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3º LIBRO - Presente y Futuro __ PARTE 1: Identidad __









4.
La noche más larga (1/5)

Ya era medianoche en Tokio. Toda la ciudad dormía a la víspera del lunes laboral. Pero unos pocos no podían conciliar el sueño. Como, por ejemplo, un joven vestido de negro, encapuchado y con una mascarilla tapando la mitad de su cara, que se encontraba en el rellano de la tercera planta de un edificio de viviendas, agachado ante la puerta de una vivienda en concreto, intentando forzar la cerradura con una ganzúa moderna.

No estaba teniendo mucho éxito. Llevaba ya un buen rato y se estaba desesperando. Y no lo entendía, porque siempre se le dio de fábula forzar cerraduras. Se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz y dio un suspiro, probando a hacer algo más de fuerza.

El rellano era alargado y sólo tenía dos puertas, distanciadas a cada extremo. Esperaba no hacer demasiado ruido y alertar al vecino de la otra puerta. Todo estaba muy silencioso.

—¡Así no es! —exclamó una voz femenina a su espaldas.

El joven se dio un susto tan grande que reaccionó por puro instinto y práctica de años y años de entrenamiento, dándose la vuelta velozmente mientras alzaba una pierna, rodeaba con ella el cuello de la otra persona y la aprisionó contra el suelo bajo su peso.

Vio que se trataba de una chica que también venía con una mascarilla negra de tela y con la capucha de la sudadera puesta. Ella soltó un gemido ahogado al tener la cabeza atenazada por la pierna de él, pero su reacción también fue veloz y automática, haciendo un giro de cadera y logrando aprisionar la cabeza de él entre sus muslos. Los dos terminaron apresados por la llave del otro, sin poder respirar, poniéndose azules.

—¡Que soy yo, tarugo! —jadeó ella, apartándose la mascarilla para descubrir su rostro.

—¡Mei Ling! —exclamó él con sorpresa, soltándola rápidamente.

Ella también lo hizo y ambos se apoyaron en el suelo para recuperar el aliento.

—¿¡Por qué me sobresaltas así!? ¿¡Estás loca!? ¡Podría haberte matado! —exclamó él en voz baja.

—¿¡Tú!? —le espetó ella—. ¡En tu vida me has ganado un combate cuerpo a cuerpo!

—¡Claro! ¡Porque si no te mataría!

—¡Ahh! ¿¡Cómo te atreves!? —le dio un empujón—. Serás más fuerte, pero te gano en flexibilidad y en aguantar la respiración.

—Bueno, ¿y se puede saber qué demonios haces aquí a estas horas? —preguntó, apartándose la mascarilla bajo la barbilla también.

Mei Ling se metió las manos en los bolsillos de la sudadera y sacó su propia ganzúa.

—A ti tampoco te responde las llamadas, ¿eh? —entendió él.

—¿Le habrá dado un infarto? —se preocupó Mei Ling—. ¿O se habrá resbalado en la ducha y ahora está desnudo y desmayado en el baño?

—Por Dios, Mei, no me des esa imagen. Además, si el abuelo se golpea contra el suelo, lo que acaba dañado es el suelo.

—Aparta, tardón —lo echó a un lado, y se agachó ante la cerradura de la puerta para intentar forzar la cerradura con su ganzúa—. Parece que nunca has usado una de estas.

—Perdona, pero, como comprenderás, no me suelo dedicar a hacer estas cosas ilegales.

—No me hagas reír, Lex. ¿Cuándo fue la última vez que forzaste una cerradura? Sé sincero.

—Mi vida ahora es sencilla y decente.

—¿Me vas a decir que desde que te largaste de tu casa no has usado ninguna de las habilidades que tu padre te enseñó para conseguir algo de tu interés? —preguntó escéptica.

—¿Acaso tú sí?

—Como tres veces por semana —sonrió orgullosa.

—¿Qué? Oh, no… —comprendió Lex, y se frotó los ojos tras las gafas—. ¿Sigues haciendo eso que solías llamar “misiones humanas propias”?

—Sólo ayudo a la gente con la que me encuentro por casualidad necesitando ayuda, ¿vale? Nada peligroso. Como, por ejemplo, proteger a una amiga de la universidad de su violento ex. Vino un día hacia ella como un animal. ¡Hahah! Tenías que haber visto los cuatro dientes que le dejé en su boca. Y después la ayudé con la denuncia y la testificación. O, por ejemplo, el robo que sufrió mi profe de Dinámica de Fluidos Computacional. Alguien le robó su laptop personal en su despacho, con todas las fotos y recuerdos de su familia y su trabajo profesional. Lo ayudé a investigar, y necesité la ganzúa para colarme en el despacho de otro profesor que tenía bajo mis sospechas. ¡Sorpresa! Lo tenía él. Mi profe recuperó su laptop y el otro fue denunciado. ¿Ves? Resolución de problemas al alcance del poder humano. Nada sobrenatural y letal.

—Creía que esas eran cosas anecdóticas, como una vez al año.

—Cuando os cuento cosas, no os lo cuento todo —sonrió ella de nuevo, pero después puso una graciosa cara de buldog al hacer fuerza con la ganzúa—. ¿Pero qué le pasa a esta cerradura?

—Bueno, yo… —titubeó Lex, esperando ahí de pie tras ella—. Puede que usara la ganzúa… para un par de situaciones realmente importantes en los últimos años…

—Ya, ya… un par…

—Pero era también para ayudar a alguien o para averiguar alguna ilegalidad cometida por terceros. En el hospital tuvimos un médico ocultando abusos a pacientes y robo de estupefacientes hace un par de años. No podríamos haber reunido las pruebas si no me hubiera colado en su despacho… y en su casa… y tal vez en la casa de su madre también, que la usaba para guardar lo robado… y también en su ordenador personal, con algunas claves informáticas diseñadas por mi madre.

—¿Ves lo que te decía? Dices que te has alejado de ese tipo de vida y que has dejado esas costumbres con las que nos criamos en esta familia, pero no puedes alejarte, van contigo dentro de ti. Es quien eres. Eso de “soy un humano normalito, correcto y decente” es una capita de azúcar que te echas por encima para endulzar tu amargura.

—¿Mi amargura?

—Algún día tendrás que salir de esa mentira que te repites cada día ante el espejo, Lex. Yo he visto a tu verdadero yo. Y es de todo menos normal.

—No es verdad —rezongó molesto.

—Por Dios… Te pareces a él más de lo que crees —murmuró Mei Ling, negando con la cabeza.

