1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Llegó la noche, y Misae, la anciana que tenían contratada para cocinar algunos días de la semana, después de haber preparado la cena, se marchó a su casa. Hana ya había vuelto de trabajar, y los cuatro comenzaron a cenar en el comedor. Nadie decía nada. Reinaba un silencio sepulcral. Sólo Yenkis se aventuró a abrir la boca.
—He invitado al grupo a tocar en el garaje un día de la semana que viene —dijo tan risueño, mirando a su padre—. Pueden venir, ¿verdad?
Neuval alzó la mirada de su plato hacia él. En ese momento se dio cuenta de que había olvidado hacer algo que había prometido que haría hace días.
—Oh… No he podido arreglar todavía el teclado electrónico de tu amiga, no he tenido tiempo.
«Novedad…» pensó Cleven con sarcasmo.
—¡Ah! No, tranquilo —sonrió el niño—. Ya averigüé la avería que tenía y lo arreglé yo el otro día. No fue muy difícil. Una incisión por aquí con el bisturí, extirpar la tripa rota, una inyección por allá…
Neuval tuvo que bajar el tenedor y girar la cabeza a un lado para disimular una fuerte náusea que le causó escuchar esas palabras, poniéndose un poco pálido.
—Yen, la fobia de tu padre —le recordó Hana.
—No, no… Estoy bien —dijo Neuval.
—¡Oh, es verdad! Perdona, papá —dijo Yenkis.
—Y además, estamos comiendo —le reprochó Cleven a su hermano—. Ya teníamos bastante suplicio con Lex cuando hablaba de vísceras y enfermedades y cosas médicas mientras comíamos.
—Era aún peor verlo comer kilos y kilos de comidas mezcladas que parecían vómitos, como si fuesen manjares para él —se rio Yenkis.
—Y luego presume de que es el más normal de la familia —refunfuñó Cleven.
—Oh… —se sorprendió Hana—. ¿Vuestro hermano mayor ya hablaba de temas de Medicina cuando vivía aquí, antes de que empezara la universidad incluso?
—Lex hablaba de cosas médicas ya desde pequeño, incluso antes de que Cleven naciera —le aseguró Yenkis—. ¿Verdad, papá?
Neuval estaba medio recostado sobre el respaldo de su silla, con mala cara y los ojos cerrados, haciendo un esfuerzo por no marearse.
—Ah… Mejor dejamos de hablar de médicos —comprendió el niño—. Entonces, mi grupo puede venir a tocar, ¿no, papá?
—Sí, pero te recuerdo que a partir de las ocho tendréis que dejar de tocar, que los vecinos del barrio marcaron un horario para los ruidos.
Hubo otro momento de silencio en el que los cuatro continuaron comiendo. Yenkis tan sólo pretendía romperlo y animar a los demás a hablar sobre algo, pero nada. «Vaya sosos» se dijo. No le gustaba comer con tanto callamiento. Cleven procuraba no mirar a nadie, no estaba de humor, y menos a su padre. Se sentía culpable, pero a la vez seguía enfadada con él. Hana fue consciente de que el aire estaba congelado entre los dos, y adivinó que habían vuelto a discutir. Estaba tan acostumbrada que no dijo nada al respecto.
—He admitido a un nuevo miembro en el grupo, un bajista. —Yenkis volvió a hacer su segundo intento de transformar la hora de la cena en algo mejor de lo que era.
—Ah, ¿sí? —dijo Hana, mirándolo con interés—. ¿Alguien de tu clase?
—No, es dos años mayor que yo, de la secundaria inferior, y toca muy bien —contestó; el momento de silencio volvió a dar señales de vida, pero Yenkis miró de nuevo a su padre con detenimiento—. ¿Sabéis cómo se llama? —preguntó, poniendo un tono de misterio exagerado. Claramente estaba guardando unas extrañas intenciones hacia su padre.
—¿Cómo se llama, Yenkis? —preguntó su padre aburridamente, llevándose el vaso de agua a la boca.
—Taiya Miwa.
Hana y Cleven fueron las únicas que se sobresaltaron cuando Neuval empezó a toser, se había atragantado repentinamente. Yenkis sonrió astuto, sabía que reaccionaría nervioso ante ese nombre.
—Neu, ¿estás bien? —se preocupó Hana.
—Sí, sí… Se me fue el agua por el otro lado.
«Torpe» pensó Cleven, volviendo con su plato.
—¿De qué lo conoces, papi? —preguntó Yenkis, que seguía mirando a este con una inocencia bien fingida.
—¿Qué? No sé quién es ese tal Taiya, ¿cómo voy a conocerlo? —le dijo con naturalidad, pero miraba a Yenkis de reojo lanzándole claras advertencias para que cerrase la boca.
Yenkis lo captó y, sonriendo travieso para sus adentros, siguió comiendo.
Cleven se dio cuenta de que Yenkis y su padre habían vuelto a tener uno de esos extraños momentos que ya habían repetido unas veinte veces en los últimos seis meses, en los que Yenkis le hacía unas preguntas a su padre capaces de ponerlo nervioso, y este lo intentaba disimular. Se preguntaba qué clase de rollo se traían esos dos, le resultaba un tanto rara la relación que había entre su padre y su hermano. Hana no parecía darse cuenta de lo extraño de esos momentos, para ella era normal, pero para Cleven, que los conocía desde hace años, los consideraba muy misteriosos.
Poco antes de que todos acabasen de cenar, sonó el teléfono. Neuval se levantó de la silla, salió del comedor, cruzó el vestíbulo y entró en el salón para cogerlo.
—¿Diga?
—“Hey, Neu. Necesito hablar contigo.”
—¿Lao? —se sorprendió al oír la voz del enorme viejo musculoso que trabajaba con él—. Te oigo jadear sin aliento. ¿Te está dando un infarto?
—“¡No estoy tan viejo!” —se ofendió—. “Es porque acabo de recorrer unos 25 kilómetros en la última media hora.”
—Eso no es nada.
—“Oye, no estoy tan viejo, pero estoy más viejo que tú” —se ofendió de nuevo—. “¿Estás solo?”
Neuval dejó el teléfono sobre el sofá y fue rápidamente a cerrar la puerta del salón para evitar que su familia oyese algo. Volvió con premura, cogió el auricular y se sentó en el sofá.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó en voz baja, serio.
—“No por teléfono, no es seguro.”
En ese momento, Cleven, Hana y Yenkis habían acabado de cenar. Las dos chicas se levantaron para recoger, pues era el turno de ellas, y Cleven le lanzó una mirada de pocos amigos a Hana cuando esta le indicó que recogiera el plato de su padre también y no sólo el suyo. Hana le devolvió la misma mirada.
