1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
—Hasta la próxima, Misae —se despidió Hana—. Gracias por dejarnos la cena preparada.
—Como siempre un placer, señorita Kotobuki —contestó la mujer mientras bajaba las escaleras del porche y se ataba bien el abrigo—. Seguiré disponible esta semana festiva, por si el señor Vernoux y usted necesitan que les prepare más comida cualquier día.
—Estupendo, la avisaremos en tal caso. No olvide que usted también nos tiene aquí por si necesita algo para los cuidados de su madre, o para cualquier otra cosa. Espero que su madre se mejore pronto, Misae.
—Muy amable —sonrió la señora y se despidió con una inclinación.
Hana la vio salir del jardín justo cuando un lujoso coche de la marca Hoteitsuba color gris paró junto a la acera, frente a la casa. Un hombre grande, de elevada edad, con su cabello blanco de punta y vestido con un elegante traje, bajó del vehículo y, al ver a Misae, le dedicó una breve inclinación como saludo, que ella respondió de la misma forma. Cuando la mujer ya se marchó por la calle, el viejo Lao se giró hacia la casa, en cuyo porche Hana lo miraba con cara de reproche y de brazos cruzados.
—Veo que vienes solo —le dijo al viejo.
Lao mostró una sonrisa nerviosa; pasó por la verja, que era de baja estatura, y cruzó el jardín hasta pararse frente a las escaleras del porche. Ambos permanecieron un largo rato en silencio. La mujer no escondía un cara de gran impaciencia, pero él miraba hacia el cielo.
—Qué tarde tan bonita… —comentó.
—¡Lao! —saltó Hana con gran enfado—. No estoy para evasivas, ¿me oyes? ¿Has venido aquí para decirme “qué tarde tan bonita”? Porque si es así, ya puedes dar media vuelta antes de que te dé una patada.
—Eh, ya… —balbució, rascándose la nuca, pero enseguida adoptó su cara más seria—. Vale, Hana —murmuró, poniendo todo el dramatismo que pudo—. Uf… esto es difícil de decir. Mira, Neuval… uf… Neuval se ha largado a París con una de sus guapas secretarias y no va a volver.
—¿¡Qué!?
El viejo posó las manos en sus hombros, abatido.
—Sí… Horrible, ¿verdad? —casi sollozó—. Será mejor que a partir de ahora vayas por la calle con un buen sombrero en la cabeza.
—¿Por qué? —saltó.
—Por los enormes cuernos que te han puesto, querida.
—¡Ya está bien! —estalló la mujer con furia, dándole un empujón a Lao, el cual se estaba partiendo de risa—. ¡Como no me digas ahora mismo dónde está Neu, le diré a toda la empresa lo de tu informe secreto!
—¿Ein? —paró de reír, y volvió la vista hacia ella con ojos como platos—. ¿Mi qué?
—Sé que estás trabajando en algo últimamente —le explicó amenazante—. Aquella vez que entraste en mi despacho, te llevaste esa carpeta negra. Sí, sí, no me mires así, que me di cuenta.
—Pero si yo no… —titubeó, mirando hacia los lados.
—Mira, me da igual qué es eso que estás tramando en la empresa, pero estoy segura de que no te gustaría nada que alguien más se enterase.
—Vale, vale, vale… Entendido. Bueno, verás… mm… es que resulta que… a Neuval lo han secuestrado.
—¿¡Qué!?
—¿Te acuerdas de que no quiso vender sus acciones a la empresa de Novtek y que el señor Hibiya se enfadó mucho por eso? —preguntó, abriendo mucho los ojos—. Pues ha enviado a los yakuzas para secuestrarlo y darle un escarmiento.
Hana se lo quedó mirando con la boca abierta y una ceja levantada.
—¿Te he dicho ya las ganas que tengo de patearle el culo a alguien?
—¿Que no me crees? —saltó Lao con exagerado sentimiento de ofensa.
—¿¡Cómo puedes bromear sobre una cosa así, Lao!? ¡Teniendo en cuenta lo que el pobre Neuval sufrió de pequeño!
Lao se quedó ojiplático en ese momento, asimilando ese dato.
—Espera… ¿Te lo ha contado?
—¿Que recibió maltratos desde que nació? ¿Que huyó de su hogar? —procuró hablar en voz baja por si acaso mientras enumeraba—. ¿Que cuando lo conociste estaba malviviendo en las calles de Hong Kong con apenas 10 años, y durmiendo sobre unos cartones en un callejón junto a la basura? ¿Y que lo raptaron y le hicieron cosas horribles junto a otros niños? Hace ya un año que me lo contó, Lao.
El viejo volvió a quedarse ojiplático, casi pareció congelarse.
—¡Eso… son unas cosas muy personales de él! ¿¡Cómo ha acabado contándotelo!? ¡Él nunca habla de eso!
—Bueno, mi pasado tampoco es que fuera bonito, él se sintió cómodo contándome aquello porque yo entiendo de esas mierdas de la vida. Y además, si me iba a quedar con él y a empezar a trabajar en vuestra empresa con vosotros dos, necesitaba preguntarle y entender cómo un niño francés como él acabó siendo el hijo de un chino como tú. Me dijo que tú lo rescataste de aquel terrible lugar y que lo adoptaste en tu familia. Y que por eso te adora y te considera un héroe y el padre más auténtico y magnífico del mundo.
Ahora Lao se quedó conmovido por esas últimas palabras, y se rascó tímidamente la mejilla mientras se sonrojaba con modestia.
—Oy… ¿Neu te dijo eso de mí? Qué majo…
—Kei Lian, por favor —insistió Hana, y esta vez su voz sonó desesperada y muy preocupada—. Dímelo. ¿Le ha pasado algo a Neu? ¿Está bien? Sea lo que sea, lo asumiré, pero tiene que ser la verdad, ¿de acuerdo?
Lao guardó un silencio más serio, y también apesadumbrado. Ese era el problema, siempre era el mismo problema, no poder decir la verdad. Incluso para un iris como él, que llevaba siéndolo décadas, desde que era ya muy pequeño, se había acostumbrado a mentir a los humanos que desconocían la existencia de la Asociación por el bien y la seguridad de ambas partes, pero no por ello había dejado de sentirse mal cuando se trataba de mentir a alguien cercano o a un ser querido.
Lo lamentaba en el alma, pero no podía decirle la verdad a Hana. Sin embargo, necesitaba contarle algo que la convenciera de que era verdad y explicase por qué Neuval estaba ausente.
—Está bien, Hana, lo siento —habló más serio y calmado—. Neuval ha estado en mi casa.
—Vale, pero ¿por qué?
—No puedo darte muchos detalles. Por lo visto, hace poco recibió una inesperada llamada de Jean. Y claro... ha sido un golpe muy duro, ¿comprendes? Neuval necesita pensar.
—¿En serio? —se sorprendió, llevándose una mano a la boca—. ¿Ha recibido una llamada… de Jean? ¿Pero qué le ha dicho? ¿Cómo ha dado con Neuval después de tantos años?
—No puedo darte detalles, es más, Neu tampoco es que me los haya dado a mí... Pero escucha, deja que se tranquilice un tiempo, ¿vale? Volverá a casa en menos que canta un gallo. Y, ya que está conmigo, los dos vamos a encargarnos de encontrar a Cleventine mientras tanto.
El viejo cerró la boca y a partir de ahí esperó, atento, sin quitarle la vista de encima a la mujer. Hana acabó por suspirar y se frotó un poco los ojos.
—Joder, pobre Neu, siempre le pasan tantas cosas malas... —murmuró apenada—. En fin. De acuerdo. En ese caso... me quedo más tranquila. Y por favor, encontrad a Cleven antes de que le pase algo, ¿vale? Aunque creo que sería mejor llamar ya a la policía...
—Juas... —rio con ironía—. La policía, la policía... Tranquila, déjanoslo a nosotros.
—¿Por qué Neuval y tú siempre le tenéis tanto desdén a la policía y a los asuntos del Gobierno? —se extrañó—. Siempre soltáis comentarios de ese tipo.
