Seguidores

3º LIBRO - Presente y Futuro __ PARTE 1: Identidad __









8.
La noche más larga (5/5)

La madrugada en Tokio seguía muy activa en Shibuya. Siempre había ocio nocturno allí, sobre todo, muchos jóvenes turistas extranjeros. Pero ya hacia las tres de la mañana asomaban gentes más extrañas.

Neuval llevaba tres horas deambulando por la ciudad, pasando por unos cuantos rincones, buscando “medicina” para su “dolor de cabeza”. Por fortuna o por desgracia para él, parecía que con los años había estado desarrollando inmunidad, y cada vez era más difícil apaciguar el dolor de cabeza con las mismas dosis de antes.

Caminaba discreto de un lado a otro, pasando entre las gentes que seguían de diversión por las calles, o beodos que iban de una discoteca a otra. Iba cubierto con la capucha de su sudadera negra y de su abrigo oscuro, hacía bastante frío. A veces se le nublaba un poco la vista y perdía un poco el equilibrio sin darse cuenta.

Entonces, vislumbró a dos chicas jóvenes paradas en el borde de la acera de una calle inundada de luces, carteles y escaparates. Le llamó la atención porque mostraban sus partes bajas a todos los hombres turistas borrachos que pasaban, manteniendo un poco levantadas sus faldas. Por arriba vestían con blusas bonitas y corbatitas y tenían medias negras hasta la mitad del muslo. No estaban muy bien maquilladas. Una de ellas no debía de tener más de 14 años. La otra parecía un par de años mayor.

Este tipo de jóvenes abundaban en la ciudad. Eran menores huérfanos o huidos de sus hogares por problemas familiares, de deudas, violencia o drogas. Se ganaban la vida como podían, y dormían en la calle o en albergues. Algunos eran captados por la mafia o por bandas criminales para prostituirlos. Neuval sabía que este era el caso de esas dos de ahí. No estaban haciendo eso por voluntad propia. Los ojos de esas dos muchachas todavía brillaban despiertos, pero sus miradas estaban idas, como buscando evadirse del mundo entre las luces y el ruido. Otra prueba fue divisar en la entrada de un callejón cercano a un par de hombres de cabeza rapada. Disimulaban, charlando entre ellos, bebiendo cerveza, pero un iris podía percibirlo todo. No paraban de mirar hacia las chicas. Las vigilaban a cada rato. Neuval conocía a ese tipo de criminales. Para manejar a los menores, también manejaban drogas.

Qué mundo tan agotador. Al observar a esas chicas tan jóvenes haciendo eso, seguramente fugadas de un hogar malo, no podía evitar pensar que, por cualquier desgracia o desvío del camino, Cleven podría haber acabado como ellas. Sólo con imaginarlo un segundo se le revolvieron las tripas.

I like you, sir —le dijo la muchacha mayor a Neuval cuando él se acercó a ellas, y se levantó la falda para mostrarle sus partes—. Do you like?

Do you like? —la imitó la otra chica más joven.

Neuval les hizo un gesto con la mano para que se cubrieran de nuevo.

—¿Qué edad tenéis?

Las dos se miraron con sorpresa al escucharlo hablar en perfecto japonés.

—Tenemos 16 —dijo la mayor.

—No. Tú tienes 16, pero tu hermana no pasa de los 14 —replicó Neuval.

Las dos chicas volvieron a mirarse y empezaron a asustarse, alejándose un paso, sin estar seguras de poder irse, ya que les habían ordenado estar ahí y no irse sin permiso. No entendían cómo este occidental había adivinado sus edades, y que eran hermanas.

—Escuchadme un momento. Sé que os están vigilando. Haced como si conversarais con un simple cliente. No voy a llamar a la policía, tranquilas.

—Señor, nosotras sólo…

—Tú —se dirigió a la menor—. Tienes marcas muy antiguas en el cuello. De hace años. ¿Te lo hizo tu padre o madre cuando eras pequeña?

La menor, desconcertada, miró afligida al suelo y se levantó el cuello de la blusa. Su hermana mayor la rodeó con un brazo, apartándola un poco de él. Intentó ver mejor el rostro de ese desconocido, pero estaba bajo la sombra de las capuchas, y sólo pudo distinguir una barba castaña clara desaliñada y una muy tenue luz blanca en donde debería estar su ojo izquierdo.

—¿Quién es usted? Por favor, déjenos.

—Os ofrezco un camino distinto. Y no es lo que pensáis. Conozco el sistema. La policía, los servicios sociales no solucionan el problema sin colas de espera ni a largo plazo.

—No volveremos con nuestros padres.

—Ni yo lo permitiría. Debéis estar donde nadie os haga más daño, ni se aprovechen más de vosotras. Estoy seguro de que a ti, especialmente —miró a la mayor—, no te hace ninguna gracia tener a tu hermana pequeña metida en esta vida. ¿No quieres algo mejor para ella?

La mayor estaba nerviosa, no entendía de dónde había salido este tipo. Miraba de reojo a los hombres de la entrada del callejón, esperando que no vinieran.

—No te preocupes por ellos. No van a volver a acercarse a vosotras desde ahora hasta el resto de vuestras vidas. Yo me encargo.

—¡No! Necesitamos ganar dinero, ellos nos dejan préstamos…

—¿Préstamos? —casi rio Neuval—. Os están manteniendo funcionales para alquilaros a pedófilos. —Sacó del bolsillo de su abrigo una tarjeta de Hoteitsuba y se la dio—. Llama a cualquiera de estos teléfonos, esta misma noche, y tendréis una cama y un techo asegurados, comida, agua corriente. No os preocupéis por los gastos.

La mayor cogió esa tarjeta con asombro y algo de duda. En ese momento, Neuval se tambaleó hacia atrás por un instante y luego se inclinó un momento a un lado al notar de repente unas náuseas. Pero fue falsa alarma, aunque seguía algo mareado. La muchacha mayor frunció el ceño, preguntándose si estaba borracho o enfermo.

—Nada en esta vida es gratis —objetó ella—. ¿Qué tendríamos que hacer a cambio?

—Todos tenemos que aportar algo. Si no aportamos, no producimos. Si no producimos, no podemos ayudar a la siguiente persona. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Estudiar? ¿Trabajar en algo sencillo como limpiar, o de camarera, o atendiendo llamadas?

—Yo… No terminé siquiera la secundaria inferior y no…

Neuval le hizo un gesto para callarla.

—No me lo digas a mí, cuéntaselo todo a la persona que te responda a la llamada. Te asesorarán mejor que nadie. Os protegerán como es debido, os tratarán como a personas y no como productos del sistema. Ten por seguro que no somos ninguna banda criminal ni hacemos cosas raras. Somos una empresa, pero no buscamos ganar riqueza, sino ayudar a la gente. Y esa gente es libre de unirse a la familia, eligiendo recibir una formación y ocupar un empleo digno. Si no quieres estudiar, al menos ayuda con un trabajo sencillo que te permita dormir tranquila y satisfecha por las noches.

—¿Qué clase de empresa hace esto?

—Una cuyo fundador pasó por el mismo tipo de vida que vosotras —dijo sin más, mientras se quitaba el abrigo, y cubrió a ambas chicas con él, ya que era bastante grande. Las dos chicas se arroparon con él, sin esconder que habían estado horas muriéndose de frío ahí con tan poca ropa—. Y ahora, dime. ¿Cuántos extumores uterinos os controlan, aparte de esos dos de allá, y qué tipo de sustancias manejan?


* * * * * *


En otra zona de la ciudad no muy lejana, había una pequeña calle de tabernas con la carretera cortada por tres vehículos de la policía y una ambulancia. Sus luces no paraban de tintinear alumbrando toda la zona, aunque tenían las sirenas silenciadas.

No era el primer incidente de este tipo que ocurría esa noche en Tokio. La policía lo achacaba a peleas entre delincuentes o entre borrachos. Algunos escenarios sí eran por eso, la ciudad era enorme. Pero otros presentaban algunos detalles más anómalos. Y alguien había estado siguiendo los de este tipo durante la madrugada.

La policía había acordonado la zona para evitar el paso de los curiosos. Cuando se acercó a la cinta, logró ver más allá de donde estaba la ambulancia al menos cuatro cuerpos tendidos en el suelo, siendo atendidos por los paramédicos.

—Oye, tú, chico —le cortó el paso un agente de policía cuando pasó al otro lado de la cinta—. Stop. Not pass. Los turistas deberían aprender modales antes de venir a este país, siempre lo mismo…

—Agente, soy japonés, y tokiota —le dijo Lex educadamente—. Le pido disculpas. Quería saber si podría ser de ayuda para mis compañeros de allá. Soy médico.

—¡Oh! —se oyó exclamar a una de los paramédicos, que justo había ido a coger algo de la ambulancia y lo vio—. ¡Agente, déjelo pasar, es un compi! —saludó con la mano.

El policía le cedió el paso, algo avergonzado por su descuido, y Lex se reunió junto a la ambulancia con aquella mujer, que debía estar en la cuarentena de edad y ahora se estaba cambiando los guantes de látex manchados de sangre.

—Doctor Vernoux, ¿estabas por aquí de ocio?

—Hola, Sumiko. No, sólo estaba… en medio de un recado.

