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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









Prólogo

¿Qué sucede cuando presencias el asesinato de un ser querido?

Depende. ¿Eres una persona sensible de las que lloran abatidas por la tragedia o una persona sensible de las que lloran rabiosas por no haber podido impedirlo? No todos los humanos tienen la "voluntad del héroe", y muchos de los que la tienen ni siquiera lo saben. No es hasta que llega ese momento inmediato, inesperado, incomprensible y desgarrador cuando este tipo de humanos despierta esa fuerza en su interior. Rabia, ira, tristeza, todas unidas por hacer justicia... pero también descontroladas y peligrosas.

Ellos no lo eligen. Pero sucede. No importa la edad, ni el país. Esta energía que nace dentro de ellos ante la tragedia los transforma, los renueva, les otorga un nuevo poder, y dejan de ser humanos para convertirse en sus protectores secretos como un deber que cumplir, bajo un mando superior, organizados, y llevando una vida cotidiana entre los demás al mismo tiempo. La venganza también forma parte de ellos, pero, también, algunos defectos, de los que puede surgir su lado más contrario y oscuro.

Las emociones humanas, las energías del bien y el mal, la vida y la muerte, son fuerzas superiores que lo dominan todo en el mundo terrestre, en un Equilibrio protegido por los dioses del Yin y el Yang, que ciertos grupos intentan cambiar y controlar, hacia lo que cada uno de ellos considera como el mundo más idóneo.

En medio de esta lucha invisible, Cleventine Vernoux navega en la rutina de la normalidad, en la apatía y en el olvido de todo lo que ocurrió en su infancia. Perdió memorias específicas, y con ellas, algo que formaba parte íntima de ella, el poder humano del cambio, del inconformismo.

Pero cuando uno se atreve a levantar la mirada del suelo, comenzará a ver cosas nuevas. Y tal vez raras. Y todo empieza con el despertar de un simple recuerdo, el nombre de alguien querido.



1.
Gente rara

Un ojo que emitía una rara luz anaranjada fue lo último que el abusón vio antes de morder el suelo y perder el conocimiento, sólo con el primer puñetazo. Al lado, había otro igual de abatido, agonizando con un pómulo morado, y cerca de ellos, aún quedaba uno en pie, que iba a ser el siguiente.

La chica, limpiándose un poco la sangre de los nudillos en su falda del uniforme del instituto, se giró hacia él con esa mirada severa y aplastante. Este tercer y último abusón se había quedado atorado, como en shock, tras haber visto cómo esa chica flaca y punk había tumbado a sus dos amigos básicamente con un aspaviento, más que con un puñetazo. Había estado en posición de ataque y tenía intenciones de agredirla, pero ahora tenía sus dudas. No quería acabar como sus amigos. Ahora esa chica le daba miedo.

Entre ellos, además, había otro chico, sentado en el suelo tras haberse caído, con el mismo tipo de uniforme que la punk. Un inocente estudiante, algo gordito, con gafas y sudoroso, que aferraba entre sus brazos la mochila que esos tres abusones habían intentado quitarle a la fuerza para quedarse con su dinero y sus cosas… hasta que esa chica apareció de la nada soltando sopapos.

—¿Y bien? —le preguntó esta al abusón que quedaba, quien, al igual que sus amigos, tenía un uniforme de un instituto distinto, al que habían arrancado las mangas para adoptar un estilo macarra.

El chico, más grande que ella, tragó saliva, sin dejar de mirar a sus compañeros y a ella repetidas veces, muy nervioso.

—Te la dejo pasar… porque eres una chica… —intentó sonar superior, señalándola con el dedo.

—Como volváis a amenazar, perjudicar o a hacer daño a otra persona para placer o beneficio propio, lo sabré, y os partiré los dedos de las manos, como ese que estás usando para apuntarme.

El macarra bajó la mano enseguida, temeroso.

—Cuando tus amigos se recuperen y vuelvan llorando a tu instituto, diles la mala noticia, que como volváis a poner un pie aquí en mi instituto, regresaréis sin el pie.

El abusón siguió ahí, en tensión, sin decidirse. Entonces, la chica dio un fuerte pisotón, y el suelo tembló por un instante y se formó una pequeña grieta. Fue suficiente para que el otro se asustara y se marchara de allí corriendo. Saltó el muro que separaba el recinto con las calles y desapareció. Ahí, en un patio trasero del instituto donde había materiales de gimnasio y jardinería, entre el edificio y una zona arbolada, no había nadie más que ellos.

