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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









Prólogo

¿Qué sucede cuando presencias el asesinato de un ser querido?

Depende. ¿Eres una persona sensible de las que lloran abatidas por la tragedia o una persona sensible de las que lloran rabiosas por no haber podido impedirlo? No todos los humanos tienen la "voluntad del héroe", y muchos de los que la tienen ni siquiera lo saben. No es hasta que llega ese momento inmediato, inesperado, incomprensible y desgarrador cuando este tipo de humanos despierta esa fuerza en su interior. Rabia, ira, tristeza, todas unidas por hacer justicia... pero también descontroladas y peligrosas.

Ellos no lo eligen. Pero sucede. No importa la edad, ni el país. Esta energía que nace dentro de ellos ante la tragedia los transforma, los renueva, les otorga un nuevo poder, y dejan de ser humanos para convertirse en sus protectores secretos como un deber que cumplir, bajo un mando superior, organizados, y llevando una vida cotidiana entre los demás al mismo tiempo. La venganza también forma parte de ellos, pero, también, algunos defectos, de los que puede surgir su lado más contrario y oscuro.

Las emociones humanas, las energías del bien y el mal, la vida y la muerte, son fuerzas superiores que lo dominan todo en el mundo terrestre, en un Equilibrio protegido por los dioses del Yin y el Yang, que ciertos grupos intentan cambiar y controlar, hacia lo que cada uno de ellos considera como el mundo más idóneo.

En medio de esta lucha invisible, Cleventine Vernoux navega en la rutina de la normalidad, en la apatía y en el olvido de todo lo que ocurrió en su infancia. Perdió memorias específicas, y con ellas, algo que formaba parte íntima de ella, el poder humano del cambio, del inconformismo.

Pero cuando uno se atreve a levantar la mirada del suelo, comenzará a ver cosas nuevas. Y tal vez raras. Y todo empieza con el despertar de un simple recuerdo, el nombre de alguien querido.



1.
El gran malentendido

Aquel 2 de octubre fue el día más terrorífico y catastrófico que sufrió la ciudad de Tokio. El ataque había comenzado en un tranquilo mediodía nublado y frío. Aparecieron de la nada. Nadie jamás pudo averiguar quiénes fueron. O “qué” eran.

Pero habían venido con un único objetivo, y sólo una persona descubrió cuál.


Cleven se tapó las orejas con fuerza y cerró los ojos. Esa última explosión sonó muy cerca. Sintió el cuerpo de su madre cubriéndola, abrazándola. Cayeron algunos escombros cerca de ellas. Al abrir los ojos de nuevo, sólo veía la densa cortina del ondulado cabello rojo de su madre, manchado de polvo blanquecino.

Estaban agazapadas en un rincón, junto a un muro desnudo de hormigón, en una cuarta planta dentro de un edificio vacío en construcción que sólo tenía un esqueleto interior de vigas y tabiques.

Katya soltó a Cleven y se asomó rápidamente por el hueco de la ventana que tenían al lado. Desde ahí se veía gran parte de la ciudad, y lejanas columnas de humo en diferentes zonas. La gente corría a donde podía ponerse a cubierto, la policía no sabía qué armas disparar contra esos seres… Parecían hombres, vestidos con trajes negros, algunos de épocas más antiguas que otros. Sin embargo, a veces cambiaban de aspecto y eran como sombras, nubes de tinieblas que se desplazaban veloces por el cielo y por las calles, dejando tras de sí una fina estela de luz plateada. Hacían estallar edificios con golpes de viento, incendiaban coches y árboles con un fuego invocado de la nada, a veces un rayo inesperado impactaba contra el asfalto o las fachadas de los rascacielos…

Pero, por alguna extraña razón, los ataques aumentaban allá a donde Katya y Cleven se movían. Habían pasado dos horas de pesadilla, y Katya empezaba a olerse algo, a sospechar algo. No tenía forma de comunicarse con los demás, no funcionaban los teléfonos ni las radios, y tenía que buscar la forma de proteger a Cleven a toda costa.

Cuando se aseguró de que ahora no había ninguno de esos seres oscuros rondando cerca, Katya recogió del suelo su laptop y agarró a Cleven del brazo.

—Vamos, malýshka, tenemos que subir hasta arriba.

La niña obedeció y ambas continuaron subiendo los peldaños de hormigón del interior de la construcción. Por el camino, Katya se paró un par de veces para rebuscar algo entre los utensilios de la obra. Se llevó con ella un rollo de hilo de cobre y un par de barras de metal. Cuando por fin llegaron a la azotea, obligó a Cleven a agazaparse en un rincón entre unos palés, mientras ella se fue hasta el centro.

Apilando unos ladrillos, Katya encajó las dos barras de acero entre ellos, dejándolas en posición vertical; después, comenzó a enrollar el hilo de cobre en ellas, todo lo rápido que podía, mientras no paraba de mirar a un lado y a otro. Acto seguido, se arrodilló en el suelo para abrir su laptop, y conectó algunos cables.

—¡Mamá! —la llamó Cleven, angustiada, oyendo otro estruendo cercano.

—¡Tranquila, malýshka, quédate ahí, no te levantes! ¡Voy a intentar contactar con los demás, ¿de acuerdo?!


En otra zona lejana de la ciudad, había un grupo de iris dando grandes saltos inhumanos sobre las azoteas de edificios y rascacielos, siguiendo a uno de esos seres de cerca, intentando lanzarle ataques con sus diferentes elementos.

Uno de ellos era un hombre algo mayor, de pelo cano y corto, y con un físico muy grande y musculoso, que en ese momento lanzó una gigantesca llamarada de fuego hacia esa sombra que volaba cerca. La llamarada, capaz de calcinar en segundos a un elefante, la envolvió por completo. Pero no la afectó en absoluto, pues siguió volando como si nada, alejándose.

El viejo aterrizó sobre una azotea y se apoyó en sus rodillas, algo cansado y frustrado. Otros iris se reunieron con él y también se quedaron ahí sin saber qué más hacer. A los pocos segundos, aterrizó cerca de ellos otra persona que volaba, pero era uno de ellos, un hombre esbelto de cabello castaño claro.

—¡Fuujin! —lo llamó el viejo.

Al oírlo, el susodicho se acercó a él corriendo.

—¡No les afecta nada! —protestó, tan frustrado como ellos.

—¡Lo sé! Uno de ellos se acaba de bañar en mi fuego como quien se baña en una piscina. ¿¡Dónde está nuestro Señor Alvion!? ¿¡O dónde están los taimu!? ¡Que vengan y los congelen en el tiempo!

—¡Es inútil! Uno de ellos se encuentra ahora con Alvion en la otra punta del planeta, encargándose de un volcán en erupción junto a una población de millones de personas. Y de la otra no se sabe nada, quizá esté ocupada también con otra urgencia en otro lado del mundo, o… o los dioses no la dejan, o qué sé yo…

—¡Y los dioses, ¿no están viendo esto?! —señaló el viejo la ciudad atacada.

—Si lo están ignorando es porque pensarán que es un ataque terrorista y que eso ya es nuestro problema por resolver.