—¿Sí? ¿Está bien Riku? ¿Te ha pedido que le compres algún antojo de madrugada? Yo le hacía eso a mi marido casi todas las noches durante mi primer embarazo. Pobrecillo, no se quejaba, ¡es un cielo! Apuesto a que a Riku le van los smoothies. Dile que no se pase con el azúcar, no es bueno para el feto.

—Eheh… no, bueno… en realidad no estoy aquí por eso —sonrió reservado—. Nada más estoy curioseando. ¿Me podrías decir qué ha pasado aquí?

—Uyyy… Una pelea, pero una muy gorda. Hacía tiempo que no veía lesiones así. Ese de ahí —fue señalando los cuerpos sangrientos y magullados de los cuatro hombres sobre la calzada—, tiene todos los dientes arrancados.

—¿Arrancados? —se sorprendió—. ¿O partidos?

—Arrancados, hasta las muelas del juicio. Tiene toda la pinta de haber sido aposta. Crueldad pura. A ese otro le han partido las piernas por tres partes cada una. Ese otro tiene una mano amputada, pero antes de amputar la muñeca, le habían amputado primero los cinco dedos. Aunque no logramos descifrar aún con qué arma o herramienta ha sido, porque es un corte tan limpio que parece que lo ha hecho el propio viento.

»Y ese de ahí es el peor de todos —señaló a otro de más allá, cubierto por una manta térmica, siendo atendido por los otros tres paramédicos, que intentaban buscar la mejor forma de subirlo a una camilla sin empeorar el problema, mientras un inspector de la policía lo interrogaba—. Lo tenemos tapado con la manta más que nada para que la gente cotilla de por aquí no se vaya a dormir hoy con una pesadilla grabada en la retina.

—¿Qué le ha pasado?

—El atacante le ha introducido una barra de hierro por donde nunca da el sol.

Lex cerró los ojos como si acabara de cegarle una luz. Esto empezaba a rozar lo diabólico. Y su preocupación no hacía más que crecer. Pero tenía que mantener las apariencias.

—Un momento… ¿Están todos vivos?

—Oh, sí, aún respiran. Pero han estado bastante rato llorando y quejándose del dolor. Los hemos sedado. A veces me da rabia malgastar nuestros recursos en gente así, ¿sabes? Pero… debemos cumplir con el código ético. Si no lo hacemos nosotros… el mundo se quedaría cada vez más vacío de gente buena. No podemos rebajarnos al nivel de ellos, ¿verdad?

—¿A qué te refieres?

—He hablado con una policía, que es amiga mía. Estos cuatro angelitos mutilados son criminales reincidentes. Agresiones a ancianos y robos con violencia, sobre todo. Pero ese… —señaló al que estaba cubierto por la manta—… ese monstruo resulta ser un pederasta que la policía lleva semanas buscando. Violó a su propia hija de 6 años varias veces. Y a otra niña de su vecindario. No sé con quién se habrán cruzado, pero, sea quien sea el atacante, parece que le ha dado a ese cabrón de su propia medicina.

—Hahh… —suspiró Lex con pesadez, frotándose los ojos detrás de las gafas—. Ya, y… ¿No han dado una descripción de quién ha sido?

—Apenas. Han interrogado a los cuatro antes de que los sedásemos. Todos dicen lo mismo: era un tipo grande, de más de metro noventa, pero iba con una parka negra, encapuchado, y no han podido dar más detalles. Dicen que se movía como una sombra veloz…

La paramédico dejó de hablar cuando vio que el inspector de policía de ese distrito se les acercaba con su libreta en mano.

—¿Le ha contado el empalado algo más, inspector? —le preguntó ella.

—Nada, lo mismo. No hay manera de identificar al atacante con tan poca cosa. Quería pedirle, por favor, que cuando los lleven al hospital les hagan un análisis de drogas. El del palo dice que el atacante les robó todas las drogas que llevaban encima, que eran de las fuertes, y que no son baratas. Pero no quiere decirnos cuáles. Así que miren a ver si detectan algún tipo de drogas en el organismo de estos desgraciados. Quizá, si identificamos qué tipo de estupefacientes son, podemos seguir el rastro. Quizá el atacante las venda en otra parte.

—Eso haremos, inspector. Le mandaré el informe en cuanto lo tenga.

El inspector se despidió con una cortés inclinación y volvió con sus compañeros.

—Bueno, aquí ya está todo cubierto, Vernoux. No hace falta que hagas nada —le dijo la mujer—. A no ser que necesites algo más de mí.

—No, gracias, Sumiko. Sólo quería saciar mi curiosidad. Tengo que irme.

—Claro. A ver si salimos un día de cervezas con los demás compañeros, ¿eh? Saluda a Riku de mi parte. Y llévale de comer todo lo que pida. Recuerda: mamá feliz, bebé sano.

Lex se rio y le agradeció con un gesto, y se despidió con la mano. Pero la sonrisa se le borró nada más darse la vuelta. Tenía que darse prisa. Esos cuatro hombres eran las terceras víctimas que había encontrado esa noche, con la misma historia y la misma descripción sobre el atacante. Lo único que le mantenía un cierto alivio es que, por ahora, no había muertos, sólo heridos. O muy heridos. El descontrol de su padre estaba aumentando. Lex sabía que algo iba mal desde que habló con su abuelo hace tres horas. Y el hecho de que Alvion parecía no estar interviniendo o frenando a su padre era una señal de que, una vez más, estaba volviendo a ocurrir ese otro descontrol en el que el majin no tenía nada que ver.

Lo que más preocupaba a Lex era conocer el dato de las drogas. Obviamente, sabía que no era para revenderlas. Lamentaba en el alma saber que, sin duda, su padre había recaído una vez más. Cuando parecía que lo tenía superado, sobre todo gracias a Hana…

Nunca terminaba. Ese tormento, ese sufrimiento, parecía incurable, y Lex lo odiaba con todas sus fuerzas, esa maldición, ese castigo divino o lo que quiera que fuese que llevaba torturando a su padre desde que nació. Deseaba poder arrancársela y liberarlo de ella de una vez por todas, y que las drogas dejaran de ser el único remedio para él.

Neuval no las consumía por gusto, sino como último recurso antiincendios. Saturar su cerebro con todo tipo de sustancias hasta que este colapsaba y caía inconsciente parecía ser la única solución para apagar el fuego y que la bestia no saliese. Pero no dejaba de ser peligroso. Quizá, un día, su cerebro podría no volver a despertar.


* * * * * *


Unos cuarenta minutos después, Neuval se encontraba de nuevo en otro punto de la ciudad, concretamente, en una desértica nave cerca del puerto, de paredes de hormigón, vigas oxidadas y tejado de chapa. Había algunos coches aparcados en un rincón de la nave, y un arcón de acero cerrado con un candado enorme junto a unos contenedores grandes de basura.

Después de haberse acercado a los dos tipos de cabeza rapada de Shibuya que vigilaban a las chicas, los había arrastrado a un callejón para interrogarlos, siendo muy persuasivo, hasta que ellos confesaron dónde guardaban el alijo de drogas de su banda. Por tanto, se los había llevado consigo a ese lugar, y ahora ambos estaban arrodillados en el suelo, lloriqueando, uno con un ojo hinchado y el labio partido y sin un diente, el otro con la nariz rota y dos dedos torcidos…

Mientras tanto, Neuval se dirigió a aquel arcón metálico, y le arrancó el candado de un kilo de un simple tirón. Al abrir la tapa, vio muchas cosas ahí guardadas. Un par de cajas de plástico blanco, maletas llenas de ropa y varios estuches que guardaban armas pequeñas y munición. Lo que llamó su atención fue encontrar un rifle negro muy especial, grande y con un diseño único. Lo reconoció como una de sus propias creaciones de Hoteitsuba. Suspiró molesto y agarró el rifle, y luego sacó de las cajas de plástico todas las pequeñas bolsitas que había en ellas, las cuales contenían pequeñas pastillas rosas, otras azules y otras eran como obleas traslúcidas.

—Premio… —se dijo, y se las guardó todas en los bolsillos de la sudadera y del pantalón de chándal. Regresó hacia donde estaban los dos malheridos, sujetando el rifle bajo un brazo mientras usaba las manos para abrir una de las bolsitas y coger una oblea, la cual se la metió en la boca, debajo de la lengua—. ¿De dónde habéis sacado esta arma? ¿No sabéis que fue creada para eliminar a gente como vosotros y no para ser usada por gente como vosotros?

Los dos hombrecillos se miraron, temblorosos.

—¿V-v-vas a matarnos…? —preguntó uno de ellos.

Neuval los miró en silencio durante un rato. Era lo mismo de siempre, repitiéndose por milésima vez desde que tenía memoria. Una parte de él quería despedazarlos por simple diversión. Otra parte, quería parar de una vez, apiadarse de ellos, curar sus heridas y ayudarlos a reformarse. Luego miró pensativo al techo.

—Qué buena pregunta… —resopló, indeciso.

«Lo estás deseando» le dijo su voz en su cabeza.

—Tú no decides —habló en voz alta.

«Puedes robar los caramelos que quieras de quien quieras sin siquiera hacerles un rasguño. Pero llevas toda la madrugada dejándome meterle una barra de hierro a un pedófilo por su culo y partir huesos por placer. Déjame salir… y deja de sufrir».

