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2º LIBRO - Pasado y Presente __ PARTE 1: El Nudo Latente __









3.
La rutina matutina de Brey

A la mañana siguiente, lunes...

Cuak... Eso era lo que se oía... Cuak, cuak, ¡cuak!, ¡cuak, CUAK!

Raijin, en la habitación de su sobrina, observó aquel despertador con forma de pato, muy fijamente, muy seriamente. Sostenía entre sus manos su bate de béisbol. Estaba en mitad de una profunda reflexión sobre su problema existencial con ese aparato, ese aparato que lo había despertado media hora antes de su propia hora, ¡sacrilegio! Cleven seguía durmiendo a pierna suelta, soñando con un tal Chris Hemsworth. El chico siguió sosteniendo el bate, con el cuak-cuak retumbándole en las orejas. ¿Destrozarlo, o no destrozarlo? El patito del demonio... ¿¡Cuánto tiempo podía llegar a estar Cleven sin oírlo!?

—Uaaah... —bostezó la joven de pronto, meneándose entre las mantas con una sonrisa de bienestar en la cara y, alargando un brazo, apagó el despertador—. Mmm, qué bien he dormido... ¡Ah, buenos días, tito Brey! ¿Qué haces aquí?

Raijin permaneció en silencio, ahí de pie junto a su cama.

—Sí que madrugas tú —le sonrió la chica, levantándose de la cama—. Y luego te quejas de tener sueño, anda que...

Cleven salió de la habitación justo cuando Daisuke iba a entrar, frotándose un ojo con cara somnolienta. Cleven, al verlo, no pudo resistirse.

—Oh... —lo cogió en brazos y se puso a achucharlo—. Mi pequeño y despiadado primo, no se puede ser tan mono.

—¡Suéltame, pedorra! —rezongó el niño, tratando de esquivar su beso mortal.

—Mmmuak —se lo estampó en toda la cara, hundiéndose en su moflete, y lo bajó al suelo, tan feliz.

Daisuke se frotó la mejilla con la manga de su pijama con asco, como si le llevase la vida en ello. Después se acercó a Raijin.

—Guau, papi, tienes una vena muy grande palpitando en tu frente.

Raijin cogió aire profundamente y luego lo soltó poquito a poco, calmándose. Ese pato... tenía que hacer algo con él.

—Tengo hambre —protestó el niño, pegándole tirones en el pantalón de su pijama—. ¡Tengo hambreee!

—¿Y tu hermana? —preguntó el rubio, saliendo de la habitación y dejando el bate a un lado.

—Sigue dormiendo —contestó, caminando tras él.

—Durmiendo —le corrigió.

Dormiendo —replicó, pero de repente se paró en medio del pasillo, dando un mortífero respingo que sobresaltó a Raijin, entonces se agarró el estómago con una mano y alzó la otra mano al cielo—. ¡Gaggh! —emitió un gemido terrible, cayó de rodillas al suelo y luego se tiró al suelo.

—¡¡Daisuke!! —gritó Raijin con tremendo horror, con los pelos de punta por la electricidad y el ojo izquierdo brillando, echándose al suelo para sujetarlo.

El niño entreabrió los ojos y alzó una manita.

—Esto es lo que pasa… —musitó moribundo—… cuando te digo que tengo hambre y no me das de comer… birria de padre… bugh… —cerró los ojos y se hizo el muerto.

Raijin se quedó como una estatua. Se planteó la idea de matarlo de verdad. Como no oía ni sucedía nada, Daisuke volvió a abrir un ojillo con disimulo para ver, y encontró la cara de su padre poseída por la furia de Zeus.

—¿Qué? —preguntó el pequeño, impasible.

—Niño de los cojones, ¡casi me das un infarto! —Raijin volvió a dejarlo en el suelo y volvió a colocar el corazón dentro del pecho mientras cesaba la electricidad estática del ambiente y se puso en pie—. Igual que su madre… —murmuró en bajo.

—Si no quieres que me muera de verdad, aliméntame —insistió Daisuke.

—Que ya te he oído —refunfuñó Raijin—. Ahora voy.

Daisuke se fue al piso de abajo dando saltos, tan contento, mientras Raijin suspiraba con fuerza, recuperando la calma. O ese niño tenía un talento notable para ofrecer actuaciones extremadamente creíbles, o realmente Raijin padecía una gran debilidad por cualquier mal que les ocurriese a los mellizos. Un poco de cada.

Raijin se fue a la habitación de los niños a despertar a Clover. Tenía una cara de muerto que asustaba, si es que apenas había dormido, el pobre. Con lo tarde que todos se fueron ayer a sus casas, porque todos los que habían venido a ver a Fuujin los habían estado entreteniendo un buen rato, y encima el despertador de Cleven lo había despertado media hora antes. Él tenía que despertarse a su hora, para él era sagrada. Pero él aguantaba, siempre, lo que hiciera falta.

Se sentó al borde de la cama de la niña, la cual estaba repleta de peluches. Raijin se inclinó hacia ella, posándole una mano en la cabeza y apartándole sus cabellos negros suavemente.

Mishka... —susurró.

Clover se meneó un poco por las cosquillas que sentía en la cara por el pelo, pero Raijin empezó a toquetear su cara con la punta del dedo. La pequeña soltó una risa y abrió los ojos poco a poco.

—Cinco minutos —pidió con ojitos brillantes.

—¿Y tú sabes cuánto son cinco minutos?

—Sí, lo mismo que una semana. Buenas noches —dijo rápidamente, quedándose dormida otra vez.

