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1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __









2.
Empezamos mal

Mientras tanto, en la sala de profesores, Cleven estaba sentada frente a una mesa, con los brazos caídos entre las piernas y mirando al vacío. Al otro lado de la mesa se encontraba su nuevo tutor de la clase de Segundo-A, hablándola de algo que sus oídos no eran capaces de alcanzar.

Era un hombre joven, de unos 26 años. Era profesor de Inglés, pero no le suponía un gran reto, ya que él era británico, pero también impartía Historia y Física. No era muy usual que un profesor impartiese dos asignaturas tan diferentes, pero él era muy inteligente.

Denzel Sanders, se llamaba. Aunque había quienes sabían muy bien que ese no era su verdadero apellido. Ni este su único trabajo. Era nuevo. Había comenzado a trabajar en el Instituto Tomonari desde el comienzo de aquel curso, hacía más de dos semanas. En Japón el año escolar comienza en abril, pero aquel instituto seguía otro sistema, y era después de la Navidad cuando se pasaba de curso.

Como todos los demás profesores, vestía con traje y corbata, pero él marcaba unas cuantas diferencias. A veces se permitía llevar la camisa por fuera de los pantalones, la corbata desatada, incluso llevaba un pequeño pendiente en su oreja izquierda, una bolita de piedra negra. También, tenía un raro tatuaje en el pulgar de la mano derecha, rodeando su dedo como un anillo. En su mano izquierda, llevaba un anillo de verdad en el dedo anular, un anillo de casado. Por último, siempre, todo el tiempo, llevaba puestas unas gafas de sol negras que le ocultaban los ojos. Jamás se las quitaba. Nunca nadie lo había visto sin ellas puestas.

Incluso su pelo llamaba un poco la atención. Era negro y corto, bien peinado, pero dos mechones blancos partían de sus sienes y un tercero le salía desde su frente. Muchos pensaban que se había teñido de blanco aquellos mechones, lo que incumplía la norma de no llevar el pelo teñido ni aunque fuera un poco. Sin embargo, él había asegurado que eran canas. ¿Tan joven y con canas?, se habían preguntado sus compañeros con aire escéptico, pero acabaron por creerle después de haberles dicho que sólo se trataba de una condición genética.

Respecto a las gafas de sol, él decía que tenía las retinas muy sensibles y que su oftalmólogo le había mandado protegerlas de la luz. Nadie comentaba nada respecto a eso, pero seguía siendo raro.

No llevar accesorios o aspectos que no cumpliesen por completo con el código de vestimenta del instituto Tomonari solía ser una estricta norma, pues en el centro se tomaba muy en serio la buena apariencia y era una norma dedicada sobre todo a los alumnos, por lo que en un profesor resultaba un tanto más contradictorio. Los docentes más mayores consideraban inaceptable que un profesor más joven no supiese respetar este tipo de normas y asimismo a sus veteranos. Lo que pasa es que a este profesor le daba tan igual… tan, tan, tan igual… que ni se preocupaba por lo que los demás pensasen. Era como si él ya hubiera vivido mucho y estuviera muy por encima de las banalidades humanas. Él nada más cumplía con su trabajo.

Algunos podían pensar que iba de provocativo, pero, en realidad, todo tenía una razón de ser. No era un simple pendiente, sino un amuleto; no era un tatuaje para decorar su dedo, era algo que mantenía su pulgar unido para que no se le cayese; no eran retinas sensibles, sino ojos diferentes, y no era tinte blanco, sino canas seculares.

Caía muy bien a todos sus alumnos, al ir dándose a conocer en esas dos semanas de inicio. Era el tipo de profesor que disfrutaba enseñando, y, más que eso, obtenía resultados inmediatos. No se trataba de qué enseñar, sino de cómo enseñarlo, y una actitud entusiasmada podía contagiar hasta al alumno más vago o enfadado. Cualquiera diría que Denzel se había dedicado a la enseñanza más años que ninguna otra persona en la historia.

Por esta razón, el director del Tomonari, que era el señor más estricto y disciplinado de todo Japón, estaba más que encantado con él e insólitamente había dejado pasar el hecho de que se saltase algunas normas de vestimenta e incluso de comportamiento.

Y a pesar de todo esto, Cleven no escuchaba las palabras que le estaba diciendo, sólo conseguía oír cosas como “deberías estar más atenta en las clases...”, “los demás profesores me piden que haga algo contigo...”, “acabamos de empezar el curso y será mejor abordar el problema ahora...”. No escuchaba, sólo oía. Estaba absorta, en la inopia, como siempre. Desconectaba los oídos automáticamente en este tipo de situaciones, cuando le hablaban de lo decepcionante que era su actitud. De lo decepcionante que ella era. Cleven pensaba que vale, que tenían razón, pero que al menos había una cosa que era más decepcionante que ella: la mera vida.

Había unos cuantos más profesores en la sala, haciendo papeleo y mirándolos de vez en cuando. También echaban vistazos hacia el otro lado de la sala, donde un chico de la misma edad de Cleven corría la misma suerte, solo que quien le sermoneaba era el director, caso que se daba cuando tal alumno había hecho algo más grave que el no atender en las clases. O cuando había sido falsamente acusado como le acaba de pasar en el patio trasero del instituto.