—¿¡Qué ataque terrorista, Fuujin!? ¡Que están volando por todas partes envueltos en sombras lanzando rayos, fuego y… y…! ¡Joder, es obvio que no son humanos!

En ese momento un fuerte temblor los interrumpió. Notaron que el suelo bajo sus pies se estaba moviendo un poco. El edificio sobre el que estaban posados tenía una gran grieta en su estructura y se estaba partiendo en dos.

—Mierda… —se alarmó el viejo—. ¡Hay humanos corriendo por las calles de abajo, si les cae medio edificio…!

Sin embargo, una pequeña niña de apenas 9 años, de piel blanca como la porcelana y de cabello negro que estaba ahí, entre el grupo de iris, saltó directamente sobre la grieta del suelo, posando las manos a cada lado. Su ojo izquierdo brilló de una intensa luz naranja y la roca de hormigón comenzó a obedecer su orden. Eran muchas toneladas, y ella aún era una iris de nivel bajo, pero nunca se paraban a pensar si podían o no podían hacer algo; lo hacían sin más. La grieta volvió a unirse poco a poco, tanto la de la azotea como la de la fachada, incluso a volver a fusionarse molecularmente. Al final, la grieta desapareció por completo.

—¡Buen trabajo, Nakuru! —la felicitó Fuujin.

La niña, de rodillas en el suelo con cara mareada, levantó un pulgar. Los demás iris fueron a atenderla.

—Algunos de los nuestros están teorizando que quizá sean arki —siguió comentándole Fuujin al viejo—, o peor, miembros de la familia Knive primaria. Pero no… mm… —titubeó, poniendo una mueca de fastidio y confusión.

—¿Qué? ¿Qué ocurre? —le preguntó el viejo.

—Quizá sean cosas mías, pero… Cada vez que me he acercado a uno de esos cabrones y lo he atacado, siempre hacen lo mismo: se alejan de mí, me ignoran, ¡no me contraatacan!

—¿Cómo que te ignoran? Aquí los demás estamos repletos de moratones, cortes y lesiones que esos seres nos han asestado sin piedad. Lo único que nos ha salvado es que su objetivo no parece ser eliminarnos a nosotros, pero no han tenido reparos en devolvernos los ataques.

—Ya lo he visto, ¡y por eso me cabrean! ¡No hay manera de entenderlos, qué quieren, qué buscan, qué son, por qué hacen lo que hacen! Si fueran arki o si fueran Knive, no hay ninguna razón por la que a mí no quieran hacerme daño y a vosotros sí. Si pudiéramos capturar aunque sea a uno solo y lo interrogáramos a la fuerza…

—“¡… -jin…!” —se oyó un ruido entre ellos, y ambos miraron la radio que sujetaba el viejo en el cinturón de su pantalón. Era la voz entrecortada de una mujer—. “¿¡Alg… iris…!? ¿¡Me oye alg…!? ¿¡Fuujin!? ¿¡Alguien!?”

—¡Es Katya! —exclamó Fuujin, quitándole la radio al viejo en un instante, y se la acercó a la boca—. ¡Katya! ¡Soy yo! ¡Responde!

—“¡Te oigo! ¡Por fin…!”

—¡Katya, ¿qué ocurre?! ¿¡Por qué contactas!? ¿¡Desde dónde contactas!? ¿¡Seguís en el refugio!?

—“¡No tengo mucho tiempo, escucha! Ya no estamos en el refugio, ha sido atacado. No te preocupes, hemos logrado huir por los túneles de metro. Lex y Yenkis se han quedado con los demás, están bien, pero… pero Cleven y yo nos hemos desviado, no nos han dejado más remedio, nos han obligado a ir por otra parte… Estamos bien las dos, por ahora, pero… Nos han seguido durante una hora… Algo me huele mal, Fuujin, creo que buscan algo de nosotras…”

—¿¡Qué!? ¿¡De vosotras!? ¿¡Por qué!?

—“¡No lo sé, no es-… -oy s-… -gura!”

—¡Katya! ¡Pierdo la señal!

—“¡…-n ráp-… -avor!”

—¡Katya, dime dónde estáis! —esperó unos segundos, pero ya no se oía nada—. ¡Ekaterina! ¡Ekaterina, ¿me oyes?!

Fuujin miró al viejo con una cara pálida e invadida por la preocupación.

—Necesitamos un Hosha —dijo el viejo.

—Sarah… —murmuró Fuujin enseguida—. ¡Sarah! —la llamó, encontrándola allá con los demás iris.

Una joven afroamericana que no debía tener más de 16 años se acercó a él corriendo.

—Por favor, intenta detectar las ondas de radio, intenta detectar la frecuencia de la voz de Katya, necesito saber dónde está, rápido…

—¡Sí, maestro! —respondió la joven, y activó su iris al instante, haciendo que su ojo izquierdo emitiera una luz azul oscuro, concentrándose para conectar con su elemento.


Katya blasfemó algunas palabrotas en ruso. No podía recuperar la señal de ningún modo. Intentaba retocar su antena rudimentaria, y la programación de su laptop, pero no había manera. Se volvió a erguir y optó por tratar de localizar alguna señal de iris mirando al horizonte. Solamente tenía que encontrar gente dando grandes saltos inhumanos sobre los edificios de la ciudad y lanzando ataques con diferentes elementos.

Sin embargo, aquel barrio de repente se había vuelto muy silencioso. Katya se dio cuenta de por qué cuando descubrió que uno de esos seres hechos de sombras o humo negro levitaba cerca de allí. Y se aproximaba, despacio, justo a donde estaba ella.

Katya lo supo, nada más ver sus lejanos ojos de luz blanquecina. Estaban mirando hacia ella, sin duda. Pero venir de esa manera, sin apresurarse, sin ataques violentos, le decía lo que sus sospechas llevaban rato sintiendo. Esos seres estaban ahí por ella.

Tuvo apenas unos segundos para pensar. Fueron los segundos más difíciles de su vida. Pero ella, aunque era humana, era hija de iris, y se había criado de una forma, para hacer siempre lo correcto.

Cerró los ojos unos instantes, asumiéndolo. Después, dio media vuelta y corrió hacia donde Cleven había estado escondida, tras la caseta de la salida de las escaleras entre unos palés. La encontró todavía ahí y se agachó frente a ella.

—Mami…

—Cleventine, amor mío, escucha —sujetó sus mejillas—. Creo que he encontrado la forma de parar todo esto. No estoy segura de si es definitiva, pero debo intentarlo. Hay que salvar la ciudad a toda costa, a los inocentes. Pero necesito que te vayas ahora mismo de este lugar. Baja las escaleras y corre lejos de esta zona. Recuerda, por rincones, bajo árboles… bueno… Sobra decírtelo, eres una pequeña experta moviéndote por la ciudad —Katya no pudo reprimir un sollozo, y abrazó a la niña con todas sus fuerzas.

—Mamá, espera…

—Los demás te acabarán encontrando, pero debes irte ya, vamos… —la empujó hacia el hueco de la caseta.