Lex sabía que se refería a su padre, y eso para él era un completo disparate. De toda la vida, había sido más que evidente que él había heredado el carácter serio, disciplinado y estoico de Katya, pero no era la primera vez que le decían que, de vez en cuando, manifestaba enormes semejanzas con su padre.

—¿Te traigo algún café? —se burló Lex, pues ella ya llevaba cinco minutos estancada con la cerradura.

—¡Calla! Es que esta cerradura es un poco como tú, ¿sabes? —gruñó ella—. Difícil, rígida y fuera de lo normal.

—¿Dif-…? ¿Yo te resulto difícil? —se sorprendió él.

—Como primo, no. Como novio… eeh… —hizo un gesto de más o menos.

—¿Qué dices? ¿Te resultaba yo difícil en esa época? ¡Pero si fue la primera vez que pude relajarme de verdad en una relación!

—Naaah, no te culpo. Estabas de luto por tu madre, y tus anteriores parejas de instituto fueron un dolor de muelas. Te cerrabas mucho en eso de mostrar tus sentimientos. Aunque, también es verdad que tu personalidad siempre fue así. Como la tía Katya. También me recuerda mucho a Brey… —murmuró con un tono más apagado y pesaroso, dejando de forzar la cerradura un momento y mirando al suelo. Pero después se giró y miró a Lex—. Solamente era difícil esa parte de ti. Pero no todo lo demás —le sonrió, y volvió con la labor.

Lex no dijo nada, pero pensó en esas palabras, y dio un suspiro conforme, con una pequeña sonrisa. Sin embargo, la mención de Brey le hizo recordar por qué estaba aquí ahora. Y esto le hizo preguntarse lo mismo sobre Mei Ling.

—Mei… Hoy ha pasado algo malo, ¿verdad? —murmuró.

Ella volvió a abandonar la cerradura y poso las manos sobre sus piernas. Se quedó un momento quieta y en silencio, cabizbaja. Después se giró hacia él.

—¿Por eso estás tú aquí? —adivinó ella—. ¿Qué has escuchado? Porque, si estás aquí, es porque no lo sabes todo y buscas más respuestas.

—Mi novia, Riku. Me ha contado que hoy ha tenido el día más difícil de su trabajo. Hoy fue a hacer su segunda inspección a la casa de un joven padre con mellizos y se ha encontrado con una niña desaparecida y con la desgarradora obligación de separar a un niño de su padre por el cumplimiento de una estricta cláusula legal que había entre el padre y los abuelos.

Mei Ling abrió los ojos como platos. Se puso en pie y se giró completamente hacia él.

—Esa mujer… la asistente de esta mañana… ¿¡Era tu Riku!? —exclamó, y Lex asintió—. No lo sabía… Espera, ¿ella lo sabía? Juraría que su comportamiento hacia Brey era como si ella no supiese…

—No lo sabe —afirmó Lex, y cerró los ojos, lamentándolo—. Hay muchas cosas que no le he contado sobre mi familia. Como la existencia de mis tíos maternos. Lo que sí conoce, es la historia de mi familia paterna. Incluso mi historia contigo —dijo señalándola—. Pero quitando lo de la Asociación y los iris.

—Ya… entiendo. Siendo la nueva asistente de Brey y de los Jones, no tenía por qué saber que Kyo y yo éramos los vecinos Lao de la otra puerta. Podría haberme presentado ante ella diciéndole: “Hola, soy la prima de Lex, por favor, no te lleves a Daisuke”.

—Mi tío podría haber hecho eso. Decirle quién era y pedirle un favor difícil. Pero el tío Brey no lo hizo, y sé por qué, y agradezco que no lo hiciera. Hay muchas cosas… que tengo que empezar a contarle a Riku. Y no va a ser fácil. Yo…

—Tranquilo, Lex —le posó una mano en el brazo—. Lo entiendo. Riku se ha metido en algo complicado y sólo hace su trabajo. Y el nuestro es proteger a humanos inocentes como ella.

—No somos iris —suspiró Lex, viendo que Mei Ling seguía empecinada en imponerse a sí misma ese deber.

—No necesitamos serlo. Somos Lao y eso es suficiente —dijo ella con firmeza, y volvió a agacharse frente a la cerradura para seguir manejando la ganzúa.

—Entonces… ¿tú sabes lo mismo que yo?

—Sí, salvo por el dato de que Clover no ha desaparecido. Yako y tío Neu estuvieron investigando en la casa y afirmaron que fue secuestrada por algo o alguien durante la madrugada.

—¿¡Qué!? —saltó horrorizado.

—Y Yako y Brey tuvieron que mentir a Riku, claro.

—¿Qué? ¿Es porque ese secuestro es un tema iris, más grave de lo que la policía pueda solucionar?

—Eso me temo. Pero no sé más. Por eso estoy aquí.

—¿Y Kyosuke…?

—Kyo no me ha contado nada. Porque no puede. Y resulta que es un iris de tipo ejemplar. No es de tipo sensible como Yousuke. Kyo es inmune a la enfermedad del majin, muy racional y muy fiel a las normas. Esta tarde se reunieron todos con emergencia y, al regresar, Kyo estaba más callado que nunca. Él pone su cara iris, ya sabes, sin emoción alguna, para no preocuparme. Pero sé que han descubierto algo grave.

—¿Entonces qué te hace pensar que el abuelo sí te contará todo? Es el mismo tipo de iris que Kyo.

—A mi hermanito no quiero atosigarlo ni forzarle a romper una norma de la Asociación en su primer mes de servicio. Al abuelo se lo saco a golpes si hace falta. Quiero enterarme, y quiero enterarme ya. Quiero saber quién se ha llevado a Clover, por qué, adónde. Quiero estar al tanto, porque esos niños… —su tono serio empezó a temblar un poco—… son muy importantes para mí. Los quiero mucho. Tengo que ayudarlos…

Al oír su voz quebrándose, Lex se agachó a su lado y posó una mano en su hombro.

—Estoy contigo, Mei —susurró solemne—. Si al menos supieras usar la ganzúa…

—¡Vale! ¡Ya está bien! —reconoció ella que forzar esa puerta era inútil—. ¿¡Entonces la derribamos a cabezazos!?

Ça peut pas être si compliqué, putain… —protestó él, perdiendo la paciencia también—. A ver, quita eso, lo tienes mal encajado —empezó a tirar de la ganzúa.

—¡Para, no lo muevas, que tenía ya cuatro pitones!

—¡Ni medio pitón tenías!