—... los dos estábamos como una cuba, y entonces fui directo a ella, quería llevármela a mi apartamento, y ella se me subía por todo el cuerpo... Qué buena estaba. Salimos del pub y fuimos a mi casa. Acto seguido le arranqué el vestido mientras la besaba, y pasó... ¡No sabía desabrochar su sujetador! Por lo que fui a la cocina a por unas tijeras y...

—¿¡Qué!? —Cleven saltó de la silla, mirando a su tutor boquiabierta.

—¡Por fin consigo llamar tu atención! Me ha costado dar con un tema que te despertara —sonrió Denzel cruzándose de brazos sobre la mesa—. Lástima que en Historia, Física, Inglés y Tutoría no podamos hablar de la vida privada de las personas, ¿eh?

Cleven se quedó en silencio, recapacitando. Entendió que el hombre estaba de guasa, y le sorprendió el hecho de que hubiera usado la táctica de hablar de un tema picante para llamar su atención, lo cual hizo que se sintiera algo avergonzada. Se sentó de nuevo en la silla, lentamente, observando al otro con detenimiento. «Este tipo no es normal» pensó.

—A ver, señorita Vernoux —continuó Denzel—, resumiendo, te suplico que te esfuerces en las clases. Puede que tengas cosas importantes en las que pensar fuera de tu vida colegial, pero te pido que mientras estés aquí, te centres en los estudios, en las clases. Te quitarás un peso de encima de tu lista de problemas cotidianos, y no es tan difícil, sólo se trata de aprender cosas nuevas. Dedícale un poquito de importancia a los estudios, ve con calma, sin agobios, organízate...

—No me es tan fácil, profesor —protestó Cleven, apoyándose con desgana sobre el respaldo.

—¿Que no? —preguntó con cierta sorpresa—. Mírame a mí, por ejemplo: levantarme, ducharme, desayunar, dar mis clases de la mañana, comer, dar mis clases de la tarde, volver a casa, preparar las clases del día siguiente, corregir deberes o exámenes, merendar magdalenas, ver la tele o jugar al Pro Evolution Soccer, rascarme la barriguita, pensar en mis cosas, dar una vuelta, cenar...

—... quedar con una chica atractiva, emborracharos juntos y llevarla a tu apartamento para hacer arreglos de ropa y costura... —continuó Cleven, medio riendo.

—Eso ya es confidencial, señorita —sonrió.

—Vaya, pues antes me lo estabas contando con mucho entusiasmo, profesor —le dijo con una mirada suspicaz—. Pobre chica, seguro que ese sujetador era caro y vas tú y se lo rompes.

—¡Hahah! ¿Crees de verdad que me pasó eso?

—Por supuesto que no. No lo creo.

—¿Y eso por qué? —preguntó, fingiendo estar ofendido.

—Porque llevas una alianza —respondió señalando el anillo dorado de su mano con un rápido movimiento—. No creo que un hombre casado haga esas cosas. Bueno, sí, hay muchos que lo hacen, pero tú no pareces ser de esos. Sólo te has inventado eso para llamarme la atención.

—Qué perspicaz —sonrió de nuevo, apoyando la cabeza en una mano.

—Pero... no entiendo una cosa, profe —comentó, frunciendo el ceño—. En tu horario de tareas que acabas de contarme, no mencionas nada sobre tu esposa.

—Anda, ¿y eso qué te hace pensar? —le preguntó, arqueando una ceja.

—Pues... o que no haces nada con tu mujer en todo el día, o que llevas un anillo de boda para decorar tu dedo. ¿Cuál de las dos razones es correcta?

—No has mencionado la tercera razón.

Cleven levantó la vista hacia él rápidamente. Al principio no entendió lo que quería decir, pero aquella respuesta había sonado con mucho abatimiento, y el tutor intentaba disimularlo con aquella expresión risueña de siempre. Cleven sospechó cuál debía de ser la tercera razón, que ya no había esposa. Pero no quiso comentar nada más.

Él miraba los jardines del recinto a través de la ventana, también sin comentar nada más. Si no tuviese las gafas puestas, Cleven juraría que vería en sus ojos algo totalmente contrario a lo que representa una sonrisa. Sin embargo, no estaba completamente segura de todos los matices de esa tercera opción, por lo que decidió no dar conclusiones demasiado rápido.

El momento de silencio duró hasta que los dos vieron por el rabillo del ojo al director Suzuki acercándose a ellos. Su charla con el otro chico había acabado y este se estaba poniendo el abrigo y cogiendo su mochila para irse. Por un momento, Cleven, no supo por qué, se quedó mirando a aquel chaval al otro lado de la sala, pero él se puso la capucha de su sudadera, ocultándose la cara una vez más, y se marchó, pasando desapercibido entre todo el mundo.

Se vio a sí misma en la inopia de nuevo, observando la puerta por donde había salido ese chico, hasta que algo la sobresaltó de golpe.

