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3º LIBRO - Presente y Futuro __ PARTE 1: Identidad __









9.
Hora de levantarse

Hace 19 años…

«Lex estaba pasando unos días de verano con sus padres y con sus abuelos maternos en una casa junto a un lago que Hideki y Emiliya solían alquilar desde hacía años, en la prefectura de Gifu. Era un lugar tranquilo, rodeado de pura naturaleza, bosques y montañas. Había otros turistas en el lago ese día, de los pueblos cercanos o haciendo camping.

Hace poco, Lex e Ichi habían comenzado a recibir de sus padres un entrenamiento básico de artes marciales. Hideki y Emiliya hicieron lo mismo con Katya cuando era pequeña y ahora Katya quería que Lex aprendiera la misma disciplina y fortaleza.

En el atardecer, Hideki, con su largo cabello rojo recogido en una coleta y en bañador, se encontraba en una orilla lejana del lago impartiendo algunas lecciones de lucha a Ichi, y al pequeño parecía dársele muy bien. Lex no podía decir lo mismo. Le estaba costando. Neuval le había estado intentando dar las mismas lecciones esos días, y como no lograba ir tan bien como su tío, se había ido a sentar sobre las toallas cerca la orilla, solo y malhumorado.

Su madre y abuela estaban unos metros más atrás, sentadas en unas sillas plegables, vestidas con traje de baño y sombreros de paja bajo una sombrilla. Katya tenía un laptop sobre sus piernas y no paraba de teclear nuevas programaciones para la nueva Hoti que iba a ser implantada en el futuro rascacielos de Hoteitsuba, cuya construcción había comenzado hace poco en Tokio. Por su parte, Emiliya tenía a un bebé, rubio y de ojos verdes como ella, sobre sus piernas, con el que no paraba de jugar y mimar.

Neuval había aprovechado para darse un baño en el lago. Había visto que Lex necesitaba unos minutos a solas y no quería atosigarlo. Entonces, al salir del agua, se acercó a él y se recostó en la toalla de al lado.

—¿Qué? ¿Quieres intentarlo otra vez? —le apremió, sonriéndole con calma, pero el niño se abrazó las rodillas y miró para otro lado—. Eh, mon grand ?

—No quiero. Es inútil. ¿Para qué perder el tiempo?

—Tiempo es todo lo que tiene un niño de 6 años como tú.

—Pues no tengo paciencia. Así que paso.

—¿Sí? ¿Has decidido rendirte tras una simple semana?

—Me has hecho el mismo ejercicio 100 veces y las 100 veces me he caído. No quiero darle el gusto a la 101. Yo no soy como tus compañeros iris. Ni como el tío Ichi.

—Es que no tienes que ser como un iris ni como tu tío, Lex. No estás compitiendo contra ellos. Estás compitiendo contra tu “yo” de ayer. Sólo tienes que ser mejor que el Lex de ayer.

El niño se giró y lo miró con el ceño fruncido, sin entender.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó Neuval, y el niño volvió a apoyar la barbilla sobre sus rodillas y se encogió de hombros de mal humor—. ¿O contigo?

—Con los dos. No quiero hacer más esto. No quiero que me obligues.

—Vaaale, no te obligaré. Si quieres que pare, pararé.

—No es tan fácil. Porque entonces te voy a decepcionar. Y me da vergüenza. Y…

—No estamos haciendo esto para que me complazcas a mí. ¿Por qué miras tanto a tu abuelo y a tu tío? ¿Ves la cara de orgullo de tu abuelo cada vez que Ichi consigue superar el ejercicio y quieres que eso pase entre tú y yo?

—Es que… yo esperaba hacerlo bien… y quería demostrártelo… y sólo me has visto caer y caer 100 veces. Es humillante.

—Hah… Eso no es lo que he visto —le posó la mano en la cabeza y lo obligó a mirarlo a los ojos—. Lo que te he visto hacer es levantarte 99 veces.

Lex se quedó sorprendido, y no supo qué decir, porque ese punto de vista de repente cambió su modo de entender el ejercicio.

—Esto que estás experimentando se llama frustración, Lex.

—No quiero sentirla nunca más.

—Quítate esa ilusión de la cabeza. La frustración aparecerá más veces en tu vida, inevitablemente. Es un efecto natural de la ambición. No tienes que verla como un muro que te impide avanzar, sino como un trampolín que te está intentando invitar a saltar a otro camino, a probar otro método, otro enfoque. La frustración es una señal de que lo que estás haciendo no funciona y es hora de buscar otra táctica. Pero eso sólo es posible si aceptas dar el salto.

»No importa cuántas veces te caigas, mientras te sigas levantando. Algunas veces te sentirás agotado y sin ganas de levantarte, pero eso es normal. No pasa nada. Sólo necesitas una pausa, un descanso, pensar un poco. Justo lo que estás haciendo ahora. No tienes que levantarte enseguida si no puedes. Tómate tu tiempo. Y levántate cuando estés mejor. Pero nunca dejes que la caída dure el resto de tu vida.

—¿Hay alguna manera de hacer que este malestar de la frustración se vaya antes? Entiendo que es una emoción compleja, pero no me gusta que por culpa de ella estoy perdiendo un tiempo que puedo dedicar a avanzar.

—No estás perdiendo ningún tiempo. Estás gestionando un problema interno. Es como ejercitar un músculo. Te hará más fuerte, más resistente a las futuras frustraciones. Atesora los malos momentos como un aprendizaje, Lex. Todos estamos en este mundo por tiempo limitado. Es una aventura temporal.

—¿Qué haces tú para sentirte mejor cuando te sientes mal?

—Hmmm… —dibujó una larga sonrisa pueril en la cara mientras se aproximaba a él con los brazos extendidos.

—¡Ayyy! —intentó escapar el pequeño, pero no pudo, terminó apresado entre sus brazos.

—Apretujar esta bolita antiestrés es lo mejor que hay…

—Ayyy… nooo, que nos están mirando… —se puso rojo.

—¡Hahah! ¿Desde cuándo te da vergüenza abrazar a tu papá, eh? Por favor, no te hagas mayor tan rápido.

—Abrazarte no me va a hacer sentir mejor porque mi problema es que no puedo superar tu ejercicio.

—Aaah, te hago recordar el motivo de tu frustración, ya entiendo —sonrió Neuval, y se levantó y se dirigió un momento hacia donde tenían agrupadas las bolsas y mochilas donde habían traído todas las cosas. Regresó con un peluche grande de Pikachu—. ¿Y qué tal abrazar tu peluche favorito?

—Hmm… —Lex se sonrojó más, también le daba vergüenza que los demás lo vieran todavía jugando con peluches. Pero cuando su padre se sentó de nuevo a su lado y se lo puso sobre las piernas, el niño suspiró resignado y abrazó el rechoncho peluche—. Mmm… —se le escapó otro suspiro, pero, esta vez, fue de relajación.

Neuval sonrió contento, recostándose sobre la toalla cómodamente. Sin embargo, de repente Lex pegó un bote y un grito.

—¡Ah! ¡Papá! —lo miró asustado, y después separó al peluche de sí, observándolo con gran asombro—. ¡Me ha dado un calambre! ¡En la espalda!

—¿Qué?

—Ahhh… —Lex dio un respingo, con ojos brillantes de emoción—. Pikachu… ¿te has vuelto de verdad?

—¡Hahah! Lex, mira lo que tienes detrás —le indicó su padre.

El niño se giró enseguida, y se encontró con un pequeño bebé rubio de 1 año de edad, que lo miraba con ojos inocentes y expectantes.

—¡Tío Brey! Oh… ¿Has sido tú? —dijo algo decepcionado.

—Parece que este pequeño y raro iris ha detectado tu malestar y ha venido a salvarte —dijo Neuval.

Lex sonrió y cargó con Brey en brazos para sentarlo delante de él sobre su toalla, poniendo el peluche a su lado, y Brey se puso a jugar con él. Neuval comprobó que Brey no se había escapado de la vigilancia de su madre cuando, al mirar atrás, encontró a Emiliya y a Katya todavía allá, sentadas juntas en sus sillas plegables. Katya seguía tecleando en su laptop, y Emiliya saludó a Neuval con la mano mientras con la otra se bebía una lata entera de cerveza de una sentada.

—Papá… —lo llamó Lex, mientras le daba a tu tío unas piedras de la orilla con las que jugar—. ¿Por qué soy yo quien te hace sentirte mejor?

—Porque eres mi hijo.

—Ya, pero… ¿Qué tengo yo de especial? Es decir… Tienes más personas a las que quieres desde antes de nacer yo. Quieres mucho a los abuelos Hideki y Emi. Quieres mucho, mucho, mucho a los abuelos Lian y Ming, y al tío Sai. Y quieres mucho, mucho, mucho, mucho, mucho a mamá.

—Son más “muchos” que eso —se rio—. Pues imagina todos esos “muchos” juntos en una sola personita —le tocó la punta de la nariz—. ¿Sabes qué pasó cuando naciste? —Lex negó con la cabeza—. Mi iris se volvió invencible, ¡superpoderoso! Me diste tanta alegría y poder que hasta podía volar y convertirme en aire.

—¿Sí? —dijo con ojos abiertos de asombro—. Pero… ¿y mamá? ¿No te hizo volar cuando la conociste?

—Ah, tu madre me ha hecho volar muchas veces, solo que en otro sentido… eheeh… —se le escapó una risilla boba, pero cuando vio que Lex lo miraba con una ceja arqueada sin entender nada, carraspeó y se puso más serio—. Ajem, es decir… Cada persona tiene su flotador particular, por así llamarlo. Para algunos es un objeto; para otros, es un hobby; para otros, es una persona. Sea lo que sea, cuando uno siente que todo se vuelve oscuro y confuso, este flotador es algo que vuelve a darle sentido y claridad a todo. Tu madre es quien me ayuda a dar sentido a mi persona, a aceptar ser como soy. Y tú eres quien da sentido a mi vida. Verte me recuerda por qué debo y quiero seguir levantándome, sin importar si tengo que tragarme miles de caídas.

