1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
Cleven se había pasado todo el sábado sin apenas salir de su habitación. El único que había tocado a su puerta varias veces fue Yenkis, aunque Cleven no le respondió, ni anoche ni en todo el día de hoy. Yenkis sabía que eso era porque no estaba de humor ni para él ni para nadie, y por eso no insistió más de una vez en sus intentos, dejándole su espacio y tiempo.
Ya en la noche, el chico fue a hacer un nuevo intento, trayendo consigo un plato con dos sándwiches y un vaso de zumo. Llamó a la puerta de su hermana, y esta vez oyó que ella quitaba el pestillo al otro lado, y nada más. Yenkis sonrió y abrió la puerta con el codo, y pasó adentro. Encontró a Cleven recostada en su cama, leyendo un manga. Parecía más tranquila, pero se la notaba todavía resentida.
Yenkis se acercó a ella y le tendió el plato y el vaso. Cleven los miró un momento. Luego volvió con su tomo.
—No tengo hambre.
A Yenkis se le sustituyó la sonrisa por una cara de terror.
—Oh, Dios mío, ¿¡quién te ha roto!?
—¿Pero qué dices? Simplemente no tengo apetito.
—¿¡Estás enferma!? —insistió Yenkis, aún más asustado.
—¡Que no!
—¿Quieres que llame a Lex?
—¡P…! ¿Qué? —Cleven sacudió la cabeza y dejó por fin el tomo a un lado, y se sentó de frente al niño—. ¿Qué quieres que haga Lex?
—No sé, examinarte la salud o algo…
—Estoy perfectamente de salud.
—¡Tú siempre tienes hambre! ¡Incluso si es el fin del mundo!
—Lex es neurólogo.
—Te has podido golpear la cabeza, bloqueando tu glándula de hambre infinita.
Cleven se lo quedó mirando un rato con mosqueo, sin decir nada. No estaba segura de si Yenkis le estaba tomando el pelo o de verdad estaba preocupado. Sus ojos grises seguían mirándola sin parpadear, expectantes, temblorosos. Cleven se dio cuenta de que había estado preocupado por ella, no ahora, sino el día entero.
Por primera vez en horas, Cleven relajó los músculos de todo el cuerpo. Qué agradable era recordar que aún tenía un hermano pequeño tan espléndido como él. Qué afortunada era. Por eso, casi dejó asomar una sonrisa, mientras cogía uno de los sándwiches que le ofrecía el chico y empezaba a comérselo. Al ver eso, Yenkis dio un pequeño suspiro de alivio.
—Qué rico…
—Les he puesto la salsa agria que te gusta.
Con la mano que tenía libre, Cleven lo llamó para que se acercara. Yenkis lo hizo, y ella lo abrazó con cariño.
—Antes siempre me cuidaba Lex, y ahora siempre me cuidas tú. Me parece tan injusto…
—¿Por qué? —se sorprendió Yenkis, dejando el plato y el vaso sobre la mesilla de noche y sentándose en la cama a su lado.
—¿Qué hago yo por vosotros a cambio? —murmuró ella, con la boca llena y mirando apesadumbrada a un rincón del cuarto—. Nada… No tengo utilidad.
—No digas eso —le reprimió Yenkis.
—Siento que lo único que he hecho desde que mamá se fue… es ser una carga… un parásito que sólo consume y no produce nada a cambio —dijo esto mirando el sándwich de su mano, y lo dejó de vuelta en el plato, y apoyó la barbilla en las manos, alicaída—. Papá malgasta el dinero conmigo pagando mis estudios y mi sustento… Mis profesores malgastan su tiempo intentando enseñarme… Mis amigas malgastan sus energías intentando animarme…
—No es verdad. Sí que haces cosas importantes por nosotros.
—¿Qué hago yo por ti? ¿Aparte de usarte de mayordomo?
—Quererme y apreciarme —sonrió Yenkis.
A Cleven le sorprendió esa respuesta. ¿Para él eso era tan importarte? ¿O suficiente? Precisamente por estas cosas lo quería y lo apreciaba tanto.
—Ehm… ¿ha dicho algo papá? —preguntó con un tono más retraído, jugueteando con una goma de pelo entre sus manos.
—No. No que yo haya oído. Hana ha estado hoy fuera haciendo recados y la compra, y papá se fue a la empresa.
—Por supuesto que se ha ido a su empresa un sábado —farfulló Cleven con ironía.
—Pero… —añadió Yenkis—… la verdad es que esta mañana, antes de marcharse, lo vi ahí en el pasillo, delante de tu puerta cerrada. Yo estaba abajo, en las escaleras.
—¿Qué hacía? —frunció el ceño.
—Nada. Estuvo ahí un montón de rato, cabizbajo. Parecía como muy pensativo. En un momento lo vi levantando la mano como si fuera a llamar a tu puerta con los nudillos, estaba como dudando, pero al final dio media vuelta y se marchó.
—¿Estaba…? —Cleven seguía extrañada—. ¿Dirías que estaba… como enfadado, con intención de venir a regañarme? ¿O más bien dudaba porque tenía prisa?
—Cleven… creo que él simplemente quería hablar contigo —le explicó Yenkis—. No para regañarte. Porque, desde luego, no parecía enfadado ni alterado. Más bien… parecía triste.
Ella no supo qué decir al respecto. Le costaba imaginar que fuera cierto, pero Yenkis parecía sincero y seguro de lo que decía. Algo que Cleven tenía en cuenta desde hace mucho tiempo es que su hermano pequeño tenía una increíble capacidad de observación sobre el comportamiento de los demás o las emociones que expresaban por fuera, incluso las que no expresaban por fuera.
No sabía qué pensar de eso… Su padre a veces era demasiado predecible para unas cosas, pero un completo desconocido para otras. Cleven apenas tenía recuerdos de su vida antes de la muerte de su madre, pero una pequeña y recóndita parte de ella sentía que su padre, actualmente, era completamente diferente a como era en el pasado. No recordaba cómo era él en el pasado. Pero sentía que en el presente había cosas que no encajaban. Cosas falsas… o incompletas… perdidas…
—¿Qué te pasó ayer exactamente, Cleven? Sé que tú no faltas a clases por capricho u ocio. Sé que sólo lo haces cuando deseas estar sola para que nadie te vea llorar. ¿Es porque has estado pensando en mamá otra vez?
—Hm… no… —resopló molesta, cerrando los ojos—. Es porque estoy harta de ser como soy.
—Pero si eres genial…
—No lo entiendes —lo miró a los ojos—. Me ves de esa forma porque ser tu hermana mayor es lo único en lo que soy genial. Pero no soy genial en todo lo demás. No soy… —de repente se le desvió la vista hacia el espejo de la puerta de su armario, y se miró a sí misma en el reflejo—. No soy la mejor versión de mí misma en el resto de las cosas. Quiero serlo, de veras que sí. Pero me cuesta tanto… que las cosas vuelvan a importarme, a despertar mi interés… Hay una nube negra constantemente en mi cabeza. La odio, pero al mismo tiempo me refugio en ella cuando estoy triste, porque me arropa con un falso consuelo…
—Cleven —Yenkis agarró su brazo—. Yo eso lo sé. Porque llevas así muchos años. Pero sé que ahora te duele algo. Alguien te ha hecho daño, y no es papá, ni yo ni Hana. Dime… ¿ese Kaoru te hizo algo ayer?