—¡Como no vuelvas a prestar atención en las clases, tendré que darte algún castigo, incluso llamaré a tus padres para contarles lo mal que va su hija, te lo aseguro! —exclamó Denzel.

Su tutor la estaba gritando. Aquel hombre con el que acababa de entablar una conversación tan extraña la estaba riñendo de mala manera. De pronto parecía uno de esos viejos profesores gruñones que, irónicamente, él mismo había criticado muchas veces. Se quedó sin habla, no entendía qué estaba pasando.

—¡Tienes que estudiar a diario y hacer tus tareas, además de atender en clase! ¿Me has oído? —continuó su tutor, señalándola con un dedo amenazador—. ¡Si no, te mandaré el doble de deberes! ¡Como no mejores tu comportamiento, solo empeorarás tu situación!

—¡Sí, señor, sí, señor! Ya lo has oído, jovencita —asintió el director Suzuki.

Cleven se dio cuenta de pronto de que el viejo director estaba de pie junto a ellos, con una expresión orgullosa en su rostro, observando cómo el tutor de la clase 2-A ejercía su trabajo. Cleven pudo cerrar la boca por fin, saliendo de su asombro.

Había algo que muy pocos alumnos sabían sobre el director Seiji Suzuki, y es que, en el lado derecho de su coronilla, medio oculta bajo una calva incipiente, había una alargada cicatriz de doce puntos. Los alumnos rumoreaban varias historias sobre ella, y la más popular era que un alumno rebelde se la hizo tirándole una botella a la cabeza. Claro, ¿qué sino? El director era un viejo cascarrabias, un insoportable, un idiota, evidentemente porque se dedicaba a imponer normas, a enseñar modales, valores y moral, y a hacer incómoda la comodísima vida de muchos adolescentes que querían todo fácil. Y por eso, al parecer, merecía un botellazo en la cabeza.

Una vez más, las cosas no eran como aparentaban. El director era un viejo cascarrabias, un insoportable, un idiota, por haber creado con sus propias manos y ahorros un centro de enseñanza que acogía a cualquier persona, fuera de la raza, del país o de la clase social que fuera; por dedicarse a mostrarles a los ilusos jóvenes cómo era el mundo real al que algún día se enfrentarían; por asegurarse de que todos pudieran labrarse un futuro sin que las universidades los juzgaran por su nivel intelectual o su nivel de renta.

Era un cascarrabias, insoportable e idiota, por dejar que un miembro de la Yakuza le partiera la cabeza con una barra de metal hace diez años para salvar la vida de una niña pequeña.

—Obedece a tu tutor y compórtate como es debido, señorita Vernoux —añadió el viejo director y dirigió su mirada hacia el hombre—. Muy bien, Denzel, así se hace. Me tranquiliza saber que usted puede disciplinar a estos alborotadores como es debido. Ojalá hubiese más profesores como usted, con la fuerza suficiente para poner orden entre sus alumnos. Buenas tardes.

El director dio media vuelta, con las manos cogidas tras la espalda, y salió como un soldado de la sala, perdiéndose de vista, seguido de los demás profesores que ya habían acabado con sus papeleos. Sólo quedaban ellos dos en la sala y un profesor que estaba a punto de marcharse, y mientras este recogía su cartera, no paraba de lanzarle miradas inquisitivas a Denzel, con recelo. Denzel fue consciente de ello.

—Muy bien, señorita Vernoux —dijo, poniéndose en pie e indicándole a su alumna que hiciera lo mismo—, ya hemos acabado, espero haberte dejado claro lo que te he dicho. —Su tono seguía siendo estricto y cargado de malas pulgas; la acompañó hacia la puerta y se detuvieron ante ella para dejar que el otro profesor saliese primero—. Si das más problemas tendré que castigarte y… y…

Se calló al instante, justo cuando el otro profesor se había perdido de vista y quedaban ellos dos solos en la sala. Denzel suspiró con cansancio. Cleven estaba muy confusa y contemplaba a su tutor con la cara torcida.

—Ah, ¿qué pasa? —preguntó Denzel al verla así—. Te has quedado tiesa, ¿estás bien?

Cleven sacudió levemente la cabeza, volviendo a la realidad, y lo miró con cierto enfado.

—¿Por qué me has gritado de esa manera, así, de repente?

—¡Oh, perdona! —se rio el hombre—. No iba en serio, de verdad, es que quiero que el director me aumente el sueldo. —Cleven se quedó estupefacta—. Entiéndelo, debo actuar como él espera, ya sabes, para caerle bien y eso... Pero en realidad no soy así.

—No, si ya me he dado cuenta.

—Sí, oye, pero no se lo digas a nadie.

—Eres raro —le espetó—. ¿De verdad eres un profe?

—Vernoux —le sonrió más suavemente, llevándose su cartera al hombro—. Lo que te he dicho sobre que atiendas en clase y que estudies iba en serio. La vida es complicada, hay muchas cosas malas en ella, difíciles de superar. Sé que las cosas en tu casa no van muy bien…

—No es que vayan ni bien ni mal —le corrigió Cleven—. Es que directamente no van. Nada va. Nada funciona, nada sucede. Nada se mueve, nada avanza… nada cambia…

Denzel la miró apesadumbrado al oírla describirlo de aquella manera. Él sabía muy bien lo que pasaba en la familia de Cleven. De hecho, sabía muchas más cosas que ella. Y le entristecía no poder explicárselas.

