3º LIBRO - Presente y Futuro __ PARTE 1: Identidad __
Ya era un poco tarde y el barrio a las afueras de la ciudad estaba, como siempre, silencioso y desértico. Los vecinos estaban terminando de cenar en sus chalets de lujo o yéndose a dormir temprano, ya que mañana era lunes. Pero no en todas las casas se desenvolvía la misma situación de normalidad.
El viejo Lao se encontraba ahora mismo en la casa de los Vernoux. Hacía años que no entraba en esa vivienda, por las circunstancias pasadas. Ahora las circunstancias no estaban parando de cambiar. Llevaba una hora ahí esperando, sentando en el salón, mirando el reloj de vez en cuando, con el móvil en las manos, preguntándose si ya debería empezar a preocuparse y llamar.
Sin embargo, justo cuando se decidió a hacerlo, le pareció oír una voz grave familiar. Sonaba fuera de casa. Extrañado, se acercó a uno de los ventanales, apartó la cortina y miró al exterior. Ahí, en mitad del jardín delantero, encontró a Neuval tendido sobre la hierba, bocarriba, como un pelele. Lo preocupante no era eso; lo preocupante era que estaba hablando solo en voz alta. A veces levantaba los brazos y hacía gestos, como si estuviera teniendo una conversación con el cielo.
«Madre mía… Otra vez no…» pensó el viejo Lao, saliendo de la casa, creyendo que Neuval había vuelto a perder el norte, el sur y un poco del oeste. Cuando caminó hasta él, este seguía hablando solo, en francés, mirando a las nubes. Por eso, cuando Lao se inclinó hacia él y puso su cabeza en su campo de visión, mirándolo fijamente con su ojo de luz roja brillando un poco en esa oscuridad, Neuval se quedó mudo al instante, con cara de susto.
—Hola… —lo saludó Lao, poniendo un tono casual.
—Hola… —respondió Neuval del mismo modo, arqueando una ceja—. Señor Lao.
—¿Me puede explicar qué bemoles está haciendo aquí tirado, señor Vernoux?
—¿No deberías aclarar tú primero qué haces en mi casa?
—Ay… por Dios bendito… —suspiró el viejo, y se sentó sobre la hierba a su lado, apoyando los codos en las rodillas—. Acabarás dándole una idea equivocada a algún vecino y llamarán a la policía.
—¿Qué idea?
—Que hay un loco drogadicto con pinta de vagabundo tumbado en la parcela privada del ilustre Neuval Vernoux.
—Les diré que soy Valneu Vernoux, el hermano gemelo descarriado —se encogió de hombros—. Y que estoy hablando telepáticamente con Neuval.
—Sabes que los gemelos no funcionamos así, ¿verdad? —se rio Lao.
—Ah, ¿no? ¿No estabais mentalmente conectados el tío Kai Shen y tú?
—Más allá de pronunciar a veces las mismas palabras o expresiones al unísono o de reaccionar a algo haciendo la misma mueca o gesto… rara vez nuestros pensamientos coincidían.
—Pero me dijiste que erais idénticos.
—Físicamente —asintió Lao—. Pero Kai Shen era el tranquilo y sensato. Y yo… el alborotador inquieto.
—Hah… justo como Kyo y You —comentó Neuval, curioso—. De todas formas… yo soy un telépata, al fin y al cabo.
—Ya, pero eso no lo saben tus vecinos humanos, ni deben.
Dejaron pasar un rato de silencio. Después, Neuval volvió a girar la cabeza sobre la hierba para mirarlo.
—¿Por qué has venido? ¿Para hablar de la misión?
—En parte —asintió Lao, y sacó una memoria USB de su bolsillo y se la dio—. Acertaste con tus sospechas. La base con el laboratorio clandestino que Drasik y Brey han desmantelado esta mañana sí era una subcontrata ilegal con mercenarios ya veteranos dirigiéndola, los cuales Brey y Drasik ya han desvivido. Allí todos sabían lo que hacían y para qué iba a usarse, pero mi fábrica de envasados y transporte ha resultado ser un chivo expiatorio. Recibían el compuesto químico, el que Drasik ha confirmado, bajo una falsa etiqueta de encargo autorizado gubernamental, creyendo ser legítimo.
»Me he infiltrado como operario, y no cabe duda, allí sólo había inocentes ignorantes siendo utilizados. Lleva quince años siendo una fábrica legítima y normal. Y, como esperábamos, el producto ya había salido de allí, según los registros, hace tres días. Así que no ha sido necesario destruir y desmantelar el lugar. Hay que seguir persiguiendo el rastro del producto. Y ahí te he puesto los diferentes destinos que programaron en los camiones que salieron de la fábrica hace tres días. Hay que averiguar cuál de todos esos camiones se llevó el compuesto y a dónde, porque, por supuesto, ese dato fue borrado de los registros.
—Vaya… Siento haberte dado la parte más aburrida de la misión —dijo Neuval, observando el pequeño pendrive sobre sus ojos—. Esperaba que tuvieras algo más de suerte y encontraras el compuesto todavía allí. Y al incinerarlo todo con tu fuego, los avispones te atacarían con sus armas y te divertirías un poco con ellos.
Los “avispones” era como los iris solían llamar a los típicos guardias o matones armados que las bandas de tráfico o terrorismo solían enviar a vigilar cada lugar donde el producto ilegal que manejaban tenía que pasar como cadena de producción.
—No había avispones.
Neuval giró la cabeza de nuevo hacia él, mirándolo con genuina sorpresa.
—No había —repitió Lao, estando de acuerdo con él en que no era lo normal—. Ni disfrazados, ni encubiertos ni escondidos por ningún lado. No había nadie en toda la fábrica con un arma más letal que un cúter o unas tijeras.
—Así que nuestros terroristas… o bien tienen plena confianza en la pobre e inocente fábrica, o bien no les preocupa el estado de su producto lo suficiente como para vigilar toda su cadena de producción.
—¿Te das cuenta de lo que tenemos aquí?
—Una misión con una rareza… Me encantan ese tipo misiones —afirmó Neuval, aunque seguía sorprendido, y miró de nuevo al cielo, pero con algo de escama—. Pero no es una rareza interesante… es bastante absurda… —murmuró para sí mismo—. Tu parte de la misión ha sido absurdamente fácil… hm… —se quedó un poco ensimismado pensando en esto, dándose golpecitos en los labios con el pendrive, comenzando a olerse algo que no encajaba del todo.
—Al menos he podido confirmar tus sospechas. No es ninguna sección militar corrupta del Gobierno ni tampoco una banda anarquista organizada. Nuestros terroristas son una empresa encubierta. Si trabajan fácilmente con este tipo de procesos con productos químicos, puede ser una supuesta farmacéutica, o alimentaria…
Los dos se quedaron en silencio un rato, dejando ese tema aparcado. Se encontraron los dos mirando juntos el mismo paisaje de la ciudad en la lejanía, bajo el cielo oscuro. Ese barrio estaba en una zona elevada de las afueras, tenía buenas vistas. Pero ese silencio compartido sólo era un pausa necesaria.
—He venido aquí, principalmente… —comenzó a explicarle el viejo—… porque terminé mi misión hace una hora y pico, descubriendo varias llamadas perdidas de Mei Ling a mi teléfono. La llamé de vuelta, y me dijo que era mejor que te preguntara a ti o a Pipi. Como no respondías al teléfono, pasé por la casa de Pipi. Acababa de llegar, y me dijo que habíais tenido una reunión urgente durante la tarde. Y… me lo ha contado todo.