La joven se acercó al muchacho rechoncho de las gafas.

—A juzgar por tu postura corporal, la inclinación de tu espalda y el hecho de que no te hayas puesto en pie aún, deduzco que te has hecho un esguince en el tobillo izquierdo, ¿verdad? —le comentó, se inclinó hacia él y le tendió la mano—. Ven, te ayudaré a caminar hasta la enfermería, apóyate en mí.

—¡Yo…! —el chico la miró con enfado, pero también sonrojado—. ¡N-no necesitaba tu ayuda!

Ella le devolvió una mirada aburrida.

—Hey, Nakuru —la llamó una voz—. ¿Necesitas un cable o algo?

Se acercó hasta ellos otro chico, del mismo uniforme, pero llevaba encima una sudadera y un abrigo, e iba encapuchado, con una mochila al hombro. No se le veía mucho la cara bajo la sombra de la capucha. Tenía una espalda ancha, de complexión fuerte. Esquivó los cuerpos de los otros dos abusones tendidos en el suelo, pasando por encima de ellos tranquilamente, los cuales ya estaban recobrando la consciencia poco a poco.

—Nah, aquí al parecer nadie necesita un cable —contestó ella con sarcasmo—. Está todo en orden.

—¿Por qué tan grosero con alguien que te ha ayudado? —le reprochó el chico fortachón al de las gafas.

—Porque yo no necesito que una chica me proteja —replicó este, intentando ponerse en pie torpemente.

—Hahh… —suspiró Nakuru con paciencia—. Humanos…

—Hey… —se quejó el chico fortachón.

—¿Eh? ¿Te ofende o qué? —se rio su amiga—. Si tú ya no eres uno de ellos.

—Ya, bueno… Pero hace tan sólo un año que dejé de serlo. Aún es reciente —se encogió de hombros.

—Pues acostúmbrate, Kyo, porque muchas veces su estupidez natural no nos pone el trabajo fácil. En fin, me largo.

La chica dio media vuelta con la mano levantada como despedida y se perdió de vista doblando la esquina del edificio. Kyo se quedó ahí delante de esos tres despojos, justo cuando comenzó a llover. Chistó con la lengua y negó con la cabeza, daban bastante pena, tanto los abusones que ya estaban incorporándose doloridos como su rechoncha víctima con el esguince de tobillo que apenas se tenía en pie. Cuando él también fue a marcharse, irrumpió la áspera voz de un viejo profesor que, asomado por una de las ventanas de la planta baja del edificio ahí cerca de ellos, los vio.

—¡Eh! ¿¡Qué hacéis ahí, gamberros!? ¿¡Peleas!? ¡Están terminantemente prohibidas en este centro! ¡Dadme vuestros nombres ahora mismo!

—¡Profesor, yo no he hecho nada, han sido ellos! —gimió el chico de las gafas, señalando a los dos abusones con un uniforme diferente.

—¿Sí? ¿Y qué hacen malheridos en el suelo? ¿Quién los ha agredido?

Tanto los dos abusones como la víctima se quedaron mudos un momento. Se miraron. Ni los primeros querían decir que habían sido abatidos por una chica ni el rechoncho quería decir que la misma lo había salvado de ellos. Kyo se dio cuenta de esto nada más ver sus caras y por fin comprendió lo que su amiga le había dicho sobre la estupidez humana natural.

De pronto, los otros tres magullados miraron a Kyo al mismo tiempo. Al parecer se pusieron de acuerdo en señalarlo a él, mirando al profesor con nervios.

—¿Pero qué…? —brincó el fortachón.

—¡Usted, muchacho, el encapuchado! El director está en la sala de profesores. Ya se sabrá usted el camino. Andando, que yo lo vea.

Kyo se quedó incrédulo. Pero de nada iba a servir discutirlo con tres testigos acusándolo falsamente a él.

—Humanos… —suspiró con el mismo tono resignado que su amiga, encaminándose al edificio en dirección a su castigo.


—Oh, estupendo —lamentó Nakuru cuando, al llegar a los soportales frontales del edificio, vio que se había puesto a llover a cántaros.