Yenkis, mientras tanto, salió al vestíbulo, decidido. Miró hacia atrás para asegurarse de que Hana y su hermana se habían perdido de vista en la cocina, y caminó haciendo el menor ruido posible hasta la puerta cerrada del salón. Espiar a su padre, uno de sus pasatiempos favoritos. Abrió unos pocos centímetros la puerta corrediza y vio a su padre sentado en el sofá, concentrado en lo que oía por el teléfono. Pegó la oreja.
—“Necesito verte en el Yoho Pub dentro de diez minutos, no quiero perder mucho tiempo” —le decía el viejo.
—Lao, ¿cómo esperas que esté allí en diez minutos? En coche se tarda media hora.
—“Pues de la manera más rápida y segura” —contestó como si fuera obvio—. “Abrígate, el cielo está helado esta noche.”
—Gracias por el consejo —dijo con cierto sarcasmo—. Voy para allá.
Colgó el teléfono y se apresuró a salir del salón. Yenkis, al verlo acercarse a la puerta, pegó un brinco y fue a irse pitando de ahí. No obstante, antes de que pudiese esconderse oyó la voz de su padre antes de que este saliera por la puerta.
—Yen —dijo sin más.
El niño se paró en seco, con los pelos de punta. Lo había pillado. Se dio la vuelta y miró a su padre cuando este abrió la puerta, con un nudo en la garganta. Neuval, de pie frente a él, lo miraba con extrema seriedad. Yenkis sabía perfectamente que su padre era consciente de que lo había estado escuchando. Sin embargo, a Neuval no pareció importarle demasiado, porque fue derecho a coger su abrigo y abrió la puerta principal para salir de la casa. Se detuvo antes de dar un paso afuera, y volvió a mirar a su hijo.
—Diles a Hana y a Cleven que he ido a resolver un asunto de trabajo en la empresa, procura que se lo crean —le dijo, dando media vuelta. Pero se paró de nuevo, mirando al niño otra vez—. Por cierto, ten cuidado con Taiya Miwa. No dejes que te meta en líos raros y no cotillees su vida. De hecho, ¡deja de meter las narices donde no debes! —le regañó en voz baja con el dedo.
Después cerró la puerta tras él y reinó el silencio en el vestíbulo. Yenkis sonrió, parado en el sitio. «Lo sabía» pensó. Tras unos segundos se quedó reflexivo, pensando qué podía hacer ahora para pasar el tiempo y sacar provecho a la ausencia de su padre.
Volvió a sonreír, malicioso, y se metió a hurtadillas en el despacho de este. Se sentó frente al ordenador personal de su padre, frotándose las manos, y sacó del bolsillo de su pantalón de pijama un extraño objeto pequeño con forma de cubo, algo más grande que un dado, que se notaba que estaba hecho con piezas distintas, pues una de sus caras era una lámina de plástico negro, otra era una lámina de acero, otra era de chapa de aluminio, etc. En algunas de sus caras había finos surcos hendidos, los cuales emitieron una luz naranja en cuanto Yenkis encendió el ordenador, y después, cuando el cubito se enlazó con él, las finas luces cambiaron a color azul. El niño celebró en silencio que su invento funcionaba.
* * * * * *
Neuval llegó a otra zona lejana de la ciudad cinco minutos antes de lo previsto. Salió de un callejón oscuro, mientras se arreglaba un poco el pelo que se le había despeinado, y se adentró en una gran avenida que recorría todo aquel distrito. Las calles estaban más vacías a esas horas de la noche, varios transeúntes caminaban bajo las luces que las iluminaban, y apenas pasaban coches por la carretera.
Dirigiéndose a un lugar determinado no muy lejos de donde estaba, Neuval se abrochó el abrigo hasta arriba. La acera estaba mojada, había seguido lloviendo durante el resto de la tarde. Iba mirando a un lado y a otro con atención, como si temiera que un atracador apareciese de entre las sombras, pues era un barrio algo peligroso. Pero si aparecían atracadores, no temía por él, sino por ellos.
Giró hacia la izquierda para adentrarse en un nuevo callejón donde predominaba la oscuridad, y se apresuró a guiñar su ojo izquierdo y a mantenerlo así, hasta que se detuvo frente a una puerta del fondo, de madera vieja y desgastada, con los cristales translúcidos por la suciedad. Miró una vez más a su alrededor, asegurándose de que no había ni un alma que pudiera verlo, e ingresó dentro del local, acompañado por el chirrido que soltaron las bisagras de la puerta.
Echó un vistazo a la estancia. Hacía tiempo que no iba a ese lugar, pero estaba tal y como lo recordaba, no se diferenciaba mucho del estado en el que estaba la misma puerta por la que había entrado. La pobre luz que desprendían las viejas lámparas del techo inundaba de penumbra todo el lugar.
A medida que se iba adentrando, fue pasando entre las mesas centrales, vacías y sucias. Sólo en las que estaban en los rincones o pegadas a las paredes, lo suficientemente camufladas, se encontraban algunos hombres solitarios de aspecto tétrico, bebiendo, disfrutando de su soledad en silencio. Sólo eran cuatro y estaban beodos, por lo que Neuval dejó de guiñar el ojo.
Al fondo, tras la barra, la parte más iluminada del local, un camarero de pelo grasiento y bastante corpulento hacía un amago de limpieza con los vasos, con un entusiasmo que daban ganas de sentir pena por él.
Fue hasta la mesa más camuflada y solitaria, donde estaba sentado su viejo compañero, vicepresidente de su empresa, con una copa de whisky sobre la mesa y un cigarrillo consumiéndose lentamente sobre el cenicero. El viejo Lao llevaba otra ropa ahora, vaqueros y un jersey algo desgastado, muy diferente al elegante traje que llevaba hace unas horas al salir de la empresa. Con sus codos apoyados sobre la mesa, se podía apreciar el tamaño de sus enormes bíceps, así como el resto de su musculoso y fortachón cuerpo. Su pelo corto y blanco estaba desordenado, de haber estado llevando puesta la capucha de su parka. Jugueteaba con un mechero en una mano casi sin darse cuenta, mientras se mecía la barba con la otra. Estaba nervioso.
—Qué silencio, seguro que se puede dormir bien aquí, a lo mejor me instalo —le sonrió Neuval, sentándose frente a él; Lao lo miró sin comprender—. Cleven se pasa las noches gritando el nombre de guapos actores de Hollywood en sueños —le explicó en broma, pero sólo pretendía romper un poco la tensión que había en el ambiente—. Cuéntame.