Hubo otro silencio entre los dos. No hacía falta añadir nada más. Neuval sabía que Lao estaba tan abrumado por lo descubierto como los demás.
—Entonces Haru ha llamado a Pipi, diciéndole que no conseguía localizarte y que tenía que marcharse ya a casa, pero no quería dejar a Yenkis solo. Así que… me he ofrecido yo a venir aquí a hacerme cargo de Yenkis para que Haru pudiera ir a ver a Pipi en persona y ponerse al corriente de todo lo descubierto en la reunión.
—Mm… —asintió tranquilamente, volviendo a mirar al cielo y poniendo una mano sobre lo que parecía un bulto sobre su vientre, por debajo de la sudadera cerrada—. ¿Qué tal le ha ido a Haru? ¿Te ha comentado algo?
—Antes de marcharse, le he preguntado qué tal el primer día de entrenamiento. Normalmente, Haru es muy elocuente y detallista con las respuestas, pero… se quedó largo rato mirándome callado, para después decirme: “Jamás he visto un nivel de poder y de aprendizaje igual en ningún iris”. Y se fue.
—¿En serio? —frunció el ceño—. Pero… ¿te lo dijo preocupado… o más bien satisfecho?
—Lo percibí mayoritariamente fascinado y perplejo. Pero con una mínima preocupación.
—¿Por si Yenkis tiene mala conducta?
—No… Por si será capaz de manejar semejante poder, por muy buenas intenciones que tenga.
—Hahh… Sólo es un niño —insistió Neuval con un suspiro molesto.
—Tú también lo eras cuando comenzaste a crear tornados como los de Júpiter o a aplastar montañas con un simple aspaviento de tus manos —objetó Lao, pero Neuval no dijo nada, siguió manteniendo esa cara molesta—. Por mucho que no lo quieras admitir, Neu, Yenkis ha nacido diferente. Y apartarlo de lo que realmente es no lo protegerá. Al contrario.
—Yo sé ocuparme perfectamente de mi propio hijo. Si no os importa a Alvion, a ti, a los monjes y al resto de la gente ahorraros las opiniones.
—Como quieras. Pero tú has preguntando cuál es la opinión de Haru y ya te la he dicho. Tú sabrás cómo entenderla. Y de eso hace ya más de una hora, Neuval. ¿Dónde has estado después de la reunión?
—Oh… Pues… Vi conveniente hacer una rápida visita al Hangar 1 para dar directrices a los almaati y demás iris de Tokio para que cesen la actividad aérea un par de días, por seguridad.
—Ah, sí —entendió Lao, mirando un momento al cielo sobre la ciudad—. Los helicópteros policiales han estado hoy más fastidiosos de lo normal. ¿Habrá sido por orden de Hatori, por alguna razón?
Neuval se mordió la lengua, y volvió a encogerse de hombros con disimulo, apoyando la nuca cómodamente sobre las manos. Seguía esperando que a Hatori se le pasase el cabreo en uno o dos días más, después de creer que Fuujin había entrado en su casa, husmeado en su ordenador y huido con un balazo en la cadera.
—Neu… Yenkis está ahora en su cuarto haciendo los deberes. Ha terminado agotado, tras su primer día de entrenamiento. Él no me ha dicho nada, pero en este rato que he pasado con él, he detectado en sus gestos, voz y comportamiento un gran sentimiento de culpa y vergüenza pesando sobre sus hombros cuando me preguntó por ti y cuándo ibas a volver. Dime… ¿os habéis peleado? —preguntó con tono cauteloso, esperando no entrar en nada delicado.
—No —suspiró Neuval, cerrando los ojos.
—Entonces… ¿Se ha metido en un lío, o ha hecho algo malo?
—Eso es sólo un asunto entre él y yo —dijo tajante, indicando con ello que no quería compartir con él ese tema.
—Pues ha debido de ser algo bastante grave —murmuró para sí mismo, detectando ahora en Neuval, no sólo un tono molesto, sino, más bien, lleno de un estrés contenido. Por eso, el viejo tardó un par de minutos en preguntarle lo que realmente quería saber—. Sé sincero, por favor. ¿Debería preocuparme?
—Ya te he dicho que es un asunto entre él y yo, y por ahora lo tengo bajo control…
—Me refiero a ti —le interrumpió, girándose hacia él para mirarlo a los ojos—. Todo lo que ha pasado… Izan… Clover… Viernes… —miró de reojo la casa de al lado, donde ya sabían que solamente estaban Evie y su padre, ignorantes de toda la verdad—. Y… la salud de Alvion… —añadió con un tono más abatido, una noticia que a él le había dolido especialmente—. Sé que son demasiadas cosas, y muy graves, y cualquiera de nosotros se estresaría y perdería la calma…
—¿Qué quieres preguntarme exactamente? —se cansó Neuval.
—¿Por qué estabas aquí en el suelo hablando solo?
—¿Solo? —frunció el ceño—. Oooh… No, no —comprendió, y se incorporó por fin, quedándose sentado—. No estaba hablando solo, estaba hablando con Katyusha.
—¿En… voz alta? —insistió Lao, pensando que se refería a tener una conversación imaginaria con Katya.
—¿Cómo sino podría oírme? —se rio.
Lao no dijo nada, se lo quedó mirando con una cara el doble de preocupada.
—¿Estabas… creyendo hablar con Katya de verdad?
—¿Qué? ¡Oooh, no, no, no! —volvió a reírse, captando el malentendido—. No con Katyusha 1, sino con Katyusha 2.
—Hijo, ¿de qué demonios me estás hablando? —empezó a asustarse Lao.
—Oh, espera —Neuval se bajó la cremallera de su sudadera negra unos centímetros, y de repente asomó la cabeza de una gata tricolor, un poco sucia y de ojos verdes, que ronroneaba.
—Miaah…
—Nos conocimos este mediodía mientras estaba tumbado en la acera un par de calles más abajo —señaló a una dirección.
Lao pestañeó fuerte un par de veces. Por un lado, le aliviaba descubrir que Neuval estaba hablando en voz alta, al menos, con un ser vivo real, pero se volvió a quedar preocupado con esa supuesta imagen de él tumbándose por las aceras de las calles por ninguna absoluta razón.
—¿La has llamado Katyusha? —le preguntó con tristeza.
—¡Por supuesto! ¿Has visto sus ojazos de jade verde? Cuando me mira, me los clava letalmente de manera juzgadora, pero, al mismo tiempo, no puede ocultar su amor por mí. Por eso, cuando he vuelto al barrio hace un rato, ha vuelto a encontrarse conmigo y me preguntó si podía seguirla y ayudarla…
—¿Estás otra vez imaginando que te hablan los animales?
—¡No! Bueno… digamos que es una interpretación, ¿vale? —se defendió Neuval—. Y menos mal que hice caso, porque gracias a eso, ¡he podido encontrar a toda la familia! —exclamó contento, mientras terminaba de bajar la cremallera del todo, y unos seis minigatos adormilados cayeron rodando por su regazo como croquetas hasta la blanda hierba.
—¿¡Pero qué dem-…!? —se sobresaltó Lao, llevándose un susto.
