1º LIBRO - Realidad y Ficción __ PARTE 1: La Huida __
—¿Freíros o… un paro cardiaco? Os doy a elegir —les dijo la mujer de la MRS.
—¿No sería una cosa consecuencia de la otra? —preguntó Drasik inocentemente, y Nakuru le dio un golpe en el brazo—. Ay.
En un último intento, ambos saltaron de la azotea, de regreso al callejón. Sin embargo, antes de poder llegar a la salida, la otra iris apareció delante en un parpadeo. Los dos se mantuvieron quietos, sin saber qué hacer, sin poder escapar por ningún lado. Fueran por donde fuesen, ella acabaría por alcanzarlos otra vez. Su elemento era por norma más letal y veloz que el de ellos.
A decir verdad, una ciudad era el terreno idóneo para los iris Suna, del tipo que era Nakuru; había arena, piedra, cemento y cristal por doquier, Nakuru podría derrumbar todos los edificios de la ciudad con un movimiento de sus manos sobre su oponente. Sin embargo, su oponente corría con la ventaja de ser un iris Den de nivel medio, el cual, aparte de poder moverse a la velocidad de la luz, la potencia de sus rayos podía hacer añicos la roca más grande.
Drasik, por su parte, podía tener la capacidad de desviar las descargas eléctricas porque su agua era una perfecta conductora, pero demasiada carga podía evaporarla. El cuerpo de cada iris funcionaba igual que su elemento, por eso una descarga eléctrica podía hacer más daño al cuerpo de Drasik que al de Nakuru. El fuego temía al agua y el agua temía al fuego; el viento avivaba al fuego, la arena anulaba a la electricidad, el agua ahogaba al viento, etcétera. Los iris, como personas, sentían o se comportaban como su elemento de una manera determinada frente a otros.
Pese a todo, Nakuru y Drasik tenían la orden de no entrar en un enfrentamiento, su misión era averiguar la localización de cada elemento de los enemigos y marcharse. A lo sumo no les quedaba otra que defenderse, pero como se ha dicho, contra una Den de nivel medio lo tenían imposible.
—Se terminó el tiempo, me habéis hartado —gruñó la mujer, alzando las manos sobre su cabeza.
«Ya está, se acabó» pensó Nakuru, viéndolo todo perdido cuando la otra comenzó a remover los electrones del aire, generando pequeñas cargas eléctricas cada vez más intensas, con su ojo izquierdo brillando de aquella luz amarilla en mitad de la oscuridad del callejón.
—¡Morded el polvo!
Nakuru cerró los ojos al ver lo que se les venía encima. Sintió que su mente se quedaba en blanco por un instante, pero después sintió cómo Drasik la abrazó para protegerla, tan fuerte que le cortaba la respiración. Seguidamente, se oyó un estruendo que los hizo retumbar, pero ninguno recibió el ataque que esperaban. No obstante, permanecieron con los ojos cerrados fuertemente, abrazados, paralizados. Ambos notaron la onda expansiva que causó una explosión que casi los tiró al suelo; después, una ráfaga de viento ardiente y, por último, humo, mucho humo metiéndose en sus pulmones.
Entreabrieron los ojos para ver qué había pasado, tosiendo, pero se vieron obligados a volver a cerrarlos por culpa de la humareda. Drasik guio a ciegas a su compañera hacia alguna vía de escape, sabiendo que tarde o temprano caerían ahogados. Pero debido a las prisas, tuvo que arrastrarla a empujones, ya que ella parecía haber recibido un mayor impacto en los tímpanos y estaba aturdida.
Inesperadamente, alguien agarró el cuello de la chaqueta de Drasik y lo empujó rápidamente fuera de la humareda, llevando a Nakuru consigo. La mano que sujetaba a Drasik lo apartó de sopetón de la muchacha una vez fuera de la humareda, y lo lanzó a un lado.
—¡Uagh! —exclamó Drasik al impactar contra la calzada, derrapando el trasero hasta chocar con un coche, y ahí se quedó—. ¿¡Pero qué...!?
Al levantar la mirada, se quedó perplejo ante la repentina y oportuna aparición del viejo Lao, el cual tenía a Nakuru sujeta en brazos, medio inconsciente.
—¿¡Kajin-san!? —chilló Drasik con voz afónica, y tosió varias veces mientras se ponía en pie con dificultad, apoyándose contra el capó del coche—. ¡Cogf, cuagf, agh...! ¿¡Pero... qué... cogf... haces tú aquí!?
—Pasaba por aquí... y os he visto un poco en apuros.
—Un poco —farfulló Drasik, recuperando el aliento, y le clavó la mirada—. ¡No tenías por qué haberme lanzado contra el suelo, Kajin-san!
—¡Lo he hecho para espabilarte, estabas zarandeando a tu compañera! —le espetó el viejo seriamente—. Creía que el Líder te dejó bien claro que no perdieras el control de ti mismo. ¡Compórtate como un iris, dueño de tus emociones!
—¡Estaba perfectamente! —replicó—. ¡Estaba protegiendo a Nak y sacándonos a ambos de la humareda, no estaba peleándome con nadie, así que no estaba perdiendo el...!