—Entonces, mejorar tus estudios es lo único en lo que tienes control, ¿no crees? —insistió él, y ella lo miró—. Es lo único que por ahora puedes hacer funcionar. Avanzar, mover y cambiar. ¿No quieres saber qué se siente cuando logras por fin un cambio tras años de estancamiento? La satisfacción… es revitalizante.

Cleven frunció el ceño. La verdad es que algo en esas palabras llegó a producirle una leve intriga. Quizá un leve “ojalá” de una parte de ella, muy pequeña, que todavía se niega a rendirse.

—Estudiar y aprobar puede verse como un problema, o como un reto. Un problema y un reto son dos cosas muy distintas. Tú puedes elegir cómo verlo. Muchas de las cosas de esta vida no son lo que son, sino lo que queremos que sean. Y es cuando debemos decidir, ¿quiero que sea algo que me controla, o algo que controle yo?

—Hahh… —suspiró Cleven, alicaída—. ¿Y para qué? ¿Y cuál es el fin? Controlar tu vida o que tu vida te controle… ¿qué más da? ¿Qué tiene de bueno que algo decepcionante te controle, o qué tiene de bueno controlar algo decepcionante?

—Cleven… ¿por qué crees que te haces estas preguntas?

—¿Por qué me haces tú hacerme estas preguntas?

Denzel soltó una risa suave, y le puso una mano en el hombro.

—¿Por qué no intentas averiguar la respuesta y descubrir qué tiene de bueno? Quizá te sorprenda descubrir que algo bueno hay.

Cleven no dijo nada. No sabía qué decir. Se encogió de hombros.

—¿Vas a sermonearme más?

—¿Eso sientes que he estado haciendo?

Ella volvió a quedarse callada unos segundos.

—Bueno… no… Sé que tratas de ayudar. Eres el único adulto que me habla, me pregunta y me escucha, y no sólo me habla y habla y habla.

—Gracias por apreciarlo. Mira, Vernoux. En verdad puedes hacer lo que te dé la gana. Nadie te pone una pistola en la cabeza. Pero no viene mal escuchar experiencias o consejos de otras personas para facilitar tus decisiones sobre lo que vas a hacer o no. Escoge libremente. Y prueba cosas. Alguna, al final, dará resultado.

—¿Para qué? ¿Qué resultado, aprobar los exámenes?

—Hm, hm… no… —volvió a reírse suavemente, y se inclinó más hacia ella para mirarla fijamente tras sus gafas negras—. Dejar de sentirte miserable.

A Cleven se le hizo un nudo en la garganta. Miró al suelo, con ojos algo humedecidos y cansados. No era porque esas palabras de Denzel le hicieron sentirse mal ni la ofendieron. Al contrario. Alguien por fin entendía un poco lo que ella se avergonzaba tanto de reconocer en voz alta. Al final, Cleven volvió a levantar la cabeza, y tenía una sonrisa más animada.

—¡Ay! Me voy, tengo prisa —declaró Denzel, saliendo por la puerta mientras echaba un vistazo a su reloj.

—¿Prisa para jugar al Pro Evolution Soccer? —preguntó Cleven, asomándose al pasillo.

—¡Qué va, eso los domingos! ¡Me van a cerrar mi panadería favorita y me voy a quedar sin mis pastas para el té! ¡Como buen inglés que se precie, no puedo permitirlo! —respondió, alejándose por el pasillo a todo correr—. ¿Cómo es? Au revu!

—¡Se dice au revoir! —se rio ella.

Cleven sonrió. Ese hombre de verdad le resultaba muy extraño, todo el tiempo. Y es que no era sólo por su aspecto, su forma de comportarse o su modo diferente de tratar con los alumnos… Había algo en él, que no se apreciaba a simple vista. Cleven tenía una sensación. No es que Denzel fuese diferente, es que realmente parecía ser diferente, es decir, literalmente diferente al resto del mundo, todo él, toda su persona y naturaleza. Ella agradecía que fuera él su tutor durante este curso y no otro.

—Siento haber tardado —se disculpó al ver que sus dos amigas la habían estado esperando, y las tres emprendieron la marcha, cobijadas bajo el paraguas de Cleven.

—¿Qué? ¿Ha sido un pesado? —preguntó Nakuru mirando a su amiga.

—No… Bueno… Lo de siempre —contestó. No le apetecía detallar todo lo que había pasado, con decir “lo de siempre” sus amigas ya entendían y no comentaban nada más al respecto.









2.
Empezamos mal

Mientras tanto, en la sala de profesores, Cleven estaba sentada frente a una mesa, con los brazos caídos entre las piernas y mirando al vacío. Al otro lado de la mesa se encontraba su nuevo tutor de la clase de Segundo-A, hablándola de algo que sus oídos no eran capaces de alcanzar.