—Tía, ¿a dónde te habías ido? —protestó su amiga, que la había estado esperando ahí.

—Ah, perdona, Raven. Había oído un jaleo por el patio trasero del instituto y me fui a ver qué era.

—¿Se ha peleado alguien? ¿Deberíamos avisar a algún profe?

—No, al final no ha sido nada —le restó importancia—. ¿Cleven todavía no ha salido?

—No, tía —resopló Raven, apoyándose contra una de las columnas—. Sigue en la sala de profesores.

—Vaya día… —Nakuru también se apoyó en otra columna de brazos cruzados.

El Instituto Tomonari, situado en el distrito de Shibuya, reposaba en un amplio recinto limitado por muros y altas verjas de hierro. Estaba formado por un complejo de edificios conectados mediante pasarelas, separados por patios y jardines al aire libre, además de unas instalaciones aparte con su propio polideportivo, piscina cubierta, pista de atletismo y campos para deportes varios.

A su lado, en otro recinto, se encontraba el Colegio Tomonari, otro complejo de edificios donde impartían la educación infantil y primaria.

Era un centro de gran reputación que seguía un sistema de educación internacional. Allí iban alumnos tanto nacionales como extranjeros, o en su mayoría, nacionales que tenían algún padre extranjero y por tanto eran bilingües. Pero no por ello sólo iba gente adinerada. Había de todo, tanto buena como mala gente, como en todos lados.

Varios chicos y chicas también iban saliendo del instituto, unos con paraguas y otros cubriéndose con la chaqueta y corriendo a la parada de bus más cercana.

—Raven, ríndete —casi rio Nakuru, al verla desesperada por arreglarse el pelo, que se le estaba encrespando con tanta humedad.

—No puedo, Nak. Soy una gal —dijo con coquetería—. Siempre debo estar guapa.

—Por favor, Raven, llevas viviendo en Tokio un año, ¿y ya de primeras te metes en la tribu urbana de las gals?

—Casi siempre que salgo por ahí de ocio, es con un grupo de gals de este instituto y me lo paso genial. Me aceptaron a la primera. Creo que les gustaba la idea de tener con ellas a una afroamericana de California. Y ¿sabes? Aun a día de hoy me sorprende que te hayas hecho tan amiga mía. En mi antiguo instituto, todos los que iban de una manera de vestir o de ser estaban estrictamente separados por grupos. Era raro ver juntas a dos personas que siguieran tendencias distintas.

—Hm... —sonrió Nakuru—. Por mí no tienes que preocuparte, Raven. Yo no soy ese tipo de persona, no voy exclusivamente con la gente que vista o sea como yo.

—Pero ¿tienes más amigas que lleven tu estilo?

—Tengo muchas amigas y amigos, todos somos diferentes entre nosotros, pero iguales en una sola cosa —Nakuru mantuvo esa sonrisa serena mientras miraba las gotas de lluvia cayendo en un mismo charco—. Yo no me hago amiga de las personas que vistan como yo; simplemente, de las buenas personas.

Raven guardó un silencio reflexivo al escuchar, una vez más, cómo Nakuru hablaba de la gente en general, como si para ella toda complejidad tan propia de los adolescentes sobre a qué grupo pertenecer o qué tipo de persona ser no existiera en su mente. Para ella, todo se reducía a algo mucho más simple, se fijaba nada más en quién era una buena persona y quién no. Raven consideraba a Nakuru la persona más gentil y madura del instituto, y no importaba si llevaba un corte de pelo extraño, los labios pintados de morado o botas grandes con cadenas.

De hecho, Raven sabía muy bien que Nakuru no se había ido hace unos minutos al patio trasero del instituto a comprobar si había algún jaleo. Se había ido a resolverlo. La californiana observaba de reojo una de las manos de Nakuru, cuyos nudillos estaban un poco enrojecidos, pero no porque se hubiera hecho daño, sino porque eran restos de un poquito de sangre, probablemente de algún maleante al que Nakuru había golpeado.

Raven sonreía discretamente. Sabía que su amiga hacía esas cosas a menudo, por mucho que lo escondiera. Iba a ayudar o a salvar constantemente a gente en apuros, y es como si fuera un trabajo o un deber para ella.

