3º LIBRO - Presente y Futuro __ PARTE 1: Identidad __
Hace 7 años…
«La Asociación jamás había visto un caso así desde la Guerra Extraña que padeció hace poco más de 300 años, a manos de unos extraños y oscuros atacantes, de los cuales los dioses dijeron haberse hecho cargo, sin más explicaciones. Pero, esta vez, la devastación con una similar escala catastrófica no estaba sucediendo en el Monte Zou, sino en Japón.
Comenzó hace tres semanas, y los taimu llevaban desde entonces manteniendo el tiempo congelado en todo el sistema solar, para que luego los humanos inocentes no notaran la más mínima diferencia. Para ellos, esas semanas no deberían haber existido; deberían ser como un parpadeo. Por eso, ni siquiera los astrónomos debían alarmarse al descubrir que los astros se habían movido tres semanas de distancia en un instante.
Así que Japón llevaba todo ese tiempo sumido en un atardecer paralizado, con el sol poniéndose en un horizonte y las estrellas asomando por el otro horizonte. Aunque el humo las había estado tapando.
Iris de todo el mundo, guardianes del Monte, monjes, almaati, todos estaban fuera del tiempo detenido, colaborando en arreglar el destrozo y en rescatar a los centenares de humanos heridos, cuyas lesiones tratarían usando un proceso especial del don taimu para acelerar el tiempo de curación, y así, al devolver el movimiento, esos humanos volverían a hallarse ilesos donde estaban y con las memorias borradas.
Era un trabajo arduo. Pero incluso los dioses estaban ayudando, aunque únicamente en materias de terreno, apagando fuegos, restaurando grietas en la tierra, transmitiendo su energía Yin y Yang únicamente para recomponer la naturaleza y su correcto equilibrio, pues en lo que respecta a los humanos y sus vidas, no tenían ninguna potestad.
La Asociación estaba también preparada para encargarse de los muertos. Con ellos no podían hacer nada. Tenían directrices de ir construyendo escenarios falsos que explicasen sus muertes después, cuando el tiempo volviera a la normalidad, y así sus familiares y amigos, con sus memorias también modificadas, tuvieran un recuerdo que su cerebro comprendiera.
Sin embargo, por alguna milagrosa razón, no estaban encontrando a ningún muerto.
Era algo que nadie se explicaba. Excepto los dioses, quienes silenciosamente sospechaban un posible motivo y estaban siguiendo su huella.
Alvion era el único que tenía una tarea diferente muy concreta: encontrar a Neuval y frenarlo. Era el único que podía hacerlo, supuestamente. Y no había parado de buscarlo ni un segundo durante esas semanas, sin hacer ninguna pausa ni para comer, ni sentarse, ni dormir, aunque un Zou podía aguantar esto perfectamente mucho más tiempo. Agatha lo había estado acompañando, ayudándolo con el teletransporte.
Lo cierto es que en ese vigésimo día había llegado una calma inesperada por todo el país. Era como si el ruido y la tormenta ya hubieran pasado. El cielo estaba más despejado con la reducción del humo y los huracanes, y se veían las estrellas en el este. Parecía irreal. Esto dio esperanzas a Alvion, pensando que Neuval al fin había agotado sus fuerzas.
No obstante, no notó que Agatha compartiera ese mismo alivio. La anciana había estado especialmente callada todos esos días. Alvion estaba confuso, percibía en ella emociones contradictorias. Rabia… vergüenza… culpa… resentimiento… Decidió comentárselo aquella noche, cuando estaban posados sobre las grandes vigas metálicas de una Torre de Tokio que había quedado bastante inclinada al hundirse dos de sus patas, aunque seguía ofreciendo una gran visión de la ciudad desde su punta.
—Tiene pinta de haber terminado —dijo Alvion, mientras su larga melena blanca ondeaba con la brisa.
—¿Puedes conectarte de nuevo a él? —preguntó Agatha, sentada una viga más abajo, con sus ojos cerrados.
—No puedo hacerlo con un arki…
—No se ha convertido en arki —le interrumpió rápidamente la taimu.
Alvion frunció el ceño, mirándola con una sensación incómoda.
—¿Cómo explicas sino toda esta…?
—No ha sucumbido al séptimo grado —volvió a interrumpir ella—. Hazme caso, niño. Está muy enfermo, pero su iris sigue resistiendo. No lo has perdido. Intenta reconectarte.
Si había algo con lo que Alvion odiaba lidiar era con los secretos. Para dirigir adecuadamente la Asociación y salvar constantemente a la humanidad y proteger la naturaleza del planeta con el mayor éxito posible, lo primero que necesita el encargado de esa tarea es conocerlo todo. Todo lo que hay y lo que no hay, todo lo que pasa y lo que no pasa, cómo funcionan las cosas… Para todos los Zou había sido inevitable trabajar con dos barreras que no podían atravesar: los secretos de los Knive y los secretos de los dioses.
Y Alvion sabía que Agatha era esclava de varios de esos secretos.
—Esto también me pasaba con “él” —comentó Alvion. Vio a Agatha mover un poco la cabeza, como si le hubiera llamado la atención esa mención—. El nacimiento de su iris fue el más raro que sentí. No era una energía normal… Le encargué a Denzel ir a recogerlo, pero en cuanto escuchaste su nombre y apellido tú te impusiste e insististe en ir tú misma. ¿Recuerdas? Y tardaste una semana en traérmelo, Agatha. ¿Tú lo conocías de antes? ¿Qué pasó ese día? ¿Qué escenario encontraste en esos suburbios de París hace 38 años?
Esperó a que ella dijera algo, pero Agatha se quedó en silencio.