—No, mamá, no lo entiendes… Ellos no vienen a por ti…

—No hay tiempo, cielo, ¡vete! —la obligó a marcharse.

Cleven, invadida por el miedo, los nervios y la confusión sobre por qué esos seres habían venido en persona al mundo humano cuando sabía que no lo tenían permitido, hizo caso a su madre y se marchó corriendo de allí, con la esperanza de encontrar a iris cuanto antes y guiarlos hasta donde estaba su madre para que la salvaran.

Katya regresó al otro lado de la azotea. Se puso de frente, ante ese cúmulo de sombras que en ese momento ya estaba posándose sobre el pretil de ladrillo.

—¿Cuánta destrucción más ibas a esperar? —salió una voz grave y profunda de ellas.

—¿Quién eres y qué quieres de mí? —le encaró Katya, manteniéndose firme.

—¿Cómo? ¿Ese poder tuyo no te permite reconocer a los míos?

Katya arrugó el ceño. No tenía ni idea de lo que estaba hablando. Pero ese ser parecía convencido, y comenzó a cambiar de forma. Mientras bajaba del pretil, primero salió una pierna entre el humo negro, y luego otra, vistiendo unos simples pantalones vaqueros oscuros y unas botas. Después, apareció el resto del cuerpo. Era un hombre de aspecto humano normal, con el cabello muy largo, y con barba corta. Llevaba una camiseta y una chaqueta desgastada marrón, unas ropas tan simples como modernas.

Pero lo que hizo que la expresión desafiante de Katya se tornara del más puro desconcierto, fue su rostro, el color de sus ojos, y de su cabello. Aquello la trastocó. No lo entendía. Ese hombre tenía un parecido extremadamente similar a alguien que ya conocía.

—Pero… ¿quién eres…? —musitó ella, sin lograr comprenderlo.

—No importa quién soy, importa por qué estoy aquí —se detuvo a medio metro de ella. Era muy alto—. Y estoy aquí para enmendar la enorme cagada que cometiste hace dos años.

—¿Qué…? ¿De qué estás…?

—Para ya con esa pantomima. Yo te vi. Por unos pocos segundos, en la distancia. Pero reconozco este cabello rojo tuyo. Y aquella energía que detecté hace dos años, la he estado detectando aquí, en este lugar donde estamos ahora, hasta hace unos minutos. ¿Por qué te molestas en ocultar ahora tu energía? Ya te he encontrado, ¿no?

—Escucha. No sé quién demonios te crees que soy, pero te estás equivocando de persona.

—No te servirá hacerte la tonta conmigo, Jinsei. Crees que estabas haciendo lo correcto, pero no tienes ni idea… ni idea… de lo que tu acción puede acarrearnos a todos en este plano existencial.

—¿Qué, según tú, fue lo que hice hace dos años?

—Le devolviste la vida a quien no debías. ¡Debiste dejar su alma donde estaba! —exclamó furioso—. ¡Lo estropeaste todo!

Katya negó con la cabeza. No sabía qué decirle, cómo decírselo, o cómo convencerlo de que ella no era la persona que él buscaba. Pero… aunque lograra convencerlo, ¿qué ocurriría a continuación? Él y sus otros congéneres seguirían con su búsqueda, seguirían destruyendo la ciudad y poniendo a todos en peligro. Moriría gente, ¿hasta cuándo? ¿Y si no encontraban a quien buscaban durante días y su destrucción se prolongaba semanas o meses?

—¿Qué quieres de mí?

—No puedo seguir permitiéndote deambular por este mundo, Jinsei —le dijo con voz grave y suave, posando una mano sobre su mejilla—. Tocando lo que no es tuyo… Alterando el Equilibrio… Ni siquiera les caes bien a los dioses. Cuando se enteraron de que habías reencarnado en otro cuerpo, no sólo fue una sorpresa que pudieras hacerlo, sino también un auténtico fastidio.

Katya no entendió nada de aquello, pero lo que sí entendió perfectamente era lo que él quería.

—¿Y por qué no me matas ya?

—No es tan sencillo. Este es un problema personal entre tú y yo, ¿sabes? Tienes que hacerme un juramento aquí y ahora, de que no volverás a reencarnar nunca más en este mundo. En tu anterior vida hace medio siglo ya destruiste a alguien muy valioso para mí. Y ahora estás haciendo lo mismo, lo estás repitiendo, me estás arrebatando desde hace años a otro de mis hijos… Lo he estado tolerando porque sé que con él no tendrás éxito, pues ya tengo planes para él —deslizó la mano de su mejilla hacia su cuello y se lo agarró con fuerza de forma repentina, y su rostro se tornó diabólico—. Lo que rompió mi paciencia contigo, pequeña arpía, fue que resucitaras a ese maldito raderar hace dos años cuando por fin creí haber salvado este mundo de él y los su especie…

Katya luchaba por respirar y agarraba su mano, intentando que la soltara. Él lo hizo, y ella respiró entrecortadamente, tosiendo.

—Si hago ese juramento… que dices… —lo miró fríamente con sus ojos verdes—. ¿Juras a cambio que tú y tus amigos pararéis ya mismo este ataque a la ciudad?

—Es todo lo que quiero —asintió él.

—¿Cómo sé que no me mientes?

—Querida… —ladeó la cabeza, mirándola con algo de extrañeza—. ¿De verdad tienes la memoria atrofiada desde que reencarnaste en esta nueva humana? Yo soy… el único ser de este universo… que fue creado con la incapacidad de mentir —le susurró—. Y por eso tengo el poder de hacer juramentos que tanto tú como yo no podemos quebrantar, literalmente. Porque, de hacerlo, si vuelves a reencarnar, la furia y destrucción que desataré sobre toda la raza humana, no habrá ningún dios que la pare. ¿Lo entiendes?

Katya cerró un momento los ojos, apaciguando su respiración acelerada. Rememoró varias cosas en ese momento. Recordó su infancia con sus padres, crecer dentro de su mundo iris… hacerse fuerte, viajar por el mundo, conocer al amor de su vida en Hong Kong, estudiar su carrera de programación y volverse la mejor del mundo… Su primer hijo… su segunda hija… su tercer hijo, que todavía era pequeño… Recordó sus rostros una vez más. Y después el de su marido.

—Lo siento, Neuval… —murmuró.

—¿Y bien? —le tendió la mano aquel hombre.

—Está bien —volvió a abrir los ojos y se puso firme, tendiendo también su mano—. Juro que no reencarnaré en otro cuerpo nunca más.

—Y yo juro que detendré todo este ataque al instante y me marcharé con los míos de vuelta a mi dimensión —dijo él.

Ambos cerraron el juramento estrechando las manos. Katya vio que en la mano de él aparecían unos finos trazos de luz blanca, que se propagaron hacia su propia mano. Notó esa energía entrando en ella, asentándose en su alma. Supo entonces que él decía la verdad, ese juramento era literal y auténtico. Katya deseó con todas sus fuerzas que él no detectara lo que no encajaba ahí, y es que ella realmente no había reencarnado nunca ni sabía hacer eso. Pero jurar no hacerlo seguía siendo un juramento válido.