Lex lo miró con ojos grandes y asombrados, y le dio un poco de vergüenza sentir ser alguien tan importante. Y un poco de miedo.

—¿Y si un día te sientes mal y yo no estoy ahí para curar tu frustración? ¿Y si en ese momento estoy en el colegio, o de viaje, o visitando a los abuelos?

—No te preocupes. No tienes que estar justo ahí a mi lado. Sólo tengo que pensar en ti, y se me pasa.

—Aah… —sonrió más tranquilo, y se quedó un rato en silencio, pensativo, mientras ayudaba a Brey a colocar las piedras en una pequeña torre—. Papá, ¿por qué necesitas la ayuda de mamá para aceptar ser como eres? ¿Es que no te gusta cómo eres?

—Ahm… —Neuval miró a un lado, pensando cómo responder—. No es que no me guste. Es que… hay algunas cosas de mí que no entiendo, por más que lo intento. Y eso me hace sentir frustración a veces… Pero tu madre me ayuda a gestionarla. Me hace ver y recordar las otras cosas buenas que hay en mí, aquellas cosas que sí entiendo, y me ayuda a centrarme en ellas para seguir adelante y… para aprender a quererme a mí mismo algún día —disminuyó su tono de voz al decir esas últimas palabras, denotando una pequeña y amarga duda sobre ellas.

—Yo no entiendo eso. ¿Por qué no te querrías a ti mismo? ¡Si eres genial! —le comentó Lex, todavía entretenido con las piedras y con Brey.

Neuval lo miró mudo unos segundos. Aquella declaración le produjo un efecto inesperado. Era algo muy simple para Lex, pero para Neuval era como descubrir que había cumplido con éxito una misión muy importante, algo muy personal dentro de él. Era como si esas palabras le hubieran curado la mitad de una herida muy profunda.

—¿Tú piensas eso de mí? —le preguntó.

—Pues claro —el niño se encogió de hombros como si fuera obvio—. ¿A que tú piensas lo mismo sobre el abuelo Lian?

—Hm... —sonrió Neuval—. Desde luego que sí.

—¿Y sobre el otro?

—¿Eh? ¿Qué “otro”?

—El otro papá que tuviste antes del abuelo Lian. ¿Te hacía y te decía cosas malas?

A Neuval le cambió la cara, perplejo y disgustado.

—¿De dónde sacas eso?

—Es que… una vez te oí hablando con mamá sobre ese Jean —se encogió de hombros otra vez, un poco más tímido, percibiendo que quizá era un tema que no le gustaba a su padre—. No entiendo por qué lo haría. Si yo te hago sentir feliz porque soy tu hijo, ¿por qué ese Jean no se sentiría feliz contigo si eres su hijo, y además genial?

Neuval no supo cómo responderle durante un rato. Esto le había pillado por sorpresa, y se lamentó de haber sido tan descuidado a la hora de hablar con Katya de ciertos temas sin asegurarse de que nadie más los oía. Le brilló un poco el ojo izquierdo de luz blanca al recordar a Jean, el creador del trauma de su iris. No podía enfadarse con Lex por hacerle preguntas que le abrían la herida, ni tampoco ignorarlo.

Era normal que Lex empezara a preguntarse cosas sobre la vida y las personas, que quisiera saber y entender. Precisamente Neuval quería criarlo para que entendiera el mundo, poco a poco y con cuidado, pero nunca ocultárselo ni mentirle demasiado, porque el deber de un padre era preparar a sus hijos para vivir en el mundo y no para sobreprotegerlos eternamente.

—Ese hombre… estaba un poco mal de la cabeza —le respondió entonces—. A veces hay gente así. Y a veces no tienen cura o remedio, o no está en tus manos solucionarlo. En esos casos, lo mejor que puedes hacer es alejarte, y juntarte con la gente que sí te trata bien.

—¿Por eso cambiaste a Jean por el abuelo Lian?

—Fue la primera mejor decisión de mi vida. Ya nadie volvió a hacerme daño —le sonrió.

Lex también sonrió. Siguió jugando con Brey y dio un largo suspiro.

—Papá, no quiero entrenar más por hoy. Quiero seguir intentándolo, pero mañana. ¿Podemos dejarlo para mañana?

—Pues claro que sí, mon grand. Cuando estés listo para levantarte, avísame y continuaremos. Además, como tu madre te ha visto algo desmotivado estos días, ha dicho que mañana te preparará tu desayuno favorito para animarte.

—¡Ahh! —dio un respingo ilusionado—. ¿Las tostadas con cebolla y atún bañadas en chocolate y mostaza y con trozos de pollo y regaliz aliñados con vinagre y canela?

—Bugh… —a Neuval le dio una arcada sólo de oírlo, pero ya estaba acostumbrado y volvió a sonreírle al niño—. Sí, eso mismo.

Le hizo unas cosquillas en la tripa y Lex se rio. Entonces Neuval volvió a apoyarse en sus codos sobre la toalla, y volvió a girar la cabeza hacia atrás, y descubrió que Katya lo estaba observando muy fijamente a través de sus gafas, con ese semblante tan serio y estoico propio de ella. Neuval le sostuvo la mirada, dedicándole una sonrisilla sugerente, levantando las cejitas un par de veces. Para más descaro, se echó su cabello castaño claro mojado hacia atrás, que en esa época lo tenía algo largo.

Katya seguía muy quieta mirándolo. Lex se dio cuenta de esta interacción silenciosa y miró a uno y a otro, confuso.

—Mírala… —dijo su padre—… cómo me perfora el alma con esas afiladas esmeraldas… Mira cómo esa galaxia me doblega con sus letales pecas… rodeada de esas onduladas sedas escarlatas…

—¿Eh? —se preocupó Lex, pensando que le estaba dando un golpe de calor.

Mientras tanto, varios metros más allá, Katya seguía sin desviar la vista severa de Neuval.

—¿Cariño? —la llamó Emiliya, confusa.

—Mira a ese francés chiflado… —dijo Katya—… cómo me tienta con esa diabólica mirada argéntea y esos insolentes hoyuelos, marcados por la arrogancia de su sonrisa… provocando con ese cuerpo gigante esculpido por titanes…

Emiliya puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Cariño, puedo oír los rugidos de tus ovarios desde aquí.

—¡Mamá! —exclamó Katya de repente con vergüenza.

—¿Sabes qué? Lleváis todo el santo día con las miraditas.  ¿Por qué no os vais ese Fuu y tú a dar un paseo? Yo me quedo con Lex y con Brey.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? No sé por qué dices eso —dijo molesta, mientras guardaba su laptop y se levantaba de la silla—. Si voy a dar un paseo con mi marido, es porque necesito estirar las piernas.

—Mm, hmmmmm… —asintió Emiliya con notable sarcasmo.

—Así que no pienses cosas raras —concluyó Katya, y mientras se sacudía la arena del cuerpo, procuró que Neuval viera con claridad cómo se ajustaba bien los tirantes del bañador sobre los hombros, haciendo rebotar un poco sus pechos, y después la goma de la parte trasera, haciendo temblar un poco sus muslos.

—Universo, apiádate de mí… —murmuró Neuval, haciendo un gran esfuerzo por controlarse—. Bueno, Lex, si me disculpas… tengo que irme a adorar a una diosa.

—Ugh… —respondió el niño, mientras su padre se ponía en pie a toda prisa y se iba corriendo detrás de Katya, que ya se había empezado a alejar por el sendero.»


Cuando la luz del día empezó a traspasar sus párpados, Neuval comenzó a abrir los ojos poco a poco. Le costó un par de minutos reiniciar el cerebro, algo insólito en él, a no ser que se hubiera pasado la noche bombardeándolo con kilos de químicos.

Reconoció el techo de su habitación, y estar en su cama, abrigado con el edredón. Pero notó algunas molestias por el cuerpo. Eran de los golpes y navajazos que recibió en la pelea de anoche. Entonces, fue recordando todo. Especialmente, los últimos minutos antes de perder el conocimiento. Y esto le trajo de vuelta una inquietud.

Se incorporó un poco, y, efectivamente, encontró a Lex ahí frente a su cama, sentado tranquilamente en una butaca, desayunando un bol de… en realidad, no era un bol, sino una ensaladera enorme, llena de una especie de potaje de alubias rojas, brócoli, pescado seco, mermelada de melocotón, leche y kétchup. Lex no reaccionó cuando lo vio despierto, simplemente lo miraba mientras continuaba metiéndose cucharones de comida en la boca.

Neuval entonces se tocó la frente, y la barbilla, descubriendo un par de apósitos. También descubrió algunos en sus manos y dedos. Luego se dio cuenta de que estaba solamente en ropa interior bajo el edredón, y con un vendaje rodeando su pecho y hombro izquierdo, donde había recibido algunas puñaladas y cortes superficiales, que ahora estaban bien cosidos y tratados.

Miró a Lex, comprendiendo que había pasado toda la noche ahí curando sus heridas y vigilándolo.

Lex dejó la ensaladera un momento sobre la cómoda que tenía al lado; se puso en pie y caminó hacia la mesilla de noche junto a la cama para agarrar una pequeña papelera con una bolsa de plástico puesta, y la acercó al lado de la cama.

—Por si necesitas vomitar —le indicó Lex, y acto seguido se inclinó hacia su cara y le apuntó a los ojos con una pequeña linterna. Neuval intentó apartar el rostro con molestia, pero Lex le sujetó la cara y lo obligó a mirarlo—. Tus pupilas reaccionan un poco lentas todavía. Pero no hay daño cerebral —volvió a sentarse en la butaca, dando un suspiro—. Una vez más, tu capacidad de recuperación es afortunadamente inhumana. Sé que no te va a gustar oírlo, pero te he estado inyectando suero, aprovechando que estabas KO. No te preocupes, hace unas horas ya te quité la aguja —agarró su ensaladera de nuevo y continuó comiendo—. ¿Cómo te encuentras? —le preguntó con la boca llena.