Lao se incorporó un poco en su asiento, miró a su alrededor para asegurarse de que todo bicho viviente dentro del local estuviese lo bastante trompa para que no los oyeran.
—Se trata de mi nieto —le susurró.
Neuval, al oír eso, se le transformó la cara.
—¿Qué le ha pasado a Kyosuke? —preguntó inmediatamente, muy preocupado.
—No digas su nombre en alto, podría haber alguien aquí…
—¿Está bien o no? —insistió Neuval.
—Tranquilo, por ahora nada grave, que se sepa —contestó el viejo Lao—. Esta tarde he llamado a la casa donde vive con su hermana, como de costumbre, para saber cómo les iba, pero Mei Ling me dijo que el chaval no ha vuelto a casa y que no puede contactar con él. Le dije que me llamara cuando supiese de él, pero sigo sin recibir noticias. Antes de llamarte, había salido de casa para ir a la de mis nietos y hablar con Mei Ling con calma, y he tratado de captar algún rastro de Kyo por la ciudad. Pero nada. Y su móvil no da señal.
Se quedó en silencio, mirando a su jefe, esperando a que dijese algo.
—¿Se habrá metido en una misión imprevista? —caviló Neuval—. Para ayudar a alguien…
—Si fuera así, no tendría problema en contestar al teléfono, o tenerlo encendido al menos.
—Kyo tiene un móvil Hoteitsuba, los móviles que yo fabrico siempre tienen encendido el dispositivo localizador de seguridad, aunque se agote la batería.
—Entonces es que también lo ha desactivado.
—Sólo hay una razón por la que Kyo necesitaría desactivar el 100 % de las señales electromagnéticas que emite un móvil —concluyó Neuval entonces.
—Oh, no… ¿Crees que alguna RS la tiene tomada con él? —se preocupó el viejo.
—No lo descarto. Saquemos conclusiones de esto cuanto antes, Lao. Sé que él ya es mayorcito para cuidarse de la típica delincuencia que anda por las calles con navajas y armas, así que lo único que me queda por pensar es que alguna RS anda detrás de esto. En eso Kyo tiene poca experiencia, acaba de llegar de su año de entrenamiento, todavía está verde. Por lo que se ha visto obligado a improvisar. De ahí que no haya podido avisar a nadie con tiempo.
—Hahh… Ta ma de… —blasfemó el viejo en chino—. Supongamos que una de las RS enemigas la ha tomado con él, que, dadas las circunstancias, parece lo más probable. ¿Qué es lo que quieren de él? ¿Qué querrían de un novato recién convertido?
—Si lo quieren a él, puede ser porque quieren algo que él tiene encima y quitárselo, o bien, porque quieren tenerlo de rehén para pediros a vosotros algo que vosotros tenéis —le señaló Neuval, y aprovechó para robarle un trago de su copa de whisky.
—Siempre igual —rezongó Lao—. ¿Dónde ha quedado lo de “por favor” y “gracias”?
—¿Por un sorbito de tu bebida? —se sorprendió Neuval con tono defensivo.
—No —contestó con paciencia—. Cuando una RS quiere algo de otra RS. Ya no simplemente se piden las cosas.
—¿Entre RS enemigas? —Neuval casi soltó una risa escéptica—. ¿Desde cuándo en cuatro siglos?
—Se supone que estamos todas en el mismo barco, joder. Cuánta competencia hay hoy en día…
—No te alteres, Lao, si le han hecho daño lo habríamos “notado” al instante —lo tranquilizó—. Y si lo tienen de rehén para pedir algo a cambio, ya os lo habrían dicho... A no ser que haya estado huyendo y lo hayan atrapado recientemente. O eso, o quizá sigue huyendo de ellos.
—Lo que me toca las narices es por qué la han tomado con él —protestó el viejo, dando con el puño en la mesa—. ¿Qué tiene él, qué tenemos nosotros para dar? Nuestra RS está bastante fuera de servicio, da bastante pena, no tenemos nada interesante o de valor. —Neuval bajó la mirada al oír eso, incómodo—. Pero lo poco que tenemos está bien protegido, nadie puede averiguarlo así como así.
Surgió otro rato de silencio, los dos permanecieron pensativos.
—¿Y si han sido los del Gobierno quienes le han descubierto, y no es cosa de una RS? —preguntó Lao.
Neuval soltó una carcajada llena de sarcasmo.
—Por favor... Los bebés del Gobierno no han podido llegar tan lejos. Además, también lo habríamos sabido, recuerda que Agatha está muy al tanto de esas cosas.
Hubo otro momento de silencio.
—Entonces... —inquirió el viejo, dubitativo, haciendo girar su copa sobre la mesa—. Nos falta por saber si Kyo está en algún lugar de Tokio, huyendo todavía de la supuesta RS que lo persigue, o si lo han atrapado ya. En ese caso, ¿qué quieren de él o qué quieren de nosotros? Si no recibimos noticias significa que sigue huyendo de ellos.
—Lo primero que hay que hacer es descubrir cuál es su paradero —dijo Neuval.
—Tienes razón, vayamos paso a paso —intentó tranquilizarse a sí mismo, bebiéndose de golpe lo que le quedaba de su bebida.
—Pero toda la culpa de esto la tiene el rubio, sin duda —masculló Neuval.
—Hahh… Ya estamos… —suspiró Lao.
—Ese impresentable es el Guardián, se supone que tiene el deber de tener vigilados a los demás —gruñó, poniéndose de mal humor, intentando no elevar mucho la voz—. ¿Cuánto te apuestas a que aún no tiene ni idea de esta situación? Se está volviendo perezoso.
—Él tiene una vida bastante complicada, Neuval —trató de apaciguar el viejo.
—Que se ponga a la cola —replicó.
—Ahora no te pongas tú de mal humor —le reprochó el viejo—. ¿Cuándo vas a tomarte unas vacaciones? Últimamente estás bastante insoportable.
—¡Q…! ¿Disculpa? —Neuval lo miró con ojos como platos de incredulidad—. ¿No he venido ahora aquí para ayudarte?
—¿Comes lo suficiente? —insistió Lao, con tono severo—. ¿Qué tal duermes? Espero que estés tomando fruta a diario.
—Pe… —Neuval se puso algo rojo de vergüenza, mirando al sucio camarero y a los pocos borrachos de alrededor—. Para, no empieces con eso.
—Ah. Yo sólo lo digo —se defendió Lao, levantando las palmas con solemnidad.
