3º LIBRO - Presente y Futuro __ PARTE 1: Identidad __
Cuando se dice que la vida pone a uno a prueba, nunca se trató de demostrar a otros lo que uno era capaz de hacer al respecto. La vida pone a prueba a uno para descubrirle a sí mismo quién es realmente.
Eso es lo que Cleven sentía ahora, una hora después de haber salido de ese pub. Esto no había ocurrido para que ella descubriera al fin la identidad de los demás; había ocurrido para que ella empezara a descubrir la suya propia.
Su padre solía decírselo de pequeña: “Las cosas malas nos pasan, no para fastidiarnos, sino para que reaccionemos de un modo u otro ante ellas; dependiendo de qué modo reacciones, descubres qué tipo de persona eres en realidad. En la vida te sucederán cosas buenas y cosas malas por sorpresa, sin que tú puedas controlarlo ni saberlo de antemano. En lo único en lo que sí tienes control, es en decidir cómo responderás”.
Y esto era cierto, porque mucha gente solía autodefinirse de una manera, pero no en base a la experiencia, sino a las expectativas.
Había muchos ejemplos. Una persona podía ir de valiente luchadora a manifestaciones y protestas, presumiendo de cómo de fácil defendería a los suyos de un ataque enemigo, de lo dispuesta que estaba a matar al enemigo si hacía falta. Pero luego, cuando llegaba el momento y le ponían un arma entre las manos y la colocaban en pleno campo de batalla con un enemigo corriendo hacia ella y se quedaba paralizada del miedo pensando en su madre, esa persona descubría que su identidad no era la que fantaseó tener, sino la que en verdad era.
O también, cuando una persona que siempre se había autodefinido como buena, pacífica, civilizada y madura un día se enteraba de que su pareja le había sido infiel, de repente descubría su verdadera identidad cuando, en lugar de reaccionar cortando la relación con su pareja y echándola de su vida de manera civilizada y madura, reaccionaba cogiendo una pistola o un cuchillo y matándola.
Incluso los miles de casos de gente que había sufrido abusos en su infancia; muchos habían demostrado su verdadera identidad eligiendo convertirse en abusadores también, mientras que otros habían elegido convertirse en luchadores contra el abuso.
Esto demostraba que todo aquel que era malo no era malo porque le pasó algo malo, sino porque eligió ser así cuando la vida lo puso a prueba. Porque no se podía olvidar la cantidad de gente que había sufrido los mismos exactos males en la vida, mismos orígenes, mismo entorno, y, en respuesta a ellos, habían elegido caminos diferentes; unos, el mal camino, repitiendo el ciclo del mal recibido, y otros, el buen camino, cortando ese ciclo del mal. ¿Milagro? No.
El poder de la elección. Siempre estaba ahí, presente en todo momento, en las manos de todas las personas, por mucho que algunas lo negaran y echaran la culpa a otros factores. “No puedo dejar las drogas por culpa de la adicción”. “Soy un asesino porque tuve malos padres”. “Soy infiel porque mi pareja no me da lo que necesito”. Y un largo etcétera de falsos culpables. Esto no significaba que no necesitaran o no merecieran ayuda para saber hacer las cosas bien, pero esa ayuda empezaba por hacerles entender que esos factores ajenos no elegían por ellos. Podían empujarles por el mal camino, empujar y presionar y persuadir, pero nunca decidir por ellos, al final, qué acción emprender.
“Cuando te pase algo malo, Cleven, recuerda: hay más de un modo de reaccionar, y nadie más que tú tiene el poder de elegir qué tipo de persona quieres ser después de sufrir un mal: la que destruye, o la que construye. O la que no hace nada. Pero que te quede clara una cosa: si eliges destruir, no culpes a nadie más que a ti de esa elección.”
Había estado toda esa hora ahí apoyada en la barandilla de un puente peatonal que pasaba sobre una gran autopista, cargando con el habitual tráfico de Tokio, pensando. Porque, después de sentir, es el turno de pensar.
Ya le había dejado su rato a la ira, y a la confusión, y al desengaño, y a la tristeza. Normalmente, la Cleven de los últimos siete años habría ido de cabeza a descubrirse ante todos ellos y a gritarles qué demonios estaban haciendo, por qué la habían engañado, exigiendo explicaciones. Pero porque esa reacción ya venía acompañada de una larga depresión y ansiedad detrás, condicionando su identidad, su modo de ser, su modo de reaccionar ante las cosas. Ahora que el manto negro que solía tapar su luz se había empezado a disipar con el cambio de vida con su tío, una parte de la antigua Cleven comenzó a resucitar. Una Cleven que sabe frenarse a sí misma y, en vez de gritarles a los demás “¿¡por qué me habéis mentido!?” o a lamentarse con “¿por qué me ha pasado esto?”, se para a pensar y a preguntarse a sí misma “¿qué voy a hacer al respecto?”.
«—Entonces, ¿por qué hay tanta gente que elige enfurecerse y destruir sabiendo que está mal? —le preguntó la pequeña Cleven en aquella ocasión a su padre.
—Porque muchos sienten que dejar a un lado la ira y la rabia, no hacer nada o no devolver el daño, es como traicionarse a sí mismos. Piensan: “Mira el daño que me han hecho, ¿cómo no voy a hacer justicia por mí y devolver daño?”. Pero aquí muchos malentienden lo que es “hacer justicia”. Si a ti alguien te da una bofetada por diversión o maldad, eso de poner la otra mejilla o agachar la cabeza y no hacer nada sí es una traición hacia ti mismo. Como mínimo, tienes derecho a defenderte devolviendo la bofetada o denunciándolo a las autoridades. Pero estas dos opciones, para mucha gente, siguen siendo una justicia insuficiente. Y, en lugar de devolver la bofetada o denunciar, creen que repararán el daño recibido decidiendo romperle todos los huesos a la otra persona o matarla. Piensan: “estoy furioso porque me han hecho algo muy malo e injusto; tengo todo el derecho a estar furioso, y todo el derecho a usar esa furia para devolver el daño tan fuerte como me plazca”. Y en esto último se equivocan.
—La ironía de la justicia desproporcionada —apuntó Cleven, levantando un dedito—. Si hay menos de la debida o más de la debida, no se puede llamar justicia. Lo leí en el libro de Los extremos invisibles de Magsen Zou que robé ayer de la biblioteca privada del templo. Mucha gente cree que está haciendo algo justo, cuando realidad se está pasando de la raya.
—Así es. Construir, destruir, o no hacer nada. Si alguna vez te pasa algo malo, mon doudou, no agaches la cabeza y no te lo calles como una oveja. Y tampoco te dejes llevar por la ira y la rabia y destruyas todo a tu alrededor como un lobo. Eres una Lao y una Saehara. Somos una familia de pastores. Cuidamos, protegemos, resolvemos y construimos.
La niña puso una mueca seria, y asintió firmemente con la cabeza.