Neuval seguía un poco desorientado, asimilando la situación. Sin embargo, al final no pudo disimular una expresión de disgusto, y acto seguido se volvió a tumbar con un resoplido desganado, dándole la espalda a Lex, y medio escondiéndose bajo el edredón.

Lex entendió que no estaba de humor para hablar. Pero a él eso no le importaba, solamente ver que había despertado en mejor estado.

—Para que lo sepas —le comentó el joven—. No mataste a nadie ayer. Aunque seguramente aquel violador al que le metiste una barra de metal por el ano desearía estar muerto.

Neuval se encogió más en la cama, sin decir nada. Lex sólo veía sus cabellos alborotados asomando bajo el edredón.

—Y he contactado con tus almaati —añadió Lex—. Con Lenny y los otros tres amigos del tío Brey que están estudiando Medicina con él, para pedirles que se encargaran de esa banda de criminales, llevarlos a la policía con pruebas incriminatorias suficientes para quedar encerrados mucho tiempo, eso cuando les den el alta en el hospital, claro… No les he dicho que estuviste involucrado, les he dicho que esos criminales tuvieron un altercado con otro individuo en el puerto, que yo intervine, y ya. Así que queda asegurado que lo único que saben de ti tanto tus almaati como los criminales es que eras, como mucho, un sujeto desconocido y violento y nada más.

Su padre siguió sin contestar ni moverse. Lex terminó su desayuno, y se quedó un rato masticando y pensativo. Terminó captando lo que le pasaba a su padre en realidad. No lo estaba ignorando porque estuviese de mal humor, ni enfadado con él o dolorido, sino porque se moría de la vergüenza, tenía la dignidad por los suelos. Sin duda, Neuval estaba convencido de que Lex se avergonzaba de él y que debía de pensar que era un tipo patético y problemático.

Nada más lejos de la verdad. Lex comprendía que él pensara esas cosas, era lo habitual en las personas que llevaban toda la vida practicando en silencio el autodesprecio. Verse a sí mismo como una molestia para su propio hijo, que había tenido que venir a rescatarlo de su propio comportamiento deplorable, lo empeoraba. Lex sabía que no lo iba arreglar por mucho que le hablase, no lo iba a convencer de que se equivocaba al pensar eso. Él conocía bien el tipo de trastorno que padecía y no tenía fácil solución.

—Papá… —lo llamó tras un rato de silencio, poniéndose en pie y acercándose un poco a la cama—. Tengo que hacerte saber que… hablé anoche con el abuelo. Y me lo ha contado todo. Lo de Izan… y… lo de mis primos Saehara. —Hizo una pausa, por si él reaccionaba, pero Neuval únicamente se tapó unos milímetros más la cabeza—. Quiero pedirte algo que sé que es imposible, pero aun así te lo pediré. Por favor, no te culpes de lo del tío Izan. Por una vez en tu vida, no te sientas responsable de todas las cosas malas que les pasa a los demás. No es tu culpa. Y… también quiero que sepas que todo lo que sucedió anoche quedará entre tú y yo. Nunca se lo contaré a nadie.

Una vez más, esperó a ver si su padre decía o hacía algo, pero seguía muy quieto bajo el edredón, de cara a la ventana.

—Me habría gustado aprovechar esta ocasión para… —balbució Lex, y resopló un poco nervioso—… bueno, para darte una noticia importante. Pero… mejor lo dejamos para otro momento más adecuado. Ya te dejo tranquilo. Tengo que marcharme.

Oyó sus pasos salir de su habitación y más tarde la puerta de la casa cerrarse. Neuval siguió ahí largo rato, mirando hacia la ventana con ojos vacíos, cansados y tristes. No se había atrevido ni a mirarlo a la cara, después de haberlo salvado anoche de su propia perdición. Tenía que haberle dado las gracias al menos, pero tenía ese nudo de vergüenza en la garganta, y otro nudo de impotencia en el estómago.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo continuar, cómo avanzar? ¿Cómo iba a ser capaz de levantarse?

Al menos, había sido, por una vez, una buena noticia el hecho de que anoche logró contenerse lo suficiente para no matar a nadie. ¿Cuántas veces más tenía que sufrir estos episodios el resto de su vida? No entendía por qué le pasaba esto, desde que era pequeño. No sabía qué era, quién era, de dónde venía… Era agotador no saber nada.

Después reparó en las últimas palabras de Lex. ¿Cómo que darle una noticia importante? Neuval frunció el ceño, preguntándose qué podía ser. No era sólo por la intriga, sino sobre todo porque, al decirlo, notó en la voz de Lex un tono ligeramente nervioso, y eso en él era muy raro. Dijo que era algo importante. Era importante para Lex. Y él se había quedado ahí escondido bajo el edredón como un niño pequeño.

No se sentía con ánimos de nada, pero no podía permitirse hacer eso, no escuchar cuando uno de sus hijos necesitaba decirle algo importante, no otra vez.

Se levantó de la cama, un poco dolorido, pero se repuso rápidamente. Aún no tenía bien ajustada la noción del tiempo, creyó que sólo habían pasado unos segundos desde que Lex se marchó. Por eso, bajó las escaleras rápidamente, abrió la puerta y salió al porche.

—¿Lex? —lo llamó directamente.

Pero no había nadie por ahí. El barrio estaba tranquilo. Y el coche de Lex no estaba ni en el jardín ni en la calle.

Neuval suspiró resignado y volvió a meterse en la casa. Fue a la cocina para beber agua. Se encontró la cocina hecha un poco desastre. Lex siempre había sido impecable en casi todo, pero tenía algunas manías. Cuando él mismo se hacía su inusual tipo de desayunos y comidas, como siempre mezclaba numerosas cosas, lo dejaba todo desordenado y hecho un asco. Ya era bastante desagradable verlo comer esas mezclas que parecían vómitos como para ver restos o salpicaduras de ello por las encimeras y el fregadero.

Hahh… ce garçon… —farfulló Neuval, y se marchó por uno de los pasillos junto a las escaleras. (= Hahh… este chico…)

Abrió la puerta de la salita que estaba en frente de su despacho para comprobar cómo estaban los gatos. Los encontró ahí jugando entre ellos en su rincón de mantas, y la madre estaba justo terminando de hacer sus necesidades en un cajón de arena, tan tranquila.

—¿Eh?

Neuval parpadeó varias veces. Él no recordaba haber comprado ese cajón ni tampoco esa arena especial para gatos. Le había puesto sobre unos periódicos una arena normal provisional para la noche. También vio un par de cuencos nuevos, y una bolsa de pienso. Y una cama nueva, a la que Hélium regresó para tumbarse un rato.

—¿Tengo fantasmas en casa? —preguntó.

—“No” —respondió automáticamente la voz de Hoti por los altavoces integrados en las paredes—. “Si te preguntas si alguien estuvo en esta habitación aparte de ti, fue Lexien. Salió un rato durante la madrugada, después de traerte a cuestas, tratar tu mal estado y descubrir que tenías estos animales aquí. Salió a comprar a una veterinaria de guardia estos nuevos utensilios y alimento para ellos. Además, se encargó de bañarlos en el aseo junto a las escaleras. Me comentó que era una obligación por su parte dejar a los gatos bien atendidos, en caso de que tú hoy continuaras indispuesto. Pero pude detectar que, aparte de ese motivo, lo hizo por puro gusto, a juzgar por el largo rato que pasó mimándolos y abrazándolos y expresando su deseo de robártelos.”

—Oh… —entendió Neuval.

Se rascó la cabeza, no se esperó ese generoso gesto extra. Al parecer Lex se había pasado toda la noche despierto encargándose de cuidar de todos los seres desgraciados de esa casa. Como los gatos ya estaban limpios, dejó la puerta de la salita abierta, dejándole a Hélium la oportunidad de salir por su cuenta si le apetecía explorar la casa.

Neuval volvió por el pasillo. Pensó en subir a su habitación y meterse en la cama de nuevo. No quería hacer nada. No quería pensar. No tenía ganas de aguantar ese complicado mundo hoy. Sólo quería desaparecer, al menos, por un periodo largo de tiempo.

Sin embargo, sus ojos captaron algo que llamó su atención. Antes de poner un pie sobre el primer escalón, miró hacia el comedor, a su izquierda. Necesitó unos minutos para entender eso. Se acercó despacio a la mesa del comedor, y cogió ese rechoncho peluche de Pikachu que, con los años, estaba ya algo descolorido. Que él supiera, eso llevaba años guardado en una caja en el armario de la antigua habitación de Lex.

Junto al peluche, encontró el marco de una foto. Era una de las muchas fotos que decoraban la estantería del salón principal, pero Lex había cogido específicamente esa y la había dejado ahí. En esa foto salían él, Katya y un pequeño Lex de 6 años, de aquel verano, hace casi veinte años, que pasaron en la casa del lago con los padres y hermanos de Katya.

Neuval hizo memoria. Recordaba ese día. Lo que sucedió ese día. La pequeña conversación que tuvo con ese pequeño Lex acerca de las caídas y los levantamientos.

Aquello le conmovió. Lex le había dejado un mensaje. No se avergonzaba de él, ni pensaba que era una molestia problemática o patética. Lex comprendía sus caídas, incluso las más graves y bochornosas. No apareció anoche para recriminarle nada, sino para ayudarlo, y darle su apoyo, igual que siempre lo recibió de él desde que era pequeño.

Neuval apretujó el peluche entre sus manos, era muy suave y bastante gustoso. Le apareció al fin una pequeña sonrisa nostálgica en los labios.