—Me vacila, la niña —rezongó Raijin, y la sacó de la cama, cargándola sobre el hombro como si fuese un saco de patatas y llevándosela al piso de abajo.

—¡Aaah! —chilló la niña—. ¡Que me secuestran! ¡Daisuke!

Nada más bajar las escaleras, Raijin se topó con el niño, que lo miró con desafío y poniendo los brazos en jarra. Después puso una cara adulta.

—Villano, suelte a la señorita o tendré que llamar a las utoridades —le amenazó el pequeño, haciendo como que se acicalaba un bigote varonil e imaginario.

—Dejad de tomarme el pelo, canijos —farfulló Raijin, dejando a la niña en el suelo.

—¡Mi salvador! —exclamó Clover, echándose a los brazos de su hermano.

—¿Ves, Clo? Aquí es donde queda claro quién es el hombre de la casa —celebró Daisuke con triunfo, inflando el pecho.

—¿¡Y por qué tendría yo que limpiarle los mocos al hombre de la casa!? —le dijo Raijin, agarrándole las orejas.

—¡Ay, ay! ¡Porque estás a mi servicio, birria de padre! ¡Ay! —protestó el niño, tratando de escabullirse.

—¡Claro! A su servicio, señor marqués, déjeme que le dé un masaje capilar —sonrió Raijin con malicia, revolviéndole el pelo con las manos sin parar.

—¡Ayyy, abusón, abusón! ¡Se lo voy a decir a la asistente social cuando venga!

—¡Adelante! Y ya de paso le dices que este mes has mojado la cama doce veces y he tenido que tirar las sábanas desgastadas de tanto lavarlas —replicó Raijin.

—¡Ahh! —Daisuke dio un respingo y se volvió hacia él con horror—. ¡Papá! ¡Me dijiste que eso era secreto entre tú y yo! ¡Eres tonto! —le pegó con la manita en la pierna con rabia y vergüenza.

—Vamos, mocoso, como si no lo supiera todo el mundo —rio con burla.

Daisuke se picó más con él y fue a pegarle en las piernas dando manotazos, pero Raijin les lanzó a los dos un rugido de león, haciendo como que se lanzaba sobre ellos. Los dos niños soltaron un grito y se fueron pitando hacia la cocina, riéndose a carcajadas. Raijin suspendió su postura de monstruo al notar los ojos de Cleven clavados en su nuca. Se volvió hacia ella con cara de normalidad, pero Cleven empezó a reírse descaradamente, bajando las escaleras.

—¡Jaja, no me digas que sois así de divertidos todas las mañanas!

—Hm... —masculló el rubio, apartando la mirada con vergüenza—. Son ellos los que montan las películas. ¡Y no comentes esto a nadie!

—Vale, tranqui, chico duro —lo calmó, haciendo aspavientos—. Escenas así tan bonitas de vosotros tres quedarán grabadas en mi memoria. Debes de pasártelo genial con esos dos, ¿eh? Te he oído reír hace unos segundos.

—Mm… —gruñó de nuevo.

A partir de ahí, Raijin se tomó sus deberes de padre a toda mecha. Cleven le dijo que lo ayudaría, pero apenas le pudo seguir el ritmo. Lo hizo todo él con una destreza que Cleven pudo comprender de cinco años de experiencia. Asó un poco de carne, cortó algunas frutas en trozos pequeños perfectos y preparó un par de sándwiches que luego pondría en dos fiambreras o loncheras para que los niños se las llevaran al colegio. Mientras dejaba el arroz y huevos cociendo, sacó uniformes limpios del cuarto de la lavadora y vistió a los niños ahí en el salón mientras veían unos dibujos en la tele. Luego él subió a ducharse y vestirse y en cinco minutos volvió a bajar con su mochila llena de libros. Sentó a los niños en la mesa y Cleven y él trajeron el desayuno, y comenzaron a comer.

Cleven, sentada en su sitio con su taza de café en las manos, seguía anonadada con lo perfecto que hacía todo su tío, los niños estaban impecables, incluso el desayuno estaba riquísimo. Mientras comían, Raijin tenía junto a su plato un libro muy gordo abierto que iba leyendo de vez en cuando.

—¿Qué lees? —quiso saber Cleven.

—Anatomía avanzada —respondió el chico, dándole un bocado a su tostada—. Tengo un examen pronto. Lo cual me recuerda… ¿terminasteis los deberes en casa de los abuelos? —les preguntó a los mellizos, y estos asintieron—. Dejadme verlos.

Los niños sacaron unos cuadernos de sus mochilas, que estaban junto a sus sillas, y Raijin echó un vistazo primero al de Clover. Como estaban en prescolar, tampoco eran deberes muy serios, pero a Raijin le servían para analizar las capacidades cognitivas e intelectuales de los niños, algo que le interesaba mucho como iris.

Cleven se levantó para mirarlos, por simple curiosidad. La verdad es que le parecieron algo difíciles para unos niños de 5 años. Eran ejercicios de señalar figuras que no seguían el patrón de las demás, o de poner cuántas caras y aristas tenían unas figuras geométricas, o de encontrar un pajarito amarillo escondido en diez partes diferentes de una ilustración de una selva llena de cosas y detalles con muchos colores.

—¿Os ayudó alguien? —preguntó Raijin.

—No —contestó Clover—. Hiroko nos dijo que si necesitábamos ayuda, que la llamáramos, pero al final no lo necesitamos, y lo hicimos solitos.

—¿Quién es Hiroko? —preguntó Cleven.