—¿Y por qué muchos eligen destruir? —continuó diciendo su padre—. Bueno… Muchos lo hacen porque creen que no tienen elección, y otros porque, sabiendo que tienen elección, quieren la compensación desproporcionada. Tanto si es por la ignorancia como si es por el puro egoísmo, en cualquier caso, la causa de que muchos eligen destruir es porque están perdidos.
—¿Perdidos?
—La humanidad… —se agachó frente a ella, mirándola a los ojos—… está en constante cambio. Es su naturaleza, lo que les diferencia de otros seres. Un pájaro nace de un huevo, igual que sus padres; se queda en el nido un tiempo para ser alimentado, igual que sus padres antes que él. Algo escrito en sus genes ya le dice lo que tiene que hacer, incluso cuando aún no puede abrir los ojos, que nada más detectar la presencia del progenitor llegando al nido tiene que abrir bien el pico hacia arriba para recibir ese alimento. Ese gesto no se lo han enseñado, lo tiene programado. El polluelo empieza a desarrollar sus alas y el impulso de batirlas y abandonar el nido, igual que les pasó a sus padres. Otra programación en sus genes le dice que ya es hora de saltar del nido y hacer su primer vuelo, y nadie le ha enseñado cómo se hace, simplemente ya lo tiene en su cerebro. Y después, repetirá el proceso de todos sus ancestros de emparejarse y poner sus propios huevos.
»Lo mismo con un león, o con una ballena. Repiten la vida de sus padres o de su especie de manera casi idéntica. Pero los humanos… unos tienen hijos, otros no los tienen, otros los adoptan… Unos son buenos con los demás, otros son malos, y otros simplemente se aíslan de los demás… Unos trabajan de pintores, otros de doctores, otros de pescadores de alta mar… Pero todos estos que te he mencionado, un día pueden elegir ser o hacer algo diferente, intercambiar roles, convertirse en cosas distintas a las que eran originalmente.
»Y eso es magnífico. Pero, a la vez, conlleva su sufrimiento. Mucha gente se frustra cuando tiene que lidiar con tantas opciones, o cuando quiere controlarlas o tenerlas todas, o cuando ve que otros tienen más o mejores opciones. Se pierden entre tantos caminos y cambios. No saben qué identidad elegir. Por eso, Cleven… a veces pienso que la humanidad perdida que destruye no necesita ser borrada. Necesita un aprendizaje, para saber cómo volver a encontrarse.
—Alvion hace eso.
—Lo intenta. Pero él es una sola persona. Y, por mucho poder que tenga, no es suficiente.
—¿Qué haría falta entonces? ¿Más personas como Alvion?
—Quizá —sonrió—. Seguir su ejemplo es un buen comienzo. Su amor infinito por los humanos es un reflejo de cómo la humanidad debería amarse más a sí misma. Tal vez, cuando seamos suficientes pastores, la humanidad empiece a vernos. Y cuando empiecen a vernos, escucharán nuestro punto de vista. Y cuando lo escuchen, aprenderán muchas cosas. Y cuanto más se aprende, mejor se elige.
—Aaahh… ¿Y tú, papá? —preguntó con curiosidad—. ¿Alguna vez te han pasado cosas malas?
—Hmm… Bueno… Me han pasado algunas cositas malas cuando era pequeño. He recibido el daño de muchos destructores. Por eso, yo entiendo la furia y la rabia; entiendo ese deseo de ejercer de vuelta una justicia desproporcionada; y entiendo lo difícil que es dominar esas emociones y lo fácil que es poner la culpa de mis acciones en otros. Pero entender eso no me da derecho a hacer lo que me venga en gana y después llamarme a mí mismo “justo” o presumir de que yo tenía la razón.
»La vida me ha dado ya unos cuantos motivos para convertirme en lo mismo que esos destructores con los que me crucé de pequeño… —se le perdió la mirada por un momento a otro lado, rememorando algunos de aquellos múltiples abusos; sin embargo, volvió a mirar a la niña con una sonrisa firme—. Pero, aquí estoy. Todos los días desde que me despierto hasta que me duermo, luchando por no dejar salir a ese destructor de mi interior. Porque esa es mi elección, Cleven. Mi ira quiere ser un destructor, pero mi identidad no es una emoción, mi identidad es una elección conjunta y coherente de lo que siento, pienso y hago. Yo, Neuval Lao, elijo ser un constructor: sentir como uno, pensar como uno y actuar como uno. Y tengo motivos para serlo, más poderosos que los motivos para no serlo.
—¿Sí? ¿Qué motivos son?
—Pues… uno de ellos es… ¡comerme esta nubecita de algodón de frambuesa! —exclamó de pronto, atrapándola entre sus brazos y haciendo como que se comía su voluminoso cabello rojo.
La pequeña gritó y se rio a carcajadas por el susto.
—Y ahora, ven a echarme una mano, ma chérie. Estos globos no van a llenarse de lodo y estallar sobre la cabeza de Alvion por sí solos.»
Cleven no recordaba ese escenario y esa conversación. Pero sí que se le quedó dentro la esencia de esas enseñanzas. Esas pequeñas enseñanzas de la infancia que ella había estado absorbiendo para conformar su identidad.
Así que, Cleven tenía tres caminos, tres modos de reaccionar, tres elecciones: irse a casa con la cabeza gacha, fingiendo ante su tío y los demás no saber nada y ponerse a llorar a escondidas sobre la almohada y seguir así el resto de su vida; plantarse en persona ante su tío, o ante Nakuru, o ante su padre, para manifestarles su ira, diciéndoles que lo sabía todo, y exigiéndoles explicaciones, y cortando o enturbiando su relación con ellos por mucho tiempo; o hacer algo que ayudase a todos y a sí misma.
Ella lo tenía claro. Con su mente más calmada y fría, sin tempestades destructivas de sentimientos oscuros tentándola a actuar del modo que estos querían, dio paso a la razón constructiva. La cual, en su caso, no venía de puro pensamiento lógico; venía con otro tipo de sentimientos, los que importaban de verdad, los que ayudaban, los empáticos. Tenía miedo, el mismo que debía de estar sufriendo su prima Clover, el mismo que debían de estar sufriendo Brey y Daisuke; tenía preocupación, la misma que debía de estar carcomiendo a Yako y a su padre por sentirse responsables de cuidar del resto ante amenazas más poderosas que ellos; sentía desesperanza, la misma que se apoderaba de Denzel, o de Nakuru, por no sentirse capaces de resolver todos los problemas a tiempo.
Pero también sentía determinación, la misma que empujaba a todos a mantenerse firmes e intentar todo lo posible por salvar a las prisioneras de ese tal Izan, por muy mal que pintasen las cosas. Y amor, el mismo que sentía Yako por su amigo, o Denzel por sus hijos, o su padre por sus compañeros iris.
Cleven aún estaba un poco enfadada con ellos, pero había ahí muchas personas a las que seguía amando, y que estaban sufriendo por un problema, un problema más grande, más real y más importante que ellos y que ella.