Era un hombre joven, de unos 26 años. Era profesor de Inglés, pero no le suponía un gran reto, ya que él era británico, pero también impartía Historia y Física. No era muy usual que un profesor impartiese dos asignaturas tan diferentes, pero él era muy inteligente.

Denzel Sanders, se llamaba. Aunque había quienes sabían muy bien que ese no era su verdadero apellido. Ni este su único trabajo. Era nuevo. Había comenzado a trabajar en el Instituto Tomonari desde el comienzo de aquel curso, hacía más de dos semanas. En Japón el año escolar comienza en abril, pero aquel instituto seguía otro sistema, y era después de la Navidad cuando se pasaba de curso.

Como todos los demás profesores, vestía con traje y corbata, pero él marcaba unas cuantas diferencias. A veces se permitía llevar la camisa por fuera de los pantalones, la corbata desatada, incluso llevaba un pequeño pendiente en su oreja izquierda, una bolita de piedra negra. También, tenía un raro tatuaje en el pulgar de la mano derecha, rodeando su dedo como un anillo. En su mano izquierda, llevaba un anillo de verdad en el dedo anular, un anillo de casado. Por último, siempre, todo el tiempo, llevaba puestas unas gafas de sol negras que le ocultaban los ojos. Jamás se las quitaba. Nunca nadie lo había visto sin ellas puestas.

Incluso su pelo llamaba un poco la atención. Era negro y corto, bien peinado, pero dos mechones blancos partían de sus sienes y un tercero le salía desde su frente. Muchos pensaban que se había teñido de blanco aquellos mechones, lo que incumplía la norma de no llevar el pelo teñido ni aunque fuera un poco. Sin embargo, él había asegurado que eran canas. ¿Tan joven y con canas?, se habían preguntado sus compañeros con aire escéptico, pero acabaron por creerle después de haberles dicho que sólo se trataba de una condición genética.

Respecto a las gafas de sol, él decía que tenía las retinas muy sensibles y que su oftalmólogo le había mandado protegerlas de la luz. Nadie comentaba nada respecto a eso, pero seguía siendo raro.

No llevar accesorios o aspectos que no cumpliesen por completo con el código de vestimenta del instituto Tomonari solía ser una estricta norma, pues en el centro se tomaba muy en serio la buena apariencia y era una norma dedicada sobre todo a los alumnos, por lo que en un profesor resultaba un tanto más contradictorio. Los docentes más mayores consideraban inaceptable que un profesor más joven no supiese respetar este tipo de normas y asimismo a sus veteranos. Lo que pasa es que a este profesor le daba tan igual… tan, tan, tan igual… que ni se preocupaba por lo que los demás pensasen. Era como si él ya hubiera vivido mucho y estuviera muy por encima de las banalidades humanas. Él nada más cumplía con su trabajo.

Algunos podían pensar que iba de provocativo, pero, en realidad, todo tenía una razón de ser. No era un simple pendiente, sino un amuleto; no era un tatuaje para decorar su dedo, era algo que mantenía su pulgar unido para que no se le cayese; no eran retinas sensibles, sino ojos diferentes, y no era tinte blanco, sino canas seculares.

Caía muy bien a todos sus alumnos, al ir dándose a conocer en esas dos semanas de inicio. Era el tipo de profesor que disfrutaba enseñando, y, más que eso, obtenía resultados inmediatos. No se trataba de qué enseñar, sino de cómo enseñarlo, y una actitud entusiasmada podía contagiar hasta al alumno más vago o enfadado. Cualquiera diría que Denzel se había dedicado a la enseñanza más años que ninguna otra persona en la historia.

Por esta razón, el director del Tomonari, que era el señor más estricto y disciplinado de todo Japón, estaba más que encantado con él e insólitamente había dejado pasar el hecho de que se saltase algunas normas de vestimenta e incluso de comportamiento.

Y a pesar de todo esto, Cleven no escuchaba las palabras que le estaba diciendo, sólo conseguía oír cosas como “deberías estar más atenta en las clases...”, “los demás profesores me piden que haga algo contigo...”, “acabamos de empezar el curso y será mejor abordar el problema ahora...”. No escuchaba, sólo oía. Estaba absorta, en la inopia, como siempre. Desconectaba los oídos automáticamente en este tipo de situaciones, cuando le hablaban de lo decepcionante que era su actitud. De lo decepcionante que ella era. Cleven pensaba que vale, que tenían razón, pero que al menos había una cosa que era más decepcionante que ella: la mera vida.

Había unos cuantos más profesores en la sala, haciendo papeleo y mirándolos de vez en cuando. También echaban vistazos hacia el otro lado de la sala, donde un chico de la misma edad de Cleven corría la misma suerte, solo que quien le sermoneaba era el director, caso que se daba cuando tal alumno había hecho algo más grave que el no atender en las clases. O cuando había sido falsamente acusado como le acaba de pasar en el patio trasero del instituto.

—... los dos estábamos como una cuba, y entonces fui directo a ella, quería llevármela a mi apartamento, y ella se me subía por todo el cuerpo... Qué buena estaba. Salimos del pub y fuimos a mi casa. Acto seguido le arranqué el vestido mientras la besaba, y pasó... ¡No sabía desabrochar su sujetador! Por lo que fui a la cocina a por unas tijeras y...