—Mmgh… —gruñó Neuval, cerrando los ojos un momento al ver un destello, y se rascó otra vez la frente, empezando a hacerse sangre—. Tú eres el causante…

Los dos criminales volvieron a mirarse, esta vez, extrañados, preguntándose con quién estaba hablando. Pero justo en ese instante vieron cómo su rostro cambiaba por completo, con una sonrisa aterradora, y las pupilas de sus ojos blancos de repente se encogieron, enfocándose en sus presas como los de un depredador.

—Pero ya que estoy… —dijo con una voz siniestra, agachándose frente a ellos y agarrando el cuello de la chaqueta de uno de ellos.

«Un momento… ¿Qué haces?» se dijo con sorpresa. «¡Para! Yo he venido a esto» soltó la chaqueta del hombrecillo y se alejó un paso, y volcó todo el contenido de la bolsita de obleas translúcidas en su boca. «¡A frenarte!».

—¡Bufgh! —tosió un poco; esa otra parte de él intentó escupirlas, pero logró impedírselo y se las tragó todas—. ¡Hahah! —se echó a reír de repente, y se quedó con los ojos cerrados, notando un inmediato cosquilleo por toda su espina dorsal—. Lo vas a pagar caro…

«Si todo este ácido sirve para acabar con esta pesadilla… pagaré el precio que sea».

—Idiota, ¿no te has dado cuenta? —sonrió de nuevo, abriendo los ojos, y ambos le brillaban de una escalofriante luz plateada—. Ahora soy yo el que está fuera.

«No… ¡Para!».

—Dios santo… —sollozó uno de los criminales, observando con expresión de terror la imagen de ese hombre, al que le brillaban los ojos como dos lunas llenas. Pero no fue lo único. Su sonrisa no mostraba dientes, sino dos filas enteras de colmillos, y en su frente aparecieron dos sutiles bultos—. ¿Qué… criatura es esa…?

—Señor, apiádate de nosotros, perdónanos, tennos en misericordia… —se había puesto a rezar el otro, con los ojos cerrados, para no ver lo que tenía delante.

—¡Ahí está! —se oyó exclamar a alguien—. ¡Ahí, es él!

Neuval se giró y vio entrar en la nave a un grupo de veinte hombres armados con cuchillos, barras y bates de béisbol. Sus ojos volvieron a apagarse, de una forma intermitente, como si esa energía de su interior se resistiera sobre sí misma. Aquel grupo lo rodeó en un corro, con aire amenazante.

—¿Quién coño te has creído que eres? —le espetó el cabecilla, apuntándole con su bate—. Eres tú el que ha ido dando palizas a todos mis hombres por la ciudad, ¿no? ¿Crees que puedes robar mi mercancía y salir de rositas? Quítate la capucha, que te vea la cara, antes de que te la destrocemos.

«Para… ¡Para!».

—El universo me regaló una docena hace unas semanas y ahora me trae una veintena… Sssh… —aspiró entre dientes, con las pupilas de nuevo dilatadas. Vio algunos flashes de luz, como filamentos volando a su alrededor. Se tambaleó, le fallaba el equilibrio, sufriendo por fin los efectos de todo lo que había consumido—. Por favor, haced que merezca la pena…

—Puto loco… —masculló el cabecilla de la banda.

—¡No os acerquéis a él! —les gritó uno de los hombrecillos heridos, todavía arrodillado en el suelo junto al otro—. ¡No es humano!

—¿Os habéis puesto hasta arriba de pastillas también y veis alucinaciones como él? —bufó el jefe—. Tú, grandullón, más vale que sueltes ese rifle y esas bolsas —le ordenó a Neuval.

—No pienso darte lo que es mío, miserable humano —le gruñó fríamente, con las pupilas de nuevo encogidas.

No se molestó en guiñar su ojo al conectar con su elemento. Su ojo izquierdo brilló de la luz blanca habitual de su iris, y, con un simple dominio mental, sacó el aire de los pulmones del cabecilla, impidiéndole que entrara más. El matón soltó el bate al comenzar a ahogarse y entró en pánico, sin entender qué le pasaba, dando gemidos sordos, agarrándose la garganta, y agarrando a los hombres que tenía al lado en busca de auxilio.

—Pero ¿qué le pasa? —empezaron a alarmarse—. ¡Jefe!

—¡Os lo dije! —lloró uno de los malheridos.

—¿¡Qué le estás haciendo!? ¡Monstruo! —le gritaron todos a Neuval, furiosos, y se lanzaron sobre él para golpearlo con sus armas.

En el último segundo en que Neuval fue a cortar a todos por la mitad con su viento, esa otra parte de él retomó el control y, en lugar de eso, se tragó de una sentada las pastillas de otra bolsa. Cuando todos llegaron hasta él, recibió sus golpes. Apenas se defendió. Dejó que le dieran una paliza, aunque necesitaron múltiples ataques hasta lograr al menos partirle una ceja, ya que, siendo iris, tenía una fuerza superior.

Mientras varios de ellos lo doblegaron y lo mantuvieron de rodillas en el suelo sujetándolo de los brazos, otros le daban patadas en el estómago, y otros lo agarraron del pelo y le dieron golpes en la cara. Le habían quitado la capucha, pero Neuval ya tenía el rostro ensangrentado, especialmente por las heridas que él mismo se había hecho en la frente de tanto rascarse, y tampoco había mucha luz entrando en la nave de los focos exteriores del puerto.

Uno de ellos agarró su brazo derecho, le apartó la manga y le quemó la piel con un cigarrillo. Esto le trajo un recuerdo inmediato, una memoria lejana donde tenía unos 6 años y su madre, Lilian, lo agarró una vez por haber roto sin querer un vaso y le quemó con su cigarrillo en el dorso de la mano.

Otro de ellos le aprisionó el cuello con los brazos, y esto le trajo otra memoria lejana, donde tenía 9 años, y su padre, Jean, lo descubrió escapándose de casa por la noche. Jean lo frenó aprisionándole el cuello, casi ahogándolo. Vio otra vez, entre los destellos detrás de sus párpados, aquella silueta hecha de tinieblas, con dos ojos de luz plateada, hablándole con la profunda y tenebrosa voz de Jean, reprimiéndole que dejara de causar problemas o los expulsarían de ese mundo.

—¡Hahaha…! —Neuval se echó a reír a pesar de todo, y volvió a intentar liberarse de sí mismo. Se puso en pie, apartando a todos de una sacudida, y desactivó su iris, optando por no usarlo, y comenzó a contraatacar con sus propios puños, golpeándolos lo suficientemente flojo para partirles la nariz como mucho, procurando no volatilizarlos para simplemente hacerlo más divertido—. ¡Estoy teniendo una de las mejores noches en años! ¡Vamos!

—¡Cabrón!

Todos se enrabietaron más con él y le dieron más fuerte. Neuval sólo se reía, con los dientes manchados de sangre por la herida de su labio, dientes que a veces cambiaban de forma…

«Te odio…».

—¡Dadme el puto rifle! —ordenó el jefe de la banda después de unos minutos recuperando el aliento.

Estaba frenético por aquel fenómeno del que había sido víctima y, donde antes había hostilidad hacia ese encapuchado, ahora había miedo. Cuando varios de sus hombres lograron arrebatarle el rifle a su oponente y se lo dieron, el jefe lo cargó y apuntó hacia la cabeza de Neuval, el cual había acabado arrodillado en el suelo otra vez, exhausto y ensangrentado, pero todavía riéndose. Le daba vueltas la cabeza, su visión estaba nublada y sólo veía resplandores y formas abstractas.

—No conseguirás matarme… nunca… —murmuró con respiración pesada. Pero no se lo estaba diciendo a aquel criminal.

«Te odio más de lo que he amado a nadie nunca».

—A pesar de todos tus intentos pasados…

«Te odio…».

—Te odio…

Todos aquellos hombres, que se habían apartado de él, miraban expectantes a su jefe, preguntándose si de verdad iba a ejecutarlo de un disparo. Todos estaban nerviosos, y había miedo, y el miedo a veces superaba el sentido común. El jefe respiraba en tensión, sosteniendo el arma lo más firme que podía, sin terminar de decidirse. Le corrió una gota de sudor frío por la frente. Su oponente seguía ahí arrodillado con la mirada ida, pero había algo en él, algo emanando de él que estaba helando la sangre de todos, una energía oscura y vibrante. Cuando el jefe miró sus manos, apoyadas inertes sobre sus piernas, no vio unas manos de aspecto humano, y aquello lo espantó.

—¡Demonio! —gritó, y decidió apretar el gatillo sin dudarlo.

Sonó un disparo, pero de otra parte. Algo impactó contra el rifle, que se soltó de las manos del cabecilla y cayó unos metros más allá. Todos se sobresaltaron y miraron en todas direcciones, poniéndose en guardia con sus armas.

—¿¡Quién anda ahí!?

—¿¡Un cómplice suyo!?

Callaron sus voces y se hizo un silencio súbito. Entonces, al escuchar una pisada, todos miraron hacia otro punto de la nave, donde vieron a un joven, de cabello caoba, ojos azules y con gafas, saliendo de detrás de una columna y mostrándose ante ellos con expresión tranquila y seria. Tenía un arma en las manos, una pistola grande y de diseño extraño, de culata gris y un cañón cuadrado y negro, que a veces tenía pequeñas corrientes de luz azulada brillando por sus aristas.