—Heheh... buenas tardes —se despidió de ella rápidamente, dándole una palmada en el hombro, y se volvió a meter en su coche. «Tal vez no debería haber usado el nombre de Jean para una mentira» pensó, «Pero hay pocas cosas que engañen a Hana, necesitaba algo para que tragase».
Hana se metió adentro, cerrando la puerta tras ella y, mientras subía a su habitación, caviló preocupada sobre el asunto de Neuval y de Cleven. Cuando pasó de largo la puerta del salón, Yenkis desvió la mirada de la televisión para verla pasar por un breve instante, al mismo tiempo que Evie, sentada a su lado en el sofá, estiraba los brazos.
—Uah, me ha encantado la peli —dijo sonriente.
—Cuando quieras te la presto —contestó el niño mientras se ponía en pie, y cogió su bandeja de la merienda.
Evie lo siguió hasta la cocina también con su bandeja y las dejaron sobre una de las repisas. La chica observó a su amigo en ese momento, pues tenía una cara algo rara.
—Dime, ¿dónde está tu hermana? —quiso saber, apoyándose contra la mesa de la cocina.
—¿Eh? Ah, no lo sé —mintió—. Pero ahora no es eso lo que me preocupa.
—Vaya —sonrió con sorna, cruzándose de brazos—. Ya estás dándole vueltas a algo, ¿eh? Cuéntamelo.
—Es sobre mi padre.
—Jo, menuda novedad, Kis —se rio.
Yenkis levantó la mirada y le sonrió a su amiga con astucia. Repentinamente, y para sorpresa de ella, la cogió de la mano y la guio hacia el piso de arriba, en dirección a su habitación. A Evie se le subieron los calores, empezando a pensar demasiado por el hecho de que el chico que le gustaba la había agarrado de la mano y la estaba subiendo hacia su habitación.
—¿Qu-qué haces? —preguntó nerviosa.
—¿Investigas conmigo? —sonrió él, soltándola cuando se adentraron en el cuarto, y se dirigió directamente hacia una repisa acolchada al pie de una de las ventanas de su habitación.
Cuando Evie lo vio quitando el acolchado de la ventana, desencajando una tabla suelta del suelo y sacando un extraño cubo del tamaño de una pelota de golf, se tranquilizó, entendiendo que la cosa no iba por donde ella estaba pensando. «Estoy paranoica» pensó. Después de haber dejado las cosas en su sitio, Yenkis se levantó del suelo con su cubito en la mano y lo alzó a la vista de su amiga mientras pasaba de largo.
—¿Otro de tus inventos? —preguntó curiosa, siguiéndole de nuevo al piso de abajo.
—Ssh —le susurró, señalándole hacia la habitación de Hana al final del pasillo, que tenía la puerta medio abierta y se veía a la mujer sentada en su escritorio frente a su ordenador, trabajando.
Evie asintió en silencio y bajaron las escaleras.
—No me lo digas —susurró la chica a sus espaldas—. Vamos al despacho de tu padre.
—Correcto —sonrió, al mismo tiempo que se metían por otro pasillo de debajo de las escaleras, a oscuras—. Bueno, ya te conté hace tiempo lo del misterioso pasado de mi padre que quiero descubrir —comenzó a explicarle—. Como él no dice nada, voy a colarme en su ordenador personal.
—¿Y qué te va a contar ese ordenador?
—Ya estuve unas cuantas veces en su ordenador a escondidas. Vi que tenía lo normal, programas de diseño, de tecnología, carpetas con los informes de su empresa, etcétera. Pero, además, en una de las carpetas de seguridad del disco duro, vi que tenía cientos de archivos de todo tipo, a los cuales no me permitía acceder sin una contraseña.
—Ah, ya —comprendió al instante—. Y has fabricado ese aparatito para descubrir lo que contienen. ¿Tú crees que esos archivos van a tener algo relacionado con el pasado de tu padre? No sé yo...
Cuando llegaron al final del pasillo, Yenkis corrió una puerta de cristal que daba a otro pequeño vestíbulo que conectaba con la puerta del jardín trasero, y lo cruzó hasta pararse frente a la puerta cerrada del despacho de su padre.
—Todo lo que oculte está relacionado con eso, estoy convencido —contestó el chico, señalándole a su amiga hacia abajo.
Evie se percató de una pequeña tira de papel pillada entre la puerta y el marco, sujeta a unos pocos centímetros del suelo. Cuando Yenkis la abrió, el papelito cayó al suelo.
—Vaya, cuánta desconfianza —murmuró Evie.
—La pone cada vez que no está en casa, para saber si alguien ha entrado en el despacho en su ausencia —le explicó, sentándose tan pancho en la silla del enorme escritorio—. Si la ve en el suelo es que alguien ha entrado, como acabas de ver. Incluso ha puesto un papel muy pequeño para evitar que alguien se dé cuenta con facilidad, pero conmigo no funciona. Cuando salgamos, debemos poner el papelito donde estaba, justo a cinco centímetros del suelo.
—Me extraña que tu padre, conociéndote, no usase un método más eficaz de seguridad —opinó la chica, arrimando una silla al lado de su amigo frente al ordenador.
—Bueno —se encogió de hombros, encendiendo el aparato—, supongo que no se le ocurre otro método, o bien no piensa que yo vaya a atreverme a tanto.
—¿Y qué? ¿Es la primera vez que vas a probar ese cubo? ¿Qué es lo que hace?
—Pues verás —se rascó la cabeza—. Hasta ahora he conseguido que se encienda, que se conecte al dispositivo que tiene más cerca, que responda a mi orden de voz y que copie y almacene lo que yo le diga del otro dispositivo, sin que este detecte que mi cubo se ha conectado a él ni deje rastro alguno del robo.
—¡Ah, pero eso es lo que querías! ¿No? Lo dices como si le faltara algo.
—Le falta algo —afirmó—. Necesito que robe archivos, pero que lo haga sin el bloqueo de seguridad que llevan consigo. Por mucho que yo pueda copiar los archivos de mi padre en mi cubito, cuando los pase a mi ordenador e intente abrirlos en él, me saltará una ventana de bloqueo. Así que necesito que mi cubito sepa robar los caramelos de mi padre pero sin la envoltura que los protege.
—¿Por qué tiene el cubito que hacer eso, por qué no tu propio ordenador?
—Era de esperar que mi padre usase el mejor programa del mundo para proteger sus archivos, y dicho programa fue creado por mi madre. Eso quiere decir, por lo que he leído en los cuadernos de mi madre, que cuando yo pase los archivos protegidos a mi ordenador e intente abrirlos en él, el programa de seguridad que llevan consigo no sólo bloqueará mi ordenador entero, sino que además enviará una señal de aviso al ordenador de mi padre, donde él tiene configurado que sólo ahí pueden ser abiertos.
—¿Y entonces por qué no los abres en el mismo ordenador de tu padre ahora que puedes?
—Porque, de igual forma, el programa registra en su historial de acciones que tal archivo se ha abierto en su ordenador a tal hora en tal fecha. Él sabrá si uno de sus archivos protegidos ha sido abierto, y como no ha sido él, sabrá que otra persona lo ha hecho.
—Oh... Caray, Kis, ni que tus padres hubiesen sido espías.
—Yo creo que es totalmente comprensible tanta seguridad, teniendo en cuenta que la empresa de mi padre es gigante, mundialmente conocida, y que tratan con cosas peligrosas o delicadas, como armas, vehículos de tierra, mar, aire y espacio, sistemas de seguridad y todo tipo de tecnología...
—¿Cómo harás entonces para que tu cubito sepa llevarse los caramelos del ordenador de tu padre libres, sin la envoltura puesta?
—Llevo tiempo intentando hacerme con un programa aparte que permite separar los archivos del programa de seguridad que los envuelve. Conozco a alguien que dice que lo tiene.
—Espera, pero si el programa de protección lo hizo tu madre y es el mejor del mundo...