—Mira, Lao... —resopló—. Que el rubio se encargue de esto contigo. Es su trabajo. Pero también se trata de tu nieto, así que supongo que tú también querrás estar involucrado. No te preocupes, seguro que Kyosuke estará bien.
—¿Tú no vas a involucrarte? —preguntó el viejo.
Neuval se quedó en silencio unos segundos, y bajó la mirada.
—Por favor, no me lo pidas —murmuró—. Sabes perfectamente que desde que murió Katya, por nada en el mundo quiero volver a esa vida, a esos asuntos. Te ruego que no me metas en esto si realmente no necesitas mi ayuda. Yo ya tuve suficiente —dijo levantándose de la silla, y Lao adivinó que iba a marcharse.
—Neu... ¿Cuánto tiempo más piensas seguir así? Ya han pasado siete años —dijo sin disimular tristeza.
—Mira, Lao, yo sólo... —suspiró con paciencia—. Sólo quiero seguir con la vida que tengo ahora, es lo único que me queda. Mi familia y mi trabajo en la empresa, nada más. Las cosas están así. De cara a la sociedad, tú tienes que seguir siendo Kei Lian Lao, y yo Neuval Vernoux. A veces las cosas acaban de una manera... y a veces es mejor dejarlas así. Así que, por favor, deja ya de hacerme esa pregunta, y de si como fruta, o si duermo bien o si me cuido lo suficiente.
—Nunca dejaré de hacerte esas preguntas —impugnó Lao con firmeza—. Nunca dejaré de preocuparme.
—Papá… —suspiró otra vez.
—Sólo quiero…
—Estoy bastante mayorcito para estas cosas, ¿no crees?
—No por ello tienes que apartarme.
Neuval se quedó callado tras esa respuesta. Se quedó un poco incómodo.
—Te veo la cara prácticamente todos los días en el trabajo, ¿cómo es eso apartarte?
—Sabes a qué me refiero —repuso el viejo.
—Oye —le cortó Neuval con un gesto tajante de las manos, cerrando los ojos un momento para serenarse—. Estoy bien. ¿De acuerdo? Me va bien. ¿Vas a ponerte así cada vez que yo denote un poco de mal humor? Hah… Parece que no me conoces —casi rio irónico—. Quizá seas tú quien necesita unas vacaciones.
—Sabes que a mí no puedes mentirme, Neuval. Me preocupas mucho —lo miró con cierta súplica—. Por favor. Yo no puedo seguir viéndote así, me duele verte así. Llevas siete años sin ser tú mismo, comportándote como un amargado, aburrido, torpe y débil... cuando en realidad eres todo lo contrario. ¿Qué ha pasado con eso, Neu? Echo de menos a ese chico perdido, ese niño francés que encontré en un callejón de Hong Kong, solo, sucio y hambriento, durmiendo sobre cartones, rodeado de gatos y de basura, y con un pasado oscuro. Y aun con todas esas precariedades que sufría, ese chico se aferró a la ilusión de vivir y dejó de estar perdido. A partir de entonces, la palabra “rendirse” nunca volvió a entrar en tu vocabulario.
—Dejé de estar perdido porque tú me encontraste —repuso Neuval, dándole la espalda y mirando afligido al suelo—. Y me aferré a la vida porque me rescataste de aquel lugar donde me subastaron, me compraron, y me... —no se permitió a sí mismo terminar la frase—. Tú me brindaste esa opción.
—Ya te aferraste a la vida antes de que yo llegara a ese lugar —impugnó Lao—. Lo que hiciste allí... y con todos esos otros niños cautivos...
—Déjalo.
—Esa fuerza salió de ti mismo, Neuval —insistió el viejo.
—Pues ya se me ha agotado, Lao —lo miró por encima del hombro, molesto—. Me he pasado la vida peleándome, luchando, y perdiendo a gente. Hasta que perdí a mi alma gemela. Ahí, yo ya me perdí con ella. Para siempre. Y a no ser que ella resucite, nadie volverá a encontrarme.
—Quien debe encontrarte, Neuval, eres tú mismo —le señaló Lao seriamente—. Da igual la edad que tengas. Tienes que aprender a hacerlo algún día. Como ya lo hiciste aquella vez hace 35 años. Puede que otros se hayan acostumbrado a que seas así ahora. Pero para mí es un tormento constante verte cada día en el trabajo sin ilusión por nada, como si fueras un muerto andante.
—Lo siento —bajó la mirada con pesar—. Pero… eso es lo que soy ahora.
—Neuval, eso no es... —rechistó, pero no supo exactamente qué decir; frunció los labios casi con aire resignado y volvió a mirarlo—. Sé que algún día recordarás quién eres realmente, las cosas que has hecho por la gente, por el mundo, a lo largo de toda tu vida. Crees que no, pero todavía sigues haciendo esas cosas, de un modo u otro, porque ese es quien eres y no puedes evitarlo.
—Yo ya no hago nada de eso, papá. Ya no ayudo a nadie, ya no salvo a nadie, ya no resuelvo los problemas de los demás desde hace siete años.
—Existen muchas formas de ayudar o salvar a alguien. Si fuera verdad lo que dices, Hana no estaría donde está ahora, en tu casa, en un hogar. Y nuestra multinacional no tendría ni la mitad de empleados que tiene ahora, con un sueldo, una vida digna, un futuro que nadie más les dio —replicó con seriedad—. Eres un buen hombre, Neu, pero has tenido mala suerte. Sé muy bien que siendo como eres ahora, ni tú mismo te soportas. Te acabarás cansando de seguir eligiendo esta tristeza y no la alternativa que ya sabes, ya lo verás —le dijo con voz firme—. Nadie te conoce mejor. Yo te he criado.
—Mira, contacta con el rubio y cuéntale lo que sucede sobre Kyo —le interrumpió Neuval de repente, dejando claro que no quería seguir escuchando más sobre ese tema, y se fue yendo hacia la puerta para salir—. Si necesitáis recurrir a alguien más, ponedme en el último lugar, por favor. Hasta mañana en el trabajo, señor Lao.
Lao lo vio marcharse por la puerta y se quedó solo, alicaído, cansado, rodeado de cinco borrachos somnolientos y de un camarero que iba por el mismo camino, bebiéndose una botella entera de su propia cosecha.
Llegó la noche, y Misae, la anciana que tenían contratada para cocinar algunos días de la semana, después de haber preparado la cena, se marchó a su casa. Hana ya había vuelto de trabajar, y los cuatro comenzaron a cenar en el comedor. Nadie decía nada. Reinaba un silencio sepulcral. Sólo Yenkis se aventuró a abrir la boca.