Cleven casi dejó escapar una risa. Cerró los ojos y negó con la cabeza, pero en realidad no debería sorprenderle, Yenkis siempre había sido así de perspicaz.
—Nada grave. Simplemente, ha agarrado mi corazón, lo ha estrujado bien fuerte entre sus manos, se ha limpiado el culo con él y luego lo ha humillado y se ha reído de él junto con su otra novia.
Yenkis formó lentamente una larga sonrisa en sus labios.
—Vale —dijo sin más, y se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
—Eh. Yenkis. No.
—¿Qué? Tranquila. Sólo voy a prenderle fuego y bailar sobre sus cenizas. Después tendré una charla de hombre a hombre con su espíritu y lo obligaré a que te pida disculpas.
—Por mucho que me complacería verlo, hombrecito, ni se te ocurra hacer ni decir nada, ¿me oyes? Quiero que lo olvides. Quiero olvidarlo por completo. No quiero malgastar ya ni un segundo de mi vida ni de mi energía en idiotas ni en dramas. Se acabó, Yenkis. Voy a hacerlo.
—¿Eh? ¿Hacer el qué?
—Romper el bucle. Terminar con esta vida.
—¡Cleven! —se espantó Yenkis.
—Y empezar otra nueva —aclaró ella—. Esta nube no se va a ir sola —se señaló su cabeza—, no la va a barrer el tiempo, ni los lamentos, ni la autocompasión, ni ninguna medicina. Me está consumiendo… No pienso permitirlo.
—Pero… ¿qué vas a hacer?
Cleven se levantó y se fue corriendo hacia la puerta; se aseguró de que no había nadie en el pasillo y la cerró. Se giró hacia él.
—Voy a largarme de esta casa.
—¿T…? ¿Te vas? —repitió el niño con sorpresa, pero con una voz triste—. Pero… ¿adónde vas a ir? ¿A la casa de Nakuru o de Raven?
—No, no. Eso las metería a ellas en un problema, y no quiero eso.
—¿Entonces? ¿Te vas a vivir con Lex?
—No, Yen. Voy a buscar a alguien. Alguien que ha estado rodando por mi mente desde hace un tiempo. Nuestro tío, Brey Saehara. Quiero encontrarlo… conocerlo… que me dé respuestas a varias cosas sobre mamá, sobre el pasado… Necesito saber quién es, cómo es…
—¿Qué? ¿Tenemos un tío?
—Sí, mamá tenía un hermano. Tú eras demasiado pequeño para saberlo. Bueno… lo cierto es que yo tampoco he oído nunca a nadie hablar de él… —frunció el ceño, mirando al techo—. Quizá en mi más lejana infancia lo escuché una vez… No sé. Es extraño. Simplemente, sé que existe. Que está en alguna parte. Desearía irme a vivir con él.
—¿Qué? Pero… si no lo conoces de nada…
—Precisamente. Deseo conocerlo primero. Si es el hermano de mamá… si es como ella… quizá podría preguntarle si me dejaría vivir con él. Por supuesto yo pagaría mis gastos y lo ayudaría en todo y esas cosas. El caso es… que yo ya no puedo… —le tembló un poco la voz, mirando al suelo con ojos agotados—… no puedo seguir viviendo en esta casa. Esa nube negra de mi cabeza… es aquí donde siempre está más espesa. Tengo que salir… necesito encontrar…
Cleven no terminó la frase. Se quedó abstraía mirando el suelo.
—¿Al tío? —preguntó Yenkis.
Cleven levantó la cabeza de nuevo y lo miró con una nueva determinación.
—No… Lo que perdí.
Yenkis arqueó una ceja. No entendió a qué se refería su hermana con eso.
—Tendré que buscarlo por mis propios medios, puede que me lleve un tiempo, así que, mientras tanto, iré a un hotel. Pero si resulta que no… —resopló ansiosa—. En el caso de que no funcione lo del tío, tendré que reprimirme y volver aquí.
—Así que has decidido arriesgarte —comprendió el niño, y Cleven le asintió con firmeza—. Si es lo que quieres, yo estoy contigo.
—Eso quiere decir que no le vas a decir ni una palabra a nadie.
—¿De que te vas a ir de casa y vas a buscar a ese tío nuestro? Soy una tumba —le aseguró él.
Cleven lo abrazó de nuevo con cariño. Desde que murió su madre, siempre se habían tenido el uno al otro.
—Me iré al amanecer.
* * * * * *
Más tarde en la noche, Yenkis salió de la cocina con un vaso de agua, preparado para irse a dormir. Al apagar la luz, vio sobre una encimera la comida que la anciana Misae había hecho guardada en tápers. Hoy en casa no habían comido juntos ni cenado juntos; cada uno por su cuenta. Y esto a Yenkis le apenaba.
Misae les cocinaba ocasionalmente desde hacía siete años. Se encontró con una familia destrozada, compuesta por un padre con sus tres hijos, que recientemente habían perdido a su madre. El mayor se fue de casa pocos meses después de su llegada ahí, por lo que no llegó a conocerlo bien, y quedaban solamente tres personas. Descubrió lo que pasaba, que la señora Vernoux ya no estaba en el mundo, y su ausencia había sido un duro golpe para todos, muy duro, sobre todo para el señor Vernoux.
Neuval, poco después de que el mayor de sus hijos se fuera de casa repentinamente, se fue a un viaje de negocios, según dijo él, durante medio año. Y Misae cuidó mientras tanto, de buena gana, de Cleven y de Yenkis, por aquella época de 9 y 5 años de edad respectivamente. Durante esos seis meses, no tuvo noticia alguna del padre de aquellos niños, era como si hubiese desaparecido, aunque el dinero que necesitaban para el día a día siempre llegaba puntual cada mes. Y entonces, un día, regresó. Misae esperaba ver un cambio en él, una recuperación o una mejora. Pero Neuval seguía igual que antes de irse a ese viaje. Lo único distinto es que estaba más callado y más ausente. Ella seguía viendo en sus ojos el estremecedor e inmenso vacío que había dejado su difunta esposa.
Ella sólo se limitó, durante esos siete años, a hacer su trabajo, pero observando que, en efecto, esa familia no era lo que fue cuando la señora Vernoux estaba viva. Vio crecer a Cleven y a Yenkis día tras día, y cada día los apreciaba más, al igual que ellos a ella. Sin embargo, el padre seguía sin mostrar cambio o mejora alguna. Vacío, enteramente vacío.
Sin embargo, Hana apareció hace tres años, y fue cuando las cosas por fin cambiaron un poco, bien por Neuval, mal para Cleven, neutro para Yenkis. Misae se alegró entonces de que Hana fuese capaz de alejar a Neuval del pasado que tanto lo atormentaba. Y ahí seguía, cumpliendo con su trabajo en la casa de esa familia, esperando de corazón que algún día todo se arreglase y fuese a mejor.