—Lo sé, a mí también casi me da un infarto de ternura. Te los presento. Ya conoces a la mamá, Katyusha 2 —rascó la barbilla de la gata adulta, que se sentó tranquilamente junto a sus seis crías, que tenían apenas tres semanas de edad—. Mira, este tan formal y tranquilo es Lexien 2 y esta que no para de escapárseme todo el rato es Cleven 2. Luego, esta que tiene el maullido más bonito del mundo es Monique 2, y aquí tenemos a los grandotes, Sai 2 y You 2.
Lao agachó la cabeza un momento. No dijo nada, pero ya entendía lo que le pasaba. Neuval solamente estaba buscando el modo de lidiar con las cosas. Cuando eran muy graves o confusas, siempre le venían estos comportamientos raros, estrambóticos o contrarios a los que debería tener. Se le perdía la mente por varias direcciones y le costaba un rato escoger o encontrar un camino sólido.
Se dio cuenta de que le había presentado a cinco cachorros. Halló ahí a un sexto que, al contrario que sus hermanas de tres colores y hermanos de dos colores, era completamente negro.
—Hm… Y esta bolita negra, ¿cómo se llama? —preguntó, rascando con su enorme dedo meñique la cabecita del susodicho.
—Ah… Ese se llama Ichi 2 —sonrió Neuval—. Se estaban muriendo de frío entre unos matorrales, rodeados de barro y restos de nieve. Menos mal que he sabido escuchar a Katyusha 2 y… los he encontrado… —se le fue apagando la voz—… los he salvado a tiempo…
Lao comenzó a notar ese declive.
—He llegado a tiempo para salvarlos a todos… Mañana dicen que caerá una nevada. ¿Te imaginas si no hubiera llegado a rescatarlos? Mañana estarían todos muertos… —insistió Neuval, pero ya se agotaron las fuerzas para mantener esa fachada, y su voz se quebró en la última palabra.
Consciente de esto, se levantó del suelo y se alejó un par de pasos, dándole la espalda a Lao. Se llevó una mano a la cara y sollozó en silencio. El viejo sabía que tarde o temprano pasaría. Conocía a Neuval mejor que nadie, sus límites, cuándo fingía y cuándo no. Esta sí era una reacción normal a todo lo que hoy había pasado. Esta era la reacción normal que Lao esperaba. Por tanto, se puso en pie y se quedó a su lado, posando una cálida mano sobre su hombro.
—Hemos perdido a Ichi definitivamente… —se lamentó Neuval, dejando salir las lágrimas de siete años de esperanza echadas por tierra—. Ichi ha muerto… Si Hideki, Emiliya y Katya estuvieran vivos y se enteraran de esta noticia… los destrozaría… Y Lex, ¿qué voy a decirle? ¿Cómo lo miro a la cara y le digo que su mejor amigo desde que nació ha muerto porque no he sabido ayudarlo después de habérselo prometido? Y hoy he visto cómo el iris más racional del mundo se partía y se caía trozo a trozo. Si hubieras visto a Brey hoy, Lao… No hay ningún ser bueno en este mundo a salvo del dolor. Ni siquiera él. El que se supone que no podía sentir.
—El iris no nos impide sentir. Solamente nos ayuda a no perder el control. En el caso de Brey… él siente de otra forma.
—Es todavía un crío… Apenas tiene 20 años y ya está sufriendo lo que ningún padre debería sufrir jamás.
—No los ha perdido para siempre. Los mellizos están vivos, y los recuperará. Nos encargaremos de que así suceda, aunque sea lo último que hagamos. Brey sigue en pie. Es fuerte.
—Si no fuera por Yako…
Neuval se abstuvo en el último momento de contarle lo que Brey había estado a punto de hacer hoy, después de sentir haberlo perdido todo y de fracasar en el sentido de su vida. No quería que Lao recordara su propia caída hacia ese mismo extremo inesperado cuando murió Sai.
Aunque Lao nació humano y después se había convertido como los demás, él y Brey tenían en común tener los iris de mayor cantidad de Yang y fuerza de control y de tener la mínima o nula cantidad de Yin en sus mentes. Sabía que Lao aún cargaba con la vergüenza de aquel intento de quitarse la vida hace diez años tras perder a Sai, cuando siempre había sido un fiel luchador contrario a esa idea y de impedir que los demás sucumbieran a ella, como cuando conoció a Neuval.
—No sé qué será capaz Izan de hacerle a Clover, pero si algo le pasara a esa niña… No puedo con más muertes, Lao, no puedo con más desgracias, te juro que no aguanto ni una más… Les suplicaría a los dioses si no fueran parte del problema… o a Alvion, si estuviera en su mejor estado de salud… o a Dios con mayúscula, si tuviera la certeza de que hay uno y escuchando… ¿A quién me queda rogarle si ya no quedan seres superiores con los que contar?
—Neu, no puedes perder toda la esperanza justo ahora. ¡No ha pasado ni un día! Si no vas…
—He vuelto a soñar con Monique —declaró, levantando la vista hacia él—. Hace dos días.
El viejo no dijo nada por un momento. No era algo desconocido para él, pero le sorprendía que lo anunciara ahora de aquella manera tan alarmista.
—¿En donde te cantaba la nana de las brisas y todo eso?
—Sí… —asintió ansioso—. Y mi propia voz volvía a interrumpirla, una y otra vez, diciendo lo mismo una y otra vez…
—¿Lo de… “sacar las alas negras”? —recordó Lao—. Hijo, sabes que los sueños a veces mezclan…
—Siempre que he tenido este sueño de ella, después ha ocurrido una tragedia o una catástrofe. Es un presagio, lo sé… —cerró los ojos, llevándose las manos a la cabeza, apuntando al cielo con agonía—. Se vuelve a acercar algo malo… lo sé…
—¡Pues lucharemos contra ello! ¡Como siempre hemos hecho! —se impuso Lao—. Nadie nos va a arrebatar a ningún ser querido más, Neuval. Nos prepararemos bien, empezaremos esta misma noche a pensar y planear. Detendremos a Izan y salvaremos a Clover y a los taimuki. Incluso si es cierto que son los dioses del Yin los que están detrás de Izan, los dioses del Yang los frenarán antes de que perjudiquen este mundo porque están programados y capacitados para ello. ¡Fueron creados para proteger el Equilibrio, no saben ni pueden hacer otra cosa!
—¿¡Y si en realidad nos enfrentamos a un enemigo desconocido!? —negó Neuval, alterado—. ¿Y si vuelven aquellos que asesinaron a mi Katya? ¿Qué coño eran esos? ¡No eran hombres! ¡Lo parecían, pero no eran seres normales! ¿¡Adónde se fueron!? ¡Tienen que estar todavía por ahí…!
—Neu…
—¿Cómo voy a poder mantenerme sobre el camino que elegí si otra cosa se apodera de mi mente una y otra vez quitándome mi capacidad de elegir?
—¿Qué? No, tu majin está bajo control, no va a…
—¡No hablo de mi majin! —gritó enfadado, sobresaltando a Lao—. No hablo de mi maldito majin… —repitió exasperado, dando unos pasos en círculo.
—Pe… Entonces, ¿a qué te refieres? —intentó apaciguarlo, sujetándolo de los hombros para que se estuviera quieto.