—He invitado al grupo a tocar en el garaje un día de la semana que viene —dijo tan risueño, mirando a su padre—. Pueden venir, ¿verdad?
Neuval alzó la mirada de su plato hacia él. En ese momento se dio cuenta de que había olvidado hacer algo que había prometido que haría hace días.
—Oh… No he podido arreglar todavía el teclado electrónico de tu amiga, no he tenido tiempo.
«Novedad…» pensó Cleven con sarcasmo.
—¡Ah! No, tranquilo —sonrió el niño—. Ya averigüé la avería que tenía y lo arreglé yo el otro día. No fue muy difícil. Una incisión por aquí con el bisturí, extirpar la tripa rota, una inyección por allá…
Neuval tuvo que bajar el tenedor y girar la cabeza a un lado para disimular una fuerte náusea que le causó escuchar esas palabras, poniéndose un poco pálido.
—Yen, la fobia de tu padre —le recordó Hana.
—No, no… Estoy bien —dijo Neuval.
—¡Oh, es verdad! Perdona, papá —dijo Yenkis.
—Y además, estamos comiendo —le reprochó Cleven a su hermano—. Ya teníamos bastante suplicio con Lex cuando hablaba de vísceras y enfermedades y cosas médicas mientras comíamos.
—Era aún peor verlo comer kilos y kilos de comidas mezcladas que parecían vómitos, como si fuesen manjares para él —se rio Yenkis.
—Y luego presume de que es el más normal de la familia —refunfuñó Cleven.
—Oh… —se sorprendió Hana—. ¿Vuestro hermano mayor ya hablaba de temas de Medicina cuando vivía aquí, antes de que empezara la universidad incluso?
—Lex hablaba de cosas médicas ya desde pequeño, incluso antes de que Cleven naciera —le aseguró Yenkis—. ¿Verdad, papá?
Neuval estaba medio recostado sobre el respaldo de su silla, con mala cara y los ojos cerrados, haciendo un esfuerzo por no marearse.
—Ah… Mejor dejamos de hablar de médicos —comprendió el niño—. Entonces, mi grupo puede venir a tocar, ¿no, papá?
—Sí, pero te recuerdo que a partir de las ocho tendréis que dejar de tocar, que los vecinos del barrio marcaron un horario para los ruidos.
Hubo otro momento de silencio en el que los cuatro continuaron comiendo. Yenkis tan sólo pretendía romperlo y animar a los demás a hablar sobre algo, pero nada. «Vaya sosos» se dijo. No le gustaba comer con tanto callamiento. Cleven procuraba no mirar a nadie, no estaba de humor, y menos a su padre. Se sentía culpable, pero a la vez seguía enfadada con él. Hana fue consciente de que el aire estaba congelado entre los dos, y adivinó que habían vuelto a discutir. Estaba tan acostumbrada que no dijo nada al respecto.
—He admitido a un nuevo miembro en el grupo, un bajista. —Yenkis volvió a hacer su segundo intento de transformar la hora de la cena en algo mejor de lo que era.
—Ah, ¿sí? —dijo Hana, mirándolo con interés—. ¿Alguien de tu clase?
—No, es dos años mayor que yo, de la secundaria inferior, y toca muy bien —contestó; el momento de silencio volvió a dar señales de vida, pero Yenkis miró de nuevo a su padre con detenimiento—. ¿Sabéis cómo se llama? —preguntó, poniendo un tono de misterio exagerado. Claramente estaba guardando unas extrañas intenciones hacia su padre.
—¿Cómo se llama, Yenkis? —preguntó su padre aburridamente, llevándose el vaso de agua a la boca.
—Taiya Miwa.
Hana y Cleven fueron las únicas que se sobresaltaron cuando Neuval empezó a toser, se había atragantado repentinamente. Yenkis sonrió astuto, sabía que reaccionaría nervioso ante ese nombre.
—Neu, ¿estás bien? —se preocupó Hana.
—Sí, sí… Se me fue el agua por el otro lado.
«Torpe» pensó Cleven, volviendo con su plato.
—¿De qué lo conoces, papi? —preguntó Yenkis, que seguía mirando a este con una inocencia bien fingida.
—¿Qué? No sé quién es ese tal Taiya, ¿cómo voy a conocerlo? —le dijo con naturalidad, pero miraba a Yenkis de reojo lanzándole claras advertencias para que cerrase la boca.
Yenkis lo captó y, sonriendo travieso para sus adentros, siguió comiendo.
Cleven se dio cuenta de que Yenkis y su padre habían vuelto a tener uno de esos extraños momentos que ya habían repetido unas veinte veces en los últimos seis meses, en los que Yenkis le hacía unas preguntas a su padre capaces de ponerlo nervioso, y este lo intentaba disimular. Se preguntaba qué clase de rollo se traían esos dos, le resultaba un tanto rara la relación que había entre su padre y su hermano. Hana no parecía darse cuenta de lo extraño de esos momentos, para ella era normal, pero para Cleven, que los conocía desde hace años, los consideraba muy misteriosos.
Poco antes de que todos acabasen de cenar, sonó el teléfono. Neuval se levantó de la silla, salió del comedor, cruzó el vestíbulo y entró en el salón para cogerlo.
—¿Diga?
—“Hey, Neu. Necesito hablar contigo.”
—¿Lao? —se sorprendió al oír la voz del enorme viejo musculoso que trabajaba con él—. Te oigo jadear sin aliento. ¿Te está dando un infarto?
—“¡No estoy tan viejo!” —se ofendió—. “Es porque acabo de recorrer unos 25 kilómetros en la última media hora.”
—Eso no es nada.
—“Oye, no estoy tan viejo, pero estoy más viejo que tú” —se ofendió de nuevo—. “¿Estás solo?”
Neuval dejó el teléfono sobre el sofá y fue rápidamente a cerrar la puerta del salón para evitar que su familia oyese algo. Volvió con premura, cogió el auricular y se sentó en el sofá.
—¿Qué ha ocurrido? —preguntó en voz baja, serio.
—“No por teléfono, no es seguro.”
En ese momento, Cleven, Hana y Yenkis habían acabado de cenar. Las dos chicas se levantaron para recoger, pues era el turno de ellas, y Cleven le lanzó una mirada de pocos amigos a Hana cuando esta le indicó que recogiera el plato de su padre también y no sólo el suyo. Hana le devolvió la misma mirada.
Yenkis, mientras tanto, salió al vestíbulo, decidido. Miró hacia atrás para asegurarse de que Hana y su hermana se habían perdido de vista en la cocina, y caminó haciendo el menor ruido posible hasta la puerta cerrada del salón. Espiar a su padre, uno de sus pasatiempos favoritos. Abrió unos pocos centímetros la puerta corrediza y vio a su padre sentado en el sofá, concentrado en lo que oía por el teléfono. Pegó la oreja.