—La empleada del hogar que limpia y cocina en la casa de sus abuelos. También hace de niñera cuando los niños están allí. De acuerdo, Clover —le dijo a la niña, y no se reprimió en mostrarle una sonrisa—. Está todo muy bien, otra vez.

Clover también sonrió contenta y volvió a guardar su cuaderno. Entonces Raijin revisó el de Daisuke.

—Hmm… —murmuró.

—¿Qué? —preguntó el niño.

—Me extraña que no compartáis los resultados cuando hacéis los deberes. Tú tienes un fallo aquí, en el número de caras de este poliedro. Y te faltan dos pájaros amarillos.

—Es que me mareo buscándolo en un dibujo tan mal hecho… —refunfuñó el niño—. No le quiero preguntar a Clo ni ver sus deberes porque quiero poder hacerlo yo solo.

—Ese es el tipo de orgullo que está muy bien tener, Dai. Copiar a los demás, al final, es impedir tu propia evolución. Vuelve a revisar este poliedro, intenta ver mejor. Y… ¿se te olvida darme algo?

El niño recordó, y sacó de su mochila otro cuaderno, de hojas grandes con cuadrículas grandes. Era un cuaderno de práctica de kanjis. Eso sí que sorprendió a Cleven, porque no es sólo que los niños en Japón solían empezar a estudiar lectura y escritura de kanji a partir de los 6 años, es que ese cuaderno era de tercer año, el que daban a los niños de 9 años. Y no es sólo que Daisuke tuviera todos los kanjis correctamente escritos; Cleven nunca había visto una caligrafía tan bonita. No salía de su asombro. Miró a Daisuke, y luego a su tío, el cual revisaba las hojas dando un sorbo a su café con aire satisfecho.

—Perfecto —le dijo al niño sin más, devolviéndole el cuaderno.

—Guau, ¿cómo está tan avanzado Daisuke en escritura? —preguntó Cleven.

—Desde que tenía 2 años, Dai cogía un lápiz o un pincel o lo que fuera y se ponía a pintar todo tipo de cosas, incluso letras, números y kanjis completos —le explicó el chico, poniéndose con ella a recoger la mesa—. Pintaba hasta por las paredes. Tuve que darle otra mano de pintura a la casa, pero he de reconocer que me asombró su talento tan temprano. Por eso, aunque ha empezado prescolar hace tres semanas, le he apuntado a una academia aparte para que desarrolle lengua y escritura acorde a su nivel más avanzado.

—¿De dónde ha sacado ese talento? ¿Tú o Yue lo teníais? —preguntó en voz baja, dejando los platos en la cocina.

—No. Esto es algo nuevo que veo en la familia.

—Oye, y no sólo él. ¿Clover hace ese tipo de deberes visuales siempre tan bien?

—Sí, ya los hacía en la guardería, y nunca falla en ese tipo de ejercicios. También desde los 2 años noté que tenía una alta capacidad de atención visual y de visión espacial de las cosas. Por cierto, si alguna vez pierdes algo por esta casa, díselo a Clover. Tardará un minuto en encontrarlo o decirte dónde está.

—¡Tío Brey! —exclamó eufórica, zarandeándolo del jersey como una loca—. ¡Qué primitos más listos tengo! ¡Es injusto! ¡Soy la única tonta de la familia!

—No recuerdo que fueras nada tonta durante toda tu infancia. De hecho, lo recuerdo al contrario… —frunció el ceño—. Pero sí. Clover y Daisuke son mejores que el resto de niños del mundo.

—Ohy… —Cleven volvió a mirarlo con ojos empañados de ternura—. Papi orgulloso…

—No. Es cierto —gruñó molesto—. Hablo de hechos y motivos lógicos que les hacen ser mejores que los demás niños.

—Y según tus razones lógicas y opinión objetiva después de obviamente haber conocido en persona a todos los niños del mundo, ¿cuáles son los niños más bonitos que has visto en tu vida? —sonrió perversa, jugando totalmente con su racional manera de ver las cosas.

—Clover y Daisuke, por supuesto. Y no necesito haber conocido a todos los niños del mundo. La simetría facial que tienen ellos dos cumple muy por encima del estándar según los rasgos en medidas proporcionales…

—Papi ultra mega amoroso y orgulloso… —siguió gimoteando Cleven.

—¡Que no! —gruñó el rubio, rojo de vergüenza.

Viendo la hora que era, Brey sacó a todos de casa a patadas y se subieron al coche. A medio camino hacia el Tomonari, Cleven siguió interesada en saber más cosas.

—Por cierto, tío. He notado en varias ocasiones que a veces los llamas con otros nombres.

—¿Otros nombres? —no entendió.

—Sí, por ejemplo, he oído que a Clover la llamas a veces mika… ¿o miski?

Mishka —le corrigió Brey—. No es un nombre, es sólo una palabra en ruso.

—¡Oh! ¿Y qué significa?

—Si te lo digo, ¿vas a volver a poner esa cara de tarada y a hacer ruidos raros con tu garganta y a darme grima?

—¡No me digas que significa algo adorable! —Cleven ya se enterneció en medio segundo.

—¡Mishka significa “osito de peluche”! —exclamó Clover felizmente, ahí atrás en su silla—. O “peluche”. Papá me llama así porque tengo montones y montones de peluches, porque me gustan muuuucho. Y porque soy blandiiiita, y abrazaaable.

—Ahyyy… —Cleven volvió a hacer ese ruido gatuno y a mirar a su tío con ojos melosos.