—Las anomalías no pararon ahí —insistió Alvion—. Luego resulta que Neuval se convierte también en iris y no lo percibo durante 7 meses. Y ahora muestra tener el mismo problema de desconexión que él. Y, por si fuera poco, ese pequeño Yenkis nace con un iris, pero, al analizar su energía, detecto que no representa toda su persona como pasa con el joven Brey, sino sólo una parte, y la otra parte no puedo descifrar qué es. Y esto… esto de ahora… —señaló con ambas manos aquel paisaje devastado—. Tokio ya estaba sufriendo la destrucción de otros seres antes de que Neuval explotara. Envié a los mejores investigadores de mi Asociación a buscar a aquellos hombres que comenzaron a atacar esta ciudad hace tres semanas. Y me han dicho que definitivamente han perdido su pista. Simplemente se esfumaron… justo después de asesinar a Ekaterina… como si ese fuera su objetivo desde el principio.
»Y no lo logro… ¡No consigo entenderlo! —masculló con rabia, apretando los puños—. ¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Y quiénes eran? ¿De dónde sacaron ese poder de destrucción? Denzel y los monjes sospechan que fueron un grupo de arki del que no tengo noticia… o quizá miembros de la rama primaria de los Knive. Pero no dejo de tener esta sensación… de que eran otra cosa. ¿Qué diantres pasa con esa familia, Agatha, por qué les pasan estas cosas a los Vernoux? Es como si tuvieran una auténtica maldición. Sé que tú sabes algo que yo no. Por favor, tienes que…
—Alvion —le cortó con voz seca, y después dio un suspiro pesado—. ¿Hasta qué punto quieres proteger a Neuval?
El anciano se quedó algo sorprendido por esa actitud.
—A toda costa.
—Pues no hagas más esas preguntas. Nunca más.
En ese momento, Alvion pudo insistir más. De hecho, podía hasta enfadarse, y tenía todo el derecho a exigir las respuestas a todas las preguntas que hiciera. Pero no lo hizo, porque vio a Agatha encogerse y agachar la cabeza para contener con todas sus fuerzas unas lágrimas que le daba miedo derramar. Alvion no volvió molestar a Agatha con ese tema nunca más. Sentía que la pondría en peligro si lo hacía.
Ella llevaba siglos sufriendo algo que la carcomía. Era una criatura extraña, no era como nada en ese mundo, un demonio del tiempo, creado de forma completamente artificial, con más de siete siglos de conocimientos y memorias del mundo humano y del mundo de los dioses metidos en su cabeza. Pero para Alvion había sido como una abuela. Como familia. Un ser querido. Alguien a quien proteger también.
Aquella se convirtió en la noche paralizada más larga de la historia.
Todos los activos en Japón notaron el silencio al fin. Había miles de iris de varios países ayudando. Pero nadie se quejaba, ni decían nada sobre el causante. No había furia, ni rencor ni ánimo de culparlo. Nadie tenía palabras tóxicas hacia Fuujin. Sólo había pena, y mucha confusión. En ese entonces, Fuujin ya se había labrado una reputación mundial en toda la Asociación. Él siempre había estado en todos lados, siempre había acudido a las llamadas de ayuda, siempre había estado ahí para todos sus hermanos iris. Ni siquiera las RS rivales tenían malos pensamientos hacia él, porque ellos también habían sido víctimas del dolor, lo conocían, sobre todo aquellos que también padecían la enfermedad del majin.
Alvion no era el único que estaba buscándolo. Había alguien más, que tampoco había parado de hacerlo, sin apenas dormir y comer. Hace tres semanas le dijeron que se mantuviera en el refugio cuidando de sus hermanos pequeños, pero él fue incapaz de quedarse ahí. Así que le rogó a su abuela que se encargara de sus hermanos, y él partió, con una mochila y algunos víveres, y recorrió con su moto las ruinas de medio país, siguiendo el rastro de su padre.
Él no necesitaba poderes especiales para seguirle la pista o detectar su energía ni nada de eso. Sólo su férrea determinación, y poner en práctica todos los conocimientos que sus padres le habían enseñado desde pequeño.
Y, al final, fue Lex el primero en encontrarlo. Sabía que, en algún momento, cuando todo comenzara a calmarse, su padre volvería al origen, al lugar donde despertó su pesadilla; que sentiría la imperante necesidad de buscar otra vez ahí lo que había perdido.
Pero la imagen con la que Lex se topó fue desgarradora. Se hallaba en el centro del distrito de Shinjuku. Había una montaña de escombros de hormigón y vigas que antes era un edificio. Ya estaba derrumbado desde antes de que Neuval llegara a él hace tres semanas. Y en la cima fue donde encontró el cadáver de Katya.
Ahora, volvía a estar ahí, pero no parecía él. Escalaba la montaña ansiosamente, agarrando escombros y lanzándolos a otra parte, o empujándolos, y se oía su voz desesperada. Estaba completamente desnudo, su ropa debió de haber acabado hecha jirones o desintegrada hace días, y tenía todo el cuerpo lleno de polvo, ceniza y ensangrentado. Su espalda presentaba seis extraños desgarros en la piel y por eso estaba teñida de una sangre oscura ya reseca. Su cabello, su cara, también estaban manchados de sangre, especialmente cayendo de su frente.
No paraba de llamar a Katya. Lex apretó sus dientes y sus puños tan fuerte que se hizo daño, pero era precisamente eso lo que quería, sentir un dolor distinto, cualquier otro dolor que no fuera esa imagen de su padre partiéndole el corazón en mil pedazos. No podía soportar verlo así. Sacó de su mochila una radio y mandó el mensaje, avisando a quien estuviera cerca. Al estar los satélites temporalmente inoperativos, sólo podían comunicarse por radio. Se quitó el casco y las gafas, se bajó de su moto y corrió directamente hacia él. Escaló los escombros lo más rápido que pudo y lo llamó varias veces, pero Neuval parecía no oírlo.
