo y nosotros para aprenderlo. Este poder, al ser su dueño un humano común, es decir, un humano libre externo a la Asociación que, por lo tanto, no tenía ninguna atadura con las normas del equilibrio y los dioses, es un poder sobre el que los dioses no tienen derecho a decidir.
—¿En qué consiste ese poder?
—Dibujar.
—Perdona, ¿qué?
—A ver, sólo para aclararlo —interrumpió Denzel, e inconscientemente se tocó el anillo dorado de su dedo anular—. El Poder de los Sellos es un poder pequeño que yo mismo desarrollé, intentando imitar su poder original mucho más grande, el Poder de los Códigos. Este extraordinario Poder de los Códigos es el poder único de Zhen Yu, el humano del que Owen estaba hablando.
—Ah, habláis del tipo ese que inventó nuestros tatuajes de comunicación sensorial, que lo llamaban “brujo” o algo así.
—Eso es. Vuestros tatuajes iris son Códigos Sensoriales creados por el brujo Zhen Yu. Él fue un querido amigo mío, un humano viajero que nos ayudó mucho a Leander Zou y a mí a impulsar el auge de la Asociación en sus inicios. Zhen nos ayudó, pero jamás quiso convertirse en miembro o socio de la Asociación, porque sabía que, en ese caso, tendría que acatar las normas y órdenes de los dioses. Su poder era inimitable y misterioso, y él quería mantenerlo libre y propio.
»Pero Zhen me ayudó a experimentar una parte de él, otorgándome la capacidad de hacerlo realidad aunque sólo se trate de una pequeña muestra. Lo llamé el Poder de los Sellos, otro tipo de habilidad sobrenatural que sólo mi descendencia humana libre, o la de Agatha, puede efectuar y nadie más. Y este poder únicamente lo conocen los Zou y apenas lo saben unos pocos iris de confianza, así que no lo vayas contando por ahí.
—Un momento. Dado que has especificado que sólo puede ser utilizado por tu descendencia “humana” y “libre” —se percató Brey—, ¿quieres decir que, si un descendiente tuyo es un iris, o almaati, o monje, ya no puede efectuar ese Poder de los Sellos porque ya no entra en la categoría de “humano libre”?
—Así es. Por alguna razón, Zhen Yu quiso que este poder que me regaló no pudiera ser utilizado por nadie que fuera inhumano, ni nadie que perteneciera a la Asociación y por tanto estuviera atado al servicio de los dioses. Exceptuándome a mí, claro. Pero dejemos ya de hablar de esto, niños, tenemos que seguir averiguando qué diablos ha ocurrido con este salto temporal accidental. Estoy aquí para comunicarle al director Suzuki que hoy no voy a trabajar y a dejar una serie de pautas para el profesor que me sustituye. Así que, Raijin, ¿estabas a punto de decirme algo importante o puedo irme a seguir indagando?
—Sí, es cierto, escucha —recordó—. Ayer en la cafetería de Yako apareció un tipo... Link, creo que se llamaba —le explicó, y Owen y Denzel cruzaron una mirada exaltada—. Yako se lo llevó consigo a su casa. Hoy iban a buscarte aquí al instituto. ¿De qué va esto, Denzel?
—Eso trato de averiguar. Si es verdad lo que dices, esperaré aquí a Yako para…
—¡Eh, profe! —exclamó Cleven al salir del recinto del instituto a la calle y verlo ahí cerca; se le echó encima y lo agarró de las solapas de su chaqueta—. ¿¡A qué esperas para entrar!? ¡Haznos ya el examen! ¡Verás qué nota te saco! ¡Verás! ¡Verás!
Owen se alejó de ellos un par de pasos, asustado, y Brey miró a otra parte con vergüenza ajena.
—Ay... —agonizó Denzel, mareado—. Cleventine, cálmate...
Drasik, Nakuru y Kyo también salieron por la verja del instituto para ver qué pasaba y se acercaron a ellos.
—Hey, qué bien que estéis aquí —se alegró Denzel, todavía medio tirado en el suelo colgando de las manos de Cleven—. Nakuru, ya que eres la delegada de clase, informa de mi parte al director de que hoy no puedo trabajar, y le das esta nota al profesor que me sustituya —le dio un papel doblado.
—¿¡Qué!? —explotó Cleven, volviendo a tirar de sus solapas—. ¿¡Cómo que hoy no das clase!? ¿¡Y qué pasa con el examen!? ¿¡Qué pasa con mi sobresaliente!?
—¡Cleven, ya te lo hará mañana, deja de asesinarlo! —le reprochó Brey.
—¡Para mañana ya se me habrá olvidado todo!