—Pelmaza… —masculló este, manteniendo su aire estoico.

Brey paró el coche en la zona de entrada del colegio Tomonari, junto a otros muchos coches de padres que traían a sus hijos. Cleven lo ayudó a desabrocharlos de sus sillas y a ponerles de nuevo sus pequeños abrigos y bufandas.

—¿Y qué me dices de Daisuke? ¿Qué es eso de kokol… kol dram…?

Korol’ dramy —le explicó su tío, mientras le daba a cada mellizo sus respectivas mochilas con ruedas—. Es como el “drama King” del inglés. Porque es el niño más dramático que vas a conocer en tu vida.

—Exacto, soy un rey, de un reino que se llama Drama —declaró el niño, mientras se hurgaba la nariz.

—No has podido escoger unos motes más acertados para ellos —le aseguró Cleven a su tío.

—No sé… A Clover le voy a cambiar el nombre por uno que signifique “bruta” o algo así. Si sigue dando rienda suelta a esa pequeña parte de su carácter… heredado de su abuela… —añadió en voz baja, acercándose al oído de Cleven.

Cleven se tapó la boca y se rio a escondidas, recordando las historias que había oído sobre su abuela Emiliya siendo una mujer muy cariñosa y al mismo tiempo… un poco salvaje.

—¡No, papá, yo sigo siendo un osito de peluche! —le rogó Clover.

—Los osos de peluche no le pegan un puñetazo a un abusón y lo mandan volando al otro lado del parque, ¿sabes? —objetó él, arrodillándose frente a la niña y mirándola muy de cerca, desafiante.

—Los peluches tal vez no, pero los osos sí. Y yo soy ambas cosas —le contestó la niña, solemne, poniéndole las manitas en las mejillas y mirándolo de vuelta fijamente.

—¿Por qué siempre tienes respuesta para todo, enana?

—Estos niños son más listos que el hambre, tío Brey —corroboró Cleven, riéndose—. Y eso debería alegrarte.

—No me alegra tanto cuando lo usan contra mí —suspiró.

El chico no se olvidó de darles un abrazo de despedida a los dos niños. Cleven observó con curiosidad ese gesto de cariño, de los muy pocos que solía mostrar su tío. Porque, alrededor de ellos, había padres que no lo hacían y simplemente despedían a sus hijos con la mano. Cleven intuyó por qué su tío lo hacía, y no era por cualquier razón. Seguramente, como él perdió a sus padres a los 4 años y de forma abrupta, no quería que los mellizos vivieran nada parecido o se quedaran sin una debida despedida.

Ella lo entendía, por su madre. No recordaba qué hizo con ella la última vez que estuvieron juntas antes de su muerte, pero nunca le faltaron sus abrazos de despedida, aunque fuera para ir al colegio. Por supuesto, para Brey tenía un significado mayor, porque para él la probabilidad de morir no dependía sólo de un accidente de tráfico, o de un incendio o de atragantarse con un trozo de comida.

—Uyyy, qué rabia... —murmuró Cleven, mirando hacia el colegio y hacia ambos lados de la calle mientras los mellizos ya se marchaban a su edificio de prescolar.

—¿Qué? —preguntó Brey, subiéndose de nuevo al coche.

—Acabo de recordar que los lunes mi hermanito entra una hora antes porque tiene turno de limpieza. Ya está en su clase. Por un momento había pensado que ahora sería una buena oportunidad de que os conocierais, o al menos para saludaros, antes de empezar las clases. Tío, ¿te parecería bien invitar un día a Yenkis a casa para que te conozca a ti y a los mellizos?

—Por supuesto. Siempre que a tu padre le parezca bien, claro. Me gustaría ver cuánto ha crecido Yenkis. ¿Qué edad tiene ya?

—Ya tiene 12 —contestó alegremente—. Yenkis ha estado conmigo todo este tiempo apoyándome en mis planes de encontrarte.

—¿Se acuerda de mí?

—Qué va. No tenía ni idea de que tuviésemos un tío.

«Ya veo…» reflexionó el chico, mientras arrancaba de nuevo el coche, «Fuujin les borró a Lex y a Cleven los recuerdos, y con Yenkis no hizo falta porque era demasiado pequeño. Por lo que sé, la Técnica no funcionó bien en Lex y recuperó los recuerdos sepultados apenas un par de días después. Yenkis no me extraña que no sepa quién soy, pero Cleven… ¿Cómo es que sí, y con ello se fue a buscarme? ¿Cómo se acordó de mí, aunque sólo fuese de mi existencia o de mi simple nombre? No me cabe duda de que Fuujin se cercioró de no dejar en su memoria ningún cabo suelto. Entonces… ¿se tratará de uno de esos indicios que Fuujin nos mencionó anoche? Una palabra clave, o una imagen concreta, en un momento determinado… pueden crear grietas en la Técnica. Puede que Cleven viera u oyera algo en un momento específico. O quizá ella misma, su propia mente, haya podido romperla desde dentro… Hah, no tengo ni idea».









3.
La rutina matutina de Brey

A la mañana siguiente, lunes...

Cuak... Eso era lo que se oía... Cuak, cuak, ¡cuak!, ¡cuak, CUAK!

Raijin, en la habitación de su sobrina, observó aquel despertador con forma de pato, muy fijamente, muy seriamente. Sostenía entre sus manos su bate de béisbol. Estaba en mitad de una profunda reflexión sobre su problema existencial con ese aparato, ese aparato que lo había despertado media hora antes de su propia hora, ¡sacrilegio! Cleven seguía durmiendo a pierna suelta, soñando con un tal Chris Hemsworth. El chico siguió sosteniendo el bate, con el cuak-cuak retumbándole en las orejas. ¿Destrozarlo, o no destrozarlo? El patito del demonio... ¿¡Cuánto tiempo podía llegar a estar Cleven sin oírlo!?