Yenkis se metió por un pasillo bajo las escaleras. Era tarde, pero sabía que su padre estaba en su despacho ahora. La puerta estaba medio abierta y la luz salía afuera. Yenkis la abrió del todo y se paró ahí en el umbral. Neuval estaba recostado en su silla, con la cabeza apoyada en una mano, contemplando una esquina del techo en sumo silencio. Sabía que el muchacho estaba ahí, pero no hizo ningún gesto ni apartó la vista de esa esquina vacía.
Yenkis le había prometido a Cleven guardar el secreto de su fuga y de su plan de buscar a su tío, pero no había dicho nada acerca de Kaoru.
—Cleven está mal por culpa de Kaoru —le informó a su padre.
Neuval siguió sin moverse, pero Yenkis sabía que le estaba escuchando.
—A mí tampoco me olía a trigo limpio. Pero… Cleven de verdad veía algo bueno en él y Kaoru desde luego no se lo ha demostrado. Le ha roto el corazón, de manera bastante humillante. El problema es que Cleven vuelve a tener esa fea manía de culparse a sí misma de las cosas malas que otros le causan. Odia a Kaoru menos de lo que se odia a sí misma.
Fue después de oír eso cuando Neuval por fin parpadeó y se giró sobre su silla y miró a Yenkis. Su rostro pareció volverse mucho más serio. Yenkis sintió un pequeño escalofrío. Su padre a veces emitía un aura estremecedora, pero no le infundía miedo, sino asombro, e intriga.
—¿Qué hacemos con ese idiota? —le preguntó el niño, mostrando sin tapujos las ganas que tenía de pegar a Kaoru.
—Tú te vas a la cama —le ordenó.
—Jo… —protestó, pero obedeció a regañadientes y se marchó escaleras arriba.
Neuval se quedó ahí sentado en su mesa muy callado. Había algo de lo que Yenkis le había dicho que lo había molestado de verdad. Y no era oír que Kaoru le había roto el corazón a Cleven. Eso ya lo sabía. Ya lo esperaba. Ya se lo advirtió a la propia Cleven.
Lo que le revolvía las tripas era eso de que Cleven se culpaba y se odiaba a sí misma, ¿por sufrir cosas malas que idiotas ajenos decidieron causar? Intolerable. Le enfurecía. Pero también le daba una rabia inmensa. Porque Neuval también padecía esta fea manía desde que tenía uso de razón, y era un mal interior, un defecto con el que todavía a sus 45 años seguía luchando.
Que le rompieran el corazón era lo de menos; este sanaba. Que la rompieran a ella entera era el problema. Cleven podía sacarle de quicio a veces con su comportamiento, pero nadie, absolutamente nadie hacía daño a su hija.
* * * * * *
Llegó la hora. Las seis en punto. Se había puesto la alarma del móvil bajo la almohada para amortiguar el sonido, por si acaso su padre o Hana pudieran oírlo y despertarse. Se puso en pie con determinación. Pero se quedó ahí quieta un rato.
Estuvo recapacitando unos minutos, ordenando en su cabeza los pasos, hasta que se puso de acuerdo consigo misma. Se vistió, cogió la mochila de debajo de su cama que ayer ya preparó con ropa y demás cosas imprescindibles y bajó las escaleras como un felino. Dejó la mochila en la entrada y miró hacia el piso de arriba, asegurándose de que no oía ni un solo ruido o señal de que alguien más estuviera despierto, porque ahora, lo que iba a hacer, sí que era de alto riesgo. Descendió la mirada un poco, hasta fijarla en una puerta en la base de las escaleras, que conducía hacia el sótano.
Su padre siempre les dijo a Yenkis y a ella que, si querían bajar al sótano alguna vez para buscar algo, que siempre lo avisaran, para que él fuera con ellos y los ayudara a buscar lo que fuera, pero nunca solos. Una parte de Cleven creía que su padre impuso esa norma porque creía que ella o Yenkis serían capaces de desordenar o de romper algo, pero otra parte de ella sentía que era porque su padre ocultaba algo ahí abajo que no se detectaba a simple vista.
No obstante, si pudiera existir alguna pista, señal o detalle relacionado con su tío Brey, por minúsculo que fuera, solamente podía encontrarse ahí, en la vitrina. La vitrina era un armario muy grande, de madera de roble y de puertas acristaladas, donde su padre había guardado todas, todas y cada una de las cosas que pertenecieron a su madre, excepto ropa, que había sido donada a otros o dada a Cleven, y joyas, que no eran muchas pero estaban guardadas en un lugar más seguro, claro. Se trataba de todos los libros, cuadernos, apuntes, archivos, documentos y algunos laptops viejos que su madre usó en vida para su trabajo.
Cleven no entendía por qué su padre quiso conservar tantos papeles viejos de su madre, y menos por qué dentro de una vitrina tan elegante. No comprendía qué podía haber tan importante sobre la Informática. Lo que pasa es que ella no lo sabía –o no lo recordaba–, pero ahí había muchos códigos de programación avanzada creados por su madre que tenían un altísimo valor para la Asociación, y para la multinacional Hoteitsuba de su padre, y de cuya ciberseguridad dependía mundialmente.
Lo que ese armario encerraba era todo el trabajo de su madre, que iba mucho más allá de la Informática común. Para Neuval, todos esos papelajos y cuadernos representaban una obra maestra, y guardaban el “alma” de casi toda la tecnología de Hoteitsuba, además de los primeros esbozos de Hoti.
Lo que Cleven sí sabía era que había una caja en específico, sólo una, donde supuestamente había papeles relacionados con los lugares donde su madre cursó sus estudios y también cosas sobre sus abuelos maternos. Tenía un vago recuerdo, de cuando era más pequeña, de ver a su padre ordenando algunos papeles de esa caja, y recordaba ver una hoja bonita que era el diploma universitario de su madre, junto a una foto de ella el mismo día de la graduación posando entre sus dos orgullosos padres. Quizá, tal vez, no del todo improbable, pudiera hallar ahí algo donde se mencionase el nombre de su tío. Con suerte, ¿una foto de él, a lo mejor? De lo que Cleven estaba segura era de que no iba a poder salir de casa sin intentar al menos comprobarlo, y quitarse de encima la duda.
Un minuto después, ya estaba en el sótano, frente a la vitrina abierta, con la caja en cuestión en el suelo y ella agachada delante, hurgando entre las docenas de papeles de su interior. Tenía que darse prisa. Casi todo eran documentos colegiales, academias, formularios, calificaciones, algunos trabajos de secundaria y apuntes de la universidad…
«¿Eh? Para el carro» pensó para sí misma, observando uno de esos papeles con enorme confusión. «¿Qué pone aquí…? ¿Hong Kong? Y este año… ¿Mamá estudió su último curso de secundaria en Hong Kong? No tenía ni idea…». Se encogió de hombros y continuó rebuscando.
Encontró aquel diploma universitario, y aquella foto de su madre, vestida muy elegante y el diploma en su mano, posando entre sus abuelos. Tanto su madre como su abuelo Hideki tenían la misma cara seria, con una muy leve sonrisa, pero mayormente serios.