Lex cambió el tipo de munición de su pistola Maître manejando su panel electrónico con el pulgar y volvió a apuntar hacia ellos. En concreto, apuntó hacia el rifle de allá en el suelo y disparó. En lugar de una bala, fue un pequeño proyectil explosivo que hizo pedazos el rifle. Después apuntó al arcón de allá junto a los contenedores y disparó otro explosivo, incinerando todo su contenido, incluidas las otras armas que esa banda guardaba ahí.

Los hombres se sobresaltaron ante las dos pequeñas explosiones, y miraron perplejos al recién aparecido. Se quedaron paralizados por un momento, pensando que ahora les dispararía a ellos. Sin embargo, en lugar de eso, Lex desactivó el cañón de la Maître, haciéndolo desaparecer, y volvió a guardarse la culata plateada en el bolsillo trasero de su pantalón. El caso es… que no quería malgastar la munición de un arma tan especial en unas simples ratas.

Aquellos criminales se miraron incrédulos y confusos, pero cuando vieron que Lex comenzó a caminar hacia ellos con aire amenazante y sereno, lo tomaron como una osadía estúpida y varios de ellos fueron a por él.

Lex esperó su llegada, y fue esquivando todos sus ataques con una destreza concentrada y constante, poniendo en práctica todo el entrenamiento de lucha que había recibido desde que era pequeño. Había entrenado con iris, así que, combatir con esos 20 humanos era casi triste, como pelear contra un puñado de pingüinos. Lex fue devolviendo los golpes en el momento preciso, y en los puntos precisos del cuerpo. Ya había dejado a tres noqueados en el suelo.

—¡Hahaha…! —se rio Neuval cuando recuperó un momento la visión y reconoció a Lex. Se volvió a poner en pie, tambaleándose un poco, pero corrió hacia ellos y se unió a la pelea—. ¡Esto no hace más que mejorar!

Lex lo vio demasiado exaltado con su llegada ahí, y sus intenciones de producir daños mucho más graves a esos criminales. Por eso, mientras esquivaba los golpes de algunos de ellos, se aproximó a su padre, lo agarró por detrás y lo lanzó a un lado, separándolo de la trifulca, para después volver a enfrentarse a sus atacantes.

—¿¡De qué vas!? —protestó Neuval, incorporándose un poco sobre el suelo. Le costó ponerse en pie, su mareo era más fuerte ahora. Por eso, cuando se puso en pie a duras penas, se apoyó en la columna que tenía al lado y acabó vomitando—. Hah… aguafiestas…

En ese momento, Lex ya había dejado a 16 hombres inconscientes en el suelo, y los otros cuatro, que apenas se tenían en pie y tenía las caras hinchadas a golpes, todavía lo intentaban atacar. Uno de ellos le digirió una estocada con su cuchillo, pero Lex, esquivándolo en una fracción de segundo, aprovechó su movimiento para darle un empujón extra a su codo y su oponente terminó clavándole el cuchillo a uno de sus compañeros en el hombro, quien gritó de dolor, y Lex remató al primero golpeándolo en la nuca con la culata de la Maîte. Quedaban dos en pie, el jefe y otro más grandote.

—Voy a destriparte, muchacho —le gruñó el jefe, exhausto y rabioso, apuntándole con un machete—. Hijo de perra… cabrón… mestizo de mierda… Te voy a…

Antes de poder acabar la frase, Neuval se abalanzó sobre él con brutalidad y rodaron por el suelo.

—No le hables así, escoria humana —le gruñó Neuval, aprisionándolo por detrás y comprimiendo su cuello con su brazo—. Habrá que quitarte esa lengua tan sucia… —le intentó meter la mano en la boca para arrancarle la lengua—. Dime, ¿qué decías que ibas a hacerle? Termina la frase ahora. Yo te dejo que me hagas lo que quieras, pero si le pones una mano encima a él, te destripo…

—¡No! ¡Déjalo! —le exigió Lex, ocupado en la lucha contra el otro hombre que quedaba.

—¡No me vengas con sermones! —replicó Neuval, enfadado—. ¡Nadie te ha llamado! ¡Yo no te he llamado! ¡No tenías que estar aquí!

Lex procuró no contestarle ni darle ninguna conversación. Sabía que ese no era su padre, al menos no la parte de él con la que se podía razonar. Pero no podía dejarle volver a matar a nadie, aunque fueran criminales, sin el permiso de Alvion, porque ya bastantes problemas había tenido con sus últimas doce víctimas de hace unas semanas. Si seguía cayendo por esa rampa, temía que volviera a repetirse el episodio catastrófico de hace siete años, cuando murió su madre.

Neuval volvió a ser víctima de unas fuertes náuseas, algo que aprovechó el jefe de la banda para zafarse de él, dándole un codazo en la sien. Neuval logró mantenerse en pie, pero se llevó una mano a la cabeza. Le dolía muchísimo, pero no fue por el codazo, sino que sentía algo dentro haciendo presión. Parpadeaba erráticamente, viendo más luces y alucinaciones.

El jefe de la banda recuperó su machete y se puso en guardia, apuntándole con el arma con brazos y rodillas temblorosas. Y volvió a ver un suceso insólito, aterrador… En la frente de su contrincante brotó más sangre, porque había algo bajo su piel, bajo su cráneo, rasgándosela.

—Te lo advierto, monstruo… —lloriqueó el cabecilla, muerto de miedo, viendo dos afiladas puntas negras saliendo de esa frente.

—Tú… —balbució Neuval, observándolo con ojos mareados y cansados, emitiendo una parpadeante e inestable luz plateada. Vio cosas que no estaban ahí, vio que ese criminal esmirriado de repente se volvía obeso, corpulento, y calvo, y en la cara tenía una máscara dorada de un buda sonriente—. Tú… —gruñó Neuval con ira.

—¡Para! ¡Cálmate! —le gritó Lex, mientras terminaba de noquear a su adversario por fin.

—Hombre Dorado… te rajé el cuello… no deberías… —Neuval empezó a entrar en pánico cuando le invadieron esos traumáticos recuerdos, y al mismo tiempo, a hervirle la sangre de ira, oyendo en su cabeza ecos de la grimosa voz aguda del Hombre Dorado—. No me toques… ¡¡No vuelvas a tocarme!!

En el momento en que Neuval se lanzó hacia él con garras negras y colmillos blancos, Lex lo embistió a tiempo.

Lex venía desde el principio con una única intención si finalmente hallaba a su padre en este estado límite. Se estaba repitiendo ese comportamiento, le estaba dominando esa otra maldad que no era su majin. La última vez, hace siete años, Lex aún no se explicaba cómo lo hizo, o qué sucedió. Lo que sí sabía es que de alguna manera funcionó. Causó un efecto eficaz e inmediato, y ahora el joven no tenía más remedio que volver a confiar en que volvería a funcionar, porque no había más alternativas.

Aprisionó a su padre por la espalda y colocó su mano sobre su frente. Esta vez, notó algo raro, el tacto de algo afilado. Estando a sus espaldas, no podía verlo con los ojos, y no entendía qué estaba tocando. Quizá su padre se habría clavado unos cristales en la frente durante la pelea, o unas piedras…

Nada de eso importaba ahora, porque, una vez más, ocurrió lo mismo de la última vez. Lex notó que su mano se adhería a la frente de su padre con una fuerza inexplicable, y notó una abrasión, pero no era dolorosa. No pudo despegar la mano de su frente hasta pasados unos segundos más, cuando de repente Neuval se quedó sin energías y se desplomó sobre el suelo.

Sus dientes, su frente, sus manos… todo volvía a tener un aspecto normal, aunque quedaron las heridas. Lex se quedó arrodillado a su lado recuperando el aliento. Se miró la mano. Sus uñas estaban negras, pero enseguida volvieron a su color normal. Realmente no lo entendía, y debería resultarle de lo más aterrador. Pero estaba aliviado. Lo habría logrado. Había llegado a tiempo, otra vez.

Se dio cuenta de que el cabecilla de la banda había echado a correr despavorido, dirigiéndose a la lejana salida de la nave. Lex sacó la culata de Maître otra vez, materializó el cañón y eligió un proyectil de goma; apuntó bien y disparó. Le dio en la nuca, y el criminal cayó inconsciente al suelo.

—No tenías que estar aquí… —oyó la voz de su padre de repente, sonando en un sollozo. Neuval entreabrió los ojos, y le cayeron lágrimas del más puro agotamiento y hartazgo—. Vete… Déjame, por favor…

—Tranquilo —le dijo Lex con voz serena, mientras se ponía en una postura específica, agarrando su brazo, y, con un poco de destreza y un impulso, cargó con él a la espalda. Pesaba bastante, pero Lex estaba en buena forma, y había aparcado el coche cerca—. Siento estropearte esta caída libre tuya hacia la autodestrucción, pero, una vez más, no vas a escaquearte de este mundo tan fácilmente. Por Dios, estás hecho un asco… ¿Cuánto has consumido?

Neuval no dijo nada. Se había quedado inconsciente sobre su espalda.