Cuando soltaron las manos, se miraron a los ojos unos instantes. Y Katya no mostró ningún miedo. Porque sabía que había logrado lo que más quería en el mundo, proteger a la gente inocente, su ciudad, y a su familia.

—Será rápido…

El hombre acercó hacia ella sus manos, que se transformaron en grandes garras negras.


* * * * * *


De vuelta al presente...

Un ojo que emitía una rara luz anaranjada fue lo último que el abusón vio antes de morder el suelo y perder el conocimiento, sólo con el primer puñetazo. Al lado, había otro igual de abatido, agonizando con un pómulo morado, y cerca de ellos, aún quedaba uno en pie, que iba a ser el siguiente.

La chica, limpiándose un poco la sangre de los nudillos en su falda del uniforme del instituto, se giró hacia él con esa mirada severa y aplastante. Este tercer y último abusón se había quedado atorado, como en shock, tras haber visto cómo esa chica flaca y punk había tumbado a sus dos amigos básicamente con un aspaviento, más que con un puñetazo. Había estado en posición de ataque y tenía intenciones de agredirla, pero ahora tenía sus dudas. No quería acabar como sus amigos. Ahora esa chica le daba miedo.

Entre ellos, además, había otro chico, sentado en el suelo tras haberse caído, con el mismo tipo de uniforme que la punk. Un inocente estudiante, algo gordito, con gafas y sudoroso, que aferraba entre sus brazos la mochila que esos tres abusones habían intentado quitarle a la fuerza para quedarse con su dinero y sus cosas… hasta que esa chica apareció de la nada soltando sopapos.

—¿Y bien? —le preguntó esta al abusón que quedaba, quien, al igual que sus amigos, tenía un uniforme de un instituto distinto, al que habían arrancado las mangas para adoptar un estilo macarra.

El chico, más grande que ella, tragó saliva, sin dejar de mirar a sus compañeros y a ella repetidas veces, muy nervioso.

—Te la dejo pasar… porque eres una flacucha… —intentó sonar superior, señalándola con el dedo.

—Como volváis a amenazar, perjudicar o a hacer daño a otra persona para placer o beneficio propio, lo sabré, y os partiré los dedos de las manos, como ese que estás usando para apuntarme.

El macarra bajó la mano enseguida, temeroso.

—Cuando tus amigos se recuperen y vuelvan llorando a tu instituto, diles la mala noticia, que como volváis a poner un pie aquí en mi instituto, regresaréis sin el pie.

El abusón siguió ahí, en tensión, sin decidirse. Entonces, la chica dio un fuerte pisotón, y el suelo tembló por un instante y se formó una pequeña grieta. Fue suficiente para que el otro se asustara y se marchara de allí corriendo. Saltó el muro que separaba el recinto con las calles y desapareció. Ahí, en un patio trasero del instituto donde había materiales de gimnasio y jardinería, entre el edificio y una zona arbolada, no había nadie más que ellos.

La joven se acercó al muchacho rechoncho de las gafas.

—A juzgar por tu postura corporal, la inclinación de tu espalda y el hecho de que no te hayas puesto en pie aún, deduzco que te has hecho un esguince en el tobillo izquierdo, ¿verdad? —le comentó, se inclinó hacia él y le tendió la mano—. Ven, te ayudaré a caminar hasta la enfermería, apóyate en mí.

—¡Yo…! —el chico la miró con enfado, pero también sonrojado—. ¡N-no necesitaba tu ayuda!

Ella le devolvió una mirada aburrida.

—Hey, Nakuru —la llamó una voz—. ¿Necesitas un cable o algo?

Se acercó hasta ellos otro chico, del mismo uniforme, pero llevaba encima una sudadera y un abrigo, e iba encapuchado, con una mochila al hombro. No se le veía mucho la cara bajo la sombra de la capucha. Tenía una espalda ancha, de complexión fuerte. Esquivó los cuerpos de los otros dos abusones tendidos en el suelo, pasando por encima de ellos tranquilamente, los cuales ya estaban recobrando la consciencia poco a poco.

—Nah, aquí al parecer nadie necesita un cable —contestó ella con sarcasmo—. Está todo en orden.

—¿Por qué tan grosero con alguien que te ha ayudado? —le reprochó el chico fortachón al de las gafas.

—Porque yo no necesito que una punk me proteja —replicó este, intentando ponerse en pie torpemente.

—Hahh… —suspiró Nakuru con paciencia—. Humanos…

—Hey… —se quejó el chico fortachón.

—¿Eh? ¿Te ofende o qué? —se rio su amiga—. Si tú ya no eres uno de ellos.

—Ya, bueno… Pero hace tan sólo un año que dejé de serlo. Aún es reciente —se encogió de hombros.

—Pues acostúmbrate, Kyo, porque muchas veces su estupidez natural no nos pone el trabajo fácil. En fin, me largo.

La chica dio media vuelta con la mano levantada como despedida y se perdió de vista doblando la esquina del edificio. Kyo se quedó ahí delante de esos tres despojos, justo cuando comenzó a llover. Chistó con la lengua y negó con la cabeza, daban bastante pena, tanto los abusones que ya estaban incorporándose doloridos como su rechoncha víctima con el esguince de tobillo que apenas se tenía en pie.

Cuando él también fue a marcharse, irrumpió la áspera voz de un viejo profesor que, asomado por una de las ventanas de la planta baja del edificio ahí cerca de ellos, los vio.

—¡Eh! ¿¡Qué hacéis ahí, gamberros!? ¿¡Peleas!? ¡Están terminantemente prohibidas en este centro! ¡Dadme vuestros nombres ahora mismo!

—¡Profesor, yo no he hecho nada, han sido ellos! —gimió el chico de las gafas, señalando a los dos abusones con un uniforme diferente.

—¿Sí? ¿Y qué hacen malheridos en el suelo? ¿Quién los ha agredido?

Tanto los dos abusones como la víctima se quedaron mudos un momento. Se miraron. Ni los primeros querían decir que habían sido abatidos por una chica ni el rechoncho quería decir que la misma lo había salvado de ellos. Kyo se dio cuenta de esto nada más ver sus caras y por fin comprendió lo que su amiga le había dicho sobre la estupidez humana natural.

De pronto, los otros tres magullados miraron a Kyo al mismo tiempo. Al parecer se pusieron de acuerdo en señalarlo a él, mirando al profesor con nervios.

—¿Pero qué…? —brincó el fortachón.

—¡Usted, muchacho, el encapuchado! El director está en la sala de profesores. Ya se sabrá usted el camino. Andando.

Kyo se quedó incrédulo. Pero de nada iba a servir discutirlo con tres testigos acusándolo falsamente a él.

—Humanos… —suspiró con el mismo tono resignado que su amiga, encaminándose al edificio en dirección a su castigo.








Prólogo

¿Qué sucede cuando presencias el asesinato de un ser querido?