Se calló al ver que Nakuru volvía en sí y abría los ojos, algo mareada. Lo primero que vio la chica fueron unos viejos ojos negros mirándola con una sonrisa tranquila, y un rostro familiar con barba corta y pelo blanco.
—Buenos días, jovencita —le dijo Lao con voz cantarina.
—Madre mía, Lao… —agonizó Nakuru, tosiendo un poco mientras él la dejaba de nuevo con los pies en el suelo—. No podías haber moderado un poco las explosiones…
—Discúlpame, querida, tenías un relámpago yendo directo a tu espalda, me temo que el estruendo te ha tocado de cerca. ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien —Nakuru se miró su brazo derecho y lo movió un poco con cuidado. Ya no lo tenía cristalizado, volvía a ser de carne y hueso—. Menos mal que has aparecido. ¿Dónde está esa loca? —gruñó, mirando a su alrededor.
El viejo Lao giró la cabeza hacia atrás, dándole una tranquila calada a su cigarrillo para ver a aquella mujer tendida en el suelo, inconsciente y con sus ropas medio chamuscadas, mientras se despejaba la humareda por completo. Nakuru y Drasik se quedaron perplejos.
—Kajin-san, te has pasado un poco —comentó el chico.
—¿Bromeas? Esa es Tsuyoko, la única mujer que siempre ha tenido la MRS, porque congeniaba a la perfección con la rudeza de sus otros miembros. A esa le encanta el hardcore, no sé si me entiendes. En fin. Decidme, ¿cómo va el caso? —preguntó entonces con una cara preocupada.
—Tranquilo, Lao, seguimos en ello —contestó Nakuru, sabiendo a lo que se refería—. Pronto zanjaremos esto y Kyo volverá sano y salvo, puedes confiar en nosotros.
—Claro, como ahora —dijo con ironía.
—No volverá a pasar —dijo Drasik, cerrando el puño muy convencido—. Por cierto, la próxima vez que vayas a descargar una oleada de fuego, ¡avísame! Sabes que el fuego es letal para mí. Y este calor me achicharra —se puso a abanicarse con la mano, ya que el ambiente se había vuelto caluroso con el ataque de Lao.
—Pfff, blandengue —se burló Lao.
—Ah, ¿sí? —Drasik infló los mofletes, indicando que iba a escupirle un chorro de agua.
—¡No! ¡Vale! —saltó Lao con miedo, alzando las manos—. No me mojes, que me duele.
Drasik desinfló los mofletes, y se fue refunfuñando hacia un cúmulo de nieve amontonado unos metros más allá para zambullirse en él y recuperar el frío natural de su cuerpo. Los iris Sui como él, en contraposición a los iris Ka como Lao, necesitaban el frío. Por eso, cuando estaban en invierno como ahora y a menos 5 grados y todo el mundo iba abrigado hasta las cejas, Drasik bien podía ir en manga corta.
—En fin, Lao, ¿qué haces por aquí? —quiso saber Nakuru—. Además, creía que habías dejado de fumar.
—Querida —carcajeó el viejo, pasando de largo y marchándose calle arriba—, lo he dejado sesenta veces.
—¿Adónde vas? —preguntó Drasik, que seguía retozando en la gélida nieve como un gato en una cálida alfombra.
—Hasta otra, chicos —se despidió el viejo, alzando una mano, y se perdió de vista.
Ambos notaron un matiz amargo en su voz, y se había ido con un aire alicaído. Les sorprendió, porque esa actitud no era propia de Lao.
—¿Seguirá preocupado por Kyo? —dijo Nakuru.
—Claro que está preocupado por él —contestó su amigo, volviendo con ella con la ropa empapada y escarchada—. Pero ya sabe que lo traeremos de vuelta, que esta misión es fácil. Así que debe de estar preocupado por algo más. O alguien más.
—¿Cómo lo sabes?
—Lao sólo fuma cuando algo le anda preocupando demasiado, cuando algo no va nada, nada bien —le explicó Drasik—. Me parece que está buscando a alguien y no es Kyo.
—Bueno, sea lo que sea, es un asunto que parece querer mantener en privado. Deberíamos parar aquí. Hemos acabado llamando la atención y más de algún vecino de por aquí habrá llamado a la policía por el ruido de explosiones. Ya es tarde en la noche y los otros miembros de la MRS que estén por aquí ya no tendrán la guardia bajada. El Hosha ya los habrá avisado de este ataque que han sufrido.
—Al menos, no nos han visto la cara y no saben qué iris somos o por qué los hemos atacado. Siendo sólo dos y huyendo en medio de la pelea, creen que sólo ha sido cosa de un iris con un brote de majin buscando un poco de bronca. Ya tenemos dos elementos descubiertos. ¿Ves como a veces hay que ser un poquito temerario para acelerar las cosas?
—Tú estás como una cabra, Dras —negó con la cabeza, suspirando—. Venga, vámonos a casa. Continuamos mañana, cuando las cosas vuelvan a calmarse por aquí.