8.
La noche más larga (5/5)

La madrugada en Tokio seguía muy activa en Shibuya. Siempre había ocio nocturno allí, sobre todo, muchos jóvenes turistas extranjeros. Pero ya hacia las tres de la mañana asomaban gentes más extrañas.

Neuval llevaba tres horas deambulando por la ciudad, pasando por unos cuantos rincones, buscando “medicina” para su “dolor de cabeza”. Por fortuna o por desgracia para él, parecía que con los años había estado desarrollando inmunidad, y cada vez era más difícil apaciguar el dolor de cabeza con las mismas dosis de antes.

Caminaba discreto de un lado a otro, pasando entre las gentes que seguían de diversión por las calles, o beodos que iban de una discoteca a otra. Iba cubierto con la capucha de su sudadera negra y de su abrigo oscuro, hacía bastante frío. A veces se le nublaba un poco la vista y perdía un poco el equilibrio sin darse cuenta.

Entonces, vislumbró a dos chicas jóvenes paradas en el borde de la acera de una calle inundada de luces, carteles y escaparates. Le llamó la atención porque mostraban sus partes bajas a todos los hombres turistas borrachos que pasaban, manteniendo un poco levantadas sus faldas. Por arriba vestían con blusas bonitas y corbatitas y tenían medias negras hasta la mitad del muslo. No estaban muy bien maquilladas. Una de ellas no debía de tener más de 14 años. La otra parecía un par de años mayor.

Este tipo de jóvenes abundaban en la ciudad. Eran menores huérfanos o huidos de sus hogares por problemas familiares, de deudas, violencia o drogas. Se ganaban la vida como podían, y dormían en la calle o en albergues. Algunos eran captados por la mafia o por bandas criminales para prostituirlos. Neuval sabía que este era el caso de esas dos de ahí. No estaban haciendo eso por voluntad propia. Los ojos de esas dos muchachas todavía brillaban despiertos, pero sus miradas estaban idas, como buscando evadirse del mundo entre las luces y el ruido. Otra prueba fue divisar en la entrada de un callejón cercano a un par de hombres de cabeza rapada. Disimulaban, charlando entre ellos, bebiendo cerveza, pero un iris podía percibirlo todo. No paraban de mirar hacia las chicas. Las vigilaban a cada rato. Neuval conocía a ese tipo de criminales. Para manejar a los menores, también manejaban drogas.

Qué mundo tan agotador. Al observar a esas chicas tan jóvenes haciendo eso, seguramente fugadas de un hogar malo, no podía evitar pensar que, por cualquier desgracia o desvío del camino, Cleven podría haber acabado como ellas. Sólo con imaginarlo un segundo se le revolvieron las tripas.

I like you, sir —le dijo la muchacha mayor a Neuval cuando él se acercó a ellas, y se levantó la falda para mostrarle sus partes—. Do you like?

Do you like? —la imitó la otra chica más joven.

Neuval les hizo un gesto con la mano para que se cubrieran de nuevo.

—¿Qué edad tenéis?

Las dos se miraron con sorpresa al escucharlo hablar en perfecto japonés.

—Tenemos 16 —dijo la mayor.

—No. Tú tienes 16, pero tu hermana no pasa de los 14 —replicó Neuval.

Las dos chicas volvieron a mirarse y empezaron a asustarse, alejándose un paso, sin estar seguras de poder irse, ya que les habían ordenado estar ahí y no irse sin permiso. No entendían cómo este occidental había adivinado sus edades, y que eran hermanas.

—Escuchadme un momento. Sé que os están vigilando. Haced como si conversarais con un simple cliente. No voy a llamar a la policía, tranquilas.

—Señor, nosotras sólo…

—Tú —se dirigió a la menor—. Tienes marcas muy antiguas en el cuello. De hace años. ¿Te lo hizo tu padre o madre cuando eras pequeña?

La menor, desconcertada, miró afligida al suelo y se levantó el cuello de la blusa. Su hermana mayor la rodeó con un brazo, apartándola un poco de él. Intentó ver mejor el rostro de ese desconocido, pero estaba bajo la sombra de las capuchas, y sólo pudo distinguir una barba castaña clara desaliñada y una muy tenue luz blanca en donde debería estar su ojo izquierdo.

—¿Quién es usted? Por favor, déjenos.

—Os ofrezco un camino distinto. Y no es lo que pensáis. Conozco el sistema. La policía, los servicios sociales no solucionan el problema sin colas de espera ni a largo plazo.

—No volveremos con nuestros padres.

—Ni yo lo permitiría. Debéis estar donde nadie os haga más daño, ni se aprovechen más de vosotras. Estoy seguro de que a ti, especialmente —miró a la mayor—, no te hace ninguna gracia tener a tu hermana pequeña metida en esta vida. ¿No quieres algo mejor para ella?

La mayor estaba nerviosa, no entendía de dónde había salido este tipo. Miraba de reojo a los hombres de la entrada del callejón, esperando que no vinieran.

—No te preocupes por ellos. No van a volver a acercarse a vosotras desde ahora hasta el resto de vuestras vidas. Yo me encargo.

—¡No! Necesitamos ganar dinero, ellos nos dejan préstamos…

—¿Préstamos? —casi rio Neuval—. Os están manteniendo funcionales para alquilaros a pedófilos. —Sacó del bolsillo de su abrigo una tarjeta de Hoteitsuba y se la dio—. Llama a cualquiera de estos teléfonos, esta misma noche, y tendréis una cama y un techo asegurados, comida, agua corriente. No os preocupéis por los gastos.

La mayor cogió esa tarjeta con asombro y algo de duda. En ese momento, Neuval se tambaleó hacia atrás por un instante y luego se inclinó un momento a un lado al notar de repente unas náuseas. Pero fue falsa alarma, aunque seguía algo mareado. La muchacha mayor frunció el ceño, preguntándose si estaba borracho o enfermo.

—Nada en esta vida es gratis —objetó ella—. ¿Qué tendríamos que hacer a cambio?

—Todos tenemos que aportar algo. Si no aportamos, no producimos. Si no producimos, no podemos ayudar a la siguiente persona. ¿Qué te gustaría hacer? ¿Estudiar? ¿Trabajar en algo sencillo como limpiar, o de camarera, o atendiendo llamadas?

—Yo… No terminé siquiera la secundaria inferior y no…

Neuval le hizo un gesto para callarla.

—No me lo digas a mí, cuéntaselo todo a la persona que te responda a la llamada. Te asesorarán mejor que nadie. Os protegerán como es debido, os tratarán como a personas y no como productos del sistema. Ten por seguro que no somos ninguna banda criminal ni hacemos cosas raras. Somos una empresa, pero no buscamos ganar riqueza, sino ayudar a la gente. Y esa gente es libre de unirse a la familia, eligiendo recibir una formación y ocupar un empleo digno. Si no quieres estudiar, al menos ayuda con un trabajo sencillo que te permita dormir tranquila y satisfecha por las noches.

—¿Qué clase de empresa hace esto?

—Una cuyo fundador pasó por el mismo tipo de vida que vosotras —dijo sin más, mientras se quitaba el abrigo, y cubrió a ambas chicas con él, ya que era bastante grande. Las dos chicas se arroparon con él, sin esconder que habían estado horas muriéndose de frío ahí con tan poca ropa—. Y ahora, dime. ¿Cuántos extumores uterinos os controlan, aparte de esos dos de allá, y qué tipo de sustancias manejan?


* * * * * *


En otra zona de la ciudad no muy lejana, había una pequeña calle de tabernas con la carretera cortada por tres vehículos de la policía y una ambulancia. Sus luces no paraban de tintinear alumbrando toda la zona, aunque tenían las sirenas silenciadas.

No era el primer incidente de este tipo que ocurría esa noche en Tokio. La policía lo achacaba a peleas entre delincuentes o entre borrachos. Algunos escenarios sí eran por eso, la ciudad era enorme. Pero otros presentaban algunos detalles más anómalos. Y alguien había estado siguiendo los de este tipo durante la madrugada.

La policía había acordonado la zona para evitar el paso de los curiosos. Cuando se acercó a la cinta, logró ver más allá de donde estaba la ambulancia al menos cuatro cuerpos tendidos en el suelo, siendo atendidos por los paramédicos.

—Oye, tú, chico —le cortó el paso un agente de policía cuando pasó al otro lado de la cinta—. Stop. Not pass. Los turistas deberían aprender modales antes de venir a este país, siempre lo mismo…

—Agente, soy japonés, y tokiota —le dijo Lex educadamente—. Le pido disculpas. Quería saber si podría ser de ayuda para mis compañeros de allá. Soy médico.

—¡Oh! —se oyó exclamar a una de los paramédicos, que justo había ido a coger algo de la ambulancia y lo vio—. ¡Agente, déjelo pasar, es un compi! —saludó con la mano.

El policía le cedió el paso, algo avergonzado por su descuido, y Lex se reunió junto a la ambulancia con aquella mujer, que debía estar en la cuarentena de edad y ahora se estaba cambiando los guantes de látex manchados de sangre.

—Doctor Vernoux, ¿estabas por aquí de ocio?

—Hola, Sumiko. No, sólo estaba… en medio de un recado.