Depende. ¿Eres una persona sensible de las que lloran abatidas por la tragedia o una persona sensible de las que lloran rabiosas por no haber podido impedirlo? No todos los humanos tienen la "voluntad del héroe", y muchos de los que la tienen ni siquiera lo saben. No es hasta que llega ese momento inmediato, inesperado, incomprensible y desgarrador cuando este tipo de humanos despierta esa fuerza en su interior. Rabia, ira, tristeza, todas unidas por hacer justicia... pero también descontroladas y peligrosas.

Ellos no lo eligen. Pero sucede. No importa la edad, ni el país. Esta energía que nace dentro de ellos ante la tragedia los transforma, los renueva, les otorga un nuevo poder, y dejan de ser humanos para convertirse en sus protectores secretos como un deber que cumplir, bajo un mando superior, organizados, y llevando una vida cotidiana entre los demás al mismo tiempo. La venganza también forma parte de ellos, pero, también, algunos defectos, de los que puede surgir su lado más contrario y oscuro.

Las emociones humanas, las energías del bien y el mal, la vida y la muerte, son fuerzas superiores que lo dominan todo en el mundo terrestre, en un Equilibrio protegido por los dioses del Yin y el Yang, que ciertos grupos intentan cambiar y controlar, hacia lo que cada uno de ellos considera como el mundo más idóneo.

En medio de esta lucha invisible, Cleventine Vernoux navega en la rutina de la normalidad, en la apatía y en el olvido de todo lo que ocurrió en su infancia. Perdió memorias específicas, y con ellas, algo que formaba parte íntima de ella, el poder humano del cambio, del inconformismo.

Pero cuando uno se atreve a levantar la mirada del suelo, comenzará a ver cosas nuevas. Y tal vez raras. Y todo empieza con el despertar de un simple recuerdo, el nombre de alguien querido.


1.
El gran malentendido

Aquel 2 de octubre fue el día más terrorífico y catastrófico que sufrió la ciudad de Tokio. El ataque había comenzado en un tranquilo mediodía nublado y frío. Aparecieron de la nada. Nadie jamás pudo averiguar quiénes fueron. O “qué” eran.

Pero habían venido con un único objetivo, y sólo una persona descubrió cuál.


Cleven se tapó las orejas con fuerza y cerró los ojos. Esa última explosión sonó muy cerca. Sintió el cuerpo de su madre cubriéndola, abrazándola. Cayeron algunos escombros cerca de ellas. Al abrir los ojos de nuevo, sólo veía la densa cortina del ondulado cabello rojo de su madre, manchado de polvo blanquecino.

Estaban agazapadas en un rincón, junto a un muro desnudo de hormigón, en una cuarta planta dentro de un edificio vacío en construcción que sólo tenía un esqueleto interior de vigas y tabiques.

Katya soltó a Cleven y se asomó rápidamente por el hueco de la ventana que tenían al lado. Desde ahí se veía gran parte de la ciudad, y lejanas columnas de humo en diferentes zonas. La gente corría a donde podía ponerse a cubierto, la policía no sabía qué armas disparar contra esos seres… Parecían hombres, vestidos con trajes negros, algunos de épocas más antiguas que otros. Sin embargo, a veces cambiaban de aspecto y eran como sombras, nubes de tinieblas que se desplazaban veloces por el cielo y por las calles, dejando tras de sí una fina estela de luz plateada. Hacían estallar edificios con golpes de viento, incendiaban coches y árboles con un fuego invocado de la nada, a veces un rayo inesperado impactaba contra el asfalto o las fachadas de los rascacielos…

Pero, por alguna extraña razón, los ataques aumentaban allá a donde Katya y Cleven se movían. Habían pasado dos horas de pesadilla, y Katya empezaba a olerse algo, a sospechar algo. No tenía forma de comunicarse con los demás, no funcionaban los teléfonos ni las radios, y tenía que buscar la forma de proteger a Cleven a toda costa.

Cuando se aseguró de que ahora no había ninguno de esos seres oscuros rondando cerca, Katya recogió del suelo su laptop y agarró a Cleven del brazo.

—Vamos, malýshka, tenemos que subir hasta arriba.

La niña obedeció y ambas continuaron subiendo los peldaños de hormigón del interior de la construcción. Por el camino, Katya se paró un par de veces para rebuscar algo entre los utensilios de la obra. Se llevó con ella un rollo de hilo de cobre y un par de barras de metal. Cuando por fin llegaron a la azotea, obligó a Cleven a agazaparse en un rincón entre unos palés, mientras ella se fue hasta el centro.

Apilando unos ladrillos, Katya encajó las dos barras de acero entre ellos, dejándolas en posición vertical; después, comenzó a enrollar el hilo de cobre en ellas, todo lo rápido que podía, mientras no paraba de mirar a un lado y a otro. Acto seguido, se arrodilló en el suelo para abrir su laptop, y conectó algunos cables.

—¡Mamá! —la llamó Cleven, angustiada, oyendo otro estruendo cercano.

—¡Tranquila, malýshka, quédate ahí, no te levantes! ¡Voy a intentar contactar con los demás, ¿de acuerdo?!


En otra zona lejana de la ciudad, había un grupo de iris dando grandes saltos inhumanos sobre las azoteas de edificios y rascacielos, siguiendo a uno de esos seres de cerca, intentando lanzarle ataques con sus diferentes elementos.

Uno de ellos era un hombre algo mayor, de pelo cano y corto, y con un físico muy grande y musculoso, que en ese momento lanzó una gigantesca llamarada de fuego hacia esa sombra que volaba cerca. La llamarada, capaz de calcinar en segundos a un elefante, la envolvió por completo. Pero no la afectó en absoluto, pues siguió volando como si nada, alejándose.

El viejo aterrizó sobre una azotea y se apoyó en sus rodillas, algo cansado y frustrado. Otros iris se reunieron con él y también se quedaron ahí sin saber qué más hacer. A los pocos segundos, aterrizó cerca de ellos otra persona que volaba, pero era uno de ellos, un hombre esbelto de cabello castaño claro.

—¡Fuujin! —lo llamó el viejo.

Al oírlo, el susodicho se acercó a él corriendo.

—¡No les afecta nada! —protestó, tan frustrado como ellos.

—¡Lo sé! Uno de ellos se acaba de bañar en mi fuego como quien se baña en una piscina. ¿¡Dónde está nuestro Señor Alvion!? ¿¡O dónde están los taimu!? ¡Que vengan y los congelen en el tiempo!

—¡Es inútil! Uno de ellos se encuentra ahora con Alvion en la otra punta del planeta, encargándose de un volcán en erupción junto a una población de millones de personas. Y de la otra no se sabe nada, quizá esté ocupada también con otra urgencia en otro lado del mundo, o… o los dioses no la dejan, o qué sé yo…

—¡Y los dioses, ¿no están viendo esto?! —señaló el viejo la ciudad atacada.

—Si lo están ignorando es porque pensarán que es un ataque terrorista y que eso ya es nuestro problema por resolver.

—¿¡Qué ataque terrorista, Fuujin!? ¡Que están volando por todas partes envueltos en sombras lanzando rayos, fuego y… y…! ¡Joder, es obvio que no son humanos!