—Es que resulta que este programa que anula la protección del programa de mi madre... también fue creado por mi madre —se rio.
—Guau, Kis... Tu madre era tan guay... —admiró Evie—. O sea que tu madre creó un programa protector, y también el programa "desprotector".
—Todos los programadores hacen eso. Crean tanto la cerradura como la llave. Crean el escudo y también la espada que puede atravesarlo. Lo importante es que el escudo que hacen debe ser impenetrable por cualquier otra espada, pero crean en secreto su propia espada capaz de penetrar su escudo. Recuerdo a mi padre decirme, cuando empecé de pequeño a interesarme por inventar o construir aparatos, que "ninguna creación ha de ser jamás absoluta. El arquitecto que crea el muro más sólido del mundo siempre debe dejar una piedra débil. Porque nunca se sabe". Yo no entiendo muy bien lo que quería decirme con eso, pero supongo que es una regla que mi madre cumplía con sus programas.
—Supongo que tu padre se refería a que es peligroso darle el poder absoluto a algo. Y siempre es mejor otorgarle un punto débil. Un "por si acaso". Como el botón de autodestrucción cuando las cosas se ponen feas.
—Sí... creo que tienes razón. Me encanta hablar de estas cosas contigo, Evie, no todos me entienden tan bien —Yenkis la miró a los ojos con una sonrisa cálida.
Evie se sonrojó hasta las orejas y miró hacia sus rodillas con vergüenza. No era sólo por su sonrisa, su atractivo, su inteligencia o sus ojos plateados, Yenkis poseía además un aura que hechizaba, atraía y embaucaba. Como un ángel, o un ser de otro mundo.
—Voilà! —exclamó el niño de repente, sobresaltándola.
—Ah, eh... ¿qué pasa?
—Ya he copiado las carpetas prohibidas de mi padre en mi cubito. Esperaré a tener el otro programa para quitarles el envoltorio dentro del propio cubito.
—Dime, ¿quién tiene ese programa de tu madre que anula el programa de protección de tu madre? ¿No se supone que sólo ella o tu padre deberían tenerlo?
—Hm... —sonrió con un deje de fastidio—. Ya, bueno... Sin duda ese código se halla en alguno de los miles de cuadernos de mi madre en la vitrina del sótano, pero podría llevarme semanas o meses encontrarlo, o una eternidad, ya que no sé cómo se identifica. Por lo que he podido ir averiguando por ahí desde los últimos meses, resulta que hay más gente que conoce acerca de los programas de mi madre. Y al parecer, yo conozco a alguien que resulta tener el código antiprotección de mi madre. Y me lo va a prestar.
—¿No me dices quién es? ¿Yo lo conozco?
«Taiya Miwa» pensó el niño para sus adentros, entornando los ojos. «Ya no es sólo lo mucho que me extraña que un chico de 14 años de último curso de la secundaria inferior tenga un programa de protección excesivamente caro y exclusivo que solamente grandes corporaciones, los Gobiernos y los militares usan, sino que mucho más chocante es que él mismo sepa que ese programa es de mi madre. ¿Cómo demonios sabe Taiya quién fue mi madre? Me dijo que él también guardaba archivos confidenciales en su ordenador, usando el mismo programa de ella que también usa papá. Cuando le dije para qué quería ese programa, cuando le mencioné el nombre de mi padre, recuerdo que se me quedó mirando con una cara muy extraña».
“¿Los archivos confidenciales de Neuval Vernoux?” recordó Yenkis que Taiya le preguntó en aquel momento. “Jaja, que tengas suerte, aunque tal vez no deberías meterte en esas madrigueras. Vaya, no sabía que tu padre aún los guardaba...”. «Y de mi padre también hablaba como si lo conociera bien» se mosqueó aún más el niño.
Yenkis se quedó un buen rato con la mirada en el vacío, e Evie lo observó con extrañeza.
—Kis... Kis... —lo llamó, meneándole el hombro.
—Ah, perdona —sonrió—. Voy a ver una cosa —cambió de tema y colocó la mano sobre el ratón.
—¿No has terminado ya con tu cubito? Por cierto, me gusta el nombre de "cubito", lo puedes bautizar así. ¿Vas a buscar algo nuevo ahora?
—Cuando estábamos acabando de ver la película, durante unos segundos oí a Hana hablando en la puerta de la entrada con el señor Lao, el viejo que trabaja con mi padre. Mi padre ha estado ausente hace poco, ni Hana ni yo teníamos noticia de él. Pero el señor Lao le ha dicho que mi padre ha recibido una llamada de un tal Jean, y que eso le ha afectado mucho, y que por eso está en casa de Lao.
—¿Un tal Jean? ¿Será un empleado de Hoteitsuba o un empresario de la competencia que le crea problemas?
—No lo creo. Cuando Hana oyó ese nombre, oí cómo se sorprendía. Ahora quiero saber... quién es Jean.
—¿Vas a poner "Jean" en el buscador? A saber cuántas personas en el mundo se llaman así, Kis. Necesitarías un apellido, ¿qué vas a hacer?
—Pues no sé... —vaciló, tecleando el nombre y le dio a enter—. Pero al menos puedo comprobar si es alguien importante e indagar si tiene alguna conexión con mi padre o con su empresa o lo que sea.
Ambos vieron numerosos apartados con el nombre de Jean acompañado por un apellido diferente. Unos eran actores, otros músicos, otros personajes importantes, políticos, etc. Yenkis revisó cada uno de los apartados, intentando hallar alguna conexión lógica, mientras que Evie apoyaba la cabeza en una mano, aburrida, sabiendo de sobra que no iba a encontrar nada.
Durante los siguientes minutos estuvieron en silencio. Mientras Yenkis buscaba por docenas de páginas, Evie se entretuvo con un rompecabezas que había sobre la mesa.
—Oye, ¿por qué no lo dejas? —se impacientó la chica tras veinte minutos, dejando el rompecabezas de nuevo en su sitio—. Es francamente imposible que... ¿Kis?
Evie se inclinó un poco más sobre su asiento para ver bien su cara. Yenkis parecía estar paralizado. Miraba a la pantalla fijamente, con los ojos muy abiertos, mostrando una gran sorpresa e incluso su ojo izquierdo comenzó a brillar tenuemente.
—¿Qué pasa? —se extrañó su amiga, y entonces miró a la pantalla—. ¡Anda! Pe... ¿¡Qué!? ¡Tu apellido!
Estaba en una página de un periódico que, a juzgar por su título, era francés. En ese momento, Yenkis estaba mirando un artículo muy antiguo de ese periódico que habían publicado en internet junto a muchos otros. En mitad de la pantalla había una foto de un hombre. Un hombre de pelo castaño claro y con una barba corta. Tenía una mirada fría, con unos ojos que parecían esferas de hielo gris. Sólo se mostraba su rostro en el recuadro, y junto a él había un texto.
—¿Qué es lo que pone? —preguntó ansiosa, meneándole el hombro—. Kis, léelo, es tu segundo idioma, yo no entiendo nada. ¿Qué dice?
Su amigo se mordió el labio inferior, sin apartar la vista de la pantalla. Tardó un poco en reaccionar.
—Hombre de 37 años asesina a su hija mayor en su casa... —comenzó a leer lentamente en el encabezado, y continuó abajo—. Jean Vernoux.
En ese momento, Evie miró a Yenkis con la boca abierta.
—Hombre parisino, con pareja y dos hijos —prosiguió el chico—, mata a su hija mayor de 15 años, Monique Vernoux, tras una supuesta disputa familiar. El arma utilizada fue una escopeta común. Disparó una vez, a la altura del estómago, lo que acabó con la vida de su hija. Jean Vernoux presentaba varios diagnósticos años atrás con síntomas de psicopatía y trastornos de personalidad... y... A la mañana siguiente del asesinato, cuando la vecindad denunció el disparo, la policía se encontró con el señor Vernoux inconsciente en el suelo cerca el cadáver de su hija y el arma utilizada en el asesinato, presentado incontables heridas, hematomas y fracturas en los huesos, resultado de una paliza a muerte... cuyo responsable se desconoce por completo. Sólo se sabe que la paliza fue realizada después del asesinato. Jean Vernoux fue hospitalizado, llevado a juicio y condenado a 30 años de cárcel...