Se sabía que Katya había heredado el carácter serio y disciplinado de su padre, además del cabello rojizo, pero tampoco era un secreto que la mayor parte del tiempo era una apariencia que acostumbraban a tener, simplemente por mantener los buenos modales, pues en realidad Katya y su padre Hideki también sabían mostrar cariño y sonreír, y en esta foto se notaba que tenían muchas ganas de sonreír de puro orgullo, pero precisamente por no mostrarse tan orgullosos, mantenían una modesta sonrisa. La que sí sonreía con la boca abierta de par en par era su abuela Emiliya, que además estaba haciendo una pose estrafalaria y se le notaba toda su alegría por esos ojos verdes que tanto Katya como Cleven habían sacado de ella.
«¿Así que mamá se graduó con 20 años en una carrera que normalmente es de cuatro años? La terminó en dos años… Guau… Sí que era inteligente… ¿Por qué, si tengo dos padres tan listos, yo he tenido que nacer tan inútil?» se decía a sí misma. Pensando esto, se quedó algo alicaída. No era la primera vez que pensaba así de sí misma. Cada vez que veía este tipo de grandes logros en su padre, en su madre, en su hermano mayor, e incluso en su hermano menor, se sentía como una pieza que no encajaba en una familia tan perfecta en los estudios, en el deber, en el trabajo y la responsabilidad. En ser personas útiles, de algún u otro modo, en ese mundo.
«Según esta fecha… es el mismo año en que mamá se quedó embarazada. Sí… porque Lex nació 10 meses después de la fecha de esta foto. Y aun así, no fue ningún impedimento para mamá para seguir logrando avances en su carrera y su profesión. Ella podía con todo. Era increíble… y lo único que yo tengo de ella es el aspecto».
Decidió dejar de pensar en esas cosas y fue revisando los últimos papeles. «¿Más documentos del registro de mamá como alumna del Tomonari? Pero si ya los he visto… ¡Ah! ¡No! ¡Espera! ¡Este documento no es de mamá!». Cleven se fijó mejor. Era un grupo de hojas grapadas. Estaban encabezadas por el sello y el nombre del Tomonari, pero no era un documento de registro, sino que era un trabajo del colegio. Un trabajo final de primaria de escritura, algo que Cleven recordaba haber hecho también cuando iba a primaria. Solía ser una prueba muy importante, porque aprender a leer y escribir los kanjis japoneses era un reto incluso para los nativos. En el nombre del alumno, ponía “Brey Saehara”.
«¡Esto es un examen que hizo el tío Brey! ¡Y aprobado con la máxima nota!» pensó, con el corazón latiéndole con fuerza. «Aquí estás… una prueba de que de verdad existes, tío Brey. Fíjate… qué escritura tan perfecta y limpia, y qué cantidad de kanjis se sabía. ¿También era tan listo como mamá? ¿De qué año es esto? No lo pone… Pero debe de ser muy antiguo. Ni siquiera sé si el tío era mayor o menor que mamá. Pero… es raro, porque en la foto de la graduación de mamá con los abuelos, el tío no aparece con ellos. Quizá era él tomando la foto. Hm…».
Cleven aferró esas hojas contra su pecho con fuerza. «Fuiste al Tomonari, igual que mamá. Estudiaste allí. Lo que quiere decir… que el Tomonari debe de guardar información tuya en su registro, y la dirección en donde vivías entonces. Ni siquiera sé en qué parte de Tokio vivían los abuelos. Murieron poco antes de que yo naciera, por lo que, si murieron hace 16 años, quizá el tío se quedó con su casa, o se cambió a otra… Con suerte, espero que el tío siga viviendo en la misma dirección que ponga en el registro del Tomonari».
Esto para Cleven era un plus de esperanza. Técnicamente, su plan A era más simple y directo. Esas guías telefónicas tan gordas donde se podía encontrar el eterno listado de miles de personas y de negocios y sus números de teléfono de forma autorizada, las seguían vendiendo en kioscos especiales, y Cleven tenía pensado comprar una y encontrar el nombre de su tío y el supuesto número de teléfono de su vivienda, si es que tenía una línea fija. No debería ser demasiado difícil de encontrar en la lista, porque, aunque tenía un apellido japonés de lo más común, su nombre no lo era.
Pero había posibles inconvenientes con esto: no había una guía que contuviera el listado de todo Tokio porque no había forma humana de sostener en las manos semejante monstruoso libro, pero sí las había por zonas, y Cleven se iba a arriesgar con la zona de los “barrios especiales”, que era la mitad oriental de la prefectura de Tokio, básicamente la zona más famosa, así que más valía que su tío viviera en esa zona; y por otro lado, la guía podía no contener el nombre de su tío o ningún teléfono relacionado con él.
Por lo tanto, hallar esta pista sobre la estancia de su tío en el Tomonari abría otro posible camino de búsqueda, un plan B, y esto tranquilizaba más a Cleven.
Sin más dilación, lo dejó todo como estaba, subió de regreso a la entrada, comprobó que toda la casa seguía silenciosa, cogió sus llaves y su mochila y salió de la casa sin hacer ruido.
Era domingo, mejor momento imposible, pues solía ser el día en que Cleven salía con sus amigas desde la mañana hasta la tarde, y esto retrasaría las sospechas de su padre y de Hana sobre su ausencia. A esas horas, el cielo todavía estaba oscuro y hacía buen frío, así que, abrochándose el abrigo hasta arriba y sujetándose bien la mochila al hombro, salió del jardín. Caminando por su barrio de chalets de lujo, podía oír el silencio. Todo el mundo seguía dormido, no había ni un alma por las calles. Y no se diferenciaba mucho de cuando era de día, seguía siendo el mismo aburrido y silencioso barrio de siempre. Ni siquiera se molestó en despedirse de él.
Mientras andaba sola y en silencio hacia la estación más cercana, para tomar el tren que la acercaría hasta el centro de la ciudad, comenzó a pensar dónde alojarse. Había cogido todo el dinero que tenía en la hucha, que era realmente bastante, ventajas de tener un padre millonario. «Iré al Hotel Shibuya Excel Tokyu» se dijo, recordando el hotel que estaba en el distrito de Shibuya. «Puedo alojarme sin autorización paterna teniendo 16 años, lo cual es una suerte. Y está superbién comunicado, es una buena zona desde donde iniciar una búsqueda, sobre todo porque el Instituto Tomonari está en el mismo distrito».
Pensó también que mañana iría al instituto, como si fuera un lunes normal, pues sabía que no debía complicar más las cosas, y les contaría a sus amigas todo lo ocurrido haciéndoles prometer que guardarían el secreto. En el caso de que su padre empezara a localizarla al percatarse de su ausencia, restringiría las llamadas de él y de Hana de su móvil, incluso de la oficina de ambos.
Rezó por que todo saliese como esperaba, y antes de que su padre consiguiera arrastrarla de vuelta si la encontraba. Sólo se sintió un poco culpable al haber dejado a su hermano solo, pero confió en que Yenkis lo comprendería y en que estaría bien, ya que, de todas formas, Yenkis era un chico muy independiente y no tenía penas ni problemas con nadie.
Por fin. Estaba en el inicio de un importante cambio de su vida, que podía acabar bien, o podía acabar mal. No se iba a rendir, sin embargo, hasta que hubiese acabado.
Cleven se había pasado todo el sábado sin apenas salir de su habitación. El único que había tocado a su puerta varias veces fue Yenkis, aunque Cleven no le respondió, ni anoche ni en todo el día de hoy. Yenkis sabía que eso era porque no estaba de humor ni para él ni para nadie, y por eso no insistió más de una vez en sus intentos, dejándole su espacio y tiempo.