—Uaaah... —bostezó la joven de pronto, meneándose entre las mantas con una sonrisa de bienestar en la cara y, alargando un brazo, apagó el despertador—. Mmm, qué bien he dormido... ¡Ah, buenos días, tito Brey! ¿Qué haces aquí?

Raijin permaneció en silencio, ahí de pie junto a su cama.

—Sí que madrugas tú —le sonrió la chica, levantándose de la cama—. Y luego te quejas de tener sueño, anda que...

Cleven salió de la habitación justo cuando Daisuke iba a entrar, frotándose un ojo con cara somnolienta. Cleven, al verlo, no pudo resistirse.

—Oh... —lo cogió en brazos y se puso a achucharlo—. Mi pequeño y despiadado primo, no se puede ser tan mono.

—¡Suéltame, pedorra! —rezongó el niño, tratando de esquivar su beso mortal.

—Mmmuak —se lo estampó en toda la cara, hundiéndose en su moflete, y lo bajó al suelo, tan feliz.

Daisuke se frotó la mejilla con la manga de su pijama con asco, como si le llevase la vida en ello. Después se acercó a Raijin.

—Guau, papi, tienes una vena muy grande palpitando en tu frente.

Raijin cogió aire profundamente y luego lo soltó poquito a poco, calmándose. Ese pato... tenía que hacer algo con él.

—Tengo hambre —protestó el niño, pegándole tirones en el pantalón de su pijama—. ¡Tengo hambreee!

—¿Y tu hermana? —preguntó el rubio, saliendo de la habitación y dejando el bate a un lado.

—Sigue dormiendo —contestó, caminando tras él.

—Durmiendo —le corrigió.

Dormiendo —replicó, pero de repente se paró en medio del pasillo, dando un mortífero respingo que sobresaltó a Raijin, entonces se agarró el estómago con una mano y alzó la otra mano al cielo—. ¡Gaggh! —emitió un gemido terrible, cayó de rodillas al suelo y luego se tiró al suelo.

—¡¡Daisuke!! —gritó Raijin con tremendo horror, con los pelos de punta por la electricidad y el ojo izquierdo brillando, echándose al suelo para sujetarlo.

El niño entreabrió los ojos y alzó una manita.

—Esto es lo que pasa… —musitó moribundo—… cuando te digo que tengo hambre y no me das de comer… birria de padre… bugh… —cerró los ojos y se hizo el muerto.

Raijin se quedó como una estatua. Se planteó la idea de matarlo de verdad. Como no oía ni sucedía nada, Daisuke volvió a abrir un ojillo con disimulo para ver, y encontró la cara de su padre poseída por la furia de Zeus.

—¿Qué? —preguntó el pequeño, impasible.

—Niño de los cojones, ¡casi me das un infarto! —Raijin volvió a dejarlo en el suelo y volvió a colocar el corazón dentro del pecho mientras cesaba la electricidad estática del ambiente y se puso en pie—. Igual que su madre… —murmuró en bajo.

—Si no quieres que me muera de verdad, aliméntame —insistió Daisuke.

—Que ya te he oído —refunfuñó Raijin—. Ahora voy.

Daisuke se fue al piso de abajo dando saltos, tan contento, mientras Raijin suspiraba con fuerza, recuperando la calma. O ese niño tenía un talento notable para ofrecer actuaciones extremadamente creíbles, o realmente Raijin padecía una gran debilidad por cualquier mal que les ocurriese a los mellizos. Un poco de cada.

Raijin se fue a la habitación de los niños a despertar a Clover. Tenía una cara de muerto que asustaba, si es que apenas había dormido, el pobre. Con lo tarde que todos se fueron ayer a sus casas, porque todos los que habían venido a ver a Fuujin los habían estado entreteniendo un buen rato, y encima el despertador de Cleven lo había despertado media hora antes. Él tenía que despertarse a su hora, para él era sagrada. Pero él aguantaba, siempre, lo que hiciera falta.

Se sentó al borde de la cama de la niña, la cual estaba repleta de peluches. Raijin se inclinó hacia ella, posándole una mano en la cabeza y apartándole sus cabellos negros suavemente.

Mishka... —susurró.

Clover se meneó un poco por las cosquillas que sentía en la cara por el pelo, pero Raijin empezó a toquetear su cara con la punta del dedo. La pequeña soltó una risa y abrió los ojos poco a poco.

—Cinco minutos —pidió con ojitos brillantes.

—¿Y tú sabes cuánto son cinco minutos?

—Sí, lo mismo que una semana. Buenas noches —dijo rápidamente, quedándose dormida otra vez.

—Me vacila, la niña —rezongó Raijin, y la sacó de la cama, cargándola sobre el hombro como si fuese un saco de patatas y llevándosela al piso de abajo.

—¡Aaah! —chilló la niña—. ¡Que me secuestran! ¡Daisuke!

Nada más bajar las escaleras, Raijin se topó con el niño, que lo miró con desafío y poniendo los brazos en jarra. Después puso una cara adulta.

—Villano, suelte a la señorita o tendré que llamar a las utoridades —le amenazó el pequeño, haciendo como que se acicalaba un bigote varonil e imaginario.