¿De verdad podría hacerlo? ¿Levantarse una vez más… tras más de diez mil caídas acumuladas? ¿Podría seguir su propio consejo que le dio a su hijo? Tenía que seguir siendo un buen ejemplo para ellos y para el mundo, ¿no? Lex había entendido que él había necesitado sufrir esta caída, y darse este porrazo, y tomarse un tiempo para gestionar el dolor. Lex no había venido a evitarlo, sino a acompañarlo, porque ya aprendió hace mucho tiempo que estos episodios de su padre no se podían evitar. Pero no tenía por qué sufrirlos solo.

—“Neuval” —lo llamó Hoti.

—¿Mm?

—“Tienes tres mensajes de voz en el teléfono, recibidos hoy a las ocho y veinte, a las nueve y tres minutos y a las nueve y media. ¿Te gustaría escucharlos?”

El Fuu miró un momento el reloj de pared del comedor, sin tener ni idea ni de qué hora era y cuánto había dormido. No era demasiado tarde, seguían siendo las diez de la mañana. En ese momento no sabía qué decirle a Hoti. Seguía sintiéndose algo apático, aún le faltaban las fuerzas, no sólo en el sentido físico. Aún se sentía un poco perdido, sin rumbo, sin objetivos a la vista. Se quedó un rato observando ese peluche amarillo.

—Vale —terminó respondiéndole a Hoti.

—“Mensaje de Ming Jie, a las ocho y veinte: Buenos días, cielo. Te llamaba para ver qué tal estás, quizá aún estás durmiendo u ocupado. Tu padre ya me puso al corriente anoche. Prefiero no hablar de ello, ya habrás tenido bastante en la reunión, no quiero saturarte con comentarios obvios. No sabes cómo lamento esta situación, los pobres mellizos, el pobre Brey… Quiero que sepas que confío en ti, hijo. Siempre hallas la forma, sé que lo harás. También quiero que sepas que Yenkis se ha aclimatado bien. Ahora está desayunando y se irá a la escuela en unos minutos. No te puedes ni imaginar lo feliz que me hace tenerlo conmigo unos días, después de tantos años… Qué chico más dulce y amoroso y listo, es como volver a tener ante mí al Neu de 12 añitos, no puedo dejar de verte en él… Me lo quiero quedar para siempre. Te lo quiero robar, pero sé que lo echarías demasiado de menos. Lex y Cleven ya se te han hecho mayores y te queda el pequeño, que, de todas formas, también se está haciendo mayor ya… Ay… Hay que disfrutarlos mientras duren, cielo. Esta tarde vendrá Haru para entrenarlo unas horas. Te iré informando estos días. Te quiero, cielo, cuídate.”

A veces ni siquiera importaría prestar atención a lo que dijese Ming Jie. Sólo escuchar su voz, siempre le traía a Neuval una sonrisa de calma. A veces, realmente deseaba con fuerza haber nacido de ella desde el principio. Haberla tenido como madre toda su vida. Sin embargo, ya era bastante afortunado de haberla tenido gran parte de su vida. No todos los niños huérfanos o en problemas tenían la milagrosa suerte de ser encontrados por un Lao.

—“Mensaje de ‘El chucho pulgoso’, a las nueve y tres minutos: ¿Qué pasa, gabacho estúpido? Oye, me ha pedido Kei Lian que te llame para ver cómo estás. Dice que ayer te vio un poco estresado, pero no quiere atosigarte y por eso me ha pedido a mí que compruebe que no te has acabado dando cabezazos contra una pared. Porque, desde luego, yo anoche tuve que darme unos cuantos para poder dormir un par de horas. ¡Como para no dárnoslos! Kei Lian me ha pedido que te diga que él estará hoy en la empresa haciéndose cargo de todas las tareas pendientes de Hoteitsuba, incluidas las tuyas. Es obvio que tu viejo espera que tú y yo le demos caña a nuestros sesos hoy. Tenemos que empezar a pensar qué hacer, Neu, porque esas taimuki y la pequeña Clover nos necesitan. He estado en la noche pensando en un par de líneas de investigación, y quiero discutirlas contigo. Tengo que comprobar algunas cosas primero. Si te parece, esta tarde podemos hablarlo, ¿vale? Vamos a arreglar esto, ‘hermano’, a toda costa.”

Neuval dejó el peluche de Pikachu en la mesa de nuevo, y levantó la mirada, observando el jardín exterior por el ventanal que tenía en frente. Desde ahí se veía parte de la parcela de la casa vecina de los Mukai. El coche de Viernes seguía ausente. Pipi tenía razón. Clover y las hijas de Denzel los necesitaban. Esto no podían resolverlo otros, tenían que ser ellos, la SRS y la KRS, juntas, combatiendo una nueva amenaza una vez más. No podía dejar a su mejor amigo solo con esta responsabilidad, Pipi también lo necesitaba.

—“Mensaje de Hana, a las nueve y media.”

Neuval dio un pequeño respingo al oír eso, y miró a otro rincón, prestando toda su atención.

—“Hola, cariño. Por fin tengo un momento tranquilo para hablarte. Quizá te pillo ocupado, pero no importa, te dejo este mensaje para que estés tranquilo. Quiero que sepas que llegué bien a mi destino, y que estoy bien. De hecho, más que bien. Estoy de fábula. Estoy muy ilusionada con este viaje. Perdóname por no darte aún más detalles sobre ello, pero no te preocupes, te prometo que cuando regrese te lo contaré todo. El único inconveniente es que apenas han pasado dos días y ya te echo de menos con toda mi alma.”

»“En este par de días he podido ver muchas cosas increíbles, Neu. Cosas que me han hecho pensar, en ti, en mí, en todo el mundo, en la vida… Necesito este viaje para ponerme al día, ponerme a la altura. Desde que me contaste la verdad sobre los iris, no dejo de ver un mundo nuevo encima de mí, y quiero escalar y llegar hasta él y estar a su nivel. Tengo muchas ganas de tener esta experiencia. Evolucionar, ser una Hana aún mejor. Quiero mostrarte a esa Hana cuando vuelva.”

»“He tenido tiempo para recapacitar sobre algunas cosas. Me he dado cuenta de que este mundo ahora mismo sería diez veces más negro si tú nunca hubieras nacido en él. Y yo ahora lo entiendo, Neu. He descubierto al fin lo que llevo toda mi vida buscando. He encontrado el sentido de mi vida. Quiero ser como tú. Como los tuyos. Gente que ha sufrido y que usa ese sufrimiento para arreglar y construir. No te haces una idea de lo mucho que este mundo te necesita. Necesita a más gente como tú. Quiero añadirme a la lista.”

»“Te cuento esto porque he recordado aquellas conversaciones que teníamos hace tiempo. Esas que me entristecían tanto, cuando hablabas de ti mismo como alguien que no merece ser querido ni recibir cosas buenas. Sé que crees que tus defectos echan a perder tus virtudes, pero te equivocas, porque tu constante elección de combatirlos hace que tus virtudes brillen aún más y que signifiquen más. Yo estoy cansada de avergonzarme de mis defectos, Neu… de intentar eliminarlos a pesar de que, en definitiva, no puedo hacerlo con muchos de ellos. Así que he decidido cambiar de estrategia y seguir tu ejemplo: aceptar mis defectos y hacer que mis virtudes los compensen con creces.”

»“No pienses que haberme salvado la vida a mí y a miles de personas más no te hace merecedor de ningún mérito, porque entonces estarías desvalorizando las vidas que has salvado. Yo estoy viva y voy a aportar cosas buenas a este mundo gracias a ti. Y eso debería ser suficiente para que te sientas muy orgulloso de ti mismo. Y cuando te enorgulleces de haberme salvado, es cuando me honras a mí y mi existencia.”

»“Estoy deseando volver a verte y mostrarte la nueva y mejor versión de mí misma. Hasta entonces, cuídate bien y no hagas locuras.”

El comedor se quedó en silencio. Neuval seguía mirando absorto a otra parte. Las palabras de Hana aún sonaban en su cabeza, y no pudo evitar que se le humedecieran los ojos. Eran lágrimas agridulces. La parte agria, porque estaba cansado, y tras lo ocurrido anoche, estaba atemorizado de sí mismo. La parte dulce, porque todos esos mensajes de sus seres queridos, incluso todo lo que Lex había hecho por él esa noche a pesar de seguir supuestamente peleados… le recordaban lo afortunado que era pese a lo jodido que estaba por dentro.

Si dejaba de enorgullecerse de todas las vidas que había salvado y seguía con esa mentalidad de que no merecía nada bueno, dejaría que ese demonio interior ganase la batalla. No… impensable… no podía permitirlo. Defraudar a la gente que le quería sería más doloroso que eso.

Basta ya de sentirse miserable. Su maldición se repetía cada cierto tiempo durante toda su vida. ¿Y qué? Debería ya acostumbrarse, aceptarla. Al menos, empezar a intentarlo, poco a poco. No hacía falta levantarse de golpe, ni enseguida. Tranquilo, no pasaba nada, respira, se decía a sí mismo. Levántate despacio, un pie después del otro. La tormenta de su mente no se iría de un soplido, pero sí con pequeñas brisas.

Se meció la barba. Decidió que estaba harto de ella. Tenía muchas cosas graves de las que encargarse, pero, primero, comenzaría por cosas sencillas, como asearse, darse un buen afeitado, vestirse con buena presencia, tomarse un té bien cargado de azúcar… y, después, la siguiente tarea.

Izan, los dioses del Yin, Viernes y la ARS… Le daba igual quiénes fueran, o a quiénes tuviera que enfrentarse. Después de todo, nadie le provocaba más miedo que la entidad oscura de su propio interior, así que, si alguien debía temer a alguien, eran ellos a él.