Cuando llegó hasta él, intentó agarrarlo de un brazo y obligarlo a parar de rebuscar entre los escombros, pero Neuval estaba ido, se resistió, no pareció siquiera reparar en su presencia. Le costó inmovilizarlo. Lex ya era de por sí un chico de 1’85 y bastante fuerte, pero su padre seguía siendo un tipo más grande.
Una peculiaridad biológica de los iris Fuu –igual que los Sui tenían un cuerpo muy frío, los Ka un cuerpo muy caliente, o los Suna una piel muy dura– era que su cuerpo podía cambiar de densidad y peso igual que ocurría con los gases. Los Fuu solían ser muy ligeros físicamente, sin importar lo grandes que fueran. Pero esta condición estaba ligada a su estado de ánimo. Cuanto más felices, más ligeros se volvían. Su padre, ahora, pesaba más que nunca.
—¡Papá, basta! ¡Para! —le suplicaba Lex, y consiguió apresarlo por detrás con una llave de lucha.
Inmovilizó sus hombros y rodeó su cadera con las piernas. Como consecuencia, Lex cayó hacia atrás con él encima, pero así logró al menos mantenerlo quieto. Neuval aún se agitaba, pero estaba exhausto y no podía contrarrestar la fuerza de Lex.
—¡No…! Déjame… Déjame encontrarla… ¿No ves que se ha ido? Ha desaparecido… Estaba aquí… No la encuentro…
—No, papá, basta… Mamá ya no está aquí… Los monjes se llevaron su cuerpo hace tres semanas. Denzel lo mantiene congelado en el tiempo para que podamos darle un debido funeral cuando toda esta locura termine… Por favor, papá, tienes que parar ya, te lo ruego… Mamá ya no está…
—No…
—Tienes que volver en ti… Tienes que volver con nosotros…
—Déjame encontrarla…
—Necesitamos que vuelvas…
—No quiero… —respiró Neuval con dificultad, y abrió sus ojos grises, enrojecidos y abatidos, apuntando al cielo—. No quiero seguir viviendo…
—¡No digas eso!
—No quiero seguir aquí… Quiero intercambiarme por ella… por favor…
—Deja de hablar así —sollozó Lex, con una voz rabiosa—. Saldremos de esta… Saldremos de esta, papá, te lo prometo… Te ayudaré… Haré lo que sea… Cuidaré de ti y de Cleven y de Yenkis, me encargaré de todo… Seguiremos adelante… Tenemos que hacerlo, por ella…
Lex se dio cuenta de que él no le estaba escuchando, se había puesto a balbucir cosas incoherentes. Pensó que su majin debía de estar aún torturando su mente.
—Abêiä uûné… abê…
—Papá… estate quieto… He pedido ayuda, alguien vendrá enseguida. Por favor, aguanta… —le pidió Lex, viendo que intentaba soltarse de él.
Neuval seguía hablando en una lengua que Lex no reconocía en absoluto. No le dio mucha importancia, sabiendo que su padre era políglota y que sería alguno de los muchos idiomas que podía hablar.
—Vamos, ¡estate quieto! ¿Cómo te has hecho estas heridas? Por favor, déjame tratarte las heridas, tengo un botiquín en la mochila. Tengo que cosértelas o seguirás perdiendo sangre… Por favor, ¡escúchame! —le rogó, empezando a desesperarse.
Lex sabía que no aguantaría mucho más. Mantener la templanza, guardarse las lágrimas y el dolor adentro era sin duda más agotador que todo el esfuerzo físico de sujetar a una persona diez veces más fuerte que él. Lex no había tenido tiempo ni de llorar la muerte de su madre.
—Papá, haz un esfuerzo, recupera la cordura, te necesito aquí conmigo, por favor, necesitas atención médica… Déjame llevarte al hospital que están usando los monjes aquí en la ciudad, no está lej-…
—¡NOOO! —rugió de repente, con una voz tan fuerte que la montaña de escombros vibró entera. Sonó diferente, distorsionada y aterradora.
—Mierda… —se alarmó Lex, dándose cuenta del tremendo descuido que había cometido al pronunciar esas palabras—. ¡No, espera!
Neuval se había soltado de él con una sacudida violenta. Descargó otro alarido furioso, perdiendo de nuevo el juicio, y bajó la ladera de escombros hasta la carretera. Lex se apresuró a alcanzarlo, haciéndose daño en el descenso, pero no paró. Divisó sus intenciones de volver a desatar su viento para seguir destruyendo, y no podía dejarle hacerlo, no podía seguir viéndolo sufrir así. Su padre no era así, era lo contrario a todo esto, era un héroe internacional a pesar de todas las injusticias que sufrió desde niño, era el hombre que más admiraba en el mundo…
Lex se abalanzó contra él y logró derribarlo al suelo. Trató de volver a sujetarlo, pero él forcejeaba. En un momento, Neuval lo agarró de la chaqueta con intención de lanzarlo lejos. Lex ya no sabía cómo agarrarlo o zafarse de él, actuó como pudo, estiró un brazo, intentó agarrar su cabello… Sin embargo, algo insólito ocurrió cuando la palma de su mano se apoyó en su frente. Neuval de repente dio un respingo, como si acabara de atravesarle un viento gélido. Soltó a Lex y sus brazos cayeron inertes al suelo, se quedó paralizado, y sus ojos abiertos con expresión de terror brillaron de una luz plateada.
—¿Qué está…? ¿Qué pasa…? —se asustó Lex cuando vio que no podía despegar la mano de su frente, y notaba que le abrasaba—. ¡Papá! ¿¡Qué ocurre, qué te pasa!?