—“Necesito verte en el Yoho Pub dentro de diez minutos, no quiero perder mucho tiempo” —le decía el viejo.
—Lao, ¿cómo esperas que esté allí en diez minutos? En coche se tarda media hora.
—“Pues de la manera más rápida y segura” —contestó como si fuera obvio—. “Abrígate, el cielo está helado esta noche.”
—Gracias por el consejo —dijo con cierto sarcasmo—. Voy para allá.
Colgó el teléfono y se apresuró a salir del salón. Yenkis, al verlo acercarse a la puerta, pegó un brinco y fue a irse pitando de ahí. No obstante, antes de que pudiese esconderse oyó la voz de su padre antes de que este saliera por la puerta.
—Yen —dijo sin más.
El niño se paró en seco, con los pelos de punta. Lo había pillado. Se dio la vuelta y miró a su padre cuando este abrió la puerta, con un nudo en la garganta. Neuval, de pie frente a él, lo miraba con extrema seriedad. Yenkis sabía perfectamente que su padre era consciente de que lo había estado escuchando. Sin embargo, a Neuval no pareció importarle demasiado, porque fue derecho a coger su abrigo y abrió la puerta principal para salir de la casa. Se detuvo antes de dar un paso afuera, y volvió a mirar a su hijo.
—Diles a Hana y a Cleven que he ido a resolver un asunto de trabajo en la empresa, procura que se lo crean —le dijo, dando media vuelta. Pero se paró de nuevo, mirando al niño otra vez—. Por cierto, ten cuidado con Taiya Miwa. No dejes que te meta en líos raros y no cotillees su vida. De hecho, ¡deja de meter las narices donde no debes! —le regañó en voz baja con el dedo.
Después cerró la puerta tras él y reinó el silencio en el vestíbulo. Yenkis sonrió, parado en el sitio. «Lo sabía» pensó. Tras unos segundos se quedó reflexivo, pensando qué podía hacer ahora para pasar el tiempo y sacar provecho a la ausencia de su padre.
Volvió a sonreír, malicioso, y se metió a hurtadillas en el despacho de este. Se sentó frente al ordenador personal de su padre, frotándose las manos, y sacó del bolsillo de su pantalón de pijama un extraño objeto pequeño con forma de cubo, algo más grande que un dado, que se notaba que estaba hecho con piezas distintas, pues una de sus caras era una lámina de plástico negro, otra era una lámina de acero, otra era de chapa de aluminio, etc. En algunas de sus caras había finos surcos hendidos, los cuales emitieron una luz naranja en cuanto Yenkis encendió el ordenador, y después, cuando el cubito se enlazó con él, las finas luces cambiaron a color azul. El niño celebró en silencio que su invento funcionaba.
* * * * * *
Neuval llegó a otra zona lejana de la ciudad cinco minutos antes de lo previsto. Salió de un callejón oscuro, mientras se arreglaba un poco el pelo que se le había despeinado, y se adentró en una gran avenida que recorría todo aquel distrito. Las calles estaban más vacías a esas horas de la noche, varios transeúntes caminaban bajo las luces que las iluminaban, y apenas pasaban coches por la carretera.
Dirigiéndose a un lugar determinado no muy lejos de donde estaba, Neuval se abrochó el abrigo hasta arriba. La acera estaba mojada, había seguido lloviendo durante el resto de la tarde. Iba mirando a un lado y a otro con atención, como si temiera que un atracador apareciese de entre las sombras, pues era un barrio algo peligroso. Pero si aparecían atracadores, no temía por él, sino por ellos.
Giró hacia la izquierda para adentrarse en un nuevo callejón donde predominaba la oscuridad, y se apresuró a guiñar su ojo izquierdo y a mantenerlo así, hasta que se detuvo frente a una puerta del fondo, de madera vieja y desgastada, con los cristales translúcidos por la suciedad. Miró una vez más a su alrededor, asegurándose de que no había ni un alma que pudiera verlo, e ingresó dentro del local, acompañado por el chirrido que soltaron las bisagras de la puerta.
Echó un vistazo a la estancia. Hacía tiempo que no iba a ese lugar, pero estaba tal y como lo recordaba, no se diferenciaba mucho del estado en el que estaba la misma puerta por la que había entrado. La pobre luz que desprendían las viejas lámparas del techo inundaba de penumbra todo el lugar.
A medida que se iba adentrando, fue pasando entre las mesas centrales, vacías y sucias. Sólo en las que estaban en los rincones o pegadas a las paredes, lo suficientemente camufladas, se encontraban algunos hombres solitarios de aspecto tétrico, bebiendo, disfrutando de su soledad en silencio. Sólo eran cuatro y estaban beodos, por lo que Neuval dejó de guiñar el ojo.
Al fondo, tras la barra, la parte más iluminada del local, un camarero de pelo grasiento y bastante corpulento hacía un amago de limpieza con los vasos, con un entusiasmo que daban ganas de sentir pena por él.
Fue hasta la mesa más camuflada y solitaria, donde estaba sentado su viejo compañero, vicepresidente de su empresa, con una copa de whisky sobre la mesa y un cigarrillo consumiéndose lentamente sobre el cenicero. El viejo Lao llevaba otra ropa ahora, vaqueros y un jersey algo desgastado, muy diferente al elegante traje que llevaba hace unas horas al salir de la empresa. Con sus codos apoyados sobre la mesa, se podía apreciar el tamaño de sus enormes bíceps, así como el resto de su musculoso y fortachón cuerpo. Su pelo corto y blanco estaba desordenado, de haber estado llevando puesta la capucha de su parka. Jugueteaba con un mechero en una mano casi sin darse cuenta, mientras se mecía la barba con la otra. Estaba nervioso.
—Qué silencio, seguro que se puede dormir bien aquí, a lo mejor me instalo —le sonrió Neuval, sentándose frente a él; Lao lo miró sin comprender—. Cleven se pasa las noches gritando el nombre de guapos actores de Hollywood en sueños —le explicó en broma, pero sólo pretendía romper un poco la tensión que había en el ambiente—. Cuéntame.
Lao se incorporó un poco en su asiento, miró a su alrededor para asegurarse de que todo bicho viviente dentro del local estuviese lo bastante trompa para que no los oyeran.
—Se trata de mi nieto —le susurró.
Neuval, al oír eso, se le transformó la cara.
—¿Qué le ha pasado a Kyosuke? —preguntó inmediatamente, muy preocupado.