—¡No me rompas mi ganzúa, suelta…!

—¡No seas terca…!

De repente los dos quedaron mudos e inmóviles al notar un considerable aumento de la temperatura en el ambiente. Y una tenue luz anaranjada tiñendo el aire. Temiéndose lo peor, los dos voltearon la cabeza lentamente hacia atrás, y, en efecto, encontraron ahí al enorme viejo Lao, de pie tras ellos, clavándoles una aterradora mirada de sus ojos negros como pozos y con las puntas de su blanco cabello, de sus cejas y de su bigote desprendiendo pequeñas llamas. En un brazo sujetaba una abultada bolsa de papel, por la que asomaban unas ramas verdes con pequeños tomates rojos.

Mei Ling y Lex permanecieron ahí agachados uno junto al otro, mostrándole la misma temblorosa sonrisa de inocencia.

—Tenéis quince segundos para explicarme por qué os habéis cargado mi puerta.

—¿Qué? No nos la hemos… —dijo Lex, pero cuando miró la cerradura, la verdad, habían dejado los alrededores de la cerradura llenos de rayajos, y definitivamente las dos piezas de la ganzúa de Mei Ling estaban atascadas ahí eternamente—. Merde…

—Diez segundos.

—¡Es que creíamos que estabas desnudo e inconsciente en el baño porque te habías resbalado en la ducha! —se defendió Mei Ling rápidamente.

—Yo no creía eso… —masculló Lex.

—¡Y es porque no respondías nuestras llamadas! ¿¡Por qué no nos respondías, eh!? —intentó Mei Ling cambiar los papeles de víctima, poniéndose en pie con los brazos en jarra—. ¡Nos tenías preocupados! ¡Da gracias a que seamos tan considerados contigo de venir corriendo aquí a rescatarte de la ducha!

—¿Pero qué memeces me estás…? —protestó Lao—. Jovencitos… —suspiró molesto, pellizcándose el entrecejo—. Me habéis atestado el móvil a llamadas durante dos míseras horas. ¿No podíais esperar más de dos horas? ¿O al menos a mañana? Si alguien no os contesta las llamadas, ¡será porque no puede o no quiere contestarlas en ese momento! ¿¡Se os ha ocurrido!? ¿Qué demonios os pasa? Son las doce de medianoche, mañana es lunes, ¿no tenéis mañana trabajo y clase? —señaló a Lex y luego a Mei Ling.

—¿Crees que eso nos importa algo, después de lo que ha pasado? —se enfadó Mei Ling.

—Venimos a por respuestas, abuelo —le dijo Lex—. Yo me he enterado por Riku de la versión no-iris. Y ahora me entero por Mei Ling de que mi otra prima de 5 años a la que apenas he conocido ha sido secuestrada en su propia casa por un asunto más allá de lo humano. Quiero ayudar a mi tío y al mismo tiempo proteger a Riku, así que necesito saber toda la verdad.

—Yo también necesito saberlo todo —corroboró Mei Ling—. Sabes lo que siento por los mellizos, no puedes dejarme sin saber todo lo que sucede con ellos, abuelo.

Lao no dijo nada. Miró a los ojos a uno y a otro, dubitativo, pero también con expresión cansada.

—Sabes que no te vamos a dejar en paz, ¿verdad? —añadió la mujer.

—Ahora mismo me encantaría estar desmayado y desnudo en mi ducha —gruñó Lao—. ¿No podéis esperar a mañana? Estoy agotado. Hoy he tenido una misión. Y luego me entero de cosas que sin duda me van a quitar el sueño varios días. Voy a necesitar un par de litros de whisky para dormir al menos unas pocas horas.

—Pareces muy estresado, abuelo —se preocupó Lex, posándole una mano en el hombro.

—Sí, no es normal en ti, eres un iris ejemplar veterano —lo imitó Mei Ling—. Quizá necesites hablar con alguien, abuelito.

—Sí, hablar con nosotros del tema puede ayudarte a desahogarte un poco. Sacarlo todo afuera, ya sabes…

—Menudo par de humanos manipuladores estáis hechos —rezongó Lao.

—Tuvimos buenos maestros —Mei Ling acercó a Lex hacia ella y ambos miraron al viejo con las caras juntas y expresión suplicante, poniendo ojitos de cachorro.

Lao parpadeó lentamente. Pero estaba tan cansado que primero parpadeó un ojo y luego el otro, desincronizado. Después suspiró con fuerza y, apartando a esos dos a un lado, acercó el reloj de su muñeca a la puerta, concretamente, a un punto centrado arriba y luego a otro punto más abajo a la izquierda, al lado contrario de la cerradura. Seguidamente, se oyó algún mecanismo interior y la puerta se abrió.

—Vamos. Entrad. Os pondré unos cuenquitos de agua y unas latitas de atún.

—¡Abuelo! ¿Qué mecanismo es ese? —se asombró Mei Ling, pasando al interior con ellos.

—Es un invento nuevo que estoy probando —dijo cerrando la puerta.

—¿Y para qué sigues teniendo una cerradura normal en la puerta? —preguntó Lex.

—Para despistar a los posibles ladronzuelos, allanadores o nietos fisgones que quieran colarse sin permiso y así pillarlos con las manos en la masa y asarlos al punto.

—Gracias por no asarnos —dijo Lex.

—¿Me regalas ese mecanismo para mi casa? —le pidió Mei Ling.

—¿Prefieres eso a una pistola? ¡Por fin! Dalo por hecho, candelita mía —sonrió el viejo.

—¿Qué? ¡No! ¡Yo no he dicho eso! ¡Sigo queriendo una pistola!

—Yo te pongo una puerta nueva y tú dejas de pedirme armas de fuego —negoció con ella.

Mei Ling puso una mueca irritada. Caminó hacia Lex a zancadas y le arrebató del bolsillo trasero de su pantalón la pieza de una culata grande plateada, y se la mostró a Lao con vehemencia, señalándola con la otra mano.

—¡Oye! —brincó Lex.

—¿¡Qué hace este humilde y simple humano con una Maître!? —ironizó Mei Ling.

—¡Esa pregunta me la hago yo también, ¿sabes?! —se defendió el viejo—. Eso fue decisión de Neuval.

—Será que se la estoy pidiendo al pariente equivocado —bufó ella.

—Tu tío no te hará una Maître sin mi permiso.

—¿¡Y eso por qué!?

—Porque en ausencia de tu padre, tú estás a mi cargo y bajo mi protección en este tipo de materias, ¿entendido?