—No lo sé… No lo sé… Pero últimamente lo siento más que nunca. Noto que está ahí. Quiere volver a salir y destruirlo todo, como hace siete años… y masacrar a todos, como hace tres semanas… Siento que si esta vez vuelve a salir… nunca más volverá a meterse…
—¡No! ¡Neuval! —insistió Lao—. Tienes que quitarte de una vez esa idea. Es tu majin, no hay otra cosa…
—Lo recuerdo todo —terminó confesándole, mirándolo con ojos enrojecidos y agotados.
—¿Qué? —musitó Lao, soltándole los brazos.
—Recuerdo cada segundo… de mí mismo… colérico… destruyendo medio Japón… buscando a los asesinos de Katya por todas partes… Recuerdo cada sensación, cada pensamiento que se me cruzaba, mientras despedazaba a esos doce criminales del otro día en el callejón… Recuerdo el sabor de la sangre y de la carne del señor Orlov mientras lo destripaba con mis dientes… —se le perdió la mirada desquiciada a otra parte un momento, pero luego miró a Lao de nuevo—. Si hubiese sido mi majin… no recordaría nada de esas cosas.
El jardín se quedó al fin en un silencio absoluto. Se oía una respiración temblorosa, pero era la de Lao. El viejo estaba horripilado ante lo que acababa de oír. Estaba helado, una sensación imposible en un Ka. Pero no era por temor a Neuval, sino por aquello que lo traumatizaba hasta este punto.
Lao estaba convencido de que lo que Neuval creía recordar o saber sólo era una equivocada interpretación de las acciones que cometió con los pensamientos que tuvo después de recobrar su juicio. Tenía que ser su majin, sin duda, quien cometió esas atrocidades. Y después, al volver en sí y descubrir lo que su majin había hecho, Neuval se atormentaba y se imaginaba cómo pudo destruir esto, o atacar al otro, e imaginar cómo debía de sentirse su majin haciendo esas cosas, para luego atribuírselo todo a sí mismo y rellenar esas lagunas de memoria, propias de cualquier majin, con recuerdos supuestos.
No era sino fruto de una mente trastornada. Sólo eso. Neuval simplemente necesitaba seguir recibiendo apoyo, motivaciones, cosas buenas. Seguir aferrándose a las cosas que le recordaban su identidad. Sólo eso.
Lao lo abrazó sin decir nada, rogando que fuera suficiente para calmarlo. Neuval se quedó quieto, apoyado en su hombro, mirando a un rincón del jardín también sin decir nada más. Sabía que Lao no le creía. Quizá era mejor así.
—Neu… He estado hablando antes con Yenkis —le comentó, separándose de él—. Pensando que te vendría bien algo de espacio y privacidad, ya que es obvio que vas a ponerte a investigar, planear y organizar mil cosas, y teniendo en cuenta que Hana estará ausente un tiempo, no sé si te parece bien que me lleve a Yenkis. Sería sólo por unos días, para que puedas estar tranquilo y centrarte únicamente en la misión y en el asunto de Izan. Yenkis no sabe nada de todo ese problema, por supuesto, pero le he dicho que necesitas unos días para ti mismo, y lo ha entendido.
—Ah… ¿A tu casa? Pero tú tampoco tendrás tiempo para…
—No, no. A la casa de tu madre. También he hablado antes con ella por teléfono.
—¿Le has contado todo?
—Casi todo. Está al tanto, de lo justo y necesario. Me ha dicho que no tendrás que preocuparte por nada, que estará encantada de tener a Yenkis con ella unos días. Esta semana ella no trabaja, así que tiene plena disposición. Y Haru tampoco tiene problema para ir allí para las sesiones de entrenamiento. De hecho, le queda más cerca. Además, la casa de tu madre está más aislada y tiene un bosque al lado. Yenkis y Haru tendrán más libertad y privacidad para entrenar allí.
Neuval no dijo nada por un rato. Por un lado, le causaba una sensación melancólica, que su casa había terminado, finalmente, quedándose vacía. Pero, por otro lado, era una buena idea. Realmente necesitaba ese espacio, y mantener a Yenkis alejado de las desgracias y de los temas iris seguía siendo una prioridad.
—Sí. De acuerdo —respondió, y se puso a recoger a los seis gatitos del suelo, que habían estado moviéndose por la hierba, explorando. Los fue metiendo de vuelta dentro de su cálida sudadera, y se quedó con Katyusha 2 en un brazo—. Si encuentro otro gatito más, tendré que llamarlo Yenkis 2.
—¿En serio te los vas a quedar? ¿A todos? —se sorprendió Lao—. No puedes recoger cualquier cosa de la calle, están llenos de piojos y suciedad, y hay un par de ellos muy ariscos. A ver si te van a dar problemas…
Neuval se giró hacia él y lo miró con una pequeña sonrisa nostálgica. Lao entonces entendió la ironía, y se sintió un poco avergonzado por decir esas cosas.
—Tú al menos no tenías piojos.
—Porque no me encontraste dos meses antes —casi rio Neuval, mientras atrapaba a tiempo a Cleven 2, que había estado a punto de escaparse otra vez, y la metió de nuevo dentro de su sudadera—. Necesitan un hogar. Igual que yo tiempo atrás.
—Vale, pero hazme un favor —se acercó a él y acarició un poco a la gata adulta, que estaba muy a gusto sobre el brazo del Fuu—. Cámbiales los nombres.
Después el viejo pasó de largo y entró de nuevo en la casa para buscar a Yenkis. Al cabo de unos minutos, salió acompañado del muchacho, que portaba una pequeña maleta con ruedas, ya preparado. Al acercarse a su padre, primero se mostró un poco retraído, pero luego se sorprendió al ver a la gata en sus brazos.
—¡Eh! ¿De quién es este gato? —preguntó, sin poder resistirse a acariciarla.
—De nadie. Es su propia dueña —contestó Neuval.
—Oh… ¿Cómo se llama?
Lao cruzó una mirada con Neuval, esperando que no hiciera a Yenkis llamar al animal con el nombre de su difunta madre.
—Hélium —dijo finalmente.
—Ah… ¿Por qué suenan varios maullidos dentro de tu sudadera? Espera… ¿¡Has encontrado más!? —exclamó con ilusión—. ¿¡Vamos a quedárnoslos!?
Sin embargo, apagó su risa cuando volvió a encontrarse con la seria mirada de su padre. Seguía sintiéndose igual que antes respecto a él. Debía recordar que no era enfado, sino decepción. Iba a costar un tiempo volver a sustituirla por confianza. Por eso, el chico se abstuvo de volver a preguntarle por el cubito. Sabía que no se lo iba a devolver, no por ahora.
De todas formas, estaba vacío, ya que Yenkis borró todos los archivos y registros de actividad de él antes de volver a casa; su padre no tenía forma de averiguar qué uso le había dado. Y también, a pesar de que Yenkis guardaba un enfado hacia él por el hecho de que le había dado su sagrada guitarra a Haru, supo guardarse la arrogancia que no merecía tener ahora. Perder la guitarra no era nada comparado con perder la confianza de su padre.
—Entrenaré duro todos los días, te lo prometo. No causaré más problemas.
Lao sonrió al ver que, de todas las cosas que Yenkis podría haberle dicho ahora a su padre, había elegido decirle esa. Al final, Neuval bajó un poco la barrera, porque, ante todo, tampoco quería que Yenkis sufriera más de lo debido, mucho menos cuando el mundo ahora se había volcado entero alrededor de todos. Lo atrajo hacia sí con la mano que tenía libre y le dio un pequeño abrazo.