Nakuru era una chica con un atractivo particular. Igual que muchos alumnos del Tomonari, era mestiza, de padre japonés y madre griega. Tenía el pelo corto en el lado izquierdo de la cabeza, y en el lado derecho muy largo, negro, ondulado. Sus ojos eran de color azul, su piel blanca como la porcelana y tenía una sonrisa con hoyuelos. Generalmente era seria y tranquila, y solía dar miedo a la gente con prejuicios porque llevaba un estilo de ropa y de maquillaje punk. Adoraba la rutina, los días de lluvia como hoy y las canciones tristes. Era una chica increíblemente lista, llevaba los estudios sin problemas y no había nada ni nadie que pudiera engañarla.

—¿Tú me consideras buena persona? —preguntó Raven.

—¿Eh? —le sorprendió la pregunta.

—Normalmente, en general… la gente, cuando me ve, lo primero que piensa es que soy la típica chica superficial que sólo piensa en vestir a la moda, en llevar el mejor maquillaje, en salir a divertirme a sitios caros… —Raven miraba hacia el mismo charco que miraba Nakuru—. Es cierto que me gustan esas cosas, no lo voy a negar. Incluso reconozco que soy superficial…

—Pero eso no es todo lo que tú eres —Nakuru la miró con una sonrisa afectuosa, y Raven se sorprendió un poco—. Eres superficial y materialista cuando tu entorno está en paz y normal. Es tu forma de disfrutar y pasarlo bien cuando no hay nada más importante que hacer. Pero durante este último año, he observado tu carácter real, Raven. Cuando tu rutina feliz se ve interrumpida porque algo malo sucede, o porque alguien de tu entorno tiene problemas, te olvidas de la ropa, el maquillaje y los accesorios y centras toda tu atención en el problema. Odias ver que alguien lo esté pasando mal y priorizas ayudarlo, para así recuperar un ambiente feliz y seguir disfrutando de tus modas y maquillajes.

—¡Hahahah…! Pues sí que eres observadora, Nak. Seguro que por eso encajamos tan bien las tres. A pesar de que Cleven, tú y yo seamos muy diferentes por fuera, las tres tenemos algo muy bonito en común.

—Sí… —murmuró Nakuru, volviendo a mirar hacia el charco, pero su sonrisa se apagó un poco—. Cleven… especialmente… era la mejor en este aspecto…

—¿Era? —se extrañó Raven.

—Es. Es —se corrigió Nakuru enseguida.

Raven asintió contenta. Pero disimuló cierta confusión. A diferencia de ella, Nakuru conocía a Cleven desde muy temprana edad. Ambas llevaban siendo amigas una década más o menos. Por eso, Nakuru conocía a Cleven mejor que nadie, y Raven sospechaba que Nakuru realmente quiso decir “era”. La californiana no podía notar la diferencia porque apenas llevaba un año siendo amiga de ellas, y no las conocía aún con tanta profundidad, pero para Nakuru de verdad Cleven parecía haber perdido un gran trozo de sí misma hace años, tras la muerte de su madre, y ya no era la misma de antes, la que Nakuru recordaba de su infancia.

Raven sabía que Nakuru y Cleven compartían una tragedia en común. Ambas habían perdido a sus madres cuando eran pequeñas.

—Bueno. ¿Y cuándo nos vas a presentar a tu novia, Nak? —Raven cambió de tema radicalmente.

—¡Ostras, Rav! —brincó esta, con la cara roja—. ¡Sabes el corte que me da hablar de eso! A-además… no somos novias… aún… O sea… aún estamos empezando, no es como para llamarlo ya… de esa forma… Porque técnicamente…

—Uaaahh —bostezó con descaro—. Madre mía, hablar contigo de asuntos amorosos es un aburrimiento —bufó la californiana, retocándose sus cabellos cada vez más encrespados—. De todas formas, no lo olvides. Cleven y yo queremos conocerla algún día y evaluar si es buena chica para ti.

—Hmm… —refunfuñó.

—Ay… ¿Cuánto más tenemos que esperar? ¡Mi pelo está sufriendo! ¿Por qué Cleven está en la sala de profesores?

—La ha llamado el tutor para hablar a solas. Supongo que le reprochará su mal comienzo en el curso.








Prólogo

¿Qué sucede cuando presencias el asesinato de un ser querido?