Neuval seguía sin responder. Entonces, sus ojos se apagaron y se cerraron, y por fin se quedó inconsciente, tendido en el suelo. Lex al fin pudo apartar la mano de su frente. Se la miró, todavía confuso y asustado. Solamente se le manchó un poco de la sangre que su padre ya tenía en la frente, pero no había herida ni en ella ni en su mano. No lo entendía, había sido como la fuerza de un imán, y habían sido sólo diez segundos.
Lex giró la mano para comprobar su dorso por si acaso, y lo hizo justo a tiempo para ver que sus uñas de repente se habían vuelto de color negro. Fue fugaz. Sus uñas volvieron a recuperar el color normal enseguida.
—¿Pero qué…? ¿Pero qué demonios…? —respiró nervioso, y por un momento pensó que él mismo estaba perdiendo la cordura por culpa del estrés y la falta de sueño y alimento.
—Lex… ¡Lex! —oyó una voz familiar.
Se giró y divisó a su abuelo en la lejanía, acercándose con grandes saltos de iris sobre los edificios y otras ruinas.
—¡Abuelo!
—¡Lo encontraste! Gracias a Dios… —aterrizó junto a él, y se echó de rodillas al suelo, posando una mano en su hombro, y acercando la otra con cuidado hacia Neuval—. Oh… hijo… —no pudo contener las lágrimas al verlo en ese estado, y no se atrevió a tocarlo. Le vinieron flashes a la mente, del día en que rescató a un Neuval de 10 años de un lugar terrible y estaba cubierto de sangre y ceniza como ahora.
Lex se apartó de encima de su padre y se puso de rodillas al otro lado.
—¿Cómo nos has encontrado tan rápido?
—Llevo tres días aquí en Tokio ayudando con las reparaciones después de terminar en las otras ciudades. Hemos escuchado tu voz por radio. Los monjes vendrán ahora con un equipo. Yo me he adelantado, por si acaso… —vaciló un poco, no muy cómodo de decirlo—… por si acaso tenía que usar mi fuerza.
—Tiene unas heridas muy grandes en la espalda. No sé cómo se las hizo. Tampoco entiendo la sangre que le ha caído desde la frente, no parece tener ninguna herida en ella o el resto de la cabeza…
—Lex… —le interrumpió—. He visto desde la lejanía cómo te abalanzaste sobre él… ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo has logrado calmarlo? ¿Qué ha pasado?
—Pues… —dudó un poco—. No tengo ni idea… Creo que simplemente ha gastado sus últimas reservas de energía.
—Menos mal, todo ha terminado por fin… Y no es la única buena noticia. Pipi ha conseguido localizar a Cleven y ya está de vuelta en el refugio.
Lex tardó un buen rato en reaccionar a esa información porque en ese momento su cerebro estaba ya a un suspiro de colapsar.
—QUOI !? —gritó de repente con gran enfado.
—Oh… —se asustó Lao—. Oh, es cierto. Has estado todo este tiempo por ahí solo… —intentó ver la forma de explicárselo—. Verás… Poco después de que tú te marcharas hace tres semanas… Cleven desapareció también.
Lex siguió procesando esa información con una mirada ya fatigada, y se le marcaron más las ojeras.
—Tranquilo, no… no te enfades con ella, por favor. Tiene 9 años y la pobre también está sufriendo toda esta tragedia… Cuando preguntaron a la gente del refugio, dijeron que la vieron a ella y a Drasik marcharse juntos y no lograron seguirles la pista, incluso Pipi ha tenido problemas para localizalos con su Técnica, hasta ahora. Así que Cleven al menos ha estado acompañada de un iris, ha estado protegida.
—¿Drasik y ella ya han vuelto? ¿Les habéis preguntado por qué demonios se marcharon?
—Creo que Cleven estaba muy afectada… quiso salir a buscar a los asesinos de vuestra madre y convenció a Drasik. Creo que Drasik la acompañó más que nada porque sabía que ella se iría sola de todas formas. Han estado tres semanas por ahí los dos solos, pero han vuelto sanos y salvos, tranquilo.
Lex cerró los ojos y dejó salir un largo suspiro de desasosiego. Su abuelo tenía razón. No podía ir ahora a echarle una gran reprimenda a su hermana por haberse ido sin permiso. Tenía que recordar cómo debía de sentirse ella también en medio de toda esta pesadilla.
—¿Tú estás bien, Lex? —le agarró el hombro.
—Yo… —titubeó, y empezó a darse cuenta de que se notaba un poco distinto, de que sentía una contradictoria disminución de su cansancio, algo más enérgico. Quizá era porque no se le había pasado aún la adrenalina. Lo que sí tenía ahora, era una montaña tan grande aplastándole el alma que sintió la necesidad vital de dar una sincera respuesta negativa. Pero se vio incapaz de ponerse a sí mismo en el foco de la preocupación de su abuelo, cuando él ya tenía bastante tormento con Neuval—. Sí, estoy bien… Por suerte, estoy bien.
Lao lo miró un momento. Sabía que mentía, y eso era raro, porque no conocía en el mundo entero a ninguna persona a la que le costase mentir más que a Lex.
Mientras Lao se alejaba unos metros para ver si los monjes venían por el horizonte, lanzando algunas bolas de fuego al cielo para dar su ubicación, el joven chico se quitó su chaqueta y tapó a su padre con ella. Al hacerlo, sus ojos captaron algo extraño. Giró un poco el cuerpo. En la parte de atrás de la cadera, Lex despegó de la sangre reseca una pluma negra, no muy grande. Era de un inusual intenso color negro. No le dio importancia y la tiró a un lado, pensando que era de algún pájaro.»