—Pórtate bien con tu abuela.
Ya era un poco tarde y el barrio a las afueras de la ciudad estaba, como siempre, silencioso y desértico. Los vecinos estaban terminando de cenar en sus chalets de lujo o yéndose a dormir temprano, ya que mañana era lunes. Pero no en todas las casas se desenvolvía la misma situación de normalidad.
El viejo Lao se encontraba ahora mismo en la casa de los Vernoux. Hacía años que no entraba en esa vivienda, por las circunstancias pasadas. Ahora las circunstancias no estaban parando de cambiar. Llevaba una hora ahí esperando, sentando en el salón, mirando el reloj de vez en cuando, con el móvil en las manos, preguntándose si ya debería empezar a preocuparse y llamar.
Sin embargo, justo cuando se decidió a hacerlo, le pareció oír una voz grave familiar. Sonaba fuera de casa. Extrañado, se acercó a uno de los ventanales, apartó la cortina y miró al exterior. Ahí, en mitad del jardín delantero, encontró a Neuval tendido sobre la hierba, bocarriba, como un pelele. Lo preocupante no era eso; lo preocupante era que estaba hablando solo en voz alta. A veces levantaba los brazos y hacía gestos, como si estuviera teniendo una conversación con el cielo.
«Madre mía… Otra vez no…» pensó el viejo Lao, saliendo de la casa, creyendo que Neuval había vuelto a perder el norte, el sur y un poco del oeste. Cuando caminó hasta él, este seguía hablando solo, en francés, mirando a las nubes. Por eso, cuando Lao se inclinó hacia él y puso su cabeza en su campo de visión, mirándolo fijamente con su ojo de luz roja brillando un poco en esa oscuridad, Neuval se quedó mudo al instante, con cara de susto.
—Hola… —lo saludó Lao, poniendo un tono casual.
—Hola… —respondió Neuval del mismo modo, arqueando una ceja—. Señor Lao.
—¿Me puede explicar qué bemoles está haciendo aquí tirado, señor Vernoux?
—¿No deberías aclarar tú primero qué haces en mi casa?
—Ay… por Dios bendito… —suspiró el viejo, y se sentó sobre la hierba a su lado, apoyando los codos en las rodillas—. Acabarás dándole una idea equivocada a algún vecino y llamarán a la policía.
—¿Qué idea?
—Que hay un loco drogadicto con pinta de vagabundo tumbado en la parcela privada del ilustre Neuval Vernoux.
—Les diré que soy Valneu Vernoux, el hermano gemelo descarriado —se encogió de hombros—. Y que estoy hablando telepáticamente con Neuval.
—Sabes que los gemelos no funcionamos así, ¿verdad? —se rio Lao.
—Ah, ¿no? ¿No estabais mentalmente conectados el tío Kai Shen y tú?
—Más allá de pronunciar a veces las mismas palabras o expresiones al unísono o de reaccionar a algo haciendo la misma mueca o gesto… rara vez nuestros pensamientos coincidían.
—Pero me dijiste que erais idénticos.
—Físicamente —asintió Lao—. Pero Kai Shen era el tranquilo y sensato. Y yo… el alborotador inquieto.
—Hah… justo como Kyo y You —comentó Neuval, curioso—. De todas formas… yo soy un telépata, al fin y al cabo.
—Ya, pero eso no lo saben tus vecinos humanos, ni deben.
Dejaron pasar un rato de silencio. Después, Neuval volvió a girar la cabeza sobre la hierba para mirarlo.
—¿Por qué has venido? ¿Para hablar de la misión?
—En parte —asintió Lao, y sacó una memoria USB de su bolsillo y se la dio—. Acertaste con tus sospechas. La base con el laboratorio clandestino que Drasik y Brey han desmantelado esta mañana sí era una subcontrata ilegal con mercenarios ya veteranos dirigiéndola, los cuales Brey y Drasik ya han desvivido. Allí todos sabían lo que hacían y para qué iba a usarse, pero mi fábrica de envasados y transporte ha resultado ser un chivo expiatorio. Recibían el compuesto químico, el que Drasik ha confirmado, bajo una falsa etiqueta de encargo autorizado gubernamental, creyendo ser legítimo.
»Me he infiltrado como operario, y no cabe duda, allí sólo había inocentes ignorantes siendo utilizados. Lleva quince años siendo una fábrica legítima y normal. Y, como esperábamos, el producto ya había salido de allí, según los registros, hace tres días. Así que no ha sido necesario destruir y desmantelar el lugar. Hay que seguir persiguiendo el rastro del producto. Y ahí te he puesto los diferentes destinos que programaron en los camiones que salieron de la fábrica hace tres días. Hay que averiguar cuál de todos esos camiones se llevó el compuesto y a dónde, porque, por supuesto, ese dato fue borrado de los registros.
—Vaya… Siento haberte dado la parte más aburrida de la misión —dijo Neuval, observando el pequeño pendrive sobre sus ojos—. Esperaba que tuvieras algo más de suerte y encontraras el compuesto todavía allí. Y al incinerarlo todo con tu fuego, los avispones te atacarían con sus armas y te divertirías un poco con ellos.
Los “avispones” era como los iris solían llamar a los típicos guardias o matones armados que las bandas de tráfico o terrorismo solían enviar a vigilar cada lugar donde el producto ilegal que manejaban tenía que pasar como cadena de producción.
—No había avispones.
Neuval giró la cabeza de nuevo hacia él, mirándolo con genuina sorpresa.
—No había —repitió Lao, estando de acuerdo con él en que no era lo normal—. Ni disfrazados, ni encubiertos ni escondidos por ningún lado. No había nadie en toda la fábrica con un arma más letal que un cúter o unas tijeras.
—Así que nuestros terroristas… o bien tienen plena confianza en la pobre e inocente fábrica, o bien no les preocupa el estado de su producto lo suficiente como para vigilar toda su cadena de producción.
—¿Te das cuenta de lo que tenemos aquí?
—Una misión con una rareza… Me encantan ese tipo misiones —afirmó Neuval, aunque seguía sorprendido, y miró de nuevo al cielo, pero con algo de escama—. Pero no es una rareza interesante… es bastante absurda… —murmuró para sí mismo—. Tu parte de la misión ha sido absurdamente fácil… hm… —se quedó un poco ensimismado pensando en esto, dándose golpecitos en los labios con el pendrive, comenzando a olerse algo que no encajaba del todo.
—Al menos he podido confirmar tus sospechas. No es ninguna sección militar corrupta del Gobierno ni tampoco una banda anarquista organizada. Nuestros terroristas son una empresa encubierta. Si trabajan fácilmente con este tipo de procesos con productos químicos, puede ser una supuesta farmacéutica, o alimentaria…
Los dos se quedaron en silencio un rato, dejando ese tema aparcado. Se encontraron los dos mirando juntos el mismo paisaje de la ciudad en la lejanía, bajo el cielo oscuro. Ese barrio estaba en una zona elevada de las afueras, tenía buenas vistas. Pero ese silencio compartido sólo era un pausa necesaria.
—He venido aquí, principalmente… —comenzó a explicarle el viejo—… porque terminé mi misión hace una hora y pico, descubriendo varias llamadas perdidas de Mei Ling a mi teléfono. La llamé de vuelta, y me dijo que era mejor que te preguntara a ti o a Pipi. Como no respondías al teléfono, pasé por la casa de Pipi. Acababa de llegar, y me dijo que habíais tenido una reunión urgente durante la tarde. Y… me lo ha contado todo.