Depende. ¿Eres una persona sensible de las que lloran abatidas por la tragedia o una persona sensible de las que lloran rabiosas por no haber podido impedirlo? No todos los humanos tienen la "voluntad del héroe", y muchos de los que la tienen ni siquiera lo saben. No es hasta que llega ese momento inmediato, inesperado, incomprensible y desgarrador cuando este tipo de humanos despierta esa fuerza en su interior. Rabia, ira, tristeza, todas unidas por hacer justicia... pero también descontroladas y peligrosas.

Ellos no lo eligen. Pero sucede. No importa la edad, ni el país. Esta energía que nace dentro de ellos ante la tragedia los transforma, los renueva, les otorga un nuevo poder, y dejan de ser humanos para convertirse en sus protectores secretos como un deber que cumplir, bajo un mando superior, organizados, y llevando una vida cotidiana entre los demás al mismo tiempo. La venganza también forma parte de ellos, pero, también, algunos defectos, de los que puede surgir su lado más contrario y oscuro.

Las emociones humanas, las energías del bien y el mal, la vida y la muerte, son fuerzas superiores que lo dominan todo en el mundo terrestre, en un Equilibrio protegido por los dioses del Yin y el Yang, que ciertos grupos intentan cambiar y controlar, hacia lo que cada uno de ellos considera como el mundo más idóneo.

En medio de esta lucha invisible, Cleventine Vernoux navega en la rutina de la normalidad, en la apatía y en el olvido de todo lo que ocurrió en su infancia. Perdió memorias específicas, y con ellas, algo que formaba parte íntima de ella, el poder humano del cambio, del inconformismo.

Pero cuando uno se atreve a levantar la mirada del suelo, comenzará a ver cosas nuevas. Y tal vez raras. Y todo empieza con el despertar de un simple recuerdo, el nombre de alguien querido.


1.
Gente rara

Un ojo que emitía una rara luz anaranjada fue lo último que el abusón vio antes de morder el suelo y perder el conocimiento, sólo con el primer puñetazo. Al lado, había otro igual de abatido, agonizando con un pómulo morado, y cerca de ellos, aún quedaba uno en pie, que iba a ser el siguiente.

La chica, limpiándose un poco la sangre de los nudillos en su falda del uniforme del instituto, se giró hacia él con esa mirada severa y aplastante. Este tercer y último abusón se había quedado atorado, como en shock, tras haber visto cómo esa chica flaca y punk había tumbado a sus dos amigos básicamente con un aspaviento, más que con un puñetazo. Había estado en posición de ataque y tenía intenciones de agredirla, pero ahora tenía sus dudas. No quería acabar como sus amigos. Ahora esa chica le daba miedo.

Entre ellos, además, había otro chico, sentado en el suelo tras haberse caído, con el mismo tipo de uniforme que la punk. Un inocente estudiante, algo gordito, con gafas y sudoroso, que aferraba entre sus brazos la mochila que esos tres abusones habían intentado quitarle a la fuerza para quedarse con su dinero y sus cosas… hasta que esa chica apareció de la nada soltando sopapos.

—¿Y bien? —le preguntó esta al abusón que quedaba, quien, al igual que sus amigos, tenía un uniforme de un instituto distinto, al que habían arrancado las mangas para adoptar un estilo macarra.

El chico, más grande que ella, tragó saliva, sin dejar de mirar a sus compañeros y a ella repetidas veces, muy nervioso.

—Te la dejo pasar… porque eres una chica… —intentó sonar superior, señalándola con el dedo.

—Como volváis a amenazar, perjudicar o a hacer daño a otra persona para placer o beneficio propio, lo sabré, y os partiré los dedos de las manos, como ese que estás usando para apuntarme.

El macarra bajó la mano enseguida, temeroso.

—Cuando tus amigos se recuperen y vuelvan llorando a tu instituto, diles la mala noticia, que como volváis a poner un pie aquí en mi instituto, regresaréis sin el pie.

El abusón siguió ahí, en tensión, sin decidirse. Entonces, la chica dio un fuerte pisotón, y el suelo tembló por un instante y se formó una pequeña grieta. Fue suficiente para que el otro se asustara y se marchara de allí corriendo. Saltó el muro que separaba el recinto con las calles y desapareció. Ahí, en un patio trasero del instituto donde había materiales de gimnasio y jardinería, entre el edificio y una zona arbolada, no había nadie más que ellos.

La joven se acercó al muchacho rechoncho de las gafas.