—¡No necesito que me protejas tanto, abuelo! Tengo ya 23 años. ¿Cuándo vas a empezar a tratarme como a una mujer adulta? A veces es humillante que aún me veas como a una niña indefensa.

Lex se quedó callado y algo cohibido, mirando a uno a otro mientras discutían. Procuró no meterse.

—No te veo así… —intentó apaciguarla Lao con paciencia, mientras dejaba la bolsa de papel sobre la mesa del comedor.

—Intento ser alguien de quien estés orgulloso. Desde que papá murió, es a ti a quien quiero impresionar, ¡pero no me das la oportunidad!

—¿Pero qué disparates estás diciendo? La gente en Hoteitsuba me pide por favor que me calle de una vez, porque no paro de presumir de ti a todo el mundo, de lo que haces, lo que estudias, de cómo eres… Si no paras de enorgullecerme, ¡un día acabaré reventando, Mei Ling! ¿Por qué todavía crees que tienes que impresionarme, si ya lo haces constantemente desde que naciste?

Mei Ling no supo qué decir. Le asombraron esas palabras de su abuelo, y pensó que quizá era ella quien se empeñaba en tener esa visión de sí misma de no ser suficiente o no hacer lo suficiente. Mei Ling tenía el problema de autoexigirse demasiado a sí misma cuando en realidad no hacía falta. Pero es que, también, haber crecido como humana en una familia de iris, y en concreto, de los más poderosos y aclamados en la Asociación, la empujaba a presionarse más a sí misma para dar la talla. También, quizá, la muerte de su padre y más tarde la de su tía Katya y recientemente la de su hermano You habían empeorado esa ansiedad por ser más de lo que ya era, para hacer que la familia Lao no tuviera más pérdidas.

Se sonrojó un poco, porque, después de todo, le daba algo de vergüenza y al mismo tiempo se sentía halagada al saber lo que su abuelo opinaba de ella.

—Abuelo. No quiero una pistola para ir a cazar criminales ni hacer estupideces como tú te piensas, sino para protegerme y proteger a otros en caso de…

—¿En caso de qué, Mei Ling? —objetó Lao—. Si no tuvieras ese capricho de ir a buscar gente a la que salvar, no tendrías por qué correr ningún peligro innecesario y mucho menos necesitar un arma de fuego.

—Si papá hubiera tenido una consigo, ¡a lo mejor habría sobrevivido a esos asesinos que fueron expresamente a por él y lo atacaron sin piedad y por sorpresa!

Mei Ling descargó estas palabras desde lo más hondo de su pecho. Se le humedecieron los ojos, pero no hubo lágrimas; ya las gastó hace años. Lex y Lao se quedaron mudos. Se notaba que era una espina que ella había estado teniendo clavada diez años a pesar de lo mucho que ella se había esforzado por mostrar lo contrario.

—Mei… —Lao se acercó a ella con más suavidad, posando las manos en sus hombros—. ¿Se trata de eso? ¿Tienes miedo? Cariño, no tienes que…

—El miedo es un sabio y permanente compañero de viaje para las personas inteligentes —interrumpió ella, seria—. Eso me lo dijiste tú hace mucho tiempo. Se trata de prevenir, de estar preparada. No puedo contar con que tú me protejas siempre; no puedes estar en todas partes. Tuviste que aprenderlo por las malas. Quiero tener lo necesario para protegerme a mí misma y a los que me importan. Ya domino la astucia, el sentido común, artes marciales y el manejo de armas. Pero sigo sin arma.

Lao empezó a percibir algo más detrás de sus palabras.

—Esto no es sólo por lo de tu padre… ni por tu afán de ir por ahí a ayudar a alguien con problemas, ¿verdad? —le preguntó el viejo, y ella agachó la cabeza sin decir nada—. ¿Crees que tener una pistola habría evitado que alguien se llevara a Clover de su cama en la madrugada?

—Sólo quiero tener todos los recursos posibles para ahuyentar a cualquier monstruo que se acerque a mi familia. A la gente que quiero. Si veo algo que no es humano acercándose a Daisuke o a Clover… mis habilidades de lucha no bastan, necesito algo más, un extra. E insisto, me parece injusto que mi primo tenga una mismísima Maître. Lex es sólo dos años mayor, pero yo soy tan humana y tan primogénita Lao como él. Ya bastante me ha dolido que le construyeras una a Kyosuke para su regreso a Tokio. Entiendo que él es un iris, pero es que a mí ni siquiera me permites tener un ridículo revólver.

—Vale, vale, vale. Está bien —la frenó Lao, cerrando los ojos un momento, agotado—. Lo comprendo. De verdad. Pero tendremos que hablarlo otro día. ¿De acuerdo? Ahora que estáis aquí, hay que…

Un ruido le interrumpió. Fue el crujido de la bolsa de papel al caer sobre la mesa del comedor. Algunas manzanas y latas de conservas salieron rodando, pero Lex, que estaba ahí y había sido el causante, las atrapó a tiempo. Entonces Lao y Mei Ling lo descubrieron comiéndose una de las ásperas y peluditas ramas verdes de la tomatera, la cual venía en su propia maceta dentro de la bolsa. Había arrancado sólo una ramita, pero no para comerse el tomate, sino la rama.

Al darse cuenta de sus caras incrédulas, Lex disimuló y dejó el resto de la ramita delicadamente enganchada entre las demás de la planta.

—¿No puedes estar cinco minutos… —le preguntó Mei Ling—… sin comer cosas raras?

—¿No quieres un poco de mostaza para tu rama? —ironizó Lao.

—Con algo de kétchup y vainilla quizá… —intentó bromear Lex, pero después borró su sonrisa—. Perdón, abuelo. Es que tengo un poco de hambre, por los nervios. No quería robarte tu comida, por eso no he tocado los tomates. Y como seguramente vas a tirar las ramas a la basura…

—Lo que se suele hacer con las cosas que las personas no comen…

—Es orgánico —defendió Lex.

—¿Quieres que te prepare algo? Sólo tienes que pedirlo.

—Lex. La verdad es que últimamente… pareces más nervioso de lo normal —le comentó su prima, sospechando que le pasaba algo—. Desde hace unos meses.

—¿Yo? No… Estoy bien, como siempre. Por cierto, ¿no es esta una de las tomateras que la abuela y yo plantamos en su jardín? —intentó cambiar de tema—. Esta maceta la compré yo.

Mei Ling frunció el ceño y miró al viejo, descubriéndolo de repente con una mueca inquieta.