Hubo otro silencio entre los dos. No hacía falta añadir nada más. Neuval sabía que Lao estaba tan abrumado por lo descubierto como los demás.
—Entonces Haru ha llamado a Pipi, diciéndole que no conseguía localizarte y que tenía que marcharse ya a casa, pero no quería dejar a Yenkis solo. Así que… me he ofrecido yo a venir aquí a hacerme cargo de Yenkis para que Haru pudiera ir a ver a Pipi en persona y ponerse al corriente de todo lo descubierto en la reunión.
—Mm… —asintió tranquilamente, volviendo a mirar al cielo y poniendo una mano sobre lo que parecía un bulto sobre su vientre, por debajo de la sudadera cerrada—. ¿Qué tal le ha ido a Haru? ¿Te ha comentado algo?
—Antes de marcharse, le he preguntado qué tal el primer día de entrenamiento. Normalmente, Haru es muy elocuente y detallista con las respuestas, pero… se quedó largo rato mirándome callado, para después decirme: “Jamás he visto un nivel de poder y de aprendizaje igual en ningún iris”. Y se fue.
—¿En serio? —frunció el ceño—. Pero… ¿te lo dijo preocupado… o más bien satisfecho?
—Lo percibí mayoritariamente fascinado y perplejo. Pero con una mínima preocupación.
—¿Por si Yenkis tiene mala conducta?
—No… Por si será capaz de manejar semejante poder, por muy buenas intenciones que tenga.
—Hahh… Sólo es un niño —insistió Neuval con un suspiro molesto.
—Tú también lo eras cuando comenzaste a crear tornados como los de Júpiter o a aplastar montañas con un simple aspaviento de tus manos —objetó Lao, pero Neuval no dijo nada, siguió manteniendo esa cara molesta—. Por mucho que no lo quieras admitir, Neu, Yenkis ha nacido diferente. Y apartarlo de lo que realmente es no lo protegerá. Al contrario.
—Yo sé ocuparme perfectamente de mi propio hijo. Si no os importa a Alvion, a ti, a los monjes y al resto de la gente ahorraros las opiniones.
—Como quieras. Pero tú has preguntando cuál es la opinión de Haru y ya te la he dicho. Tú sabrás cómo entenderla. Y de eso hace ya más de una hora, Neuval. ¿Dónde has estado después de la reunión?
—Oh… Pues… Vi conveniente hacer una rápida visita al Hangar 1 para dar directrices a los almaati y demás iris de Tokio para que cesen la actividad aérea un par de días, por seguridad.
—Ah, sí —entendió Lao, mirando un momento al cielo sobre la ciudad—. Los helicópteros policiales han estado hoy más fastidiosos de lo normal. ¿Habrá sido por orden de Hatori, por alguna razón?
Neuval se mordió la lengua, y volvió a encogerse de hombros con disimulo, apoyando la nuca cómodamente sobre las manos. Seguía esperando que a Hatori se le pasase el cabreo en uno o dos días más, después de creer que Fuujin había entrado en su casa, husmeado en su ordenador y huido con un balazo en la cadera.
—Neu… Yenkis está ahora en su cuarto haciendo los deberes. Ha terminado agotado, tras su primer día de entrenamiento. Él no me ha dicho nada, pero en este rato que he pasado con él, he detectado en sus gestos, voz y comportamiento un gran sentimiento de culpa y vergüenza pesando sobre sus hombros cuando me preguntó por ti y cuándo ibas a volver. Dime… ¿os habéis peleado? —preguntó con tono cauteloso, esperando no entrar en nada delicado.
—No —suspiró Neuval, cerrando los ojos.
—Entonces… ¿Se ha metido en un lío, o ha hecho algo malo?
—Eso es sólo un asunto entre él y yo —dijo tajante, indicando con ello que no quería compartir con él ese tema.
—Pues ha debido de ser algo bastante grave —murmuró para sí mismo, detectando ahora en Neuval, no sólo un tono molesto, sino, más bien, lleno de un estrés contenido. Por eso, el viejo tardó un par de minutos en preguntarle lo que realmente quería saber—. Sé sincero, por favor. ¿Debería preocuparme?
—Ya te he dicho que es un asunto entre él y yo, y por ahora lo tengo bajo control…
—Me refiero a ti —le interrumpió, girándose hacia él para mirarlo a los ojos—. Todo lo que ha pasado… Izan… Clover… Viernes… —miró de reojo la casa de al lado, donde ya sabían que solamente estaban Evie y su padre, ignorantes de toda la verdad—. Y… la salud de Alvion… —añadió con un tono más abatido, una noticia que a él le había dolido especialmente—. Sé que son demasiadas cosas, y muy graves, y cualquiera de nosotros se estresaría y perdería la calma…
—¿Qué quieres preguntarme exactamente? —se cansó Neuval.
—¿Por qué estabas aquí en el suelo hablando solo?
—¿Solo? —frunció el ceño—. Oooh… No, no —comprendió, y se incorporó por fin, quedándose sentado—. No estaba hablando solo, estaba hablando con Katyusha.
—¿En… voz alta? —insistió Lao, pensando que se refería a tener una conversación imaginaria con Katya.
—¿Cómo sino podría oírme? —se rio.
Lao no dijo nada, se lo quedó mirando con una cara el doble de preocupada.
—¿Estabas… creyendo hablar con Katya de verdad?
—¿Qué? ¡Oooh, no, no, no! —volvió a reírse, captando el malentendido—. No con Katyusha 1, sino con Katyusha 2.
—Hijo, ¿de qué demonios me estás hablando? —empezó a asustarse Lao.
—Oh, espera —Neuval se bajó la cremallera de su sudadera negra unos centímetros, y de repente asomó la cabeza de una gata tricolor, un poco sucia y de ojos verdes, que ronroneaba.
—Miaah…
—Nos conocimos este mediodía mientras estaba tumbado en la acera un par de calles más abajo —señaló a una dirección.
Lao pestañeó fuerte un par de veces. Por un lado, le aliviaba descubrir que Neuval estaba hablando en voz alta, al menos, con un ser vivo real, pero se volvió a quedar preocupado con esa supuesta imagen de él tumbándose por las aceras de las calles por ninguna absoluta razón.
—¿La has llamado Katyusha? —le preguntó con tristeza.
—¡Por supuesto! ¿Has visto sus ojazos de jade verde? Cuando me mira, me los clava letalmente de manera juzgadora, pero, al mismo tiempo, no puede ocultar su amor por mí. Por eso, cuando he vuelto al barrio hace un rato, ha vuelto a encontrarse conmigo y me preguntó si podía seguirla y ayudarla…
—¿Estás otra vez imaginando que te hablan los animales?
—¡No! Bueno… digamos que es una interpretación, ¿vale? —se defendió Neuval—. Y menos mal que hice caso, porque gracias a eso, ¡he podido encontrar a toda la familia! —exclamó contento, mientras terminaba de bajar la cremallera del todo, y unos seis minigatos adormilados cayeron rodando por su regazo como croquetas hasta la blanda hierba.
—¿¡Pero qué dem-…!? —se sobresaltó Lao, llevándose un susto.