—A juzgar por tu postura corporal, la inclinación de tu espalda y el hecho de que no te hayas puesto en pie aún, deduzco que te has hecho un esguince en el tobillo izquierdo, ¿verdad? —le comentó, se inclinó hacia él y le tendió la mano—. Ven, te ayudaré a caminar hasta la enfermería, apóyate en mí.

—¡Yo…! —el chico la miró con enfado, pero también sonrojado—. ¡N-no necesitaba tu ayuda!

Ella le devolvió una mirada aburrida.

—Hey, Nakuru —la llamó una voz—. ¿Necesitas un cable o algo?

Se acercó hasta ellos otro chico, del mismo uniforme, pero llevaba encima una sudadera y un abrigo, e iba encapuchado, con una mochila al hombro. No se le veía mucho la cara bajo la sombra de la capucha. Tenía una espalda ancha, de complexión fuerte. Esquivó los cuerpos de los otros dos abusones tendidos en el suelo, pasando por encima de ellos tranquilamente, los cuales ya estaban recobrando la consciencia poco a poco.

—Nah, aquí al parecer nadie necesita un cable —contestó ella con sarcasmo—. Está todo en orden.

—¿Por qué tan grosero con alguien que te ha ayudado? —le reprochó el chico fortachón al de las gafas.

—Porque yo no necesito que una chica me proteja —replicó este, intentando ponerse en pie torpemente.

—Hahh… —suspiró Nakuru con paciencia—. Humanos…

—Hey… —se quejó el chico fortachón.

—¿Eh? ¿Te ofende o qué? —se rio su amiga—. Si tú ya no eres uno de ellos.

—Ya, bueno… Pero hace tan sólo un año que dejé de serlo. Aún es reciente —se encogió de hombros.

—Pues acostúmbrate, Kyo, porque muchas veces su estupidez natural no nos pone el trabajo fácil. En fin, me largo.

La chica dio media vuelta con la mano levantada como despedida y se perdió de vista doblando la esquina del edificio. Kyo se quedó ahí delante de esos tres despojos, justo cuando comenzó a llover. Chistó con la lengua y negó con la cabeza, daban bastante pena, tanto los abusones que ya estaban incorporándose doloridos como su rechoncha víctima con el esguince de tobillo que apenas se tenía en pie. Cuando él también fue a marcharse, irrumpió la áspera voz de un viejo profesor que, asomado por una de las ventanas de la planta baja del edificio ahí cerca de ellos, los vio.

—¡Eh! ¿¡Qué hacéis ahí, gamberros!? ¿¡Peleas!? ¡Están terminantemente prohibidas en este centro! ¡Dadme vuestros nombres ahora mismo!

—¡Profesor, yo no he hecho nada, han sido ellos! —gimió el chico de las gafas, señalando a los dos abusones con un uniforme diferente.

—¿Sí? ¿Y qué hacen malheridos en el suelo? ¿Quién los ha agredido?

Tanto los dos abusones como la víctima se quedaron mudos un momento. Se miraron. Ni los primeros querían decir que habían sido abatidos por una chica ni el rechoncho quería decir que la misma lo había salvado de ellos. Kyo se dio cuenta de esto nada más ver sus caras y por fin comprendió lo que su amiga le había dicho sobre la estupidez humana natural.

De pronto, los otros tres magullados miraron a Kyo al mismo tiempo. Al parecer se pusieron de acuerdo en señalarlo a él, mirando al profesor con nervios.

—¿Pero qué…? —brincó el fortachón.

—¡Usted, muchacho, el encapuchado! El director está en la sala de profesores. Ya se sabrá usted el camino. Andando, que yo lo vea.

Kyo se quedó incrédulo. Pero de nada iba a servir discutirlo con tres testigos acusándolo falsamente a él.

—Humanos… —suspiró con el mismo tono resignado que su amiga, encaminándose al edificio en dirección a su castigo.


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—Oh, estupendo —lamentó Nakuru cuando, al llegar a los soportales frontales del edificio, vio que se había puesto a llover a cántaros.

—Tía, ¿a dónde te habías ido? —protestó su amiga, que la había estado esperando ahí.

—Ah, perdona, Raven. Había oído un jaleo por el patio trasero del instituto y me fui a ver qué era.

—¿Se ha peleado alguien? ¿Deberíamos avisar a algún profe?