En ese momento un fuerte temblor los interrumpió. Notaron que el suelo bajo sus pies se estaba moviendo un poco. El edificio sobre el que estaban posados tenía una gran grieta en su estructura y se estaba partiendo en dos.

—Mierda… —se alarmó el viejo—. ¡Hay humanos corriendo por las calles de abajo, si les cae medio edificio…!

Sin embargo, una pequeña niña de apenas 9 años, de piel blanca como la porcelana y de cabello negro que estaba ahí, entre el grupo de iris, saltó directamente sobre la grieta del suelo, posando las manos a cada lado. Su ojo izquierdo brilló de una intensa luz naranja y la roca de hormigón comenzó a obedecer su orden. Eran muchas toneladas, y ella aún era una iris de nivel bajo, pero nunca se paraban a pensar si podían o no podían hacer algo; lo hacían sin más. La grieta volvió a unirse poco a poco, tanto la de la azotea como la de la fachada, incluso a volver a fusionarse molecularmente. Al final, la grieta desapareció por completo.

—¡Buen trabajo, Nakuru! —la felicitó Fuujin.

La niña, de rodillas en el suelo con cara mareada, levantó un pulgar. Los demás iris fueron a atenderla.

—Algunos de los nuestros están teorizando que quizá sean arki —siguió comentándole Fuujin al viejo—, o peor, miembros de la familia Knive primaria. Pero no… mm… —titubeó, poniendo una mueca de fastidio y confusión.

—¿Qué? ¿Qué ocurre? —le preguntó el viejo.

—Quizá sean cosas mías, pero… Cada vez que me he acercado a uno de esos cabrones y lo he atacado, siempre hacen lo mismo: se alejan de mí, me ignoran, ¡no me contraatacan!

—¿Cómo que te ignoran? Aquí los demás estamos repletos de moratones, cortes y lesiones que esos seres nos han asestado sin piedad. Lo único que nos ha salvado es que su objetivo no parece ser eliminarnos a nosotros, pero no han tenido reparos en devolvernos los ataques.

—Ya lo he visto, ¡y por eso me cabrean! ¡No hay manera de entenderlos, qué quieren, qué buscan, qué son, por qué hacen lo que hacen! Si fueran arki o si fueran Knive, no hay ninguna razón por la que a mí no quieran hacerme daño y a vosotros sí. Si pudiéramos capturar aunque sea a uno solo y lo interrogáramos a la fuerza…

—“¡… -jin…!” —se oyó un ruido entre ellos, y ambos miraron la radio que sujetaba el viejo en el cinturón de su pantalón. Era la voz entrecortada de una mujer—. “¿¡Alg… iris…!? ¿¡Me oye alg…!? ¿¡Fuujin!? ¿¡Alguien!?”

—¡Es Katya! —exclamó Fuujin, quitándole la radio al viejo en un instante, y se la acercó a la boca—. ¡Katya! ¡Soy yo! ¡Responde!

—“¡Te oigo! ¡Por fin…!”

—¡Katya, ¿qué ocurre?! ¿¡Por qué contactas!? ¿¡Desde dónde contactas!? ¿¡Seguís en el refugio!?

—“¡No tengo mucho tiempo, escucha! Ya no estamos en el refugio, ha sido atacado. No te preocupes, hemos logrado huir por los túneles de metro. Lex y Yenkis se han quedado con los demás, están bien, pero… pero Cleven y yo nos hemos desviado, no nos han dejado más remedio, nos han obligado a ir por otra parte… Estamos bien las dos, por ahora, pero… Nos han seguido durante una hora… Algo me huele mal, Fuujin, creo que buscan algo de nosotras…”

—¿¡Qué!? ¿¡De vosotras!? ¿¡Por qué!?

—“¡No lo sé, no es-… -oy s-… -gura!”

—¡Katya! ¡Pierdo la señal!

—“¡…-n ráp-… -avor!”

—¡Katya, dime dónde estáis! —esperó unos segundos, pero ya no se oía nada—. ¡Ekaterina! ¡Ekaterina, ¿me oyes?!

Fuujin miró al viejo con una cara pálida e invadida por la preocupación.

—Necesitamos un Hosha —dijo el viejo.

—Sarah… —murmuró Fuujin enseguida—. ¡Sarah! —la llamó, encontrándola allá con los demás iris.

Una joven afroamericana que no debía tener más de 16 años se acercó a él corriendo.

—Por favor, intenta detectar las ondas de radio, intenta detectar la frecuencia de la voz de Katya, necesito saber dónde está, rápido…

—¡Sí, maestro! —respondió la joven, y activó su iris al instante, haciendo que su ojo izquierdo emitiera una luz azul oscuro, concentrándose para conectar con su elemento.


Katya blasfemó algunas palabrotas en ruso. No podía recuperar la señal de ningún modo. Intentaba retocar su antena rudimentaria, y la programación de su laptop, pero no había manera. Se volvió a erguir y optó por tratar de localizar alguna señal de iris mirando al horizonte. Solamente tenía que encontrar gente dando grandes saltos inhumanos sobre los edificios de la ciudad y lanzando ataques con diferentes elementos.

Sin embargo, aquel barrio de repente se había vuelto muy silencioso. Katya se dio cuenta de por qué cuando descubrió que uno de esos seres hechos de sombras o humo negro levitaba cerca de allí. Y se aproximaba, despacio, justo a donde estaba ella.

Katya lo supo, nada más ver sus lejanos ojos de luz blanquecina. Estaban mirando hacia ella, sin duda. Pero venir de esa manera, sin apresurarse, sin ataques violentos, le decía lo que sus sospechas llevaban rato sintiendo. Esos seres estaban ahí por ella.

Tuvo apenas unos segundos para pensar. Fueron los segundos más difíciles de su vida. Pero ella, aunque era humana, era hija de iris, y se había criado de una forma, para hacer siempre lo correcto.

Cerró los ojos unos instantes, asumiéndolo. Después, dio media vuelta y corrió hacia donde Cleven había estado escondida, tras la caseta de la salida de las escaleras entre unos palés. La encontró todavía ahí y se agachó frente a ella.

—Mami…

—Cleventine, amor mío, escucha —sujetó sus mejillas—. Creo que he encontrado la forma de parar todo esto. No estoy segura de si es definitiva, pero debo intentarlo. Hay que salvar la ciudad a toda costa, a los inocentes. Pero necesito que te vayas ahora mismo de este lugar. Baja las escaleras y corre lejos de esta zona. Recuerda, por rincones, bajo árboles… bueno… Sobra decírtelo, eres una pequeña experta moviéndote por la ciudad —Katya no pudo reprimir un sollozo, y abrazó a la niña con todas sus fuerzas.

—Mamá, espera…

—Los demás te acabarán encontrando, pero debes irte ya, vamos… —la empujó hacia el hueco de la caseta.

—No, mamá, no lo entiendes… Ellos no vienen a por ti…

—No hay tiempo, cielo, ¡vete! —la obligó a marcharse.