—¿Sí? ¿Está bien Riku? ¿Te ha pedido que le compres algún antojo de madrugada? Yo le hacía eso a mi marido casi todas las noches durante mi primer embarazo. Pobrecillo, no se quejaba, ¡es un cielo! Apuesto a que a Riku le van los smoothies. Dile que no se pase con el azúcar, no es bueno para el feto.

—Eheh… no, bueno… en realidad no estoy aquí por eso —sonrió reservado—. Nada más estoy curioseando. ¿Me podrías decir qué ha pasado aquí?

—Uyyy… Una pelea, pero una muy gorda. Hacía tiempo que no veía lesiones así. Ese de ahí —fue señalando los cuerpos sangrientos y magullados de los cuatro hombres sobre la calzada—, tiene todos los dientes arrancados.

—¿Arrancados? —se sorprendió—. ¿O partidos?

—Arrancados, hasta las muelas del juicio. Tiene toda la pinta de haber sido aposta. Crueldad pura. A ese otro le han partido las piernas por tres partes cada una. Ese otro tiene una mano amputada, pero antes de amputar la muñeca, le habían amputado primero los cinco dedos. Aunque no logramos descifrar aún con qué arma o herramienta ha sido, porque es un corte tan limpio que parece que lo ha hecho el propio viento.

»Y ese de ahí es el peor de todos —señaló a otro de más allá, cubierto por una manta térmica, siendo atendido por los otros tres paramédicos, que intentaban buscar la mejor forma de subirlo a una camilla sin empeorar el problema, mientras un inspector de la policía lo interrogaba—. Lo tenemos tapado con la manta más que nada para que la gente cotilla de por aquí no se vaya a dormir hoy con una pesadilla grabada en la retina.

—¿Qué le ha pasado?

—El atacante le ha introducido una barra de hierro por donde nunca da el sol.

Lex cerró los ojos como si acabara de cegarle una luz. Esto empezaba a rozar lo diabólico. Y su preocupación no hacía más que crecer. Pero tenía que mantener las apariencias.

—Un momento… ¿Están todos vivos?

—Oh, sí, aún respiran. Pero han estado bastante rato llorando y quejándose del dolor. Los hemos sedado. A veces me da rabia malgastar nuestros recursos en gente así, ¿sabes? Pero… debemos cumplir con el código ético. Si no lo hacemos nosotros… el mundo se quedaría cada vez más vacío de gente buena. No podemos rebajarnos al nivel de ellos, ¿verdad?

—¿A qué te refieres?

—He hablado con una policía, que es amiga mía. Estos cuatro angelitos mutilados son criminales reincidentes. Agresiones a ancianos y robos con violencia, sobre todo. Pero ese… —señaló al que estaba cubierto por la manta—… ese monstruo resulta ser un pederasta que la policía lleva semanas buscando. Violó a su propia hija de 6 años varias veces. Y a otra niña de su vecindario. No sé con quién se habrán cruzado, pero, sea quien sea el atacante, parece que le ha dado a ese cabrón de su propia medicina.

—Hahh… —suspiró Lex con pesadez, frotándose los ojos detrás de las gafas—. Ya, y… ¿No han dado una descripción de quién ha sido?

—Apenas. Han interrogado a los cuatro antes de que los sedásemos. Todos dicen lo mismo: era un tipo grande, de más de metro noventa, pero iba con una parka negra, encapuchado, y no han podido dar más detalles. Dicen que se movía como una sombra veloz…

La paramédico dejó de hablar cuando vio que el inspector de policía de ese distrito se les acercaba con su libreta en mano.

—¿Le ha contado el empalado algo más, inspector? —le preguntó ella.

—Nada, lo mismo. No hay manera de identificar al atacante con tan poca cosa. Quería pedirle, por favor, que cuando los lleven al hospital les hagan un análisis de drogas. El del palo dice que el atacante les robó todas las drogas que llevaban encima, que eran de las fuertes, y que no son baratas. Pero no quiere decirnos cuáles. Así que miren a ver si detectan algún tipo de drogas en el organismo de estos desgraciados. Quizá, si identificamos qué tipo de estupefacientes son, podemos seguir el rastro. Quizá el atacante las venda en otra parte.

—Eso haremos, inspector. Le mandaré el informe en cuanto lo tenga.

El inspector se despidió con una cortés inclinación y volvió con sus compañeros.

—Bueno, aquí ya está todo cubierto, Vernoux. No hace falta que hagas nada —le dijo la mujer—. A no ser que necesites algo más de mí.

—No, gracias, Sumiko. Sólo quería saciar mi curiosidad. Tengo que irme.

—Claro. A ver si salimos un día de cervezas con los demás compañeros, ¿eh? Saluda a Riku de mi parte. Y llévale de comer todo lo que pida. Recuerda: mamá feliz, bebé sano.

Lex se rio y le agradeció con un gesto, y se despidió con la mano. Pero la sonrisa se le borró nada más darse la vuelta. Tenía que darse prisa. Esos cuatro hombres eran las terceras víctimas que había encontrado esa noche, con la misma historia y la misma descripción sobre el atacante. Lo único que le mantenía un cierto alivio es que, por ahora, no había muertos, sólo heridos. O muy heridos. El descontrol de su padre estaba aumentando. Lex sabía que algo iba mal desde que habló con su abuelo hace tres horas. Y el hecho de que Alvion parecía no estar interviniendo o frenando a su padre era una señal de que, una vez más, estaba volviendo a ocurrir ese otro descontrol en el que el majin no tenía nada que ver.

Lo que más preocupaba a Lex era conocer el dato de las drogas. Obviamente, sabía que no era para revenderlas. Lamentaba en el alma saber que, sin duda, su padre había recaído una vez más. Cuando parecía que lo tenía superado, sobre todo gracias a Hana…

Nunca terminaba. Ese tormento, ese sufrimiento, parecía incurable, y Lex lo odiaba con todas sus fuerzas, esa maldición, ese castigo divino o lo que quiera que fuese que llevaba torturando a su padre desde que nació. Deseaba poder arrancársela y liberarlo de ella de una vez por todas, y que las drogas dejaran de ser el único remedio para él.

Neuval no las consumía por gusto, sino como último recurso antiincendios. Saturar su cerebro con todo tipo de sustancias hasta que este colapsaba y caía inconsciente parecía ser la única solución para apagar el fuego y que la bestia no saliese. Pero no dejaba de ser peligroso. Quizá, un día, su cerebro podría no volver a despertar.


* * * * * *


Unos cuarenta minutos después, Neuval se encontraba de nuevo en otro punto de la ciudad, concretamente, en una desértica nave cerca del puerto, de paredes de hormigón, vigas oxidadas y tejado de chapa. Había algunos coches aparcados en un rincón de la nave, y un arcón de acero cerrado con un candado enorme junto a unos contenedores grandes de basura.

Después de haberse acercado a los dos tipos de cabeza rapada de Shibuya que vigilaban a las chicas, los había arrastrado a un callejón para interrogarlos, siendo muy persuasivo, hasta que ellos confesaron dónde guardaban el alijo de drogas de su banda. Por tanto, se los había llevado consigo a ese lugar, y ahora ambos estaban arrodillados en el suelo, lloriqueando, uno con un ojo hinchado y el labio partido y sin un diente, el otro con la nariz rota y dos dedos torcidos…

Mientras tanto, Neuval se dirigió a aquel arcón metálico, y le arrancó el candado de un kilo de un simple tirón. Al abrir la tapa, vio muchas cosas ahí guardadas. Un par de cajas de plástico blanco, maletas llenas de ropa y varios estuches que guardaban armas pequeñas y munición. Lo que llamó su atención fue encontrar un rifle negro muy especial, grande y con un diseño único. Lo reconoció como una de sus propias creaciones de Hoteitsuba. Suspiró molesto y agarró el rifle, y luego sacó de las cajas de plástico todas las pequeñas bolsitas que había en ellas, las cuales contenían pequeñas pastillas rosas, otras azules y otras eran como obleas traslúcidas.

—Premio… —se dijo, y se las guardó todas en los bolsillos de la sudadera y del pantalón de chándal. Regresó hacia donde estaban los dos malheridos, sujetando el rifle bajo un brazo mientras usaba las manos para abrir una de las bolsitas y coger una oblea, la cual se la metió en la boca, debajo de la lengua—. ¿De dónde habéis sacado esta arma? ¿No sabéis que fue creada para eliminar a gente como vosotros y no para ser usada por gente como vosotros?

Los dos hombrecillos se miraron, temblorosos.

—¿V-v-vas a matarnos…? —preguntó uno de ellos.

Neuval los miró en silencio durante un rato. Era lo mismo de siempre, repitiéndose por milésima vez desde que tenía memoria. Una parte de él quería despedazarlos por simple diversión. Otra parte, quería parar de una vez, apiadarse de ellos, curar sus heridas y ayudarlos a reformarse. Luego miró pensativo al techo.

—Qué buena pregunta… —resopló, indeciso.

«Lo estás deseando» le dijo su voz en su cabeza.

—Tú no decides —habló en voz alta.

«Puedes robar los caramelos que quieras de quien quieras sin siquiera hacerles un rasguño. Pero llevas toda la madrugada dejándome meterle una barra de hierro a un pedófilo por su culo y partir huesos por placer. Déjame salir… y deja de sufrir».