Ya en la noche, el chico fue a hacer un nuevo intento, trayendo consigo un plato con dos sándwiches y un vaso de zumo. Llamó a la puerta de su hermana, y esta vez oyó que ella quitaba el pestillo al otro lado, y nada más. Yenkis sonrió y abrió la puerta con el codo, y pasó adentro. Encontró a Cleven recostada en su cama, leyendo un manga. Parecía más tranquila, pero se la notaba todavía resentida.
Yenkis se acercó a ella y le tendió el plato y el vaso. Cleven los miró un momento. Luego volvió con su tomo.
—No tengo hambre.
A Yenkis se le sustituyó la sonrisa por una cara de terror.
—Oh, Dios mío, ¿¡quién te ha roto!?
—¿Pero qué dices? Simplemente no tengo apetito.
—¿¡Estás enferma!? —insistió Yenkis, aún más asustado.
—¡Que no!
—¿Quieres que llame a Lex?
—¡P…! ¿Qué? —Cleven sacudió la cabeza y dejó por fin el tomo a un lado, y se sentó de frente al niño—. ¿Qué quieres que haga Lex?
—No sé, examinarte la salud o algo…
—Estoy perfectamente de salud.
—¡Tú siempre tienes hambre! ¡Incluso si es el fin del mundo!
—Lex es neurólogo.
—Te has podido golpear la cabeza, bloqueando tu glándula de hambre infinita.
Cleven se lo quedó mirando un rato con mosqueo, sin decir nada. No estaba segura de si Yenkis le estaba tomando el pelo o de verdad estaba preocupado. Sus ojos grises seguían mirándola sin parpadear, expectantes, temblorosos. Cleven se dio cuenta de que había estado preocupado por ella, no ahora, sino el día entero.
Por primera vez en horas, Cleven relajó los músculos de todo el cuerpo. Qué agradable era recordar que aún tenía un hermano pequeño tan espléndido como él. Qué afortunada era. Por eso, casi dejó asomar una sonrisa, mientras cogía uno de los sándwiches que le ofrecía el chico y empezaba a comérselo. Al ver eso, Yenkis dio un pequeño suspiro de alivio.
—Qué rico…
—Les he puesto la salsa agria que te gusta.
Con la mano que tenía libre, Cleven lo llamó para que se acercara. Yenkis lo hizo, y ella lo abrazó con cariño.
—Antes siempre me cuidaba Lex, y ahora siempre me cuidas tú. Me parece tan injusto…
—¿Por qué? —se sorprendió Yenkis, dejando el plato y el vaso sobre la mesilla de noche y sentándose en la cama a su lado.
—¿Qué hago yo por vosotros a cambio? —murmuró ella, con la boca llena y mirando apesadumbrada a un rincón del cuarto—. Nada… No tengo utilidad.
—No digas eso —le reprimió Yenkis.
—Siento que lo único que he hecho desde que mamá se fue… es ser una carga… un parásito que sólo consume y no produce nada a cambio —dijo esto mirando el sándwich de su mano, y lo dejó de vuelta en el plato, y apoyó la barbilla en las manos, alicaída—. Papá malgasta el dinero conmigo pagando mis estudios y mi sustento… Mis profesores malgastan su tiempo intentando enseñarme… Mis amigas malgastan sus energías intentando animarme…
—No es verdad. Sí que haces cosas importantes por nosotros.
—¿Qué hago yo por ti? ¿Aparte de usarte de mayordomo?
—Quererme y apreciarme —sonrió Yenkis.
A Cleven le sorprendió esa respuesta. ¿Para él eso era tan importarte? ¿O suficiente? Precisamente por estas cosas lo quería y lo apreciaba tanto.
—Ehm… ¿ha dicho algo papá? —preguntó con un tono más retraído, jugueteando con una goma de pelo entre sus manos.
—No. No que yo haya oído. Hana ha estado hoy fuera haciendo recados y la compra, y papá se fue a la empresa.
—Por supuesto que se ha ido a su empresa un sábado —farfulló Cleven con ironía.
—Pero… —añadió Yenkis—… la verdad es que esta mañana, antes de marcharse, lo vi ahí en el pasillo, delante de tu puerta cerrada. Yo estaba abajo, en las escaleras.
—¿Qué hacía? —frunció el ceño.
—Nada. Estuvo ahí un montón de rato, cabizbajo. Parecía como muy pensativo. En un momento lo vi levantando la mano como si fuera a llamar a tu puerta con los nudillos, estaba como dudando, pero al final dio media vuelta y se marchó.
—¿Estaba…? —Cleven seguía extrañada—. ¿Dirías que estaba… como enfadado, con intención de venir a regañarme? ¿O más bien dudaba porque tenía prisa?
—Cleven… creo que él simplemente quería hablar contigo —le explicó Yenkis—. No para regañarte. Porque, desde luego, no parecía enfadado ni alterado. Más bien… parecía triste.
Ella no supo qué decir al respecto. Le costaba imaginar que fuera cierto, pero Yenkis parecía sincero y seguro de lo que decía. Algo que Cleven tenía en cuenta desde hace mucho tiempo es que su hermano pequeño tenía una increíble capacidad de observación sobre el comportamiento de los demás o las emociones que expresaban por fuera, incluso las que no expresaban por fuera.
No sabía qué pensar de eso… Su padre a veces era demasiado predecible para unas cosas, pero un completo desconocido para otras. Cleven apenas tenía recuerdos de su vida antes de la muerte de su madre, pero una pequeña y recóndita parte de ella sentía que su padre, actualmente, era completamente diferente a como era en el pasado. No recordaba cómo era él en el pasado. Pero sentía que en el presente había cosas que no encajaban. Cosas falsas… o incompletas… perdidas…
—¿Qué te pasó ayer exactamente, Cleven? Sé que tú no faltas a clases por capricho u ocio. Sé que sólo lo haces cuando deseas estar sola para que nadie te vea llorar. ¿Es porque has estado pensando en mamá otra vez?
—Hm… no… —resopló molesta, cerrando los ojos—. Es porque estoy harta de ser como soy.
—Pero si eres genial…
—No lo entiendes —lo miró a los ojos—. Me ves de esa forma porque ser tu hermana mayor es lo único en lo que soy genial. Pero no soy genial en todo lo demás. No soy… —de repente se le desvió la vista hacia el espejo de la puerta de su armario, y se miró a sí misma en el reflejo—. No soy la mejor versión de mí misma en el resto de las cosas. Quiero serlo, de veras que sí. Pero me cuesta tanto… que las cosas vuelvan a importarme, a despertar mi interés… Hay una nube negra constantemente en mi cabeza. La odio, pero al mismo tiempo me refugio en ella cuando estoy triste, porque me arropa con un falso consuelo…
—Cleven —Yenkis agarró su brazo—. Yo eso lo sé. Porque llevas así muchos años. Pero sé que ahora te duele algo. Alguien te ha hecho daño, y no es papá, ni yo ni Hana. Dime… ¿ese Kaoru te hizo algo ayer?