Tras esa hora ahí parada, mirando la ciudad sobre el puente, meditando sin parar, ya decidió lo que iba a hacer. Y no era el camino fácil; de hecho, era el más complicado, pero, a sus ojos, el más correcto, así que tenía que hacerlo bien. Y ahí, en esa decisión, estaba su identidad.
* * * * * *
Yako por fin colgó la llamada y se apartó el móvil de la oreja. Había estado largo rato en el salón conversando por teléfono con Lenny y los otros almaati. Le confirmaron que Drasik les dio la nota a tiempo, y habían movido ya los papeles y falsificado los datos digitales necesarios para hacer parecer que la policía tenía el caso de Clover como una desaparición con una búsqueda en curso.
Yako respiró tranquilo. Esto salvaba a Brey de que tanto las Oficinas de la Seguridad Social como los abogados de Joji y Norie, a la hora de querer contactar para informarse, obtuvieran la información falsa.
Lo único que faltaba era la declaración de Riku. Ella tenía la última palabra para declarar a Brey apto o no apto para la custodia. Después de lo ocurrido, podía mañana mismo declararlo no apto en las Oficinas. Y los abogados de los señores Saitou ya ganarían para sus clientes la custodia completa, tal como se acordó en el primer juicio, cuando se establecieron las condiciones que Brey tenía que cumplir. Y una de esas condiciones se acababa de romper, aunque todavía sin resolución final, porque si Clover era encontrada con vida, aún se podía discutir una defensa a favor de Brey.
Yako, levantándose del sofá, miró directamente a la cristalera del salón, al balcón. Brey había estado ahí una hora y media sin moverse, desde que regresaron del pub, con el móvil en una mano y observando sin cesar la ciudad y la calle de abajo. Yako suspiró. Sabía que su amigo iba a padecer ese estado de alerta obsesiva durante un tiempo, era inevitable. Salió al balcón y se apoyó en la barandilla a su lado.
—En algún momento tendrás que ir al baño, o… beber o comer algo.
—Me ha escrito hace quince minutos —dijo Brey, alzando un poco el móvil.
—¿Quién?
—Cleven. Me ha respondido al mensaje que le dejé antes de irnos a la reunión. Dice que ha pasado todo el día con sus compañeros de natación y que ya está de camino a casa, y que ya no le queda batería. La he llamado, pero su móvil ya estaba apagado.
—Bueno. Habrá que preparar el terreno. ¿Estás nervioso?
—Como esa pelmaza no aparezca en el portal en cinco minutos, llenaré Tokio de tormentas y rayos. Seguro que así se da prisa.
Yako casi sonrió, viéndolo tan preocupado por Cleven como lo estaba ya por Clover y Daisuke. Brey no apartaba los ojos de la ciudad, escudriñando cada metro cuadrado de la calle.
—Oye, Rai… ¿Podemos hablar un momento? Sobre tú y yo.
El rubio lo miró, captando ese tono serio.
—A ver. Tienes que entender… que he hecho algo intolerable, que es conectarme a tu iris sin tu permiso. Haya sido por accidente o no, o te haya salvado la vida o no, es algo que un Zou jamás debe hacer sin permiso. Creo que ha sido porque tu conexión con Alvion se ha debilitado tanto que… cuando me he conectado a ti, he notado una energía Yang tan baja dentro de tu mente que parecía que te habías quedado prácticamente sin alma. Y creo que por eso Alvion no te alcanzaba. Y yo, estando más cerca, pues… —Yako respiró hondo al ver que se estaba desviando—. Lo que quiero decir es, dos cosas: una, te…
—Como me digas que me pides disculpas por eso, te parto la cara —le advirtió Brey.
—Ah… —Yako se quedó de piedra—. Vale, entonces paso a lo segundo. ¿Quieres que me desconecte y recuperar la conexión con Alvion?
—¿Cómo? ¿No estoy conectado ahora a ambos? Ya no siento a Alvion, pero no sé si es porque está en un segundo plano, o…
—No. Eso es físicamente imposible. Un iris sólo puede estar conectado a un Zou a la vez. Dos Zou no pueden estar dentro de la mente de un mismo iris. Antaño, cuando vivían tres Zou a la vez como abuelo, padre y nieto compartiendo gobierno, se repartían entre los tres a los iris del mundo. De hecho, mi padre con mi edad ya estaba conectado a la mitad de los iris del mundo de entonces, mientras que mi abuelo estaba a cargo de la otra mitad. Por eso te pregunto.
—¿Me das a elegir? No sé qué decirte… He tenido a Alvion conectado a mi mente casi desde que nací. No tenerlo ahora… se siente extraño… como si me hubiesen quitado un abrigo en medio de la intemperie, o como si el techo de mi casa hubiese desaparecido. Pero al mismo tiempo siento que me he puesto encima otro abrigo nuevo o que he reformado mi casa con un techo nuevo. Es decir, me siento… igual de protegido contigo. Mi iris… tú mismo lo has visto, ha recobrado su energía Yang perdida gracias a la que me transmites con tu conexión, y con ello yo he recuperado el control de mi mente, mi raciocinio. No tengo ninguna razón personal para pedirte que ceses tu conexión conmigo. Solamente tengo una razón personal para aceptar que lo hagas, y es que tú me confirmes que tú no estás cómodo con ello.
—Bueno… yo… —miró a otro lado, sintiéndose culpable.
—Yako. Se nota. No estás seguro.
—¿Cómo voy a estarlo? Nunca me había conectado a un iris… Ni siquiera he recibido el entrenamiento adecuado para ello, no sé qué hacer si tu iris requiere alguna acción urgente de mi parte, como la de antes. Lo de antes fue instintivo, diría que fue suerte. Pero no quiero jugar a la suerte con la mente de nadie, Brey. No tengo ni idea de lo que hago. No quiero que tu iris salga perjudicado por no saber yo cómo manejar la conexión. Te he restaurado la energía Yang en tu mente porque eso ya es automático con la conexión, pero no sé cómo hacer lo demás. De hecho, ¿tu iris está realmente protegido estando conectado a un Zou que también tiene un iris? Yo tengo una mitad humana en mi mente, con un iris que funciona como los del resto, nacido de un trauma, un iris diferente al tuyo. Alvion al menos carece de un iris en su parte humana, él está totalmente sano. ¿Sabes lo que te quiero decir?
Brey se quedó pensativo unos segundos, pero luego asintió tranquilamente con la cabeza.
—Es un razonamiento muy lógico. Creo que debería volver a la conexión con Alvion, para dejar las cosas como estaban, en su sitio. Porque, además, tú no eres un Señor, eres un iris. Es lo que has elegido ser, ¿no?
—Pues… sí… —murmuró, rascándose un poco la cabeza. Tiempo atrás, habría respondido a esa pregunta con un “sí” rotundo. Antes lo tenía claro. Pero, desde su última visita al Monte Zou, y descubrir lo de la salud de Alvion, había comenzado a surgir la duda en él.
—Ya bastante carga tienes con tu propio iris como para que ahora te ocupes del mío. No quiero eso si tú tampoco lo quieres. Así que, si te parece bien, hacemos eso.