No pudo continuar, aunque el texto seguía más abajo. Aquello era totalmente surrealista para él. Evie vio que se llevaba una mano a la boca, mostrándose nervioso y contrariado.
—¿Crees... que puede ser un pariente tuyo? —le preguntó la chica, sin salir de su asombro—. ¿Lejano?
—No lo creo —contestó secamente, reflexivo—. Creo que más bien es... muy cercano. Mi padre nunca nos ha mencionado nada de que tenga parientes en algún lugar del mundo. Empiezo a sospechar la razón.
Evie no preguntó nada más, más que nada porque veía al chico con la cabeza demasiado ocupada, pensando, como para interrumpirle. Yenkis le había contado, y solamente a ella, que ni él ni su hermana sabían nada sobre el pasado de su padre. Sólo sabían que nació y vivió en París, pero ¿durante cuánto tiempo? ¿Cuándo se había mudado a Japón, y por qué tan lejos? ¿Quién era su familia?
Por lo visto, su padre se vino a Japón a los 20 años de edad, justo en el año en que se casó con Katya. ¿Y antes de eso? ¿Cómo una persona tan joven había llegado tan alto solo? ¿O es que no estuvo solo antes y después de mudarse a Tokio? No había noticia ni rumor alguno de que su familia parisina estuviese con él en aquel momento.
Inesperadamente, se oyó el crujir del suelo en el piso de arriba, justo sobre sus cabezas, donde se encontraba la habitación de Hana y de su padre. Yenkis pegó un bote en la silla y se apresuró a apagar el ordenador, después de haberse guardado su cubito bajo la camiseta, e Evie, al tanto de la situación, fue a dejar la silla que había cogido en su sitio con cuidado.
—Hana ha salido de su habitación —comentó Yenkis, mientras colocaba el ratón cuidadosamente justo como estaba antes de tocarlo e igual hizo con la silla—. Será mejor que salgamos de aquí antes de que baje las escaleras.
Evie salió del despacho antes que su amigo. Yenkis cerró la puerta tras él y volvió a colocar el papelito entre la puerta y el marco a cinco centímetros de altura exactamente. Haciendo el menor ruido posible, cruzaron el vestíbulo y recorrieron el pasillo a toda prisa. Pero, nada más salir al vestíbulo principal por la puerta que estaba detrás de las escaleras, pegaron un frenazo al ver a Hana acabando de bajar el último escalón.
Los dos niños se mordieron la lengua y contuvieron la respiración. La mujer giró a la derecha, adentrándose en el comedor en dirección a la cocina. Aprovecharon ese momento para correr hacia el salón, donde debían estar. Sin embargo, nada más pasar frente a la puerta principal, se oyó el timbre, lo que hizo que pegaran un brinco del susto, quedándose tiesos en el sitio. No tardó en aparecer Hana en el vestíbulo, y los vio ahí como estatuas.
—Anda, ¿dónde os habíais metido? —les preguntó, yendo a abrir la puerta.
—Eh… —vacilaron.
—Oh, buenas tardes, Viernes, ¿qué tal? —saludó Hana a la mujer que había en la puerta.
—Muy bien, Hana, gracias —sonrió—. Vengo a llevarme a Evie, que vamos a cenar pronto hoy.
—Ah, claro.
Viernes era la vecina de al lado, la madre de Evie. Vestía con traje de falda, blusa, medias y zapatos de tacón, por lo que debía de haber llegado hace poco de su trabajo en una oficina de seguros. Tenía un cabello largo, de un castaño ceniza y ondulado, y una mirada cansada pero inteligente y analizadora. Siempre llevaba un semblante serio, a veces intimidaba, pero así era ella de normal. Aun así, era una mujer amable y con una educación y una disciplina exquisitas, y cuando sonreía lo hacía de forma moderada.
Hana no se dio cuenta, pero, por un instante, el ojo izquierdo de Viernes emitió un diminuto brillo anaranjado.
—Gracias por tomarte la molestia, Hana —le agradeció la madre de Evie—. La próxima vez, que se venga Yenkis a merendar a mi casa, que mi hija abusa mucho de vosotros…
—¡Qué va, para nada! Evie es estupenda y siempre ayuda mucho, puede venir siempre aquí como si también fuera su casa… —sonrió Hana a su vez.
Evie aprovechó que las dos se pusieron a hablar para volverse hacia su amigo.
—Kis… —susurró—. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Le vas a preguntar a tu padre ahora que tienes una prueba?
—Hm… —sonrió con suspicacia—. No. Voy a seguir investigando sobre este asunto por mi propio pie. Estoy seguro de que ese Jean tiene mucho que ver con el origen de todo lo que oculta mi padre, y ya que él no piensa contarme nada, sería una tontería preguntarle sobre Jean Vernoux.
—Pero ¿cómo vas a saber lo demás relacionado con ese hombre y tu padre? En internet no vendrá una cosa como esa, supongo.
—Mañana —dijo seriamente—. Mañana tomaré el metro e iré al centro. Voy a hacer una pequeña visita al Hospital Kyoko donde trabaja mi hermano. Él lo sabe todo, y por eso se fue de casa. Ahora que tengo un nombre que darle, tendrá que darme por lo menos una explicación esta vez, aunque sea mínima.
—Hm… —sonrió dulcemente—. Te deseo suerte, Kis. ¿Me contarás lo que vayas descubriendo?
—Claro —sonrió también—. Eres la persona en quien más confío, me alegra mucho que estés conmigo en esto.
Aquello no pudo hacer más feliz a la muchacha, tanto que se le encendieron las mejillas, de lo que Yenkis no se percató. Estaba tan contenta que sin pensarlo se arrimó a él y le plantó un beso en la mejilla, lo que dejó a Yenkis muy sorprendido.
—Bueno, Evie, hora de irse a casa —la llamó su madre desde la puerta al acabar la conversación con Hana.
Evie estaba completamente roja, ni siquiera se atrevía ya a mirar a su amigo, pero sonreía con vergüenza y finalmente se marchó con su madre. Hana cerró la puerta y se volvió hacia el niño.
—Vaya, Yen, finalmente nos hemos quedado solos —le dijo con cierta pena, posándole una mano en el pelo—. Uy, ¿qué te pasa? Te has quedado en la inopia.
—¿Eh? Hahah… nada —sonrió, mirando a otra parte, sin ser consciente de que tenía la cara algo colorada.
«¿Por qué Evie ha hecho eso?» se preguntó, tocándose la mejilla donde le había dado el beso, confuso.
—Hasta la próxima, Misae —se despidió Hana—. Gracias por dejarnos la cena preparada.
—Como siempre un placer, señorita Kotobuki —contestó la mujer mientras bajaba las escaleras del porche y se ataba bien el abrigo—. Seguiré disponible esta semana festiva, por si el señor Vernoux y usted necesitan que les prepare más comida cualquier día.
—Estupendo, la avisaremos en tal caso. No olvide que usted también nos tiene aquí por si necesita algo para los cuidados de su madre, o para cualquier otra cosa. Espero que su madre se mejore pronto, Misae.
—Muy amable —sonrió la señora y se despidió con una inclinación.
Hana la vio salir del jardín justo cuando un lujoso coche de la marca Hoteitsuba color gris paró junto a la acera, frente a la casa. Un hombre grande, de elevada edad, con su cabello blanco de punta y vestido con un elegante traje, bajó del vehículo y, al ver a Misae, le dedicó una breve inclinación como saludo, que ella respondió de la misma forma. Cuando la mujer ya se marchó por la calle, el viejo Lao se giró hacia la casa, en cuyo porche Hana lo miraba con cara de reproche y de brazos cruzados.
—Veo que vienes solo —le dijo al viejo.