9.
Hora de levantarse

Hace 19 años…

«Lex estaba pasando unos días de verano con sus padres y con sus abuelos maternos en una casa junto a un lago que Hideki y Emiliya solían alquilar desde hacía años, en la prefectura de Gifu. Era un lugar tranquilo, rodeado de pura naturaleza, bosques y montañas. Había otros turistas en el lago ese día, de los pueblos cercanos o haciendo camping.

Hace poco, Lex e Ichi habían comenzado a recibir de sus padres un entrenamiento básico de artes marciales. Hideki y Emiliya hicieron lo mismo con Katya cuando era pequeña y ahora Katya quería que Lex aprendiera la misma disciplina y fortaleza.

En el atardecer, Hideki, con su largo cabello rojo recogido en una coleta y en bañador, se encontraba en una orilla lejana del lago impartiendo algunas lecciones de lucha a Ichi, y al pequeño parecía dársele muy bien. Lex no podía decir lo mismo. Le estaba costando. Neuval le había estado intentando dar las mismas lecciones esos días, y como no lograba ir tan bien como su tío, se había ido a sentar sobre las toallas cerca la orilla, solo y malhumorado.

Su madre y abuela estaban unos metros más atrás, sentadas en unas sillas plegables, vestidas con traje de baño y sombreros de paja bajo una sombrilla. Katya tenía un laptop sobre sus piernas y no paraba de teclear nuevas programaciones para la nueva Hoti que iba a ser implantada en el futuro rascacielos de Hoteitsuba, cuya construcción había comenzado hace poco en Tokio. Por su parte, Emiliya tenía a un bebé, rubio y de ojos verdes como ella, sobre sus piernas, con el que no paraba de jugar y mimar.

Neuval había aprovechado para darse un baño en el lago. Había visto que Lex necesitaba unos minutos a solas y no quería atosigarlo. Entonces, al salir del agua, se acercó a él y se recostó en la toalla de al lado.

—¿Qué? ¿Quieres intentarlo otra vez? —le apremió, sonriéndole con calma, pero el niño se abrazó las rodillas y miró para otro lado—. Eh, mon grand ?

—No quiero. Es inútil. ¿Para qué perder el tiempo?

—Tiempo es todo lo que tiene un niño de 6 años como tú.

—Pues no tengo paciencia. Así que paso.

—¿Sí? ¿Has decidido rendirte tras una simple semana?

—Me has hecho el mismo ejercicio 100 veces y las 100 veces me he caído. No quiero darle el gusto a la 101. Yo no soy como tus compañeros iris. Ni como el tío Ichi.

—Es que no tienes que ser como un iris ni como tu tío, Lex. No estás compitiendo contra ellos. Estás compitiendo contra tu “yo” de ayer. Sólo tienes que ser mejor que el Lex de ayer.

El niño se giró y lo miró con el ceño fruncido, sin entender.

—¿Estás enfadado conmigo? —preguntó Neuval, y el niño volvió a apoyar la barbilla sobre sus rodillas y se encogió de hombros de mal humor—. ¿O contigo?

—Con los dos. No quiero hacer más esto. No quiero que me obligues.

—Vaaale, no te obligaré. Si quieres que pare, pararé.

—No es tan fácil. Porque entonces te voy a decepcionar. Y me da vergüenza. Y…

—No estamos haciendo esto para que me complazcas a mí. ¿Por qué miras tanto a tu abuelo y a tu tío? ¿Ves la cara de orgullo de tu abuelo cada vez que Ichi consigue superar el ejercicio y quieres que eso pase entre tú y yo?

—Es que… yo esperaba hacerlo bien… y quería demostrártelo… y sólo me has visto caer y caer 100 veces. Es humillante.

—Hah… Eso no es lo que he visto —le posó la mano en la cabeza y lo obligó a mirarlo a los ojos—. Lo que te he visto hacer es levantarte 99 veces.

Lex se quedó sorprendido, y no supo qué decir, porque ese punto de vista de repente cambió su modo de entender el ejercicio.

—Esto que estás experimentando se llama frustración, Lex.

—No quiero sentirla nunca más.

—Quítate esa ilusión de la cabeza. La frustración aparecerá más veces en tu vida, inevitablemente. Es un efecto natural de la ambición. No tienes que verla como un muro que te impide avanzar, sino como un trampolín que te está intentando invitar a saltar a otro camino, a probar otro método, otro enfoque. La frustración es una señal de que lo que estás haciendo no funciona y es hora de buscar otra táctica. Pero eso sólo es posible si aceptas dar el salto.

»No importa cuántas veces te caigas, mientras te sigas levantando. Algunas veces te sentirás agotado y sin ganas de levantarte, pero eso es normal. No pasa nada. Sólo necesitas una pausa, un descanso, pensar un poco. Justo lo que estás haciendo ahora. No tienes que levantarte enseguida si no puedes. Tómate tu tiempo. Y levántate cuando estés mejor. Pero nunca dejes que la caída dure el resto de tu vida.

—¿Hay alguna manera de hacer que este malestar de la frustración se vaya antes? Entiendo que es una emoción compleja, pero no me gusta que por culpa de ella estoy perdiendo un tiempo que puedo dedicar a avanzar.

—No estás perdiendo ningún tiempo. Estás gestionando un problema interno. Es como ejercitar un músculo. Te hará más fuerte, más resistente a las futuras frustraciones. Atesora los malos momentos como un aprendizaje, Lex. Todos estamos en este mundo por tiempo limitado. Es una aventura temporal.

—¿Qué haces tú para sentirte mejor cuando te sientes mal?

—Hmmm… —dibujó una larga sonrisa pueril en la cara mientras se aproximaba a él con los brazos extendidos.

—¡Ayyy! —intentó escapar el pequeño, pero no pudo, terminó apresado entre sus brazos.

—Apretujar esta bolita antiestrés es lo mejor que hay…

—Ayyy… nooo, que nos están mirando… —se puso rojo.

—¡Hahah! ¿Desde cuándo te da vergüenza abrazar a tu papá, eh? Por favor, no te hagas mayor tan rápido.

—Abrazarte no me va a hacer sentir mejor porque mi problema es que no puedo superar tu ejercicio.

—Aaah, te hago recordar el motivo de tu frustración, ya entiendo —sonrió Neuval, y se levantó y se dirigió un momento hacia donde tenían agrupadas las bolsas y mochilas donde habían traído todas las cosas. Regresó con un peluche grande de Pikachu—. ¿Y qué tal abrazar tu peluche favorito?

—Hmm… —Lex se sonrojó más, también le daba vergüenza que los demás lo vieran todavía jugando con peluches. Pero cuando su padre se sentó de nuevo a su lado y se lo puso sobre las piernas, el niño suspiró resignado y abrazó el rechoncho peluche—. Mmm… —se le escapó otro suspiro, pero, esta vez, fue de relajación.

Neuval sonrió contento, recostándose sobre la toalla cómodamente. Sin embargo, de repente Lex pegó un bote y un grito.

—¡Ah! ¡Papá! —lo miró asustado, y después separó al peluche de sí, observándolo con gran asombro—. ¡Me ha dado un calambre! ¡En la espalda!

—¿Qué?

—Ahhh… —Lex dio un respingo, con ojos brillantes de emoción—. Pikachu… ¿te has vuelto de verdad?

—¡Hahah! Lex, mira lo que tienes detrás —le indicó su padre.

El niño se giró enseguida, y se encontró con un pequeño bebé rubio de 1 año de edad, que lo miraba con ojos inocentes y expectantes.

—¡Tío Brey! Oh… ¿Has sido tú? —dijo algo decepcionado.

—Parece que este pequeño y raro iris ha detectado tu malestar y ha venido a salvarte —dijo Neuval.

Lex sonrió y cargó con Brey en brazos para sentarlo delante de él sobre su toalla, poniendo el peluche a su lado, y Brey se puso a jugar con él. Neuval comprobó que Brey no se había escapado de la vigilancia de su madre cuando, al mirar atrás, encontró a Emiliya y a Katya todavía allá, sentadas juntas en sus sillas plegables. Katya seguía tecleando en su laptop, y Emiliya saludó a Neuval con la mano mientras con la otra se bebía una lata entera de cerveza de una sentada.

—Papá… —lo llamó Lex, mientras le daba a tu tío unas piedras de la orilla con las que jugar—. ¿Por qué soy yo quien te hace sentirte mejor?

—Porque eres mi hijo.

—Ya, pero… ¿Qué tengo yo de especial? Es decir… Tienes más personas a las que quieres desde antes de nacer yo. Quieres mucho a los abuelos Hideki y Emi. Quieres mucho, mucho, mucho a los abuelos Lian y Ming, y al tío Sai. Y quieres mucho, mucho, mucho, mucho, mucho a mamá.

—Son más “muchos” que eso —se rio—. Pues imagina todos esos “muchos” juntos en una sola personita —le tocó la punta de la nariz—. ¿Sabes qué pasó cuando naciste? —Lex negó con la cabeza—. Mi iris se volvió invencible, ¡superpoderoso! Me diste tanta alegría y poder que hasta podía volar y convertirme en aire.

—¿Sí? —dijo con ojos abiertos de asombro—. Pero… ¿y mamá? ¿No te hizo volar cuando la conociste?

—Ah, tu madre me ha hecho volar muchas veces, solo que en otro sentido… eheeh… —se le escapó una risilla boba, pero cuando vio que Lex lo miraba con una ceja arqueada sin entender nada, carraspeó y se puso más serio—. Ajem, es decir… Cada persona tiene su flotador particular, por así llamarlo. Para algunos es un objeto; para otros, es un hobby; para otros, es una persona. Sea lo que sea, cuando uno siente que todo se vuelve oscuro y confuso, este flotador es algo que vuelve a darle sentido y claridad a todo. Tu madre es quien me ayuda a dar sentido a mi persona, a aceptar ser como soy. Y tú eres quien da sentido a mi vida. Verte me recuerda por qué debo y quiero seguir levantándome, sin importar si tengo que tragarme miles de caídas.