—Sí. Creo que es lo mejor. Pero mantengámoslo por esta noche, por si acaso. Ya probamos mañana a reconectarte con él.
—Aun así, Yako… —añadió, mirándolo a los ojos—. Gracias por salvarme la vida. Y mi cordura. Sinceramente, igual que ocurrió con el contagio tras la muerte de mis padres, he experimentado algo nuevo, inesperado y desconocido sobre mi iris, y a una parte de mí le resulta aterrador no conocer el funcionamiento de mi propio iris por culpa de ser el único del mundo así. Pero… por otra parte es un alivio saber que tú tienes esa capacidad de conectarte si algo así vuelve a ocurrir.
—Ten por seguro que jamás en la vida dejaré que vuelvas a sufrir algo así. Me conectaré a ti todas las veces que haga falta, siempre que lo necesites. Claro que para eso tu conexión con Alvion tiene que estar previamente anulada o muy debilitada… ¿sabes qué? Da igual eso, porque si no puedo conectarme a ti cuando estés en medio de un peligro, simplemente te agarraré de los pelos y te apartaré del peligro —sonrió.
Brey también dibujó una pequeña sonrisa por primera vez en ese fatídico día, pero se le volvió a apagar irremediablemente. Al menos, se sentía estable y arropado con Yako, y eso era lo único bueno que tenía ahora.
—¿Vas a informar a Alvion sobre lo descubierto en la reunión? —quiso saber el Den.
—Eso no es cosa mía. Lo tienen que decidir Neuval y Pipi.
—Estamos hablando de dioses. Tú y Alvion sois los únicos de este planeta que pueden tratar temas relacionados con los dioses.
—Y Agatha y Denzel —apuntó.
—Ellos no tratan temas de los dioses, solamente pueden obedecer lo que digan. Me refiero a temas en los que los asuntos divinos afectan al mundo humano. Los Zou sois los únicos que podéis negociar, discutir con ellos, o exigir frenar algo con lo que no estáis de acuerdo. Sois intermediarios entre la dimensión humana y las dimensiones divinas, los protectores oficiales de este mundo terrenal, tanto de las amenazas de abajo como de las amenazas de arriba.
Yako miró un momento a un lado, haciendo un gesto dubitativo.
—Sé que quieres ir a informar a Alvion por tu cuenta —adivinó Brey—. No lo hagas.
—¿Por qué no?
—Porque se empecinará en buscar a Izan. Mandará a monjes y a otros iris a sumarse a la búsqueda…
—Necesitamos toda la ayuda posible, Brey. Si encuentran a Izan, encuentran a tu hija.
—Si encuentran a Izan y por algún milagro son capaces de capturarlo y rescatar a Clover y a las taimuki… ¿qué crees que harán los dioses del Yin? Si de verdad son ellos quienes están detrás de Izan.
—Bueno, los dioses del Yang serían útiles por una vez y se encargarían de sus gemelos del Yin. Es para lo que existen.
—Si Izan ha llegado hasta este punto sin que los dioses del Yang hayan intervenido, es que no podemos contar con ellos. Algo raro está pasando con los dioses. No podemos dejar que Alvion arriesgue la poca energía que le queda con esta nueva carga.
Yako agachó un poco la cabeza. Esas palabras le traían de vuelta ese peso de culpa en el pecho.
—Él debe seguir ocupándose de proteger la Asociación y de mantener su actividad —prosiguió Brey—. Si le contamos esto, si le pedimos ayuda… podríamos meterlo en algo peligroso. Si Alvion muere en mitad de esta locura antes de que podamos resolverla o al menos averiguar toda la verdad… será perjudicial para todo el mundo. Tenemos que terminar de averiguar qué demonios pasa. Para qué demonios necesita Izan a Clover o su don o lo que quiera que tenga. Está claro que aún hay grandes cosas que no sabemos. A partir de ahora, debemos actuar con cuidado, y meditar bien cada decisión.
Yako no dijo nada. Tan sólo respiró hondo por la nariz y apoyó los codos con desgana sobre la barandilla, mirando hacia la ciudad, soltando el aire con un deje molesto. Y no era sólo por la situación. Estaba molesto consigo mismo, porque sentía estar siendo muy egoísta con el mundo. Con su abuelo, con su amigo…
Luego, el joven Zou se percató del estado actual de Brey, y la forma en que había hablado. Lo miró extrañado.
—Te noto con menos miedo que antes. Sé que no es gracias a tu iris porque ya hemos visto que no funciona cuando se trata de la seguridad de Clover y de Dai. ¿Qué ha cambiado?
—Saber que es Izan quien se la ha llevado y no un criminal humano, o un Knive o cualquier otro monstruo.
—Brey… —negó con la cabeza, contrariado—. Es un arki… Es un desconocido, y un ser que sólo busca su propio beneficio haciendo daño a otros. Ichi está…
—Mi hermano no está muerto —dijo Brey con un tono tan convencido y una mirada tan severa que Yako se estremeció—. Solamente está atrapado en un cuerpo donde otra entidad ha tomado el control. Él aún está ahí. Y sea arki o no, sé que no va a hacerle daño a Clover. Un arki es un mal, pero es un mal racional. Intentará asustarla y manipularla para usarla, pero no va hacerle cosas aberrantes… como he visto a humanos hacer a otros niños. La necesita intacta.
—Aun así, ella debe de estar pasando mucho miedo. Para cualquier niño de 5 años, ser secuestrado por un desconocido, estar un lugar desconocido…
—Clover no es como los demás niños —negó Brey, volviendo a mirar hacia la ciudad—. Nunca la he visto sentir miedo hacia nada ni nadie. No se lo pondrá nada fácil a Izan.
Yako no dijo nada. Esperaba que su amigo tuviera razón. Aunque él también tenía que admitir que era cierto, jamás había visto a Clover asustarse con nada. Ni aquella vez que un perro agresivo estuvo a punto de atacarla a ella y a Dai en el parque; su hermano gritó y se abrazó a ella, pero ella simplemente observaba al perro tranquilamente, hasta que vino Brey a espantarlo. O la vez que los mellizos encendieron la tele mientras su padre hacía la cena, y pusieron sin querer una película de terror; Dai terminó enterrando la cabeza bajo los cojines del sofá, mientras ella simplemente observaba esas escenas de monstruos y zombis. No le daba miedo encontrar una araña en su cuarto, o las tormentas en la noche, o los niños abusones, o los ruidos bajo la cama, y mucho menos las historias de fantasmas. Eran los fantasmas quienes la temían a ella.
Ahora Yako se figuraba por qué. El miedo era una emoción que se manifestaba ante lo desconocido o ante lo que no se podía entender. El caso es que Clover tenía un don que le permitía verlo todo. Ver lo que los demás no veían, la verdadera forma de las cosas. Nada quedaba oculto o desconocido ante sus ojos.
—Aun así… no estaré realmente tranquilo hasta rescatar a Clover —apuntó Brey tras ese rato de silencio—. Hasta recuperar a Daisuke. Y hasta hacer exactamente lo mismo con mi hermano.