—Jeje... pues muy mal —se rio Denzel.
—¡No! ¡Embustero! —sollozó.
Nakuru se vio obligada a agarrar a su amiga y, despidiéndose de los demás, se la llevó hacia el edificio, aunque Cleven seguía dando voces, llamando la atención de todos los demás estudiantes que pasaban por ahí.
Sin embargo, Drasik y Kyo se aproximaron a su tutor, que se estaba levantando del suelo, recuperándose de la furia de Cleven.
—Dios mío, es igual que Fuujin —comentó Denzel, exhausto.
—¿Qué es lo que ocurre aquí? —preguntó Drasik, observando al desconocido.
—¡Uy, más iris! —sonrió Owen.
—Hey, ¿cómo lo sabe? —se sorprendió Kyo.
—¿Puedo darles un sopapo para averiguar sus elementos, padre? —le preguntó Owen a Denzel.
—¿Padre? —repitieron Drasik y Kyo.
—¿¡Pero por qué esa manía de abofetear a un iris para averiguar su elemento!? —exclamó Brey, recordando que Link se lo hizo anoche.
—No, nada de abofetear iris, ya sois mayores para esas travesuras, Owen —le reprochó Denzel.
—¡Eh, ¿este hombre tiene algo que ver con el tipo que salvé anoche de ser atropellado?! —se percató Drasik—. ¡Se parecen!
—¿¡Atropellado!? —repitió Denzel, poniéndose pálido, y se llevó las manos a la cabeza—. Mierda, ¡sin duda alguno acabará mal! ¡Como no los encuentre a tiempo, alguno acabará muerto, seguro! ¡En esta ciudad hay un peligro para ellos a cada cinco metros! ¡No saben cómo funciona un semáforo, no saben siquiera qué es un semáforo!
—Padre, tranquilízate, los demás estarán bien —le dijo Owen—. Eso sólo es Link, que siempre va por ahí sin prestar atención y tropezándose con cada piedra.
—¿¡Tienes más hijos perdidos por la ciudad!? —saltó Brey.
—¿¡Tus hijos!? —brincaron Kyo y Drasik—. Oh, my god! —exclamó Drasik, señalando a Owen con el dedo—. ¿¡Me estás diciendo que el tipo de anoche en la cafetería y este de aquí son taimuki!? ¿¡Y de primera generación!? ¡Siempre quise conocer a uno!
—Encantado —Owen le estrechó la misma mano con la que el chico lo señalaba descaradamente.
—¿Por qué no nos habías dicho que tenías hijos en esta época, Denzel? —preguntó Drasik.
—Porque no los tiene —le respondió Owen—. Ahora mismo estamos bien muertos. Venimos de 1812.
—Oh, no, ¿esto es un salto en el tiempo accidental y estáis tratando de averiguar qué pasa? —comprendió Kyo—. Por eso Yako se quedó tanto tiempo ayer hablando con el otro. Denzel, ¿cuántos más hay perdidos? Si es uno o dos, podemos…
—Son seis más —contestó.
Drasik y Kyo se quedaron estupefactos.
—Espera… ¿Con… con cuántas mujeres…? —quiso saber Drasik.
—¡Con la misma! —se ofendió el taimu.
—¿¡Qué!? —exclamó Drasik, espeluznado—. ¿¡Ocho hijos en total y con la misma mujer humana!? ¡Pobre humana, Denzel!
—¡Pe…! —Denzel se sonrojó con vergüenza—. No seas idiota, ¡en algunas épocas y culturas es normal tener incluso diez o catorce! Todos fueron deseados y… y… Na Wen hasta quería tener más, y… ¡Y no es asunto tuyo, dammit! No te entrometas en la vida privada de los demás —se cruzó de brazos y miró a otra parte, todavía sonrojado.
—¡Hahah! Me gusta este chico sin filtro —se reía Owen.
—¿Tú qué eres, el mayor de todos? —le preguntó Drasik.
—No, yo soy justo el hermano del medio —corrigió Owen.
—Pero siendo ocho no puede haber nadie justo en el medio... —dijo Kyo.
—Es que por debajo de mí hay unos gemelos idiotas —le explicó.
—¡Gemelos incluso! —Drasik volvió a alucinar—. ¡Denzel, eres un semental!
—Shut your bloody mouth! —le reprimió el profesor—. ¡O te hago repetir curso! Vamos a ver, quiero avanzar con este asunto, si no os importa.
—¿Quieres que ayudemos en la búsqueda? —le preguntó Kyo—. Haremos lo que haga falta.