—Mmgh… —gruñó Neuval, cerrando los ojos un momento al ver un destello, y se rascó otra vez la frente, empezando a hacerse sangre—. Tú eres el causante…

Los dos criminales volvieron a mirarse, esta vez, extrañados, preguntándose con quién estaba hablando. Pero justo en ese instante vieron cómo su rostro cambiaba por completo, con una sonrisa aterradora, y las pupilas de sus ojos blancos de repente se encogieron, enfocándose en sus presas como los de un depredador.

—Pero ya que estoy… —dijo con una voz siniestra, agachándose frente a ellos y agarrando el cuello de la chaqueta de uno de ellos.

«Un momento… ¿Qué haces?» se dijo con sorpresa. «¡Para! Yo he venido a esto» soltó la chaqueta del hombrecillo y se alejó un paso, y volcó todo el contenido de la bolsita de obleas translúcidas en su boca. «¡A frenarte!».

—¡Bufgh! —tosió un poco; esa otra parte de él intentó escupirlas, pero logró impedírselo y se las tragó todas—. ¡Hahah! —se echó a reír de repente, y se quedó con los ojos cerrados, notando un inmediato cosquilleo por toda su espina dorsal—. Lo vas a pagar caro…

«Si todo este ácido sirve para acabar con esta pesadilla… pagaré el precio que sea».

—Idiota, ¿no te has dado cuenta? —sonrió de nuevo, abriendo los ojos, y ambos le brillaban de una escalofriante luz plateada—. Ahora soy yo el que está fuera.

«No… ¡Para!».

—Dios santo… —sollozó uno de los criminales, observando con expresión de terror la imagen de ese hombre, al que le brillaban los ojos como dos lunas llenas. Pero no fue lo único. Su sonrisa no mostraba dientes, sino dos filas enteras de colmillos, y en su frente aparecieron dos sutiles bultos—. ¿Qué… criatura es esa…?

—Señor, apiádate de nosotros, perdónanos, tennos en misericordia… —se había puesto a rezar el otro, con los ojos cerrados, para no ver lo que tenía delante.

—¡Ahí está! —se oyó exclamar a alguien—. ¡Ahí, es él!

Neuval se giró y vio entrar en la nave a un grupo de veinte hombres armados con cuchillos, barras y bates de béisbol. Sus ojos volvieron a apagarse, de una forma intermitente, como si esa energía de su interior se resistiera sobre sí misma. Aquel grupo lo rodeó en un corro, con aire amenazante.

—¿Quién coño te has creído que eres? —le espetó el cabecilla, apuntándole con su bate—. Eres tú el que ha ido dando palizas a todos mis hombres por la ciudad, ¿no? ¿Crees que puedes robar mi mercancía y salir de rositas? Quítate la capucha, que te vea la cara, antes de que te la destrocemos.

«Para… ¡Para!».

—El universo me regaló una docena hace unas semanas y ahora me trae una veintena… Sssh… —aspiró entre dientes, con las pupilas de nuevo dilatadas. Vio algunos flashes de luz, como filamentos volando a su alrededor. Se tambaleó, le fallaba el equilibrio, sufriendo por fin los efectos de todo lo que había consumido—. Por favor, haced que merezca la pena…

—Puto loco… —masculló el cabecilla de la banda.

—¡No os acerquéis a él! —les gritó uno de los hombrecillos heridos, todavía arrodillado en el suelo junto al otro—. ¡No es humano!

—¿Os habéis puesto hasta arriba de pastillas también y veis alucinaciones como él? —bufó el jefe—. Tú, grandullón, más vale que sueltes ese rifle y esas bolsas —le ordenó a Neuval.

—No pienso darte lo que es mío, miserable humano —le gruñó fríamente, con las pupilas de nuevo encogidas.

No se molestó en guiñar su ojo al conectar con su elemento. Su ojo izquierdo brilló de la luz blanca habitual de su iris, y, con un simple dominio mental, sacó el aire de los pulmones del cabecilla, impidiéndole que entrara más. El matón soltó el bate al comenzar a ahogarse y entró en pánico, sin entender qué le pasaba, dando gemidos sordos, agarrándose la garganta, y agarrando a los hombres que tenía al lado en busca de auxilio.

—Pero ¿qué le pasa? —empezaron a alarmarse—. ¡Jefe!

—¡Os lo dije! —lloró uno de los malheridos.

—¿¡Qué le estás haciendo!? ¡Monstruo! —le gritaron todos a Neuval, furiosos, y se lanzaron sobre él para golpearlo con sus armas.

En el último segundo en que Neuval fue a cortar a todos por la mitad con su viento, esa otra parte de él retomó el control y, en lugar de eso, se tragó de una sentada las pastillas de otra bolsa. Cuando todos llegaron hasta él, recibió sus golpes. Apenas se defendió. Dejó que le dieran una paliza, aunque necesitaron múltiples ataques hasta lograr al menos partirle una ceja, ya que, siendo iris, tenía una fuerza superior.

Mientras varios de ellos lo doblegaron y lo mantuvieron de rodillas en el suelo sujetándolo de los brazos, otros le daban patadas en el estómago, y otros lo agarraron del pelo y le dieron golpes en la cara. Le habían quitado la capucha, pero Neuval ya tenía el rostro ensangrentado, especialmente por las heridas que él mismo se había hecho en la frente de tanto rascarse, y tampoco había mucha luz entrando en la nave de los focos exteriores del puerto.

Uno de ellos agarró su brazo derecho, le apartó la manga y le quemó la piel con un cigarrillo. Esto le trajo un recuerdo inmediato, una memoria lejana donde tenía unos 6 años y su madre, Lilian, lo agarró una vez por haber roto sin querer un vaso y le quemó con su cigarrillo en el dorso de la mano.

Otro de ellos le aprisionó el cuello con los brazos, y esto le trajo otra memoria lejana, donde tenía 9 años, y su padre, Jean, lo descubrió escapándose de casa por la noche. Jean lo frenó aprisionándole el cuello, casi ahogándolo. Vio otra vez, entre los destellos detrás de sus párpados, aquella silueta hecha de tinieblas, con dos ojos de luz plateada, hablándole con la profunda y tenebrosa voz de Jean, reprimiéndole que dejara de causar problemas o los expulsarían de ese mundo.

—¡Hahaha…! —Neuval se echó a reír a pesar de todo, y volvió a intentar liberarse de sí mismo. Se puso en pie, apartando a todos de una sacudida, y desactivó su iris, optando por no usarlo, y comenzó a contraatacar con sus propios puños, golpeándolos lo suficientemente flojo para partirles la nariz como mucho, procurando no volatilizarlos para simplemente hacerlo más divertido—. ¡Estoy teniendo una de las mejores noches en años! ¡Vamos!

—¡Cabrón!

Todos se enrabietaron más con él y le dieron más fuerte. Neuval sólo se reía, con los dientes manchados de sangre por la herida de su labio, dientes que a veces cambiaban de forma…

«Te odio…».

—¡Dadme el puto rifle! —ordenó el jefe de la banda después de unos minutos recuperando el aliento.

Estaba frenético por aquel fenómeno del que había sido víctima y, donde antes había hostilidad hacia ese encapuchado, ahora había miedo. Cuando varios de sus hombres lograron arrebatarle el rifle a su oponente y se lo dieron, el jefe lo cargó y apuntó hacia la cabeza de Neuval, el cual había acabado arrodillado en el suelo otra vez, exhausto y ensangrentado, pero todavía riéndose. Le daba vueltas la cabeza, su visión estaba nublada y sólo veía resplandores y formas abstractas.

—No conseguirás matarme… nunca… —murmuró con respiración pesada. Pero no se lo estaba diciendo a aquel criminal.

«Te odio más de lo que he amado a nadie nunca».

—A pesar de todos tus intentos pasados…

«Te odio…».

—Te odio…

Todos aquellos hombres, que se habían apartado de él, miraban expectantes a su jefe, preguntándose si de verdad iba a ejecutarlo de un disparo. Todos estaban nerviosos, y había miedo, y el miedo a veces superaba el sentido común. El jefe respiraba en tensión, sosteniendo el arma lo más firme que podía, sin terminar de decidirse. Le corrió una gota de sudor frío por la frente. Su oponente seguía ahí arrodillado con la mirada ida, pero había algo en él, algo emanando de él que estaba helando la sangre de todos, una energía oscura y vibrante. Cuando el jefe miró sus manos, apoyadas inertes sobre sus piernas, no vio unas manos de aspecto humano, y aquello lo espantó.

—¡Demonio! —gritó, y decidió apretar el gatillo sin dudarlo.

Sonó un disparo, pero de otra parte. Algo impactó contra el rifle, que se soltó de las manos del cabecilla y cayó unos metros más allá. Todos se sobresaltaron y miraron en todas direcciones, poniéndose en guardia con sus armas.

—¿¡Quién anda ahí!?

—¿¡Un cómplice suyo!?

Callaron sus voces y se hizo un silencio súbito. Entonces, al escuchar una pisada, todos miraron hacia otro punto de la nave, donde vieron a un joven, de cabello caoba, ojos azules y con gafas, saliendo de detrás de una columna y mostrándose ante ellos con expresión tranquila y seria. Tenía un arma en las manos, una pistola grande y de diseño extraño, de culata gris y un cañón cuadrado y negro, que a veces tenía pequeñas corrientes de luz azulada brillando por sus aristas.