Cuando se dice que la vida pone a uno a prueba, nunca se trató de demostrar a otros lo que uno era capaz de hacer al respecto. La vida pone a prueba a uno para descubrirle a sí mismo quién es realmente.
Eso es lo que Cleven sentía ahora, una hora después de haber salido de ese pub. Esto no había ocurrido para que ella descubriera al fin la identidad de los demás; había ocurrido para que ella empezara a descubrir la suya propia.
Su padre solía decírselo de pequeña: “Las cosas malas nos pasan, no para fastidiarnos, sino para que reaccionemos de un modo u otro ante ellas; dependiendo de qué modo reacciones, descubres qué tipo de persona eres en realidad. En la vida te sucederán cosas buenas y cosas malas por sorpresa, sin que tú puedas controlarlo ni saberlo de antemano. En lo único en lo que sí tienes control, es en decidir cómo responderás”.
Y esto era cierto, porque mucha gente solía autodefinirse de una manera, pero no en base a la experiencia, sino a las expectativas.
Había muchos ejemplos. Una persona podía ir de valiente luchadora a manifestaciones y protestas, presumiendo de cómo de fácil defendería a los suyos de un ataque enemigo, de lo dispuesta que estaba a matar al enemigo si hacía falta. Pero luego, cuando llegaba el momento y le ponían un arma entre las manos y la colocaban en pleno campo de batalla con un enemigo corriendo hacia ella y se quedaba paralizada del miedo pensando en su madre, esa persona descubría que su identidad no era la que fantaseó tener, sino la que en verdad era.
O también, cuando una persona que siempre se había autodefinido como buena, pacífica, civilizada y madura un día se enteraba de que su pareja le había sido infiel, de repente descubría su verdadera identidad cuando, en lugar de reaccionar cortando la relación con su pareja y echándola de su vida de manera civilizada y madura, reaccionaba cogiendo una pistola o un cuchillo y matándola.
Incluso los miles de casos de gente que había sufrido abusos en su infancia; muchos habían demostrado su verdadera identidad eligiendo convertirse en abusadores también, mientras que otros habían elegido convertirse en luchadores contra el abuso.
Esto demostraba que todo aquel que era malo no era malo porque le pasó algo malo, sino porque eligió ser así cuando la vida lo puso a prueba. Porque no se podía olvidar la cantidad de gente que había sufrido los mismos exactos males en la vida, mismos orígenes, mismo entorno, y, en respuesta a ellos, habían elegido caminos diferentes; unos, el mal camino, repitiendo el ciclo del mal recibido, y otros, el buen camino, cortando ese ciclo del mal. ¿Milagro? No.
El poder de la elección. Siempre estaba ahí, presente en todo momento, en las manos de todas las personas, por mucho que algunas lo negaran y echaran la culpa a otros factores. “No puedo dejar las drogas por culpa de la adicción”. “Soy un asesino porque tuve malos padres”. “Soy infiel porque mi pareja no me da lo que necesito”. Y un largo etcétera de falsos culpables. Esto no significaba que no necesitaran o no merecieran ayuda para saber hacer las cosas bien, pero esa ayuda empezaba por hacerles entender que esos factores ajenos no elegían por ellos. Podían empujarles por el mal camino, empujar y presionar y persuadir, pero nunca decidir por ellos, al final, qué acción emprender.
“Cuando te pase algo malo, Cleven, recuerda: hay más de un modo de reaccionar, y nadie más que tú tiene el poder de elegir qué tipo de persona quieres ser después de sufrir un mal: la que destruye, o la que construye. O la que no hace nada. Pero que te quede clara una cosa: si eliges destruir, no culpes a nadie más que a ti de esa elección.”
Había estado toda esa hora ahí apoyada en la barandilla de un puente peatonal que pasaba sobre una gran autopista, cargando con el habitual tráfico de Tokio, pensando. Porque, después de sentir, es el turno de pensar.
Ya le había dejado su rato a la ira, y a la confusión, y al desengaño, y a la tristeza. Normalmente, la Cleven de los últimos siete años habría ido de cabeza a descubrirse ante todos ellos y a gritarles qué demonios estaban haciendo, por qué la habían engañado, exigiendo explicaciones. Pero porque esa reacción ya venía acompañada de una larga depresión y ansiedad detrás, condicionando su identidad, su modo de ser, su modo de reaccionar ante las cosas. Ahora que el manto negro que solía tapar su luz se había empezado a disipar con el cambio de vida con su tío, una parte de la antigua Cleven comenzó a resucitar. Una Cleven que sabe frenarse a sí misma y, en vez de gritarles a los demás “¿¡por qué me habéis mentido!?” o a lamentarse con “¿por qué me ha pasado esto?”, se para a pensar y a preguntarse a sí misma “¿qué voy a hacer al respecto?”.
«—Entonces, ¿por qué hay tanta gente que elige enfurecerse y destruir sabiendo que está mal? —le preguntó la pequeña Cleven en aquella ocasión a su padre.
—Porque muchos sienten que dejar a un lado la ira y la rabia, no hacer nada o no devolver el daño, es como traicionarse a sí mismos. Piensan: “Mira el daño que me han hecho, ¿cómo no voy a hacer justicia por mí y devolver daño?”. Pero aquí muchos malentienden lo que es “hacer justicia”. Si a ti alguien te da una bofetada por diversión o maldad, eso de poner la otra mejilla o agachar la cabeza y no hacer nada sí es una traición hacia ti mismo. Como mínimo, tienes derecho a defenderte devolviendo la bofetada o denunciándolo a las autoridades. Pero estas dos opciones, para mucha gente, siguen siendo una justicia insuficiente. Y, en lugar de devolver la bofetada o denunciar, creen que repararán el daño recibido decidiendo romperle todos los huesos a la otra persona o matarla. Piensan: “estoy furioso porque me han hecho algo muy malo e injusto; tengo todo el derecho a estar furioso, y todo el derecho a usar esa furia para devolver el daño tan fuerte como me plazca”. Y en esto último se equivocan.
—La ironía de la justicia desproporcionada —apuntó Cleven, levantando un dedito—. Si hay menos de la debida o más de la debida, no se puede llamar justicia. Lo leí en el libro de Los extremos invisibles de Magsen Zou que robé ayer de la biblioteca privada del templo. Mucha gente cree que está haciendo algo justo, cuando realidad se está pasando de la raya.
—Así es. Construir, destruir, o no hacer nada. Si alguna vez te pasa algo malo, mon doudou, no agaches la cabeza y no te lo calles como una oveja. Y tampoco te dejes llevar por la ira y la rabia y destruyas todo a tu alrededor como un lobo. Eres una Lao y una Saehara. Somos una familia de pastores. Cuidamos, protegemos, resolvemos y construimos.
La niña puso una mueca seria, y asintió firmemente con la cabeza.