—No. Gracias, Kyo, pero no quiero involucrar a iris en una anomalía temporal sin saber quién es el responsable o cuál es la causa, podría ser peligroso. Esto es por ahora un asunto taimu, yo me encargaré. Si necesito ayuda, acudiré en todo caso a un alto rango. Brey, ¿dijo Yako a qué hora vendría al instituto?
—A primera hora, dijo. Ya casi son las 9 —dijo mirando su reloj—, así que ya deberían estar viniendo hacia aq...
¡Pum! Los cinco se llevaron las manos a la cabeza como por instinto al escuchar una lejana y leve explosión, dándoles un buen susto. Desconcertados, no tardaron en divisar allá a lo lejos a Yako corriendo como un descosido calle arriba, y detrás iba Link, con la misma cara de susto y su katana desenfundada.
—¿Qué demonios...? —se extrañó Kyo.
Cuando vieron que Yako, al percatarse de ellos, les hizo señas desesperadas para que se metieran dentro del recinto del instituto, estos lo hicieron al instante, pasando la verja. A los pocos segundos de esperar, oyeron a Yako derrapar y después a Link, metiéndose en el recinto y pegándose al muro, recuperando el aliento. Brey fue a preguntar algo, pero de pronto un numeroso grupo de mafiosos furiosos pasaron de largo calle arriba al otro lado del muro, como una estampida, con palos y cadenas en alto y soltando voces.
—¿¡Adónde han ido!? —gritó uno.
—¡Seguid adelante! —dijo otro—. ¡Yo me cargo a ese tío! ¡Me lo cargo!
Cuando se alejaron y la calma volvió a reinar en la zona, se inició un concurso de miradas entre los siete ahí presentes.
—¡Le he dicho que deje de ponerse delante de los coches! —le reprimió Yako a Link.
—¡El conductor de ese carro metálico había herido el honor de una dama que paseaba por la calle! ¡Empezó a llamarla con comentarios obscenos desde su ventanilla, el cobarde! ¡Tenía que proteger el honor de la dama!
—¡Pero no destruya a espadazos su coche, y menos si son de la Yakuza!
Los demás estaban callados, mirándolos con perplejidad mientras discutían, sin saber qué decir. Sin embargo, una mano no tardó en agarrar a Link del hombro y girarlo bruscamente.
—¡Hahah…! ¡Aquí estás! —celebró Denzel con gran alegría, hablándole en chino y dándole un fuerte abrazo—. No me lo puedo creer, ¡mírate! Tu rostro, la forma de tus facciones y cuerpo… ¡Hah! ¡Es verdad que tienes mi mentón, como decía la gente!
Link, confuso, lo apartó de sí rápidamente y, sujetándolo de los hombros, lo observó fijamente.
—¡Ah! ¡Padre, eres tú! ¡Hahah, al fin te encuentro! —lo zarandeó—. ¡Y Owen, tú también! Ya sabía yo que tú serías el primero en encontrar a padre, cerebrito. Me alegro de que estés bien, hermano —lo zarandeó también.
—Lo mismo digo.
—Vaya… —Link volvió a mirar a Denzel—. Casi no te reconozco con el cabello corto y estas ropas y esas extrañas lentes negras... ¡Fíjate, parece que has crecido un poco! Te superé algunos centímetros en altura hace ya años, y ahora otra vez somos igual de altos, ¡hahah!
—En tu época aún tenía el físico de un veinteañero, como Brey —señaló al rubio—. Supongo que mi crecimiento ya ha alcanzado la adultez completa, como cualquier otro hombre humano suele hacer hasta los 25 años. Ahora sólo me toca envejecer.
—Nunca te he visto cambiar de aspecto en mis 35 años. Aun así, sigo pareciendo más viejo que tú, a pesar de que han pasado dos siglos... —murmuró esto último frunciendo el ceño, pues, en esto, los cálculos no le encajaban del todo.
—No le des tantas vueltas a la apariencia, sabes que no importa en absoluto —sonrió Denzel, dándole una fuerte palmada en el hombro—. Tengo 393 años.
—Oye, ¿y cómo me has reconocido tan rápido?
—Es la primera vez que te veo con los ojos, muchacho, pero podría reconocer tu voz a kilómetros.
—¿Que puedes verme, has dicho? ¿Es por estas extrañas lentes negras que tapan tus ojos? —se interesó Link—. No me digas que es un invento futurístico… ¡Déjame verlas!
—No te lo recomiendo, Denzel, todos los aparatos modernos de mi cafetería y de mi casa corrieron peligro anoche —le dijo Yako.