Cleven casi dejó escapar una risa. Cerró los ojos y negó con la cabeza, pero en realidad no debería sorprenderle, Yenkis siempre había sido así de perspicaz.
—Nada grave. Simplemente, ha agarrado mi corazón, lo ha estrujado bien fuerte entre sus manos, se ha limpiado el culo con él y luego lo ha humillado y se ha reído de él junto con su otra novia.
Yenkis formó lentamente una larga sonrisa en sus labios.
—Vale —dijo sin más, y se levantó de la cama y caminó hacia la puerta.
—Eh. Yenkis. No.
—¿Qué? Tranquila. Sólo voy a prenderle fuego y bailar sobre sus cenizas. Después tendré una charla de hombre a hombre con su espíritu y lo obligaré a que te pida disculpas.
—Por mucho que me complacería verlo, hombrecito, ni se te ocurra hacer ni decir nada, ¿me oyes? Quiero que lo olvides. Quiero olvidarlo por completo. No quiero malgastar ya ni un segundo de mi vida ni de mi energía en idiotas ni en dramas. Se acabó, Yenkis. Voy a hacerlo.
—¿Eh? ¿Hacer el qué?
—Romper el bucle. Terminar con esta vida.
—¡Cleven! —se espantó Yenkis.
—Y empezar otra nueva —aclaró ella—. Esta nube no se va a ir sola —se señaló su cabeza—, no la va a barrer el tiempo, ni los lamentos, ni la autocompasión, ni ninguna medicina. Me está consumiendo… No pienso permitirlo.
—Pero… ¿qué vas a hacer?
Cleven se levantó y se fue corriendo hacia la puerta; se aseguró de que no había nadie en el pasillo y la cerró. Se giró hacia él.
—Voy a largarme de esta casa.
—¿T…? ¿Te vas? —repitió el niño con sorpresa, pero con una voz triste—. Pero… ¿adónde vas a ir? ¿A la casa de Nakuru o de Raven?
—No, no. Eso las metería a ellas en un problema, y no quiero eso.
—¿Entonces? ¿Te vas a vivir con Lex?
—No, Yen. Voy a buscar a alguien. Alguien que ha estado rodando por mi mente desde hace un tiempo. Nuestro tío, Brey Saehara. Quiero encontrarlo… conocerlo… que me dé respuestas a varias cosas sobre mamá, sobre el pasado… Necesito saber quién es, cómo es…
—¿Qué? ¿Tenemos un tío?
—Sí, mamá tenía un hermano. Tú eras demasiado pequeño para saberlo. Bueno… lo cierto es que yo tampoco he oído nunca a nadie hablar de él… —frunció el ceño, mirando al techo—. Quizá en mi más lejana infancia lo escuché una vez… No sé. Es extraño. Simplemente, sé que existe. Que está en alguna parte. Desearía irme a vivir con él.
—¿Qué? Pero… si no lo conoces de nada…
—Precisamente. Deseo conocerlo primero. Si es el hermano de mamá… si es como ella… quizá podría preguntarle si me dejaría vivir con él. Por supuesto yo pagaría mis gastos y lo ayudaría en todo y esas cosas. El caso es… que yo ya no puedo… —le tembló un poco la voz, mirando al suelo con ojos agotados—… no puedo seguir viviendo en esta casa. Esa nube negra de mi cabeza… es aquí donde siempre está más espesa. Tengo que salir… necesito encontrar…
Cleven no terminó la frase. Se quedó abstraía mirando el suelo.
—¿Al tío? —preguntó Yenkis.
Cleven levantó la cabeza de nuevo y lo miró con una nueva determinación.
—No… Lo que perdí.
Yenkis arqueó una ceja. No entendió a qué se refería su hermana con eso.
—Tendré que buscarlo por mis propios medios, puede que me lleve un tiempo, así que, mientras tanto, iré a un hotel. Pero si resulta que no… —resopló ansiosa—. En el caso de que no funcione lo del tío, tendré que reprimirme y volver aquí.
—Así que has decidido arriesgarte —comprendió el niño, y Cleven le asintió con firmeza—. Si es lo que quieres, yo estoy contigo.
—Eso quiere decir que no le vas a decir ni una palabra a nadie.
—¿De que te vas a ir de casa y vas a buscar a ese tío nuestro? Soy una tumba —le aseguró él.
Cleven lo abrazó de nuevo con cariño. Desde que murió su madre, siempre se habían tenido el uno al otro.
—Me iré al amanecer.
* * * * * *
Más tarde en la noche, Yenkis salió de la cocina con un vaso de agua, preparado para irse a dormir. Al apagar la luz, vio sobre una encimera la comida que la anciana Misae había hecho guardada en tápers. Hoy en casa no habían comido juntos ni cenado juntos; cada uno por su cuenta. Y esto a Yenkis le apenaba.
Misae les cocinaba ocasionalmente desde hacía siete años. Se encontró con una familia destrozada, compuesta por un padre con sus tres hijos, que recientemente habían perdido a su madre. El mayor se fue de casa pocos meses después de su llegada ahí, por lo que no llegó a conocerlo bien, y quedaban solamente tres personas. Descubrió lo que pasaba, que la señora Vernoux ya no estaba en el mundo, y su ausencia había sido un duro golpe para todos, muy duro, sobre todo para el señor Vernoux.
Neuval, poco después de que el mayor de sus hijos se fuera de casa repentinamente, se fue a un viaje de negocios, según dijo él, durante medio año. Y Misae cuidó mientras tanto, de buena gana, de Cleven y de Yenkis, por aquella época de 9 y 5 años de edad respectivamente. Durante esos seis meses, no tuvo noticia alguna del padre de aquellos niños, era como si hubiese desaparecido, aunque el dinero que necesitaban para el día a día siempre llegaba puntual cada mes. Y entonces, un día, regresó. Misae esperaba ver un cambio en él, una recuperación o una mejora. Pero Neuval seguía igual que antes de irse a ese viaje. Lo único distinto es que estaba más callado y más ausente. Ella seguía viendo en sus ojos el estremecedor e inmenso vacío que había dejado su difunta esposa.
Ella sólo se limitó, durante esos siete años, a hacer su trabajo, pero observando que, en efecto, esa familia no era lo que fue cuando la señora Vernoux estaba viva. Vio crecer a Cleven y a Yenkis día tras día, y cada día los apreciaba más, al igual que ellos a ella. Sin embargo, el padre seguía sin mostrar cambio o mejora alguna. Vacío, enteramente vacío.
Sin embargo, Hana apareció hace tres años, y fue cuando las cosas por fin cambiaron un poco, bien por Neuval, mal para Cleven, neutro para Yenkis. Misae se alegró entonces de que Hana fuese capaz de alejar a Neuval del pasado que tanto lo atormentaba. Y ahí seguía, cumpliendo con su trabajo en la casa de esa familia, esperando de corazón que algún día todo se arreglase y fuese a mejor.
Yenkis se metió por un pasillo bajo las escaleras. Era tarde, pero sabía que su padre estaba en su despacho ahora. La puerta estaba medio abierta y la luz salía afuera. Yenkis la abrió del todo y se paró ahí en el umbral. Neuval estaba recostado en su silla, con la cabeza apoyada en una mano, contemplando una esquina del techo en sumo silencio. Sabía que el muchacho estaba ahí, pero no hizo ningún gesto ni apartó la vista de esa esquina vacía.