Hace 7 años…
«La Asociación jamás había visto un caso así desde la Guerra Extraña que padeció hace poco más de 300 años, a manos de unos extraños y oscuros atacantes, de los cuales los dioses dijeron haberse hecho cargo, sin más explicaciones. Pero, esta vez, la devastación con una similar escala catastrófica no estaba sucediendo en el Monte Zou, sino en Japón.
Comenzó hace tres semanas, y los taimu llevaban desde entonces manteniendo el tiempo congelado en todo el sistema solar, para que luego los humanos inocentes no notaran la más mínima diferencia. Para ellos, esas semanas no deberían haber existido; deberían ser como un parpadeo. Por eso, ni siquiera los astrónomos debían alarmarse al descubrir que los astros se habían movido tres semanas de distancia en un instante.
Así que Japón llevaba todo ese tiempo sumido en un atardecer paralizado, con el sol poniéndose en un horizonte y las estrellas asomando por el otro horizonte. Aunque el humo las había estado tapando.
Iris de todo el mundo, guardianes del Monte, monjes, almaati, todos estaban fuera del tiempo detenido, colaborando en arreglar el destrozo y en rescatar a los centenares de humanos heridos, cuyas lesiones tratarían usando un proceso especial del don taimu para acelerar el tiempo de curación, y así, al devolver el movimiento, esos humanos volverían a hallarse ilesos donde estaban y con las memorias borradas.
Era un trabajo arduo. Pero incluso los dioses estaban ayudando, aunque únicamente en materias de terreno, apagando fuegos, restaurando grietas en la tierra, transmitiendo su energía Yin y Yang únicamente para recomponer la naturaleza y su correcto equilibrio, pues en lo que respecta a los humanos y sus vidas, no tenían ninguna potestad.
La Asociación estaba también preparada para encargarse de los muertos. Con ellos no podían hacer nada. Tenían directrices de ir construyendo escenarios falsos que explicasen sus muertes después, cuando el tiempo volviera a la normalidad, y así sus familiares y amigos, con sus memorias también modificadas, tuvieran un recuerdo que su cerebro comprendiera.
Sin embargo, por alguna milagrosa razón, no estaban encontrando a ningún muerto.
Era algo que nadie se explicaba. Excepto los dioses, quienes silenciosamente sospechaban un posible motivo y estaban siguiendo su huella.
Alvion era el único que tenía una tarea diferente muy concreta: encontrar a Neuval y frenarlo. Era el único que podía hacerlo, supuestamente. Y no había parado de buscarlo ni un segundo durante esas semanas, sin hacer ninguna pausa ni para comer, ni sentarse, ni dormir, aunque un Zou podía aguantar esto perfectamente mucho más tiempo. Agatha lo había estado acompañando, ayudándolo con el teletransporte.
Lo cierto es que en ese vigésimo día había llegado una calma inesperada por todo el país. Era como si el ruido y la tormenta ya hubieran pasado. El cielo estaba más despejado con la reducción del humo y los huracanes, y se veían las estrellas en el este. Parecía irreal. Esto dio esperanzas a Alvion, pensando que Neuval al fin había agotado sus fuerzas.
No obstante, no notó que Agatha compartiera ese mismo alivio. La anciana había estado especialmente callada todos esos días. Alvion estaba confuso, percibía en ella emociones contradictorias. Rabia… vergüenza… culpa… resentimiento… Decidió comentárselo aquella noche, cuando estaban posados sobre las grandes vigas metálicas de una Torre de Tokio que había quedado bastante inclinada al hundirse dos de sus patas, aunque seguía ofreciendo una gran visión de la ciudad desde su punta.
—Tiene pinta de haber terminado —dijo Alvion, mientras su larga melena blanca ondeaba con la brisa.
—¿Puedes conectarte de nuevo a él? —preguntó Agatha, sentada una viga más abajo, con sus ojos cerrados.
—No puedo hacerlo con un arki…
—No se ha convertido en arki —le interrumpió rápidamente la taimu.
Alvion frunció el ceño, mirándola con una sensación incómoda.
—¿Cómo explicas sino toda esta…?
—No ha sucumbido al séptimo grado —volvió a interrumpir ella—. Hazme caso, niño. Está muy enfermo, pero su iris sigue resistiendo. No lo has perdido. Intenta reconectarte.
Si había algo con lo que Alvion odiaba lidiar era con los secretos. Para dirigir adecuadamente la Asociación y salvar constantemente a la humanidad y proteger la naturaleza del planeta con el mayor éxito posible, lo primero que necesita el encargado de esa tarea es conocerlo todo. Todo lo que hay y lo que no hay, todo lo que pasa y lo que no pasa, cómo funcionan las cosas… Para todos los Zou había sido inevitable trabajar con dos barreras que no podían atravesar: los secretos de los Knive y los secretos de los dioses.
Y Alvion sabía que Agatha era esclava de varios de esos secretos.
—Esto también me pasaba con “él” —comentó Alvion. Vio a Agatha mover un poco la cabeza, como si le hubiera llamado la atención esa mención—. El nacimiento de su iris fue el más raro que sentí. No era una energía normal… Le encargué a Denzel ir a recogerlo, pero en cuanto escuchaste su nombre y apellido tú te impusiste e insististe en ir tú misma. ¿Recuerdas? Y tardaste una semana en traérmelo, Agatha. ¿Tú lo conocías de antes? ¿Qué pasó ese día? ¿Qué escenario encontraste en esos suburbios de París hace 38 años?
Esperó a que ella dijera algo, pero Agatha se quedó en silencio.