—Créeme que lo sé, Yako —sonrió el taimu, agarrando a Link de las muñecas para frenarlo, pues había estado a punto de quitarle las gafas—. Link, estas gafas son sagradas, prohibido tocarlas. No existen otras iguales y fueron un regalo muy especial.
—Vamos, ¡no seas así! Fíjate, con las lentes de Owen tengo cuidado… —le quitó a Owen sus gafas, pero no calculó su fuerza y ya de primeras partió la montura.
Todo el mundo se quedó mudo mirando las gafas de Owen rotas en su mano.
—¿¡Pero por quéeee!? —berreó Owen con horror, y empezó a zarandear a su hermano con rabia—. ¡Siempre andas rompiendo mis cosas!
—¡Ha sido sin querer, lo siento! ¡Te compraré otras!
—¡Eres un bushi cazarrecompensas y guardaespaldas de alquiler, eres más pobre que las ratas!
—¡Padre te comprará otras! —se corrigió Link entonces.
Denzel se puso entre los dos con una expresión feliz en la cara y abrazó a los dos juntos, impidiéndoles pelearse más. En ese momento, parecía como si se hubiese sumergido en un sueño que hace tiempo dejó de tener. Brey y Yako cruzaron una mirada silenciosa. Había algo más que un feliz encuentro ahí. Ambos sabían lo mucho que Denzel había odiado su vida y su existencia por ser quien era. Para él, la familia que tuvo lo fue todo, su única felicidad, la que había dejado atrás sin tener más remedio.
Yako, Kyo y Drasik se apenaron, pensando cuánto duraría esa felicidad que nunca antes habían visto en Denzel, porque esos dos hombres algún día tendrían que volver a su hogar, y él volvería a estar solo. Más que eso, les preocupaba hasta qué punto podría afectarle esto mentalmente.
—Hermano, tenemos que ponernos en marcha —dijo Owen finalmente, poniéndose de nuevo sus gafas rotas, por lo que le quedaron torcidas.
—Sí… es verdad —asintió Link, meciéndose la barba con aire más serio—. Tenemos que llegar al fondo del asunto.
Sólo Yako entendió lo que estaban diciendo en su idioma.
—Denzel... —lo llamó preocupado.
—Tranquilo, Yako —se adelantó este con un gesto de la mano, sonriéndole con calma—. Averiguaré qué pasa e informaré a Alvion sólo si el asunto es más grave de lo que yo puedo manejar. Te agradezco que te hayas ocupado de Link esta noche, y perdona las evidentes molestias que te habrá causado, siempre ha sido un chico demasiado curioso.
—No ha sido molestia —sonrió Yako también.
—Sí, gracias por tu amabi-... —fue a decirle Owen con una inclinación por educación, pero se quedó mudo de repente cuando se fijó bien en él—. ¡Que me aspen, amigo, te pareces un montón a Elaye! Padre, ¿cómo es que este chico se parece tanto a Elaye?
—¿Quién es Elaye? —preguntó Kyo.
—Sí, sí, un tatarabuelo mío —le respondió Yako—. El Zou que gobernaba en la época de donde vienen estas personas.
—¡Espera, ¿eres un Zou?! —brincó Owen, y puso una mueca horripilada—. ¿¡Y qué estás haciendo en Japón!? ¿¡Cómo es que no estás dentro de tus tierras seguro y a salvo!? ¡Estás loco! ¿¡Cómo se te ocurre salir al exterior!? ¡Los Knive pueden ir a por ti en cualquier momento...!
—Owen, tranquilo —intervino Denzel—. No pasa nada, lo de los Knive ya es cosa del pasado, Yako está bien aquí. Es una larga historia, y nosotros deberíamos ponernos en marcha ya. Kyo y Drasik, a clase ahora mismo, no lleguéis tarde. El examen de hoy será aplazado.
Los dos chicos obedecieron y se fueron hacia el edificio, en silencio, cavilando sobre este inexplicable suceso. Igualmente, Brey y Yako se marcharon a sus respectivas universidades. Kyo, sobre todo, no estaba muy tranquilo. No sabía por qué, pero por alguna razón, su subconsciente le hizo recordar a esa niña extraña por la que tuvo que pelearse con otros chicos del instituto que la estaban molestando hace unas pocas semanas. Esa niña callejera, solitaria y hostil, la cual, tras salvarla de esos gamberros, repelió a Kyo y huyó de él sin siquiera darle las gracias.
¿Quién podría ser esa niña? ¿Podría tener algo que ver con Denzel? Kyo no sabía por qué se le vino esa idea a la cabeza. Pero quizá, tal vez, sería por el diminuto detalle de que esa niña, igual que Denzel, tenía el cabello negro con un mechón blanco.
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