Yenkis le había prometido a Cleven guardar el secreto de su fuga y de su plan de buscar a su tío, pero no había dicho nada acerca de Kaoru.
—Cleven está mal por culpa de Kaoru —le informó a su padre.
Neuval siguió sin moverse, pero Yenkis sabía que le estaba escuchando.
—A mí tampoco me olía a trigo limpio. Pero… Cleven de verdad veía algo bueno en él y Kaoru desde luego no se lo ha demostrado. Le ha roto el corazón, de manera bastante humillante. El problema es que Cleven vuelve a tener esa fea manía de culparse a sí misma de las cosas malas que otros le causan. Odia a Kaoru menos de lo que se odia a sí misma.
Fue después de oír eso cuando Neuval por fin parpadeó y se giró sobre su silla y miró a Yenkis. Su rostro pareció volverse mucho más serio. Yenkis sintió un pequeño escalofrío. Su padre a veces emitía un aura estremecedora, pero no le infundía miedo, sino asombro, e intriga.
—¿Qué hacemos con ese idiota? —le preguntó el niño, mostrando sin tapujos las ganas que tenía de pegar a Kaoru.
—Tú te vas a la cama —le ordenó.
—Jo… —protestó, pero obedeció a regañadientes y se marchó escaleras arriba.
Neuval se quedó ahí sentado en su mesa muy callado. Había algo de lo que Yenkis le había dicho que lo había molestado de verdad. Y no era oír que Kaoru le había roto el corazón a Cleven. Eso ya lo sabía. Ya lo esperaba. Ya se lo advirtió a la propia Cleven.
Lo que le revolvía las tripas era eso de que Cleven se culpaba y se odiaba a sí misma, ¿por sufrir cosas malas que idiotas ajenos decidieron causar? Intolerable. Le enfurecía. Pero también le daba una rabia inmensa. Porque Neuval también padecía esta fea manía desde que tenía uso de razón, y era un mal interior, un defecto con el que todavía a sus 45 años seguía luchando.
Que le rompieran el corazón era lo de menos; este sanaba. Que la rompieran a ella entera era el problema. Cleven podía sacarle de quicio a veces con su comportamiento, pero nadie, absolutamente nadie hacía daño a su hija.
* * * * * *
Llegó la hora. Las seis en punto. Se había puesto la alarma del móvil bajo la almohada para amortiguar el sonido, por si acaso su padre o Hana pudieran oírlo y despertarse. Se puso en pie con determinación. Pero se quedó ahí quieta un rato.
Estuvo recapacitando unos minutos, ordenando en su cabeza los pasos, hasta que se puso de acuerdo consigo misma. Se vistió, cogió la mochila de debajo de su cama que ayer ya preparó con ropa y demás cosas imprescindibles y bajó las escaleras como un felino. Dejó la mochila en la entrada y miró hacia el piso de arriba, asegurándose de que no oía ni un solo ruido o señal de que alguien más estuviera despierto, porque ahora, lo que iba a hacer, sí que era de alto riesgo. Descendió la mirada un poco, hasta fijarla en una puerta en la base de las escaleras, que conducía hacia el sótano.
Su padre siempre les dijo a Yenkis y a ella que, si querían bajar al sótano alguna vez para buscar algo, que siempre lo avisaran, para que él fuera con ellos y los ayudara a buscar lo que fuera, pero nunca solos. Una parte de Cleven creía que su padre impuso esa norma porque creía que ella o Yenkis serían capaces de desordenar o de romper algo, pero otra parte de ella sentía que era porque su padre ocultaba algo ahí abajo que no se detectaba a simple vista.
No obstante, si pudiera existir alguna pista, señal o detalle relacionado con su tío Brey, por minúsculo que fuera, solamente podía encontrarse ahí, en la vitrina. La vitrina era un armario muy grande, de madera de roble y de puertas acristaladas, donde su padre había guardado todas, todas y cada una de las cosas que pertenecieron a su madre, excepto ropa, que había sido donada a otros o dada a Cleven, y joyas, que no eran muchas pero estaban guardadas en un lugar más seguro, claro. Se trataba de todos los libros, cuadernos, apuntes, archivos, documentos y algunos laptops viejos que su madre usó en vida para su trabajo.
Cleven no entendía por qué su padre quiso conservar tantos papeles viejos de su madre, y menos por qué dentro de una vitrina tan elegante. No comprendía qué podía haber tan importante sobre la Informática. Lo que pasa es que ella no lo sabía –o no lo recordaba–, pero ahí había muchos códigos de programación avanzada creados por su madre que tenían un altísimo valor para la Asociación, y para la multinacional Hoteitsuba de su padre, y de cuya ciberseguridad dependía mundialmente.
Lo que ese armario encerraba era todo el trabajo de su madre, que iba mucho más allá de la Informática común. Para Neuval, todos esos papelajos y cuadernos representaban una obra maestra, y guardaban el “alma” de casi toda la tecnología de Hoteitsuba, además de los primeros esbozos de Hoti.
Lo que Cleven sí sabía era que había una caja en específico, sólo una, donde supuestamente había papeles relacionados con los lugares donde su madre cursó sus estudios y también cosas sobre sus abuelos maternos. Tenía un vago recuerdo, de cuando era más pequeña, de ver a su padre ordenando algunos papeles de esa caja, y recordaba ver una hoja bonita que era el diploma universitario de su madre, junto a una foto de ella el mismo día de la graduación posando entre sus dos orgullosos padres. Quizá, tal vez, no del todo improbable, pudiera hallar ahí algo donde se mencionase el nombre de su tío. Con suerte, ¿una foto de él, a lo mejor? De lo que Cleven estaba segura era de que no iba a poder salir de casa sin intentar al menos comprobarlo, y quitarse de encima la duda.
Un minuto después, ya estaba en el sótano, frente a la vitrina abierta, con la caja en cuestión en el suelo y ella agachada delante, hurgando entre las docenas de papeles de su interior. Tenía que darse prisa. Casi todo eran documentos colegiales, academias, formularios, calificaciones, algunos trabajos de secundaria y apuntes de la universidad…
«¿Eh? Para el carro» pensó para sí misma, observando uno de esos papeles con enorme confusión. «¿Qué pone aquí…? ¿Hong Kong? Y este año… ¿Mamá estudió su último curso de secundaria en Hong Kong? No tenía ni idea…». Se encogió de hombros y continuó rebuscando.
Encontró aquel diploma universitario, y aquella foto de su madre, vestida muy elegante y el diploma en su mano, posando entre sus abuelos. Tanto su madre como su abuelo Hideki tenían la misma cara seria, con una muy leve sonrisa, pero mayormente serios.
Se sabía que Katya había heredado el carácter serio y disciplinado de su padre, además del cabello rojizo, pero tampoco era un secreto que la mayor parte del tiempo era una apariencia que acostumbraban a tener, simplemente por mantener los buenos modales, pues en realidad Katya y su padre Hideki también sabían mostrar cariño y sonreír, y en esta foto se notaba que tenían muchas ganas de sonreír de puro orgullo, pero precisamente por no mostrarse tan orgullosos, mantenían una modesta sonrisa. La que sí sonreía con la boca abierta de par en par era su abuela Emiliya, que además estaba haciendo una pose estrafalaria y se le notaba toda su alegría por esos ojos verdes que tanto Katya como Cleven habían sacado de ella.