4.
La noche más larga (1/5)

Ya era medianoche en Tokio. Toda la ciudad dormía a la víspera del lunes laboral. Pero unos pocos no podían conciliar el sueño. Como, por ejemplo, un joven vestido de negro, encapuchado y con una mascarilla tapando la mitad de su cara, que se encontraba en el rellano de la tercera planta de un edificio de viviendas, agachado ante la puerta de una vivienda en concreto, intentando forzar la cerradura con una ganzúa moderna.

No estaba teniendo mucho éxito. Llevaba ya un buen rato y se estaba desesperando. Y no lo entendía, porque siempre se le dio de fábula forzar cerraduras. Se recolocó las gafas sobre el puente de la nariz y dio un suspiro, probando a hacer algo más de fuerza.

El rellano era alargado y sólo tenía dos puertas, distanciadas a cada extremo. Esperaba no hacer demasiado ruido y alertar al vecino de la otra puerta. Todo estaba muy silencioso.

—¡Así no es! —exclamó una voz femenina a su espaldas.

El joven se dio un susto tan grande que reaccionó por puro instinto y práctica de años y años de entrenamiento, dándose la vuelta velozmente mientras alzaba una pierna, rodeaba con ella el cuello de la otra persona y la aprisionó contra el suelo bajo su peso.

Vio que se trataba de una chica que también venía con una mascarilla negra de tela y con la capucha de la sudadera puesta. Ella soltó un gemido ahogado al tener la cabeza atenazada por la pierna de él, pero su reacción también fue veloz y automática, haciendo un giro de cadera y logrando aprisionar la cabeza de él entre sus muslos. Los dos terminaron apresados por la llave del otro, sin poder respirar, poniéndose azules.

—¡Que soy yo, tarugo! —jadeó ella, apartándose la mascarilla para descubrir su rostro.

—¡Mei Ling! —exclamó él con sorpresa, soltándola rápidamente.

Ella también lo hizo y ambos se apoyaron en el suelo para recuperar el aliento.

—¿¡Por qué me sobresaltas así!? ¿¡Estás loca!? ¡Podría haberte matado! —exclamó él en voz baja.

—¿¡Tú!? —le espetó ella—. ¡En tu vida me has ganado un combate cuerpo a cuerpo!

—¡Claro! ¡Porque si no te mataría!

—¡Ahh! ¿¡Cómo te atreves!? —le dio un empujón—. Serás más fuerte, pero te gano en flexibilidad y en aguantar la respiración.

—Bueno, ¿y se puede saber qué demonios haces aquí a estas horas? —preguntó, apartándose la mascarilla bajo la barbilla también.

Mei Ling se metió las manos en los bolsillos de la sudadera y sacó su propia ganzúa.

—A ti tampoco te responde las llamadas, ¿eh? —entendió él.

—¿Le habrá dado un infarto? —se preocupó Mei Ling—. ¿O se habrá resbalado en la ducha y ahora está desnudo y desmayado en el baño?

—Por Dios, Mei, no me des esa imagen. Además, si el abuelo se golpea contra el suelo, lo que acaba dañado es el suelo.

—Aparta, tardón —lo echó a un lado, y se agachó ante la cerradura de la puerta para intentar forzar la cerradura con su ganzúa—. Parece que nunca has usado una de estas.

—Perdona, pero, como comprenderás, no me suelo dedicar a hacer estas cosas ilegales.

—No me hagas reír, Lex. ¿Cuándo fue la última vez que forzaste una cerradura? Sé sincero.

—Mi vida ahora es sencilla y decente.

—¿Me vas a decir que desde que te largaste de tu casa no has usado ninguna de las habilidades que tu padre te enseñó para conseguir algo de tu interés? —preguntó escéptica.

—¿Acaso tú sí?

—Como tres veces por semana —sonrió orgullosa.

—¿Qué? Oh, no… —comprendió Lex, y se frotó los ojos tras las gafas—. ¿Sigues haciendo eso que solías llamar “misiones humanas propias”?

—Sólo ayudo a la gente con la que me encuentro por casualidad necesitando ayuda, ¿vale? Nada peligroso. Como, por ejemplo, proteger a una amiga de la universidad de su violento ex. Vino un día hacia ella como un animal. ¡Hahah! Tenías que haber visto los cuatro dientes que le dejé en su boca. Y después la ayudé con la denuncia y la testificación. O, por ejemplo, el robo que sufrió mi profe de Dinámica de Fluidos Computacional. Alguien le robó su laptop personal en su despacho, con todas las fotos y recuerdos de su familia y su trabajo profesional. Lo ayudé a investigar, y necesité la ganzúa para colarme en el despacho de otro profesor que tenía bajo mis sospechas. ¡Sorpresa! Lo tenía él. Mi profe recuperó su laptop y el otro fue denunciado. ¿Ves? Resolución de problemas al alcance del poder humano. Nada sobrenatural y letal.

—Creía que esas eran cosas anecdóticas, como una vez al año.

—Cuando os cuento cosas, no os lo cuento todo —sonrió ella de nuevo, pero después puso una graciosa cara de buldog al hacer fuerza con la ganzúa—. ¿Pero qué le pasa a esta cerradura?

—Bueno, yo… —titubeó Lex, esperando ahí de pie tras ella—. Puede que usara la ganzúa… para un par de situaciones realmente importantes en los últimos años…

—Ya, ya… un par…

—Pero era también para ayudar a alguien o para averiguar alguna ilegalidad cometida por terceros. En el hospital tuvimos un médico ocultando abusos a pacientes y robo de estupefacientes hace un par de años. No podríamos haber reunido las pruebas si no me hubiera colado en su despacho… y en su casa… y tal vez en la casa de su madre también, que la usaba para guardar lo robado… y también en su ordenador personal, con algunas claves informáticas diseñadas por mi madre.

—¿Ves lo que te decía? Dices que te has alejado de ese tipo de vida y que has dejado esas costumbres con las que nos criamos en esta familia, pero no puedes alejarte, van contigo dentro de ti. Es quien eres. Eso de “soy un humano normalito, correcto y decente” es una capita de azúcar que te echas por encima para endulzar tu amargura.

—¿Mi amargura?

—Algún día tendrás que salir de esa mentira que te repites cada día ante el espejo, Lex. Yo he visto a tu verdadero yo. Y es de todo menos normal.

—No es verdad —rezongó molesto.

—Por Dios… Te pareces a él más de lo que crees —murmuró Mei Ling, negando con la cabeza.