—¿Y por qué muchos eligen destruir? —continuó diciendo su padre—. Bueno… Muchos lo hacen porque creen que no tienen elección, y otros porque, sabiendo que tienen elección, quieren la compensación desproporcionada. Tanto si es por la ignorancia como si es por el puro egoísmo, en cualquier caso, la causa de que muchos eligen destruir es porque están perdidos.
—¿Perdidos?
—La humanidad… —se agachó frente a ella, mirándola a los ojos—… está en constante cambio. Es su naturaleza, lo que les diferencia de otros seres. Un pájaro nace de un huevo, igual que sus padres; se queda en el nido un tiempo para ser alimentado, igual que sus padres antes que él. Algo escrito en sus genes ya le dice lo que tiene que hacer, incluso cuando aún no puede abrir los ojos, que nada más detectar la presencia del progenitor llegando al nido tiene que abrir bien el pico hacia arriba para recibir ese alimento. Ese gesto no se lo han enseñado, lo tiene programado. El polluelo empieza a desarrollar sus alas y el impulso de batirlas y abandonar el nido, igual que les pasó a sus padres. Otra programación en sus genes le dice que ya es hora de saltar del nido y hacer su primer vuelo, y nadie le ha enseñado cómo se hace, simplemente ya lo tiene en su cerebro. Y después, repetirá el proceso de todos sus ancestros de emparejarse y poner sus propios huevos.
»Lo mismo con un león, o con una ballena. Repiten la vida de sus padres o de su especie de manera casi idéntica. Pero los humanos… unos tienen hijos, otros no los tienen, otros los adoptan… Unos son buenos con los demás, otros son malos, y otros simplemente se aíslan de los demás… Unos trabajan de pintores, otros de doctores, otros de pescadores de alta mar… Pero todos estos que te he mencionado, un día pueden elegir ser o hacer algo diferente, intercambiar roles, convertirse en cosas distintas a las que eran originalmente.
»Y eso es magnífico. Pero, a la vez, conlleva su sufrimiento. Mucha gente se frustra cuando tiene que lidiar con tantas opciones, o cuando quiere controlarlas o tenerlas todas, o cuando ve que otros tienen más o mejores opciones. Se pierden entre tantos caminos y cambios. No saben qué identidad elegir. Por eso, Cleven… a veces pienso que la humanidad perdida que destruye no necesita ser borrada. Necesita un aprendizaje, para saber cómo volver a encontrarse.
—Alvion hace eso.
—Lo intenta. Pero él es una sola persona. Y, por mucho poder que tenga, no es suficiente.
—¿Qué haría falta entonces? ¿Más personas como Alvion?
—Quizá —sonrió—. Seguir su ejemplo es un buen comienzo. Su amor infinito por los humanos es un reflejo de cómo la humanidad debería amarse más a sí misma. Tal vez, cuando seamos suficientes pastores, la humanidad empiece a vernos. Y cuando empiecen a vernos, escucharán nuestro punto de vista. Y cuando lo escuchen, aprenderán muchas cosas. Y cuanto más se aprende, mejor se elige.
—Aaahh… ¿Y tú, papá? —preguntó con curiosidad—. ¿Alguna vez te han pasado cosas malas?
—Hmm… Bueno… Me han pasado algunas cositas malas cuando era pequeño. He recibido el daño de muchos destructores. Por eso, yo entiendo la furia y la rabia; entiendo ese deseo de ejercer de vuelta una justicia desproporcionada; y entiendo lo difícil que es dominar esas emociones y lo fácil que es poner la culpa de mis acciones en otros. Pero entender eso no me da derecho a hacer lo que me venga en gana y después llamarme a mí mismo “justo” o presumir de que yo tenía la razón.
»La vida me ha dado ya unos cuantos motivos para convertirme en lo mismo que esos destructores con los que me crucé de pequeño… —se le perdió la mirada por un momento a otro lado, rememorando algunos de aquellos múltiples abusos; sin embargo, volvió a mirar a la niña con una sonrisa firme—. Pero, aquí estoy. Todos los días desde que me despierto hasta que me duermo, luchando por no dejar salir a ese destructor de mi interior. Porque esa es mi elección, Cleven. Mi ira quiere ser un destructor, pero mi identidad no es una emoción, mi identidad es una elección conjunta y coherente de lo que siento, pienso y hago. Yo, Neuval Lao, elijo ser un constructor: sentir como uno, pensar como uno y actuar como uno. Y tengo motivos para serlo, más poderosos que los motivos para no serlo.
—¿Sí? ¿Qué motivos son?
—Pues… uno de ellos es… ¡comerme esta nubecita de algodón de frambuesa! —exclamó de pronto, atrapándola entre sus brazos y haciendo como que se comía su voluminoso cabello rojo.
La pequeña gritó y se rio a carcajadas por el susto.
—Y ahora, ven a echarme una mano, ma chérie. Estos globos no van a llenarse de lodo y estallar sobre la cabeza de Alvion por sí solos.»
Cleven no recordaba ese escenario y esa conversación. Pero sí que se le quedó dentro la esencia de esas enseñanzas. Esas pequeñas enseñanzas de la infancia que ella había estado absorbiendo para conformar su identidad.
Así que, Cleven tenía tres caminos, tres modos de reaccionar, tres elecciones: irse a casa con la cabeza gacha, fingiendo ante su tío y los demás no saber nada y ponerse a llorar a escondidas sobre la almohada y seguir así el resto de su vida; plantarse en persona ante su tío, o ante Nakuru, o ante su padre, para manifestarles su ira, diciéndoles que lo sabía todo, y exigiéndoles explicaciones, y cortando o enturbiando su relación con ellos por mucho tiempo; o hacer algo que ayudase a todos y a sí misma.
Ella lo tenía claro. Con su mente más calmada y fría, sin tempestades destructivas de sentimientos oscuros tentándola a actuar del modo que estos querían, dio paso a la razón constructiva. La cual, en su caso, no venía de puro pensamiento lógico; venía con otro tipo de sentimientos, los que importaban de verdad, los que ayudaban, los empáticos. Tenía miedo, el mismo que debía de estar sufriendo su prima Clover, el mismo que debían de estar sufriendo Brey y Daisuke; tenía preocupación, la misma que debía de estar carcomiendo a Yako y a su padre por sentirse responsables de cuidar del resto ante amenazas más poderosas que ellos; sentía desesperanza, la misma que se apoderaba de Denzel, o de Nakuru, por no sentirse capaces de resolver todos los problemas a tiempo.
Pero también sentía determinación, la misma que empujaba a todos a mantenerse firmes e intentar todo lo posible por salvar a las prisioneras de ese tal Izan, por muy mal que pintasen las cosas. Y amor, el mismo que sentía Yako por su amigo, o Denzel por sus hijos, o su padre por sus compañeros iris.
Cleven aún estaba un poco enfadada con ellos, pero había ahí muchas personas a las que seguía amando, y que estaban sufriendo por un problema, un problema más grande, más real y más importante que ellos y que ella.
Tras esa hora ahí parada, mirando la ciudad sobre el puente, meditando sin parar, ya decidió lo que iba a hacer. Y no era el camino fácil; de hecho, era el más complicado, pero, a sus ojos, el más correcto, así que tenía que hacerlo bien. Y ahí, en esa decisión, estaba su identidad.