«¿Así que mamá se graduó con 20 años en una carrera que normalmente es de cuatro años? La terminó en dos años… Guau… Sí que era inteligente… ¿Por qué, si tengo dos padres tan listos, yo he tenido que nacer tan inútil?» se decía a sí misma. Pensando esto, se quedó algo alicaída. No era la primera vez que pensaba así de sí misma. Cada vez que veía este tipo de grandes logros en su padre, en su madre, en su hermano mayor, e incluso en su hermano menor, se sentía como una pieza que no encajaba en una familia tan perfecta en los estudios, en el deber, en el trabajo y la responsabilidad. En ser personas útiles, de algún u otro modo, en ese mundo.
«Según esta fecha… es el mismo año en que mamá se quedó embarazada. Sí… porque Lex nació 10 meses después de la fecha de esta foto. Y aun así, no fue ningún impedimento para mamá para seguir logrando avances en su carrera y su profesión. Ella podía con todo. Era increíble… y lo único que yo tengo de ella es el aspecto».
Decidió dejar de pensar en esas cosas y fue revisando los últimos papeles. «¿Más documentos del registro de mamá como alumna del Tomonari? Pero si ya los he visto… ¡Ah! ¡No! ¡Espera! ¡Este documento no es de mamá!». Cleven se fijó mejor. Era un grupo de hojas grapadas. Estaban encabezadas por el sello y el nombre del Tomonari, pero no era un documento de registro, sino que era un trabajo del colegio. Un trabajo final de primaria de escritura, algo que Cleven recordaba haber hecho también cuando iba a primaria. Solía ser una prueba muy importante, porque aprender a leer y escribir los kanjis japoneses era un reto incluso para los nativos. En el nombre del alumno, ponía “Brey Saehara”.
«¡Esto es un examen que hizo el tío Brey! ¡Y aprobado con la máxima nota!» pensó, con el corazón latiéndole con fuerza. «Aquí estás… una prueba de que de verdad existes, tío Brey. Fíjate… qué escritura tan perfecta y limpia, y qué cantidad de kanjis se sabía. ¿También era tan listo como mamá? ¿De qué año es esto? No lo pone… Pero debe de ser muy antiguo. Ni siquiera sé si el tío era mayor o menor que mamá. Pero… es raro, porque en la foto de la graduación de mamá con los abuelos, el tío no aparece con ellos. Quizá era él tomando la foto. Hm…».
Cleven aferró esas hojas contra su pecho con fuerza. «Fuiste al Tomonari, igual que mamá. Estudiaste allí. Lo que quiere decir… que el Tomonari debe de guardar información tuya en su registro, y la dirección en donde vivías entonces. Ni siquiera sé en qué parte de Tokio vivían los abuelos. Murieron poco antes de que yo naciera, por lo que, si murieron hace 16 años, quizá el tío se quedó con su casa, o se cambió a otra… Con suerte, espero que el tío siga viviendo en la misma dirección que ponga en el registro del Tomonari».
Esto para Cleven era un plus de esperanza. Técnicamente, su plan A era más simple y directo. Esas guías telefónicas tan gordas donde se podía encontrar el eterno listado de miles de personas y de negocios y sus números de teléfono de forma autorizada, las seguían vendiendo en kioscos especiales, y Cleven tenía pensado comprar una y encontrar el nombre de su tío y el supuesto número de teléfono de su vivienda, si es que tenía una línea fija. No debería ser demasiado difícil de encontrar en la lista, porque, aunque tenía un apellido japonés de lo más común, su nombre no lo era.
Pero había posibles inconvenientes con esto: no había una guía que contuviera el listado de todo Tokio porque no había forma humana de sostener en las manos semejante monstruoso libro, pero sí las había por zonas, y Cleven se iba a arriesgar con la zona de los “barrios especiales”, que era la mitad oriental de la prefectura de Tokio, básicamente la zona más famosa, así que más valía que su tío viviera en esa zona; y por otro lado, la guía podía no contener el nombre de su tío o ningún teléfono relacionado con él.
Por lo tanto, hallar esta pista sobre la estancia de su tío en el Tomonari abría otro posible camino de búsqueda, un plan B, y esto tranquilizaba más a Cleven.
Sin más dilación, lo dejó todo como estaba, subió de regreso a la entrada, comprobó que toda la casa seguía silenciosa, cogió sus llaves y su mochila y salió de la casa sin hacer ruido.
Era domingo, mejor momento imposible, pues solía ser el día en que Cleven salía con sus amigas desde la mañana hasta la tarde, y esto retrasaría las sospechas de su padre y de Hana sobre su ausencia. A esas horas, el cielo todavía estaba oscuro y hacía buen frío, así que, abrochándose el abrigo hasta arriba y sujetándose bien la mochila al hombro, salió del jardín. Caminando por su barrio de chalets de lujo, podía oír el silencio. Todo el mundo seguía dormido, no había ni un alma por las calles. Y no se diferenciaba mucho de cuando era de día, seguía siendo el mismo aburrido y silencioso barrio de siempre. Ni siquiera se molestó en despedirse de él.
Mientras andaba sola y en silencio hacia la estación más cercana, para tomar el tren que la acercaría hasta el centro de la ciudad, comenzó a pensar dónde alojarse. Había cogido todo el dinero que tenía en la hucha, que era realmente bastante, ventajas de tener un padre millonario. «Iré al Hotel Shibuya Excel Tokyu» se dijo, recordando el hotel que estaba en el distrito de Shibuya. «Puedo alojarme sin autorización paterna teniendo 16 años, lo cual es una suerte. Y está superbién comunicado, es una buena zona desde donde iniciar una búsqueda, sobre todo porque el Instituto Tomonari está en el mismo distrito».
Pensó también que mañana iría al instituto, como si fuera un lunes normal, pues sabía que no debía complicar más las cosas, y les contaría a sus amigas todo lo ocurrido haciéndoles prometer que guardarían el secreto. En el caso de que su padre empezara a localizarla al percatarse de su ausencia, restringiría las llamadas de él y de Hana de su móvil, incluso de la oficina de ambos.
Rezó por que todo saliese como esperaba, y antes de que su padre consiguiera arrastrarla de vuelta si la encontraba. Sólo se sintió un poco culpable al haber dejado a su hermano solo, pero confió en que Yenkis lo comprendería y en que estaría bien, ya que, de todas formas, Yenkis era un chico muy independiente y no tenía penas ni problemas con nadie.
Por fin. Estaba en el inicio de un importante cambio de su vida, que podía acabar bien, o podía acabar mal. No se iba a rendir, sin embargo, hasta que hubiese acabado.
El modod demonio de Neuval siemore me fascina.
ResponderEliminarEntiendo la frustracion de Drasik todo el mundo le miente o lo tratan con si fuera solo el tonto del grupo que la lia siempre, cuando es bastabte mas que eso, pero su evolucion de personajes de lo que mas me gustan, junto a Neuval, Raijin y Cleventine.