—No, al final no ha sido nada —le restó importancia—. ¿Cleven todavía no ha salido?

—No, tía —resopló Raven, apoyándose contra una de las columnas—. Sigue en la sala de profesores.

—Vaya día… —Nakuru también se apoyó en otra columna de brazos cruzados.

El Instituto Tomonari, situado en el distrito de Shibuya, reposaba en un amplio recinto limitado por muros y altas verjas de hierro. Estaba formado por un complejo de edificios conectados mediante pasarelas, separados por patios y jardines al aire libre, además de unas instalaciones aparte con su propio polideportivo, piscina cubierta, pista de atletismo y campos para deportes varios.

A su lado, en otro recinto, se encontraba el Colegio Tomonari, otro complejo de edificios donde impartían la educación infantil y primaria.

Era un centro de gran reputación que seguía un sistema de educación internacional. Allí iban alumnos tanto nacionales como extranjeros, o en su mayoría, nacionales que tenían algún padre extranjero y por tanto eran bilingües. Pero no por ello sólo iba gente adinerada. Había de todo, tanto buena como mala gente, como en todos lados.

Varios chicos y chicas también iban saliendo del instituto, unos con paraguas y otros cubriéndose con la chaqueta y corriendo a la parada de bus más cercana.

—Raven, ríndete —casi rio Nakuru, al verla desesperada por arreglarse el pelo, que se le estaba encrespando con tanta humedad.

—No puedo, Nak. Soy una gal —dijo con coquetería—. Siempre debo estar guapa.

—Por favor, Raven, llevas viviendo en Tokio un año, ¿y ya de primeras te metes en la tribu urbana de las gals?

—Casi siempre que salgo por ahí de ocio, es con un grupo de gals de este instituto y me lo paso genial. Me aceptaron a la primera. Creo que les gustaba la idea de tener con ellas a una afroamericana de California. Y ¿sabes? Aun a día de hoy me sorprende que te hayas hecho tan amiga mía. En mi antiguo instituto, todos los que iban de una manera de vestir o de ser estaban estrictamente separados por grupos. Era raro ver juntas a dos personas que siguieran tendencias distintas.

—Hm... —sonrió Nakuru—. Por mí no tienes que preocuparte, Raven. Yo no soy ese tipo de persona, no voy exclusivamente con la gente que vista o sea como yo.

—Pero ¿tienes más amigas que lleven tu estilo?

—Tengo muchas amigas y amigos, todos somos diferentes entre nosotros, pero iguales en una sola cosa —Nakuru mantuvo esa sonrisa serena mientras miraba las gotas de lluvia cayendo en un mismo charco—. Yo no me hago amiga de las personas que vistan como yo; simplemente, de las buenas personas.

Raven guardó un silencio reflexivo al escuchar, una vez más, cómo Nakuru hablaba de la gente en general, como si para ella toda complejidad tan propia de los adolescentes sobre a qué grupo pertenecer o qué tipo de persona ser no existiera en su mente. Para ella, todo se reducía a algo mucho más simple, se fijaba nada más en quién era una buena persona y quién no. Raven consideraba a Nakuru la persona más gentil y madura del instituto, y no importaba si llevaba un corte de pelo extraño, los labios pintados de morado o botas grandes con cadenas.

De hecho, Raven sabía muy bien que Nakuru no se había ido hace unos minutos al patio trasero del instituto a comprobar si había algún jaleo. Se había ido a resolverlo. La californiana observaba de reojo una de las manos de Nakuru, cuyos nudillos estaban un poco enrojecidos, pero no porque se hubiera hecho daño, sino porque eran restos de un poquito de sangre, probablemente de algún maleante al que Nakuru había golpeado.

Raven sonreía discretamente. Sabía que su amiga hacía esas cosas a menudo, por mucho que lo escondiera. Iba a ayudar o a salvar constantemente a gente en apuros, y es como si fuera un trabajo o un deber para ella.

Nakuru era una chica con un atractivo particular. Igual que muchos alumnos del Tomonari, era mestiza, de padre japonés y madre griega. Tenía el pelo corto en el lado izquierdo de la cabeza, y en el lado derecho muy largo, negro, ondulado. Sus ojos eran de color azul, su piel blanca como la porcelana y tenía una sonrisa con hoyuelos. Generalmente era seria y tranquila, y solía dar miedo a la gente con prejuicios porque llevaba un estilo de ropa y de maquillaje punk. Adoraba la rutina, los días de lluvia como hoy y las canciones tristes. Era una chica increíblemente lista, llevaba los estudios sin problemas y no había nada ni nadie que pudiera engañarla.