* * * * * *
Yako por fin colgó la llamada y se apartó el móvil de la oreja. Había estado largo rato en el salón conversando por teléfono con Lenny y los otros almaati. Le confirmaron que Drasik les dio la nota a tiempo, y habían movido ya los papeles y falsificado los datos digitales necesarios para hacer parecer que la policía tenía el caso de Clover como una desaparición con una búsqueda en curso.
Yako respiró tranquilo. Esto salvaba a Brey de que tanto las Oficinas de la Seguridad Social como los abogados de Joji y Norie, a la hora de querer contactar para informarse, obtuvieran la información falsa.
Lo único que faltaba era la declaración de Riku. Ella tenía la última palabra para declarar a Brey apto o no apto para la custodia. Después de lo ocurrido, podía mañana mismo declararlo no apto en las Oficinas. Y los abogados de los señores Saitou ya ganarían para sus clientes la custodia completa, tal como se acordó en el primer juicio, cuando se establecieron las condiciones que Brey tenía que cumplir. Y una de esas condiciones se acababa de romper, aunque todavía sin resolución final, porque si Clover era encontrada con vida, aún se podía discutir una defensa a favor de Brey.
Yako, levantándose del sofá, miró directamente a la cristalera del salón, al balcón. Brey había estado ahí una hora y media sin moverse, desde que regresaron del pub, con el móvil en una mano y observando sin cesar la ciudad y la calle de abajo. Yako suspiró. Sabía que su amigo iba a padecer ese estado de alerta obsesiva durante un tiempo, era inevitable. Salió al balcón y se apoyó en la barandilla a su lado.
—En algún momento tendrás que ir al baño, o… beber o comer algo.
—Me ha escrito hace quince minutos —dijo Brey, alzando un poco el móvil.
—¿Quién?
—Cleven. Me ha respondido al mensaje que le dejé antes de irnos a la reunión. Dice que ha pasado todo el día con sus compañeros de natación y que ya está de camino a casa, y que ya no le queda batería. La he llamado, pero su móvil ya estaba apagado.
—Bueno. Habrá que preparar el terreno. ¿Estás nervioso?
—Como esa pelmaza no aparezca en el portal en cinco minutos, llenaré Tokio de tormentas y rayos. Seguro que así se da prisa.
Yako casi sonrió, viéndolo tan preocupado por Cleven como lo estaba ya por Clover y Daisuke. Brey no apartaba los ojos de la ciudad, escudriñando cada metro cuadrado de la calle.
—Oye, Rai… ¿Podemos hablar un momento? Sobre tú y yo.
El rubio lo miró, captando ese tono serio.
—A ver. Tienes que entender… que he hecho algo intolerable, que es conectarme a tu iris sin tu permiso. Haya sido por accidente o no, o te haya salvado la vida o no, es algo que un Zou jamás debe hacer sin permiso. Creo que ha sido porque tu conexión con Alvion se ha debilitado tanto que… cuando me he conectado a ti, he notado una energía Yang tan baja dentro de tu mente que parecía que te habías quedado prácticamente sin alma. Y creo que por eso Alvion no te alcanzaba. Y yo, estando más cerca, pues… —Yako respiró hondo al ver que se estaba desviando—. Lo que quiero decir es, dos cosas: una, te…
—Como me digas que me pides disculpas por eso, te parto la cara —le advirtió Brey.
—Ah… —Yako se quedó de piedra—. Vale, entonces paso a lo segundo. ¿Quieres que me desconecte y recuperar la conexión con Alvion?
—¿Cómo? ¿No estoy conectado ahora a ambos? Ya no siento a Alvion, pero no sé si es porque está en un segundo plano, o…
—No. Eso es físicamente imposible. Un iris sólo puede estar conectado a un Zou a la vez. Dos Zou no pueden estar dentro de la mente de un mismo iris. Antaño, cuando vivían tres Zou a la vez como abuelo, padre y nieto compartiendo gobierno, se repartían entre los tres a los iris del mundo. De hecho, mi padre con mi edad ya estaba conectado a la mitad de los iris del mundo de entonces, mientras que mi abuelo estaba a cargo de la otra mitad. Por eso te pregunto.
—¿Me das a elegir? No sé qué decirte… He tenido a Alvion conectado a mi mente casi desde que nací. No tenerlo ahora… se siente extraño… como si me hubiesen quitado un abrigo en medio de la intemperie, o como si el techo de mi casa hubiese desaparecido. Pero al mismo tiempo siento que me he puesto encima otro abrigo nuevo o que he reformado mi casa con un techo nuevo. Es decir, me siento… igual de protegido contigo. Mi iris… tú mismo lo has visto, ha recobrado su energía Yang perdida gracias a la que me transmites con tu conexión, y con ello yo he recuperado el control de mi mente, mi raciocinio. No tengo ninguna razón personal para pedirte que ceses tu conexión conmigo. Solamente tengo una razón personal para aceptar que lo hagas, y es que tú me confirmes que tú no estás cómodo con ello.
—Bueno… yo… —miró a otro lado, sintiéndose culpable.
—Yako. Se nota. No estás seguro.
—¿Cómo voy a estarlo? Nunca me había conectado a un iris… Ni siquiera he recibido el entrenamiento adecuado para ello, no sé qué hacer si tu iris requiere alguna acción urgente de mi parte, como la de antes. Lo de antes fue instintivo, diría que fue suerte. Pero no quiero jugar a la suerte con la mente de nadie, Brey. No tengo ni idea de lo que hago. No quiero que tu iris salga perjudicado por no saber yo cómo manejar la conexión. Te he restaurado la energía Yang en tu mente porque eso ya es automático con la conexión, pero no sé cómo hacer lo demás. De hecho, ¿tu iris está realmente protegido estando conectado a un Zou que también tiene un iris? Yo tengo una mitad humana en mi mente, con un iris que funciona como los del resto, nacido de un trauma, un iris diferente al tuyo. Alvion al menos carece de un iris en su parte humana, él está totalmente sano. ¿Sabes lo que te quiero decir?
Brey se quedó pensativo unos segundos, pero luego asintió tranquilamente con la cabeza.
—Es un razonamiento muy lógico. Creo que debería volver a la conexión con Alvion, para dejar las cosas como estaban, en su sitio. Porque, además, tú no eres un Señor, eres un iris. Es lo que has elegido ser, ¿no?
—Pues… sí… —murmuró, rascándose un poco la cabeza. Tiempo atrás, habría respondido a esa pregunta con un “sí” rotundo. Antes lo tenía claro. Pero, desde su última visita al Monte Zou, y descubrir lo de la salud de Alvion, había comenzado a surgir la duda en él.
—Ya bastante carga tienes con tu propio iris como para que ahora te ocupes del mío. No quiero eso si tú tampoco lo quieres. Así que, si te parece bien, hacemos eso.