—¡Eh! ¿Y qué hacemos con esa? —preguntó, señalando a la mujer tendida en el suelo de la calzada—. ¿La dejamos ahí hecha una barbacoa?
—Ya la vendrán a recoger.
Al final de la calle, una alta figura aguardaba entre las sombras, apoyada de brazos cruzados tras una columna de un portal. Desde ahí, si bien no había podido alcanzar a oír su conversación, lo había contemplado todo. Observó con ojos suspicaces cómo los dos jóvenes encapuchados de allá se marchaban calle arriba.
Era un hombre joven, de pelo castaño y corto, bien afeitado y ojos azules y afilados. Vestía ahora con traje y corbata porque no estaba de servicio, pero el resto del día llevaba el uniforme propio del jefe de la Policía. El compañero que tenía al lado sí llevaba el uniforme de policía y tenía un aire más endeble e inseguro, típico de un novato.
—Señor, ¿esos eran...? —preguntó con un ligero tartamudeo, pues era la primera vez que veía algo así.
—Los monstruos que viven entre los humanos —terminó la frase con desdén—. Iris.
—¿Qué va a hacer, señor? Con lo que acaba de ocurrir allá.
El hombre de ojos afilados lo miró detenidamente.
—No eres el primero al que traigo a ver una escena de estas, agente. Desde hace meses llevo a novatos como tú a presenciar este secreto que a veces se deja ver por nuestra ciudad. Descarto a los policías veteranos porque ya son leales a mi padre, pero vosotros los nuevos ahora estáis bajo mi ala. Estoy reuniendo a un grupo de agentes leales para mostraros el secreto de la existencia de los iris y trabajéis conmigo en un futuro próximo.
—Mis compañeros ya me dijeron algo al respecto. Es un honor que haya confiado en mí también. No podía creer los rumores hasta que usted me ha mostrado esto ahora. ¿Qué sabe usted de ellos?
—Llevo años investigándolos. Pero nunca he podido escudriñar a fondo los sucesos provocados por ellos, por culpa de mi padre, que siempre me ha querido mantener lejos de este caso —masculló, mientras daba media vuelta y se alejaba de la zona.
—Espere, jefe —se sorprendió—. ¿Qué hacemos con esa mujer? Deberíamos llamar a una ambulancia.
—Por mí que se pudra ahí. Sus camaradas no tardarán en llegar para llevársela.
Su subordinado lo siguió por detrás, observándolo con asombro tras detectar el gran desprecio que mostraba su jefe por aquellas personas.
—¿Entonces no tenemos suficiente información sobre ellos, señor? Al menos, a la que podamos acceder, si su padre ha recopilado durante años…
—Él nunca me ha permitido meterme en el caso de los iris y nunca lo hará. Él lleva con La Caza desde los años 70. Formó su propio grupo de caza con otros pocos políticos y policías del mundo, y siempre fue un grupo secreto y cerrado en el que nadie podía entrar así como así. Estuvo décadas intentando descubrir más cosas sobre esos monstruos, intentando cazar a alguno, averiguar la ubicación de su sede, pero jamás logró estas dos cosas. Lo que sí ha logrado es bastante información. Pero hace unos años mi padre dejó este caso en el abandono. Como si se hubiese rendido... —gruñó entre dientes—. Ahora es viejo, débil... Cuando declare su jubilación dentro de unos días, yo me convertiré entonces en el nuevo ministro de Interior. Y todo lo que él empezó, lo terminaré yo.
—¿Está seguro de que le cederá su puesto a usted?
El jefe de policía se detuvo en seco y le lanzó una mirada temible.
—Lo hará —aseveró—. Debe ser así. Mi padre no supo cómo llevar el caso de los iris al éxito, pero yo sé cómo hacerlo. Y por fin tendré el control del Ministerio, de todos los cuerpos policiales del país. Entonces yo moveré los hilos, y cazaré a todos esos monstruos que se hacen llamar iris, uno por uno. Acabaré con ellos, y disolveré todas sus organizaciones. Ya han jugado mucho tiempo con el Gobierno, y dentro de poco seremos nosotros los que movamos ficha —concluyó, y volvió a emprender la marcha a paso rápido, atento a cada movimiento de su alrededor por si veía alguna otra anomalía fuera del orden.
—Perdone mi atrevimiento, pero ¿por qué ese afán de acabar con esa gente? ¿De verdad suponen una amenaza para nosotros los humanos normales? No parece que hagan daño a…
—Debes pensar en ello a largo plazo —le corrigió—. El daño que están haciendo al mundo es sutil. Gradual. Su existencia es una silenciosa invasión, sus actividades son un discreto dominio mundial. Son evoluciones antinaturales que han estado alterando el correcto orden del mundo durante años con sus actos y sus poderes. Sobre todo... hay uno que me interesa dar caza más que a los demás. He leído todos los casos de estas organizaciones recopilados por mi padre y su grupo de cazadores, y en la gran mayoría de ellos sale su nombre, más bien, su apodo. Nadie del Gobierno ha conseguido dar con una mísera pista suya jamás. Es un hombre muy ágil, letal e intocable. En los informes he visto que los de su calaña lo califican como el iris más poderoso del mundo.