Lex sabía que se refería a su padre, y eso para él era un completo disparate. De toda la vida, había sido más que evidente que él había heredado el carácter serio, disciplinado y estoico de Katya, pero no era la primera vez que le decían que, de vez en cuando, manifestaba enormes semejanzas con su padre.

—¿Te traigo algún café? —se burló Lex, pues ella ya llevaba cinco minutos estancada con la cerradura.

—¡Calla! Es que esta cerradura es un poco como tú, ¿sabes? —gruñó ella—. Difícil, rígida y fuera de lo normal.

—¿Dif-…? ¿Yo te resulto difícil? —se sorprendió él.

—Como primo, no. Como novio… eeh… —hizo un gesto de más o menos.

—¿Qué dices? ¿Te resultaba yo difícil en esa época? ¡Pero si fue la primera vez que pude relajarme de verdad en una relación!

—Naaah, no te culpo. Estabas de luto por tu madre, y tus anteriores parejas de instituto fueron un dolor de muelas. Te cerrabas mucho en eso de mostrar tus sentimientos. Aunque, también es verdad que tu personalidad siempre fue así. Como la tía Katya. También me recuerda mucho a Brey… —murmuró con un tono más apagado y pesaroso, dejando de forzar la cerradura un momento y mirando al suelo. Pero después se giró y miró a Lex—. Solamente era difícil esa parte de ti. Pero no todo lo demás —le sonrió, y volvió con la labor.

Lex no dijo nada, pero pensó en esas palabras, y dio un suspiro conforme, con una pequeña sonrisa. Sin embargo, la mención de Brey le hizo recordar por qué estaba aquí ahora. Y esto le hizo preguntarse lo mismo sobre Mei Ling.

—Mei… Hoy ha pasado algo malo, ¿verdad? —murmuró.

Ella volvió a abandonar la cerradura y poso las manos sobre sus piernas. Se quedó un momento quieta y en silencio, cabizbaja. Después se giró hacia él.

—¿Por eso estás tú aquí? —adivinó ella—. ¿Qué has escuchado? Porque, si estás aquí, es porque no lo sabes todo y buscas más respuestas.

—Mi novia, Riku. Me ha contado que hoy ha tenido el día más difícil de su trabajo. Hoy fue a hacer su segunda inspección a la casa de un joven padre con mellizos y se ha encontrado con una niña desaparecida y con la desgarradora obligación de separar a un niño de su padre por el cumplimiento de una estricta cláusula legal que había entre el padre y los abuelos.

Mei Ling abrió los ojos como platos. Se puso en pie y se giró completamente hacia él.

—Esa mujer… la asistente de esta mañana… ¿¡Era tu Riku!? —exclamó, y Lex asintió—. No lo sabía… Espera, ¿ella lo sabía? Juraría que su comportamiento hacia Brey era como si ella no supiese…

—No lo sabe —afirmó Lex, y cerró los ojos, lamentándolo—. Hay muchas cosas que no le he contado sobre mi familia. Como la existencia de mis tíos maternos. Lo que sí conoce, es la historia de mi familia paterna. Incluso mi historia contigo —dijo señalándola—. Pero quitando lo de la Asociación y los iris.

—Ya… entiendo. Siendo la nueva asistente de Brey y de los Jones, no tenía por qué saber que Kyo y yo éramos los vecinos Lao de la otra puerta. Podría haberme presentado ante ella diciéndole: “Hola, soy la prima de Lex, por favor, no te lleves a Daisuke”.

—Mi tío podría haber hecho eso. Decirle quién era y pedirle un favor difícil. Pero el tío Brey no lo hizo, y sé por qué, y agradezco que no lo hiciera. Hay muchas cosas… que tengo que empezar a contarle a Riku. Y no va a ser fácil. Yo…

—Tranquilo, Lex —le posó una mano en el brazo—. Lo entiendo. Riku se ha metido en algo complicado y sólo hace su trabajo. Y el nuestro es proteger a humanos inocentes como ella.

—No somos iris —suspiró Lex, viendo que Mei Ling seguía empecinada en imponerse a sí misma ese deber.

—No necesitamos serlo. Somos Lao y eso es suficiente —dijo ella con firmeza, y volvió a agacharse frente a la cerradura para seguir manejando la ganzúa.

—Entonces… ¿tú sabes lo mismo que yo?

—Sí, salvo por el dato de que Clover no ha desaparecido. Yako y tío Neu estuvieron investigando en la casa y afirmaron que fue secuestrada por algo o alguien durante la madrugada.

—¿¡Qué!? —saltó horrorizado.

—Y Yako y Brey tuvieron que mentir a Riku, claro.

—¿Qué? ¿Es porque ese secuestro es un tema iris, más grave de lo que la policía pueda solucionar?

—Eso me temo. Pero no sé más. Por eso estoy aquí.

—¿Y Kyosuke…?

—Kyo no me ha contado nada. Porque no puede. Y resulta que es un iris de tipo ejemplar. No es de tipo sensible como Yousuke. Kyo es inmune a la enfermedad del majin, muy racional y muy fiel a las normas. Esta tarde se reunieron todos con emergencia y, al regresar, Kyo estaba más callado que nunca. Él pone su cara iris, ya sabes, sin emoción alguna, para no preocuparme. Pero sé que han descubierto algo grave.

—¿Entonces qué te hace pensar que el abuelo sí te contará todo? Es el mismo tipo de iris que Kyo.

—A mi hermanito no quiero atosigarlo ni forzarle a romper una norma de la Asociación en su primer mes de servicio. Al abuelo se lo saco a golpes si hace falta. Quiero enterarme, y quiero enterarme ya. Quiero saber quién se ha llevado a Clover, por qué, adónde. Quiero estar al tanto, porque esos niños… —su tono serio empezó a temblar un poco—… son muy importantes para mí. Los quiero mucho. Tengo que ayudarlos…

Al oír su voz quebrándose, Lex se agachó a su lado y posó una mano en su hombro.

—Estoy contigo, Mei —susurró solemne—. Si al menos supieras usar la ganzúa…

—¡Vale! ¡Ya está bien! —reconoció ella que forzar esa puerta era inútil—. ¿¡Entonces la derribamos a cabezazos!?

Ça peut pas être si compliqué, putain… —protestó él, perdiendo la paciencia también—. A ver, quita eso, lo tienes mal encajado —empezó a tirar de la ganzúa.

—¡Para, no lo muevas, que tenía ya cuatro pitones!

—¡Ni medio pitón tenías!