Cleven, invadida por el miedo, los nervios y la confusión sobre por qué esos seres habían venido en persona al mundo humano cuando sabía que no lo tenían permitido, hizo caso a su madre y se marchó corriendo de allí, con la esperanza de encontrar a iris cuanto antes y guiarlos hasta donde estaba su madre para que la salvaran.

Katya regresó al otro lado de la azotea. Se puso de frente, ante ese cúmulo de sombras que en ese momento ya estaba posándose sobre el pretil de ladrillo.

—¿Cuánta destrucción más ibas a esperar? —salió una voz grave y profunda de ellas.

—¿Quién eres y qué quieres de mí? —le encaró Katya, manteniéndose firme.

—¿Cómo? ¿Ese poder tuyo no te permite reconocer a los míos?

Katya arrugó el ceño. No tenía ni idea de lo que estaba hablando. Pero ese ser parecía convencido, y comenzó a cambiar de forma. Mientras bajaba del pretil, primero salió una pierna entre el humo negro, y luego otra, vistiendo unos simples pantalones vaqueros oscuros y unas botas. Después, apareció el resto del cuerpo. Era un hombre de aspecto humano normal, con el cabello muy largo, y con barba corta. Llevaba una camiseta y una chaqueta desgastada marrón, unas ropas tan simples como modernas.

Pero lo que hizo que la expresión desafiante de Katya se tornara del más puro desconcierto, fue su rostro, el color de sus ojos, y de su cabello. Aquello la trastocó. No lo entendía. Ese hombre tenía un parecido extremadamente similar a alguien que ya conocía.

—Pero… ¿quién eres…? —musitó ella, sin lograr comprenderlo.

—No importa quién soy, importa por qué estoy aquí —se detuvo a medio metro de ella. Era muy alto—. Y estoy aquí para enmendar la enorme cagada que cometiste hace dos años.

—¿Qué…? ¿De qué estás…?

—Para ya con esa pantomima. Yo te vi. Por unos pocos segundos, en la distancia. Pero reconozco este cabello rojo tuyo. Y aquella energía que detecté hace dos años, la he estado detectando aquí, en este lugar donde estamos ahora, hasta hace unos minutos. ¿Por qué te molestas en ocultar ahora tu energía? Ya te he encontrado, ¿no?

—Escucha. No sé quién demonios te crees que soy, pero te estás equivocando de persona.

—No te servirá hacerte la tonta conmigo, Jinsei. Crees que estabas haciendo lo correcto, pero no tienes ni idea… ni idea… de lo que tu acción puede acarrearnos a todos en este plano existencial.

—¿Qué, según tú, fue lo que hice hace dos años?

—Le devolviste la vida a quien no debías. ¡Debiste dejar su alma donde estaba! —exclamó furioso—. ¡Lo estropeaste todo!

Katya negó con la cabeza. No sabía qué decirle, cómo decírselo, o cómo convencerlo de que ella no era la persona que él buscaba. Pero… aunque lograra convencerlo, ¿qué ocurriría a continuación? Él y sus otros congéneres seguirían con su búsqueda, seguirían destruyendo la ciudad y poniendo a todos en peligro. Moriría gente, ¿hasta cuándo? ¿Y si no encontraban a quien buscaban durante días y su destrucción se prolongaba semanas o meses?

—¿Qué quieres de mí?

—No puedo seguir permitiéndote deambular por este mundo, Jinsei —le dijo con voz grave y suave, posando una mano sobre su mejilla—. Tocando lo que no es tuyo… Alterando el Equilibrio… Ni siquiera les caes bien a los dioses. Cuando se enteraron de que habías reencarnado en otro cuerpo, no sólo fue una sorpresa que pudieras hacerlo, sino también un auténtico fastidio.

Katya no entendió nada de aquello, pero lo que sí entendió perfectamente era lo que él quería.

—¿Y por qué no me matas ya?

—No es tan sencillo. Este es un problema personal entre tú y yo, ¿sabes? Tienes que hacerme un juramento aquí y ahora, de que no volverás a reencarnar nunca más en este mundo. En tu anterior vida hace medio siglo ya destruiste a alguien muy valioso para mí. Y ahora estás haciendo lo mismo, lo estás repitiendo, me estás arrebatando desde hace años a otro de mis hijos… Lo he estado tolerando porque sé que con él no tendrás éxito, pues ya tengo planes para él —deslizó la mano de su mejilla hacia su cuello y se lo agarró con fuerza de forma repentina, y su rostro se tornó diabólico—. Lo que rompió mi paciencia contigo, pequeña arpía, fue que resucitaras a ese maldito raderar hace dos años cuando por fin creí haber salvado este mundo de él y los su especie…

Katya luchaba por respirar y agarraba su mano, intentando que la soltara. Él lo hizo, y ella respiró entrecortadamente, tosiendo.

—Si hago ese juramento… que dices… —lo miró fríamente con sus ojos verdes—. ¿Juras a cambio que tú y tus amigos pararéis ya mismo este ataque a la ciudad?

—Es todo lo que quiero —asintió él.

—¿Cómo sé que no me mientes?

—Querida… —ladeó la cabeza, mirándola con algo de extrañeza—. ¿De verdad tienes la memoria atrofiada desde que reencarnaste en esta nueva humana? Yo soy… el único ser de este universo… que fue creado con la incapacidad de mentir —le susurró—. Y por eso tengo el poder de hacer juramentos que tanto tú como yo no podemos quebrantar, literalmente. Porque, de hacerlo, si vuelves a reencarnar, la furia y destrucción que desataré sobre toda la raza humana, no habrá ningún dios que la pare. ¿Lo entiendes?

Katya cerró un momento los ojos, apaciguando su respiración acelerada. Rememoró varias cosas en ese momento. Recordó su infancia con sus padres, crecer dentro de su mundo iris… hacerse fuerte, viajar por el mundo, conocer al amor de su vida en Hong Kong, estudiar su carrera de programación y volverse la mejor del mundo… Su primer hijo… su segunda hija… su tercer hijo, que todavía era pequeño… Recordó sus rostros una vez más. Y después el de su marido.

—Lo siento, Neuval… —murmuró.

—¿Y bien? —le tendió la mano aquel hombre.

—Está bien —volvió a abrir los ojos y se puso firme, tendiendo también su mano—. Juro que no reencarnaré en otro cuerpo nunca más.

—Y yo juro que detendré todo este ataque al instante y me marcharé con los míos de vuelta a mi dimensión —dijo él.

Ambos cerraron el juramento estrechando las manos. Katya vio que en la mano de él aparecían unos finos trazos de luz blanca, que se propagaron hacia su propia mano. Notó esa energía entrando en ella, asentándose en su alma. Supo entonces que él decía la verdad, ese juramento era literal y auténtico. Katya deseó con todas sus fuerzas que él no detectara lo que no encajaba ahí, y es que ella realmente no había reencarnado nunca ni sabía hacer eso. Pero jurar no hacerlo seguía siendo un juramento válido.

Cuando soltaron las manos, se miraron a los ojos unos instantes. Y Katya no mostró ningún miedo. Porque sabía que había logrado lo que más quería en el mundo, proteger a la gente inocente, su ciudad, y a su familia.