—¿¡Qué!? —Cleven saltó de la silla, mirando a su tutor boquiabierta.

—¡Por fin consigo llamar tu atención! Me ha costado dar con un tema que te despertara —sonrió Denzel cruzándose de brazos sobre la mesa—. Lástima que en Historia, Física, Inglés y Tutoría no podamos hablar de la vida privada de las personas, ¿eh?

Cleven se quedó en silencio, recapacitando. Entendió que el hombre estaba de guasa, y le sorprendió el hecho de que hubiera usado la táctica de hablar de un tema picante para llamar su atención, lo cual hizo que se sintiera algo avergonzada. Se sentó de nuevo en la silla, lentamente, observando al otro con detenimiento. «Este tipo no es normal» pensó.

—A ver, señorita Vernoux —continuó Denzel—, resumiendo, te suplico que te esfuerces en las clases. Puede que tengas cosas importantes en las que pensar fuera de tu vida colegial, pero te pido que mientras estés aquí, te centres en los estudios, en las clases. Te quitarás un peso de encima de tu lista de problemas cotidianos, y no es tan difícil, sólo se trata de aprender cosas nuevas. Dedícale un poquito de importancia a los estudios, ve con calma, sin agobios, organízate...

—No me es tan fácil, profesor —protestó Cleven, apoyándose con desgana sobre el respaldo.

—¿Que no? —preguntó con cierta sorpresa—. Mírame a mí, por ejemplo: levantarme, ducharme, desayunar, dar mis clases de la mañana, comer, dar mis clases de la tarde, volver a casa, preparar las clases del día siguiente, corregir deberes o exámenes, merendar magdalenas, ver la tele o jugar al Pro Evolution Soccer, rascarme la barriguita, pensar en mis cosas, dar una vuelta, cenar...

—... quedar con una chica atractiva, emborracharos juntos y llevarla a tu apartamento para hacer arreglos de ropa y costura... —continuó Cleven, medio riendo.

—Eso ya es confidencial, señorita —sonrió.

—Vaya, pues antes me lo estabas contando con mucho entusiasmo, profesor —le dijo con una mirada suspicaz—. Pobre chica, seguro que ese sujetador era caro y vas tú y se lo rompes.

—¡Hahah! ¿Crees de verdad que me pasó eso?

—Por supuesto que no. No lo creo.

—¿Y eso por qué? —preguntó, fingiendo estar ofendido.

—Porque llevas una alianza —respondió señalando el anillo dorado de su mano con un rápido movimiento—. No creo que un hombre casado haga esas cosas. Bueno, sí, hay muchos que lo hacen, pero tú no pareces ser de esos. Sólo te has inventado eso para llamarme la atención.

—Qué perspicaz —sonrió de nuevo, apoyando la cabeza en una mano.

—Pero... no entiendo una cosa, profe —comentó, frunciendo el ceño—. En tu horario de tareas que acabas de contarme, no mencionas nada sobre tu esposa.

—Anda, ¿y eso qué te hace pensar? —le preguntó, arqueando una ceja.

—Pues... o que no haces nada con tu mujer en todo el día, o que llevas un anillo de boda para decorar tu dedo. ¿Cuál de las dos razones es correcta?

—No has mencionado la tercera razón.

Cleven levantó la vista hacia él rápidamente. Al principio no entendió lo que quería decir, pero aquella respuesta había sonado con mucho abatimiento, y el tutor intentaba disimularlo con aquella expresión risueña de siempre. Cleven sospechó cuál debía de ser la tercera razón, que ya no había esposa. Pero no quiso comentar nada más.

Él miraba los jardines del recinto a través de la ventana, también sin comentar nada más. Si no tuviese las gafas puestas, Cleven juraría que vería en sus ojos algo totalmente contrario a lo que representa una sonrisa. Sin embargo, no estaba completamente segura de todos los matices de esa tercera opción, por lo que decidió no dar conclusiones demasiado rápido.

El momento de silencio duró hasta que los dos vieron por el rabillo del ojo al director Suzuki acercándose a ellos. Su charla con el otro chico había acabado y este se estaba poniendo el abrigo y cogiendo su mochila para irse. Por un momento, Cleven, no supo por qué, se quedó mirando a aquel chaval al otro lado de la sala, pero él se puso la capucha de su sudadera, ocultándose la cara una vez más, y se marchó, pasando desapercibido entre todo el mundo.

Se vio a sí misma en la inopia de nuevo, observando la puerta por donde había salido ese chico, hasta que algo la sobresaltó de golpe.

—¡Como no vuelvas a prestar atención en las clases, tendré que darte algún castigo, incluso llamaré a tus padres para contarles lo mal que va su hija, te lo aseguro! —exclamó Denzel.

Su tutor la estaba gritando. Aquel hombre con el que acababa de entablar una conversación tan extraña la estaba riñendo de mala manera. De pronto parecía uno de esos viejos profesores gruñones que, irónicamente, él mismo había criticado muchas veces. Se quedó sin habla, no entendía qué estaba pasando.