Lex lo miró con ojos grandes y asombrados, y le dio un poco de vergüenza sentir ser alguien tan importante. Y un poco de miedo.

—¿Y si un día te sientes mal y yo no estoy ahí para curar tu frustración? ¿Y si en ese momento estoy en el colegio, o de viaje, o visitando a los abuelos?

—No te preocupes. No tienes que estar justo ahí a mi lado. Sólo tengo que pensar en ti, y se me pasa.

—Aah… —sonrió más tranquilo, y se quedó un rato en silencio, pensativo, mientras ayudaba a Brey a colocar las piedras en una pequeña torre—. Papá, ¿por qué necesitas la ayuda de mamá para aceptar ser como eres? ¿Es que no te gusta cómo eres?

—Ahm… —Neuval miró a un lado, pensando cómo responder—. No es que no me guste. Es que… hay algunas cosas de mí que no entiendo, por más que lo intento. Y eso me hace sentir frustración a veces… Pero tu madre me ayuda a gestionarla. Me hace ver y recordar las otras cosas buenas que hay en mí, aquellas cosas que sí entiendo, y me ayuda a centrarme en ellas para seguir adelante y… para aprender a quererme a mí mismo algún día —disminuyó su tono de voz al decir esas últimas palabras, denotando una pequeña y amarga duda sobre ellas.

—Yo no entiendo eso. ¿Por qué no te querrías a ti mismo? ¡Si eres genial! —le comentó Lex, todavía entretenido con las piedras y con Brey.

Neuval lo miró mudo unos segundos. Aquella declaración le produjo un efecto inesperado. Era algo muy simple para Lex, pero para Neuval era como descubrir que había cumplido con éxito una misión muy importante, algo muy personal dentro de él. Era como si esas palabras le hubieran curado la mitad de una herida muy profunda.

—¿Tú piensas eso de mí? —le preguntó.

—Pues claro —el niño se encogió de hombros como si fuera obvio—. ¿A que tú piensas lo mismo sobre el abuelo Lian?

—Hm... —sonrió Neuval—. Desde luego que sí.

—¿Y sobre el otro?

—¿Eh? ¿Qué “otro”?

—El otro papá que tuviste antes del abuelo Lian. ¿Te hacía y te decía cosas malas?

A Neuval le cambió la cara, perplejo y disgustado.

—¿De dónde sacas eso?

—Es que… una vez te oí hablando con mamá sobre ese Jean —se encogió de hombros otra vez, un poco más tímido, percibiendo que quizá era un tema que no le gustaba a su padre—. No entiendo por qué lo haría. Si yo te hago sentir feliz porque soy tu hijo, ¿por qué ese Jean no se sentiría feliz contigo si eres su hijo, y además genial?

Neuval no supo cómo responderle durante un rato. Esto le había pillado por sorpresa, y se lamentó de haber sido tan descuidado a la hora de hablar con Katya de ciertos temas sin asegurarse de que nadie más los oía. Le brilló un poco el ojo izquierdo de luz blanca al recordar a Jean, el creador del trauma de su iris. No podía enfadarse con Lex por hacerle preguntas que le abrían la herida, ni tampoco ignorarlo.

Era normal que Lex empezara a preguntarse cosas sobre la vida y las personas, que quisiera saber y entender. Precisamente Neuval quería criarlo para que entendiera el mundo, poco a poco y con cuidado, pero nunca ocultárselo ni mentirle demasiado, porque el deber de un padre era preparar a sus hijos para vivir en el mundo y no para sobreprotegerlos eternamente.

—Ese hombre… estaba un poco mal de la cabeza —le respondió entonces—. A veces hay gente así. Y a veces no tienen cura o remedio, o no está en tus manos solucionarlo. En esos casos, lo mejor que puedes hacer es alejarte, y juntarte con la gente que sí te trata bien.

—¿Por eso cambiaste a Jean por el abuelo Lian?

—Fue la primera mejor decisión de mi vida. Ya nadie volvió a hacerme daño —le sonrió.

Lex también sonrió. Siguió jugando con Brey y dio un largo suspiro.

—Papá, no quiero entrenar más por hoy. Quiero seguir intentándolo, pero mañana. ¿Podemos dejarlo para mañana?

—Pues claro que sí, mon grand. Cuando estés listo para levantarte, avísame y continuaremos. Además, como tu madre te ha visto algo desmotivado estos días, ha dicho que mañana te preparará tu desayuno favorito para animarte.

—¡Ahh! —dio un respingo ilusionado—. ¿Las tostadas con cebolla y atún bañadas en chocolate y mostaza y con trozos de pollo y regaliz aliñados con vinagre y canela?

—Bugh… —a Neuval le dio una arcada sólo de oírlo, pero ya estaba acostumbrado y volvió a sonreírle al niño—. Sí, eso mismo.

Le hizo unas cosquillas en la tripa y Lex se rio. Entonces Neuval volvió a apoyarse en sus codos sobre la toalla, y volvió a girar la cabeza hacia atrás, y descubrió que Katya lo estaba observando muy fijamente a través de sus gafas, con ese semblante tan serio y estoico propio de ella. Neuval le sostuvo la mirada, dedicándole una sonrisilla sugerente, levantando las cejitas un par de veces. Para más descaro, se echó su cabello castaño claro mojado hacia atrás, que en esa época lo tenía algo largo.

Katya seguía muy quieta mirándolo. Lex se dio cuenta de esta interacción silenciosa y miró a uno y a otro, confuso.

—Mírala… —dijo su padre—… cómo me perfora el alma con esas afiladas esmeraldas… Mira cómo esa galaxia me doblega con sus letales pecas… rodeada de esas onduladas sedas escarlatas…

—¿Eh? —se preocupó Lex, pensando que le estaba dando un golpe de calor.

Mientras tanto, varios metros más allá, Katya seguía sin desviar la vista severa de Neuval.

—¿Cariño? —la llamó Emiliya, confusa.

—Mira a ese francés chiflado… —dijo Katya—… cómo me tienta con esa diabólica mirada argéntea y esos insolentes hoyuelos, marcados por la arrogancia de su sonrisa… provocando con ese cuerpo gigante esculpido por titanes…

Emiliya puso los ojos en blanco y negó con la cabeza.

—Cariño, puedo oír los rugidos de tus ovarios desde aquí.

—¡Mamá! —exclamó Katya de repente con vergüenza.

—¿Sabes qué? Lleváis todo el santo día con las miraditas.  ¿Por qué no os vais ese Fuu y tú a dar un paseo? Yo me quedo con Lex y con Brey.

—¿Y por qué tendría que hacerlo? No sé por qué dices eso —dijo molesta, mientras guardaba su laptop y se levantaba de la silla—. Si voy a dar un paseo con mi marido, es porque necesito estirar las piernas.

—Mm, hmmmmm… —asintió Emiliya con notable sarcasmo.

—Así que no pienses cosas raras —concluyó Katya, y mientras se sacudía la arena del cuerpo, procuró que Neuval viera con claridad cómo se ajustaba bien los tirantes del bañador sobre los hombros, haciendo rebotar un poco sus pechos, y después la goma de la parte trasera, haciendo temblar un poco sus muslos.

—Universo, apiádate de mí… —murmuró Neuval, haciendo un gran esfuerzo por controlarse—. Bueno, Lex, si me disculpas… tengo que irme a adorar a una diosa.

—Ugh… —respondió el niño, mientras su padre se ponía en pie a toda prisa y se iba corriendo detrás de Katya, que ya se había empezado a alejar por el sendero.»


Cuando la luz del día empezó a traspasar sus párpados, Neuval comenzó a abrir los ojos poco a poco. Le costó un par de minutos reiniciar el cerebro, algo insólito en él, a no ser que se hubiera pasado la noche bombardeándolo con kilos de químicos.

Reconoció el techo de su habitación, y estar en su cama, abrigado con el edredón. Pero notó algunas molestias por el cuerpo. Eran de los golpes y navajazos que recibió en la pelea de anoche. Entonces, fue recordando todo. Especialmente, los últimos minutos antes de perder el conocimiento. Y esto le trajo de vuelta una inquietud.

Se incorporó un poco, y, efectivamente, encontró a Lex ahí frente a su cama, sentado tranquilamente en una butaca, desayunando un bol de… en realidad, no era un bol, sino una ensaladera enorme, llena de una especie de potaje de alubias rojas, brócoli, pescado seco, mermelada de melocotón, leche y kétchup. Lex no reaccionó cuando lo vio despierto, simplemente lo miraba mientras continuaba metiéndose cucharones de comida en la boca.

Neuval entonces se tocó la frente, y la barbilla, descubriendo un par de apósitos. También descubrió algunos en sus manos y dedos. Luego se dio cuenta de que estaba solamente en ropa interior bajo el edredón, y con un vendaje rodeando su pecho y hombro izquierdo, donde había recibido algunas puñaladas y cortes superficiales, que ahora estaban bien cosidos y tratados.

Miró a Lex, comprendiendo que había pasado toda la noche ahí curando sus heridas y vigilándolo.

Lex dejó la ensaladera un momento sobre la cómoda que tenía al lado; se puso en pie y caminó hacia la mesilla de noche junto a la cama para agarrar una pequeña papelera con una bolsa de plástico puesta, y la acercó al lado de la cama.

—Por si necesitas vomitar —le indicó Lex, y acto seguido se inclinó hacia su cara y le apuntó a los ojos con una pequeña linterna. Neuval intentó apartar el rostro con molestia, pero Lex le sujetó la cara y lo obligó a mirarlo—. Tus pupilas reaccionan un poco lentas todavía. Pero no hay daño cerebral —volvió a sentarse en la butaca, dando un suspiro—. Una vez más, tu capacidad de recuperación es afortunadamente inhumana. Sé que no te va a gustar oírlo, pero te he estado inyectando suero, aprovechando que estabas KO. No te preocupes, hace unas horas ya te quité la aguja —agarró su ensaladera de nuevo y continuó comiendo—. ¿Cómo te encuentras? —le preguntó con la boca llena.