—¡No me rompas mi ganzúa, suelta…!

—¡No seas terca…!

De repente los dos quedaron mudos e inmóviles al notar un considerable aumento de la temperatura en el ambiente. Y una tenue luz anaranjada tiñendo el aire. Temiéndose lo peor, los dos voltearon la cabeza lentamente hacia atrás, y, en efecto, encontraron ahí al enorme viejo Lao, de pie tras ellos, clavándoles una aterradora mirada de sus ojos negros como pozos y con las puntas de su blanco cabello, de sus cejas y de su bigote desprendiendo pequeñas llamas. En un brazo sujetaba una abultada bolsa de papel, por la que asomaban unas ramas verdes con pequeños tomates rojos.

Mei Ling y Lex permanecieron ahí agachados uno junto al otro, mostrándole la misma temblorosa sonrisa de inocencia.

—Tenéis quince segundos para explicarme por qué os habéis cargado mi puerta.

—¿Qué? No nos la hemos… —dijo Lex, pero cuando miró la cerradura, la verdad, habían dejado los alrededores de la cerradura llenos de rayajos, y definitivamente las dos piezas de la ganzúa de Mei Ling estaban atascadas ahí eternamente—. Merde…

—Diez segundos.

—¡Es que creíamos que estabas desnudo e inconsciente en el baño porque te habías resbalado en la ducha! —se defendió Mei Ling rápidamente.

—Yo no creía eso… —masculló Lex.

—¡Y es porque no respondías nuestras llamadas! ¿¡Por qué no nos respondías, eh!? —intentó Mei Ling cambiar los papeles de víctima, poniéndose en pie con los brazos en jarra—. ¡Nos tenías preocupados! ¡Da gracias a que seamos tan considerados contigo de venir corriendo aquí a rescatarte de la ducha!

—¿Pero qué memeces me estás…? —protestó Lao—. Jovencitos… —suspiró molesto, pellizcándose el entrecejo—. Me habéis atestado el móvil a llamadas durante dos míseras horas. ¿No podíais esperar más de dos horas? ¿O al menos a mañana? Si alguien no os contesta las llamadas, ¡será porque no puede o no quiere contestarlas en ese momento! ¿¡Se os ha ocurrido!? ¿Qué demonios os pasa? Son las doce de medianoche, mañana es lunes, ¿no tenéis mañana trabajo y clase? —señaló a Lex y luego a Mei Ling.

—¿Crees que eso nos importa algo, después de lo que ha pasado? —se enfadó Mei Ling.

—Venimos a por respuestas, abuelo —le dijo Lex—. Yo me he enterado por Riku de la versión no-iris. Y ahora me entero por Mei Ling de que mi otra prima de 5 años a la que apenas he conocido ha sido secuestrada en su propia casa por un asunto más allá de lo humano. Quiero ayudar a mi tío y al mismo tiempo proteger a Riku, así que necesito saber toda la verdad.

—Yo también necesito saberlo todo —corroboró Mei Ling—. Sabes lo que siento por los mellizos, no puedes dejarme sin saber todo lo que sucede con ellos, abuelo.

Lao no dijo nada. Miró a los ojos a uno y a otro, dubitativo, pero también con expresión cansada.

—Sabes que no te vamos a dejar en paz, ¿verdad? —añadió la mujer.

—Ahora mismo me encantaría estar desmayado y desnudo en mi ducha —gruñó Lao—. ¿No podéis esperar a mañana? Estoy agotado. Hoy he tenido una misión. Y luego me entero de cosas que sin duda me van a quitar el sueño varios días. Voy a necesitar un par de litros de whisky para dormir al menos unas pocas horas.

—Pareces muy estresado, abuelo —se preocupó Lex, posándole una mano en el hombro.

—Sí, no es normal en ti, eres un iris ejemplar veterano —lo imitó Mei Ling—. Quizá necesites hablar con alguien, abuelito.

—Sí, hablar con nosotros del tema puede ayudarte a desahogarte un poco. Sacarlo todo afuera, ya sabes…

—Menudo par de humanos manipuladores estáis hechos —rezongó Lao.

—Tuvimos buenos maestros —Mei Ling acercó a Lex hacia ella y ambos miraron al viejo con las caras juntas y expresión suplicante, poniendo ojitos de cachorro.

Lao parpadeó lentamente. Pero estaba tan cansado que primero parpadeó un ojo y luego el otro, desincronizado. Después suspiró con fuerza y, apartando a esos dos a un lado, acercó el reloj de su muñeca a la puerta, concretamente, a un punto centrado arriba y luego a otro punto más abajo a la izquierda, al lado contrario de la cerradura. Seguidamente, se oyó algún mecanismo interior y la puerta se abrió.

—Vamos. Entrad. Os pondré unos cuenquitos de agua y unas latitas de atún.

—¡Abuelo! ¿Qué mecanismo es ese? —se asombró Mei Ling, pasando al interior con ellos.

—Es un invento nuevo que estoy probando —dijo cerrando la puerta.

—¿Y para qué sigues teniendo una cerradura normal en la puerta? —preguntó Lex.

—Para despistar a los posibles ladronzuelos, allanadores o nietos fisgones que quieran colarse sin permiso y así pillarlos con las manos en la masa y asarlos al punto.

—Gracias por no asarnos —dijo Lex.

—¿Me regalas ese mecanismo para mi casa? —le pidió Mei Ling.

—¿Prefieres eso a una pistola? ¡Por fin! Dalo por hecho, candelita mía —sonrió el viejo.

—¿Qué? ¡No! ¡Yo no he dicho eso! ¡Sigo queriendo una pistola!

—Yo te pongo una puerta nueva y tú dejas de pedirme armas de fuego —negoció con ella.

Mei Ling puso una mueca irritada. Caminó hacia Lex a zancadas y le arrebató del bolsillo trasero de su pantalón la pieza de una culata grande plateada, y se la mostró a Lao con vehemencia, señalándola con la otra mano.

—¡Oye! —brincó Lex.

—¿¡Qué hace este humilde y simple humano con una Maître!? —ironizó Mei Ling.

—¡Esa pregunta me la hago yo también, ¿sabes?! —se defendió el viejo—. Eso fue decisión de Neuval.

—Será que se la estoy pidiendo al pariente equivocado —bufó ella.

—Tu tío no te hará una Maître sin mi permiso.

—¿¡Y eso por qué!?

—Porque en ausencia de tu padre, tú estás a mi cargo y bajo mi protección en este tipo de materias, ¿entendido?