Lao mostró una sonrisa nerviosa; pasó por la verja, que era de baja estatura, y cruzó el jardín hasta pararse frente a las escaleras del porche. Ambos permanecieron un largo rato en silencio. La mujer no escondía un cara de gran impaciencia, pero él miraba hacia el cielo.
—Qué tarde tan bonita… —comentó.
—¡Lao! —saltó Hana con gran enfado—. No estoy para evasivas, ¿me oyes? ¿Has venido aquí para decirme “qué tarde tan bonita”? Porque si es así, ya puedes dar media vuelta antes de que te dé una patada.
—Eh, ya… —balbució, rascándose la nuca, pero enseguida adoptó su cara más seria—. Vale, Hana —murmuró, poniendo todo el dramatismo que pudo—. Uf… esto es difícil de decir. Mira, Neuval… uf… Neuval se ha largado a París con una de sus guapas secretarias y no va a volver.
—¿¡Qué!?
El viejo posó las manos en sus hombros, abatido.
—Sí… Horrible, ¿verdad? —casi sollozó—. Será mejor que a partir de ahora vayas por la calle con un buen sombrero en la cabeza.
—¿Por qué? —saltó.
—Por los enormes cuernos que te han puesto, querida.
—¡Ya está bien! —estalló la mujer con furia, dándole un empujón a Lao, el cual se estaba partiendo de risa—. ¡Como no me digas ahora mismo dónde está Neu, le diré a toda la empresa lo de tu informe secreto!
—¿Ein? —paró de reír, y volvió la vista hacia ella con ojos como platos—. ¿Mi qué?
—Sé que estás trabajando en algo últimamente —le explicó amenazante—. Aquella vez que entraste en mi despacho, te llevaste esa carpeta negra. Sí, sí, no me mires así, que me di cuenta.
—Pero si yo no… —titubeó, mirando hacia los lados.
—Mira, me da igual qué es eso que estás tramando en la empresa, pero estoy segura de que no te gustaría nada que alguien más se enterase.
—Vale, vale, vale… Entendido. Bueno, verás… mm… es que resulta que… a Neuval lo han secuestrado.
—¿¡Qué!?
—¿Te acuerdas de que no quiso vender sus acciones a la empresa de Novtek y que el señor Hibiya se enfadó mucho por eso? —preguntó, abriendo mucho los ojos—. Pues ha enviado a los yakuzas para secuestrarlo y darle un escarmiento.
Hana se lo quedó mirando con la boca abierta y una ceja levantada.
—¿Te he dicho ya las ganas que tengo de patearle el culo a alguien?
—¿Que no me crees? —saltó Lao con exagerado sentimiento de ofensa.
—¿¡Cómo puedes bromear sobre una cosa así, Lao!? ¡Teniendo en cuenta lo que el pobre Neuval sufrió de pequeño!
Lao se quedó ojiplático en ese momento, asimilando ese dato.
—Espera… ¿Te lo ha contado?
—¿Que recibió maltratos desde que nació? ¿Que huyó de su hogar? —procuró hablar en voz baja por si acaso mientras enumeraba—. ¿Que cuando lo conociste estaba malviviendo en las calles de Hong Kong con apenas 10 años, y durmiendo sobre unos cartones en un callejón junto a la basura? ¿Y que lo raptaron y le hicieron cosas horribles junto a otros niños? Hace ya un año que me lo contó, Lao.
El viejo volvió a quedarse ojiplático, casi pareció congelarse.
—¡Eso… son unas cosas muy personales de él! ¿¡Cómo ha acabado contándotelo!? ¡Él nunca habla de eso!
—Bueno, mi pasado tampoco es que fuera bonito, él se sintió cómodo contándome aquello porque yo entiendo de esas mierdas de la vida. Y además, si me iba a quedar con él y a empezar a trabajar en vuestra empresa con vosotros dos, necesitaba preguntarle y entender cómo un niño francés como él acabó siendo el hijo de un chino como tú. Me dijo que tú lo rescataste de aquel terrible lugar y que lo adoptaste en tu familia. Y que por eso te adora y te considera un héroe y el padre más auténtico y magnífico del mundo.
Ahora Lao se quedó conmovido por esas últimas palabras, y se rascó tímidamente la mejilla mientras se sonrojaba con modestia.
—Oy… ¿Neu te dijo eso de mí? Qué majo…
—Kei Lian, por favor —insistió Hana, y esta vez su voz sonó desesperada y muy preocupada—. Dímelo. ¿Le ha pasado algo a Neu? ¿Está bien? Sea lo que sea, lo asumiré, pero tiene que ser la verdad, ¿de acuerdo?
Lao guardó un silencio más serio, y también apesadumbrado. Ese era el problema, siempre era el mismo problema, no poder decir la verdad. Incluso para un iris como él, que llevaba siéndolo décadas, desde que era ya muy pequeño, se había acostumbrado a mentir a los humanos que desconocían la existencia de la Asociación por el bien y la seguridad de ambas partes, pero no por ello había dejado de sentirse mal cuando se trataba de mentir a alguien cercano o a un ser querido.
Lo lamentaba en el alma, pero no podía decirle la verdad a Hana. Sin embargo, necesitaba contarle algo que la convenciera de que era verdad y explicase por qué Neuval estaba ausente.
—Está bien, Hana, lo siento —habló más serio y calmado—. Neuval ha estado en mi casa.
—Vale, pero ¿por qué?
—No puedo darte muchos detalles. Por lo visto, hace poco recibió una inesperada llamada de Jean. Y claro... ha sido un golpe muy duro, ¿comprendes? Neuval necesita pensar.
—¿En serio? —se sorprendió, llevándose una mano a la boca—. ¿Ha recibido una llamada… de Jean? ¿Pero qué le ha dicho? ¿Cómo ha dado con Neuval después de tantos años?
—No puedo darte detalles, es más, Neu tampoco es que me los haya dado a mí... Pero escucha, deja que se tranquilice un tiempo, ¿vale? Volverá a casa en menos que canta un gallo. Y, ya que está conmigo, los dos vamos a encargarnos de encontrar a Cleventine mientras tanto.
El viejo cerró la boca y a partir de ahí esperó, atento, sin quitarle la vista de encima a la mujer. Hana acabó por suspirar y se frotó un poco los ojos.
—Joder, pobre Neu, siempre le pasan tantas cosas malas... —murmuró apenada—. En fin. De acuerdo. En ese caso... me quedo más tranquila. Y por favor, encontrad a Cleven antes de que le pase algo, ¿vale? Aunque creo que sería mejor llamar ya a la policía...
—Juas... —rio con ironía—. La policía, la policía... Tranquila, déjanoslo a nosotros.
—¿Por qué Neuval y tú siempre le tenéis tanto desdén a la policía y a los asuntos del Gobierno? —se extrañó—. Siempre soltáis comentarios de ese tipo.
—Heheh... buenas tardes —se despidió de ella rápidamente, dándole una palmada en el hombro, y se volvió a meter en su coche. «Tal vez no debería haber usado el nombre de Jean para una mentira» pensó, «Pero hay pocas cosas que engañen a Hana, necesitaba algo para que tragase».
Hana se metió adentro, cerrando la puerta tras ella y, mientras subía a su habitación, caviló preocupada sobre el asunto de Neuval y de Cleven. Cuando pasó de largo la puerta del salón, Yenkis desvió la mirada de la televisión para verla pasar por un breve instante, al mismo tiempo que Evie, sentada a su lado en el sofá, estiraba los brazos.
—Uah, me ha encantado la peli —dijo sonriente.
—Cuando quieras te la presto —contestó el niño mientras se ponía en pie, y cogió su bandeja de la merienda.
Evie lo siguió hasta la cocina también con su bandeja y las dejaron sobre una de las repisas. La chica observó a su amigo en ese momento, pues tenía una cara algo rara.
—Dime, ¿dónde está tu hermana? —quiso saber, apoyándose contra la mesa de la cocina.
—¿Eh? Ah, no lo sé —mintió—. Pero ahora no es eso lo que me preocupa.