—Dejad de tomarme el pelo, canijos —farfulló Raijin, dejando a la niña en el suelo.

—¡Mi salvador! —exclamó Clover, echándose a los brazos de su hermano.

—¿Ves, Clo? Aquí es donde queda claro quién es el hombre de la casa —celebró Daisuke con triunfo, inflando el pecho.

—¿¡Y por qué tendría yo que limpiarle los mocos al hombre de la casa!? —le dijo Raijin, agarrándole las orejas.

—¡Ay, ay! ¡Porque estás a mi servicio, birria de padre! ¡Ay! —protestó el niño, tratando de escabullirse.

—¡Claro! A su servicio, señor marqués, déjeme que le dé un masaje capilar —sonrió Raijin con malicia, revolviéndole el pelo con las manos sin parar.

—¡Ayyy, abusón, abusón! ¡Se lo voy a decir a la asistente social cuando venga!

—¡Adelante! Y ya de paso le dices que este mes has mojado la cama doce veces y he tenido que tirar las sábanas desgastadas de tanto lavarlas —replicó Raijin.

—¡Ahh! —Daisuke dio un respingo y se volvió hacia él con horror—. ¡Papá! ¡Me dijiste que eso era secreto entre tú y yo! ¡Eres tonto! —le pegó con la manita en la pierna con rabia y vergüenza.

—Vamos, mocoso, como si no lo supiera todo el mundo —rio con burla.

Daisuke se picó más con él y fue a pegarle en las piernas dando manotazos, pero Raijin les lanzó a los dos un rugido de león, haciendo como que se lanzaba sobre ellos. Los dos niños soltaron un grito y se fueron pitando hacia la cocina, riéndose a carcajadas. Raijin suspendió su postura de monstruo al notar los ojos de Cleven clavados en su nuca. Se volvió hacia ella con cara de normalidad, pero Cleven empezó a reírse descaradamente, bajando las escaleras.

—¡Jaja, no me digas que sois así de divertidos todas las mañanas!

—Hm... —masculló el rubio, apartando la mirada con vergüenza—. Son ellos los que montan las películas. ¡Y no comentes esto a nadie!

—Vale, tranqui, chico duro —lo calmó, haciendo aspavientos—. Escenas así tan bonitas de vosotros tres quedarán grabadas en mi memoria. Debes de pasártelo genial con esos dos, ¿eh? Te he oído reír hace unos segundos.

—Mm… —gruñó de nuevo.

A partir de ahí, Raijin se tomó sus deberes de padre a toda mecha. Cleven le dijo que lo ayudaría, pero apenas le pudo seguir el ritmo. Lo hizo todo él con una destreza que Cleven pudo comprender de cinco años de experiencia. Asó un poco de carne, cortó algunas frutas en trozos pequeños perfectos y preparó un par de sándwiches que luego pondría en dos fiambreras o loncheras para que los niños se las llevaran al colegio. Mientras dejaba el arroz y huevos cociendo, sacó uniformes limpios del cuarto de la lavadora y vistió a los niños ahí en el salón mientras veían unos dibujos en la tele. Luego él subió a ducharse y vestirse y en cinco minutos volvió a bajar con su mochila llena de libros. Sentó a los niños en la mesa y Cleven y él trajeron el desayuno, y comenzaron a comer.

Cleven, sentada en su sitio con su taza de café en las manos, seguía anonadada con lo perfecto que hacía todo su tío, los niños estaban impecables, incluso el desayuno estaba riquísimo. Mientras comían, Raijin tenía junto a su plato un libro muy gordo abierto que iba leyendo de vez en cuando.

—¿Qué lees? —quiso saber Cleven.

—Anatomía avanzada —respondió el chico, dándole un bocado a su tostada—. Tengo un examen pronto. Lo cual me recuerda… ¿terminasteis los deberes en casa de los abuelos? —les preguntó a los mellizos, y estos asintieron—. Dejadme verlos.

Los niños sacaron unos cuadernos de sus mochilas, que estaban junto a sus sillas, y Raijin echó un vistazo primero al de Clover. Como estaban en prescolar, tampoco eran deberes muy serios, pero a Raijin le servían para analizar las capacidades cognitivas e intelectuales de los niños, algo que le interesaba mucho como iris.

Cleven se levantó para mirarlos, por simple curiosidad. La verdad es que le parecieron algo difíciles para unos niños de 5 años. Eran ejercicios de señalar figuras que no seguían el patrón de las demás, o de poner cuántas caras y aristas tenían unas figuras geométricas, o de encontrar un pajarito amarillo escondido en diez partes diferentes de una ilustración de una selva llena de cosas y detalles con muchos colores.

—¿Os ayudó alguien? —preguntó Raijin.

—No —contestó Clover—. Hiroko nos dijo que si necesitábamos ayuda, que la llamáramos, pero al final no lo necesitamos, y lo hicimos solitos.

—¿Quién es Hiroko? —preguntó Cleven.

—La empleada del hogar que limpia y cocina en la casa de sus abuelos. También hace de niñera cuando los niños están allí. De acuerdo, Clover —le dijo a la niña, y no se reprimió en mostrarle una sonrisa—. Está todo muy bien, otra vez.

Clover también sonrió contenta y volvió a guardar su cuaderno. Entonces Raijin revisó el de Daisuke.

—Hmm… —murmuró.

—¿Qué? —preguntó el niño.

—Me extraña que no compartáis los resultados cuando hacéis los deberes. Tú tienes un fallo aquí, en el número de caras de este poliedro. Y te faltan dos pájaros amarillos.