—Las anomalías no pararon ahí —insistió Alvion—. Luego resulta que Neuval se convierte también en iris y no lo percibo durante 7 meses. Y ahora muestra tener el mismo problema de desconexión que él. Y, por si fuera poco, ese pequeño Yenkis nace con un iris, pero, al analizar su energía, detecto que no representa toda su persona como pasa con el joven Brey, sino sólo una parte, y la otra parte no puedo descifrar qué es. Y esto… esto de ahora… —señaló con ambas manos aquel paisaje devastado—. Tokio ya estaba sufriendo la destrucción de otros seres antes de que Neuval explotara. Envié a los mejores investigadores de mi Asociación a buscar a aquellos hombres que comenzaron a atacar esta ciudad hace tres semanas. Y me han dicho que definitivamente han perdido su pista. Simplemente se esfumaron… justo después de asesinar a Ekaterina… como si ese fuera su objetivo desde el principio.
»Y no lo logro… ¡No consigo entenderlo! —masculló con rabia, apretando los puños—. ¿Por qué? ¿Por qué ella? ¿Y quiénes eran? ¿De dónde sacaron ese poder de destrucción? Denzel y los monjes sospechan que fueron un grupo de arki del que no tengo noticia… o quizá miembros de la rama primaria de los Knive. Pero no dejo de tener esta sensación… de que eran otra cosa. ¿Qué diantres pasa con esa familia, Agatha, por qué les pasan estas cosas a los Vernoux? Es como si tuvieran una auténtica maldición. Sé que tú sabes algo que yo no. Por favor, tienes que…
—Alvion —le cortó con voz seca, y después dio un suspiro pesado—. ¿Hasta qué punto quieres proteger a Neuval?
El anciano se quedó algo sorprendido por esa actitud.
—A toda costa.
—Pues no hagas más esas preguntas. Nunca más.
En ese momento, Alvion pudo insistir más. De hecho, podía hasta enfadarse, y tenía todo el derecho a exigir las respuestas a todas las preguntas que hiciera. Pero no lo hizo, porque vio a Agatha encogerse y agachar la cabeza para contener con todas sus fuerzas unas lágrimas que le daba miedo derramar. Alvion no volvió molestar a Agatha con ese tema nunca más. Sentía que la pondría en peligro si lo hacía.
Ella llevaba siglos sufriendo algo que la carcomía. Era una criatura extraña, no era como nada en ese mundo, un demonio del tiempo, creado de forma completamente artificial, con más de siete siglos de conocimientos y memorias del mundo humano y del mundo de los dioses metidos en su cabeza. Pero para Alvion había sido como una abuela. Como familia. Un ser querido. Alguien a quien proteger también.
Aquella se convirtió en la noche paralizada más larga de la historia.
Todos los activos en Japón notaron el silencio al fin. Había miles de iris de varios países ayudando. Pero nadie se quejaba, ni decían nada sobre el causante. No había furia, ni rencor ni ánimo de culparlo. Nadie tenía palabras tóxicas hacia Fuujin. Sólo había pena, y mucha confusión. En ese entonces, Fuujin ya se había labrado una reputación mundial en toda la Asociación. Él siempre había estado en todos lados, siempre había acudido a las llamadas de ayuda, siempre había estado ahí para todos sus hermanos iris. Ni siquiera las RS rivales tenían malos pensamientos hacia él, porque ellos también habían sido víctimas del dolor, lo conocían, sobre todo aquellos que también padecían la enfermedad del majin.
Alvion no era el único que estaba buscándolo. Había alguien más, que tampoco había parado de hacerlo, sin apenas dormir y comer. Hace tres semanas le dijeron que se mantuviera en el refugio cuidando de sus hermanos pequeños, pero él fue incapaz de quedarse ahí. Así que le rogó a su abuela que se encargara de sus hermanos, y él partió, con una mochila y algunos víveres, y recorrió con su moto las ruinas de medio país, siguiendo el rastro de su padre.
Él no necesitaba poderes especiales para seguirle la pista o detectar su energía ni nada de eso. Sólo su férrea determinación, y poner en práctica todos los conocimientos que sus padres le habían enseñado desde pequeño.
Y, al final, fue Lex el primero en encontrarlo. Sabía que, en algún momento, cuando todo comenzara a calmarse, su padre volvería al origen, al lugar donde despertó su pesadilla; que sentiría la imperante necesidad de buscar otra vez ahí lo que había perdido.
Pero la imagen con la que Lex se topó fue desgarradora. Se hallaba en el centro del distrito de Shinjuku. Había una montaña de escombros de hormigón y vigas que antes era un edificio. Ya estaba derrumbado desde antes de que Neuval llegara a él hace tres semanas. Y en la cima fue donde encontró el cadáver de Katya.
Ahora, volvía a estar ahí, pero no parecía él. Escalaba la montaña ansiosamente, agarrando escombros y lanzándolos a otra parte, o empujándolos, y se oía su voz desesperada. Estaba completamente desnudo, su ropa debió de haber acabado hecha jirones o desintegrada hace días, y tenía todo el cuerpo lleno de polvo, ceniza y ensangrentado. Su espalda presentaba seis extraños desgarros en la piel y por eso estaba teñida de una sangre oscura ya reseca. Su cabello, su cara, también estaban manchados de sangre, especialmente cayendo de su frente.
No paraba de llamar a Katya. Lex apretó sus dientes y sus puños tan fuerte que se hizo daño, pero era precisamente eso lo que quería, sentir un dolor distinto, cualquier otro dolor que no fuera esa imagen de su padre partiéndole el corazón en mil pedazos. No podía soportar verlo así. Sacó de su mochila una radio y mandó el mensaje, avisando a quien estuviera cerca. Al estar los satélites temporalmente inoperativos, sólo podían comunicarse por radio. Se quitó el casco y las gafas, se bajó de su moto y corrió directamente hacia él. Escaló los escombros lo más rápido que pudo y lo llamó varias veces, pero Neuval parecía no oírlo.