—Vaya —sonrió con sorna, cruzándose de brazos—. Ya estás dándole vueltas a algo, ¿eh? Cuéntamelo.
—Es sobre mi padre.
—Jo, menuda novedad, Kis —se rio.
Yenkis levantó la mirada y le sonrió a su amiga con astucia. Repentinamente, y para sorpresa de ella, la cogió de la mano y la guio hacia el piso de arriba, en dirección a su habitación. A Evie se le subieron los calores, empezando a pensar demasiado por el hecho de que el chico que le gustaba la había agarrado de la mano y la estaba subiendo hacia su habitación.
—¿Qu-qué haces? —preguntó nerviosa.
—¿Investigas conmigo? —sonrió él, soltándola cuando se adentraron en el cuarto, y se dirigió directamente hacia una repisa acolchada al pie de una de las ventanas de su habitación.
Cuando Evie lo vio quitando el acolchado de la ventana, desencajando una tabla suelta del suelo y sacando un extraño cubo del tamaño de una pelota de golf, se tranquilizó, entendiendo que la cosa no iba por donde ella estaba pensando. «Estoy paranoica» pensó. Después de haber dejado las cosas en su sitio, Yenkis se levantó del suelo con su cubito en la mano y lo alzó a la vista de su amiga mientras pasaba de largo.
—¿Otro de tus inventos? —preguntó curiosa, siguiéndole de nuevo al piso de abajo.
—Ssh —le susurró, señalándole hacia la habitación de Hana al final del pasillo, que tenía la puerta medio abierta y se veía a la mujer sentada en su escritorio frente a su ordenador, trabajando.
Evie asintió en silencio y bajaron las escaleras.
—No me lo digas —susurró la chica a sus espaldas—. Vamos al despacho de tu padre.
—Correcto —sonrió, al mismo tiempo que se metían por otro pasillo de debajo de las escaleras, a oscuras—. Bueno, ya te conté hace tiempo lo del misterioso pasado de mi padre que quiero descubrir —comenzó a explicarle—. Como él no dice nada, voy a colarme en su ordenador personal.
—¿Y qué te va a contar ese ordenador?
—Ya estuve unas cuantas veces en su ordenador a escondidas. Vi que tenía lo normal, programas de diseño, de tecnología, carpetas con los informes de su empresa, etcétera. Pero, además, en una de las carpetas de seguridad del disco duro, vi que tenía cientos de archivos de todo tipo, a los cuales no me permitía acceder sin una contraseña.
—Ah, ya —comprendió al instante—. Y has fabricado ese aparatito para descubrir lo que contienen. ¿Tú crees que esos archivos van a tener algo relacionado con el pasado de tu padre? No sé yo...
Cuando llegaron al final del pasillo, Yenkis corrió una puerta de cristal que daba a otro pequeño vestíbulo que conectaba con la puerta del jardín trasero, y lo cruzó hasta pararse frente a la puerta cerrada del despacho de su padre.
—Todo lo que oculte está relacionado con eso, estoy convencido —contestó el chico, señalándole a su amiga hacia abajo.
Evie se percató de una pequeña tira de papel pillada entre la puerta y el marco, sujeta a unos pocos centímetros del suelo. Cuando Yenkis la abrió, el papelito cayó al suelo.
—Vaya, cuánta desconfianza —murmuró Evie.
—La pone cada vez que no está en casa, para saber si alguien ha entrado en el despacho en su ausencia —le explicó, sentándose tan pancho en la silla del enorme escritorio—. Si la ve en el suelo es que alguien ha entrado, como acabas de ver. Incluso ha puesto un papel muy pequeño para evitar que alguien se dé cuenta con facilidad, pero conmigo no funciona. Cuando salgamos, debemos poner el papelito donde estaba, justo a cinco centímetros del suelo.
—Me extraña que tu padre, conociéndote, no usase un método más eficaz de seguridad —opinó la chica, arrimando una silla al lado de su amigo frente al ordenador.
—Bueno —se encogió de hombros, encendiendo el aparato—, supongo que no se le ocurre otro método, o bien no piensa que yo vaya a atreverme a tanto.
—¿Y qué? ¿Es la primera vez que vas a probar ese cubo? ¿Qué es lo que hace?
—Pues verás —se rascó la cabeza—. Hasta ahora he conseguido que se encienda, que se conecte al dispositivo que tiene más cerca, que responda a mi orden de voz y que copie y almacene lo que yo le diga del otro dispositivo, sin que este detecte que mi cubo se ha conectado a él ni deje rastro alguno del robo.
—¡Ah, pero eso es lo que querías! ¿No? Lo dices como si le faltara algo.
—Le falta algo —afirmó—. Necesito que robe archivos, pero que lo haga sin el bloqueo de seguridad que llevan consigo. Por mucho que yo pueda copiar los archivos de mi padre en mi cubito, cuando los pase a mi ordenador e intente abrirlos en él, me saltará una ventana de bloqueo. Así que necesito que mi cubito sepa robar los caramelos de mi padre pero sin la envoltura que los protege.
—¿Por qué tiene el cubito que hacer eso, por qué no tu propio ordenador?
—Era de esperar que mi padre usase el mejor programa del mundo para proteger sus archivos, y dicho programa fue creado por mi madre. Eso quiere decir, por lo que he leído en los cuadernos de mi madre, que cuando yo pase los archivos protegidos a mi ordenador e intente abrirlos en él, el programa de seguridad que llevan consigo no sólo bloqueará mi ordenador entero, sino que además enviará una señal de aviso al ordenador de mi padre, donde él tiene configurado que sólo ahí pueden ser abiertos.
—¿Y entonces por qué no los abres en el mismo ordenador de tu padre ahora que puedes?
—Porque, de igual forma, el programa registra en su historial de acciones que tal archivo se ha abierto en su ordenador a tal hora en tal fecha. Él sabrá si uno de sus archivos protegidos ha sido abierto, y como no ha sido él, sabrá que otra persona lo ha hecho.
—Oh... Caray, Kis, ni que tus padres hubiesen sido espías.
—Yo creo que es totalmente comprensible tanta seguridad, teniendo en cuenta que la empresa de mi padre es gigante, mundialmente conocida, y que tratan con cosas peligrosas o delicadas, como armas, vehículos de tierra, mar, aire y espacio, sistemas de seguridad y todo tipo de tecnología...
—¿Cómo harás entonces para que tu cubito sepa llevarse los caramelos del ordenador de tu padre libres, sin la envoltura puesta?
—Llevo tiempo intentando hacerme con un programa aparte que permite separar los archivos del programa de seguridad que los envuelve. Conozco a alguien que dice que lo tiene.
—Espera, pero si el programa de protección lo hizo tu madre y es el mejor del mundo...
—Es que resulta que este programa que anula la protección del programa de mi madre... también fue creado por mi madre —se rio.
—Guau, Kis... Tu madre era tan guay... —admiró Evie—. O sea que tu madre creó un programa protector, y también el programa "desprotector".
—Todos los programadores hacen eso. Crean tanto la cerradura como la llave. Crean el escudo y también la espada que puede atravesarlo. Lo importante es que el escudo que hacen debe ser impenetrable por cualquier otra espada, pero crean en secreto su propia espada capaz de penetrar su escudo. Recuerdo a mi padre decirme, cuando empecé de pequeño a interesarme por inventar o construir aparatos, que "ninguna creación ha de ser jamás absoluta. El arquitecto que crea el muro más sólido del mundo siempre debe dejar una piedra débil. Porque nunca se sabe". Yo no entiendo muy bien lo que quería decirme con eso, pero supongo que es una regla que mi madre cumplía con sus programas.
—Supongo que tu padre se refería a que es peligroso darle el poder absoluto a algo. Y siempre es mejor otorgarle un punto débil. Un "por si acaso". Como el botón de autodestrucción cuando las cosas se ponen feas.
—Sí... creo que tienes razón. Me encanta hablar de estas cosas contigo, Evie, no todos me entienden tan bien —Yenkis la miró a los ojos con una sonrisa cálida.