—¿El cabeza de todas esas organizaciones?
—No. Se sabe que es el Líder de una de ellas, nada más, pero es el más poderoso. Algún día lo atraparé. No obstante, hay algo que me llama la atención desde hace tiempo. En los informes de los últimos siete años, su nombre dejó de aparecer, lo que me hizo pensar que tal vez haya muerto, o que haya dejado esa vida. Pese a eso, descubriré quién es ese hombre al que todos temen y a la vez respetan.
—¿Y… cuál es su nombre, es decir, su apodo?
El hombre se volvió hacia él y le clavó una mirada fría.
—Lo llaman Fuujin. Como el Dios del Viento.
Su compañero se quedó contemplándolo en silencio, sintiendo escalofríos. No sabía si era por el miedo que le infundía la descripción que acababa de escuchar sobre el dueño de ese apodo, o porque su jefe lo pronunciaba como si se tratase de un demonio.
Inesperadamente, se escuchó un extraño ruido. Venía de la radio que el jefe llevaba sujeta al cinturón. Se la acercó a los labios y apretó el botón.
—Aquí Hatori Nonomiya —dijo, y soltó el botón.
Tras otro ruido extraño se oyó la voz de una mujer.
—"Señor Nonomiya, hay un nuevo caso anómalo. Pero este supera a todos los que hemos visto en años. En la calle Zankoku de la zona este de la ciudad... Un... asesinato múltiple en un callejón..."
—¿Quiénes son las víctimas?
—"Eh... lo siento, señor, es imposible saberlo..." —Se oyó otro ruido extraño y unas voces lejanas de los compañeros de la mujer, pero esta prosiguió—. "Sus cuerpos... han sido descuartizados."
—¿Cómo de descuartizados?
—"Pues... parece una carnicería" —dijo con voz temblorosa—. "Señor, esto es horrible. La sangre y los restos llegan como a un perímetro de cuarenta metros. Es como si los hubiesen metido en una trituradora... o explotado con una bomba... Una masacre de películas de terror. Mis compañeros y yo estamos en la escena, esperando a autorizar a los médicos forenses."
—Sí, dejadlos pasar, que recojan pruebas, todas las posibles, y que traten de identificar a las víctimas. ¿Algún testigo?
—"Una señora asegura haber visto al causante, pero su testimonio es un tanto… disparatado."
—No importa lo absurdo que suene. ¿Qué ha dicho la testigo?
—"Estaba tirando la basura en la calle cuando oyó unos gritos en un callejón lejano. Desde la distancia, desde el otro lado de la calle, asegura que cuando se hizo el silencio, vio, palabras textuales, 'una fiera del inframundo hecha de sombras con una luz blanca en uno de sus ojos'. Supuestamente lo vio salir del callejón y esfumarse volando en dos segundos hacia el cielo."
—¿Has dicho "volando"?
Por un instante, a Hatori se le cortó la respiración. Había llegado. El día. El momento. Justo ahora, cuando estaba hablándole de él a su subordinado. Era la primera y más fiel evidencia de que Fuujin seguía ahí. «No puede ser otro. No puede» pensó el jefe de la Policía, con una intensa emoción recorriéndole las venas, pero procurando mostrarse por fuera tan serio y sosegado como siempre. «Muchos iris tienen la luz blanca del Viento pero sólo uno de ellos ha mostrado la capacidad de volar. Dudo que sea otro iris de ese elemento que haya aprendido también esa capacidad. Una masacre así… tiene que ser obra de Fuujin. Ha vuelto a dar señales de vida después de tantos años… Ha sido él, estoy seguro».
—Decidles a los forenses que cotejen las pruebas de ADN con todas las muestras que haya en el registro de criminales reincidentes. Si resultara que al menos una o dos víctimas coinciden con criminales con antecedentes… —Hatori hizo una pausa, vio que su subordinado lo miraba con expectación—… es probable que el resto de fallecidos también lo fueran. Y que, por tanto, los ha matado un iris. Uno muy especial.
—"Entendido, señor."
—De todas maneras, iré para allá ahora mismo. Quiero ver eso con mis propios ojos.
* * * * * *
¿Buscando a alguien? Claro que estaba buscando a alguien. En toda la tarde y la noche, Lao no había dejado de recibir llamadas al móvil por parte de Hana, diciéndole que no sabía nada de Neuval, que este no volvía a casa, que no respondía a las llamadas... Y por ello, Lao había estado recorriendo la ciudad para buscarlo, pero ni una pista, ni un rastro...
Neuval estaba desaparecido y, por supuesto, Lao no iba a volver a su casa hasta encontrarlo. Estuvo dándole vueltas al asunto, y se temió que hubiese vuelto a ocurrir un nuevo incidente, que se hubiese vuelto a repetir. Realmente se lo temió.
—¿Freíros o… un paro cardiaco? Os doy a elegir —les dijo la mujer de la MRS.
—¿No sería una cosa consecuencia de la otra? —preguntó Drasik inocentemente, y Nakuru le dio un golpe en el brazo—. Ay.