Cuando llegó hasta él, intentó agarrarlo de un brazo y obligarlo a parar de rebuscar entre los escombros, pero Neuval estaba ido, se resistió, no pareció siquiera reparar en su presencia. Le costó inmovilizarlo. Lex ya era de por sí un chico de 1’85 y bastante fuerte, pero su padre seguía siendo un tipo más grande.
Una peculiaridad biológica de los iris Fuu –igual que los Sui tenían un cuerpo muy frío, los Ka un cuerpo muy caliente, o los Suna una piel muy dura– era que su cuerpo podía cambiar de densidad y peso igual que ocurría con los gases. Los Fuu solían ser muy ligeros físicamente, sin importar lo grandes que fueran. Pero esta condición estaba ligada a su estado de ánimo. Cuanto más felices, más ligeros se volvían. Su padre, ahora, pesaba más que nunca.
—¡Papá, basta! ¡Para! —le suplicaba Lex, y consiguió apresarlo por detrás con una llave de lucha.
Inmovilizó sus hombros y rodeó su cadera con las piernas. Como consecuencia, Lex cayó hacia atrás con él encima, pero así logró al menos mantenerlo quieto. Neuval aún se agitaba, pero estaba exhausto y no podía contrarrestar la fuerza de Lex.
—¡No…! Déjame… Déjame encontrarla… ¿No ves que se ha ido? Ha desaparecido… Estaba aquí… No la encuentro…
—No, papá, basta… Mamá ya no está aquí… Los monjes se llevaron su cuerpo hace tres semanas. Denzel lo mantiene congelado en el tiempo para que podamos darle un debido funeral cuando toda esta locura termine… Por favor, papá, tienes que parar ya, te lo ruego… Mamá ya no está…
—No…
—Tienes que volver en ti… Tienes que volver con nosotros…
—Déjame encontrarla…
—Necesitamos que vuelvas…
—No quiero… —respiró Neuval con dificultad, y abrió sus ojos grises, enrojecidos y abatidos, apuntando al cielo—. No quiero seguir viviendo…
—¡No digas eso!
—No quiero seguir aquí… Quiero intercambiarme por ella… por favor…
—Deja de hablar así —sollozó Lex, con una voz rabiosa—. Saldremos de esta… Saldremos de esta, papá, te lo prometo… Te ayudaré… Haré lo que sea… Cuidaré de ti y de Cleven y de Yenkis, me encargaré de todo… Seguiremos adelante… Tenemos que hacerlo, por ella…
Lex se dio cuenta de que él no le estaba escuchando, se había puesto a balbucir cosas incoherentes. Pensó que su majin debía de estar aún torturando su mente.
—Abêiä uûné… abê…
—Papá… estate quieto… He pedido ayuda, alguien vendrá enseguida. Por favor, aguanta… —le pidió Lex, viendo que intentaba soltarse de él.
Neuval seguía hablando en una lengua que Lex no reconocía en absoluto. No le dio mucha importancia, sabiendo que su padre era políglota y que sería alguno de los muchos idiomas que podía hablar.
—Vamos, ¡estate quieto! ¿Cómo te has hecho estas heridas? Por favor, déjame tratarte las heridas, tengo un botiquín en la mochila. Tengo que cosértelas o seguirás perdiendo sangre… Por favor, ¡escúchame! —le rogó, empezando a desesperarse.
Lex sabía que no aguantaría mucho más. Mantener la templanza, guardarse las lágrimas y el dolor adentro era sin duda más agotador que todo el esfuerzo físico de sujetar a una persona diez veces más fuerte que él. Lex no había tenido tiempo ni de llorar la muerte de su madre.
—Papá, haz un esfuerzo, recupera la cordura, te necesito aquí conmigo, por favor, necesitas atención médica… Déjame llevarte al hospital que están usando los monjes aquí en la ciudad, no está lej-…
—¡NOOO! —rugió de repente, con una voz tan fuerte que la montaña de escombros vibró entera. Sonó diferente, distorsionada y aterradora.
—Mierda… —se alarmó Lex, dándose cuenta del tremendo descuido que había cometido al pronunciar esas palabras—. ¡No, espera!
Neuval se había soltado de él con una sacudida violenta. Descargó otro alarido furioso, perdiendo de nuevo el juicio, y bajó la ladera de escombros hasta la carretera. Lex se apresuró a alcanzarlo, haciéndose daño en el descenso, pero no paró. Divisó sus intenciones de volver a desatar su viento para seguir destruyendo, y no podía dejarle hacerlo, no podía seguir viéndolo sufrir así. Su padre no era así, era lo contrario a todo esto, era un héroe internacional a pesar de todas las injusticias que sufrió desde niño, era el hombre que más admiraba en el mundo…
Lex se abalanzó contra él y logró derribarlo al suelo. Trató de volver a sujetarlo, pero él forcejeaba. En un momento, Neuval lo agarró de la chaqueta con intención de lanzarlo lejos. Lex ya no sabía cómo agarrarlo o zafarse de él, actuó como pudo, estiró un brazo, intentó agarrar su cabello… Sin embargo, algo insólito ocurrió cuando la palma de su mano se apoyó en su frente. Neuval de repente dio un respingo, como si acabara de atravesarle un viento gélido. Soltó a Lex y sus brazos cayeron inertes al suelo, se quedó paralizado, y sus ojos abiertos con expresión de terror brillaron de una luz plateada.
—¿Qué está…? ¿Qué pasa…? —se asustó Lex cuando vio que no podía despegar la mano de su frente, y notaba que le abrasaba—. ¡Papá! ¿¡Qué ocurre, qué te pasa!?