—Es que me mareo buscándolo en un dibujo tan mal hecho… —refunfuñó el niño—. No le quiero preguntar a Clo ni ver sus deberes porque quiero poder hacerlo yo solo.

—Ese es el tipo de orgullo que está muy bien tener, Dai. Copiar a los demás, al final, es impedir tu propia evolución. Vuelve a revisar este poliedro, intenta ver mejor. Y… ¿se te olvida darme algo?

El niño recordó, y sacó de su mochila otro cuaderno, de hojas grandes con cuadrículas grandes. Era un cuaderno de práctica de kanjis. Eso sí que sorprendió a Cleven, porque no es sólo que los niños en Japón solían empezar a estudiar lectura y escritura de kanji a partir de los 6 años, es que ese cuaderno era de tercer año, el que daban a los niños de 9 años. Y no es sólo que Daisuke tuviera todos los kanjis correctamente escritos; Cleven nunca había visto una caligrafía tan bonita. No salía de su asombro. Miró a Daisuke, y luego a su tío, el cual revisaba las hojas dando un sorbo a su café con aire satisfecho.

—Perfecto —le dijo al niño sin más, devolviéndole el cuaderno.

—Guau, ¿cómo está tan avanzado Daisuke en escritura? —preguntó Cleven.

—Desde que tenía 2 años, Dai cogía un lápiz o un pincel o lo que fuera y se ponía a pintar todo tipo de cosas, incluso letras, números y kanjis completos —le explicó el chico, poniéndose con ella a recoger la mesa—. Pintaba hasta por las paredes. Tuve que darle otra mano de pintura a la casa, pero he de reconocer que me asombró su talento tan temprano. Por eso, aunque ha empezado prescolar hace tres semanas, le he apuntado a una academia aparte para que desarrolle lengua y escritura acorde a su nivel más avanzado.

—¿De dónde ha sacado ese talento? ¿Tú o Yue lo teníais? —preguntó en voz baja, dejando los platos en la cocina.

—No. Esto es algo nuevo que veo en la familia.

—Oye, y no sólo él. ¿Clover hace ese tipo de deberes visuales siempre tan bien?

—Sí, ya los hacía en la guardería, y nunca falla en ese tipo de ejercicios. También desde los 2 años noté que tenía una alta capacidad de atención visual y de visión espacial de las cosas. Por cierto, si alguna vez pierdes algo por esta casa, díselo a Clover. Tardará un minuto en encontrarlo o decirte dónde está.

—¡Tío Brey! —exclamó eufórica, zarandeándolo del jersey como una loca—. ¡Qué primitos más listos tengo! ¡Es injusto! ¡Soy la única tonta de la familia!

—No recuerdo que fueras nada tonta durante toda tu infancia. De hecho, lo recuerdo al contrario… —frunció el ceño—. Pero sí. Clover y Daisuke son mejores que el resto de niños del mundo.

—Ohy… —Cleven volvió a mirarlo con ojos empañados de ternura—. Papi orgulloso…

—No. Es cierto —gruñó molesto—. Hablo de hechos y motivos lógicos que les hacen ser mejores que los demás niños.

—Y según tus razones lógicas y opinión objetiva después de obviamente haber conocido en persona a todos los niños del mundo, ¿cuáles son los niños más bonitos que has visto en tu vida? —sonrió perversa, jugando totalmente con su racional manera de ver las cosas.

—Clover y Daisuke, por supuesto. Y no necesito haber conocido a todos los niños del mundo. La simetría facial que tienen ellos dos cumple muy por encima del estándar según los rasgos en medidas proporcionales…

—Papi ultra mega amoroso y orgulloso… —siguió gimoteando Cleven.

—¡Que no! —gruñó el rubio, rojo de vergüenza.

Viendo la hora que era, Brey sacó a todos de casa a patadas y se subieron al coche. A medio camino hacia el Tomonari, Cleven siguió interesada en saber más cosas.

—Por cierto, tío. He notado en varias ocasiones que a veces los llamas con otros nombres.

—¿Otros nombres? —no entendió.

—Sí, por ejemplo, he oído que a Clover la llamas a veces mika… ¿o miski?

Mishka —le corrigió Brey—. No es un nombre, es sólo una palabra en ruso.

—¡Oh! ¿Y qué significa?

—Si te lo digo, ¿vas a volver a poner esa cara de tarada y a hacer ruidos raros con tu garganta y a darme grima?

—¡No me digas que significa algo adorable! —Cleven ya se enterneció en medio segundo.

—¡Mishka significa “osito de peluche”! —exclamó Clover felizmente, ahí atrás en su silla—. O “peluche”. Papá me llama así porque tengo montones y montones de peluches, porque me gustan muuuucho. Y porque soy blandiiiita, y abrazaaable.

—Ahyyy… —Cleven volvió a hacer ese ruido gatuno y a mirar a su tío con ojos melosos.

—Pelmaza… —masculló este, manteniendo su aire estoico.

Brey paró el coche en la zona de entrada del colegio Tomonari, junto a otros muchos coches de padres que traían a sus hijos. Cleven lo ayudó a desabrocharlos de sus sillas y a ponerles de nuevo sus pequeños abrigos y bufandas.

—¿Y qué me dices de Daisuke? ¿Qué es eso de kokol… kol dram…?

Korol’ dramy —le explicó su tío, mientras le daba a cada mellizo sus respectivas mochilas con ruedas—. Es como el “drama King” del inglés. Porque es el niño más dramático que vas a conocer en tu vida.