En un último intento, ambos saltaron de la azotea, de regreso al callejón. Sin embargo, antes de poder llegar a la salida, la otra iris apareció delante en un parpadeo. Los dos se mantuvieron quietos, sin saber qué hacer, sin poder escapar por ningún lado. Fueran por donde fuesen, ella acabaría por alcanzarlos otra vez. Su elemento era por norma más letal y veloz que el de ellos.
A decir verdad, una ciudad era el terreno idóneo para los iris Suna, del tipo que era Nakuru; había arena, piedra, cemento y cristal por doquier, Nakuru podría derrumbar todos los edificios de la ciudad con un movimiento de sus manos sobre su oponente. Sin embargo, su oponente corría con la ventaja de ser un iris Den de nivel medio, el cual, aparte de poder moverse a la velocidad de la luz, la potencia de sus rayos podía hacer añicos la roca más grande.
Drasik, por su parte, podía tener la capacidad de desviar las descargas eléctricas porque su agua era una perfecta conductora, pero demasiada carga podía evaporarla. El cuerpo de cada iris funcionaba igual que su elemento, por eso una descarga eléctrica podía hacer más daño al cuerpo de Drasik que al de Nakuru. El fuego temía al agua y el agua temía al fuego; el viento avivaba al fuego, la arena anulaba a la electricidad, el agua ahogaba al viento, etcétera. Los iris, como personas, sentían o se comportaban como su elemento de una manera determinada frente a otros.
Pese a todo, Nakuru y Drasik tenían la orden de no entrar en un enfrentamiento, su misión era averiguar la localización de cada elemento de los enemigos y marcharse. A lo sumo no les quedaba otra que defenderse, pero como se ha dicho, contra una Den de nivel medio lo tenían imposible.
—Se terminó el tiempo, me habéis hartado —gruñó la mujer, alzando las manos sobre su cabeza.
«Ya está, se acabó» pensó Nakuru, viéndolo todo perdido cuando la otra comenzó a remover los electrones del aire, generando pequeñas cargas eléctricas cada vez más intensas, con su ojo izquierdo brillando de aquella luz amarilla en mitad de la oscuridad del callejón.
—¡Morded el polvo!
Nakuru cerró los ojos al ver lo que se les venía encima. Sintió que su mente se quedaba en blanco por un instante, pero después sintió cómo Drasik la abrazó para protegerla, tan fuerte que le cortaba la respiración. Seguidamente, se oyó un estruendo que los hizo retumbar, pero ninguno recibió el ataque que esperaban. No obstante, permanecieron con los ojos cerrados fuertemente, abrazados, paralizados. Ambos notaron la onda expansiva que causó una explosión que casi los tiró al suelo; después, una ráfaga de viento ardiente y, por último, humo, mucho humo metiéndose en sus pulmones.
Entreabrieron los ojos para ver qué había pasado, tosiendo, pero se vieron obligados a volver a cerrarlos por culpa de la humareda. Drasik guio a ciegas a su compañera hacia alguna vía de escape, sabiendo que tarde o temprano caerían ahogados. Pero debido a las prisas, tuvo que arrastrarla a empujones, ya que ella parecía haber recibido un mayor impacto en los tímpanos y estaba aturdida.
Inesperadamente, alguien agarró el cuello de la chaqueta de Drasik y lo empujó rápidamente fuera de la humareda, llevando a Nakuru consigo. La mano que sujetaba a Drasik lo apartó de sopetón de la muchacha una vez fuera de la humareda, y lo lanzó a un lado.
—¡Uagh! —exclamó Drasik al impactar contra la calzada, derrapando el trasero hasta chocar con un coche, y ahí se quedó—. ¿¡Pero qué...!?
Al levantar la mirada, se quedó perplejo ante la repentina y oportuna aparición del viejo Lao, el cual tenía a Nakuru sujeta en brazos, medio inconsciente.
—¿¡Kajin-san!? —chilló Drasik con voz afónica, y tosió varias veces mientras se ponía en pie con dificultad, apoyándose contra el capó del coche—. ¡Cogf, cuagf, agh...! ¿¡Pero... qué... cogf... haces tú aquí!?
—Pasaba por aquí... y os he visto un poco en apuros.
—Un poco —farfulló Drasik, recuperando el aliento, y le clavó la mirada—. ¡No tenías por qué haberme lanzado contra el suelo, Kajin-san!
—¡Lo he hecho para espabilarte, estabas zarandeando a tu compañera! —le espetó el viejo seriamente—. Creía que el Líder te dejó bien claro que no perdieras el control de ti mismo. ¡Compórtate como un iris, dueño de tus emociones!
—¡Estaba perfectamente! —replicó—. ¡Estaba protegiendo a Nak y sacándonos a ambos de la humareda, no estaba peleándome con nadie, así que no estaba perdiendo el...!
Se calló al ver que Nakuru volvía en sí y abría los ojos, algo mareada. Lo primero que vio la chica fueron unos viejos ojos negros mirándola con una sonrisa tranquila, y un rostro familiar con barba corta y pelo blanco.
—Buenos días, jovencita —le dijo Lao con voz cantarina.