Neuval seguía un poco desorientado, asimilando la situación. Sin embargo, al final no pudo disimular una expresión de disgusto, y acto seguido se volvió a tumbar con un resoplido desganado, dándole la espalda a Lex, y medio escondiéndose bajo el edredón.

Lex entendió que no estaba de humor para hablar. Pero a él eso no le importaba, solamente ver que había despertado en mejor estado.

—Para que lo sepas —le comentó el joven—. No mataste a nadie ayer. Aunque seguramente aquel violador al que le metiste una barra de metal por el ano desearía estar muerto.

Neuval se encogió más en la cama, sin decir nada. Lex sólo veía sus cabellos alborotados asomando bajo el edredón.

—Y he contactado con tus almaati —añadió Lex—. Con Lenny y los otros tres amigos del tío Brey que están estudiando Medicina con él, para pedirles que se encargaran de esa banda de criminales, llevarlos a la policía con pruebas incriminatorias suficientes para quedar encerrados mucho tiempo, eso cuando les den el alta en el hospital, claro… No les he dicho que estuviste involucrado, les he dicho que esos criminales tuvieron un altercado con otro individuo en el puerto, que yo intervine, y ya. Así que queda asegurado que lo único que saben de ti tanto tus almaati como los criminales es que eras, como mucho, un sujeto desconocido y violento y nada más.

Su padre siguió sin contestar ni moverse. Lex terminó su desayuno, y se quedó un rato masticando y pensativo. Terminó captando lo que le pasaba a su padre en realidad. No lo estaba ignorando porque estuviese de mal humor, ni enfadado con él o dolorido, sino porque se moría de la vergüenza, tenía la dignidad por los suelos. Sin duda, Neuval estaba convencido de que Lex se avergonzaba de él y que debía de pensar que era un tipo patético y problemático.

Nada más lejos de la verdad. Lex comprendía que él pensara esas cosas, era lo habitual en las personas que llevaban toda la vida practicando en silencio el autodesprecio. Verse a sí mismo como una molestia para su propio hijo, que había tenido que venir a rescatarlo de su propio comportamiento deplorable, lo empeoraba. Lex sabía que no lo iba arreglar por mucho que le hablase, no lo iba a convencer de que se equivocaba al pensar eso. Él conocía bien el tipo de trastorno que padecía y no tenía fácil solución.

—Papá… —lo llamó tras un rato de silencio, poniéndose en pie y acercándose un poco a la cama—. Tengo que hacerte saber que… hablé anoche con el abuelo. Y me lo ha contado todo. Lo de Izan… y… lo de mis primos Saehara. —Hizo una pausa, por si él reaccionaba, pero Neuval únicamente se tapó unos milímetros más la cabeza—. Quiero pedirte algo que sé que es imposible, pero aun así te lo pediré. Por favor, no te culpes de lo del tío Izan. Por una vez en tu vida, no te sientas responsable de todas las cosas malas que les pasa a los demás. No es tu culpa. Y… también quiero que sepas que todo lo que sucedió anoche quedará entre tú y yo. Nunca se lo contaré a nadie.

Una vez más, esperó a ver si su padre decía o hacía algo, pero seguía muy quieto bajo el edredón, de cara a la ventana.

—Me habría gustado aprovechar esta ocasión para… —balbució Lex, y resopló un poco nervioso—… bueno, para darte una noticia importante. Pero… mejor lo dejamos para otro momento más adecuado. Ya te dejo tranquilo. Tengo que marcharme.

Oyó sus pasos salir de su habitación y más tarde la puerta de la casa cerrarse. Neuval siguió ahí largo rato, mirando hacia la ventana con ojos vacíos, cansados y tristes. No se había atrevido ni a mirarlo a la cara, después de haberlo salvado anoche de su propia perdición. Tenía que haberle dado las gracias al menos, pero tenía ese nudo de vergüenza en la garganta, y otro nudo de impotencia en el estómago.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Cómo continuar, cómo avanzar? ¿Cómo iba a ser capaz de levantarse?

Al menos, había sido, por una vez, una buena noticia el hecho de que anoche logró contenerse lo suficiente para no matar a nadie. ¿Cuántas veces más tenía que sufrir estos episodios el resto de su vida? No entendía por qué le pasaba esto, desde que era pequeño. No sabía qué era, quién era, de dónde venía… Era agotador no saber nada.

Después reparó en las últimas palabras de Lex. ¿Cómo que darle una noticia importante? Neuval frunció el ceño, preguntándose qué podía ser. No era sólo por la intriga, sino sobre todo porque, al decirlo, notó en la voz de Lex un tono ligeramente nervioso, y eso en él era muy raro. Dijo que era algo importante. Era importante para Lex. Y él se había quedado ahí escondido bajo el edredón como un niño pequeño.

No se sentía con ánimos de nada, pero no podía permitirse hacer eso, no escuchar cuando uno de sus hijos necesitaba decirle algo importante, no otra vez.

Se levantó de la cama, un poco dolorido, pero se repuso rápidamente. Aún no tenía bien ajustada la noción del tiempo, creyó que sólo habían pasado unos segundos desde que Lex se marchó. Por eso, bajó las escaleras rápidamente, abrió la puerta y salió al porche.

—¿Lex? —lo llamó directamente.

Pero no había nadie por ahí. El barrio estaba tranquilo. Y el coche de Lex no estaba ni en el jardín ni en la calle.

Neuval suspiró resignado y volvió a meterse en la casa. Fue a la cocina para beber agua. Se encontró la cocina hecha un poco desastre. Lex siempre había sido impecable en casi todo, pero tenía algunas manías. Cuando él mismo se hacía su inusual tipo de desayunos y comidas, como siempre mezclaba numerosas cosas, lo dejaba todo desordenado y hecho un asco. Ya era bastante desagradable verlo comer esas mezclas que parecían vómitos como para ver restos o salpicaduras de ello por las encimeras y el fregadero.

Hahh… ce garçon… —farfulló Neuval, y se marchó por uno de los pasillos junto a las escaleras. (= Hahh… este chico…)

Abrió la puerta de la salita que estaba en frente de su despacho para comprobar cómo estaban los gatos. Los encontró ahí jugando entre ellos en su rincón de mantas, y la madre estaba justo terminando de hacer sus necesidades en un cajón de arena, tan tranquila.

—¿Eh?

Neuval parpadeó varias veces. Él no recordaba haber comprado ese cajón ni tampoco esa arena especial para gatos. Le había puesto sobre unos periódicos una arena normal provisional para la noche. También vio un par de cuencos nuevos, y una bolsa de pienso. Y una cama nueva, a la que Hélium regresó para tumbarse un rato.

—¿Tengo fantasmas en casa? —preguntó.

—“No” —respondió automáticamente la voz de Hoti por los altavoces integrados en las paredes—. “Si te preguntas si alguien estuvo en esta habitación aparte de ti, fue Lexien. Salió un rato durante la madrugada, después de traerte a cuestas, tratar tu mal estado y descubrir que tenías estos animales aquí. Salió a comprar a una veterinaria de guardia estos nuevos utensilios y alimento para ellos. Además, se encargó de bañarlos en el aseo junto a las escaleras. Me comentó que era una obligación por su parte dejar a los gatos bien atendidos, en caso de que tú hoy continuaras indispuesto. Pero pude detectar que, aparte de ese motivo, lo hizo por puro gusto, a juzgar por el largo rato que pasó mimándolos y abrazándolos y expresando su deseo de robártelos.”

—Oh… —entendió Neuval.

Se rascó la cabeza, no se esperó ese generoso gesto extra. Al parecer Lex se había pasado toda la noche despierto encargándose de cuidar de todos los seres desgraciados de esa casa. Como los gatos ya estaban limpios, dejó la puerta de la salita abierta, dejándole a Hélium la oportunidad de salir por su cuenta si le apetecía explorar la casa.

Neuval volvió por el pasillo. Pensó en subir a su habitación y meterse en la cama de nuevo. No quería hacer nada. No quería pensar. No tenía ganas de aguantar ese complicado mundo hoy. Sólo quería desaparecer, al menos, por un periodo largo de tiempo.

Sin embargo, sus ojos captaron algo que llamó su atención. Antes de poner un pie sobre el primer escalón, miró hacia el comedor, a su izquierda. Necesitó unos minutos para entender eso. Se acercó despacio a la mesa del comedor, y cogió ese rechoncho peluche de Pikachu que, con los años, estaba ya algo descolorido. Que él supiera, eso llevaba años guardado en una caja en el armario de la antigua habitación de Lex.

Junto al peluche, encontró el marco de una foto. Era una de las muchas fotos que decoraban la estantería del salón principal, pero Lex había cogido específicamente esa y la había dejado ahí. En esa foto salían él, Katya y un pequeño Lex de 6 años, de aquel verano, hace casi veinte años, que pasaron en la casa del lago con los padres y hermanos de Katya.

Neuval hizo memoria. Recordaba ese día. Lo que sucedió ese día. La pequeña conversación que tuvo con ese pequeño Lex acerca de las caídas y los levantamientos.

Aquello le conmovió. Lex le había dejado un mensaje. No se avergonzaba de él, ni pensaba que era una molestia problemática o patética. Lex comprendía sus caídas, incluso las más graves y bochornosas. No apareció anoche para recriminarle nada, sino para ayudarlo, y darle su apoyo, igual que siempre lo recibió de él desde que era pequeño.