Evie se sonrojó hasta las orejas y miró hacia sus rodillas con vergüenza. No era sólo por su sonrisa, su atractivo, su inteligencia o sus ojos plateados, Yenkis poseía además un aura que hechizaba, atraía y embaucaba. Como un ángel, o un ser de otro mundo.
—Voilà! —exclamó el niño de repente, sobresaltándola.
—Ah, eh... ¿qué pasa?
—Ya he copiado las carpetas prohibidas de mi padre en mi cubito. Esperaré a tener el otro programa para quitarles el envoltorio dentro del propio cubito.
—Dime, ¿quién tiene ese programa de tu madre que anula el programa de protección de tu madre? ¿No se supone que sólo ella o tu padre deberían tenerlo?
—Hm... —sonrió con un deje de fastidio—. Ya, bueno... Sin duda ese código se halla en alguno de los miles de cuadernos de mi madre en la vitrina del sótano, pero podría llevarme semanas o meses encontrarlo, o una eternidad, ya que no sé cómo se identifica. Por lo que he podido ir averiguando por ahí desde los últimos meses, resulta que hay más gente que conoce acerca de los programas de mi madre. Y al parecer, yo conozco a alguien que resulta tener el código antiprotección de mi madre. Y me lo va a prestar.
—¿No me dices quién es? ¿Yo lo conozco?
«Taiya Miwa» pensó el niño para sus adentros, entornando los ojos. «Ya no es sólo lo mucho que me extraña que un chico de 14 años de último curso de la secundaria inferior tenga un programa de protección excesivamente caro y exclusivo que solamente grandes corporaciones, los Gobiernos y los militares usan, sino que mucho más chocante es que él mismo sepa que ese programa es de mi madre. ¿Cómo demonios sabe Taiya quién fue mi madre? Me dijo que él también guardaba archivos confidenciales en su ordenador, usando el mismo programa de ella que también usa papá. Cuando le dije para qué quería ese programa, cuando le mencioné el nombre de mi padre, recuerdo que se me quedó mirando con una cara muy extraña».
“¿Los archivos confidenciales de Neuval Vernoux?” recordó Yenkis que Taiya le preguntó en aquel momento. “Jaja, que tengas suerte, aunque tal vez no deberías meterte en esas madrigueras. Vaya, no sabía que tu padre aún los guardaba...”. «Y de mi padre también hablaba como si lo conociera bien» se mosqueó aún más el niño.
Yenkis se quedó un buen rato con la mirada en el vacío, e Evie lo observó con extrañeza.
—Kis... Kis... —lo llamó, meneándole el hombro.
—Ah, perdona —sonrió—. Voy a ver una cosa —cambió de tema y colocó la mano sobre el ratón.
—¿No has terminado ya con tu cubito? Por cierto, me gusta el nombre de "cubito", lo puedes bautizar así. ¿Vas a buscar algo nuevo ahora?
—Cuando estábamos acabando de ver la película, durante unos segundos oí a Hana hablando en la puerta de la entrada con el señor Lao, el viejo que trabaja con mi padre. Mi padre ha estado ausente hace poco, ni Hana ni yo teníamos noticia de él. Pero el señor Lao le ha dicho que mi padre ha recibido una llamada de un tal Jean, y que eso le ha afectado mucho, y que por eso está en casa de Lao.
—¿Un tal Jean? ¿Será un empleado de Hoteitsuba o un empresario de la competencia que le crea problemas?
—No lo creo. Cuando Hana oyó ese nombre, oí cómo se sorprendía. Ahora quiero saber... quién es Jean.
—¿Vas a poner "Jean" en el buscador? A saber cuántas personas en el mundo se llaman así, Kis. Necesitarías un apellido, ¿qué vas a hacer?
—Pues no sé... —vaciló, tecleando el nombre y le dio a enter—. Pero al menos puedo comprobar si es alguien importante e indagar si tiene alguna conexión con mi padre o con su empresa o lo que sea.
Ambos vieron numerosos apartados con el nombre de Jean acompañado por un apellido diferente. Unos eran actores, otros músicos, otros personajes importantes, políticos, etc. Yenkis revisó cada uno de los apartados, intentando hallar alguna conexión lógica, mientras que Evie apoyaba la cabeza en una mano, aburrida, sabiendo de sobra que no iba a encontrar nada.
Durante los siguientes minutos estuvieron en silencio. Mientras Yenkis buscaba por docenas de páginas, Evie se entretuvo con un rompecabezas que había sobre la mesa.
—Oye, ¿por qué no lo dejas? —se impacientó la chica tras veinte minutos, dejando el rompecabezas de nuevo en su sitio—. Es francamente imposible que... ¿Kis?
Evie se inclinó un poco más sobre su asiento para ver bien su cara. Yenkis parecía estar paralizado. Miraba a la pantalla fijamente, con los ojos muy abiertos, mostrando una gran sorpresa e incluso su ojo izquierdo comenzó a brillar tenuemente.
—¿Qué pasa? —se extrañó su amiga, y entonces miró a la pantalla—. ¡Anda! Pe... ¿¡Qué!? ¡Tu apellido!
Estaba en una página de un periódico que, a juzgar por su título, era francés. En ese momento, Yenkis estaba mirando un artículo muy antiguo de ese periódico que habían publicado en internet junto a muchos otros. En mitad de la pantalla había una foto de un hombre. Un hombre de pelo castaño claro y con una barba corta. Tenía una mirada fría, con unos ojos que parecían esferas de hielo gris. Sólo se mostraba su rostro en el recuadro, y junto a él había un texto.
—¿Qué es lo que pone? —preguntó ansiosa, meneándole el hombro—. Kis, léelo, es tu segundo idioma, yo no entiendo nada. ¿Qué dice?
Su amigo se mordió el labio inferior, sin apartar la vista de la pantalla. Tardó un poco en reaccionar.
—Hombre de 37 años asesina a su hija mayor en su casa... —comenzó a leer lentamente en el encabezado, y continuó abajo—. Jean Vernoux.
En ese momento, Evie miró a Yenkis con la boca abierta.
—Hombre parisino, con pareja y dos hijos —prosiguió el chico—, mata a su hija mayor de 15 años, Monique Vernoux, tras una supuesta disputa familiar. El arma utilizada fue una escopeta común. Disparó una vez, a la altura del estómago, lo que acabó con la vida de su hija. Jean Vernoux presentaba varios diagnósticos años atrás con síntomas de psicopatía y trastornos de personalidad... y... A la mañana siguiente del asesinato, cuando la vecindad denunció el disparo, la policía se encontró con el señor Vernoux inconsciente en el suelo cerca el cadáver de su hija y el arma utilizada en el asesinato, presentado incontables heridas, hematomas y fracturas en los huesos, resultado de una paliza a muerte... cuyo responsable se desconoce por completo. Sólo se sabe que la paliza fue realizada después del asesinato. Jean Vernoux fue hospitalizado, llevado a juicio y condenado a 30 años de cárcel...
No pudo continuar, aunque el texto seguía más abajo. Aquello era totalmente surrealista para él. Evie vio que se llevaba una mano a la boca, mostrándose nervioso y contrariado.
—¿Crees... que puede ser un pariente tuyo? —le preguntó la chica, sin salir de su asombro—. ¿Lejano?
—No lo creo —contestó secamente, reflexivo—. Creo que más bien es... muy cercano. Mi padre nunca nos ha mencionado nada de que tenga parientes en algún lugar del mundo. Empiezo a sospechar la razón.
Evie no preguntó nada más, más que nada porque veía al chico con la cabeza demasiado ocupada, pensando, como para interrumpirle. Yenkis le había contado, y solamente a ella, que ni él ni su hermana sabían nada sobre el pasado de su padre. Sólo sabían que nació y vivió en París, pero ¿durante cuánto tiempo? ¿Cuándo se había mudado a Japón, y por qué tan lejos? ¿Quién era su familia?