—Exacto, soy un rey, de un reino que se llama Drama —declaró el niño, mientras se hurgaba la nariz.

—No has podido escoger unos motes más acertados para ellos —le aseguró Cleven a su tío.

—No sé… A Clover le voy a cambiar el nombre por uno que signifique “bruta” o algo así. Si sigue dando rienda suelta a esa pequeña parte de su carácter… heredado de su abuela… —añadió en voz baja, acercándose al oído de Cleven.

Cleven se tapó la boca y se rio a escondidas, recordando las historias que había oído sobre su abuela Emiliya siendo una mujer muy cariñosa y al mismo tiempo… un poco salvaje.

—¡No, papá, yo sigo siendo un osito de peluche! —le rogó Clover.

—Los osos de peluche no le pegan un puñetazo a un abusón y lo mandan volando al otro lado del parque, ¿sabes? —objetó él, arrodillándose frente a la niña y mirándola muy de cerca, desafiante.

—Los peluches tal vez no, pero los osos sí. Y yo soy ambas cosas —le contestó la niña, solemne, poniéndole las manitas en las mejillas y mirándolo de vuelta fijamente.

—¿Por qué siempre tienes respuesta para todo, enana?

—Estos niños son más listos que el hambre, tío Brey —corroboró Cleven, riéndose—. Y eso debería alegrarte.

—No me alegra tanto cuando lo usan contra mí —suspiró.

El chico no se olvidó de darles un abrazo de despedida a los dos niños. Cleven observó con curiosidad ese gesto de cariño, de los muy pocos que solía mostrar su tío. Porque, alrededor de ellos, había padres que no lo hacían y simplemente despedían a sus hijos con la mano. Cleven intuyó por qué su tío lo hacía, y no era por cualquier razón. Seguramente, como él perdió a sus padres a los 4 años y de forma abrupta, no quería que los mellizos vivieran nada parecido o se quedaran sin una debida despedida.

Ella lo entendía, por su madre. No recordaba qué hizo con ella la última vez que estuvieron juntas antes de su muerte, pero nunca le faltaron sus abrazos de despedida, aunque fuera para ir al colegio. Por supuesto, para Brey tenía un significado mayor, porque para él la probabilidad de morir no dependía sólo de un accidente de tráfico, o de un incendio o de atragantarse con un trozo de comida.

—Uyyy, qué rabia... —murmuró Cleven, mirando hacia el colegio y hacia ambos lados de la calle mientras los mellizos ya se marchaban a su edificio de prescolar.

—¿Qué? —preguntó Brey, subiéndose de nuevo al coche.

—Acabo de recordar que los lunes mi hermanito entra una hora antes porque tiene turno de limpieza. Ya está en su clase. Por un momento había pensado que ahora sería una buena oportunidad de que os conocierais, o al menos para saludaros, antes de empezar las clases. Tío, ¿te parecería bien invitar un día a Yenkis a casa para que te conozca a ti y a los mellizos?

—Por supuesto. Siempre que a tu padre le parezca bien, claro. Me gustaría ver cuánto ha crecido Yenkis. ¿Qué edad tiene ya?

—Ya tiene 12 —contestó alegremente—. Yenkis ha estado conmigo todo este tiempo apoyándome en mis planes de encontrarte.

—¿Se acuerda de mí?

—Qué va. No tenía ni idea de que tuviésemos un tío.

«Ya veo…» reflexionó el chico, mientras arrancaba de nuevo el coche, «Fuujin les borró a Lex y a Cleven los recuerdos, y con Yenkis no hizo falta porque era demasiado pequeño. Por lo que sé, la Técnica no funcionó bien en Lex y recuperó los recuerdos sepultados apenas un par de días después. Yenkis no me extraña que no sepa quién soy, pero Cleven… ¿Cómo es que sí, y con ello se fue a buscarme? ¿Cómo se acordó de mí, aunque sólo fuese de mi existencia o de mi simple nombre? No me cabe duda de que Fuujin se cercioró de no dejar en su memoria ningún cabo suelto. Entonces… ¿se tratará de uno de esos indicios que Fuujin nos mencionó anoche? Una palabra clave, o una imagen concreta, en un momento determinado… pueden crear grietas en la Técnica. Puede que Cleven viera u oyera algo en un momento específico. O quizá ella misma, su propia mente, haya podido romperla desde dentro… Hah, no tengo ni idea».





Comentarios

  1. Raijin necesita dormir como una semana completa mínimo para recuperar todo el sueño perdido, está destruido. Es curiosos que Riajin atraiga tanto la atencion, soea es descrito como que es abismalmente guapo el condenado, pero es solo por eso que es un iman para todo el mundo ¿o es por el hecho de ser un iris de nacimiento y por tanto no un simple humano?

    Que tal vez es que simpelmente es guapo, solo me da curiosidad, porque como se que en este mundo se mueve mucho cosas de yin y yang y lo que provoca ese tipo de energia en la gente. Como que el yang causa mas atraccion y sensaicon de de paz (como pasa con Yako por ejemplo que siendo ZOu es enteramente Yang supongo) y el yin causa como uan cierta sensacion de inseguridad (como con Izan que provoca temor y esclaofrios en quienes se le acercan incluso si luce amigable a simple vista)

    A lo mejor no tiene nada que ver esto pero yo y mis itntetos de analisis xD.

    No termino de entender la inquina de Sakura con Cleven que siempre que la ve se la pasa soltandole puillitas.

    Ese momento de Neuval y Brey en una batalla de miradas, es muy lol.

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