—¿Tú me consideras buena persona? —preguntó Raven.

—¿Eh? —le sorprendió la pregunta.

—Normalmente, en general… la gente, cuando me ve, lo primero que piensa es que soy la típica chica superficial que sólo piensa en vestir a la moda, en llevar el mejor maquillaje, en salir a divertirme a sitios caros… —Raven miraba hacia el mismo charco que miraba Nakuru—. Es cierto que me gustan esas cosas, no lo voy a negar. Incluso reconozco que soy superficial…

—Pero eso no es todo lo que tú eres —Nakuru la miró con una sonrisa afectuosa, y Raven se sorprendió un poco—. Eres superficial y materialista cuando tu entorno está en paz y normal. Es tu forma de disfrutar y pasarlo bien cuando no hay nada más importante que hacer. Pero durante este último año, he observado tu carácter real, Raven. Cuando tu rutina feliz se ve interrumpida porque algo malo sucede, o porque alguien de tu entorno tiene problemas, te olvidas de la ropa, el maquillaje y los accesorios y centras toda tu atención en el problema. Odias ver que alguien lo esté pasando mal y priorizas ayudarlo, para así recuperar un ambiente feliz y seguir disfrutando de tus modas y maquillajes.

—¡Hahahah…! Pues sí que eres observadora, Nak. Seguro que por eso encajamos tan bien las tres. A pesar de que Cleven, tú y yo seamos muy diferentes por fuera, las tres tenemos algo muy bonito en común.

—Sí… —murmuró Nakuru, volviendo a mirar hacia el charco, pero su sonrisa se apagó un poco—. Cleven… especialmente… era la mejor en este aspecto…

—¿Era? —se extrañó Raven.

—Es. Es —se corrigió Nakuru enseguida.

Raven asintió contenta. Pero disimuló cierta confusión. A diferencia de ella, Nakuru conocía a Cleven desde muy temprana edad. Ambas llevaban siendo amigas una década más o menos. Por eso, Nakuru conocía a Cleven mejor que nadie, y Raven sospechaba que Nakuru realmente quiso decir “era”. La californiana no podía notar la diferencia porque apenas llevaba un año siendo amiga de ellas, y no las conocía aún con tanta profundidad, pero para Nakuru de verdad Cleven parecía haber perdido un gran trozo de sí misma hace años, tras la muerte de su madre, y ya no era la misma de antes, la que Nakuru recordaba de su infancia.

Raven sabía que Nakuru y Cleven compartían una tragedia en común. Ambas habían perdido a sus madres cuando eran pequeñas.

—Bueno. ¿Y cuándo nos vas a presentar a tu novia, Nak? —Raven cambió de tema radicalmente.

—¡Ostras, Rav! —brincó esta, con la cara roja—. ¡Sabes el corte que me da hablar de eso! A-además… no somos novias… aún… O sea… aún estamos empezando, no es como para llamarlo ya… de esa forma… Porque técnicamente…

—Uaaahh —bostezó con descaro—. Madre mía, hablar contigo de asuntos amorosos es un aburrimiento —bufó la californiana, retocándose sus cabellos cada vez más encrespados—. De todas formas, no lo olvides. Cleven y yo queremos conocerla algún día y evaluar si es buena chica para ti.

—Hmm… —refunfuñó.

—Ay… ¿Cuánto más tenemos que esperar? ¡Mi pelo está sufriendo! ¿Por qué Cleven está en la sala de profesores?

—La ha llamado el tutor para hablar a solas. Supongo que le reprochará su mal comienzo en el curso.





Comentarios

  1. He vuelto a emepzar esta saa, lo necesitaba, hace mucho no paso por aqui pero aqui me quedare, a recuperar rel cariño que logre tenerle a todos estos personajes y sus aventuras. En su momento ahce años me quede sobre el libro 5, pero esperare que puedas seguir resubiendolo y volver a verlo todo desde el principio, porfavor no lo abandones, porque estan fan esperara para seguir viendo las aventuras de Cleventine ansiosamente.

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