—Sí. Creo que es lo mejor. Pero mantengámoslo por esta noche, por si acaso. Ya probamos mañana a reconectarte con él.
—Aun así, Yako… —añadió, mirándolo a los ojos—. Gracias por salvarme la vida. Y mi cordura. Sinceramente, igual que ocurrió con el contagio tras la muerte de mis padres, he experimentado algo nuevo, inesperado y desconocido sobre mi iris, y a una parte de mí le resulta aterrador no conocer el funcionamiento de mi propio iris por culpa de ser el único del mundo así. Pero… por otra parte es un alivio saber que tú tienes esa capacidad de conectarte si algo así vuelve a ocurrir.
—Ten por seguro que jamás en la vida dejaré que vuelvas a sufrir algo así. Me conectaré a ti todas las veces que haga falta, siempre que lo necesites. Claro que para eso tu conexión con Alvion tiene que estar previamente anulada o muy debilitada… ¿sabes qué? Da igual eso, porque si no puedo conectarme a ti cuando estés en medio de un peligro, simplemente te agarraré de los pelos y te apartaré del peligro —sonrió.
Brey también dibujó una pequeña sonrisa por primera vez en ese fatídico día, pero se le volvió a apagar irremediablemente. Al menos, se sentía estable y arropado con Yako, y eso era lo único bueno que tenía ahora.
—¿Vas a informar a Alvion sobre lo descubierto en la reunión? —quiso saber el Den.
—Eso no es cosa mía. Lo tienen que decidir Neuval y Pipi.
—Estamos hablando de dioses. Tú y Alvion sois los únicos de este planeta que pueden tratar temas relacionados con los dioses.
—Y Agatha y Denzel —apuntó.
—Ellos no tratan temas de los dioses, solamente pueden obedecer lo que digan. Me refiero a temas en los que los asuntos divinos afectan al mundo humano. Los Zou sois los únicos que podéis negociar, discutir con ellos, o exigir frenar algo con lo que no estáis de acuerdo. Sois intermediarios entre la dimensión humana y las dimensiones divinas, los protectores oficiales de este mundo terrenal, tanto de las amenazas de abajo como de las amenazas de arriba.
Yako miró un momento a un lado, haciendo un gesto dubitativo.
—Sé que quieres ir a informar a Alvion por tu cuenta —adivinó Brey—. No lo hagas.
—¿Por qué no?
—Porque se empecinará en buscar a Izan. Mandará a monjes y a otros iris a sumarse a la búsqueda…
—Necesitamos toda la ayuda posible, Brey. Si encuentran a Izan, encuentran a tu hija.
—Si encuentran a Izan y por algún milagro son capaces de capturarlo y rescatar a Clover y a las taimuki… ¿qué crees que harán los dioses del Yin? Si de verdad son ellos quienes están detrás de Izan.
—Bueno, los dioses del Yang serían útiles por una vez y se encargarían de sus gemelos del Yin. Es para lo que existen.
—Si Izan ha llegado hasta este punto sin que los dioses del Yang hayan intervenido, es que no podemos contar con ellos. Algo raro está pasando con los dioses. No podemos dejar que Alvion arriesgue la poca energía que le queda con esta nueva carga.
Yako agachó un poco la cabeza. Esas palabras le traían de vuelta ese peso de culpa en el pecho.
—Él debe seguir ocupándose de proteger la Asociación y de mantener su actividad —prosiguió Brey—. Si le contamos esto, si le pedimos ayuda… podríamos meterlo en algo peligroso. Si Alvion muere en mitad de esta locura antes de que podamos resolverla o al menos averiguar toda la verdad… será perjudicial para todo el mundo. Tenemos que terminar de averiguar qué demonios pasa. Para qué demonios necesita Izan a Clover o su don o lo que quiera que tenga. Está claro que aún hay grandes cosas que no sabemos. A partir de ahora, debemos actuar con cuidado, y meditar bien cada decisión.
Yako no dijo nada. Tan sólo respiró hondo por la nariz y apoyó los codos con desgana sobre la barandilla, mirando hacia la ciudad, soltando el aire con un deje molesto. Y no era sólo por la situación. Estaba molesto consigo mismo, porque sentía estar siendo muy egoísta con el mundo. Con su abuelo, con su amigo…
Luego, el joven Zou se percató del estado actual de Brey, y la forma en que había hablado. Lo miró extrañado.
—Te noto con menos miedo que antes. Sé que no es gracias a tu iris porque ya hemos visto que no funciona cuando se trata de la seguridad de Clover y de Dai. ¿Qué ha cambiado?
—Saber que es Izan quien se la ha llevado y no un criminal humano, o un Knive o cualquier otro monstruo.
—Brey… —negó con la cabeza, contrariado—. Es un arki… Es un desconocido, y un ser que sólo busca su propio beneficio haciendo daño a otros. Ichi está…
—Mi hermano no está muerto —dijo Brey con un tono tan convencido y una mirada tan severa que Yako se estremeció—. Solamente está atrapado en un cuerpo donde otra entidad ha tomado el control. Él aún está ahí. Y sea arki o no, sé que no va a hacerle daño a Clover. Un arki es un mal, pero es un mal racional. Intentará asustarla y manipularla para usarla, pero no va hacerle cosas aberrantes… como he visto a humanos hacer a otros niños. La necesita intacta.
—Aun así, ella debe de estar pasando mucho miedo. Para cualquier niño de 5 años, ser secuestrado por un desconocido, estar un lugar desconocido…
—Clover no es como los demás niños —negó Brey, volviendo a mirar hacia la ciudad—. Nunca la he visto sentir miedo hacia nada ni nadie. No se lo pondrá nada fácil a Izan.
Yako no dijo nada. Esperaba que su amigo tuviera razón. Aunque él también tenía que admitir que era cierto, jamás había visto a Clover asustarse con nada. Ni aquella vez que un perro agresivo estuvo a punto de atacarla a ella y a Dai en el parque; su hermano gritó y se abrazó a ella, pero ella simplemente observaba al perro tranquilamente, hasta que vino Brey a espantarlo. O la vez que los mellizos encendieron la tele mientras su padre hacía la cena, y pusieron sin querer una película de terror; Dai terminó enterrando la cabeza bajo los cojines del sofá, mientras ella simplemente observaba esas escenas de monstruos y zombis. No le daba miedo encontrar una araña en su cuarto, o las tormentas en la noche, o los niños abusones, o los ruidos bajo la cama, y mucho menos las historias de fantasmas. Eran los fantasmas quienes la temían a ella.
Ahora Yako se figuraba por qué. El miedo era una emoción que se manifestaba ante lo desconocido o ante lo que no se podía entender. El caso es que Clover tenía un don que le permitía verlo todo. Ver lo que los demás no veían, la verdadera forma de las cosas. Nada quedaba oculto o desconocido ante sus ojos.
—Aun así… no estaré realmente tranquilo hasta rescatar a Clover —apuntó Brey tras ese rato de silencio—. Hasta recuperar a Daisuke. Y hasta hacer exactamente lo mismo con mi hermano.
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