Por lo visto, su padre se vino a Japón a los 20 años de edad, justo en el año en que se casó con Katya. ¿Y antes de eso? ¿Cómo una persona tan joven había llegado tan alto solo? ¿O es que no estuvo solo antes y después de mudarse a Tokio? No había noticia ni rumor alguno de que su familia parisina estuviese con él en aquel momento.
Inesperadamente, se oyó el crujir del suelo en el piso de arriba, justo sobre sus cabezas, donde se encontraba la habitación de Hana y de su padre. Yenkis pegó un bote en la silla y se apresuró a apagar el ordenador, después de haberse guardado su cubito bajo la camiseta, e Evie, al tanto de la situación, fue a dejar la silla que había cogido en su sitio con cuidado.
—Hana ha salido de su habitación —comentó Yenkis, mientras colocaba el ratón cuidadosamente justo como estaba antes de tocarlo e igual hizo con la silla—. Será mejor que salgamos de aquí antes de que baje las escaleras.
Evie salió del despacho antes que su amigo. Yenkis cerró la puerta tras él y volvió a colocar el papelito entre la puerta y el marco a cinco centímetros de altura exactamente. Haciendo el menor ruido posible, cruzaron el vestíbulo y recorrieron el pasillo a toda prisa. Pero, nada más salir al vestíbulo principal por la puerta que estaba detrás de las escaleras, pegaron un frenazo al ver a Hana acabando de bajar el último escalón.
Los dos niños se mordieron la lengua y contuvieron la respiración. La mujer giró a la derecha, adentrándose en el comedor en dirección a la cocina. Aprovecharon ese momento para correr hacia el salón, donde debían estar. Sin embargo, nada más pasar frente a la puerta principal, se oyó el timbre, lo que hizo que pegaran un brinco del susto, quedándose tiesos en el sitio. No tardó en aparecer Hana en el vestíbulo, y los vio ahí como estatuas.
—Anda, ¿dónde os habíais metido? —les preguntó, yendo a abrir la puerta.
—Eh… —vacilaron.
—Oh, buenas tardes, Viernes, ¿qué tal? —saludó Hana a la mujer que había en la puerta.
—Muy bien, Hana, gracias —sonrió—. Vengo a llevarme a Evie, que vamos a cenar pronto hoy.
—Ah, claro.
Viernes era la vecina de al lado, la madre de Evie. Vestía con traje de falda, blusa, medias y zapatos de tacón, por lo que debía de haber llegado hace poco de su trabajo en una oficina de seguros. Tenía un cabello largo, de un castaño ceniza y ondulado, y una mirada cansada pero inteligente y analizadora. Siempre llevaba un semblante serio, a veces intimidaba, pero así era ella de normal. Aun así, era una mujer amable y con una educación y una disciplina exquisitas, y cuando sonreía lo hacía de forma moderada.
Hana no se dio cuenta, pero, por un instante, el ojo izquierdo de Viernes emitió un diminuto brillo anaranjado.
—Gracias por tomarte la molestia, Hana —le agradeció la madre de Evie—. La próxima vez, que se venga Yenkis a merendar a mi casa, que mi hija abusa mucho de vosotros…
—¡Qué va, para nada! Evie es estupenda y siempre ayuda mucho, puede venir siempre aquí como si también fuera su casa… —sonrió Hana a su vez.
Evie aprovechó que las dos se pusieron a hablar para volverse hacia su amigo.
—Kis… —susurró—. ¿Qué vas a hacer ahora? ¿Le vas a preguntar a tu padre ahora que tienes una prueba?
—Hm… —sonrió con suspicacia—. No. Voy a seguir investigando sobre este asunto por mi propio pie. Estoy seguro de que ese Jean tiene mucho que ver con el origen de todo lo que oculta mi padre, y ya que él no piensa contarme nada, sería una tontería preguntarle sobre Jean Vernoux.
—Pero ¿cómo vas a saber lo demás relacionado con ese hombre y tu padre? En internet no vendrá una cosa como esa, supongo.
—Mañana —dijo seriamente—. Mañana tomaré el metro e iré al centro. Voy a hacer una pequeña visita al Hospital Kyoko donde trabaja mi hermano. Él lo sabe todo, y por eso se fue de casa. Ahora que tengo un nombre que darle, tendrá que darme por lo menos una explicación esta vez, aunque sea mínima.
—Hm… —sonrió dulcemente—. Te deseo suerte, Kis. ¿Me contarás lo que vayas descubriendo?
—Claro —sonrió también—. Eres la persona en quien más confío, me alegra mucho que estés conmigo en esto.
Aquello no pudo hacer más feliz a la muchacha, tanto que se le encendieron las mejillas, de lo que Yenkis no se percató. Estaba tan contenta que sin pensarlo se arrimó a él y le plantó un beso en la mejilla, lo que dejó a Yenkis muy sorprendido.
—Bueno, Evie, hora de irse a casa —la llamó su madre desde la puerta al acabar la conversación con Hana.
Evie estaba completamente roja, ni siquiera se atrevía ya a mirar a su amigo, pero sonreía con vergüenza y finalmente se marchó con su madre. Hana cerró la puerta y se volvió hacia el niño.
—Vaya, Yen, finalmente nos hemos quedado solos —le dijo con cierta pena, posándole una mano en el pelo—. Uy, ¿qué te pasa? Te has quedado en la inopia.
—¿Eh? Hahah… nada —sonrió, mirando a otra parte, sin ser consciente de que tenía la cara algo colorada.
«¿Por qué Evie ha hecho eso?» se preguntó, tocándose la mejilla donde le había dado el beso, confuso.
(Por cierto no se si queda claro que voy escribiendo el comentario conforme leo, de a poco, por que madre mia pasan muchas cosas)
ResponderEliminarMJ me encanta, es humana, comun, osea en els entido de que hay cada bicho raro en esta historia que dentro d elo que cabe es comun peor no por eso es inferior, porque da un punto de vista muy importante un punto de vista enteramente humano, emocional y racional por igual. Algo que a veces les falta mucho a los iris, que aunque tenga parte humana, menos Raijin claro, aun les cuesta llevar ese lado suyo.
El caos de Yakoo es encima complicado claro, es de una fmailia que los iris respestan incluso mas a que los disoes, para ellos los Zou son sus dioses, pero es triste ver que nu pueden separar a la persona que es Yako con iris e individuo, que el papel que tiene como Zou. Es normal que el se sienta mas comodo con humanos o con los mienbros de la KRS y la SRS por que lo tratan como igual, como un amigo y no como alguna especie de entidad superior a ellos.
Eso de que tu primer isntinto Yako mio, sea morder a los que tiene energia Yin no es muy normal, escuchame buen señor...
Me gusta mucho esta frase de MJ: "Si tienes miedo a sufrir, tienes miedo a vivir". Creo que es algo que bien podria decir Cleven tambien y es curioso en cierto forma, porque es tan pero tan humano. No implica que vivir sea puro sufricimiento, pero es cierto que es completamente imposible vivir una vida sin decepciones, ni momentos duros ni tristeza. Vivir asi implica vivir sin sentimientos y eso no es vida, algo que a muchos iris que rehuyen de sus emociones porque temen al majin, les cuesta entender aparentemente.
La dualdiad de Raijin y Cleven de andar bebidos pero aun poder tener una conversacion coherente. Sabiendo lo que se viene y lo que el piensa de enamorarse o sentir va a ser una puñalada al menos en cierto sentido.
Ahora tengo ganas de ver como se ve Raijjin con los nuevos fanan¡rt, sin contar que me cuesta imaginarlo todo rojo porque siempre esta super serio xD
Definitivamente tener relaciones bajo los efectos del alcohol esta mal como concepto y claramente es algo que no debe hacerse, eso como definitiva clara. Por mas o menos sobrio que parezcas, no se tiene sexo borracho, pero es cierto que aqui ya influyen factores aun mas impredecibles que el alcohol, que no es poco. Que no es un excusa en si misma, pero en un ficcion como esta le añade dificultades extras al mantneimiento del sentido comun, lo cual es jodido.