—No digas su nombre en alto, podría haber alguien aquí…
—¿Está bien o no? —insistió Neuval.
—Tranquilo, por ahora nada grave, que se sepa —contestó el viejo Lao—. Esta tarde he llamado a la casa donde vive con su hermana, como de costumbre, para saber cómo les iba, pero Mei Ling me dijo que el chaval no ha vuelto a casa y que no puede contactar con él. Le dije que me llamara cuando supiese de él, pero sigo sin recibir noticias. Antes de llamarte, había salido de casa para ir a la de mis nietos y hablar con Mei Ling con calma, y he tratado de captar algún rastro de Kyo por la ciudad. Pero nada. Y su móvil no da señal.
Se quedó en silencio, mirando a su jefe, esperando a que dijese algo.
—¿Se habrá metido en una misión imprevista? —caviló Neuval—. Para ayudar a alguien…
—Si fuera así, no tendría problema en contestar al teléfono, o tenerlo encendido al menos.
—Kyo tiene un móvil Hoteitsuba, los móviles que yo fabrico siempre tienen encendido el dispositivo localizador de seguridad, aunque se agote la batería.
—Entonces es que también lo ha desactivado.
—Sólo hay una razón por la que Kyo necesitaría desactivar el 100 % de las señales electromagnéticas que emite un móvil —concluyó Neuval entonces.
—Oh, no… ¿Crees que alguna RS la tiene tomada con él? —se preocupó el viejo.
—No lo descarto. Saquemos conclusiones de esto cuanto antes, Lao. Sé que él ya es mayorcito para cuidarse de la típica delincuencia que anda por las calles con navajas y armas, así que lo único que me queda por pensar es que alguna RS anda detrás de esto. En eso Kyo tiene poca experiencia, acaba de llegar de su año de entrenamiento, todavía está verde. Por lo que se ha visto obligado a improvisar. De ahí que no haya podido avisar a nadie con tiempo.
—Hahh… Ta ma de… —blasfemó el viejo en chino—. Supongamos que una de las RS enemigas la ha tomado con él, que, dadas las circunstancias, parece lo más probable. ¿Qué es lo que quieren de él? ¿Qué querrían de un novato recién convertido?
—Si lo quieren a él, puede ser porque quieren algo que él tiene encima y quitárselo, o bien, porque quieren tenerlo de rehén para pediros a vosotros algo que vosotros tenéis —le señaló Neuval, y aprovechó para robarle un trago de su copa de whisky.
—Siempre igual —rezongó Lao—. ¿Dónde ha quedado lo de “por favor” y “gracias”?
—¿Por un sorbito de tu bebida? —se sorprendió Neuval con tono defensivo.
—No —contestó con paciencia—. Cuando una RS quiere algo de otra RS. Ya no simplemente se piden las cosas.
—¿Entre RS enemigas? —Neuval casi soltó una risa escéptica—. ¿Desde cuándo en cuatro siglos?
—Se supone que estamos todas en el mismo barco, joder. Cuánta competencia hay hoy en día…
—No te alteres, Lao, si le han hecho daño lo habríamos “notado” al instante —lo tranquilizó—. Y si lo tienen de rehén para pedir algo a cambio, ya os lo habrían dicho... A no ser que haya estado huyendo y lo hayan atrapado recientemente. O eso, o quizá sigue huyendo de ellos.
—Lo que me toca las narices es por qué la han tomado con él —protestó el viejo, dando con el puño en la mesa—. ¿Qué tiene él, qué tenemos nosotros para dar? Nuestra RS está bastante fuera de servicio, da bastante pena, no tenemos nada interesante o de valor. —Neuval bajó la mirada al oír eso, incómodo—. Pero lo poco que tenemos está bien protegido, nadie puede averiguarlo así como así.
Surgió otro rato de silencio, los dos permanecieron pensativos.
—¿Y si han sido los del Gobierno quienes le han descubierto, y no es cosa de una RS? —preguntó Lao.
Neuval soltó una carcajada llena de sarcasmo.
—Por favor... Los bebés del Gobierno no han podido llegar tan lejos. Además, también lo habríamos sabido, recuerda que Agatha está muy al tanto de esas cosas.
Hubo otro momento de silencio.
—Entonces... —inquirió el viejo, dubitativo, haciendo girar su copa sobre la mesa—. Nos falta por saber si Kyo está en algún lugar de Tokio, huyendo todavía de la supuesta RS que lo persigue, o si lo han atrapado ya. En ese caso, ¿qué quieren de él o qué quieren de nosotros? Si no recibimos noticias significa que sigue huyendo de ellos.
—Lo primero que hay que hacer es descubrir cuál es su paradero —dijo Neuval.
—Tienes razón, vayamos paso a paso —intentó tranquilizarse a sí mismo, bebiéndose de golpe lo que le quedaba de su bebida.
—Pero toda la culpa de esto la tiene el rubio, sin duda —masculló Neuval.
—Hahh… Ya estamos… —suspiró Lao.
—Ese impresentable es el Guardián, se supone que tiene el deber de tener vigilados a los demás —gruñó, poniéndose de mal humor, intentando no elevar mucho la voz—. ¿Cuánto te apuestas a que aún no tiene ni idea de esta situación? Se está volviendo perezoso.
—Él tiene una vida bastante complicada, Neuval —trató de apaciguar el viejo.
—Que se ponga a la cola —replicó.
—Ahora no te pongas tú de mal humor —le reprochó el viejo—. ¿Cuándo vas a tomarte unas vacaciones? Últimamente estás bastante insoportable.
—¡Q…! ¿Disculpa? —Neuval lo miró con ojos como platos de incredulidad—. ¿No he venido ahora aquí para ayudarte?
—¿Comes lo suficiente? —insistió Lao, con tono severo—. ¿Qué tal duermes? Espero que estés tomando fruta a diario.
—Pe… —Neuval se puso algo rojo de vergüenza, mirando al sucio camarero y a los pocos borrachos de alrededor—. Para, no empieces con eso.
—Ah. Yo sólo lo digo —se defendió Lao, levantando las palmas con solemnidad.
—Mira, Lao... —resopló—. Que el rubio se encargue de esto contigo. Es su trabajo. Pero también se trata de tu nieto, así que supongo que tú también querrás estar involucrado. No te preocupes, seguro que Kyosuke estará bien.
—¿Tú no vas a involucrarte? —preguntó el viejo.
Neuval se quedó en silencio unos segundos, y bajó la mirada.