Neuval seguía sin responder. Entonces, sus ojos se apagaron y se cerraron, y por fin se quedó inconsciente, tendido en el suelo. Lex al fin pudo apartar la mano de su frente. Se la miró, todavía confuso y asustado. Solamente se le manchó un poco de la sangre que su padre ya tenía en la frente, pero no había herida ni en ella ni en su mano. No lo entendía, había sido como la fuerza de un imán, y habían sido sólo diez segundos.
Lex giró la mano para comprobar su dorso por si acaso, y lo hizo justo a tiempo para ver que sus uñas de repente se habían vuelto de color negro. Fue fugaz. Sus uñas volvieron a recuperar el color normal enseguida.
—¿Pero qué…? ¿Pero qué demonios…? —respiró nervioso, y por un momento pensó que él mismo estaba perdiendo la cordura por culpa del estrés y la falta de sueño y alimento.
—Lex… ¡Lex! —oyó una voz familiar.
Se giró y divisó a su abuelo en la lejanía, acercándose con grandes saltos de iris sobre los edificios y otras ruinas.
—¡Abuelo!
—¡Lo encontraste! Gracias a Dios… —aterrizó junto a él, y se echó de rodillas al suelo, posando una mano en su hombro, y acercando la otra con cuidado hacia Neuval—. Oh… hijo… —no pudo contener las lágrimas al verlo en ese estado, y no se atrevió a tocarlo. Le vinieron flashes a la mente, del día en que rescató a un Neuval de 10 años de un lugar terrible y estaba cubierto de sangre y ceniza como ahora.
Lex se apartó de encima de su padre y se puso de rodillas al otro lado.
—¿Cómo nos has encontrado tan rápido?
—Llevo tres días aquí en Tokio ayudando con las reparaciones después de terminar en las otras ciudades. Hemos escuchado tu voz por radio. Los monjes vendrán ahora con un equipo. Yo me he adelantado, por si acaso… —vaciló un poco, no muy cómodo de decirlo—… por si acaso tenía que usar mi fuerza.
—Tiene unas heridas muy grandes en la espalda. No sé cómo se las hizo. Tampoco entiendo la sangre que le ha caído desde la frente, no parece tener ninguna herida en ella o el resto de la cabeza…
—Lex… —le interrumpió—. He visto desde la lejanía cómo te abalanzaste sobre él… ¿Cómo lo has hecho? ¿Cómo has logrado calmarlo? ¿Qué ha pasado?
—Pues… —dudó un poco—. No tengo ni idea… Creo que simplemente ha gastado sus últimas reservas de energía.
—Menos mal, todo ha terminado por fin… Y no es la única buena noticia. Pipi ha conseguido localizar a Cleven y ya está de vuelta en el refugio.
Lex tardó un buen rato en reaccionar a esa información porque en ese momento su cerebro estaba ya a un suspiro de colapsar.
—QUOI !? —gritó de repente con gran enfado.
—Oh… —se asustó Lao—. Oh, es cierto. Has estado todo este tiempo por ahí solo… —intentó ver la forma de explicárselo—. Verás… Poco después de que tú te marcharas hace tres semanas… Cleven desapareció también.
Lex siguió procesando esa información con una mirada ya fatigada, y se le marcaron más las ojeras.
—Tranquilo, no… no te enfades con ella, por favor. Tiene 9 años y la pobre también está sufriendo toda esta tragedia… Cuando preguntaron a la gente del refugio, dijeron que la vieron a ella y a Drasik marcharse juntos y no lograron seguirles la pista, incluso Pipi ha tenido problemas para localizalos con su Técnica, hasta ahora. Así que Cleven al menos ha estado acompañada de un iris, ha estado protegida.
—¿Drasik y ella ya han vuelto? ¿Les habéis preguntado por qué demonios se marcharon?
—Creo que Cleven estaba muy afectada… quiso salir a buscar a los asesinos de vuestra madre y convenció a Drasik. Creo que Drasik la acompañó más que nada porque sabía que ella se iría sola de todas formas. Han estado tres semanas por ahí los dos solos, pero han vuelto sanos y salvos, tranquilo.
Lex cerró los ojos y dejó salir un largo suspiro de desasosiego. Su abuelo tenía razón. No podía ir ahora a echarle una gran reprimenda a su hermana por haberse ido sin permiso. Tenía que recordar cómo debía de sentirse ella también en medio de toda esta pesadilla.
—¿Tú estás bien, Lex? —le agarró el hombro.
—Yo… —titubeó, y empezó a darse cuenta de que se notaba un poco distinto, de que sentía una contradictoria disminución de su cansancio, algo más enérgico. Quizá era porque no se le había pasado aún la adrenalina. Lo que sí tenía ahora, era una montaña tan grande aplastándole el alma que sintió la necesidad vital de dar una sincera respuesta negativa. Pero se vio incapaz de ponerse a sí mismo en el foco de la preocupación de su abuelo, cuando él ya tenía bastante tormento con Neuval—. Sí, estoy bien… Por suerte, estoy bien.
Lao lo miró un momento. Sabía que mentía, y eso era raro, porque no conocía en el mundo entero a ninguna persona a la que le costase mentir más que a Lex.
Mientras Lao se alejaba unos metros para ver si los monjes venían por el horizonte, lanzando algunas bolas de fuego al cielo para dar su ubicación, el joven chico se quitó su chaqueta y tapó a su padre con ella. Al hacerlo, sus ojos captaron algo extraño. Giró un poco el cuerpo. En la parte de atrás de la cadera, Lex despegó de la sangre reseca una pluma negra, no muy grande. Era de un inusual intenso color negro. No le dio importancia y la tiró a un lado, pensando que era de algún pájaro.»
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