—Madre mía, Lao… —agonizó Nakuru, tosiendo un poco mientras él la dejaba de nuevo con los pies en el suelo—. No podías haber moderado un poco las explosiones…
—Discúlpame, querida, tenías un relámpago yendo directo a tu espalda, me temo que el estruendo te ha tocado de cerca. ¿Te encuentras bien?
—Sí, estoy bien —Nakuru se miró su brazo derecho y lo movió un poco con cuidado. Ya no lo tenía cristalizado, volvía a ser de carne y hueso—. Menos mal que has aparecido. ¿Dónde está esa loca? —gruñó, mirando a su alrededor.
El viejo Lao giró la cabeza hacia atrás, dándole una tranquila calada a su cigarrillo para ver a aquella mujer tendida en el suelo, inconsciente y con sus ropas medio chamuscadas, mientras se despejaba la humareda por completo. Nakuru y Drasik se quedaron perplejos.
—Kajin-san, te has pasado un poco —comentó el chico.
—¿Bromeas? Esa es Tsuyoko, la única mujer que siempre ha tenido la MRS, porque congeniaba a la perfección con la rudeza de sus otros miembros. A esa le encanta el hardcore, no sé si me entiendes. En fin. Decidme, ¿cómo va el caso? —preguntó entonces con una cara preocupada.
—Tranquilo, Lao, seguimos en ello —contestó Nakuru, sabiendo a lo que se refería—. Pronto zanjaremos esto y Kyo volverá sano y salvo, puedes confiar en nosotros.
—Claro, como ahora —dijo con ironía.
—No volverá a pasar —dijo Drasik, cerrando el puño muy convencido—. Por cierto, la próxima vez que vayas a descargar una oleada de fuego, ¡avísame! Sabes que el fuego es letal para mí. Y este calor me achicharra —se puso a abanicarse con la mano, ya que el ambiente se había vuelto caluroso con el ataque de Lao.
—Pfff, blandengue —se burló Lao.
—Ah, ¿sí? —Drasik infló los mofletes, indicando que iba a escupirle un chorro de agua.
—¡No! ¡Vale! —saltó Lao con miedo, alzando las manos—. No me mojes, que me duele.
Drasik desinfló los mofletes, y se fue refunfuñando hacia un cúmulo de nieve amontonado unos metros más allá para zambullirse en él y recuperar el frío natural de su cuerpo. Los iris Sui como él, en contraposición a los iris Ka como Lao, necesitaban el frío. Por eso, cuando estaban en invierno como ahora y a menos 5 grados y todo el mundo iba abrigado hasta las cejas, Drasik bien podía ir en manga corta.
—En fin, Lao, ¿qué haces por aquí? —quiso saber Nakuru—. Además, creía que habías dejado de fumar.
—Querida —carcajeó el viejo, pasando de largo y marchándose calle arriba—, lo he dejado sesenta veces.
—¿Adónde vas? —preguntó Drasik, que seguía retozando en la gélida nieve como un gato en una cálida alfombra.
—Hasta otra, chicos —se despidió el viejo, alzando una mano, y se perdió de vista.
Ambos notaron un matiz amargo en su voz, y se había ido con un aire alicaído. Les sorprendió, porque esa actitud no era propia de Lao.
—¿Seguirá preocupado por Kyo? —dijo Nakuru.
—Claro que está preocupado por él —contestó su amigo, volviendo con ella con la ropa empapada y escarchada—. Pero ya sabe que lo traeremos de vuelta, que esta misión es fácil. Así que debe de estar preocupado por algo más. O alguien más.
—¿Cómo lo sabes?
—Lao sólo fuma cuando algo le anda preocupando demasiado, cuando algo no va nada, nada bien —le explicó Drasik—. Me parece que está buscando a alguien y no es Kyo.
—Bueno, sea lo que sea, es un asunto que parece querer mantener en privado. Deberíamos parar aquí. Hemos acabado llamando la atención y más de algún vecino de por aquí habrá llamado a la policía por el ruido de explosiones. Ya es tarde en la noche y los otros miembros de la MRS que estén por aquí ya no tendrán la guardia bajada. El Hosha ya los habrá avisado de este ataque que han sufrido.
—Al menos, no nos han visto la cara y no saben qué iris somos o por qué los hemos atacado. Siendo sólo dos y huyendo en medio de la pelea, creen que sólo ha sido cosa de un iris con un brote de majin buscando un poco de bronca. Ya tenemos dos elementos descubiertos. ¿Ves como a veces hay que ser un poquito temerario para acelerar las cosas?
—Tú estás como una cabra, Dras —negó con la cabeza, suspirando—. Venga, vámonos a casa. Continuamos mañana, cuando las cosas vuelvan a calmarse por aquí.
—¡Eh! ¿Y qué hacemos con esa? —preguntó, señalando a la mujer tendida en el suelo de la calzada—. ¿La dejamos ahí hecha una barbacoa?
—Ya la vendrán a recoger.