—Por favor, no me lo pidas —murmuró—. Sabes perfectamente que desde que murió Katya, por nada en el mundo quiero volver a esa vida, a esos asuntos. Te ruego que no me metas en esto si realmente no necesitas mi ayuda. Yo ya tuve suficiente —dijo levantándose de la silla, y Lao adivinó que iba a marcharse.
—Neu... ¿Cuánto tiempo más piensas seguir así? Ya han pasado siete años —dijo sin disimular tristeza.
—Mira, Lao, yo sólo... —suspiró con paciencia—. Sólo quiero seguir con la vida que tengo ahora, es lo único que me queda. Mi familia y mi trabajo en la empresa, nada más. Las cosas están así. De cara a la sociedad, tú tienes que seguir siendo Kei Lian Lao, y yo Neuval Vernoux. A veces las cosas acaban de una manera... y a veces es mejor dejarlas así. Así que, por favor, deja ya de hacerme esa pregunta, y de si como fruta, o si duermo bien o si me cuido lo suficiente.
—Nunca dejaré de hacerte esas preguntas —impugnó Lao con firmeza—. Nunca dejaré de preocuparme.
—Papá… —suspiró otra vez.
—Sólo quiero…
—Estoy bastante mayorcito para estas cosas, ¿no crees?
—No por ello tienes que apartarme.
Neuval se quedó callado tras esa respuesta. Se quedó un poco incómodo.
—Te veo la cara prácticamente todos los días en el trabajo, ¿cómo es eso apartarte?
—Sabes a qué me refiero —repuso el viejo.
—Oye —le cortó Neuval con un gesto tajante de las manos, cerrando los ojos un momento para serenarse—. Estoy bien. ¿De acuerdo? Me va bien. ¿Vas a ponerte así cada vez que yo denote un poco de mal humor? Hah… Parece que no me conoces —casi rio irónico—. Quizá seas tú quien necesita unas vacaciones.
—Sabes que a mí no puedes mentirme, Neuval. Me preocupas mucho —lo miró con cierta súplica—. Por favor. Yo no puedo seguir viéndote así, me duele verte así. Llevas siete años sin ser tú mismo, comportándote como un amargado, aburrido, torpe y débil... cuando en realidad eres todo lo contrario. ¿Qué ha pasado con eso, Neu? Echo de menos a ese chico perdido, ese niño francés que encontré en un callejón de Hong Kong, solo, sucio y hambriento, durmiendo sobre cartones, rodeado de gatos y de basura, y con un pasado oscuro. Y aun con todas esas precariedades que sufría, ese chico se aferró a la ilusión de vivir y dejó de estar perdido. A partir de entonces, la palabra “rendirse” nunca volvió a entrar en tu vocabulario.
—Dejé de estar perdido porque tú me encontraste —repuso Neuval, dándole la espalda y mirando afligido al suelo—. Y me aferré a la vida porque me rescataste de aquel lugar donde me subastaron, me compraron, y me... —no se permitió a sí mismo terminar la frase—. Tú me brindaste esa opción.
—Ya te aferraste a la vida antes de que yo llegara a ese lugar —impugnó Lao—. Lo que hiciste allí... y con todos esos otros niños cautivos...
—Déjalo.
—Esa fuerza salió de ti mismo, Neuval —insistió el viejo.
—Pues ya se me ha agotado, Lao —lo miró por encima del hombro, molesto—. Me he pasado la vida peleándome, luchando, y perdiendo a gente. Hasta que perdí a mi alma gemela. Ahí, yo ya me perdí con ella. Para siempre. Y a no ser que ella resucite, nadie volverá a encontrarme.
—Quien debe encontrarte, Neuval, eres tú mismo —le señaló Lao seriamente—. Da igual la edad que tengas. Tienes que aprender a hacerlo algún día. Como ya lo hiciste aquella vez hace 35 años. Puede que otros se hayan acostumbrado a que seas así ahora. Pero para mí es un tormento constante verte cada día en el trabajo sin ilusión por nada, como si fueras un muerto andante.
—Lo siento —bajó la mirada con pesar—. Pero… eso es lo que soy ahora.
—Neuval, eso no es... —rechistó, pero no supo exactamente qué decir; frunció los labios casi con aire resignado y volvió a mirarlo—. Sé que algún día recordarás quién eres realmente, las cosas que has hecho por la gente, por el mundo, a lo largo de toda tu vida. Crees que no, pero todavía sigues haciendo esas cosas, de un modo u otro, porque ese es quien eres y no puedes evitarlo.
—Yo ya no hago nada de eso, papá. Ya no ayudo a nadie, ya no salvo a nadie, ya no resuelvo los problemas de los demás desde hace siete años.
—Existen muchas formas de ayudar o salvar a alguien. Si fuera verdad lo que dices, Hana no estaría donde está ahora, en tu casa, en un hogar. Y nuestra multinacional no tendría ni la mitad de empleados que tiene ahora, con un sueldo, una vida digna, un futuro que nadie más les dio —replicó con seriedad—. Eres un buen hombre, Neu, pero has tenido mala suerte. Sé muy bien que siendo como eres ahora, ni tú mismo te soportas. Te acabarás cansando de seguir eligiendo esta tristeza y no la alternativa que ya sabes, ya lo verás —le dijo con voz firme—. Nadie te conoce mejor. Yo te he criado.
—Mira, contacta con el rubio y cuéntale lo que sucede sobre Kyo —le interrumpió Neuval de repente, dejando claro que no quería seguir escuchando más sobre ese tema, y se fue yendo hacia la puerta para salir—. Si necesitáis recurrir a alguien más, ponedme en el último lugar, por favor. Hasta mañana en el trabajo, señor Lao.
Lao lo vio marcharse por la puerta y se quedó solo, alicaído, cansado, rodeado de cinco borrachos somnolientos y de un camarero que iba por el mismo camino, bebiéndose una botella entera de su propia cosecha.
Hola, tengo una duda :) este capitulo dice que cleven termino con kaoru, y que le hizo mucho daño peeeero no sale que paso, osea se queda en que cleven lo estaba buscando en shibuya y luego pasa a que terminaron, tengo mucho leyendo esta historia y anteriormente si decia que se lo encontraba y que la estaba engañando o algo asi y le dice algo e hace algo malo ya no recuerdo bien y luego ya sale que terminan .
ResponderEliminarEntonces queria saber si fue parte de los cambios de la historia que ya no diga que hizo kaoru o si sale mas adelante 😅😅
Gracias esperare la respuesta 😁
Holaa! Sí, sí, esa escena que dices donde Cleven discute con Kaoru diciéndole que lo encontró engañándola con otra chica y tal sucede unos capítulos más adelante ^^
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