—¡Tienes que estudiar a diario y hacer tus tareas, además de atender en clase! ¿Me has oído? —continuó su tutor, señalándola con un dedo amenazador—. ¡Si no, te mandaré el doble de deberes! ¡Como no mejores tu comportamiento, solo empeorarás tu situación!

—¡Sí, señor, sí, señor! Ya lo has oído, jovencita —asintió el director Suzuki.

Cleven se dio cuenta de pronto de que el viejo director estaba de pie junto a ellos, con una expresión orgullosa en su rostro, observando cómo el tutor de la clase 2-A ejercía su trabajo. Cleven pudo cerrar la boca por fin, saliendo de su asombro.

Había algo que muy pocos alumnos sabían sobre el director Seiji Suzuki, y es que, en el lado derecho de su coronilla, medio oculta bajo una calva incipiente, había una alargada cicatriz de doce puntos. Los alumnos rumoreaban varias historias sobre ella, y la más popular era que un alumno rebelde se la hizo tirándole una botella a la cabeza. Claro, ¿qué sino? El director era un viejo cascarrabias, un insoportable, un idiota, evidentemente porque se dedicaba a imponer normas, a enseñar modales, valores y moral, y a hacer incómoda la comodísima vida de muchos adolescentes que querían todo fácil. Y por eso, al parecer, merecía un botellazo en la cabeza.

Una vez más, las cosas no eran como aparentaban. El director era un viejo cascarrabias, un insoportable, un idiota, por haber creado con sus propias manos y ahorros un centro de enseñanza que acogía a cualquier persona, fuera de la raza, del país o de la clase social que fuera; por dedicarse a mostrarles a los ilusos jóvenes cómo era el mundo real al que algún día se enfrentarían; por asegurarse de que todos pudieran labrarse un futuro sin que las universidades los juzgaran por su nivel intelectual o su nivel de renta.

Era un cascarrabias, insoportable e idiota, por dejar que un miembro de la Yakuza le partiera la cabeza con una barra de metal hace diez años para salvar la vida de una niña pequeña.

—Obedece a tu tutor y compórtate como es debido, señorita Vernoux —añadió el viejo director y dirigió su mirada hacia el hombre—. Muy bien, Denzel, así se hace. Me tranquiliza saber que usted puede disciplinar a estos alborotadores como es debido. Ojalá hubiese más profesores como usted, con la fuerza suficiente para poner orden entre sus alumnos. Buenas tardes.

El director dio media vuelta, con las manos cogidas tras la espalda, y salió como un soldado de la sala, perdiéndose de vista, seguido de los demás profesores que ya habían acabado con sus papeleos. Sólo quedaban ellos dos en la sala y un profesor que estaba a punto de marcharse, y mientras este recogía su cartera, no paraba de lanzarle miradas inquisitivas a Denzel, con recelo. Denzel fue consciente de ello.

—Muy bien, señorita Vernoux —dijo, poniéndose en pie e indicándole a su alumna que hiciera lo mismo—, ya hemos acabado, espero haberte dejado claro lo que te he dicho. —Su tono seguía siendo estricto y cargado de malas pulgas; la acompañó hacia la puerta y se detuvieron ante ella para dejar que el otro profesor saliese primero—. Si das más problemas tendré que castigarte y… y…

Se calló al instante, justo cuando el otro profesor se había perdido de vista y quedaban ellos dos solos en la sala. Denzel suspiró con cansancio. Cleven estaba muy confusa y contemplaba a su tutor con la cara torcida.

—Ah, ¿qué pasa? —preguntó Denzel al verla así—. Te has quedado tiesa, ¿estás bien?

Cleven sacudió levemente la cabeza, volviendo a la realidad, y lo miró con cierto enfado.

—¿Por qué me has gritado de esa manera, así, de repente?

—¡Oh, perdona! —se rio el hombre—. No iba en serio, de verdad, es que quiero que el director me aumente el sueldo. —Cleven se quedó estupefacta—. Entiéndelo, debo actuar como él espera, ya sabes, para caerle bien y eso... Pero en realidad no soy así.

—No, si ya me he dado cuenta.

—Sí, oye, pero no se lo digas a nadie.

—Eres raro —le espetó—. ¿De verdad eres un profe?

—Vernoux —le sonrió más suavemente, llevándose su cartera al hombro—. Lo que te he dicho sobre que atiendas en clase y que estudies iba en serio. La vida es complicada, hay muchas cosas malas en ella, difíciles de superar. Sé que las cosas en tu casa no van muy bien…

—No es que vayan ni bien ni mal —le corrigió Cleven—. Es que directamente no van. Nada va. Nada funciona, nada sucede. Nada se mueve, nada avanza… nada cambia…

Denzel la miró apesadumbrado al oírla describirlo de aquella manera. Él sabía muy bien lo que pasaba en la familia de Cleven. De hecho, sabía muchas más cosas que ella. Y le entristecía no poder explicárselas.

—Entonces, mejorar tus estudios es lo único en lo que tienes control, ¿no crees? —insistió él, y ella lo miró—. Es lo único que por ahora puedes hacer funcionar. Avanzar, mover y cambiar. ¿No quieres saber qué se siente cuando logras por fin un cambio tras años de estancamiento? La satisfacción… es revitalizante.