Al final de la calle, una alta figura aguardaba entre las sombras, apoyada de brazos cruzados tras una columna de un portal. Desde ahí, si bien no había podido alcanzar a oír su conversación, lo había contemplado todo. Observó con ojos suspicaces cómo los dos jóvenes encapuchados de allá se marchaban calle arriba.
Era un hombre joven, de pelo castaño y corto, bien afeitado y ojos azules y afilados. Vestía ahora con traje y corbata porque no estaba de servicio, pero el resto del día llevaba el uniforme propio del jefe de la Policía. El compañero que tenía al lado sí llevaba el uniforme de policía y tenía un aire más endeble e inseguro, típico de un novato.
—Señor, ¿esos eran...? —preguntó con un ligero tartamudeo, pues era la primera vez que veía algo así.
—Los monstruos que viven entre los humanos —terminó la frase con desdén—. Iris.
—¿Qué va a hacer, señor? Con lo que acaba de ocurrir allá.
El hombre de ojos afilados lo miró detenidamente.
—No eres el primero al que traigo a ver una escena de estas, agente. Desde hace meses llevo a novatos como tú a presenciar este secreto que a veces se deja ver por nuestra ciudad. Descarto a los policías veteranos porque ya son leales a mi padre, pero vosotros los nuevos ahora estáis bajo mi ala. Estoy reuniendo a un grupo de agentes leales para mostraros el secreto de la existencia de los iris y trabajéis conmigo en un futuro próximo.
—Mis compañeros ya me dijeron algo al respecto. Es un honor que haya confiado en mí también. No podía creer los rumores hasta que usted me ha mostrado esto ahora. ¿Qué sabe usted de ellos?
—Llevo años investigándolos. Pero nunca he podido escudriñar a fondo los sucesos provocados por ellos, por culpa de mi padre, que siempre me ha querido mantener lejos de este caso —masculló, mientras daba media vuelta y se alejaba de la zona.
—Espere, jefe —se sorprendió—. ¿Qué hacemos con esa mujer? Deberíamos llamar a una ambulancia.
—Por mí que se pudra ahí. Sus camaradas no tardarán en llegar para llevársela.
Su subordinado lo siguió por detrás, observándolo con asombro tras detectar el gran desprecio que mostraba su jefe por aquellas personas.
—¿Entonces no tenemos suficiente información sobre ellos, señor? Al menos, a la que podamos acceder, si su padre ha recopilado durante años…
—Él nunca me ha permitido meterme en el caso de los iris y nunca lo hará. Él lleva con La Caza desde los años 70. Formó su propio grupo de caza con otros pocos políticos y policías del mundo, y siempre fue un grupo secreto y cerrado en el que nadie podía entrar así como así. Estuvo décadas intentando descubrir más cosas sobre esos monstruos, intentando cazar a alguno, averiguar la ubicación de su sede, pero jamás logró estas dos cosas. Lo que sí ha logrado es bastante información. Pero hace unos años mi padre dejó este caso en el abandono. Como si se hubiese rendido... —gruñó entre dientes—. Ahora es viejo, débil... Cuando declare su jubilación dentro de unos días, yo me convertiré entonces en el nuevo ministro de Interior. Y todo lo que él empezó, lo terminaré yo.
—¿Está seguro de que le cederá su puesto a usted?
El jefe de policía se detuvo en seco y le lanzó una mirada temible.
—Lo hará —aseveró—. Debe ser así. Mi padre no supo cómo llevar el caso de los iris al éxito, pero yo sé cómo hacerlo. Y por fin tendré el control del Ministerio, de todos los cuerpos policiales del país. Entonces yo moveré los hilos, y cazaré a todos esos monstruos que se hacen llamar iris, uno por uno. Acabaré con ellos, y disolveré todas sus organizaciones. Ya han jugado mucho tiempo con el Gobierno, y dentro de poco seremos nosotros los que movamos ficha —concluyó, y volvió a emprender la marcha a paso rápido, atento a cada movimiento de su alrededor por si veía alguna otra anomalía fuera del orden.
—Perdone mi atrevimiento, pero ¿por qué ese afán de acabar con esa gente? ¿De verdad suponen una amenaza para nosotros los humanos normales? No parece que hagan daño a…
—Debes pensar en ello a largo plazo —le corrigió—. El daño que están haciendo al mundo es sutil. Gradual. Su existencia es una silenciosa invasión, sus actividades son un discreto dominio mundial. Son evoluciones antinaturales que han estado alterando el correcto orden del mundo durante años con sus actos y sus poderes. Sobre todo... hay uno que me interesa dar caza más que a los demás. He leído todos los casos de estas organizaciones recopilados por mi padre y su grupo de cazadores, y en la gran mayoría de ellos sale su nombre, más bien, su apodo. Nadie del Gobierno ha conseguido dar con una mísera pista suya jamás. Es un hombre muy ágil, letal e intocable. En los informes he visto que los de su calaña lo califican como el iris más poderoso del mundo.
—¿El cabeza de todas esas organizaciones?