—¡No necesito que me protejas tanto, abuelo! Tengo ya 23 años. ¿Cuándo vas a empezar a tratarme como a una mujer adulta? A veces es humillante que aún me veas como a una niña indefensa.

Lex se quedó callado y algo cohibido, mirando a uno a otro mientras discutían. Procuró no meterse.

—No te veo así… —intentó apaciguarla Lao con paciencia, mientras dejaba la bolsa de papel sobre la mesa del comedor.

—Intento ser alguien de quien estés orgulloso. Desde que papá murió, es a ti a quien quiero impresionar, ¡pero no me das la oportunidad!

—¿Pero qué disparates estás diciendo? La gente en Hoteitsuba me pide por favor que me calle de una vez, porque no paro de presumir de ti a todo el mundo, de lo que haces, lo que estudias, de cómo eres… Si no paras de enorgullecerme, ¡un día acabaré reventando, Mei Ling! ¿Por qué todavía crees que tienes que impresionarme, si ya lo haces constantemente desde que naciste?

Mei Ling no supo qué decir. Le asombraron esas palabras de su abuelo, y pensó que quizá era ella quien se empeñaba en tener esa visión de sí misma de no ser suficiente o no hacer lo suficiente. Mei Ling tenía el problema de autoexigirse demasiado a sí misma cuando en realidad no hacía falta. Pero es que, también, haber crecido como humana en una familia de iris, y en concreto, de los más poderosos y aclamados en la Asociación, la empujaba a presionarse más a sí misma para dar la talla. También, quizá, la muerte de su padre y más tarde la de su tía Katya y recientemente la de su hermano You habían empeorado esa ansiedad por ser más de lo que ya era, para hacer que la familia Lao no tuviera más pérdidas.

Se sonrojó un poco, porque, después de todo, le daba algo de vergüenza y al mismo tiempo se sentía halagada al saber lo que su abuelo opinaba de ella.

—Abuelo. No quiero una pistola para ir a cazar criminales ni hacer estupideces como tú te piensas, sino para protegerme y proteger a otros en caso de…

—¿En caso de qué, Mei Ling? —objetó Lao—. Si no tuvieras ese capricho de ir a buscar gente a la que salvar, no tendrías por qué correr ningún peligro innecesario y mucho menos necesitar un arma de fuego.

—Si papá hubiera tenido una consigo, ¡a lo mejor habría sobrevivido a esos asesinos que fueron expresamente a por él y lo atacaron sin piedad y por sorpresa!

Mei Ling descargó estas palabras desde lo más hondo de su pecho. Se le humedecieron los ojos, pero no hubo lágrimas; ya las gastó hace años. Lex y Lao se quedaron mudos. Se notaba que era una espina que ella había estado teniendo clavada diez años a pesar de lo mucho que ella se había esforzado por mostrar lo contrario.

—Mei… —Lao se acercó a ella con más suavidad, posando las manos en sus hombros—. ¿Se trata de eso? ¿Tienes miedo? Cariño, no tienes que…

—El miedo es un sabio y permanente compañero de viaje para las personas inteligentes —interrumpió ella, seria—. Eso me lo dijiste tú hace mucho tiempo. Se trata de prevenir, de estar preparada. No puedo contar con que tú me protejas siempre; no puedes estar en todas partes. Tuviste que aprenderlo por las malas. Quiero tener lo necesario para protegerme a mí misma y a los que me importan. Ya domino la astucia, el sentido común, artes marciales y el manejo de armas. Pero sigo sin arma.

Lao empezó a percibir algo más detrás de sus palabras.

—Esto no es sólo por lo de tu padre… ni por tu afán de ir por ahí a ayudar a alguien con problemas, ¿verdad? —le preguntó el viejo, y ella agachó la cabeza sin decir nada—. ¿Crees que tener una pistola habría evitado que alguien se llevara a Clover de su cama en la madrugada?

—Sólo quiero tener todos los recursos posibles para ahuyentar a cualquier monstruo que se acerque a mi familia. A la gente que quiero. Si veo algo que no es humano acercándose a Daisuke o a Clover… mis habilidades de lucha no bastan, necesito algo más, un extra. E insisto, me parece injusto que mi primo tenga una mismísima Maître. Lex es sólo dos años mayor, pero yo soy tan humana y tan primogénita Lao como él. Ya bastante me ha dolido que le construyeras una a Kyosuke para su regreso a Tokio. Entiendo que él es un iris, pero es que a mí ni siquiera me permites tener un ridículo revólver.

—Vale, vale, vale. Está bien —la frenó Lao, cerrando los ojos un momento, agotado—. Lo comprendo. De verdad. Pero tendremos que hablarlo otro día. ¿De acuerdo? Ahora que estáis aquí, hay que…

Un ruido le interrumpió. Fue el crujido de la bolsa de papel al caer sobre la mesa del comedor. Algunas manzanas y latas de conservas salieron rodando, pero Lex, que estaba ahí y había sido el causante, las atrapó a tiempo. Entonces Lao y Mei Ling lo descubrieron comiéndose una de las ásperas y peluditas ramas verdes de la tomatera, la cual venía en su propia maceta dentro de la bolsa. Había arrancado sólo una ramita, pero no para comerse el tomate, sino la rama.

Al darse cuenta de sus caras incrédulas, Lex disimuló y dejó el resto de la ramita delicadamente enganchada entre las demás de la planta.

—¿No puedes estar cinco minutos… —le preguntó Mei Ling—… sin comer cosas raras?

—¿No quieres un poco de mostaza para tu rama? —ironizó Lao.

—Con algo de kétchup y vainilla quizá… —intentó bromear Lex, pero después borró su sonrisa—. Perdón, abuelo. Es que tengo un poco de hambre, por los nervios. No quería robarte tu comida, por eso no he tocado los tomates. Y como seguramente vas a tirar las ramas a la basura…

—Lo que se suele hacer con las cosas que las personas no comen…

—Es orgánico —defendió Lex.

—¿Quieres que te prepare algo? Sólo tienes que pedirlo.

—Lex. La verdad es que últimamente… pareces más nervioso de lo normal —le comentó su prima, sospechando que le pasaba algo—. Desde hace unos meses.

—¿Yo? No… Estoy bien, como siempre. Por cierto, ¿no es esta una de las tomateras que la abuela y yo plantamos en su jardín? —intentó cambiar de tema—. Esta maceta la compré yo.

Mei Ling frunció el ceño y miró al viejo, descubriéndolo de repente con una mueca inquieta.





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