Lex cambió el tipo de munición de su pistola Maître manejando su panel electrónico con el pulgar y volvió a apuntar hacia ellos. En concreto, apuntó hacia el rifle de allá en el suelo y disparó. En lugar de una bala, fue un pequeño proyectil explosivo que hizo pedazos el rifle. Después apuntó al arcón de allá junto a los contenedores y disparó otro explosivo, incinerando todo su contenido, incluidas las otras armas que esa banda guardaba ahí.

Los hombres se sobresaltaron ante las dos pequeñas explosiones, y miraron perplejos al recién aparecido. Se quedaron paralizados por un momento, pensando que ahora les dispararía a ellos. Sin embargo, en lugar de eso, Lex desactivó el cañón de la Maître, haciéndolo desaparecer, y volvió a guardarse la culata plateada en el bolsillo trasero de su pantalón. El caso es… que no quería malgastar la munición de un arma tan especial en unas simples ratas.

Aquellos criminales se miraron incrédulos y confusos, pero cuando vieron que Lex comenzó a caminar hacia ellos con aire amenazante y sereno, lo tomaron como una osadía estúpida y varios de ellos fueron a por él.

Lex esperó su llegada, y fue esquivando todos sus ataques con una destreza concentrada y constante, poniendo en práctica todo el entrenamiento de lucha que había recibido desde que era pequeño. Había entrenado con iris, así que, combatir con esos 20 humanos era casi triste, como pelear contra un puñado de pingüinos. Lex fue devolviendo los golpes en el momento preciso, y en los puntos precisos del cuerpo. Ya había dejado a tres noqueados en el suelo.

—¡Hahaha…! —se rio Neuval cuando recuperó un momento la visión y reconoció a Lex. Se volvió a poner en pie, tambaleándose un poco, pero corrió hacia ellos y se unió a la pelea—. ¡Esto no hace más que mejorar!

Lex lo vio demasiado exaltado con su llegada ahí, y sus intenciones de producir daños mucho más graves a esos criminales. Por eso, mientras esquivaba los golpes de algunos de ellos, se aproximó a su padre, lo agarró por detrás y lo lanzó a un lado, separándolo de la trifulca, para después volver a enfrentarse a sus atacantes.

—¿¡De qué vas!? —protestó Neuval, incorporándose un poco sobre el suelo. Le costó ponerse en pie, su mareo era más fuerte ahora. Por eso, cuando se puso en pie a duras penas, se apoyó en la columna que tenía al lado y acabó vomitando—. Hah… aguafiestas…

En ese momento, Lex ya había dejado a 16 hombres inconscientes en el suelo, y los otros cuatro, que apenas se tenían en pie y tenía las caras hinchadas a golpes, todavía lo intentaban atacar. Uno de ellos le digirió una estocada con su cuchillo, pero Lex, esquivándolo en una fracción de segundo, aprovechó su movimiento para darle un empujón extra a su codo y su oponente terminó clavándole el cuchillo a uno de sus compañeros en el hombro, quien gritó de dolor, y Lex remató al primero golpeándolo en la nuca con la culata de la Maîte. Quedaban dos en pie, el jefe y otro más grandote.

—Voy a destriparte, muchacho —le gruñó el jefe, exhausto y rabioso, apuntándole con un machete—. Hijo de perra… cabrón… mestizo de mierda… Te voy a…

Antes de poder acabar la frase, Neuval se abalanzó sobre él con brutalidad y rodaron por el suelo.

—No le hables así, escoria humana —le gruñó Neuval, aprisionándolo por detrás y comprimiendo su cuello con su brazo—. Habrá que quitarte esa lengua tan sucia… —le intentó meter la mano en la boca para arrancarle la lengua—. Dime, ¿qué decías que ibas a hacerle? Termina la frase ahora. Yo te dejo que me hagas lo que quieras, pero si le pones una mano encima a él, te destripo…

—¡No! ¡Déjalo! —le exigió Lex, ocupado en la lucha contra el otro hombre que quedaba.

—¡No me vengas con sermones! —replicó Neuval, enfadado—. ¡Nadie te ha llamado! ¡Yo no te he llamado! ¡No tenías que estar aquí!

Lex procuró no contestarle ni darle ninguna conversación. Sabía que ese no era su padre, al menos no la parte de él con la que se podía razonar. Pero no podía dejarle volver a matar a nadie, aunque fueran criminales, sin el permiso de Alvion, porque ya bastantes problemas había tenido con sus últimas doce víctimas de hace unas semanas. Si seguía cayendo por esa rampa, temía que volviera a repetirse el episodio catastrófico de hace siete años, cuando murió su madre.

Neuval volvió a ser víctima de unas fuertes náuseas, algo que aprovechó el jefe de la banda para zafarse de él, dándole un codazo en la sien. Neuval logró mantenerse en pie, pero se llevó una mano a la cabeza. Le dolía muchísimo, pero no fue por el codazo, sino que sentía algo dentro haciendo presión. Parpadeaba erráticamente, viendo más luces y alucinaciones.

El jefe de la banda recuperó su machete y se puso en guardia, apuntándole con el arma con brazos y rodillas temblorosas. Y volvió a ver un suceso insólito, aterrador… En la frente de su contrincante brotó más sangre, porque había algo bajo su piel, bajo su cráneo, rasgándosela.

—Te lo advierto, monstruo… —lloriqueó el cabecilla, muerto de miedo, viendo dos afiladas puntas negras saliendo de esa frente.

—Tú… —balbució Neuval, observándolo con ojos mareados y cansados, emitiendo una parpadeante e inestable luz plateada. Vio cosas que no estaban ahí, vio que ese criminal esmirriado de repente se volvía obeso, corpulento, y calvo, y en la cara tenía una máscara dorada de un buda sonriente—. Tú… —gruñó Neuval con ira.

—¡Para! ¡Cálmate! —le gritó Lex, mientras terminaba de noquear a su adversario por fin.

—Hombre Dorado… te rajé el cuello… no deberías… —Neuval empezó a entrar en pánico cuando le invadieron esos traumáticos recuerdos, y al mismo tiempo, a hervirle la sangre de ira, oyendo en su cabeza ecos de la grimosa voz aguda del Hombre Dorado—. No me toques… ¡¡No vuelvas a tocarme!!

En el momento en que Neuval se lanzó hacia él con garras negras y colmillos blancos, Lex lo embistió a tiempo.

Lex venía desde el principio con una única intención si finalmente hallaba a su padre en este estado límite. Se estaba repitiendo ese comportamiento, le estaba dominando esa otra maldad que no era su majin. La última vez, hace siete años, Lex aún no se explicaba cómo lo hizo, o qué sucedió. Lo que sí sabía es que de alguna manera funcionó. Causó un efecto eficaz e inmediato, y ahora el joven no tenía más remedio que volver a confiar en que volvería a funcionar, porque no había más alternativas.

Aprisionó a su padre por la espalda y colocó su mano sobre su frente. Esta vez, notó algo raro, el tacto de algo afilado. Estando a sus espaldas, no podía verlo con los ojos, y no entendía qué estaba tocando. Quizá su padre se habría clavado unos cristales en la frente durante la pelea, o unas piedras…

Nada de eso importaba ahora, porque, una vez más, ocurrió lo mismo de la última vez. Lex notó que su mano se adhería a la frente de su padre con una fuerza inexplicable, y notó una abrasión, pero no era dolorosa. No pudo despegar la mano de su frente hasta pasados unos segundos más, cuando de repente Neuval se quedó sin energías y se desplomó sobre el suelo.

Sus dientes, su frente, sus manos… todo volvía a tener un aspecto normal, aunque quedaron las heridas. Lex se quedó arrodillado a su lado recuperando el aliento. Se miró la mano. Sus uñas estaban negras, pero enseguida volvieron a su color normal. Realmente no lo entendía, y debería resultarle de lo más aterrador. Pero estaba aliviado. Lo habría logrado. Había llegado a tiempo, otra vez.

Se dio cuenta de que el cabecilla de la banda había echado a correr despavorido, dirigiéndose a la lejana salida de la nave. Lex sacó la culata de Maître otra vez, materializó el cañón y eligió un proyectil de goma; apuntó bien y disparó. Le dio en la nuca, y el criminal cayó inconsciente al suelo.

—No tenías que estar aquí… —oyó la voz de su padre de repente, sonando en un sollozo. Neuval entreabrió los ojos, y le cayeron lágrimas del más puro agotamiento y hartazgo—. Vete… Déjame, por favor…

—Tranquilo —le dijo Lex con voz serena, mientras se ponía en una postura específica, agarrando su brazo, y, con un poco de destreza y un impulso, cargó con él a la espalda. Pesaba bastante, pero Lex estaba en buena forma, y había aparcado el coche cerca—. Siento estropearte esta caída libre tuya hacia la autodestrucción, pero, una vez más, no vas a escaquearte de este mundo tan fácilmente. Por Dios, estás hecho un asco… ¿Cuánto has consumido?

Neuval no dijo nada. Se había quedado inconsciente sobre su espalda.





Comentarios