—No. Se sabe que es el Líder de una de ellas, nada más, pero es el más poderoso. Algún día lo atraparé. No obstante, hay algo que me llama la atención desde hace tiempo. En los informes de los últimos siete años, su nombre dejó de aparecer, lo que me hizo pensar que tal vez haya muerto, o que haya dejado esa vida. Pese a eso, descubriré quién es ese hombre al que todos temen y a la vez respetan.
—¿Y… cuál es su nombre, es decir, su apodo?
El hombre se volvió hacia él y le clavó una mirada fría.
—Lo llaman Fuujin. Como el Dios del Viento.
Su compañero se quedó contemplándolo en silencio, sintiendo escalofríos. No sabía si era por el miedo que le infundía la descripción que acababa de escuchar sobre el dueño de ese apodo, o porque su jefe lo pronunciaba como si se tratase de un demonio.
Inesperadamente, se escuchó un extraño ruido. Venía de la radio que el jefe llevaba sujeta al cinturón. Se la acercó a los labios y apretó el botón.
—Aquí Hatori Nonomiya —dijo, y soltó el botón.
Tras otro ruido extraño se oyó la voz de una mujer.
—"Señor Nonomiya, hay un nuevo caso anómalo. Pero este supera a todos los que hemos visto en años. En la calle Zankoku de la zona este de la ciudad... Un... asesinato múltiple en un callejón..."
—¿Quiénes son las víctimas?
—"Eh... lo siento, señor, es imposible saberlo..." —Se oyó otro ruido extraño y unas voces lejanas de los compañeros de la mujer, pero esta prosiguió—. "Sus cuerpos... han sido descuartizados."
—¿Cómo de descuartizados?
—"Pues... parece una carnicería" —dijo con voz temblorosa—. "Señor, esto es horrible. La sangre y los restos llegan como a un perímetro de cuarenta metros. Es como si los hubiesen metido en una trituradora... o explotado con una bomba... Una masacre de películas de terror. Mis compañeros y yo estamos en la escena, esperando a autorizar a los médicos forenses."
—Sí, dejadlos pasar, que recojan pruebas, todas las posibles, y que traten de identificar a las víctimas. ¿Algún testigo?
—"Una señora asegura haber visto al causante, pero su testimonio es un tanto… disparatado."
—No importa lo absurdo que suene. ¿Qué ha dicho la testigo?
—"Estaba tirando la basura en la calle cuando oyó unos gritos en un callejón lejano. Desde la distancia, desde el otro lado de la calle, asegura que cuando se hizo el silencio, vio, palabras textuales, 'una fiera del inframundo hecha de sombras con una luz blanca en uno de sus ojos'. Supuestamente lo vio salir del callejón y esfumarse volando en dos segundos hacia el cielo."
—¿Has dicho "volando"?
Por un instante, a Hatori se le cortó la respiración. Había llegado. El día. El momento. Justo ahora, cuando estaba hablándole de él a su subordinado. Era la primera y más fiel evidencia de que Fuujin seguía ahí. «No puede ser otro. No puede» pensó el jefe de la Policía, con una intensa emoción recorriéndole las venas, pero procurando mostrarse por fuera tan serio y sosegado como siempre. «Muchos iris tienen la luz blanca del Viento pero sólo uno de ellos ha mostrado la capacidad de volar. Dudo que sea otro iris de ese elemento que haya aprendido también esa capacidad. Una masacre así… tiene que ser obra de Fuujin. Ha vuelto a dar señales de vida después de tantos años… Ha sido él, estoy seguro».
—Decidles a los forenses que cotejen las pruebas de ADN con todas las muestras que haya en el registro de criminales reincidentes. Si resultara que al menos una o dos víctimas coinciden con criminales con antecedentes… —Hatori hizo una pausa, vio que su subordinado lo miraba con expectación—… es probable que el resto de fallecidos también lo fueran. Y que, por tanto, los ha matado un iris. Uno muy especial.
—"Entendido, señor."
—De todas maneras, iré para allá ahora mismo. Quiero ver eso con mis propios ojos.
* * * * * *
¿Buscando a alguien? Claro que estaba buscando a alguien. En toda la tarde y la noche, Lao no había dejado de recibir llamadas al móvil por parte de Hana, diciéndole que no sabía nada de Neuval, que este no volvía a casa, que no respondía a las llamadas... Y por ello, Lao había estado recorriendo la ciudad para buscarlo, pero ni una pista, ni un rastro...
Neuval estaba desaparecido y, por supuesto, Lao no iba a volver a su casa hasta encontrarlo. Estuvo dándole vueltas al asunto, y se temió que hubiese vuelto a ocurrir un nuevo incidente, que se hubiese vuelto a repetir. Realmente se lo temió.
En su momento ya me preguntaba a que abusos se vio so etido Neuval en su viaje. Algo me dice que hubo abuso sexuales tambien, pero pensar en ello me entristece.
ResponderEliminarEs interesante ver como a pesar de su enorme inteligencia, aun tiene esa actitudes infantiles, esa luz y sombra en su forma de ser. Como si el fuese, en un tablero de ajedrez tanto la fichas blancas como las negra como ese jugador que juega consigo mismo usando ambas.
A veces el lado bueno tomanla delantera sobre el malo, y a veces es al reves, que es cuando pierde el control.