—Lo sé, a mí también casi me da un infarto de ternura. Te los presento. Ya conoces a la mamá, Katyusha 2 —rascó la barbilla de la gata adulta, que se sentó tranquilamente junto a sus seis crías, que tenían apenas tres semanas de edad—. Mira, este tan formal y tranquilo es Lexien 2 y esta que no para de escapárseme todo el rato es Cleven 2. Luego, esta que tiene el maullido más bonito del mundo es Monique 2, y aquí tenemos a los grandotes, Sai 2 y You 2.
Lao agachó la cabeza un momento. No dijo nada, pero ya entendía lo que le pasaba. Neuval solamente estaba buscando el modo de lidiar con las cosas. Cuando eran muy graves o confusas, siempre le venían estos comportamientos raros, estrambóticos o contrarios a los que debería tener. Se le perdía la mente por varias direcciones y le costaba un rato escoger o encontrar un camino sólido.
Se dio cuenta de que le había presentado a cinco cachorros. Halló ahí a un sexto que, al contrario que sus hermanas de tres colores y hermanos de dos colores, era completamente negro.
—Hm… Y esta bolita negra, ¿cómo se llama? —preguntó, rascando con su enorme dedo meñique la cabecita del susodicho.
—Ah… Ese se llama Ichi 2 —sonrió Neuval—. Se estaban muriendo de frío entre unos matorrales, rodeados de barro y restos de nieve. Menos mal que he sabido escuchar a Katyusha 2 y… los he encontrado… —se le fue apagando la voz—… los he salvado a tiempo…
Lao comenzó a notar ese declive.
—He llegado a tiempo para salvarlos a todos… Mañana dicen que caerá una nevada. ¿Te imaginas si no hubiera llegado a rescatarlos? Mañana estarían todos muertos… —insistió Neuval, pero ya se agotaron las fuerzas para mantener esa fachada, y su voz se quebró en la última palabra.
Consciente de esto, se levantó del suelo y se alejó un par de pasos, dándole la espalda a Lao. Se llevó una mano a la cara y sollozó en silencio. El viejo sabía que tarde o temprano pasaría. Conocía a Neuval mejor que nadie, sus límites, cuándo fingía y cuándo no. Esta sí era una reacción normal a todo lo que hoy había pasado. Esta era la reacción normal que Lao esperaba. Por tanto, se puso en pie y se quedó a su lado, posando una cálida mano sobre su hombro.
—Hemos perdido a Ichi definitivamente… —se lamentó Neuval, dejando salir las lágrimas de siete años de esperanza echadas por tierra—. Ichi ha muerto… Si Hideki, Emiliya y Katya estuvieran vivos y se enteraran de esta noticia… los destrozaría… Y Lex, ¿qué voy a decirle? ¿Cómo lo miro a la cara y le digo que su mejor amigo desde que nació ha muerto porque no he sabido ayudarlo después de habérselo prometido? Y hoy he visto cómo el iris más racional del mundo se partía y se caía trozo a trozo. Si hubieras visto a Brey hoy, Lao… No hay ningún ser bueno en este mundo a salvo del dolor. Ni siquiera él. El que se supone que no podía sentir.
—El iris no nos impide sentir. Solamente nos ayuda a no perder el control. En el caso de Brey… él siente de otra forma.
—Es todavía un crío… Apenas tiene 20 años y ya está sufriendo lo que ningún padre debería sufrir jamás.
—No los ha perdido para siempre. Los mellizos están vivos, y los recuperará. Nos encargaremos de que así suceda, aunque sea lo último que hagamos. Brey sigue en pie. Es fuerte.
—Si no fuera por Yako…
Neuval se abstuvo en el último momento de contarle lo que Brey había estado a punto de hacer hoy, después de sentir haberlo perdido todo y de fracasar en el sentido de su vida. No quería que Lao recordara su propia caída hacia ese mismo extremo inesperado cuando murió Sai.
Aunque Lao nació humano y después se había convertido como los demás, él y Brey tenían en común tener los iris de mayor cantidad de Yang y fuerza de control y de tener la mínima o nula cantidad de Yin en sus mentes. Sabía que Lao aún cargaba con la vergüenza de aquel intento de quitarse la vida hace diez años tras perder a Sai, cuando siempre había sido un fiel luchador contrario a esa idea y de impedir que los demás sucumbieran a ella, como cuando conoció a Neuval.
—No sé qué será capaz Izan de hacerle a Clover, pero si algo le pasara a esa niña… No puedo con más muertes, Lao, no puedo con más desgracias, te juro que no aguanto ni una más… Les suplicaría a los dioses si no fueran parte del problema… o a Alvion, si estuviera en su mejor estado de salud… o a Dios con mayúscula, si tuviera la certeza de que hay uno y escuchando… ¿A quién me queda rogarle si ya no quedan seres superiores con los que contar?
—Neu, no puedes perder toda la esperanza justo ahora. ¡No ha pasado ni un día! Si no vas…
—He vuelto a soñar con Monique —declaró, levantando la vista hacia él—. Hace dos días.
El viejo no dijo nada por un momento. No era algo desconocido para él, pero le sorprendía que lo anunciara ahora de aquella manera tan alarmista.
—¿En donde te cantaba la nana de las brisas y todo eso?
—Sí… —asintió ansioso—. Y mi propia voz volvía a interrumpirla, una y otra vez, diciendo lo mismo una y otra vez…
—¿Lo de… “sacar las alas negras”? —recordó Lao—. Hijo, sabes que los sueños a veces mezclan…
—Siempre que he tenido este sueño de ella, después ha ocurrido una tragedia o una catástrofe. Es un presagio, lo sé… —cerró los ojos, llevándose las manos a la cabeza, apuntando al cielo con agonía—. Se vuelve a acercar algo malo… lo sé…
—¡Pues lucharemos contra ello! ¡Como siempre hemos hecho! —se impuso Lao—. Nadie nos va a arrebatar a ningún ser querido más, Neuval. Nos prepararemos bien, empezaremos esta misma noche a pensar y planear. Detendremos a Izan y salvaremos a Clover y a los taimuki. Incluso si es cierto que son los dioses del Yin los que están detrás de Izan, los dioses del Yang los frenarán antes de que perjudiquen este mundo porque están programados y capacitados para ello. ¡Fueron creados para proteger el Equilibrio, no saben ni pueden hacer otra cosa!
—¿¡Y si en realidad nos enfrentamos a un enemigo desconocido!? —negó Neuval, alterado—. ¿Y si vuelven aquellos que asesinaron a mi Katya? ¿Qué coño eran esos? ¡No eran hombres! ¡Lo parecían, pero no eran seres normales! ¿¡Adónde se fueron!? ¡Tienen que estar todavía por ahí…!
—Neu…
—¿Cómo voy a poder mantenerme sobre el camino que elegí si otra cosa se apodera de mi mente una y otra vez quitándome mi capacidad de elegir?
—¿Qué? No, tu majin está bajo control, no va a…
—¡No hablo de mi majin! —gritó enfadado, sobresaltando a Lao—. No hablo de mi maldito majin… —repitió exasperado, dando unos pasos en círculo.
—Pe… Entonces, ¿a qué te refieres? —intentó apaciguarlo, sujetándolo de los hombros para que se estuviera quieto.