Cleven frunció el ceño. La verdad es que algo en esas palabras llegó a producirle una leve intriga. Quizá un leve “ojalá” de una parte de ella, muy pequeña, que todavía se niega a rendirse.

—Estudiar y aprobar puede verse como un problema, o como un reto. Un problema y un reto son dos cosas muy distintas. Tú puedes elegir cómo verlo. Muchas de las cosas de esta vida no son lo que son, sino lo que queremos que sean. Y es cuando debemos decidir, ¿quiero que sea algo que me controla, o algo que controle yo?

—Hahh… —suspiró Cleven, alicaída—. ¿Y para qué? ¿Y cuál es el fin? Controlar tu vida o que tu vida te controle… ¿qué más da? ¿Qué tiene de bueno que algo decepcionante te controle, o qué tiene de bueno controlar algo decepcionante?

—Cleven… ¿por qué crees que te haces estas preguntas?

—¿Por qué me haces tú hacerme estas preguntas?

Denzel soltó una risa suave, y le puso una mano en el hombro.

—¿Por qué no intentas averiguar la respuesta y descubrir qué tiene de bueno? Quizá te sorprenda descubrir que algo bueno hay.

Cleven no dijo nada. No sabía qué decir. Se encogió de hombros.

—¿Vas a sermonearme más?

—¿Eso sientes que he estado haciendo?

Ella volvió a quedarse callada unos segundos.

—Bueno… no… Sé que tratas de ayudar. Eres el único adulto que me habla, me pregunta y me escucha, y no sólo me habla y habla y habla.

—Gracias por apreciarlo. Mira, Vernoux. En verdad puedes hacer lo que te dé la gana. Nadie te pone una pistola en la cabeza. Pero no viene mal escuchar experiencias o consejos de otras personas para facilitar tus decisiones sobre lo que vas a hacer o no. Escoge libremente. Y prueba cosas. Alguna, al final, dará resultado.

—¿Para qué? ¿Qué resultado, aprobar los exámenes?

—Hm, hm… no… —volvió a reírse suavemente, y se inclinó más hacia ella para mirarla fijamente tras sus gafas negras—. Dejar de sentirte miserable.

A Cleven se le hizo un nudo en la garganta. Miró al suelo, con ojos algo humedecidos y cansados. No era porque esas palabras de Denzel le hicieron sentirse mal ni la ofendieron. Al contrario. Alguien por fin entendía un poco lo que ella se avergonzaba tanto de reconocer en voz alta. Al final, Cleven volvió a levantar la cabeza, y tenía una sonrisa más animada.

—¡Ay! Me voy, tengo prisa —declaró Denzel, saliendo por la puerta mientras echaba un vistazo a su reloj.

—¿Prisa para jugar al Pro Evolution Soccer? —preguntó Cleven, asomándose al pasillo.

—¡Qué va, eso los domingos! ¡Me van a cerrar mi panadería favorita y me voy a quedar sin mis pastas para el té! ¡Como buen inglés que se precie, no puedo permitirlo! —respondió, alejándose por el pasillo a todo correr—. ¿Cómo es? Au revu!

—¡Se dice au revoir! —se rio ella.

Cleven sonrió. Ese hombre de verdad le resultaba muy extraño, todo el tiempo. Y es que no era sólo por su aspecto, su forma de comportarse o su modo diferente de tratar con los alumnos… Había algo en él, que no se apreciaba a simple vista. Cleven tenía una sensación. No es que Denzel fuese diferente, es que realmente parecía ser diferente, es decir, literalmente diferente al resto del mundo, todo él, toda su persona y naturaleza. Ella agradecía que fuera él su tutor durante este curso y no otro.

—Siento haber tardado —se disculpó al ver que sus dos amigas la habían estado esperando, y las tres emprendieron la marcha, cobijadas bajo el paraguas de Cleven.

—¿Qué? ¿Ha sido un pesado? —preguntó Nakuru mirando a su amiga.

—No… Bueno… Lo de siempre —contestó. No le apetecía detallar todo lo que había pasado, con decir “lo de siempre” sus amigas ya entendían y no comentaban nada más al respecto.





Comentarios

  1. ¿COmo es psoible que aun recuerde cosas y al mismo tiempo todo me sea nuevo? Se siente como la priemra vez de algun modo xD
    Recuerdo cosas de los libros ultimos que me lei asique vovler a recordar todod esto cuando la cosa aun estaba tranquila es increible, esos matices que estaban ahi y luego ves el motivo es increible.

    Cleventine loquisima me encanta como personaje, es tan ella.

    Neuval, dios mio gran personaje, de mis rpeferidos, junto a otros que aun quedan por salir mas adelante, como Drasik, le tengo tremendo cariño a ese personaje a pesar de de todo. Esta fue durante e mucho tiempo mi saga favorita y los egruai siendo y me he apsaod años recomendandosela al gente para leer sin descanso.

    Espero que puedas seguir publicando las actualizaciones.

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