Neuval apretujó el peluche entre sus manos, era muy suave y bastante gustoso. Le apareció al fin una pequeña sonrisa nostálgica en los labios.

¿De verdad podría hacerlo? ¿Levantarse una vez más… tras más de diez mil caídas acumuladas? ¿Podría seguir su propio consejo que le dio a su hijo? Tenía que seguir siendo un buen ejemplo para ellos y para el mundo, ¿no? Lex había entendido que él había necesitado sufrir esta caída, y darse este porrazo, y tomarse un tiempo para gestionar el dolor. Lex no había venido a evitarlo, sino a acompañarlo, porque ya aprendió hace mucho tiempo que estos episodios de su padre no se podían evitar. Pero no tenía por qué sufrirlos solo.

—“Neuval” —lo llamó Hoti.

—¿Mm?

—“Tienes tres mensajes de voz en el teléfono, recibidos hoy a las ocho y veinte, a las nueve y tres minutos y a las nueve y media. ¿Te gustaría escucharlos?”

El Fuu miró un momento el reloj de pared del comedor, sin tener ni idea ni de qué hora era y cuánto había dormido. No era demasiado tarde, seguían siendo las diez de la mañana. En ese momento no sabía qué decirle a Hoti. Seguía sintiéndose algo apático, aún le faltaban las fuerzas, no sólo en el sentido físico. Aún se sentía un poco perdido, sin rumbo, sin objetivos a la vista. Se quedó un rato observando ese peluche amarillo.

—Vale —terminó respondiéndole a Hoti.

—“Mensaje de Ming Jie, a las ocho y veinte: Buenos días, cielo. Te llamaba para ver qué tal estás, quizá aún estás durmiendo u ocupado. Tu padre ya me puso al corriente anoche. Prefiero no hablar de ello, ya habrás tenido bastante en la reunión, no quiero saturarte con comentarios obvios. No sabes cómo lamento esta situación, los pobres mellizos, el pobre Brey… Quiero que sepas que confío en ti, hijo. Siempre hallas la forma, sé que lo harás. También quiero que sepas que Yenkis se ha aclimatado bien. Ahora está desayunando y se irá a la escuela en unos minutos. No te puedes ni imaginar lo feliz que me hace tenerlo conmigo unos días, después de tantos años… Qué chico más dulce y amoroso y listo, es como volver a tener ante mí al Neu de 12 añitos, no puedo dejar de verte en él… Me lo quiero quedar para siempre. Te lo quiero robar, pero sé que lo echarías demasiado de menos. Lex y Cleven ya se te han hecho mayores y te queda el pequeño, que, de todas formas, también se está haciendo mayor ya… Ay… Hay que disfrutarlos mientras duren, cielo. Esta tarde vendrá Haru para entrenarlo unas horas. Te iré informando estos días. Te quiero, cielo, cuídate.”

A veces ni siquiera importaría prestar atención a lo que dijese Ming Jie. Sólo escuchar su voz, siempre le traía a Neuval una sonrisa de calma. A veces, realmente deseaba con fuerza haber nacido de ella desde el principio. Haberla tenido como madre toda su vida. Sin embargo, ya era bastante afortunado de haberla tenido gran parte de su vida. No todos los niños huérfanos o en problemas tenían la milagrosa suerte de ser encontrados por un Lao.

—“Mensaje de ‘El chucho pulgoso’, a las nueve y tres minutos: ¿Qué pasa, gabacho estúpido? Oye, me ha pedido Kei Lian que te llame para ver cómo estás. Dice que ayer te vio un poco estresado, pero no quiere atosigarte y por eso me ha pedido a mí que compruebe que no te has acabado dando cabezazos contra una pared. Porque, desde luego, yo anoche tuve que darme unos cuantos para poder dormir un par de horas. ¡Como para no dárnoslos! Kei Lian me ha pedido que te diga que él estará hoy en la empresa haciéndose cargo de todas las tareas pendientes de Hoteitsuba, incluidas las tuyas. Es obvio que tu viejo espera que tú y yo le demos caña a nuestros sesos hoy. Tenemos que empezar a pensar qué hacer, Neu, porque esas taimuki y la pequeña Clover nos necesitan. He estado en la noche pensando en un par de líneas de investigación, y quiero discutirlas contigo. Tengo que comprobar algunas cosas primero. Si te parece, esta tarde podemos hablarlo, ¿vale? Vamos a arreglar esto, ‘hermano’, a toda costa.”

Neuval dejó el peluche de Pikachu en la mesa de nuevo, y levantó la mirada, observando el jardín exterior por el ventanal que tenía en frente. Desde ahí se veía parte de la parcela de la casa vecina de los Mukai. El coche de Viernes seguía ausente. Pipi tenía razón. Clover y las hijas de Denzel los necesitaban. Esto no podían resolverlo otros, tenían que ser ellos, la SRS y la KRS, juntas, combatiendo una nueva amenaza una vez más. No podía dejar a su mejor amigo solo con esta responsabilidad, Pipi también lo necesitaba.

—“Mensaje de Hana, a las nueve y media.”

Neuval dio un pequeño respingo al oír eso, y miró a otro rincón, prestando toda su atención.

—“Hola, cariño. Por fin tengo un momento tranquilo para hablarte. Quizá te pillo ocupado, pero no importa, te dejo este mensaje para que estés tranquilo. Quiero que sepas que llegué bien a mi destino, y que estoy bien. De hecho, más que bien. Estoy de fábula. Estoy muy ilusionada con este viaje. Perdóname por no darte aún más detalles sobre ello, pero no te preocupes, te prometo que cuando regrese te lo contaré todo. El único inconveniente es que apenas han pasado dos días y ya te echo de menos con toda mi alma.”

»“En este par de días he podido ver muchas cosas increíbles, Neu. Cosas que me han hecho pensar, en ti, en mí, en todo el mundo, en la vida… Necesito este viaje para ponerme al día, ponerme a la altura. Desde que me contaste la verdad sobre los iris, no dejo de ver un mundo nuevo encima de mí, y quiero escalar y llegar hasta él y estar a su nivel. Tengo muchas ganas de tener esta experiencia. Evolucionar, ser una Hana aún mejor. Quiero mostrarte a esa Hana cuando vuelva.”

»“He tenido tiempo para recapacitar sobre algunas cosas. Me he dado cuenta de que este mundo ahora mismo sería diez veces más negro si tú nunca hubieras nacido en él. Y yo ahora lo entiendo, Neu. He descubierto al fin lo que llevo toda mi vida buscando. He encontrado el sentido de mi vida. Quiero ser como tú. Como los tuyos. Gente que ha sufrido y que usa ese sufrimiento para arreglar y construir. No te haces una idea de lo mucho que este mundo te necesita. Necesita a más gente como tú. Quiero añadirme a la lista.”

»“Te cuento esto porque he recordado aquellas conversaciones que teníamos hace tiempo. Esas que me entristecían tanto, cuando hablabas de ti mismo como alguien que no merece ser querido ni recibir cosas buenas. Sé que crees que tus defectos echan a perder tus virtudes, pero te equivocas, porque tu constante elección de combatirlos hace que tus virtudes brillen aún más y que signifiquen más. Yo estoy cansada de avergonzarme de mis defectos, Neu… de intentar eliminarlos a pesar de que, en definitiva, no puedo hacerlo con muchos de ellos. Así que he decidido cambiar de estrategia y seguir tu ejemplo: aceptar mis defectos y hacer que mis virtudes los compensen con creces.”

»“No pienses que haberme salvado la vida a mí y a miles de personas más no te hace merecedor de ningún mérito, porque entonces estarías desvalorizando las vidas que has salvado. Yo estoy viva y voy a aportar cosas buenas a este mundo gracias a ti. Y eso debería ser suficiente para que te sientas muy orgulloso de ti mismo. Y cuando te enorgulleces de haberme salvado, es cuando me honras a mí y mi existencia.”

»“Estoy deseando volver a verte y mostrarte la nueva y mejor versión de mí misma. Hasta entonces, cuídate bien y no hagas locuras.”

El comedor se quedó en silencio. Neuval seguía mirando absorto a otra parte. Las palabras de Hana aún sonaban en su cabeza, y no pudo evitar que se le humedecieran los ojos. Eran lágrimas agridulces. La parte agria, porque estaba cansado, y tras lo ocurrido anoche, estaba atemorizado de sí mismo. La parte dulce, porque todos esos mensajes de sus seres queridos, incluso todo lo que Lex había hecho por él esa noche a pesar de seguir supuestamente peleados… le recordaban lo afortunado que era pese a lo jodido que estaba por dentro.

Si dejaba de enorgullecerse de todas las vidas que había salvado y seguía con esa mentalidad de que no merecía nada bueno, dejaría que ese demonio interior ganase la batalla. No… impensable… no podía permitirlo. Defraudar a la gente que le quería sería más doloroso que eso.

Basta ya de sentirse miserable. Su maldición se repetía cada cierto tiempo durante toda su vida. ¿Y qué? Debería ya acostumbrarse, aceptarla. Al menos, empezar a intentarlo, poco a poco. No hacía falta levantarse de golpe, ni enseguida. Tranquilo, no pasaba nada, respira, se decía a sí mismo. Levántate despacio, un pie después del otro. La tormenta de su mente no se iría de un soplido, pero sí con pequeñas brisas.

Se meció la barba. Decidió que estaba harto de ella. Tenía muchas cosas graves de las que encargarse, pero, primero, comenzaría por cosas sencillas, como asearse, darse un buen afeitado, vestirse con buena presencia, tomarse un té bien cargado de azúcar… y, después, la siguiente tarea.

Izan, los dioses del Yin, Viernes y la ARS… Le daba igual quiénes fueran, o a quiénes tuviera que enfrentarse. Después de todo, nadie le provocaba más miedo que la entidad oscura de su propio interior, así que, si alguien debía temer a alguien, eran ellos a él.





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