—No lo sé… No lo sé… Pero últimamente lo siento más que nunca. Noto que está ahí. Quiere volver a salir y destruirlo todo, como hace siete años… y masacrar a todos, como hace tres semanas… Siento que si esta vez vuelve a salir… nunca más volverá a meterse…
—¡No! ¡Neuval! —insistió Lao—. Tienes que quitarte de una vez esa idea. Es tu majin, no hay otra cosa…
—Lo recuerdo todo —terminó confesándole, mirándolo con ojos enrojecidos y agotados.
—¿Qué? —musitó Lao, soltándole los brazos.
—Recuerdo cada segundo… de mí mismo… colérico… destruyendo medio Japón… buscando a los asesinos de Katya por todas partes… Recuerdo cada sensación, cada pensamiento que se me cruzaba, mientras despedazaba a esos doce criminales del otro día en el callejón… Recuerdo el sabor de la sangre y de la carne del señor Orlov mientras lo destripaba con mis dientes… —se le perdió la mirada desquiciada a otra parte un momento, pero luego miró a Lao de nuevo—. Si hubiese sido mi majin… no recordaría nada de esas cosas.
El jardín se quedó al fin en un silencio absoluto. Se oía una respiración temblorosa, pero era la de Lao. El viejo estaba horripilado ante lo que acababa de oír. Estaba helado, una sensación imposible en un Ka. Pero no era por temor a Neuval, sino por aquello que lo traumatizaba hasta este punto.
Lao estaba convencido de que lo que Neuval creía recordar o saber sólo era una equivocada interpretación de las acciones que cometió con los pensamientos que tuvo después de recobrar su juicio. Tenía que ser su majin, sin duda, quien cometió esas atrocidades. Y después, al volver en sí y descubrir lo que su majin había hecho, Neuval se atormentaba y se imaginaba cómo pudo destruir esto, o atacar al otro, e imaginar cómo debía de sentirse su majin haciendo esas cosas, para luego atribuírselo todo a sí mismo y rellenar esas lagunas de memoria, propias de cualquier majin, con recuerdos supuestos.
No era sino fruto de una mente trastornada. Sólo eso. Neuval simplemente necesitaba seguir recibiendo apoyo, motivaciones, cosas buenas. Seguir aferrándose a las cosas que le recordaban su identidad. Sólo eso.
Lao lo abrazó sin decir nada, rogando que fuera suficiente para calmarlo. Neuval se quedó quieto, apoyado en su hombro, mirando a un rincón del jardín también sin decir nada más. Sabía que Lao no le creía. Quizá era mejor así.
—Neu… He estado hablando antes con Yenkis —le comentó, separándose de él—. Pensando que te vendría bien algo de espacio y privacidad, ya que es obvio que vas a ponerte a investigar, planear y organizar mil cosas, y teniendo en cuenta que Hana estará ausente un tiempo, no sé si te parece bien que me lleve a Yenkis. Sería sólo por unos días, para que puedas estar tranquilo y centrarte únicamente en la misión y en el asunto de Izan. Yenkis no sabe nada de todo ese problema, por supuesto, pero le he dicho que necesitas unos días para ti mismo, y lo ha entendido.
—Ah… ¿A tu casa? Pero tú tampoco tendrás tiempo para…
—No, no. A la casa de tu madre. También he hablado antes con ella por teléfono.
—¿Le has contado todo?
—Casi todo. Está al tanto, de lo justo y necesario. Me ha dicho que no tendrás que preocuparte por nada, que estará encantada de tener a Yenkis con ella unos días. Esta semana ella no trabaja, así que tiene plena disposición. Y Haru tampoco tiene problema para ir allí para las sesiones de entrenamiento. De hecho, le queda más cerca. Además, la casa de tu madre está más aislada y tiene un bosque al lado. Yenkis y Haru tendrán más libertad y privacidad para entrenar allí.
Neuval no dijo nada por un rato. Por un lado, le causaba una sensación melancólica, que su casa había terminado, finalmente, quedándose vacía. Pero, por otro lado, era una buena idea. Realmente necesitaba ese espacio, y mantener a Yenkis alejado de las desgracias y de los temas iris seguía siendo una prioridad.
—Sí. De acuerdo —respondió, y se puso a recoger a los seis gatitos del suelo, que habían estado moviéndose por la hierba, explorando. Los fue metiendo de vuelta dentro de su cálida sudadera, y se quedó con Katyusha 2 en un brazo—. Si encuentro otro gatito más, tendré que llamarlo Yenkis 2.
—¿En serio te los vas a quedar? ¿A todos? —se sorprendió Lao—. No puedes recoger cualquier cosa de la calle, están llenos de piojos y suciedad, y hay un par de ellos muy ariscos. A ver si te van a dar problemas…
Neuval se giró hacia él y lo miró con una pequeña sonrisa nostálgica. Lao entonces entendió la ironía, y se sintió un poco avergonzado por decir esas cosas.
—Tú al menos no tenías piojos.
—Porque no me encontraste dos meses antes —casi rio Neuval, mientras atrapaba a tiempo a Cleven 2, que había estado a punto de escaparse otra vez, y la metió de nuevo dentro de su sudadera—. Necesitan un hogar. Igual que yo tiempo atrás.
—Vale, pero hazme un favor —se acercó a él y acarició un poco a la gata adulta, que estaba muy a gusto sobre el brazo del Fuu—. Cámbiales los nombres.
Después el viejo pasó de largo y entró de nuevo en la casa para buscar a Yenkis. Al cabo de unos minutos, salió acompañado del muchacho, que portaba una pequeña maleta con ruedas, ya preparado. Al acercarse a su padre, primero se mostró un poco retraído, pero luego se sorprendió al ver a la gata en sus brazos.
—¡Eh! ¿De quién es este gato? —preguntó, sin poder resistirse a acariciarla.
—De nadie. Es su propia dueña —contestó Neuval.
—Oh… ¿Cómo se llama?
Lao cruzó una mirada con Neuval, esperando que no hiciera a Yenkis llamar al animal con el nombre de su difunta madre.
—Hélium —dijo finalmente.
—Ah… ¿Por qué suenan varios maullidos dentro de tu sudadera? Espera… ¿¡Has encontrado más!? —exclamó con ilusión—. ¿¡Vamos a quedárnoslos!?
Sin embargo, apagó su risa cuando volvió a encontrarse con la seria mirada de su padre. Seguía sintiéndose igual que antes respecto a él. Debía recordar que no era enfado, sino decepción. Iba a costar un tiempo volver a sustituirla por confianza. Por eso, el chico se abstuvo de volver a preguntarle por el cubito. Sabía que no se lo iba a devolver, no por ahora.
De todas formas, estaba vacío, ya que Yenkis borró todos los archivos y registros de actividad de él antes de volver a casa; su padre no tenía forma de averiguar qué uso le había dado. Y también, a pesar de que Yenkis guardaba un enfado hacia él por el hecho de que le había dado su sagrada guitarra a Haru, supo guardarse la arrogancia que no merecía tener ahora. Perder la guitarra no era nada comparado con perder la confianza de su padre.
—Entrenaré duro todos los días, te lo prometo. No causaré más problemas.
Lao sonrió al ver que, de todas las cosas que Yenkis podría haberle dicho ahora a su padre, había elegido decirle esa. Al final, Neuval bajó un poco la barrera, porque, ante todo, tampoco quería que Yenkis sufriera más de lo debido, mucho menos cuando el mundo ahora se había volcado entero alrededor de todos. Lo atrajo hacia sí con la mano que tenía libre y le dio un pequeño abrazo.
—Pórtate bien con tu abuela.
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