—Será rápido…

El hombre acercó hacia ella sus manos, que se transformaron en grandes garras negras.


* * * * * *


De vuelta al presente...

Un ojo que emitía una rara luz anaranjada fue lo último que el abusón vio antes de morder el suelo y perder el conocimiento, sólo con el primer puñetazo. Al lado, había otro igual de abatido, agonizando con un pómulo morado, y cerca de ellos, aún quedaba uno en pie, que iba a ser el siguiente.

La chica, limpiándose un poco la sangre de los nudillos en su falda del uniforme del instituto, se giró hacia él con esa mirada severa y aplastante. Este tercer y último abusón se había quedado atorado, como en shock, tras haber visto cómo esa chica flaca y punk había tumbado a sus dos amigos básicamente con un aspaviento, más que con un puñetazo. Había estado en posición de ataque y tenía intenciones de agredirla, pero ahora tenía sus dudas. No quería acabar como sus amigos. Ahora esa chica le daba miedo.

Entre ellos, además, había otro chico, sentado en el suelo tras haberse caído, con el mismo tipo de uniforme que la punk. Un inocente estudiante, algo gordito, con gafas y sudoroso, que aferraba entre sus brazos la mochila que esos tres abusones habían intentado quitarle a la fuerza para quedarse con su dinero y sus cosas… hasta que esa chica apareció de la nada soltando sopapos.

—¿Y bien? —le preguntó esta al abusón que quedaba, quien, al igual que sus amigos, tenía un uniforme de un instituto distinto, al que habían arrancado las mangas para adoptar un estilo macarra.

El chico, más grande que ella, tragó saliva, sin dejar de mirar a sus compañeros y a ella repetidas veces, muy nervioso.

—Te la dejo pasar… porque eres una flacucha… —intentó sonar superior, señalándola con el dedo.

—Como volváis a amenazar, perjudicar o a hacer daño a otra persona para placer o beneficio propio, lo sabré, y os partiré los dedos de las manos, como ese que estás usando para apuntarme.

El macarra bajó la mano enseguida, temeroso.

—Cuando tus amigos se recuperen y vuelvan llorando a tu instituto, diles la mala noticia, que como volváis a poner un pie aquí en mi instituto, regresaréis sin el pie.

El abusón siguió ahí, en tensión, sin decidirse. Entonces, la chica dio un fuerte pisotón, y el suelo tembló por un instante y se formó una pequeña grieta. Fue suficiente para que el otro se asustara y se marchara de allí corriendo. Saltó el muro que separaba el recinto con las calles y desapareció. Ahí, en un patio trasero del instituto donde había materiales de gimnasio y jardinería, entre el edificio y una zona arbolada, no había nadie más que ellos.

La joven se acercó al muchacho rechoncho de las gafas.

—A juzgar por tu postura corporal, la inclinación de tu espalda y el hecho de que no te hayas puesto en pie aún, deduzco que te has hecho un esguince en el tobillo izquierdo, ¿verdad? —le comentó, se inclinó hacia él y le tendió la mano—. Ven, te ayudaré a caminar hasta la enfermería, apóyate en mí.

—¡Yo…! —el chico la miró con enfado, pero también sonrojado—. ¡N-no necesitaba tu ayuda!

Ella le devolvió una mirada aburrida.

—Hey, Nakuru —la llamó una voz—. ¿Necesitas un cable o algo?

Se acercó hasta ellos otro chico, del mismo uniforme, pero llevaba encima una sudadera y un abrigo, e iba encapuchado, con una mochila al hombro. No se le veía mucho la cara bajo la sombra de la capucha. Tenía una espalda ancha, de complexión fuerte. Esquivó los cuerpos de los otros dos abusones tendidos en el suelo, pasando por encima de ellos tranquilamente, los cuales ya estaban recobrando la consciencia poco a poco.

—Nah, aquí al parecer nadie necesita un cable —contestó ella con sarcasmo—. Está todo en orden.

—¿Por qué tan grosero con alguien que te ha ayudado? —le reprochó el chico fortachón al de las gafas.

—Porque yo no necesito que una punk me proteja —replicó este, intentando ponerse en pie torpemente.

—Hahh… —suspiró Nakuru con paciencia—. Humanos…

—Hey… —se quejó el chico fortachón.

—¿Eh? ¿Te ofende o qué? —se rio su amiga—. Si tú ya no eres uno de ellos.

—Ya, bueno… Pero hace tan sólo un año que dejé de serlo. Aún es reciente —se encogió de hombros.

—Pues acostúmbrate, Kyo, porque muchas veces su estupidez natural no nos pone el trabajo fácil. En fin, me largo.

La chica dio media vuelta con la mano levantada como despedida y se perdió de vista doblando la esquina del edificio. Kyo se quedó ahí delante de esos tres despojos, justo cuando comenzó a llover. Chistó con la lengua y negó con la cabeza, daban bastante pena, tanto los abusones que ya estaban incorporándose doloridos como su rechoncha víctima con el esguince de tobillo que apenas se tenía en pie.

Cuando él también fue a marcharse, irrumpió la áspera voz de un viejo profesor que, asomado por una de las ventanas de la planta baja del edificio ahí cerca de ellos, los vio.

—¡Eh! ¿¡Qué hacéis ahí, gamberros!? ¿¡Peleas!? ¡Están terminantemente prohibidas en este centro! ¡Dadme vuestros nombres ahora mismo!

—¡Profesor, yo no he hecho nada, han sido ellos! —gimió el chico de las gafas, señalando a los dos abusones con un uniforme diferente.

—¿Sí? ¿Y qué hacen malheridos en el suelo? ¿Quién los ha agredido?

Tanto los dos abusones como la víctima se quedaron mudos un momento. Se miraron. Ni los primeros querían decir que habían sido abatidos por una chica ni el rechoncho quería decir que la misma lo había salvado de ellos. Kyo se dio cuenta de esto nada más ver sus caras y por fin comprendió lo que su amiga le había dicho sobre la estupidez humana natural.

De pronto, los otros tres magullados miraron a Kyo al mismo tiempo. Al parecer se pusieron de acuerdo en señalarlo a él, mirando al profesor con nervios.

—¿Pero qué…? —brincó el fortachón.

—¡Usted, muchacho, el encapuchado! El director está en la sala de profesores. Ya se sabrá usted el camino. Andando.

Kyo se quedó incrédulo. Pero de nada iba a servir discutirlo con tres testigos acusándolo falsamente a él.

—Humanos… —suspiró con el mismo tono resignado que su amiga, encaminándose al edificio en dirección a su castigo.





Comentarios

  1. He vuelto a emepzar esta saa, lo necesitaba, hace mucho no paso por aqui pero aqui me quedare, a recuperar rel cariño que logre tenerle a todos estos personajes y sus aventuras. En su momento ahce años me quede sobre el libro 5, pero esperare que puedas seguir resubiendolo y volver a verlo todo desde el principio, porfavor no lo abandones, porque estan fan esperara para seguir viendo las aventuras de Cleventine ansiosamente.

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